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Matilde y el ladrón de recuerdos

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Academic year: 2021

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Título original: MaTilde y el ladrón de recuerdos © del texto: 2012, Francisco leal Quevedo

[email protected] www.franciscoleal.net

© de las ilustraciones: 2012, andrezzinho

© 2012, distribuidora y editora aguilar, altea, Taurus, alfaguara, s.a. © 2014, distribuidora y editora richmond s.a.

© de esta edición: 2015, santillana s. a.

av. Primavera 2160, lima 33 - Perú

diseño de la colección: Manuel estrada

isBn: 978-612-309-161-3

Hecho el depósito legal en la Biblioteca nacional del Perú nº 2015-05006 registro de Proyecto editorial nº 31501401500449

Primera edición: agosto 2014 Tiraje: 1 000 ejemplares

impreso en Perú - Printed in Peru Grambs corporación Gráfica s.a.c.

av. augusto salazar Bondy 1317, lima 29 - Perú

Todos los derechos reservados.

esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de informa-ción, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito de la editorial.

Matilde y el ladrón

de recuerdos

Francisco leal Quevedo

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A Amalia y Santiago, mis lectores primordiales.

A Magda Camacho, presente en cada una de estas páginas.

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Contenido

I. Una historia va a comenzar 11 II. Una extraña llamada 15

III. El gran olvido 23

IV. La llegada 29

V. Una foto magnífica 33

VI. La cita médica 39

VII. ¿Cómo te llamas? 43

VIII. El diagnóstico 49

IX. Mis temores 55

X. El nombre de la enfermedad 61

XI. Otro viaje 65

XII. ¿Un aviso? 69

XIII. En la notaría 75

XIV. Lourdes 81

XV. El accidente 87

XVI. ¿Dónde estará? 91

XVII. Estaba cerca 95

XVIII. ¿Perdida o desaparecida? 101

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I

Una historia va a comenzar

¿Alguna vez, ante sus ojos, ha ocurrido un robo? ¿Les ha sucedido que la víctima sea un ser querido? ¿Y que, además, el ladrón le vuelva a robar, día tras día, sin poder dete­ nerlo? Eso me ocurrió y no sabía qué hacer. Además, eso no era todo. Ese ladrón también podría, dentro de un tiempo, atacarme a mí. Yo quería enfrentarlo, pero era difícil, pues no lo conocía ni sabía su nombre.

¿Cómo era su aspecto? Se estarán pregun­ tando. Nadie ha visto su rostro, solo son visi­ bles sus huellas, como agujeros negros.

¿Quieren saber qué robaba? No le intere­ saba lo que a los otros ladrones: ni joyas, ni dinero, ni objetos que se pudieran vender. Se robaba algo precioso para una persona: sus recuerdos, su nombre, los nombres de sus ami­ gos, el camino hacia su casa, el rostro de sus XX. La búsqueda continúa 109

XXI. En la morgue 113

XXII. Una esperanza 119

XXIII. Un descubrimiento 123

XXIV. El encuentro 127

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vecinos, los lugares que había visitado, las ce ­ lebraciones familiares y muchas cosas más. Supongo que se estarán preguntando so ­ bre su modo de actuar. Llegaba sin hacer ruido. No abría puertas ni ventanas, ni usaba linter nas en la oscuridad. De forma callada, ataca ba una y otra vez la cabeza de una per­ sona, sacaba sus recuerdos, y su memoria iba que dando hueca. Los robaba para desapare­ cerlos. No los guardaba en ninguna parte. El pasado se iba, como si se disolviera en el aire. Como cuando una sopla los vilanos de diente de león y el viento se los lleva. O hace pompas de ja bón y con la brisa se alejan.

Esa persona quedaba, como me pasó una vez en el colegio, con la mente en blanco. Fue una sensación extraña, yo estaba en el escena­ rio, interpretaba un personaje de largos par­ la mentos en una obra de teatro. Era una oca­ sión muy especial, había mucha gente en esa sala. Todo iba saliendo bien, la obra ya esta ba ter minando, faltaban solo cuatro frases y, de pronto, se me olvidó todo.

No sabía cómo continuar. Miraba hacia la sala, veía muchos ojos en suspenso y bocas entreabiertas. Entre tantos espectadores, yo

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veía a mis papás y a unos amigos. Todos me observaban, estaban pendientes de mí. Los segundos pasaban. Detrás de ellos se fue, muy despacio, un minuto. Yo intentaba recordar, las palabras estaban en mi boca, pero no po ­ día. El público estaba desconcertado.

De repente, el recuerdo saltó en mi cabe­ za como si fuera un conejo y lo atrapé. Lue­ go de decir las frases de manera atropellada –porque temía que volvieran a desaparecer–, hice una venia profunda, como pi dien do dis­ culpas. Entonces todos comenzaron a aplaudir y cayó el telón. La situación con este ladrón era parecida pero con una gran diferencia en este caso del robo de recuerdos: el pasado no vuelve, su recuerdo se marcha para siempre. Con los últimos acontecimientos frente a ese misterioso ladrón, he comprendido que los recuerdos son muy importantes en la vida, pues nos muestran el camino que hemos re corrido y el que aún tenemos pen­ diente. De esta dura experiencia he apren­ dido muchas cosas. Ahora creo saber cómo voy a enfrentar al “Ladrón de recuerdos” si, algún día, se aparece en mi vida.

II

Una extraña llamada

Un día, muy temprano, mi mamá hablaba por teléfono. Bueno, eso no es algo extraor­ dina rio, pasa a diario y varias veces. Todas nues tras mamás suelen hacerlo. Pero la con­ versa ción de ese día fue muy extraña, Alibel hablaba en voz alta y repetía una misma frase:

—¿No estarás exagerando?

Estaba claro que le estaban contando algo difícil de creer, por eso me interesé en parar oreja. Tengo tan buen oído que puedo escu­ char desde lejos, aunque sea un murmullo, pero esta vez era fácil pues una voz recia ve ­ nía del otro lado.

—La señora olvida hasta las cosas más sencillas… —oí que decía.

Era Ramona, la señora que cuida a mi abuela desde hace muchos años. Ella habla alto porque está un poco sorda.

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