EL CONOCIMIENTO
DEL AURA
RAY STANFORD
Este libro fue pasado a formato digital para facilitar la difusión, y con el propósito de que
así como usted lo recibió lo pueda hacer llegar a alguien más. HERNÁN
Para descargar de Internet: “ELEVEN” – Biblioteca del Nuevo Tiempo
Título del original inglés: WHAT YOUR AURA TELLS ME Publicado en 1977 por:
DOUBLEDAY & COMPANY, Inc., Carden City, New York, USA. Copyright © 1977 by Ray Stanford.
ÍNDICE
PREFACIO
CAPITULO I— ¡Oh, Dios! ¿Qué es lo que veo?
CAPITULO II — Pensamientos revoloteantes y auras revueltas CAPITULO III— Lo que algunos otros dicen
CAPITULO IV— ¡La culpa es de mi abuela!
CAPITULO V— ¿Las auras son objetivas o proyectivas? CAPITULO VI — Las auras a través del tiempo
CAPITULO VII— El ojo aúrico del inconsciente
CAPITULO VII—Las formas que adquieren los pensamientos CAPITULO IX — La verdad desnuda
CAPITULO X — Ver el cuerpo tal cual es CAPITULO XI— Respuesta a algunas preguntas CAPITULO XII-Y por lo tanto
Este libro está dedicado al acrecentamiento de la conciencia del espectro total que pueda abarcar la percepción humana.
PREFACIO
He tratado de describir lo mejor posible mis experiencias personales relacionadas con el aura. Para ello, no vacilé en utilizar expresiones tales como "aura" y "forma mental" porque su aceptación es corriente. Hubiera preferido palabras con menor carga preconceptual para expresar las extrañas cosas experimentadas; no obstante, consideré que la aventura emprendida por mí, vale decir, la visión de luces y formas significativas en torno de las personas, debía describirse en términos accesibles a todos.
Por lo tanto, espero que mis amigos científicos me perdonen las libertades semánticas que me he permitido; no tienen otro objeto que la comunicación simplificada de algunas percepciones personales sumamente intensas.
CAPITULO I
¡OH, DIOS! ¿QUE ES LO QUE VEO?
—En condiciones naturales, el aura de las mujeres sólo muestra el color rosa cuando están embarazadas. En torno al bajo vientre de la futura madre parecen asentarse nubes de luz rosada que habitualmente se forman a pocas horas de la concepción.
—Por supuesto —agregué con conocimiento de causa—, eso nunca les sucede a los hombres. El grupo de distinguidos psicólogos y psiquiatras se echó a reír y uno de ellos se adelantó. — ¿El color .rosa o la preñez, señor Stanford? —preguntó divertido.
—Téngalo por seguro. Si llega a ver a un "hombre" con un aura rosa, se trata en realidad de una
travestI embarazada.
Una vez establecido ese hecho, los siguientes veinte minutos aproximadamente los invertí en tratar de explicar qué significan los otros colores que veo en el aura humana.
Sin embargo, la tarea inmediata era para mí participar en el "experimento informal" que consistía en describir el aura de cada uno de los investigadores de la Universidad de Virginia y deducir, a partir de ella, "algo probatorio". Mi hermano gemelo, el doctor Rex G. Stanford, conocido psicólogo y parapsicólogo, había preparado cuidadosamente el experimento de modo tal que yo nada sabía acerca de las personas reunidas, ni siquiera su carrera o su campo de investigación.
—De este modo —dijo Rex—, si "ves" algún marco de referencia en la llamada aura de alguno de ellos, por lo menos sabremos que no obtuviste la información de nada que te haya dicho.
Lentamente y con toda la confianza de que podía disponer ante el examen tan escéptico a que estaba siendo sometido, recorrí el aura de todos los presentes.
—Por supuesto —dije dándome tiempo para localizar la más intensa y activa del grupo para facilitar la iniciación de la experiencia—, no leeré el aura de mi hermano ni la de su mujer. De cualquier manera, lo que no resulta desconcertante o no constituye un desafío, despierta muy poco mi interés.
Al otro extremo del cuarto, hacia mi derecha, estaba sentado un hombre de agradable aspecto que tendría unos cuarenta y cinco años, según mis cálculos. Me había sido presentado como Bob Van de Castle, pero su aura lucía más interesante aún que su cara o su inusitado nombre.
Como portavoz del grupo, Rex me había dicho:
—Ninguno de nosotros, está convencido de la realidad objetiva de lo que llamas aura. No obstante, estamos científicamente interesados por el espectro del cuerpo y la mente humanos. Por lo tanto, para que podamos examinar tu pretendida capacidad de leer auras en el contexto de lo que éstas puedan indicarte acerca de una persona desconocida para ti, por favor, no nos ocultes ninguna de tus impresiones. Aun cuando creas ver algo sumamente personal, dínoslo todo.
Pude haber clausurado la "experiencia informal" con ese agradable comentario, pero no lo hice. La conciencia del aura de los allí presentes me asaltaba veloz e intensamente. Me sentía como un jugador de póquer que no puede abandonar la partida.
La obtención de buenos resultados en la lectura de auras, sin embargo, me parece depender en un 50 por ciento aproximadamente de la visión de los colores y las formas en torno de una persona; en un 30, del conocimiento de lo que los colores y las formas específicos significan habitual-mente y en un 20 por ciento, de la percepción intuitiva de la significación de fenómenos áuricos no observados nunca antes.
En la "lectura" del aura de Van de Castle, sólo la intuición de las significaciones me había fallado, quizá por el desconcierto que me produjo algo por entero inesperado. Extrañamente, no obstante, fue por esa misma razón que los doctores encontraron tan interesante la demostración.
Si bien el aura de Van de Castle era la más sorprendente que hubiera nunca observado, de ningún modo resultaba la más diversificada o extrañamente formada con que me hubiera topado. De hecho, quizá el mejor método para presentar el tema de las auras y las significaciones de sus colores y formas, extremadamente variados, sea el mismo por el que yo aprendí acerca de ellas: la experiencia.
Al describir algunas de mis experiencias áuricas más sorprendentes o, cuando menos, más fascinantes, es de justicia señalar con franqueza que no sé con seguridad si la naturaleza de los fenómenos áuricos es de carácter subjetivo u objetivo. A medida que la exposición de mis experiencias avance, el lector que sienta necesidad de clasificar el fenómeno se encontrará en mejor posición para evaluarlo sobre la base de los acontecimientos descritos.
Desde muy temprana edad los colores me interesaron y me afectaron en gran medida. Sin embargo, no puedo decir con certeza si ese hecho fue el que me hizo ver auras, o si la visión de las auras fue la causa de que atribuyera significación especial a ciertos colores.
El amarillo, por ejemplo, siempre me fue de gran utilidad para enterarme de la capacidad intelectual y el carácter de personas que me eran anteriormente desconocidas.
Por cierto, normalmente no evoco corbatas de moño en relación con las mujeres. Sin embargo, una noche de 1964, en una fiesta celebrada en Phoenix, Arizona, donde había reunidas unas 400 personas, no pude evitar sentirme fascinado por el aura intensamente amarilla que irradiaba desde ambos lados del cuello de una mujer desconocida. Parecía casi una corbata de moño de tres pies de largo.
cuello la había puesto algo nerviosa. Pensaba quizá que yo era un vampiro que contemplaba su vena yugular. Sin embargo, su aura no manifestaba la menor señal de temor.
Me disculpé por mi indiscreción, le expliqué el motivo por el que encontraba su cuello (o, mejor dicho, su aura) tan interesante, y añadí:
—De modo, pues, que no me diga nada acerca de usted. Sólo déjeme observar esas extrañas emanaciones de intenso amarillo que salen de la zona vocal unos pocos minutos, y trataré de decirle por qué su aura resulta tan inusitada.
Casi de inmediato, al dirigir interiormente mi atención en busca de la significación deseada, comenzaron a hacerse presentes algunas imágenes.
Primero, la vi a la edad de 17 años y luego a la de 22. De algún modo sabía exactamente las edades, y la "vi" en el claustro de una universidad del Este. Luego, delante de un atril mientras cantaba la partitura de un aria de ópera. — ¡Lo tengo! —exclamé ante la mujer, ya a esta altura totalmente intrigada—. Entre los 17 y los 22 años usted centró intensamente su intelecto (color amarillo en el aura) en estudios vocales con la esperanza de desarrollar una voz verdaderamente operística. Eso parece haber tenido lugar en una universidad del Este, razón por la cual el amarillo, aún ahora, al cabo de más de diez años, emana todavía de la zona vocal o laringe.
—Es increíble que pueda obtener información de ese modo —dijo la mujer algo más serena—, pero todo lo que me dijo es exacto. ¿Está seguro de que nadie se lo contó?
—Contéstese usted misma —repliqué— ¿No es cierto que no hay nadie aquí, excepto usted y yo que pudiera conocer todos los hechos a los que me referí, incluida la edad en la que se dedicó a un estudio intenso de canto?
—Ahora que lo pienso, tiene razón. ¿Qué más puede decirme?
Esa pregunta y "¿podría usted leer por favor mi aura, señor Stanford? " me son tan familiares que ya a esta altura me fatigan. Si la gente supiera, empero, lo que las auras son capaces de decirme cuando me encuentro verdaderamente "sintonizado" y me tomo tiempo para mirarlas de cerca, los pedidos se harían escasos y espaciados, ya que pueden resultar devastadoramente reveladoras, aun de los secretos más silenciados. Puedo ver con mayor facilidad lo que ha sido reprimido u olvidado que lo que se ofrece libremente a mi conocimiento.
El rojo se destaca tanto en un aura como el popular pulgar herido de las historietas. Un ejemplo los describirá mejor.
Durante un evento destinado a reunir fondos para una organización cultural en Scottsdale, Arizona, se me pidió que leyera auras a cambio del pago de una entrada. Acepté, pues mi intervención significaría una ayuda, sin sospechar el vasto número de personas que requerirían mis servicios.
La única condición que impuse a la organización fue no vender entradas a nadie que me fuera conocido. Sólo deseaba el desafío de lo ignorado. ¿Qué interés tiene decirle a la gente cosas que ella ya sabe que uno sabe?
Mi primer sujeto de esa noche fue un hombre de unos 45 años, cuyo nombre no difundiré por razones obvias. Cuando entró en el cuarto, el rojo visible de su aura me alarmó.
A partir del plexo solar del hombre y de la zona de las glándulas suprarrenales, el rojo parecía impregnar el interior de su cuerpo. Luego se derramaba por sobre los hombros, descendía por los brazos y fluía por las manos, en especial la derecha.
Antes aún de que se sentara, vi un puño áurico cerrado. Su mano física, por supuesto, no lo estaba; sólo la pseudo mano "astral" de su aura. Instantáneamente vi la cabeza y los hombros de alguien que por intuición identifiqué como su mujer.
¡Paf! El rojo puño astral se elevó en el aire y golpeó a la mujer.
Disgustado ante el espectáculo, y como soy persona sin pelos en la lengua, le pedí al hombre que se sentara y, después de describirle lo que acababa de ver, lo insté a que no siguiera mostrándose violento con su mujer.
El confirmó entonces que, en efecto, una hora antes de llegar al lugar de recolección de fondos, se había enojado mucho y había golpeado a su mujer. El hecho evidente de que los abusos a que sometió a su esposa no eran ya un secreto de familia, pareció apaciguarlo.
Además, la próstata del mismo hombre estaba rodeada de rojo. Le aconsejé que visitara a un médico por temor de que se le desarrollara algún mal de cuidado. Dijo no saber si padecía de la próstata. Pero cuando insistí, agregó que sí, que últimamente había padecido dificultades para orinar, cosa que hacía muy lentamente. Le comuniqué que esto tendía a confirmar la observación áurica de una próstata dilatada e inflamada que ejercía presión sobre la uretra.
Ante mi insistencia, el hombre visitó a un médico a la semana siguiente y me informó luego que mi diagnóstico había sido muy exacto.
La exposición que precede demuestra las dos significaciones corrientes de la aparición del rojo en el aura: la cólera y la inflamación de los tejidos. Con sólo un poco de experiencia es fácil dilucidar cuándo el rojo es efecto de causas exclusivamente físicas. Un indicio es la ubicación de la emanación, pero otro factor significativo es la forma de la luz roja que emana del cuerpo o lo rodea.
Pero las formas están incluidas bajo el encabezamiento "formas mentales" y se analizan en un capítulo posterior, pues las formas que los colores asumen pueden ser mucho más diversificadas que los colores mismos.
Vale la pena compartir el modo en que llegué a conocer el significado de los colores 4uricos más oscuros, como el anaranjado, por ejemplo.
años exhibía un resplandor anaranjado o anaranjado rojizo que parecía emanar del píloro.
De ordinario habría atribuido tal emanación al padecimiento de una úlcera por parte del individuo en cuestión. Lo que me intrigó fue el intenso color anaranjado, ya que normalmente las úlceras ofrecen una coloración roja, sin el menor matiz anaranjado.
Le confié en privado mi observación y le pregunté cuál podría ser su significado.
—Bien, tengo una úlcera en el sitio donde ve anaranjado en lugar de rojo. ¿Podría el anaranjado relacionarse con el orgullo?
__ Según pudo averiguarse, un jefe que constantemente hería la autoestima y el orgullo del hombre, había contribuido no poco a la formación de la úlcera. En adelante, me puse a la búsqueda de cualquier correlación entre actitudes de orgullo y la presencia del color anaranjado en las auras
Un hermoso anaranjado dorado ocasionalmente se muestra en lo que llamo el aura de un intenso sentimiento de bienestar, incluso euforia. La amapola de California y las flores cosmos comunes ejemplifican el más positivo de los colores anaranjados que se ven en las auras. Estos colores, empero, son los menos frecuentes.
Una noche de enero de 1957 vi una de las auras más sórdidas con que me haya topado. Un grupo de amigos se hallaba reunido para discutir un futuro viaje al Perú del que yo participaría. Una mujer de unos 60 años se encontraba en el cuarto; externamente estaba tan serena y complacida como era posible estarlo. En el curso de esa reunión su aura se convirtió en "un espectáculo para la mirada enferma", sólo que para enfermarla más todavía.
Un espantoso verde-arveja rodeaba a la mujer desde la cabeza hasta las caderas. Su aspecto era tan opaco y grumoso como la famosa sopa. El verde amarillento estaba moteado literalmente por manchas de repugnante aspecto, negras y rojas, cuyo tamaño oscilaba entre lo casi invisible y un centímetro o dos de extensión.
Al advertir ese espectáculo sin precedentes, me pareció percibir una mente inmersa en infundada suspicacia, resentimiento, celos y aun malicia de la especie más paranoide.
Terminada la reunión, un amigo íntimo me llevó aparte y me comunicó:
— ¡Tuve una experiencia espantosa esta noche! Nunca vi auras ni las tomé muy seriamente. Pero de pronto miré a la señora y vi colores de terrible aspecto que flotaban a su alrededor.
El joven, que tenía mi edad, describió luego precisamente los colores y las formas que yo había observado.
Unas seis semanas más tarde, de regreso del Perú, me enteré de cuál era la base concreta de la horrible aura de la mujer.
Acababa de llegar a la casa de mis padres, cuando mi madre mencionó a la mujer que había exhibido esa aura más bien pútrida.
—La señora X debe de estar loca —dijo—. Después que tú partiste, los del FBI se pusieron en contacto conmigo. Me dijeron que esa mujer los había llamado y les había aconsejado investigar tus actividades en el Perú. El agente me dijo que la mujer les había dicho que no podía concebir porqué tú y tus amigos se habían dirigido repentinamente al Perú, a no ser que estuvieran implicados en alguna conspiración comunista. Me preguntaron si habías estado leyendo: literatura comunista antes de partir, y yo les aseguré que de ningún modo tenías esos intereses o estabas inmiscuido en tales actividades.
Así, pues, parecía que la señora X se había sentido excluida. Podría haberse permitido el gasto de viajar al Perú con nosotros, pero no había sido invitada. Como conse cuencia, algún elemento de paranoia debe de haber aflorado por celos y envidia: ni siquiera la habíamos tenido en cuenta para el viaje al sur del Ecuador. La llamada al FBI fue con seguridad la forma de venganza de esa mujer madura.
Su aura verde-arveja había hecho que se evocara con justicia el viejo dicho "verde de envidia". El rojo había sido prueba de hostilidad y el negro revelado una malicia directa.
Al cabo de los años he tenido oportunidad de atisbar auras tanto rebajadas como casi sublimes, aunque no en la misma persona. En este libro no sólo describiré estos extremos, sino todo un espectro intermedio.
Luego, provistos de la comprensión de las cosas vistas y sus condiciones, estaremos más capacitados para considerar no sólo si cualquiera puede aprender a ver auras y, si ello es posible, de qué manera, sino además para examinar los interrogantes fundamentales que habrán de plantearse a medida que avancemos.
CAPITULO II
PENSAMIENTOS REVOLOTEANTES Y AURAS REVUELTAS
Por sobre la cabeza de la mujer baja y regordeta que estaba sentada frente a mí revoloteaba una extraña figura de forma almendrada que sólo resplandecía ligeramente. No, resplandecer es una palabra
demasiado positiva. Parecía más bien que, con un paño de lustrar, se hubiera pulido la superficie de la figura. Dése a esa forma el pálido color amarillento del huevo revuelto y se tendrá una idea bastante aproximada de lo que vi aquella noche en Phoenix, Arizona.
Una vez más estaba actuando en beneficio de una organización cultural, divirtiendo a personas enteramente desconocidas con la descripción de cosas que la mayor parte de la gente no ve de modo consciente, pero de las que quiere tener conocimiento.
Supuse que el trabajo al que se dedicaba la mujer sentada frente a mí la aburría tanto que su intelecto, tal como lo reflejaba la falta de brillo del color exhibido por su aura, estaba opacado y empobrecido.
Sin pronunciar una palabra, le pregunté silenciosa y telepáticamente a la señora Weirdaura:
—Por favor, dígame, ¿a qué clase de trabajo se dedica que produce una forma mental tan intensa?
Inmediatamente comencé a ver la imagen volátil de jóvenes cuya edad oscilaba entre los 14 y los 18 años, que aparecían en diversos lugares del aura de la mujer. Los jóvenes eran de ambos sexos. Algunos de ellos parecían desagradables o, cuando menos, desdichados.
Luego advertí que cada vez que surgía la forma menta
de un joven, del plexo solar de la señora Weirdaura emanaba un rojo relampagueo de enojo.
No cabían ahora dudas acerca de la profesión de la mujer que tenía por delante. Después de dedicar algún tiempo a la consideración de cómo decírselo sin ofenderla, le describí lo que había visto. Luego le expliqué:
—De modo que le diré que es usted maestra. Pero me molesta que cada vez que aparece la forma mental de algún joven usted parece ponerse tensa, fastidiada y aun desconfiada, como si estuviera llamándolos mentirosos o estafadores. Si es maestra, le aconsejo que comience a confiar más en sus alumnos. No puedo darme cuenta por qué no parece creerles nunca. Dígame, ¿estoy en lo cierto o me equivoco? ¿Es usted maestra, o no?
La airada mujercita se me rió directamente en la cara. — ¡Dios es testigo de que no soy maestra!
—Usted. ¿No es maestra? – exclamé- Dígame, ¿qué es entonces? Una vez más se echó a reír.
—Sepa, señor- Stanford, que soy INSPECTORA DE ASISTENCIA ESCOLAR.
Una y otra vez la capacidad de ver auras me ha procurado experiencias estimulantes e instructivas. Sin embargo, en algunas ocasiones me canso de ver las condiciones físicas y psicológicas y los secretos de la gente que, literalmente, flotan a su alrededor. En consecuencia, trato de mantener mi atención perceptual e interpretativa a un bajo nivel. Pero casi tan rápidamente como esto ha sido logrado, aparece alguien con un aura tan extraña, rara o aun espantable, que una vez más abro las compuertas de mi mente, que vuelve a manar por sus canales naturales de percepción intuitiva.
En 1971 visité la oficina de un amigo empresario, sólo para descubrir que estaría ausente durante toda la tarde. Sentado al escritorio principal, estaba un hombre alto y corpulento, de unos 40 años quizá, a quien no había visto nunca. Su aura realmente me molestó.
Al volver a casa, el recuerdo de la desagradable aura del desconocido no dejó de hacérseme presente una y otra vez. De su plexo solar y de su boca se desprendían abundantes rayos rojos, lo cual significaba que era capaz de ventilar su cólera mediante palabras hostiles. Peores aún eran las formas mentales de un amarillo sólo moderado, acompañado de manchas de un sucio anaranjado parduzco, verdes desagradables y negros sombríos que se batían en torno a su cabeza, pero que siempre se retrotraían sobre sí mismas como un caldero hirviente lleno de inmadura auto conmiseración, negativo egoísmo, codicia y malignidad. Periódicamente, de la nube que rodeaba la cabeza recién descrita, irradiaban rojos rayos adicionales.
Tan perturbadora me había resultado el aura del desconocido, que a la mañana siguiente llamé sin dilación a mi amigo.
Después de describir al hombre que había estado en su oficina, le dije:
—Creo que es tu socio pero, sin que te pida que lo confirmes, por favor, déjame decirte algo. Sea el hombre quien fuere, no es una buena persona. Tú o quienquiera que se asocie con él en empresa alguna puede verse involucrado en dificultades legales sumamente graves. Tengo además la impresión de que puede llegar a ser acusado de cargos federales. Hay un vasto grado de autoengaño en él, y no sabe cómo conducir una empresa con honestidad. El empresario me contestó:
—Después de lo dicho, detesto admitirlo, pero sí, estoy asociado con él en un asunto. . . Bien, es mejor que te lo diga. Se trata de un asunto muy importante. Creo que no es mal tipo.
No te preocupes, pues.
Durante casi dos años y medio nada más supe del hombre o de la empresa en cuestión. Luego, un día, mi amigo empresario me llamó.
—Ray, ¿te pidió alguien alguna vez que lo ayudaras a cerrar la puerta después que casi la mayoría de los caballos ya han escapado del granero?
De algún modo comencé a saber lo que mi amigo tenía in mente.
—Escucha, Ray. ¿Recuerdas haberme llamado hace dos años para advertirme en contra de un hombre con una muy mala aura que habías visto en mi oficina?
Bien, en contra de tus consejos, me comprometí cada vez más con él respecto de un gigantesco plan de desarrollo de tierras en el Valle de Río Grande. Resulta que —me es penoso admitirlo ante ti— los fondos de los inversores, que por contrato habíamos acordado colocarlos en depósito, fueron malversados por el socio
contra el cual me hiciste tan justas advertencias. De modo que tanto él como yo fuimos acusados de varios cargos federales. No tengo deseos de entrar en detalles, pero sólo quiero decirte que si tienes alguna impresión que yo deba saber, por favor, llámame. Tenme también presente en tus oraciones. Voy a necesitar ayuda. Fue una verdadera tontería de mi parte haberme envuelto en este terrible asunto. No importa qué veredicto se dé en la Corte, toda mi carrera y mi reputación están por tierra.
La Corte consideró a mi amigo culpable de los delitos federales que se le adjudicaron, pero como su culpa se debía sólo a negligencia y no era intencional, fue puesto en libertad bajo vigilancia.
La visión de las auras me demostró que las mentiras son bastante fáciles de detectar si el observador se mantiene atento a los pequeños detalles, a los cambios de las emanaciones áuricas y a las formas mentales de la persona que hace una afirmación.
Los signos delatores de mentiras se me hicieron evidentes por primera vez mediante la observación escrupulosa del aura ubicada en torno a la cabeza de los mentirosos compulsivos y recurrentes. Una vez aprendidas las estructuras áuricas de tales personas —y descubierta su ausencia en las personas veraces que yo conocía— pude buscar signos delatores de mentiras semejantes, exhibidos temporariamente en personas que, por lo común no mienten, pero sí lo hacen en raras ocasiones.
Al cabo de una conferencia sobre los OVNI pronunciada por mí en Washington D.C., una mujer de agradable aspecto (¡si no hubiera visto su aura!), de unos 50 años, se me acercó. Mientras estaba allí de pie esperando que le prestara atención, el aura en torno de su cabeza ofrecía un aspecto
titilante. Ella no lo sabía, pero yo había estado observándola durante varios minutos antes de darle oportunidad de hablar.
—Señor Stanford, hace años que quiero hablar con usted.
Sólo un pequeño temblor en el amarillo de mediano valor y también en el aura física incolora en torno a su garganta y a su boca, se hizo evidente en ese momento. Continuó:
—Hace varios años, a mediados de la década del 60, el difunto George Adamski, que mantenía contacto regular con gente amistosa proveniente del espacio, y yo filmamos una nave exploradora que voló por sobre el patio de mi casa.
A esta altura, tremendos temblores áuricos se produjeron en torno de la laringe, la boca y las mejillas de la mujer, en especial en la mejilla izquierda.
Sacó de la cartera la fotografía tomada de una película. Allí, tan cerca de la cámara que todas las sombras profundas y oscuras y el aro frontal del disco estaba enteramente fuera de foco (por estar demasiado cerca de la cámara), aparecía la más pobre imitación de un OVNI que haya nunca visto.
—Esta hermosa nave espacial —se atrevió a seguir diciendo la mujer— sencillamente se exhibió para que nosotros la filmáramos.
A esta altura el aura facial de la mujer vibraba y temblaba a un ritmo frenético. En torno de su cara apareció un feo color verde parduzco. Antes de que hubiera sacado la fotografía de la cartera, ya había reconocido el aura de un mentiroso compulsivo. El "aura de la mentira" habría sido aún más pronunciada si la mentira hubiera sido dicha por una persona no acostumbrada a vivir falsedades.
Si el lector desea adquirir una habilidad similar para detectar mentiras, puedo ofrecerle una útil sugerencia para descubrir a los mentirosos crónicos y compulsivos; por supuesto, si no es capaz de ver auras.
Lo que causa el titileo áurico en torno de la garganta, la boca y las mejillas son las emociones que resultan del conflicto producido por la emisión de una mentira que se correlaciona con una tensión de los nervios y los músculos.
Observé que el temblor incoloro del aura parece relacionarse con los nervios del cuerpo, incluso los que controlan el movimiento muscular de la cara.
En muchos mentirosos crónicos se puede observar un estremecimiento ocasional en el músculo localizado sobre los pómulos. Por razones que no está en mi competencia explicar, ese estremecimiento se produce siempre en la mejilla izquierda de los mentirosos compulsivos. No lo vi nunca en la mejilla derecha. De modo que, aunque es mucho más raro que el "aura de los mentirosos" y menos confiable como detector de mentiras, busque una mejilla estremecida si es incapaz de ver auras y sospecha que no se le está diciendo la verdad.
Al mencionar la porción incolora del aura recuerdo una útil experiencia que tuve en Phoenix en 1964. Una vez más leía auras con motivos de beneficencia. Frente a mí estaba sentado en una silla un hombre con aspecto de campesino, en una de esas sillas con asiento de caña entretejida cuyas patas frontales terminan en la parte superior en unos nudos ligeros. Había estado sentado allí por lo menos media hora, con la silla apoyada sobre las dos patas traseras y los pies en el aire. Que se le leyera el aura no parecía afectar su serenidad.
Al cabo de un tiempo vi un tipo de aura que no había observado nunca. A lo largo de la parte interna de los muslos del hombre -en toda su extensión— aparecían ondas minúsculas de alta frecuencia de una vibración incolora. A decir verdad, me recordaban las ondas de calor que se ven por sobre los calentadores, pero las vibraciones áuricas del nombre eran mucho más veloces que las del calentador y se movían horizontalmente en torno de los muslos, y no de modo vertical.
Como no había visto nunca nada parecido, quedé perplejo. De manera que le expliqué a ese hombre sereno lo que veía y tanto me desconcertaba.
- ¡Cáspita! -dijo, y se echó a reír— A mí no me resulta desconcertante. ¿Ve los nudos de esta silla? Bien, me están presionando el interior de las piernas [muslos] aquí y aquí. Acaba de ver mis piernas dormidas, y los nervios hace ya diez minutos que se sacuden como locos.
Ese incidente, junto con otros que pude observar de vez en cuando, me hace pensar que por lo menos
parte de lo que veo y llamo aura puede tener una existencia objetiva y real, totalmente fuera de las
capacidades simbolizadoras de mi propio inconsciente. Sin embargo, otras observaciones áuricas, aunque revelan hechos acerca de las personas pueden ser de naturaleza subjetiva y proyectiva, relacionada con la tendencia simbolizadora de la mente inconsciente.
CAPITULO III
LO QUE ALGUNOS OTROS DICEN
Creo que vale la pena ofrecer una descripción más general y de cómo aparece el aura y exponer lo que algunos otros dicen con referencia a ella.
Visualice el cuerpo humano como un maniquí trasparente que tiene la capacidad de exhibir cualquier color (o colores) desde dentro de sí, según cómo el "ocupante" piense o sienta a través de ese "cuerpo". Imagine también una ligera niebla en torno del cuerpo emisor de luz, de modo que puedan verse fácilmente los colores irradiantes.
Un tan mágico maniquí puede ejemplificar el aura en su forma más elemental y simple. Desde él puede emanar cualquier color o combinación de colores. Por ejemplo, el rojo emitido por la yema de un dedo que ha sido atrapado en una puerta, tipificaría una reacción de dolor. Si el maniquí tendiera a echar una maldición al enojarse, el rojo irradiaría profusamente por la boca. Si tiende a asestar un golpe de la persona que despierta su enojo, lo sabría por el rojo emitido por la mano derecha o izquierda (o por ambas, si fuera ambidextro).
Yo veo el rojo cuando aún está dentro del cuerpo (o maniquí), como si éste fuera trasparente.
Si el maniquí va a la iglesia y lo anega un estado de ánimo sereno y apaciguado, su cabeza comienza a emitir una suave luz azul. Si el sermón verdaderamente lo inspira, desde su cráneo puede surgir un color magenta. Pero, a decir verdad, es raro que las meras palabras de otro logren inspirar tanto a la gente (o a los maniquíes, en lo que aquí respecta).
-Puedo ver ahora a la última muñeca Barbie provista de fuentes de luz ocultas, de control remoto, y filtros de color. Presione el botón de inspiración azul un domingo (o sábado, si es usted judío); el botón amarillo cuando Barbie tiene una idea brillante; el panel verde-arveja cuando se siente celosa, y no olvide ese botón optativo para los jovencitos ya mayores: el rosado rojizo del erotismo que suavemente ilumina el sitio adecuado en el momento exacto de la cita de la noche del viernes.
Para ilustrar más cabalmente el aura humana, a la muñeca Barbie podría añadírsele un sistema de educación sexual. Por ejemplo: cuando se presiona el botón del erotismo y parte de Barbie se ilumina de rosado rojizo, se enciende un cartel luminoso que dice: " ¡Tranquila, Barbie! ¡NO TOMASTE LA PILDORA!" Cuando se presiona el botón de la píldora, minúsculas salpicaduras de luz rosada aparecen en diversos puntos de la pulcra epidermis de plástico de Barbie, que ilustran la sistemática distribución "protectora" de ciertas hormonas de "control del nacimiento" a través del cuerpo de la muchacha.
Para niños menos seculares, podría haber una muñeca de San Bartolomé. Normalmente, sólo emitiría blanco o magenta, pero con la opción de un bonito azul cuando se sienta deprimida. (Las instrucciones podrían explicar escrupulosamente que un azul áurico tan lindo indicaría un estado de ánimo exaltado para la mayor parte de las personas pero, en el caso de un santo, expresaría un estado de ánimo depresivo.)
En realidad, el aura humana no siempre ofrece la simplicidad de una mera irradiación de luz, al menos, en el caso de muchos adultos. Con el acrecentamiento de la edad, las responsabilidades y los consiguientes cuidados, por el aura comienzan a expandirse "formas mentales" (por falta de una palabra más adecuada) que son señales de apegos, recuerdos, temores y dependencias, de modo semejante a las nubes que van condensándose en un cielo despejado.
Quien vea auras, a menudo podrá deducir la fuente de significación de una forma mental por su figura y su color.
Los colores de las formas mentales se relacionan de manera directa con los de las auras. En un capítulo posterior daré ejemplos bien definidos; por el momento, consideremos lo que otros han dicho con referencia al aura.
Un conocido tratado, titulado The Human Aura, de Walter J. Kilner (University Books, Hyde Park, Nueva York, 1965), sostenía que el aura humana, tal como la ven los "clarividentes", podía hacerse visible para todos mediante el empleo de pantallas que contuvieran una sustancia química (dicianina) en solución. Originalmente titulado The Human Atmosphere en 1911, y revisado en 1920, ese tratado, empero, parece haber caído en la ingenuidad y en interpretaciones erradas, si no en una verdadera pseudociencia. Podría escribirse todo un volumen para describir las técnicas y las conclusiones de Kilner, pero baste decir que las cosas "vistas" mediante sus técnicas dudosas no guardan la menor semejanza con los magníficos colores y formas que vemos otras personas y yo con capacidades "psíquicas" por mí conocidas.
Después del trabajo de Kilner apareció el de Osear Bagnall, publicado en Londres con el título de The
Origin and Properties of the Human Aura, en 1937 y reimpreso en 1970 por University Books, de
Nueva York. Quizá la reedición de los libros de Kilner y Bagnall constituya la mejor ilustración de la gran escasez de investigaciones y escritos estimulantes acerca del aura humana al cabo de los años. El
material de Bagnall, aunque interesante y sincero, no logra retener las aguas científicas por falta de control experimental. Además, las descripciones que hace de los tipos de aura en cuanto se relacionan con variables de personalidad no se vinculan de modo directo con la percepción de las auras en la vida real, tal como mis colegas y yo las experimentamos.
En tiempos más recientes (1974), Doubleday Anchor Books publicó una antología de ensayos sobre la fotografía kirliana (de alto voltaje). Titulado The Kirlian Aura, y editado por Stanley Krippner y Daniel Rubin, el volumen de 208 páginas está lleno de datos prácticos y teóricos e ilustraciones. Contiene incluso la fotografía de alto voltaje del dedo de un curandero, tanto en estado "pasivo" como en estado "curativo". El dedo en actitud de curar parece emitir un aura kirliana más intensa que en actitud pasiva. Pero las recientes investigaciones de Dale Simmons, de la Toronto Society for Psychical Research, no logran confirmar correlación alguna entre el "estado" de una persona y el "aura" kirliana. Tal vez un aura "activa" no sea sino un mero artificio. Sin embargo, los resultados y análisis expuestos en The
Kirlian Aura resultan estimulantes y sugieren que la utilización de métodos de fotografía tan exóticos permiten
comprender algo acerca de los campos de alta energía artificial. No obstante, no se presenta prueba alguna que demuestre realmente el campo de alto voltaje artificialmente inducido que se utiliza en la fotografía kirliana y que el resultante efecto coronal obtenido sea otra cosa que una cruda y artificial (por el alto voltaje aplicado) estimulación del aura.
Recientemente consideré la aparente inexistencia de una investigación genuinamente científica acerca del tema de las auras per se. Examiné los insustanciales esfuerzos de Kilner y Bagnall y registré el hecho de que el "aura" obtenida mediante la fotografía kirliana es evidentemente sintética (inducida por alto voltaje, y no un efecto áurico real o natural). Por lo tanto, decidí preguntar a un eminente parapsicólogo qué investigaciones formales acerca del aura se llevaron a cabo en parapsicología científica. (Abundan los "parapsicólogos" pseudo científicos en la mayor parte de los centros metafísicos que afirman que el aura está "probada". Los experimentos a que se refieren, no obstante, son sumamente ingenuos.)
El parapsicólogo que más a mano tenía era mi hermano gemelo Rex, ya antes mencionado, quien dirige ahora el nuevo Center for Parapsychological Research en Austin, Texas. El doctor Stanford es ex presidente de la Parapsy chological Association y está bien informado sobre los estudios parapsicológicos pasados y presentes. Se recordará que en el Capítulo I se menciona cómo Rex organizó para mí una prueba informal de lectura de auras.
Le pedí pues que me informara sobre cualquier investigación formal llevaba a cabo por científicos experimentados y también sobre la actual posición de la parapsicología científica acerca de las auras. Me respondió brindándome algunas informaciones valiosas y cierto esclarecimiento que, según creo, podrían procurar incluso una explicación válida de, cuando menos, algunos fenómenos áuricos. Lo cito a conti-nuación.
En primer lugar, es posible que el tópico del "aura" en tanto entidad objetiva no pertenezca legítimamente a la esfera de la parapsicología. La parapsicología no es una ciencia que estudie cualquier misterio o aun todos los misterios en tanto se apliquen a los organismos vivientes. Más bien, específica y tradicionalmente, estudia cómo los organismos parecen responder ante la información sobre su entorno no obtenida por medio de los sentidos conocidos (PES) y cómo parecen actuar sobre ese entorno sin formas conocidas de intervención motora mediada por músculos (psicoquinesis o PK). Que una persona ("psíquica") que pretenda tener PES o se la conozca poseedora de esa capacidad, pretenda también ver "psíquicamente" una forma de energía en torno de los organismos, no ubica esa pretensión dentro de la esfera de la parapsicología, no más que la comparable pretensión de "ver" psíquicamente el funciona* miento del núcleo de un átomo. El más directo interés para la parapsicología sería la verificación de si dicha pretensión de conocimiento extrasensorial se justifica objetivamente. De ese modo se contaría con una prueba más de la PES. Pero eso, de por sí, ofrecería un interés menor desde la perspectiva puramente parapsicología, pues sabemos ya que la PES existe y no nos conciernen de manera específica cualesquiera revelaciones que pueda hacer una persona "psíquica", a través de este medio, acerca de otros dominios de potencial interés científico. Conocemos ya lo bastante acerca de los fenómenos psi como para excluir con suficiente certeza la posibilidad de que la energética que funda los acontecimientos psi tal como los hemos estudiado tradicionalmente constituya la supuesta energía radiante que ciertas personas "psíquicas" —en realidad una pequeña minoría— pretenden ver, por ejemplo, en torno de las criaturas vivientes, y que llaman "el aura".
Aun cuando nos interesara averiguar si existe alguna verdad tras la pretensión de ver un "aura" como evidencia de una capacidad psíquica particular de obtener PES, poner a prueba la verdad de tal pretensión constituiría, en el mejor de los casos, un asunto dudoso. Contra la opinión popular y la mitología pseudo científica, resulta ahora evidente que la fotografía kirliana no ha probado la natural existencia de forma de radiación alguna en torno del cuerpo humano, y de este modo, en principio, no revelaría la existencia objetiva de lo que algunas personas "psíquicas" consideran un "aura" radiante que rodea los organismos que no están siendo sometidos a las oscilaciones eléctricas utilizadas en la fotografía kirliana.
Así pues, se explicaría por qué los parapsicólogos no han adoptado precipitadamente el partido de investigar el "aura". No es el suyo un dominio que se ubique legítimamente en su esfera.
Por otra parte, hay que reconocer que no hubo nunca investigaciones suficientes, parapsicológicas y otras, como para establecer si la capacidad de ver auras es en realidad objetiva o no, y cuál pudiera ser la naturaleza de la alucinación, la ilusión, etc., en ella implicada. En este sentido, el problema del "aura" no recibió bastante atención científica. Es todavía un misterio y vale la pena consagrarle todo un estudio.
El único trabajo que conozco en esta esfera es el del doctor A. R. G. Owen y algunos de sus colegas en Toronto, Ontario. Sus hallazgos sugieren que quizá un mecanismo puramente visual acompañe la "percepción" implicada en un tipo específico de fenómeno que puede experimentarse cuando se intenta la "visión del aura".
Como estudioso de la psicología sensorial, tengo la seguridad de que muchas de las cosas que a menudo se consideran "el aura" no son sino el resultado de contemplar prolongadamente un objeto y luego desviar la mirada, aunque sea sólo de modo ligero. Es muy posible que después de este desvío se vean post imágenes que, si se está adecuadamente dispuesto, se interpretarán como una visión "psíquica" del aura. Por supuesto, no hay nada de misterioso en esto para el estudioso de la visión humana normal. Además, algunas veces las personas pueden
contemplar tan fijamente un objeto (si éste cubre una parte suficiente de su campo visual) que su percepción de la imagen del objeto comienza a desvanecerse. He conocido a gente que se proclama a sí misma lectora de auras que afirma que esto es el volverse visible del "aura viviente" en torno a ese objeto. ¿Vale la pena hacer algún comentario delante de tan ridícula interpretación?
Quienes deseen ver la brillante "aura" azul de un brillante huevo de piedra amarillo (que puede obtenerse habitualmente en cualquier negocio para regalos) debe colocar el huevo sobre una hoja blanca de papel y mirarlo fijamente durante varios minutos. Pronto se comenzará a ver una hermosa y brillante "aura" azul que lo rodea. De hecho, no se trata sino de una post imagen negativa normal del objeto mismo, y esto puede demostrarse de manera más cabal desviando la visión enteramente del huevo, aunque centrada todavía sobre la hoja de papel; se verá entonces que aparece allí un "globo" azul.
Estos fenómenos puramente visuales no pueden explicar las percepciones supuestamente detalladas y coloridas de los fenómenos "áuricos" a que se refieren ciertas personas "psíquicas".
Las personas "psíquicas" que pretenden ver tales "auras" detalladas, coloridas, dinámicas y móviles, son seres que, de acuerdo con mis experiencias, se relacionan de algún modo con las artes visuales profesionales o vocacionalmente y capaces de una intensa imaginación visual. Mi impresión, basada en varias cuidadas entrevistas con tales personas, es que lo que perciben cuando "ven el aura" tiene un carácter puramente imaginativo. Como los parapsicólogos bien lo saben, son precisamente tales vuelos espontáneos e irrestrictos de la imaginación los que pueden convertirse en vehículos de la comunicación de información extrasensorial a la conciencia, lo que podría explicar todo contenido verídico de una visión del aura así detallada y su interpretación por parte de la persona "psíquica". Llegaría incluso a proponer que algunas personas "psíquicas" con intensa orientación visual utilicen la "visión del aura" como conveniente muleta o mecanismo psicológico con el que puedan exteriorizar la responsabilidad por lo que es en esencia un delicado mecanismo interno (respuesta extrasensorial) y, de ese modo, le permitan tener lugar de manera más espontánea y desinhibida, sin la intervención de las facultades racionales que tan a menudo parecen entorpecer el acontecimiento de la PES. En resumen, es posible que para algunas personas "psíquicas" con desarrollada imaginación visual la "visión del aura" sea un modo conveniente de relacionarse con información psíquicamente mediada que emerge en la conciencia. De esta manera, tal vez su creencia en "el aura" resulte útil para poner en movimiento su capacidad de PES. Es ésta una hipótesis que no fue sometida a un examen experimental. Sencillamente fui concibiéndola a partir de mi frecuente trato con personas "psíquicas" capaces de ver auras. Es posible que sea correcta o incorrecta. Desde el punto de vista científico, no hemos aferrado todavía con firmeza el fenómeno que ciertas personas "psíquicas" llaman la "visión del aura".
Aparte de todo comentario y teoría científica, podemos obtener cierta comprensión humanística mediante el estudio de las experiencias de los que, como yo, "ven" auras y logran conocimientos a partir de ellas. Al cabo de los años se escribieron unos pocos libros fascinantes que bien podrían estudiarse junto con la información, sumamente personal y cándida, que ofrezco en este libro.
Si consideramos con cautela las interpretaciones y explicaciones fantásticas e insostenibles (en mi opinión, al menos) que da C. W. Leadbeater (1847-1934) de sus experiencias personales de visión del aura humana y las formas mentales, sus libros son, por lo demás, sumamente valiosos.
En Thought-Forms, de Annie Besant y Leadbeater (The Theosophical Publishing House, Adyar, India, y The Theo-sophical Press, Wheaton, Illinois, 1961) hay algunos datos fascinantes sobre las formas mentales, junto con numerosas ilustraciones en color. El frontispicio es un cuadro de 25 bloques de tintes de color y combinaciones con una evaluación correspondiente a la significación de cada uno de los colores áuricos. Aunque la interpretación de las sutilezas de unos pocos de los colores exhibidos (a no ser que la impresión del color sea errada) que hace Leadbeater difiera ligeramente de la mía, en general las interpretaciones son coincidentes.
Man Visible and Invisible (The Theosophical Publishing House, Wheaton, Illinois, 1969), es un libro
menos satisfactorio. Se incluye el mismo excelente cuadro de colores, pero el denso revestimiento teosófico que se impone intelectualmente sobre las propias percepciones intuitivas del autor del "hombre invisible" desanima a quien prefiere la objetividad al dogma ocultista. No obstante, también este libro es digno de estudio si se tiene la cautela de no tomar las interpretaciones de Leadbeater como un evangelio. Las 26 láminas en color contenidas en el libro que ilustran significativamente los aspectos invisibles del hombre son bastante agradables, aun cuando resulten algo rebuscadas y estén pobremente concebidas.
El conocido "psíquico" norteamericano Edgar Cayce (1876-1945) dejó escrito un testamento definitivo de sus abundantes experiencias en un folleto (editado por Thomas Sugrue), titulado simplemente Auras (A.R.E. Press, Virginia Beach, Virginia, 1945), que resulta sumamente directo. A juzgar por mi propia experiencia, constituye un modo de estimación bastante confiable de la significación de los colores áuricos, aunque el "cuadro de color" verbal contenido en la última página resulta algo inconducente a causa de la excesiva simplificación del significado de los colores. La tesis del libro, según la cual ciertos planetas y el sol se relacionan con colores específicos, es algo pretenciosa, al menos en algunas de las correlaciones.
Sin embargo, si se quiere una rápida y significativa comprensión del aura humana, no hay que desdeñar las informaciones de Cayce. No conozco a nadie confiable capaz de ver auras que no esté de acuerdo con él en lo fundamental.
Termino este capítulo con plena conciencia de que ni Kilner ni Bagnall, ni la parapsicología ni la fotografía kirliana, ni ningún otro escritor ni yo, pudimos hasta la fecha afirmar con certeza qué son o qué no son las auras. Algo más adelante se tratará con más profundidad cuál puede ser la naturaleza (o las naturalezas) del aura. Pero si hemos de plantear interrogantes adecuados acerca del fenómeno mismo, se justifica centrar también la curiosidad sobre quién informe acerca de estas observaciones francamente raras.
Esa es la razón por la cual debe examinarse la persona y la personalidad de Ray Stanford. Criado de acuerdo con el axioma de que no es correcto hablar acerca de uno mismo, el tópico quedará limitado al próximo capítulo, y sólo en lo que concierne a los hechos relacionados con el tema que tenemos
entre manos. Si usted se interesa más por las auras que por mí, magnífico. Pero que ello no sea causa de que saltee el capítulo que sigue, porque podría ser que lograse ver vicariamente mi aura. No es un secreto que yo puedo ver mi propia aura. Pero hasta ahora lo que observo se mantuvo en más profundo silencio que una mariposa durante el invierno.
CAPITULO IV
¡LA CULPA ES DE MI ABUELA!
— ¡Oh, Dios! ¡Sé que el tío Jimmie acaba de fallecer! -exclamó mi abuela materna mientras miraba por la ventana una noche de hace años en Golaid, Texas.
Le explicó a mi madre que "una gran bola de fuego" había caído del cielo sobre el techo de la casa "de tío Jimmie", que quedaba a un cuarto de milla de distancia.
—Luego la vi nuevamente subir hacia el cielo. Jimmie tiene que estar muerto porque eso siempre significa que el ángel de la muerte se lleva un alma consigo al cielo.
Atravesaron corriendo el camino de tierra y encontraron a tío Jimmie muerto, aparentemente, de un infarto. La "bola de fuego del ángel de la muerte" y, a veces, "el alma liberada en forma de una paloma blanca que se posa sobre mi hombro" siempre informaban adecuadamente a mi abuela Neilia sobre la muerte de los amigos íntimos mucho antes de que los telegramas o las llamadas telefónicas dieran confirmación al respecto.
No sé si las visiones reveladoras de la muerte de Neilia eran realidades psíquicas o símbolos visuales proyectivos que le procuraban un conocimiento telepático inconsciente de la muerte de los amigos. No obstante, si existe un factor físico hereditario que dé cuenta de la capacidad "psíquica", debo culpar a mi abuela por las insolicitadas experiencias psi (término general para todo tipo de fenómeno "psíquico") que he tenido tan abundantemente desde la temprana infancia.
Hereditaria o no, la capacidad para varios tipos de fenómenos psi parecen datar desde mi mismo nacimiento. Aunque creo que todas las personas manifiestan fenómenos psi en cierta medida, de modo consciente o inconsciente, tal vez sea pertinente mencionar algunas de mis propias experiencias de infancia como telón de fondo de mi capacidad de ver el aura humana.
En realidad no guardo ningún recuerdo de haber visto auras cuando niño, pero percibía de manera definida las cosas que más adelante podría ver como claras estructuras luminosas. Quizá sentía resulte un término más adecuado. No es fácil explicar cómo "sentía" los sentimientos que una persona experimentaba por mí o por algún otro individuo.
Aun cuando gateaba era capaz de sentir cuándo las personas totalmente desconocidas querían alzarme y acariciarme. Cuando no me gustaba lo que sentía —cuando me resultaban demasiado almibaradas o demasiado "pegajosas"— me alejaba gateando hacia otro cuarto. Aunque mi madre dice que era muy amistoso y sonriente, estoy seguro de que debía de preguntarse por qué a menudo comenzaba a retroceder cuando alguien quería alzarme.
Era muy molesto no poder hablar, porque aún antes de caminar era capaz de comprender casi todas las palabras que oía. Hasta las oraciones de carácter abstracto tenían significado para mí. No sé de seguro si la causa de esa habilidad era el recuerdo de la lengua inglesa por reminiscencia de una vida previa, la telepatía o una combinación de ambas cosas.
Una vez que hube crecido lo bastante como para que mi lengua pudiera seguir mis pensamientos, la capacidad "psíquica" que yo manifestaba se volvió más útil, incluso más práctica. Probablemente no sabré nunca cómo se me ocurrió la expresión pseudo francesa "foundier"1 para describir mi habilidad de encontrar los objetos
perdidos. Cada vez que un objeto se perdía en la casa, la persona que lo buscaba me llamaba. Yo me dirigía al lugar central de la casa o el patio y, lanzando las manos a lo alto, exclamaba:
— ¡El "foundier" lo encontrará.
Girando como un radar de 360°, mientras me concentraba en el concepto de la aparición del objeto perdido, sentía una atracción casi magnética hacia una dirección específica. Como sabía que ésa era la dirección general del objeto perdido, le pedía a mi mente: "dame ahora una imagen exacta del lugar donde se encuentra." Desde los cinco a los diecinueve años esta técnica rara vez dejó de dar resultado. La sencilla clave del éxito parecía consistir en conocer la exacta apariencia del objeto perdido.
Al cumplir los 21 años, mi capacidad para encontrar objetos perdidos ya no fue tan confiable, mientras otras manifestaciones de la función psi se hacían más pronunciadas, todas ellas aparentemente basadas en el conocimiento visual interno de algo.
Ya a los diez u once años noté que toda vez que "veía" manchas grisáceas "dentro" de los pulmones de alguien, a esa persona se le diagnosticaba luego tuberculosis. Sucedió varias veces. En varios otros individuos vi un blanco rojizo y grisáceo en torno de la zona del corazón; esas personas terminaban siempre por padecer trastornos cardíacos.
Nunca llamé aura a eso; sólo era para mí un signo visual acerca del estado de salud de una persona. También experimentaba una "depresión pulmonar" cada vez que me encontraba cerca de una persona con tuberculosis.
La sensación era —y lo es todavía— enteramente física.
No tenía aún 14 años cuando un día, durante la clase de matemáticas de octavo grado, en la Wynn Seale Júnior High School, en Corpus Christi, Texas, estaba mirando a mi profesora, la señora White. Vi con asombro en lo que parecía una película desarrollada en el tiempo que la señora White caía muy enferma y adelgazaba más y más a causa de un cáncer que parecía iniciarse en el pulmón o en el pecho. De algún modo supe que lo que veía estaba aconteciendo en años futuros.
Durante todos los años de la high school, no cesé de preguntar a compañeros de barrio que seguían en Wynn Seale si la señora White había abandonado la enseñanza por causa del cáncer. Aproximadamente el año en que me gradué o poco tiempo después —no recuerdo con precisión cuándo— los estudiantes confirmaron la visión que había tenido unos cuatro años antes.
Así, pues, desde muy temprano se me planteó el difícil interrogante: ¿en qué medida puede hablarse a una persona del futuro o aun del presente de sus condiciones físicas o psíquicas? Aprendí que no existen respuestas fáciles e invariables, especialmente considerando que no todos aceptan la existencia de los fenómenos psi. Además, la gente suele ser abismalmente subjetiva acerca de las propias condiciones futuras de su salud. Aprendí también que una persona que toma aun el consejo médico con exceso de cautela es muy improbable que crea a "un muchachito que pretende tener una visión de rayos X de mi futuro", como alguien me describió una vez.
Otros a menudo se sintieron perplejos ante mi capacidad para sintonizar las condiciones físicas de las personas, pero para mí eso no fue nunca un misterio. Desde mi nacimiento recuerdo haber sido en una vida previa un doctor en medicina apellidado Clark que realizaba sus prácticas en State Street, en Chicago y lo conté, declarando que no había sido un hombre muy feliz. Me parecía recordar haber fumado en pipa y que mis intereses se centraban en cómo descubrir la inmunidad a las enfermedades. Había padecido perturbaciones gastrointestinales, especialmente en la parte inferior del abdomen, y muerto a raíz de ciertas complicaciones como resultado de una intervención quirúrgica.
Todos esos hechos acerca del doctor Clark —excepto que fumara en pipa— fueron confirmados mediante el examen de los registros de la sociedad médica de la zona donde el doctor llevara a cabo sus prácticas. No hubo registro que confirmara o negara el "recuerdo" de la pipa.
Si, como la memoria parece indicarlo, fui realmente el doctor Clark, éste debió de haber desarrollado la capacidad de saber la temperatura del cuerpo de una persona sin más datos que el tacto. A la edad de seis o siete años, sabía por el solo tacto la temperatura de una persona con la precisión de un décimo de grado. . . ¡aun la mía propia! Solía exclamar:
— ¡Tiene usted 36 grados!
Y eso aún antes de que supiera qué quería decir "36 grados". Se asemejaba a una respuesta innata aunque recordaba, como si se operara la combinación de una caja fuerte sin pensar de manera consciente en los números correspondientes. Puedo aún hoy hacerlo con bastante precisión, pero no tanta como la que tenía de niño tan naturalmente.
Aparte de la sintonización del estado físico del cuerpo, a la edad de 13 ó 14 años algo más extraño aún comenzó a sucederme.
Mientras sostenía conversaciones con amigos o aun desconocidos, cuando una persona expresaba intensos sentimientos acerca de algo, comenzaba espontáneamente a ver superpuesta sobre la persona de marras una forma corporal e investidura totalmente distintas de la apariencia presente. Comencé a interpretarla como el facsímil de la imagen que de sí tenía la persona de su vida pasada, impulsada por su inconsciente en respuesta al tema o el curso de la conversación.
No era mi intención verla. Siempre ocurría de modo espontáneo, aun en los momentos más sorprendentes. Es éste un fenómeno que todavía experimento y que describiré con mayor detalle en un capítulo subsiguiente. Ni siquiera estoy seguro de que tales experiencias deban describirse como parte del "aura" de una persona, pues tal vez sean una proyección de mi propia mente inconscientemente formada para hacer "visible" ante mi conciencia los rasgos personales de alguien que percibe ya sea por una PES inconsciente o, en ocasiones, mediante "indicios sensoriales" advertidos de modo inconsciente.
No fue sino hasta febrero o marzo de 1960 cuando comencé a ver lo que llamo el aura humana con facilidad y continuidad en todas las personas. Tenía 21 años.
Al reconsiderar las circunstancias, el pleno desarrollo de la capacidad de ver auras debió de haberse asociado con mi intento de ese entonces de desarrollar la capacidad de entrar en un estado inconsciente inducido por meditación, estado del cual recibía información clarividente que le daba a otros para que la registraran, la evaluaran y la pusieran a prueba. Tales prácticas parecen haberme dado acceso consciente a mi conocimiento inconsciente y, de ahí, a la visión áurica. No obstante, pareció totalmente natural, como si hubiera estado viendo colores en tomo a las personas toda mi vida, sólo que en ese momento comenzaba a advertirlo. Quizá el hecho de que ocasionalmente viera auras en tiempos anteriores contribuyó a esa impresión.
Con el correr de los meses, se me abrió todo un caleidoscopio de nuevas experiencias visuales que jamás había esperado contemplar.
Gradualmente, las extrañas combinaciones de formas y colores comenzaron a adquirir significaciones específicas. Algunas las captaba en el momento mismo intuitivamente, y sólo más tarde las verificaba interrogando a la persona o a un amigo suyo. En el caso de otros fenómenos observados, el aprendizaje de su significación requirió meses de observación de auras e investigaciones.
Aunque en el aura de algunas personas vi cosas fascinantes y aun hermosas, en otras ocasiones las vi muy tristes, desilusionantes, perturbadoras y aun ominosas y horribles. Por supuesto, tales percepciones pueden resultar muy desconcertantes.
Así, pues, después de pasada la novedad, traté de formarme el hábito de no observar las auras, a no ser que hubiera alguna razón para conocer algo acerca de una persona. Eso fue mucho más fácil de conceptualizar que de hacer.
Desde hace dieciséis años (desde 1960) vengo trabajando como "psíquico" profesional. Durante diez de esos años (1960-67 y 1969-72) realicé abundantes lecturas personales, muchas de ellas de naturaleza médica, en colaboración con médicos practicantes. Mediante la aplicación de lecturas obtenidas a través de mi estado inconsciente, llamado "estado de lectura", fueron tratadas con eficacia situaciones psicológicas e interpersonales. Durante esos años también debo de haber realizado centenares de lecturas de auras sin cobrar nada por ellas, sobre todo por el interés que despertaba saber cuan acertadamente podía interpretar el aura de personas por mí conocidas.
En 1972 dejé de realizar lecturas personales a partir del estado inconsciente y preferí en cambio utilizar esa habilidad para la investigación y poner a prueba el alcance de la capacidad de mi inconsciente para brindar información que fuera útil a la ciencia y a la humanidad en general. Mientras trabajé en la Association for the Understanding of Man, en Austin, Texas, se lograron grandes progresos en esos dominios. No obstante, también seguí leyendo auras de vez en cuando en condiciones de experimentación formal e informal. Es el continuo desafío que me presenta la obtención de información detallada y verificable, inasequible a través de medios sensoriales normales, lo que hace que siga leyendo ocasionalmente el aura de las personas; para no hablar de lo que noto en privado, rara vez discuto con la persona observada o con otros.
Sin embargo, no estaría mal mencionar el más grande resentimiento que me provocó la lectura de auras. Quien motiva típicamente dicho resentimiento es una mujer de edad mediana, bien alimentada, perteneciente a la clase media o media alta.
— ¡Oooooh, señor Stanford! No quiero molestarlo, claro, pero si no le importa demasiado, ¿podría dedicar un momento a mirar mi aura y decirme qué ve en ella? Eso significaría tanto para mí. . .
Tales personas están casi siempre acostumbradas a la huera adulación suministrada por "psíquicos" que se saben incapaces normalmente de decir nada significativo ni verificable. En cambio, espetan abundante cháchara acerca de la espiritualidad del sujeto en cuestión:
— ¡Qué alma! ¡También usted es muy "psíquica"! Y. . .¡oh, sí! , su aura me muestra. . , no sé exactamente
quién fue usted. . . pero sí, ¡alguien muy importante en Atlántida! Veo una hermosa túnica y un edificio
con blancas columnas de estilo griego. Usted se encuentra a la entrada. En su aura hay abundante azul
de gran espiritualidad. Incluso blanco. . . lo que significa conciencia cristiana, por supuesto.
Habitualmente me niego a los requerimientos de esos aficionados "psíquicos" de circo o, de lo contrario, les advierto que lo que pueda percibir quizá no sea muy halagador, que les diré lo que vea y no necesariamente lo que se quiera escuchar.
Por lo común la señora enrojece y dice:
— ¡Oh, bueno! No debí molestarlo. Sé que es usted una persona muy ocupada —y se aleja. Creo que la mayor parte de nosotros conoce demasiado bien sus buenas condiciones.
Resulta a menudo más terapéutico ponernos el dedo en la llaga que inflar de aire caliente el globo del ego. Por mi parte, trato de fortalecer las piernas psicológicas y espirituales de las personas que vienen a mi
encuentro, antes que reforzar sus muletas.
De vez en cuando echo una mirada a mi propia aura. Sí, aún es visible en el espejo. Tener la capacidad de ver auras, incluso la mía, no mejora necesariamente mis propias emanaciones, como saber que se es anémico no subsana la deficiencia. Para mejorar el aura se requiere una trasformación activa de la conciencia. No se lo logra con sólo desearlo. Recuérdeselo, el aura es el efecto y no la causa del propio estado de conciencia.
Después de ver mi propia aura —que, como la de la mayor parte de las .personas varía casi constantemente con el fluir de los pensamientos y sentimientos—, debo confesar que no es ni mucho mejor ni mucho peor que las corrientes. Es algo más intensa que la de muchas personas; pero esto significa que cuando me enojo (por ejemplo), mi rojo es también más intenso.
Por lo tanto, no tengo por qué jactarme, no sea que se me ponga anaranjada de egoísmo. Mis debilidades humanas son aproximadamente las de cualquiera.
He conocido a "psíquicos" y a "maestros espirituales" que se la pasan dando instrucciones sobre espiritualidad y aun sobre "cómo volverse maestro e integrar la Hermandad Blanca de la que yo soy miembro", que exhiben un aura de las más sórdidas y enfermizas que he visto. Dado que mi propia aura es imperfecta, no insisto en que los maestros tengan auras perfectas. Tendríamos muy pocos maestros, en ese caso. Pero sí pienso que es necesario discernir entre los que se elijan. Advertí muchas veces que el discípulo de tal persona tiene a menudo un aura mucho más agradable que la del maestro. Si por el momento tales discípulos pudieran ver auras, incluidas las suyas propias, no habría tantas clases de ese tipo. Claro que también serviría para que los maestros conocieran la apariencia de sus propias auras o, por contraste, las de algunos de sus alumnos.
También me he topado con numerosas personas que enseñan a "cómo ver el aura humana". En casi todos los casos, las pruebas más sencillas me han convencido de que la mayor parte de estos maestros no ven ellos mismos aura alguna. Pobres de sus alumnos. Si pudieran ver auras, no listarían tan ansiosos por enseñar, pues sabrían la responsabilidad que le cabe a quien puede verlas. Pero daré más detalles sobre el tema cuando en un capítulo subsiguiente describa al falso vidente de auras.
En tanto no se sepa más acerca de la visión áurica y las influencias psicológicas y sociales que puedan tener tanto el vidente de buena fe como el falso sobre el perceptor y aun sobre el percibido, habría que procesar los cursos en los que pretendidamente se enseña a ver auras o, cuando menos, tomarlos con suma cautela.
Aprendí mucho sobre personas que no podría haber conocido por la simple observación normal simplemente observando y estudiando la significación de los colores y las formas áuricas. Sin embargo, soy el