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Cicerón - En Defensa de La Ley Manilia (Ed. Bilingüe de Dolores Fernández)

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EN DEFENSA

DE LA LEY MANILIA

Marco Tulio Cicerón

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Marco Tulio Cicerón

EN DEFENSA

DE LA LEY MANILIA

Introducción, versión y notas de

Do l o r e s Fe r n á n d e z

UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA D E MÉXICO

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Cuadernos del Centro' de Estudios Clásicos 18

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Prim era edición: 1984

D R © 1984. U niversidad N acio n al A u tó n o m a d e M éxico C iu d ad U niversitaria. 0 4 5 1 0 M éxico, D . F .

Di s e c c i ó n Ge n e r a l d e Pu b l i c a c i o n e s

Im preso y h ech o en M éxico IS B N 968-58-0694-2

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Parentibus avisque

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IN TR O D U C C IÓ N I. Antecedentes históricos

Durante el consulado de Lucio Tulio y Emilio Lépido, en el año 66 a. de C., Cicerón resuelve hablar por vez primera en una causa pública en la tribuna de las arengas —los “rostros”—; 1 tiene ya cuarenta años de edad. No que no hubiera ya ocupado cargos administrativos en el servicio público; es decir —ya había iniciado el cursus honorum—; 2 había sido cuestor en el 75, senador desde el 74, edil-curul, en el 69. Sin embargo, a pesar de haber ganado ya fama de gran orador defendiendo causas famosas3 in privatorum periculis (Pro Lege Man., i, 2), nunca había hablado en favor o en contra de una proposición de ley hasta que, recién electo pretor primero, toma la palabra para defender la ley propuesta por Cayo Manilio, tribuno de la plebe. Esta ley, según la cual “Manilio ofrecía a Pompeyo el mando de la guerra contra Tigranes y contra Mitrídates junto con la gubernatura de Bitinia y de Cilicia” 4 causó gran indig-, nación entre los optim ates5 que se opusieron a ella firme­ mente; pero los miembros de la plebe votaron por la

propo-1 L o s r o s tr o s .. . T rib u n a en el foro, desde d o n d e h a b la b an los o ra d o ­ res en las asam bleas populares; era llam ada así p o r los rostros de navios* q ue la ad o rn ab an — trofeos d e guerra tom ados a los ancios en el 146 A U C (3 3 8 a . C . ) .

2 C ursus h o n o r u m .. . E l curso de los honores o cargos honoríficos; es decir, la sucesión regular y ascendente d e cargos en la ad m in istració n pública.

5 3 Causas f a m o s a s .. . Y a C icerón h ab ía acusado a V erres, en el 70;

defendiendo a F o n tey o , en el 69.

4 "M an ilio o f r e c í a ... C ilicia” . . . C f. D ion C asio, H istorias, x x x v i, 42 y 43. ,

: B O p tim a te s . . . L iteralm en te, los m ejores (cf. n o ta 4, al tex to español); en política se decía a los partidarios o m iem bros del p a rtid o conservador y aristocrático (c f. infra, n o ta 8).

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sición de C. Manilio, “inducidos a ello por César y por Marco Cicerón”, quienes la apoyaron “no porque la creyeran venta­ josa para el Estado o porque quisieran favorecer a Pompeyo, sino porque como era seguro que las cosas ocurrirían así, César no sólo quería congraciarse con la multitud observando cuánto más poderosa era que el senado, sino que . . . allanaba el camino para que algún día aprobasen una medida semejante en favor suyo”. “En cuanto a Cicerón . . . , aspiraba a ser el líder del Estado y se esforzaba en que tanto los populares como los optimates vieran claramente que él podía inclinar la balanza hacia la parte que se inclínase él.” 6

Cicerón puede haber estado, en efecto, buscando, como César, la simpatía de la plebe al hablar en favor de una ley que también satisfaría los deseos más íntimos de Pompeyo;7 pero tampoco podía mostrarse abiertamente en contra del partido senatorial, el de los optimates. Miembro de la clase de los équités, Cicerón anhelaba ascender en la escala social y formar parte de la clase dominante hasta entonces, la de los patricios y miembros agregados que fundaran su preponderancia en la tenencia de la tierra; en su defensa, en su gobierno. 8 Era, pues,

6 “ Inducidos a e ll o . . . se inclinase él” . . . C f. ib. x x x v i, 43.

7 L o s deseos m ás ín tim o s de P o m p e y o . . . Según P lu tarco (P o m p ey o , XXX, 5 y 6) Pom peyo o d iab a a L úculo, p o r lo cual y p o r su am bición de p o d er — dice— deseaba vivam ente que se le encom endase el m an d o suprem o en toda el Asia M enor, a u n q u e gustaba sim ular que le ab ru m ab an el exceso d e responsabilidad y d e hon o res que se le conferían. T am b ién D . C asio (op . cit. XXXVI, 4 5 ) h a c e referencia a esta d ebilidad d e P om peyo, quien ap aren tó m olestarse — cu en ta— p o rq u e siem pre el p artid o co n trario lo “ sobrecargaba de obligaciones para que encontrase algún c o n tra tie m p o ” ; p e ro que Pom peyo, "e n realidad, recibió la n o ticia [de su nuevo com ando en Asia] con la m ayor alegría” .

8 Patricios y m iem bros agregados . . . su gobierno . . . Patricios, los m iem bros d e la nobleza rom ana (patricii m a iorum e t patricii m in o ru m , según fueran d e las fam ilias m ás antiguas o d e las m ás re cien te s). M ie m ­ bros agregados, eran los pro ced en tes d e otras clases que lograron alcanzar cargos públicos y en trar al círculo cerrado d e las fam ilias do m in an tes.

C f. C ary & Scullard, A H isto ry o f R o m e , cap. v, 5, “ Social an d Political

G roupings” ; cap. ix, 4, “ T h e Patricio-Plebeian N ob ility ” y cap. x v m , 2, " T h e N ew N o b ility ” . T a m b ién , cf. Julius K och, H istoria de R o m a (trad , d e J. C am ó n A z n a r), el cap. π , “ Patricios y plebeyos” , y S. I. K ovalion, H istoria de R o m a (tra d , d e M . R av o n i) I , cap. v i, sobre la posesión d e la tierra y origen p ro b ab le d e la organización de las gentes patricias.

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un “hombre nuevo”, 9 como tal, necesitaba todo el apoyo que pudiera obtener, viniera de donde viniere, si había de alcanzar el consulado, la magistratura más alta, y ejercer efectivamente el poder que ésta confería. Pues, aunque “Cicerón no era un novus homo cualquiera . . . triunfar en los comicios consulares requería de un apoyo poderoso”. 10 En el 66, Cicerón “cultivó cuidadosamente el favor de Pompeyo Magno, apoyando la lev que le conferiría su mando contra Mitrídates”. 11

Sin embargo, al defender los intereses de Pompeyo, repre­ sentados por Manilio en esta causa; al congraciarse con la mul­ titud de plebe urbana, asociada a quienes representaban esos intereses o manejada por aquéllos, Cicerón hacía algo más que aprovechar la circunstancia en su provecho personal. Como el propio Pompeyo, como al fin y al cabo haría C ésar,12 Cicerón defendía los intereses de la clase ecuestre, la suya propia; él mismo dice: “por la estrecha relación que tenga con aquella clase” (ib., n, 4), de quien era “un hijo predilecto” . 13 Porque

9 N o v u s h o m o . . . E l prim ero d e su fam ilia en o b ten e r u n cargo curul; un h o m b re recien tem en te a d m itid o en las filas d e la nobleza rom ana. M ed ian te la Ley L icinia Sextia (367 a. C .) que ordenaba q u e uno de los dos cónsules d eb ía de ser plebeyo, algunas fam ilias plebeyas económ i­ cam en te poderosas fueron e n tra n d o al círculo cerrado de quienes g o berna­ ban a la república. P ro n to , sin em bargo, los m ism os plebeyos que h ab ían en trad o a form ar p a rte de la clase dirigente im p ed ían el acceso a nuevos m iem bros d e su m ism a clase (c f. supra, n o ta 8) .

1 0 “ C icerón . . . apoyo poderoso” . . . C f. E ric h S. G ru e n , T h e L a st

G eneration o f th e R o m a n R ep u b lic, U niversity o f C alifornia Press, 1974,

p. 138, “ C icero was . . . n o ordinary novus h o m o ” .

1 1 “ C ultivó . . . co n tra M itríd a tes” . . . C f. ib. p . 179.

12 C o m o . . . haría César . . . Sobre las alianzas de Julio C ésar con el ordo equester, cf. D . C asio, op. cit., χ χ χ ν π ι , 7, 4, “ Y se atrajo a los équités relevándolos d e [pagar el erario público] una tercera p arte d e los im puestos que h ab ían c o n tra ta d o ” . Acerca de la L e x lu lia de publicanis (59 a. C .) cf. G ru e n , op. cit., p p . 91 y 319. “ E n el 60, c u an d o los p u b li­ canos de Asia d em an d ab an la reducción d e su c o n tra to sobre los im puestos

. . . cabe observar que M . C raso estaba su m am en te interesado en ello, y p ro b ab lem en te ten ía dinero invertido en esa em presa. Y J. C ésar, co m o cónsul del siguiente año ( 5 9 ) , concedió la d em anda; m erced que P lan cio Reconoció c o n sp icu am en te” . Y tam bién, cf. A piano, B. C ., II, 13, “ C o m o en to n ces C ésar n o quería n ad a con el senado, sino que solam ente estaba usando al pueblo, perd o n ó a los publicanos la tercera p a rte de sus o b li­ gaciones. P o r este favor inesperado, q u e estaba m u ch o m ás allá d e sus aspiraciones, los équités endiosaron a C ésar. Así, con este acto de gobierno, un grupo m ás poderoso q u e los plebeyos se decidió en favor de C ésar.”

1 3 “ U n hijo p red ilecto ” . . . G ru en , op. cit., p . 139.

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aunque sus inclinaciones lo llevaran a la búsqueda de un orden basado en la antigua aristocracia de los terratenientes, empo­ brecida ya, estaba atado por sus lazos familiares y de educación e intereses, a la clase del poder económico fundado en las finan­ zas, la industria y el comercio, el ordo equester, cuya pujanza, incontenible ya desde la victoria de Roma sobre C artago,14 le había dado injerencia creciente en las decisiones políticas —de orden externo o interno— de la república romana. Esta dualidad —inclinación o convicción, por una parte; interés per­ sonal o de clase, por la otra— era quizás lo que llevaba a Cice­ rón a estar por una causa a veces; a veces por otra, más qué porque estuviera “acostumbrado a jugar un doble p a p e l. , . para que ambos partidos procurasen su favor”. 15 Por lo demás, suele ser más fácil discernir, pasado el tiempo y vistas las cosas a distancia, qué fines últimos pretendía cada persona, grupo o clase y qué política, a la postre, habría de favorecer a una clase, grupo o persona. El que Cicerón y César hubieran estado de acuerdo en defender la Ley Manilia no indica, ciertamente, que la voluntad de aquél estuviera supeditada a los designios de éste. Voluntad y designios de uno y otro pueden haber tenido sus razones propias. À1 defender la Ley Manilia, Cicerón defen­ día abiertamente los intereses de una clase que consideraba el firmamento de las demás clases —eum certe ordinem . . . firma­ m entum ceterorum ordinum recte esse dicemus (ib., vu, 17)— veladamente, también se defendía a sí mismo de las acusacio­ nes que pudieran hacerle de novus homo cuando tratase de ascender al consulado. Acaso lo que Cicerón no pudo hacer años más tarde —reconciliar los intereses de las distintas clases en su concordia ordinum— 16 tampoco logró hacerlo dentro de su propio ser. Ello podría quizás, explicar también por qué

1 4 R o m a sobre Cartago . , , Sobre todo, después de la Segunda G uerra P única, y defin itiv am en te desde la destrucción de C artag o en el 146 a. C .

(cf. intro d u cció n , in fr a ) .

1 5 “ A costum brado . . . favor” . . . C f. D . Casio, op. cit. x x x v i, 43, 5.

1 8 Concordia ordin u m . . . D espués d e su consulado (6 3 a .C .) C ice tó n

quiso aprovechar el prestigio alcanzado para prom over u n a alianza política e n tre las distin tas clases que co n stitu ían la ciudadanía rom ana, especial­ m en te e n tre la clase de los équités y la nobleza senatorial. E sta coalición, cuyo pro m o to r, C icerón, sería el verdadero jefe, ten d ría en Pom peyo su figura principal.

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defendió la Ley Manilia, promovida y apoyada por los popula­ res, con quienes muy pronto estaría en franca oposición. Desig­ nios confusos y encontrados que también en Pompeyo, seme­ jante en origen a Cicerón, pueden haber sido motivo de su inconsistencia política. Pero Pompeyo no fue, como Cicerón, un hombre de letras, ni el propio César, en la misma medida que lo fue Cicerón. No se tienen pruebas por él escritas de sus vacilaciones —veleidades para algunos.

Podría decirse, en fin, que por lo que atañe a los asuntos de la provincia de Asia tanto Cicerón y César como Pompeyo, desde sus respectivas posiciones e independientemente de sus íntimas aspiraciones personales, apoyaron la política que deman­ daba la crecientemente poderosa clase ecuestre. Debido a la guerra/'los financieros romanos veían en peligro sus intereses en esa provincia; pero también se habían visto afectados por las recientes disposiciones de Lucio Lúculo,17 distinguido miem­ bro de la clase senatorial, gobernador y comandante en jefe de la zona hasta hacía un par de años. Estos complejos intereses movían los ánimos e influían en los designios políticos de la república romana. Situación, por lo demás, creada por las cir­ cunstancias históricas. En breve tiempo —no estaba lejos en la memoria de los romanos la época en que la república era un pequeño Estado de recios agricultores— Roma había logrado que toda la cuenca del Mediterráneo estuviese bajo su dominio militar y económico.

En efecto, con duras luchas, Roma había comenzado por ensanchar sus fronteras primitivas a costa de sus vecinos, en busca de mejores pastos y tierras laborales. Mas, vencidos los enemigos, los romanos procuraron siempre hacerlos sus alia­ dos. 18 La ciudad se fue fortaleciendo con los vastos recursos,

17 Las disposiciones de L . L úculo . . . E s decir, su intervención p ara

resolver la crisis económ ica del 70 en las ciudades asiáticas (cf. in fr a ) . 18 Sus aliados ·.. . Bajo su dom inio o liderazgo, R om a fu e ag lu tin an d o en to rn o suyo a los pueblos conquistados m ed ian te un com plejo sistem a d e alianzas. E n Italia así, q u edaron sujetos a R o m a, cuyos ciudadanos gozaban d e plenos derechos civiles y políticos, los m unicipios con d erech o d e voto ( m u nicipia c u m su ffra g io ), los m unicipios y ciudades sin d e re ­ cho de voto (m u n icip ia sine su ffra g io ), etcétera. M ás adelante, a estas c o m u ­ nidades italianas se añadieron las provincias y los E stados o reinos, aliados a R om a en m ayor o m en o r grado d e d ependencia (socii e t am ici p o p u li

r o m a n i) .

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materiales y humanos, de la península itálica. Hasta principios del siglo m a. C., sin embargo, los recursos de Roma y sus dominios se fundaban, primordialmente todavía, en la agricul­ tura y la ganadería y en sus hombres, campesinos y soldados a la vez.

Pero, precisamente a principios del siglo ni, esta expansión territorial puso a Roma en franca colisión con las ciudades griegas del sur de Italia y de Sicilia. El gran número de cam­ pesinos y pastores que formaban los ejércitos romanos, entre­ nados en largas luchas de defensa o expansión territorial, vencieron a los ejércitos helénicos 19 llamados en su ayuda por T arento.20 En el 272 cae Tarento. Con las riquezas de estas ciudades griegas, donde la industria y el comercio flo­ recían, Roma también hereda sus conflictos. . . . si propter socios nulla ipsi iniuria lacessiti maiores nostri cum Antio­ cho, cum Philippo, cum Aetolis, cum Poenis bella gesserunt (ib., vi, 14). El más grave de todos, el antagonismo con Cartago por el predominio del comercio en el Mediterráneo occidental.

La ciudad de Cartago, que había crecido próspera en venta­ josa situación geográfica —frente a Sicilia, dominando el estre­ cho que divide el Mediterráneo en dos partes claramente defi­ nidas; el oriental y el occidental— era, hacia fines del siglo iv, sin duda la más rica y poderosa de las ciudades fenicias. Todo su poderío, sin embargo, se fundaba en la industria y el comer­ cio; los dominios territoriales de Cartago se reducían a las cos­ tas del norte de África y del sur de España, Córsica, Sardinia y la costa occidental de Sicilia. Hasta ese momento, sólo las ciu­ dades y colonias griegas que florecieran a lo largo de las costas orientales de España, sur de la Galia y este de Italia y de Sici­ lia, habían disputado a Cartago la supremacía marítima y comer­

1 9 E jércitos helénicos . . . Λ1 m an d o de P irro, rey d e E piro, q u e gozaba fam a d e b u en estratega en u n a época en que las h azañ as d e A lejandro M ag n o h ab ían dado a los griegos gran prestigio m ilitar.

2 0 T a ren to . . . La m ás im p o rta n te de las ciudades griegas del sur de Italia (la M ag n a G re c ia ), situada en la costa n o rte del golfo del m ism o nom bre. F u n d ad a com o colonia espartana a fines del siglo v m , extendió sus dom inios tierra ad en tro en una zona fértil famosa por el olivo y el ganado lanar. E n sus costas ab u n d ab a la pesca y el m olusco d e la p ú rp u ra, qu e hizo florecer la in d u stria del tejido de lana.

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cial. Pero los cartagineses habían logrado, finalmente, arrojar de España las colonias griegas que, a principios del siglo iii, se habían concentrado en las costas orientales de Sicilia. Con la caída de Tarento en poder de los romanos, el poderío marítimo de Cartago parecía insuperable. Roma, aunque su gobierno y recursos militares eran escasamente capaces de asumir su nueva condición de Estado preponderante en toda Italia, al hacerlo se colocó, inevitablemente, frente a frente a Cartago.

Un incidente en el estrecho de Messana 21 provocó la con­ tienda que había de prolongarse largos años. Las guerras púni­ cas del 264 al 241, la primera; del 218 al 201, la segunda, tam ­ bién conocida por Anibálica y del 149 al 146, la tercera que terminó con la destrucción total de Cartago —dieron siempre la victoria a Roma, si bien las dos primeras después de larga y aniquiladora lucha. Por indemnización de guerra, Cartago entrega a Roma riquezas enormes —altísimas sumas de dine­ ro, oro, piedras preciosas— y se obliga a suministrar gratuita­ mente cada año gran cantidad de trigo que el senado vende en Roma, y el producto de cuya venta es para el erario público. Esta enorme afluencia de dinero hace de la ciudad un imperio financiero. El imperio requiere de medios de defensa y vastos recursos para procurarlos; se fabrican barcos, se equipan y tri­ pulan; el dinero del erario público pasa a manos de empresas privadas. Surgen en Roma los grandes financieros.

Pero tanto las ciudades griegas de Italia y de Sicilia como Cartago, tenían intereses —afines o encontrados— en los Esta­

dos de Asia Menor y de la Grecia europea. Filipo V de Mace­ donia había buscado una alianza con Aníbal al principio de la Segunda Guerra Púnica (215); derrotado Aníbal, con Antioco de Siria, en cuya corte después aquél encontró refugio.

Grecia y el Asia Menor, que hasta el siglo π habían perma­ necido prácticamente al margen de la política romana, comen­

21 M essana . . . C iu d ad d e Sicilia (h o y M e sin a) situada en lugar e stra ­

tégico d o m in an d o el estrecho del m ism o n om bre. E n el 289 a .C . q u e d ó en p oder de u n a b a n d a de m ercenarios q u e a sí m ism os se llam aban “ m a· n iertin o s” , hijos d e M a rte. E n el 264, M essana fue sitiada por H ieró n d e Siracusa que quiso castigar desm anes d e los m am ertinos, quienes se libraron del asedio con ayuda d e los cartagineses; pero viendo que éstos perm anecían en M essana in d efin id am en te, los m am ertinos llam aron en su auxilio a R om a, ofreciéndose com o aliados suyos.

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zaron a estar bajo su esfera de influencia. Tibias aún las ceni­ zas de la Segunda Guerra Púnica, Roma se ve envuelta eñ hueva guerra con Filipo V de Macedonia, primero; con los etolios y Antíoco III de Siria, después. Filipo es derrotado en Cinoscéfalos22 (197); los etolios y Antíoco, en el paso de las Termopilas23 (191); Antíoco pasa al Asia y pasan al Asia los ejércitos romanos; en M agnesia24 Antíoco sufre la denota decisiva (189). Roma domina el Mediterráneo oriental. Se hace frecuente que reinos y ciudades del Mediterráneo oriental manden a Roma embajadores que acuden al senado para buscar alianzas, firmar tratados, solicitar su arbitrio en tal o cual querella entre ellos mismos. Responsable como era, por derecho propio, de la política exterior de la república, el senado romano tiene que resolver sobre cuestiones de gran complejidad, política y económica, en Grecia y Asia Menor.

Después de la victoria sobre Antíoco, a quien impone severas condiciones de paz, Roma retira sus legiones de esa zona. Mas pronto choca otra vez con Macedonia (171). Vence a Perseo, hijo de Filipo; divide a Macedonia y le impone un tributo; en el 148 la reduce a provincia romana; en el 146 destruye a Corin- to —Corinthum . . . totius Graecae lumen exstinctum esse volue­ runt (ib., V, 7). A mediados del siglo ii Roma domina Grecia y está ya del todo inmersa en los asuntos de casi todos los Estados del Mediterráneo oriental.

Por este tiempo, la rica franja territorial que bordea la costa

2 2 C inoscéfalos . . . C a d en a d e m o n ta ñ a s n o m uy elevadas d e T esalia,

cerca de la cual se em p eñ ó la batalla en q u e Q u in to F la m in in o venció a Filipo de M acedonia en el 197 a. C .

Term opilas . . . A ngosto paso q u e corre a lo largo de unos 8 k ilóm e­ tros e n tre el m o n te E ta y el G olfo M aliaco uniendo a Locris con T esalia. T ie n e dos estrecham ientos, “ p u e rta s” , en cada extrem o y uno en el centro por donde, en tiem pos d e H ero d o to , sólo podía pasar u n carruaje a la vez. E l Paso d e las T erm o p ila s es m ás conocido en la historia por la hazaña de L eónidas, rey de E sp arta, que con 300 hom bres solam ente p u d o co n ­ tener la invasión de Jerjes de Pérsia al fren te de num eroso ejército en el 480 a. C . A quí se trata de la victoria de los rom anos, con M . Acilio G lab rio al frente, sobre A ntíoco de Siria, en el 191 a. C .

2 4 M agnesia . . . (hoy M a n is a ), ciudad d e Lidia, en el Asia M en o r,

a unos 64 kilóm etros al noreste d e E sm irna, a orillas del río H erm es y al pie del M o n te Sípilo. N o hay m ención alguna de esta ciudad hasta el 190 a. C . cuando A ntíoco él G ra n d e de Siria fue d erro tad o ju n to a sus m urallas por el cónsul ro m an o L. E scipión el Asiático.

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sur del M ar Negro, el reino del Ponto, crece en territorio e importancia bajo el reinado de Mitrídates V Evergetes, primer rey del Ponto en reconocer la supremacía de Roma, de quien siempre se mostró leal aliado. En su ayuda, el rey del Ponto envió un contingente durante la Tercera Guerra Púnica (146) y la ayudó a tomar posesión del reino de Pérgam o25 que, legado a Roma por Atalo III, muerto sin descendientes directos (133), era reclamado por Aristónico, hijo natural de Eumenes, el padre de Atalo. En el 129, Pérgamo se convierte en la provincia romana de Asia.

En premio a sus servicios, los romanos acordaron ceder al rey del Ponto la Frigia M ayor,26 que también ambicionaba Nicomedes de B itinia;27 pero el senado nunca llegó a ratificar el trato. Esta circunstancia habría de tener consecuencias pos­ teriores; durante años, los reyes del Ponto y de Bitinia recla­ maron la posesión de Frigia. Sin esperar la ratificación del senado romano, Mitrídates V la ocupó, también invadió Capa­ docia 28 compró además la sucesión del último rey de

Paflago-2 5 Pérgam o . . . A ntigua ciudad d e M isia; se levantaba en una colina

aislada en m ed io d e u n an ch o y fértil valle, a u n o s 24 k ilóm etros d e la desem bocadura del C aico. A lcanzó su m ayor esplendor bajo el reinado de E u m en es I I (1 9 7 -1 5 9 ) q uien, leal a R om a en su lucha c o n tra A ntío co d e Siria y Perseo d e M acedonia, extendió las fro n teras de Pérgam o a la m ayor p a rte del Asia M en o r occidental, abarcando a M isia, Lidia, g ra n p arte d e Frigia, Jonia y C aria. T o d o este territorio, salvo la Frigia M ay o r q u e los rom anos cedieron a M itríd ates V del P o n to (cf. infra, n o ta 2 6 ) , constituyó a la m u erte de A talo I I I (1 3 3 a. C .) la provincia rom ana de Asia.

2 6 Frigia M a y o r . . . C om arca del Asia M enor; confinada al no rte con B itinia, al este con C ap ad o cia y L icaonia, al sur con L idia, P anfilia e Isauria y al oeste con M isia, L idia y C aria. Se dividió en dos partes en tiem pos d e D arío: la Frigia M e n o r o del H elesponto, que se extendía a lo largo d e la P ro p ó n tid e h asta las fuentes del Sangario y com prendía la T ró ad e h a sta las fronteras d e M isia, al sur; y la Frigia M ay o r, e n tre el H alys, al este; la L icaonia y la Pisidia, al sur; la C aria y la L idia, al oeste, y la B itinia y la P aflagonia, al n o rte. L a invasión de los galos (2 7 9 ) y el surgim iento d e los reinos de B itinia y d e Pérgam o hicieron perder a los seléucidas la Frigia M e n o r y años después, A ntíoco el G ra n d e tuvo q u e ceder a E u m en es d e Pérgam o la Frigia M ayor, luego de la d erro ta sufrida en M agnesia p o r A ntíoco (cf. no tas 24 y 2 5 ).

2 7 B itin ia . . . País al n o ro este de Asia M enor, e n tre el P o n to E u x in o y la P ro p ó n tid e, al n o rte; la Paflagonia, al este; la Frigia y la G alacia, al sur, y la M isia, al oeste.

28 C apadocia . . . E xtensa región d e Asia M e n o r, co n fin ad a al n o rte

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n ia 29 y ejerció cierto protectorado sobre Galacia.30 Mas en el 121 a. C., cuando estaba en la cúspide de su poderío, veinte años después de haber subido al trono del Ponto, Mitrídates V Evergetes murió asesinado.

En el 120, Mitrídates V I Eupátor, llamado el “Grande”, asciende al trono de su padre. Pronto se vio privado, sin embargo, de los territorios recientemente anexados al Ponto. Roma, quizás porque había visto con temor la expansión del Ponto, permitió que, a la muerte de Mitrídates V, Nicomedes III de Bitinia ocupara la Frigia. Mitrídates guardó eterno rencor a los romanos por este hecho, pero supo medir sus fuerzas y no hizo intento entonces de recobrar el perdido patrimonio. Acudió al llamado de auxilio de las ciudades griegas de Crimea y del Golfo Cim erio31 que no podían por sí solas resistir los embates de las tribus escitas y sármatas de tierra adentro. Mitrídates las liberó de ese peligro y asumió la defensa de toda la costa norte del M ar Negro, lo cual le permitió tener bajo su control el próspero comercio de esa región y disponer de rica zona de reclutamiento.

Así Mitrídates V I Eupátor empleó los primeros años de su reinado en consolidar sus dominios y acrecentar sus recursos, tratando siempre de no entrar en colisión con Roma, lo que no dejaba de ser bien difícil pues para entonces, casi todos los Estados de Asia Menor eran aliados suyos mediante diversos tratados de “sociedad y amistad”. 32 A Roma, por su parte, otros compromisos bélicos la mantenían ocupada en el norte de Africa.33 Pero en el 104, cuando apenas terminada la guerra por el rein o del P o n to ; al este, p o r la gran A rm enia; al sur, p o r C ilicia, y al oeste, por Frigia y p o r G alacia.

2 9 P aflagonia. . . País d e A sia M e n o r, lim itad o al n o rte p o r el P o n to Euxino; al este, por el reino del P o n to ; al sur, por la G alacia, y al oeste p o r la B itinia.

3 0 Gala-cia . . . R egión d e Asia M e n o r, tam b ién llam ada G alo-G recia, que estaba e n tre B itinia y Paflagonia, al n o rte; el P o n to y la C apadocia, al este; L icaonia, al sur, y Frigia, al oeste.

31 G o lfo C im erio . . . E s decir, la L aguna M eótides o M a r d e Azov; era llam ado cim erio por los individuos d é u n p ueblo que largo tiem p o m oró en su m argen oriental.

3 2 “ Sociedad y am istad ” . . . E l p ueblo rom ano d ab a a algunos d e sus aliados el títu lo honorífico d e socii e t am ici p o p u li R o m a n i (cf. n o ta 1 8 ).

38 C om prom isos b é lic o s . . . Á frica . . . La guerra co n tra Y u g u rta de

N u m id ia.

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yugurtina, se aprestaba a defender sus propias fronteras en el norte de Italia, amenazadas por una invasión nórdica,34 M itrí­ dates aprovechó la ocasión para ocupar Galacia y Capadocia. Sin embargo, contra las presiones de los financieros romanos, que ya tenían negocios sustanciosos en la provincia de Asia, el sena­ do no juzgó oportuno ese momento para enfrascarse en nuevas guerras. El rey del Ponto permaneció, pues, tranquilamente en posesión de Capadocia hasta que Nicomedes de Bitinia, que había sido su cómplice en estas agresiones, se apartó de él y elevó una queja ante el senado en contra de Mitrídates.

Libre ya Italia del peligro nórdico con las victorias de C. M ario35 sobre cimbrios y teutones, el senado romano orde­ nó a Mitrídates evacuar Capadocia y apoyar a Ariobarzanes, pretendiente del trono de ese reino. Comisionó a Lucio Corne­

lio Sila,36 enviado a gobernar C ilicia37 como propretor en el

3 4 Invasión nórdica . . . A fines del siglo n a. C . extensas zonas d e E uropa central y o ccidental sufrieron la invasión d e dos tribus nórdicas, los cim brios y los teu to n es, arrojadas d e sus hogares e n Ju tlan d ia y en Frisia por grandes en trad as del m ar.

3 6 X as victorias de C . M ario . . . E n el 101 y 102, resp ectiv am en te. Cayo M ario (1 5 7 -8 6 ) el gran general rom ano, refo rm ad o r del ejército y líd er de los “ p o pulares” . O riu n d o d e C ereate, cerca d e A rpino, ciudad que no hacía m u ch o h ab ía o b ten id o la ciudadanía ro m an a (cf. n o ta 1 8 ), fue trib u n o el 119, p re to r el 115, casó co n Julia, tía de Ju lio César, hacia el 111. E lecto cónsul el 108, venció a Y ugurta d e N u m id ia el 104, gloria, q u e h u b o d e co m p artir, a su pesar, con C ornelio Sila d e quien después sería m o rtal enem igo.

3e L u cio C ornelio Sila . . . (138-78 a. C .) E I fam oso general ro m an o ,

p o r sobrenom bre Félix, po lítico líder d e los o p tim ates y d icta d o r de R o m a; era m iem bro de una em pobrecida ram a d e la fam osa gens patricia d e los C ornelios. C u e s to r el 107, sirvió b ajo las órdenes d e M ario, a q u ien disputó el m érito d e h a b er term in ad o la guerra y u gurtina — Sila c a p tu ró al propio Y ug u rta— ; p re to r el 93; p ro p reto r en C ilicia el 92, co n la m isión de obligar a M itríd ates a devolver C apadocia a A riobarzanes. D e vuelta en R om a el 91, p articip a con éxito en la G uerra S ocial (cf. in fra r n o ta 3 9 ); electo cónsul el 8 8, es com isionado p a ra llevar la guerra a M itríd ates del P o n to — P rim era G uerra M itrid ática — y luego de c u a tro años de victorias sucesivas — A tenas, Q ueronea, O rcom enos— regresa a Italia el 83 para enfrentarse con las arm as a l partido contrario — la facción m arianá— ; se le u n e n algunos jóvenes ilustres, e n tre ellos, C n e o Pom peyo. Luego d e vencer en Italia a sus enem igos, gobierna en R o m a con sangrienta d ictad u ra h asta el 79, en que se retira a P uteoli (h o y P ozzuoli) d o n d e m u ere el 78.

3T Cilicia . . . R egión d e Asia M enor, lim itada al n o rte p o r la C ap ad o cia; al este, por Siria; al sur, p o r el M editerráneo, y al oeste p o r P an filia y Pisidia. E n C ilicia y en C re ta estaban los principales focos d e p iratería.

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96, para que hiciera cumplir estas órdenes del senado. Ya Mario anhelaba esta comisión; el general triunfante, líder de los popu­ lares, hubiera querido medir sus fuerzas con Mitrídates.

En cumplimiento de las órdenes del senado, Sila chocó con algunas tropas de Tigranes, el rey de Arm enia.38 Mitrídates, que en esta ocasión acató lo que Roma disponía, se apresuró a robustecer sus relaciones con Armenia casando a su hija con Tigranes. Con esta alianza, el rey del Ponto aprovechó la siguiente oportunidad que se le presentaba: el estallido de la Guerra Social39 dentro de Italia (91-90). Aliado a su yerno el rey de Armenia, Mitrídates expulsó de Bitinia a Nicomedes IV —sucesor del III— y de Capadocia al recién puesto Ariobar­ zanes. Pero el senado romano pareció, al fin, estar determinado a hacerse obedecer en Asia. Apenas terminaba la Guerra Social, cuándo envió a M ’ Aquilio, un general probado, para que expul­ sase a Mitrídates y a Tigranes de Bitinia y Capadocia y restau­ rase a sus destronados reyes. Mitrídates no ofreció resistencia en un principio; pero hostigado ροτ Nicomedes, a quien Aqui­ lio indujo a cobrar caro al rey del Ponto la invasión sufrida, decidió, de una vez por todas, acabar con los romanos y su imperio en toda el Asia Menor. Al frente de un ejército grande y bien disciplinado, expulsó a Nicomedes y a Aquilio de Bitinia y no detuvo su invasión triunfante hasta tomar posesión de toda la provincia de Asia, cuyas ciudades, con k promesa de quedar exentas de tributos por cinco años, se rindieron al rey del Ponto sin ofrecer resistencia. Salvo Rodas y alguna que otra ciudad de la costa meridional, toda el Asia Menor quedó en poder de

A rm en ia . . . E x ten sa región del Asia occidental, situ ad a en la gran m eseta m ontañosa e n tre el C áucaso, al norte, y las llanuras d e M eso p o ­

tam ia, al sur; está cruzada p o r altas cordilleras — el A rarat, la m o n ta ñ a m ás alta (5 155 m ) es célebre en la historia— , valles con p rofundos lagos sin salida y ríos que descienden en todas direcciones. P o r su a ltitu d y por estar expuesta a los vientos del Asía central, en A rm enia los inviernos son largos y severos. H acia el 74, cu an d o com ienzan las cam pañas de L úculo

(c f. infra, in tro d u c c ió n ), el im perio arm enio extendía su fro n tera n o rte

desde el m ar N egro h a sta el C aspio, bordeando la ladera m eridional del ■Cáucaso, y llegaba por el sureste h a sta el M ed ite rrán eo oriental.

3 9 L a Guerra Social . . . L a llam ad a “ guerra social” o “ italiana” (90-88

A .C . ) , en que u n a confederación d e ciudades italianas que h a b ía n sido .aliadas d e R om a en to d as sus grandes guerras d e conquista, se un iero n en su co n tra cuando ésta les negara, una vez m ás, los m ism os derech o s d e q u e gozaban los ciudadanos rom anos (cf. n o ta 1 8 ).

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Mitrídates en una sola y rápida campaña. Éste, en la euforia, quizás, de tan fácil victoria sobre Roma, ordenó se diese muerte a un mismo tiempo a todos los romanos o italianos que hubiese en la provincia.40 Las “vísperas asiáticas” acabarían por costar muy caras a Mitrídates; pero, por el momento, estos triunfos le hicieron mirar hacia el poniente. Gruzó el mar y llevó la guerra a Roma dentro de la propia Grecia; comienza la Primera Guerra Mitridática, propiamente dicha.

Nuevos conflictos internos impidieron que Sila, el general nombrado por el senado, comenzara la campaña la primavera del 87. No es sino hasta fines de ese año que desembarca en Grecia al mando de cinco legiones; pero al año siguiente, vence a las fuerzas de Mitrídates en dos batallas decisivas —Queronia y Orcomenos—; 41 en el 85, pasa al Asia por el estrecho de los Dardanelos con la ayuda de L. Lúculo, lugarteniente suyo en­ tonces, y hace que Mitrídates acepte la paz de D ardania.42 Coji este tratado, el rey se obligaba a retirar sus fuerzas de todos los territorios ocupados en Asia Menor; a entregar la flota que tenía en el Egeo y a pagar una moderada indemnización. Se le seguiría reconociendo como rey del Ponto y aliado de Roma. En el 84, Sila dejó a Murena al mando de las fuerzas en Asia Menor, y él mismo, luego de permanecer en Grecia algunos meses, pasó con su ejército a Italia, donde gobierno enemigo le esperaba, Sullam in Italiam res p u b lic a ... revocavit (ib., ni, 8).

Mientras Mitrídates se dedicaba a reorganizar el Ponto y a sofocar rebeliones en sus dominios de la costa norte del M ar Negro, Murena ocupó la provincia de Asia sin encontrar opo­ sición e impuso el castigo que Sila había determinado para

4 0 O rdenó se diese m u e rte . . . e n la provincia . . . "T o d o s los asiáticos asesinaron a los ro m an o s a u n a indicación d e M itríd ates; so lam en te los de T ralles no m ata ro n a n in g u n o ellos m ismos, sino c o n tra ta ro n a u n tal T eófilo, u n p a fla g o n io . . . ” (D . C asio, op. cit. x x x i, 1 0 1 ).

4 1 Q ueronea y O rco m en o s . . . Q u ero n ea (h o y C a p re n a ), ciudad de

Beocia, en G recia, situ ad a a orillas del C éfiro y célebre en la historia p o r las batallas fam osas a las cuales d io n o m b re. O rcom enos, ciudad d e I3

Arcadia^, al este y lig eram en te al sur d e M a n tin e a y T egea.

4? D a r d a n ia .. . C iu d ad d e la región d e igual n om bre, cerca de la a n ti­ gua T roya y del estrech o d e los D ardanelos (H e le s p o n to ); conocida en la historia precisam en te p o rq u e fue d o n d e Sila firm ó con M itríd a tes el tra ta d o d e paz q u e p u so fin a la P rim era G uerra M itrid á tic a (84 a . C . ) .

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las ciudades que habían tomado parte en las “vísperas asiáti­ cas” : pagarían a Roma 20,000 talentos por indemnización de guerra y los tributos atrasados de los cinco años que habían estado en poder de Mitrídates. Además, estas ciudades perdían las libertades municipales de que aún gozaran y quedaban suje­ tas al pago de impuestos regulares que serían exigidos y cobra­ dos por los publicanos.

Enseguida, Murena penetró en el Ponto y en Capadocia con el pretexto de que Mitrídates se estaba armando nuevamente para llevar la guerra a Roma. El rey venció a Murena que hubo de refugiarse en Frigia, y protestó ante Sila por la agre­ sión sufrida. Murena fue llamado a Roma —Murenam (in Italiam) Sullam revocavit (ib., in, 9 ). Y así dio fin la que se conoce como Segunda Guerra Mitridática.

Libre ya de los ataques de Murena, Mitrídates recobró el dominio de las costas del Bósforo cimerio y envió embajadores a Roma para que procurasen del senado la ratificación del tra­ tado de Dardania. Cuando llegaron a Roma, había muerto Sila; el senado no se ocupó de ratificar ese tratado. Así, las relativamente buenas relaciones del rey del Ponto con la repú­ blica romana, terminaron a la muerte de Sila.

Mitrídates se preparó para una contienda con Roma. Para ella, además de tener a Tigranes por aliado, contaba con Cili­ cia, en cuyas costas se guarecían los piratas, más fuertes cada vez. Algo más lejos, los agentes del rey incitaban a la rebelión a las tribus de la frontera norte de Macedonia, y en el otro extremo del Mediterráneo, los enviados del rey buscaban alian­ zas, en España, con Sertorio43 que largos años hacía ya que tenía en jaque a un general romano tras otro. En ambos extre­ mos del imperio, la guerra amenazaba a los romanos, . . . vos ancipiti contentione districti dé imperio dimicaretis (ib., iv, 9).

4 3 Sertorio . . . Q . Sertorio, valien te cap itán adicto a C . M ario; h u b o

d e h u ir a E sp añ a cu an d o la facción m arian a fue d erro tad a p o r L ucio Sila en el 90 a. C . E n E sp añ a, Sertorio organizó en tre los lusitanos y otras trib u s d e la península u n a rebelión q u e m an tu v o en jaque m u ch o s años a los sucesivos generales ro m an o s q u e llegaban para com batirlo. A través d e los piratas, S erto ria hizo c o n tra to con M itríd ates q u e le envió a L. M agio y a L. F a n n io , desertores del ejército d e M ario q u e servían en el suyo, p ara q u e negociasen u n a alianza. C o m o resultado d e este trato , S ertorio recibió apoyo económ ico y naval d e M itrídates.

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En efecto, en ambos extremos a la vez, la guerra parecía inevi­ table; pero en Roma, muerto Sila, aún reinaba l'a confusión creada por las luchas sangrientas entre los populares y los opti­ mates. Mientras, Mitrídates se armaba y aprestaba para enfren­ tarse abierta y decididamente a Roma. En el 74, la muerte de Nicomedes IV de Bitinia agrava la situación. Nicomedes muere sin dejar herederos, y Roma, basada en un supuesto testamento en favor suyo, reclama para sí este reino y lo hace su provincia. Con Bitinia en su poder, los romanos controlarían los Darda- nelos y el Bosforo. Mitrídates perdía el libre tránsito del M ar Negro al Egeo; decide invadir a Bitinia y la toma sin encon­ trar oposición alguna. Aurelio¡ Cota, el recién nombrado gober­ nador de esa provincia, uno de los cónsules del 74, no tuvo tiempo de preparar la resistencia y aun estuvo a punto de caer en manos del rey; pero de ese peligro lo salvó L. Licinio Lúculo, el otro cónsul de ese año.

Lúculo, que conocía bien la región porque ya había partici­ pado en la Primera Guerra Mitridática como lugarteniente de Sila, había logrado que el senado lo nombrase comandante en jefe de las fuerzas de Asia y de Cilicia. Durante siete años combatió a Mitrídates en largas y durísimas campañas.

En el 73, Lúculo logró aniquilar al ejército del rey, quien estuvo a punto de encontrar la muerte; pero logró escapar de la persecución de los jinetes romanos dejando tras de sí parte de sus tesoros —Mithridates fugiens maximam vim auri atque argenti. .. in Ponto om nem reliquit (i b ix, 22)— que aquéllos se detuvieron a recoger. Y así, abandonando su reino, buscó refugio en el de Tigranes, quien lo “recogió. . . reanimó. . . alentó. . . recobró”. Mientras tanto, Lúculo sometió a la Arme­ nia Menor, capturó a Sínope y Amiso—. . . 44 quibus in oppidis erant domicilia regis. . . (ib., vii, 21 )— y para el año 70, cuando daba por terminada la conquista del Ponto, tuvo que regresar a la provincia de Asia donde una grave crisis económica exigía su presencia. Las ciudades de Asia se habían declarado en bancarrota. Condenadas por Sila en el 84 a pagar los 20,000

4 4 Sínope y A m iso . . . Sínope, ciudad d e P aflagonia (c f. n o ta 29) en la costa del P o n to E uxino, a unos 180 kilóm etros al oeste de A m iso. É sta, ciudad d e P o n to , situada en u n golfo del E uxino, fu e o cu p ad a p or M itríd ates, quien hizo d e ella u n a d e sus residencias favoritas.

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talentos de indemnización de guerra, habían tenido que aceptar de los financieros romanos un préstamo a un alto interés compuesto. Como no habían podido pagar de inmediato, el adeudo sumaba ya 120,000 talentos.

Lúoulo intervino reduciendo el adeudo total a 40,000 talen­ tos que se pagarían en varios plazos. Este arreglo ganó a Lúculo la gratitud de las ciudades de Asia, que incluso establecieron festividades especiales en su honor; pero también le ganó el resentimiento y la desconfianza de los financieros romanos que hicieron cuanto estuvo de su parte por socavar el prestigio de Lúculo para que se le sustituyera en el mando de las operacio­ nes militares y el gobierno de Asia Menor.

Hacia fines del año 70, pues, toda el Asia M enor estaba bajo el control de las armas romanas. Lúculo, sin embargo, no creía terminada la guerra mientras el rey del Ponto no fuese captu­ rado o muerto. Decidió pedir al rey de Armenia que le fuera entregado. Tigranes no accedió a la petición de Lúculo; en el 69, éste cruzó el río Eufrates y marchó sobre Armenia.

Esta expedición de Lúculo era doblemente arriesgada. Por una parte, la hacía sin haber consultado ni haber obtenido la consiguiente aprobación del senado; por otra, emprendía una campaña en terreno desconocido para los romanos y de difícil tránsito con un ejército de 16 000 soldados fatigados y poco deseosos de alejarse tanto, bajo las órdenes de un general exi­ gente y a quien intuían ya caído en desgracia. Con todo, Tigra­ nes fue tomado por sorpresa y destruido el ejército que envió para detener a Lúculo, quien siguió a Tigranocerta, la capturó e instaló allí sus cuarteles de invierno.

Hasta entonces, Lúculo había vencido una y otra vez; pero a partir de ese momento, ya entrado el 68, sus tropas, a quienes impuso largas marchas siguiendo a Mitrídates y a Tigranes que se retiraban hacia A rtaxata,45 temerosas de irse adentrando más y más en esas tierras jamás pisadas antes por romanos, can­ sadas del duro camino y de las inclemencias del temprano otoño en el altiplano armenio, se negaron a seguir adelante —Noster autem exercitus, tametsi urbem ex Tigrani regno c e p era t... longinquitate locorum . . . commovebatur (ib., ix, 23).

4 5 A r ta x a ta . . . C a p ita l d e la G ra n A rm enia, a orillas del río Aiaxe.

T o m ó n o m b re del rey A rdaques, su fundador.

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Todavía Lúculo supo sacar partido de esa situación. Cam ­ bió el rumbo de su marcha hacia Mesopotamia, llegó a Nisi- b is,46 la tomó e instaló allí sus cuarteles de invierno sin que su ejército hubiese sufrido baja alguna.

El año 67 la fortuna fue aún más adversa a Lúculo. Ya había perdido en Roma todo el apoyo necesario; no solamente no se le había confirmado en el mando general del Asia, sino que ya se habían enviado otros generales a que lo sustituyeran en los distintos frentes de la zona. Se había expuesto a severas críticas al haber llevado la guerra a Tigranes sin la autorización del senado, y el arreglo financiero a que había llegado con las ciu­ dades de Asia había puesto en su contra a la clase de los équi­ tés. Ya en el 69 le habían quitado el gobierno de la provincia de Asia; en el 68, el de Cilicia; le quedaban tan sólo ©1 de Bitinia, vecina al Ponto, y el mando de las tropas. Ese año de 67, Gabinio, tribuno de la plebe, consiguió para Pompeyo con poderes extraordinarios la comisión de combatir a los pira­ tas en todo el mar Mediterráneo. La concentración en manos de Pompeyo de todas las tropas disponibles para su empresa marítima, hacía imposible de cualquier modo que se enviara a Lúculo refuerzo alguno; peor aún, el propio Gabinio propuso y logró que se quitara a Lúculo el gobierno de Bitinia. Hubo de entregar a M ’ Acilio Glabrio las pocas fuerzas que le restaban.

Sin resignarse a perder lo ganado en tantos años de Hucha contra Mitrídates y Tigranes, Lúculo hizo todavía un último intento: salió de Nisibis hacia el Ponto para cortar la comunica­ ción entre el Ponto y Armenia; pero a los pocos soldados que aún tenía consigo, llegó la noticia de que tenían autorización para pedir su relevo. Lo exigieron y fueron dejando solo a Lúculo —. . . qui tamen aliqua ex parte iis incommodis mederi fortasse potuisset. . . partem militum qui iam stipendis confectis dimisit, partem M ’ Glabrioni tradidit (ib., ix, 26). Quedaba libre el campo a Cneo Pompeyo.

A comienzos del 66, el tribuno C. Manilio presentó ante la asamblea tribal la proposición de ley que investiría a Pompeyo

4 0 N is ib is . . . A n tig u a ciu d a d y fortaleza del n o rte d e M eso p o tam ia,

cerca del lugar d o n d e el M igdonio deja las m o n ta ñ a s p o r u n e strech o desfiladero.

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de poderes amplísimos para combatir en Asia a todos los enemi­ gos de Roma. Esta ley, a favor de la cual Cicerón habló en los rostros por primera vez, fue aprobada contra la volun­ tad de los optimates. En la primavera de ese año, Pompeyo, que luego de vencer a los piratas invernaba en Cilicia con Ja mayor parte de su ejército —u t in iis ipsis locis adsit, u t habeat exercitus... (ib., xvii, 50)— recibió la noticia de su nuevo cargo con aparentes muestras de fastidio.47 Pero partió hacia el Halys,48 suplantó a Lúculo y le envió a Roma de inmediato.

II. Estructura del discurso49

Cicerón escribió varios libros sobre el tema de la oratoria en general o del orador —sus características, su formación, su práctica— en particular. Estos tratados, ensayos o diatribas, salvo lo que él mismo consideró después como poco menos que pecados de juventud,50 fueron escritos cuando su fama y prestigio de orador y su posición política, incluso, estaban ya perfectamente establecidos. Son, pues, trabajos fundados en su propia experiencia, resultado de toda una vida dedicada a la práctica y al estudio, a la acción pública y a la reflexión privada.

4’ R ecib ió el nuevo cargo co n . . . fastidio . . . P lu tarc o (op. c it., x x x 6) p o n e esta exclam ación e n boca d e P om peyo: “ ¡P or Zeus, m is in te r­ m inables luchas! |C ó m o sería p referible ser u n o de esos oscuros m ortales, si n unca quedaré libre d el servicio m ilitar n i de la envidia, n i escaparé hacia el cam po a residir con m i m ujer!” (cf. n o ta 7 ) .

4 8 H alys . . . E l río m ás considerable d e Asia M en o r. D esagua en el P o n to E uxino po r el golfo d e Am iso (c f. n o ta 4 4 ) ; después d e regar la C apadocia y la G alacia, separaba el P o n to d e la P aflagonia.

4 9 E structura del d isc u rso . . . E l análisis d e este discurso desde el p u n ­ to d e vista retórico, en m o d o alg u n o p re te n d e ser exhaustivo. P o r el contrario, so lam en te in te n té h acer n o tar, ta n to en lo q u e concierne a la invención y disposición co m o en lo q u e toca a la elocución, aquello que m e pareció m ás relevante. Así, p o r ejem plo, en la p rim era p a rte d el dis­ curso, indico los periodos sin m en c io n ar las figuras o tro p o s q u e o curren, n a tu ra lm e ate ; y en otras p a rte s señalo tropos o figuras sin indicar d ó n d e com ienzan o term in an los periodos, y así sucesivam ente.

bo Pecados de j u v e n tu d . . . E n D e O ratore i, n , 5, C icerón se refiere a los trabajos sobre o rato ria escritos en su juventud com o “ incom pletos y rudos, apenas dignos de esta edad — tenía unos 5 5 años cuando escribió e l D e O ratore— y d e la experiencia adquirida en ta n ta s causas" — c o m ­

m entariolis nostris incohata e t r u d ia . . . consecuti sum us.

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Es indudable que Cicerón poseía una aguda sensibilidad de orador que le permitía calibrar los sentimientos y las reaccio­ nes de su auditorio, para acomodar las palabras y el tono y el estilo del discurso a la situación concreta del momento; sin embargo, también es indudable que, si bien las circunstancias pudieran mostrarle cuál fuera el mejor modo de dirigirse a quie­ nes le oían y, acaso, de alterar por ello su proyecto de discurso, esto le era posible porque la estructura del mismo estaba en el sustrato de cualquier eventual improvisación.

Así pues, dado que el discurso Pro Lege Manilia fuera dicho unos once años antes que Cicerón tratase sobre retórica en los trabajos que él mismo considerara el fruto de su edad madura, he tratado de analizar este discurso tomando como base pre­ ferentemente los conceptos retóricos expresados por el propio Cicerón en aquel su primer “tratadillo”. 51 Después de todo, puesto que resumía en él sus estudios previos sobre la materia, es donde pudo haber fundado aquella práctica suya con que él mismo enriqueció esos estudios que después trató de sistema­ tizar en De Oratore, “para que conozcas (hermano Quinto) qué sintieran acerca de toda la razón del decir los varones más elocuentes y más claros de todos”. 52

Cabe notar ahora, que unos veinte años después de haber pronunciado su discurso en defensa de la Ley de Manilio, Cice­ rón consideró este discurso como ejemplo de un determinado estilo.

En efecto, para describir al orador ideal, que en realidad “. . . no existía, jamás había existido o existiría”, 53 dice que “. . . será elocuente, pues, quien pueda hablar de lo pequeño con sencillez; de lo moderado, con templanza; de lo magno, con gra­ vedad”; 64 busca enseguida entre sus propios discursos alguno que ilustre cómo hablar con propiedad de lo pequeño, de lo

mo-51 “T ratad illo ” . . . D e In v en tio n e , q u e C icerón calificó d e c o m m e n ta ­

riolis (cf. n o ta 5 0 ).

52 “ Q u é . . . m ás claros d e todos” . . . C f . D e O rat, i, n, 4 , u t cognoscas

quae viri o m n iu m eloquentissim i clarissimique senserint d e o m n i rationi dicendi.

B3 " . . . n o existía . . . existía” . . . C f Orator, 101, N e m o is, inquies,

u n q u a m fu it. N e fuerit.

54 “ . . . s e r á e l o c u e n t e . . . gravedad” . . . C f. ib . 100, Is e st e n im q ui

e t hum ilia su b tiliter e t alta graviter e t m ediocria tem p era te p o tes t dicere.

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derado y de lo magno. E n defensa de Cecina, sería un ejemplo de cómo hablar de un asunto de pequeña importancia; E n defen­ sa de Rabirio, ilustraría el estilo que convenía cuando se tratase de un tema de importancia suma, y cuando se hubiere de hablar de algo de importancia moderada, convendría hacerlo con la templanza que habló cuando “. . . Pompeyo debió ser honra­ do; con templado discurso procuré el acopio de adornos retó­ ricos.” 63

Así, aunque siempre pusiera Cicerón mucho cuidado en sus· discursos, de acuerdo con la materia de que tratasen —ya en el momento de defender la Ley Manilia tenía bien ganada fama de abogado in privatorum periculis— sin duda convendría al recién electo pretor primero triunfar como orador en la defen­ sa de una causa pública. Por ello, seguramente, eligió muy bien las palabras, el tono y el estilo con que hablaría en esta ocasión, la primera en que se dirigiría a los quirites desde los rostra. Procuró, entonces, ser “sutil para probar, modesto para deleitar, vehemente para persuadir”. 56 Veamos, pues, hasta qué punto y con qué “acopio de adornos retóricos” lograra el efecto buscado en esta composición ejemplar.

En primer lugar, se observan en Pro Lege Manilia los dost géneros57 más frecuentes en una composición: el deliberativo, que aconseja o disuade, y el demostrativo o epidictico, que alaba o vitupera. Luego, en cuanto a la división de la materia del discurso, se trata de una causa de estado conjetural08 —la

5 6 “ . . . P om peyo . . . adornos retóricos” . . . C f. ib., 102, F u it ornandus

in M anilia lege P o m p e iu s: tem p era te oratione a m a n d i copiam persecuti sum us.

6 6 “ S u t i l . . . p ersuadir” . . . C f. ib., 102, S ed quo o fficia oratoris to t su n t

genera dicendi: subtile in probando, m o d ic u m in delectando, v e h e m e n s in flectendo.

5 7 G é n e r o s . . . Según la m ate ria “del discurso y ten ien d o com o base la relación del objeto del discurso con el a uditorio, se o b tien e la división en los tres géneros aristotélicos: judicial, deliberativo y d em ostrativo. A risto­

teles, a u t e m . . . tribus in generibus reru m versari rhetoris o ffic iu m p u ta v it d em onstrativo, deliberativo, iudicali (D e inv. i, v, 7 ) cf. A ristóteles, R etórica, i, n i, 1. T a m b ién , cf. C ic. D e O rat, m , x x v m , 109.

5 8 E stado c o n je tu ra l. . . E l estad o ( βτάβίς ) d e una causa es la p rim era cuestión q u e surge a la vista de las declaraciones co n tradictorias d e las dos p artes relativas a la esencia de esa causa. C icerón (D e In v . i, v m ,

1 0) traduce el térm in o griego p o r “ c o n stitu c ió n ” : eam ig itu r q u a estionem

ex qua causa nascitur c o n stitu tio n e m appellam us. Según el estado o

(26)

cuestión resulta de si se debe o no debe dar todo el mando a Pompeyo para la guerra contra Mitrídates— y en cuanto al grado de concreción del género, se trata de una cuestión fini­ ta o determinada 59 —se limita a las circunstancias particulares de Pompeyo y supone ya la cuestión universal] o infinita—; es decir, de acuerdo con el orador, la duda está no en si se debe llevar la guerra contra Mitrídates, sino en si la llevará Pompe­ yo. Aquélla es la tesis;60 ésta, la hipótesis.

Por último, si bien “de acuerdo con el plan dictado por la misma naturaleza”, 61 el discurso tendría cuatro partes princi­ pales, siguiendo el plan prescrito por Cicerón, 62 se dividirá este discurso, para su análisis, en seis partes: exordio, narración, divi­ sión, confirmación, refutación y epílogo.

titu ció n , pues, una causa p u e d e ser conjetural, cualitativa, definitiva o translativa. E n el género deliberativo se p resentan g en era lm en te los c u atro estados. E l sta iu s coniecturae tien e la m isión de com probar los hechos.

60 F in ita o determ inada . . . Según el grado de concreción, u n a cuestión puede ser in fin ita o finita. “H a y dos géneros principales d e cuestiones sobre las cuales versa la elocuencia, uno infinito, o tro cierto” — dúo p rim a

genera qu a estio n u m . . . u n u m in fin itu m , alterum certu m (D e Orat, i i, X , 41). In fin ita es u n a causa e n la que se tra ta u n a cuestión o tesis g en e­ ral; finita, d e term in ad a (cierta), aquella en que se tra ta n personas o h ech o s concretos o definidos.

60 T e s is . . . La cuestión in fin ita (ab stracta, general, teórica); hipótesis: la cuestión fin ita (co n creta, individual, p rá c tic a ), . . . — haec ig itu r quaestio

a propriis peí sonis e t tem p o rib u s ad universi generis o rationem ti a ducía appelatur θέβις ( O rator χ ιν , 4 6 ) (cf. n o ta 5 8 ).

61 “ D e acuerdo con . . . la m ism a n atu raleza” . . . Cf . J. G ó m e z H erm o- silla, EL arte de hablar, “ Reglas generales d e la o rato ria ” .

6 2 P o r C ic e r ó n . . . E n D e inv. (i, x iv , 19) E ae partes sex esse o m n in o

nobis videtur: exordium , narratio, partitio, confirm atio, reprehensio, c o n ­ clusio.

(27)

E X O R D IO (1-3)

Exordium est oratio animum auditoris idonee comparans ad reliquam dictionem; quod eveniet si eum benivolum, attentum , docilem confecerit.

De inv., i, xv, 20 63 El orador se felicita de que sean precisamente los méritos de Pompeyo el tema de su primer discurso desde una tribuna pública. Pero antes, en dos periodos04 largos, cadenciosos, y perfectamente balanceados, explica por qué hasta el momento nunca había hablado en ese lugar, para él tan distinguido. Refi­ riéndose a su talento, con grandísima modestia se dirige con mucho respeto a los quirites, para tratar de ganar la voluntad de quienes le oyen. Cicerón divide el exordio en dos partes: principio e insinuación. 65

Se dice que el exordio justo o legítimo debe tomar en cuenta el carácter de las personas a quienes se va a dirigir y después el género de la causa que se va a tratar para que, según la natu­ raleza de la misma, ponga el orador el ánimo de quienes le oyen en condición favorable para recibir el resto del discurso y mere­ cer su atención, y ganar su simpatía; y finalmente, que debe procurar no caer en ninguno de los siete vicios; es decir, el exor­ dio no debe 66 ser vulgar, común, conmutable, largo, separado del discurso, trasladado ni contra los preceptos.

63 E xordio . . . “ E l exordio es la oración q u e prepara d e m an era idónea

el ánim o del oyente para la re stan te exposición d e la causa; lo cual sucederá si le h ace benévolo, a te n to , d ócil.”

m Periodos . . . “Al que los griegos dicen periodo (πεσίοδον), nosotros

á m b ito o circuito o com prensión o con tin u ació n o circunscripción” ( O rator Lxi, 204); es u n a cláusula com p u esta; es decir, que c o n tie n e dos o m ás ora­ ciones principales, y en la cual éstas están ín tim am e n te unidas p o r m edio de conjunciones expresas, relativos o gerundios, d e tal su erte que el sentido conceptual d e la cláusula n o se c om pleta o cierra si fa lta alguna d e las ora­ ciones q u e la co m p o n en (cf. infra n o ta 6 7 ) .

8 5 “E l exordio se d iv id e . . . ” . . . E xo rd iu m in duas partes dividitur: in

p rin cip iu m e t in sin u a tio n em (D e inv. xv, 20).

66 E l exordio . . . contra los preceptos . . . V itia vero haec s tin t certis­

sim a exordiorum quae su m m o p ere vitare oportebit: vulgare, c o m m u n e , c o m ­ m utabile, longum , separatum , translatum , contra praecepta (ib. x v in , 2 6 ).

(28)

Comienza este exordio, pues, con un periodo pleno, si bien no tiene más que dos miembros;67 el primero, quamquam m i h i ... quirites (“aunque a m í . . . quirites” ), que constituye la prótasis o antecedente, es grato al oído por la profusión de sílabas largas y ausencia de erres y otras consonantes áspe­ ras; y lleva suavemente hasta el comienzo del segundo miembro, la apódosis o consecuente, unido al primero por la partícula tamen. Gracias a las proposiciones incidentes,68 hic autem locus. . . ornatissimum (“más aún este lu g ar... distinguidísi­ mo” ), en la prótasis y qui sem per. . . patuit (“que siempre . . . se ha abierto” ), y ab ineunte aetate susceptae (“desde la prin­ cipiante edad tomadas” ), en la apódosis, el periodo es numeroso o pleno;69 pero, sin estas proposiciones quedaría desnudo, reducido a la mera proposición lógica, y perdería la musicalidad con que el orador quiere envolver a su auditorio. Ahora, para conciliar su benevolencia, empieza por hablar con humildad acerca de sí mismo y con grandísimo respeto hacia quienes le escuchan —insinuación—, es decir, por el primero de los cuatro lugares 70 de donde puede adquirirla. Tenemos aquí un periodo de tres miembros: el primero, desde nam c u m . . . auderem ( “pues c o m o ... osara” ); el segundo, desde statuerem que. . . oportere (“y d e te rm in a ra ... convenía” ) y el tercero, desde omne . . . putavi (“pensé que todo . . . ” ). Tanto el primer perio­ do como el segundo terminan con las palabras prohibuerunt y transmittendum putavi, suficientemente largas para marcar el fin de cada uno y dar una pausa a orador y oyentes, quienes en

e7 M iem b ro s . . . E l m iem bro es una p a rte del periodo que n o acaba to d o el sentido, sino que lo deja suspenso. E l inciso es p arte del m iem bro. E l periodo com p u esto tie n e dos m iem bros p o r lo m enos, en los cuales se h an d e en co n trar, p o r fuerza, el an teced e n te o p rótasis y el c o n secu en te o apódosis, no necesariam ente en este orden. “ C o n sta este á m b ito [periodo] . . . de cu atro p artes aproxim adam ente, las cuales decim os m iem bros”

(O rator, l x v i, 2 2 1 ) (cf. n o ta 6 4 ) .

6 8 Proposiciones (u oraciones) incidentes . . . L as q u e n o son ind isp en ­ sables para el sentido.

6 9 N u m ero so o plen o . . . E s decir, q u e n o está reducido a su proposi­ ción lógica.

7 0 L u g a r e s. . . H a y cuatro lugares o fórm ulas d e d onde p u e d e adquirirse la benevolencia d e quienes oyen — prim er objetivo del exordio— : de n u e s­ tra persona, de la de los adversarios, de la d e los jueces, de la causa — B eni-

volentia q u a ttu o r ex locis com paratur: ab nostiti, ab adversariorum , ab iudi- cu m persona, a causa (D e inv. x v , 22).

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