HISTORIA ACTUAL
DE AMÉRICA
LATINA, 1959-2009
Valencia, 2010
J
OAN DELA
LCÀZAR(E
D.)
W
ALDOA
NSALDIG
ERARDOC
AETANOL
EONARDOC
URZIOS
ILVIAD
UTRÉNITS
ERGIOL
ÓPEZR
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INTRODUCCIÓN ...
1. AMÉRICA LATINA VISTA DESDE WASHINGTON (1959-2009) ...
LEONARDO CURZIO
Centro de Investigaciones sobre América del Norte, Universidad Nacional Autónoma de México
2. FUEGO CRUZADO. GUERRILLAS, DICTADURAS MILITARES Y VIOLACIONES MASIVAS DE LOS DERECHOS HUMANOS EN ÉPOCA DE GUERRA FRÍA ...
JOANDEL ALCÀZARY SERGIO LÓPEZ RIVERO Universitat de València.
3. NOS FUIMOS DE CASA, NOS FUERON DE CASA: LA REALIDAD DE LA MI-GRACIÓN ...
SILVIA DUTRÉNIT BIELOUS
Instituto de Investigaciones Dr. José Luis Mora, México
EVELYN MEJÍA CARRASCO
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México.
4. LOS EXILIOS: UNA IMPRONTA REGIONAL ...
SILVIA DUTRÉNIT BIELOUS
Instituto de Investigaciones Dr. José Luis Mora, México
5. EL VERDE OLIVO EN DESUSO. NUEVOS PROTAGONISTAS Y NUEVOS ES-CENARIOS CONTRAHEGEMÓNICOS EN AMÉRICA LATINA ...
JOANDEL ALCÀZARY SERGIO LÓPEZ RIVERO Universitat de València.
6. EL NARCOTRÁFICO Y LA DEMOCRACIA EN AMÉRICA LATINA...
LEONARDO CURZIO
Centro de Investigaciones sobre América del Norte. Universidad Nacional Autónoma de México.
7. DEMOCRACIA Y APARTHEID SOCIAL EN SOCIEDADES FRAGMENTADAS ....
WALDO ANSALDI
8. ¿DEMOCRACIAS INCIERTAS O DIFERENTES? IMPACTOS DE LA CRISIS MUNDIAL, CAMBIOS EN LA CIUDADANÍA Y NUEVAS FORMAS POLÍTICAS EN AMÉRICA DEL SUR ...
GERARDO CAETANO
Universidad de la República, Uruguay
9. EL CAMBIO POLÍTICO Y SUS EFECTOS EN LAS ESTRATEGIAS DE REINSER-CIÓN INTERNACIONAL EN AMÉRICA DEL SUR. (1999-2009) ...
GERARDO CAETANO
Universidad de la República, Uruguay
Desde una perspectiva europea, la época cronológica que cabe englobar bajo la denominación que da título a este libro (y podía haber sido otro: historia con-temporánea [estricta], al modo que se utiliza en el mundo anglosajón; historia del tiempo presente, tal y como se dice en Francia), queda bastante defi nida porque arranca tras la fi nalización de la II Guerra Mundial. La pregunta podría ser: ¿es válida esta compartimentación cronológica para trabajar en el ámbito latinoamericano?
La pregunta no tiene una fácil respuesta. Podríamos dar argumentos a fa-vor y en contra. América Latina, obviamente, no está al margen de las grandes fracturas mundiales que acontecen en la que por estas latitudes denominamos época contemporánea (aquella arranca para los historiadores con la Revolución Francesa); y desde luego no es ajena al punto y aparte que signifi ca la victoria de las democracias occidentales y el comunismo soviético sobre los fascismos ita-liano y alemán y el imperialismo japonés. Ahora bien, parece que 1945 no deja de ser una referencia cronológica exógena a América Latina.
Desde esta posición, la pregunta puede formularse así: ¿podemos encontrar una fecha de mayor ruptura, una fecha que marque un antes y un después de la historia continental; una fecha que enmarque la que llamamos historia actual de América Latina?
En nuestra opinión, 1945 no es una buena fecha de inicio, una buena puerta de entrada para la historia actual de América Latina, ya que es una puerta que, querámoslo o no, resulta externa al subcontinente. Es por ello que proponemos considerar otra fecha de inicio, una fecha de mayor signifi cación continental: nos referimos a 1959. Probablemente, la Revolución Cubana, más que cualquier otro proceso político continental, marca el antes y después en la historia lati-noamericana. La victoria castrista genera una convulsión que se irradia, con mayor o menor rapidez, a la práctica totalidad de la geografía continental. La izquierda latinoamericana de fi liación marxista, fi losoviética o no, junto con los populismos que han proliferado por las tierras americanas, aparecen desnudos a los ojos de quienes con asombro contemplan a un grupo de barbudos sin gran-des ínfulas teóricas que acaban de derrotar a un aliado fi el del imperialismo norteamericano.
La Revolución cubana signifi có un punto y aparte, un antes y un después como hemos dicho, en la historia del continente americano y, especialmente, en la de las tierras que van del sur de Río Grande hasta la Patagonia.
El 1 de enero de 2009 se cumplió medio siglo de aquella victoria épica y de apariencia romántica mediante la que unos fotogénicos barbudos que fumaban sus buenos cigarros habían vencido a uno de los muchos dictadorzuelos propi-ciados o amparados por el imperio estadounidense. En estos cincuenta años,
América Latina ha registrado diversos procesos históricos de distinto calado. Si hubiéramos de seguir un hilo vertebrador de esas cinco décadas podríamos utilizar la secuencia revolución-dictadura-democracia. La revolución, esto es la reversión de una estructura continental de injusticia y desigualdad social inso-portable para muchos, pareció ser posible a la luz de la experiencia guerrillera cubana. La Doctrina de Seguridad Nacional, que Washington no necesitó impo-ner a las élites políticas, económicas y fi nancieras de sus vecinos hemisféricos, alimentó las dictaduras institucionales de las fuerzas armadas que acabaron con los deseos transformadores al tiempo que practicaban la violación de los derechos humanos hasta el genocidio. Entre la década de los setenta y la de los ochenta, cuando la democracia se impone como sistema político deseable en el mundo occidental, incluso para la izquierda partidaria, América Latina afronta con más ilusiones que garantías de éxito la recuperación o la instauración, se-gún países, de la institucionalidad democrática.
Con el cambio de siglo, diversos factores han aparecido en el escenario con-tinental. De una parte, las nuevas propuestas de dos izquierdas políticas: una de corte clásico e inspiración socialdemócrata, y otra que algunos han dado en llamar democracia revolucionaria mientras que para otros no es sino un
neopo-pulismo. Paralelamente, se ha producido la emergencia de un actor político que
había aparecido con protagonismo insospechado en 1994 en la selva chiapane-ca, y que ahora lo hace en la América andina: los indígenas. En tercer lugar, la escasa atención de los Estados Unidos hacia sus vecinos del sur, más que evidente a partir del 11 de septiembre de 2001. Finalmente, hay que remarcar una incapacidad digna de estudio de los gobiernos de la región para reducir en términos efectivos la extrema desigualdad, el abismo socioeconómico y cultural, que divide a sus países. Nos proponemos abordar estas cuestiones centrales desde una dimensión histórica que debe permitirnos comprender de forma más efectiva y mejor la realidad actual de aquel enorme territorio que llamamos América Latina.
El libro esta dividido en nueve capítulos, y comienza con una panorámica de la región vista desde la que podemos considerar la capital del Continente, desde la sede del gobierno, del gran vecino del norte, como llamara José Martí a los Estados Unidos de América. Patio trasero o zona de infl uencia restringida, los Estados Unidos han mirado históricamente su hemisferio desde la sentencia de “América para los americanos” del presidente Monroe, en el primer tercio del siglo XIX. Washington, contra lo que muchos creen, no hizo anticomunistas a los militares latinoamericanos tras la II Guerra Mundial, lo eran desde mu-cho antes. Cuando la Guerra Fría comenzó, los ejércitos mejor preparados del Cono Sur ya habían practicado el anticomunismo activo y violento sin que nadie más allá de sus propias fronteras se lo hubiera pedido. Sí encontraron desde entonces la colaboración de los Estados Unidos, la ayuda, el adiestramiento, la logística y la intendencia para combatir de manera efi caz —con la Guerra
que con las transiciones democráticas, en marcha desde los años ochenta del siglo pasado, los norteamericanos perdieron interés por América Latina (quizá con la excepción de Nicaragua). Eso que era una sospecha, se convirtió en cer-tidumbre tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. Con la excepción la sempiterna política anticastrista, del Plan Colombia y de las escaramuzas con Hugo Chávez, las dos administraciones de G. W. Bush relegaron a la parte sur del continente al negociado de problemas migratorios y al de problemas con el narcotráfi co. La nueva Administración Obama, pareciera, ha abierto una nueva era, pero eso está todavía por confi rmar.
La experiencia cubana irradió la práctica totalidad de las tierras al sur del río Grande. Todo parecía fácil tras la victoria de los hombres de Castro y el Che. Un grupo de revolucionarios que habían desembarcado en Cuba, comenzaron a moverse como pez en el agua entre los guajiros de la Sierra Maestra y tras apenas tres años de lucha, habían entrado victoriosos en La Habana. Cuba y su revolución se convirtió, para miles de jóvenes latinoamericanos, en un ejemplo a imitar. Con los matices que convendrá destacar, la lucha armada pareció a muchos la vía más rápida para construir el socialismo, un sistema que no se sabía hasta que punto correspondía con el modelo soviético. Pese a la indefi ni-ción, se entendía que era un estadio superior al capitalismo. El pueblo podía ser liberado con las armas en la mano, sin que importara demasiado la existencia de los ejércitos nacionales. El error de cálculo fue tremendo. El sueño acabaría en pesadilla.
El desafío lanzado por esa izquierda nueva, deslumbrada por el éxito cubano, fue aceptado por los estados nacionales. Las fuerzas armadas, en buena medida adiestradas por los Estados Unidos, supieron adaptarse al reto con rapidez. Y su respuesta fue tan brutal como insospechada. La tesis del enemigo interior, la delimitación imprecisa de los hechos punibles y la imposición clandestina de medidas de sanción prohibidas por la ley, junto a otros principios de parecido tenor abocaron a lo que técnicamente se denomina, desde la ciencia jurídica,
Terrorismo de Estado. A la represión brutal, a la persecución del disidente, a la
detención ilegal, a la tortura y a la desaparición forzada de personas, entendidas como una forma de acción política de exterminio de quienes no simpatizaban con el nuevo régimen militar, le acompañó una política económica revolucionaria. Los principios del neoliberalismo económico más radical vinieron de la mano de los militares. El aparente milagro económico de los primeros momentos pronto se desvaneció y los costes sociales de la nueva política económica fueron desas-trosos. Más allá, no obstante, de los fatales resultados en política económica y social de los regímenes militares que se expandieron por doquier, la Declaración de los Derechos Humanos que la ONU había realizado en 1948 pasó a formar parte de la agenda política internacional tras la asunción violenta del poder por los militares. El Informe Rettig chileno, el Informe Sábato argentino, o el de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico guatemalteca, por poner tres
ejem-plos señeros, nos permiten conocer hasta dónde, a qué profundidad del horror, fueron capaces de llegar los seres humanos en la represión política.
Otro efecto más que relevante de los regímenes militares será la aparición de la fi gura del exiliado. Nos referimos a los exilios políticos. Desde el exilio cubano post revolucionario, la gusanera de Miami, como la denominó el castrismo ofi -cial; al exilio de quienes huían de la represión de los militares responsables de las dictaduras de Seguridad Nacional. Existe un exilio tradicional que marcha al exterior, al extranjero; y existe un insilio, que mueve grandes contingentes de población en el interior de los países, donde se abandonan, de grado o por fuerza, territorios declarados zonas de guerra.
Las dictaduras militares, además, profundizaron la brecha de la desigualdad interna de las repúblicas latinoamericanas. Es un tópico que responde a una cruda realidad el decir que América Latina es el continente de la desigualdad. Podemos encontrar el tercer y el primer mundo dentro de la misma nación, de la misma ciudad, bajo las mismas autoridades y la misma bandera. Se trata de realidades alejadas físicamente por los planes urbanísticos de las grandes ur-bes, y separadas en niveles de vida y en satisfacción de las necesidades básicas por un abismo dantesco. Recorriendo cualquier gran ciudad latinoamericana encontraremos sus villas miseria, favelas, poblaciones callampas, tugurios, po-blados jóvenes, ranchitos; son distintas formas, según cada denominación nacio-nal, de señalar la misma cosa: barrios de viviendas de autoconstrucción (ladri-llo, madera, plásticos, cartón), sin servicios básicos (alumbrado, agua potable, desagües, escuelas, atención sanitaria, seguridad), en las que, por ejemplo, las tasas de mortalidad infantil pueden ser tercermundistas. Mientras, en la misma capital, a una distancia que se puede recorrer en un autobús urbano o sencilla-mente caminando, nos encontramos con zonas que forman parte inequívoca del Occidente más dinámico: una bajísima tasa de mortalidad infantil y todo tipo de servicios y adelantos de las sociedades más avanzadas. En algunas de estas ciudades es frecuente ver las urbanizaciones, los condominios o las colonias, en las que vive la clase alta e, incluso, la clase media, protegidas por altos muros, puentes levadizos, alambradas electrifi cadas y hombres pertrechados con armas de combate.
Si las dictaduras ahondaron la brecha social, las democracias de mayor o menor calidad actualmente existentes no han paliado el problema. La ola de-mocratizadora que el subcontinente vivió durante la década de los ochenta y los noventa presenta asincronías importantes. No es lo mismo, claro está, recobrar la democracia en un país donde ya existía y fue bruscamente interrumpida por los militares golpistas, que instaurar la democracia en otro en el que nunca se ha podido hablar con propiedad de la existencia de un régimen democrático. Hay quien piensa, desde el pesimismo de la razón, que la democracia simplemente no puede afi anzarse en América Latina en las actuales condiciones socioeconómi-cas. Y eso porque las políticas neoliberales han producido una fragmentación so-cial tan brutal que puede hablarse de la existencia de un régimen de apartheid
social, que se plasma en la segregación socioeconómica y cultural de grandes
contingentes de población (en algunos países hasta el 70 por ciento).
No son ajenos a esta realidad los grandes movimientos de población que se están produciendo en las últimas décadas. La brecha de la desigualdad interna se amplía, y los que con razón se consideran excluidos emigran hacia donde pueden a la búsqueda de un futuro que no alcanzan a ver en sus lugares origi-narios. Caminando hacia el norte atravesando el Río Grande, hacia Europa en avión con pasaje de bajo coste, o en el interior de la región hacia las grandes capitales de sus países para engrosar las villas miseria, o a los países vecinos si consideran que puede encontrarse un trabajo que permita sobrevivir y enviar dinero a los que se quedaron en casa. El eterno reto del emigrante económico, un contingente que desde España es percibido con mucha nitidez.
Llegamos así, con estos mimbres, al problema central de la América Latina actual, que es el de la efi cacia social de la democracia. Tras las transiciones post dictatoriales, la totalidad de los países latinoamericanos, con la notable excep-ción de Cuba, han instaurado regímenes democráticos. Más allá de la reciente asonada hondureña, los analistas no han encontrado una posición de consenso para tipifi car esa realidad democrática. Por cuanto hace a esa falta de acuer-do académico, el lector de este volumen será testigo de discrepancias funda-mentadas en cuanto a la consideración que a los diversos autores nos merecen procesos políticos de mucho calado que están dirimiéndose en estas fechas. Se habla de democracias formales, de democracias minimalistas, de democracias de mala calidad, de democracias precarias, de democracias inciertas, de cracias diferentes, de neodemocracias, de democracias neopopulistas, de demo-cracias radicalizadas o, incluso, de demodemo-cracias revolucionarias. En los últimos años, al calor de lo que supuso un giro político hacia la izquierda que, con la señalada excepción de México, se produjo en la región, parecen haberse confi gu-rado dos bloques más o menos defi nidos, con fuerte perfi l personalista uno, más institucionalmente republicano el otro; más a la imagen de la socialdemocracia europea o más a la contra de las formas convencionales de las democracias re-presentativas; más proclives a la sintonía con el gobierno de Washington y su propuesta de integración económica americana (ALCA o TLC) o más a la contra de aquél y de ésta (ALBA).
La capacidad de incidencia política continental que exhibe el presidente Hugo Chávez al frente de su República Bolivariana es más que notable. Pareciera que el militar venezolano ha tomado el relevo al anciano Fidel Castro, con quien mantiene una relación entre fraternal y fi lial. Un relevo no sólo como enemigo número uno del Departamento de Estado y de la Casa Blanca, sino como líder indiscutido de los pobres del continente. Además, Chávez cuenta con el aval democrático de su incontestable apoyo popular, reiteradamente manifestado en las urnas. Desprecia las formas diplomáticas habituales en el escenario interna-cional y se ha hecho una reputación entre la izquierda radical occidental y entre los colectivos antisistema, como la que otrora tuviera Castro. Venezuela, como
se dice, fl ota sobre petróleo y el mercado está ávido por comprarlo, lo que genera unos recursos que están permitiendo una acción exterior que aúna propaganda, ayuda e injerencia en asuntos internos de buena parte de los países del área. ¿Qué es Chávez y el chavismo? No son pocos los especialistas que niegan que se trate de una nueva forma de populismo; pero parece imposible dejar de señalar que la relación entre el régimen y el concepto es tangible, aunque no lo defi ne al completo. ¿Es el chavismo, o puede convertirse en, una propuesta política de validez continental?
Si el militar venezolano es un inequívoco referente para muchos, en parecida medida en la que es enemigo a batir para otros, mayor consenso parece concitar otro gran líder continental como es el presidente brasileño Lula da Silva, quien ya al fi nal de su mandato exhibe no sólo una valoración excelente entre sus con-ciudadanos que mucho tiene que ver con la mejora de los indicadores de pobreza de su país, sino que se ha convertido en un reconocido estadista mundial que está situando a Brasil como una potencia imprescindible no sólo para la región, sino para el mundo.
¿Podemos dividir los sistemas políticos realmente existentes en dos grupos, y adscribirlos a uno u otro de los campos, o eso es una simplifi cación excesiva? Creemos que en estas páginas encontrará el lector argumentos para dar res-puesta a las distintas preguntas que están abiertas en la América Latina de nuestro presente.
Derrotadas y fracasadas, —las dos cosas—, las propuestas revolucionarias de los sesenta y los setenta, otras propuestas insurgentes vendrían después du-rante los años ochenta y noventa del siglo pasado a las que no se puede ignorar. Descontando el empate catastrófi co colombiano que tiene empantanado al país tras décadas de guerra a cuatro bandas (guerrillas de las Fuerzas Armadas Re-volucionarias de Colombia y del Ejército de Liberación Nacional, paramilitares de las llamadas Autodefensas Unidas de Colombia, contingentes de hombres armados pagados por los cárteles del narcotráfi co y, en cuarto lugar, el propio Estado Colombiano), prestaremos atención a dos insurgencias armadas: la del singular maoísmo andino de Sendero Luminoso, y la del sorprendente Ejérci-to Zapatista de Liberación Nacional —la llamada guerrilla postmoderna— que apareció a la luz de las cámaras de televisión el 1 de enero de 1994.
En el siglo XXI, las propuestas de revolución armada han desaparecido prác-ticamente del escenario, con la sempiterna y ya citada excepción colombiana. Ahora, la democracia, la calidad de ésta, su efi cacia social es, como hemos dicho, el eje vertebrador de la recientísima historia de América Latina. Y en este ele-mento central es fundamental atender a lo que podemos denominar la emer-gencia de los descendientes de los pobladores originarios, la asunción efectiva del papel de actores políticos de primer nivel de los indígenas. Un concepto que arranca de la década de los setenta y que triunfará igualmente en la de los no-venta es el de etnodesarrollo, que fue acuñado en la Declaración de Costa Rica en 1981 como el más pertinente para sustentar que el grupo étnico ha de ser
la unidad político-administrativa con autoridad sobre su propio territorio y con capacidad de decisión en los ámbitos que constituyen su proyecto de desarrollo dentro de un proceso de creciente autonomía y autogestión. Ya no se trataba simplemente de tomar en consideración la opinión y las aspiraciones de los des-cendientes de los pobladores originarios, sino que se afi rmó que han de ser ellos, y únicamente ellos, los que han de tomar en sus manos las riendas de su propio destino histórico. Los pueblos originarios expresaban de esta forma su derecho a hacer compatibles el desarrollo y la modernidad con su identidad étnica, sus tradiciones y su continuidad histórica. Más allá de los enunciados teóricos, la realidad concreta ha sido bastante más contradictoria, incluso desde el propio seno de las comunidades indígenas. El Subcomandante Marcos en 1994 al fren-te del EZLN y el indígena aymará Evo Morales, elegido presidenfren-te de Bolivia en 2005 con más del 53 por ciento de los votos, son los referentes más claros de la emergencia indígena, aunque para nada los únicos. Los resultados tangibles de estas presencias estelares para los pobladores originarios están pendientes de evaluación, tanto más porque estamos viviendo procesos muy importantes en esta línea.
Dos problemas relevantes cierran el presente volumen, y ambos tienen mu-cho que ver con la fortaleza democrática y con la calidad de la democracia, de las diversas repúblicas. El primero es el de la violencia urbana y la aparente o real impunidad con la que actúa el crimen organizado. Se ha escrito con funda-mento que el Estado latinoamericano, rabiosamente adelgazado, por grado o por fuerza, por convicciones neoliberales extremas de los gobiernos o por presiones indecentes del Fondo Monetario Internacional, prácticamente desapareció no ya en el terreno de la sanidad o la educación pública, sino que se reveló absoluta-mente incapaz ante fenómenos como la nueva delincuencia organizada (tráfi co de narcóticos, de armas, de personas, prostitución, secuestros) y, especialmente, ante el que parece haberse convertido en el principal problema de la ciudadanía latinoamericana: la violencia urbana que se ha adueñado ya de las grandes ca-pitales y va extendiéndose al resto de las ciudades. Lo que los sociólogos llaman la zona gris, aquel espacio abandonado por el Estado que ha quedado a merced del control que puede ejercer el crimen organizado, es cada vez más amplio.
El segundo problema al que aludíamos es el de la inserción mundial de la región latinoamericana y, especialmente, de la América del Sur. Los procesos que se están registrando en los últimos años a un ritmo creciente no pueden dejar de producir cambios severos en la estructura institucional continental. La crisis económica mundial, la confi rmación de un escenario multipolar, la crisis que atraviesan buena parte de los más importantes organismos internacionales, las expectativas generadas por la elección de Barak Obama como presidente de los Estados Unidos, el ensimismamiento europeo aparentemente incapaz de en-contrar su lugar en el espacio internacional, las previsiones respecto al cambio climático, los profundos efectos generados por los impactos migratorios, o las consecuencias rotundas de la agresividad de las economías asiáticas, por citar
algunos de esos procesos y de esos acontecimientos, tienen y tendrán repercu-siones sustanciales sobre la América Latina. A todo ello se dedicará el capítulo con el que cerramos del libro. Un volumen que ha sido el resultado de un esfuer-zo colectivo, el de un grupo de profesores de distintas nacionalidades: México, Cuba, Uruguay, Argentina y España. De ellos se da una breve noticia curricular a continuación.
Joan del Alcàzar (Valencia, 1954), Doctor en Historia por la Universitat de València, es profesor titular en el Departamento de Historia Contemporánea de esta institución y dedica desde hace años su actividad investigadora a la his-toria de América Latina en general y a la de Chile en particular. En 1998 actuó como Perito de la Acusación ante la Audiencia Nacional de España, en el Su-mario 19/97 Terrorismo y Genocidio “Chile-Operativo Condor”, que instruye el juez Baltasar Garzón contra Augusto Pinochet Ugarte y otros por genocidio, te-rrorismo y torturas. Ha publicado diversos libros y artículos en España, México, Argentina, Chile y Brasil, y ha sido profesor invitado en distintas universidades americanas como la U. de Virginia en EE.UU, la U. de Sao Paulo y la Universi-dade Estadual Paulista en Brasil, la U. Iberoamericana y la Benemérita U. de Puebla y la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) en Méxi-co y la Pontifi cia U. Católica y la U. de Santiago en Chile. Como docente, ha sido Vicedecano de la Facultad de Geografía e Historia, Vicerrector de Profesorado de la Universidad de Valencia, Director de la Universitat d’Estiu de Gandia y, en la actualidad, es Director del Centre Internacional de Gandia de la Universitat
de València. Entre sus libros cabe citar: (con Nuria Tabanera) Estudios y mate-riales para la historia de América Latina, 1955-1990, Valencia, Tirant lo Blanch,
1998; (con Nuria Tabanera, Josep M. Santacreu y Antoni Marimon), Historia
Contemporánea de América, Valencia, Publicacions de la Universitat de
Valèn-cia, 2003; “América Latina en el siglo XX”, en Historia de América (Juan Bosco Amores Carredano, Coord.) Madrid, Editorial Ariel, pp. 801-855, 2006. Sus dos últimos libros publicados son Yo pisaré las calles nuevamente. Chile, revolución,
dictadura, democracia (1970-2006), Santiago de Chile, Editorial Universidad
Bolivaria, 2009; y (con Sergio López Rivero) De compañero a
contrarrevolucio-nario. La Revolución cubana y el cine de Tomás Gutiérrez Alea, Publicacions de
la Universitat de València, 2009).
Waldo Ansaldi (Córdoba, Argentina, 1943) es, formalmente, Doctor en His-toria (Universidad Nacional de Córdoba), pero por formación y vocación socio-lógica trabaja en un campo de hibridación de disciplinas (sociología histórica). Investiga cuestiones tales como mecanismos de dominación político-social, siste-mas de partidos, ciudadanía, dictaduras y democracias. Investigador del Conse-jo Nacional de Investigaciones Científi cas y Técnicas (CONICET) en el Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe (IEALC) de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Profesor titular consulto de Historia Social Latinoamericana y Taller de Investigación de Sociología Históri-ca, en la misma Facultad. Fue Secretario Ejecutivo Adjunto del Consejo
Latino-americano de Ciencias Sociales (1977-1988). Ha sido y es profesor de grado y/o posgrado en varias universidades de su país y del exterior. Profesor visitante en la Universidade de Sâo Paulo (1989) e investigador visitante en la Universitat de Barcelona (1998 y 2001). Ha participado en más de cien congresos académi-cos nacionales e internacionales. Es autor de más de cien artículos publicados en Argentina, Brasil, España, Francia, México, Perú, Suecia, Uruguay, Vene-zuela y otros países. Ha publicado doce libros y tiene otros dos en prensa. Los últimos de ellos son: Calidoscopio latinoamericano. Imágenes históricas para un
debate vigente, 2004 (2ª ed., 2006), La democracia en América Latina, un barco a la deriva, 2007, Los sonidos del silencio. Dictaduras y resistencia en América Latina, 1964-1989 (en prensa) y, en colaboración con Verónica Giordano, Histo-ria de América Latina, Madrid, 2006, y América Latina. El confl ictivo proceso de construcción del orden, Buenos Aires, en prensa. Actualmente dirige el proyecto
de investigación Condiciones sociohistóricas de la democracia y la dictaduras
en América Latina, 1954-2010. Integra el Colectivo editor de e-l@tina. Revista electrónica de estudios latinoamericanos. Desde el 1 de febrero de 2009 es
Direc-tor del Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe, de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.
Gerardo Caetano. (Montevideo, 1958) Historiador y Politólogo. Doctor en Historia, Universidad Nacional de La Plata, Argentina. Coordinador Académico del Observatorio Político del Instituto de Ciencia Política, Universidad de la República (desde el 2005 a la fecha). Entre el 2000 y el 2005 fue Director del ci-tado Instituto. Director Académico del Centro para la Formación en Integración Regional. (CEFIR) Designado como Supervisor Académico de la Investigación y elaboración de la publicación sobre el Terrorismo de Estado y el destino fi nal de
los detenidos desaparecidos durante la dictadura militar. (2005-2006) Designado
por unanimidad como Académico Titular en la Academia Nacional de Letras del Uruguay. Miembro correspondiente de la Real Académica Española. Integran-te a título individual del Consejo Superior de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO). (2008-2012) Representante alterno por la subregi-ón Argentina-Uruguay en el consejo directivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO). (2009-2012) Es integrante del Comité de Selección del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) del Uruguay, siendo califi cado como máximo investigador en su Nivel III. Investigador y Catedrático Titular Grado 5 en la Universidad de la República en la que trabaja desde 1985. Es miembro de varias organizaciones científi cas nacionales e internacionales. Do-cente en cursos de grado y de posgrado (a nivel de Maestría y Doctorado) a nivel nacional e internacional (en este último caso en varios países americanos y eu-ropeos). Consultor de distintas instituciones internacionales (UNESCO, PNUD, FLACSO, OEA, Unión Europea, UIP, etc.). Ha publicado hasta el presente más 180 publicaciones, entre las que destacan: La agonía del reformismo
(1916-1925), Montevideo, CLAEH, 1983, 2 Tomos.. El asedio conservador (1925-1929),
nacional y conciencia crítica, Montevideo, EBO, 1986. (en colaboración). Breve historia de la dictadura (1973-1985), Montevideo, CLAEH-EBO, 1987. (en
cola-boración). El nacimiento del terrismo (1930-1933), 3 tomos, Montevideo, EBO, 1989, 1990, 1991. (en colaboración) “La República Conservadora (1916-1929) 2 tomos Montevideo, Editorial Fin de Siglo, 1992, 1993. Codirector de la colec-ción “Historias de la vida privada en el Uruguay”, en tres tomos. (1996-1998)
“La secularización uruguaya. (1859-1919). Tomo 1. Catolicismo y privatización de la religión”. Montevideo, Taurus, 1997. (en colaboración) “Los uruguayos del Centenario. Ciudadanía, nación, religión, educación”. Mont. Taurus, 2000.
(Co-ordinador y autor). “Antología del discurso político en el Uruguay. Tomo I. De la
Constitución de 1830 a la revolución de 1904.” Montevideo, Taurus, 2004. “Ideas, política y nación en el Uruguay del siglo XX”, en Oscar Terán (coord.), “Ideas en el siglo. Intelectuales y cultura en el siglo XX latinoamericano”. Buenos Aires, OSDE – Siglo XXI, 2004, pp. 309 a 422. “Historia Contemporánea del Uruguay. De la Colonia al siglo XXI.” Montevideo, CLAEH – Ed. Fin de Siglo, 2005. (en colaboración) “20 años de democracia. Uruguay 1985-2005. Visiones múltiples”. Montevideo, Taurus, 2005. (Director y coautor). “Latinoamericana: enciclopédia contemporänea da América Latina e do Caribe”. Río de Janeiro, Boitempo
Edi-torial, 2006. (autor de todas las entradas vinculadas con temas de la historia uruguaya). “Nacionalismos y ciudadanía en el Uruguay del siglo XX. Balances
para un prospecto”, en Varios Autores, “Debates de Mayo. Tomo II”. Buenos Aires,
Edhasa, 2006. “Uruguay: agenda 2020. Tendencias, conjeturas, proyectos.” Mon-tevideo, Taurus, 2007. (Coordinador en colaboración de toda la obra) Ha obteni-do varios premios académicos nacionales e internacionales por su obra.
Leonardo Curzio (Ciudad de México, 1962) es doctor en Historia Contem-poránea por la Universidad de Valencia. Su trayectoria comprende tres campos de actividad: la docencia, la investigación y el periodismo. Como profesor ha impartido docencia en diferentes Universidades de México, Estados Unidos y España. Asimismo, ha impartido cátedra en instituciones como el Centro de Estudios Navales y el Colegio de Defensa Nacional de México. Ha dirigido más de 40 tesis de grado en distintas Universidades y fue coordinador de Ciencias Políticas en la Universidad Iberoamericana. Ha coordinado más de 30 diploma-dos en Estudios Estratégicos y Seguridad Nacional. Es “Investigador Titular B” del Centro de Investigaciones de América del Norte de la UNAM y tiene la dis-tinción de Investigador Nacional Nivel II del Conacyt. Ha publicado 8 libros, los dos más recientes “La Seguridad Nacional de México y la Relación con Estados Unidos” (UNAM, 2007) y la “Introducción a la Ciencia Política” (Oxford Univer-sity Press, 2009) y es coautor de 37 libros publicados por sellos editoriales como: UNAM, Universidad de Valencia, University of Pittsburg, Universidad de Cali-fornia (UCSD), Universidad de Michigan, INAP, Siglo XXI, Plaza y Valdés, Gri-jalbo, IFE, Australian National University, La Jornada Ediciones, Ariel, Centro de Estudios Hemisféricos, Fondo de Cultura Económica, Grupo Norma, Univer-sidad de los Andes, FLACSO, ITESO, UAM, entre otros. Ha publicado también
artículos en revistas especializadas en Canadá, Estados Unidos, Colombia, Cosa Rica y España. Es conductor de ENFOQUE uno de los espacios informativos más reconocidos en México. También participa en el infl uyente programa de televisión Primer Plano de canal once. Es editorialista del periódico El Univer-sal. Ha recibido diversos reconocimientos como el “Laurel de Oro a la Calidad” México-España, en 2007 fue distinguido por el Presidente de la República de Italiana con el premio “Italia nel Mondo”, en dos ocasiones ha sido Premio Na-cional de periodismo y el premio “Alas de Plata” a la mejor conducción de radio. La revista Líderes lo ubicó en 1997 como un líder del futuro y en su edición de 2008 como uno de los 300 personajes más infl uyentes de México.
Silvia Dutrénit Bielous (Montevideo, 1952) es Historiadora y Doctora en Estudios Latinoamericanos por la UNAM. Es profesora-investigadora titular del Instituto Mora (México) adscrita al Área de Historia y Estudios Internacionales. Pertenece al Sistema Nacional de Investigadores de México y de Uruguay y a la Academia Mexicana de Ciencias. Está especializada en la Historia reciente de América Latina y del Cono Sur en particular. Sus principales líneas de investi-gación se han centrado en los comportamientos partidarios durante las dicta-duras y transiciones, los exilios y sus distintas facetas, el asilo como política de Estado y como práctica en las embajadas y en las decisiones gubernamentales sobre violaciones de los derechos humanos. Ha coordinado sobre las estas líneas distintos proyectos regionales e internacionales y ha impartido conferencias y cursos en instituciones de América Latina y España. Su obra (libros, artículos, capítulos y documentales) ha sido publicada en países de América Latina, Asia y Europa. Entre sus últimas publicaciones destaca: TRAMITANDO EL PASADO. Violaciones de los derechos humanos y agendas gubernamentales (S. Dutrénit y G. Varela), FLACSO-México/CLACSO, México, 2010; TIEMPOS DE EXLIOS. Memoria e historia de españoles y uruguayos (S. Dutrénit, E. Allier y E. Coraza), CeALCI-Fundación Carolina/Textual /Instituto Mora, Uruguay, 2008; EL URU-GUAY DEL EXILIO. Gente, circunstancias, escenarios (S. Dutrénit, coord.), Trilce, Montevideo, 2006 y el documental MÁS ALLÁ DEL REGLAMENTO (A. Buriano, S. Dutrénit y C. Hernández), México, Instituto Mora, 2010. (55 min.).
Sergio López Rivero (La Habana, 1958) ha sido profesor durante quince años del Departamento de Historia de Cuba, de la Facultad de Filosofía, Histo-ria y Sociología de la Universidad de La Habana. En el año 1991, se doctoró por la misma institución académica. Ha participado como profesor investigador in-vitado en universidades de México, España y los Estados Unidos. Sus estudios, han sido publicados en Cuba, Francia y España. Entre sus libros publicados: 1)
Moneda Ajena. Ensayo sobre la transición del régimen monetario en Cuba, 1899-1915. Editorial Felix Varela, Universidad de La Habana, 1994; 2) Emigración y Revolución. El papel del frente exterior del MR-26-7 en el proceso nacional liberador cubano. Editorial Felix Varela, Universidad de La Habana, 1995; 3) El Viejo Traje de la Revolución. Identidad colectiva, mito y hegemonía política en Cuba. Publicacions de la Universitat de Valencia, 2007; 4) (coautor junto a
Joan del Alcázar) De compañero a contrarrevolucionario. La Revolución cubana
y el cine de Tomás Gutiérrez Alea. Publicacions de la Universitat de Valencia,
2009. En imprenta, por la misma editorial: La Cosecha del Patriotismo. Fidel
Castro, su grupo político y la emergencia del nacionalismo en la emigración cubana, 1955-1958. Entre sus artículos: “El milagro de la plantación cafetalera
en Cuba”. Tebeto. Anuario del Archivo Histórico Insular de Fuerteventura (Islas Canarias), Especial Canarias-América, Número 5, Tomo I, 1992, pp. 302-320. 2) (coautor junto a Marial Iglesias) “José Martí: l’orígen del símbol fundacio-nal del naciofundacio-nalisme cubá”. Dossier: 1898 la fi d’ un imperi. L’Avenc. Revista de
Historia. Número 217, Setembre 1997, pp. 38-42; 3) (coautor junto a Francisco
Ibarra) “Sobre transigentes e intransigentes en la Cuba ocupada, 1898-1902”.
Islas e Imperios. Estudios de historia de las sociedades en el mundo colonial y poscolonial. Número 2, Universitat Pompeu Fabra, Barcelona, Primavera 1999,
pp. 111-126; 4) “Entre cifras. Acercamiento a la historia económica de Cuba co-lonial, a través de algunos resultados recientes de los americanistas españoles”.
Islas e Imperios. Estudios de historia de las sociedades en el mundo colonial y poscolonial. Número 9, Universitat Pompeu Fabra, Barcelona, Diciembre 2006,
pp. 165-179. Además, con la ayuda del Instituto de Literatura y Filología de la Institución Valenciana de Estudios e Investigación (IVEI), Consorcio entre la Generalidad Valenciana y la Diputación Provincial de Valencia, ha realizado la investigación “La imagen de la guerra. La prensa de Valencia y la guerra hispano-cubano-norteamericana” (inédita).
(1959-2009)
LEONARDO CURZIO1
Universidad Nacional Autónoma de México
Una de las primeras complicaciones que plantea la lectura de la realidad la-tinoamericana desde Washington es que la potencia no asume con naturalidad que comparte el mismo continente con otras naciones de estirpe diferente a la anglosajona. En la literatura especializada, así como en el lenguaje político y diplomático de Washington, no se habla de América como una unidad al refe-rirse al continente en su totalidad, se habla de las Américas en plural. Desde sus orígenes como país independiente los Estados Unidos asumieron que ellos representaban al continente. De hecho, la primera Asamblea que reunió a las trece colonias para proclamar su independencia se autonombró Congreso Con-tinental. A falta de un nombre que aglutinara a todas las colonias, celosas de sus particularidades, optaron por apropiarse el nombre del continente. Asumir que un país representa a un continente por antonomasia es un gesto más que improbable en otras latitudes en las que cuesta imaginar que Francia, Alemania o Italia se hicieran llamar Europa. América en singular se reserva a la denomi-nación genérica de los Estados Unidos. Esta apropiación simbólica del nombre del continente ha sido ampliamente comentada por Edmundo O’Gorman2 quien
sugiere que en realidad el continente cartografi ado por Américo Vespucio, es una invención cuyo origen se encuentra en lo que hoy son los Estados Unidos. No es éste el espacio apropiado para profundizar en este tema, pero si es impor-tante tener claro lo que el plural signifi ca cuando se nombra el continente des-de Washington. Para los angloamericanos ha resultado complicado aceptar que otros pueblos que han recorrido trayectorias tan diversas y en muchos sentidos divergentes a la de las trece colonias, formen parte de un mismo conjunto3.
La pluralidad de orígenes pluraliza el nombre del continente, pero el singu-lar retoma su unidad orgánica cuando se considera a América como una unidad geopolítica. Washington considera al continente americano como un hemisferio
1 Investigador Titular del Centro de Investigaciones sobre América del Norte. UNAM.
2 O’Gorman, Edmundo, La invención de América, México, FCE. La primera edición es de 1958,
pero ha sido objeto de múltiples reimpresiones.
3 Para profundizar en las trayectorias divergentes de la América inglesa y la América española
es imprescindible referirse al portentoso estudio de ELLIOT, John, Imperios del mundo
al que llaman hemisferio occidental. Tenemos, en consecuencia, una dualidad de visiones que se sobreponen e imbrican a lo largo de los años y en función de las temáticas de que se trate. Por un lado tenemos una unidad geopolítica circunda-da por dos océanos que ha circunda-dado lugar a visiones geopolíticas hegemónicas en los últimos dos siglos. En el siglo XIX la llamada doctrina Monroe (América para los americanos)4 aspiraba a evitar la injerencia de las potencias europeas. En el
si-glo XX la concepción unitaria se manifi esta en la creación de una Organización que reagrupa a todos los estados americanos (OEA) y cuya sede es Washington Por el otro lado, ante la ausencia de un eje articulador similar al que hoy ver-tebra a la Unión Europea, el continente se pluraliza y entonces se habla de las Américas, una de las cuales ineludiblemente es la llamada Latina.
Para los norteamericanos no ha sido sencillo convivir con esa entelequia llamada América Latina (AL) porque desde sus orígenes les resulta una for-mulación ajena a su tradición. El concepto geopolítico de América Latina fue desarrollado por la política exterior francesa del siglo XIX. Para el renovado espíritu imperial de Napoleón III, América recobraba el interés que Francia nunca logró respaldar en los siglos anteriores en el continente. Su objetivo era contener la infl uencia de los Estados Unidos en las repúblicas hispanoamerica-nas y de manera prioritaria en México. Los franceses plantearon que el vínculo espiritual que los unía con las naciones americanas era la latinidad, un origen que llegaba a los pueblos americanos a través de las lenguas romances que se hablan en la región. El origen latino de los países que se ubicaban al sur de los Estados Unidos, ofrecía una forzada identidad pero con el tiempo resultó muy efi caz porque ponía a disposición de las nuevas naciones un paraguas identita-rio que no pasaba por el tradicional vinculo colonial (luso o hispano) y permitía establecer un contraste con los anglo sajones. Los latinos frente a los sajones era la dualidad que se imponía en las elites americanas y con el tiempo también en el imaginario colectivo.
América son ellos y comparten con otras Américas el territorio continental. Por supuesto la pregunta inmediata es: ¿cuántas Américas más existen? La pri-mera clasifi cación es la convencional división geográfi ca que divide el continente en cuatro grandes regiones: la del norte que incluye a Canadá y a México, la central va de Guatemala a Panamá, la América del Sur va de Colombia a la Tierra del Fuego, la insular que incluye todas las Antillas. La división geográfi ca no excluye otras divisiones como las que se derivan de clasifi caciones cuyo eje articulador es la lengua ya sea español, portugués, francés o inglés.
4 Véase: Moreno Pino, Ismael, “Aspectos Históricos” en Orígenes y Evolución del Sistema Inter-americano”, México, Colección del Archivo Diplomático Mexicano, Secretaría de Relaciones
Exteriores, México, 1977, pp. 48-73. Murphy, Gretchem, Hemispheric imaginings. The Monroe
Doctrine and narratives of U.S. Empire, Duke University Press, 2005. Rappaport, Armin, The Monroe Doctrine, New York, Robert Kreiger Publishing Company, 1976.
Las divisiones no sólo tienen propósitos clasifi catorios implican también una distancia explícita que jerarquiza las relaciones y las hace más cercanas o más lejanas según sea el caso. En algunos se busca la cercanía y por ello el criterio para reagrupar se abre o se restringe. Con sus dos vecinos (México y Canadá) los Estados Unidos experimentan con mayor intensidad esta paradoja de ser cercanos y distantes según el criterio clasifi catorio que se use. Canadá, por ejem-plo, es un sólido aliado de los Estados Unidos en la OTAN y en el mecanismo de defensa de Norteamérica llamado NORAD; es también un socio comercial de pleno derecho en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte TLCAN y más recientemente ha acoplado su dispositivo de seguridad nacional al esquema regional de América del Norte. Sin embargo, todos estos vínculos no desarrollan una unidad geopolítica coherente como ocurre en Europa. Hoy más que nunca son dos entidades soberanas con sus prioridades propias y sus valores naciona-les en confl icto. México, a su vez, tiene en términos generanaciona-les el mismo nivel de integración económica y comercial que tiene Canadá con la potencia y comparte las prioridades de seguridad regional que defi nen los EE.UU. No obstante, no se ha desarrollado un principio de identidad regional entre los tres países que los identifi que como miembros de un espacio geopolítico dotado de coherencia in-terna5. México se reagrupa con mayor facilidad en los conjuntos geopolíticos de
Latinoamérica o Ibero América (que incluye a Portugal y España). El norteame-ricano es un modelo de integración basado estrictamente en el libre comercio y en los temas de seguridad que no reconoce ni el desarrollo de entidades supra-nacionales que coordinen los esfuerzos de cada uno de los países, ni tampoco la cohabitación de millones de personas de estirpe mexicana y de habla hispana en su propio territorio. Volveremos sobre este punto.
La América central y la América insular han sido tradicionalmente conside-radas por los Estados Unidos como su patio trasero. Un espacio de libre dispo-sición y con gobiernos débiles para desarrollar cualquier tipo de actividad. Du-rante la guerra civil norteamericana, por ejemplo, algunos de los miembros del gabinete de Abraham Lincoln, proponían ocupar territorios en América central o el Caribe para enviar a la población afro americana a los mismos, como si esos territorios les pertenecieran. Formalmente no les pertenecían, pero disponía de ellos como si fuesen su trastero o su bodega. El desprecio por la soberanía de es-tos países ha sido una constante hasta este siglo. Demasiados ejemplos podrían distraernos de nuestro propósito central, pero vale la pena recordar algunos epi-sodios que condicionan la mirada que los Estados Unidos tienen sobre la región aún en pleno siglo XXI.
El caso más conocido es el de Cuba, país que, como es sabido, experimentó en 1959 una Revolución que derrocó al gobierno pro americano de Fulgencio
Ba-5 Un sugerente ensayo escrito desde la perspectiva canadiense sobre este asunto es el de Drache,
Daniel, La ilusión continental. Seguridad fronteriza y búsqueda de una identidad
tista. Los Estados Unidos han desplegado desde entonces hasta el presente, con las variaciones políticas de las distintas administraciones, una incomprensible actitud de negación de los hechos consumados. La actitud de los Estados Unidos hacia la isla combina elementos externos con rivalidades y pugnas de la política partidista del estado de la Florida. Las relaciones con Cuba son tratadas en el ámbito externo a través de condenas y mecanismos sancionadores tan conocidos como el bloqueo al régimen de los hermanos Castro. Pero también son un asunto interno debido a la presencia de una infl uyente colonia cubano americana que exige tratar el tema cubano bajo una determinada óptica en el Congreso nor-teamericano. La visión tradicional que desde Washington se ha tenido sobre la isla se puede entender mejor si recordamos el origen de Cuba como república independiente.
Tras la guerra de 18986 en la que España pierde sus últimas posesiones
ame-ricanas, los Estados Unidos quedan como el gran árbitro de la región. En 1901, las fuerzas norteamericanas de ocupación consiguieron incluir en la constitu-ción de la joven república la famosa “Enmienda Platt”, merced a la cual los Estados Unidos tenían la facultad de intervenir en los asuntos de la isla cuando lo estimarán pertinente. Cuba fue obligada también a arrendar de manera per-petua la base naval de Guantánamo.
La intervención política y militar no se limitó a Cuba. Pocos años después, en 1903, los Estados Unidos estimularon el que una parte de Colombia se in-dependizara formando la República de Panamá bajo el patrocinio de Theodore Roosevelt7. Al igual que en el caso cubano, los Estados Unidos se garantizaron
una facultad constitucional para intervenir en los asuntos de ese país y adqui-rieron también los derechos sobre el canal de Panamá. La zona del Canal estaba llamada a ser un foco de irradiación ideológica y de control militar de todo el subcontinente en la segunda mitad del siglo XX. La vía intercontinental y su zona aledaña fueron la sede de dos instituciones que marcaron las relaciones de los Estados Unidos con América Latina. Una es el Comando Sur, desde donde se coordinaban las operaciones militares que desembocaron en muchos casos en intervenciones directas. La otra es la Escuela de las Américas, en cuyas aulas se graduaron una buena parte de los represores latinoamericanos quienes en nombre de la guerra contra el comunismo, plagaron el continente de dictaduras militares.
La presencia norteamericana en Panamá cesó al fi nalizar el siglo XX al am-paro de los tratados Torrijos Carter fi rmados en 1977. Sin embargo, la trans-ferencia de soberanías no estuvo exenta de problemas. En diciembre de 1989,
6 Elorza, Antonio, La guerra de Cuba 1895-1898, Madrid, Alianza.
7 Collin, Richard, Theodor Roosvelt’s Caribbean: The Panama Canal, the Monroe Doctrine, and the Latin American Context, Baton Rouge, Louisiana State University Press, 1990. Hendrix,
Henry, Theodore Roosevelt’s Naval Diplomacy. The US and the birth of the american century, Washington, USNI, 2008.
unas semanas después de la caída del muro de Berlín y de la proclamación de un nuevo orden mundial por parte del Presidente George Bush, cerca de 30 mil efectivos norteamericanos invadían territorio panameño en una operación cuyo nombre fue: “Causa justa”. El despliegue militar fue rápido y el objetivo central era detener a Manuel Antonio Noriega como si fuera un residente en California o en Alabama. La soberanía panameña no signifi có absolutamente nada para las fuerzas de ocupación americanas quienes además hicieron que el nuevo pre-sidente Guillermo Endara jurara el cargo en una de sus bases navales.
Otros ejemplos pueden citarse para documentar la escasa consideración que los Estados Unidos tienen hacia sus vecinos de esa región. Tenemos el caso de las intervenciones en República Dominicana y en Nicaragua. Podríamos deta-llar cada uno de estos episodios pero perderíamos el hilo de nuestro trabajo. Lo importante es identifi car que la visión imperial de la llamada diplomacia de las cañoneras considera que el Caribe es un mar patrimonial de los Estados Unidos y que los países que integran esa cuenca son estados vasallos con gobiernos manipulables a los que se puede utilizar en el sentido que más convenga a sus intereses. No ha existido, en todo este tiempo de vida independiente de los paí-ses americanos, una relación de respeto a las soberanías de esas Repúblicas. La relación nace, pues, con un desequilibrio original que generará profundas des-confi anzas y actitudes arrogantes que impiden un reconocimiento mutuo sobre bases estables.
Muchos autores se han preguntado si la arrogancia norteamericana desple-gada hacia los países del sur puede explicarse, entre otras cosas, por la debilidad estructural de sus vecinos para contener primero su avance territorial en el sur y después desarrollar la idea del imperio en la cuenca del golfo de México. La pregunta puede resultar ociosa si nos remitimos a un recuento de los hechos tal como acontecieron, pero tiene utilidad analítica para comprender en que forma se han desarrollado las relaciones internacionales en la región. Paul Johnson, en su muy notable historia de los Estados Unidos, explica cómo a partir de 1830, año en que se habían establecido en Texas miles de colonos norteamericanos sin que los sucesivos gobiernos de México pudieran hacer algo para impedirlo, plan-tea el problema de la debilidad estructural de las repúblicas latinoamericanas. El autor inglés formula el argumento así:
“… si México hubiera mantenido la estabilidad, las cosas hubieran sido diferentes y su poder habría per-durado. Si Estados Unidos hubiese sido inestable, podría haber sido menos codicioso. Pero el hecho histórico es que México era inestable y Estados Unidos, estable”8.
En resumen, el entorno nunca le ha infundido respecto a la potencia y buena parte de sus políticas regionales se explican por esta desequilibrada relación
inicial. No es preciso extendernos más en este asunto para entrar a la época a la que está consagrado este capítulo.
LOS EJES CONDUCTORES DE LA RELACIÓN
La relación entre los Estados Unidos y Latinoamérica se ha articulado en los últimos años en torno a cinco grandes ejes problemáticos que permiten encon-trar algunas regularidades, pero por la propia dinámica política de cada una de las naciones y el grado de especialización que algunas de ellas tiene, es necesa-rio ser prudentes con las generalizaciones. Cada país presenta una problemá-tica específi ca y tras el fi n de la guerra fría esto ha tendido a ser más aceptado. Los Estados Unidos han entendido que el nuevo contexto exige desarrollar rela-ciones particulares con cada uno de los países del subcontinente, lo que provoca discontinuidades y casos específi cos que merecen un estudio diferenciado. Cuba, por ejemplo, no puede ser tratada como Venezuela; o México como Brasil. Cada uno de ellos presenta rasgos muy particulares que no admiten las groseras ge-neralizaciones que se hicieron en el auge de la guerra fría.
Los grandes ejes articuladores de la relación Washington América Latina son los siguientes: el anticomunismo, la cooperación, las drogas, la migración y el libre comercio. Consideremos por separado cada uno de ellos.
LA POSGUERRA Y LA GUERRA FRÍA
La Segunda Guerra Mundial generó un realineamiento de los intereses geopo-líticos e ideológicos de la potencia. La decisión del gobierno de Franklin Delano Roosevelt de replicar con severidad el bombardeo japonés a la base militar de Pearl Harbor en 1942 modifi ca la percepción muy difundida entre los llamados aislacionistas de que la excepcionalidad de los Estados Unidos les daba la ven-taja práctica de no tener que inmiscuirse en los confl ictos euroasiáticos. Esa vi-sión de un aislamiento casi paradisíaco, garantizado por dos grandes océanos, se quiebra en 1942 y obliga a Washington a releer sus prioridades geoestratégicas y a ver con nuevos ojos a sus vecinos americanos. La primera consecuencia es constatar en la práctica que su territorio no es intangible y por ello celebra con Canadá9 y después con México10 tratados militares para enfrentar de manera
conjunta un eventual ataque por parte de las potencias del eje, especialmente por el costado del Pacífi co.
Eran los tiempos de la unidad en contra del fascismo y las repúblicas latinoa-mericanas tuvieron, por primera vez en la historia, la ocasión de ser tratadas
9 Véase: Drache, Daniel, op cit.
10 Sobre las relaciones México-Estados Unidos en esa coyuntura puede verse Chacon, Susana, Las relaciones México-Estados Unidos. Entre el confl icto y la cooperación, México, FCE, 2007.
como aliadas. Esa nueva disposición se refl ejó en lo que genéricamente se llamó la política del buen vecino, auspiciada por el Presidente Roosevelt como un nue-vo trato a los países de América. Al terminar la segunda guerra se extendió por el planeta una ideología igualitaria que se nutría de la mala conciencia que la guerra había dejado como legado y se pretendía que la nueva Organización, que suplía a la Liga de Naciones, tuviese como norma un renovado respeto por cada país signatario y asegurar que cada uno de ellos tuviese un asiento y un voto en la nueva organización internacional. A la ONU se le llegó a llamar, pompo-samente, el Parlamento de la humanidad en la medida en que su diseño refl eja la aspiración de que todos los países tuviesen representación en el foro de dis-cusión mundial11.
La esperanza de que los Estados Unidos, grandes triunfadores de la guerra e indiscutibles líderes de occidente y promotores de la ONU, quedaran impregna-dos de esa buena disposición a edifi car un sistema internacional más equitativo y basado en la legalidad y la cooperación, hizo albergar alguna esperanza de que la potencia planteara un nuevo modelo de relación a los países latinoame-ricanos.
El optimismo, sin embargo, duró poco y terminada la guerra las priorida-des de la potencia cambian y la relación jerárquica vuelve a ser la norma. La contención del comunismo se convierte en la más alta de las prioridades de la administración del Presidente Truman en el ámbito planetario y a fortiori en el continente americano. Un elemento articulador de la nueva estrategia es la contención de la expansión del comunismo en todo el planeta. Tras la derrota del nazismo y el fascismo, el marxismo en sus diferentes expresiones se convierte en el gran enemigo a vencer. Contener el avance espiritual y territorial de la URSS es el objetivo de todas las organizaciones y tratados de defensa y seguridad que los Estados Unidos suscriben con países del Atlántico Norte (OTAN) y con Amé-rica Latina (TIAR).
La llamada agenda hemisférica, que no es otra cosa que la agenda continen-tal, se concentra en evitar que las fuerzas afi nes a la Unión Soviética ocupen espacios en América. En 1947-48 los Estados Unidos consiguen que los países del continente se reagrupen en una nueva organización de Estados americanos (OEA) y a partir de esa instancia de coordinación continental suscriban un me-canismo de defensa conjunto cuyo corolario fue el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR). El tratado tenía claros tintes de “cordón sanitario” para evitar el avance del comunismo en la región. Vale la pena retomar literal-mente el artículo más importante del instrumento:
ARTÍCULO 3.°
1. Las Altas Partes Contratantes convienen en que un ataque armado por parte de cualquier Estado contra un Estado Americano, será considerado como un ataque contra todos los Estados Americanos, y en consecuencia, cada una de dichas Partes Contratantes se compromete a ayudar a hacer frente al ataque, en ejercicio del derecho inmanente de legítima defensa individual o colectiva que reconoce el Artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas.
2. A solicitud del Estado o Estados directamente atacados, y hasta la decisión del Órgano de Consulta del Sistema Interamericano, cada una de las Partes Contratantes podrá determinar las medidas inmediatas que adopte individualmente, en cumplimiento de la obligación de que trata el parágrafo precedente y de acuerdo con el principio de la solidaridad continental. El Órgano de Consulta se reunirá sin demora con el fi n de examinar esas medidas y acordar las de carácter colectivo que convenga adoptar.
3. Lo estipulado en este Artículo se aplicará en todos los casos de ataque armado que se efectúe dentro de la región descrita en el Artículo 4.° o dentro del territorio de un Estado Americano. Cuando el ataque se efectúe fuera de dichas áreas se aplicará lo estipulado en el Artículo 6.
4. Podrán aplicarse las medidas de legítima defensa de que trata este Artículo en tanto el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas no haya tomado las medidas necesarias para mantener la paz y la segu-ridad internacionales12.
La estrategia de contención del comunismo se despliega en dos grandes ver-tientes. Una global con la confrontación militar de las potencias en distintos escenarios (Corea, Vietnam, etc.) La segunda es la lucha contra el comunismo al interior de los países que en América Latina tuvo probablemente una de sus expresiones más crudas. Al comunismo, en suma, se le confronta de manera si-multánea en el plano global y se le combate a muerte al interior.
La primera vertiente de la estrategia era evitar la expansión territorial de la Unión Soviética en el llamado Tercer Mundo13. Esta confrontación tuvo como
teatro de operaciones Asia y África fundamentalmente, aunque en América tuvo también una expresión militar especialmente virulenta: Cuba. La revolución cubana del 1959, que inicialmente se presentó como un movimiento inspirado en una ideología nacionalista y liberadora, con el tiempo se escoró hacia los inte-reses de la Unión Soviética. La presencia soviética en la isla generó una enorme tensión político-militar que desembocó, en octubre de 1962, en la conocida crisis de los misiles. Esta crisis confrontó a los Estados Unidos y a la Unión Soviéti-ca en un espacio que estratégiSoviéti-camente la potencia ameriSoviéti-cana consideraba su zona de infl uencia exclusiva. Una confrontación que implicaba, por primera vez en la historia, la posibilidad de una guerra nuclear. La solución de la crisis ha sido ampliamente estudiada en obras especializadas e incluso ha sido llevada con fortuna a las pantallas cinematográfi cas14 e implicó una especie de empate
12 http://www.oas.org/juridico/spanish/tratados/b-29.html
13 Una obra muy útil para conocer las relaciones entre los Estados Unidos y la Unión Soviética
es la de Powasky, Ronald, La guerra fría, Barcelona, Crítica, 2000.
14 Una espléndida película que recrea esta coyuntura es de Donaldson, Roger, Thirteen days (13
entre las potencias. La Unión Soviética retiró sus cohetes de la isla, pero el ré-gimen comunista de Fidel Castro sobrevivía y se convertiría en las siguientes décadas en un importante difusor de ideología y de apoyo práctico a los grupos que en distintos puntos del continente acariciaban el sueño de hacer realidad la utopía comunista por la vía armada.
Para los responsables de la política exterior de los Estados Unidos, y por su-puesto también para los responsables de la seguridad y la defensa, el episodio cubano también resultaba ejemplar, pero por razones muy distintas. Lo que ha-bía ocurrido en Cuba lo asumían como un hecho consumado, pero establecieron como irrenunciable prioridad el que una situación similar no volviese ocurrir en ningún otro país del continente. Para conseguir este objetivo era fundamental atacar el problema desde la raíz.
La breve administración de JF Kennedy heredó el confl icto cubano y tuvo que manejar la crisis los misiles. El avance del comunismo se usó como arma arro-jadiza por parte de los radicales para criticar a un gobierno que consideraban débil para enfrentar el avance de la izquierda. Después del fracaso que repre-sentó la conversión de Cuba al comunismo, el presidente Kennedy reconocía que la brecha económica que se abría entre las dos Américas era en parte la razón por la cual las ideas revolucionarias tenían tantos partidarios en los países del subcontinente latinoamericano. Si los republicanos tradicionales pedían mano dura contra el comunismo o cualquiera de sus variantes, en el frente de los de-mócratas la preocupación por el avance del comunismo era también importante pero con un mayor nivel de creatividad analítica explicaban que la “amenaza comunista” se expandía porque encontraba en la pobreza y la desigualdad rei-nantes en toda Latinoamérica un terreno fértil. De esta forma, resultaba crucial revertir esta situación a través de un programa de ayudas económicas para promover la prosperidad y generar desarrollo. Este programa tuvo alcance con-tinental pero corta vida y se llamó la Alianza para el Progreso.
La Alianza para el Progreso retomaba aspectos de la política del buen vecino que alentó Rooseelt y también parte de la doctrina que movió al Plan Marshall en Europa: es imperativo ayudar a los aliados a fomentar el desarrollo econó-mico para evitar que caigan en la órbita enemiga. El discurso del Presidente Kennedy era el siguiente:
“A nuestras hermanas repúblicas allende nuestra frontera meridional les ofrecemos una promesa espe-cial: convertir nuestras buenas palabras en buenos hechos mediante una nueva Alianza Para el Progreso; ayudar a los hombres libres y los gobiernos libres a despojarse de las cadenas de la pobreza. Pero esta pacífi ca revolución de esperanzas no puede convertirse en la presa de las potencias hostiles. Sepan todos nuestros vecinos que nos sumaremos a ellos para oponernos a la agresión y la subversión en cualquier parte de las Américas. Y sepa cualquier otra potencia que este hemisferio se propone seguir siendo el amo de su propia casa”15.
La Alianza fue la cara amable de la política de contención del comunismo, pero era algo más que una estrategia de relaciones públicas. En el fondo fue una apuesta por retomar la idea de que el reformismo democrático podía abrir espacios para reducir las terribles desigualdades de la misma manera que se había hecho en Europa Occidental. En el viejo continente el capitalismo consi-guió edifi car instituciones sociales que pudiesen rivalizar e incluso superar lo que los regimenes del llamado socialismo real habían conseguido en materia de política social. Sin embargo, el eje conductor de la política norteamericana hacia la región en los años que vendrían no se mantendrá con esta aplicación del po-der suave, tratando de ganar la disputa ideológica a los sectores más radicales que proponían que el capitalismo era irreformable desde la democracia liberal. La izquierda más radical encontraría en la actitud de la potencia su mejor ele-mento legitimador. La imagen del mítico guerrillero argentino Che Guevara se convertía en un icono y la imagen del reformista Kennedy y sus seguidores en todo el continente se diluían en el imaginario colectivo.
En efecto, la política hacia el continente se endurece y el apoyo a soluciones radicales de derecha, como el restringir y reprimir a los grupos y organizaciones de fi liación izquierdista e incluso soluciones abiertamente anticonstitucionales, como los golpes militares, se convierte en algo frecuente. En contraparte, los apoyos a programas de cooperación para el desarrollo se reducen hasta la míni-ma expresión y el respeto a las decisiones de gobiernos soberanos para mitigar la pobreza o situaciones de fl agrante injusticia en algo prescindible.
EL ANTICOMUNISMO Y LOS REGIMENES DE SEGURIDAD
NACIONAL
En este contexto histórico de endurecimiento de las posiciones y de un virtual abandono de la estrategia del reformismo democrático para generar prosperidad y repartir la riqueza de un modo más justo, es donde encontramos la segunda vertiente de la estrategia clásica de la guerra fría desplegada en la región y es la contención del comunismo al interior de cada uno de los países.
La visión tradicional del patio trasero que venía desde el siglo XIX se com-plementa en esta coyuntura con las doctrinas anticomunistas al uso y ambas arrojan como resultado práctico el apoyo a regimenes autoritarios encargados de la aplicación de políticas represivas para erradicar los movimientos de ins-piración izquierdista que disputaran, al interior de los países, el conjunto de valores del llamado mundo libre16. En nombre de la defensa del mundo libre y la
seguridad nacional, los Estados Unidos desplegaron, como lo hicieron en
tiem-16 Para tener una idea bastante precisa de la evolución política de Latinoamérica puede verse el
libro colectivo de Diamond, Larry; Hartlyn, Jonathan; Linz, Juan y Lipset, Seymour,