Baja Euphorion n.º 3

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Texto completo

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EUPHORION

Nº. 3 Julio - Diciembre

2008

ISSN 1657-1843

Medellín - Colombia

Director:

Luis Antonio Ramírez

Comité editorial:

Denis Carvajal

Arturo Restrepo Vásquez

Diego Edison Echeverri

Camilo Ernesto Mejía

Carlos Enrique Restrepo

Andrés Builes Sánchez

Jandey Marcel Solviyerte

Juan Pablo Arredondo

Diseño:

Andrés Builes Sánchez

Diseño Carátula:

Juan Pablo Murillo Urrego

Ilustraciones:

Graffitis en Medellín

Fotografía:

Ivan Darío Ramírez

http://www.flickr.com/photos/15072398@N00/

Valor: $15.000 (Col.)

€ 6 / us $ 8

www.revistaeuphorion.org

revistaeuphorion@gmail.com

Una publicación de:

Asociación de Investigaciones

Filosóficas

Apartado Aéreo 49050

Medellín - Colombia

destinado a una enunciación colectiva, pues ya no

concedemos que sea el yo quien piensa. Hemos

abandonado la creencia metafísica que garantiza

una voz identitaria y, con ella, la barbarie nacida

de la canonización de la razón. En nosotros piensa

ya la multiplicidad afectiva: el odio, la alegría, el

hastío, el amor, la melancolía, el tedio, la fiesta, el

rechazo incondicional ante lo intolerable… Todos

ellos afectos comunicantes para una potencia de

Re(in)surrección contra el imperio de la muerte que

encarnan soberanamente los poderes establecidos.

Nuestra arma es la multiplicidad de la escritura

como resistencia o supervivencia al avasallamiento

de la guerra mass-mediática, aquella que pretende

ahogar el grito de las multitudes que se resisten

a la imagen negadora y obtusa de un mundo

globalizado.

Escribir para poblar mundos exponencialmente

múltiples que engendren cada uno a su modo, en

su deriva singular, nuevas posibilidades de vida,

e inventar conceptos que sirvan a la cada vez más

imperiosa necesidad de un gesto de crítica, tal como

la entendió Nietzsche, como gran destrucción de lo

reconocido para una creación de lo desconocido.

Invocamos todo acto de insubordinación, toda

fuerza que dice «¡no!», en aras de la reinvención

de lo posible. Invocamos la necesidad de proliferar

una guerrilla infinita: de la creación, de la ficción,

del deseo, de la fabulación, del pensamiento y del

éxtasis colectivo, como gran potencia insurrecta,

única que nos destinara todavía un presente

intenso y una existencia por venir... Vivimos

tiempos difíciles, tiempos gloriosos. Esa fuerza

que desborda en medio de la guerra, esa fuerza

también es nuestra. Participamos también de este

mundo henchido, harto, cruel y esquivo donde

tal vez hay algo nuevo que necesita ser afirmado.

¡Acojamos la crueldad que nos requiere!

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RE(IN)SURRECCIÓN

Volver a la forma impresa, en coexistencia con su edición virtual, significa para EUPHORION la culminación de una prolongada latencia y de una inevitable intermitencia de las que brotan tanto la recomposición de su proyecto colectivo como la reformulación de su urgencia filosófico-política. Componer una enunciación colectiva que pase por el trazado de una escritura, sorteando las pequeñas burocracias de una organización menor, es nuestro modo de articular una filosofía-práctica que se sustraiga a los extravíos de la abstracción y al “exceso de teoría”, atendiendo más bien al apremio de pensar en las difíciles condiciones de existencia actuales, en un distrito local que se sitúa ya en las márgenes de una pretensión universalista, pero bajo telón de fondo de la organización totalitaria de las fuerzas que hoy se disputan el dominio del mundo. La paulatina consumación de la sociedad de control como modelo imperante de gestión de la vida, y sus correlatos: la biopolítica y el Capitalismo Mundial Integrado, reconfiguran y confiscan las formas de vida social e individual desatando sobre ellas reiteradamente sus devastaciones. La desaparición de la forma-Estado —que hoy subsiste apenas como una mera apariencia— y su servidumbre por todos lados confirmada a las demandas mundiales de la economía que ha usurpado toda función gubernamental, provocan tal grado de descomposición del socius que éste parece ausentarse definitivamente de los procesos de creación política. En lugar de ello vemos levantarse una vez más, bajo una forma del todo renovada, el viejo fascismo: el americano en nombre del delirio de la seguridad, el europeo movilizando sus flujos de xenofobia (“no podemos acoger toda la miseria del mundo” —Sarkozy), y el colombiano que nos cupo en suerte, despertando en cada uno de nosotros el deseo de un amo absoluto y de la perpetuación del déspota, a fuerza del terror agenciado por la barbarie paraestatal o paramilitar, por las masacres, desplazamientos, amenazas y desapariciones en poblamientos rurales de indígenas, campesinos y comunidades negras, o en zonas marginales de las ciudades, con el único propósito de confiar el derecho de la tierra a la usura universal de los dueños. (En palabras de Álvaro Uribe Vélez: “Apoyaremos los bancos de tierra y zonas de reserva para garantizar el espacio público ecológico y recreativo… Impulso a lotes con servicios y muy buena calidad urbanística… Sueño con un país democrático en lo político y en lo económico. Con oportunidades para todos. Con un País de Propietarios”).1

Pensar bajo tales condiciones no puede significar otra cosa que ofrecer un diagrama de la organización de las fuerzas en lucha, que sirva a su vez a la tarea de poner a proliferar estrategias y mecanismos para esa potencia mínima, y sin embargo perenne, que son los procesos de resistencia. Pensar es de este modo una reacción o respuesta ante la imposibilidad de admitir lo intolerable. Una vez más se plantea con ello la cuestión del estatuto del intelectual respecto de la praxis política. Foucault indicaba un camino simple, quizás el único, en ese diálogo con Deleuze2 al que será necesario volver siempre como a un instrumental conceptual básico, y en

el que convocaba a los intelectuales a su resuelto acto de toma de palabra, no para “decir la verdad” a los que no saben, sino para decir la verdad que todos saben y que hay que reconocer a fuerza de decirla, desmontando en uno mismo, con ese acto de enunciar, las formas de poder a las cuales el intelectual sirve sin saberlo como instrumento y objeto: el orden del “saber”, de la “verdad”, de la “conciencia”, del “discurso”. “Cada lucha se desarrolla en torno a un centro particular de poder… Y si designar los núcleos, denunciarlos, hablar públicamente de ellos, es una lucha, esto no se debe a que nadie sea conciente, sino a que hablar de ellos, forzar la red de información institucional, nombrar, decir quién ha hecho qué, designar el blanco, es una primera inversión del poder, es un primer paso para otras luchas contra el poder”. A eso apunta EUPHORION, su re(in)surrección, su agenciamiento de enunciación colectiva. Que los textos publicados en ella sean otras tantas herramientas de análisis, que procedan por contagio para otras iniciativas en una deriva proliferante.

Nuestro particular agradecimiento a Brian Massumi (Canada), Peter Pál Pelbart y Gisele Gallicchio (Brasil) por concedernos la publicación de sus artículos, a la Corporación Jurídica Libertad (Colombia), a la Association France Amerique Latine “Comité Burdeos” (FAL, Francia) por su apoyo a nuestra reactivación de la publicación, y a la Red Juvenil de Medellín. Finalmente, a los graffiteros de Medellín, a Cristian Camilo Bedoya por su traducción

y a Carolina Arias por su colaboración.

1 Fuente: Ministerio de Ambiente, Vivienda y Desarrollo Territorial, http://www1.minambiente.gov.co/viceministerios/vivienda_desarrollo_

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CoNtENIdo

Miedo (dijo el espectro)

4

Brian Massumi

15

Contra el impotenciante nihilismo de la guerra

Carlos Enrique Restrepo - Ernesto Hernández B.

La administración de los ilegalismos

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Luis Antonio Ramírez

29

Puntos de vista

Michel Foucault

Imperio y biopotencia

30

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Elkin Ramírez Jaramillo

Economía de mercado y planes de guerra para el control

40

y la privatización de los recursos naturales

Red Juvenil (Medellín)

55

Positivos por la guerra

Engaño: Tierra de la oportunidad

57

Gisele Gallicchio

59

La paranoia en el poder

Anónimo

Sobre Mayo del 68

62

63

La ciudad subjetiva

y pos-mediática

(selección de textos de Felix Guattari)

(Reseña)

Leprocomio

Versos de los mil días

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(selección de poemas)

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MIEdo (dIjo EL ESPECtRo)

Brian Massumi

Traducción:

Andrés Builes Sánchez

Esa parálisis momentánea del espíritu, de la lengua y los miembros, esa profunda agitación desciende hasta el corazón del propio ser, esa desposesión de sí la llamamos intimidación… Es un estado social naciente que se produce siempre que pasamos

de una sociedad a otra.

Gabriel Tarde

El futuro será mejor mañana.

Atribuído a George W. Bush1

Brian Massumi

Docente investigador del Departamento de Comunicaciones de la Universidad de Montreal. Miembro del Laboratorio Art&D de la Sociedad para el Arte y la tecnología, y co-director del Laboratorio de Empirismo Radical (Universidad de Montreal). Ha publicado: Parables for the Virtual:

Movement, Affect, Sensation (Duke University Press, 2002); A Shock to

Thought: Expression After Deleuze and Guattari (Routledge, 2002); First and Last

Emperors: The Absolute State and

the Body of the Despot (with Kenneth Dean; Autonomedia, 1993); The Politics

of Everyday Fear (University of Minnesota Press, 1993); A User’s Guide to Capitalism

and Schizophrenia: Deviations from

Deleuze and Guattari (MIT Press, 1992). Es traductor al Inglés de La

condición postmoderna de J.-F. Lyotard, y

Mil mesetas de Deleuze y Guattari. Web site: www.brianmassumi.com

E

n marzo de 2002, con gran pompa, el nuevo departamento de seguridad nacional de la administración Bush introdujo su sistema de alerta para el terror codificado en colores: verde, “bajo”; azul, “alerta”; amarillo, “elevado”; naranja “alto”; rojo, “severo”. Desde entonces la nación ha danzado entre amarillo y naranja. La vida se ha establecido con zozobra en el extremo rojo del espectro, por lo visto de modo permanente; los verdeazules de la tranquilidad son cosa del pasado. “Seguro” no mereció entonces un color. Parece que lo seguro se ha desprendido del espectro de la percepción. La inseguridad, dice el espectro, es ahora normal.1

El sistema de alerta fue introducido para calibrar la ansiedad del público. Con las repercusiones del 9/11, el miedo del público se salió de control en respuesta a las dramáticas, pero exasperadamente vagas, medidas del gobierno para impedir un próximo ataque. El sistema de alerta fue diseñado para modular ese miedo: luego de reducirlo después de volverlo demasiado intenso, podía elevarlo un grado, o lo que es peor, podía desalentar la repuesta antes de acostumbrarla. La coordinación lo era todo. La fatiga del miedo más que el miedo mismo se convirtió en un asunto de preocupación pública. La modulación afectiva de la población era ahora una función central y oficial para un gobierno cada vez más sensible al tiempo.

La respuesta-refleja autodefensiva a indicios perceptúales, que el sistema había diseñado para adiestrar la población con un dispositivo a distancia controlado desde el gobierno central, funciona directamente en el sistema nervioso de cada individuo. Toda la población se volvió una red de nerviosismo, una red neuronal distribuida registrando en masa cambios de cantidad, en un

1 “El futuro será mejor mañana” es uno de los muchos “bushismos” circulando en la prensa y

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niveles de color. La población cayó en una armonía afectiva que atravesaba las diferencias sociales y geográficas que la separaban. Que los cambios se registraran en masa no significaba necesariamente que la gente comenzara a actuar de modo similar, como en una imitación social de otra persona o un modelo impuesto para todos y cada uno. “La imitación hace la forma, la armonía hace el sentimiento”.2 Dispuestos en

la misma modulación de sentimientos, los cuerpos reaccionan al unísono sin actuar necesariamente de modo similar. Sus respuestas podrían tomar muchas formas, y de hecho lo hacían. Lo que ellos compartían era el nerviosismo central, pero su traducción somática variaba de cuerpo a cuerpo.

Simplemente no había nada que identificar o imitar. Las alertas tenían un contenido

precario, no presentaban forma ideológica o represen-tativa, y permanecían tan vagas como la fuente, la na-turaleza y la ubicación de la amenaza. Eran señales sin significación. Lo que ofrecían claramente era un “con-torno de activación”: una variación en la intensidad del sentimiento en el tiempo,3 y se dirigían más bien a la

irritabilidad de los cuerpos que a la cognición de los su-jetos. Los indicios perceptivos se utilizaron para activar respuestas corporales precisas, más que para reproducir una forma o trasmitir un contenido definido.

Cada reacción del cuerpo estaría ampliamente determinada por sus patrones de respuesta ya adquiridos. Las alertas de color se dirigían a los cuerpos al nivel de sus disposiciones para la acción. El sistema no era un mecanismo de posicionamiento subjetivo, sino un mecanismo disparador de disposiciones orientado al cuerpo. Los cuerpos serían disparados a acciones cuya naturaleza exacta era poco controlada

2 Daniel N. Stern, The Interpersonal World of the Infant,(New York:

Basic Books, 1985), p. 142. Hay traducción al español, Daniel Stern, El mundo interpersonal del infante, Paidós, Argentina, 1991.

3 Sobre el concepto de contorno de activación véase: Daniel Stern, Op. cit.

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El sistema fue diseñado para hacer visible los diversos compromisos anunciados para pelear la “guerra” contra el terrorismo que había sido declarada dramáticamente los días posteriores al 9/11. El colapso de las torres del World Trade Center había pegado la población a la pantalla de televisión con una intensidad no vista desde el asesinato del presidente Kennedy en los primeros días de los medios, y sólo comparable en su historia reciente al show de la guerra del Golfo. En tiempo de crisis la televisión proporcionó una vez más un foco perceptivo para la masiva y espontánea coordinación de los afectos, en una convincente refutación de la extendida idea de que, como medio, era obsoleto frente al surgimiento meteórico del Internet a finales de los 90’s. Todo el terreno que la televisión pudo haber perdido frente a la Web como fuente de información y como punto articular para el entretenimiento familiar fue recuperado en su papel renaciente de canal privilegiado para la modulación colectiva de afectos, en tiempo real, en momentos socialmente críticos. La televisión se había vuelto el medio-acontecimiento. El sistema de alerta para el terror buscó conducir la televisión como un medio-acontecimiento social, capturando la espontaneidad con la cual recuperó ese papel. Capturar la espontaneidad es convertirla en algo que no es: una función habitual. El sistema de alerta era parte de la habituación del público televidente para modular los afectos como una función media-gubernamental.

Esta domesticación del papel afectivo de la televisión ha logrado otras transformaciones. Una de ellas fue que vinculó la gubernamentalidad a la televisión de un modo que proporcionó al ejercicio del poder un adecuado modo perceptivo de operar. El gobierno adquirió una señal de acceso a los sistemas nerviosos y expresiones somáticas de la población, lo que le permitió evitar las mediaciones discursivas de las cuales tradicionalmente dependía, y producir efectos regularmente con una inmediatez nunca antes vista. Sin prueba, sin persuasión, aun sin argumento,

la producción de imágenes del gobierno podría desencadenar la (re)acción. Pero lo que la función pública del gobierno adquiere en inmediación de efecto lo pierde en la uniformidad del resultado. Seguramente el sistema podría determinar la gente a la acción si juega de modo hábil, pero la naturaleza del disparador, o del incitador, como un contorno de activación que carece de contenido definido o forma imitable, significa que no podría determinar exactamente cuáles

acciones señalaría. En un sentido,

esto fue admitir la realidad política: el ambiente social en el que el gobierno ahora operaba era de tal complejidad que hacía un espejismo de cualquier idea que pudiera estar en una correlación exacta entre el discurso oficial, o la producción de imagen, y la forma y el contenido de la respuesta. La diversidad social y cultural de la población, y la falta de compromiso del gobierno en muchos de sus segmentos, aseguraría que cualquier iniciativa que dependa de una relación lineal causa-efecto entre, de un lado, la prueba, la persuasión y el argumento y, de otro, la forma de una acción resultante —si de hecho hubiera alguna—, estaría destinada al fracaso, o al éxito sólo en casos aislados. La simpática contradicción del pluralismo del discurso público de los políticos americanos es evidencia de que esto ha sido ampliamente reconocido en la práctica (el hecho por ejemplo de que George W. Bush se dirigiera a los trabajadores de la industria automotriz en su arrastrado acento sureño como un hombre preocupado por las esforzadas familias de la Middle America, y luego dijera en una cena para recaudar fondos que su “base” son los que “tienen y cada vez tienen más”4). Dirigir los cuerpos

desde el ángulo disposicional de su afectividad, en vez de dirigir los sujetos desde el ángulo disposicional de sus representaciones, aparta la función del gobierno hacia la activación directa, lejos de las mediaciones de adherencia o creencia. ¿Qué otra cosa es un estado de alerta? Orientado hacia la indeterminación de la pura activación, el estado de alerta asume que la naturaleza de las verdaderas respuestas evocadas será finalmente determinada por co-factores fuera de pantalla que están más allá del conocimiento de los políticos, y no por falta de esfuerzo, sino porque son altamente contingentes y por lo tanto altamente cambiantes. El establecimiento del sistema de alerta como eje de la campaña antiterror del gobierno es un reconocimiento implícito de que la producción de efectos políticos, si son concebidos para ser directos y extendidos, debe desplegarse de manera co-causal y no lineal, es decir, compleja. El modo perceptual del poder toma lugar ligando la gubernamentalidad a la televisión; de esta manera afectiva asocia el funcionamiento gubernamental a la contingencia natural de los sistemas complejos, donde la entrada no es necesariamente igual a la salida, porque todos los desvíos, retardos, amplificaciones o patrones de interferencia pueden ocurrir a medida que la señal se agota. Con el afecto,

4 George W. Bush hablando en el Al

Smith Memorial Dinner, Nueva York, Octubre 19 de 2000. Esta escena está memorablemente incluida en el film de Michael Moore Fahrenheit 9/11.

Todo el terreno que la

televisión pudo haber

perdido frente a la Web...

fue recuperado en su

papel renaciente de

canal privilegiado para la

modulación colectiva de

afectos, en tiempo real,

en momentos socialmente

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perceptualmente dirigido, el azar se vuelve políticamente operacional. Un principio de incertidumbre política es pragmáticamente establecido. Este principio prácticamente admite que el ambiente sistémico en el que los mecanismos de poder funcionan es inestable, lo que significa provisionalmente estable pero excitable, en estado de equilibrio pero listo para sacudirse.5

La necesidad de una pragmática de lo

incierto, para la cual el sistema de color nos alerta, está relacionada con un cambio en la naturaleza del objeto de poder. La falta de forma y contenido de su ejercicio de ninguna manera significa que el poder ya no tiene un objeto. Significa que el objeto del poder no tiene forma ni contenido: después del 9/11 la gubernamentalidad se ha moldeado a sí misma a la amenaza. Una amenaza es incognoscible, pues si fuera conocida en su especificidad no sería una amenaza, sería una situación —como cuando dicen en los shows policíacos de la televisión, “tenemos una situación”— y una situación puede ser controlada. Una amenaza sólo es una amenaza si retiene una indeterminación. Si tiene una forma no es una forma substancial, sino una forma de tiempo: una futuridad. La amenaza como tal no es nada aún —sólo una inminencia—. Es una forma de futuridad que tiene la capacidad para llenar el presente sin hacerse presente. Su inminencia futura proyecta una sombra presente, y esa sombra es el miedo. La amenaza es la causa futura de un cambio en el presente, y una causa futura no es realmente una causa, es una causa virtual, una cuasicausa. La amenaza es una futuridad con un poder virtual para afectar el presente cuasicausalmente. Cuando un mecanismo gubernamental hace de la amenaza su negocio, toma esa virtualidad como su objeto y adopta la cuasicausalidad como su modo de operación. Esa operación cuasicausal lleva el nombre de seguridad, y se expresa a sí misma como señales de alerta.

Como su objeto es virtual, el único apalancamiento real que la operación de seguridad puede tener es la presencia retro-proyectada de la amenaza, su pre-efecto del miedo. La amenaza, entendida como una cuasicausa, calificaría filosóficamente como una de las especies de causa final. Una de las razones para que su causalidad sea cuasi es que existe una reciprocidad paradójica entre ella y su efecto. Existe una especie de simultaneidad entre la cuasicausa y su efecto, aunque ambos pertenezcan a tiempos diferentes. La amenaza

5 Sobre Metastabilidad véase: Gilbert Simondon, L’individu et sa genèse physico-biologique,(Grenoble: Million, 1995), pp.72–73, 204–5; y L’individuation psychique et collective,(Paris: Aubier, 1989), 49, pp. 230–31.

es la causa del miedo en el sentido de que desencadena y condiciona el acontecimiento del miedo, pero sin el miedo que ella efectúa no alcanzaría una existencia verdadera, permaneciendo puramente virtual. La causalidad es bidireccional, opera de inmediato en ambos polos, en una especie de deslizamiento del tiempo a través del cual una futuridad se hace directamente presente en una expresión efectiva que la trae al presente sin que deje de ser una futuridad. Aunque el miedo y la amenaza estén en tiempos diferentes —presente y futuro— y en modos ontológicos diferentes —real y virtual—, hacen una pieza: ambos son dimensiones indisociables de un mismo acontecimiento. El acontecimiento es

transtemporal, ya que mantiene juntos ambos tiempos en su propia inmediatez. Es un proceso, puesto que su transtemporalidad mantiene un pasaje entre lo virtual y lo real —una verdadera transformación que es efectuada en el intervalo más pequeño que el menor de los intervalos perceptibles, en un enlazamiento instantáneo entre la presencia y la futuridad—. Puesto que el acontecimiento está en el más pequeño que el menor de los intervalos, quizás sea mejor caracterizarlo como infra-temporal

que como transtemporal.

Como William James argumentó estupendamente, el miedo alcanza el cuerpo y lo compele a la acción antes que él pueda registrarlo conscientemente. Cuando registra, una comprensión aumenta desde la acción corporal ya en camino: no corremos porque sentimos miedo, sentimos miedo porque corremos.6 James quiere decir

“conscientemente con miedo”. Ya hemos comenzado a experimentar el miedo de manera no consciente, envueltos en la acción, antes que se despliegue desde ella y que sea sentido como tal, en su distinción de la acción a partir de la cual él surge. Activación es una palabra mejor que acción, porque el miedo puede ser, y a

6 “Nuestro modo natural de pensar sobre estas emociones más vastas

es que la percepción mental de algún hecho excita la afección mental llamada emoción, y que este último estado de la mente da origen a la afección corporal. Por el contrario, mi teoría es que los cambios corporales siguen directamente a la percepción del hecho excitante, y que nuestra sensación de los mismos cambios conforme ocurren ES la emoción. El sentido común nos dice que cuando perdemos nuestra fortuna, nos apesadumbramos y lloramos; que si nos topamos con un oso, nos asustamos y salimos disparados; que si un rival nos insulta, nos enfurecemos y pegamos. La hipótesis que vamos a defender dice que es incorrecto este orden de secuencias, que un estado mental no es inmediatamente inducido por el otro, que las manifestaciones corporales deben interponerse primero, y que la enunciación más racional es que sentimos tristeza porque lloramos, furia porque golpeamos, miedo porque temblamos, y no que lloramos, golpeamos o temblamos porque estamos tristes, irritados o temerosos… nos permite darnos cuenta, con mayor intensidad que nunca, de hasta qué punto nuestra vida mental está entrelazada con nuestro marco corpóreo, en el sentido más estricto del término”. William James,

Principios de psicología, (Agustín Bércena, trad.), México, F.C.E, 1989. pp. 915, 929.

no es nada aún —sólo

una inminencia—.

Es una forma de

futuridad que tiene

la capacidad para

llenar el presente sin

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menudo es, paralizante. Cuando hay activación en lugar de acción hay agitación, una suspensión de la acción, el comienzo tenso de la acción que puede fallar para tomar una forma definitiva. Toda vez que una acción específica se despliega, su comienzo todavía habrá estado sin distinción con el afecto, en esa vaguedad del

sentimiento-acción-porvenir, en un momento de suspenso sin duración, en el tiempo deslizado de la amenaza. Entones habrá una conmoción en el sistema, cuya inmediatez desconecte el cuerpo del flujo continuo de sus actividades mientras lo suspende para un recomienzo.

El miedo, al nivel de la pura activación en el tiempo deslizado de la amenaza, es la intensidad de la experiencia y no todavía el contenido de ella. La amenaza ataca el sistema nervioso con una dirección que impide cualquier separación entre la receptividad del cuerpo y su entorno. El sistema nervioso es conectado directamente al comienzo del peligro. La realidad de la situación es esa activación. Si una acción se desencadena la activación sigue, prolongando la situación a lo largo de una línea de fuga. El miedo sigue esa línea, reúne en sí mismo el momento de la huida, usa

esa acumulación para impulsar cada avance sucesivo y mueve la activación a través de una serie de pasos. El miedo aumenta en tanto la activación sigue su curso. El miedo es una convergencia dinámica de la acción que asegura la continuidad de su despliegue en serie y mueve la realidad de la situación, que es su activación, siguiendo la línea de fuga del temor.7 La experiencia es en el miedo,

en su convergencia de acción, más que si el miedo fuera el contenido de una experiencia. En la línea de salida, el afecto del miedo y la acción del cuerpo están en un estado de indistinción. A medida que la acción se despliega

7 Sobre el afecto como “el terreno primario para la continuidad de la

naturaleza” véase: Alfred North Whitehead, Adventures of Ideas,(New York: Free Press, 1938), pp. 183–84. Hay dos traducciones al español,

Aventuras de las ideas, Barcelona, José Janés, 1947. Trad. de Carlos Botet. Y, Aventuras de las ideas, Buenos Aires, Compañía General Fabril Editores, 1961. Trad. de Bernardo Costa. Véase también: Brian Massumi, Parables for the Virtual, (Durham, NC: Duke University Press, 2002), pp. 208–18.

comienzan a divergir. La acción es lineal y disipadora, se agota paso a paso a sí misma; sigue su curso a lo largo de la línea de fuga. De otro lado, la intensidad afectiva es acumulativa; aumenta así como la acción se despliega, y cuando la marcha se detiene ella sigue rodando. Su rodar después de la marcha la desenvuelve a partir de la acción. Sale desde sí misma. Sólo ahora, pasado el punto de detención de la acción, se muestra como un sentimiento de miedo tan distinto de su representación. Lo que registra claramente con ese sentimiento es la realidad de la situación —cuya naturaleza era y permanecía fundamentalmente afectiva—. La realidad de la situación es su cualidad afectiva —su ser es un despliegue de miedo, en oposición a la ira, al aburrimiento o al amor—.

A este nivel, decir que la experiencia es en el miedo, y no que el ser del miedo es el contenido de una experiencia, es decir que la acción-dirección, la realidad-registro y el momento-reunión de su operación es no fenomenal. Esta operación es el marco de la experiencia, en otras palabras, es la inmanencia de la experiencia. Pero, en el punto de detención, la experiencia sale desde sí misma registrando su cualidad. Entonces su despliegue continúa por otras líneas. Para eso basta con el lujo de la pausa para que el cuerpo, previamente abandonado al shock, pueda empezar a distinguir los detalles de la situación. Puede mirar alrededor, tratando de identificar claramente la causa de la alarma, y asimilar el entorno en caso de que sea necesaria más acción. Comienza a

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suceder es colocado bajo una reseña retrospectiva y trazado en un plano como un entorno objetivo. El lugar de la amenaza es buscado siguiendo al revés la línea de fuga. La causa del temor es escudriñada entre los objetos del entorno. Las direcciones de otras fugas u objetos que pueden servir para la autodefensa están inventariadas. Estas percepciones y reflexiones están recogidas en

recuerdos [recollection], donde su intensidad finalmente se apagará. En este punto, en esta segunda agrupación hacia una intensidad menor, en el punto de detención de la acción, el miedo y su situación, y la realidad de esa situación, se vuelven un contenido de la experiencia.

El despliegue de la realidad de ese sentimiento de temor

se ha convertido en el sentimiento de ese miedo envuelto en la percepción.8 La percepción ha sido envuelta en

la reflexión y, a su vez, la reflexión ha sido absorbida en la memoria. En el recuerdo, el despliegue afectivo se ha vuelto a plegar, en un nivel y un modo diferente, después de pasar el umbral marcado por el agotamiento de la acción con el cual el sentimiento aumentaba. El umbral es un punto de conversión entre muchos puntos. Es donde el marco no fenomenal de la experiencia se vuelve fenomenal y, pasando al contenido de la experiencia, su inmanencia se traduce en una interioridad. En el punto de detención, la cualidad afectiva del acontecimiento emerge en su pureza

de la acción y, como sucede, se vuelve cuantificable. Ella ha sido la totalidad de la situación en esta indistinción con la acción. La situación se ha ramificado ahora y el afecto se ha separado de la agotada acción en virtud de su continuidad. La situación se divide todavía en una

colección [collection] de objetos percibidos, y después en distintas reflexiones desde la percepción y en recuerdos [recollections] de algunos o de todos estos componentes. El miedo que se muestra en su pureza afectiva en el punto de detención es retrospectivo, pero también es uno entre los muchos ingredientes que componen la experiencia. Es un componente contable de una experiencia. Esa experiencia, que comenzó como la unidad dinámica del sentimiento en la acción, es ahora una colección de elementos particulares. El todo se ha vuelto divisible, y lo que la experiencia era globalmente ahora cuenta en

8 Esta fórmula fue sugerida por la teorización de Whitehead sobre

“los datos sensoriales como cualificaciones de un tono afectivo”. La experiencia, escribe, “comienza en esa sensación maloliente, y es desarrollada por la mentalidad en el sentimiento de ese olor”. Esto aplica igualmente a los “tonos afectivos” que hemos llamado “disposiciones”, las cuales pueden ser consideradas “percepciones directas…en términos iguales con los otros datos sensoriales”. En otras palabras, filosóficamente, la teoría del afecto y la emoción y la teoría de la percepción coinciden estrictamente. El concepto de tono afectivo será discutido posteriormente en este artículo. Whitehead,

Op. cit., p. 246.

él como una de sus partes. Como un contenido de la experiencia este miedo se vuelve comparable a otros incidentes de miedo en otras situaciones recordadas. Ahora puede tenerse en cuenta como el mayor o el menor temor. Donde una vez fue intensidad, ahora es magnitud. El miedo todavía califica la situación, pero su cualidad es ahora cuantificable de dos maneras: cuenta como uno entre varios y puede ser asignado a una magnitud relativa. En intensidad, sólo puede ser vivido a través del cuerpo. Vivido corporalmente es innegable, pues es una activación directa e inmediata. Es un convencimiento-imposición, y su convencimiento es uno con el impulso de la acción. Ahora el miedo ha tomado su lugar como uno entre otros de los contenidos de la experiencia. Puede ser aproximado inactivamente desde afuera. Puede colocarse al lado de los otros componentes y ser comparado con ellos. Como cualidad retiene todavía cierta inaprehensibilidad. Así, los objetos que el miedo deja percibir, cuya apariencia, como sucedió, fue una diferenciación del miedo, ahora parecen más sólidos y fiables que él. Retrospectivamente, asumen la mayor parte de la realidad reconocida del acontecimiento. La emoción es marginada como el contenido meramente subjetivo del acontecimiento. Además, otra ramificación ha ocurrido entre lo subjetivo y lo objetivo. Esta bifurcación estructura el recuerdo.

Si el acontecimiento es relatado, la narrativa colocará el despliegue objetivo del acontecimiento en un camino paralelo a su registro subjetivo, como si esta dualidad fuera operativa desde el comienzo del acontecimiento, y no un artefacto de su propio despliegue diferenciable. La historia personal del cuerpo narrado tendrá que negociar esta dualidad presentando una faz pública, aliada con el contenido definido como objetivo, en contraste con el contenido subjetivo, definido como privado. El contenido privado no puede ser relatado, pero puede ser modificado por razones de tacto o para evitar la vergüenza. El contenido emocional puede entonces vacilar e incluso desprenderse de su anclaje a la narrativa objetiva. Los dos caminos de la narrativa del acontecimiento pueden perder su paralelismo. No anclada, la vivacidad del contenido emocional disminuye hasta el punto en que la emoción puede ser conjeturada por segunda vez: “No estaba realmente asustado, sólo sobresaltado”. La emoción palidece, como si pudiera ser separada en cuanto se ha producido desde la inmediatez de la respuesta corporal y como si el sujeto de la experiencia pudiera elegir retenerla o dejarla pasar. Tratar de este modo la emoción como separable del acontecimiento-activación, desde el cual surgió

El despliegue de

la realidad de

ese sentimiento

de temor

se ha

convertido en el

sentimiento de ese

miedo

envuelto en

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afectivamente, es colocarla al nivel de la representación, esto es, tratarla fundamentalmente y desde el comienzo como un contenido subjetivo: básicamente una idea. Reducida a la mera idea de sí misma, se hace razonable suponer que un sujeto específico, representándosela, sea capaz de mantenerla —tanto a ella y al afuera aleatorio de su surgimiento, como al cuerpo en conexión activa con ese afuera— a una distancia razonable y manejable. Esto la hace parecer controlable de manera confortable.

Sin embargo, un sobresalto sin miedo es como una sonrisa sin gato. La separación entre activación directa y representación controlada, o entre el afecto en su dimensión corporal y la emoción como contenido subjetivo racionalizable, es un maravilloso mundo reflexivo que no funciona en este lado del espejo. James es agudo para crear este desconcierto: “Donde una emoción ideal parece preceder (u ocurrir independientemente de) los síntomas corporales, frecuentemente no hay nada salvo una representación de los síntomas mismos. Quien ya se ha desmayado con la visión de la sangre puede atestiguar las preparaciones para una intervención quirúrgica con un abatimiento y una ansiedad incontrolables en el corazón, anticipa ciertos sentimientos, y la anticipación precipita su llegada”.9

Lo que él llama aquí una representación es claramente una re-presentación: el abatimiento del corazón es la anticipación de la emoción, del mismo modo que cuando afirma, en el caso de una huida por miedo, que “nuestro sentimiento de cambios corporales tal como suceden

es la emoción” en su fase inicial de emergencia.10 La

9 William James, “What is an Emotion?”, en: Essays in Psychology, vol.

13, The Works of William James, (Cambridge, MA: Harvard University Press, 1983), p. 177. Este pasaje se extrae de: William James, “¿Qué es una emoción?”, en: Estudios de psicología, 21, 1985, pp. 57-73.

10Ibid., p. 170.

del cuerpo se desarrolla entonces de manera innegable en una reemergencia del miedo. Lo que descuidadamente pensamos como la idea de una emoción, o la emoción como una idea, es de hecho la repetición anticipatoria de un acontecimiento afectivo, precipitado por el encuentro entre la irritabilidad del cuerpo y un signo. En el ejemplo quirúrgico, la sangre funciona como un signo del miedo. Activa al cuerpo directamente como una alerta roja, pero el contexto obvia la necesidad de la huida. Uno está en condición de reaccionar a la sangre precisamente porque no está bajo anestesia en la mesa de operaciones. Esto también es una razón de por qué realmente la huida tiene poco que ver en este caso. La naturaleza particular del contexto inhibe la representación del movimiento. No obstante, la activación del cuerpo era ya ese movimiento en forma incipiente. La falla del movimiento para expresarse verdaderamente a sí mismo no previene el desarrollo de la emoción misma —que debería introducir paulatinamente— en la pausa, después de la actualización de la acción. Aquí, el cuerpo hace una pausa por adelantado debido a restricciones contextuales. En este contexto, la emergencia de la emoción reemplaza la acción. La verdadera acción está en cortocircuito. Ella está in-actuada: permanece envuelta en su propio potencial activado. El desarrollo de la emoción está ahora vinculado enteramente al potencial de la acción. Él puede regenerarse a sí mismo sin desvío a través de un movimiento verdadero: puede ponerse en-acto a través de la in-acción.

Parte del adiestramiento afectivo, que el sistema de alerta de color de Bush asegura, consiste en el arraigamiento de una respuesta anticipatoria afectiva a los signos del miedo en los cuerpos de la población, incluso en contextos donde claramente no existe un peligro presente. Esto extiende significativamente el ámbito de la amenaza. Una alerta sobre una sospecha de un plan de bombardeo contra el puente Golden Gate de San Francisco (uno de los primeros episodios de alerta) puede tener repercusiones directas en Atlanta. Además, la realización de un acontecimiento afectivo en inacción tiene obvios beneficios para el control político.

El ámbito de la amenaza se extiende también de otra manera. Cuando una emoción se hace representable en la anticipación de sí misma, independientemente de la acción, se vuelve supropia amenaza, se vuelve su propia causa virtual. “Se me ha hablado de un caso de terror morboso, del cual el sujeto confesó que eso que lo poseía parecía ser, más que nada, el miedo del miedo mismo”.11 Cuando el miedo se vuelve una cuasicausa

de sí mismo puede eludir, incluso más fácilmente,

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11

cualquier limitación de los contextos donde una acción temerosa es realmente exigida y, de este modo, elude más regularmente la necesidad de pasar en ciclos a través de un despliegue de fases. Las fases encajan una en otra en un cortocircuito del proceso afectivo. El acontecimiento afectivo se mueve más ajustadamente alrededor del tiempo deslizado de la amenaza a medida que el miedo se vuelve su propio pre-efecto. “Claramente vemos cómo la emoción comienza y termina con lo que llamamos sus efectos”.12 El miedo, la emoción, se

ha revirtualizado. Su emergencia, como un efecto final, se conecta amenazadoramente al comienzo como su causa. Esto marca otro giro. Ahora el miedo puede, potencialmente, auto-causarse incluso en ausencia de un signo externo que lo desencadene. Esto lo hace tanto más incontenible cuanto que “se apodera” del sujeto. Él envuelve su deslizamiento temporal alrededor de la experiencia de un modo tan irresistible que se vuelve el contorno afectivo de la experiencia. Sin dejar de ser una emoción, se ha vuelto el contorno afectivo de la existencia, su marco. Auto-causado en todos los aspectos: de inmediato, tiende a tomar posesión del terreno y del fondo de la experiencia. Así, a una emoción que se ha revirtualizado de esta manera, para volverse terreno auto-causado y fondo envolvente de una existencia alcanzada, la llamamos un tono afectivo o disposición

(igualmente distinto de la acción, del afecto de vitalidad, del afecto puro y de la misma emoción ).

La revirtualización entonada del miedo no significa que nunca aparecerá otra vez, narrativamente, como una emoción contenida. De hecho, los esfuerzos para contenerla tendrán que ser redoblados para atenuar la posesión que ejerce sobre el sujeto, pero esto es un círculo vicioso. Cuanto más exitosos los esfuerzos, tanto más la existencia del sujeto está vinculada al proceso. Tener miedo al modo de un contenido subjetivo, de cara al fondo de miedo revirtual, se vuelve un modo de vida. No importa cuántas veces el miedo sea contenido, siempre excederá la contención porque su capacidad de auto-regeneración continuará para irrumpir, y esa irrupción definirá la disposición circundante.

Cualquier miedo particular claramente caracterizado como un contenido de vida emocional se separará de ese fondo comparativamente vago o genéricamente afectivo del cual emergió. Y esto de un modo claramente redundante: donde él verdaderamente ocurra como

12 Ibid.

emoción, ya habrá llegado como tonalidad afectiva. Por todas partes el miedo desdobla sus características: genérico y particular, caracterizado clara y vagamente, es tanto un terreno para la existencia de sí mismo como un modo de vida. El miedo, en su relación cuasicausal consigo mismo, se ha vuelto de manera redundante autosuficiente —una fuerza autónoma de existencia—. Se ha vuelto ontogenético.13

Esta autonomización del miedo es el siguiente paso natural desde su primacía en la acción, en el cortocircuito del signo-respuesta. Su desarrollo está condicionado por la independencia que la prevención permite desde los contextos reales del miedo. Cuando el miedo mismo es espantoso, su capacidad para auto-causarse significa que incluso puede ser desencadenado en ausencia de cualquiera de sus signos externos. Políticamente, los riesgos de autonomización del miedo deshacen el control ganado en esa fase: el miedo ahora puede escaparse consigo mismo. Tiene la capacidad de auto-impulsarse. Esto aumenta el nivel de imprevisibilidad. A dónde vaya a parar el miedo desatado es algo que cualquier emisor de alerta sólo puede conjeturar. Mientras los signos de peligro pueden no ser ya necesarios para desencadenar el acontecimiento afectivo del miedo, su repetición y multiplicación diseminan las condiciones para su propia superación. Ellas preparan el terreno (de fondo).

Sólo superficialmente la auto-impulsión del miedo puede preceder la acción del signo. De acuerdo con Peirce, “cada pensamiento más allá de la percepción inmediata es un signo”.14

Cuando el miedo es del miedo mismo, el redesencadenamiento de su proceso afectivo depende de un signo-pensamiento. Este desencadenamiento todavía supone la activación corporal. “Existe alguna razón para pensar que, al corresponder a cada sentimiento en nosotros, algún movimiento toma lugar en nuestros cuerpos. Esta propiedad del signo-pensamiento, puesto que no tiene

ninguna dependencia racional sobre el significado del signo, puede ser comparada a lo que he llamado la cualidad material del signo,

13 Acerca del miedo como terreno de la existencia y modo de vida,

véase: Brian Massumi, “Everywhere You Want to Be: Introduction to Fear”, en: The Politics of Everyday Fear, ed. Massumi, (Minneapolis: University of Minnesota Press, 1993), pp. 3–38.

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sólo difiere de la última puesto que noes esencialmente necesario que deba sentirse a fin de que exista cualquier signo-pensamiento”.15

Hay que tener en cuenta que la única manera de recuperar el control sobre la posesión por el miedo, toda vez que se ha vuelto auto-impulsión, es no sentirlo. “Taponar la efusión”, como James indelicadamente lo hace. En una palabra, suprimirla. Todos hemos aprendido a hacerlo desde niños. “Cuando enseñamos a nuestros niños a reprimir sus emociones, no es que ellos puedan sentir

más”.16 La emoción no aumenta volcánicamente porque

el miedo como auto-impulsión en su necesidad de ser controlado no es un contenido

azufroso, sino una causa revirtual. No tiene sustancia para aumentar (sólo eficacia para intensificarse). Así, no es que ellos puedan sentir más, “por el contrario, es que ellos puedan pensar más” (Ibid.). Suprimir la emoción es producir más signos-pensamiento, hasta en un riguroso cortocircuito. Ahora no es sólo la verdadera acción, sino el sentimiento mismo el que es eludido. La activación corporal continúa necesariamente hasta ocurrir, pero no hay “más” en ella para acrecentarse. No es cuantitativa. Según el cálculo de Peirce, es una cualidad material del cuerpo (un modo de su irritabilidad). Puede suceder sin sentirse. El signo-pensamiento está ahora unido de modo intensivo a

una insensibilidad incalculablemente cualitativa con la cual no tiene “ninguna dependencia racional”. El miedo llega para girar cada vez más ajustadamente alrededor del punto de fuga lógico de una inexperiencia donde materia y cualidad son una. Este punto de fuga se encuentra en el límite extremo de lo fenomenal. El paso del miedo hasta este límite lleva su virtualización hasta el grado más alto. La cuasicausalidad del miedo puede circular en el circuito más corto con los más escasos requisitos o fases intermedias, entre la inconsciencia cualitativo-material y el signo-pensamiento. Esto intensifica su eficacia al reforzar la autonomía de sus poderes ontogenéticos.

Lo que Peirce indica cuando dice que no existe dependencia racional del significado del signo es que “no existe nada en el contenido del pensamiento que explique por qué él debería surgir sólo en ocasión de…

15 Ibid. (El énfasis es añadido). 16 James, Op. Cit., p. 179.

determinados pensamientos”.17 En otras palabras, no

hay necesidad para que el signo-pensamiento del miedo tenga cualquier conexión racional con contextos en los que pensamientos lógicamente relacionados a ella puedan ocurrir. “Si existe tal relación de razón, si el pensamiento está esencialmente limitado en su aplicación a estos objetos (con los cuales está lógicamente conectado por contexto), entonces el pensamiento comprende otro pensamiento diferente a sí mismo”. El pensamiento puede todavía ocurrir sin una relación de razón que lo determine, pero cuando lo hace sólo se comprende a sí mismo. El miedo se ha auto-abstraído. Se ha vuelto exclusivamente auto-comprensivo, y también pensamiento autónomo de sí mismo. Ahora puede ir audazmente hasta donde el pensamiento pueda alcanzar, y el pensamiento puede alcanzar hasta donde llegue la

atención. El movimiento corporal no sentido (lo que Peirce llama “sensación”) y la atención son, dice, “los únicos constituyentes” del pensamiento. “La atención es el poder por el cual el pensamiento en un tiempo está conectado con otro tiempo, y hace al pensamiento relacionarse con él… es la pura

aplicación demostrativa de un signo-pensamiento”. En el caso de un pensamiento determinado por sí mismo y que se comprende sólo a sí mismo, el pensamiento al cual la atención demostrativamente lo vincula en un tiempo como en otro es sí mismo. En el pensamiento, el miedo se vuelve intensivamente auto-relacionable, extremadamente independiente del verdadero contexto o incluso de otros pensamientos. Demostrativamente, se afirma a sí mismo.

Esto supone que las técnicas de atención aplicadas al fondo del tono afectivo del miedo revirtual pueden pura y demostrativamente regenerar sus signos-pensamiento, junto con la insensibilidad de su correspondiente activación corporal. El miedo ha alcanzado una cúspide de virtualización casi totalmente autonomizada (contingente sólo en los caprichos de la atención), abstraída de sus acciones, contextos, signos externos, contenido o significado lógico y, por último pero no menos importante, de su propio sentimiento.

17 Todas las citas de este párrafo son extraídas de C. S. Peirce, “Some

Consequences of the Four Incapacities”, en: The Essential Peirce, vol. 1, (Bloomington: Indiana University Press, 1992), pp. 44–46. Este pasaje se extrae de: C. S. Peirce, “Algunas consecuencias de cuatro incapacidades”, en: El hombre, un signo, Barcelona, Crítica, 1988, pp. 88-122.

En el pensamiento,

el miedo se vuelve

intensivamente

auto-relacionable,

extremadamente

independiente del

verdadero contexto

o incluso de otros

pensamientos. Él,

demostrativamente,

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13

Ahora hemos entrado en el mundo maravilloso donde el sobresalto puede llegar sin el miedo: James insiste en que esto es la activación del cuerpo sin el sentimiento. Hemos pasado al otro lado del espejo afectivo donde el miedo “refleja” sólo su propio acontecimiento de sonrisa sin gato, en el punto de fuga fenomenal, donde está sin estarlo.

El miedo ahora puede operar como el fundamento no fenomenal de la existencia o fuera del marco de la experiencia, desde su papel de tono afectivo o contexto genérico para un modo de vida. Él todavía puede estar contenido, caracterizado como un contenido fenomenal de la vida específico. Además, puede funcionar auto-demostrativamente de un modo puro, como un proceso de pensamiento autosuficiente despejado por la activación

corporal que necesariamente aún lo acompaña. Cuál de estos modos, o cuál combinación de ellos esté operando en cualquier punto dado, dependerá del régimen de signos externos en juego, la naturaleza de los contextos a través de los cuales se multiplican, las habilidades adquiridas de supresión impuestas a los cuerpos que pueblan estos contextos y las técnicas de atención en acción (por ejemplo, las asociadas a los medios en particular, en la medida en que se diseminan a sí mismos

más extensa y finamente a través del campo social, asistidos por la miniaturización y digitalización).

En este viaje a través del miedo nos hemos movido en ciclos, más de una vez, de una causa virtual a una causa virtual, aumentando el grado de virtualidad en cada vuelta. En la primera vuelta vimos un despliegue autodiferenciable en una variedad de modos: desde la activación al en-acción, desde el sentimiento-en-acción a la pura expresión de afecto, de la pura expresión de afecto a la ramificación de la percepción, la reflexión y el recuerdo, luego a la contención afectiva. El proceso entonces continúa, dando la vuelta a sí mismo, atravesando y excediendo su propia contención. Él mismo se vincula a los signos, luego a los signos-pensamiento. En cada ciclo sus poderes cuasicausales se expanden. Sus modos de expansión emergen secuencialmente, como fases de un proceso continuo. Pero más allá del umbral de suspenso afectivo en la primera vuelta, la emergencia de los modos ha sido aditiva. La ramificación se ha dado en los niveles de operación que estuvieron en cooperación, trabajando potencialmente entre sí o, en algunos casos, sobre sí mismos. Las fases operan conjuntamente, aunque emerjan secuencialmente, para

constituir una formación compleja de múltiples capas. El proceso total es a la vez aditivo y distributivo.

Si las diferentes fases se despliegan desde la activación inicial, su completa variedad habrá estado ya en ella, en su estado incipiente —en potencial—. La intensidad de esa activación era la inmanencia de su potencial. Más que dispuestas en capas en una estructura, ellas estaban, inmediata y virtualmente, co-ocurriendo. En el sentimiento-en-acción de la primera huida ellas corrían juntas, en un estado de verdadera indistinción entre sí. Estaban activamente fusionadas en una superposición dinámica. Esto significa que en cualquier reactivación del acontecimiento por una causa virtual la variedad de modos es re-fusionada; se reducen en un potencial compartido. Se desfasan o se indistinguen, y entonces la fase retrocede, luego la fase vuelve atrás o se re-despliega.18

Otra ocasión de la experiencia se autodiferencia en una variedad desplegada. La experiencia se regenera a sí misma. El golpe de otra verdadera amenaza iniciará una reemergencia. Pero, dada la capacidad emergente autoreflexiva del miedo para ser su propio comienzo y final, o para ser la amenaza de sí mismo, así también podría serlo cualquier signo del efecto potencial de la amenaza (p.e.: cuando se ve la sangre). Un signo-pensamiento también puede iniciar una repetición, incluso si no es lógicamente el signo-pensamiento de una amenaza o del miedo (dada la independencia del signo-pensamiento respecto a sus determinantes racionales). Una vez el miedo se ha vuelto el terreno de la existencia, cada cambio puede regenerar su experiencia bajo una de sus especies o una combinación de ellas. Cada cambio en la atención frente a la disposición de fondo del miedo puede llevar la carga ontogenética de una alerta, desencadenando una regeneración de la experiencia y su variación (lo que Benjamin señalaba como “shock”).

El sistema de alerta de color de George Bush está diseñado para explotar y fomentar las variedades del miedo mientras se extiende en sus poderes ontogenéticos. Asume el completo espectro del miedo hasta —e incluyendo— su devenir-autónomo como un terreno regenerativo de la existencia, en acción y dentro de la acción, en la sensación y sin ella a través del pensamiento. La reorientación del signo-acción del gobierno sobre la compleja modulación afectiva es una táctica de incalculable poder. Ella vincula la política

18 Sobre desfase véase: Simondon, L’individu et sa genèse physico-biologique, pp. 232, 234–35.

El sistema de alerta

de color de George

Bush está diseñado para

explotar y fomentar

las variedades del

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de comunicación con poderes capaces de “poseer” al individuo a un nivel en el cual su experiencia reemerge (despojándolo de su propia génesis). En otras palabras, la modulación afectiva opera cooptativamente en lo que Gilbert Simondon llama el nivel “pre-individual”. Con pre-individual él no quiere decir “dentro de lo individual”, sino “en el límite entre el sujeto y el mundo, en el límite entre lo individual y lo colectivo”.19 Ese límite

es el cuerpo activable —la irritabilidad corporal que es la “cualidad material” genérica de la vida humana—.

Para que “la acción y la emoción estén en resonancia entre sí” en modos afectivamente auto-regenerativos como los descritos “debe haber un individuo superior

19 Simondon, L’individuation psychique et collective, p. 109.

que los abarque: esta individuación es la de lo colectivo”.20

Cuando una vida individual desborda su contención de relato y representación íntimos —como cada vida tiende a hacerlo afectivamente— la vida corre directo hasta el límite de lo colectivo. Allí reúne irritablemente el potencial del cual ha surgido, hacia una nueva repetición de su ontogénesis de fases múltiples. “El sujeto puede coincidir consigo mismo sólo en la individuación de lo colectivo”, porque ese límite está donde las fases se pliegan entre sí hacia un próximo despliegue. Es allí, en esa inmanencia, que una vida coincide con su potencial afectivo. Para lo mejor o para lo peor.

El sistema de alerta es una herramienta para modular la individuación colectiva. A través de los medios masivos de comunicación se dirige a la población desde el punto de vista de su potencial para reindividualizar diferencialmente. El sistema re-centra la acción del signo del gobierno en el naciente estado social de intimidación de Gabriel Tarde, para inducir su individuación colectiva desde un tipo de sociedad a otra. Todo por lo mejor, dice Bush, quien promete que el futuro será mejor mañana. América será un lugar más fuerte y seguro.

Pero el futuro de mañana está hoy aquí, como causa virtual. Y América no es ni más fuerte ni más segura de lo que fue ayer. Si cabe decir, es más precaria que nunca porque la forma bajo la cual hoy está aquí la promesa del mañana es la amenaza siempre-presente. Su actualización depende de operaciones no lineales y cuasicausales que nadie podría controlar totalmente, signo que, al contrario, son capaces de poseer a todos y cada uno al nivel de su potencial corporal para ser individualmente lo que se llegará a ser colectivamente. El resultado es cualquier cosa excepto lo cierto. Lo único cierto es que el miedo mismo continuará volviendo(se) —el modo de vida—. El miedo básico y circundante que el sistema promueve tiende hacia una autonomía que lo hace una fuerza ontogenética con la que hay que tratar. Ese trato debe incluir el modo irracional y auto-impulsivo de la individuación colectiva basada sobre el miedo que llamamos fascismo. Aunque no hay nada en el contenido de cualquier pensamiento que explique por qué debe surgir, el paso a una sociedad de ese tipo es un potencial que no puede excluirse. La administración del miedo en-acción por el gobierno de Bush es una táctica enormemente temeraria y políticamente poderosa.

Desconcertantemente, es probable que ese miedo sólo pueda ser combatido en el mismo terreno afectivo y ontogenético en el que él mismo opera. ■

(17)

15

Soberanía y rebelión

1.

L

a violencia tiene por objeto los cuerpos, los cuales descompone destruyéndoles sus relaciones, bien sea subordinadas o constitutivas.1

Este es el carácter propiamente negativo de la violencia, su aspecto salvaje. Pero una relación no puede ser destruida sin que las partes así dispersas entren en nuevas relaciones. Este es el carácter positivo de la violencia, su aspecto creador.

La violencia encuentra en la batalla su legitimidad, el lugar de su ejercicio legítimo, legitimado y legitimante. En la batalla la violencia encuentra su orden, en el cual el enemigo, objeto de esta violencia, sea por su acción o por la amenaza

* Texto presentado en el VIII Simposio Internacional de Filosofía: “Nietzsche/Deleuze: Vontade de

Potência-Máquina de Guerra”, realizado en Fortaleza-Brasil entre el 16 y el 20 de septiembre de 2007, convocado por la Universidad Federal de Ceará, Brasil.

1Cf., Deleuze, G. Foucault. José Vásquez Pérez (Trad.), Barcelona: Paidós, 1987, p. 99.

CoNtRA EL IMPotENCIANtE

NIHILISMo dE LA GUERRA

*

Carlos Enrique Restrepo

Ernesto Hernández B.

Carlos Enrique Restrepo

Profesor de Filosofía (Universidad de Antioquia, Medellín – Colombia).

Ernesto Hernández B.

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de una violencia superior a la que puede tolerar, encuentra al final su cuerpo colectivo desordenado y sometido. La batalla, al ordenar la violencia, al gestionar ese movimiento caósmico de los cuerpos, convierte la violencia en un sistema orgánico de fuerzas.

En la batalla, la táctica se encuentra subordinada al sistema orgánico de fuerzas. La guerra, por su parte, no es simplemente la sucesión de las batallas sino su organización espacio-temporal, su diagrama diacrónico y su disposición sincrónica. La batalla se subordina a la guerra

y la guerra a la soberanía, pues la guerra deriva de la soberanía amenazada o de la soberanía ejercida como movimiento de conquista o de sometimiento. Con el ejercicio orgánico de la fuerza, la soberanía le impone a la violencia sus finalidades.

En cuanto ejercicio anárquico de la fuerza, la violencia no tiene ninguna finalidad, es puro y simple ejercicio. Este ejercicio anárquico, esta violencia sin finalidad que libera una fuerza anónima, es sin embargo intervenido en la medida misma en que enfrenta como contra-fuerza las fuerzas que lo limitan. Objeto de captura, a esta fuerza anónima no sólo se la limita, también se la inscribe, se la dota de una axiomática, se la pone en la columna de los activos, se la incluye en la compleja economía de las fuerzas dentro del ordenamiento de la soberanía.

2.

Al imponerle un orden a ese movimiento libre, la soberanía extrae del ejercicio de la violencia un excedente que es su sometimiento y determinación según fines. La soberanía constituye, organiza así, en su forma más estrática, cuerpos especiales que la hacen operativa, por los cuales alcanza su efectuación: el ejército y la policía. En el primer caso se trata de una fuerza orgánica muy definida, de un cuerpo estrictamente ordenado y en el que las fuerzas han perdido su espontaneidad bajo el rigor militar de la disciplina; en el segundo caso, se trata de un cuerpo más móvil, en el que la economía de las violencias es muy variable, pero igualmente eficaz para que la soberanía se ejerza sobre cada elemento y se extienda a todo el campo social.

Ejército y policía constituyen, pues, dos aspectos diferentes de la organización de la violencia en la soberanía. Para el ejército, organizado en torno al

sistema más general de la fuerza, el objetivo es la guerra cuya realización es la batalla; para la policía que, a diferencia del ejército, compone un tejido más amplio y especializado, su objetivo en cambio ya no es la guerra, sino el control y la seguridad en todos los espacios de la vida de la ciudad (polis), en procura de un Estado policial siempre extensivo en el que esta fuerza, la policialidad, se inocula y permea todos sus componentes hasta producir la actual forma de existencia que desde Deleuze conocemos con el nombre de sociedad de control.2

El ejército procura la soberanía, la constitución y el mantenimiento de un “uno” como estado de hecho; la policía constituye un espíritu de cuerpo de derecho, la factualidad de la ley expresada en reglamentos que son sus sucedáneos cuerpos de control normativos.3

Como afirma Paul Virilio: “El poder político del Estado es polis, policía, es decir, red de comunicaciones”;4

esto significa filtrado, selección de las poblaciones, de los poblamientos y sus distribuciones en los espacios delimitados. Una avenida es, sin duda, un dispositivo urbano de flujo y movilidad, pero igualmente es barrera, límite, mecanismo de distribución, de contención de los flujos masivos, de localización y separación. En la polis es necesario que la ocupación sea extensa y la movilidad vaya de un punto a otro, se relativice, subordinando el trayecto a los puntos de partida y de llegada. Los poblamientos urbanos se distribuyen según reglas de ordenamiento de las infraestructuras: avenidas, puentes, estadios, zonas legales y sectorización de ilegalismos. Del mismo modo las poblaciones se localizan de acuerdo a las complejas estrategias de distribución sobre el suelo urbano. “Todo en superficie”, decía Beckett: cadáveres y hombres, ciudadanos y desclasados, prostitutas y travestidos, desplazados y reinsertados… La polis necesita y se procura sus zonas marginales, su delincuencia, en fin, un sustrato un poco amorfo y caótico; sustrato

2 Deleuze, G. “Post-scriptum: Sobre la Sociedad de Control”. En: Conversaciones. José Luís Pardo (Trad.), Valencia: Pre-Textos, 1996, p. 277 ss.

3 “La policía interviene en la modalidad reglamentaria […], requiere

más reglamentos que leyes”. Foucault, M. Seguridad, territorio, población. Horacio Pons (Trad.), México: F.C.E., 2006, p. 389.

4 Virilio, P. La inseguridad del territorio. Buenos Aires: Asunto

Impreso, 1999. Cf., también Foucault, Seguridad, territorio, población. Op. cit., p. 374: “El espacio de la circulación es, entonces, un objeto privilegiado de la policía”.

marginales, su delincuencia,

un sustrato un poco amorfo

y caótico cuya intervención

es asunto de la policía, y

con el cual ésta mantiene

sus relaciones de doble vía,

produciendo una zona de

indeterminación entre la

legalidad y la criminalidad

en la que se desdibujan sus

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