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Olvidando a Nietzsche

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Academic year: 2020

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(1)UNIVERSIDAD DE LOS ANDES. FACULTAD DE CIENCIAS SOCIALES. DEPARTAMENTO DE FILOSOFÍA. OLVIDANDO A NIETZSCHE. PRESENTADO POR: JUAN FRANCISCO SALDARRIAGA. DIRIGIDA POR: CARLOS B. GUITIÉRREZ. BOGOTÁ, JUNIO DEL 2.004.

(2) Entenderás cuando hayas olvidado lo que entendiste antes. Italo Calvino.

(3) Contenido. INTRODUCCIÓN. 1. CAPÍTULO 1 La Vida. 6. CAPÍTULO 2 La Enfermedad. 20. CAPÍTULO 3 El Olvido. 42. CONCLUSIONES. 70. BIBLIOGRAFÍA. 75.

(4) INTRODUCCIÓN. ¿Es acaso lícito preguntarse qué tanta relación debe tener la filosofía con el hombre en concreto y no con el ser en general? ¿Se nos permite como filósofos separarnos momentáneamente de la metafísica para hacer algo así como una filosofía práctica, terapéutica como podrían llamarla algunos? ¿Qué tanto de lo práctico o terapéutico es permitido, es necesario, es aceptable dentro del ámbito filosófico tradicional y académico?. A mi modo de ver, la filosofía nace de uno de dos esfuerzos: o bien, ella surge de un impulso por querer explicar el mundo en su más íntima y primera esencia, o bien, ella nace de un esfuerzo por hacer que el hombre viva mejor, de manera más intensa, más completa, por hacer que el hombre sea más o menos humano. El lugar de donde la filosofía nazca, su impulso generador y la predilección personal del filósofo en cuestión harán que ella tome uno de los dos caminos, el metafísico o el práctico, y que uno de éstos prime necesariamente sobre el otro. Esto último, sin embargo, sin ni siquiera imaginar que una filosofía práctica pudiera verse desligada en ningún momento de una metafísica que la soporte, o, viceversa, que una filosofía principalmente metafísica pudiera existir por sí sola sin presuponer un determinado actuar en el mundo, una cierta ética, una moral o recomendaciones de acción y de actitud. En efecto, la mayoría de filosofías dignas de ese nombre, desde Platón hasta Wittgenstein, conllevan, más o menos explícitamente, ambos aspectos.. Teniendo en cuenta lo anterior, podemos decir que una filosofía que parta de un impulso por hacer al hombre mejor, más o menos perfecto, debe presuponer necesariamente que el 1.

(5) ser humano, como el filósofo en cuestión lo considera, no se encuentra en su más óptima condición, en su mejor estado, y que existe lugar en él para mejoría o por lo menos para cambio. En contraste con esto, una filosofía que se piense a sí misma ante todo como explicación de la esencia última del mundo no necesariamente tiene que considerar que el hombre se encuentra mal o enfermo, o siquiera que éste debe o puede mejorar su condición: es posible que esta filosofía simplemente desee hacerse preguntas importantes acerca de la estructura del mundo, de su funcionar o del ser en general y se quiera como una investigación, como mera especulación o incluso como un simple ejercicio del entendimiento. En cambio, como ya lo dijimos, un pensamiento que desee verse en algún instante como práctico, como terapéutico, o que por lo menos proponga cierto modo de ser o de actuar en el mundo debe partir de la base de que el hombre de su momento, tal y como él lo ve, no es lo que a él le gustaría que fuera, o en otros casos más extremos, que el hombre ha decaído, se encuentra enfermo o, incluso, ha enloquecido.. Uno de estos casos extremos puede observarse en la filosofía de Nietzsche, en la cual el sujeto en cuestión, el hombre decimonónico, burgués, ateo y al mismo tiempo moral, supuestamente ilustrado, productivo y comerciante y profundo conocedor de la historia, es visto como un ser en decadencia, enfermo física y mentalmente. A través de sus distintas obras, desde el Nacimiento de la Tragedia hasta Ecce Homo o los Fragmentos Póstumos, este filósofo describe al hombre actual como “degenerado”, “enfermo” o incluso loco. Frases como “¡Oh demente y triste bestia hombre! ¡Qué ocurrencias tiene, qué cosas antinaturales, qué paroxismo de lo absurdo, qué bestialidad de la idea aparecen tan pronto como se le impide, aunque sea un poco, ser bestia de acción!”; o, “aquí hay enfermedad, no hay duda, la más terrible enfermedad que hasta ahora ha devastado al hombre”; o, incluso, 2.

(6) “¡En el hombre hay tantas cosas horribles!... ¡La tierra ha sido ya durante mucho tiempo una casa de locos!...” (LA GENEALOGÍA DE LA MORAL, p. 119-20), son claras demostraciones de que el hombre de su momento no representa para Nietzsche la más saludable o perfecta de las criaturas.. A partir de esto, es posible decir que la filosofía de Nietzsche emana de una primera constatación del mal estado del hombre en el momento en el que este filósofo escribe; y lo que él pretende mediante sus escritos es, entonces, averiguar qué ha llevado este ser hasta dicho estado de decadencia y enfermedad, es reinterpretar los acontecimientos, la historia y sobre todo los valores para, a partir de este nuevo sentido, descubrir cómo y por qué el hombre de su momento se encuentra en tal grado de demencia; todo esto, con miras a proponer una nueva forma de ser en el mundo, un nuevo espíritu frente a la vida y las cualidades que nos llevarían hasta éste.. En efecto, es precisamente de encontrar las causas de la enfermedad del hombre de lo que se trata, por ejemplo, La genealogía de la moral; Nietzsche mismo enuncia su propósito al principio ésta: necesitamos una crítica de los valores morales, hay que poner alguna vez en entredicho el valor mismo de esos valores – y para esto se necesita tener conocimiento de las condiciones y circunstancias de que aquéllos surgieron, en las que se desarrollaron y modificaron […], un conocimiento que hasta ahora ni ha existido ni tampoco se lo ha siquiera deseado. (LA GENEALOGÍA DE LA MORAL, p. 28). De esta manera, una vez constatado el estado enfermizo del hombre de su tiempo, mediante la decodificación y mediante la genealogía, Nietzsche pretende encontrar a través de sus textos los reales orígenes de nuestros valores, ya que considera que son estos valores – 3.

(7) acompañados de la moral, de la metafísica y de la religión que los ponderan como el bien supremo, como la cosa en sí – los que han llevado al hombre actual hasta tal estado de demencia.. Luego de este análisis – el cual en realidad Nietzsche nunca acaba de hacer: siempre lo veremos descubriendo nuevos sentidos, reinterpretando de nuevo el pasado y el presente y volviendo sobre lo mismo de diferentes maneras una y otra vez – luego de este análisis, digo, e inclusive durante el curso del mismo, Nietzsche propone nuevos modos de enfrentar el mundo, nuevas formas de ser e, incluso, llega hasta profetizar la venida de un nuevo tipo de hombre, el “Übermensch”, todo con miras a solucionar de cierta manera los problemas que él había constatado en el hombre actual. Así, de los dos tipos de filosofía mencionados anteriormente, el pensamiento de Nietzsche podría catalogarse en gran medida como una filosofía práctica, que ante todo pone en relieve nuevas maneras de asumir la existencia y de vivir y no tanto – de manera explícita – el ser o la esencia última del mundo. Digo no tanto de manera explícita porque como bien lo rescata Heidegger, la filosofía de Nietzsche sí implica y contiene una gran discusión con el sentido último del mundo y del ser aunque ésta no salte a la vista de forma evidente en una primera lectura. Heidegger llega incluso a afirmar que Nietzsche debe ser puesto al mismo nivel que Aristóteles, ya que su pensamiento trata en último de la pregunta por el ser. Según Vattimo, Heidegger correctamente consideraba que Nietzsche no simplemente era un filósofo sino también un filósofo en el sentido técnico de la palabra, ya que el más viejo y más fundamental problema de la filosofía era el foco central de su atención, a saber, la pregunta por el Ser (VATTIMO, 1) (traducción mía)1.. 1. Heidegger rightly considered Nietzsche to be not merely a philosopher but also a philosopher in the technical sense of the word, because the oldest and most fundamental problem in philosophy was the central focus of Nietzsche’s attention, namely the question of Being.. 4.

(8) Lo que yo pretendo hacer en esta monografía es, pues, primeramente, analizar el concepto de vida que tiene Nietzsche, lo que él considera como una buena vida y como la verdadera salud en el ser humano. Luego, basándome en esta buena vida, estudiaré la enfermedad del hombre, ese estado que Nietzsche descubre en el ser de su tiempo y observa como desfavorable, como no óptimo y que le da pie para proponer una nueva forma de ser en el mundo y una nueva manera de afrontar la existencia. Y finalmente, después de descubrir la enfermedad, propondré el olvido como elemento representativo y crucial tanto de la cura a esta enfermedad como del nuevo ideal de ser que propone este autor. Así, habremos visto en qué medida la filosofía de Nietzsche se involucra intensamente con el ser humano en concreto y llega, incluso, a ofrecernos una forma distinta de ser en el mundo con la que, en el mejor de los casos, nos acercaremos a la felicidad o por lo menos viviremos la vida de manera más intensa.. 5.

(9) CAPÍTULO 1 La Vida. Aquí resulta necesario pensar a fondo y con radicalidad y defenderse contra toda debilidad sentimental: la vida misma es esencialmente apropiación, ofensa, avasallamiento de lo que es extraño y más débil, opresión, dureza, imposición de formas propias, anexión y al menos, en el caso más suave, explotación… (MÁS ALLÁ DEL BIEN Y DEL MAL, p. 235) Antes de enfrentarnos a lo que Nietzsche considera como enfermedad en el hombre, es preciso investigar qué exactamente significa para este autor la vida en general y más específicamente una vida sana, ya que es únicamente a partir de esto que podremos, por contraste, encontrar la enfermedad del hombre y, así mismo, la cura que proponemos.. Inicialmente, es necesario dejar muy en claro que el valor supremo según el cual Nietzsche va a medirlo todo lo constituye la vida. En efecto, es a ella a lo que va a estar subordinado y destinado todo en este filósofo y es a través de ella que cualquier cualidad, virtud o defecto va a recibir el beneplácito o la desaprobación de éste pensador. Para Nietzsche, todo se tratará en última instancia de acrecentar la vida, de expandirla y de hacerla cada vez más intensa; inclusive el conocimiento mismo y la verdad – valores supremos para otros filósofos – van a estar aquí siempre supeditados a ella. Un claro ejemplo de esto es La segunda canción del baile, en la que a pesar de la tensión que se siente entre la vida y la sabiduría, Zaratustra termina por afirmar que “entonces [le] fue la vida más querida que lo que nunca [le había] sido toda [su] sabiduría” (ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA, p. 312).. Como complemento a esto, también debemos anotar que para Nietzsche no existen mundos más allá de éste o planos distintos a la realidad concreta en la que vivimos que vayan a 6.

(10) condicionar la vida: el cielo, el infierno e, incluso, el mundo de las ideas son meras quimeras, supersticiones o malinterpretaciones que el hombre se ha forjado de la naturaleza a través de los tiempos y que no constituyen en ninguna medida lo que en realidad es el mundo; lo único que existe es la naturaleza y es sobre ésta que en este caso la vida se va a basar. Según Nietzsche, con la muerte de Dios se hace evidente que no hay nada más allá de la realidad en la que vivimos y que como tal, la naturaleza es la última y la única realidad: todo lo existente se debe enmarcar dentro de ella, lo orgánico al igual que lo inorgánico y lo vivo al igual que lo muerto; aun más, para este filósofo, “lo viviente sólo es una especie de lo muerto, y una especie muy rara” (LA CIENCIA JOVIAL, p. 106) y lo que más abunda en el mundo es el elemento inorgánico. Además, el hecho de que Dios haya muerto y, sobre todo, el hecho de que no exista nada por fuera de esta realidad implica que a la naturaleza como totalidad no le hace falta nada, que ella no carece de nada y que, por ende, existe en total inocencia. Así, al constituir la naturaleza una unidad completa y autónoma y al no poseer metas o finalidades, la inocencia se convierte en regla dentro del mundo y en general en la vida. Now there is no longer an ever-present, existing ground outside the world watching it. There is nothing outside the world. And this gives back to the world its wholeness, its self-sufficiency, its ‘innocence.’ The world is not to be punished because it doesn’t measure up to being. There is no being. The world is lacking nothing. ‘Reality’ is not somewhere else, it is right here in this world (STAMBAUGH, p. 391-2).2 En última instancia, para Nietzsche la naturaleza es, pues, esa realidad y precisamente eso que ha constituido la base de la vida y la base de toda interpretación a través de los siglos.. 2. Ahora, ya no hay un siempre-presente, piso existente afuera del mundo mirándolo. No hay nada afuera del mundo. Y esto le da devuelta al mundo su entereza, su auto-suficiencia y su ‘inocencia’. El mundo no debe ser castigado porque no está a la altura de ser. No hay ser. Al mundo no le falta nada. La ‘realidad’ no está en alguna otra parte, está aquí mismo en este mundo (traducción mía).. 7.

(11) No obstante, podríamos preguntarnos si este postular la naturaleza como lo último y lo único existente en el mundo (¿como el mundo en sí?) no es ya una interpretación, cierta forma de ver la realidad y una perspectiva muy particular. Así como para muchos el mundo se compone de tierra, cielo e infierno, o de un mundo de ideas y otro mundo como reflejo imperfecto de este primero y todo eso condiciona su manera de ver la vida, así mismo para Nietzsche el mundo sería únicamente naturaleza y únicamente con base en ésta es que existiría la vida. ¿Qué diferencia existe, entonces, entre una visión y la otra en términos de interpretación? ¿Es la óptica judeo-cristiana del mundo más o menos interpretativa que la nietzscheana? Igual, ¿pretende Nietzsche en realidad no presentar ninguna interpretación del mundo al decir que éste es naturaleza y nada más? ¿Está Nietzsche en contra de la interpretación? Ciertamente no. Simplemente sería iluso pretender salirse del modelo interpretativo postulando la naturaleza y no el mundo de las ideas como última realidad; sería iluso pretender salirse del modelo interpretativo tout court.. Teniendo en cuenta, entonces, que para Nietzsche lo único que existe es naturaleza y que todo lo que hay se basa en ella, podemos decir que la vida como valor supremo adquirirá aquí necesariamente características naturales y que una buena vida será aquella que afirme dichas cualidades en vez de negarlas. De está manera, ya que no existe nada por fuera de la naturaleza que pueda otorgarle una finalidad, una razón de ser o una esencia, la vida que privilegia Nietzsche será como ésta, caótica y no orgánica u organizada, será una existencia sin esencia última ni preceptos morales o divinos que la fundamenten. “Caos es el carácter total del mundo por toda la eternidad; no en el sentido de una ausencia de necesidad, sino de una ausencia de orden, de articulación, de forma, de belleza, de sabiduría, y como sea que se llamen todas nuestras humanas consideraciones estéticas” (LA CIENCIA JOVIAL, 8.

(12) p, 105-6). Por el mismo hecho de que no haya nada por fuera de ella y de la naturaleza, la vida para este autor no tendrá razón de ser y no implicará ni una teología ni una teleología. Así, el hombre que favorezca Nietzsche será por ende un ser irracional y confiará más en sus impulsos naturales que en su intelecto: El ser vulgar se destaca por el hecho de que conserva su ventaja inalterable ante sus ojos, y que este pensar en la finalidad y en la ventaja es más fuerte incluso que el más fuerte instinto que haya en él: no dejarse seducir por aquel instinto hacia acciones sin finalidad – esa es la sabiduría y su vanidad. En comparación con éste, el ser superior es el más irracional – puesto que el noble, generoso, abnegado, de hecho sucumbe ante sus instintos, y su razón hace una pausa en sus mejores instantes. (LA CIENCIA JOVIAL, p. 29). Al no haber nada por fuera que sustente la naturaleza y la vida en ella tampoco existirá nada que le exija al mundo ser de una manera y no de otra, no habrá ese algo que acuse al universo por no ser moral, bueno o justo: la vida para Nietzsche simplemente será en completa inocencia y no se le podrán imputar juicios de moral o de valor. No obstante, este “simplemente será” no significa un laisser alller, un dejarse ir y un simplemente existir sin más: la naturaleza, como la ve Nietzsche, es ante todo tiranía, es un constante oprimir y sufrir y no le cabe la más mínima porción bondad, de caridad o de justicia. La asombrosa realidad de hecho es que toda la libertad, sutileza, audacia, baile y seguridad magistral que en la tierra hay o ha habido, bien en el pensar mismo, bien en el gobernar o en el hablar y persuadir, en las artes como en las buenas costumbres, se han desarrollado gracias tan sólo a la «tiranía de tales leyes arbitrarias»; y hablando con toda seriedad, no es poca la probabilidad de que precisamente esto sea «naturaleza» y «natural» […] Lo esencial «en el cielo y la tierra» es, según parece, repitámoslo, el obedecer durante mucho tiempo y en una única dirección (MÁS ALLÁ DEL BIEN Y DEL MAL, p. 127). Por ende, según este autor, el hombre también deberá participar y sufrir de estas condiciones de la existencia: él mismo oprimirá y sufrirá profundamente, impondrá sus puntos de vista y no solamente lo hará con los demás, la tiranía y el dolor se ejercerán incluso dentro de sí mismo: “para expresarme místicamente, el sendero hacia el propio 9.

(13) cielo atraviesa siempre por la voluptuosidad del propio infierno” (LA CIENCIA JOVIAL, p. 197).. Ahora, precisamente porque la vida y la naturaleza están dominadas por la tiranía, Nietzsche afirma que en éstas existe un constante evaluar, un preferir, un interpretar, un incorporar y un eliminar. En efecto, al uno imponer formas propias – de lo cual se trata la vida como es posible ver en la cita que comienza este capítulo – y al uno forzar algo en alguien o en algo, está necesariamente prefiriendo una cosa sobre otra, un aspecto de la vida sobre otro: si yo elijo algo, si yo impongo algo o si yo tiranizo de esta o aquella manera es precisamente porque considero que este algo es mejor o peor que otro algo; el sólo hecho de actuar ya es un escoger, un seleccionar, un preferir. Para Nietzsche, el hombre debe ser capaz de elegir, de evaluar y de imponer su propia voluntad; de poder, como la naturaleza, seleccionar y desechar lo que no sirve interpretando el mundo a su manera; y no existe, como dijimos arriba, algo fuera de la vida que nos permita saber qué de este imponer y evaluar se hace con justicia. “¿Vivir no es evaluar, preferir, ser injusto, ser limitado, querer-ser-diferente?” (MÁS ALLÁ DEL BIEN Y DEL MAL, p. 30). La vida es, pues, un constante imponerse y es aquí – aunque no pienso profundizar mucho en este punto – en donde se puede decir que para Nietzsche, la cualidad básica no solamente de todo lo vivo sino de toda la naturaleza en general es la voluntad de poder (ver, por ejemplo, La Gaya Ciencia, parágrafo 349). En efecto, ella envuelve esa energía que obliga a todo lo vivo a expandirse y a afirmar su presencia de la manera más óptima posible, ella es quien exige actuar y avasallar, ella es quien le reclama tanto a lo vivo como a lo muerto que incorpore así como que elimine, que absorba así como que explote. Para Nietzsche, el. 10.

(14) mundo es, pues, no sólo en cuanto a la vida sino en su totalidad, voluntad de poder, toda fuerza es una voluntad de dominar. Todo animal, y por lo tanto también la bête philosophe, tiende instintivamente a conseguir un optimum de las condiciones más favorables en que poder desahogar del todo su fuerza, y alcanzar su maximum en el sentimiento de poder […] (–de lo que hablo no es de su camino hacia la «felicidad», sino de su camino hacia el poder, hacia la acción, hacia el más poderoso hacer, y, de hecho, en la mayoría de los casos, su camino hacia la infelicidad) (LA GENEALOGÍA DE LA MORAL, p.139).. Como la vida es esencialmente un constante evaluar, un preferir, un incorporar y no existe ninguna esencia última que determine al mundo y que lo fundamente para siempre, para Nietzsche el universo se encuentra en permanente devenir y son precisamente estas evaluaciones e imposiciones las que permiten el cambio a cada instante. Aun más, no solamente el mundo se encuentra en eterno devenir sino que, como dijimos antes, gracias a que no existe nada por fuera del mundo, este devenir se convierte en un devenir inocente. “For Nietzsche, everything is in a state, no, a process of becoming. More precisely expressed, everything ‘is’ becoming. What ‘is,’ becomes”3 (STAMBAUGH, p. 389). Inclusive el hombre mismo se encuentra inmerso y es parte de este proceso: Involuntariamente «el hombre» se les antoja [a los filósofos] como una aeterna veritas, como algo invariable en medio de toda la vorágine, como una medida cierta de las cosas. Pero todo lo que el filósofo dice sobre el hombre no es en el fondo más que un testimonio sobre el hombre de un espacio temporal muy limitado. […] No quieren enterarse de que el hombre ha devenido; […] Todo ha devenido; no hay datos eternos, lo mismo que no hay verdades absolutas (HUMANO, DEMASIADO HUMANO, Vol. I, p. 44).. 3. “Para Nietzsche, todo está en un estado, no, un proceso de devenir. Mejor dicho, todo ‘es’ devenir [y todo ‘está’ deviniendo]. Lo que ‘es’ deviene” (traducción mía).. 11.

(15) El hombre es para Nietzsche un ser que por el simple hecho de existir y de estar sumergido en la vida cambia y evoluciona constantemente, selecciona lo que más le apetezca y elimina lo que no desea.. Al igual que la naturaleza la vida está compuesta por un pluralismo de formas y de individuos, por múltiples puntos de vista y por una inmensa diversidad la cual se nutre y se basa en un mundo y en una sociedad jerarquizada. Es precisamente por esta razón que Nietzsche privilegia enormemente la aristocracia por encima de la democracia, ya que ella no solamente permite sino que fomenta el que existan distintos tipos de individuos y que cada tipo se pueda desarrollar libremente a su manera. Toda elevación del tipo «hombre» ha sido hasta ahora obra de una sociedad aristocrática – y así lo seguirá siendo siempre: es ésa una sociedad que cree en una larga escala de jerarquía y de diferencia de valor entre un hombre y otro hombre y que, en cierto sentido, necesita de la esclavitud (MÁS ALLÁ DEL BIEN Y DEL MAL, p. 232). Aun más, Nietzsche cree que lo que él llama el pathos de la distancia es completamente necesario para el desarrollo del hombre en general, pues éste equivale a que entre los distintos tipos de hombre exista la distancia y el espacio necesarios para que cada uno crezca a su modo sin ser restringido o constreñido por el otro; es precisamente ese pathos de la distancia lo primero que se pierde en una sociedad que mediante la democracia u otros valores universales trata de imponerle a todo el mundo el mismo tipo de vida y es ese pathos el que permite que cada individuo pueda preferir, incorporar y eliminar las cosas que le son más queridas, favoreciendo, de esta forma, la diversidad inherente a la naturaleza.. 12.

(16) Así mismo, al igual que la vida, el ser humano también se basa en la naturaleza y, por ende, está constituido básica y primordialmente de los mismos elementos que ella, es decir, de instintos, pulsiones y corporalidad, de fuerzas en juego y de partes orgánicas y, sobre todo, inorgánicas. Digo primordialmente porque para Nietzsche lo que en última instancia cuenta más no es el alma, la razón o lo consciente en el hombre y en la vida, sino su parte maldita como podría llamarla Bataille, sus instintos, sus apetitos, sus razones desconocidas y sus procesos inconscientes, su energía vital que lo obliga a expandirse y a buscar siempre y sin importar su clase el optimum de condiciones en donde desarrollarse. “El despierto y el sapiente, dice: cuerpo soy yo íntegramente, y ninguna otra cosa; y alma es sólo una palabra para designar algo en el cuerpo” (ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA, p. 60). Nietzsche concibe incluso que la evolución del espíritu pueda pensarse en términos del cuerpo (ver Voluntad de Poder, 676).. En último término, lo que existe en Nietzsche es una aceptación incondicional de la vida con todas sus características, malas o buenas y con todos los vicios y virtudes. Éste es uno de los ideales de su filosofía: el que se llegue a aprobar al hombre y a la naturaleza en general, tal y como ella es, sin portar juicios morales o de valor sobre ella, sin designarla como malvada o como bondadosa y sin pretender que deba acoplarse a un determinado ideal. De lo que se trata aquí es de aceptar, por ejemplo, como los griegos lo hacían, el placer de la “obscenidad”, de la “envidia” y de la “venganza” como humanos y de integrarlos dentro de toda la esfera social; de incorporar la naturaleza en vez de negarla o destruirla. Toda esta aceptación incondicional de la vida la expresa Nietzsche en su pedir un “santo decir sí” (ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA, p. 51) y en su afirmación Amor Fati:. 13.

(17) ¡que éste sea mi amor de ahora en adelante! No quiero conducir ninguna guerra contra lo feo. No quiero acusar, ni siquiera al acusador. ¡Que el apartar la vista sea mi única negación! Y, para decirlo todo de una vez y completamente: ¡alguna vez quiero ser solamente uno que dice sí! (LA CIENCIA JOVIAL, p. 159). Así, de lo que se trata realmente aquí – y este es probablemente el punto más importante de este capítulo – es del esfuerzo nietzscheano por deshumanizar el mundo y por naturalizar al hombre: “¿Cuándo dejarán de oscurecernos todas esas sombras de Dios? ¿Cuándo llegaremos a desdivinizar completamente la naturaleza? ¿Cuándo podremos comenzar, nosotros hombres, a naturalizarnos con la naturaleza pura, nuevamente encontrada, nuevamente rescatada?” (LA CIENCIA JOVIAL, p. 106) Nietzsche efectivamente quiere que se piense la naturaleza en sí misma, sin las sombras de Dios o del hombre que la condicionen y sin los mundos de las ideas que la determinen; él, como dijimos al principio, considera que la naturaleza es lo único que existe y que, por ende, no debe estar marcada por ningún ideal, no debe estar supeditada a ningún mundo exterior a ella. Así mismo, Nietzsche piensa que el hombre también debe volver a ser natural, volver a ser como él realmente es, sin ningún imperativo moral o divino ajeno a él limitándolo y restringiéndolo; el hombre deberá confiar de nuevo en sus instintos naturales, en sus pulsiones y en su inconsciente, deberá volver a sentir la voluntad de poder dentro de sí y no avergonzarse de ello, ya que todos estos atributos son naturales y la naturaleza en sí es inocente. El hombre deberá llegar a una nueva inocencia. “The important thing is to bring him [man] back to nature and the truths that she contains”4 (JASPERS, p. 104).. Sin embargo, surgen de aquí varias preguntas: ¿quiere Nietzsche que el hombre vuelva a ser por completo un animal? ¿Quiere Nietzsche que el hombre pierda del todo lo que ha 4. “Lo importante es volver a traerlo [al hombre] a la naturaleza y a las verdades que ella contiene” (traducción mía).. 14.

(18) construido a partir de su razón y de su mundo consciente? ¿Niega aquí Nietzsche el valor de todo lo artificial, de todo lo fabricado, de todo lo no-natural? Si lo que existe en último término es naturaleza, ¿no está lo artificial, lo racional, lo construido incluido dentro de esa misma naturaleza y no incurre Nietzsche en una contradicción al criticarlo como nonatural? Es posible responder a estas preguntas diciendo que lo que en último término pretende este filósofo mediante la nueva naturalización del hombre no es negar el valor de todo lo fabricado, de todo lo artificial que ha habido en el ser humano: él mismo estima inmensamente lo que a partir, por ejemplo, de la religión, de la metafísica y de la moral se ha logrado en el hombre, él mismo dice que es a través de esas cosas artificiales y de esa tiranía en contra de la naturaleza que se ha llegado a los puntos más bellos, más profundos y más sublimes de la humanidad (además, como vimos antes, la tiranía misma, así se ejerza en contra de uno mismo o en contra de la naturaleza es parte fundamental de la realidad). Lo que Nietzsche dice es que hay que superar todo lo artificial, que hay que revindicar de nuevo lo natural en el hombre, devolviéndole su lugar central en la vida del ser humano, hay que volver a confiar en los instintos y en el cuerpo sin que ello necesariamente signifique que todo lo opuesto, todo lo racional no tenga un lugar en el hombre y no haya servido para nada. Como dijimos antes, se trata, como hacían los griegos, de aceptar e incorporar. Algunos peldaños atrás. Un grado ciertamente muy elevado de cultura se alcanza cuando el hombre supera conceptos y temores supersticiosos y religiosos y deja por ejemplo de creer en los angelitos o en el pecado original, habiéndose también desentendido de la salvación de las almas […]. Pero entonces es necesario un movimiento regresivo: en tales representaciones debe comprender la justificación histórica y también la psicológica, debe reconocer cómo el mayor avance de la humanidad procede de ahí y cómo sin tal movimiento regresivo nos privaríamos de los mejores frutos de la humanidad hasta la fecha (HUMANO, DEMASIADO HUMANO, Vol. I, p. 55).. 15.

(19) No obstante, ese volver a la naturaleza, ese volver a la inocencia y al ser sin vergüenza no significa, como ya lo habíamos dicho, un dejarse ir, un estancamiento en el estado primero del hombre. Por el contrario, para Nietzsche, la vida y el hombre mismo debería siempre ser superación, auto-superación, siempre un crear de nuevo por encima de sí mismo, una “voluntad de engendrar” (ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA, p. 133). En efecto, se podría afirmar que la naturaleza, la vida y el hombre están sumergidos aquí en una tendencia evolucionista aunque no del todo idéntica a la que comúnmente se entiende. En pocas palabras, la teoría de la evolución (repito, comúnmente entendida) plantea que los seres vivos se adaptan al medio ambiente en el que habitan y cambian esforzándose por sobrevivir en condiciones nuevas y adversas. La selección natural y la supervivencia del más apto significa que el organismo que mejor se acomode a las circunstancias climáticas y naturales sobrevivirá, mientras que el que no logre esa adaptación perecerá sin piedad. En Nietzsche, sin embargo, existe una diferencia fundamental desde el comienzo, a saber, que para él la naturaleza en sí no es escasez, condiciones adversas y penuria sino más bien sobreabundancia, diversidad, prodigalidad y lujuria. La meta del ser vivo no es, por ende, sobrevivir y preservarse a toda costa, ésta es únicamente “una excepción, una restricción temporal de la voluntad de vivir” (LA CIENCIA JOVIAL, p. 213), el énfasis se encuentra más bien en la voluntad de poder, en expandirse, en crearse y en el devenir espontáneo. Incluso la desaparición y la extinción de criaturas y de especies es visto por este filósofo como algo positivo ya que puede llegar a beneficiar a otros organismos en su proceso de superación: He querido decir que también la parcial inutilización, la atrofia y la degeneración, la pérdida de sentido y conveniencia, en una palabra la muerte, pertenecen a las condiciones del verdadero progressus: el cual aparece siempre en forma de una voluntad y de un camino hacia un poder más grande, y siempre a costa de innumerables poderes más pequeños. La grandeza de un «progreso» se mide, pues, 16.

(20) por la masa de todo lo que hubo que sacrificarle; la humanidad en cuanto masa, sacrificada al florecimiento de una única y más fuerte especie hombre – eso sería un progreso… (LA GENEALOGÍA DE LA MORAL, p. 101). El cambio y la evolución, aunque características fundamentales de la vida y de la naturaleza, deben darse, pues, desde adentro, espontáneamente, como auto-superación. Para Nietzsche, la teoría de la selección natural implica demasiada reacción, demasiada pasividad y lo que él privilegia es la acción inocente, sin finalidad alguna, la transformación por la propia voluntad y “las fuerzas espontáneas, agresivas, invasoras, creadoras de nuevas interpretaciones, de nuevas direcciones y formas, por influjo de las cuales viene luego la «adaptación»” (LA GENEALOGÍA DE LA MORAL, p. 102). Así, por ejemplo, la ley, para, Nietzsche no debería evitar a toda costa que hubiera confrontaciones de poder, sino, más bien, ser un medio en esta lucha y propiciar el surgimiento de hombres extraordinarios.. Es, entonces, el cambio y sobre todo la creación lo que constituye la característica y el valor supremo de la vida para Nietzsche, ya que únicamente mediante ella el hombre puede evolucionar, auto-superarse y convertirse en algo nuevo y mejor. Como Bergson (PEARSON, p. 20), Nietzsche propone un modelo del devenir basado en la creación de formas nuevas y eleva esta acción a la categoría más alta de la vida: Crear – esa es la gran redención del sufrimiento, así es como se vuelve ligera la vida. Mas para que el creador exista son necesarios sufrimiento y muchas transformaciones. […] El querer hace libres: esta es la verdadera doctrina acerca de la voluntad y la libertad – así os enseña Zaratustra. ¡No-querer-ya y no-estimar-ya y no-crear-ya! ¡Ay, que ese gran cansancio permanezca siempre alejado de mí! También en el conocer yo siento únicamente el placer de mi voluntad de engendrar y devenir; y si hay inocencia en mi conocimiento, esto ocurre porque en él hay voluntad de engendrar (ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA, p. 133).. 17.

(21) Para Nietzsche, el creador es el más alto exponente de la vida ya que en su actuar también envuelve todos los rasgos fundamentales de la naturaleza e incluso le da sentido al mundo: crear es evaluar pues para producir algo nuevo se debe distinguir lo bueno de lo malo, se debe preferir y, sobre todo, poseer criterio propio; crear es destruir ya que “sólo en tanto que creadores podemos aniquilar” (LA CIENCIA JOVIAL, p. 68) y “el anhelo de destrucción, cambio, devenir, puede ser la expresión de la fuerza desbordante, preñada de futuro” (LA CIENCIA JOVIAL, p. 241). Crear es comunicar, dar de nosotros mismos, quedándonos vacíos y pobres; “the moments of greatest creation are those of increased capacity of communication and understanding”5 (JASPERS, p. 106). Finalmente, para crear es necesario ser independientes y para ello es preciso liberarnos y redimirnos de todo lo que nos ata y nos enferma. El hombre debe volver a ser natural, debe volver a ser autónomo, ligero e inocente para así poder de verdad crear, superarse y devenir lo que realmente es.. Hemos visto, pues, de qué manera la vida es para Nietzsche naturaleza y nada más y cómo el hombre deberá redimir su naturalidad y regresar a su inocencia. Hemos observado de qué forma la tiranía, la opresión y la voluntad de poder son partes esenciales de esta vida y cómo el ser humano no debería avergonzarse de ejercerlas. Finalmente, hemos dejado en claro que, para Nietzsche, el punto más alto de esta existencia se logra a través de la creación y de la superación de sí mismo y que para ello el hombre deberá liberarse y encontrar la independencia de todo lo que lo rebaja y lo enferma. Para culminar con una. 5. “los instantes de más grande creación son los de un aumento en la capacidad de comunicación y entendimiento” (traducción mía).. 18.

(22) cita es posible mencionar el aforismo 26 de La Gaya Ciencia en el que Nietzsche mismo define lo que es la vida: Vivir – significa: rechazar continuamente de sí mismo algo que quiere morir; vivir – significa: ser cruel e implacable contra todo lo que en nosotros se vuelve débil y viejo. Por consiguiente, vivir – significa: ¿carecer de piedad con el que muere, el desdichado, el anciano? ¿Ser siempre asesino? Y sin embargo el viejo Moisés dijo: «¡No debes matar!» (LA CIENCIA JOVIAL, p. 49-50).. 19.

(23) CAPÍTULO 2 La Enfermedad. Es ésta una especie de demencia de la voluntad en la crueldad anímica que, sencillamente no tiene igual: la voluntad del hombre de encontrarse culpable y reprobable a sí mismo hasta resultar imposible la expiación, su voluntad de imaginarse castigado sin que la pena pueda ser jamás equivalente a la culpa, su voluntad de infectar y de envenenar con el problema de la pena y la culpa el fondo más profundo de las cosas, a fin de cortarse, de una vez por todas, la salida de ese laberinto de «ideas fijas», su voluntad de establecer un ideal –el del «Dios santo»-, para adquirir, en presencia del mismo, una tangible certeza de su absoluta indignidad. ¡Oh demente y triste bestia hombre! ¡Qué ocurrencias tiene, qué cosas antinaturales, qué paroxismo de lo absurdo, qué bestialidad de la idea aparecen tan pronto como se le impide, aunque sea un poco, ser bestia de acción!... Todo esto es interesante en grado sumo, pero también de una tétrica, sombría y extenuante tristeza, hasta el punto de que tenemos que prohibirnos violentamente mirar demasiado tiempo a esos abismos. Aquí hay enfermedad, no hay duda, la más terrible enfermedad que hasta ahora ha devastado al hombre (LA GENEALOGÍA DE LA MORAL, p. 119-20).. Teniendo como referencia las características que vimos de la vida y del mundo, a saber, que para Nietzsche la única realidad que existe es la naturaleza, que la vida está inmersa completamente en ella y se compone, incluso, de impulsos, instintos, opresión, tiranía y voluntad de poder, que el mundo entero deviene inocentemente y, finalmente, que la categoría más alta de la existencia es la creación, ahora podemos indagar cuál es y de dónde proviene la enfermedad que Nietzsche ve en el hombre para luego poder proponer una posible cura a este malestar.. Inicialmente, debemos dejar muy en claro que Nietzsche considera que el ser humano de su momento se encuentra profundamente enfermo ya que niega las características fundamentales de la vida y la naturaleza inherente a ellas. Para este filósofo, el hombre se ha convertido en la criatura que se avergüenza de lo que es, de sus instintos y de sus 20.

(24) pulsiones más básicas y se ha transformado en un ser pasivo lleno de resentimientos. A través de los ideales que se ha impuesto como metas últimas el hombre ha creado un gran desbalance entre su mundo interior y su exterioridad, entre su apetito por el conocimiento y su verdadera acción.. Lo primero que debemos anotar en este caso es que, según Nietzsche, a través de los siglos, el ser humano ha malinterpretado radicalmente al mundo y a la naturaleza, y es precisamente a partir de estas malinterpretaciones que han surgido los ideales que hoy traicionan al hombre. En un comienzo, podemos decir que uno de los elementos que ha favorecido estas visiones equivocadas de la vida es el lenguaje, ya que el ser humano se basa completamente en él para entender el mundo y éste no necesariamente es la herramienta más confiable para esta labor – quizás ni siquiera debería considerarse como una herramienta. Como bien lo demuestra Nietzsche en su ensayo Sobre verdad y mentira en sentido extra moral, el lenguaje no solamente limita profundamente nuestra manera de observar la realidad sino que le imputa a ella de modo encubierto sus propios parámetros y sus características, condicionando y moldeando así lo que el hombre logra ver de ésta. Aun más, el ser humano llega incluso a crear mediante el lenguaje realidades distintas a la que vivimos, anulando el principio mencionado anteriormente, a saber, que sólo existe la naturaleza y no hay nada por fuera de ella. La importancia del lenguaje para el desarrollo de la cultura radica en el hecho de que en él el hombre puso un mundo propio junto al otro, un lugar que consideraba tan firme como para a partir de ahí levantar sobre sus goznes el resto del mundo y adueñarse del mismo. […] [Él] suponía tener efectivamente en el lenguaje el conocimiento del mundo. […] Es mucho después – tan sólo ahora – cuando se dan cuenta los hombres de que con su fe en el lenguaje han propagado un tremendo error (HUMANO, DEMASIADO HUMANO, Vol. I, p. 47-8).. 21.

(25) No obstante, a pesar de que el lenguaje moldea (o desfigura) nuestra visión del mundo, nos resulta virtualmente imposible salirnos de él para comprender la existencia, a menos de que se trate de un entendimiento extra-lingüístico, por decirlo así. ¿Será, entonces, ese el profundo saber dionisiaco del que habla Nietzsche en El nacimiento de la tragedia? Y si eso es así, ¿será esa la única manera de salirse del imperio del logos para no malinterpretar la existencia? De cualquier forma, este filósofo deja muy en claro que uno de los factores que ha contribuido a la interpretación errada del mundo es la dependencia y la fe humana en el lenguaje, agravado por el hecho de que la metafísica, la filosofía e incluso la ciencia, disciplinas que intentan explicar la esencia última del mundo, también se basan en él. Aun más, para Nietzsche, en la gran mayoría de casos, estas tres formas de conocimiento son en su origen el fruto de alucinaciones y supersticiones por parte de los hombres y han llevado a éstos, incluso, hasta la creación de mitologías.. De igual forma, Nietzsche también denuncia que el hombre ha olvidado profundamente los orígenes de sus valores y normas morales, dando inicio así a mundos y a esencias distintas a la naturaleza. Para él, el ser humano construyó una serie de conductas y leyes que se aplicaban a un tiempo y a un espacio muy preciso, a unas condiciones históricas y socioculturales sumamente particulares, y luego dejó de tener presente estas peculiaridades para valerse indiscriminadamente de las leyes y normas morales en cualquier situación como si fueran la única ley o el bien en sí. Según Sarah Kofman, para Nietzsche el ser humano no solamente ha olvidado el origen de sus conceptos morales sino que incluso ha borrado de su memoria el hecho de que cada pensamiento acerca del mundo, cada mirar sea ya un interpretar, un pintar, sea ya una cierta perspectiva y, sobre todo, no la única perspectiva. El. 22.

(26) hombre ha llenado de sentido la naturaleza, la ha humanizado volviéndola bella, atractiva, armónica e, incluso, inteligente. Como anota Kofman citando a Nietzsche: In nature there is no sound, it is mute; no colour. No form either, for form is the result of a reflection of the surface in the eye, but essentially there is neither high nor low, neither inside nor outside. If we could see by any other means than this reflection, we would not speak of forms but perhaps see into the interior, so that our eyes would gradually cut through a thing. Nature, if we subtract our subjectivity, is a matter of great indifference, most uninteresting6 (KOFMAN, p. 28). El hombre le adicionó cualidades y características a la vida y a la naturaleza logrando que su realidad se convirtiera en una gran “metáfora” del mundo y luego borró de su memoria este proceso para quedarse con la imagen transformada; se obviaron diferencias y particularidades y se llegó finalmente a la unidad y al concepto, los cuales, para Nietzsche, no poseen ninguna semejanza con la realidad original. The familiar, which by its repetition passes for necessary, assumes the status of the proper and is metaphorically and metonymically transported everywhere […] through assimilation and generalization which are ‘illegitimate’, treacherous, and unjust: metaphoricity, by its exercise of sole mastery, implies the loss of individuality and the reduction of differences7 (KOFMAN, p. 34). En pocas palabras, el hombre ha olvidado profundamente todo su proceso de interpretación del mundo y ha hecho de la realidad y de la naturaleza algo que no son, otorgándoles cualidades humanas, artísticas e incluso morales. La capacidad de olvido ha jugado aquí un papel sumamente importante en la enfermedad del hombre, ya que gracias a ella se ha llegado a creer que una metáfora llena de conceptos y de unidades representa fielmente la. 6. En la naturaleza no hay sonido, ella es muda; no hay color. Tampoco hay forma, ya que la forma es el resultado de un reflejo de la superficie en el ojo, pero esencialmente no hay ni alto ni bajo, ni adentro ni afuera. Si pudiéramos ver a través de alguna otra forma que no fuera este reflejo, no hablaríamos de formas sino que de pronto veríamos el interior, nuestros ojos gradualmente cortando a través de una cosa. La naturaleza, si sustraemos nuestra subjetividad, es algo de gran indiferencia, bastante ininteresante (traducción mía). 7 Lo familiar, que por su repetición se hace pasar por necesidad, asume el estatus de lo propio y es metafóricamente y metonímicamente transportado a todas partes […] mediante la asimilación y la generalización las cuales son ‘ilegítimas’, traicioneras e injustas: la metaforicidad, por su ejercicio propio, implica la pérdida de la individualidad y la reducción de las diferencias (traducción mía).. 23.

(27) esencia del mundo mientras que en realidad lo que hace este proceso es deformarla, traicionarla y malinterpretarla.. A partir de esta deformación y malinterpretación se ha llegado, pues, a lo que Nietzsche considera como los tres errores fundamentales de la religión, la moral y la metafísica, a saber, la identidad, la sustancia incondicionada y el libre albedrío. En efecto, al suprimir las diferencias que se dan entre cada cosa, al redondear puntos y al obviar matices el hombre moderno ha llegado a creer que existe algo así como la identidad en el mundo, que una hoja es igual a otra hoja y que el hombre, sin importar si es chino, japonés, blanco o negro, niño o viejo, es uno sólo, lo cual evidentemente miente acerca de la naturaleza ya que en ella cada objeto, cada grano de arena y cada hombre es diferente, es particular, es individual y, aun más, todo se encuentra en permanentemente devenir. De igual forma, el ser humano ha creído durante siglos que en el fondo de cada individuo o en el fondo de la realidad existe algo así como la esencia pura de las cosas, algo que no depende de nada y que no está determinado por nada más. Sin embargo, si el mundo mismo es naturaleza y ella es, pura y simplemente, relaciones de poder, ¿cómo podría existir una sustancia incondicionada por fuera de estas relaciones, un algo por sí sólo? Si en el mundo todo está interconectado y, aun más, todo deviene, todo cambia y todo perece (ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA, p. 1323), ¿cómo podría haber una sustancia estable a través del tiempo, incambiada e indeterminada? ¿Cómo podría algo permanecer? Por último, el ser humano piensa que existe en su interior una pequeña alma que le permite, libremente, decidir acerca de sus actos, pensamientos y omisiones cuando en realidad lo único que hay para Nietzsche es necesidad, cuando en realidad el hombre ni siquiera puede llegar a entender concientemente por qué actúa de ésta o aquélla manera: “todo es necesidad: así reza el nuevo conocimiento; 24.

(28) y este conocimiento mismo es necesidad. Todo es inocencia; y el conocimiento es el camino hacia la comprensión de esta inocencia” (HUMANO, DEMASIADO HUMANO, Vol. I, p. 95-6). La creencia en la libertad del albedrío es un error originario de todo lo orgánico, tan viejo como existen en él las tendencias a lo lógico; la creencia en sustancias incondicionadas y en cosas iguales es asimismo un error originario, no menos antiguo, de todo lo orgánico. Pero, en la medida en que toda metafísica se ha ocupado primordialmente de la sustancia y de la libertad del albedrío, cabe definirla como la ciencia que trata de los errores fundamentales del hombre, pero como si fuesen verdades fundamentales (HUMANO, DEMASIADO HUMANO, Vol. I, p. 54).. Aun más, en La Gaya Ciencia, Nietzsche llega hasta afirmar que el hombre ni siquiera es apto para conocer, que su inteligencia y sus facultades cognitivas tan ponderadas en la modernidad a duras penas pueden formular hipótesis sobre cómo es el mundo y sin embargo, nunca conocerlo en realidad. No tenemos, en efecto, ningún órgano para conocer, para la «verdad»: «sabemos» (o creemos o nos imaginamos) precisamente tanto como pueda ser útil al interés del rebaño humano, de la especie: e incluso, lo que aquí se llama «utilidad», por último, sólo es una creencia, algo imaginado y, tal vez, justamente aquella fatalísima estupidez por la que algún día pereceremos (LA CIENCIA JOVIAL, p. 219). Si realmente no tenemos acceso a la «verdad», si nunca mediante nuestro cuerpo o nuestra mente podremos llegar hasta el fondo más profundo del mundo y de las cosas, ¿entonces cómo se supone que puedan existir modos de ser o interpretaciones del mundo que se impongan como reglas universales y que se quieran como la última y la más fundamental de las verdades como lo son la religión, la moral y la metafísica? Si no poseemos órganos aptos para el conocimiento, si no tenemos acceso a la «verdad» del mundo, ¿cómo podremos interpretar correctamente la existencia, entenderla de verdad?. 25.

(29) Y ahora, cabe preguntase si Nietzsche mismo no podría ser víctima de este proceso; si él, a pesar de depender también del lenguaje, de ver la realidad a través de ojos similares a los nuestros y de no poseer facultades que le permitan conocer realmente la verdad, habría logrado escapar esta deformación, a esta malinterpretación del mundo. ¿Puede alguien conocer el fondo mismo de las cosas? Nuevamente, ¿es ese conocimiento la unión con lo uno primordial de la cual habla este filósofo en El nacimiento de la tragedia? Y si eso es así, ¿está este terrible saber reservado solamente a unos pocos? ¿Cómo sabe realmente Nietzsche que él no está también malinterpretando la naturaleza, que su presunto conocer no es simplemente otra interpretación más que se quiere imponer como la verdad? ¿O es conciente él de que tampoco posee la última palabra y que, incluso, se debe desconfiar de su propia versión?. No obstante, para efectos de este trabajo, hagámosle caso a Nietzsche y afirmemos con él que lo único que existe es la naturaleza y nada más, que el mundo ha sido radicalmente malinterpretado al creer que incluye como atributos la sustancia incondicionada, la identidad y el libre albedrío, que el hombre ha olvidado cuán metafórico es su presunto conocimiento y que, finalmente, el lenguaje ha moldeado y condicionado nuestra manera de ver la existencia. Estas malinterpretaciones y estos errores han sido, en efecto, los que han propiciado que se generen ideales y concepciones ajenas al mundo que terminan por traicionar la existencia, negando la vida y enfermando profundamente al ser humano. A partir de ellos se ha llegado a pensar que la naturaleza es perfectamente racional, tal y como debería ser el lenguaje, en vez de caótica y desordenada; se ha creído que el mundo posee una esencia moral, buena, divina, permanente e inmutable y se ha negado todo el devenir y el cambio que éste podría comprender; así mismo, se han establecido existencias y 26.

(30) universos enteros por fuera de éste, ya sea el cielo, el infierno o, incluso, el mundo de las ideas, y ellos no solamente condicionan esta realidad sino que la fundamentan y terminan siendo la única razón por la cual ésta debe existir; se le ha negado al hombre, en fin, su esencia natural, sus instintos y sus pulsiones y se le ha impuesto un deber ser y un bien en sí que se cimientan profundamente en estos ideales surgidos de la malinterpretación. ¿Os habéis preguntado alguna vez suficientemente cuán caro se ha hecho pagar en la tierra el establecimiento de todo ideal? ¿Cuánta realidad tuvo que ser siempre calumniada e incomprendida para ello, cuánta mentira tuvo que ser santificada, cuánta conciencia conturbada, cuánto «dios» tuvo que ser sacrificado cada vez? (LA GENEALOGÍA DE LA MORAL, p. 122). A partir de estos ideales hostiles a lo que Nietzsche considera como vida se intentó, pues, domesticar al hombre esforzándose con éxito para inhibir sus pulsiones más violentas e intempestivas y sus instintos más naturales. Mediante infinitos y crueles medios el ser humano mismo se propuso convertirse, por ejemplo, en un “animal al que le sea lícito hacer promesas” (LA GENEALOGÍA DE LA MORAL, p. 76) aboliendo de manera radical toda su espontaneidad y toda su inocencia y fijándose el tener siempre una meta y un propósito como un deber. A través de siglos de adiestramiento y de presión y mediante métodos inhumanamente crueles, al hombre se le castigó, se le latigó e incluso se le lapidó por incumplir lo que había prometido, por actuar de forma no prevista y por dejarse llevar de sus impulsos. En La genealogía de la moral Nietzsche nos dice, Cuando el hombre consideró necesario hacerse una memoria, tal cosa no se realizó jamás sin sangre, martirios, sacrificios; los sacrificios y empeños más espantosos […], las mutilaciones más repugnantes […], las más crueles formas rituales de todos los cultos religiosos […]. Cuanto peor ha estado «de memoria» la humanidad, tanto más horroroso es siempre el aspecto que ofrecen sus usos; en particular la dureza de las leyes penales nos revela cuánto esfuerzo le costaba a la humanidad lograr la victoria contra la capacidad de olvido y mantener presentes, a estos instantáneos esclavos de los afectos y de la concupiscencia […]. Con ayuda de tales imágenes y 27.

(31) procedimientos se acaba por retener en la memoria cinco o seis «no quiero», respecto a los cuales uno ha dado su promesa con el fin de vivir entre las ventajas de la sociedad, - y ¡realmente!, ¡con ayuda de esa especie de memoria se acabó por llegar «a la razón»! –Ay, la razón, la seriedad, el dominio de los afectos, todo ese sombrío asunto que se llama reflexión, todos esos privilegios y adornos del hombre: ¡qué caros se han hecho pagar!, ¡cuánta sangre y horror hay en el fondo de todas las «cosas buenas»!... (LA GENEALOGÍA DE LA MORAL, p. 82-3). Y, no solamente “cuánta sangre y horror” sino que, además, en el fondo, estas cosas no han sido buenas para la humanidad, al menos no para Nietzsche. ¿No dijimos ya que en los mejores momentos de los hombres más nobles, su razón “hace una pausa” (LA CIENCIA JOVIAL, p. 29)? ¿No dijimos ya que el hombre se debería dejar llevar por sus instintos naturales? ¿No dijimos que éste debe ser alegre? Y ahora, se le graban con sangre las letras “seriedad”, “razón”, “reflexión” y “promesas” y mediante mutilaciones y sacrificios se le arrebata su espontaneidad y su inocencia; ahora al hombre le es lícito hacer promesas, pero por todo lo que ha perdido se le puede considerar como un ser carente, imperfecto, enfermo.. Otro ejemplo de cómo se ha transformado al hombre en un ser malsano es todo el desprecio por lo natural que la metafísica, la moral y la religión han infundido en ser humano. En efecto, estas tres disciplinas, pero en particular la religión, desde un principio han creído en un lugar más perfecto, más armónico, más real que éste, ya sea el paraíso o el mundo de las ideas, y basándose en este mundo ideal han denigrado y renegado de lo terrenal. ¿No es acaso evidente el desprecio que tiene, por ejemplo, la religión católica por todo lo corporal, lo sensual, lo animal, si queremos ponerlo de esa forma? Lo que a mí me espanta en este espectáculo no es el error en cuanto error, ni la milenaria falta de «buena voluntad», de disciplina, de decencia, de valentía en las 28.

(32) cosas del espíritu […]: – ¡es la falta de naturaleza, es el hecho absolutamente horripilante de que la antinaturaleza misma, considerada como moral, haya recibido los máximos honores y haya estado suspendida sobre la humanidad como ley, como imperativo categórico! (ECCE HOMO, p. 142) Así mismo, ¿no privilegia Platón las ideas por encima de este mundo y, sobretodo, por encima de la obra de arte? Si somos unos fieles católicos, ¿no estamos obligados a entregarlo todo, a renunciar a todo por aquello que vendrá más allá de la muerte? Y, ¿acaso no se encuentra esto completamente en contravía con lo propuesto por Nietzsche, a saber, que el hombre debe ser natural, que se compone de instintos, pulsiones y voluptuosidad y vive en el aquí y en el ahora? Al ser humano se le ha enseñado, incluso, a sentir vergüenza de lo que es, a menospreciarse y a denigrarse a sí mismo. Para el que conoce, el hombre mismo se llama: el animal que tiene mejillas rojas. ¿Cómo le ha ocurrido esto? ¿No es porque ha tenido que avergonzarse con demasiada frecuencia? ¡Oh, amigos míos! Así habla el que conoce: Vergüenza, vergüenza, vergüenza ¡esa es la historia del hombre!” (ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA, p. 135). El ser humano ya no vive de manera inocente, ya no es independiente de ser lo que desee, sino que tiene tallados en su mente ideales de otros mundos y de otras formas de ser que desprecian lo que él realmente es. Me refiero a la moralización y al reblandecimiento enfermizos, gracias a los cuales el animal «hombre» acaba por aprender a avergonzarse de todos sus instintos. En el camino hacia el «ángel» […] se ha ido criando en el hombre ese estómago estropeado y esa lengua saburrosa causantes de que no sólo se le hayan vuelto repugnantes la alegría y la inocencia del animal, sino que la vida misma se le haya vuelto insípida (LA GENEALOGÍA DE LA MORAL, p. 87-8). Se malentiende de modo radical al animal de presa y al hombre de presa […], se malentiende la «naturaleza» mientras se continúe buscando una «morbosidad» en el fondo de esos monstruos […], los más sanos de todos, o hasta un «infierno» congénito a ellos […] ¿No parece como que hay en éstos [los moralistas] un odio contra la selva virgen y contra los trópicos? ¿Y que el «hombre tropical» tiene que ser desacreditado a cualquier precio, presentándolo, bien como enfermedad y degeneración del hombre, bien como infierno y autosuplicio propios? ¿Por qué? […] ¿A favor de los hombres templados? ¿De los «morales»? ¿De los mediocres? (MÁS ALLÁ DEL BIEN Y DEL MAL, p. 137) 29.

(33) Y todo este ser predecible, toda esta vergüenza y todo este desprecio por lo natural que causan en gran medida la enfermedad del hombre, se le ha inculcado al ser humano mediante una moral de auto-control y de negación ajena a él. En efecto, a este ser se le enseñó sobre todo a controlar sus instintos y pulsiones más básicas, a no actuar súbitamente, de manera inocente y espontánea y a tener siempre en mente una utilidad, un propósito y un método bien específico antes de llevar a cabo cualquier acción. El hombre se ha convertido, incluso, un ser que calcula más de lo que actúa, llevándole radicalmente la contraria a lo predicado por Nietzsche, a saber, que la vida tiene que ser ante todo afirmación, acción y creación; por el contrario, la religión, la moral e, incluso, la metafísica han hecho de ella pura mesura. Autodominio. – Aquellos maestros de la moral que, en primer término y por sobre todo, ordenan al hombre ponerse bajo su propio poder, arrojan con eso sobre él una peculiar enfermedad: específicamente, una continua irascibilidad ante todas las emociones e inclinaciones naturales y, por así decirlo, una especie de escozor […] Sí, ¡de esa manera él puede ser grande! Sin embargo, ¡cuán insoportable se ha convertido ahora para los otros, cuán pesado para sí mismo, cuán empobrecido y separado de los más hermosos azares del alma! (LA CIENCIA JOVIAL, p. 178).. Encima de crear morales y filosofías castrantes para la vida y basándose en una interpretación errada del mundo según la cual la naturaleza es caridad y amor, y el dolor, la angustia y el miedo deberían desaparecer de la faz de la tierra, el ser humano ha intentado, aun más, erradicar el sufrimiento y acabar con el miedo que el hombre le podría generar al mismo hombre. Este esfuerzo, que a los ojos de cualquier persona podría sonar como una intención sumamente loable y admirable, es, en cambio, para Nietzsche, una de las causas más grandes de la enfermedad del ser humano: “Justo en esto reside la fatalidad de Europa 30.

(34) – al perder el miedo al hombre hemos perdido también el amor a él, el respeto a él, la esperanza en él, más aún, la voluntad de él” (LA GENEALOGÍA DE LA MORAL, p. 58). En un intento por erradicar la crueldad, las guerras y el sufrimiento del mundo, en un esfuerzo por alcanzar la paz y la tranquilidad, se ha combatido justamente la esencia misma de la vida, la “apropiación, [la] ofensa, [el] avasallamiento de lo que es extraño y más débil, [la] opresión, [la] dureza, [la] imposición de formas propias, [y la] anexión” (MAS ALLÁ DEL BIEN Y DEL MAL, p. 235), precisamente eso que hacía que el hombre deviniera, que se esforzara, que cambiara y se auto-superara. Nosotros los opuestos a ellos, que hemos abierto nuestros ojos y nuestra conciencia al problema de en qué lugar y de qué modo ha venido hasta hoy la planta «hombre» creciendo de la manera más vigorosa hacia la altura, opinamos que esto ha ocurrido siempre en condiciones opuestas, opinamos que, para que esto se realizase, la peligrosidad de su situación tuvo que aumentar antes de manera gigantesca, que su energía de invención y de simulación […] tuvo que desarrollarse, bajo una presión y una coacción prolongadas, hasta convertirse en algo sutil y temerario, que su voluntad de vivir tuvo que intensificarse hasta llegar a la voluntad incondicionada de poder: nosotros opinamos que dureza, violencia, esclavitud, peligro en la calle y en los corazones, ocultación, estoicismo, peligro tentador y diabluras de toda especia, que todo lo malvado, terrible, tiránico, todo lo que de animal rapaz y de serpiente hay en el hombre sirve a la elevación de la especie «hombre» tanto como su contrario (MÁS ALLÁ DEL BIEN Y DEL MAL, p. 73). ¿Cómo, entonces, si Nietzsche mismo dice que “el sufrimiento profundo vuelve aristócratas a los hombres” (MÁS ALLÁ DEL BIEN Y DEL MAL, p. 254) iba a ser el ideal universal de la paz perpetua algo benéfico para la humanidad? Vosotros queréis, en lo posible, eliminar el sufrimiento – y no hay ningún en lo posible más loco que ése -; ¿y nosotros? -¡parece cabalmente que nosotros preferimos que el sufrimiento sea más grande y peor que lo ha sido nunca! El bienestar, tal como vosotros lo entendéis -¡eso no es, desde luego, una meta, eso a nosotros nos parece un final! Un estado que enseguida vuelve ridículo y despreciable al hombre, -¡que hace desear el ocaso de éste! La disciplina del sufrimiento, del gran sufrimiento - ¿no sabéis que únicamente esa disciplina es la que ha creado hasta ahora todas las elevaciones del hombre? (MÁS ALLÁ DEL BIEN Y DEL MAL, 183). 31.

(35) Y, sin embargo, el ideal de acabar con todo el miedo que el mismo hombre puede producir no se ha disipado en lo más mínimo, sino que por el contrario domina cada vez más el espíritu del pueblo y ha llevado al hombre en general, y especialmente a los más fuertes y a los más nobles, a no desear el mal, a no querer oprimir o dominar, a renegar incluso de su propia naturaleza, de su propia esencia y a sentir compasión por los menos favorecidos. Para Nietzsche, todo esto es un claro signo de la decadencia y de la enfermedad en la que se encuentra la raza humana. El que los más fuertes nieguen la esencia primordial de la vida, el que rehúsen causar daño, dolor y oprimir, el que se busque en el fondo el fin de las guerras y el reino de la paz, significa, en última instancia, que los más débiles entre nosotros han triunfado y que todo lo grandioso que hay en el hombre esta a punto de dejar de existir.. Además de intentar erradicar el dolor y el sufrimiento de la faz de la tierra, el ser humano también ha deseado fervientemente acabar con las jerarquías y con la diversidad inherente a los hombres, construyendo así una sociedad igualitaria, sin discriminaciones y sin preferencias. Mediante la abolición de privilegios, la democratización de la política, mediante la revolución e incluso mediante el comunismo, el hombre se ha esforzado durante siglos sacrificando a miles de personas por alcanzar la última de las igualdades, por llegar a que nadie sobresalga demasiado y a que nadie triunfe realmente. Los más débiles entre los humanos y los mediocres se han encargado, en efecto, con miras a no ser oprimidos demasiado, a no sentir tanto dolor y a dominar también un poco, de infundir en la conciencia de los más fuertes que oprimir no es del todo correcto, que ser orgullosos y prepotentes está mal e, incluso, que la felicidad es causante de vergüenza. Apoyándose en la idea de libre albedrío se creó la culpa y la mala conciencia con el fin de que incluso los 32.

(36) más fuertes adoptaran a partir de sí mismos, de su propia conciencia, las supuestas virtudes y cualidades de los oprimidos. Al creer que el hombre puede decidir o escoger su manera de actuar, lo que hace al igual que lo que deja de hacer, al creer en última instancia que el hombre puede elegir quién es realmente él – error fundamental – es apenas lógico que la religión y la moral hayan querido hacer al ser humano responsable de sus actos. Nada tiene de extraño el que las reprimidas y ocultamente encendidas pasiones de la venganza y del odio aprovechen a favor suyo esa creencia e incluso, en el fondo, ninguna otra sostengan con mayor fervor que la de que el fuerte es libre de ser débil, y el ave de rapiña, libre de ser cordero: - con ello conquistan, en efecto, para sí el derecho de imputar al ave de rapiña ser ave de rapiña (LA GENEALOGÍA DE LA MORAL, p. 60). Basándose, pues, en esta responsabilidad se creó en el hombre en general el sentimiento de que se podía ser de otra manera, de que no se debía ser fuerte y de que no era lícito oprimir y avasallar a los débiles. Así, las castas y las diferencias se abolieron y, ahora, el espíritu aristócrata, privilegiado, impulsivo y dominador que Nietzsche admira ha dejado por completo la humanidad. “¿Cuándo alcanzarían propiamente [los hombres de resentimiento] su más sublime, su más sutil y último triunfo de la venganza?”, pregunta este filósofo: Indudablemente, cuando lograsen introducir en la conciencia de los afortunados su propia miseria, toda miseria en general: de tal manera que éstos empezasen un día a avergonzarse de su felicidad y se dijesen tal vez unos a otros: «¡es una ignominia ser feliz!, ¡hay tanta miseria!...» Pero no podría haber malentendido mayor y más nefasto que el consistente en que los afortunados, los bien constituidos, los poderosos de cuerpo y de alma, comenzasen a dudar así de su derecho a la felicidad (LA GENEALOGÍA DE LA MORAL, p 160-1).. Y, sin embargo, es precisamente esto lo que ocurre mediante la moral y la religión y su sublime creación de la culpa y la mala conciencia. Los valores de los más débiles, sus características esenciales, sus defectos, se han convertido no solamente en cualidades y virtudes para ellos mismo sino en ideales universales, no solamente en la forma de ser 33.

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