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Textos bíblicos de la vida consagrada

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Academic year: 2022

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La Iglesia está viviendo momentos de fuerte ali- ciente espiritual, y la escucha de la Palabra de Dios en la comunidad cristiana es un lugar privilegiado donde se manifiesta el Espíritu de Dios. La formación espiritual converge hoy hacia una realidad: conocer, amar y atestiguar a Cristo, porque el cristianismo es la experiencia de una persona viva: de Alguien que quiere entrar en diálogo con el hombre. Y las fuentes vivas para la formación espiritual son la Biblia, la liturgia y los escritos de los Padres antiguos y moder- nos. El Espíritu hace viva aquí la Palabra, y ésta se vuelve inteligible y siempre nueva en el interior de la Tradición y de la fe de la Iglesia (cf. DV 12).

La colección Lectio divina para todos los días del año había sugerido un itinerario de lectio que seguía los textos del leccionario ferial y festivo. Esta segunda serie, que lleva por título Lectio divina para la vida diaria, pretende sugerir un itinerario de lectio a partir de los textos más leídos y orados por la comunidad cristiana y por la tradición viva de la Iglesia.

Éstas páginas, que siguen el mismo método de la lectio divina, también han sido enriquecidas con frag- mentos antológicos tomados de los grandes comenta- rios que nos han transmitido los Padres de la Iglesia y los maestros de la vida espiritual.

El lector tiene en sus manos un nuevo instrumento que le ayudará a alcanzar una familiaridad orante con la Palabra de Dios, siguiendo un método bien probado y apreciado, y con la colaboración de autores de dife- rentes sensibilidades y competencias. El compromiso común es converger todos juntos hacia una espiritua- lidad bíblica, tanto personal como comunitaria, que ilumine la vida cristiana hoy.

9 7 8 8 4 8 1 6 9 4 3 8 3 ISBN 84-8169-438-X

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LECTIO DIVINA T extos bíblicos de la vida consagrada

LECTIO DIVINA

para la vida diaria

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Textos bíblicos de la

vida consagrada

verbo divino

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Lectio divina para la vida diaria

2

edición preparada por

GIORGIOZEVINIy PIERGIORDANOCABRA

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La colección Lectio divina para la vida diaria pretende sugerir un itinerario de lectio a partir de los textos más leídos y orados por la comunidad cristiana y por la Tradición viva de la Iglesia.

Estas páginas, que siguen el mismo método de la lectio divina, también han sido enriquecidas con fragmentos antológicos tomados de los grandes comentarios que los Padres de la Iglesia y los maestros de la vida espiritual nos han transmitido.

El lector tiene en sus manos un nuevo instrumento que le ayudará a alcanzar una familiaridad orante con la Palabra de Dios, siguiendo un método bien probado y apreciado, y con la colaboración de autores de diferentes dotes y sensibilidades. El compromiso común es converger todos juntos hacia una espiritualidad bíblica, tanto personal como comunitaria, que ilumine la vida cristiana hoy.

Lectio divina para la vida diaria

Plan de la obra - Primeros títulos

1. Los relatos de la Pasión

2. Los textos bíblicos de la vida consagrada

3. Lectio divina sobre los Salmos de laudes y vísperas 4. Lectio divina sobre el leccionario mariano

5. Lectio divina sobre el evangelio de Mateo 6. Lectio divina sobre el evangelio de Marco 7. Lectio divina sobre el evangelio de Lucas 8. Lectio divina sobre el evangelio de Juan 9. Lectio divina sobre el libro del Éxodo

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GIORGIOZEVINI y PIERGIORDANO CABRA (eds.)

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Los textos bíblicos de la vida consagrada

LECTIO DIVINA

PARA LA VIDA DIARIA

TRADUCCIÓN:

MIGUEL MONTES

editorial verbo divino

Avda. Pamplona, 41 31200 Estella (Navarra)

2005

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El editor agradece la amable concesión de los derechos de los textos reproducidos y permanece a disposición de los propietarios de dere- chos que no ha conseguido localizar.

Siempre que ha sido posible, el texto bíblico se ha tomado de La Biblia de La Casa de la Biblia.

© 2003 by Editrice Queriniana, Brescia - © Editorial Verbo Divino, 2005 - Es propiedad - Printed in Spain - Impresión: GraphyCems, Villatuerta (Navarra) - Depósito legal: NA. 2.701-2005

ISBN 84-8169-438-X Editorial Verbo Divino Avenida de Pamplona, 41 31200 Estella (Navarra), España Teléfono: 948 55 65 11

Fax: 948 55 45 06

Internet: www.verbodivino.es E-mail: [email protected]

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Introducción ... 5 Las tentaciones de Jesús en el desierto

(Mt 4,1-11) ... 13 La buena nueva de las bienaventuranzas

(Mt 5,1-12) ... 21 Las exigencias de la vocación apostólica

(Mt 8,19ss) ... 29

«Y se transfiguró ante ellos»

(Mt 17,1-9) ... 37 Su presencia en medio de nosotros

(Mt 18,20)... 45 El celibato por el Reino de los Cielos

(Mt 19,10-12) ... 51

«Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido»

(Mt 19,16-19) ... 57 El peligro del fariseísmo

(Mt 23,1-12) ... 65 La caridad como forma de la vigilancia

evangélica

(Mt 25,31-46) ... 73

Índice

(7)

La llamada a un seguimiento especial

(Mc 1,16-20) ... 81 Designó a doce para que lo acompañaran

(Mc 3,13-15) ... 89 Los unos al servicio de los otros, en la caridad

(Mc 10,42-45) ... 95 Una familia reunida en torno a la eucaristía

(Mc 14,12-25) ... 101 El anuncio y el «sí» que cambiaron la historia

(Lc 1,26-38) ... 107

¿No sabíais que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?

(Lc 2,40-52) ... 113 El Espíritu Santo, nuestro compañero de viaje

(Lc 3,21ss) ... 121 Libertad de espíritu para la evangelización

(Lc 4,16-30) ... 127 A los pies del Maestro

(Lc 10,38-42) ... 135

«Jesús, acuérdate de mí»

(Lc 23,33.38-43) ... 141 Comunión de corazones, comunión de bienes

(Hch 4,32-37) ... 149 El seguimiento de los discípulos, llamados

a dejarlo todo

(Jn 1,35-51) ... 155 Jesús y el alimento de la voluntad del Padre

(Jn 4,31-34) ... 163 La misión de Jesús es cumplir la voluntad

del Padre

(Jn 6,37-40) ... 171

Índice

308

(8)

La unción de Betania y el derroche del amor

(Jn 12,1-8) ... 177 El lavatorio de los pies: una vida según la

lógica del servicio

(Jn 13,1-5) ... 183 Permanecer unidos, amándonos como él

nos ha amado

(Jn 15,9-17) ... 191 Jesús ora por la custodia de los discípulos

(Jn 17,11b-26) ... 199 La maternidad espiritual de María

(Jn 19,25-27) ... 207 La carrera de Pedro y Juan al sepulcro vacío

(Jn 20,1-10) ... 215 Liberados por el Espíritu de Dios, nos

atrevemos a decir: «¡Padre!»

(Rom 8,14-17) ... 223 El consejo de Pablo: «Preocupaos de las cosas

del Señor»

(1 Cor 7,25-35) ... 231 Los dones del Espíritu, una riqueza al servicio

de la comunidad

(1 Cor 12–14, passim)... 239 Que por encima de todo esté la caridad

(1 Cor 13) ... 247 Espíritu y libertad

(Gal 5,16-26) ... 255 El amor de Cristo que sobrepasa todo

conocimiento

(Ef 3,14-21) ... 263

Índice 309

(9)

La kenosis del Hijo, modelo de obediencia al Padre

(Flp 2,5-8)... 271 Perderlo todo, para ganar a Cristo y

configurarse con él

(Flp 3,7-11)... 277

«Aquí vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad»

(Heb 10,5-10) ... 283 Llamados de las tinieblas a su luz admirable

(1 Pe 2,9ss) ... 289 Redimidos de entre los hombres como primicias, cantamos un cántico nuevo

(Ap 14,1-4)... 297

Índice

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Introducción

1. Cuando la exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata pretende trazar los fundamentos de la espi- ritualidad de la vida consagrada, pone como piedra angular la Palabra de Dios: «La Palabra de Dios es la primera fuente de toda espiritualidad cristiana. Ella alimenta una relación personal con el Dios vivo y con su voluntad salvífica y santificadora. Por este motivo, la lectio divina ha sido tenida en la más alta estima des- de el nacimiento de los institutos de vida consagrada, y de manera particular en el monacato. Gracias a ella, la Palabra de Dios llega a la vida, sobre la cual proyecta la luz de la sabiduría que es don del Espíritu» (Vita con- secrata 94a).

La historia de la vida consagrada muestra que, en sus mejores momentos y en sus representantes más auténticos, la Palabra de Dios ha sido, verdaderamente, el primero y, en ocasiones, incluso el único alimento de la vida espiritual: el monje se dejaba modelar por la Pa- labra hasta convertirse en una «biblioteca viviente» de la Palabra, hasta extraer de su bibliotheca cordis conti- nuas referencias e indicaciones para la vida. La Palabra no sólo está en su casa en la vida religiosa, sino que en ella ha nacido y se ha perfeccionado la lectio divina, un método de meditación que traslada la Palabra a la vida y hace que ésta quede iluminada por la sabiduría divina.

El elogio de la lectio no podía ser más elevado y evan- gélico: con la lectio la Palabra se hace vida, se encarna en la vida, es un reflejo de la Sabiduría eterna. La lectio

«permite encontrar en el texto bíblico la Palabra viva que interpela, orienta y modela la existencia» (Novo Mi- llennium Ineunte 39) y vuelve a ser empleada en el ca- mino espiritual de las comunidades religiosas.

(11)

2. La misma exhortación nos proporciona asimismo algunas indicaciones prácticas para el acercamiento a la Palabra de Dios en la vida consagrada.

En primer lugar, nos dice qué textos deben ser utili- zados de manera preferente: «Aun cuando toda la Sa- grada Escritura sea “útil para enseñar” (2 Tim 3,16) y

“fuente límpida y perenne de vida espiritual”, una parti- cular veneración merecen los escritos del Nuevo Testa- mento, sobre todo los evangelios, que son “el corazón de todas las Escrituras”. Será, pues, de gran ayuda para las personas consagradas la meditación asidua de los textos evangélicos y de los demás escritos neotestamen- tarios, que ilustran las palabras y los ejemplos de Cristo y de la Virgen María, y la apostolica vivendi forma. A ellos se han referido constantemente fundadores y fun- dadoras a la hora de acoger la vocación y de discernir el carisma y la misión del propio Instituto» (VC 94b).

El Concilio Vaticano II había señalado ya con el retor- no al Evangelio el gran principio de la renovación de la vida religiosa (cf. Perfectae caritatis 2), por el que la Palabra de Dios sigue siendo el alimento para la ora- ción, la meditación y el trabajo diario, así como prin- cipio de unidad de la comunidad tanto en el ámbito del crecimiento espiritual como en el de la misión apostólica.

El presente volumen pretende ante todo responder a esta primera indicación: hemos recogido y comentado en él, en efecto, los textos bíblicos que, tradicionalmen- te, han sido considerados en la base de la vida consa- grada. Detrás de cada uno de ellos se podrían ver los rostros de fundadores y fundadoras, de hombres y mu- jeres de Dios que han dejado una amplia huella en la vida de la Iglesia y de la santidad. Y eso sin contar su impacto humanizador en la sociedad. Al comienzo de todo itinerario de santidad, al comienzo de todo pro- yecto carismático, como es el caso de un instituto de vida consagrada, existe una Palabra de Dios que ha

Introducción

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«traspasado» el corazón de una o más personas, dando origen a cosas grandes y a menudo inéditas.

En las páginas que siguen ofrecemos a la meditación orante de aquellos que hoy también buscan al Señor y sus caminos los principales textos de esta Palabra de Dios. Retomar estos textos significa, pues, volver a los fundamentos más seguros de la vida consagrada, signi- fica anclar firmemente nuestra propia existencia en la roca que no teme ni los vientos, ni las inundaciones, ni las sacudidas que proceden de la dureza de los tiempos y de la hostilidad del mundo. La vida consagrada se mantiene si se refiere de una manera firme y constante a la Palabra de Dios y con su adhesión a Cristo, Palabra eficaz del Dios vivo y verdadero; no hay otras motiva- ciones que puedan justificar de otro modo, hoy más que ayer, una opción por la vida consagrada. Retomar de vez en cuando estos textos bíblicos, meditándolos a la luz de la herencia espiritual de las pasadas generaciones y de nuestra propia experiencia, significa volver a dar una seguridad interior y una frescura primaveral a la propia consagración.

3. En segundo lugar, el mismo documento pontificio afirma: «La meditación comunitaria de la Biblia tiene un gran valor. Hecha según las posibilidades y las circuns- tancias de la vida de comunidad, lleva al gozo de com- partir la riqueza descubierta en la Palabra de Dios, gra- cias a la cual los hermanos y las hermanas crecen juntos y se ayudan a progresar en la vida espiritual» (VC 94c).

Los fragmentos seleccionados ayudan también al creci- miento de la vida fraterna en comunidad. El compartir la Palabra común sirve de apoyo para orientar las energías de todos hacia la paciente construcción de una familia única, en la que nos sintamos hermanos y hermanas.

Por encima de cualquier otra ayuda humana, sea del tipo que sea, la Palabra de Dios, compartida, contribu- ye a crear unidad, dado que es portadora del Espíritu,

Los textos bíblicos de la vida consagrada 7

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que distribuye los diferentes dones destinados a la cons- trucción del único cuerpo de Cristo. Una comunidad que tenga una familiaridad orante con la Escritura, espe- cialmente con los textos más estimados por la tradición de la vida consagrada, no puede dejar de crecer en el amor por la unidad y en la tensión hacia la fraternidad.

La experiencia de estos años nos enseña que la renova- ción de muchas comunidades ha pasado por la práctica fiel de una lectio compartida y participada.

Toda comunidad religiosa que esté en contacto con la Palabra de Dios reproduce la experiencia de la comuni- dad de Jerusalén en la acogida del Espíritu Santo y en el discernimiento de los acontecimientos de la vida. En efecto, es la Palabra misma, con su fuerza dinámica, la que invita a la comunidad religiosa a leer los signos de los tiempos en la historia personal y eclesial, a acoger la invitación de Dios y las necesidades de los hermanos y de las hermanas, a proceder a una comprobación de su propia realidad carismática y apostólica, sacando a la luz recursos y debilidades, aperturas y resistencias, ri- quezas y límites. A través de la Palabra, la comunidad aprende a descubrir de una manera gradual los princi- pales desafíos de nuestro tiempo y a hacerles frente con confianza y fuerza de ánimo.

4. En tercer lugar, añadía Juan Pablo II: «Como ense- ña la tradición espiritual, de la meditación de la Palabra de Dios, y de los misterios de Cristo en particular, nace la intensidad de la contemplación y el ardor de la acti- vidad apostólica. Tanto en la vida religiosa contempla- tiva como en la activa, siempre han sido los hombres y mujeres de oración quienes, como auténticos intérpre- tes y ejecutores de la voluntad de Dios, han realizado grandes obras» (VC 94d). En un momento de incerti- dumbre y casi de parálisis, como en ocasiones parece ser el nuestro, el impulso innovador, la dimensión in- ventiva de los comienzos, la capacidad de adaptación y de creatividad sólo pueden nacer del contacto constan-

Introducción

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te con las Escrituras. La vida consagrada –como toda la Iglesia, por lo demás– se ha dirigido siempre en los momentos de grandes crisis, y por consiguiente en mo- mentos cruciales y comprometedores, a la Palabra de Dios, que es capaz de renovar las energías y volver a dar un nuevo coraje para la misión.

El libro de los Hechos de los apóstoles nos muestra que la Palabra seguía su carrera y que la misión brota de la docilidad a esta Palabra, la cual, en un clima co- munitario de oración, transmite la fuerza necesaria para dar un testimonio exento de timidez, caracterizado por la parresia, por la libertad, por la ausencia de temo- res frente al superpoder de un mundo seductor y seguro de sí. Afirmaba Juan Pablo II: «Alimentarnos de la Pa- labra para ser “servidores de la Palabra” en el compro- miso de la evangelización es indudablemente una prio- ridad para la Iglesia al comienzo del nuevo milenio. Ha pasado ya, incluso en los países de antigua evangeliza- ción, la situación de una “sociedad cristiana”, la cual, aún con las múltiples debilidades humanas, se basaba explícitamente en los valores evangélicos. Hoy se ha de afrontar con valentía una situación que cada vez es más variada y comprometida, en el contexto de la globaliza- ción y de la nueva y cambiante situación de pueblos y culturas que la caracteriza [...]. Hace falta reavivar en nosotros el impulso de los orígenes, dejándonos im- pregnar por el ardor de la predicación apostólica des- pués de Pentecostés» (NMI 40).

5. En cuarto lugar, la exhortación apostólica subraya el fruto del discernimiento. «Del contacto asiduo con la Palabra de Dios han obtenido la luz necesaria para el discernimiento personal y comunitario que les ha servi- do para buscar los caminos del Señor en los signos de los tiempos. Han adquirido así una especie de instinto sobrenatural que ha hecho posible que, en vez de doble- garse a la mentalidad del mundo, hayan renovado la propia mente, para poder discernir la voluntad de

Los textos bíblicos de la vida consagrada 9

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Dios, aquello que es bueno, lo que le agrada, lo perfec- to (cf. Rom 12,2)» (VC 94e). Los grandes espíritus de la historia de la Iglesia, sobre todo los que han madurado en y por la vida consagrada, no sólo han extraído ener- gía y valor de la Palabra de Dios, sino que han adquiri- do una capacidad particular para descubrir nuevos iti- nerarios, para sugerir nuevos caminos, es decir, para llevar a cabo un discernimiento entre las muchas op- ciones posibles, gracias a la adquisición de una especie de instinto sobrenatural.

El contacto perseverante con la Palabra, al conectar el modo de pensar de Dios –los mores Dei–, las constan- tes de su acción, su corazón, su juicio, sobre las reali- dades y sobre los hombres, nos permite la acumulación de una inmensa riqueza que invade a la pobre criatura humana, la cual, poco a poco, siente brotar en su inte- rior algo así como un instinto divino que la orienta en medio de los confusos acontecimientos humanos. De este modo, puede colaborar con la historia de la salva- ción, esto es, con la historia que Dios va tejiendo con los hombres. Dice así la instrucción Caminar desde Cristo:

«El Espíritu Santo ha iluminado con luz nueva la Pala- bra de Dios a los fundadores y fundadoras. De ella ha brotado cada carisma y de ella quiere ser expresión cada regla. En línea de continuidad con los fundadores y fundadoras, sus discípulos también hoy están llama- dos a acoger y guardar en el corazón la Palabra de Dios, para que siga siendo lámpara para sus pasos y luz en su sendero (cf. Sal 118,105). Entonces el Espíritu Santo podrá guiarlos a la verdad plena (cf. Jn 16,13)» (n. 24).

6. La lectio divina de los textos de la presente obra no puede dejar de dar un espacio preferente al momento de la contemplatio: «Debemos confesar que todos tenemos necesidad de este silencio cargado de presencia adora- da [...]. Todos, tanto creyentes como no creyentes, nece- sitan aprender un silencio que permita al Otro hablar, cuando quiera y como quiera, y a nosotros comprender

Introducción

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esa palabra» (cf. VC 38a). Y esto para ir al corazón de la vida consagrada, para volver a descubrir su rostro escondido, para dar a la acción un alma diferente. La teología tiene necesidad del silencio de la adoración ante la infinita trascendencia de Dios «para poder valorar plenamente su propia alma sapiencial y espiritual; la oración, para que no se olvide nunca de que ver a Dios significa bajar del monte con un rostro tan radiante que obligue a cubrirlo con un velo (cf. Ex 34,33) [...]; el com- promiso, para renunciar a encerrarse en una lucha sin amor y perdón» (VC 38b).

La contemplación, como resultado de la lectio divina, es la actitud de quien se sumerge en los acontecimientos para descubrir y saborear en ellos la presencia activa y creadora de la Palabra de Dios y, además, se compromete con el proceso de transformación que la Palabra está pro- vocando en el interior de la historia humana. La contem- plación realiza y pone en práctica la Palabra producien- do una sabrosa experiencia de ella, que anticipa la alegría que «Dios prepara a los que le aman» (1 Cor 2,9).

Deseamos al lector y a la lectora de este volumen una experiencia viva y vivificante de las palabras de Dios fundadoras de un camino de especial seguimiento de Cristo, a la luz y consolación del Espíritu Santo, para gloria de Dios Padre.

Pier Giordano Cabra

Los textos bíblicos de la vida consagrada 11

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En aquel tiempo, el Espíritu llevó a Jesús al desierto, para que el diablo lo pusiera a prueba. 2Después de ayunar cua- renta días y cuarenta noches, sintió hambre. 3El tentador se acercó entonces y le dijo:

–Si eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se convier- tan en panes.

4 Jesús le respondió:

–Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

5Después el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo 6y le dijo:

–Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Dará órdenes a sus ángeles para que te lleven en brazos, de modo que tu pie no tropiece en piedra alguna.

7Jesús le dijo:

–También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios.

8 De nuevo lo llevó consigo el diablo a un monte muy alto, le mostró todos los reinos del mundo con su gloria 9y le dijo:

–Todo esto te daré si te postras y me adoras.

10Entonces Jesús le dijo:

–Márchate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y sólo a él le darás culto.

11Entonces el diablo se alejó de él, y unos ángeles se acer- caron y le servían.

Las tentaciones de Jesús en el desierto

(Mt 4,1-11)

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LECTIO

Ya había sido consagrado de manera solemne por el Padre, en el Jordán (cf. 3,16ss), cuando «el Espíritu lle- vó a Jesús al desierto», última etapa de su preparación para el ministerio de su vida pública. Los cuarenta días de desierto fueron, en efecto, una etapa de intenso retiro, en la que el Apóstol-Hijo nos brindó una prueba para- digmática de su firme determinación de no alejarse lo más mínimo de la trayectoria apostólica que le había sido trazada por el Padre. Jesús se revela en el desierto como el modelo supremo de consagración y de fidelidad al Padre, como el ser obediente por excelencia.

Jesús rechaza las tres tentaciones diabólicas emplean- do tres pasajes de la sabiduría del libro del Deuteronomio (cf. Dt 8,3; 6,16; 6,13). Existe una clara contraposición entre la actitud de Jesús en sus cuarenta días de desier- to y el comportamiento de los israelitas en los cuarenta años que pasaron en el mismo lugar. Jesús, superando perfectamente todo tipo de tentación, se transforma en el israelita auténtico, que anula la desobediencia del Israel rebelde y reconstruye en positivo la historia del Israel de Dios. Jesús es asimismo el nuevo Adán que, siempre obediente al Padre, redime el pecado del viejo Adán y abre un camino de luz para toda la humanidad (cf. Rom 5,19).

En la etapa del desierto, como durante toda su vida y también en la cruz, Jesús permaneció fiel a su progra- ma: vivir de toda palabra que sale de la boca del Padre (cf. Mt 4,4; Jn 4,34).

MEDITATIO

Muchas son las cosas que suscitan o bien perplejidad o bien admiración en el episodio mateano de las tenta-

Las tentaciones de Jesús en el desierto

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ciones de Jesús en el desierto. En primer lugar, el hecho de que este momento difícil de la vida de Jesús tenga lu- gar tras una jornada estelar, llena de fascinación, como es la del bautismo, con la manifestación de la voz del Padre y la bajada del Espíritu. A continuación, que sea el mismo Espíritu el que conduzca a Jesús al desierto (cf. Mt 4,1) como ejecutor cómplice de la voluntad del Padre que introduce al Hijo en la tentación y en la lucha contra el diablo.

También es verdad que la estancia de Jesús en el de- sierto, que en la Escritura es siempre el lugar de la prue- ba, es aún una preparación para su predicación y mani- festación como mesías y profeta y, en consecuencia, es un volver a partir desde una de las categorías fundamen- tales de la vida del pueblo de Dios –el desierto como lu- gar de la escucha, de la oración, de la alianza, pero tam- bién de la prueba–. Ahora bien, el hecho de ser tentado por el diablo nos traslada a otro comienzo todavía más remoto, el de la prueba a la que la serpiente sometió a nuestros padres en el paraíso terrenal. Allí venció el separador con sus insidias. Aquí es derrotado por la hu- milde y confiada actitud de obediencia a la Palabra y al Padre demostrada por el nuevo Adán.

Los tres tipos de tentación con los que el diablo puso a prueba a Jesús son tan radicales que evocan los senti- mientos fundadores de la búsqueda del hombre herido en la realización de su propio egoísmo. Es como si el Evan- gelio, con un «psicoanálisis» anticipado, nos hiciera ver el lugar donde cada persona humana se juega su propio destino de felicidad engañosa o de obediencia al desig- nio divino. El tentador ofrece visiones, suscita deseos, desafía con promesas cautivadoras. Con la invitación a hacer un milagro para satisfacer el hambre se pone de relieve la esfera del placer, como si estuviera en manos del hombre disponer de la felicidad completa y total de los sentidos, con el placer y todo lo que éste evoca en el deseo de plena satisfacción. Con la sugerencia dia-

Mt 4,1-11 15

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bólica de manifestar el poder de Hijo de Dios no sometido a la voluntad del Padre se pone de relieve la esfera del poder, el ansia de protagonismo, la tentación

«prometeica» del poder más allá de la natural debilidad, que siempre anda al acecho. El deseo desmandado de poseer aparece descrito con la propuesta hecha por el diablo, que promete ilusoriamente tener el dominio sobre todo.

Jesús lo soporta y vence, con la Palabra de Dios, y nos enseña a soportar y vencer las tentaciones funda- mentales del hombre herido por el pecado. Tal vez por eso los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia aparecen insinuados en el Cristo que vence las tentaciones fundamentales del placer, del dominar y del poseer.

ORATIO

Jesús, tú que fuiste dócil a la acción del Espíritu que te llevó al desierto, concédenos estar dispuestos a padecer y a vencer la tentación, incluso después de los esplendores de los días repletos de tu presencia.

Jesús, tú que fuiste conducido al desierto para orar y ayunar, concédenos la capacidad de imitar tu vida en medio de la sobriedad en el alimento y en la vigilancia en la oración. Tú que vives de la Palabra del Padre y eres el pan de la vida, haz que vivamos siempre del alimen- to de tu Palabra y que seamos fortalecidos y saciados por el sobrio y dulce pan de la eucaristía, viático de nuestro camino de fidelidad. Tú que amaste al Padre por encima de todo, concédenos no ceder ante las li- sonjas de las riquezas, del deseo de poseer; haznos po- bres como tú, ricos sólo del amor del Padre.

Sacia, con el pan de la Palabra y de la eucaristía, to- dos nuestros deseos en una vida casta y generosa. Con-

Las tentaciones de Jesús en el desierto

16

(21)

cédenos, con tu presencia escondida, la capacidad de la perseverancia en el bien, de la perseverancia en la vida escondida y en la fidelidad. Concédenos, con tu humil- de majestad, el sabor de la verdadera libertad de los hi- jos de Dios.

CONTEMPLATIO

Cristo fue tentado realmente, sintió efectivamente la dificultad del camino que debía recorrer. Esa dificultad era, en primer lugar, natural: la continua superación de la carne desobediente y débil, que, en el estado actual, es contraria al Espíritu. Se enfrentaba, además, con la dificultad de tener que luchar contra todo un mundo hostil, con la limitación, el carácter pecaminoso y la maldad humanas, no aplacadas hasta que no las hubiera satisfecho su muerte en la cruz. Estaba, por último, la lucha contra el egocentrismo de un mundo alejado de Dios y que quiere vivir su vida, el reino de este mundo.

Al entrar –con el ser bajado de los cielos– en el domi- nio del ser mundano, admitió en su esencia humana la natural oscuridad y autonomía de este mundo, que con su libre y heroica empresa debía plegar a la voluntad de Dios, arrancándolas al príncipe de este mundo. Y esa condición elemental del mundo afloraba en la naturale- za humana de Cristo como una pregunta tentadora, que exigía necesariamente una respuesta decidida, dura y hasta autoritaria. Ignorar esa pregunta, como si no exis- tiera en absoluto, sería caer en una especie de visión fantasiosa y no real de Cristo y disminuir la obra del nuevo Adán [...].

El nuevo Adán fue tentado en el desierto, en soledad, lejos de los hombres, y fue sometido a prueba con su esencia humana, cuya obediencia al Espíritu estaba siendo sometida a la prueba de la oración y del ayuno.

Mt 4,1-11 17

(22)

Éste fue el triunfo preliminar del Espíritu sobre la carne, y no estuvo exento de lucha (S. N. Bulgakov, L’Agnello di Dio. Il mistero del Verbo incarnato, Roma 1990, pp. 367ss).

ACTIO

En la hora de la prueba y de la tentación, que siempre anda al acecho, que te sirva de confortación el recuerdo de Dios, tentado en ti, pero capaz de vencer también contigo.

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Cuenta el evangelio que Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo (cf. Mt 4,1) [...]. La ten- tación de Jesús señala el cumplimiento de la tentación de Adán.

Así como esta última fue causa de la caída de toda carne, en la tentación de Jesucristo toda carne fue sustraída del poder de Sa- tanás. En efecto, Jesucristo tomó sobre sí nuestra carne, soportó nuestra tentación y consiguió la victoria. Cristo fue tentado y venció; por eso podemos rezar nosotros en el Padre nuestro:

«No nos dejes caer en la tentación». Efectivamente, la tentación ya ha tenido lugar y ha sido superada; lo hizo en nuestro lugar:

«Considera la tentación de tu Hijo Jesucristo y no nos sometas a la tentación». Podemos y debemos estar seguros de que Dios escucha esta oración, porque es oída en la persona de Jesús.

Ahora ya no seremos sometidos a la tentación, porque toda ten- tación que sobreviene es la tentación de Jesucristo en sus miem- bros, en su Iglesia. No somos tentados nosotros, sino que Jesu- cristo es tentado en nosotros.

Satanás no pudo provocar la caída del Hijo de Dios, y por eso le persigue ahora en sus miembros, exponiéndolos a todas las tentaciones. Ahora bien, estas tentaciones extremas son sólo las prolongaciones de la tentación de Jesús; en efecto, el poder de la tentación fue destrozado en la tentación de Jesús. Con

Las tentaciones de Jesús en el desierto

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Mt 4,1-11 19

todo, hace falta que sus discípulos sepan salir de esta tentación.

Entonces el Reino de Dios estará seguro: «Precisamente porque él mismo fue sometido al sufrimiento y a la prueba, puede socorrer ahora a los que están bajo la prueba» (Heb 2,18; cf.

asimismo 4,15ss). Aquí no se trata sólo de la ayuda que puede aportar el que conoce la desesperación y los sufrimientos ajenos por experiencia personal, sino más bien del hecho de que, en mis tentaciones, sólo su tentación representa para mí una ayu- da. Participar en su tentación puede ser una ayuda en mi tenta- ción. No debo comprender, por tanto, mi tentación de otro modo que como tentación de Jesucristo. Mi ayuda está en su tentación, porque sólo en ella está la victoria (D. Bonhoeffer, Si je n’ai pas l’amour, Ginebra, pp. 59 y 64).

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1Al ver a la gente, Jesús subió al monte, se sentó y se le acercaron sus discípulos. 2Entonces comenzó a enseñarles con estas palabras:

3Dichosos los pobres en el espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos.

4Dichosos los que están tristes, porque Dios los consolará.

5Dichosos los humildes, porque heredarán la tierra.

6Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque Dios los saciará.

7Dichosos los misericordiosos,

porque Dios tendrá misericordia de ellos.

8Dichosos los que tienen un corazón limpio, porque ellos verán a Dios.

9Dichosos los que construyen la paz, porque serán llamados hijos de Dios.

10Dichosos los perseguidos por hacer la voluntad de Dios, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

11Dichosos seréis cuando os injurien y os persigan, y digan contra vosotros toda clase de calumnias por mi causa. 12Ale- graos y regocijaos, porque será grande vuestra recompensa en los cielos, pues así persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.

La buena nueva de las bienaventuranzas

(Mt 5,1-12)

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LECTIO

El capítulo 5 del evangelio según san Mateo se abre con el célebre discurso de Jesús llamado «de la montaña», que abarca los capítulos 5–7. Las «bienaventuranzas»

(5,1-12) constituyen el exordio del mismo.

Con esta página nos encontramos en el corazón de la

«Buena Nueva». En la inauguración de su misión sal- vífica, Jesús sube al «monte», el nuevo Sinaí, donde, con una actitud solemne de Maestro, «se sienta» para pro- clamar el discurso programático de toda su enseñanza:

el Reino de los Cielos ya está presente (cf. primera y octava bienaventuranzas), que es al mismo tiempo (cf.

desde la segunda a la séptima bienaventuranzas) una promesa para el futuro. Éste tiene, en efecto, un carácter absoluto e histórico a la vez, que se revela en la tierra precisamente en la persona de Jesús. Éste, al promulgar la nueva ley de este Reino, enuncia «con autoridad»

nuevas sentencias (ocho más una) que empiezan con otras tantas declaraciones de felicidad. El aspecto pa- radójico es que se atribuyen a personas que se encuen- tran en unas condiciones que desmienten, al menos en apariencia, toda posible felicidad. Sin embargo, aquí se encuentra precisamente la novedad. La bienaventuran- za nace de la relación vital con Dios y está conectada siempre con la figura y la obra de Jesús, a través del cual se transforman también las relaciones fraternas.

Por eso, el pobre, que por no tener nada está total- mente abierto a recibir, encuentra en Dios su riqueza.

Próxima a la bienaventuranza de los humildes –pobres

«en el espíritu», como precisa Mateo– es la de los que lloran: Dios mismo enjuga sus lágrimas (cf. Ap 7,17). A los «humildes», que no acaparan con arrogancia segu- ridades terrenas, se les promete, pues, la felicidad ofre- cida gratuitamente por el Señor, que los acoge en la verdadera tierra prometida haciéndolos coherederos con Cristo; más aún, los incorpora a él. A los que «tienen

La buena nueva de las bienaventuranzas

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hambre y sed de justicia» y sienten anhelos de él, que es el único que puede satisfacerlas, se les promete la sa- ciedad, porque en Cristo –pan verdadero y agua viva– se realiza toda «justicia», o sea, la salvación del hombre. Los

«misericordiosos», que olvidados de sí mismos com- parten la misma pasión de Dios por los necesitados de perdón y piedad, se verán envueltos en la tierna benevo- lencia del Padre. A los que buscan a Dios con sinceridad –los que tienen un «corazón limpio»– y realizan su volun- tad con toda la entrega posible, se les promete la gran bienaventuranza en la que culminaba el deseo de los justos del Antiguo Testamento: ver a Dios. A los que cons- truyen la paz se les promete la plenitud de la relación con Dios: ser considerados sus hijos. En el Antiguo Tes- tamento ya se intuía la conexión entre el construir la paz y convertirse en hijos de Dios (cf. Eclo 4,1-10); en Jesús se hace finalmente posible en plenitud la gran aspira- ción bíblica: él, con su muerte y resurrección, nos da la paz y nos hace constructores de paz, convirtiéndonos al mismo tiempo en los verdaderos hijos de Dios.

Sin embargo, las bienaventuranzas no concluyen en este punto, que marca la cima del camino cristiano. En efecto, no se puede vivir comprometido en favor de Dios y de los hermanos sin padecer injusticias y «persecucio- nes». El evangelio lo subraya de manera repetida. El rechazo anunciado en el v. 10 se recoge en el v. 11 con una determinación posterior: dichosos vosotros –dice Jesús– cuando «por mi causa» padezcáis incomprensio- nes, cuando haciendo el bien recibáis mal; dichosos porque entonces os asemejaréis verdaderamente a mí, vuestra Bienaventuranza.

MEDITATIO

Tal vez no exista ningún pasaje evangélico del que se desprenda con una mayor inmediatez la diferencia en-

Mt 5,1-12 23

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tre la mentalidad ofrecida por el mundo y la propuesta por Jesús. Sin embargo, mientras el hedonismo o el neopaganismo que nos rodean encuentran infinitos mo- dos de insinuarse incluso en las casas religiosas, la voz de Jesús que canta las bienaventuranzas sólo la oye el corazón que está a la escucha, el que sabe dejar espacio al silencio. Tampoco basta con estar fascinado por su mensaje a contracorriente; es preciso que éste se con- vierta en la razón última de nuestro vivir y en algo por lo que estemos dispuestos también a morir. Ahora bien, esa disponibilidad –como todo lo que vale– no se impro- visa. Es fruto de opciones continuamente reafirmadas.

Para llevarlas a cabo, el corazón debe arder con un amor singular por Aquel que encarna en primera persona las bienaventuranzas: Jesús.

Es Jesús el pobre que nos muestra –a través de su rostro, de sus manos, de su porte– lo que es el Reino de los Cielos. En él la máxima aflicción, culminada en el escarnio, en los salivazos y en el suplicio de la cruz, es consolada por la alegría de hacer la voluntad del Padre y dar la vida por sus amigos. Y nosotros, que deseamos amarle, estamos invitados a aprender de él la humildad que nos haga poseer la tierra nueva y los cielos nuevos, y aquella verdadera alegría nadie podrá arrebatárnosla nunca. Desde el día en que entregó el pan a las muche- dumbres que le seguían, desde el día de su «Tengo sed»

en la cruz, podemos ver en él lo que significa darse cuenta de que los hermanos tienen hambre y sed, y, por ello, sentir la exigencia de hacernos también nosotros alimento y bebida para todos. Acoger esa voz de dolor nos hace formar una sola cosa con Jesús, cuerpo entre- gado y sangre derramada.

Uniéndonos a él, nos volvemos portadores de su pre- sencia, hijos de paz y de bendición. Sin embargo, es ine- vitable que cuantos están de parte de Jesús provoquen el desencadenamiento del odio y de la persecución por parte de los que se han pasado al Enemigo del hombre,

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que no ama la vida. Esa hostilidad, que llega en ocasio- nes a matar, hace en realidad a los discípulos partícipes de la inmolación del Cordero y, en consecuencia, partí- cipes de su victoria: la victoria del amor.

ORATIO

Señor Jesús, tú nos repites aquí y ahora la Palabra llena de esperanza que nos conduce hacia el camino de la felicidad. Haz que lo emprendamos con la alegría humilde y consciente de quien se sabe amado y quiere amarte con todas sus fuerzas, a ti «el más bello entre los hijos del hombre», nuestra Bienaventuranza suprema.

Seguirte a lo largo del camino que nos indicaste en el monte refuerza en nosotros cada día el impulso, a fin de que tú crezcas en nuestro corazón hasta hacernos pura y amable transparencia de tu presencia en medio de los hermanos. Que no nos espanten las persecuciones y las incomprensiones, puesto que creemos que precisamente en el momento de la prueba experimentaremos tu amor, que nos asegura el pleno y total consuelo en la tierra de los humildes por los siglos sin fin. Amén.

CONTEMPLATIO

«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos» (Mt 5,3). Y son bienaven- turados sin más aquellos que, tras rechazar los viles y pesados fardos de este mundo, no quieren ser ricos más que del único Creador del mundo: por su causa son

«como los que no tienen nada, pero gracias a él lo poseen todo» (cf. 2 Cor 6,10). ¿Acaso no poseen todo aquellos que poseen a quien contiene y dispensa todas las cosas, aquellos cuya parte en la herencia es Dios; el cual –para

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que no les falte nada a los que le temen– les dispensa los otros bienes en la medida en que sabe que les son útiles, a fin de que los usen, y se reserva a sí mismo, a fin de que gocen de él?

Aunque lo sabéis, quisiera recordaros de todos mo- dos, hermanos, que la verdadera y bienaventurada po- breza de espíritu está más en la humildad del corazón que en la estrechez del patrimonio; consiste más en la renuncia a la soberbia que en el desprecio de los bienes materiales. Estos últimos los poseemos en ocasiones de manera útil; la soberbia no la conservamos nunca más que de manera perjudicial. De poco ayuda, por consi- guiente, renunciar a la posesión de los bienes del mun- do si no renunciamos asimismo a los comportamientos;

y hasta es necio y ridículo despojarse de las riquezas y enredarse en los vicios de los ricos, hacerse pobre de co- sas y no enriquecerse de virtudes, dejarlo todo y no se- guir a Cristo, y lo que tal vez es aún más: estar en el campamento de Cristo y ayudar a la parte del anticris- to. La humildad es el estandarte de Cristo; la soberbia, el del anticristo.

Gloriémonos, pues, hermanos, del hecho de ser po- bres por Cristo, pero ingeniémonoslas para ser humil- des con Cristo. No hay nada más detestable, ni nada más miserable, que un pobre soberbio, dado que la po- breza le entristece ahora y la soberbia le condena para siempre. Sin embargo, un pobre humilde, con tal que se queme y se purifique en la hoguera de la pobreza, se consuela con la promesa de la santa esperanza, sabien- do y comprendiendo que es suyo el Reino de Dios, pues- to que ya lleva dentro de él, como en una semilla o en una raíz, las primicias del Espíritu y la prenda de la he- rencia eterna. ¿Acaso no es vuestro, hermanos, este Rei- no, del que tantas veces, como bien sabéis, desprendéis dulcísimos frutos y alegrías de bienaventuranzas, cuyo sabor os hace sentir amarga toda la dulzura del mundo?

Así, pues, si sentimos estas cosas en nosotros, ¿por qué

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no afirmamos con confianza que el Reino de Dios está dentro de nosotros? Justamente, por tanto, el Señor, al proclamar la bienaventuranza de los pobres, no dice

«de ellos» será, sino «es el Reino de los Cielos» (Guerrico de Igny, Sermón para la solemnidad de Todos los santos, 3-7, passim).

ACTIO

Medita con frecuencia y realiza hoy la Palabra:

«Dichosos los pobres en el espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos» (Mt 5,3).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Las almas consagradas se comprometen a dar en el mundo el testimonio de las bienaventuranzas, como expresión del cristia- nismo perfectamente vivido y plenamente realizado.

La bienaventuranza es la felicidad alcanzada. Es la satisfac- ción, plena de reposo y de paz, no de un deseo cualquiera, sino de esos deseos que constituyen el ideal de la vida. Cuando la bienaventuranza deriva no de las cosas poseídas, sino del pro- pio modo de ser y vivir, entonces se asemeja a la de Dios. Dios es bienaventurado no porque lo posea todo, sino que es biena- venturado porque es Dios. Dios promete la bienaventuranza con una condición: que el hombre sea fiel a su ley y a su voluntad –a su proyecto–. Ahora bien, la fidelidad es un compromiso, la fidelidad es una conquista, la fidelidad constituye verdadera- mente una responsabilidad. Debemos considerar, por tanto, las bienaventuranzas como un itinerario, como un camino en el que hay constantes inderogables: caminar hacia Dios, buscar a Dios, creer en Dios, encontrar a Dios y establecer una relación con él.

Los religiosos son personas que se toman terriblemente en se- rio el discurso de la felicidad y que no se conforman con ningún sucedáneo. En el fondo, la vida religiosa es una opción por la

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felicidad, pero una opción tan perentoria que obliga a cortar los puentes con todas las felicidades falsas y las felicidades pura- mente terrenas, precisamente para realizar proféticamente lo más posible la felicidad definitiva. He aquí por qué, a propósi- to de la vida religiosa, surge el discurso de la renuncia evangé- lica. El hombre no puede perder el tiempo en felicidades provi- sorias, aunque sepa que hay muchas felicidades provisionales.

Cuanto más fulminados estemos por la instancia de una felici- dad definitiva, tanto más renunciaremos a las felicidades provi- sionales y con mayor gusto nos pondremos en camino hacia la experiencia absoluta.

A buen seguro, se trata de una lógica distinta, de una lógica que nace de una intuición de fe, una intuición que no todos tie- nen, porque no a todos se les ha concedido. Esta lógica hace de la vida religiosa una especie de patria de la felicidad: de una felicidad experimentada no sólo en la intimidad, en el ámbito personal, sino de una felicidad que se vuelve acontecimiento visible y, por consiguiente, testimonio. La bienaventuranza de- finitiva será la del Paraíso, pero no la vamos a conseguir sólo cuando hayamos muerto: la tenemos también ahora que esta- mos vivos. Pensemos en ello. Dios tiene derecho a nuestra bie- naventuranza. Él podría decirnos: «¿No te basto?». Y tal vez de- beríamos responderle: «Es verdad, no nos bastas» (A.

Ballestrero, Le beatitudine, Leumann 1986, pp. 13-15, passim).

La buena nueva de las bienaventuranzas

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En aquel tiempo, 19se le acercó un maestro de la ley y le dijo:

–Maestro, te seguiré adondequiera que vayas.

20Jesús le dijo:

–Las zorras tienen madrigueras y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.

LECTIO

Vuelve a aparecer el tema del seguimiento en el contexto de la misión de Jesús. Mateo habla de él –y esto resulta particularmente significativo– inmediatamente después de la revelación de Jesús como siervo del Señor, que carga sobre sí nuestras debilidades (cf. v. 17 e Is 53,4).

Por otra parte, se recurre con frecuencia a este pasaje de Mateo para hablar del Cristo pobre, y es justo que se haga. Sin embargo, es preciso evitar limitarse a la afir- mación de que Jesús no tenía, desde el punto de vista sociológico, «ni siquiera una piedra» donde reclinar la cabeza. El dicho, más que el carácter espartano de los medios, subraya las características del tipo de vida cas- ta y pobre de Jesús. Él vivió, bajo la acción iluminado- ra del Padre, con plena conciencia, el carácter positivo de los valores que nosotros llamamos «castidad consa-

Las exigencias de la vocación apostólica

(Mt 8,19ss)

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grada» y «pobreza evangélica», pero fue también cons- ciente de la privación que este tipo de opción compor- taba. Y se lo hizo saber al escriba que quería entrar en el círculo especial de sus seguidores.

La estructura ternaria (muy semítica) y de contrapo- sición (entre el tercer miembro y los dos primeros) del dicho hace aparecer con todo su rigor el extraordinario

«no» que marcaba la vida del Hijo del hombre. Al lado, y como prolongación de la imagen de las zorras con sus madrigueras y los pájaros del cielo con sus nidos, se eleva, en una posición de claro contraste, la figura de Jesús, hombre sin madriguera, hombre sin nido. El Hijo del hom- bre, el supremo Consagrado y Misionero del Padre, no tiene una madriguera humana propia, no tiene un nido humano propio (cf. Sal 84,4), un hogar doméstico pro- pio, una esposa-compañera de vida propia (cf. Sal 128,3) que, como columna de apoyo (cf. Eclo 36,26), le sirva de ayuda (cf. Gn 2,18; Prov 31,10ss). No tiene ningún nido como tal, y por eso algunos pueden insultarle llamán- dole «hombre que no tiene nido» (Eclo 36,27).

MEDITATIO

La Palabra de Dios es espada de doble filo: purifica y regenera. Hace ser. El discípulo encuentra su iden- tidad en el seguimiento del Hijo del hombre, en el Maestro y Señor de la historia. La diferencia entre el escriba y el discípulo ilumina el camino. El escriba eli- ge un maestro entre varios, sigue su enseñanza, com- parte su vida durante un período, aprende para conver- tirse a su vez en maestro y tener sus propios discípulos.

Nada hay más rico para la sociedad, que de este modo puede crecer en cultura y en perspectivas de desarrollo.

Jesús conduce a los suyos a otro nivel, el del Reino de Dios, en el que todo se lleva a cumplimiento: «No me habéis elegido vosotros, soy yo quien os ha elegido» (Jn 15,16).

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A la llamada deben corresponder con apertura de áni- mo, con pobreza de espíritu, y, como el funcionario del rey, deben creer en su palabra y ponerse en camino (cf.

Jn 4,50; Mt 8,5-13). Sin embargo, hay un paso que es ne- cesario vivir: descubrir la propia identidad de discípulo averiguando –guiados por el Espíritu– la identidad de Aquel que llama. Se trata de un verdadero paso pascual, un perder para encontrar, un morir para vivir la vida nueva.

Jesús, dirigiéndose al escriba, continúa formando a los suyos. Seguirle no significa carecer de meta y vivir en una pobreza total, privados incluso de casa y afectos.

No tendría entonces sentido el «céntuplo» prometido a quienes lo dejan todo por su causa y por el Evangelio (cf. Mc 10,28-30). Jesús quiere llevar a los discípulos a perder los puntos de referencia aprendidos en su propio mundo –el «nido» o la «madriguera»–, a fin de entrar en la lógica del Reino, confiarse únicamente al Padre y se- guir sus caminos para anunciar la Buena Nueva. Sólo él es la casa, la roca, el escudo. El paso puede percibirse como una muerte y ser rechazado (el joven rico). Sin embargo, vivido en la fe y el amor, abre unos horizontes nuevos. Emerge una vez más la cruz, fuente de vida.

Lucas inserta este relato en el marco general de la su- bida de Jesús a Jerusalén, donde se revelará el misterio del amor del Padre en el Hijo del hombre condenado a muerte y crucificado (Lc 9,57ss) y se derramará sobre el universo. Señala la exhortación apostólica Vita conse- crata: «Las personas que siguen a Cristo en la vía de los consejos evangélicos desean, también hoy, ir allá donde Cristo fue y hacer lo que él hizo. Él llama continuamente a nuevos discípulos, hombres y mujeres, para comuni- carles, mediante la efusión del Espíritu (cf. Rom 5,5), el ágape divino, su modo de amar, apremiándolos a servir a los demás en la entrega humilde de sí mismos, lejos de cualquier cálculo interesado» (VC 75).

Mt 8,19ss 31

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ORATIO

Señor, enséñanos el camino de la vida. Enséñanos a mirarte sólo a ti en nuestra vida diaria, a buscar el Rei- no con sencillez de corazón. Enséñanos a no temer per- der, sino a confiar en tu Palabra. Enséñanos a vivir como discípulos que, con alegría, entregan su propia vida, día a día, a fin de construir un mundo más unido, en la fra- ternidad universal.

Danos tu Espíritu de manera abundante para que se- pamos discernir la voluntad del Padre, «lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto» (Rom 12,2). Concédenos la fuerza necesaria para salir de nuestro nido que nos envuelve de calor y de la madriguera que nos ofrece protección, a fin de descubrir que nuestra casa es nuestra gente, la mis- ma en medio de la cual vives tú. Tú sabes que tenemos miedo del viento que azota, de los golpes de mar que su- mergen, del desconocido que está delante de nosotros;

sin embargo, aquí estás tú también para aportarnos se- renidad, luz y vida.

Haz que, con la fuerza de tu Espíritu, tengamos el co- raje del amor, a fin de que todo nido y toda madriguera no se vuelvan para nuestro corazón un ídolo para ado- rar, un templo donde habitar. Aquí es donde debemos encontrarte, en nuestra sociedad de hoy, fruto del genio humano y del corazón endurecido: una sociedad que gime en espera de la redención.

CONTEMPLATIO

¡Oh Señor, cuán grande es la abundancia de tu dul- zura, que escondiste para los que te temen! Pero ¿qué eres para los que te aman? y ¿qué para los que te sirven de todo corazón? Verdaderamente es inefable la dulzu- ra de tu contemplación, la cual das a los que te aman.

Las exigencias de la vocación apostólica

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En esto me has mostrado singularmente tu dulce cari- dad, en que cuando yo no existía, me criaste, y cuando erraba lejos de Ti, me convertiste para que te sirviese, y me mandaste que te amase.

¡Oh fuente de amor perenne! ¿Qué diré de Ti? ¿Cómo podré olvidarme de Ti, que te dignaste acordarte de mí aun después de que yo me perdí y perecí? Usaste de mi- sericordia con tu siervo sobre toda esperanza, y sobre todo merecimiento me diste tu gracia y amistad. ¿Qué te volveré yo por esta gracia? Porque no se concede a to- dos que, dejadas todas las cosas, renuncien al mundo y escojan vida retirada. ¿Por ventura es gran cosa que yo te sirva, cuando toda criatura está obligada a servirte?

No me debe parecer mucho servirte, sino más bien me parece grande y maravilloso que Tú te dignaste recibir por siervo a alguien tan pobre e indigno y unirle con tus amados siervos.

Tuyas son, pues, todas las cosas que tengo y con las que te sirvo. Pero, por el contrario, Tú me sirves más a mí que yo a Ti. El cielo y la tierra que Tú criaste para el servicio del hombre, están prontos, y hacen cada día todo lo que les has mandado; y esto es poco, pues aún has destinado a los ángeles para servicio del hombre.

Mas a todas estas cosas excede el que Tú mismo te dig- naste servir al hombre y le prometiste que te darías a Ti mismo.

¿Qué te daré yo por tantos millares de beneficios?

¡Oh! ¡Si pudiese servirte todos los días de mi vida! ¡Oh!

¡Si pudiese solamente, siquiera un solo día, hacerte al- gún digno servicio! Verdaderamente, Tú sólo eres digno de todo servicio, de toda honra y de alabanza eterna.

Verdaderamente, Tú sólo eres mi Señor, y yo soy un po- bre siervo tuyo, que estoy obligado a servirte con todas mis fuerzas y nunca debo cansarme de alabarte. Así lo quiero, así lo deseo; y lo que me falta, ruégote que Tú lo suplas.

Mt 8,19ss 33

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Grande honra y gran gloria es servirte y despreciar todas las cosas por Ti. Por cierto, grande gracia tendrán los que de toda voluntad se sujetaren a tu santísimo ser- vicio. Hallarán la suavísima consolación del Espíritu Santo los que por amor tuyo despreciaren todo deleite carnal. Alcanzarán gran libertad de corazón los que en- tran por senda estrecha por amor tuyo, y por él dese- chan todo cuidado del mundo.

¡Oh agradable y alegre servidumbre de Dios, con la cual se hace el hombre verdaderamente libre y santo!

¡Oh sagrado estado de la profesión religiosa, que hace al hombre igual a los ángeles, apacible a Dios, terrible a los demonios y recomendable a todos los fieles! ¡Oh es- clavitud digna de ser abrazada y siempre deseada, por la cual se merece el Sumo Bien y se adquiere el gozo que durará sin fin! (Tomás de Kempis, La imitación de Cristo, III, 10, passim).

ACTIO

Medita con frecuencia y realiza hoy la Palabra:

«Les ordenó que no tomaran nada para el camino, ex- cepto un bastón. Ni pan, ni zurrón, ni dinero en la faja.

Que calzaran sandalias, pero que no llevaran dos túnicas»

(Mc 6,8ss).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Jesús es la vía, es el camino; es la luz, es el primogénito que guía a los hermanos. Y cada vez que el hombre advierte la pre- sencia de Cristo en su vida, siente la necesidad de seguirle, de convertirse en su compañero de viaje.

«Te seguiré a donde vayas». Jesús acoge el propósito de su interlocutor, pero le hace comprender lo que significa seguirle. El Señor está contento de que le sigamos, no espera otra cosa,

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Referencias

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