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Ficciones Resumen y Análisis "La forma de la espada"

Una crecida del arroyo Caraguatá, en Tacuarembó, Uruguay, obliga al narrador a hacer noche en la estancia La Colorada, cuyo dueño es un inglés de nombre desconocido. El inglés es un hombre conocido por la severidad con la que trata a los peones de su estancia, y por la cicatriz que le atraviesa la cara, desde la frente hasta el pómulo.

Durante su estadía en la estancia, el narrador trata de empatizar con su anfitrión y para eso elogia a Inglaterra. Sin embargo, el dueño de La Colorada en verdad es un irlandés, como le dice a su huésped. Entrada la noche y tras beber ron hasta la ebriedad, el narrador se anima a preguntarle por la cicatriz que atraviesa su rostro, y el irlandés acepta contarle, con la condición de que su interlocutor no debe ocultar el desprecio que va a sentir cuando conozca su historia.

El relato remite a 1922 y la guerra civil. El irlandés lucha por la libertad de su nación y recibe un día a un afiliado que viene de Munster: John Vincent Moon. Este es un joven marxista que discute con vehemencia desde la perspectiva del materialismo histórico, lo que a su interlocutor le parece lamentable. Un día, de camino al encuentro con otros miembros de la lucha, un soldado los intercepta. John Vincent Moon queda paralizado por el miedo y el narrador debe intervenir y salvarlo de la muerte. Sin embargo, una bala le hiere el hombro. Los dos compañeros se refugian entonces en una casona que pertenecía al general Berkeley. Allí, el narrador cura el hombro de Moon y, en los días siguientes, se encarga de reunirse con los compañeros de armas para resistir los ataques de los ingleses. Sin embargo, Moon aduce un fuerte dolor en el hombro y no se anima a participar de aquellas escaramuzas.

Lo único que el narrador destaca de esos nueve días que pasan con Moon en la casona es un ataque en el que pueden vengar a dieciséis

compañeros caídos en la lucha. El décimo día, sin embargo, la ciudad cae definitivamente en manos enemigas. El narrador llega antes a la casona y descubre a Moon hablando con alguien al teléfono. Rápidamente, nota que su compañero lo está vendiendo a las autoridades inglesas, y que estas llegarán a prenderlo a la misma casona en la que están.

Furioso, arremete contra Moon, quien rápidamente escapa por la gran mansión. La persecución es larga, y finalmente el narrador logra alcanzar al traidor en el momento en que las autoridades irrumpen en el edificio. Tomando una espada ornamental de la pared, golpea a Moon en la cara, dejándole una cicatriz desde la frente hasta el pómulo. Luego, es prendido por los soldados.

En este punto del relato, el narrador dice que al otro día presencia el fusilamiento de alguien en la plaza –podría haber sido un maniquí y una práctica de tiro –y luego abandona Irlanda y se embarca hacia Brasil, desde donde baja hasta Uruguay y compra la estancia La Colorada.

Finalmente, Moon confiesa que ha decidido contar su historia de esa manera, invirtiendo los roles, para que su interlocutor lo escuche hasta el final sin indignarse. Ahora que ya ha terminado, el cobarde e infame traidor, John Vincent Moon, puede recibir el oprobio y la censura de su huésped.

Análisis.

“La forma de la espada” es un cuento que hunde sus raíces en el relato fantástico, como muchos otros analizados en Ficciones , pero cuya resolución no propone ningún elemento sobrenatural, sino que trabaja con la disolución de la identidad de un personaje y su reconstrucción desde otro punto de vista.

En este relato, Borges desarrolla el tema de la traición y la cobardía en el escenario de la guerra civil irlandesa. Sin embargo, como ha demostrado a lo largo de toda su obra, más que el argumento, lo que interesa es la estructura del relato y la estética que se despliega a partir del uso del lenguaje.

El texto comienza con un narrador externo, en tercera persona omnisciente y describe la cicatriz que surca la cara de un personaje y que se transformará luego en una huella de la narración: “Le cruzaba la cara una cicatriz rencorosa: un arco ceniciento y casi perfecto que de un lado ajaba la sien y del otro el pómulo. Su nombre verdadero no importa; todos en Tacuarembó le decían el inglés de La Colorada” (p137). Esa primera voz se retira rápidamente y da paso a un narrador en primera persona, que es el personaje de Borges, que llega a La Colorada y debe hospedarse allí porque no pueden cruzarse los ríos para proseguir el camino. “La última vez que recorrí los departamentos del Norte, una crecida del arroyo Caraguatá me obligó a hacer noche en La Colorada” (p. 138). Luego, cuando Borges le pregunta a su anfitrión por su cicatriz y se introduce una nueva capa al relato: la voz del irlandés que va a contar su propia historia.

Ahora, es la voz del irlandés la que narra los hechos. Sin embargo, en este procedimiento se produce en verdad un desdoblamiento de la personalidad y un plagio de la vida de otro individuo: el narrador elige contar su historia desde la perspectiva del compañero traicionado. En síntesis, el argumento detrás de la cicatriz es sencillo: durante la guerra civil en Irlanda, John Vincent Moon traiciona a un compañero de lucha y lo entrega a las autoridades militares. Como el hecho lo convierte en un traidor y lo llena de vergüenza, decide contar la historia haciéndose pasar por el traicionado. Así, el narrador cuenta en primera persona cómo ese independentista irlandés es traicionado por un marxista enclenque y cobarde.

Al final del relato, la cicatriz, huella que ha disparado la narración, vuelve a transformarse en la huella que hace visible el desdoblamiento de la personalidad del narrador: “De una de las panoplias del general arranqué un alfanje; con esa medialuna de acero le rubriqué en la cara, para siempre, una medialuna de sangre” (p. 145). En ese momento, al lector se le revela el desdoblamiento de papeles: el narrador no es el héroe aguerrido de la libertad y la independencia; es el otro, el cobarde traidor que ha entregado a su amigo para que lo fusilen. Esta revelación de desdoblamiento se explicita a continuación, cuando el narrador impreca a Borges, que parece reacio a creer su historia: “¿No ve que llevo escrita en la cara la marca de mi infamia? Le he narrado la historia de este modo para que usted la oyera hasta el fin. Yo he denunciado al hombre que me amparó: yo soy Vincent Moon. Ahora desprécieme” (p. 145).

Así, a nivel estructural, puede considerarse que el relato desdoblado espeja el argumento: el tema que da cuerpo a la historia es la infamia de la traición que ha cometido John Vincent Moon. A nivel estructural, Borges se vale de un desdoblamiento y un plagio identitario que se asemeja a

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esa infamia: John Vincent Moon toma la voz de su compañero, lo que puede leerse como una nueva traición o impostura. De esta manera, la estructura del relato vehiculiza en el juego narrativo esa traición de identidades.

Es necesario también rescatar otra clave de lectura: al inicio del texto, el narrador en tercera persona dice, sobre el inglés, que “su nombre verdadero no importa” (p. 137). Esta declaración se vincula directamente con el afán de mantener oculta hasta el último momento la identidad del irlandés de La Colorada, que no es otro que el traidor John Vincent Moon. Sin embargo, también se relaciona con otros dos aspectos de la narración: en primer lugar, la noción de que esta es, en verdad, la historia de una marca y no de un hombre. Pero tampoco es la historia de la marca en sí, sino de una afrenta, de una infamia cometida por un hombre: la traición hacia un semejante. Borrar las marcas individuales para construir la noción de una experiencia universal es otro de los procedimientos frecuentes en Borges. En “La forma de la espada”, esta idea se explicita en el mismo relato: “Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres. Por eso no es injusto que una desobediencia en un jardín contamine al género humano. Por eso no es injusto que la crucifixión de un solo judío baste para salvarlo” (pp. 142-143). Estas palabras, en boca del traidor, remiten a la traición universal para el catolicismo: la de Judas a Cristo. De la misma manera, en el sistema de creencias cristiano, la crucifixión de Cristo implica el perdón de los pecados a toda la humanidad. Así, los hechos cometidos por un hombre singular, Vincent Moon, se desdibujan y se transforman en la historia de la humanidad. De la misma manera, en la universalización de los gestos, Vincent Moon construye también su perdón. Así, la historia de un hombre se conoce a través de su marca, y sirve, en última instancia, para ilustrar un componente universal de la psicología del ser humano: la infamia de la traición.

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“La forma de la espada”, Jorge Luis Borges.

Jorge Luis Borges La forma de la espada (Artificios, 1944; Ficciones, 1944)

“ Le cruzaba la cara una cicatriz rencorosa: un arco ceniciento y casi perfecto que de un lado ajaba la sien y del otro el pómulo. Su nombre verdadero no importa; todos en Tacuarembó le decían el Inglés de La Colorada. El dueño de esos campos, Cardoso, no quería vender; he oído que el Inglés recurrió a un imprevisible argumento: le confió la historia secreta de la cicatriz. El Inglés venía de la frontera, de Río Grande del Sur;

no faltó quien dijera que en el Brasil había sido contrabandista. Los campos estaban empastados; las aguadas, amargas; el Inglés, para corregir esas deficiencias, trabajó a la par de sus peones. Dicen que era severo hasta la crueldad, pero escrupulosamente justo. Dicen también que era bebedor: un par de veces al año se encerraba en el cuarto del mirador y emergía a los dos o tres días como de una batalla o de un vértigo, pálido, trémulo, azorado y tan autoritario como antes. Recuerdo los ojos glaciales, la enérgica flacura, el bigote gris. No se daba con nadie; es verdad que su español era rudimental, abrasilerado. Fuera de alguna carta comercial o de algún folleto, no recibía correspondencia.”

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Gramática y discurso en “la forma de la espada” de Jorge Luis Borges.

El siguiente estudio tiene por objetivo la descripción de algunas de las características gramaticales del cuento La forma de la espada de Jorge Luis Borges, así como de los recursos discursivos usados para lograr los efectos de lectura propiciados por el texto. En el cuento estudiado, la gramática es puesta al servicio de la producción de los significados textuales en términos de las fases narrativas y de los tipos o secuencias textuales variadas que componen el texto: narración, descripción, diálogo, metalepsis, etc. Cada fase posee una composición textual determinada y en su diseño y realización lingüística, las elecciones gramaticales presentadas en el cuento muestran el oficio del escritor, enfrentado a la labor de escoger dentro del potencial de estructura lingüística, las opciones que determinan su estilo. Por lo mismo, luego de una descripción sucinta de los supuestos teóricos y del método, se mostrará el análisis del cuento desde las dos perspectivas antes declaradas y su interrelación. El cuento analizado es la instanciación de un conjunto de opciones de significado y estilo, presentes en otras obras de Borges, dispuestos en la arquitectura específica del texto que convoca las siguientes reflexiones.

ABSTRACT.

The following study has as an objective the description of some of the grammatical characteristics of the story La forma de la espada by Jorge Luis Borges, as well as the discursive resources used to get the reading effects fostered by the text. In the analyzed story, grammar is at the service of the production of the textual meanings, in terms of the narrative phases and the types or varied textual sequences which form the text: narration, description, dialogue, metalepsis, among others. Each phase has a determined textual composition and in its design and linguistic realization, the grammatical choices introduced in the story reflect the mastery of the writer, confronted to the choosing among the possible linguistic structures, the options which determine his style. Therefore, after a brief description of theoretical assumptions and method, the analysis of the story will be shown from the two perspectives previously presented and its interrelation. The analyzed story is the instantiation of a group of options of meaning and style present in other Borges’ pieces of work, arranged in the text specific architecture which provokes the following thoughts.

La forma de la espada by Jorge Luis Borges.

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Jorge Luis Borges usó la historia irlandesa como escenario para algunos de sus cuentos. Ya vimos aquí hace tiempo ‘El tema del traidor y del héroe’ y ahora, del mismo libro Ficciones , publicado en 1944, extraemos ‘La forma de la espada’ . Con su maestría de cuentista, el genial narrador argentino va desgranando el misterio que se oculta tras una cicatriz en la cara de un hombre y, para ello, retrocede veinte años hasta la Irlanda de 1922, sacudida por la guerra de la independencia contra los ingleses. Se trata de otro buen ejemplo del meta relato borgiano, esto es, el cuento dentro del cuento, con héroes y villanos, con patriotas y traidores tejiendo una historia de honor y de infamia, la historia humana en definitiva. Por cierto, ¿por qué Borges siempre escoge Irlanda como escenario para sus cuentos de heroísmo y traición?

La forma de la espada.

Le cruzaba la cara una cicatriz rencorosa: un arco ceniciento y casi perfecto que de un lado ajaba la sien y del otro el pómulo. Su nombre verdadero no importa; todos en Tacuarembó le decían el Inglés de La Colorada. El dueño de esos campos, Cardoso, no quería vender; he oído que el Inglés recurrió a un imprevisible argumento: le confió la historia secreta de la cicatriz. El Inglés venía de la frontera, de Río Grande del Sur;

no faltó quien dijera que en el Brasil había sido contrabandista. Los campos estaban empastados; las aguadas, amargas; el Inglés, para corregir esas deficiencias, trabajó a la par de sus peones. Dicen que era severo hasta la crueldad, pero escrupulosamente justo. Dicen también que era bebedor: un par de veces al año se encerraba en el cuarto del mirador y emergía a los dos o tres días como de una batalla o de un vértigo, pálido, trémulo, azorado y tan autoritario como antes. Recuerdo los ojos glaciales, la enérgica flacura, el bigote gris. No se daba con nadie; es verdad que su español era rudimental, abrasilerado. Fuera de alguna carta comercial o de algún folleto, no recibía correspondencia.

La última vez que recorrí los departamentos del Norte, una crecida del arroyo Caraguatá me obligó a hacer noche en La Colorada. A los pocos minutos creí notar que mi aparición era inoportuna; procuré congraciarme con el Inglés; acudí a la menos perspicaz de las pasiones: el patriotismo.

Dije que era invencible un país con el espíritu de Inglaterra. Mi interlocutor asintió, pero agregó con una sonrisa que él no era inglés. Era irlandés, de Dungarvan. Dicho esto se detuvo, como si hubiera revelado un secreto.

Salimos, después de comer, a mirar el cielo. Había escampado, pero detrás de las cuchillas del Sur, agrietado y rayado de relámpagos, urdía otra tormenta. En el desmantelado comedor, el peón que había servido la cena trajo una botella de ron. Bebimos largamente, en silencio.

No sé qué hora sería cuando advertí que yo estaba borracho; no sé qué inspiración o qué exultación o qué tedio me hizo mentar la cicatriz. La cara del Inglés se demudó; durante unos segundos pensé que me iba a expulsar de la casa. Al fin me dijo con su voz habitual:

—Le contaré la historia de mi herida bajo una condición: la de no mitigar ningún oprobio, ninguna circunstancia de infamia.

Asentí. Esta es la historia que contó, alternando el inglés con el español, y aun con el portugués:

“Hacia 1922, en una de las ciudades de Connaught, yo era uno de los muchos que conspiraban por la independencia de Irlanda. De mis compañeros, algunos sobreviven dedicados a tareas pacíficas; otros, paradójicamente, se baten en los mares o en el desierto, bajo los colores ingleses; otro, el que más valía, murió en el patio de un cuartel, en el alba, fusilado por hombres llenos de sueño; otros (no los más desdichados) dieron con su destino en las anónimas y casi secretas batallas de la guerra civil. Éramos republicanos, católicos; éramos, lo sospecho, románticos.

Irlanda no sólo era para nosotros el porvenir utópico y el intolerable presente; era una amarga y cariñosa mitología, era las torres circulares y las ciénagas rojas, era el repudio de Parnell y las enormes epopeyas que cantan el robo de toros que en otra encarnación fueron héroes y en otras peces y montañas… En un atardecer que no olvidaré, nos llegó un afiliado de Munster: un tal John Vincent Moon.

Tenía escasamente veinte años. Era flaco y fofo a la vez; daba la incómoda impresión de ser invertebrado. Había cursado con fervor y con vanidad casi todas las páginas de no sé qué manual comunista; el materialismo dialéctico le servía para cegar cualquier discusión. Las razones que puede tener un hombre para abominar de otro o para quererlo son infinitas: Moon reducía la historia universal a un sórdido conflicto económico.

Afirmaba que la revolución está predestinada a triunfar. Yo le dije que a un gentleman sólo pueden interesarle causas perdidas… Ya era de noche;

seguimos disintiendo en el corredor, en las escaleras, luego en las vagas calles. Los juicios emitidos por Moon me impresionaron menos que su inapelable tono apodíctico. El nuevo camarada no discutía: dictaminaba con desdén y con cierta cólera.

Cuando arribamos a las últimas casas, un brusco tiroteo nos aturdió. (Antes o después, orillamos el ciego paredón de una fábrica o de un cuartel.) Nos internamos en una calle de tierra; un soldado, enorme en el resplandor, surgió de una cabaña incendiada. A gritos nos mandó que nos detuviéramos. Yo apresuré mis pasos, mi camarada no me siguió. Me di vuelta: John Vincent Moon estaba inmóvil, fascinado y como eternizado por el terror. Entonces yo volví, derribé de un golpe al soldado, sacudí a Vincent Moon, lo insulté y le ordené que me siguiera. Tuve que tomarlo del brazo; la pasión del miedo lo invalidaba. Huimos, entre la noche agujereada de incendios. Una descarga de fusilería nos buscó; una bala rozó el hombro derecho de Moon; éste, mientras huíamos entre pinos, prorrumpió en un débil sollozo.

En aquel otoño de 1922 yo me había guarecido en la quinta del general Berkeley. Éste (a quien yo jamás había visto) desempeñaba entonces no sé qué cargo administrativo en Bengala; el edificio tenía menos de un siglo, pero era desmedrado y opaco y abundaba en perplejos corredores y en vanas antecámaras. El museo y la enorme biblioteca usurpaban la planta baja: libros controversiales e incompatibles que de algún modo son la historia del siglo XIX; cimitarras de Nishapur, en cuyos detenidos arcos de círculo parecían perdurar el viento y la violencia de la batalla.

Entramos (creo recordar) por los fondos. Moon, trémula y reseca la boca, murmuró que los episodios de la noche eran interesantes; le hice una curación, le traje una taza de té; pude comprobar que su “herida” era superficial. De pronto balbuceó con perplejidad:

—Pero usted se ha arriesgado sensiblemente.

Le dije que no se preocupara. (El hábito de la guerra civil me había impelido a obrar como obré; además, la prisión de un solo afiliado podía comprometer nuestra causa).

Al otro día Moon había recuperado el aplomo. Aceptó un cigarrillo y me sometió a un severo interrogatorio sobre los “recursos económicos de

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nuestro partido revolucionario”. Sus preguntas eran muy lúcidas; le dije (con verdad) que la situación era grave. Hondas descargas de fusilería conmovieron el Sur. Le dije a Moon que nos esperaban los compañeros. Mi sobretodo y mi revólver estaban en mi pieza; cuando volví, encontré a Moon tendido en el sofá, con los ojos cerrados. Conjeturó que tenía fiebre; invocó un doloroso espasmo en el hombro.

Entonces comprendí que su cobardía era irreparable. Le rogué torpemente que se cuidara y me despedí. Me abochornaba ese hombre con miedo, como si yo fuera el cobarde, no Vincent Moon. Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres. Por eso no es injusto que una desobediencia en un jardín contamine al género humano; por eso río es injusto que la crucifixión de un solo judío baste para salvarlo.

Acaso Schopenhauer tiene razón: yo soy los otros, cualquier hombre es todos los hombres, Shakespeare es de algún modo el miserable John Vincent Moon.

Nueve días pasamos en la enorme casa del general. De las agonías y luces de la guerra no diré nada: mi propósito es referir la historia de esta cicatriz que me afrenta. Esos nueve días, en mi recuerdo, forman un solo día, salvo el penúltimo, cuando los nuestros irrumpieron en un cuartel y pudimos vengar exactamente a los dieciséis camaradas que fueron ametrallados en Elphin. Yo me escurría de la casa hacia el alba, en la confusión del crepúsculo. Al anochecer estaba de vuelta. Mi compañero me esperaba en el primer piso: la herida no le permitía descender a la planta baja.

Lo rememoro con algún libro de estrategia en la mano: E N. Maude o Clausewitz. “El arma que prefiero es la artillería”, me confesó una noche.

Inquiría nuestros planes; le gustaba censurarlos o reformarlos. También solía denunciar “nuestra deplorable base económica’, profetizaba, dogmático y sombrío, el ruinoso fin. C’est une affaire flambée murmuraba. Para mostrar que le era indiferente ser un cobarde físico, magnificaba su soberbia mental. Así pasaron, bien o mal, nueve días.

El décimo la ciudad cayó definitivamente en poder de los Black and Tans. Altos jinetes silenciosos patrullaban las rutas; había cenizas y humo en el viento; en una esquina vi tirado un cadáver, menos tenaz en mi recuerdo que un maniquí en el cual los soldados interminablemente ejercitaban la puntería, en mitad de la plaza… Yo había salido cuando el amanecer estaba en el cielo; antes del mediodía volví. Moon, en la biblioteca, hablaba con alguien; el tono de la voz me hizo comprender que hablaba por teléfono. Después oí mi nombre; después que yo regresaría a las siete, después la indicación de que me arrestaran cuando yo atravesara el jardín. Mi razonable amigo estaba razonablemente vendiéndome. Le oí exigir unas garantías de seguridad personal.

Aquí mi historia se confunde y se pierde. Sé que perseguí al delator a través de negros corredores de pesadilla y de hondas escaleras de vértigo.

Moon conocía la casa muy bien, harto mejor que yo. Una o dos veces lo perdí. Lo acorralé antes de que los soldados me detuvieran. De una de las panoplias del general arranqué un alfanje; con esa media luna de acero le rubriqué en la cara, para siempre, una media luna de sangre. Borges:

a usted que es un desconocido, le he hecho esta confesión. No me duele tanto su menosprecio”.

Aquí el narrador se detuvo. Noté que le temblaban las manos.

—¿Y Moon? —le interrogué.

—Cobró los dineros de Judas y huyó al Brasil. Esa tarde, en la plaza, vio fusilar un maniquí por unos borrachos.

Aguardé en vano la continuación de la historia. Al fin le dije que prosiguiera.

Entonces un gemido lo atravesó; entonces me mostró con débil dulzura la corva cicatriz blanquecina.

—¿Usted no me cree? —balbuceó—. ¿No ve que llevo escrita en la cara la marca de mi infamia? Le he narrado la historia de este modo para que usted la oyera hasta el fin. Yo he denunciado al hombre que me amparó: yo soy Vincent Moon. Ahora desprécieme.

Borges de la A a la Z.

Jorge Luis Borges no fue un poeta maldito, pero –al igual que Rimbaud y Baudelaire- ejerció el terrorismo estético e intelectual. No lo hizo de forma inconsciente, sino deliberada y perversamente. Con falsa modestia, afirmó: “Me sé del todo indigno de opinar en materia política, pero tal vez me sea perdonado añadir que descreo de la democracia, ese curioso abuso de la estadística”. Escéptico en materia religiosa, describió a Dios como “la máxima creación de la literatura fantástica”. Anglófilo imperturbable, nunca ocultó su escasa simpatía por la literatura española. Sus juicios son escandalosamente inmisericordes: el estilo de Cervantes es reiterativo, prosaico y “deficiente”; Baltasar Gracián se limita a enhebrar

“lastimosos retruécanos”; la prosa de Pío Baroja sólo puede admirarse, si se compara con la de Ricardo León o los tristes imitadores de Cervantes; Antonio Machado describe Castilla con la trivialidad de un turista; la poesía de García Lorca es puramente “decorativa”. Estas diatribas no le impidieron elogiar a Garcilaso, fray Luis de León, san Juan de la Cruz, Quevedo y Jorge Guillén.

Borges no odiaba. Aborrecía con desdén y elegancia. Fue uno de los escasos intelectuales que condenó la Revolución cubana desde sus inicios.

Conservador sin complejos, no perdió el humor cuando un alumno le amenazó con cortar la luz del aula en mitad de una clase por negarse a tolerar un homenaje al Che: “Adelante. He tomado la precaución de ser ciego, esperando este momento”. Borges amaba el ajedrez, detestaba el fútbol, no comprendía el nacionalismo, desconfiaba del catolicismo –“un conjunto de imaginaciones hebreas supeditadas a Platón y Aristóteles”- y había aprendido a resignarse ante el fatal hecho de ser Borges. Cuando conoció la fama, pensó que tal vez sólo era una “alucinación colectiva”, una ilusión que a duras penas soportaría el contraste con la realidad. Concebía el paraíso con forma de biblioteca y nada le proporcionaba tanta felicidad como sentir “la gravitación silenciosa” de los libros. La realidad le parecía mucho menos interesante que el saludable y mágico hábito de leer: “¿Me será permitido repetir que la biblioteca de mi padre ha sido el hecho capital de mi vida? La verdad es que nunca he salido de ella, como no salió nunca de la suya Alonso Quijano” . El aprecio por la biblioteca heredada de su padre y, más tarde, ampliada por su incorregible y autocomplaciente bibliofilia, le exigió desterrar sus propios libros de las estanterías donde había colocado a los clásicos: “¡Cómo voy a codearme yo con Conrad o con Platón! Sería ridículo”. Cuando su amiga Alicia Jurado escribió un ensayo sobre su obra y le animó a leerlo, le agradeció su esfuerzo, pero declinó la sugerencia, alegando que el tema central le resultaba desagradable. Le admiraba causar sorpresa por no llevar un bastón blanco, pues su ceguera le impedía apreciar colores. No le parecía lógico adoptar una convención que no obedecía a sus preferencias personales.

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No se consideraba desdichado por haber perdido la visión. La ceguera se parece a la vejez, donde vivir es recordar o, mejor aún, imaginar. En la oscuridad, todo se aleja y difumina, adquiriendo una resonancia nostálgica que incita a la melancolía.

Borges aborrecía, pero también amaba. Prefería el breve ensueño de un cuento al fatigoso simulacro de la novela , que emplea toda clase de recursos y artificios para duplicar el mundo real. Admiraba a Rubén Darío, que “renovó la métrica, las metáforas y lo que es harto más importante, la sensibilidad; cuanto se ha hecho después, de este o del otro lado del Atlántico, procede de esa vasta libertad que fue el modernismo”.

Celebraba el genio de Rafael Cansinos Assens, “un maestro oral” que saludaba a las estrellas en diecisiete idiomas clásicos y modernos. Pensaba que la Divina Comedia era “la cumbre de toda la literatura”. Admitía que su género literario favorito era la enciclopedia, pues ningún relato policial podía igualar sus dosis de intriga y misterio. Su orden alfabético nos depara una sorpresa tras otra. Nadie podría anticipar lo que leerá en la siguiente página, pues la mera sucesión de palabras produce arbitrarios contrastes y felices proximidades. Borges nunca escatimó palabras de elogio a la figura del gaucho. Su tarea, valerosa y ardua, consistió en “debelar el duro desierto, imponer su divisa en las patriadas, pelear –gaucho matrero o gaucho montonero- con la inconcebible ciudad”. El gaucho encarna el espíritu trágico de la épica , un género que se halla en los orígenes de la literatura y que en nuestros días ha sido salvado “de manera extraña” por el western: “Hollywood ha tenido el mérito de crear esa mitología del caballero solitario, del vaquero de las grandes explanadas”.

Borges nunca se atribuyó la clarividencia del hombre vanidoso que cree estar en posesión de la verdad. Solía repetir que era “rico en

perplejidades”, no en certezas: “No estoy seguro de nada, no sé nada. Ni siquiera sé la fecha de mi muerte…” . Entre sus escasas certidumbres, incluía la convicción de que el único tema de la literatura es el hombre en sus distintas facetas. Conrad ambienta sus novelas y cuentos en los siete mares. Proust recluye a sus personajes en salones, hoteles y palacetes. La diferencia de escenarios no afecta a lo esencial: explorar la naturaleza humana, escarbar en su intimidad, conocer sus pasiones. Borges nunca deseó vivir eternamente. Sólo aceptaría la inmortalidad “a condición de olvidar todas las circunstancias de esta vida, incluso el nombre”. Siempre se mostró escéptico sobre el destino de su obra, una miscelánea que había explotado el poder metafórico de ciertas imágenes o vivencias, como el libro, el laberinto, el espejo, el tigre, la espada, la brújula, las ruinas circulares, los sueños. Su fervor por ciertos autores completó su orbe literario, un territorio donde cada página remite a otra página previa y prefigura una futura que no cesa de escribirse. Describió a Quevedo como “un sentidor del mundo, […] una realidad más”. En las “aventuras verbales” que emprendió, bulle el alma española, “cuyo latido de vivir es tan fuerte que sobresale del rumor numeroso de las otras naciones”.

Alabó a Paul Valéry por cultivar “las secretas aventuras del orden” en un tiempo que venera el caos, la desmesura y la estridencia. Destacó el encanto y la “invulnerable inocencia” de Oscar Wilde. Advirtió que Chesterton nadaba en las mismas aguas que Poe y Kafka: “algo en el barro de su yo propendía a la pesadilla, algo secreto, y ciego y central”. Confesó que las populares novelas de H. G. Wells fueron los primeros libros que leyó y especuló que tal vez serían los últimos. Aventuró que Kafka creó a sus precursores y apuntó que la obra de Bernard Shaw “deja un sabor de liberación”. Podríamos añadir otros nombres entre los autores que concitaron su admiración y gratitud: Walt Whitman, Stevenson, Paul Grossac, Leopoldo Lugones, Poe, Melville, Kipling.

Borges es demasiado refinado para encajar en la categoría de energúmeno. Su terrorismo intelectual es simple fuego de artificio, inofensiva y colorida pirotecnia. A pesar de sus ironías sobre la democracia, reconoció que siempre era preferible a una dictadura, con su cortejo de opresión, servilismo, crueldad y abominable estupidez. En 1939, afirmó que la victoria de la Alemania nazi “sería la ruina y el envilecimiento del orbe”.

Borges era conservador, no reaccionario . Sus juicios literarios reflejan la insatisfacción de un creador que hizo sus primeras piruetas en la rigurosa poética del ultraísmo, donde se proscriben los adjetivos inútiles, las confesiones íntimas y el sentimentalismo. Ferozmente individualista, Borges inventó su propia poética, abandonando la disciplina de las escuelas literarias. Su visión del hecho estético sólo podía ser estrictamente personal y, por lo tanto, intempestiva. Se atrevió a decir lo que pensaba, pero también matizó sus juicios. La prosa de Cervantes siempre le pareció pedestre, pero admitió su eficacia para conmovernos y sorprendernos con las peripecias de Alonso Quijano, cuya humanidad introduce una asombrosa novedad en la historia de la literatura: “Antes de Don Quijote, los héroes creados por el arte eran personajes propuestos a la piedad o la admiración de los hombres: Don Quijote es el primero que merece y que gana su amistad”. He de admitir que yo siempre he experimentado algo semejante con Borges. En su obra, no hay un personaje excepcional e inolvidable, un Don Quijote o un Hamlet. Lo extraordinario es el propio autor. Umberto Eco lo advirtió y le convirtió en uno de los personajes principales de El nombre de la rosa .

Detrás de la ironía y el aire distinguido de Borges, había un hombre tímido y, según sus propias palabras, “desagradablemente sentimental”. En lo biográfico, Borges no es Rimbaud ni Baudelaire. Su peripecia vital carece de excesos. Sus desafueros sólo son verbales y delatan una ardiente pasión por la literatura, capaz de hacer saltar chispas cuando se topa con una frase grandilocuente, un epíteto previsible o un dogma intolerante.

“Fino, ecuánime, sonriente”, por utilizar palabras de Cansinos-Assens, cometió ciertas ingenuidades en el terreno de la política. Declaró que prefería la espada a la “furtiva dinamita”. Apoyó las dictaduras que combatían el comunismo, pero rectificó cuando conoció los crímenes cometidos bajo los gobiernos de Pinochet y Videla.

Borges era una anarquista existencial, un espíritu civilizado que condenó el nacionalismo, el racismo y el caudillismo, un agnóstico escrupuloso, un conversador exquisito y un maestro que no deseaba crear escuela. Vivió y murió en la biblioteca de su padre, felizmente extraviado en el infinito de los libros. Algunos pensamos que sigue allí, agazapado en una fecunda oscuridad, con la flor de Coleridge en la mano, preguntándose si la recogió en un sueño o en un jardín de Buenos Aires.

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