GERMÁN ORDUNA
(1926-1999)
onocí a Germán Orduna en los años 60, cuando, siendo yo Jefe de Trabajos Prácticos coincidíamos en la sala de profesores de la Facultad de Filosofía y Letras. Él ya era Profesor Adjunto. El trato gentil, el amable cambio de palabras, era su gesto natural; un gesto que no siempre tenían los Profesores con los Auxiliares, más "cuando procedían de diferente cátedra o especialidad. Era un rasgo que condecía con otros. Ya me habían hablado ex alumnos míos de su seriedad y su arte para dar clase; ya había leído un texto suyo de un tema muy distante para mí, pero deslumbrante por su erudición y la lógica rigurosa que sustenta sus conclusiones; era “El fragmento P del Rimado de palacio y un continuador anónimo del Canciller Ayala” aparecido en un número de la prestigiosa revista Filologia, en el que también se publicaba un trabajo mío sobre una obra de García Lorca, escrito en colaboración.
Incipit, xzx (1999)
Graduados de la Facultad de Filosofía y Letras, donde coincidimos nuevamente: también apareció allí un artículo mío, de tema gramatical: “Acerca de la coordinación”.
Ya a principios de los años 70, sobrevinieron tiempos muy difíciles para el país y para la Facultad. No obstante, las vocaciones siguieron su curso, sin prisa pero sin pausa, y nos tocó participar en el volumen de Homenaje al Instituto de Filología y Literaturas Hispánicas Dr. Amado Alonso en su C incuentenario (1923-1973), editado en 1975 fuera del ámbito oficial, cuando el Instituto, reconocido en 1974 en razón de su trayectoria por la Real Academia Española con el Premio Nieto López, corría serio riesgo de disolución. En esta obra —es curiosa la coincidencia- Germán volvió a Berceo, con su artículo “El sistema paralelístico de la Cántica Eya Velar de Berceo”, y yo al tema de Ia ' coordinación en el artículo “Función y contexto: acerca de la elipsis”.
Parte de esos tiempos tormentosos los pasó la familia Orduna en Alemania con una beca otorgada a Gennán por la Fundación Alexander von Humboldt. A su vuelta, entre 1975 y 1977, Gennán fue Director del Instituto de Filología “Dr. Amado Alonso”. El Instituto, que desde 1973 había quedado prácticamente paralizado en su actividad y empobrecido en su patrimonio bibliográfico, empezó a volver a cobrar vida: su Director convocó a los grupos de investigación, organizó "ciclos de conferencias y seminarios para graduados, reanudó Ia comunicación institucional con el exterior, trató de mantener actualizada la biblioteca, que en parte importante se nutre mediante el canje con sus propias publicaciones. El último volumen publicado del órgano del Instituto, la revista Filología, era el XVI, de 1972, y el canje, por consiguiente, había disminuido casi por completo. Con fondos del Premio Nieto López y una ayuda adicional del CONICET, Orduna editó un volumen _ doble de 578 páginas, el XVII-XVIII, correspondiente a 1976-1977; y
en la “Noticia preliminar” advertía:
Con la colaboración de los colegas que publican en este número y Ia adhesión de otros que nos acompañan con su palabra de aliento aquí y desde el exterior [...] queremos
1nc1pit,XDC(1999} ¡a
compensar en parte estos cuatro años de silencio obligatorio. Al fechar este número, de intento omitimos el lapso 1973 1975 para documentar de algún modo el cambio sufrido por el Instituto, que, sin metáfora, podemos decir que está renaciendo de sus cenizas. Por ello, del número XVI (1972) pasamos al presente XVII-XVIII (1976-1977).
Germán continuó con su cátedra de Literatura Española Medieval, siempre en el nivel de excelencia. En 1986 obtuvo por concurso el cargo de Profesor Titular regular. Su vocación docente no le pennitió retirarse: su inmenso saber, su autoridad en la materia, su rigor, su método y su arte para exponer y hacer gustar de los textos, hallaron el mejor eco en los estudiantes. Entre ellos supo escoger certeramente a sus colaboradores de la cátedra y de la investigación. Digo certeramente, porque en quienes hoy son sus discípulos se ve el sello del maestro, exigente, pero generoso para alentar vocaciones, para guiarlas y ‘ apoyarlas: para hacerlas crecer y dar frutos.
En 1969, Germán había ingresado en el CONICET como Investigador Independiente, con sede de trabajo en el "Instituto de Historia de España, que dirigía el Dr. Claudio Sánchez Albomoz (Don Claudio para sus discípulos). Por sus méritos de investigador, evaluados por pares, el CONICET le otorgó subsidios para dos viajes de estudio al
exterior, en los que también dio conferencias y anudó vínculos
ü, Incípít,XLX(1999)
han aparecido también en volúmenes independientes. El SECRIT es hoy uno de los más importantes centros del mundo en la especialidad. No puedo dejar de mencionar los dos volúmenes monumentales de la edición crítica de la Cónica del rey don Pedro y del rey don Enrique, fruto de años de trabajo de Germán en el SECRIT. Toda esta densa y trascendente labor hizo a Orduna merecedor de alcanzar la máxima categoría de Investigador, la de Superior, que otorga el CONICET.
Pertenecer al CONICET implica no sólo investigar, sino también cumplir tareas de asesoramiento institucional, de integración de comisiones evaluadoras, de evaluación de trabajos de Institutos,
investigadores y becarios. Este aspecto de la actividad de un
investigador, particularmente los de categorías altas es de suma responsabilidad, porque pone en sus manos el destino de personas y el - de la propia Institución. Esta responsabilidad se salva con objetividad y ponderación en el juicio, con la sólida, consistente e irrefutable fundamentación de la opinión personal, con un criterio totalmente ajeno a cualquier circunstancia extracientífica (afinidades, antipatías o intereses personales o de grupo, ideología, etc.). Estos requisitos obligan a actuar con equilibrio y serenidad en las reuniones de la comisión, y a dedicar largas horas a la elaboración de informes que se ajusten palabra por palabra a aquellos requisitos. Gennán Orduna en muchos períodos fue designado por el CONICET para presidir comisiones evaluadoras fonnadas por varios miembros. En muchas de ellas -también por resolución del CONICET- me tocó trabajar con él. Pude apreciar en esa labor, que nos saca de nuestra tarea específica de investigación e insume mucho tiempo y esfuerzo, que el Dr. Orduna la desempeñaba con generosa donación de su tiempo sin apartarse un ápice de los requisitos mencionados. Mantuvo su señorío y su equilibrio _habitual aun en situaciones de intemperancia (suelen darse en cuerpos colegiados), que su actitud y su reflexión serena lograban atemperar. Más aún, como quienes lo conocimos en otros ámbitos sabíamos que haría, lograba que losjuicios desfavorables sobre algún trabajo se expresaran sin menoscabar a la persona; por el contrario, indicándole, con medidas y oportunas palabras, el camino de la enmienda.
IncípígXIX (1999) v
Como hasta aquí he tratado de esbozar, tuve el privilegio de conocer a Germán como colega en la Universidad y en el CONICET, contactos que por sí solos hubieran ocupado un amplio lugar en mi aprecio, porque era una relación profesional enriquecedora. Pero además tuve otro privilegio mayor: el de su amistad, el de la amistad con la familia Orduna; conocerlo, conocerlos en su casa, también en la mía, compartiendo la mesa con amigos comunes o con colegas. Allí se hablaba de la pasión de todos y cada uno: los trabajos, las lecturas, el recuerdo de otros amigos... Pero igualmente asomaban otros temas (¡tantos!), que iban mostrando las personalidades individuales, etapas anteriores de sus vidas, sus gustos y disgustos, sus preferencias; es decir, lo que llamaría “sus otras vocaciones”. Con datos más o menos sueltos y ocasionales se iba construyendo la imagen: podía ser a partir del comentario de una película -el cine era uno de los gustos de Germán , de una novela o un libro de poemas, de la elección de un vino o de una mezcla de té; podía ocurrir que a partir de un cuadro de los varios que ‘apreciábamos en las paredes de su casa, o de un disco como fondo de la conversación supiéramos, por ejemplo, de su conocimiento del pintor, de su gusto por la música. Precisamente, nuestros encuentros periódicos en los conciertos de una Asociación porteña en el teatro Coliseo o en el Colón, y los comentarios espontáneos sobre los autores, sobre los intérpretes o sobre la obra misma, me acercaban más al matrimonio Orduna, sea por el goce compartido, por el comentario agudo o por la discrepancia amable... La conversación, naturalmente, se mezclaba (cómo no), con observaciones sobre alguna urgencia en nuestros trabajos, o con cualquier noticia de la Facultad o de la actualidad en general, y solía prolongarse ante un café o una frugal comida. Estas veladas musicales están entre mis recuerdos más vivos de Germán, porque para mí, remedando al poeta, de la musique avant tout chose (ante todo, o por encima de todo, la música). Me contó Lilia que ya en el tramo final de su enfermedad, en el sanatorio, él quiso que la música lo acompañara.
w 1mip¡t,x1x(1999}
en Incipit XII (1992): “¿Cuál es el texto? Del texto literario a la «puesta en canto» (a propósito del Romance de la Delfina)”, en el que se plantea la relación entre la creación y la recepción de un texto; pero también es una muestra de un camino -de un método- de investigación que, en última instancia, nos lleva a una vivencia más lúcida de la obra. En este caso, la relación entre la creación y la recepción final es un proceso complejo, ya que toma como objeto de análisis el “Romance de la Delfina, letra de Guiche Aizenberg, música de Carlos Guastavino, interpretado en guitarra y canto por Eduardo Falú” (p. 4), grabado en 1974. Germán analiza el poema, que evoca la huida de Ramírez y la Delfina y la muerte del caudillo, escucha detenidamente la versión cantada con guitarra y observa el ajuste del texto y la música. “La belleza sugerente del poema cantado -dice+ nos incitó a conocer al autor de la .música, el maestro Carlos Guastavino. Así -continúa— pudimos acceder a la partitura editada en 1964”, y en ella encuentra otra versión formal del romance. El interés del investigador crece; nos habla de las tradiciones de las que procede el contenido de este romance: partes de guerra, historiadores; lo compara con el modelo de romance castellano al gusto cortesano del 1500, y equipara el trabajo de Aizenberg con el de los romancistas del siglo XV. Lo sigue en la partitura de Guastavino, quien también “siguió antiguas pautas al crear el entramado melódico”: con el subtítulo “canción del litoral” el compositor “de hecho adopta [...] una especie musical folklórica de la zona [...] en compás de 6/8”. Anota
las diferencias con la versión original: apunta los rasgos de la
versificación en relación con el ritmo, la voz y el papel de la guitarra. Observa que hay cambios oportunos también en la fraseología del poema introducidos .por Guastavino debidos a la discrepancia entre el ritmo de algunos versos y la regularidad melódica de la música. Luego observa que la obra de Guastavino tiene acompañamiento de piano y se ajusta a los cánones académicos; Falú, en cambio, canta con guitarra, con cánones de_modalidad popular... No voy a comentar todo este valioso texto ni sus conclusiones: sólo quiero destacar que el gusto por la literatura y por la música aquí se unen y le proponen a Germán un problema, un objeto teórico, el enunciado en el título ¿Cuál es el texto?
Incípít,XD((1999) vii
(í
Del texto literario a la puesta en canto
El quehacer de investigador era creación y tenía rasgos de arte para Germán (cf. sus artículos sobre la edición crítica en Incipit XIV, XV). La literatura y la música fueron cosas esenciales en su vida y su personalidad. Las vivía, y no podía separarlas de su quehacer, también esencial para él.
w-¡l- Incipit, XIX (1999)
Germán Orduna en la memoria
de sus colaboradores del SECRIT
José Luis Moure:
La muerte de Germán Orduna me puso inesperadamente en la necesidad de sustituirlo en la dirección del SECRIT. Una indeseada fatalidad cronológica me había convertido en el investigador más antiguo del Seminario y, amparado por la injusticia que toda fatalidad . entraña, en su subdirector desde 1994. Nada me hacia pensar entonces que muy pocos años después debería hacerme cargo efectivo de las responsabilidades de conducción de este centro, entrañablemente unido a mi vida académica a lo largo de cinco lustros. Y entre las tareas que esta nueva situación me impuso estuvo la de redactar más de una nota o de un discurso necrológicos. Lo hice con el gusto (si se me tolera el oxímoron) de quien finalmente tenía la oportunidad de reconocer públicamente admiración, deuda y afecto; pero lo hice también con las variadas desazones de una evocación renovadamente dolorosa y de tener para ello que repetirrne, enfrentando el temor de no encontrar en cada ocasión las nuevas palabras que sin desgaste fuesen capaces de volver a expresarme.
Desde el momento en que Orduna me eligió para acompañarlo en el Instituto de Filología “Amado Alonso” ejerció sobre mí la generosa influencia de un maestro y de un mentor. Supo detectar y pulsar, con sorprendente intuición, los resortes que vencieron mi naturaleza inercia] ' y retraída. Me instó a iniciarme en la investigación sistemática, me trazó las rutas posibles, me gestionó y me ofreció las primeras vías de publicación, me animó a desarrollar mis propios intereses, condujo y apadrinó mi tesis de doctorado, propició mi nombramiento como subdirector del Seminario y me ofreció acompañarlo en el estudio
Incípít, XIX (19.99) q
introductorio de su obra más ambiciosa. Aunque me resultaría sencillo ampliar esta declaración de deudor, prefiero la elocuencia de lo más evidente. Imaginar mi destino académico sin la presencia de Orduna sería ingresar en el territorio de la ucronía, pero no tengo dudas de que habría sido muy diferente.
La asimetría de nuestra relación, que ambos supimos custodiar con un trato cálido y respetuoso, que en veinticuatro años no admitió el
tuteo, no desdibujó ni las muchas afinidades ni las pequeñas
discrepancias. Acaso nuestra común e inmediata ascendencia española y la recia atmósfera de la inmigración habían asimilado nuestros orígenes y nos permitían compartir miradas sobre la vida y la gente. Pero también nos aunaban la literatura, la música, el cine, una pareja emoción frente a las cosas de nuestra tierra y la indignación por ciertas bajezas, deserciones e inconsecuencias. De vez en cuando nos gustaba revisar algunos pintoresquísmos arcaicos del pasado porteño, que desde un tibio fondo melancólico se abrían a veces al remedo y a la risa. Orduna gozaba con estos inofensivos histrionismos, que él mismo abrigaba detrás de su porte severo. Y así como él censuraba mi escepticismo, lastre que su voluntad emprendedora no se podía dar el lujo de arrastrar, a mí me costaba admitir su fe cotidiana, su prudente negación de algunos elementos de la realidad o su indoblegable confianza en un inminente triunfo de la juventud y de la razón, términos de una ecuación de la que yo renegaba. Porque en Orduna iban de la mano la trabajada erudición del sabio y el entusiasmo del joven; con la primera cimentaba su obra científica, pero era el segundo el que le permitía abrirse sin prevenciones a lo fresco y a lo nuevo.
JC Incipit, xa (1999)
desordenadamente novedades, entusiasmos, preocupaciones y risas? ¿Cómo aceptar que ese tiempo nuestro, que alguna vez nos pareció ilimitado, habría de ser declarado diez días antes de una Navidad y sin aviso’, cumplido inexorablemente?
Me hace bien creer que en cada rincón del Seminario, en estos libros que Orduna acopió, en las computadoras que siguen almacenando el trabajo de sus discípulos y colaboradores, y aun en la mesa de té donde a las seis sobra una taza, sobrevive su ánimo luminoso.
Hugo O. Bizzarri:
“Las palabras de los maestros son como las fuentes, que se sirven los omes d’ellas, uno un dia e otro otro dia”
Bocados de oro
Debo comenzar necesariamente mi recuerdo del Prof. Germán
Incipít, XIX (19.99) (i
en Buenos Aires. Debo reconocer que en mi vida pocas notas a pie de página me deslumbraron tanto como ésta.
Finalmente, conocí al Prof. Orduna en 1985, cuando el SECRIT no ocupaba más que un cuarto en una dependencia oficial. Las imágenes de ese primer encuentro las conservo tan frescas como las de los últimos días del Maestro. En él encontré una persona que comprendía lo que yo había hecho y que estaba dispuesto a ayudarme. Desde entonces, comenzó una relación que se afianzó día tras día y que torció mi voluntad de ir a buscar nuevos horizontes prometidos en Estados Unidos. Dirigió
mis investigaciones como becario del Conicet y luego como
investigador. Bajo su tutela concreté mi Tesis Doctoral, uno de los hitos más grandes en la carrera de un docente. Formar parte de su cátedra no sólo me ofreció un marco institucional en el cual manejanne; mejor aún, me brindó los momentos más fructíferos para mi formación. En las pausas del café o en el largo viaje de regreso de la Universidad al SECRIT solía contarle los trabajos que estaba haciendo. Orduna era una persona que se entusiasmaba con el trabajo y constantemente incitaba y proponía nuevas líneas de investigación. Era una persona de grandes intuiciones.
Pero también fue para mí un prototipo de lo que debía ser un profesor universitario. Defensor a ultranza de los estudios filológicos, sabía hacer atrayente a los alumnos los arduos textos medievales resaltando, sin desechar el bagaje bibliográfico, su valor como objeto de arte. La admiración que despertaba entre los estudiantes corría paralela a la indiferencia de aquellos colegas más encumbrados en la política
universitaria, una corporación que centra cada vez más la vida
académica en las alianzas de pasillo.
m. Incipit, xzx (1999)
Palacio ha sido y es para mí una meta a alcanzar.
Con su muerte se fue toda una etapa de mi vida: la de su inapreciable magisterio. A veces siento que su abrupta desaparición es una más de sus enseñanzas.
Pablo A. Cavallero:
Promediaba apenas mi carrera cuando, por requerimientos bibliográficos, me dirigí a hacer una consulta al Instituto de Filología Hispánica. En cuanto hube entrado, se puso en pie un señor quien, tan ceremonioso como atento, suspendió su tarea en la máquina de escribir para preguntanne en qué podía servirme. Sólo dos años después, cuando Germán Orduna entró al aula como profesor entonces asociado de Literatura española medieval, comprendí que aquel señor era él.
Incipit, XIX (1999) ¡(iii
virtud pedida al ingresar al SECRIT, la lealtad. Y si hemos de ser juzgados en el amor, sin duda el amor por su quehacer responsable será una ofrenda valiosa, inolvidable.
Gloria B. Chicote:
A partir de la muerte de Germán Orduna, el 15 de diciembre de 1999, sus colegas y amigos hemos escrito y leído conceptos que recordaron desde diferentes perspectivas la figura del gran hispanista y del maestro cercano. Me encuentro hoy, en el momento de expresar mi adiós en Incipit, su revista, nuestra revista, con la sensación de que las lágrimas ya fueron lloradas y las palabras dichas.
Me refugio entonces en el ámbito intimista, espacio privilegiado de quienes fuimos sus discípulos, para evocar una imagen: su escritorio en el SECRIT; su torso reclinado sobre el libro abierto, iluminado por la luz ascendente de la lámpara; su mirada, a la vez afable y severa, que interrumpe la lectura para atenderme; el juego de sus manos con los anteojos y el lápiz; de sus labios sonrientes la referenciajusta y el consejo alentador para contener el ánimo que desfallece y el rumbo que se desdibuja. Cuando intento unir esta visión a un tiempo concreto
aparece con nitidez la hora de la tarde, pero cuando trato de
individualizar el instante, se reiteran indefinidamente en mi memoria todas las tardes en las que, a lo largo de 20 años, me regaló su ayuda.
Gracias, Dr. Orduna, por su ininterrumpida presencia.
Jorge N. Ferro:
m, Incipit, xvc (1999)
su falta. Nos parece que acaba de salir, y que en cualquier momento traspondrá la puerta de entrada y retomaremos el diálogo donde lo habíamos dejado. Que le pediremos opinión sobre tal o cual asunto, y que cruzaremos algunas inveteradas bromas, entretejidas en códigos forjados en innumerables horas de convivencia.
Es por esto que no me resulta fácil recordarlo como “ausente”. Y solamente irrumpen algunas estampas con tanta más precisión cuanto lejanas en el tiempo. Obviamente, el momento en el que lo conocí, en el año 1968. Estudiaba yo una carrera universitaria previsible en ese momento y circunstancia, pero me rondaba la idea de “las letras”, un mundo que se me aparecía como fascinante. Y un gran amigo mío cursaba entonces el segundo año del Profesorado en Letras en el Instituto del CONSUDEC. Ante mis reiteradas preguntas, me invitó a presenciar . alguna clase para que viera yo en persona de qué se trataba eso. Y me convocó una tarde de invierno para oír a su profesor de Literatura Española del Siglo de Oro. Recuerdo que me presentó en la puerta del aula a Germán Orduna, quien con su cálida gentileza me permitió sentarme, uno más entre los alumnos. El tema de ese día era el Lazarillo de Tormes. El profesor analizó un texto. Fueron cuarenta minutos. Al año siguiente, 1969, estaba yo como alumno de primer año, y el primer día de clase tuve Literatura Medieval con él. Nunca me arrepentí. Y no sé si alguna vez le agradecí esa clase que signó definitivamente mi vida
de estudio. _
Inc1pit,XLY(1999) ¡y
comentamos otros textos. Y asi fue que los miércoles dedicábamos poco más de una hora a lo que él denominaba jocosamente “un intermedio poético”. Nos propuso los sonetos de Garcilaso. Yo tenía la impresión de que no había entendido lo que era el verso hasta ese momento. No pude olvidarme nunca de su análisis (?) de aquel que comienza “Oh hado
esecutivo en mis dolores”. Entrañable magisterio, frente a dos
discípulos, en un cuarto sin ventanas, rodeados de libros y de silencio. El SECRIT fue creciendo y se acumuló un inmenso anecdotario en la experiencia del diario compartir infinidad de situaciones de toda clase. Entre tantísimas cosas, hay quizá algo que prefiero recordar: entre todos, muchas veces lo hacíamos reír. Y a nosotros nos gustaba que riera. Germán Orduna era hombre de fe y creia firmemente en la vida etema. En esta triste circunstancia, recuerdo una carta de Tolkien a su hijo donde hablando de esa vida futura le dice: “Todavía podremos reír juntos...”
Leonardo Funes:
.Wl' rmzpit, xvc (1999)
que podían en un medio desfavorable, pero entonces veíamos las cosas más dramáticamente.
Ya en aquellos días me iba apartando del interés general por lo hispanoamericano y lo contemporáneo y, como una suerte de doble apuesta vanguardista, me volcaba hacia lo medieval. Seguí las clases del curso 1980 como oyente y me inscribí en el curso 1981, ya absolutamente deslumbrado por la erudición, la penetración crítica, la perfección de sus clases y la belleza de su manera de decir los textos medievales. En esas tardes inolvidables en el viejo edificio de la calle San Martín se afianzó en mí el deseo de seguir sus pasos.
Aproveche al máximo la primera ocasión que tuve para que se fi jara en m i, que fue el primer examen parcial. El tema era el Libro de los
estados de don Juan Manuel y allí eché el resto. A la clase siguiente Orduna elogió mi escrito: pocas veces en mi juventud me sentí tan feliz. Allí cobré ánimo y me acerqué para proponerle seguir trabajando el texto al margen del curso. Que menos de un año después, aún sin graduarrne, yo estuviera fonnando parte del SECRIT, se debió menos a mis méritos que a la generosa apertura de Germán Orduna. Tenía la costumbre de dar por supuestos en sus interlocutores jóvenes un caudal de conocimientos y una inteligencia que uno no había tenido la mínima posibilidad de demostrar. La distancia entre su concepto y el propio sobre nuestro potencial actuaba a la vez como halago e incentivo. Bien podría decir que mi tarea académica por los siguientes 18 años fue tratar de alcanzar y merecer el concepto que Gennán Orduna tenía de mí.
A medida que fui avanzando en mi carrera él fue aumentando su nivel de exigencia y su rigor crítico hacia mis trabajos, algo que no dejaré jamás de agradecerle y que hoy extraño enormemente. No podría explicar con exactitud de qué manera sabía aunar un análisis severo y una tolerante apertura hacia criterios teóricos ajenos. Por cierto que no era fácil de convencer: siempre tuvo a su favor el no estar casado con ningún “ismo’.’.
Incípit, xzx (1999) ¡(vii
sueños relacionados con el Instituto, en largas conversaciones al final del día, cuando los demás compañeros se habían ido. Me encantaba ofrecerle mi atención para que pensara en voz alta —y a menudo me benefícíaba con sus palabras de aliento y de consuelo sobre mis tribulaciones profesionales y personales, aprovechando esas horas propicias para la confidencia. .
Cuando ahora trabajo con un grupo dejóvenes discípulos me sorprendo buscando en mi memoria cómo hacía mi maestro para dirigir, para alentar, para corregir. Entonces lo siento más vivo que nunca y me pennito sonreírle agradecido mientras pronuncío alguno de sus giros preferidos.
Georgina Olivetto:
Leo el Cid y su voz resuena inevitable en los oidos. Igual que en esas mañanas de clase, con los primeros fríos de abril, cuando el libro en sus finísimas manos de pronto se hacía lanza en recio guante de hierro, y él solo, escudo ante el corazón, cabeza baja, nos miraba desafiante y se
arrojaba a conquistarnos, tímidas huestes de moros en bancos
universitarios, rendidos rápidamente a su valor y su sabiduría. Repetí por años esta ceremonia: mañanas de otoño comenzando el Cid, días de invierno al llegar a Celestina, un intermedio para el desayuno y una cordial despedida hasta la tarde en el SECRIT. Y entonces las horas de investigación, mi escritorio a unos pasos del suyo, donde bastaba con mirar hacia la derecha para encontrarlo ensimismado entre variantes. Me había aceptado, femenina aprendiz de medievalista, en ese mundo caballeresco y experimentado.
¡Cm-ú- lncípit, X DC (1999)
sí solos demostraron que el honor de la victoria estaba en dedicársela y que los colores siempre habían sido los suyos.
María MercedesRodríguez Temperley:
LAS COSAS
Jorge Luis Borges
El bastón, las monedas, el llavero La dócil cerradura, las tardías Notas que no leerán los pocos días Que me quedan, los naipes y el tablero, Un libro y en sus páginas la ajada Violeta, monumento de una tarde Sin duda inolvidable y ya olvidada, El rojo espejo occidental en que arde Una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas, Limas, umbrales, atlas, copas, clavos, Nos sirven como tácitos esclavos, Ciegas y extrañamente sigilosas! Durarán más allá de nuestro olvido; No sabrán nunca que nos hemos ido.
Siempre me gustó este poema. La experiencia de “las cosas” (lo que los viejos llaman “la vida”) hoy me hace leerlo de otro modo. Hoy me ha tocado estar al lado de esas cosas aparentemente impasibles y autosuficientes: un escritorio (vacío), un fichero repleto, un sillón desocupado, una lámpara apagada. Esas cosas sí saben que alguien se ha ' ido: quien les daba sentido, quien las hacía ser lo que eran.
Incipit, x1x(1999) m
maestro que generosamente supo apadrinarme, pertenece a la
resguardada intimidad de la memoria y como tal, es tímido y huidizo de la mirada pública. Pero a pesar de ello, recordarlo es la única forma que conocemos, la más rudimentaria e indulgente de sentir su compañía y de honrar su memoria. Por eso debo decir que a mi breve Maestro le agradezco profundamente su trabajo, su ejemplo, su magisterio y su confianza (que de tan ilimitada a veces me parecía candorosa) en la fuerza renovadora de los jóvenes.
Perderlo en los inicios de mi beca doctoral es una herida dolorosa. Para fortalecerse, habrá que invocar a su poeta, curtido por ausencias: “¡Ay de quien no esté herido, de quien jamás se siente/ herido por la vida, ni en la vida reposa] herido alegremente!”.
Me ha pasado, después de su partida, abrir azarosamente los
libros del SECRIT y encontrarme con su letra inconfundible,
esmeradamente oblicua, y sus glosas finnes. Tal vez las preguntas que quedaron sin hacer ya tengan su respuesta en esos libros.
Hasta siempre, querido Maestro. No sé dónde, pero sé que estás cerca.
***
Querido Germán:
Tu Incipit quiere recoger hoy el testimonio y homenaje de los que tuvimos el privilegio de haber trabajado con vos, y no sé cómo pueda expresarse la magnitud de la rica y profunda huella que dejaste en mí, y cuánta alegría me da cada vez que vuelvo a encontrarla en otros, especialmente cuando aflora en los alumnos que me llegan después de haber recibido la marca de tu cátedra.
a Inciptgxix (1999)
hermosa y generosa amistad, ese vínculo se fue tejiendo sobre
momentos, historias, literaturas, vivencias y experiencias en las que cada día dejó una semilla o un ladrillo puesto. Siempre algo construido, en construcción o por construir. Tantas veces un análisis, un sueño o un proyecto, siempre una enseñanza.
Cada vez que la distancia interrumpió las charlas, fueron las cartas las que nos permitieron seguir construyendo. Y en ellas cabían la palabra cálida o ese consejo feliz. Era dura la soledad de la separación y la distancia geográfica, o del tiempo. Más dura es la orfandad de no tenerte ahora. Por eso no encuentro otra manera de sumarme a tus colaboradores si no es recurriendo otra vez a una carta en la que procure recoger, aunque sea en parte, un diálogo que sigue por sus propios senderos. Esta nueva separación no puede cortarlo, porque nuestros . amigos y nuestros maestros se mantienen en nosotros, y las semillas siguen gerrninando cada una a su tiempo y todas con su indescifrable vitalidad.
Cuando un amigo nos falta, suele quedar un pesar. Tal vez no haberte entendido mejor, tal vez no habenne hecho comprender mejor... pero eso ya no importa, porque lo que la razón no entiende, el corazón lo comprende, y es justamente en el corazon donde los amigos se conservan siempre. Y hoy sólo me cabe decirte Gracias. Gracias por ser mi amigo y mi maestro. Gracias por tu ejemplo y por tu apoyo en tantas cosas y casos compartidos. Gracias por aceptarme aquella “grilla”, y por hacerme sentir su provecho al usarla, y rellenar hoja tras hoja de larga columna, advirtiendo que no era sino repensar a la luz de estos tiempos aquellas viejas fichas de nuestra tradición, y las lanitas de colores de Dom Quintín o los marcadores de los “cárdex” de los bibliotecarios, aún a sabiendas de que sólo eran una etapa para la automatización de los procesos mecánicos del cotejo de textos, un instrumento para recoger y ordenar las correspondencias, y permitir una mayor libertad para la verdadera labor filológica. Gracias porque nuestro disenso nunca dejó de manifestarse, y porque, lográramos o no convencemos uno al otro, tampoco entorpeció la amistad o la enseñanza.
I ncípit, X DC (1999) ¡ai
texto, y del placer de comunicar la vida del texto con tu voz plena, modulada, vital y conmovedora. Era imposible no ser atrapado por esa lectura y cada texto. Esa lectura que cada día se practica menos en nuestras aulas, y que es el primer acercamiento a la obra literaria, y el requisito previo para toda elaboración académica.
I-loy se agolpan los recuerdos, las vivencias. Tanto fue lo compartido. Entre todos, ¿por qué no recurrir a tres momentos, o tres textos que nos fueron importantes? No puedo dejar de traer a cuento aquel
De todos instrumentos yo, libro, só pariente; bien o mal, cual puntares, tal tc dirá ciertamente; qual tú dezir quisieres, y faz punto, y tente;
si me puntar sopieres, siempre me avrás en miente. (Lba, 70)
No conozco glosa o versión que exprese más ajustadamente la relación entre texto y lector, o tu relación con el Libro de buen amor y con todos los textos y las obras que enfrentaste. Siempre reconociste todas las claves, todos los sones, todos los estratos, desde la primera musicalidad de la palabra hasta el más íntricado andamiaje de fuentes, estructuras, transmisión y los modos de recepción. Atento al texto mismo, a los problemas de la lengua, a la cultura de que participa, y también con fino oído para las más modemas o las más acertadas posturas de la crítica, que era posible por ese enorme bagaje de erudición que tenías disponible. Y todo lo que vale para el Libro del Arcipreste y para la literatura o la historia en general, también vale para tu modo de encarar el Libro de la Vida, que supiste hacer sonar con todos los diapasones, desde la carcajada sonora hasta el sentimiento y emoción más sutiles. Como en el Libro de buen amor, en la vida, iluminada por tus principios, tu fe y tu intensa religiosidad, también siempre fuiste capaz de sacar desde la razón del griego hasta el seso del romano. Capaz de reconocer todos los procesos y sentires. Claro, para poder “reconocer” hace falta “conocer”, para poder verlo hace falta tenerlo adentro.
mï Incipit, xrx (1999)
Celestina que se encamina a casa de Melibea —o el etemo inflexible “to be or not to be”. ¿Te acordás con qué intensidad se presentó cuando discutíamos cosas que afectaban nuestras respectivas vidas o futuros?
' onderación tu rudencia tu discreción siem re te
Tucuiaosap , P A’
acompañaron en la inclinación por el “hacer” y por el “ser”, por darte entero a todo lo creías, y en cada momento. Frente a mis cavilaciones, vos llegabas a resoluciones, las afrontabas con la fuerza de la ley de Moisés. La duda no tenía cabida en lo que era materia de tus principios. Y esa seguridad y ese brindarte entero se manifestó con todo su esplendor "en la sólida familia que Lilia y vos formaron con Martín, y de la que tantas veces fui testigo en casa, en tu mesa, solos los cuatro, o con amigos.
¿Cómo no asociarte con el Cid? Con el Poema, al leerlo, al decirlo, nos transportabas, y al explicarlo nos mostrabas un verdadero mundo. Vos sabías lo que el texto puede dar, y a todo lo que con provecho recibiste de tus maestros, lo devolviste enriquecido por tu sensibilidad, tu sistemático estudio y el sólido conocimiento. Y todo recreado en tu dimensión, con tu afán de perfección que se nutría de la grandeza del héroe. Vos sabías de la forma y el sentido, y también del sentimiento que aflora en el Poema que nos muestra los “oxos tan fuertemientre llorando”, y las “alcándaras vazias”. Y pudiste llegar a la resonancia interior que permite entrever la desolación que embarga al Rey que se ve en la necesidad de desterrar a ese “Diosque buen vasallo”, y al alivio de las vistas.
Como todas las cartas, esta tendrá sentido en la dimensión del diálogo nuestro, del que fue, del que perdura y del que siga. Y si se quedan cosas oscuras, y la poca maña y el mucho sentimiento no me permiten mostrar tu verdadera estatura a parientes y vecinos, amigos y colegas, la prudencia y entendimiento del lector suplirán mi falla con su ’ propio conocimiento de tu persona y de tu obra, pues, como decía Jovellanos en el prólogo a la edición de T.A. Sánchez, seguramente no hay peligro de que gente avisada e instruida se pierda en esta cuartilla.