LA TRAGEDIA DEL CRISTIANO: OLVIDARSE DE LA MISA
La participación en la Misa dominical es un indicador concluyente del estado de salud espiritual de un cristiano. Borrar la Eucaristía de la vida cotidiana trae irremediablemente el olvido de la condición de hijos amados de Dios, herederos del Cielo; esa orfandad y pérdida son una tragedia. Crecer en vida eucarística fortalece la fe. No extraña que fuera uno de los objetivos del Concilio Vaticano II: “La santa madre Iglesia desea ardientemente que se lleve a todos los fieles a aquella participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas”1. Era preocupación de los obispos convocados por san Juan XXIII: “la formación litúrgica de los fieles, indispensable para una verdadera renovación… crecer en el conocimiento del gran don que Dios nos ha donado en la Eucaristía”2. En la Memoria Anual de Actividades de la Iglesia católica en España 20193 se recogía que 9.370.000 personas asisten regularmente a la Misa dominical, cerca del 20%
de los católicos. Queda mucho por hacer… y toca poner el hombro.
En esta charla desarrollaré algunos aspectos del amor de Dios que la Misa encierra, de cómo participar de este camino privilegiado para encontrarnos con Jesús, y hacerlo con fruto cada vez mayor. “Es fundamental para nosotros cristianos comprender bien el valor y el significado de la Santa Misa, para vivir cada vez más plenamente nuestra relación con Dios” (ref. nota 2).
Los cristianos, aquellos que viven según el domingo
Imaginemos que estamos en la Última Cena, en medio de los apóstoles. Jesús ha acabado de consagrar el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre, nos mira y nos dice: “Si me quieres, si quieres ser mi discípulo, haz esto en memoria mía”. Desde el comienzo, la Iglesia fue fiel a este mandato del Maestro. De la Iglesia de Jerusalén se dice: “Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, fieles a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones… Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y con sencillez de corazón” (Hechos de los apóstoles 2, 42, 46). “La fracción del pan”, “Eucaristía” o “Acción de gracias” eran los nombres que emplearon. A partir del siglo XI empieza a popularizarse el nombre de Misa4.
San Ignacio de Antioquía, mártir del siglo I, presentaba a los cristianos como aquellos que “viven según el domingo” (iuxta dominicam viventes). Benedicto XVI5 explicaba que esta afirmación manifestaba cómo la Misa impregnaba la vida cotidiana de los cristianos desde la primera hora. El domingo, día del Señor, día de su Resurrección, día en el que se celebraba la Eucaristía, adquirió un valor especial respecto a cualquier otro día de la semana; se convirtió en el primer día de la semana para los cristianos, que sirve de arranque y marca el resto de la semana. Participaban de la Eucaristía para después vivir más como cristianos. “Cada vez que salgo de misa, tengo que salir mejor que cuando entré, con más vida, con más fuerza, con más ganas de dar testimonio cristiano. A través de la Eucaristía, el Señor Jesús entra en nuestro corazón y en nuestra carne, para que podamos expresar en la vida el sacramento recibido en la fe”6. La Misa bien vivida tiene un inmenso valor transformador; unirse a Jesús participando de su entrega en la Cruz urge a portarse coherentemente, hacer el bien y amar con obras a los demás, a ser testigo creíble del Evangelio.
Sin Eucaristía no podemos vivir
Los santos mártires de Abitinia (Túnez) son un ejemplo de ese “vivir según el domingo”. Durante la persecución de Diocleciano (año 304), 49 cristianos fueron apresados por haberse reunido en una casa para celebrar la Eucaristía en contra de lo establecido por la autoridad imperial. Conducidos a Cartago, el procónsul Anulino, “en el interrogatorio, les preguntó por qué lo hicieron, sabiendo que estaba absolutamente prohibido. Y respondieron: <Sin el domingo no podemos vivir> (sine dominico non possumus), que
1 Constitución Sacrosanctum Concilium n. 14.
2 Francisco, catequesis (8.11.2017).
3 Editado en mayo del 2021, https://www.conferenciaepiscopal.es/memoria-de-la-iglesia/
4 Misa está relacionada con el término latino “missio”, que significa misión, encargo; el encargo se refiere al mandato del Señor (haced esto en memoria mía) y también a la misión que reciben los cristianos de santificar su vida y el mundo creado, redimiéndolos del mal introducido por el pecado, gracias a su participación en el Misterio Pascual.
5 Ref. Benedicto XVI, exhortación postsinodal Sacramentum Caritatis n. 72.
6 Francisco, catequesis (4.4.2018).
quería decir: si no podemos celebrar la eucaristía, no podemos vivir, nuestra vida cristiana moriría”. Todos fallecieron en la cárcel.
Son muchos los testimonios de lo que los cristianos de todos los tiempos han hecho por amor a la Eucaristía. ¿Qué significa para cada uno de nosotros participar en el sacrificio de la Misa y acercarnos a la mesa del Señor? La Eucaristía es un suceso maravilloso en el cual Jesucristo, nuestra vida, se hace presente.
Participar en la Misa es vivir otra vez la pasión y la muerte redentora del Señor. Es una teofanía: el Señor se hace presente en el altar para ser ofrecido al Padre por la salvación del mundo”7. Ahí radica la grandeza del cristiano: en hacer todo incorporados a Cristo en su sacrificio y así elevarlo a Dios. Es su principal aportación; solo el bien infinito que mana de la Eucaristía vence al mal y “puede suscitar después la cadena de transformaciones que poco a poco cambiarán el mundo. Todos los demás cambios son superficiales y no salvan”8. Se abre el Cielo y los bienes divinos inundan el mundo y la vida del cristiano, de todo tiempo y lugar, fecundándolas.
La Misa: entramos en el Calvario…
El Jueves Santo, antes de derramar hasta la última gota de sangre por nosotros, Cristo “inventó” el medio para que pudiéramos participar de su sacrificio de la Cruz, su Resurrección gloriosa y su entrada en el Cielo, y se lo confió a la Iglesia. Así alcanzamos los tesoros infinitos, inagotables y eficaces que Cristo nos ganó:
instituyó la Eucaristía. Podemos unirnos a su Sacrificio, alimentarnos con su Cuerpo y estar siempre acompañados por Él en el Sagrario. “Este sacrificio es tan decisivo para la salvación del género humano, que Jesucristo lo ha realizado y ha vuelto al Padre sólo después de habernos dejado el medio para participar de él, como si hubiéramos estado presentes. Así, todo fiel puede tomar parte en él, obteniendo frutos inagotablemente”9. Esta es nuestra fe, fundamento de esperanza alegre y fuente de amor verdadero.
La Santa Misa re-presenta el misterio Pascual de Jesús, lo hace presente aquí y ahora, no como en una obra teatral, que se repite, sino como memorial vivo. No es un simple recuerdo de un acontecimiento pasado, ni sólo actualiza su eficacia salvífica (la aplicación de la redención), sino que eso sucede porque lo <representa>
sacramentalmente (la plegaria y los signos) de modo eficaz por la promesa de Cristo (haced esto en memoria mía) mediante el ministerio de la Iglesia (a través de los sacerdotes). Es una actualización misteriosa; espacio y tiempo se ponen en suspenso, y se nos permite estar en el Calvario… y participar de las palabras, hechos y sentimientos de Jesús, en su mismo y único sacrificio en la Cruz. Por la fuerza del Espíritu Santo, las palabras y gestos del sacerdote, que actúa en la persona de Cristo, hacen presente sacramentalmente el misterio pascual. “Cuando entramos en la iglesia para celebrar la Misa pensemos esto: entro en el Calvario, donde Jesús da su vida por mí”10.
La Misa, el don por excelencia de Cristo a su Iglesia
La Misa es la manifestación más radical de la misericordia de Dios para con los hombres, con cada uno: “me amó y se entregó por mí” (Gálatas 2, 20). Revela el amor que nos tiene: “¿Qué más podía hacer Jesús por nosotros? Verdaderamente, en la Eucaristía nos muestra un amor que llega <hasta el extremo> (Juan 13, 1), un amor que no conoce medida” (Ref. nota 9). Y revela el potencial de ese amor, más fuerte que nuestros pecados e infidelidades. Es un océano de misericordia que deshace los ríos de maldad del hombre.
Por eso, afirmaba san Juan Pablo II: “La Iglesia ha recibido la Eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como un don entre otros muchos, aunque sea muy valioso, sino como el don por excelencia, porque es don de sí mismo, de su persona en su santa humanidad y, además, de su obra de salvación. Ésta no queda relegada al pasado, pues <todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos...> (Catecismo de la Iglesia n. 1085)” (ídem). Cristo nos ganó un inagotable tesoro de gracias, nos hace inmensamente ricos.
Ver la Misa con ojos nuevos
7 Francisco, catequesis (8.11.2017).
8 Benedicto XVI, homilía en la JMJ en Colonia (21.8.2005).
9 San Juan Pablo II, encíclica La Iglesia vive de la Eucaristía n. 11
10 Francisco, catequesis (22.11.2017).
San Pablo nos apremia: “tened en vuestro corazones los mismos sentimientos que Cristo en el suyo”
(Filipenses 2, 5). Y la hora cumbre de la vida de Cristo es su Pascua: “para esto he nacido y para esto he venido al mundo” (Juan 18, 37). Sintonizar corazones es la clave del amor. Veremos con ojos nuevos la santa Misa y la amaremos, participaremos activamente y con fruto, si buscamos esa unión afectiva con Jesús cuando entrega su cuerpo y derrama su sangre en la Cruz, resucita triunfante y asciende a la derecha de Dios. En el Bautismo hemos sido “revestidos de Cristo” (Gálatas 3, 27) y hechos “miembros de su Cuerpo” (1 Corintios 12, 27), que es la Iglesia. Se nos regala el sacerdocio común por el que participamos en el de Cristo, que nos consagra sacerdotes de nuestra propia vida11. Hemos recibido esa capacidad de unirnos a Él y participar en su Pascua.
¿Qué ocupaba el corazón de Cristo? Recordemos que la razón fundamental de su vida fue adorar a su Padre; llevado por su amor ilimitado, el Hijo se ofrece reparar la deshonra sufrida por el pecado del hombre y reconciliar al mundo con su Creador. El primer motivo para ir a Misa es dar a Dios el culto que se merece, dar al Padre todo honor y toda gloria, “por Cristo, con Él y en Él”. Es el primer, principal y esencial motivo, es realmente justo y necesario. A ese porqué se unen otros. En el corazón de Jesús encontramos la gratitud al contemplar la maravilla de la Misericordia divina con los hombres, que le lleva a la alabanza. Así nosotros, vamos a Misa a agradecer y alabar…. Todo el bien que hemos recibido o hemos procurado hacer, lo damos: lo unimos al sacrificio perpetuo de Jesús al Padre; por gracia del Espíritu Santo se hace sacro:
ofrenda santa, pura y agradable a Dios. “En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo es también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo. El sacrificio de Cristo, presente sobre el altar, da a todas las generaciones de cristianos la posibilidad de unirse a su ofrenda”12. Encontramos su intercesión ante el Padre: “Padre, perdónales” (Lucas 23, 34). Su sacrificio ha satisfecho la justicia divina y su suplica está siempre presente ante el Padre. Vamos a Misa a entregar nuestras miserias reconociéndolas humildemente y, arrepentidos sinceramente pedir perdón para que Dios las haga desaparecer y nos cure.
No solo nuestras miserias, en unión con Cristo queremos reparar el mal que aqueja a la humanidad.
También encontramos su intercesión ante el Padre para que seamos escuchados y alcancemos el pan de cada día, lo que nos conviene, empezando por la vida nueva que nos regala a través de la comunión de su cuerpo y de su sangre.
Cada Misa es el acto más perfecto de amor. Nada de lo que podamos hacer por Dios en esta tierra, ni siquiera dar nuestra vida, es comparable a la Misa; ya que es una acción divina tiene un valor infinito. Todo el culto que debemos a Dios le fue dado por Cristo; toda la satisfacción que le debemos fue allí dada. Todo lo que necesitamos fue merecido allí, y todas las gracias que deberíamos dar le fueron allí dadas. Nada queda sino hacer nuestro aquel sacrificio participando en él unidos a Jesús, en sintonía de corazones, con ojos nuevos.
La Misa es la Misa
La Misa es la Misa, eso significa que “las grandes líneas del desarrollo de la celebración eucarística han permanecido invariables hasta nuestros días a través de la diversidad de tradiciones rituales litúrgicas”13. Eso sucede porque desde el principio los cristianos se sabían sujetos al mandato del Señor, dado la víspera de su pasión. Así lo certifica san Pablo: “Porque yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: <Que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado…>” (1Corintios 11, 24- 25)”. Conservamos un testimonio del siglo II, la relación de lo que hacen los cristianos de san Justino al emperador Antonino Pío; en su “Apología” (año 155) tenemos las grandes líneas del desarrollo de la celebración eucarística (ref. nota 13).
La Misa estaba prefigurada en el culto del Antiguo Testamento. Es lógico que Dios preparara al pueblo elegido para recibir la Nueva Alianza sellada con el sacrificio de Cristo en la Cruz. Los evangelios relacionan explícitamente la Misa con la comida pascual judía, memorial de la liberación de Egipto (ref. Lucas 22, 15). El modelo básico de culto judío era una ceremonia consistente en la lectura de la Palabra de Dios y en la
11 Ref. Catecismo de la Iglesia n. 1268.
12 Catecismo de la Iglesia n. 1368.
13 Catecismo de la Iglesia n. 1345.
ofrenda del sacrificio. Es el esquema que Jesús resucitado siguió al aparecerse a los dos discípulos de Emaús el domingo de Resurrección: en el camino les explicaba las Escrituras, luego, sentándose a la mesa con ellos, <tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio> (ref. Lucas 24, 27-35).
La Liturgia de la Eucaristía comprende dos grandes momentos que forman una unidad básica, un único acto de culto: la Liturgia de la Palabra (con las lecturas, la homilía y la oración universal), que actualiza la predicación de Jesús, y la Liturgia eucarística (con la presentación del pan y del vino, la acción de gracias consecratoria y la Comunión), que actualiza su Pascua. Precedidas por los ritos iniciales y acabadas por el rito de conclusión. En la primera parte, Cristo nos enseña el sentido de las Escrituras y así conocemos gradualmente la historia de nuestra salvación. En la segunda, Cristo resucitado hace realmente presente su sacrificio en la Cruz y nos alimenta con su Cuerpo y su Sangre. La Misa “es el encuentro de amor con Dios mediante su Palabra y el Cuerpo y Sangre de Jesús. Es un encuentro con el Señor. Es un encuentro vivo, nosotros vamos a la misa no a un museo” 14.
Desvelando el misterio de la Misa
“Concédenos, Dios Todopoderoso, avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud”15. Fantástica oración, pedimos avanzar en inteligencia, crecer en el intus legere, en la capacidad de leer dentro, de leer en el interior del Misterio del Amor de Dios al hombre que se plasma en la Santa Misa, acción divina que hace “presente” realmente, en el tiempo, el único y eterno sacrificio de Cristo en el Calvario. Lo que vemos y oímos, lo que conocemos por los sentidos, es pobrísimo comparado con lo que los signos, palabras y gestos encierran. Es tal que excede nuestra capacidad de comprensión, es un enorme misterio de fe. Exige, con la gracia del Espíritu Santo, trascender lo externo (el templo, la música, la luz, los asistentes, las particularidades de la celebración…), que percibimos sensiblemente y sirve de ayuda no pequeña, para así contemplar su realidad misteriosa.
¿Cómo desentrañar el misterio? La respuesta es “a través de los signos”. Captamos la esencia de las cosas a través de los accidentes. Así conocemos. Se trata de descubrir el sentido de los símbolos, gestos y palabras de la Liturgia, y así pasar de los signos al misterio. “Es necesario conocer estos santos signos para vivir plenamente la Misa y saborear toda su belleza”16. El Papa explicó brevemente estos santos signos en sus catequesis de noviembre del 2017 a abril de 201817. Podemos meditar esas enseñanzas gradualmente.
Pedir luces al Espíritu Santo para concretar algún detalle a cuidar, apuntarlo para recordarlo antes de comenzar la ceremonia y confiarse al auxilio de Dios para vivirlo. Adquirir nuevos hábitos exige repetir, no basta con una sola vez. Y así, una semana, un nuevo detalle, o uno antiguo que se había olvidado… siempre estaremos de estreno o quitando el polvo. La mejor catequesis sobre la Eucaristía es la Misa misma bien celebrada; viviendo con más fe, esperanza y amor cada momento, veremos lo que no se ve, no nos perderemos lo que está ocurriendo en el Altar. Progresivamente nos ejercitaremos en desvelar los misterios que encierran los signos.
No queda más que ponerse…
“Quizá, a veces, nos hemos preguntado cómo podemos corresponder a tanto amor de Dios; quizá hemos deseado ver expuesto claramente un programa de vida cristiana. La solución es fácil, y está al alcance de todos los fieles: participar amorosamente en la Santa Misa, aprender en la Misa a tratar a Dios, porque en este Sacrificio se encierra todo lo que el Señor quiere de nosotros”18. La Misa dejará de ser una obligación del domingo y pasará a ser una necesidad, que buscaremos satisfacer otros días, diariamente, en la medida de lo posible.
“¿Qué podemos responder a quien dice que no hay que ir a misa, ni siquiera el domingo, porque lo importante es vivir bien y amar al prójimo? Es cierto que la calidad de la vida cristiana se mide por la capacidad de amar, como dijo Jesús: <En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los
14 Francisco, catequesis (15.11.2017).
15 Oración colecta del 1º domingo de Cuaresma.
16 Francisco, catequesis (20.12.2017).
17 Descarga el libro electrónico gratuito en: https://opusdei.org/es-es/article/libros-electronicos-para-descargar/#Catequesissobrelasantamisa 18 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa n. 88
unos a los otros> (Juan 13, 35); ¿Pero cómo podemos practicar el Evangelio sin sacar la energía necesaria para hacerlo, un domingo después de otro, en la fuente inagotable de la Eucaristía? No vamos a Misa para dar algo a Dios, sino para recibir de Él aquello de lo que realmente tenemos necesidad”19. Encontraremos el remedio a nuestra indigencia y crecerá el amor a Dios y a los demás.
19 Francisco, catequesis (13.12.2017)