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El norte

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EL NORTE

Suele ocurrimos - ¿verda d?- cuando estamos en gran peligro,y especialmente si,precediéndole, se desencadenan sobre algunas person as de nuestra convivencia una serie de adversidades ,queju zgue-mos la situación nada máslejos delo casualy atri-buyamos las anteriores tribulaciones y eltrance de peligro a cualquiera de los individ uos que nos acompañan de modo tan próximo, tan estrecho, como el de un viaje por maro por aire,verbigracia. Pero son peores todavía las dudas de ser quizá, en efecto, el causante de las desgracias, yla vergüenza y el temor a tal sospecha -o certeza- por partede alguien que complete nuestro círculo irrompible.

Si dicha últimacompleja percepción - amenudo errónea - es propia de unaaguda sensibilidad, ysi ésta es distintivo atributo de la extrema juventud en temperamentos peculiares -no importa la dureza externa y el medio rudo dentro del cual se desen-vuelvan-, ¿qué reparo hay del caso en Pepe Var-gas, el maquinista de la "Perlita", cuando apenas acaba de cumplir diecisiete años? Y menos aún si consideramos que los demás tripulantes se habían encontrado navegando - ya en este buque,ora en el otro- y vencido juntos innumerablesperipecias, de lo cual resulta siempre, naturalmente,más que una confianza mutua, una colectiva identidad, mientras que Pepe y el galletero -el último mono -le a bordo- eran los únicos nuevos partícipesde la

iarinera dotación.

Con cupo de 16 a 20 toneladas,la "Perlita" es na canoa campechana de vela y motor. Excepto el

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DIBUJOS DEENRIQUECATI ANEO DELA SERIE "UN OlA DEMAYO"

capitán yelmuchacho gal/etero, su personal esde siete hombres;pero ahora sólo trae cincoarriba y uno abajo,en la bodega.

Las piern as fijas a un cabo, firmes lasmanos, aho ra elcapitán viene al timón. En zozobra, sin quita r ojo del mot or y atento a su marcha, Pepe Vargasno sale del cua rto demáquina.Lapopa de la nave debe mantenerse a la corriente del mar, pues ala manode Diosretorna de Coatzacoa lcos jade ando , so lloza ndo, capea nd o el temporal. So-brecubierta,el restode lamarinería yace sujetoen ama rre a los palos desman telad os. Las bodegas han sidocalafateadasy tapadas las compuertascon sus grand es y gru esas lonas impermeables. Incesa n-te,zumba elviento . La embarcación patina estre-mecida; luego resbala de pronto y cae convulsa dentro de un precipic io al que rodean mo ntañas só-lidas, macizas,deagua negra, paradespués levan-tar se a bandazo s ycaer de nuevoen acceso conti-nuo de temblor y de crujidos.

No obsta el sentir sin tregua el peligro de naufra-gio paraque,principalmentecuandoadvierten los marinerosel sordo chocardel cargamen to alos rís-pidosvaivenes,se mirendesde sustrincaslosunos a los otros, interrogá ndo se ansiosos, con mudos ayes doloridos,sobre la suerte del prójimo que vie-ne abajo, en la bodega.

Hay que gritar fuerte para dominar dentro del cortísimo perímetro la algara bía, el clamor,del hu-racán.

-¡Gracias a que cambiamosen Coatzacoalcosel cargamento de gan ado por azúcar! -grita Diego Ruiz,desde su trincaen el palo mayor,asuvecino Jaiba Grifa, quien responde afirmativamentea la sobrentendida frase con bruscosademanes de ca-beza.

Persisten lasmiradas,que vanyregresande Ruiz a Jaiba Grifa.de éste a Canul;de Canul a uno,y de uno asu vecino de trinca.

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Desdesu comienzo, a la salida de Campeche, em-pezaron para la marinería lostropiezos.

En nad aestu voque Canul- elcocine ro-se que-daraen tierra. Llegó a última hora y el Capitán le regañó. Zarp ó la emba rcació naesode las 5 dela tarde.

Tras las maniobrasde arra nq uey elendilgue de lacena con buen vient o la marin ería se tumbó a proa bajo la noch e claradeun 9 de noviembre, ti-bia,pese ala estación enfinesde otoño, yaque las: de frío sólo par a invierno sobresa len algo, y por singularidad,enel climatropicaldonde sucedieron esto shecho s.

Medio chispo,en tufo de aguardiente popular, dijo Canul :

- ¡La pegam os con el hijoputa Capitá n!~or la mañanalepedí licenc iapar anoIr enesteviaje,yél

Juande la Cabada(Campeche,1903) es unodelosmásadmir~­ biesnar radoresmexicanos.La Universidad Autón omade~I'

naloapublicó recientementeuna coleccióndesus relatosbajo

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me contest ó:"Sino vasen este viajeno te embarcas más conmigo." El tiempoeracorto par alo que te-nía yo que hacer:avisar al Registro Civil, comprar el cajoncito,lasvelas...¡y todavía quién sabe cómo har á la mujer para enterrar a la chamaca! Yo siem p re he estado bueno. A la madre,mi primera mujer,también le alab aron envida lasalud.Murió de las viruelas. Y todos decían que la niña se pare-cía mucho amí,¡y síse parecía! Los demás chicos so n sanos. Quiero que alguien me diga por qué sólo esachamaca habrá salido así. Las personas habla-ban de que no teníaespinadorsal,pero ¿se puede vivir sin la espina?Laspersonas decían que no te-nía suficiente fuerza en laespina;que su espina,a lo más, tendría la fuerza de una hoja de zacate; que la cabeza le pesaba mucho.Así nació, y vivió ocho años: la cabeza metida dentro del pecho.Se la le-vantaban yse le ibaparaatrás o se levolvíaacaer para adelante. Nuncapudo dar un paso.Si ustedes la hubieran visto hoy que murió, le habrían echado unos tres años cuando mucho. Creo sería catarro el que le dió.Fue muda. Nunca había hablado sino hasta esta mañana,que dijo:"Pa pá, agua..." Al oír por primeravez su vocecita me puse algo contento, creyendo en un milagro de ésos que dicen llegan a pasar. De tanta esperanza fui-ligero por el agua. ¡Tal vez la chamaca viviría, se levantaría! ¡Quizás iba a correr,hablar, llorar, cantar, como los mu-chachos!¡Cuando volvícon lajícara llena,la cha-maca había muerto! ¡Mejo r! Sentí un grandísimo alivio, y ¡palabra! que hasta me habría puesto

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gre si no fuera por estos apuros quenos acarrea n los difuntos. No haydinero;tien es que buscarlo, y luego aquello de las vueltas,delospa peles,de tanta diligencia como se necesitacuan do en tierra no sa -bes tú ni preguntar. ¡Y encim a de est adesgracia to-davía los regaños del hijop uta cap itán !

-¡Pobre de mimujer !- selearrasa ro nlos ojos y suspiró mirando al firmam en to-. Con sus ocho añitos mi hija difuntita subió alcielo, y yo sin po-derla ver bajar a latierra ydespedir la. ¡Siquierael ,Capitán,e! hijoputa ese, me prestó 50 pesos para

que saliese del apuro...!

Suena la campan a. Canulse levanta a gobern ar; le toca su turno de guard ia enel tim ón .Lasvoces de la plática volaron secretas, confundidas con los bisbiseos de las olas taj ad as por la quilla.

En equilibri o so b re la borda, el que rind ió su guardia - Botalón- viene corriend o. Se detiene ante los fardos human o s:

-¡Háganme un lado, Jaiba Grija. Galletero :

Y antes de echarsejunto a ellos, vocifera: -Son las once. Estamos pasand o Sabanc uy... jEl otro turno,Chancleta,es parati...!¡Ojo alCris -to,camellones! ¡Ching ueasu madre quien medes -pierte antes de lastres de la mañ an a !

A la sazón llegab a de pop a, comode muylejos, un cacareo entrecortado por el ruido de la máq ui-na. De rarezaibancuat ropasaj eros;una mujer pú -blicaytres ricosdepuebl o . El Capit á n charlaba e n-tre ellos:

-Julia, ¿te acuerdas la vez que nos encuera mos todos y te emborrachast e?

-iJi,ji~Lo que le haceuna hacer elagua rd iente -ríe en chillón timbre detiple lamuj er mientras a chorro sube al unísonoel regocijo delos merca de -res.

El cloquear decrece, porque toma serio sesgo. Primero, lamentan a coro la crisis;en seguida éste alaba su finca deganaogordo, y aquellamerc ancía fresca de su tiend a El Tigre; luego don Servando, el tercer negociante -más viejo aunque no obeso como los otros dos- elogia la calida dsin rival de los productos de su fábricade pastas y,sobre todo, la presentación inmejorablede las latas en queél envasa su Surtido Rico de galletas.

Abunda y se bebe caféco n ron.Entonces el vo ce-río arrecia de tono y, con interm itencias y entr e-mezclados párrafos sueltos, vieneaproa endiálogo extraño de pintoresca jerigonza:

- Pues ahora vaya la Laguna, a ver qué talse nos presentan la Navidadyel Año Nuevo...S iem-preyendo y viniendo de aquí pa ra allá,d~allá para acá: de Barlovento a Sotavento ;de Tarnpico a Pro-greso... Paseo a las autoridades... Visito al Señor Gobernador. .. Pienso montar allí una nuevat ien-da... Gastó su buen pico y nadaquese le arregló el negocito.Don Conrao .

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los niños!... la virgüelaen Moritecristo... Le dije: tú eres preso y no te conviene... Por la cuestión de. .. Pero, amigo, la fábrica... La revolu ción ...

¡Ya ni siquiera hay leña! Bueno ...quizás... ¡C ar a-jo!... Tal vez... como quiera que sea ...

- Don Servando... -Sí, Emilio, ¡cómo no! - ¿Repetimos, Conrao?

- Sí, señor, con mucho gusto...

- Lo enterramos en la cárcel. .. Cuando le ern -bargaron las prendas: pequeñascosasdeviudas neo cesitadas... ¡No es mas que un muerto de ham o bre!...Por supuesto... Hablé con el Juez.Se ord e-nó el desahucio, el lanzamiento...Es porque él es quien es... Puesto que... ¿El Jefe de las Oper acio-nes... ? Buena gente, buenagente... Sí, seño r, yel Ministro de la Suprema Corte... Oiga,me dijo.

- No se moleste, Capitán.

- Parece... [Quién sabe!Voy a dormir. - Hasta mañana, en el Carmen, señores. - Hasta mañana,don Servando.

- Pues yo... ¡Coño !. .. Me casé con una profeso-ra... Como quiera que sea ... Pero,en fin...

Do n Servando se acostó en un catre,dispuesto de antemano a popa bajo la toldilla.

Julia cantó un poco .

Auna breve pausa, siguieron durante corto tiem-po fuertes carcajadas.

Luego sobrevino un gran silencio,no interrum-pido sino porel movimientode los otros pasajeros que se acomodaban junto al cuarto de máquina .

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ElCapitán ofreció aJulia su pequeño camarote. Den trode unos instan tes los efectos del mar eo enalgún pasaj erohabríandeprodu cirletos, ahog o y vómito.

Fuera de ésto, enade lante únicamente se oyó a proa fundidocon el ecodela mar, el aserradero de lostripula ntesqueron cab an ,la sordamarcha dela máquina y las campa na das del timonel de turno que pedían el relevo .

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Con frescoestimul ante yesejovialsol de la auro ra saltó el pasaje ,luego de que la "Perlita" fondeó y atra có al muelle de El Carmen.

Por latarde, Chancleta,asíleapoda ba n merced alaformade su car a,bajó atierra ysemetióen una cantin a.Bullan gu erobebíade pie,junto al mostra-dor, entre un grupo de otros seis parroquianos, donde alternara un chino bajito,verdoso,magro y cojo - de pat a de palo- ,cuando súbitamente, de gustoyrejuegonomás,propinóal chino una trom-pada que,tirándolo de espaldas ,en golpe seco le hizo azota r la nuca contra el pavimento .

- Levántate chinito, chinito, mi mejor amigo -le sacudíaChancleta con gran risotada suya y las de los demás.

Pero el chino yaestab amuerto,ysobrevinieron los apuros y la co ngoja en lívido silencio sobre el cuerpo tendido con su mantecosa gorra de paño negro,la sucia camis ay unos pantalones holgados en demasía,dentro de los que nadase -rígida- la pat a, de un palor ústico y pringoso.

De allí, naturalmente,Chancleta paróen lac ár-cel. Todalanochese lapasaron los tripulantes visi-tandoy consolando al preso.Trajéronle de a bordo la mochilacon laescasavestimenta;le dejaronalgo de plata ycigarros.De madrugad a,laembarc ac ión salió,sin él,hast alosríosde Tab asco yChiap as.La marineríaentera sintió mucho el percance,porque Chancleta siem p re fue un divertido y buen amigo.

La travesía ordinari aerade 170 leguas: Campe-che, El Carmen , Boca Chica, Palizad a , Boca de Amatitán , Boca de Pantoj a, Chilap a, Tepetitán , Macu span a,Salto del Agua.

Y viceversa .

Viaje redondo, 340 leguas.

Amatit án esllamad o Puertode Alcoholes.Toda embarcación que cr uzapor allí, debe fondea r. Su-bendedos atresceladorescon sus remend adas fili-pinasdedrilblan co ylos roñosos rifles 30-30. R e-gistr an ,inspeccion an docum entos,boletas,el pago del impuesto.

-¿De qué es esta garrafita? -Deagua.

-¿Q ué tiene esta botella? -Agua.

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El Capitán de la canoa se hace el desentendido hasta el punto en que, para cortar el interrogatorio, les incita:

- Vamos a almorzar.¡Qué bien huele ese tasajo! y en verdad, el humo y el ruido de las carnes fri-tas convulsionan del estómago a las manos. Es de las contadas ocasiones en'que la marinería come sabrosa y abundantemente. ¡Saliva fresca, alboro-zados brincos de las tripas!

Se descuelga del hombro su rifle cada celador, y [al almuerzo! Cuentan cu~ntos inn~bles, rijoso~,

comiéndose las letras en tnstes carcajadas. Terrni-nan, y tras de chirigotas, parabienes y recíprocos palmazos a las espaldas, abandonan la canoa. Ba-jan la rampa. Se van... Y la embarcación seguirá su travesía río arriba, río abajo.

Desde Macuspana a Salto del Agua -para aden-tro- empezaban los pozos petroleros de El Aguila. Es Macuspana -en el recuerdo de Pepe Var-gas- la población más bonita de los ríos de Tabas-co.

Al tomar tierra en Salto del Agua tropezamos con un hombre que lleva indios calzones de manta enrollados a las ingles y una lata de manteca en la cabeza.

Durante el viaje, Pepe Vargas y elga//ete~o ha-bían oído hablar del mercado famoso de aquel pue-blo.

- ¿Dónde está el mercado? -pregunta Pepe al indio, quien se queda mirándole, mudo, con su boca muerta de risa.

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Esa expresión les incomoda:

-¿Dónde esta el mercado? -gritanimpacientes, agresivos.

La boca grande se abre de nuevo;se alargamás aún, hasta mostrar el vacío tras el cerco -marfil duro y brillante- de los dientes.

-¿Dónde está el mercado? ¡El mercado! ¿El mercado? iDónde el mercado!

La boca permanece abierta, dulce y mansa, pero de un sonreír tan romo y nulo de respuesta que an-tójase sarcasmo.

Otro hombre igual llegar.cargando también su lata de manteca a la cabeza, y los dos se hablan en su idioma indio. Una mano del último figura señas que dirige a lo alto e indican la manteca. Con sus enormes bocas perplejas de esa risa, se miranellos y nos miran y remiran. Platican en.su lengua. Te irás rabioso. ¿Para qué volverte siencontrarás la risa que parece perseguirnos, y avergüenza, atemo-riza y enfurece? Entonces no se hallar áenadela nte noción de mercado alguno en el camino. De retor-no al punto de partida aprendes que de muylejos, entre veinticinco leguas de lluvia y fango hastalos muslos, esos indios vienen a vender lat asde mante-ca. A lo largo del río,los mercilleros,senta dos en sus cayucos, realizan el negocio. Les cambi an tiras bordadas, encajes, chaquiras, cintas, espej itos, al precio de dos pesos por lata de mantecacuando és-ta vale veinte. Tarda uno para entender;pero al fin entiende. ¿Cómo iban a contestarle aquellos hom-bres? Estábase ante el mercado y no lo compren-díamos. Ellos, uno, somos el mercado mismo en muchas leguas ...

III

[Oh, nostalgias del descanso al rendir viaje! ¡Aque-llos amaneceres a la altura de Champotón -ya cer-ca de Campeche-, donde acer-caba el agua turbia y el mar se torna una esmeralda tan lisa y clara que si ti-ramos un objeto lo podemos distinguir perfecta-mente y nos parece que alargar la mano bastará para rescatarlo, auque se encuentra a gran profun-didad! ¡Allí enfrente reposa, el término de nuestra Sierra Madre Oriental -la Sierra Baja - cuya pan-torrilla, echada en la costa, se dobla en curva lenta e imperceptible al corazón de Yucatán ypone los pies en Guatemala!

Pero mediaría tiempo para ver satisfecha esta añoranza,pues, entre idayvuelta, de dos atre~ se-manas duraban, regularmente, los viajes ordina-rios.

A las orillas de estos ríos donde ahora navega uno, negrean los manglares; alfombra el paraná; blanquean las flores severas de los sauces; se tupe el camalote, yel cabezón, que de tierno sirve de pasto al ganado, cuando mayor se impone por la fuerza: no existe lengua, hOCICO de animal, que se atreva con él, porque sus hojas -metálicas, brillantes,

du--:,

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ras- cortan. Junto alcabezón no hayningunaotra

planta que logre medrar,que no sucumba. Esuna

sola clase. Son campamentos silencio sos de

relu-cientes, tiesos,largos,verdes y enhiesto smachetes

abrazados.

Como troncos de árbol los caimane sflotan ,ose

aburren del solazoalas márgenesdel río.

En los ríos yen el mar, de marzo adiciembre,

ahoga esereverberan te vaho -entre oro y rojo- de

cada mediodía. Manos de sapo,el sudo r resb ala

irritándonos la piel. Abajo, las bodegasobscuras

deshilachan los nervios y le infunden a uno vértigo.

Los párpadosse caen. Pa rece cual si las partesdel

cuerpo estuviesen divididas y tiradasen lapenum

-bra,po rlos rincones: ahílas piernas, allá losbrazos,

aquí la cabeza vacía. ¿Qué para sentirnos,para

rein-tegrarnos? Pues a grita r, maldecir,pelear con los

compañeros,los objetosmudos y las bestias atu

rdi-das.El marinero tiene que cargar,estibary desc

ar-gar;revisar, contar y recontar el cargamento.

- ¡Falta un toro,cabrones! ¿Dóndeestá ese to

-ro?

- ¡A contar!Faltaun toro...

- 4,19,3 7,48...¡Faltauno !

Empiezan a funcionar las picas a travésdel

escu-rridizo cuero gruezo de los cornúpetos, sus garra

-patas y sus pulgas."¡Uuuuu uu !""¡ Meeeeee!"

As-tas en cola y patas,el toro está hecho rosca bajolos

ojosmacilentos, vencidos, indiferentes, delos otros.

- ¡Se muerede sed!

- ¡Agua,puto!

11·/5 f.\o~bó

9

A losdos cubetazos deagua,el toro , reconforta

-do, seleva nta,bebeyvuelvea la vida.

- [Arran chen yala embarcación!

En taparrab os sehacelafaen a .

Po r las tardes, cuando ama ina elfuror del

bo-cho rno, brot an lasnubesbobasde mosqu itos que

golpea ny sonvelo negro de comezón desesperan te

enelcuerpoviscosodesudo r.

Fondeados, cae uno muerto por lasnoches. En

camino, los muertos seguiremos trab aj and o. De

gua rdia, las campa na das cada tres horas. "¡A tu

turno, papacito! " Si no, lasórdenes constantesde

maniobras:

- ¡Izalamayor!

-¡Bajael trinquete!

- ¡Lasluces,pendejo s!

- ¡Esasdriza s!

-¡Sonda!-y allí pasa el marinero horas de

sue-ño en gritos roncos, a laborda: -¡7 brazas! ¡9!¡4 brazas!5,6...

- ¿C uántas?

- ¡6...!

- ¡Fuerte , tú, Jaiba Grifa;tú, grumete!¡No se

duerman!

Ya lasórdenesde maniobrashayque levantarse,

porque, aunque sobre quién las haga, si no te

le-vantas pasan todos encima pisotéandote la cara,el

lomo,elvient re.

Cielo negro o azul. Viento. Calma. Rugientes

montones de agua, o escamas tersas de plata. Llue-ve en aquel abismo...o estrellas, brisa, luna blanca.

Elrío alienta quieto, subiendo ybaj and o el

espina-zo, ronroneando,como un buen gato verde.

Lo demás,silencio alrededor del fondeadero. La

tierraadentroduerme,¡sueñael alma! Dec

entine-la, siempre alerta, sólo los ojos en llamas yel

ulu-lante grito voraz, incontenible, del sexo, del de-seo...

I

V

Taciturna,lamanceba Flora Puga estaba sentada,

cosiendo ensu cam astro ,a la flamaoscilante de la

velaque alumbrase su cabaña de madera, últimade

lasdesperdigad as al cabodel pueblo de Chilap a .

La cab añ aera una sola est ancia,divididaen dos

por un cancel. En elcompartimiento mayor, Flora

ejercía su carn aloficio;en el otro -de un postigo, y

mas sórdido, penumbroso ,que el primero - ardía

siempre una lamparillade aceite ante una estampa

de laVirgendel PerpetuoSocorro.

Temprano aún, la noche era de espesa oscur

i-dad. Ensu prieto nudo retumbaban las disp are s

vocesdel hercúl eoBotalónyel diminutoJaibaGr i-fa,quecruza ba n~Ice rril descampado , aleda ño del poblacho sin luz,mientras Flora cosía.Depronto, al umbralde la puerta ento rna da,sue na n lospasos

de los dos marineros, que irrumpen luego dentro

delsocucho.Resign ad amentecomplacid a ,Florase

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aire una moneda par a rifar se la prior idad . Por el orden sucesivo que el azar les brinda , uno yotr o realizan el coito en presencia delque espera.

Desp ués, silenciosos, entra nen pos de Flo ra en el compartimie nto menor par a queella lesla ve.La mortecina luz de la velado ra de aceite, prendid a frente a la Virgen , caesobre un caj ó n, dentro del cua lchilla un niño queatrae la atenció n de los ma-rineros. El niño es ciego. Cubresus ojos abiertos una gruesay sucia capa verde.Víctima de contagio blen orrágico,naciópadeciendoesaincurabl eoft al-míapurul ent a. Entre llorosdel niñoytiernaspal a-bras apacigua ntes delamadre, lava ésta a losdos hom br es,quienes,bajo su pétreamáscar ade impa-sibli da destoica,disimulan ydomina n aq uella

im-presión, amalga ma de asco, pied ad indecibl e y

arrepe nt imiento, que de novencerse les harí a cris-par sedel horrory salir maligna,ofensivamente, hu-yendo . Pero no:de tantopasar nad a puedead m i-rarl es, yestán hechos a contemplar las abyeccio-nes, sublima rseante lasvergüenzasmayores y, re-cónd itos, entender yrespetar -a costa del propio sufr im iento - las penasmás am a rgas .

Aho ravienenyaderegreso ycruzan otravez las tinieblas del vasto descampado. Como suelerea c-ciona ren ocasio nes deaco meterle cualquier t riste-za, o un recuerd opesar oso,el dim inutoJaibaGrifa

esta lla en una lacerante risotad a, cuando los ag u-dosladridosde un perrillojuntoaunas blasfemia s, un rugido ,el bárb aro movimiento de las piernasde Botalón,cierto invisible puntapié descomunal, el azota r delanima lejo a gran distancia y sus quejum-broso s alaridos postrimeros,que pronto seapa ga -ron -pues acau sadelarotunda patadadel gigante quizá smurió lamezquin abeste zuel a-detien en los estallidos delariso tad adeJaiba Grifa.

Explicado por sí mismoel incidente,sin habl a rse caminan lar go trecho.

- iMe mordió el pendejete ! Era así de chico el

diabl illo , como una tuza o un chihuahueño;pero meduelelamord ida-dijo alfinBotalón.

Por último llegan al fondeadero ; abo rda n la ca-no a, y se tumban adormir.

Gusto yolor a brea, apintura fresca, a sa l, acei-te,basura y alq uitrá n.

Tod o mezclado . ¡Mas illa de barro , el tacto !

¡Moscas,rat as, chi nches,cuca rac has!

"¿Por dóndeentran tantasratas y cucarachasen_el

mar?" - inter roga en sueños JaibaGrifa,yle res-pond e un bram ido lastimero .

Al bram ido, se vedentrode la bodega .-¿Y 'aho-ra?

- Ahoramediviertomortificandoaeste animal. Haydos jaulasen la bodegadel sueño;en la más

chicaestáencerrado un tigre. y en la de enf rente un

toro. Dearriba oí decir:"Losllevamospara que

lu-chenenelcirco".

-¿Quiénganará. muchachos?-preguntó.

Pe ro alinsta nte naufraga la canoa y empieza a

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rebot ar , co mo unso noro tam bo r, contra el oleaje.

Jaiba Grifasesiente hundido dentro de un laberi n-to de voces y rocasde humo salado ; sien te que su cue rpo rued a encírculo, de aquí par a allá,y se des-lizaluego en un tobogán de interminabl ecatarata. Próximo adesfallecer , el salto prodigi oso auna ta -blaprovidenciallepo ne a salvo;y cua ndo recobra porente ro el conocimi ento se encuentradepie ala bar andillade un nuevobar co, cambiándoles mira-dasestúpidasa losdemá stripul an tes, quienes - el cabello revuelto yla s ropas dest rozadas, pegadas a la scarn es-seven unos a otros.

- Bueno,bueno. ya estamosaquí, figurando con

éstosenel rol.¿Cuántovengocobrando?¿Cuántovan

a pagar?¿Aquépuerto vamos?¿Yaeshora de comer? En lamañ an acálid a la canoa se hala vad o ytodo apa rece limp io , como antes nunca JaibaGrifa hu-biese visto nad a igu al. Agua,.. . cielo , ... el aire. Inefabl esrayo sde solcaendel cielo, semeja n tes a flechasde cristalesdeoro. Agua,cielo, esp acio :¡to -do esoro!Jaiba Grifase cree más quehombre.No ve a sus compañeros, o ha n huido de su vista . Es aho ra inmenso,omnip ot en te, y tieneque apodera r-se detodo el oro que contempla;pero, depronto, un rugidoespa ntoso le barrenalos oídos. Del susto cierra los párpad os, adivinando que eltoro yel ti-greescap aronde las jaulas y han gan ad ola cu bier-ta . Un so breh uma no im p ulso le arroja al mar en busca desalvación . In med ia nta mente per cibe s en-dos golpesde agua, que prod ucenam bas fiera s al zambullirseen elesta nq ue:puesel mares ya un es-tanque redondo, limitado por una caden acircular de muellesconocido s.Jaiba Grifanadaa velo cida-des de relámp ago .Pien sa que debeab rir los ojos. Echa una mirada at rás y veeltoro,muypróximo,

nadando.

- Un toronadando...¿cómo? El tigre vienelejos .

Desde la em barca ció n, los trip ula ntesríen rego -cijados.

El perseguido estáco n el pa lad ar acre,seco y frío de lazozobra;pero seencie nde eniray alza un bra-zo para modelar un adem án soez y dir igirlo a los que ríen.

Desecha la momentánea ocurren cia de volver a

la canoa ,pues allí el mar hatornad o a enfurecerse.

Ahora divisa sóloa la pequeña embarcación yé

n-doseapique, de losmariner osno distingue sino las ca rasque,no obstantesobrenad ar a ras de las olas, continúanen expresiones insufribles de mofa.

-¡jaibaGrifa?iYonomellamoJa iba Grifa!¡Es -ta mela pagan!iYa verán!-gritab a.

Cuenta con suastucia. Le cortala vue ltaal toro, y deun brinco se encaram a ylo sujetapor los cuer-nos.

- Al menosasíno mecansaré.

Pero en tal momento, el toroco mie nza a reple-tarsedeag uayasumirse.

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1

(7)

14-:0\ ~l:lllA5

- ¡Demontre de animal!¿Puesno esquenadaba?

y el tigre seacerca mucho, seacerca... Ningun a

idea mejor que sepultarse a fondo con el toro...

Mas, cuando al hombre no le sobresale del agua

sino un hombro,el tigre le clavalas garras en los se

-sos. JaibaGrifamuere. La fiera lo arrastraatierra.

Llega con él a un muelle atesta do de curiosos. De

entre la muchedumbresurge ungigan te, que a rre-bata el cadáver de las garras del tigre y, dando a és -te una patada, lo mata, y el océano secolorea de sangre.

Todos - principa lm ente las mujeres- inte rvie-nen en la tarea de resucitar a Jaiba Grifa. Mo

vi-mientos de brazos,de vientre, de cabe za,de pi

er-nas:peroJaiba Grifaestábien muerto.

Las mujeres lo inciensan, lo perfuman, yJaiba

Grifa es el único en maravillarse de que hablasen

tan bien de él.Le honran con cirios azulesylo me-ten en una caja de seda quesuben a lacarroza.

Le lloran,le cantan, yentre los cánt icos yla mú-sica funeral predominan sus propios gemidos,...

sus grotescos, sus lastimeros, sus pobres gemidos de difunto ..

"- ¡No,no!¡No puede ser! ¡Nopuede ser!¡Debo

revivir! ¡Estirarme, estirarme! ¡Debo estirarme!

-gruñí bajo aquella pesadilla" .

En la mañana,muy temprano,empiezan atras -bordar un buen cargamentode gan ado.

Dosdíasdespués la "Per lita" sale del río,rumbo

a Coatzacoalcos, donde, a las cuarenta horas de

toda su andadura, lleg a felizmente,graciasal ínte

-11

gro ap rovechamiento dela ma rchadesu máqui na y al tiem po favora ble.

v

Pero ningún beneficio rindió larapidez,porquelos trabajadores port uariosacababan dedeclar a rse en

huelga. No obs tan te -dada la natura leza del

so-bord o - el Sindi cato obrero acced ióadescar garl o enseguida, impidiendo que la mortand ad de reses

produjeseunaposible epide mia.

Junto a uno de losmuelles de Coa tzacoa lcos la "Per lita" pasa inact iva másde un mes. Por fin, al

reanud arselas lab or esdelpuerto,lellena n sus bo-degas consacos de azúca r para elviaje de retorn o

haciaCampech e.Zarp a - sin pasajeros,por fortu

-na- en la tarde del 21 de diciembre. De cap itán

abajotodosesperanfestejaren casalaNochebuena

deaq uelaño .

Galleterosign ifica ir en har ap osde harapos, s u-dand o sangre de infan cia acambiode las sobras de la co mida única mente. Hay, sin embargo,una a

le-gría deinoce nc iay simpleza extremas, que ni el ga-lletero siq uiera olvida nunca. Es la visió n de tres,

cinco, diez em barcacio nes a motor y vela en fila, con las velas izadas a to do viento y máquina, a todo correr,en co m petencia . Salvo "El Dictador"

-120 cab allos- y "La Polar" -100- nadie nos gan a.Peroni "La Polar"ni "El Dictador"están en nuestra línea. Su ruta va mucho más arriba , hasta

Tampico;así, pues, la "Perlita" vence constante-mente.La "Perlita" só lo tiene un buen motor

Vol-verine62. Difícilmentepodría tacharse de servila

un tripulante,yalgunos se preguntan :"¿qué gan

a-mos'?". Pero entonces, ¿po r qué esta ansia, estas

a-tisfacciónde ser losprimerosdonde vamos? No bien salva ro n labarradel río Coat zacoalcos y sehicieronalamar,Botalónsesintió indispuesto.

A nadiecomunicó nad a ,sin embargo ,

censurándo-se a sí mismo y pensando -como todoho mbre

he-choaese ambie nte devidas esforzad as-que desa -lir a luz tal quebrantamiento expondría el amor propio desu mascul inidad , su proverbi al forta leza

y su bien gana dafama.

Aldíasiguiente ama neció peo r; sinningú na peti-to, afiebra do,conunahondatristeza inex plicab ley

punzant esdolo resen la gar.ganta y en~Ibaj o vient.re. Paracolmo, de improvisoapa reciero na lavista

presagios ineguívocos de no~te.cercano, de pró

x,i-Olaborrasca.Noso plabacasivien to ;a plomocala unsol denso yreinab a chic hacalmasob re las aguas

sin oleajeen reded or al bochorno so foca nte:a un

firmam ento de límpida bóved a yesehorizontede

nubecillas nacar adas, raser as al mar.

Sinduda, elnorte- ta nto máspavor oso cua nto

esenigmá tico predecirla exactit ud desu n aturale-za, intensida d y dur ación- les sorprendería en

trá nsito.

(8)

-tarrón y aprogresar ,vertiginoso,el temporal. Desdehoras antes, Botalón ya no pudo lev antar-se. Desgarr ad aspor dentro las cuencas de sus ojos, lasfibrasinternasdel paladar y todas las demás

re-gio nesgland ulares -de las fauces alos testículos-por cierta inflamac iónterribleyel tormentoi nfini-to de un fuegoabrasa dor, de algo así como recias espin asquea millones se le clavasen másy másen lasentrañas ,habríade reprimir su devoradora sed

ante un desconocidoterroral agua, terror y ansia

voraz de apurar el líquido, la cual ansia sofrenaba una instintiva certeza del aumento insoportable de

sus dolores al beber. Así, los ojos cerrados y tapa-daslasorejasco n laspalmas de ambas manos, para evadirel océano de la vista y ni siquiera oír su ru-mor,pueshastael recuerdo del agua en la memoria leocasionar aese creciente frenesí,bocaabajo per-mane cíatendido sobre cubierta,procurando ,a un tiempo, dominar su furia y acallar su angustia. Pero como a un golpe de mar una ola rebasase la borda de la canoa y le cayera encima,crispándole lapielytodo el cuerpo hipersensible,de un salto in-verosímil,demoniaco,se abal anzócontra susco m-pañeros.

Entonces Jaiba Grifa se aco rdó del perrillo que había mordido al energúmeno y gritó en su pecu-liartimbre de voz:

- ¡Cuidado! ¡Larab ia!¡Es rabia!

Par acolmo de lasdesolacionesempezóallover, yel hidrófobo -desorbitado,babeante- a bramar con espanto,en mediode la inmensidad del océano y del colérico norte pizarroso.

12

A duras penasbastaron todos, incluso elc

api-tán, para suj eta r a Botalón, precinta rlo como un fardo y arriarlo a la bodega,en cuyo fondo quedó metido, víctima del momentán eo atolondra miento más el imperati vo -dadas las premiosas circ uns-tancias- de volver pronto a las maniobras i nte-rrumpidas y elacuerdo tácito- hijo del pánico - de suprimir de la vista constante tan hórrido e

spec-táculo.

La tempestad arrecióytuvier o n quecerra r her-méticamente las co m puertas de la bodega.

Luego,el capitán ordenó que los tripulantes Sé

amarrasen a los palos en previsió n de que alguno fuese barrido por una ola, ylanave siguió capea n-do el temporal.

Un día después,en cuanto amainó algo el norte

y opinaron que podían desa ta rse, corrieron hacia

la bodegaybaj ar on a veral enfermo. Nolesfue fá -cil hallarlo prontamente, puesunade lastongasde sacos se habíaderrumb ad o po r el fuerte vaivén de la canoa.

Pusiéronsea registra r, a la vezque rep arabanel acomodam ientodela carga.

Asfixiado y sangrante, de tanto peso encima, el

hercúleo Botalón esta ba muerto.

En silencio impresionante izaron el cadáver y e n-tre todos -los ojos llorosos -e le columpiaron y

echaronal mar ,mientrasla "Perlita" seguía, geme -bunda,su camino.

El último díadel año, amed ia noche. con la cola del norte aún,anclaron en la segurabahía de Ca m-peche.

Por lointempestivo de la hora no pudieron de -sembarcar.

De tierraveníanlaslucesde la poblaciónen fies -ta y las proyecciones cronométricas del faro.

Yerta de frío y de cansa ncio , pero insomne, la

marinería toda estátumbad a a proa, en mediodel

mutismo habit ualdelfo ndea dero .

Hacia la madrugad a ,persist iendo en su mentela

imagen del cuadro que present a rían la viuda ylos huérfanos del difunto Botalón,dijoDiegoRuiz:

-¿Y qué cuentas levamosaho raarendir ala fa -milia?

El bisoño maqu inista , Pepe Var gas, aguzó el oí -do a la respuesta.

Tras de prolongada pausa, Ca nu l, elcocinero, replicó:

- Pues le diremos nomásque una olalo barrió de la cubierta.

De popa resolló ,emocion ad a, la honda voz del capitán:

- Está bien, muchachos . Ese parte rendiré yo. ¡Eso diremos!

Y hasta no amanecer Dios, searr ebujó denuevo

todo en silencio, a los reflejosdelfa ro que gira ba, pasando ypasando su blan calengu ade luz sobre la

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