—Así, pues, señora Stanford, los rayos X indican claramente que no hay fractura ni materia extraña alguna que cree esos dolores tan agudos en su pie —le dijo a mi mujer el osteólogo—. Tiene un problema de arco, para lo cual le recomiendo un apoyo especial. Aquí escribí sus características para que lo obtenga.
Pagué los 34 dólares de la consulta y abandoné la casa del médico echando humo de rabia. —Que me cuelguen, Kitty-bo, si tú tienes algo en el arco. No voy a malgastar más dinero en un soporte para tu pie. Las auras de los arcos debilitados ni siquieran se asemejan a las rayas rojas que salen de la parte dolorida de tu pie.
— ¿Querrías mirarlo "psíquicamente" más de cerca cuando lleguemos a casa? Sabes que hace ya dos años que me viene doliendo y quisiera averiguar el motivo —dijo Kitty-bo.
Cuando llegamos a casa se lo examiné.
—Kitty-bo —declaré—, ese médico ortopédico es incompetente. El aura en torno al lugar dolorido señala que hay alguna materia extraña en él. . . como un fragmento de vidrio que quizá tienes desde la infancia, o algo así. . .
—Probablemente tengas razón, Ray —dijo Kitty-bo—. Pero, ¿qué médico ha de intervenir quirúrgicamente porque alguien haya visto con mirada "psíquica" un fragmento de vidrio que no aparece a través de los rayos X?
— ¡Ya sé quién lo hará! — declaré— ¡El doctor Clark! — ¿Quieres decir que tú me operarás, Ray?
—Bien, yo fui el doctor Clark, ¿no es así? (Véase el Capítulo IV).
—Si tú confías en ti mismo, también yo confío, Ray —dijo Kitty-bo—. Pero ¿dónde conseguirás el equipo necesario?
Envié a su hermano, Sam Johnson, que estaba de visita en casa, a la farmacia en busca de algunas hojas de afeitar, algodón y alcohol.
Aunque no se lo dije a Kitty-bo, sabía que al utilizar herramientas tan crudas y sin anestesia, la primera incisión que hiciera con la navaja tendría que ser exactamente paralela a la longitud de lo que, según mi visión "de rayos X", era un fragmento de vidrio de por lo menos un cuarto de pulgada.
Kitty-bo me aseguró que confiaba totalmente en mi habilidad quirúrgica de modo que, mientras Sam le sujetaba las piernas y ella cerraba los ojos, con cuidado y rapidez le abrí la carne con el filo de la navaja.
Luego, en el curso de la exploración, vi a un cuarto de pulgada de la superficie, aproximadamente, un fragmento de vidrio de terrible aspecto que apuntaba directamente hacia abajo, quizá hasta el hueso.
Cada vez que tocaba el fragmento, la pobre Kitty se estremecía y se quejaba. ¡No tardó en hacérseme evidente que el extremo más grande era el que estaba más profundamente ubicado! Pero después de 45 minutos de trabajo,, mientras Sam le sujetaba las piernas y yo sostenía una lupa sobre la incisión, pude extraer victoriosa, pero también siempre cuidadosamente, el fragmento de vidrio que tenía casi tres octavos de pulgada de largo. La operación habría durado mucho menos de tener a mi disposición una anestesia local. Pero con Kitty-bo estremecida de dolor, tuve que conducirme muy lentamente para no romper el fragmento de vidrio.
La incisión se curó velozmente y sin complicaciones y Kitty-bo estaba transida de alegría. Dos años de lacerante dolor habían terminado.
—Estoy segura de que la "operación" no fue tan terrible como tener un bebé —dijo—.
Kitty recordó haberse lastimado el pie con los vidrios de una botella de leche rota muchos años atrás.
—El fragmento debió de haberse trasladado al lugar donde lo encontraste —dijo.
Pensé en ver nuevamente al osteólogo para ponerle el fragmento (que Kitty-bo preserva y adora) en las narices, pero me figuré que nunca nos creería y, mucho menos, nos reembolsaría los 34 dólares.
Sólo después de la intervención quirúrgica le dije a mi mujer cuántos cortes de navaja debería haberle practicado en el pie si mi visión aural no me hubiera revelado el lugar exacto dónde cortar. Además, había rezado en secreto para que mi mano actuara exactamente donde debía.
El aura de irritación provocada por el fragmento de vidrio fue una buena base sobre la cual diagnosticar, como son las auras de la mayor parte de los estados físicos, con excepción de algunas que se encuentran difundidas por todo el cuerpo, como la de la diabetes. No obstante, hubo para mí un período de aprendizaje durante el cual en ocasiones llegué a situaciones de perplejidad.
Por ejemplo, después de una conferencia sobre la lectura de las auras pronunciada en San Antonio, Texas, decidí hacer una demostración práctica.
Tras enterar a la audiencia de "las muchas cosas jugosas que podía averiguar sobre cualquiera a partir de su aura", pregunté:
—Veamos ahora, ¿hay alguien que se atreva a dejarme que lea su aura?
Siempre formulé esa pregunta antes de escoger voluntarios para leer. La razón es que sólo los individuos menos conformistas son los que se atreven a levantar la mano. El aura de ese tipo de gente siempre resulta atractiva, de modo que no tengo que decir: "Lo lamento, señorita, su aura es demasiado chata como para presentar interés."
La mujer que elegí era de fácil lectura. ¡Hasta el tipo y el color exacto de su automóvil me fueron visibles en su aura! Pero tenía algo que en aquel momento me intrigó: por sobre todo el cuerpo había esparcidas manchas rosas.
Le había ya dicho a la audiencia que el rosa significa preñez, pero que irradia del bajo vientre de la madre expectante (y algunas veces no expectante), aún pocas horas después de concebir. Me jacté incluso de haber anunciado a varias amigas que estaban encinta al verlas en el trabajo a la mañana siguiente.
Sin embargo, el aura manchada de rosa de esta mujer me desconcertaba, pero se la describí y le dije: —Así que supongo que tendré que decirle que está usted embarazada. ¿Lo está?
—Puedo asegurarle sin la menor duda que no —fue la desilusionante respuesta. Repentinamente, y quizá por instinto de defensa de mi ego, di con la respuesta:
— ¡Lo tengo! Las manchas rosas son el efecto de la ingestión de píldoras anticonceptivas. Producen una simulación hormonal de la preñez, pero las hormonas se distribuyen por el sistema circulatorio. Eso explicaría que se encuentren por todas partes.
—En eso acierta —dijo la mujer—. Sí, ingiero la píldora.
Desde entonces, la observación y la averiguación verificaron lo que aquella noche capté intuitivamente por primera vez. Ahora bien, me pregunto si el hecho de que la mera presencia de ciertas hormonas asociadas con la preñez puedan producir el color rosa en el aura no es un indicio del origen
físico de cierto tipo de auras. Sin embargo, debemos recordar que el "aura de preñez" del doctor Van de
Castle (véase el Capítulo I) parece haber tenido una causa exclusivamente mental.
Este tema me recuerda la experiencia que tuve en 1974 en Toronto, Canadá, mientras pronunciaba una conferencia sobre las auras.
Una periodista dijo:
—Con toda sinceridad, señor Stanford, me es muy difícil creer que pueda saber cosas sobre la gente por los colores que ve a su alrededor. Si puede decirme algo convincente sobre mí, tal vez cambie de parecer.
Este era un .desafío que no podía dejar de aceptar, de modo que contemplé por un momento su aura y supe que había encontrado la solución.
—Está bien —le dije—. ¿Puedo ser muy franco y decirle absolutamente cualquier cosa que vea? —Nadie puede ponerme en aprietos —dijo la periodista con aplomo.
—Muy bien, pues —dije quizá con un tanto de presunción—. Padece usted de una grave vaginitis. El aura en torno a la vagina muestra manchas luminosas color gris rojizo por causa de una irritación que, por lo común es producto de una infección. Y como veo manchas rosadas por todo su cuerpo, diría sin lugar a dudas que toma píldoras anticonceptivas. El uso persistente que hace de ellas produjo un exceso de humedad; de ahí la dificultad que tiene en deshacerse de esta molestia. Además, su aura alicaída es la de una persona que nunca se va a la cama antes de las tres de la mañana, y ése debe de ser su caso.
—Todo lo que dijo es cierto —respondió—. Está por hacerme creer en las auras.
En un capítulo anterior mencioné haber visto un caso de enfermedad venérea. En años recientes los veo con demasiada frecuencia. La mayor parte de las personas se escandalizaría ante la cantidad de hombres y mujeres afectados de gonorrea desde el advenimiento de la "nueva moralidad" y de "la píldora". La visión de auras me convence de que la gente estaba mejor antes de su advenimiento, pero quizá sea yo anticuado.
La gonorrea produce claras manchas aurales de color rojo acompañadas de la difusión de un claro color rojo en la mucosa en las mujeres y, en los hombres un rojo más intenso y más generalmente distribuidos por la uretra. En casos extremos y de larga data de la enfermedad, se produce una inflamación rojiza posiblemente asociada con la
de las articulaciones óseas que se asemeja a la artritis.
Hace unos pocos años un amigo mío casi fue dado por muerto después de un accidente de automóvil en el que el pecho y el abdomen se le habían aplastado y la mandíbula inferior hundido literalmente en el pecho.
A causa de los milagros que realiza la moderna cirugía plástica, difícilmente nadie habría advertido el infortunio sufrido por mi amigo con sólo mirarlo.. . a no ser que supiera ver el aura.
Un día mi amigo me dijo:
—Ray, mañana me operan. Mi médico dice que tengo varios puntos de abscesos en el tórax que debe eliminar quirúrgicamente. No sé donde están localizados o cuántos hay, pero me gustaría que intentaras un experimento para aclararle la mente al doctor. Si quieres, toma esta lapicera especial y marca con una X donde veas un signo áurico de absceso. Así, cuando el doctor me abra mañana, yo ya le habré dicho qué significan las X.
—No hay problema —le aseguré, y comencé a trazar cuatro X sobre su pecho. Puse una sobre cada zona donde veía una pequeña pero muy intensa luz roja.
Cuando mi amigo salió del hospital dos semanas más tarde me contó el resultado.
—El doctor se mostró verdaderamente escéptico cuando le dije cómo habían aparecido las X — me dijo—. Pero cuando hablé con él después de la intervención quirúrgica, admitió estar muy asombrado. Había eliminado sólo tres abscesos y justamente había una marca sobre cada uno de
ellos. Entonces le pregunté: "¿Y la cuarta X? ¿Encontró algo donde ella estaba? "
El doctor dijo que sí, que había hallado allí cierta irritación, pero no la había encontrado lo bastante grave como para operar. Diría que estuviste en un ciento por ciento correcto, Ray, y el médico está de acuerdo conmigo.
—Tal vez haya estado correcto en un ciento por ciento, pero tu doctor no lo estuvo —repliqué—. Debió de haber operado ese otro absceso. Resplandece más rojo que nunca.
Unas pocas semanas más tarde, el cirujano le dijo a mi amigo que habría una nueva operación. —Debí haber intervenido esa cuarta zona la primera vez, pero no quise hacerlo sin estar seguro de que fuera necesario —le dijo el doctor—. Ahora los rayos X muestran que es peor que las otras tres. No hay alternativa posible.
La intervención tuvo éxito. Pero mi amigo y yo deseamos que el doctor hubiera sido capaz de ver auras, ya que de ese modo habría completado su trabajo la primera vez. De hecho, si alguna vez intento enseñar a alguien a ver auras, lo probaré con médicos, especialmente si se trata de cirujanos.
Habitualmente trato de no invadir el terreno de los médicos, a no ser que soliciten mi ayuda, como ha sucedido alguna vez. Sin embargo, una noche en Corpus Christi, Texas, estaba conversando con un médico y su mujer, a quien acababa de conocer, cuando sentí la necesidad de mencionar algo.
Advertí en los pulmones de la esposa del doctor tres lugares iluminados con una luz gris blancuzca que, yo bien lo sabía, se relaciona con el calcio y el tejido con que el organismo compensa las lesiones tuberculosas en los pulmones.
—Por favor, no se asuste —me atreví a decirle a la mujer—, pero yo veo colores en torno a la gente. Los colores y las formas me revelan el estado de salud de sus cuerpos.
El doctor me miró como si yo debiera estar colgando de un árbol, pero continué:
—Veo resplandecer dos luces de un gris blancuzco en su pulmón izquierdo, aquí (señalé el lugar) y
aquí. Hay otra en la parte superior de su pulmón derecho, aquí.
El doctor quedó con la boca abierta de manera harto notable. La mujer respondió:
—Ya ve usted que mi marido está desconcertado. Pero eso es porque acertó. Hace algunos años tuve una doble tuberculosis pulmonar. Tengo tres lugares con tejidos cicatrizados que se ven claramente con rayos X. Son exactamente los que ha señalado.
—Si no supiera que es imposible —dijo el doctor sonriendo por primera vez—, habría asegurado que vio su radiografía.
En una oportunidad, un profesor de psicología de una universidad me pidió que la visitara para leer auras delante de todo el cuerpo facultativo y sus ayudantes. Tengo que admitir que me encontraba algo nervioso; no por temor al fracaso, sino porque algunos psicólogos son capaces de mostrarse muy desagradables respecto de tales cosas. Hace unos años, un psicólogo, al oír que yo sostenía tener capacidad para leer auras, me dijo:
— ¡Oh, vamos, sólo un rematado idiota puede declararse esquizofrénico!
Yo habría sido el último en reír si le hubiera dicho que estaba enterado de su sangrante hemorroides herniada. Tales personas no se molestan en poner a prueba a los que verdaderamente vemos auras.
De cualquier manera, acepté el ofrecimiento de hacer la demostración ante el cuerpo de profesores de psicología, con la condición de que el profesor que la organizó procurara que se sirvieran varias botellas de vino. Eso haría que todos "se aflojaran" mientras estuviera todavía explicando los colores y las formas mentales. Cuando llegara a la lectura de las auras, los bebedores habrían perdido en parte sus inhibiciones y sus secretos áuricos estarían verdaderamente en exposición.
El plan tuvo resultados razonablemente aceptables y, cuando llegué a la lectura de las auras, la mayor parte de los profesores se mostraba menos negativos y ya no consideraban todo como un mero juego.
Algunas veces veo cosas que no sería correcto mencionar. Tal fue el caso del aura de una muchacha que leí esa noche, una estudiante que asistía a uno de los profesores.
Las vibraciones de los rayos rojos que emanaban del aparato genital de la muchacha no parecían obedecer a una enfermedad venérea, de modo que no sabía qué decir al respecto. Simplemente describí lo que veía, agregando:
estoy seguro de su exacta naturaleza. En un principio la muchacha dijo:
—No sé a qué puede obedecer la perturbación.
Eso me molestó porque sentí que no estaba diciendo la verdad. — ¿Está totalmente segura? —insistí.
—Bien, estoy en el primer día de mi período, si a eso se refiere usted —admitió la muchacha. Los profesores parecieron concordar en que eso bien podría ser un "acierto".
Hubo algo más que no me atreví a decir sobre ella, considerando que ni siquiera se había mostrado dispuesta a hablar sobre el primer día de su período menstrual: la emanación árnica desde la vagina hacia el cuello se veía muy irritada, casi raída. Como más tarde le dije al profesor que me había invitado:
—Su vagina parecía gastada, como si mantuviera contacto sexual varias veces por día.
— ¡Estoy seguro de que tiene razón! — dijo el psicólogo con conocimiento de causa— Le fue presentada como una "asistente"; bueno, por cierto que asiste a su profesor. Todo el mundo sabe —probablemente incluso la mujer del profesor— que éste tiene relaciones con ella por lo menos una vez al día. Todo el departamento de psicología lo sabe. No hay modo de saber a quién más "asiste", por otra parte. Ni un solo profesor habría dejado de creerle si hubiera dicho que tenía una vagina gastada.
Esa misma noche escogí deliberadamente a la persona más escéptica entre los presentes para leer su aura. El estudiante premédico y asistente docente reconoció con verdadero asombro que yo estaba en lo cierto cuando le dije que su aura revelaba que todos los días se paraba delante de una computadora como si estuviera trabajando con ella, que había nacido en Hawai, que se había criado cerca de un gran lago de agua dulce en el Medio Oeste y que componía música con regularidad.
Estaba convencido y satisfecho con lo que había visto y le había dicho, pero a mí me habría gustado advertir alguna condición física y corporal que diagnosticar. Afortunadamente para él, su vitalidad era perfecta, de modo que sólo pude darle un certificado áurico de salud. Ni siquiera había mostrado signos áuricos de consumo de drogas alucinógenas, ni de ninguna otra especie.
Durante aproximadamente los últimos dieciséis años, los signos áuricos del consumo de drogas vienen despertando mi creciente interés. Es impresionante y aun espantable ver el modo en que sustancias tales como el LSD, la heroína, etc., alteran y deforman el aura humana. Aun el consumo de marihuana tiene signos áuricos inconfundibles. Podría resultarme instructivo ilustrar verbalmente esos efectos de modo que, a riesgo de ofender a algunos consumidores, describiré ahora los síntomas con precisión, tal como los veo claramente todos los días de mi vida en que abandono mi casa. Me refiero a los espantables síndrome áuricos que se exhiben con una frecuencia sin precedentes entre la población en general.
Hace ya algunos años comencé a ver algo extraño en el aura de algunas personas que no había visto nunca. Como en el caso de las manchas rosas de las consumidoras de píldoras anticonceptivas, me llevó algún tiempo e indagaciones darme cuenta de los cambios observados.
El aura del fumador de marihuana no es ni de cerca tan anormal y deformada como la de los consumidores de alucinógenos y narcóticos fuertes, lo que no es una justificación del consumo de aquélla, sin embargo, pues los cambios que lo acompañan no son normalmente positivos.
Cuando una persona comienza, fuma marihuana con frecuencia, los movimientos de las formas mentales de sus auras disminuyen la velocidad, lo que me hace pensar que, aunque el consumidor siente menor ansiedad frente a la tensión que las circunstancias le oponen, su capacidad para enfrentar con eficacia y rapidez los desafíos también puede demorarse o disminuir.
Cuando alguien ha fumado marihuana recientemente, su aura parece estar, por falta de una palabra mejor,
arrullada.
Además, los colores áuricos normalmente brillantes (excepto los rojos y negros "iracundos"), incluido el