21. LA EUCARISTÍA Conferencia1
1. Hoy vamos a tratar de la Eucaristía, es decir, del núcleo vivo de la Misa, de lo que la constituye esencialmente
2. En el desarrollo de la Misa hemos distinguido cinco partes:
a) la Sinaxis, o reunión de la iglesia, se constituye la asamblea, entrada, reunión, oración colecta.
b) Las Lecciones o iluminación de la fe dada a la iglesia reunida; y como corolario, Credo, confesión de la fe
c) El ofertorio, o preparación del altar, es decir, el acto de la iglesia reunida en un cuerpo (asamblea) y en una fe (lecciones) que presenta el pan y el vino de la eucaristía.
Estas partes son preparatorias: preparación de la asamblea por la reunión; del pueblo por la fe; del altar por la ofrenda del pueblo. Y luego viene el sacrificio
propiamente dicho, esto es, la eucaristía del pan y del vino. Y finalmente, la participación del sacrificio, esto es, la comunión, parte complementaria.
Todas las partes de la Misa (preparación y participación) son de la Misa, menos la Eucaristía. La Eucaristía no es de la Misa. Es la Misa.
3. La Eucaristía consiste en esto: 1) en que, en Memoria del Cristo y ante la iglesia reunida 2) el Sacerdote da gracias a Dios pronunciando la eucaristía, es decir, las palabra de la acción de gracias sobre el pan y el vino ofrecidos por la Iglesia y que él tiene, delante de sí, en ese momento, en el altar.
4. Esa acción de gracias es doble. Ante todo un acto de reconocimiento, de agradecimiento – un acto psicológico: damos gracias a Dios por un hecho que recordamos expresamente, del cual hacemos memoria.
Pero esta memoria y esta acción de gracias no son solamente un simple acto de la mente, sino que inciden sobre una materia (el pan y el vino de la ofrenda) de modo que la Memoria no consiste solamente en recordar algo sino en hacer algo. Y la Eucaristía, la acción de gracias no consiste solamente en dar gracias por algo, sino
sobre algo.
El Memorial, pues, es a la vez un “recuerdo” y un “sacramento”. Y este hecho de que al recuerdo, a la memoria se una el sacramento, la osa hecha (prolación de unas palabras sobre una materia determinada) hace de la Eucaristía una acción sagrada en la cual la Iglesia re-presenta, es decir, pone presente delante de Dios y de los hombres, bajo las especies del pan y del vino, la muerte y resurrección de
Jesucristo, es decir, el misterio mismo escondido en Dios desde siempre, manifestado en la historia en un momento del tiempo y recogido en lo alto, en gloria.
5. La inteligencia, pues, de la Eucaristía depende de la inteligencia que tengamos del misterio de Dios que Dios reveló en la historia y que el Señor Jesús instituyó como su
1 Es otra conferencia algo distinta de la anterior. Repite naturalmente algunos conceptos pero las
diferencias con la anterior justifica la publicación de ambas.
propio misterio en la Cena, dándolo a la Iglesia para que lo hiciera, esto es, para que lo ofreciera al Padre (en sacrificio) y lo diera a los hombres (en alimento) – hasta su vuelta.
6. Hay, pues, tres puntos fundamentales, esenciales y sin los cuales nada puede entenderse en la Misa: 1) la Ofrenda, offerimus tibi2; 2) la Memoria, unde et
memores3 y 3) la Acción de Gracias.
En Memoria de Cristo ofrecemos al Padre, Dios, un sacrificio – la hostia y el cáliz – y lo hacemos “dando gracias”, es decir, haciendo una eucaristía.
Y el “actor” de este acto de Memoria, de Acción de Gracias y de Ofrecimiento, no es una persona cualquiera sino la Iglesia, toda la Iglesia y constituida orgánicamente. El Sacerdote dirá: Nos, servi tui4, (él y los ministros) et plebs tua sancta5 (pueblo). Ni el
Sacerdote solo, ni el pueblo solo. Sino el pueblo con el sacerdote; y aún uno y otro “in ecclesia”, es decir, con Cristo – nuestra cabeza.
7. La Eucaristía es un sacrificio, es decir, un acto eminentemente sacerdotal y esto nos obliga a preguntarnos Quién es el Sacerdote en la Iglesia de Dios.
La Eucaristía es el sacrificio de la Iglesia. Ahora bien, en la Iglesia, el Sacerdote, el Sumo y Eterno Sacerdote, el Único Sacerdote es Cristo. Y lo es en sí mismo, en su ser divino-humano. La encarnación lo unge, lo hace Cristo, es decir, lo hace pontífice.
Ahora bien, así como los actos humanos de Cristo, su oración, su ayuno, sus milagros, su doctrina, su pasión, su muerte, su resurrección, etc. son actos de la Persona, actos del Verbo encarnado, así lo actos de la Iglesia en los sacramentos, en el bautismo, la confirmación, la eucaristía, la absolución, etc., son actos formales de Cristo: bautiza Pedro, bautiza Cristo, etc.
Sin lesionar la unidad del acto litúrgico (así como la intervención de la naturaleza humana no lesiona el acto de la Persona, de Dios) Cristo es el actor
principal y único de la Misa. Y Cristo, en la liturgia, obra con un instrumento conjunto, con un instrumento separado: La Iglesia.
Cristo, pues, único Sacerdote – sacerdos in aeternum semper vivens ad interpellandum pro nobis!6 – obra en la Eucaristía a través de la Iglesia (que es su
cuerpo). Y este cuerpo, en el caso de la celebración concreta, este cuerpo sacerdotal – que ofrece, asiste y participa – consagra por medio del ministro ordenado para este fin, es decir, mediante un acto del sacerdocio funcional.
Hemos visto que en los actos mayores de la Misa (dejando de lado oraciones privadas) el Sacerdote obra siempre in persona Christi7.
Y si eso hacía ya en el Introito, en el envío de la Palabra (lectura del evangelio), en la recepción de las ofrendas (ofertorio) cuánto más en la eucaristía en que, no sólo ofrece preces y dones del pueblo, sino que pronuncia palabras eficaces cuyo sujeto no es él, sino Cristo mismo: “Esto es mi cuerpo”, “éste es el cáliz de mi sangre”.
2 Te ofrecemos…
3 Por lo que, recordando… 4 Nosotros tus siervos 5 Y tu pueblo santo
El carácter instrumental del sacerdocio católico es uno de los fundamentos de la Iglesia misma. Nosotros no tenemos más Sacerdote que a Cristo. De ese sacerdocio participamos todos por el bautismo. Y dentro de esa participación general, algunos son llamados y “ordenados” para que ejecuten – en representación de la Iglesia – determinados actos del Sacerdocio único de Cristo y forman el clero, el sacerdocio funcional.
Así, pues, 1) en Memoria 2) ofrecemos a Dios (offerimus tibi) 3) dando Gracias, haciendo Eucaristía. Y el sujeto que hace este Acto sagrado es Cristo, Cabeza y
Cuerpo: Cristo pontífice, proyectado orgánicamente en su Iglesia reunida, clero y fieles. Nos servi tui: – sacerdocio funcional; – et plebs tua sancta: – sacerdocio real.
8. Ahora cabe preguntarnos: de Qué hacemos Memoria; de Qué damos Gracias y Qué ofrecemos. Lo más inmediato es la ofrenda. La Iglesia ofrece pan y vino (cumpliendo el mandato del Señor en la institución) Y en este Pan y Vino ofrece sacramentalmente la Muerte de Cristo, es decir su sacrificio.
La Eucaristía pronunciada sobre el Pan y el Vino convierten el Pan en el cuerpo de Cristo y el Vino en su sangre. Y por esta consagración por separado del cuerpo y la sangre, se constituye, en el sacramento, el sacrificio de la muerte de Cristo.
9. Esas cosas las veremos en el rito de la Eucaristía, y así, teniendo en cuenta lo que hemos dicho, atendamos al rito:
Omnia parata, ‘todo está preparado’: 1) La Iglesia está reunida (unidad de la oración en su Espíritu) 2) el pueblo está en la fe de la palabra (unidad de la fe en su Palabra) 3) el altar tiene la ofrenda pedida por el Señor (unidad de propósito para cumplir su
mandato)-Veamos ahora el rito de la Eucaristía, es decir, la manera cómo la Iglesia da gracias, conmemora y ofrece.
10. Exteriormente distinguimos dos partes en el rito de la Eucaristía: una es el
Prefacio, la otra el Canon. El Prefacio es la acción de gracias, que, después de dialogar con el pueblo (asegurándose de su asistencia) el Sacerdote pronuncia solemnemente con las manos en alto, dando gracias por Cristo nuestro Señor al Dios a quien llama:
Domine, Sancte Pater, Omnipotens Aeterne Deus.
Esta oración solemne modulada en un recitativo, a la cual somos llamados expresamente y que toda la asamblea oye de pie, termina, en boca del Sacerdote con el “dicentes” que da entrada al Sanctus. Al llegar a ese “dicentes” la voz del
Sacerdote cesa de oírse y el coro (boca del pueblo) toma el Sanctus y lo canta. Ahora bien, el canto del Santos que es cantado en dos partes separadas – primero (antes de la consagración) cantando el trisagio de los serafines y luego (después de la consagración) cantando la aclamación mesiánica, el “benedictus qui venit” de los niños – dura bastante tiempo y es acompañado por la música. De manera que la música sostiene y prolonga este Sanctus y él, con el incienso y las luces que llegan para el momento de la consagración, forman algo así como el velo del Canon. Es decir, cubren ante la asamblea el ciclo de oraciones sacrificiales que el Sacerdote, en voz baja, oída de sus solos ministros, realiza la acción sagrada.
El pueblo es advertido de esta acción por la elevación sucesiva de la hostia y el cáliz y mediante los actos que la acompañan: las luces, la campana, el incienso y, cuando la recitación del Canon llega a su término el Sacerdote eleva la voz y mediante esa exfónesis, al decir: per omnia saecula saeculorum! termina la gran doxología de la acción de gracias y pide solamente al pueblo el Amén del sacrificio.
11. Tenemos pues dos partes en la estructura exterior de la Eucaristía: Primero, la oración sacerdotal, la acción de gracias, clara, rotunda, modulada sobre las notas del recitativo, y luego, el Canon actionis, es decir, la regla de la acción sagrada.
Pero este Canon, que no oímos, queda para nosotros dentro de ese velo del Sanctus que canta el coro en dos momentos separados: el del Trisagio y el del Benedictus.
El Canon es dio por el Sacerdote en ejercicio del munus sacerdotal. Pero no excluye al pueblo, pues, aunque el pueblo no consagra, es el pueblo – la iglesia toda – quien por medio del Sacerdote hace este acto
– al cual ha sido llamado cuando el Sacerdote dijo: Gratias agamus domino Domino nostro: hagamos la Eucaristía – y para el cual le es pedido asistencia y asentimiento en la exfónesis que termina el Canon, al exigírsele el Amén final de la gran doxología.
12.Análisis del Prefacio
1) El Prefacio no es un “prefacio”. El Prefacio es “actio” plena. Prefacio quiere decir: discurso solemne delante de; aquí: delante de Dios y del pueblo, in ecclesia, in Cristo.
2) Comienza un diálogo: el sacrificio de la Iglesia pone en acto de acción de gracias a la iglesia. Los elementos del diálogo son estos tres:
a) Dominus vobiscum (un llamado, no un saludo y sin beso, como el del evangelio) b) Sursum corda (asistencia de Ángeles: ejercicio de nuestra ciudadanía celeste). Habemus ad Dominum: donde está Cristo interpelando por nosotros.
c) Gratias agamus Domino nostro (Demos gracias, sí, pero hagamos la eucaristía también) Es digno y justo. Digno de Dios, justo y debido en nosotros.
3) Después de este diálogo y fundándose sobre las palabras del pueblo, el Sacerdote comienza a hablar con Dios: Verdaderamente es digno y justo y saludable: equitativo, que siempre y en todas partes te demos gracias a Ti, Señor, Padre Santo, Omnipotente eterno Dios:
¿Por qué, de qué reconocemos que es justo y digno y equitativo y saludable darte gracias? ¿Cuál es el motivo, cuál es el tema de esta acción de gracias? El Sacerdote lo dice: es digno y justo, equitativo y saludable que siempre y en todas partes te demos gracias por Cristo Nuestro Señor: ¡Per Christum Dominum Nostrum!
Estamos en el centro mismo de la fe – y aún de toda religión – de la relación de la creatura con Dios. ¿Qué hace Dios? El Bien: lo propio de Dios es hacer el bien,
bene-facere. ¿Qué puede hacer la creatura? Dar Gracias: lo propio de la creatura es dar gracias bien dadas; eu-caristiar.
historia: la intervención sobrenatural de Dios que nos libera (acción de gracias del pueblo de Israel y de los Cristianos).
Tres efusiones divinas
Ahora bien, notemos las tres efusiones divinas.
a) Dios se constituye a sí mismo, necesariamente, en la Trinidad. b) Dios crea por difusión de sí mismo libremente por imperio: ¡Fiat!
c) Dios llama a la criatura: a una relación trascendente, a una relación libre y personal consigo mismo.
Éste es el misterio, es decir, esto es Cristo: resumir, recapitular la creación y la historia en la carne asumida del Hijo y vincularla – por su sacrificio – por su muerte y resurrección a la corriente de la vida divina personal.
A este acto de Dios que crea alabanza cósmica: redime (por la muerte de Cristo) y santifica o deifica, es decir, asocia a la criatura a la vida intratrinitaria por la resurrección de Cristo y la misión consiguiente del Espíritu Santo.
Somos llamados a dar gracias en la Eucaristía y la Iglesia lo hace no solo dando gracias por Cristo, por la existencia y la manifestación del misterio, sino también por medio de Cristo.
Ahora bien, este misterio es trascendente: a él se asocian los Ángeles, el mundo superior: nuestra república está en los cielos, nuestra liturgia es celeste, une el cielo y la tierra, una la tierra y el cielo. Cristo, el único Sacerdote, es el jefe común de los ángeles y de los hombres, y es más nuestro que de ellos por la naturaleza asumida. Por Él pues, alaban a la majestad del Padre, Dios, los ángeles: adoran las dominaciones, tiemblan las potestades. Y los cielos y las virtudes de los cielos y los bienaventurados serafines juntamente socia exultatione, es decir, con una alegría unánime la celebran.
Cum quibus et nostras voces8 con los cuales te pedimos que admitas una voce
dicentes9: Con ellos pues te pedimos que admitas nuestras voces diciendo en
confesión rendida: ¡Sanctus, Sanctus…!
13. Mientras el coro canta el Sanctus el Sacerdote entra en el Te igitur. Desde el punto de vista de la estructura de la Eucaristía el Sanctus y el Te igitur son dos interpolacione orgánicas, vivientes, admirables. No son ni memoria, ni eucaristía ni ofrenda. Podrían no existir. De hecho no han existido.
El Sanctus es una interpolación coral. Es una forma de adoración.
El Te Igitur abre un ciclo de oraciones sacrificiales que le siguen. Ciclo de oraciones del más alto interés, que muestran muy bien lo que es la Iglesia pero que retardan la acción eucarística. Son oraciones de intercesión, de recomendación.
Veamos lo que dice el Sacerdote en estas oraciones mientras el coro mantiene nuestra adoración cantando el trisagio de los serafines.
8 Con los cuales también nuestras voces…
9 Diciendo a coro
14. El Sacerdote extendiendo y elevando las manos, juntándolas luego y elevando los ojos al cielo y luego inclinándose profundamente sobre el altar y con las manos puestas sobre él, dice el: Te igitur. A ti, pues, clementísimo Padre, por Cristo nuestro Señor, te ofrecemos estos dones y te pedimos que los aceptes, etc. Aquí detalla las intenciones del sacrificio, generales y particulares. Generales: La Iglesia toda, una con el Papa, una con el Obispo y en la unidad de todos los que profesan la fe. Luego, particulares: memento: acuérdate, circunstantes.
Luego dice cómo ofrecemos: comunicantes, en comunión, en unión común con los santos, con María, Madre de Dios, y los Apóstoles y los Mártires y todos los santos. Ofrecemos, pues, en común unión con al Iglesia triunfante, celeste.
¿Con que intención? Extendiendo las mano sobre la víctima ora diciendo:
Hanc igitur oblationem: para que dispongas nuestros días en tu paz, nos libres de la condenación eterna y nos cuentes en el número de tus escogidos.
Quam oblationem: la cual oblación te pedimos – con cuidado ritual – que la bendigas, la aceptes, la apruebes plenamente, la hagas perfecta y digna de agradarte, para que sea así para nosotros el cuerpo y la sangre de Cristo, tu Hijo.
Qui pridie: Aquí terminan las oraciones sacrificiales que recomiendan al Padre la oblación de la Iglesia. En este momento termina también el canto del Sanctos, el Trisagio y vuelve el tema de la Acción de gracias, es decir, tomamos de nuevo la Eucaristía. La Anáfora dice: Es digno y justo equitativo y saludable darte gracias por Cristo nuestro Señor. Quien, el día antes de su pasión: – qui pridie quam pateretur.
15. El Sacerdote pues, dice las palabras consagratorias sobre el pan y eleva la hostia consagrada; luego, en el Simili modo: del mismo modo, dice las palabras
consagratorias sobre el Cáliz y eleva la Sangre del Señor. En este momento oímos la música sola, vemos el incienso que es ofrecido y adoramos de rodillas.
Luego: el coro canta la segunda parte del Sanctus, es decir, la aclamación mesiánica de los niño, el Benedictus qui venit in nomine Domini, mientras el Sacerdote continúa declarando explícitamente la acción sacramental:
Unde et memores: por lo que recordando, esto que hemos hecho, la eucaristía del pan y del vino, lo hacemos, toda la Iglesia: nos servi tui et plebs tua sancta, lo hace: en Memoria. En Memoria de la bienaventurada Pasión de tu Hijo, de su resurrección de los infiernos y de su ascensión a los cielos. Y lo ofrecemos a tu Majestar como hostia pura, santa, inmaculada, Pan de vida eterna y Cáliz de perpetua salud.
Supra quae: sobre las cuales, sobre este sacrificio, pues, te pedimos que mires con rostro sereno y lo aceptes: como aceptaste los dones de tu siervo Abel y el sacrificio de nuestro padre Abraham y la oblación de pan y vino de tu sacerdote Melquisedec. Muerte: Abel. Resurrección: Abraham que recupera a Isaac. Oblación de la Iglesia: Melquisedec.
ángel en el Altar sublime, en la presencia de la Majestad, para que todos los que ex hac altare participatione, los que por participación de este altar recibamos el cuerpo y la sangre de tu Hijo seamos llenos de toda bendición y gracias.
Memento de difuntos. Viene ahora un enclave. Acuérdate aún: etiam! ¿Por qué no recordamos de los difuntos juntamente con los vivos? Porque los difuntos no ofrecen. Por ellos lo ofrecemos, pero ellos no lo ofrecen.
Nobis quoque peccatoribus: también a nosotros pecadores. Estos “peccatoribus” son los ministros del altar que piden parte en la compañía con los santos.
Finalmente: la gran doxología – con la elevación conjunta del cáliz y la hostia – y la exfónesis, dan término al Canon.
* * *
Pobreza, aridez. La Eucaristía es necesario verla. Verla, considerarla, contemplarla tal como es hecha, tal como nos es dada.
Es necesario ver bien el Prefacio, es decir, el comienzo de la Anáfora, la eucaristía que hacemos al Padre por Cristo nuestro Señor, estudiando las
“variaciones” de los temas según el ciclo de los misterios; según el momento que en el año, en el día, el misterio presenta a nuestra contemplación. El per Christum Dominum nostrum se despliega en diferentes prefacios. Todos incitan a dar gloria al Padre, todos incitan a unirnos a los ángeles, pero cada uno tiene luces propias. Todos son Cristo, pero en cada uno hay diferentes perfecciones del misterio que se
manifiesta.
Luego: el análisis del Canon tiene que ser considerado en función del Sanctus. En el Sanctus eterno que resuena en nuestro Sanctus de la Misa, están los dos temas que permiten intuir el misterio del Sacrificio: la Santidad de Dios y su Consejo. La Santidad de Dios (el trisagio) y su Consejo, es decir, su propósito, la economía, la
manifestación: el Dios Santo es Dios Santificador: Benedictus qui venit, Bendito el que viene…