LA DECADENCIA DE LA
CONTEMPLACIÓN
Daniela Andrea Guzmán Urrego
LA DECADENCIA DE LA CONTEMPLACIÓN
Daniela Andrea Guzmán Urrego
Trabajo de grado para optar por el titulo de Maestro(a) en Artes Visuales con énfasis en expresión Audiovisual
Asesores: Mónica Marcell Romero Sánchez Gabriel Silva Rubio
Pontificia Universidad Javeriana Facultad de Artes Bogotá, Colombia
2021
A mis padres, Lemuel y Gladys, por su amor y apoyo, aun cuando no entendían que hacia o porque lo hacia, por ser incondicionales y acompañarme en cada uno de mis
días, por sus esfuerzos y cuidados.
A mi hermano Einer, por siempre estar para mi, ser mi ejemplo, ayuda, mi respaldo en todo y por siempre creer
en mi.
A mi familia, por ser mi lugar seguro.
A mis asesores Mónica y Gabriel por siempre estar dis- puestos a ayudarme, aterrizar mis ideas y espantar mis
dilemas mentales.
A mis amigos quienes están presentes en este texto y a quienes han acompañado mi caminar por la tierra.
INDICE
EL DECLIVE
TIEmposfrEnéTICosyDETEnCIonEs
ImposIbILIDaDEsConTEmpLaTIVas
moDErnIDaD, oCIoymEmorIa
La ConTEmpLaCIÓn para no oLVIDar
DETEnCIonEs
pararECorDar
La ConTEmpLaCIÓn Como mECanIsmo DE sUpErVIVEnCIa
InICIossInsEnTIDo
mULTIVErsosmEnTaLEs
mEmorIas ConTEmpLaTIVas
nEbULa
ELhUmorEVELaDor
DEspUésDEUnaETErnIDaDVoLVíaVErporprImEraVEz
a VEInTECEnTímETros
HACERES CONTEMPLATIVOS
rEfErEnTEs y bIbLIoGrafía
Este escrito terminó siendo un relato de mis modos de ver, las maneras en que vivo y las razones por las cua- les permanezco aquí, de mis raíces, mis miedos y mis pulsiones. Doy cuenta de métodos y herramientas que he trabajado para congelar, capturar e inmortalizar, lo efímero e ir en contra del tiempo imparable y el olvi- do inminente, como posibilidad de seguir respirando/
existiendo.
B REVE
R ECORRIDO
En el primer capítulo y sus micro capítulos trato desde un punto de vista cuasi his- tórico, investigativo, macro, a lo que me refiero con el título, la contemplación y sus estados, sus mutaciones, dando un breve recorrido desde los tiempos antiguos hasta nuestra modernidad escurridiza.
En el segundo capítulo hablo a cerca de los tipos de mirada, los estados por los cuales pasamos para lograr llegar a hacer una me-
moria o un recuerdo real, complejo y que trascienda, dando una visión personal des-
de mis miedos y las razones por las cuales estos intentos de congelación de memorias tienen trascendencia en mi vida.
En el tercer capítulo me centro en los mo- dos de ver, como han mutado y evoluciona- do, sobre como nos adaptamos, crecemos y solemos tomar decisiones para nuestro propio bien, para asegurarnos estabilidad, seguridad, recurrimos a la búsqueda de herramientas y mecanismos para intentar
hallar sentido. Una crítica de la actualidad y como vivimos y un intento de reivindicación a la Vita contemplativa.
En el cuarto capítulo, una recopilación de relatos, recuerdos guardados, memorias hechas, personas, lugares, momentos de observación y contemplación, desde no solamente lo visible y tangible, sino desde las sensaciones, emociones y lo recopilado por mis sentidos, hechos reales con algunas ficciones entremezcladas.
En el quinto capítulo, un breve recorrido por mis haceres, intentos de retener, de- tenerme y contemplar, los mecanismos y herramientas qué han estado presentes en mi trabajo y los constantes acercamientos y reflexiones sobre las prácticas a las qué he recurrido para evidenciar mi interés.
EL DECLIVE
Desde un punto de vista cuasi histórico, investigativo y macro, parto desde, la contemplación, sus estados y sus mutaciones, presento un breve recorrido desde los tiempos antiguos hasta nuestra modernidad escurridi- za. Entremezclando relatos mentales y fragmentos de escritos de otros momentos, un ir y venir entre un tono algo mas ajeno quizá distante y mi tono cambiante, re-
flexivo y a veces ensimismado.
Desde hace mucho tiempo la contemplación y la vida en activa han es- tado en continuo estudio y enfrentamiento, los dos han formado parte del ser humano, “La vida se divide en dos terrenos, en la falta del ocio (a-skholia) y en el ocio (skhole), es decir la falta de tranquilidad y la tran- quilidad” (Aristóteles, Política, 1333a.)
La especie humana siempre ha tenido interrogantes acerca de cómo vivir una buena y plena vida. Han surgido distintas conclusiones y fórmulas para lograr tener éxito o llegar a ser alguien relevante. Se tiene en mente que cada segundo del día debe estar lleno de actividades, productivas, eficaces y prácticas con buenos resultados. Se busca estar en constan- te movimiento. En palabras de Byung-Chul Han (2009), “Las prisas, el ajetreo, la inquietud, los nervios y una angustia di- fusa caracterizan la vida actual” ( p. 53).
Las formas de vida han mutado, la manera en la que vemos el mundo es diferente y cada día esto se complica por distintas prácticas, haciendo que todo sea más corto y más rápido, logrando a diario hacer más cosas, “la gente se apremia de un acontecimiento a otro, de una informa- ción a otra, de una imagen a otra” (Han, p.53)
La vida actual está llena de compro- misos que cumplir, reuniones que atender, tareas que completar, cosas por aprender, detenerse no es una opción.
A mayor ocupación ma- yor productividad. Se nos enseña a ser multi- tareas desde pequeños, a ser capaces de mane- jar la existencia y este ritmo frenético lleno de chispas y luces que par- padean, llenándonos de alertas y notificaciones para que no nos perda- mos nada importante.
Tiempos frenéticos y detenciones
“Quien intenta vivir con más rapidez, tam- bién acaba muriendo más rápido” (Han, p.57)
Los tiempos presentes defienden la aceleración, la optimi- zación, la velocidad, el movimiento, la actividad constante y continua, el consumo y la producción acelerada, como me- canismos y herramientas de supervivencia en la sociedad.
Se crea así una necesidad de estar corriendo, tratando de hacer alcanzar el tiempo, suprimiendo la demora, y con la sensación de que todo se escapa de nuestras manos. Las horas se esfuman, a mayor velocidad mayores vivencias, pero esto solo genera una sensación angustiante.
El tiempo pasa mucho más rápido, los días se hacen cortos, aun cuando sigan teniendo la misma duración. Los meses no tienen menos días y mucho menos los años tienen menos meses-
El tiempo no ha cambiado, sigue corriendo a su ritmo, conti- núa existiendo de la misma manera. Lo que ha cambiado es la mente humana y la creciente incapacidad de demorarse.
Nació el temor a detenerse. Si lo hacemos, perdemos el tiempo, o algo valioso que no podremos recuperar; por eso hay que aprovechar al máximo el tiempo sin parar.
No hay momento para detenimientos reales. Se crearon las pausas activas como interrupciones en las cuales no hay cal- ma o sosiego; sino que se cambia de actividad. No hay lugar para la quietud sin que esta se vea cómo algo malo e inde- bido, estamos en “una vida a toda velocidad, sin perdurabi- lidad ni lentitud, marcada por vivencias fugaces, repentinas y pasajeras” (Han, p. 57)
Abarrotamos nuestros días con cuantas cosas se nos ocu- rran. Hacemos listado de asuntos que atender. Nos senti- mos completos cuando al final del día cumplimos la cuota impuesta y nos sentimos mal cuando no rendimos lo sufi- ciente.
Repasamos mentalmente el día que pasó, lo que pudimos haber hecho de otra manera y cómo podría hacerse más rá- pido para ser más eficientes. Aún cuando debemos descan- sar, la mente está tan activa que es incapaz de desacelerar.
Aparece el insomnio como remanente de la actividad diaria, que no permite bajar fácilmente el ritmo en la noche.
Este es un ciclo sin fin que se repite a diario y se ha norma- lizado. Es común que vivamos a un ritmo frenético y electri- zante. Cuando algo se sale del ritmo que llevamos, se crea un desequilibrio mental y emocional.
Nuestras vidas giran en torno a las responsabilidades. A una vita activa (Arendt, p. 21) que está ligada al trabajo, como aparente salvador y dador de significado y propósito. No
estoy diciendo que el trabajo en sí sea malo, pero todo cam- bió cuando se le otorgó ese lugar privilegiado en la vida.
Al pasar de ser trabajar para vivir y convertirse en vivir para trabajar, las ocupaciones se apoderaron de la primera posi- ción en la pirámide de prioridades de la mayoría de los seres humanos.
Nos educan para ser trabajadores incansables e insaciables por conseguir más. Al darle tanto poder al trabajo, la vida cambia y los modos de vivir también. Se redujo a los seres humanos a un animal laborans, siendo solo piezas de un en- granaje y convertidos en contenedores de fluidos caminan- tes, presas del aburrimiento y de la falta de sentido.
Imposibilidades contemplativas
No sé cómo pretendo hablar de contem- plación y de la importancia de volver a la mirada original, a la mirada atenta, a la mirada curiosa y con ansias de ver más allá si yo no lo hago. En este momento no lo hago, no puedo detenerme, tengo tanto en la cabeza que es imposible contemplar cómo se debe algún objeto. No puedo simplemente apretar un botón y limpiar mis pensamientos para que se centren en algo único.
Cada día se ha vuelto más difícil. Por lo general tengo demasiadas cosas en la cabeza y logro ponerle atención o darle interés a cada cosa Siento que se acumu- lan las cosas y todo pesa demasiado, ¿le pasará a todos? La realidad se vuelve tan densa y abrumadora…
Ya no sé si tiene sentido detenerse. Lo único que quiero es avanzar. Por una vez en la vida finalizar algo que comienzo, aterrizar una idea por completo poder concentrarme en algo y hacerlo cómo se debe.
Justo cuando todo parece bajo control, se voltea. Sigo haciendo listas, fingiendo que contemplo cuando no hago más que ob- servar sólo por unos minutos. ¿y si en eso quedó mi esfuerzo por entrenar mi mirada por años? ¿si contemplar perdió sentido?
… No creo que lo sea, es sólo que a ve- ces hasta la vida pierde algo de sentido.
Me esfuerzo, me detengo cuando puedo.
Miro el cielo, las nubes avanzar, los árbo- les bailar con el viento. Cierro los ojos y escucho.
¿Contemplar con los oídos?
No sé si sea posible. Para mí funciona. Sin mis ojos inquietos y solo mis oídos aten- tos, el mundo se detiene a ratos.
Puedo imaginar lo que oigo. Van sur- giendo formas, colores, y texturas, se van construyendo imágenes con una sola línea.
A veces de golpe, imagino lo que oigo.
Postales sonoras van tomando forma y las palabras convirtiéndose en cosas, me lle- van a lugares para desempolvar recuerdos y hacer recorridos mentales de sitios en los que estuve e incluso algunos de ellos desconocidos.
Logro detenerme lo suficiente, también me distraigo, me dejo llevar y me voy…
Modernidad, ocio y memoria
“El goce inmediato no da lugar a lo bello, puesto que la belleza de una cosa se mani- fiesta mucho después, a la luz de otra, por la significatividad de una reminiscencia. Lo bello responde a la duración, a una síntesis contemplativa. Lo bello no es el resplandor o la atracción fugaz, sino una persistencia, una fosforescencia de las cosas” (Han, p.
75)
Creo que al tratar de vivir una vida conforme a las normas de la postmodernidad, que nos liga a la constante actividad, nos conduce a una vida liviana, en el sentido en que cómo no hay tiempo para la demora, para detenerse, no hay campo para crear recuerdos, no hay lugar para que nuestros sentidos tomen el control de nuestro día a día y nos manejen y no nosotros a ellos, no es posible acceder a algo más allá de la superficie, la memoria se activa con los sentidos, podemos recordar algo por su sabor, su olor, el sonido que hacia, cómo se sentía, todas estas memorias quedan almacenadas y se refiere a ellas cómo memoire involontai- re, suceden sin ser forzadas, algunas son más intensas que otras, pero ninguna se crea en un estado de aceleración, la vida es más bien lenta que veloz, “es imposible detenerse con detenimiento ante una sucesión veloz de acontecimientos o imágenes” (Han, p. 105) Me gusta detenerme, ir en cámara lenta, disfrutar lo que está frente a mí, pero, distraerme y dejarme llevar por lo que me
robe la atención, siempre pensé que eso estaba mal, me salía del molde de productividad y diligencia en el cual me habían hecho entrar a la fuerza.
A veces es más fácil detenerse en el tiempo o tener la sensación de que todo para, sentir que el aire se hace más denso, tanto que es difícil respirar o quizá se hace tan ligero que parece escaparse de los pulmones, que la luz o pasa a ser más brillante o a casi no brillar, que los so- nidos se hacen más distantes y un poco en cá- mara lenta, cómo cuando en un video la voz y la imagen no coinciden, un delay, a veces también el sonido se convierte en ruido, en algo abru- mador, en algo molesto, tan agudo que duele o tan grave que incómoda por dentro, a veces tener los ojos abiertos es agotador, corren sin sentido por el mundo, tratan de reconocer las personas, los objetos, los colores, tratan de hallar un sentido o un lugar en el mundo que habitan, tratan de reconocer el cuerpo que los contiene, a veces solo buscan salidas, escapes posibles, formas de desaparecer y si no es po- sible, maneras de pasar desapercibido, a veces no son capaces de detenerse en un solo punto, a veces no es fácil sostener la mirada o devol- verle la mirada a alguien, a veces se nublan, se llenan de agua, se vacían y vuelven a llenar sin parar, a veces todo es borroso y apenas recono-
cen siluetas, a veces solo quedan estelas de luz y movimiento.
Hay días en que a pesar de tener los ojos abier- tos no es posible ver bien, no es posible retener lo que se ve sino que más bien se esfuma, cuan- do todo se vuelve más efímero de lo que ya es, hay días que dejar de ver sería más sencillo.
Podría decir que lo que le da sentido y permite que la vida tenga un propósito es “existir” así llamo a un estado de reposo, de apa- rente inactividad y de calma, este estado resulta tener un origen y es el ocio, que lleva a una vida tranquila, sin preocupaciones y que no debe seguir normas u obligaciones, está ligado al desapego de las necesidades de estar en constante actividad. El concepto antiguo del ocio se refiere a un estado de tranquilidad y deteni- miento vital para las personas, que se debía aprender y llevar a cabo conscientemente, que estaba ligado con la existencia y el buen funcionamiento de la vida, pero ocio es lo opuesto al con- cepto que se tiene en la actualidad, “El ocio no tiene que ver con no hacer nada, sino que más bien lo contrario” (Han, p. 126)
A veces hay días más ocupados que otros, a ve- ces queda un poco para “no hacer nada” para respirar a un ritmo distinto, para detener el tiem- po, últimamente mis escapadas son al baño, a lugares comunes y ordinarios, me gusta quedar- me un poquito más ahí encerrada, a veces miro cosas en el celular, pero por lo general tengo charlas conmigo misma, repaso las cosas que
hago o vuelvo a tener conversaciones o imagi- no que le diría a alguien en cierta situación, me gusta sentarme en el murito de la ducha y mirar las baldosas de las paredes, siempre he visto figuras, cada vez son diferentes, a veces son per- sonas, animales, híbridos o solo figuras abstrac- tas, mientras mi mente está ocupada pensando en mil cosas mis ojos están recorriendo las líneas y las manchitas, que van formando algo diferen- te mientras mi mirada se va corriendo.
Últimamente he tenido más tiempos muertos, por alguna extraña razón los días se han vuelto un poco más largos, las horas a veces rinden más, hay mucho silencio y lo disfruto, mi yo er- mitaña que disfruta el silencio, la soledad y estar lejos de la vida normal, tuve unos días lindos de principio a fin, estuve solo conmigo misma, a la deriva y en una casa lejos de la ciudad y las personas, claro, no estaba sola por completo, por fin pude tener charlas complejas con los in- sectos y pájaros que pasan por las ventanas, nos acompañamos en un lugar donde cohabitamos sin molestarnos, hacer las cosas a un ritmo pro- pio es muy distinto, es un sueño hecho realidad, descubrí que quizá soy más ruidosa de lo que pensaba, tuve mis habituales conversaciones mentales, pero en voz alta, cocine cómo si fuera anfitriona de un programa de cocina, cante en un volumen audible y hasta extraño para al- guien que dejo de hacerlo para evitar llamar la
atención, probablemente ni les interese lo que hago en la soledad, no es nada del otro mundo, ni fantástico ni mucho menos algo para resal- tar, en pocas palabras no hice nada y disfrute hacerlo, puede que para la vida productiva que se supone debemos llevar, soy un fracaso, un desperdicio, un gasto innecesario de energía y oxígeno, pero no todos podemos ser máquinas imparables, que solo se detienen cuando algo anda mal o literalmente no hay nada que hacer que podría ser en la noche, si tienen suerte, debe haber un equilibrio, alguien debe tomarse el tiempo de hacer las cosas en cámara lenta y de simplemente existir, elogio a la lentitud.
“Quien no logre detenerse no tiene acceso a algo verdaderamente distinto. Las experiencias transforman. Interrumpen la repetición de lo siempre igual. Uno no se vuelve sensible a las experiencias estando cada vez más activo. En realidad, es necesaria cierta pasividad.” (Han, p. 150) Este estado nos provee de una libertad que permite que nuestra existencia navegue en aguas más tranquilas, toma distancia del afano- so día a día y deja que lo que nos esforzamos por reprimir por fin pueda salir.
Todas nuestras acciones deberían tener cómo fin está calma, que nues- tro fin sea poder llegar a este estado en el cual nuestros sentidos no son reprimidos, en el cual nuestro pensamiento se libera y es capaz de salir de los límites impuestos y del ciclo de la hiperactividad, porque una mente agitada no tiene campo para el pensamiento profundo, se
necesita tranquilidad para poder ir en contra de la corriente del tiem- po que intenta arrastrarnos y quitarnos la capacidad de pensar por nosotros mismos. El tiempo intenta imponernos que pensar y en que momento, pero nos limita a no pensar demasiado, a actuar con más rapidez a repetir ciertas rutinas para que no perdamos tiempo pensan- do en otras alternativas, nos convertimos en pensadores ligeros, con ideas volátiles, cambiantes e influenciables, incapaces de plantar un pensamiento y dejar que eche raíces y florezca.
Pretendemos que todo sea instantáneo, que sea de rápido uso y con- sumo, nos convertimos en una generación con cerebros y formas de pensar amaestradas, predeterminadas cómo si se tratara de un sistema operativo que se va actualizando conforme crecemos y nos va privando de ser nosotros mismos, llena nuestro espacio de almacenamiento con archivos vacíos, nos deja poco espacio para pensar, para crear, para ser diferentes y hacer las cosas a nuestro propio ritmo, nos simplifica la vida, pero hasta que punto esto deja de ser un beneficio sino que más bien se convierte en una atadura, en una carga que estamos destinados a llevar con nosotros hasta que dejemos de existir.
No se nos enseña a hacer cosas duraderas, en ningún sentido ni en lo físico ni en lo emocional ni en el conocimiento, nuestras vivencias se vuelven temporales y efímeras, preferimos no comprometernos con nada, sino tener la posibilidad de cambiar, no para avanzar sino por aburrimiento, porque queremos más y más, creció una sed insaciable por absorber cada vez más, pero al estar inmersos en lo liviano y cam- biante, nada tiene la capacidad de trascender, consumimos sin senti- do, producimos sin sentido, la vida y las que cosas que la constituyen se tornaron banales y volátiles, nada se eleva del plano del disfrute
momentáneo, llevamos vidas lineales, planas y monótonas, para que cambiar de plano si hay una vía sencilla, es un pensamiento facilista y conformista.
A Veces sigo el recorrido de las hormigas, los largos caminos que recorren para llevar hojas o algunas boronas de comida, incluso, otros insectos muertos, casi nunca son recorridos sen- cillos, tienen que buscar una manera de llevar entre varias algo si es muy pesado, de evitar que alguien más las pise y se acabe la misión, a veces durante el viaje encuentran algo más in- teresante de lo que llevan y corren un poco sin sentido alrededor del nuevo descubrimiento, luego vuelven a concentrarse y otro grupo de ellas se encarga de esto, si no es que abando- nan su carga original y centran su atención en esta, me gusta pensar en que se emocionan y que cada cosa inesperada no lo toman cómo un problema sino cómo una oportunidad me- jor, que así sea basura, se toman el tiempo de detener lo que hacen e ir a revisar, lo tocan, lo prueban, lo mueven, se sorprenden.
Trato de retener este tipo de capacidad de asombro, de no dar por sentado todo, de no creer que las cosas son cómo son y para lo que son y punto. Me esfuerzo, me detengo cuando puedo, miro el cielo, miro las nubes avanzar, miro los árboles bailar con el viento, cierro los
ojos y escuchó, ¿contemplar con los oídos? No sé si sea posible, para mí funciona, sin mis ojos inquietos y solo mis oídos atentos, el mundo se detiene a ratos, puedo imaginar lo que oigo, van surgiendo formas, colores, texturas, se van construyendo con una sola línea y a veces de golpe, imagino lo que oigo, son cómo postales sonoras, palabras convirtiéndose en cosas, lle- vándome a lugares, desempolvando recuerdos, dando recorridos mentales de lugares en los que estuve e incluso en lugares desconocidos.
Volver a la contemplación, reivindicar su práctica, desempolvar el ocio verdadero, es el camino para liberar la mente llena de ataduras, vacíos y compulsiones, de desatar la existencia humana cómo animal laborans y permitir que la vita activa no se convierta en el único fin honorable, el hombre posee la capacidad de contemplar y a través de esta poder construir, crear, hacer memorias, elaborar vivencias reales, de trascen- der en el tiempo “La vita contemplativa eleva al propio tiempo” (Han, p. 159), lo ideal es por fin conseguir un equilibrio entre esta y la vita activa, no hay que dejar a un lado las responsabilidades de la vida que llevamos, es más bien vivir siendo conscientes de que la vida es más que es más que un vistazo ligero y ocupado, si nos detenemos, habrá lugar para una respiración pausada, podremos ver lo bello, sentir que el tiempo cede, que todo tiene más duración, que hay más espacio para lo tangible y lo no tangible.
“La vita contemplativa sin acción está ciega. La vita activa sin contemplación está vacía” (Han, p.
160)
Todos los días son una rutina, hacemos las mis- mas cosas desde que abrimos los ojos hasta que los volvemos a cerrar en la noche, puede que no hagamos exactamente lo mismo diaria- mente, pero seguimos el mismo patrón, hace- mos recorridos muchos de ellos mecánIcos.
Que podríamos hacer hasta con los ojos cerra- dos y más estando tanto tiempo en el mismo espacio, vemos el mismo techo, el mismo bom- billo, el mismo toldillo, las mismas telarañas en las esquinas, vemos las mismas paredes, rayos de sol que bailan desde la mañana hasta cuan- do sale la luna, las sombras que cambian de co- lor, que aparecen y se deslizan, los mismos es- tantes, el polvo que se acumula casi tan rápido como lo limpiamos, los mismos frascos, algunos vacíos y quitando espacio, otros recién llega- dos, los mismos espejos, los mismos reflejos, las mismas manchas misteriosas, las mismas fotos colgadas, los mismos cuadros, las mismas ven- tanas, las mismas plantas, las mismas florecitas, pisamos el mismo piso, las mismas maderas, los mismos tapetes, sentimos las mismas telas, las mismas sabanas, las mismas cobijas, las mismas toallas, las mismas esponjas, la misma ropa, oímos los mismos sonidos, la ducha, las gotas
contra el suelo y la cortina del baño, el mismo inodoro, la misma puerta que rechina, la misma lavadora y su timbre cuando termina de lavar, la misma licuadora ensordecedora, el gas saliendo en la estufa, las ollas y sartenes con sus conte- nidos burbujeantes, el mismo chorro del lava- platos y el dispensador de jabón, los gabinetes y los cajones que se golpean al cerrar, las gotas de lluvia que se estrellan contra el techo y los vi- drios, el viento que intenta colarse por los hue- quitos que quedan por el marco de las ventanas y la puerta, los pajaritos cantando en las maña- nas y los búhos en las noches, los zancudos in- cansables (e invisibles) dando vueltas, los perros ladrando y aullando como si en realidad vieran algún alma vagando en la noche (eso es lo que dicen), alguna pelea de gatos en la madrugada, los grillos y las chicharras cantando hasta explo- tar (literalmente), los mismos olores, al mismo aire, los perfumes, el olor al shampoo, el jabón de baño, el gel de ducha, las cremas y aceites, el maquillaje (casi sin usar por estos días), el olor a cama, a ropa limpia por más tiempo, a comida de casa o a antojo a domicilio, el olor a nevera y a congelador, el olor de cada habitación, el olor a polvo y a limpiadores, al sagrado alcohol, clo- ro y gel antibacterial.
Día tras día seguimos listas mentales de cosas por hacer, por gusto u obligación somos recolectores de momentos, de sonidos, de texturas, de olores, de temperatura, de sabores, de emociones… no
siempre loa guardamos, no siempre les damos valor y es normal, supongo que no todos se detie- nen a escribir que ven, que huelen, oyen y sienten, pero hay quienes si lo hacemos, que a alguna som- bra inesperada, un “arcoíris” por el sol nos detene- mos y hasta le tomamos foto, que coleccionamos más que cosas efímeras en la mente y el corazón, coleccionamos pequeñas rocas, hojas y flores, plumas y cualquier pequeñez que se atraviese, no es fácil ser tan flemático-melancólica-pasiva-intro- vertida-observadora-reflexiva en un mundo que va a mil, que exige que el tiempo se aproveche y seamos lo más productivos posible, que cada hora del día esté planificada y no haya tiempo que perder, claramente la vida cambio, ahora intenta- mos disfrutar cada momento, darle valor, podría decirse que un punto bueno de esta ruptura de rutina que llego sin dejar que nos preparáramos, fue precisamente eso, llego por sorpresa, el tener que desacostumbrarnos a la vida que llevábamos, a tener cierta seguridad de lo que vendrá, a tener que improvisar, parar y pensar, en observar que hay alrededor y aprovechar, valorar, atesorar todo, desde las cosas pequeñas y seguras hasta las cosas grandes e importantes, que lo que dábamos por sentado, que pasaba por involuntario ahora nos importa.
Contemplar
Del lat. contemplāre.
1. tr. Poner la atención en algo material o es- piritual.
2. tr. Considerar o tener presente algo o a al- guien.
3. tr. Complacer excesivamente a alguien o ser condescendiente con él, por afecto, por
respeto o por interés.
Observar
Del lat. observāre.
1. tr. Examinar atentamente.
3. tr. Advertir, reparar.
4. tr. Mirar con atención y reca-
to, atisbar.
Mirar
Del lat. mirāri ‘admirarse’.
1. tr. Dirigir la vista a un objeto.
3. tr. Revisar, registrar.
4. tr. Tener en cuenta, atender
LA CONTEMPLACIÓN PARA NO OLVIDAR
Los tipos de mirada, los estados por los cuales pasa- mos para lograr llegar a hacer una memoria o un re- cuerdo real, complejo y que trascienda, dando una vi- sión personal desde mis miedos y las razones por las cuales estos intentos de congelación de memorias tie-
nen trascendencia en mi vida.
El sentimiento de que la vida se acele- ra, en realidad, viene de la percepción de que el tiempo da tumbos sin rum- bo alguno. (…) La dispersión temporal no permite experimentar ningún tipo de duración. (Han, p. 9)
La manera de ver se ha transformado al pasar de los años, se ha perdido el ver más allá del límite, el dedicar tiempo para reflexionar sobre algo o para simplemen- te valorar los objetos, los espacios, las situaciones que nos rodean. Se ha perdido la capacidad de asombro ante las cosas pequeñas, se le ha restado solemnidad a los momentos, la mirada perdió definición ante lo sutil, nuestra atención fue robada por “lo nuevo” lo inno- vador, lo masivo capta la atención más fácilmente, no estoy diciendo que esté mal, porque, que seríamos sin la existencia de esto, pero estamos tan inmersos en la búsqueda de dispositivos o prácticas que nos hagan la vida más fácil en cuanto a rapidez que dejamos a un lado lo que realmente importa, de donde vino lo que tenemos, de sus raíces, de lo que implica su existencia.
Se podría decir que todos ponemos en práctica dos tipos de miradas. Una mirada afanosa, más rápida, de reconocimiento, que pasa por encima de lo que está a nuestro alcance para recoger información necesaria, nada más para informar a nuestro cerebro de que es lo que hay cerca, o que se acerca en el caso de estar en
una situación de riesgo, como cuando caminamos por la calle hacia algún destino, nuestros ojos están atentos, nuestros sentidos también, pero es una mirada alerta, no atenta, apenas detallamos las personas, los letreros (si es que vamos buscando un lugar o una dirección) los autos, pero al llegar al lugar donde íbamos apenas re- cordaremos las cosas que nos fueron útiles para llegar o a lo mejor no, simplemente recordaremos lo último que vimos antes de encontrar la dirección, pero no po- dremos hacer un listado detallado, solo quedan imáge- nes borrosas, no digo que sea malo este tipo de mirada alterada por nuestra mente y recuerdos preexistentes.
“Uno también se identifica con lo efímero y pasajero.
De este modo, uno mismo se convierte en algo radical- mente pasajero” (Han, p. 9, 2009)
Todo se vuelve pasajero, lo que nos rodea y nosotros mismos, no podemos ni recordar como se veía quien iba sentado o apretujado a nuestro lado en el transpor- te público, no estamos seguros de lo que vimos mien- tras teníamos los ojos en la ventana, abiertos, inmóviles,
¿cegados? Las tantas imágenes en movimiento se mez- clan y se vuelven solo en manchas que desaparecen que se van. En este tipo de mirada no hay un interés profundo, sino que más bien el mundo se torna borro- so, la vida carecerá de sentido, se llenara de monotonía y se tornara algo pálida, ya que entramos en un estado de “piloto automático” que nos guía por la vida, pero se queda en eso no más, “Hoy en día, las cosas ligadas
a la temporalidad envejecen mucho más rápido que antes. Se convierten en pasado al instante, y, de este modo, dejan de captar la atención.” (Han, 2009)
Involuntariamente estamos inmersos y acostum- brados a que nada sale de lo “normal”, se ha per- dido la capacidad de asombro, muy pocas cosas llaman nuestra atención y las que lo hacen son porque involucran algo inesperado o algún acon- tecimiento por el estilo. Una mirada rápida y aler- ta que no se detiene en pequeñeces.
La otra es entrenada, se torna más sutil, más atenta, más detallada, nos permite percibir las cosas pequeñas de lo que nos rodea, nos permite ver y luego recor- dar lo que alguien querido llevaba puesto, el color de algo que nos gusta, quizás algo en una pared o una ventana, usualmente cuando tenemos una cita o un evento importante o nos encontramos en un lugar es- pecial estamos más atentos a lo que nos rodea, por que la naturaleza del momento nos implica poner más atención, que nuestros sentidos estén receptivos, no es algo solo de vista, sino que pasa a ser una experiencia sensorial, podemos recordar cómo se veía algo, como se sentía, su textura, el olor que tenía, la temperatura del ambiente, cómo era la luz, lo que había cerca, que color era el mantel, de que sabor fue el helado que pidió, detalles que en otra ocasión sería insignificante, ahí es donde la verdadera observación está presente,
no siempre será en momentos tan específicos, no para todas las personas aplica, hay quienes no necesitan de este tipo de elementos para tener un “momento de contemplación” puede que sea más bien un amane- cer por la ventana de un auto, el aire frío que se cuela, los rayos de sol que aparecen, la luz que cambia de color, las nubes que se mueven, que desaparecen, la niebla fría y son detalles que serán recordados, es algo que nuestros ojos vieron y se quedaron contemplando por un momento para absorber aquello que nos llama la atención, aquello que decidimos ver más allá de lo habitual.
Detenciones
Me detengo cuando mi cuerpo lo pide, pero más que todo cuando mi mente y memoria me lo exigen, a ve- ces no en los mejores momentos, ni los más prudentes, a veces no es posible físicamente, trataba de ignorar esta necesidad de frenar la vida, porque es mal visto ser lento, es inaceptable demorarse haciendo cual- quier cosa, es mejor no pensar tanto y hablar y actuar más, son cosas que solían decirme y repetirme cómo si por esta acción fuera a convencerme que hacia las co- sas mal o que por fin me daría cuenta que pierdo cosas y momentos importantes por ser cómo soy.
Por tomarme más tiempo del necesario, por observar y no solo mirar, por intentar hacer recuerdos multisen- soriales, porque no me gusta solo tener una imagen mental, me gusta absorber lo necesario para poder volver a ese momento en cualquier otro día, me gusta poder cerrar los ojos y poder viajar en el tiempo, sentir de nuevo lo que ese día con tanto cuidado registre, me detengo frente a los rayos de sol, frente a algún destello brillante producido por un cristal o un espejo, ante esos arcoíris creados por el paso de la luz por una esquina o cualquier vidrio que logre producirlo, cierro los ojos bajo las gotas de lluvia, dejo que una a una me toque y me haga sentir en las manos un cosqui- lleo cómo si no tuviera suficiente sangre, me detengo
a ver los árboles bailar con el viento, a ver las hojitas saltar entre las ramas y chocar entre ellas para lograr liberarse y caer al suelo graciosamente, veo los pajari- tos volando y dando vueltas en el cielo, a veces solos a veces cómo punticos que se mueven juntos de un lado a otro, levanto los brazos para que el viento pase y me rodee, para que juegue conmigo y con las capas que llevo encima cómo si fuera una bandera o un simple trozo de tela anhelando volverme tan liviana para que me levante y pueda volver a volar cómo en mis sueños, recuerdo flotar cómo si el aire se convirtiera en agua y pudiera respirar en ella, cómo si por fin volviéramos a vernos la luna y yo.
Ella tan brillante y solitaria y yo tan pequeña e in- quieta, soñaba tanto con flotar que ya no estaba sola en la luna, sino que los espacios donde ha- bito se habían ido conmigo hasta ella, me encan- taba pensar en que podía ir a mi lugar feliz con solo cerrar los ojos, en ese momento dejaba de ver el mundo físico y mis ojos de otra dimensión se abrían, a uno menos abrumador y más liviano.
Para recordar
Resultó que mi compulsión con recolectar objetos en desuso y momentos con todo lo que implican, reside en un miedo que había intentado disimular o quizá nor- malizar diciendo que me sentía cómoda en este esta- do, desde pequeña he intentado inventar mecanismos y prácticas para poder retener un poquito más eso que me gusta, trato de llevarme un pedacito de lo que sea para poder tener un registro de que algo paso, de que ocurrió, pero que no desapareció o al menos no para mí, a pesar de no lograr ser muy organizada u ordena- da en la forma habitual, tengo mi propia manera de almacenar todo lo que decido dejar entrar en mí, hago inventarios…
Dos pares de gafas para 3D Varios aviones de papel Una nave en origami
Algunos pares de boletos de cine Un par de palitos de POKE
Una servilleta de MOCHI Dos botellas de vidrio Una ilustración
La ubicación de su casa
Varias horas de sueño perdido Una instantánea inesperada Recuerdos de algunos besos
No soy lineal en ningún sentido, doy saltos entre lo real y la ficción, imagino posibles situaciones que probable- mente no pasarán, escribo cartas que nunca entrega- ré, llevo diarios de la vida y de cosas específicas, hago fotos, grabo sonidos hago videos de planos fijos, hago dibujos rápidos y algunos lentos, intento ser lineal de alguna forma así sea de la forma más no lineal posible, las cosas no siempre comienzan y terminan a veces solo comienzan a correr sin mesura, creo que mi interés en retener, en observar, en contemplar, se debe a mi nece- sidad en capturar y congelar lo que veo, las cosas que me marcan, las personas que me interesan, también re- side en el miedo perder a lo efímero, el miedo en que no pueda lograr capturar lo que me importa, el miedo al olvido y a la soledad podrían ser los principales ítems y motores en mi búsqueda, no quiero olvidar, no quiero perder la capacidad de volver al momento, no quiero ser incapaz de recordar la voz de alguien, algún sonido, el olor de su piel, el calor de su cuerpo, el color del cie- lo, la forma de las nubes, la temperatura y el color del agua, la textura de las cosas, el sabor de una comida memorable, quizá no siempre por su contenido, sino por su contexto no quiero que sea algo volátil.
La vida ya es lo suficientemente inesperada e instantá- nea para dejar que se escape así no más, sin ponerle algún tipo de trampa para que se detenga y deje un remanente de ella del cual apegarme y atesorar en mis gabinetes de curiosidades.
Martes 221 3:00
Piso de granito Hormigas
Marcas de pasos mojados Hojas secas
Pasto Rocas Tierra Pajaritos
Árboles
Hojas amarillas y verdes Mariposas
Nubes El cielo azul
Miércoles 23 8:00 AM
Un toldillo blanco Techo blanco
Una lámpara de techo blanca Cortinas blancas Tenues rayos de sol Un ventilador de piso Dos estantes con cosas
1Fragmento “Recorridos visuales” Daniela Guzmán (2020-presente)
Pequeños frascos Algunas joyas
Dos mesitas de noche bajitas Algunos libros
Sábanas estampadas revueltas Mi cobija morada
Cuatro almohadas Un cojín El cable del celular El celular de mi mamá
Viernes 25 11:00 AM
Mi portátil gris
Un mouse de cable extremadamente largo Unos audífonos enredados
Una lámpara de mesa Un espejo pequeño roto Un espejo grande en la pared
Varios post its
Fichas bibliográficas con garabatos Mi billetera
Dos tapabocas Una peineta Un frasco de Vic vaporub
Una lima de uñas Unas brochas de maquillaje Dos bolsitas con maquillaje
Varios frascos con aceites, tónicos y otras co- sas
Martes 29 2:00 PM
Un montón de ramas secas Hojas secas de colores
Tres árboles grandes Varios árboles pequeños La sombra de los árboles en el suelo
Pasto seco Pasto verde Nubes blancas
Cielo azul Rocas en un montón La camioneta de mi papá
Piso de granito y ladrillo Hormigas caminando Pajaritos en el pasto y los árboles
El viento sacudiendo todo
Tengo la costumbre de apegarme a lo que no debo y la manía de no querer soltar, el miedo a
olvidar, al olvido y ser olvidada…
LA CONTEMPLACIÓN COMO MECANISMO DE
SUPERVIVENCIA
Los modos de ver han mutado, evolucionamos, nos adaptamos, crecemos, solemos tomar decisiones para nuestro propio bien, para asegurarnos estabilidad, se- guridad, recurrimos a la búsqueda de herramientas y mecanismos para intentar hallar sentido. Una critica de la actualidad y como vivimos y los lugares a los que re- curro como intento de detención a la “aceleración del
tiempo”.
La crisis actual no está menos vin- culada a la absolutización de la vita activa. Está conduce a un imperativo del trabajo, que degrada a la persona a animal laborans. La hiperkinesia2 cotidiana arrebata a la vida humana cualquier elemento contemplativo, cualquier capacidad para demorarse.
(Han, p. 11)
Más que una simple opinión personal o una postura que decidí apoyar es una crítica, a la mutación de los modos de ver y a la normalización de los sentidos y de cómo los usamos o dejamos de usar, no tengo una total autoridad moral en ningún sentido para hacer una crítica sin incluirme en ella, no por ser un ejemplo a seguir sino más bien, porque a veces me convierto en lo que siempre temí llegar a ser o hacer, una vividora ligera, perseguidora de tiempo, un ser homofotogra- fico sin rumbo y sentido, que hace imágenes nervio- samente intentando darle valor a lo que está en frente sin tener en cuenta que hace totalmente lo opuesto, contribuyendo a la perdida de sublimidad de las imá- genes, cómo dijo Joan Fontcuberta en la furia de las imágenes, “producimos imágenes para no verlas, imá- genes invisibles, la facilidad de hacerlas hacen que se 2 La palabra hiperkinesia se compone de los siguientes términos griegos: ὑπέρ (hypér) en el sentido de “sobre” y κίνησις (kínēsis) que puede traducirse como “movi- miento”. (https://deconceptos.com/ciencias-naturales/hiperkinesia)
banalicen, la imagen ya no es un bien preciado sino un ruido blanco alrededor nuestro.” A pesar de ser creadora compulsiva defiendo que hay que mantener la dignidad de las imágenes, hay que ser conscientes de lo que producimos, no siempre será así y probable- mente nos encontraremos sumergidos en un océano de imágenes imposibles de contar, algunas sin sentido, algunas sin cuidado, algunas sin querer, es muy fácil caer en esta realidad paralela creada a partir de imá- genes y alejarnos de la realidad en la que habitamos.
El fin de mi discurso contemplativo es poder devolver la solemnidad a los momentos dignos de recordar, a la vida misma.
Soy una flemático-melancólica contempladora, amante de los momentos sublimes por elemen- tos cotidianos, acumuladora de memorias pasiva, congeladora de lo efímero, pintora de luz so- bre reflexiva, introvertida colec- cionista de emociones y viajera
del tiempo.
Inicios sin sentido
Desde hace años hago algo que no sabía cómo se llamaba o que más bien era al parecer algo sin sentido, que no apor- taba nada sino que más bien era una perdida de tiempo, un estado de quietud inaceptable, momentos en los cuales po- día haber sido más productiva, podría haber “hecho algo”
en vez de detenerme, supongo que es algo que nació con- migo, sin importar cuantas veces me llamaban la atención de niña, porque parecía estar ensimismada o con la mirada fija o quizá con la mirada perdida, sin importar cuanto me dijeran que centrara mi atención en las cosas importantes, que no me distrajera, era inevitable, no podía simplemente dejar de recorrer con mis ojos lo que me rodeaba, los obje- tos, los espacios, las personas o perderme mirando por una ventana, siguiendo algún patrón que encontraba, mirando algún pajarito o algún insecto que pasaba, viendo las nubes y hallándoles forma, tratando de entender el color del cielo o porque cambia de color durante el día, siguiendo alguna sombra en el suelo o en una pared, mirando los rayos de luz que entran.
Si no lograba entender algo que miraba comenzaba a ima- ginar posibles explicaciones o sus causas, cómo porque las nubes no se caían, cómo el cielo cambiaba de color, quien llenaba las nubes de agua, cómo hacia la luna para seguirme mientras iba en el carro, quien pintaba el arcoíris, cómo fun- cionaba el cuerpo humano, puede que muchas de esas co- sas tengan una explicación científica, pero mi mente de niña prefería imaginar. Podía crear una historia completa con una bolita de papel, con una bola de algodón, con una hormiga,
con una hoja seca, con las gotas de agua en una ventana, siempre había algo más interesante en mi mente que en las cosas importantes del mundo real, creo que siempre he vis- to más potencial en las cosas simples, en lo que nadie ve, en lo que tiene una “única función”, con esto me refiero a las cosas que usamos a diario, los papeles, los marcadores, los pinceles, los pigmentos, la comida, las cosas de la cocina, las pequeñas cosas que se acumulan en los estantes cómo resignadas a su desuso y posterior desecho, suelo llevarme esas cosas, chiquitas quizá usadas, quizá abandonadas y les doy cierto valor, no me gusta dejar ir las cosas, colecciono botellas de vidrio, pedazos de cristal, bombillos fundidos, hojas y flores que pongo a secar, piedritas blancas de las que llegan a ser medio traslúcidas y cualquier cosa trans- parente y brillante, a veces pienso que tengo algún espíritu animal o más específicamente de alguna ave, porque hasta donde se a las aves les llama la atención las cosas brillantes y si la logran tener, simplemente se lo llevan, me gusta imagi- nar un nuevo uso a las cosas que recopilo, me parece odioso pensar que todo tiene un uso y una fecha de caducidad y que después de cumplir su ciclo no queda más que botarlo, eso se une al consumo rápido que no logro aceptar ni pien- so hacerlo, no porque mi mente sea prodigiosa o tenga al- guna superhabilidad que destaque más que los demás, sino porque mi punto de vista es algo diferente, a veces pienso que me quede en el pasado y me gusta hacer algunas co- sas a la antigua, sin atajos, sin afanes, quizá porque me crié sola, mis hermanos eran muy mayores para jugar conmigo, mi mente y mi imaginación fueron la mejor compañía, nunca me aburrí estando sola, aprendí a disfrutar la soledad y el silencio, me siento a gusto con esos dos estados, así que mi atención no se fijaba en lo que debía, me refiero a estas
cosas “vitales” del aprendizaje, cómo las normas de com- portamiento, la información imprescindible que enseñan en el colegio, estos conocimientos que intentan embutir en las mentes pequeñas e influenciables de los niños, mi atención no se logra mantener mucho tiempo, no me concentro fá- cilmente así que era aún más difícil mantener mi mente y mi ser fijos en esto que me decían ser indispensable para que lograra ser alguien en la vida.
Multiversos mentales
Mi mundo interior o mis múltiples universos mentales, que creaba a partir de las cosas que me gustaban, donde no de- bía ser cómo alguien más y donde estaba bien ser cómo soy, hay múltiples voces, suena preocupante, pero cada una tie- ne su personalidad y su tono así que podía tomar una idea básica o algún objeto y mantener conversaciones por horas, son universos utópicos y cambiantes, algunos brillantes, al- gunos cálidos o fríos, algunos silenciosos o muy ruidosos, a veces con todas mis voces, a veces solo yo, oscura y sola.
Siempre han sido más interesante y más fácil, estar allí que en mundo real, tenía que hacer lo que mi mente pedía, no podía quedarme en un solo sitio, sin explorar, tocar las co- sas, sentir las texturas, sentir la luz que entra, quería ver de cerca algo que no conocía, seguir un sonido y descubrir su origen, necesitaba estar más allá que en el puesto de
“observador distante” algo que no estaba bien y que paso a llamarse “Trastorno por déficit de atención con hiperac- tividad”, no entendía por que estaba mal, no veía la lógica en permanecer sentada inmóvil durante una clase, o porque no podía salir del salón, porque estaba mal lo que hacia, porque no debía moverme o porque no debía hacer varias cosas al mismo tiempo, por que estaba mal dibujar solo en una esquina, no entendía que estaba mal desarmar las cosas para entenderlas, o destapar algo para probarlo, ya fuera comida o algún material.
No me gustaba no tener respuesta de las preguntas, no en- tender cómo funcionaban las cosas o porque pasaban, no entendía cómo para algunos las cosas pequeñas no eran importantes, cómo podían desechar cosas que para mí eran bonitas o cómo no podían ver que todo es un “multiverso”
si puedo decirlo así, simplemente no podía concentrarme en lo que debía, mi mente siempre estaba en movimiento, mis ojos siempre estaban recorriendo o deteniéndose exce- sivamente en algo, haciendo conexiones invisibles.
Con el pasar de los años y múltiples horas de terapia ocu- pacional, mi TDAH paso a ser solo TDA, aprendí quizá a la fuerza a permanecer quieta y en silencio, a no hablar, a no moverme de más, a encajar y pasar a ser alguien que no llamaba la atención y que más bien pasaba desapercibida, a ser alguien “introvertida”. No sé si sea posible o si solo es una explicación que decidí darle a mi cambio, pero, mental- mente me convencí de que mi cerebro había reemplazado estos comportamientos físicos por mecanismos mentales, por otra manera de sintetizar mi necesidad de movimiento, desarrolle pequeños gestos, movimientos menos percepti- bles, disimular la exploración y enriquecer mi modo de ver y así mismo a mis conexiones mentales con lo que me rodea.
Tengo la idea debido a mi modo de ver, que nada existe por si solo, todo tiene relación, “nunca miramos solo una cosa:
siempre miramos la relación entre las cosas y nosotros mis- mos” (Berger, p. 14) así que cada elemento es más que un simple objeto, cada momento es más que solo tiempo, cada persona es más que solo un ente viviente, la continua inte- racción, este ritmo constante que a veces notamos como vibraciones y que a veces simplemente existen en silencio
es la que constituyen el mundo donde habitamos, sobre el mundo pequeño que construimos de lo que vemos, de lo que elegimos ver, de las cosas que coleccionamos con nues- tra mirada y que le damos un valor especial ante los demás elementos. Lo distinto de estos pequeños mundos parte de los gustos, de los intereses propios de cada quien, en eso radica la forma y el punto de vista de cada uno, de esta mis- ma manera la forma en que percibimos la luz, todo lo que elegimos ver, entra de una manera distinta.
Por eso mismo nuestro cerebro se entrena para dar mayor atención a que nuestros ojos se dirijan a ciertas cosas espe- cíficas, vemos las cosas que elegimos mirar y cómo lo hace- mos depende de nuestro único modo de ver, nadie ve igual a alguien más, nuestras experiencias, nuestros sentimientos y otros factores influyen y forman cierto modo de ver que no podemos cambiar y aunque vemos las mismas cosas y habitamos en el mismo mundo, nada es igual, los puntos de vista cambian, las perspectivas son variantes, las intensiones no son iguales, todos nos movemos por pulsaciones, somos seres emocionales, lo que sabemos y creemos afecta cómo existimos.
MIRAR
OBSERVAR
CONTEMPLAR DETENER
EXISTIR
Me gusta quedarme el silencio y observar, sentir, escuchar, a veces no es fácil hacerlo, sea por algún factor externo cómo cosas que debo hacer, cada vez hay menos tiempos muer- tos, los cuales para mí eran un escape, un recorrido en trans- milenio o una caminata larga, una salida a comprar algo, salir a trotar o simplemente salir a existir, por otro lado a veces tampoco es sencillo hacer esto que llamo contemplar por mi misma mente, siempre tengo algo dando vueltas en mi cabeza, múltiples ideas, proyectos por comenzar, ideas de fotos o dibujos, a veces hay tanto que no queda espacio para el mundo real, mi universo mental se vuelve tan pesado que pierdo la noción de lo que hago y queda a medias, ten- go dibujos, bordados, ediciones, fragmentos de escritos de diversos temas, tantas cosas a medias por esto mismo, no logro terminar algo por completo, logro algunos minutos de concentración y fluidez y luego todo se desconecta y queda tapado por alguna cosa que llamo mi atención más de lo que estaba haciendo.
Pero en realidad no se trata de una verda- dera aceleración de la vida. Simplemente, en la vida hay más inquietud, confusión y desorientación. Esta dispersión hace que el tiempo ya no despliegue ninguna fuer- za ordenadora. De ahí que en la vida no haya momentos decisivos o significativos.
(Han, p. 26,27)
MEMORIAS
CONTEMPLATIVAS
Ficciones y realidades
Relatos de recuerdos guardados, memorias hechas, personas, lugares, momentos de observación y con- templación, relatados desde no solamente lo visible y tangible, sino desde las sensaciones, emociones y lo recopilado por mis sentidos, hechos reales con algunas
ficciones entremezcladas.
Nebula
Me gustan los días, cálidos, secos y brillantes, fríos, lluviosos, algo oscuros y humeantes, desde pequeña ha sido asi, me gustaba ver las nubes por las ventanas,
salir a la terraza y ver como flotan, se desaparecen, cambian de color y se van, imaginar como no se les
acaba el agua y como de alguna manera se logran recargar sin que nadie se de cuenta, solía pensar que a veces eran de colores porque el agua que tomaban tenia color por alguna flor, que los pájaros cuando las tocaban con sus alas les dejaban un poquito de sus
colores.
Recuerdo las mañanas frías, cuando el sol aún no salía por completo, el aire helado que invadía el silencio de elementos ajenos al paisaje y el sonido de factores propios de este. Pensaba que las nubes se habían caí-
do y trataba de entender que ellas también dormían, que bajaban a la tierra a media noche y se quedaban en el suelo, que a veces se quedaban allí un poco más
hasta que el sol comenzaba a salir para calentarse un poco antes de volver a subir.
Solíamos viajar de noche para evitar el mal tráfico y tener mejor clima, en algunas ocasiones resultaba lo
contrario, no tanto respecto al tráfico, más bien en cuanto al clima.
Algunas veces era casi imposible ver más allá del ca- rro, la tan temida neblina como una nube densa re- flejando la luz y no dejaba pasar más allá de nuestros
ojos, bajaba la velocidad para seguir avanzando con cuidado porque podía aparecer por sorpresa cual-
quier cosa frente a nosotros.
Mientras se creaba un ambiente denso en el clima y la tensión, también el miedo crecía. Pero en mí era un poco distinto, me sentía en paz cuando veía la ne-
blina, quería sentirla, bajaba la ventana y sacaba las manos pensando que así podría agarrar un poco de ella, crecía el interés y un sentimiento de grandeza me
inundaba de algo incontrolable. Quería ver más allá.
La niebla como un elemento etéreo que relaciono con la vida misma, con lo que nos rodea, el mundo en que
vivimos, que creemos que esta para quedarse pero que en realidad son elementos que vienen y se van, no solo elementos , las personas, los lugares, los re- cuerdos, lo que damos por sentado que permanecerá
en realidad es tan efímero como la niebla, que en un momento esta tan presente que no deja ver más allá, que abruma, que llena todo, que abraza todo el espa- cio, las personas, los elementos, pero que de un mo- mento a otro se va, desaparece por completo y lo que estaba oculto aparece, la realidad se descubre una vez
ella se va.
AL AMANECER (DÍA)
El sol apenas comienza a salir, los rayos atraviesan los elementos presentes, hacen brillar las pequeñísimas gotas de agua que se suspenden en el aire, que for- man una ligera y delicada capa, como si fueran nubes
caídas del cielo.
EN LA CIUDAD
Los rayos de sol comienzan a acariciar las frías super- ficies, en su mayoría grises y algo toscas, los cristales de las ventanas reflejan la luz, los charcos en el suelo dejan de ser opacos e incómodos y se tornan en pe- queños espejos, la nube densa recorre los callejones, rodea los postes, abraza las fachadas de los edificios,
se cuela por cada rincón que se lo permite.
EN LO RURAL
La niebla se despierta con el sol mismo, suavemente posada sobre el pasto, las flores, los cultivos, los cami- nos destapados. Refrescando la yerba con sus peque- ñísimas gotas forma una delgada capa de agua que se posa a lo largo del lugar, como una nube que protege,
que cobija.
AL ATARDECER (NOCHE)
El sol se esconde, el suelo aún caliente por sus rayos comienza a bajar de temperatura, el poco calor que queda comienza a escaparse provocando que el agua se condense justo encima del suelo, dejando atrás de nuevo las frías calles, y edificios sin luz, sin calor, sin
presencia humana.
EN LA CIUDAD
Justo cuando se esconde el sol no es posible ver la niebla, más bien entrando la madrugada, al quedar casi solas por completo las calles, los espacios públi- cos exteriores, es ahí cuando comienza a ser visible, gradual y lentamente van apareciendo las tan peque- ñas gotas de agua que tornan el ambiente mas que
solo frío, húmedo, penetrante.
EN LO RURAL
Al bajar la temperatura aparece de nuevo la niebla, el agua se condensa y se levanta del suelo formando el roció que posteriormente se enfría y se hace mas den- so, luego se convierte en neblina, que al igual que en la madrugada cubre la superficie de la cual se levanto
El humo revelador
No dormí bien de pensar en lo que sería ese día, en lo que estaba a punto de hacer, que puede no tenga tanta relevancia para alguien más como la que le estoy dando, pero para mí la tiene, después de haber recha- zado y abandonado la idea y la posibilidad de algún día romper el límite de las cosas que nunca iba a hacer, lo hice, sintiendo cosquillas en el estómago desde el día anterior y con algo de ansiedad al no saber que iba a pasar y a la falta de control sobre esa situación.
Decidí tomar uno de los pocos riesgos que he tomado en mi vida, a la vez fantaseaba con que pasaría después de, claramente estoy generando más expectativa de la que merece y probablemente cuando llegue al punto de la historia en el cual cuento por fin que fue la tan dichosa cosa que hice, será como cuando se pincha un globo con una aguja, para mí fue como la última gota que llena un recipiente que en vez de salir sola, se lleva todo lo que puede consigo, suelo ser dramática, disfru- to serlo, me gusta darle más relevancia y cuerpo a las cosas, supongo que recurrí a eso debido a la falta de emoción en mi día a día, las cosas en mi mente son más interesantes, así que desde la mañana de ese día, fría, helada, húmeda y con niebla tal como me gusta, sabía que iba a ser un día memorable no importaba si salía bien o era un completo fracaso, las horas pasaron des- pacito, la luz se hizo lugar en medio de la oscuridad de
mi casa, los rayos de luz que brillaban en el ambiente que me hacían darme cuenta de que había más polvo y microcélulas y cosas volando de las que pensaba, daba la impresión de que el día iba en cámara lenta, el va- por de la ducha caliente que empañaba las ventanas, que dejaba ver las marcas en el vidrio y en el espejo, las gotas pequeñitas bajando desde el techo hasta el suelo, acumulándose en el suelo sin remedio y yendo detrás de mí mientras salía atravesando la cortina de humo que se esfumaba con el viento frío que entraba por el techo con vidrios, veía como la temperatura de la luz iba subiendo al mismo tiempo que la del ambiente, que como el clima habitual de Bogotá, cambiante e in- esperado, creaba sombras, destellos de luz, corrientes frías y rayos de sol cálidos encima de mi cabeza y so- bre el suelo, el charco de agua crecía bajo mis pies sin control mientras yo estaba estática y algo fuera de mí, simplemente existiendo y sintiendo, el frío y mi mente lógica me impulsaban a cubrirme, pero esa parte de mí que cada vez trata de tomarme por completo me tenía “haciendo nada” y disfrutando hacerlo. Puede que mi mente inconscientemente hubiera estado pre- parando mi cuerpo para lo que con tanta expectativa esperaba hacer, pero que a la vez no tenía seguridad de ser capaz de, este estado de espera e intriga me daba la sensación de que el tiempo se detenía por momentos, decidí salir de casa antes de tiempo, el sol brillando sobre mi cabeza y el viento helado contra mi cara y tratando de colarse por los pocos espacios que
deje sin cubrir en mi cuerpo, algo que lamentaría haber hecho unas horas después cuando el sol parecía pasar los 40 grados para alguien cubierta de pies a cabeza, creo que extrañaba un poco la bipolaridad del clima, tener que improvisar durante el día. Por fin la hora se acercaba así que conociendo el tráfico salí hacia mi lu- gar de destino, simplemente con lo que tenía en los bolsillos, y con la ansiedad y el corazón latiendo tan fuerte que lo sentía en las manos, comencé a sentir pe- queñas gotas que corrían por mi cabello y comenzaron a estrellarse contra mis gafas, no dando relevancia se- guí caminando, con la música entrando por mis oídos y saliendo como un murmullo nervioso por mi boca, el clima decidió que ese día iba a vaciar sus reservas de agua helada, no tenía como protegerme de la llu- via y tampoco quería detenerme en el camino y dilatar más el evento del día, seguí caminando sin parar como en alguna escena típica de lluvia de alguna película, después de que pasara algo triste, malo o inesperado, pero no era mi caso, la expectativa me tenía cegada, no paraba de hacer posibles videos mentales, por fin lo vi a la distancia, con chaqueta de cuero, jeans negros y tenis blancos, nos abrazamos dejando a un lado cual- quier norma de distancia social, un año paso volando, tome distancia y me quede viéndolo por un momento, estaba reescribiendo mis memorias de él, el tiempo no pasa así no más, el tiempo cambia, el tiempo borra y el tiempo desdibuja las imágenes mentales, grabe su olor en mi archivo personal que lleva su nombre, el tiempo