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Jesús-Cristo el cristianismo y sus dispositivos comunicacionales de culpa y control

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PONTIFICIA UNIVERSIDAD JAVERIANA FACULTAD DE COMUNICACIÓN Y LENGUAJE

COMUNICACIÓN SOCIAL

Jesús-Cristo:

El cristianismo y sus dispositivos comunicacionales de culpa y control

[Tesis de pregrado presentada como requisito para obtener el título de Comunicador social]

Leonardo Doria De Ávila

Sergio Roncallo Dow

[Asesor]

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Bogotá, 30 de mayo de 2012

Señor

José Vicente Arizmendi Decano Académico

Facultad de Comunicación y Lenguaje Pontificia Universidad Javeriana

Respetado Decano,

Me dirijo a usted con el fin de presentar mi trabajo de grado titulado Jesús-Cristo: El cristianismo y sus dispositivos comunicacionales de culpa y control. Este es un trabajo que

observa los dispositivos comunicacionales y de control que ha utilizado el cristianismo para erigirse como la verdad, construir institución y formar cierto tipo de sociedad. Jesús

deviene en una máquina semiótica y comunicacional bien planteada llamada «Cristo»; en ello se enmarca todo la tesis.

Cordialmente,

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Artículo 23

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1 Tabla de contenido

0. La educación cristiana………5

1. Dios es escritura: el pecado, la culpa y el sufrimiento según la Biblia……… 11

1.1. Pecar: sufrir y morir……… 12

1.2. El Pecado Original: Adán y Eva………14

1.3. Relación entre Dios y Hombre……… 19

1.4. Culparse y obedecer para ser salvo……….. 21

2. Dios es razón: las lógicas de dominación cristiana en la Modernidad……… 24

2.1. De la voz de Dios a las Sagradas Escrituras………..25

2.2. Dudo, pero Dios es indudable……….. 27

2.3. Creados a imagen y semejanza, pero culpables………... 28

2.4. Somos ignorantes, pero Dios es razón……….. 30

2.5. La racionalización del pecado: dominar………32

3. Dios es lenguaje: los dispositivos lenguágicos cristianos de control………35

3.1. Cristo, el máximo símbolo de sufrimiento………35

3.2. El gran comunicado de Dios: Los Mandamientos……… 39

3.3. Verbos divinos………. 41

3.4. La culpa: dispositivo lenguágico para controlar………45

3.5. La ley lenguágica de Dios……… 46

3.6. Dios es lenguaje………47

4. Dios es Comunicación: a modo de conclusión………49

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2 Agradezco sinceramente:

A mi madre, a quien le debo mi experiencia como católico, mi poca fe en mí mismo, el haber aprendido a escribir y mi vida misma.

A mi padre, quien me convenció de que lo sobrenatural no existe. Él es el culpable de mi máquina de percepción crítica, mis preguntas hacia la religión cristiana, mis primeras lecturas filosóficas y el que no le tenga miedo a un supuesto dios.

A mi hermano, mi ejemplo a seguir. Gracias a él, decidí estudiar Co-municación social.

A mi novia, por siempre escuchar lo que escribía, fuese a las dos de la madrugada o en las tardes de domingo. A ella le debo mi seguridad es-critural y mis trizas de religiosidad. Perdón si alguna vez te hice dudar de Dios.

A mi asesor, Sergio Roncallo, por creer en este tema. Por guiarme y ad-vertirme de mis castigos académicos si no entregaba el Trabajo de gra-do. La culpa fue un dispositivo importante para no estancarme en la es-critura.

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«Yo soy el señor Dios tuyo, el fuerte, el celoso, que castiga la maldad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación». Porque la Biblia, libro que a ojos de su abuela encerraba todos los prejuicios capaces de hacer avergonzar al hombre de su origen […], de las pulsiones, deseos, instintos, o como se llame, inherentes a su naturaleza, convirtiendo el instante que dura su

vida en un infierno de culpabilidad y remordimiento[…].

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Para los dioses que rigen mi vida,

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5 0. La educación cristiana

El que aparte sus oídos para no escuchar la ley,

verá que su oración misma es cosa abominable. 1 Juan 5, 3.

Cada domingo, en la mañana, cada quien se levantaba a la hora que quisiera, con el sol ba-jo, con el sol en lo alto. La luz tenue, que se confundía con oscuridad, se metía entre los tejidos de las cortinas de las casas y el aire como fogaje, apenas perceptible, se adhería a la piel. Acaso se veían desfilar las mujeres con sus niños, que regresaban de la primera misa del día.

Los domingos eran santos. Mi madre y mi abuela materna entraban conmigo a la iglesia y yo sólo hacía lo que ellas me dijesen. Nunca hubo en mi madre algún aire de autoridad, pero el hacer lo que me recomendara se volvió una ley divina para mí. Mi madre me suger-ía ir a las misas, rezar con cierta devoción, ponerme de pie cuando se leyera el santo evan-gelio, arrodillarme en la eucaristía. En mí, como en muchos, residía cierta religiosidad neurótica.

Hubo un instante de mi infancia en que decidí no ir más; para mí, resultaba aburrido, como le podría ocurrir a cualquier niño de siete años. Cuando me sentaba en aquellas bancas de madera, sentía el tiempo interminable.

¿Por qué iba a creer yo en un dios que controlaba mi vida tal como yo lo hacía con mis ju-guetes? Debido a tal cuestionamiento, comenzaron las advertencias: «Debes portarte bien e ir a la iglesia para que el Niño Dios te traiga regalos». Frases que me hacían sentir culpable: «Ya no quieres acompañarme a misa», decía mi madre con la cabeza abajo y la mirada per-dida.

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cera de vela asfixiaba a la multitud, que era más devota que el sacerdote. Oraciones, para que la vida, que es un dolor, sea más que un esfuerzo por hacer soportable las desdichas.

Afuera, los cantos católicos de tradición se confundían con los de los pájaros. Cantar, por-que el por-que canta ora dos veces. La voz del padre, gruesa y carrasposa, no tenía matices, era un ir y venir de palabras siempre iguales. Orar para que los milagros se cumplan, para que los milagros existan. La muchedumbre sudaba y el poco viento denso y frío de la mañana no podía entrar.

Para que me fuese bien en la vida, tenía que ir a misa, orar, leer la Biblia, obedecer. En cada figura geométrica de mi mundo, hallaba la culpa, el pecado, el sufrimiento y, claro, Jesu-cristo.

Comencé a llevar rosarios de todos los materiales en el pecho, ninguno por fe a Dios. Las sospechas se hicieron evidentes: el cristianismo y su intento por controlar y disciplinarme a su gusto. Sin embargo, las misas fueron toda una tradición hasta bien entrada mi adolescen-cia.

Yo intentaba tener fe y me sentía culpable por no creer en lo que mi madre me pedía que creyese. A pesar de esa incredulidad, siempre recé con devoción, lo juro. Pero, todo en aquella gran religión basada en el sufrimiento me resultaba ilógico, con fines controladores y objetivos de vigilancia. Descubrí, entonces, que rezaba por fe a mi madre y no por fe a un cristianismo que me llenaba de culpas y me replicaba por pecados que nunca creí haber cometido.

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1249); hoy en día, el cristianismo sigue siendo la religión más importante e influyente del planeta y de todos los tiempos1.

Nunca critiqué a Jesús, parece una figura ideal con valores dignos de una sociedad utópica. Mi padre decía que él no creía en Dios, pero que las enseñanzas del Jesús histórico le eran fascinantes. Me le uní a tal reflexión, el problema no estaba en Jesús de Nazaret, sino en Cristo.

La diferencia es abismal. Jesús devino en símbolo —en Cristo—, en la figura que lleva dibujada la bandera de los cristianos disciplinarios. No en vano, el nombre de la religión es «Cristianismo» y no «Jesuismo», o algo por el estilo.

Lo que pretendo mostrar no es lo que pudiese considerarse como los mecanismos de domi-nación de Jesús —quizá no los haya—. Intentaré analizar las lógicas controladoras y disci-plinarias de ese símbolo religioso al que se ha llamado «Cristo».

En esta transmutación de Jesús a religión, existe toda una escogencia implícita y explícita de lo que debe ser malo y bueno, lo que debe ser parte de la moral del ser humano. Cristo es la edición de Jesús con fines institucionales. La opresión pareciese que se diera en el mo-mento en que Jesús deviene Iglesia, signo cultural.

1 Según Association of Religion Data Archives (ARDA), basados en lo informado por World Christian

Database en el año 2005, el 33% de la población mundial se considera o practica el Cristianismo, independientemente de sus bifurcaciones. La diferencia entre esta religión y la que ocupa el segundo lugar, el Islam, es del 10,5%. Según las mismas estadísticas, la región con más adeptos es Polinesia, en Oceanía, 96,2% de su población. Suramérica aparece en el cuarto lugar con el 92,1%. Las anteriores estadísticas se encuentran en: http://www.thearda.com/QuickLists/QuickList_125.asp [Consultado el 5 de noviembre de 2011].

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Los dispositivos disciplinarios y de control resultan emerger de la adaptación de ciertos aspectos comunicacionales a una estrategia institucional: Jesús se transfigura en Cristo. Para decirlo en términos más fuertes, lo que era una contra-información hacia el Imperio Romano —acciones de Jesús— pareciese tomar elementos discursivos propios de la comu-nicación para intentar conformar un status quo. He aquí el problema comunicacional, de lo

que se ocupará este texto.

Son muchos los mecanismos para vigilar y castigar insertados en el dogma cristiano. Aquí, sólo analizaré dos: la culpa y el sufrimiento. La razón de esta escogencia es porque a partir de ellos, podemos pensar el cristianismo de manera más general. La culpa y el sufrimiento me permiten explicar conceptos claves en la religión cristiana como el pecado, el perdón, la oración, el arrepentimiento, la muerte, la salvación. Además de ello, estos dos dispositivos me resultan los más eficientes y complejos para efectos de dominación y control. Todo esto enmarcado en la transmutación antes mencionada (Jesús-Cristo).

El presente trabajo se puede tomar como una crítica a una religión concreta, pues abierta-mente la llamo disciplinaria y dominadora. Sin embargo, hay otro objetivo más relevante: debe ser concebido como un análisis cultural y comunicacional, en la medida en que se pretende observar cómo se utilizan elementos comunicativos y discursivos para construir instituciones y, con ellas, cierto tipo de sociedad.

Dicho sea de paso, me resulta un proceso editorial el que se elijan determinados componen-tes para mostrar y crear institución. Asimismo, la Iglesia deviene marca, tipografía, logo, diseño y una línea coherente —propia de una editorial— bien marcada. Es así como esta religión se bifurca en Adventistas, Evangélicos, Católicos, Testigos de Jehová. Las institu-ciones funcionan con lógicas editoriales. Es así como este texto se relaciona con el campo Editorial.

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de consignas. Para decirlo en términos más fuertes, la comunicación es propagar órdenes (Deleuze,2011).

Es en este sentido que la culpa y el sufrimiento se vinculan con el campo de la Comunica-ción Social, pues son en sí mismos actos comunicativos; se busca no tanto que se crea en Cristo, sino que los creyentes y no creyentes se comporten como si creyesen ciegamente en las consignas de la Iglesia. Para la hegemonía cristiana, no pareciese ser más relevante la credibilidad que la obediencia de los mandatos del gran símbolo Cristo.

Ésta resulta ser la razón por la que el cristianismo debió crear otros dispositivos que no fue-sen explícitos —como Los Mandamientos— y que tuvieran una mayor eficiencia, que in-cluso los más escépticos no lo notasen.

La culpa y el sufrimiento son términos que están en toda la conciencia humana, pero de los que pocos son conscientes. El castigo también parece ser importante, puesto que se debe infligir a aquel que rompe el status quo, el orden designado por Dios.

Es de esta forma como se concibe la Comunicación en la religión cristiana en tanto domi-nar. ¿Cómo opera la culpa y el sufrimiento —argumentados desde el símbolo Cristo— para insertar las consignas del cristianismo en cada vértice del ser y el comportamiento?

En ese orden de ideas, el trabajo se estructura de tal manera que esté siempre atravesado por un aspecto relevante de lo comunicacional. Cada capítulo será un argumento complejo —contenedor de otros— del gran tema: dispositivos comunicacionales empleados por el cristianismo con objetivos de dominación y control.

El primer capítulo tratará acerca de la culpa y el lenguaje en la escritura divina, la Biblia, y de cómo las creencias en Cristo se consolidan como verdad revelada a través de un proceso netamente escritural.

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como razón a través de argumentos filosóficos y un proceso histórico comunicacional —de la oralidad a la escritura—.

En el capítulo final, se analizará cómo el cristianismo utiliza el lenguaje —elemento impor-tante en la Comunicación— y sus dispositivos para construir sus bases conceptuales. Se mirará con detenimiento lo siguiente: el símbolo Cristo —tema más importante para enten-der la transmutación de Jesús a institución—; los verbos creados por el lenguaje mismo usados por la religión cristiana; la escritura de las ordenanzas explícitas, es decir, los Diez Mandamientos; y la descentralización del poder lenguágico.

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1. Dios es escritura: el pecado, la culpa y el sufrimiento según la Biblia

Los padres no morirán por culpa de los hijos

ni los hijos por culpa de los padres.

Cada cual morirá por su propio pecado. Deuteronomio 24, 16.

La Biblia se constituye, para los creyentes, como la «Palabra de Dios», por ser escrita bajo inspiración divina. El Libro Sagrado es lo que, de alguna manera, personifica al Ser Supre-mo, puesto que ésa es la fuente donde se encuentran las consignas de Dios. Las Sagradas Escrituras se instituyen como la voz de Él; si bien Dios no se comunica a través de una pa-labra física, le habla al Hombre por medio de libros transcritos por el mismo hombre.

Aquí, hay que hacer una diferencia importante entre los términos «escribir» y «transcribir», pues, para los creyentes, la Biblia fue escrita por Dios y el hombre sólo la transcribió. Para

el cristianismo, «escribir» no es una acción material que implique el contacto de la pluma con la superficie, sino que deviene un ejercicio netamente intelectual. Dios es quien inspira a ciertos hombres para que transcriban lo que Él les ha dictado. De modo que el Hombre es sólo la parte técnica y Dios, lo intelectual.

Además, se debe tener en cuenta que las Sagradas Escrituras no fueron transcritas por

cualquier cristiano, pues los transcriptores fueron escogidos por Dios mismo. La mayoría de aquellos elegidos tuvieron una vida ejemplar, fueron devotos de Jesús, promulgaron el Mensaje o experimentaron un proceso de arrepentimiento modelo. Muchos han sido pro-clamados «santos». En sus acciones, existen argumentos para ser ellos y sólo ellos quienes puedan transcribir y ser incluidos en los libros del cristianismo.

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La Biblia, además de argumentar históricamente la existencia de Jesús, también expone parte de la historia de la humanidad: el pecado, la salvación, desastres naturales y sobrena-turales, el Apocalipsis; esto es, la relación de Dios con el Hombre. Las Sagradas Escrituras se extienden por todos los tiempos: presente, pasado y futuro de la correspondencia de la humanidad con el Ser Supremo. Al mismo tiempo, la Biblia presenta implícita y explícita-mente el carácter y los atributos de Dios; es por ello que los cristianos se sirven de este li-bro para conocer y reconocer a quien —ellos creen— rige sus vidas y el mundo.

Ahora bien, detrás de cada consigna cristiana debe haber pruebas que, según su lógica, res-palden sus dogmas y le aporten credibilidad. La Biblia es la razón de ser de la institución católica y la religión cristiana en general, pues es ésta la que soporta al símbolo Cristo. Una vez que se haya aceptado que la Biblia fue escrita por Dios mismo, entonces, pasa a ser la

que sustenta todas las consignas del cristianismo, a tal punto de que los fieles digan: «Yo creo lo que esté en la Biblia» o «Muéstremelo en la Palabra para creerle».

Para los creyentes en Cristo, es Dios mismo quien habla en el Libro Sagrado y éste resulta un dogma eficaz para argumentar la lógica y las consignas institucionales; es decir, si en la Biblia está que no se deben adorar a otros dioses, entonces, eso es lo que se debe hacer.

Siguiendo este sistema de crear y proclamar —comunicar— una orden o una regla a través de La Palabra, se originan las imposiciones y prohibiciones del cristianismo. Ésta es la razón más fuerte por la que este trabajo comenzará sus argumentos a través de la Biblia y la religión misma. Empezaré por explicar las nociones de pecado, castigo, salvación y culpa que están expuestas en el Libro Sagrado. También expondré, por medio de citas bíblicas, la lógica y el papel que desempeñan estos conceptos en el cristianismo. Observaremos estos términos desde la religión misma.

1.1. Pecar: sufrir y morir

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sas. De hecho, tal concepto resulta importante para la construcción de la lógica cristiana y la explicación de fenómenos como la muerte.

De entrada, sin apurarnos a dar una definición, se puede decir que el pecado lleva inherente el repudio divino: «Y si aun con estas cosas no me oyereis, yo volveré a castigaros siete veces más por vuestros pecados» (Levítico 26, 18). Ese rechazo hacia todo lo que haya ro-zado con el pecado se presenta a lo largo de los libros bíblicos, eventualmente.

La Biblia también puede considerarse como la historia del pecado de la humanidad, pues relata desde la transgresión de Adán y Eva hasta el Juicio Final. Y en ningún pasaje del libro de los cristianos se muestra lo pecaminoso como un concepto ligado a la bondad, en términos ético-religiosos. Por el contrario, el pecado lleva congénito una carga moral, ese desprecio divino hacia él se hace explícito: «Y Jehová respondió a Moisés: Al que pecare contra mí, a éste raeré yo de mi libro» (Éxodo 32, 32).

Lo que sugiere que el pecado es aborrecido por Dios está en el hecho que, generalmente, cada vez que se cuenta una acción pecaminosa en la Biblia, hay una respuesta divina, un correctivo por parte de Dios. Pareciese que cada vez que aparece la palabra «pecado» estu-viese acompañado de «castigo», «condena» o cualquier otro sinónimo que indique la impo-sición de una pena a quien ha cometido el acto pecaminoso.

He aquí una cita del Génesis que muestra al pecado junto al castigo: «Entonces Jacob se enojó, y riñó con Labán; y respondió Jacob y dijo a Labán: ¿Qué transgresión es la mía? ¿Cuál es mi pecado para que con tanto ardor hayas venido en mi persecución?» (Génesis 31, 36). El que Labán lo persiga tiene una connotación particular en Jacob; si él es perse-guido, es porque algo malo ha hecho. Ni siquiera se necesita que se le diga que ha pecado, sino que sólo con sentir que es castigado de alguna u otra forma el sujeto infiere que ha realizado una transgresión.

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debiste haber hecho. Es una percepción intrínseca en los cristianos, ni siquiera hacen un silogismo para creer que sus desdichas son productos de sus pecados. Esto explica frases del argot popular como: «¿Dios, qué mal hice para sufrir tantas desgracias?», «Eso me pasa por dudar de Él», «Dios te está castigando por lo que hiciste».

El pecado aparece ligado con el castigo, ésa es la mayor demostración de repugnancia hacia lo pecaminoso. «Y si aun con estas cosas no me oyereis, yo volveré a castigaros siete veces más por vuestros pecados» (Levítico 26,18).

Ahora bien, en muchos casos, la condena es la muerte misma. «Guarden, pues, mi ordenan-za, para que no lleven pecado por ello, no sea que así mueran cuando la profanen. Yo Je-hová que los santifico» (Ibíd., 22, 9).

La concepción de pecado en la Biblia resulta importante para explicar otros fenómenos humanos que tienen que ver con la relación Hombre-Dios: la muerte. Esa cuestión física de morir, en el cristianismo, connota el peor castigo que pueda caer sobre los humanos. La muerte deviene en más que un fenómeno netamente biológico, transmuta en el símbolo máximo de condena: morimos, porque pecamos.

1.2. El Pecado Original: Adán y Eva

Los cristianos explican la relación muerte-pecado a través de un relato básico: el Pecado Original.

En el relato de la Creación, hay una primera prohibición por parte de Dios hacia los huma-nos originarios: «…pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No c o-meréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis» (Génesis 3, 3). El Creador ha advertido cuál será la condena en caso de que se le desobedezca: la muerte.

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transgredido: primero la mujer por tentación y luego, el hombre por obediencia a su com-pañera. Ambos son culpables y pecadores, puesto que los dos conocían la advertencia.

Es a partir de este hecho que la relación entre Dios y el Hombre cambia de manera radical. El comer del Fruto Prohibido es el primer pecado que comete la humanidad, una transgre-sión que se transmite de generación en generación, que el hombre lleva a cuestas por los siglos de los siglos. «En efecto, así como por la desobediencia de un solo hombre [Adán], todos fueron constituidos pecadores» (Romanos 5, 19).

Para Dios, el pecado es repugnante y debe pagarse. A la condena la precede un acto peca-minoso. El castigo debe hacerse efectivo. Entonces, Dios inicia la lista de sanciones:

A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti. Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espi-nos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo vol-verás (Génesis 3, 16-19).

El sufrimiento se hace presente en todas las condenas. El sentir dolor al parir es una

desgra-cia que proviene del Pecado Original. El trabajo y el esfuerzo por conseguir alimento es causa del haber comido del Fruto Prohibido. El Hombre lo tenía todo en el Paraíso, pero el pecado lo ha convertido en un ser que está condenado a sufrir y, quizá, a pecar nuevamente.

Por el pecado, Adán y Eva mueren, tal como lo advirtió Dios; no comáis de aquel árbol «para que no muráis». La muerte se instituye, entonces, como el peor castigo, puesto que es la máxima expresión de sufrimiento. El hombre era indolente, libre de culpas y eterno, pero

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Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; aho-ra, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre. Y lo sacó Jehová del huerto del Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado (Génesis 3, 22-24).

Es así como la muerte comienza a ser parte esencial de la humanidad. A medida que nacen generaciones, el tiempo de vida se hace más corto: «Fueron los días de la vida de Adán novecientos treinta años, y murió» (Ibíd., 5,5). «El total de los días de Set [hijo de Adán] fue de 912 años, y murió» (Ibíd., 5,8). «El total de los días de Enoc [descendiente lejano de Set] fue de 365 años» (Ibíd., 5, 23). Quizá lo etario sea una cuestión meramente simbólica, como muchos de los relatos bíblicos, pero nos da una idea de cómo el castigo divino, la muerte, se esparció por los siglos de los siglos.

Ahora bien, el proyecto divino es construir una sociedad ideal, donde los integrantes de ella sean altruistas y dependan uno de los otros y del Creador. Tal Utopía debe estar atra-vesada por el amor al prójimo y la obediencia a Ley. Lo que quiere Dios es que en su reino no haya egoísmo ni egocentrismo, que el ambiente sea de paz y perfección. Para ello, se debe vivir en comunidad, es decir, en una fraternidad, como hermanos.

Dios se hace claro con un ejemplo propio: en esencia, él es comunitario, puesto que es «Triuno»: Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas y un único Dios. La Comunidad Ce-lestial debe ser igual: muchos integrantes, pero una sola, en la medida en que viven en ar-monía —como un solo ser sin conflictos— y siguen los mismos objetivos: la ley divina.

La muerte no necesariamente debe ser física, sino espiritual. Puesto que el Hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, el ser humano es comunitario, debe vivir en comu-nidad para sentirse lleno y —por qué no— feliz.

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la sociedad comunitaria. Luego, los pecadores querrán que el sufrimiento cese, querrán

volver a la comunidad de Dios.

John Rawls (2009) asegura que en la experiencia, tal como se le conoce en realidad, existen tres tipos de relaciones: «(a) personal o comunal, (b) natural y (c) causal. La primera se da entre dos personas; la segunda, entre una persona y algún objeto, en la medida en que la personalidad es involucrada en la relación; y la tercera es la relación entre dos objetos»2 (p. 114). De esta manera, la relación entre el «yo» y el «tú» es personal; la correspondencia entre el «yo» que desea y el objeto deseado —comida, bebida— es natural y, por último, la relación entre dos cosas —incapaces de desear— es netamente causal.

El Pecado Original se puede analizar a través de una relación natural, el sujeto que desea algo. Así, se explica el hecho que Eva haya deseado comer el fruto del árbol prohibido.

Técnicamente, Eva sólo quería alimento, una cuestión biológica que se enmarca dentro de las relaciones naturales.

Sin embargo, el problema radica en lo que significaba dicho fruto —en el trasfondo de la acción—, pues estaba sobrecodificado por la prohibición de Dios y la mujer sabía de tal aspecto simbólico. Por lo tanto, resulta sospechoso que Eva haya comido precisamente de ese árbol y no de los otros tantos que había en el Edén. «Es necesario distinguir los dos tipos de relaciones para mostrar que la naturaleza en sí misma no es mala, ni buena, y que el pecado no resulta de los deseos o apeticiones, sino de la perversidad del espíritu»3 (Ibíd., 2009, p. 115).

La cuestión en el Pecado Original no está en haber deseado y comido el fruto —pues es

una relación natural común—, sino en el hecho de haber traicionado a Dios, tal acción es

2 Original: «(a) personal and communal, (b) natural, and (c) causal. The first type is between two persons, the

second between a person and some object insofar as personality is involved in the relation, and the third is the relation between two objects».

3 Original: «It is necessary to distinguish the two sorts of relations in order to show that nature itself is not

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categorizada como un «pecado capital»4, llamado «soberbia». Además, la correspondencia natural entre alimento y humano se da a partir de un deseo biológico, el hambre. Pero, Eva come del árbol prohibido no por una cuestión de apetencia fisiológica humana, sino por la tentación que le ha producido la Serpiente. Eva prueba del Fruto por puro deseo—de

pro-bar lo que se le ha prohibido—; la acción de comer de manera innecesaria es nominalizada «gula», otro pecado capital. Algunos creyentes se atreven a afirmar que en el Pecado Ori-ginal, se transgreden todos Los Mandamientos.

Para el cristianismo, el Pecado Original hace parte de la historia del mundo, puesto que enseña la repulsión y la necesidad de evadir lo que nos hace pecar. El pecado, según la perspectiva bíblica cristiana, conlleva al sufrimiento y a la muerte. Es por medio de esta

lógica —inclusión del miedo— que las instituciones de Cristo argumentan las prohibicio-nes consignadas en la Biblia; lo que no se debe hacer es considerado pecado y si alguien lo hiciere, sufrirá y morirá. Incluso las ramificaciones tienen la posibilidad de instaurar

nue-vas acciones de transgresión o suprimir pecados5.

La confianza de Dios hacia la humanidad se desvanece. Así, un acto pecaminoso le es sufi-ciente al dios cristiano para que se le considere al Hombre como un ser pecador. Sin em-bargo, el punto no está sólo en la desobediencia, sino que al Creador le disgusta que

4 Los Pecados Capitales fueron introducidos por el papa romano San Gregorio Magno (

c. 540-604) en el siglo VI. Esta lista también aparece, con el mismo orden, en La divina comedia, de Dante. También son tipificados en el Catecismo de la Iglesia Católica y en Santo Tomás (II-II:153:4).

5 Por ejemplo: los ortodoxos le critican a la Iglesia Católica que no sea fiel al texto bíblico del Éxodo con

respecto a Los Mandamientos. La crítica es debido a que el catecismo católico ha suprimido el mandato de no adorar imágenes, porque dentro de su tradición, está instaurada la acción de arrodillarse y orar ante monumen-tos, pinturas y demás representaciones creadas por el hombre.

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nozca el bien y el mal: «…mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; po r-que el día r-que de él comieres, ciertamente morirás» (Génesis 2, 17).

Saber acerca del mal nos hace aún más susceptibles de cometer transgresiones, puesto que se lleva inherente la tentación, fuerza que hace desear el pecado; y más que una fuerza, es el deseo mismo por lo prohibido —se quiere saber por qué Dios lo prohibe—. Tal ambición contiene en su esencia el sentimiento de libertad: sentir que no estás atado a nada, que la ley no te alcanza, que no eres un esclavo más de Dios. El deseo por lo prohibido, implícitamen-te, es querer ser más que el Creador, eso es envidia, un pecado capital más en Eva.

La acción de la mujer originaria significa también la no creencia en Dios y en su ley perfec-ta. El pecado es visto, en definitiva, como una rebelión contra el Creador.

1.3. Relación entre Dios y Hombre

Ahora bien, la relación Dios-Hombre no se categoriza dentro de una relación natural — sino, como se hemos visto, comunal—, pues esta clase de correspondencia se observa sólo, en teoría cristiana, en tanto naturaleza puesta al servicio de quien la habita. No obstante, está claro que llevar este tipo de relación al plano personal —con otro sujeto— se constitu-ye en pecado, de ahí que el varón pueda tomar a la mujer como objeto de deseo.

Dios-Hombre se clasifica dentro de las relaciones personales, donde el «yo» lleva inherente una subjetividad y el «tú» se establece como un ser que juzga. «Las relaciones personales

se caracterizan por un ―tú‖ (―thou‖) del otro lado, como lo habíamos señalado, y es este

―tú‖ (―thou‖) quien se constituye como el juez en las relaciones personales; es decir, sab

e-mos que existie-mos ante alguien y ese alguien nos está juzgando»6 (Rawls, 2009, p. 116). Tal correspondencia se da, o se espera que se dé, en el plano Hombre-Hombre y Dios-Hombre. Para hacer una analogía con términos lingüísticos, digamos que el «yo» se

6 Original: «Personal relations are characterized by a ―thou‖ on the other side, as we have already stated, and

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ciona con un «tú» en Hombre-Hombre y con «usted», alguien al que se le tiene respeto y temor, cuando la correspondencia es con Dios.

«Las relaciones se dividen en dos grandes clases: a) relaciones de comunidad [compañe-rismo] y generosidad, es decir, relaciones de verdadera comunidad; (b) relaciones en las que el otro se hace un admirador o una audiencia, como el caso de las relaciones pecadores y anti-comunales infectadas por el orgullo»7 (Rawls, 2009, p. 117). Los pecados los encon-tramos, generalmente, en las relaciones personales, puesto que es allí donde se puede dar el orgullo, la envidia y demás sentimientos causantes de transgresión y destructores de la Co-munidad Celestial que Dios quiere crear. El único plano en donde no se generan faltas es en el causal, puesto que se trata de una relación causa-efecto.

En definitiva, Dios quiere, para la humanidad, una sociedad comunitaria. El fin del Creador es construir una comunidad donde no exista el orgullo ni el egocentrismo, de ahí que se diga que Los Mandamientos se resuman en dos:

—Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de todos?

Jesús le respondió: —El primer mandamiento, y el más importante, es el que dice así: ―Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón. Y después viene otro semejante a éste: ―Cada uno debe amar a su prójimo como se ama a sí mismo‖. Toda la Ley y los Profetas se fundamentan en es-tos dos mandamienes-tos. (Mateo 22, 36-40).

Es por ello que quien ofende al prójimo, ofende a Dios. Si la ley es vivir en comunidad — por lo menos, es esto lo que nos dice la Biblia y Jesús—, debe cumplirse. No obedecer ello es pecaminoso. Es una manera de decirnos que si se ofende al Creador, se atenta contra sí mismo y la comunidad.

7 Original: «The relations fall into two broad classes: (a) relations of fellowship and givenness, i.e., relations

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¿Cómo hacer que no haya orgullo ni egocentrismo? ¿Qué hacer para evitar el pecado y que confíen los unos a los otros? El temor a Dios es importante en la Institución. Es aquí donde se unen el Juez del Antiguo Testamento (Ojo por ojo) y el amoroso y misericordioso del Nuevo. El miedo a Dios y el miedo a desobedecer se genera con la inserción de conceptos anteriormente mencionados: el castigo y, por extensión, la muerte, ya sea espiritual o bio-lógica —según la parte de la Biblia en que se encuentre el suceso—.

El relato de la Creación lleva inherente dos verdades cristianas importantes: que el Hombre depende de Dios y que todo lo que hay en el mundo es un regalo y don del Creador. Dios no necesita crear nada, sólo lo hace por bondad (Rawls, 2009, p. 242). La Palabra nos re-cuerda que eso es amor puro y generoso; nosotros amamos, porque Dios nos ha amado primero. La humanidad era pecadora aún cuando Jesús murió. ¿Quién es capaz de dar a su propio hijo por otros que no lo merecen?

De ahí que la cruz se convierta en signo cristiano: Jesús transmuta en redentor a través de una crucifixión y muestra la misericordia de Dios Padre. ¿Qué mérito puede tener el Hom-bre si se compara con ello?

No obstante, hay dos mensajes en el símbolo «Cruz». Por un lado, la misericordia, el amor. Por otro —lo intrínseco es más relevante—, el Cristo muestra el sufrimiento que puede

padecer el Hombre; hace sentir temor al castigo y a Dios. Además de hacernos sentir cul-pables por la muerte de Jesús.

1.4. Culparse y obedecer para ser salvo

La relación de Dios con el Hombre puede resumirse en una dialéctica clara: Pecado y Fe.

El primero es la destrucción de la Comunidad y la segunda, la reconstrucción. Para decirlo en términos más ontológicos: muerte y salvación.

Esta última se da cuando el pecador se reconoce como tal y se arrodilla ante Dios; pide perdón. No puede más con el castigo. Esto no es más que el proceso que implica la culpa,

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convence de que es dependiente de una comunidad y, por lo tanto, del Creador; siente que cada minuto de su vida debe ir de la mano con Él y que todo es un don divino (Rawls, 2009, p. 238).

El pecador, debido a que lo invade la culpa, está dispuesto a que se le castigue y condene.

Pero, Dios es bondadoso. Él no impone un castigo todo el tiempo, dentro de su bondad, deja que nosotros seamos nuestros propios jueces (Ibíd., p. 239). Es allí cuando nos humilla sin darnos cuenta: ¡qué poca cosa es el Hombre ante tanta misericordia y amor de Dios! Cristo hace que nos autoinflijamos justificado en el amor que él siente hacia nosotros, ¿qué vigilancia y disciplina puede ser más efectiva?

La fe en Dios es la salvación del ser humano. Ella es apertura hacia la comunidad. La fe también es creer en la ley divina y profesar lo que quiere el Creador para nosotros: vivir comunalmente. La Iglesia argumenta que La Palabra es el llamado, la buena nueva, para restaurar una sociedad utópica, aquella que alguna vez vivió con Dios en el Edén.

El amor cristiano, en definitiva, no debe ser egoísta, sino abierto al prójimo y dispuesto a trabajar por la Comunidad Celestial —el más perfecto de los regalos de Dios, dice Rawls— . Sin embargo, el precio que se debe pagar es caro: es supremamente esencial que la fe y el amor lleven inherente la dependencia hacia Dios, la no libertad personal, sufrir por el

Se-ñor, el sacrificio por el otro, la obediencia. Para decirlo más fuerte, el Hombre no puede construir una sociedad con sus métodos y a su modo, pues estaría en contra de Dios. Ningún individuo —si es que en teoría cristiana podemos llamarnos «individuos» — tiene la posibilidad de ser independiente.

Para conseguir el fin divino, se debe estar dispuesto a sufrir y a estar sometido a un status quo. Dice la Bibliaque Dios nos ha dado la voluntad, cierto, pero también nos hace

obede-cerlo por medio del sufrimiento, la culpa, el pecado, el castigo y la muerte.

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En definitiva, la salvación es colectiva; el pecado, individual. Cada quien sentirá culpa y

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2. Dios es razón: las lógicas de dominación cristianas en la Modernidad

[…] las dos grandes fuerzas que marcaron el nacimiento de la modernidad. Por un lado, el humanismo renacentista de raíces paganas,

impregnado de un cristianismo tolerante y racionalista

y, por otro, la acendrada piedad de un cristianismo sin concesiones,

cuya confianza se deposita de manera exclusiva

en los insondables designios de un dios

que nos ha enviado a su hijo para redimirnos del pecado.

Díaz, 1995-1996. El cristianismo se erige como la verdad —aún en nuestros tiempos— en el instante en que Dios no sólo es concebido como amor, sino que también es razón, esto es, entendimiento. La creencia en Cristo es necesaria para actuar bien y, además, para conocer el mundo y reconocerse a sí mismo.

Tal pensamiento se enmarca dentro de una experiencia de la humanidad específica: la Mo-dernidad, donde el poder deja de ser explícito para hacerse invisible, pero más eficiente. Se suele pensar que el debilitamiento de la Iglesia en el Medioevo fue el fin de la autoridad cristiana y que, por lo tanto, sus lógicas de dominación se extinguieron en el pasado. Sin embargo, el primer libro que Gutenberg reprodujo fue la Biblia y los filósofos siguieron indagando acerca de Dios y el pecado.

Precisamente, este capítulo tratará acerca de ello: mostrar que ese paso del teocentrismo al antropocentrismo no fue más que un proceso de sustitución: se remplaza a Dios por la Razón. Así, si se trata sólo de un remplazo, las lógicas quedan, la manera de cómo se debe

comportar el Hombre no transmuta. Dicho de otra manera: en la Modernidad, la culpa, el sufrimiento y Dios siguen inmersos en el ser humano.

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2.1. De la voz de Dios a las Sagradas Escrituras

La transmutación de lo que es centro —de Dios al Hombre— resulta ser paralela a un pro-ceso comunicacional: de la oralidad a la escritura: «[…] la modernidad lo que sugiere es un cambio en la noción misma de sujeto que des-centra la visión teocéntrica del mundo hacia una cosmovisión antropocéntrica, este des-centramiento resulta impensable allende lo escri-tural y el eclipse de la oralidad como modo estructurante de la comunicación [Sic]» (Ron-callo, 2011, p. 100).

La Biblia, como el primer libro más reproducido, expande las creencias cristianas y permite que la religión se vuelva más accesible: quienes saben leer pueden tener una relación íntima con Dios mismo a través de la Palabra escrita. Lo religioso deja de ser exclusivo del clero, lo hegemónico cambia: en la Modernidad, quien lee tiene poder; la oralidad no importa tanto.

Lutero resulta una figura importante en la Modernidad, pues enfrenta a la Institución: la Biblia no debe ser leída e interpretada sólo por la Iglesia, sino que los lectores más ávidos pueden explicar lo que Dios quiere decir. Esto trae como consecuencia una reordenación de los procesos de significación. No quiero decir que haya un debilitamiento del cristianismo, sino, más bien, que el poder se hace más amplio, es decir, se hace más inherente —aun cuando invisible— en el hombre moderno, el poder deviene en simbólico: «El poder simbó-lico, poder subordinado, es una forma transformada –es decir, irreconocible, transfigurada y legitimada–, de las otras formas de poder» (Bourdieu, 2000, p. 70).

Si bien el cristianismo se había dado la autoridad de conformar sociedad con la Iglesia, Cristo se erige aún más como verdad en el momento en que es fijado como signo, como texto (Ibíd., 2011, p. 101). Es decir, Dios se puede ver en la medida en que se leen—esto

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«Así, si con Lutero y Gutenberg la palabra de Dios cobraba vida desde el texto, lo mismo sucederá con el espacio y el tiempo, que intentarán ser capturados desde lo escritural» (Roncallo, 2011, p. 103). Y, además, lo espacial-temporal estarán atravesados por Cristo.

En la medida en que la escritura torna el tiempo una noción lineal, se hace y se piensa —se escribe— la historia de la humanidad. La Biblia contiene parte de esa «evolución» históri-ca, así, el cristianismo se instala como elemento esencial en el ser humano. Pero, el logro más importante de esta religión está en haber atravesado, literalmente, el tiempo de la humanidad: el nacimiento de Jesús —que no es más que una fecha inexacta y, por lo tanto, representativa— divide la historia en dos. Es como si la humanidad —y escrituralmente es así— volviera a iniciar cuando el Salvador nació.

Aquí, Jesús no es tan importante como individuo real, sino como representación, en tanto símbolo: fue quien murió en la cruz y es nuestro Redentor. Dicho de otra manera, en la di-visión temporal que hace el cristianismo, Jesús opera como el símbolo Cristo; de ahí que las fechas se deban decir «antes de Cristo (a.C.)» y «después de Cristo (d.C.)».

«Con todo, la escrituralidad […] juega un papel fundamental en la concreción de lo

nacio-nal, en la medida en que aporta los componentes fundamentales para establecer comunidad: el imaginario y el relato» (Ibíd., 2011, p. 107). Benedict Anderson llamó a esa conforma-ción de Naciones, característica moderna, «comunidad imaginada»: hacer parte de un gru-po, sentir que se es de un territorio específico, diferenciarse de otros y querer donde se vive —y se convive—. La barbarie necesita ser salvada, las naciones deben ser civilizadas, y «la idea de civilización se presenta como un sinónimo de domesticación» (Ibíd., p. 107). No, no estoy repitiendo la explicación de «Comunidad celestial», aunque eso parezca.

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El libro deviene en verdad, se le da el valor de objeto aurático. De aquí nace la frase popu-lar de los creyentes: «si está en la Biblia, le creo». En palabras de Bourdieu (2000): «Lo que hace el poder de las palabras y las palabras de orden, poder de mantener el orden o de subvertirlo, es la creencia en la legitimidad de las palabras y de quien las pronuncia» (p. 70-71). En la Modernidad, lo escrito acentúa la producción de realidad. Y la Biblia es un texto y como tal, produce una —la— verdad.

Para resumir: si bien en la Modernidad, la escritura segmenta y controla el tiempo y el es-pacio, el cristianismo segmenta y controla el mundo a través de la escritura: la palabra de Dios como texto, las Sagradas Escrituras.

2.2. Dudo, pero Dios es indudable

A René Descartes se le considera el padre de la filosofía moderna, en gran parte, porque dudó de las «verdades» procedentes de la escolástica y otras corrientes. Con tal proceder, piensa sobre lo gnoseológico y, casi que por extensión, medita acerca de problemas del ser: moral, existencia, conocimiento, errores. A partir de las teorías cartesianas, pensadores co-mo Pascal, Spinoza, Locke, Hume, Kant y Leibniz estudiaron sus postulados, unos para refutarlos, otros para desarrollarlos. De ahí que Descartes sea considerado como el filósofo más representativo de la experiencia moderna humana.

Si bien con Descartes se ponen en tela de juicio las nociones que se tomaban por ciertas, las diferencias entre algunas lógicas del cristianismo y la filosofía cartesiana parecen ser casi nulas.

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La razón, en términos generales, no es más que juzgar y discernir lo verdadero de lo falso, cualidad del hombre moderno. Y discernir es dudar de las ideas que se tienen y observar cuáles de ellas son indudables.

Pero, ¿cuál puede ser indudable? «[…] la idea que tengo de Dios sea la más verdadera, cla-ra y distinta de todas» (Descartes, 2012). El infinito debe existir por una simple negación de lo finito, así como sé que hay oscuridad por oposición a la luz. En el espíritu, reside la no-ción de una substancia eterna y tal pensamiento no puede ser consecuencia de algo finito, es decir, no procede del Hombre. Sigo con el silogismo cartesiano: una idea infinita se debe originar de una igualmente infinita, esta es, Dios, causa del mundo y de sí mismo. «Por ―Dios‖ entiendo una substancia infinita, eterna, inmutable, independiente, omnisciente, omnipotente, que me ha creado a mí mismo y a todas las demás cosas que existen (si es que existe alguna)» (Ibíd.).

He aquí la primera semejanza con el cristianismo: ambos argumentan la existencia de un dios con las mismas características.

2.3. Creados a imagen y semejanza, pero culpables

«[…] si un tal poder residiera en mí, yo debería por lo menos pensarlo y ser consciente de

él; pues bien, no es así, y de este modo sé con evidencia que dependo de algún ser diferente de mí» (Ibíd.). Ése de quien se dependa debe ser superior y perfecto y ¿qué idea puede ser más perfecta que Dios?, se pregunta Descartes.

Debido a que el Hombre es un ser que piensa, la causa debe ser pensante y existir por sí misma: Dios. Igualmente, tiene que contener todas las perfecciones que se conciben: «[…] la unidad, simplicidad o inseparabilidad de todas las cosas que están en Dios, es una de las principales perfecciones que en Él concibo» (Ibíd.).

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Dios no sólo es tres y uno para la cristiandad, sino que en el pensamiento moderno, es más vasta esa idea de unidad divina.

Descartes se pregunta de dónde ha adquirido ese pensamiento espiritual de Dios. Precisa-mente, por ser propio del espíritu no puede ser originado de los sentidos. Entonces, conclu-ye que la idea de Dios ha nacido con él en el instante en que ha sido creado.

La Creación también se menciona en la obra cartesiana: Dios no es una simple causa del Hombre, sino que fuimos creados por Él. Esto tiene una implicación importante: no somos ningún accidente; Dios nos ha creado, porque ha querido. ¿Acaso esto no es parecido al relato de la Creación en el cristianismo?

A Descartes —siguiendo la misma lógica cristiana— sólo le falta decir que fuimos creados a imagen y semejanza de Dios y que nuestro propósito es Él, intentar ser como Él —en términos cristianos, como el modelo Cristo:

Y nada tiene de extraño que Dios, al crearme, haya puesto en mí esa idea para que sea como el sello del artífice, impreso en su obra; y tampoco es necesario que ese sello sea algo distinto que la obra misma. Sino que, por sólo haberme creado, es de creer que Dios me ha producido, en cierto modo, a su imagen y semejanza, y que yo concibo esta semejanza (en la cual se halla con-tenida la idea de Dios) mediante la misma facultad por la que me percibo a mí mismo; es decir, que cuando reflexiono sobre mí mismo, no sólo conozco que soy una cosa imperfecta, incom-pleta y dependiente de otro, que tiende y aspira sin cesar a algo mejor y mayor de lo que soy, si-no que también cosi-nozco, al mismo tiempo, que aquel de quien dependo posee todas esas cosas grandes a las que aspiro, y cuyas ideas encuentro en mí; y las posee no de manera indefinida y sólo en potencia, sino de un modo efectivo, actual e infinito, y por eso es Dios. (Descartes, 2012).

Se debe reconocer que se es dependiente de Dios y, al igual que en el cristianismo, que se necesita y se debe ser como Él. Esto resulta parecido al proceso de culpa expuesto en el

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error en las cosas particulares; en suma, hay que confesar la endeblez de nuestra naturale-za» (Ibíd.). Estamos en medio del ser y la nada, sentencia Descartes.

2.4. Somos ignorantes, pero Dios es razón

«La acción que la filosofía no logra entender y para la cual la razón no encuentra justifica-ción, es precisamente la acción que se ejecuta contra los dictados del entendimiento, a la que se ha llamado tradicionalmente pecado» [Sic] (Díaz, 1995-1996, p. 129). En cambio, la

religión argumenta la existencia del pecado desde la experiencia —pues muchos hombres han transgredido— y desde el mensaje cristiano, que Dios envió a su hijo para redimirnos de lo pecaminoso.

La controversia entre la Filosofía y la Teología es obvia. Sin embargo, la argumentación religiosa se ve ganadora: si no existe el pecado, ¿cómo justificar la responsabilidad moral de las acciones humanas? Es decir, el pecado debe tener una argumentación racional (Ibíd, p. 131). Por ello, Descartes reconcilia el pecado con la razón.

Según Lutero, el Hombre está ligado a cierta fuerza maligna y tal vínculo se puede eliminar por la gracia de Cristo. Se podría creer, entonces, que eso que nos lleva a que lo pecamino-so proviene de Dios mismo.

Por otro lado, el error que se comete en la búsqueda del bien y el mal es a lo que Descartes llama «pecado». No obstante, Descartes no cree en algo maligno que venga de Dios, sino, más bien, el error moral es consecuencia de un proceder humano: «En efecto, no hay im-perfección en Dios por haberme otorgado la libertad de dar o no dar mi juicio acerca de cosas de las que no tengo conocimiento claro en mi entendimiento; pero sí la hay en mí por no usar bien de esa libertad, y dar temerariamente mi juicio acerca de cosas que sólo conci-bo como oscuras y confusas» (Descartes, 2012).

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mismos límites […] y escoge el mal en vez del bien, o lo falso en vez de lo verdadero. Y ello hace que me engañe y peque» (Descartes, 2012). Dicho de otra manera, la culpa es

nuestra que, de cierta forma, hemos traicionado la voluntad, un regalo de Dios. Si supiése-mos utilizar esa facultad de juzgar que se nos ha otorgado, no erraríasupiése-mos ni, por lo tanto, pecaríamos. Somos culpables de pecar, de actuar de manera indebida.

«Pues no debo quejarme porque Dios no me haya dado una inteligencia o una luz natural mayores de las que me ha dado […]; más bien tengo motivos para agradecerle que, no de-biéndome nada, me haya dado sin embargo las pocas perfecciones que hay en mí, en vez de concebir sentimientos tan injustos como el de imaginar que me ha quitado […]» (Ibíd.). Si hacemos la anología con el mensaje cristiano: no debemos dudar de Dios y su creación, sino, más bien, hay que estar agradecidos con Él, porque nos ha creado sin necesitar de ello; fuimos creados por amor. Al igual que en el cristianismo, para Descartes, el mundo es un don divino. Dios, en definitiva, es ese ser que convierte lo casual en causal; con Él, hasta los accidentes del mundo tienen sentido, pues es el arquitecto de la perfección.

«[…] la experiencia me enseña que estoy sujeto a infinidad de errores […]» (Ibíd.). En

términos cristianos, el Hombre está sujeto al pecado. Lo pecaminoso es causado por la vo-luntad humana, corrompida por el Pecado Original, diría un creyente. Por su parte, Descar-tes —rectificando la idea primera que es la voluntad lo que hace pecar— afirma que el error, más bien, es la privación de un conocimiento que se debería poseer, es un defecto. Pecar es de ignorantes.

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Así, Descartes separa la voluntad del entendimiento, debido a que si toma la primera como causa del pecado, se encontraría en la paradoja que un don de Dios también puede ser cau-sante de lo peor. Pero, con esta rectificación, Descartes deja un vacío: ¿cómo explicar cuando el pensamiento y el actuar no son coherentes, cuando tenemos el conocimiento y, de igual manera, se actúa de otra forma, por ejemplo?

2.5. La racionalización del pecado: dominar

Por otro lado, Spinoza, filósofo racionalista del siglo XVII, afirma que el entendimiento y la voluntad son lo mismo. Tal afirmación sugiere, entonces, que cuando se actúa mal, hay algo de ignorancia —como lo postulaba Decartes— y si no, el problema estuvo en que no logramos dominar nuestras pasiones. Así, los errrores no son más que conocimientos im-perfectos (Díaz, 1995-1996). De allí que Spinoza crea que obrar mal no se trata de una vo-luntad maligna.

En ese orden de ideas, en filosofía, no existiría el pecado en un sentido moral, puesto que las malas acciones son causadas por una mera falta de conocimiento.

No obstante, Descartes y Spinoza coinciden en un aspecto: el comportamiento del Hombre puede mejorar si se educa, si busca el entendimiento, o si logra dominar sus pasiones y hace lo que le ordene el entendimiento mismo. La diferencia está en que, para Descartes, Dios es el conocimiento; lógica que no deja de ser semejante a la tradición cristiana, pues educarse es seguir a Dios.

Luego, la racionalización del pecado fue reivindicada como verdad revelada por los lutera-nos: el Hombre peca por una voluntad que lleva inherente desde el Pecado Original. Enton-ces, la redención del pecado es una completa obra de Dios; es decir, no es una acción pun-tual, pues la salvación implica una actitud, un estado de no-tiempo. Tal concepción será retomada por Kant en su doctrina moral (Ibíd.).

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basados en que Cristo murió para librarnos de éste—, que ha devenido en una verdad empí-rica. Los paganos no concedieron las malas acciones a una voluntad humana perversa, sino a una fuerza que impide que los mortales sean dueños de sus acciones. «Atribuir tales [ma-lignas] acciones a una mala voluntad, como lo hace la tradición judeocristiana, no es más que el resultado de un adoctrinamiento religioso que ha llegado a sernos natural, que se hace pasar como una experiencia evidente» (Díaz, 1995-1996, p. 136).

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3. Dios es lenguaje: los dispositivos lenguágicos cristianos de control

El lenguaje no es la vida, el lenguaje da órdenes a la vida;

la vida no habla, la vida escucha y espera.

En toda consigna, aunque sea de padre a hijo,

hay una pequeña sentencia de muerte –un Veredicto–, decía Kafka.

Deleuze y Guattari, 1994.

Al cristianismo no le bastó con erigir su dogma como experiencia naturalizada y razón. En la Modernidad, las creencias dogmáticas tenían argumentos filosóficos para ser la verdad.

Sin embargo, el adoctrinamiento cristiano ha estado siempre un paso adelante: desde sus inicios, hizo del lenguaje su mejor fuente para ejercer el poder. No sólo por ser escritura y, por lo tanto, verdad, sino que sus conceptos, mandamientos, leyes, rituales y el mismo símbolo Cristo son lenguaje y, por consecuencia, funcionan como tal, como dispositivos de comunicación en tanto control.

Para vigilar y castigar, no es necesario encerrar a las personas en un lugar con el fin de dis-ciplinarlas. Al fin y al cabo, el objetivo último del cristianismo no es ése; si se logra disci-plinar, mejor, pero lo que más se quiere es mantener el control social: por ejemplo, la Se-mana Santa no encierra a un conjunto de individuos en un sitio específico, pero controla en la medida en que las actividades se suspenden y, de una u otro manera, se participa de una festividad cristiana.

Foucault analizó dos tipos de sociedad: las de soberanía y las disciplinarias, que bien prac-ticó el cristianismo cuando surgió la Inquisición, lugar para recluir pecadores. El dogma cristiano se insertó en las escuelas y en las cárceles en alguna época. No obstante, los sitios de reclusión como los templos, las escuelas, las plazas, en fin, no fueron ni son suficientes para el cristianismo. Para tener una sociedad controlada, en un status quo, y mantener

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La culpa, el sufrimiento y los demás conceptos cristianos son creados a partir del lenguaje y funcionan como tal. De esa manera, se produce una sociedad de control, que se caracteriza por ignorar que es controlada.

Éste es el argumento central del presente capítulo: el cristianismo funciona como lenguaje y se vale del carácter performativo de éste para dominar y controlar.

Para el desarrollo de esta sección, (a) se explicará qué significa la cruz y el cuerpo de Cristo para la religión en tanto símbolo, por qué y cómo devienen en la bandera de los cristianos. Luego, (b) se observarán cómo están escritas las leyes de Dios, es decir, Los Mandamientos y si contienen la culpa y el sufrimiento implícita o explícitamente. Se pasará (c) a aplicar la filosofía del lenguaje de Austin al funcionamiento de la culpa, el sufrimiento y los realiza-tivos que el cristianismo utiliza. Por último, (d) se complementará con el cómo funciona la ley lenguágica de Dios en tanto control.

3.1. Cristo, el máximo símbolo de sufrimiento

El cristianismo gira en torno a un símbolo básico: Jesús crucificado. Si bien las enseñanzas del Mesías son importantes para el dogma y la ética cristiana, resulta ser más relevante la figura de un cuerpo torturado: el símbolo de la crucifixión.

El medio por el que Jesús muere se hace prescindible, bien pudo ser una guillotina. El sig-nificado «verdadero» está en el porqué el Mesías ha muerto: por nosotros, para redimirnos de nuestros pecados.

Valga la aclaración: Jesús no es pecador, él actúa sólo en tanto chivo expiatorio. Es decir, Dios sacrifica a un hombre por nuestra salvación. Ese cuerpo sacrificado es el del Hijo de Dios; y esto es lo más revelador para los cristianos: el sacrifico es visto como la mayor de-mostración de amor por parte del Creador (Coward, 2003).

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go, que significa Mesías. La muerte de Jesús es el símbolo bandera de los cristianos, porque representa el amor de Dios hacia la humanidad, la reconciliación con Él y la esperanza de una vida eterna (resurrección).

Pero, el amor es cruel: la máxima expresión de amor es un sacrificio que muestra sufri-miento. Dios y su hijo sufren por culpa de la humanidad pecadora. Recordemos que Jesús

no es transgresor; por el contrario, él es el ejemplo que debemos seguir. Por lo tanto, Jesús de Nazaret no muere por sus errores; desde antes sabía que debía morir, no por él, sino por otros: nosotros, los pecadores.

Cristo representa el amor del Padre, pero también hace sentir culpable al ser humano; por

culpa de nuestras transgresiones «Dios hecho hombre» sufre, como nadie antes había

sufri-do. Para decirlo en términos más fuertes: la humanidad es culpable y debería sentir culpa

por la muerte y el sufrimiento del Hijo de Dios.

El símbolo Cristo es el cristianismo, en él se basa toda la religión. Tal concepción la expone claramente el mapamundi de Psalter: el mundo es el cuerpo de Jesús y hay un ombligo, que es Jerusalén. Esta imagen medieval junta dos tradiciones: la romana esférica que se cristia-niza a través de la geografía plana (judía) de la Biblia. Dos cosmovisiones se sincretizan para formar un solo símbolo: el cuerpo de Dios torturado.

Jesús en la cruz es la imagen más reproducida en la historia del arte cristiano y es la imagen central de la cristiandad. Pocas culturas han tomado a un cuerpo torturado como la repre-sentación de la divinidad. Es una imagen que se ha naturalizado, pero que resulta terrible, puesto que muestra cada herida y expresa el máximo dolor físico. Tengamos presente que Cristo es un cuerpo de hombre. Lo que quiero decir es: el dios cristiano es un cuerpo humano torturado donde lo más importante es el sufrimiento que se observa (Vignolo,

2011).

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centro un crucifijo y en sus límites, se elevan las gárgolas, los monstruos que custodian las fronteras entre el dogma y lo maligno.

Como modelo de cuerpo, de Cristo se desprende, por ejemplo, la figura contraria: el Diablo, originado del Macho cabrío, símbolo griego de fertilidad. Entre otros tantos monstruos que se produjeron como contradicción al canon: los cinocéfalos (hombres perros), los antípo-das, los pigmeos, los cíclopes8.

El sufrimiento, explícito en el canon corpóreo Cristo, resulta un dispositivo de control, puesto que el dolor y el sacrificio por Dios se naturalizan como camino hacia la salvación. Es decir, para entrar a la Comunidad Celestial —o Reino de Dios, como se prefiera—, se debe sufrir. Y no es válida la excusa que tal dolor no es soportable, ya que lo que sentimos

no es comparable con el sufrimiento del Hijo de Dios. Por lo tanto, no debemos quejarnos por nuestro dolor ni mucho menos por los castigos más rigurosos que provengan de Dios. De esta forma, se naturaliza el dolor y los castigos divinos.

En la medida en que el cuerpo de Cristo es importante para los cristianos, para los católicos, por ejemplo, la eucaristía se erige como el centro del culto. Es un ritual donde se sobrecodi-fica el pan y el vino como cuerpo y sangre de Cristo; es un acto netamente simbólico.

Co-mulgar es comer y beber de la humanidad del Hijo de Dios. Y «comulgar» significa recibir

la comunión, ser comunidad con Dios.

La idea que el cuerpo y la sangre divina estén en cada uno de los que comulgan es un rito que materializa a Dios y hace creer que el Señor está «con vosotros, y con su espíritu». Así,

8 De hecho, cuando se da el encuentro con los indígenas de América, se creen que son modelos de alteridad,

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el cristianismo penetra en la coporalidad de los creyentes; es el cuerpo torturado de Cristo dentro de ellos.

Jesús crucificado, entonces, es la figura humana modelo que llega a la Comunidad Celestial y, para llegar a Dios, debemos seguir ese símbolo de sufrimiento llamado «Cristo».

Ahora bien, aclaremos cómo se concibe en este texto el concepto «símbolo». Sausssure distingue el signo del símbolo, debido al efecto de naturalidad que da este último. El símbo-lo, con relación a su significado, no es natural, sino que es más arbitrario; la convención y la costumbre colectiva lo hacen objetivarse.

El símbolo en sí no es meramente lingüístico, sino, más bien, externo a la gramática; sin embargo, no es ajeno al conjunto lenguaje. Lo simbólico es una función de éste —de tantas que se pueden formar—. Es la correspondencia de la expresión (la palabra) con un conteni-do histórico y convencional. El símbolo, a diferencia del signo, no se explica ni funciona sólo lingüísticamente, sino que es lenguágico9.

Así, cuando me refiero a Cristo como símbolo, lo hago para aclarar que es un significado naturalizado por las instituciones religiosas, en este caso, cristianas. Jesús fue un hombre histórico que se re-presentó como símbolo de salvación y amor en el instante que fue cruci-ficado. Entonces, las acciones y la muerte de un individuo devienen en institución religiosa.

En definitiva, Cristo es un cuerpo torturado que expone el sufrimiento que Dios y su hijo padecieron por culpa de la humanidad. No se trata sólo de un dolor corpóreo, sino

espiri-tual: ¿quién podría sufrir más que un padre que sacrifica a su hijo por otros que no lo mere-cen? Dios y Jesús han sufrido como ningún otro, no hay dolor humano que se le compare

9 El término «lenguágico» se utiliza para hacer una diferencia clara con lo lingüístico, estructuras de

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con ello. Cristo es el máximo símbolo de sufrimiento, primer gran engranaje de la máquina semiótica cristiana.

3.2. El gran comunicado de Dios: Los Mandamientos

El lenguaje no sólo es implícito, sino que también le da la posibilidad al cristianismo de ser claro con su ley: el Decálogo. Los cristianos deciden sus acciones conforme a diez orde-nanzas que, según, le dejó Dios a Moisés en el monte Sinaí. Los Diez Mandamientos, como grandes consignas explícitas del Padre, comunican cómo se debe actuar. A través del

len-guaje, se ejerce una dominación evidente.

Existen ciertas discrepancias entre los católicos y los ortodoxos en la enumeración del Decálogo. El Catecismo de la Iglesia Católica ha editado, como la institución que es, las ordenanzas que se consignaron en la Biblia. En el presente trabajo, como hicieron los ad-ventistas y otras ramificaciones del cristianismo, tomaremos Los Mandamientos tal como aparecen en el Éxodo (20, 2-17) y el Deuteronomio (5, 6-21).

«No te hagas Dioses delante de mí», ordena el primero. Dios es celoso y no acepta que se tenga otro ídolo, porque eso es rebeldía y se paga con el castigo. El segundo prohíbe adorar cualquier imagen; los católicos han eliminado éste por razones obvias. El tercero deja claro que a Dios no le agrada que se tome su nombre en vano, pues de ser así, el pecador será castigado.

El cuarto hace referencia a la Creación; el Padre hizo el mundo en seis días y descansó al séptimo. El día siete resulta importante para los cristianos, puesto que sólo se debe alabar a Dios; el séptimo es sagrado. La Biblia de la que saco las citas, que es católica, hace referen-cia al día siete como el sábado: «Acuérdate del día del Sábado, para santificarlo» (Éxodo 20, 8). Además, en los comentarios, explica que los hebreos llamaron «Sabat», es decir, «descanso» al último día de la semana; de ahí proviene la palabra «Sábado»10. Resulta una

10 Algunos cristianos argumentan que es el sábado, porque Jesús lo respetó en la crucifixión: murió un

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contradicción, ya que, para los católicos, se debe guardar el domingo. Pero, las discrepan-cias entre ramas del cristianismo no son tema del presente escrito.

De aquí en adelante no hay contradicciones entre los cristianos: el quinto mandamiento es el de honrar a padre y madre, para que la vida se prolongue; no matar; no cometer adulte-rios; no robar; no dar falsos testimonios; no codiciar.

Los Mandamientos bien se podrían dividir en dos categorías: las prohibiciones y las orde-nanzas. Las primeras son las que Dios enuncia con un «no» rotundo y, además, las conjuga

en segunda persona —«no robes»— para que la prohibición sea más efectiva y directa al referirse a quien lee o escucha. En las consignas, aunque sólo son dos —guardar el sábado y honrar a padre y madre—, se muestra a un dios más generoso, pero de igual forma es una orden que se debe cumplir.

¿Cómo es que estas diez ordenanzas se erigen como la Ley? «Y cuando dejó de hablar las escribió en las dos tablas de piedra que me entregó» (Deuteronomio 5, 22). El decálogo aparece en dos libros de la Biblia pertenecientes al pentateuco: Éxodo y Deuteronomio. En este último, se dice que fue Dios mismo quien escribió Los Mandamientos. Es el dedo de fuego, el Espíritu Santo, quien graba la Ley en tablas de piedra, para que no se borre, para que el pueblo de Israel la recuerde y se la repita a los hijos de sus hijos, por los siglos de los siglos.

Y si es Dios mismo el que la pregona y escribe es porque ésa es la Ley que se debe cumplir

para no pecar, no ser castigados, no sufrir, salvarse y tener larga vida: «Él guarda su Alian-za y su misericordia hasta mil generaciones a los que lo aman y cumplen sus mandamien-tos, pero castiga en su propia persona a quien lo odia, y lo hace perecer sin demora» (Deu-teronomio 7, 9-10).

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son las normas de comportamiento que se deben seguir para ser bueno. De esta manera, se

clasifica al ser humano: se es «bueno» si sigue la Ley explícita divina o se es «malo» si se es rebelde.

Lo que comunica Dios es la Ley —si es que alguna vez ha comunicado otra cosa que no sea

una ordenanza—. Comunicar es transmitir consignas (Deleuze y Guattari, 1994). En eso consisten Los Mandamientos: el primer gran comunicado de Dios para los hombres.

La vida se reduce, entonces, a tal comunicado: a la obediencia de diez mandatos. Así, la religión cristiana se constituye como una manera de obrar y, sobre todo, de vivir.

3.3. Verbos divinos

Si tomamos como función única del lenguaje la de describir el mundo, y si en este texto se dice que el cristianismo es lenguágico, tendríamos que respondernos la pregunta de cómo es Dios. Y si el lenguaje sólo sirve para describir, entonces llegaríamos a una dificultad: no habrían figuras retóricas y, peor aún, no podríamos mentir.

Si los enunciados fuesen meramente descriptivos, sólo podríamos decir la verdad; yo no debería poder afirmar, por ejemplo, que Jesús fue mujer y no hombre. Sin embargo, lo pue-do hacer.

En ese orden de ideas: si la esencia del lenguaje fuese describir el mundo, tendría que haber una correspondencia exacta entre objeto y enunciado. Es decir, el lenguaje no sería una representación, sino una extensión de una cualidad o de la cosa en sí misma, lo que no ocu-rre en el momento de ser usado.

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