Centro de Desarrollo Personal Lucy Serrano
Introducción……… 4
I. ¿Qué es una mujer? Programaciones socioculturales……….…. 7
II. Diferentes tipos de mujeres y sus maneras de relacionarse en pareja..… 17
La abnegada.
La pseudofeminista.
La salvadora de hombres.
La princesita soñadora.
La chica moderna comunicativa.
La autosuficiente decepcionada.
La tímida, acomplejada, solterona.
La vanidosa, caprichosa, manipuladora.
III. El mito de la comunicación….……… 48
Cómo no caer en la trampa.
Diferencias básicas entre hombres y mujeres que dificultan la comunicación.
El papel de la autoestima en la comunicación.
Métodos equivocados de reacción ante comentarios negativos.
IV. Círculo de cambios……… 81
Equilibrio en las diferentes áreas de vida.
Descripción de las diferentes áreas de vida.
¿Cómo afecta al hombre que la mujer decida cambiar?
Recuperarse a sí misma antes de intentar recuperar a la pareja.
Ejercicios de recuperación de sí misma.
Si me doy cuenta de que la relación no funciona, ¿qué hacer?
Manejo de la separación o el divorcio. ¿Podré rehacer mi vida?
Cuestionario sobre la preparación para la separación o el divorcio.
¿Cómo afectará a mis hijos esta decisión?
Matrimonios atorados.
V. Consejos para las solteras o las que van por la segunda vuelta y desean una buena relación de pareja y consigo mismas……..………..………. 108
Errores que hay que evitar.
Qué aprendí de mis parejas anteriores y de mi forma de relacionarme.
Cuestionario para evaluar posibles parejas.
La mujer madura y equilibrada. ¿Cómo es y cómo se relaciona?
Cómo crecer interiormente y aprovechar las épocas en que estamos solas.
¿Por qué estoy escribiendo este libro? En la actualidad hay libros en los que se habla mucho de los conflictos de pareja: infidelidad, misoginia, problemas psicológicos masculinos y femeninos, conflictos con los hijos y tantos otros.
Muchos de estos libros son excelentes y no cabe duda de la gran ayuda y orientación que han proporcionado al público interesado. Sin embargo, la gran mayoría son traducciones de autores extranjeros que no están familiarizados con nuestra idiosincrasia. Los seres humanos, aunque básicamente compartimos muchas características, tenemos nuestras particularidades culturales y regionales, por lo que consideré interesante y necesario hacer mi aportación, basada en un análisis y enfoque apropiados a nuestra forma de pensar y de vivir, apegados a nuestra realidad.
Aunque aquí hablaré principalmente de las diversas maneras en que las mujeres (a quienes dedico mis palabras con cariño, respeto y admiración) nos relacionamos con nuestra pareja, invitó también a los caballeros (quienes representan un rol tan importante en nuestras vidas) a leerlo. Creo sinceramente que los cambios que propongo les serán igualmente beneficiosos, pues en su mayoría, ellos, como nosotras, desean una relación de pareja que los complemente y enriquezca; desean compartir su proyecto de vida con alguien a quien amen y con quien se lleven bien; desean traer al mundo hijos que no necesariamente imiten su conducta negativa y repitan lo que vieron en sus casas, sino que formen parte de una sociedad de individuos más sanos, equilibrados y felices. Piensen, mis queridos lectores varones, en las mujeres de su vida (madre, hermanas, hijas, amigas, novias, amantes, esposas); intenten comprenderlas mejor y darse cuenta de que nosotras deseamos lo mismo: comprenderlos a ustedes. Sólo así evitaremos los inmensos sufrimientos generados cuando una pareja tiene conflictos que repercuten no sólo en ellos, sino también en sus hijos; sólo así podremos formar una sociedad de individuos más sanos, equilibrados y felices.
Muchísimas personas, actuando por sí solas o como parte de una agrupación (incluyendo instituciones religiosas diversas) tienen interés en ayudar a la sociedad a través de la familia integrada y dirigen sus esfuerzos (sin duda bien intencionados) a resaltar cuán importante es para el desarrollo de los hijos crecer dentro de una familia sana. Es innegable que lo ideal es un ambiente de respeto, de comprensión, comunicación, con buenos ejemplos, con madurez, confianza, amor y que todos salimos perjudicados y sufrimos intensamente cuando hay conflictos, soledad y desamor. Si utilizamos únicamente técnicas para describir cómo debe ser una pareja o una familia
ideal y, voluntaria o involuntariamente, hacemos sentir culpable a quien no la tiene, sólo conseguiremos bloquear el camino hacia la solución práctica y realista de sus problemas.
He escuchado que la base de la sociedad es la familia; mucha gente preparada sostiene que es la pareja, de la cual se deriva la familia. Yo deseo enriquecer este concepto insistiendo en que para lograr una pareja bien integrada y una familia estable, la base es el individuo. Debemos empezar por el principio, por la raíz; es materialmente imposible constituir una buena pareja y, por ende, una buena familia, si quienes la integran llevan a su unión los traumas no resueltos del pasado, sus miedos, angustias, complejos, falsas expectativas y pocas habilidades para relacionarse con otros seres humanos. Si logramos que los individuos se superen, se entiendan mejor a sí mismos y hagan un esfuerzo consciente para modificar conductas y actitudes que les han perjudicado, se alcanzará la meta común de una sociedad más equilibrada, sin tantos problemas que a todos, de manera directa o indirecta, nos afectan.
No propongo una cura mágica a todos los males de la humanidad; deseo tan sólo hacer una aportación personal, basada en mi experiencia con la gente que me ha honrado con su confianza a través de las terapias y los programas de radio o televisión, y que tanto me han enseñado sobre la conducta y los sentimientos humanos.
Es posible que no todos los lectores estén de acuerdo con mis conceptos (acepto y respeto la divergencia de opiniones). Sin embargo, yo les pido que traten de interpretar mis ideas con amplio criterio y mente abierta, sin hacer juicios basados en la intolerancia y sin saltar a conclusiones prematuras antes de haber terminado el texto. Gracias por su comprensión y paciencia.
En la primera parte de esta obra consideré necesario hablar de las formas inadecuadas de relacionarse. En ella analizo conductas inapropiadas masculinas y femeninas, la forma en que se generan, qué papel jugamos al formar parte de una relación conflictiva, cómo nos enganchamos, a veces de manera inconsciente e involuntaria, en interacciones destructivas. Sólo al reconocer en nosotros mismos que no somos víctimas indefensas, sino protagonistas activos en dichas relaciones, tendremos acceso a las alternativas de mejorarlas, de manejarlas de otra manera, de salir de ellas antes de que nos hagan más daño, de crecer y aprender de la experiencia en lugar de amargarnos y deprimirnos, de permitirnos buscar una relación más positiva y compatible. No se trata de mala suerte, no es que nos toquen personas que no nos comprenden, no es que los otros sean los “malos” y nosotros los “buenos”. Mediante una profunda autorreflexión, generalmente dolorosa, podemos dejar el pasado una vez que lo entendemos y dedicar nuestro esfuerzo y energía a cambiar nuestros propios patrones de conducta y no los del otro.
Esta obra no logrará su propósito sin la colaboración y participación activa del lector. Es sumamente importante que lleves a cabo los ejercicios que aquí se sugieren y los complementes con un autoanálisis realista y tus observaciones de cómo nuestra conducta y actitudes impactan a los demás.
Con cariño
Lucy Serrano
CAPÍTULO 1
Programaciones Socio-culturales
¿Qué mujer no desea ser feliz y sentirse realizada en todos los aspectos de su vida; tener un trabajo o profesión bien remunerado y con satisfacción laboral; una pareja que la amé, valore, comprenda y respete; ser madre; estar sana; tener una apariencia física agradable; una situación económica estable; verse libre de frustraciones, resentimientos, depresiones o miedos; sentirse útil, apreciada, valiosa y llena de entusiasmo para vivir plenamente?
Parece un sueño imposible, ¿verdad? Aparentemente unas cuantas afortunadas lo tienen todo. A otras les va bien en sólo un aspecto (el trabajo, por ejemplo), mientras otro (su vida emotiva) es un desastre; si no tienen pareja, se sienten muy solas; si la tienen, les causa conflicto o no las satisface plenamente; su salud anda pésima; viven en un estrés continuo o sufren internamente de frustración por no haber tenido un hijo. A un tercer grupo parece irle mal en todo y se sumen en un profundo pozo de desesperación, creyendo que su vida no tiene sentido, que las mujeres nacimos para sufrir, que las circunstancias y las personas son injustas y que las cosas nunca van a cambiar.
¡Cuántas jovencitas que alguna vez estuvieron llenas de entusiasmo e ilusiones ahora se encuentran insatisfechas o profundamente amargadas y frustradas! ¿Qué pasó?, ¿acaso se soportaron mal?, ¿no tuvieron la suficiente inteligencia para manejar las situaciones y los conflictos?, ¿son ellas las culpables de su desdicha por algún defecto o error?, ¿será cierto que vivimos en una sociedad donde no se permite a las mujeres superarse, opinar y ser ellas mismas?
Todos estos cuestionamientos y muchos más han pasado por mi mente desde mi adolescencia. Crecí en una familia con ideas estrictas y convencionales, con parámetros religiosos inflexibles y con una poderosa influencia social respecto de cuáles eran los papeles del hombre y de la mujer, como si cada uno estuviera obligado a interpretar un rol en un libreto predeterminado de una obra de teatro. Sin embargo, dentro de mí se anidaba una gran tristeza y un creciente coraje al ver que muchas mujeres (mi propia madre, mi abuela, mis tías, primas y amigas), pese a seguir las normas de conducta apropiadas, no eran felices ni realizaron nunca sus aspiraciones. Siempre estaban presionadas por cumplir con lo que se suponía era su deber. Si se atrevían a protestar, de inmediato se les calificaba de egoístas, se les hacía sentir culpables y se les obligaba a
claudicar y conformarse con lo que la sociedad esperaba de ellas. Yo me preguntaba: ¿sería esto responsabilidad de los hombres que no las comprendían o las maltrataban?, ¿o era el origen del problema la sociedad misma que se negaba a evolucionar? Mis constantes cuestionamientos me llevaron a estudiar cada vez más a fondo esta problemática.
Enseguida presentó un breve ejemplo de los roles tradicionales que tanto el hombre como la mujer debía cumplir hasta hace no muchos años atrás:
La mujer
Ser virgen
No trabajar ya casada
Obedecer y atender al marido
Dedicarse por completo a los hijos
Ser dulce y abnegada
No intentar sobresalir o desarrollarse
Aguantar porque es “su cruz”
El hombre
Mandar en el hogar
Ser fuerte y rudo
Salir a trabajar
No encargarse de las tareas domésticas
Tener libertad sexual
Las únicas opciones de las mujeres eran:
Casarse. Considerada la mejor y la única forma válida de hacer el amor, de tener hijos, conseguir quien las mantuviera y convertirse en mujeres respetables. A veces ni siquiera podían escoger con quién, pues sus padres les imponían al marido.
Quedar solteronas. Considerado como un verdadero fracaso porque nadie se había fijado en ellas (generalmente causaban lástima).
Hacerse monjas. Algunas lo hacían por verdadera vocación religiosa; otras por esconder un pecado (como un embarazo), una decepción amorosa (el novio se había casado con otra), o como castigo por desobedecer a sus padres (para alejarlas de un pretendiente que no les convenía).
Convertirse en prostitutas o amantes (la casa chica). Algunas lo hacían después de haber sido violadas o abandonadas por el novio habiéndose entregado a él (pensaban que ya no valían nada por no ser vírgenes); otras lo hacían por hambre, por ignorancia o por decepción.
Vivir en unión libre…
Podríamos pensar: “todo esto es cosa del siglo pasado”, pero sabiendo cómo fueron educadas nuestras abuelas y bisabuelas, nos será más fácil comprender que quizá nos quede algo de ello, aunque confuso y mezclado con las ideas modernas sobre cuál es nuestro papel en la vida. Y esta confusión nos descontrola.
Hemos progresado mucho: ahora hay tantas mujeres que estudian, trabajan, escriben, actúan, se desarrollan en las artes. Pero en el terreno sentimental, definitivamente nos queda mucho camino por recorrer. Con frecuencia nos topamos con mujeres valiosas que se sienten destruidas, solas o incompletas por una decepción amorosa o un fracaso con su pareja. Aún con los logros profesionales, parece existir un enorme vacío difícil de llenar. Pocas logran encontrar la pareja adecuada (resulta utópico pensar en la ideal) y combinar su vida de esposa y madre con la realización de sus metas personales.
En mi búsqueda por saber quién era yo como mujer individual, me vi en la necesidad de analizar, en primer lugar, qué es una mujer de manera global. Me percaté entonces de que la mayoría de los conceptos sobre la mujer y cómo debe comportarse, no son realmente nuestros, nos fueron impuestos por las ideas de nuestros padres, nuestros abuelos y transmitidos de generación en generación, así como por las ideas religiosas, sociales y culturales de nuestro país y nuestra época.
A través del tiempo se ha comprobado que muchos de estos conceptos no funcionan porque no han logrado los resultados esperados. Mencioné en la introducción que hay muy pocas mujeres realmente felices y satisfechas con su vida y que una inmensa mayoría se encuentra en un rango que va desde una ligera insatisfacción hasta el daño psicológico profundo, que sufren abusos, humillaciones o adoptan conductas destructivas para sí mismas y para quienes las rodean.
Un ejemplo común, desafortunadamente aún prevaleciente en nuestros países, es el caso de la abnegación y el machismo, fuente de innumerables hogares disfuncionales:
hombres que representan el papel de villanos; mujercitas sufridas que se sacrificaron por completo por servir a su familia, por dar gusto y obedecer a su pareja y que lo único que lograron fue convertir en un verdadero infierno su propia vida y la de sus hijos. Estas mujeres suelen acabar solas, traicionadas o abandonadas, en una lastimosa situación económica, con la salud y los nervios destrozados, con la autoestima por los suelos, con los hijos traumados y con serios problemas escolares y de conducta. Uno se pregunta: ¿cómo pudo pasar esto después de tanta abnegación y sacrificios?
Estoy convencida de que la razón es la enorme ignorancia con que nos educan respecto a la realidad de la vida, de nuestro papel como mujeres y de la psicología masculina. Por lo general, los varones, debido también en gran parte a una educación errónea, piensan, actúan, reaccionan e interpretan las cosas y las palabras en forma totalmente diferente de las mujeres.
Retomo el argumento de que nuestra manera de pensar está condicionada por el país y por la época en que nos tocó vivir. Digamos que una chica nace en un país musulmán donde las costumbres sociales y religiosas le indican que debe usar una vestimenta que la cubra totalmente; si llegara a mostrar simplemente su cabello, sería considerada una libertina, ya que está provocando sexualmente a los hombres. Por otra parte, en los países de cultura diferente, las mujeres muestran su cabello sin la menor insinuación de que estén haciendo algo incorrecto. Si a una joven le toca nacer en una remota y primitiva tribu africana, donde se acostumbra llevar sólo un taparrabos y mostrar los senos al aire (como lo han hecho las de su aldea por generaciones), su conducta obviamente no será motivo de escándalo ni reprobación por parte de los varones o de sus congéneres. Sin embargo, si en nuestros países se nos ocurre salir a la calle con el torso desnudo, causaríamos tal alboroto que podríamos ser arrestadas por faltas a la moral y provocaríamos múltiples críticas a nuestro pudor y a nuestras facultades mentales.
¿Acaso es más decente la mujer musulmana por estar totalmente cubierta?, ¿es la africana una promiscua degenerada por deambular semidesnuda? Siendo todo cuestión de costumbres, es muy difícil asignar de antemano un valor moral a las normas de conducta generalmente aceptadas y basar en ello nuestra decencia como mujeres.
Hago estos sencillos comentarios para empezar a cuestionar, con amplio criterio, todas las ideas que nos metieron en la cabeza y que en este libro llamaré “vocecitas del pasado”. Así lograremos tener en claro cuáles ideas realmente son nuestras y cuáles nos programaron como computadoras.
Veamos algunos ejemplos. Sin ir muy lejos, a principios del siglo XX era poco usual que las mujeres desearan (o más bien, que les permitieran) estudiar una carrera
profesional. Imaginemos a nuestra valiente abuela o bisabuela, en especial en los países latinos, que se atrevió a ser la primera mujer en pisar una universidad pretendiendo cursar una carrera considerada apta sólo para hombres; digamos medicina. La chica seguramente provocó un gran escándalo, fue sometida a enormes presiones; es muy posible que sus profesores hayan intentado reprobarla o ridiculizarla; que sus compañeros, con sus burlas, la hayan hecho sentir una intrusa en el grupo; que de sus padres sólo haya recibido incomprensión y falta de apoyo; quizá el novio la chantajeó con la amenaza de terminar la relación si no dejaba esas ideas ridículas.
¡Qué diferencia con la época actual en la que lo más natural es que las chicas estudien una carrera sin que nadie las someta a tantos obstáculos y humillaciones! Pero, claro, ello se logró gracias a las primeras valientes mujeres que se atrevieron a cuestionar las reglas establecidas y que se negaron a claudicar ante las presiones y las dificultades, demostrando que no hay nada malo, anormal, inmoral o inadecuado en que una mujer desee ser una profesional.
Un tercer ejemplo es la educación sexual, incluyendo el un tan discutido control de la natalidad. No podemos concluir que la información apropiada y verídica haya provocado la promiscuidad y la falta de valores. Desde el principio de los tiempos han existido casos de conductas sexuales muy distintas, desde las orgías romanas hasta el puritanismo victoriano. El propio Jesucristo defendió a la mujer adúltera a punto de ser apedreada diciendo: “El que esté libre de pecado, que lance la primera piedra”.
Es sin duda positivo que las ideas estén evolucionando. Era triste ver a niñas asustadísimas con su primera menstruación porque no sabían nada acerca del funcionamiento de su cuerpo; a mujeres que, por creer que era mandato divino, tenían diez o doce hijos, pese a su precaria situación económica que les impedía proporcionarles los cuidados indispensables; a jóvenes que recurrían a abortos clandestinos y ponían en peligro su vida para ocultar que ya no eran vírgenes y evitar acarrear la vergüenza de ser madres solteras. ¡Cuántos prejuicios, cuántas falsedades, cuánta incomprensión!
No propongo (nada más lejos de mi intención) una lucha entre una ideología rígida y prejuiciada y un liberalismo inmoral y sin valores. Lo importante es reordenar nuestras ideas para llegar a un justo equilibrio; empezar el lento y a veces doloroso proceso de conocernos mejor a nosotras mismas; sacudirnos la ignorancia y los prejuicios y, además, entender mejor a los hombres.
Ejercicios
1. Haz entrevistas a varias mujeres de tu familia (tu madre, abuela, hermanas, tías) y también a amigas y conocidas. Pregúntales cuál es su concepto de qué es una mujer y cómo debería comportarse.
2. También entre tus familiares y amigos, entrevista a varios hombres de diferentes edades, estado civil y condición sociocultural. Hazles la misma pregunta y verás que no todos ellos piensan igual.
3. Escribe tus conceptos acerca de qué es una mujer y compáralos con los de otras personas. Así podrás diferenciar las voces del pasado de tus propias ideas. 4. Reflexiona sobre cómo educar a tus hijas, ¿harías cambios en la forma en que te
educaron a ti?
A manera de ilustración, he querido transcribir aquí algunas de estas descripciones, hechas por las alumnas de mis cursos de superación en la Ciudad de México.
Mujer, ¿qué es una mujer? Para mí es: un ser humano que merece respeto, con las mismas necesidades, deseos, gustos, etc., que el hombre, con derechos a iguales oportunidades y a un lugar muy especial, ya que la mujer es la preservadora de la vida. De chica, en casa, se me inculcó que la mujer debe ser abnegada, me repetían constantemente esa palabra, que una nació para servir al hombre, que debe una “comprenderlo”, “apoyarlo” y aguantarle todo. Una “buena esposa” soporta todo por los hijos, no tiene opiniones propias y debe pedir autorización a su esposo para todo, aun para algo relacionado con su propio cuerpo. Sin embargo, con el paso del tiempo, con las experiencias positivas y negativas que he vivido y los conceptos modernos sobre cómo debe de ser una mujer, mis ideas y actitudes han cambiado. Ahora lucho por que mi pareja me respete y podamos llevar una relación sana y satisfactoria para ambos; me sigue costando mucho trabajo, pero con constancia, determinación, valentía y seguridad en mis convicciones, sé que voy a salir adelante en mi vida y con mi pareja.
La mujer es el origen. Es el pilar de un hogar. Si ella está mal, todo su hogar lo estará porque en sus manos está el futuro de sus hijos, la felicidad de ellos. La mujer debe ser independiente, positiva, fuerte. Ella es capaz de eso y más. Ella da la vida, da ternura y atención. Ella es sensible y generosa. El dolor de ser madre le ha enseñado a ser comprensiva y a vencer cualquier obstáculo por el ser que ha engendrado. Es triste ver que tanta valía y tanto poder se vean pisoteados y humillados. La mujer debe quererse no más ni menos de lo que quiere a los demás. Debe ser generosa consigo misma y perdonarse tanto como perdona. Ella merece tanto amor y respeto como da.
Laura Aguilar Fernández
Una mujer es un ser humano a quien se clasifica con el sexo femenino y no tiene el más mínimo derecho de disfrutar la vida, pasa todas sus etapas reprimida socialmente por el hombre clasificado con el sexo masculino (o macho). La mujer no tiene derecho a la igualdad con el hombre; se le considera incapaz para realizar muchos trabajos, excepto las labores domésticas y la máxima atención y servicio al hombre. Cuando llega a la adolescencia se le “prepara” para que piense en unir su vida con el hombre, inmediatamente haga funcionar sus órganos reproductores, sea madre y se dedique en cuerpo y alma a los niños, al hombre y, en general, a servir a su nueva familia. A olvidarse de que su ser existe. A la mujer debería enseñársele sus valores y derechos, la igualdad con el hombre; enseñarle a disfrutar y saber vivir sus etapas; a vivir a la par con la persona elegida y formar una familia feliz. Porque la mujer es la base de la familia. En mi vida hice lo contrario de lo que mi mamá hizo, su sistema no funcionó y yo no quería sufrir como ella, así es que lo modifiqué y llevé a cabo el mío propio; no sé si es bueno o malo, a veces me funciona y a veces no, pero hago lo que siento. Mi sistema es la igualdad.
Blanca Meyer Avilez
La mujer es el ser complementario para formar una pareja al lado de un hombre.
Es quien fue elegida para tener el privilegio de ayudar a Dios en el prodigio de llevar una vida dentro de su cuerpo teniendo en todo momento bajo su cuidado su desarrollo y feliz término. Por si esto fuera poco, es el eje de su núcleo
familiar, guía para sus hijos y especialmente ejemplo para sus hijas. Por todos estos motivos, ella debe aprender a hacerse valer así misma y a sus pensamientos. Está dotada con cualidades que ella puede desarrollar tanto como se lo permitan su deseo y su determinación. Actualmente ya no es válido esperar pasivamente a que las cosas marchen a su alrededor como sea, ella tiene recursos con los que antes no se contaba para, si así lo desea, mejorar o cambiar lo que se requiera, utilizando todo lo que esté a su alcance para su bien y el de sus seres queridos. La mujer tiene una capacidad inmensa de dar amor y ternura; también desea ser querida y respetada por todos, pero en mayor medida por la persona que eligió como compañero de su vida, pues éste a muy corto plazo (en algunas ocasiones) olvida lo que juró ante un altar. Nota: Admito que para escribir esto me tuve que “exprimir” la cabeza, pues mi idea de lo que era una mujer era sinónimo de debilidad y con muy poco o casi nada de valor como persona.
Martha I. Villalobos
Las mujeres somos la vida misma, ya que algunas tienen la capacidad de darla y otras el poder de encaminarla, para poder dar a la sociedad mujeres y hombres útiles a la misma. Somos seres profundamente sensibles, capaces de estremecernos con un simple roce del ser querido; pero con el suficiente valor de entregar cuerpo y alma por los hijos y el hombre que esté a nuestro lado. Con la fuerza de una leona sabemos defender lo nuestro; estamos acostumbradas a dar tanto a cambio de migajas, pero somos tontas sólo por costumbre, no por condición. Durante siglos han querido apagar nuestra fuerza y relegarnos como criadas y objetos sexuales, poniéndonos a la sombra de los hombres, cuando poseemos la suficiente luz como para alumbrar nuestro mundo, un mundo de creatividad, de trabajo constante por la superación de nosotras y de nuestros hijos, de sensibilidad, amor y esperanzas. Tenemos lo suficiente para romper las cadenas que durante siglos hemos cargado, para luchar por nuestra dignificación y por ser tomadas en cuenta y ser respetadas como mujeres y seres humanos útiles a este mundo, nuestro mundo, el cual no es exclusivo de los hombres.
La idea que me inculcaron de cómo debería ser la mujer es la siguiente: su meta era casarse, cuidarse de no perder su virginidad, aprender las labores de su casa, ser abnegada, fiel, tener los hijos que Dios le diera, cuidarlos, obedecer a su esposo, respetarlo, atenderlo, ser de su propiedad, ir al matrimonio sin experiencia ni conocimientos sexuales; todo era prohibido, eso sí, después de firmar el papel todo se valía, se esperaba que, por arte de magia, fuera experta en el sexo, para halagar a su esposo y retenerlo. Pienso que estas ideas sólo han provocado infidelidad, frustración y sentimientos de culpa en la mujer, por no saber cómo manejar la situación y querer seguir ese patrón que la sociedad imponía. Si se tuvieran conocimientos de los hombres: qué los hace reaccionar, comportarse como lo hacen, las tradiciones y patrones que también vienen arrastrando, nos evitaríamos muchos problemas y sabríamos mejor cómo llevar la relación.
María de Lourdes Tamayo
La mujer es el ser en el cual se funda todo lo que es la sociedad, pues es quien se encarga de dar vida y sustento a la familia; es la fortaleza de sus hijos y su pareja. Es quien representa y posee las cualidades emocionales y espirituales. Y a la vez necesita ser inteligente en muchos aspectos. La mujer, para lograr sus objetivos y cumplir con su papel en la vida, debe ser auténtica, congruente con sus ideas, asertiva. Al ser ella misma no permitirá que interfieran en sus decisiones. Es muy importante que sepa darse su lugar, valorarse, quererse. Sé que para muchas mujeres la entrega total es algo que no debe ser llevado a la práctica, pues se malinterpretan muchas cosas, dejando de lado lo más importante: una misma. La mujer debe buscar la armonía de su ser, su paz espiritual, su desarrollo y superación. Ser activa y emprendedora, entusiasta. El cuidado personal en todos los sentidos traerá frutos positivos a su experiencia diaria; el colocarse en lugar primordial y saber exigir que su pareja le otorgue este lugar es una tarea hasta cierto punto difícil, pero que con el tiempo llega a ser tan natural que no necesitará hacer nada especial para obtenerlo, pues su propia actitud acarrea las respuestas, el respeto que las demás puedan sentir por ella. Las mujeres llevamos la carga más pesada de la vida y por lo mismo hay que saber cómo facilitarnos esta área. Las emociones son más intensas en la mujer y pienso que a ella corresponde saber dominarlas, encauzarlas constructivamente. No es fácil, pero cuando empieza a intentarlo ya lleva una gran ganancia. También debe saber cómo sienten los demás y comprender, sin sentir lástima, sino ayudando a que las personas que la rodean puedan ser
conscientes de lo que las atormenta y permitiéndose sentir, responsabilizarse de sus propias acciones.
María Esther González Bárcenas
Una mujer es un ser humano al que el hombre maneja a su antojo. De una manera o de otra, las mujeres siempre tienen más responsabilidades que los hombres, aunque éstos las llamen el sexo débil. Tiene responsabilidades en el hogar, con los hijos, en el trabajo. Siempre la están limitando en los logros que desea tener; en realidad todo le resulta más difícil que al hombre: si quiere trabajar tiene que resolver primero qué va a hacer con sus hijos y con su casa, si quiere estudiar peor aún pues no tendría algo de dinero. Desde niña se le limita para muchas cosas: para ir a un simple paseo, para seguir estudiando. Es como si nos marcaran lo que podemos y no podemos hacer, cuándo podemos hablar y cuándo no. Nos dicen cómo debemos comportarnos aunque nuestros padres hagan lo contrario, creándonos confusión, inseguridad y miedo. En la adolescencia, el novio también nos controla de una manera o de otra aunque aquí todo es disfrazado pues no se portan como en realidad son, son chantajistas y controladores. Ya en el matrimonio también es difícil; el trabajo y la responsabilidad también aumentan. Yo pienso que a la mujer se le debe dar respeto e igualdad de condiciones con el hombre; no quiero decir que hagan exactamente lo mismo pues por algo Dios creó al hombre y a la mujer.
Gabriela Granados de Hinojosa
Desde niña estaba programada para casarme y no estudiar más allá de una carrera comercial pues no tenía caso; además, no había recursos económicos suficientes, éramos ocho hijos. Yo empecé a trabajar un año antes de concluir la carrera de contador privado (a los 14 años y medio); era como si fuese un borrego. Desperdicié mucho de mi tiempo maravilloso pensando en tonterías como que ya era muy grande para estudiar la secundaria (a los 18 ó 19 años). A los 23 me casé con un hombre tan inmaduro como yo y empezaron mis problemas reales y quizás los de él también. Era la típica salvadora de hombres; fue muy difícil; empecé a buscar en libros de autoestima y psicología ayuda para sacar adelante mi matrimonio y a mis hijos. Es muy triste esa forma antigua de educar a mujeres y hombres. Una mujer debe amarse y de ahí todo va a llegar solo; porque una mujer que se ama nunca va a permitir que abusen de ella o la humillen; una mujer que se ama es inteligente; una mujer inteligente
estudia, se cultiva, piensa por ella misma; en una palabra, una mujer tiene que ser autosuficiente y equilibrada, sin culpas, miedos ni complejos.
CAPÍTULO 2
Sentirnos atraídas por un varón o resultarle atractiva a uno de ellos es el resultado de una complejísima serie de factores. No se trata sólo de nuestros gustos o preferencias. Lo más dramático e incomprensible es por qué nos gustan (o pueden llegar a obsesionarnos) personas que no nos convienen o que nos tratan mal. Cabe aclarar que la inteligencia o la experiencia con varias parejas previas no necesariamente nos sirve para evitar cometer los mismos errores.
Además de las programaciones culturales que mencioné en páginas anteriores, los seres humanos tenemos una serie de motivaciones inconscientes, en parte debidas a nuestra formación psicológica y a los mecanismos de adaptación y defensa que tuvimos que crear para sobrevivir ante las circunstancias adversas de la vida, principalmente de nuestra infancia. Para entender esta dinámica, no es suficiente, ni adecuado, limitarnos a culpar a nuestros padres (quienes también podrían culpar a nuestros abuelos y así sucesivamente), a la mala suerte o a nuestra devaluada autoestima, diciendo que somos poca cosa y no merecemos algo mejor.
Hacer este análisis es doloroso y suele resultar muy útil la ayuda de un terapeuta calificado, sensible a nuestras necesidades y a nuestra muy particular forma de ser, con quien sintamos empatía. Pero no podemos dejarle todo a él; su papel es servirnos de guía y fuente de apoyo, pero la mayor parte del trabajo nos toca a nosotros. Mucha gente ha decidido que es preferible hacer el esfuerzo del trabajo interior que continuar con su vida tal como está. Mi deseo sincero es que este libro ayude a quienes deseen una aportación adicional para lograr felizmente tal objetivo.
Aunque cada ser humano es único e irrepetible y no hay peor cosa que ponernos etiquetas para tipificarnos, podemos obtener mucha luz si identificamos en nosotros mismos ciertas pautas de conducta. A través de mis observaciones he llegado a algunas clasificaciones muy generales de los distintos tipos de mujeres y cómo se relacionan con su pareja:
La Abnegada
La Pseudofeminista
La Princesita Soñadora
La Tímida, Acomplejada, Solterona
La Vanidosa, Caprichosa, Manipuladora
Desde luego no todas entran en estas categorías; es probable además que al leer sus descripciones nos identifiquemos en diversos grados con varias de ellas. Lo que analizaré de cada tipo es:
- Qué buscan - Qué papel asumen
- A qué tipo de hombre atraen - De qué tipo de familia provienen
Al identificarse con las diferentes categorías, las lectoras observarán que es muy probable que el tipo de hombre que atraigan estará de acuerdo con el tipo de mujer que son. Si nuestras actitudes y formas de relación son enfermizas, es lógico que (consciente o inconscientemente) busquemos la contraparte de conducta enfermiza en un hombre. Cuando logremos manifestar conductas más sanas, podremos atraer y relacionarnos con parejas igualmente sanas.
Éste es el primero paso y el más difícil para convencernos de que nosotras somos quienes generamos una relación dañina y formamos parte de ella. También nos servirá para dejar atrás la idea de que somos víctimas de la maldad y la incomprensión ajena o de que debemos dirigir nuestros esfuerzos a cambiar o a convencer a la pareja de que modifique su conducta para que seamos felices. Si no siempre tenemos control sobre nuestros propios pensamientos, emociones y conducta, mucho menos lo tendremos sobre otras personas. Ahora la energía debe recanalizarse hacia adentro, hacia los cambios que deseamos efectuar en nosotros. Y aunque esto se antoje una tarea muy difícil y dolorosa, yo les aseguro que no es imposible y que al final nos dará grandes satisfacciones.
La Abnegada
Busca:
Un papá, un protector que venga a salvarla, a darle el cariño y apoyo que no recibió de niña. Está dispuesta a darlo todo, a obedecer, a someterse completamente y a renunciar a sí misma por lograrlo.
Papel que asume:
El de la hijita buena, complaciente y sacrificada (uno de sus lemas preferidos es: “Por
llevar la fiesta en paz, mejor no hago o digo X” o “Para evitar problemas, mejor no lo contradigo”). Es muy insegura y le tiene miedo a su pareja, a la vida y, sobre todo, a
salir adelante sin un hombre. Le afectan mucho las opiniones ajenas, no confía en lo que ella cree, sino en lo que dice él. No piensa en sí misma, siempre está dando o atendiendo a los demás sin exigir reciprocidad. Pero en el fondo se siente muy resentida porque no la valoran. Está llena de culpas (que el hombre por supuesto trata de reforzar y aumentar), creyendo que, por más que se esfuerce, no cumple adecuadamente con su papel de esposa y madre. En algunas, los prejuicios religiosos son también factor determinante para pensar que el matrimonio es una cruz que debe aguantarse.
Tipo de hombre que atrae:
El macho, misógino, prepotente, inseguro, acomplejado, grosero, golpeador, alcohólico, mujeriego, dominante, posesivo, celoso, terco, conflictivo, incapaz de valorar, respetar o darle su lugar a una mujer.
Tipo de familia de la que proviene:
Por lo general de hogares similares (padre macho/madre abnegada): papá autoritario; grandes prejuicios religiosos, poca o nula educación sexual; no la dejaban salir ni tener contacto con los hombres. Muchas de estas mujeres se casan jóvenes y dejan de trabajar o estudiar. Crecieron pensando en que el papel de la mujer es aguantar y luchar por su matrimonio aunque sea un desastre.
Análisis
El resumen anterior nos da una clara idea del significado de la palabra abnegada. Si tú te das a respetar con tu marido, si tus cualidades son apreciadas, si te valoras a ti misma y te sientes segura, si no padeces depresiones constantes ni deseos de llorar y te sientes básicamente satisfecha con tu matrimonio, tu esposo y tus hijos, por supuesto que no entras en esta categoría. Ahora bien, si tu situación es todo lo contrario, es necesario detectar cómo, cuándo y por qué te convertiste en abnegada y empezar a limpiar tu mente de algunos de los conceptos que siempre has manejado como válidos. Recuerda:
“los demás te tratan como tú te tratas a ti misma”.
A una señora de ese tipo le planteé el caso de una mujer abnegada en exceso y le pregunté: “¿Qué le aconsejarías a esta mujer?, ¿la defenderías?, ¿sientes rabia por su
situación?”. Como según ella hablábamos de otra persona, reaccionó de manera
qué no te das tú el mismo tipo de apoyo y cariño?”, su reacción fue de sorpresa y de
comprensión por algo que hasta entonces no había percibido.
A las abnegadas las han condicionado a tal grado que creen que no valen nada, que se mueren sin un hombre, que su pareja es poco menos que un dios omnipotente, que no tienen derecho a opinar, pensar, tener iniciativa o a rebelarse ante las injusticias porque él es el jefe supremo de la casa y de él deben soportar toda clase de abusos, humillaciones y menosprecios. El sentimiento que más frecuentemente se apodera de estas mujeres es la culpa, aunada a la frustración, la impotencia y la tristeza.
Para verificar lo que he dicho, invito a mis lectoras a observar los lugares donde hay mujeres abnegadas; verán que en ellos predomina el conflicto y la desdicha, no sólo de ella, sino de sus hijos y aun del propio marido.
Las mujeres latinas estamos muy familiarizadas con la palabra abnegación (la cual, por cierto, no tiene traducción exacta a ningún otro idioma que yo sepa). En México, hasta hace pocos años, al casarse era obligatorio oír al juez leer la Epístola de Melchor Ocampo donde encontramos frases como ésta: “La mujer, cuyas principales dotes son
la abnegación…, debe dar y dará al marido obediencia…, con la delicadeza de quien no quiere exasperar la parte brusca, irritable y dura de su propio carácter”. Las novias
jóvenes y enamoradas se apresuraban a firmar dicho contrato sin cuestionar siquiera lo que les estaban diciendo.
Nuestras madres y abuelas se veían bombardeadas por películas donde se ponía como modelo admirable de mujer a la heroína sufrida, callada y sumisa que todo lo soportaba. No sólo las esposas tenían que adoptar esta actitud; también se glorificaba el papel de las amantes tipo casa chica que vivían incondicionalmente a la sombra, esperando pacientemente a su hombre sin exigir nada a cambio.
Otra influencia negativa la han ejercido hasta cierto punto algunas telenovelas, pues precisamente sus temas tan trillados de sufrimiento, amores poco realistas y mal encaminados hacen que muchas mujeres se vean reflejadas en ellas. A través de la identificación con la heroína, intentan escapar de la rutina de su vida y evadir los problemas profundos no resueltos. Asimismo, aunque la mayoría de las revistas femeninas son excelentes, otras pueden tener un efecto similar al anterior y seguir fomentando las ideas obsoletas. Hasta en la música vemos el gran éxito de las canciones de amor-sufrimiento, amor-desprecio, amor-abandono, amor-aguante.
Además de cargar con el lastre de una educación tradicional, los refuerzos han ido distorsionando gradualmente la imagen de lo que es una mujer y lo que debería hacer para lograr una vida armoniosa y estable, sustituyéndola con un enfoque melodramático, inapropiado y falto de realismo.
Resulta patéticamente cómico ver a un grupo de mujeres abnegadas reunidas comparando notas, comprobando cuál de ellas sufre más en una especie de concurso para ver quién gana según la cantidad de golpes, injurias, malos tratos, etc., que cada una recibe de su pareja, sintiéndose dignas de compasión y de admiración por ser víctimas y mártires. Estas mujeres reflejan un profundo deseo frustrado de ser reconocidas, valoradas, apreciadas, amadas y lucen su abnegación cual medallas ganadas por un general en batalla. Al no recibir cariño y valoración de sus maridos y sus hijos, por lo menos aspiran a que la sociedad se compadezca de ellas.
La Abnegada se queja constantemente con sus familiares o conocidos y su único tema de conversación parece ser cuánto sufre, cuánto la maltratan, qué difícil está todo, qué duro papel le tocó en la vida, qué malvado es su marido, cuán enferma se encuentra, qué tanto le falta el dinero, qué hijos tan groseros y malagradecidos tiene, etc. Si oírlas hablar así resulta fastidioso para los demás, con mayor razón lo es para su marido. Se vuelve repetitiva y sus palabras destilan la negatividad y amargura que lleva dentro. La Abnegada se va enfermando física y emocionalmente; se siente víctima (situación a la que llegó de manera voluntaria, aunque por lo general inconsciente). Su mayor anhelo es que su marido cambie creyendo que así serían felices. Cuando las mujeres llegan a consulta con estos sentimientos les digo: “Yo no cambio maridos, trataré de ayudar a
que tú cambies si realmente lo deseas y cooperas en el proceso, eliminando la ignorancia, dando otro enfoque a tus creencias, modificando tu actitud y tu conducta”.
Las mujeres en esta situación suelen estar desesperadas; ya se percataron de que quejarse no les funciona y desean cambiar, aunque el proceso sea lento y doloroso, porque no están satisfechas con su vida y les preocupa el futuro de sus hijos. Perciben que algo anda mal, pero no saben cómo se originó ni cómo resolverlo. No es ni apropiado ni conveniente regañarlas, tacharlas de tontas, dejadas y concluir que están en ese predicamento porque quieren, pues si las juzgamos de esta manera únicamente contribuiremos a devaluar su ya de por sí pobre autoestima. Más adelante veremos los métodos para apoyarlas y hacer que se vuelvan más fuertes y seguras.
Para que haya un macho, necesariamente tiene que haber una abnegada que lo aguante, igual que para que haya un verdugo tiene que haber una víctima. Estas mujeres inconscientemente buscan un hombre que abuse de ellas; desafortunadamente el hogar en el que crecieron sufría la misma problemática y ellas continúan la cadena. Tuvieron una madre que sufría, que no defendía sus derechos, que todo lo soportaba, que se sacrificaba. Aunque parezca absurdo, ellas tienen la tendencia a seguir el patrón que presenciaron en su infancia, con los mismos y trágicos resultados. No tienen un modelo sano y realista, sólo conocen el sufrimiento o la fantasía.
Se antoja increíble que en esta época todavía seamos testigos de malos tratos, golpes, injurias, abusos psicológicos, relaciones sado-masoquistas, de casos de mujeres a las que el marido corre de su casa a media noche y otras atrocidades. Resulta deprimente hablar con personas que trabajan en agencias de la procuraduría, hospitales de emergencia o delegaciones de policía adonde llegan mujeres quejándose de violencia familiar.
La Abnegada generalmente es una mujer sin preparación, alguien que creyó escapar de un hogar conflictivo y se dejó llevar por la ilusión de una promesa de amor. Es cierto, el amor es ciego y como de niña no recibió cariño, protección, mimos o halagos, sino insultos, humillaciones, malos tratos y pobrezas que afectaron su autoestima, en el momento en que siente que un hombre la trata bien (aunque sea en forma temporal y fingida), le promete cosas y la hace sentir bonito, está dispuesta a irse con él a donde sea, a entregarse por completo, tener relaciones sexuales para complacerlo y abandonar su casa. Podríamos decir que se embriaga, se aturde, se ilusiona, ya no piensa y cree que ese hombre es su salvación y su felicidad.
Sin embargo, al poco tiempo se da cuenta de que salió de una situación dramática, disfuncional y deprimente para caer en otra peor y que, en lugar de tener ahora esa vida que anhelaba, nuevamente se encuentra desdichada junto a un hombre que se siente con el derecho de mandarla, gritarle, humillarla, engañarla, abandonarla en el momento que él quiera o arrumbarla e ignorarla porque él desea seguir haciendo su vida como si fuera soltero. Para una buena proporción de la gente esto es lo que hemos venido heredando de generación en generación.
Otro problema de la mujer Abnegada es su terrible confusión de ideas. Las amigas, la mamá, algunos sacerdotes o sus propios familiares las confunden diciéndoles cosas como: “No, no, no, la culpa de que te maltraten ha de ser tuya”, “Si tú tuvieras más
paciencia y lo trataras con más cariño, el cambiaría”, o “Él es el hombre y tu deber es aguantarlo, hazlo por tus hijos”. No permiten alternativas, le hacen pensar que si se
separa o se divorcia ella será la única culpable de los resultados, que sus hijos sufrirán los múltiples traumas de la destrucción del hogar. Yo me pregunto, ¿a eso se le puede llamar un hogar? Además está plenamente comprobado que los hijos salen más dañados psicológicamente en un hogar en el que son testigos de continuos pleitos y faltas de respeto que si sus padres viven separados.
¡Qué injustos son todos estos prejuicios! ¿Acaso Dios hizo Diez Mandamientos para el hombre y otros diferentes para la mujer?, ¿por qué vemos estas discriminaciones tan a menudo?, ¿por qué únicamente a la mujer abandonada o engañada se le dice: “Tú no
sabes retener a un hombre, el buscó afuera lo que le faltó en casa, encuéntrale el modo; trata por todos los medios de que el matrimonio funcione”? Toda la responsabilidad
recae sobre los hombros de ella, al hombre se le hace creer que es obligación de la mujer tenerlo contento y que es él quien debe establecer las reglas dentro de la relación. Aun con esta ventaja, aparente superioridad y dominio sobre su pareja, el hombre macho no es realmente feliz. En el fondo de su alma se siente realmente inseguro e incomprendido; se queja mucho de su esposa; se disgusta por las continuas fricciones con ella, quien también encuentra la forma de hacerle miserable aunque sea a través de su agresión pasiva y encubierta. Algunos de estos hombres acaban aburridos de mujeres con poco carácter y se buscan como amante a otra que no sea tan sumisa.
La Abnegada se pasa la vida buscando una fórmula mágica de comportamiento para lograr que su marido se convierta en el ser cariñoso y atento que ella tanto desea. Cuando finalmente se da cuenta de que no lo va a lograr y la situación se torna insoportable, le da pánico pensar en dejar al marido.
Desde luego yo no sugiero una separación inmediata sin un análisis de las alternativas y las consecuencias. Hay que pensar, futurizar, analizar a conciencia, intentar hasta donde sea razonable que las cosas mejoren. Sin embargo, si la situación está muy deteriorada y no hay voluntad de uno o de ambos cónyuges, de nada sirve un matrimonio a la fuerza, sostenido por culpas y por miedos, en el que la mujer permanece por hambre, por inseguridad, por sentirse indeseada, infeliz. Esto no puede dar como resultado un hogar donde los hijos encuentren un ambiente sano para su desarrollo emocional y buenos ejemplos para su conducta futura. Los niños son como esponjas y captan más fácilmente de lo que creemos los problemas existentes en el hogar. Quedan muy afectados por los gritos, insultos, abusos y escenas violentas que se ven forzados a presenciar a edad muy temprana. Por lo tanto, el pretexto: “Me aguanto por mis hijos” no es válido. La realidad es que lo hacen por miedo y dependencia.
Es extremadamente difícil que una Abnegada salga adelante por sí misma. Generalmente necesita (una vez que ha tomado conciencia de lo anormal de su situación) ayuda psicológica para vencer sus miedos y aumentar su seguridad, apoyo legal y el deseo de prepararse y trabajar para ser autosuficiente económicamente y poder independizarse. Es un camino muy difícil, pero muchas lo han logrado y sus vidas son definitivamente mejores que antes.
La Pseudofeminista
Busca:
Igualdad con el hombre en todos los aspectos, pero a veces lo hace de manera agresiva e hiriente. Algunas manejan resentimientos, coraje, frustraciones y miedos ocultos. Las que toman actitudes muy radicales parecen querer invertir los papeles para ser ahora las mujeres quienes maltraten y dominen a los varones.
Papel que asume:
Enemiga de los hombres. Quiere atacar, menospreciar o defenderse de agravios e injusticias reales o imaginarias; desea el desquite o la venganza.
Tipo de hombre que atrae:
Como novio ninguno, pues generalmente no encuentra pareja o tiene relaciones intrascendentes o fracasadas y viviendo con soledad y amargura. Puede tener algunos amigos hombres que no la ven como mujer.
Tipo de familia de la que proviene:
Por lo general, también plagada de conflictos. Algunas acabaron tan hartas y frustradas al ver a sus madres que todo lo aguantaban y a sus padres comportarse de manera abusiva, que entonces se van al otro extremo, creyendo erróneamente que así se salvarán de la abnegación.
Análisis
Al leer el resumen anterior es posible que por ignorancia algunas personas utilicen el término feminista con un sentido peyorativo. Es conveniente informarse adecuadamente antes de emitir una opinión.
El lado positivo del feminismo fue la obtención del voto, la mayor apertura para las mujeres en los estudios, las mejorías en el campo laboral, la protección legal contra las violaciones y otros crímenes o abusos que se cometen en contra de las mujeres.
Sería injusto no valorar algunos aspectos de la labor de estas valientes idealistas. Debemos reconocer que ahora las mujeres tienen acceso a casi cualquier profesión, aunque todavía hay discriminación en los salarios y las jerarquías.
Al tener acceso la mujer al campo laboral se hizo evidente que era un mito sostener que antes había muchos menos divorcios porque los matrimonios formaban hogares felices y estables. La realidad es que las mujeres los soportaban por no tener estudios ni
preparación para mantener a sus hijos y si osaban atentar contra las reglas establecidas, la religión y la sociedad se ponían ferozmente en su contra, sin importar cuánto estuvieran sufriendo.
Nadie discute que una buena familia, con el padre y la madre unidos por el cariño, proporcionando apoyo, seguridad y afecto a sus hijos es lo mejor. Pero ya en el caso de la Abnegada vimos que una separación o divorcio inteligente y bien planeado es la única alternativa viable para situaciones que no tienen remedio.
El problema fundamental con el feminismo es que algunas mujeres con pensamiento extremista se volvieron enemigas de los hombres. Ello resulta ilógico, pues se trata del otro cincuenta por ciento de la humanidad y nos unen a ellos muchas ligas de afecto y convivencia. Tenemos padres, hermanos, primos, novios, maridos, jefes, compañeros de trabajo, muchos de los cuales son personas valiosas y agradables, lo ideal es tener una buena convivencia con ellos. Sería totalmente ilógico y desequilibrado que ahora las mujeres deseáramos cometer los mismos errores en que incurrieron algunos varones. Qué ridículo y absurdo sería que ahora fuéramos nosotras las que llegáramos a casa a las tres de la mañana embriagadas después de ver a nuestro amante, despertando con golpes e insultos a nuestros abnegados maridos para que nos dieran de cenar. Desde luego esto no es lo que las mujeres queremos.
Un hombre bien equilibrado desea ver a su mujer como su pareja, como su compañera, no como su esclava. Sin embargo, muchos machos se opusieron ferozmente a las ideas de las feministas considerando que atentaban contra sus privilegios como varones y sintiendo que no les convenía que la mujer despertara de su ignorancia y exigiera ser tratada como una igual. En la actualidad vemos todavía a algunos hombres que no toleran la crítica, aunque sea constructiva, y no muestran mayor interés en conocer y respetar lo que las mujeres sienten, piensan y quieren. En cuanto ellas expresan sus preocupaciones, deseos o inquietudes de inmediato reaccionan negativamente tachándolas de feministas, alborotadoras, destructoras de hogares y otras cosas en vez de buscar un acercamiento amistoso y mutuamente benéfico. Por suerte existen muchos caballeros, sobre todo entre los muchachos jóvenes, que no piensan así y que están genuinamente interesados en conocer mejor a las mujeres y llevar una relación armoniosa con ellas.
A las feministas les faltó tratar de entender un poco más la psicología masculina y adaptarse a ella en lugar de sólo criticarla (aclaro que es muy diferente adaptarse que someterse).
Otro grupo de mujeres que no son feministas radicales también incurren en posturas de enemigas de los hombres y nos dañan con sus consejos prejuiciados. Podemos escuchar
las voces del pasado en nuestras madres, tías, amigas, cuando nos dicen: “Todos los
hombres son iguales, no confíes en ninguno porque seguramente te va a traicionar”, “Son unos desgraciados, mentirosos, mujeriegos”, “Lo único que quieren es llevarte a la cama y después burlarse de ti”. Así nos predisponen a cuidarnos de ellos como si
fueran monstruos.
Es sumamente injusto invertir las cosas y achacarles toda la culpa a los hombres ya que, aunque existen algunos con características muy negativas, por supuesto que no todos son iguales. Generalmente somos las mujeres quienes no sabemos seleccionar y detectar si es adecuado el hombre a quien entregamos el corazón, de ahí las decepciones y los fracasos sentimentales. Una frase popular dice que las mujeres somos “hijas de la mala vida”. Podemos tener un pretendiente excelente que nos quiere mucho y nos trata bien, pero lo encontramos aburrido y poco excitante, volviéndonos locas por el que menos nos conviene por encontrarlo muy seductor. De tal forma, basta ya de echar la culpa de todo a los hombres, aceptemos nuestra propia responsabilidad.
La Salvadora de Hombres
Busca:
Un hijito, lo que no necesariamente implica que el hombre sea menor de edad. Su motivación principal es ser necesitada y apreciada. Este tipo de mujer puede volverse extremadamente protectora, tierna y sentimental o alternar al otro extremo y comportarse en forma autosuficiente, mandona, minimizante, segura de que las sugerencias que hace a su pareja son por su bien. Trata de solucionarle al hombre todos sus problemas creyendo que le va a responder y se frustra mucho cuando él no llena las expectativas. Sin embargo, suele perdonarlo y darle otra oportunidad si se muestra triste y afligido o la enternece con promesas de que va a cambiar (lo que rara vez sucede).
Papel que asume:
Mamá de hombres que parecen necesitarla y que la manipulan con muestras de cariño o admiración. Ella maleduca y apoya demasiado a la pareja (mamá buena) o trata de corregirlo o controlarlo (mamá regañona).
Tipo de hombre que atrae:
El inmaduro, conflictivo, irresponsable, egoísta, gigoló, mantenido, manipulador, estafador, mentiroso, voluble, abusivo, desagradecido, infantil, inconstante, hijito de
mami. Lo más desconcertante es que los rasgos anteriores se mezclan con aspectos encantadores.
Tipo de familia de la que proviene:
También conflictiva o con padre ausente. En algunos casos se trata de hijas mayores que cuidaron a sus hermanos menores, que comenzaron a trabajar muy jóvenes, que asumieron demasiada responsabilidad a temprana edad o que se hacen cargo de la madre prácticamente asumiendo el papel de papá. Las acostumbraron a salvar gente y a no dar importancia a sus propias necesidades. Muchas mujeres inteligentes y exitosas en otras áreas de su vida entran en esta categoría, pues permiten que su pareja y muchas otras personas abusen de ellas y las manipulen con facilidad.
Análisis
Existen muchas maneras de encauzar el sufrimiento o los traumas no resueltos de la niñez, especialmente la falta de cariño, de apoyo y validación que afectan significativamente la manera en que nos relacionamos con nuestras parejas. Algunas chicas, en vez de elegir el camino de la abnegación o el feminismo, optan por otro igualmente peligroso. Ingenuamente creen que si ellas proporcionan al hombre suficiente cariño, protección, estímulo, guía, apoyo desinteresado e incondicional, buenos consejos, que si le hacen muchos favores, tratan de resolverles la vida, si les prestan dinero, se verán recompensadas con la misma moneda.
Aunque algunas de las carencias son similares a las de la Abnegada (afectada principalmente por el maltrato), a la Salvadora de Hombres lo que la dañó fue que la ignoraran, que nadie se ocupara de sus necesidades emocionales y afectivas y que, por el contrario, le asignaran demasiada responsabilidad a una edad muy temprana.
Suele provenir de un hogar con el padre ausente. Puede ser hija de madre soltera o de un matrimonio con un padre inconstante, inmaduro e irresponsable respecto del sustento familiar o que dejó el hogar. Su madre al quedar abandonada por separación, viudez o divorcio, se ve débil, inútil y necesitada, por lo que delega en la hija (muchas veces la primogénita) la responsabilidad de los hermanitos y del sustento familiar. De cierta manera, la hija se convierte en el padre sustituto; en principio puede sentirse halagada por ser importante y necesaria, consiguiendo enmascarar su vacío y soledad con el orgullo de ser cumplida y responsable. Pero con el paso del tiempo la carga se vuelve muy pesada y la predispone a que los demás la utilicen o exploten. Muchos exigen su tiempo, su dinero, su atención y sus cuidados. Como la ven aparentemente fuerte y segura, casi nadie le pregunta: ¿tú qué quieres, qué necesitas, cómo te sientes, qué problemas tienes, cómo puedo ayudarte?
Como está tan acostumbrada a cuidar de los demás anteponiendo las necesidades de otros a las propias, cuando llega a la edad de elegir pareja inconscientemente atrae a hombres que la ven como una madre que puede rescatarlos y protegerlos. La joven se esfuerza por ayudar a su compañero a ser responsable, a superarse, mejorar su conducta, vencer sus miedos, pero fracasa rotundamente al no darse cuenta de que la manipulan con culpas y chantaje emocional, mezclado con pequeñas dosis de admiración y afecto, a veces fingidos, o con múltiples promesas de cambio no cumplidas.
Por lo tanto será presa fácil de hombres conflictivos y traumados a quienes intentará redimir; de irresponsables o explotadores de quienes creerá que lo único que les falta es quien los apoye, los comprenda y los impulse a conseguir un buen trabajo; de inmaduros con “mamitis” que no saben tomar decisiones por sí mismos (en estos casos, la suegra siempre gana); o de chicos con diversas adicciones a quienes poder salvar. Cuando ella se frustra y se desespera porque, pese a todos sus esfuerzos, él no se corrige, puede volverla a convencer con frases como ésta: “Mi amor, dame otra
oportunidad, te prometo que esta vez sí voy a cambiar”, “Eres una mujer maravillosa, me hundiría sin tu apoyo, te necesito tanto, sólo tú me comprendes”, o chantajes para
despertar su lástima y ternura: “Tienes razón en dejarme, soy un fracasado, no te
merezco, eres demasiado buena, mejor me alejo de tu vida para no dañarte”, sabiendo
que de inmediato se enganchará a consolarlo. Al tratar de salvar a su hombre, simplemente no se da cuenta o le cuesta mucho admitir que ella misma echó a perder a su “bebé”.
Aunque parezca extraño y contradictorio, muchas Salvadoras de Hombres son mujeres inteligentes, preparadas, con gran éxito a nivel profesional, que en otras áreas de su vida se manejan con cordura e inteligencia, pero en su yo más profundo llevan oculta a una niñita solitaria, herida y vulnerable a quien no se le permitió llorar porque tenía que ser fuerte y responsable. En el fondo ellas también desean ser protegidas, mimadas, cuidadas, consentidas, apoyadas, pero no encuentran la manera de expresarlo o de obtener reciprocidad en cuestiones amorosas.
Es muy difícil salir de esta trampa porque las personas que dependen de las Salvadoras de Hombres se han mal acostumbrado y se enojan e indignan cuando ellas protestan y buscan obtener un trato más igualitario y recíproco. Los demás las presionan para que todo siga igual, haciéndolas sentir culpables, malvadas, desconsideradas y egoístas. Cuando detecto a una mujer con estas características, primero intento hacerla tomar conciencia de sus pautas de conducta y la refuerzo recordándole: “Tú no eres su mamá,
ni su profesora, ni su enfermera, ni su psicóloga. No tienes el poder ni la capacidad de reformarlo, ni de salvarlo de sus conflictos y enderezar su vida. Si él tiene problemas
puedes apoyarlo, pero sólo hasta cierto punto. Si quieres que madure deja que aprenda de sus errores y que asuma sus propias responsabilidades, no pretendas hacerte cargo de todo pues acabarías exhausta y frustrada. Él dependerá cada vez más de ti y, en el fondo, en lugar de agradecértelo, te tendrá un enorme rencor por sentirse minimizado y puede llegar a considerarte su enemiga, alguien que trata de controlarlo”.
Una señora me relató, quejándose amargamente: “Mi marido hizo cargos a mi tarjeta
de crédito (de la cual ella le consiguió una extensión) por una suma cuantiosa y ahora se rehúsa a pagarlos, ¿qué debo hacer?”. Antes de contestar exploré los antecedentes
de su forma de relacionarse, encontrando que ella, en varias ocasiones anteriores, le había conseguido empleos que el marido dejaba porque no se sentía a gusto. Incluso le había comprado un auto para que pudiera trasladarse más cómodamente al trabajo, el cual él utilizaba para pasear con su amante. Cuando chocó el vehículo enseñando a la chica a manejar y fue a dar a la delegación, la esposa (aunque al principio enfurecida) lo perdonó y le dio otra oportunidad. Aquí vemos cómo también la mujer forma parte del círculo vicioso de la Salvadora de Hombres.
Cuando una Salvadora acude a mí buscando orientación, le digo que no le ayudo sintiendo lástima por ella, sino impulsándola a cambiar, a ser más fuerte y segura, a tomar conciencia de hasta qué punto ella misma provocó la situación de la que ahora se queja, a buscar alternativas para que pueda salir adelante. Jamás trato de provocarle culpa (ya bastante tiene con lo que la sociedad le adjudica), sino de hacerle ver que, en un momento dado, tomó ciertas decisiones basadas en la ignorancia o en conceptos equivocados de lo que es la relación de pareja. Y que definitivamente es posible cambiar estos patrones de conducta.
La Princesita Soñadora
Busca:
Un hombre ideal, un príncipe azul que venga a darle lo que ella considera su plena realización como esposa y como madre, con el resultado de una vida muy feliz, como se muestra en los comerciales de la televisión o los cuentos de hadas.
Papel que asume:
El de la heroína de novela romántica. Es soñadora y sentimental, con deseos de vivir un idealizado gran amor que vencerá todos los obstáculos, aunque se tenga que sufrir (por ejemplo, cuando los padres se oponen a la relación, lo que yo llamo el síndrome de Romeo y Julieta).
Tipo de hombre que atrae:
Por ingenua e idealista puede caer con cualquiera de los mencionados anteriormente. Lo grave es que no sabe distinguir la diferencia entre un hombre y otro, además de que se ilusiona con lo que cree es una relación ideal. Tiende a evadirse en fantasías y negarse rotundamente a ver las cosas tal cual son. Puede ser necia y obstinada cuando alguien intenta hacerle ver los defectos de su amado, al que ella acostumbra justificar. Si los defectos son demasiado evidentes, entonces la justificación se convierte en: “Sí, ya sé
que pasan todas estas cosas, pero no me importa, porque lo amo”. Tipo de familia de la que proviene:
Puede ser de una familia bien avenida, donde fue muy consentida y protegida. Los padres erróneamente creyeron que la felicidad de su hijita consistía en no permitirle enfrentar sola los problemas de la vida y tomar decisiones por sí misma. Es frecuente encontrar a este tipo de mujer entre chicas educadas en colegios religiosos exclusivamente femeninos donde tenían poco trato con chicos. También pueden caer en esta categoría las jóvenes provenientes de una familia conflictiva que se ven precisadas a construir su propio mundo interior, diferente y feliz, para evadirse de tanto sufrimiento.
Análisis
La Princesita Soñadora cree en el príncipe azul del cuento de Cenicienta; se emociona a grado extremo con canciones e historias románticas, creyendo firmemente que el amor vence todos los obstáculos, que puede ser eterno, con su correspondiente estado de éxtasis provocado por las emociones fuertes; que sólo amando se obtiene la dicha plena; vive por y para el amor.
Algunas de estas chicas tienden a involucrarse desde temprana edad en amores platónicos y a fantasear con un profesor, un artista, un hombre maduro (a veces casado) o un compañero o vecino. Si el caballero las ignora, se desviven por conquistar su amor. Si muestra algo de interés, aunque sea sólo amistoso, lo interpretan de otra manera o, si ya se relacionan con él, sus expectativas están totalmente fuera de la realidad. Por ejemplo, la joven que anda con un casado e ingenuamente cree que el marido va a dejar a la esposa porque es a ella a quien realmente ama.
A la Princesita le fascina sentirse la heroína, no le importa pagar el precio de sufrir por amor, pues éste es un sentimiento sublime y glorificado. Puede emocionarse hasta las lágrimas enternecida por un poema o una canción de amor. No me refiero aquí al romanticismo en sí mismo (que es una expresión válida de sentimientos muy bellos y