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COREA LEWKOWICZ Se acabó la infancia.pdf

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CRISTINA COREA

IGNACIO LEWKOWICZ

¿SE ACABÓ LA

INFANCIA?

ENSAYO SOBRE LA

DESTITUCIÓN DE LA

NIÑEZ

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PRESENTACION

En este texto se desarrolla la idea de que la situación histórica determina la concepción y el modo en que se es infante-adolescente.

En la época que nos ha tocado transitar, tal modo está muy ligado a la aparición de los medios masivos de comunicación como lugar privilegiado de exposición del sujeto; a su vez, desde allí se dictan los modelos de cómo ser para ser aceptado. La producción de modelos en los medios persigue el incremento de la práctica social privilegiada en estos tiempos: el consumo.

En este ensayo se enfrenta el análisis de las evidencias. Por un lado, las noticias en los medios, que reflejan temas tales como el aumento de las estadísticas sobre maltrato infantil, la venta de niños, la irrupción de una niñez asesina o suicida. Por otro, la figura del niño como consumidor que, a causa del marketing, borra las diferencias tradicionalmente establecidas por las edades: niñez, adolescencia, juventud, vejez.

Por ello se parte de una pregunta: ¿Se acabó la infancia?

La atracción que ejerce la propuesta de los medios masivos es de tal magnitud que borra la posibilidad de construir un pensamiento alternativo al que ellos proponen. Sus códigos nos presentan la "realidad” tal como es concebida desde ellos. Aun en las oportunidades en las que en las programaciones participan personas que sostienen pensamientos independientes, pareciera que de todos modos terminarán envueltos en los objetivos del mercado mediático. He aquí la importancia de contar con un texto que nos permita conocer algo, acerca del armado de esas imágenes que nos atrapan, ofreciendo un modelo de infancia que subvierte la natural asimetría niño-adulto.

Esto, en tanto que parecieran promover dos actitudes: el niño como consumidor que posiciona al adulto en situación de comprador o vendedor que satisface su voracidad. O bien el niño excluido, que genera impotencia y frustración al mostrar el fracaso de las generaciones que lo preceden en su función de proteger la niñez.

El ensayo se inscribe en una nueva masa crítica de conocimiento sobré la infancia, en un nuevo paradigma al que están adhiriendo y en el que están produciendo avances los más

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importantes científicos sociales.

En este contexto es fundamental el desarrollo logrado por Ignacio Lecowitz al aportar, como historiador, la perspectiva original, en su análisis de la constitución de la subjetividad.

Y Cristina Corea, partiendo de la semiología, instituye la tesis principal de este libro con la osadía de formular una hipótesis tal como el final de la infancia, hipótesis que sostiene con una rigurosa fundamentación.

En esta obra encontramos un imprescindible marco de comprensión a aquellos que, como profesionales o simplemente como “adultos responsables", intentan hacerse cargo de la crianza de niños y adolescentes.

Matilde Luna Buenos Aires, agosto de 1999

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E N S A Y O S O B R E L A D E S T I T U C I Ó N D E L A N I Ñ E Z C r i s t i n a C o r e a

Un niño suscita hoy sensaciones extrañas. Sentimos con más frecuencia la incomodidad de quien está descolocado o excedido por una situación, que la tranquilidad del que sabe a ciencia cierta cómo ubicarse en ella. La curiosidad infantil, ese sentimiento tan propio del niño con el que finalmente los adultos logramos familiarizarnos, hoy parece haberse desplazado: somos los adultos quienes observamos, perplejos, el devenir de una infancia que resulta cada vez más difícil continuar suponiendo como tal.

Este libro parte de una corroboración histórica: el agotamiento de la potencia instituyente de las instituciones que forjaron la infancia moderna. Ante esa constatación, se propone reflexionar alrededor de la hipótesis de que, debido a las mutaciones socioculturales, la producción institucional de la infancia en los términos tradicionales es hoy prácticamente imposible.

Si orientamos la mirada hacia nuestro entorno cultural, lo dicho puede cobrar alguna evidencia. Por un lado, lo que se escucha en los medios: crecimiento de las estadísticas sobre maltrato infantil; aumento alarmante de la venta de niños. Estos casos ponen en cuestión la noción tradicional de la fragilidad de la infancia; los postulados de protección y cuidado de la niñez empiezan a girar en el vacío. En el campo de la delincuencia irrumpe una novedad: la niñez asesina y el suicidio infantil. Tal irrupción, tan difícilmente asimilable, cuestiona la institución moderna de la infancia inocente, porque hace vacilar uno de los supuestos del discurso jurídico, el de la inimputabilidad del niño.

Por otra parte, el consumo generalizado produce un tipo de subjetividad que hace difícil el establecimiento de la diferencia simbólica entre adultos y niños. La infancia concebida como etapa de latencia forjó la imagen del niño como hombre o mujer del mañana. Pero, como consumidor, el niño es sujeto en actualidad; no en función de un futuro. La lógica de segmentación del

marketing instaura unas diferencias que barren las que se hubieran

establecido con la concepción de las edades de la vida en etapas sucesivas. En esa serie se habían inscripto la infancia y sus edades sucesivas: la adolescencia, la juventud, la adultez, la vejez. Ahora las diferencias se marcan según otro principio: consumidores o excluidos del sistema de consumo, según la lógica de las diferencias que impone el mercado.

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medios masivos es otra de las condiciones de la caída de la infancia: el acceso indiferenciado a la información y al consumo mediático distingue cada vez menos las clases de edad. Asimismo, la velocidad de la información y el tipo de identidades propuestas por la imagen impiden el arraigo de diferencias fuertes. Aquellas diferencias, basadas en el principio de separación, como las etapas de la vida, la espera o el progreso, que son características de la identidad de los niños modernos, se disuelven con el avance de las identidades móviles del mercado, impuestas por el dispositivo de la moda.

El opuesto de la figura del niño como consumidor es el niño de la calle, figura que también tiende a abolir la imagen moderna de la infancia. Si el niño trabaja para un adulto, esta situación borra la diferencia simbólica entre ambos; una diferencia que precisamente la institución moderna del trabajo, al excluir de su campo a la infancia, contribuía a instaurar. Pero también, con ello, queda abolida la idea de fragilidad de la infancia: si en el universo de los excluidos del consumo los niños están en mejores condiciones que los adultos para "generar recursos”, entonces se revela que la idea de fragilidad del niño, que operaba como una razón moderna de exclusión de la infancia del mundo del trabajo, es una producción histórica ya extenuada.

La niñez es un invento moderno: es el resultado histórico de un conjunto de prácticas promovidas desde el Estado burgués que, a su vez, lo sustentaron. Las prácticas de conservación de los hijos, el higienismo, la filantropía y el control de la población dieron lugar a la familia burguesa, espacio privilegiado, durante la modernidad, de contención de niños. La escuela y el juzgado de menores también se ocuparon de los vástagos: la primera, educando la conciencia del hombre futuro; el segundo, promoviendo la figura del padre en el lugar de la ley, como sostén simbólico de la familia.

Ninguna de estas operaciones prácticas se llevó a cabo sin compulsión sobre los individuos; todas ellas terminarían finalmente por consolidar los lugares diferenciados que niños y adultos ocuparían como hijos y padres en la institución familiar naciente. De modo que no hay infancia si no es por la intervención práctica de un numeroso conjunto de instituciones modernas de resguardo, tutela y asistencia de la niñez. En consecuencia, cuando esas ins-tituciones tambalean, la producción de la infancia se ve amenazada.

Obviamente, cuando hablamos de la infancia hablamos de un conjunto de significaciones que las prácticas estatales burguesas instituyeron sobre el cuerpo del niño, producido como dócil, durante

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casi tres siglos. Tales prácticas produjeron unas significaciones con las que la modernidad trató, educó, y produjo niños: la idea de inocencia; la idea de docilidad, la idea de latencia o espera.

Las prácticas pedagógicas de mediados del siglo XIX hasta mediados del XX exhiben con claridad cómo funcionan esos predicados. El manual escolar, que fue género central en la educación infantil hasta aproximadamente los años cincuenta, trata al niño como "el hombre del porvenir". De este predicado se infiere que en la institución escolar el niño no existe como sujeto en el presente sino como promesa en el futuro. Tendrá que pasar por una serie de etapas de formación hasta hacerse hombre. Como se lo supone dócil, la escuela es una institución eficaz. En ella se cumple la misión social de educar al futuro ciudadano; la escuela es el ámbito en que la niñez espera el futuro.

Todas esas prácticas y sus representaciones correspondientes garantizaron la creación de un lugar simbólico particular para la infancia, que en la sociedad medieval, por ejemplo, no existía: la separación simbólica del mundo adulto y del mundo infantil es típicamente moderna. En ese sentido, la escuela es una de las instituciones claves de separación de adultos y niños.

La producción simbólica e imaginaria de la modernidad sobre la infancia dio lugar a prácticas y discursos específicos: la pediatría, la psicopedagogía, la psicología infantil; la literatura infantil, etc. Estos discursos producen sus objetos de saber, sus dominios de conocimiento; en fin: sus sujetos, el niño y los padres de ese niño recién instituido, como resultado de la intervención institucional. Así, a través de la modernidad, el niño es una figura clave del recorrido de la Sociedad hacia el Progreso.

Sospechamos que nuestra época asiste a una variación práctica del estatuto de la niñez. Como cualquier institución social, la infancia también puede alterarse, e incluso desaparecer. La variación práctica que percibimos está asociada a las alteraciones que, a su vez, sufrieron las dos instituciones burguesas que fueron las piezas claves de la modernidad: la escuela y la familia. Pero también dicha variación hunde sus raíces en las mutaciones prácticas que produjo en la cultura el vertiginoso desarrollo del consumo y la tecnología.

Este libro se propone recorrer las variaciones históricas que presenta en la actualidad la infancia, asociadas a la alteración de la escuela y la familia modernas, en el dominio de la cultura instituido hoy por el discurso de los medios masivos. Indicaremos brevemente cómo se organizan los seis capítulos que integran la primera parte. El primer capítulo expone cómo surge la hipótesis

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que guió nuestro trabajo sobre la infancia. El segundo expone la estrategia crítica en que se mueve el Ensayo para analizar el discurso massmediático. En el capítulo tercero se analizan los procedimientos enunciativos del discurso massmediático, puesto que es allí donde la hipótesis conjetura el agotamiento de la infancia.

Los capítulos cuarto, quinto y sexto presentan el recorrido de la hipótesis sobre distintos géneros de los medios masivos. Las herramientas, el procedimiento y el espíritu de esos análisis son de neto corte semiológico. Esos análisis querían producir la consistencia de la hipótesis inicial para llegar a la tesis central del agotamiento de la infancia moderna. Los géneros del discurso massmediático en los que se vio trabajar la hipótesis fueron: el periodismo, la publicidad y la serie televisiva Los Simpson. Allí se intenta ver de qué modo las figuras del niño que construyen esos géneros —el sujeto de derechos, el consumidor y el receptor infantil de las series— destituyen prácticamente la figura del niño moderno.

En la segunda parte se presenta una serie de observaciones que surgen de la lectura del Ensayo sobre la destitución de la niñez. Esas observaciones glosan el margen del texto: señalan puntos de vacilación, radicalizan puntos de intervención, aclaran estrategias implícitas, exploran las consecuencias de la hipótesis; en síntesis, intentan continuar el movimiento suscitado por la lectura del

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C A P Í T U L O I

Nacimiento de una hipótesis

Este trabajo se inspira en un episodio cruel: el famoso caso de los niños asesinos de Liverpool. Sucedió el 12 de febrero de 1993. Los tres protagonistas eran ingleses y '‘menores”: los asesinos, diez años cada uno; la víctima aún no había cumplido los tres. Se recordará que el homicidio fue precedido por el secuestro de la víctima en un shopping, y que fue registrado por el circuito interno de televisión.

La crueldad de los hechos nos llegó a través de imágenes; su sentido, a través de opiniones. No estábamos ante los hechos; éramos espectadores mediáticos, consumidores del caso de los niños asesinos y de la serie de casos semejantes que sobrevendría después en los medios. El caso era inquietante. Algo pasaba. Pero no en el plano de los hechos, sino en el plano del discurso que nos hacía llegar esos cruentos hechos. Lo notable era el mecanismo con que esto llegaba a nosotros; o la posición en que quedábamos ante tamaños hechos. Pero esa convicción vino bastante después. Al comienzo no era tan sencillo discernir si nuestro interés eran los hechos o el discurso que en esta ocasión los trataba. Si era lo primero, nada podíamos hacer: estábamos en Buenos Aires, mirando la tele, leyendo los policiales de los diarios. Pero sí podíamos avanzar si decidíamos lo segundo. Si admitiéramos de modo radical la existencia del discurso massmediático; si admitíamos que lo que nos atrapaba, finalmente, eran los medios. Tuvimos que decidir, entonces, que nuestra hipótesis no era una hipótesis sobre los hechos sino sobre el modo en que se construyó el sentido del caso en el funcionamiento de los medios. Nuestro problema no era del orden de los hechos sino del orden del discurso. La cuestión era complicada, puesto que el discurso no era una dimensión por fuera de los hechos, sino que tenía su propia dimensión práctica que había que analizar. Esa dimensión práctica era un conjunto de operaciones enunciativas que era nece-sario describir, analizar e interpretar semióticamente.

Nuestro interés se desplazó paulatinamente del caso de los niños asesinos hacia el discurso que lo había producido como tal. El análisis del discurso massmediático nos depararía una sorpresa: el problema no residía en el modo en que el discurso trataba el caso de la infancia asesina, sino que el funcionamiento de los medios en este caso era un síntoma de otra cosa.

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problema de envergadura histórica: algo en la infancia había cambiado. Tanto, que quizás había dejado de existir. ¿Estaríamos llamando infancia a otra cosa, cuya naturaleza ignorábamos? Lo que a duras penas se seguía enunciando como infancia, ¿constituía el encubrimiento sintomático de una alteración histórica? Las preguntas adquirieron forma de hipótesis; la intuición buscó, un método de análisis pertinente y, transcurrido cierto tiempo, la investigación produjo su tesis. El recorrido se puede leer en las páginas que siguen.

L

A INFANCIA ASESINA COMO CASO MEDIÁTICO

El caso de los niños asesinos de Liverpool despierta, cuanto menos, estupor. Hay algo de siniestro en el caso. Porque, si lo siniestro es la irrupción de un vacío en la calma cotidiana, el asesinato infantil, tanto por la calidad de la víctima como por la de sus victimarios, nos pone ante un vacío: el sentido común sobre la infancia no puede, de ningún modo, recubrir un hecho de tal naturaleza. Si la infancia es —o debería ser, según nuestros hábitos culturales— la imagen misma de la inocencia, no hay nada más si-niestro que lo angélico de la infancia mutando hacia lo diabólico. Ya que, si hay un lugar donde resulta inesperada la emergencia de una estrategia asesina, es en el reino dorado de la infancia inocente.

El asesinato perpetrado por Jon Venables y Robert Thompson inicia una serie bien conocida: la serie mediática de los casos de niños asesinos, cuyo último término, al momento de escribir este libro, lo constituye la "masacre de Arkansas". La serie, tratada bajo el título periodístico de “violencia infantil" integra, a su vez —según los procedimientos sintácticos del discurso mediático—, una serie mayor: la de la violencia social.

La puesta en serie mediática organiza la ley de la repetición idéntica de sus términos: los casos, con el intento de encontrar una explicación de los hechos. La explicación es simple: la repetición de casos corrobora la existencia de la ley, que enuncia: ‘crece el índice de violencia infantil’. La repetición no es sólo el principio que organiza la lógica de la serie, sino también un criterio de explicación causal: "En general, los chicos que actúan así han padecido algún tipo de maltrato en sus casas, no sólo físico, también emocional. Con la violencia, repiten lo que recibieron: tratan a los demás con el mismo desprecio que a ellos los trataron"

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("Los chicos repiten lo que reciben", Página/12, 26/03/98).

La estrategia massmediática tiene dos dimensiones: la del hacer y la de una teoría sobre ese hacer. Produce el caso y su serie, y al mismo tiempo proporciona una clave de lectura de eso que hace; una teoría sobre la violencia que dice: hay violencia por repetición. Pero el principio de repetición que explica la violencia está producido por el propio discurso: la puesta en serie del caso. La operación enunciativa de puesta en serie produce una teoría que explica los fenómenos según el principio de la repetición serial.

El mismo principio de la repetición idéntica prefigura un futuro: aumento de la violencia infantil. Dada la serie, nada más sencillo que incluir en ella un nuevo término: seguramente, algo tendrá el “nuevo caso” de común con el que le precede.

Aparentemente, los casos que integran la serie la componen porque tienen un rasgo en común: la misma causa. Sin embargo, si nos ponemos atentos a esta operación mediática tan peculiar, lo que vemos es que, en rigor, cada caso es la causa del caso siguiente: es la causa de la inclusión de un nuevo término en la serie, que da lugar al “otro caso". Pero el nuevo caso, a su vez, es causa del anterior, por cuanto lo legitima a su vez como su antecesor al incluirse en la serie.

Miguel Calvano sostiene que entre el episodio de Liverpool y el de Arkansas hay una diferencia notable. Lo sorprendente en el primer caso era que se presentaba como un hecho inexplicable para sus actores: siempre que fueron interrogados por los motivos del crimen, los chicos contestaban que ignoraban por qué lo habían hecho. A los niños les resultaba imposible asignarle al acto un sentido en relación con el propio deseo. El episodio de Arkansas, por el contrario, es un crimen con móviles bien precisos: los niños fantasearon el crimen, lo anunciaron por medio de amenazas, lo tramaron y lo consumaron. Es decir, desde la posición subjetiva asumida frente al crimen, sus actores se comportan como adultos, verdaderos sujetos imputables de delito. Sin embargo, en nuestra línea, todavía es necesario advertir que la inaudibilidad de las amenazas criminales de estos chicos por parte de los adultos revela que aún está vigente la suposición adulta de la inocencia infantil. Revela, en consecuencia, que tal supuesto continúa funcionando como modalidad de percepción de los niños, capaz de constituir en la situación un obstáculo que impide actuar. En ese sentido, la masacre de Arkansas viene a aclarar nuestra tesis del fin de la infancia: no porque la demuestre, sino porque manifiesta de manera sintomática el desacople entre el acto infantil (¿o de

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hombres pequeños?) y los sentidos disponibles en esa situación para registrarlo. La imposición mediática de la serie construida a la que pertenece el caso impide pensar lo real de la transformación que está en juego.

Por consiguiente, la operación de puesta en serie del discurso mediático no explica nada, más bien se autoexplica: en la operatoria sintáctica, lo que tenemos, sencillamente, es que un caso es la causa de otro. Y, así, la serie puede sucederse sin fin. Por este camino, sólo encontraremos respuestas numéricas al problema, pues cada caso confirma la ley: crecen los índices; crecen los casos; crecen las estadísticas... No cabe duda: vivimos en un mundo cada vez más violento.

Es necesario construir otro punto de vista para leer el problema, si queremos abandonar el terreno de la repetición idéntica de la serie, el paraíso tranquilizador de las confirmaciones mediáticas. El cambio de perspectiva, entonces, tiene que ser radical. El caso de la infancia asesina no será un índice más de la violencia infantil, que a su vez es un índice de la violencia social, sino un síntoma del discurso de los medios. Pero resulta entonces que, si la repetición es sintomática y no la confirmación de algo que ya se sabe, debe interpretarse. La repetición es índice ya no de una repetición ni de un aumento: es el síntoma de una mutación más drástica.

La repetición de casos, entonces, es síntoma en el discurso mediático de una variación histórica, la mutación práctica de lo que estaba en posición de real para las instituciones de la infancia: el cachorro humano. Si lo que denominamos institución infancia es el producto de las operaciones prácticas de unos discursos sobre la familia y sus niños, si esas operaciones discursivas le dieron a su vez consistencia imaginaria a la infancia en el universo burgués, lo que se nos presenta hoy como sintomático es el desacople entre esos discursos y su real, porque ese real ha mutado históricamente. El horror ante la infancia violenta se produce sobre la base de una representación agotada en sus efectos prácticos: la niñez concebida como edad de inocencia, fragilidad y docilidad.

El caso de la infancia asesina viene a postular en los hechos, y de un modo sintomático, que la niñez ha perdido definitivamente su inocencia en el discurso mediático. El supuesto moral de la inocencia infantil, que sostiene el principio jurídico de inimputabilidad del menor, queda prácticamente cuestionado. Seguramente esto no sucede sólo con el discurso jurídico: es razonable conjeturar que cualquier universo de discurso que suponga las significaciones tradicionales de la infancia se verá

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perturbado. Sobre esa hipótesis discurrirán las páginas que siguen. En efecto, el desacople discursivo interpretado en el funcionamiento de los medios es el síntoma del agotamiento de las instituciones que forjaron la infancia: la escuela pública, la familia burguesa, el juzgado de menores, las instituciones de asistencia a la familia. En el universo burgués, la infancia es el objeto de discurso producido como efecto de la intervención práctica de las instituciones de asistencia a la familia. Decir que esas instituciones están agotadas significa reconocer que en sus prácticas tales instituciones ya no producen la consistencia de su objeto: la infancia. Es ya indicativo que el acceso a la realidad de la infancia actual no esté dado por los discursos de forja y saber sobre la infancia moderna sino por un discurso modernamente menor que pasa al lugar contemporáneo de metadiscurso.

Las denominaciones con que habitualmente nombramos a los miembros de la clase "infancia” (niño, alumno, perverso polimorfo,

infans, párvulo) designan en realidad distintos aspectos del tipo

subjetivo moderno que las prácticas discursivas instituyeron al intervenir sobre su real, el “cachorro humano”. Lo que se detecta como síntoma en los discursos que instituyeron la infancia, y que en el tratamiento de los medios aparece tematizado como criminalidad infantil, chicos de la calle, precocidad de los niños, violencia escolar, abuso sexual de menores, es el fracaso de su estrategia de intervención sobre un real: los cachorros actuales no se dejan tomar dócilmente por las prácticas y los saberes tradicionales del universo infantil. No porque desobedezcan a las instituciones; la sublevación es más radical: desobedecen a la operación de institución misma.

Aclaramos brevemente la hipótesis. Los casos mediáticos de violencia infantil no son índice de violencia social sino síntoma de agotamiento de la infancia instituida. Ni la hipótesis de la repetición de modelos familiares como causa del maltrato infantil, ni la famosa reducción al motivo de la crisis económica explica el agotamiento de la infancia, que se debe a mutaciones mucho más sustanciales en su naturaleza. La infancia instituida por las instituciones modernas transformaba al cachorro humano en un objeto frágil e inocente, dócil y postergado a un futuro. Esas significaciones se han agotado. La razón se encuentra en la impotencia actual de los discursos y las prácticas que habían instituido aquella infancia tradicional. En estas condiciones, el cachorro que efectivamente hoy existe está en posición de real rebelde para aquellas prácticas y discursos: carece de significación instituida.

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Las postulaciones anteriores nos conducen a las siguientes preguntas; ¿cuáles son las condiciones actuales de las instituciones tradicionales de la infancia?; ¿cómo es su funcionamiento actual?; ¿qué tipo de relación establecen con otras instituciones, especialmente los medios masivos?

La mirada recae inevitablemente sobre la escuela y la familia, las instituciones que tradicionalmente fueron responsables de la contención y de la formación de niños, a los que efectivamente producía como alumnos o hijos. En lo que concierne a la familia, nunca estuvo sola. Siempre la encontramos asistida, auxiliada, protegida, educada, normalizada, moralizada. Entre la familia y el Estado burgués, se teje toda una red de prácticas de asistencia y protección. O vigilancia, si se prefiere. Pero esa infancia hoy ya no existe. Nuestro propósito es indagar las prácticas actuales que la dispersan: las prácticas que operan sobre el cachorro y lo vuelven real para el universo de discurso moderno.

Para situar conceptualmente el estatuto actual de la infancia, es necesario retomar la relación entre la infancia y el delito que establece el discurso mediático, ya mencionada al comienzo de este capítulo.

El tema del delito infantil llega al consumidor de medios masivos. La frecuencia con que el tema es tratado le indica, en la misma clave que le brinda el discurso mediático: que la crisis de la infancia es uno de los efectos nefastos de la actual política económica; que es un índice más del crecimiento de la violencia social que caracteriza a las grandes urbes posmodernas; que estamos ante la crisis de los valores o de los modelos, etc. La tematización mediática va en aumento, al ritmo también creciente de la estadística de los casos.

¿Cuál es la modalidad específica de ese tratamiento? Simple identidad entre la causa y el efecto: la violencia infantil es una expresión más de la violencia social general. “La violencia engendra violencia"; la causa y el efecto son idénticos; la figura de la serie de casos corrobora una y otra vez la identidad. El recorrido lineal que propone el tratamiento mediático nos conduce a los lugares comunes del discurso, a la simple corroboración de lo que ya se sabe. ¿Cómo abandonar este camino?

La estrategia consiste en considerar el delito infantil no ya como simple expresión de una causa idéntica aunque mayor sino como síntoma del universo del discurso mediático.

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del síntoma no es una operación deductiva, sino que señala un desacople material entre las prácticas sociales representadas en el discurso mediático y la misma operatoria de representación de ese discurso.

En consecuencia, la lectura del síntoma es capaz de interrumpir la cadena deductiva del signo que impone, la serie mediática, siempre y cuando tal síntoma dé lugar a una interpretación. El síntoma es heterogéneo respecto de la causa que supuestamente lo provoca.

Entonces, para esta lectura sintomática, el delito infantil sólo es la causa eficiente de la producción discursiva de los medios. Sólo en determinadas circunstancias esa causa puede producir unos efectos tales como la proliferación mediática de los casos de asesinato infantil. Puede parecer abusivo pero, una vez que se acepta que los medios son un discurso, sus sujetos, siempre en posición de consumidores de información, sólo tienen una percepción mediática de la realidad, que es entonces sí efecto de discurso.

Los casos de delincuencia infantil, por lo tanto, son casos mediáticos, y no de otra naturaleza. Esto no significa que no existe relación entre la realidad y los medios; la posición discursiva de ninguna manera repudia la realidad. Lo que pasa es que hay que establecer cómo es la relación del discurso con los hechos que significa. Lo veremos en el capítulo 3.

La producción discursiva de los medios en torno a la infancia asesina es efecto de ella, pero a su vez es síntoma de las condiciones en que se produce ese tipo particular de violencia infantil. Ese conjunto de condiciones no es ni más ni menos que el momento de agotamiento de la niñez. El tratamiento discursivo que proponen los medios de la crisis de la infancia reprime la percepción, del agotamiento de las instituciones que la forjaron. Se cumple una vez más una ley del funcionamiento discursivo: la repetición de enunciados reprime la legibilidad de sus condiciones históricas de enunciación.

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C

A P Í T U L O

2

El discurso massmediático

y su crítica

Un discurso confirma su hegemonía cuando produce el efecto de todo (o de uno) en los habitantes de una situación, s lo que sucede con el discurso de los medios: ‘Lo que no está en la tele

no existe', si no estás en la imagen, no existís. El principio de realidad

social es la actualidad mediática, estos supuestos están instalados con la fuerza de los hechos. Como está instalada la práctica de ver la tele. En los medios, todo es representable. La realidad social actual es inconcebible —en el sentido más literal del término— sin los medios.

Hay un procedimiento que es característico de los discursos hegemónicos: la delimitación de su propio interior y exterior. Desde luego, tal operación no puede hacerse sino desde el mismo interior; caso contrario, la distinción procede de afuera; es decir, de otro discurso.

Esta aclaración es válida para situar la posición del analista del discurso. Es válida asimismo para ubicar la posición de la crítica. Puesto que, si el propósito es intervenir sobre un discurso con funcionamiento hegemónico, no es desde afuera desde donde vamos a enunciar la crítica: como se ha visto, la posición en exterioridad sólo es posible situados en otro discurso que haga visible el exterior del anterior. El problema es que en ese caso ya no habría interpretación de síntomas sino descripción u observación desde otro horizonte de saber, ajeno al del discurso en que se interviene. Estrictamente, no habría intervención. Y, en nuestra línea, sólo la intervención en las fallas del discurso tiene efectos críticos.

Esta peculiaridad en la concepción del funcionamiento del discurso tiene una consecuencia decisiva sobre la crítica; puesto que la crítica, en esa línea, ya no puede ejercerse de modo sistemático, bajo la forma de una totalidad aplicada sobre otra, bajo la forma de una teoría crítica aplicada al discurso que se critica. Así entendida, la crítica no puede zafar ella misma de la indeseable operación de totalización o cierre. Desde luego, si la crítica queda tomada en el procedimiento de totalización, no puede ser activa.

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Pero que la crítica no pueda ya ejercerse bajo la forma moderna de la teoría o del saber sistemático no significa que debamos renunciar a ella.

La renuncia a la tarea crítica puede responder no sólo a un sentimiento de impotencia; también la confianza ciega en el poder democratizador de los medios es una forma de renuncia a la crítica. En cualquiera de los dos casos, se sigue preso de la lógica del todo: afuera de los medios (denuncia); adentro de los medios (integración). En cualquiera de los casos, hemos sido tomados por la lógica del discurso. Volvamos ahora sobre la infancia, para ver cómo es su tratamiento mediático. En principio, los medios presentan el problema de la infancia con una fórmula de carácter general: "crisis de las instituciones”. El discurso asevera: “Vivimos la época de los cambios. Cambia la familia, cambia el rol de la mujer, cambian las relaciones de pareja. Es natural entonces que la infancia cambie; ello no es más que una consecuencia de aquellos cambios más generales."

Así es como proliferan investigaciones especiales, comentarios, encuestas y notas de opinión, para abordar la crisis general a la que asisten las instituciones modernas: la familia, la pareja, la escuela. Se produce y circula entonces una especie de máxima ideológica, que denominaremos ideologema mediático: de la premisa general del cambio, se infiere la crisis de la infancia como un caso particular.

Dicho ideologema reposa sobre un tópico: la idea del cambio, del cambio permanente, tal como se presenta en la visión posmoderna del mundo. Esta concepción del cambio permanente encuentra su existencia paradigmática en la moda, retórica del consumo. El imperativo de cambiar, de ser otro, racionaliza la lógica infinita de sustituciones propia de la relación con los objetos prescripta por el consumo. La infancia cambia porque la familia cambia, porque todo cambia, porque todo está en el cambio, según el paradigma de las diferencias débiles prescriptas por la moda.

Otra fórmula retórica que vehiculiza con frecuencia los problemas de la infancia es la denuncia, uno de los géneros que ha exasperado el periodismo de nuestra época; procedimiento privilegiado de legitimación de la existencia de los medios. Curiosamente, la etimología de denuncia significa, lisa y llanamente, traer una noticia: de, desde, y nuntius, mensajero, noticia; algo que procede de un mensajero. Tomada en su etimología, la palabra parece exhibir la capacidad de funcionamiento metadiscursivo que posee el discurso massmediático, ya que allí la enunciación enuncia que enuncia.

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Como enunciado meramente autorreferencial, la denuncia — aunque sea central para la existencia mediática— carece notablemente de efectos prácticos en la cultura. Por el contrario, parece más bien que los anula; tal como otra denuncia neutraliza los efectos de la anterior. Dicho en otros términos: el efecto inme-diato de una denuncia es otra denuncia.

Con sus rasgos ya estabilizados por el particular estilo de

Página/12, este género mediático —dispositivo dominante en

nuestros días— toma a su cargo la denuncia reiterada de la fuga del Estado de sus funciones de asistencia social: salud, seguridad, educación. La denuncia mediática es un término constitutivo de la actual naturaleza discursiva del estado. Se diría que funciona como la vacuna —figura retórica del mito burgués, según la observación de Roland Barthes—: “Se inmuniza lo imaginario colectivo mediante una pequeña inoculación de la enfermedad reconocida; así se la defiende de una subversión generalizada." Sin embargo, hay que darle un ajuste a la fórmula barthesiana. Las aguas del estructuralismo, del marxismo y de la crítica han corrido demasiado como para que aquella suspicaz intervención de Barthes, crítica y eficaz en los años cincuenta, siga produciendo efectos.

En términos actuales, la vacuna del imaginario colectivo no impide una subversión generalizada, sino la irrupción del vacío en el discurso: lo importante hoy es que los medios no callen. Esa presencia permanente del discurso, que revela como un imposible de nuestro cotidiano actual la experiencia de apagar la tele, apagar la radio o ignorar los diarios, se ve favorecida —o al menos se explica en parte— por una peculiaridad semiótica del discurso me-diático: la ausencia de clausura. En las condiciones actuales, el silencio —el vacío— es una experiencia horrorosa.

Se entiende entonces que la tarea básica de los dispositivos sea impedir que se interrumpa la producción de sentido. La denuncia es así garantía de que los medios no callen. Lo decisivo es impedir el vacío.

Vamos ahora a situar la intervención de Roland Barthes en el campo de la crítica cultural, porque ayudará a situar también la nuestra. Barthes ha sido uno de los críticos más sutiles de la semiología. Su primera edición de Mitologías data de 1957 y reúne una serie de escritos críticos sobre la cultura de masas. Con ese libro Barthes inaugura el proyecto intelectual de constituir la semiología como ciencia crítica. Entusiasmado por la vía estructuralista de axiomatización de la lengua que había abierto Saussure, Barthes confía en que la semiología habrá de

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constituirse en la ciencia crítica por excelencia. En cuanto se admite una íntima relación entre la estructura social del lenguaje y la ideología, la semiología se perfila como el instrumento ideal para desmontar la estructura ideológica de las representaciones sociales dominantes.

El análisis semiológico habría de permitir entonces "abandonar la crítica piadosa y dar cuenta en detalle de la mistificación que transforma la cultura pequeño burguesa en naturaleza universal".

Sin embargo, en una especie de balance que introduce la reedición de Mitologías de 1970, Barthes admite que “ya no podría escribirlas". Y es que las circunstancias políticas y teóricas de entonces lo llevan a advertir —de un modo más intuitivo que teórico — que el estatuto de la crítica había cambiado. Avanzada la década del setenta, Barthes está convencido de la inviabilidad de una "teoría" crítica: la semiología corría el riesgo, como cualquier saber sistemático, de funcionar ella misma como discurso ideológico. Hacía ya unos años que Barthes se había refugiado en la crítica literaria. La teoría de la textualidad que elabora en esos años se le presenta como única vía de acceso a la singularidad del sentido: como única alternativa al estructuralismo de la crítica. Al abandonar el proyecto "científico" de la crítica semiológica, Barthes señala el problema: pero éste queda aún sin resolver, atrapado en un brete que el estructuralismo marxista de la época no lograba atravesar: el pasaje de lo social a lo singular. Esa suerte de antinomia se le planteaba a Barthes como un enfrentamiento irreductible entre dos discursos: el de la crítica ideológica, inevi-tablemente reproductivista y fatalmente determinista, por cuanto sólo era capaz de denunciar el compromiso de todo lenguaje con el poder, y la interpretación textual, ejercida como una apuesta a la singularidad de la lectura. En la búsqueda del texto singular se jugó el intento de interrumpir el circuito de la reproducción ideológica del sentido.

Al correr el riesgo de cualquier apuesta, la crítica estructural se transformó ella misma en un dispositivo de reproducción cuando la desmitificación, su operación de lectura privilegiada, se volvió hegemónica. Dicha operación es sencilla: develar la verdad de la dominación ideológica (significado) que se oculta en el juego patente de los significantes. Es fácil entonces advertir en el actual discurso progresista —uno de cuyos portavoces legitimados es

Página/12— un fenómeno de reinscripción ideológica de lo que

(19)

ESTATUTO DEL DISCURSO MEDIÁTICO

Este trabajo entra en relación con un objeto teórico denominado

discurso massmediático (DMM); tal objeto difiere sustancialmente de

la noción de mensaje con que las teorías de la comunicación tratan la circulación masiva de la información. Para la noción de DMM, la idea de distintos mensajes que se producen y circulan a través de

diferentes medios masivos es improcedente. Tal noción, que es el

supuesto más corriente del sentido común sobre los medios masivos, carece hoy de capacidad explicativa del fenómeno mediático. Justamente es en torno al concepto diferencia en la producción de sentido en donde se abre un abismo entre la teoría del discurso y la teoría de la comunicación. La diferencia del soporte no basta para instituir una diferencia en la enunciación. Otro tanto sucede con distinciones del tipo: periodismo serio, sensacionalista; periodismo deportivo, político o de información. Hoy puede decirse que la denominación “periodismo" designa las diferencias débiles del discurso mediático, aquellas que conciernen al orden de los enunciados. Sin embargo, el lector encontrará, en la descripción de los textos analizados, denominaciones como "periodismo gráfico” o "periodismo audiovisual", que suponen esa distinción. Decidimos mantenerla porque es un criterio corriente de reconocimiento de los enunciados mediáticos. Pero, en rigor, en tiempos de hegemonía mediática el periodismo queda abolido. Las diferencias en las que se apoya la práctica periodística actual no son diferencias enunciativas, sino meramente retóricas o estilísticas.

No hace mucho, precisamente en un reportaje, un periodista joven y algo transgresor decía que hoy por hoy no había una televisión seria y una televisión de entretenimiento. Preguntarse por la jerarquía de los programas era inútil: según él, toda la televisión es un gran entretenimiento. La idea de que la televisión elimina las diferencias entre los géneros televisivos es bien congruente con la noción discursiva de los medios. Lo que hace que en la tele todo parezca lo mismo es el carácter de la enunciación mediática. De allí que apenas se advierta el pasaje de una publicidad a un programa producido por Adrián Suar. De allí resulta que Grondona se haya convertido en un “espectáculo para pensar". Lo de pensar es un complemento. Lo decisivo es que es un espectáculo, como toda la tele. Si una práctica puede abolir diferencias, es porque se ha constituido en un dispositivo de enunciación que absorbe y

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produce sus propias diferencias, es decir: produce sus enunciados bajo sus propias condiciones,

Veamos algo más del funcionamiento hegemónico de la enunciación mediática. Una de las características actuales de la reproducción masiva de enunciados es su régimen de totalización: se puede (y hay que) decirlo todo; se puede (y hay que) opinar de todo; se puede (y hay que) mostrarlo todo; se puede (y hay que) verlo todo. La enunciación se vuelve homogénea por esta cualidad de reproducción infinita de enunciados, que funciona sobre la captura de la recepción en el imperativo social: hay que. Esto es: resulta sumamente difícil —si no imposible— constituirse como sujeto social sin ser partícipe (es decir, parte) de la actualidad mediática.

Por consiguiente, la interrupción de ese régimen de dominancia no puede ser nunca un enunciado más de la serie capaz de decir/opinar/mostrar todo. La interrupción del régimen de esos enunciados se juega en la intervención sobre los dispositivos de enunciación del discurso. Ese tipo de intervención requiere que se localicen las operaciones del discurso. Ahora bien: esas operaciones no deberían describirse de modo general, sino que dependen de la situación de discurso que se analiza. Por eso es indispensable que se localice el síntoma que da lugar a la situación discursiva sobre la que se interviene. En el capítulo primero delimitamos en los medios el síntoma que permite pensar hoy la problemática de la infancia; en lo sucesivo vamos a precisar las operaciones discursivas que bordean dicho síntoma.

Respecto de las unidades de análisis, problema central del método estructural, sino ya el único. El agotamiento de la crítica estructural ha dejado su propia enseñanza: ningún principio estructural es sustancialmente crítico. Una lectura activa no tiene más remedio que producir las unidades pertinentes para el análisis del objeto sobre el que interviene. La consistencia de las herramientas del análisis se irá produciendo en el transcurso de la intervención. En nuestro trabajo tales herramientas se forjaron con el auxilio técnico de la lingüística y la semiología.

EL CASO DE LA INFANCIA.

FATALIDAD DE LA PRIMERA LECTURA: ENCUENTRO

CON LAS REGULARIDADES DEL DISCURSO MEDIÁTICO

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medios. El tema que los aglutina es la crisis actual de la infancia. Es el momento de la primera lectura. Esa primera lectura no pudo sustraerse a la presión de la sistematicidad: las regularidades del discurso mediático se impusieron; el análisis no podía localizar ninguna singularidad. ¿A qué respondía esta persistencia de la regularidad discursiva? ¿Se trataba de una presión del método de lectura o de una presión de la naturaleza hegemónica del objeto de análisis?

Una primera corroboración se nos imponía, eso era cierto: las singularidades no se buscan, se encuentran. No se buscan porque la búsqueda requiere un saber anticipado sobre el término que se busca; tal anticipación anula de hecho el carácter singular del término por venir. Pero tampoco se encuentran sin más. Al parecer, las singularidades se encuentran sólo si se producen forzando el análisis del corpus. De modo que aquella primera lectura era necesaria. Ya que produjo una especie de trabajo “negativo" sobre el corpus y así pudo liberarse de algunas intuiciones que presentan una diversidad que es sólo aparente, puesto que reviste lo que no es más que la continuidad del discurso.

Sabíamos que sólo la detección de los síntomas discursivos permitiría localizar alguna singularidad del problema actual de la infancia. Pero era imprescindible detectar antes las operaciones que regularizan el funcionamiento del discurso mediático, para poder precisar a posteriori las figuras de los desacoples discursivos que, según nuestra hipótesis, revelan el agotamiento de la infancia. En consecuencia, si bien es cierto que el análisis, de las regu-laridades discursivas es un paso necesario, no es suficiente. Puesto que los síntomas no se deducen, simplemente, de las regularidades.

El primer abordaje del material mediático nos condujo a establecer dos líneas de tratamiento del problema de la infancia. Recuerdo que el material recolectado toma el lapso que va desde el 26/11/1993 hasta el 11/09/1995. Esas dos líneas permiten incluir, en función del tipo de tratamiento del problema de la infancia, enunciados periodísticos que poseen rasgos genéricos más o menos estables:

1)

Infancia A: suplementos especiales, educación, información general.

2)

Infancia B: policiales.

Si nos atenemos a esta división, podemos advertir que actualmente, en el DMM, se unifican dos líneas ya tradicionales de

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gestión de infancia y la familia: una cuantitativa y otra cualitativa. De este modo lo registra Donzelot en su análisis historiográfico de las prácticas familiaristas. Se recordará que su análisis registra la existencia de dos infancias: una infancia peligrosa, la de los sectores populares; una infancia en peligro, la de los sectores burgueses. Las prácticas de control y asistencia se ejercen sobre la primera, gobernadas por la noción de prevención; la educación y la protección están destinadas a intervenir sobre la segunda.

Según anota Donzelot, la asistencia institucional a la familia y a la infancia ejercida con criterio cualitativo determinó la educación de los sectores medios de la población entre los siglos XVIII y XIX. Por su parte, la gestión sobre las clases inferiores se llevó a cabo sobre criterios cuantitativos: estadísticas, estudio de casos, etc. Estas dos líneas encuentran hoy su tratamiento diferenciado en las secciones de los diarios.

La perspectiva cuantitativa lee los episodios que involucran a la infancia según la clave de la casuística. A partir de los índices estadísticos se construyen clases: delincuencia infantil, maltrato infantil, abuso de menores, etc. Así se logra una clasificación de los sucesos de la infancia, que funcionan como casos de aquellas clases: un caso más de delincuencia infantil, un caso más de abuso de menores, un caso más de infancia asesina, etc.

Hay un supuesto que organiza la lectura mediática de la infancia de los sectores populares: la existencia de un tipo de familia

y de infancia desprotegida y abandonada por el Estado, lo que

constituye una peligrosidad latente. De aquí se deriva la visión de las "dos infancias": una en peligro (hay que prevenir); una peligrosa (hay que controlar, vigilar, asistir). Pobreza y perversión configuran una especie de circuito de fatalidades.

La prevención, que es el objetivo estatal sobre los sectores medios, se produce mediáticamente por la vía del comentario a través de los consejos, los análisis sociológicos, los informes e investigaciones especiales; es decir, a través de géneros que se caracterizan por su expansión argumentativa. El control y la vigilancia, por su parte, se manifiestan por la vía del relato: un caso —un relato de vida, un testimonio— confirma la regla que organiza la serie; la confirmación de la regla es una operación de control del discurso.

El tratamiento de las cifras es un rasgo que las dos líneas de tratamiento aludidas comparten, aunque con estrategias distintas. En la línea de la prevención, las cifras constituyen la tópica del cambio sobre la que reposa la argumentación de la crisis. En la línea del control, las cifras confirman estadísticamente la regla:

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otro caso de delincuencia infantil; otro caso de abuso de un menor, etc. La regla —es decir, la tesis— puede reconstruirse según el siguiente encadenamiento entimemático:

1.

La pobreza y la falta de educación son la causa de la infancia delincuente o delincuenciable.

2.

El plan de ajuste conduce a situaciones de carencia y pobreza extrema.

3.

La delincuencia infantil está causada por la política actual del Estado.

Es notable cómo en el DMM reaparecen las dos líneas históricas de gestión estatal del modelo burgués de la “familia feliz". El DMM tiene una función actual de “divulgación" de las significaciones modernas de la infancia. Sin embargo, cabe una aclaración: si la circulación mediática de esos predicados se da en circunstancias en que el arraigo práctico de los mismos es inexistente, estamos ante unas significaciones cuyo estatuto sería el de unas representaciones sin presentación. Estamos, nuestra hipótesis, ante representaciones con carácter de excrecencias.

Este tránsito discursivo de representaciones vigentes hacia representaciones agotadas ilustra otro tránsito, ya mencionado en este trabajo, pero al que es necesario volver: el pasaje del Estado de bienestar al Estado técnico- administrativo. La naturaleza mediática del lazo social actual está indisolublemente tejida con ese proceso. Esa concepción actual del lazo social da lugar a una de las tesis que funciona como axioma de este trabajo: los medios son el Estado; es decir, el conjunto que produce la consistencia y el orden de las representaciones sociales actuales. En efecto, la consistencia de las significaciones sociales se produce gracias al funcionamiento discursivo de los medios, ya que las operaciones de consistencia son producciones de la enunciación mediática.

Durante la vigencia del Estado benefactor, las políticas se organizan como demandas al Estado. Éste asigna funciones y lugares a las instituciones que lo componen en una lógica del todo-partes. Pero, con la retirada del Estado, se vuelve insustancial la suposición de que éste debe hacerse cargo de las funciones benefactoras; aun cuando siga siendo un actor de peso en las situaciones reales, ha caído la organización material que sostuvo la lógica del todo-partes, constitutiva del mundo integralmente calcula-ble. Sin embargo, las representaciones sociales del lazo siguen funcionando según esa lógica del todo partes, aun cuando no estén sostenidas sobre el aparato del Estado benefactor. ¿Cuál es el

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dispositivo que garantiza hoy materialmente esa lógica? Los medios masivos. Estas son las condiciones que hacen enunciable la tesis que sostiene que los medios son el Estado.

La fuga hacia la denuncia como forma actual privilegiada de la política (mediática) es una de las salidas espontáneas de la situación anteriormente descripta: espontánea acá significa irreflexiva, o inactiva, ya que sigue funcionando sobre el supuesto anterior, ya agotado, de que el Estado debe seguir cumpliendo las funciones benefactoras de las que ha claudicado de hecho y, en gran medida, de derecho.

Esta posición, ejercida fundamentalmente desde la enunciación mediática, adquiere un funcionamiento circular que vuelve inerte la enunciación. La demanda al Estado no logra instituir al Otro en la demanda. La interpelación es ineficaz, no importa por culpa de cuál de los términos involucrados en ella. La insistencia transforma la demanda en denuncia. Finalmente, el circuito se cierra porque la denuncia hace legítima la enunciación.

Se produjo esa doble operación discursiva que caracterizamos como representación sin presentación alguna: la demanda transformada en denuncia pierde su naturaleza de demanda. A su vez, la supuesta funcionalidad de la demanda legitima la denuncia. Pero, como es evidente, la funcionalidad es sólo supuesta, ya que, si así no fuera, si efectivamente poseyera alguna eficacia, no mudaría tan rápidamente a la forma denuncia. Es esa operación de autolegitimación discursiva la que sitúa a los medios en la posición de Estado.

Si volvemos al sistema propuesto, es posible observar en la zona A el predominio de géneros como, el comentario, los consejos, la nota de opinión sobre la crisis de los modelos o de los valores sociales y las investigaciones especiales —de corte sociológico—, siempre en clave de "cambios culturales”. La pretensión, se ve claramente, es explicar a los sectores más instruidos las causas del fenómeno. El objetivo continúa siendo

educar.

La zona B expone los casos que configuran la serie de la infancia, anómala. La delincuencia está representada en el DMM como una zona marginal. La zona de la marginalidad constituye el borde exterior de la infancia. Pero tal exterior también le pertenece al universo: el centro pleno tanto como sus márgenes funcionan solidariamente en la construcción del universo de la niñez.

Examinaremos con qué procedimientos el discurso traza el límite interior/exterior que determina lo que es central y lo que es

(25)

marginal a la infancia.

En primer lugar, miremos las cifras. Se vio que, en relaión con lo marginal, las variables funcionan como mecanismos de control discursivo: control de causas, control de efectos, control de casos. El caso, estadísticamente, confirma la regla al funcionar como un saber que anticipa el reconocimiento del episodio como "otro caso más”.

La infancia marginal queda delimitada como una zona acotada, lo que impide su infiltración en la zona A. Para evitar estas filtraciones, existe otro procedimiento discursivo.

Además de las cifras estadísticas, tenemos el funcionamiento del relato. Resulta notable que la sección Policiales sea hoy casi la única sección del diario que utiliza de manera más o menos pura las formas narrativas. La lingüística estructural distingue dos procedimientos enunciativos opuestos: historia y discurso (relato y comentario), según el uso que se haga de los tiempos, la deixis y algunas funciones sintácticas específicas. Uno de los efectos de esa distinción es una enunciación “objetiva" para el relato y una “subjetiva" para el comentario. Por supuesto, ese carácter de objetividad no está —como se desprendería directamente de la postulación de Benveniste— esencialmente en el procedimiento lingüístico, sino en el uso cultural del lenguaje —es decir, discursivo — que convencionaliza ese uso para producir ese sentido: la distinción entre objetividad y subjetividad.

Si ligamos aquella distinción de la lingüística de la enunciación con la transformación del estatuto del saber narrativo en la posmodernidad, encontraremos algunas claves de lectura de los géneros massmediáticos actuales. En un libro que es ya popular, Jean Franfoise Lyotard señala que el relato es la forma de legitimación del saber tradicional. Las historias populares cuentan los éxitos o fracasos que coronan las tentativas del héroe, forma idealizada o metafórica del pueblo. Tales relatos otorgan legitimi-dad a las instituciones sociales; representan modelos de integración. Asimismo, la noción moderna de progreso está indisolublemente ligada al estatuto del relato, pues representa un tipo de movimiento social que se explica en la suposición de que el saber se acumula. “En la sociedad y la cultura contemporáneas, sociedad postindustrial, cultura posmoderna, la legitimación del saber se plantea en otros términos." Interrumpimos aquí la observación de Lyotard. Puesto que la cuestión que parece radical —y que plantea nuestra distancia con su posición— es justamente dilucidar cuáles son esos otros términos, qué valor tienen, cuál es

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su estatuto y su productividad. Resulta obvio que uno de los dispositivos más potentes de legitimación del saber en la actualidad es el discurso de los medios masivos. Pero la cuestión es dilucidar qué tipo de saber es el mediático, qué efecto produce en la subjetividad actual.

Sin lugar a dudas, uno de los rasgos característicos de la cultura mediática posmoderna es la explosión del comentario con una vía privilegiada de circulación, que es la entrevista. La forma relato se extingue; habitamos el universo del comentario o, más precisamente, el reino de la opinión.

No obstante, la crónica persiste aún en las secciones policiales de algunos diarios. Probablemente, con el afán de establecer una distancia entre el mundo del delito y del crimen y el nuestro, el de la opinión y el comentario. El de los que transgreden la ley y el de los que opinamos sobre ellos, o sobre ello.

La tradicional distinción de los tiempos verbales en comentativos y narrativos, sostiene que los primeros imponen una escucha atenta mientras los segundos, una escucha más distendida. Lo que el relato cuenta ya pasó, queda en otro lugar, en un mundo clausurado o acotado tanto espacial como temporalmente. Ésta parece ser la condición que nos pone a resguardo de sus efectos. Quizá la persistencia del relato vinculado a las prácticas criminales o delictivas responda a esa función de distanciamiento, localización y cierre.

Nuestros análisis del DMM registran el siguiente procedimiento discursivo: cuando un episodio policial entra en relación sintomática con el DMM —lo cual depende tanto de su naturaleza como de las condiciones prácticas en que tal episodio se manifiesta— transgrede, a lo largo de lo que dura su tratamiento mediático, las convenciones del género. Resultó paradigmático en ese sentido el caso Santos.

Cuando esto ocurre, se produce una migración del ‘‘caso" —la crónica— desde la sección Policiales a la sección de Interés general, para adquirir definitivamente los rasgos actuales del comentario, en sus distintas variantes genéricas. Este proceso se advierte con claridad si se lee la secuencia periodística del caso Santos o del caso Daniela. El procedimiento en el caso Santos fue muy claro: pasó de ser un caso policial a ser un tema de debate mediático. En su momento, vimos esta alteración del género como síntoma del "desorden simbólico" que produjo en el orden social la naturaleza—social, ideológica- del delincuente. En relación con el caso Daniela, probablemente no se lo recuerde, pero su primera

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aparición en la prensa fue en el rubro Policiales: la noticia, que la policía no había acudido a formalizar la restitución de la niña que había sido ordenada por el juez. Lo peculiar de la noticia ya se insinuaba en la retórica del género: un híbrido entre el relato, el co-mentario y la entrevista, ilustrado con una foto de Gabriela Oswald que de ninguna manera reproducía las connotaciones criminalísticas que el código mediático de lo policial otorga a la víctima.

Los rasgos de la forma discursiva del comentario, según la codificación de la lingüística de la enunciación, son los siguientes: perspectiva temporal organizada en relación con el presente; referencia deíctica espacio-temporal en relación con ese presente; presencia de subjetivemas o segmentos comentativos.

A esta lista de categorías de la lingüística, hay que agregar otros procedimientos discursivos propios de la forma posmoderna del comentario, ya que la sistematización estructural opone demasiado taxativamente el mundo del relato al mundo del comentario. Probablemente el universo discursivo que fuera la materia de tal codificación presentara esa dicotomía en sus comienzos, o resultó ser así a fuerza de su interpretación estructural. No importa. Hoy ese universo discursivo ha cambiado.

Lo que llamamos aquí comentario es, en realidad; según una definición más pragmática, el universo de la opinión. El relato —o los segmentos narrativos— aparece bajo la forma de historias de

vida o testimonios y funciona argumentativamente como

ilustraciones, ejemplos o modelos de la opinión. El narrar dio paso al opinar en el tránsito de la cultura de la letra a la cultura de la imagen. Cuando existe, el relato aparece con una retórica de alta expresividad, subordinado al comentario: el relato se desvanece en la opinión.

En el reino de la opinión proliferan encuestas, testimonios, historias de vida, manuales de autoayuda. Éstas serían algo así como las versiones massmediáticas actuales del discurso científico, histórico, médico, etc. Estos discursos, que en la modernidad delineaban zonas o campos discursivos diferenciados, encuentran su doble en el discurso mediático, representados como diferentes enunciados de una enunciación única. Así se constituye la subje-tividad ideológica posmoderna; y éstas son las figuras del yo contemporáneo: el conductor, el periodista, el modelo, el encuestado, el opinador, el que va a dar testimonio, el que integra paneles televisivos, etcétera.

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efecto de la intervención del discurso massmediático sobre el cuerpo de los individuos mediante un dispositivo privilegiado: la

entrevista, que es una de las prácticas preferidas del discurso. A

través de esa práctica el discurso massmediático cumple una función ontológica: hace ingresar a los individuos en la realidad pública como imagen. Pero también gracias a la entrevista este discurso se nos vuelve socialmente inteligible: produce los efectos de cohesión y coherencia característicos de la serie discursiva massmediática. En resumen, el pasaje del relato a la opinión que se acaba de describir constituye el correlato mediático actual de la crisis posmoderna del saber narrativo.

(29)

CAPÍTULO 3

LAS OPERACIONES

DEL DISCURSO MEDIÁTICO

PRESENCIA sintomática de la infancia

EN EL DISCURSO MEDIÁTICO

Como el acto de interpretar un síntoma produce un síntoma, nada más fácil que imaginarse que estaba, ya allí esperando ser visto por un agudo observador de las cosas... Ya preferimos imaginar que el acto de decidir un síntoma distribuye momentos. Su paradoja temporal radica en que el síntoma es producido actualmente como preexistente. Como los recuerdos, su producción actual es retroactiva.

Oxímoron, Oxímoron también leyó "La historia desquiciada", 1995

Lo que semantiza el discurso massmediático en la nominalización "crisis de la infancia" es un desacople entre lo que los niños efectivamente son y lo que se supone que

deberían ser como miembros de la clase infancia. Tal desacople

será tratado como un síntoma del discurso, Quizá convenga recordar que discurso, en este trabajo, designa el conjunto de prácticas comunicativas, comerciales y técnicas que funcionan como condiciones de producción de los medios masivos. Tales prácticas instituyen unas condiciones de recepción específicas del discurso. Para entrar en ese universo de discurso, los sujetos están obligados a realizar una serie de operaciones. Esas operaciones producen un tipo de subjetividad específica: la del espectador o consumidor.

Es decir que, en perspectiva discursiva, televisión, revistas, diarios y radio constituyen una red, por cuanto imponen las mismas operaciones de recepción a los destinatarios. Todas aquellas diferencias entre los medios masivos que legítimamente podría postular un enfoque comunicativo (por sus soportes, por sus líneas ideológicas, por sus propuestas estéticas) al enfoque discursivo no le conciernen, por estar atento a las condiciones prácticas de enunciación que producen la subjetividad.

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