Introducción
La palabra ha sido para los seres humanos la herramienta fundamental para representarse el mundo, para comprender su entorno y mas aún para comprenderse a sí mismos. Sin embargo, existen emociones y pensamientos tan complejos que en ocasiones resulta casi imposible para un hombre común, sin el talento del poeta, expresarlos con palabras. Es tal vez por este motivo que existen para mí sentimientos tan difusos, que por medio de la palabra no se pueden comprender. Digo comprender, porque resulta imposible clasificarlos y designarlos con palabras, las cuales son la herramienta fundamental para formar conceptos y en este sentido para conocer y comprender. Se trata entonces de emociones que no son conceptualizadas, que resultan en cierto sentido anteriores al lenguaje mismo y cuyo origen es incomprensible. Parecen ser intuiciones, preferencias, e inclinaciones de mi espíritu que se presentan ante mi de manera espontánea. Provienen de mi mente pero no son conceptos, tal vez su naturaleza se asemejaría más a lo que Gilles Deleuze llama “perceptos”, los cuales ( de manera muy esquemática) se podrían explicar como sensaciones y afecciones que se encuentran en nosotros, que son diferentes del lenguaje y que a través del arte, por ejemplo, prolongan su existencia sin tener nunca que volverse conceptos, al contrario cuando las volvemos obras de arte, estas emociones se hacen independientes, se convierten, como bien lo dice Deleuze en “seres de sensación”1. Para mí la imagen en movimiento ha sido un recurso expresivo que me ha permitido poner de manifiesto estos “perceptos”, estos “seres de sensación” que habitan en mi mente y que en una primera instancia no tienen una manifestación en el lenguaje. A pesar de lo anterior, intentaré aquí, no explicarlos, sino a lo sumo expresarlos con la palabra.
A partir de una racionalización posterior a un examen del tipo de imágenes que me han cautivado durante largo tiempo, he podido observar que tengo una fascinación especial por lo que se podría llamar, algo así como lo desvanecido, lo incompleto, lo fragmentado e incluso lo ambiguo y vago. Esta fascinación se ha traducido siempre en
el medio del video, donde la imagen en movimiento, y el tiempo, me han permitido poner de manifiesto el proceso del deterioro, la transformación de algo que siempre se presenta como enigmático, algo que es indescifrable y difuso, y que, a pesar de que busca ansiosamente aclararse, nunca lo logra por completo. En este sentido esta característica del deterioro y el enigma se presentan como el problema que unifica mi trabajo durante este año, la pregunta que retumba y que permanece constante en mis pensamientos. Sin embargo, existen también problemas que son individuales, específicos y únicos, que se resuelven, o por lo menos se plantean, sólo dentro de sí mismos, que se contienen solamente en la fracción de espacio-‐tiempo a la que cada uno pertenece, reflexionando así de manera general acerca del rol del fragmento, como parte individual y completa por sí sola, pero a la vez como compositora de un todo. Es decir, hay una reflexión acerca de lo heterogéneo como pieza principal para la construcción de un todo que solamente puede adquirir sentido cuando se aborda desde el fragmento. A la vez que existen estos pequeños planteamientos de problemas individuales, que se contienen a sí mismos y que se presentan como independientes el uno del otro, existe también algo que los une y los conecta a todos; todos hablan de un mismo tema, de una misma reflexión que no lleva a ninguna conclusión, que solo habla sobre sí misma sin tener intenciones de dar una respuesta a nada, que dice cosas, que pueden o no tener sentido, que solo busca decir, mostrar, pero sin pretensiones de convencer.
Dentro de esta perspectiva el texto siguiente se presenta como una compilación de pequeñas reflexiones acerca de diferentes problemas específicos, cada uno contenido en un capítulo. Cada texto es una meditación personal acerca de cierto problema determinado, escrito a manera de apuntes; pero la compilación en general habla acerca de una misma preocupación: el deterioro, la fragmentación, el enigma, la transformación, la ruina, la erosión . Así mismo la obra final, que es una instalación de videos, se presenta como una sola, pero que está compuesta de varias obras independientes. En la instalación se genera una sola atmósfera en la que resuena el eco de una misma voz y de una misma estética visual.
La ruina
En tanto que los fenómenos son lo que se nos presenta del mundo en la experiencia, el fragmento ha sido la pieza compositora de lo que percibimos. En la forma como nos relacionamos con nuestro entorno, existe ya un cierto tipo de fragmentación. Resulta difícil creer que vemos las cosas del mundo unidas y articuladas en un todo coherente, al contrario, la cotidianidad esta configurada por situaciones episódicas e incompletas, que recogemos para posteriormente conformar una idea, una representación comprensible y coherente del mundo. Lo que vivimos diariamente es una acumulación de detalles en los que fijamos nuestra atención, es el fragmento lo que compone nuestras vivencias.
En el momento presente la conceptualización de los fragmentos, de los detalles que captamos de la realidad es tan rápida que creemos percibirla como un todo. Sin embargo, cuando pensamos acerca del pasado, o mejor, cuando recordamos, la construcción de ese momento remoto en el tiempo, no puede presentarse ante nosotros como un todo, lo único con lo que nos encontramos es con fragmentos aislados, aparentemente inconexos e incluso difusos en sí mismos. Es por esto que la memoria siempre está incompleta, no podemos recordar todo lo que hemos vivido o sentido, el recuerdo es solamente un fragmento arbitrario de nuestras vivencias del pasado. Los recuerdos son como escombros, vestigios, pedazos que alguna vez pertenecieron a un todo ilusorio que nunca conocimos y que por consiguiente no podremos nunca volver a conocer, pero que permanecieron en el tiempo grabados en nuestra mente. En la memoria existe una arbitrariedad misteriosa, qué es lo que se queda y qué es lo que se borra? La ruina es lo que la memoria nos ha dejado, un fragmento borroso que a medida que pasa el tiempo se nos escapa más rápido. Sin embargo hay en ella también pistas, pequeños trozos que crean en nosotros un vínculo con lo olvidado. Ese vínculo con el olvido es la nostalgia, la tristeza de volver nuestra mente hacia lo que parece ya perdido, hacia lo aparentemente irrecuperable, hacia lo que un instante atrás era tan nuestro que lo sosteníamos con las manos, pero que ahora se ha desvanecido. La nostalgia de volver allí, a ese tiempo y espacio que no
sabemos como fue pero que queremos recuperar y que a pesar de que con todas nuestras fuerzas lo buscamos, lo hemos perdido.
Nuestras memorias se traducen en fragmentos de una realidad pasada. Sin embargo esto a lo que llamamos “realidad” no es más que una construcción mental en la que se funden, vivencias personales con deseos e imaginaciones. No se trata entonces de recuerdos verdaderos e indubitables, sino que estos están impregnados de ficciones que de manera inconsciente construimos con pedazos de realidad y de imaginación. Nuestra vida pasada no es más que un cúmulo de ficciones acerca de nosotros mismos, sobre las cuales nos es imposible distinguir entre lo que en realidad pasó y lo que sin saberlo adicionamos con nuestro pensamiento. Nuestra propia identidad se torna difusa, no logramos saber quiénes somos en realidad, que es lo que hemos vivido, cuál es nuestro verdadero pasado. Nuestra vida y el entendimiento que tenemos acerca de nosotros mismos es una construcción, una representación que mezcla ficciones y realidades. La imagen que refleja la identidad propia no es clara y certera, por el contrario su forma es indefinida, sus contornos son siempre difusos, y aunque en ocasiones, parece determinada y única al instante siguiente se nos escapa, su fiscalidad no es sólida, todo lo contrario, es imposible de agarrar, incluso en ocasiones parece ser solamente un sueño, un fantasma que nos ronda y nos atraviesa, sin que siquiera nos demos cuenta.
El reflejo
La identidad personal es un tema que ha generado gran angustia y preocupación entre los seres humanos modernos. Pero, ¿por qué la necesidad de descifrarnos a nosotros mismos? ¿Por qué nos sentimos obligados a responder a la pregunta quienes somos? No sabría como responder a esto, pero pare ser un hecho que existe cierta obsesión en la tarea de descifrar la identidad propia, tendemos a pensar que hay algo dentro de nosotros mismos que es invariable y necesario pero que se oculta detrás de deseos y actitudes banales. Sin embargo, esto parece una completa idealización de la identidad, parecería que lo que somos es más bien una acumulación de experiencias y deseos, que no tienen ningún origen claro dentro de
nosotros. No existe nada invariable por descubrir; al contrario, nuestra identidad es una contingencia absoluta llena de fragmentos acumulados de manera desordenada. Es este sentido nuestra idea de lo que somos es constantemente transformada, se construye y a la vez se destruye, tanto por nosotros mismos, como por aquellos que nos rodean y los eventos que nos afectan.
Desde mi experiencia esta infinita angustia, que se refleja en un deseo incontrolable por tener una configuración clara de nuestra identidad, se sacia con la imagen que corresponde a la representación que tenemos de nosotros mismos, con la que nos sentimos identificados, esta imagen es la que vemos reflejada ante nosotros cuando nos paramos frente a un espejo. La imagen reflejada se presenta como el símbolo de un todo que para nosotros tiene un sentido completo y que por lo tanto crea la ilusión de que lo que somos es absolutamente coherente. Nuestro reflejo se impone como una manifestación más tangible de lo que somos, no nos es posible saber que de hecho existimos sin antes percibirnos con los sentidos, la conciencia no nos es suficiente, necesitamos de un cuerpo unido en una sola imagen total y completa, sin importar que ésta sea solo una apariencia engañosa. Sin ayuda del espejo la construcción de la imagen, que responde a la materialidad individual, se vuelve ardua e interminable, en la mente dicha imagen nunca se hace nítida, siempre aparece borrosa y aunque se haga un gran esfuerzo por recrearla con todo su detalle, esto resulta simplemente imposible, desencadenando así un gran esfuerzo mental que nunca parece obtener el resultado deseado. Parece crearse entonces en la mente una actividad infinita, que se nutre de la imposibilidad de capturar nuestra propia imagen. Solamente hasta el momento en que nos miramos al espejo, que nos vemos a nosotros mismos y nos reconocemos como unidad, solo en ese instante la imagen que recreamos en nuestro pensamiento por fin se hace nítida, detallada y completa y finalmente en la mente puede existir descanso. El espejo se presenta como una salida a la angustia que enfrenta el pensamiento cuando pretende abarcar la imagen del cuerpo. Lacan en su teoría acerca de la etapa del espejo, plantea (de manera muy esquemática) que cuando el niño ve su imagen en el espejo, se reconoce por primera vez como un todo, ya no ve solamente partes de su cuerpo aisladas, sino que a través del reflejo se entiende a sí mismo como una totalidad unitaria. Pienso que esta etapa se perpetúa
por el resto de la vida, y está siempre presente en nuestra vida, ocurre todo el tiempo, en nuestro afán de capturar nuestra identidad, de definirla y limitarla en una sola imagen que crea la apariencia de que somos algo completo. Sin reflejo no podríamos pensarnos a nosotros mismos, simplemente nos entenderíamos como partes sin aparente conexión, es la mirada en el espejo la que nos permite entendernos como una sola cosa coherente.
Dentro de este ejercicio se satisfacen también las ansias de reconocimiento propio, cosa que resulta fundamental para tener certeza de la propia existencia, para tener certeza de que en realidad se ocupa un espacio físico dentro del mundo. Al mirarme a mí misma me aseguro de que la imagen que se presenta en el espejo se corresponde conmigo. Sin embargo existe siempre la duda: en realidad esa que se presenta ante mí soy yo? En cierto sentido no, parece que cuando contemplamos nuestra imagen reflejada, nos presentamos para nosotros mismos, como un otro. A pesar de querer pensar que la imagen en el espejo es nuestra representación idéntica, nuestro propio reflejo, es casi imposible para mi, creer que en realidad esa que veo soy yo, me parece que se trata de otra capturada en una fracción de materia limitada, encerrada, contenida y que sólo aparece cuando yo la miro y ella me mira de regreso. Sin mi mirada y sin mi presencia ella no tiene vida, no existe, sin embargo ella es otra, distinta, pero a la vez la misma que yo, pues yo tampoco existo sin que ella me mire a mí.
Todo lo anterior parece ser solo una de las tantas capas de un problema mucho más profundo, el de la construcción o deconstrucción de la identidad propia, de la individualidad. Reflexionando más al respecto pareciera que la imagen física, el rostro es solo la primera instancia para abordar este problema. Entre más se piensa al respecto más elementos salen a flote y comienzan a cobrar importancia. Cosas que se relacionan más con el pensamiento, como los deseos, las memorias y las experiencias propias, empiezan a aparecer en mis reflexiones como nuevos puntos de partida. Pareciera que dentro del marco del mismo espejo pueden ocurrir cosas nuevas, donde la imagen física se desdobla y la identidad ya no es una sola. Es entonces cuando lo fantasmal comienza a hacerse protagonista, cuando ya la imagen ni si quiera encuentra una definición única, cuando lo individual ya no tiene unos límites definidos
y las identidades ahora se hacen múltiples. Los fantasmas de mí misma, o de mis otras mismas se reflejan de manera simultánea en un solo espejo y en un solo espacio-‐ tiempo. Ya no resulta fácil saber cuál de todas esas que se reflejan frente a mi son mi representación real, pareciera que todas se corresponden conmigo, en una colección de individualidades, de memorias, de deseos, de cuerpos, de pensamientos. Todas son yo, y yo soy todas ellas.
Retrato
Hay muchos posibles caminos para hablar de el “Retrato” con mayúscula, un concepto cargado de significaciones y de importancia para la Historia de Arte. Sin embargo, no me interesa hablar aquí de ese retrato, ni hacer un recuento histórico de sus significados. Quisiera más bien expresar mis pensamientos acerca de este tema y de su relación con la identidad y con la memoria.
El retrato ha sido para mí una manera consciente de detener un instante del tiempo de nuestra vida y capturarlo en un objeto que permanece. Cuando pienso en la acción de registrar un instante de tiempo, de darle permanencia a algo que en sí mismo es efímero, que es irrepetible, que es imposible de revivir, pero que a través del retrato se puede perpetuar y puede sobrepasar las barreras que nos impone el tiempo, me parece estar hablando de metafísica, me parece que el acto de retratar sobrepasa los límites que nos impone la experiencia del mundo físico, se eleva más allá de este. No obstante este hecho de convertir nuestros “Yos” remotos en objeto, se nos presenta como una manera de darle realidad a nuestro pasado, de garantizar que de verdad existimos en otro momento fuera del momento presente, cosa que de cierta manera nos tranquiliza y nos hace pensar que el tiempo es lineal y que de hecho existe. El retrato es la prueba física de que fuimos unos en el pasado, distintos, pero a la vez los mismos que somos ahora. Es una forma de recordarnos a nosotros mismos, una ayuda externa a nuestro pensamiento que nos aclara la propia identidad. Sin embargo aunque parece tratarse de un documento objetivo, verdadero y real, en el retrato se anidan las ficciones que se crean tanto a partir de nosotros mismos, como de aquellos que nos rodean o incluso de quienes no conocemos siquiera. El retrato es, pues, una
zona compleja y ambigua donde conviven la objetividad de la realidad y la subjetividad de la ficción. Se trata entonces de un objeto en el que están implícitas la memoria y el pasado, y que por sí solo se convierte en la evocación del recuerdo. Sin embargo parece que cuando el retrato se hace aún más complejo, transformándose y deteriorándose, su contenido simbólico, referente a la memoria, se exalta y se enriquece. Ya no se queda en la simple evocación del recuerdo, sino que hace evidente el tiempo que compone la memoria, el tiempo que en ocasiones nos parece un fantasma, pero que a través del deterioro del retrato se hace presente y se complejiza, dándonos una visión más amplia del retrato como símbolo de la memoria.
El sueño
El sueño tiene un vínculo latente y permanente con la memoria, es una de las maneras que tienen los hombres para recordar, para capturar aunque sea solo por algunos instantes trozos aislados de su vida. Los fragmentos del pasado de los cuales no podemos hacernos conscientes durante la vigilia llegan a nosotros en el sueño de manera ambigua y difusa. En el sueño casi nunca tenemos experiencias completas, sino que vivimos solamente ciertos detalles específicos sin orden aparente y con abruptos saltos de tiempo, que se nos presentan de manera inconexa e incoherente, en este sentido sería posible decir que la pieza compositora del sueño es la misma que la del recuerdo, a saber, el fragmento. Soñar es una actividad que se asemeja mucho a la actividad de recordar, puesto que el sueño, al igual que el recuerdo, se nos presenta como una construcción mental que se compone tanto de fragmentos de realidad, como de ficción. El sueño parece ser entonces una compleja construcción mental, que a pesar de hacer uso de pedazos de realidad, está compuesto y regido por muchos y muy distintos factores que lo acercan a lo enigmático e indescifrable. Lo que soñamos se nos presenta casi como un acertijo, detrás del cual se encuentra algún recuerdo remoto abandonado en algún rincón de nuestro pensamiento, que se hace presente solo en ese momento. Así mismo, a pesar de que el sueño se convierte en un recurso de la memoria, es decir, en una posibilidad de recuperar lo olvidado, se trata de un
recurso efímero, que nos permite revivir el pasado, pero solamente durante unos pocos instantes. Es un medio volátil, sin importar lo mucho que nos aferremos a él, los recuerdos allí contenidos escapan muy rápido. Durante el tiempo del sueño, nuestras memorias, aunque se nos presentan de manera ambigua, las experimentamos tan vívidamente que parece como si se tratara de la realidad presente, parecemos estar de nuevo en ese extraño momento del pasado, que tal vez nunca vivimos, pero que está en nuestra memoria. Sin embargo cuando despertamos no nos queda más que una vaga sensación de lo vivido, un residuo muy lejano de lo que nuestra memoria nos mostró durante el sueño. No podemos recordar todos los eventos ocurridos durante el letargo, apenas despertamos los recuerdos se nos escapan de nuevo. El sueño nos da acceso a la memoria, pero nos quita este acceso de manera inmediata, cuando despertamos, durante unos cortos segundos seguimos recordando, intentando pensar en dónde hemos estado en realidad, pero una vez nos hacemos conscientes del tiempo presente, perdemos por completo el recuerdo que hacía unos instantes habíamos recuperado. Por más de que nos esforcemos por capturarlo, su forma es tan difusa que se nos hace imposible recrearlo. No nos queda ya ninguna imagen, ninguna representación de lo revivido durante el sueño, solo la nostalgia de no poder regresar, de haber perdido esos momentos por completo, pero aun así hay en nosotros un anhelo, una esperanza de recuperar algunos de esos fragmentos luminosos del pasado, que a pesar de ser solo fragmentos, en ellos está nuestra propia vida, una vida que tal vez no fue cierta, pero que sigue siendo solo nuestra.
El enigma
Lo enigmático se nos presenta como algo difícil de descifrar, algo que parece ser un acertijo, pero que no encuentra nunca una solución definitiva y acertada. Al contrario, el enigma solo nos sugiere posibilidades de sentido fragmentadas, arrebatándonos la posibilidad de tener una comprensión completa y absoluta. En esta medida lo enigmático parece tener una relación directa y casi de inherencia con el arte, puesto que la obra de arte se establece como un espacio donde las posibilidades de sentido son infinitas, pero a la vez como algo que nunca deja exista una
interpretación con un sentido completo. El enigma del arte existe tal vez por el hecho que se planteaba en este texto durante la introducción, a saber, que la obra de arte no está compuesta por conceptos, sino por afectos y emociones que se traducen en lo que habíamos denominado, siguiendo a Delueze, como “perceptos”. Es decir tal vez en un plano meramente conceptual (el plano del entendimiento común) es difícil comprender e interpretar el arte, puesto que muchas veces la obra no busca comunicar ningún mensaje. Incluso desde el proceso creativo no existe una claridad conceptual, sino que solamente existe un deseo de exteriorizar, de materializar en un objeto artístico, un “algo” de nuestro pensamiento. En este sentido se trata de una simple materialización de cosas que están en nuestra mente, pero que en términos del lenguaje conceptual son incomprensibles incluso para nosotros mismos. No nos es posible rastrear su origen, puesto que las herramientas que nos brinda el entendimiento, es decir los conceptos no son suficientes, o tal vez no están ni siquiera hechos para comprender estos afectos y perceptos, que son parte de nosotros, pero que son ambiguos y oscuros. Y es precisamente esto lo que encanta de la obra de arte, su extrañeza con el mundo, pero su cercanía con lo humano. Como bien lo platea Adorno en Teoría Estética: “El espíritu de las obras de arte produce el escalofrío mediante su extrañamiento en las cosas.” (Adorno 1970). El arte tiene la capacidad de hacer uso de las cosas del mundo, pero alejándolas completamente de este carácter mundano, y cambiándoles por completo su posible significación. Es decir, aunque se vale de las cosas que percibimos y que están en el mundo, las mezcla de manera tal que su significado mundano se pierde por completo, generando un agrado, un deseo de ver, de experimentar la obra, e incluso de querer descifrarla, pero esto último no se hace posible nunca, y finalmente no importa, porque resulta maravilloso quedar con intriga, y multiplicar las posibles interpretaciones de una sola pieza.
Uno de los maestros del enigma es el director de cine ruso Andrei Tarkovsky que en varias de sus películas, pero especialmente en “El Espejo”, no articula una narrativa definida y única sino que más bien genera una atmósfera emocional repleta de imágenes que atraen y conquistan, pero que no son para entender de una única manera. Así es como él habla de su trabajo y del proceso de creación de una obra: “Si no se dice todo sobre un objeto de una sola vez, siempre existe la posibilidad de añadir
algo con las propias reflexiones. En caso contrario se presenta al espectador la conclusión sin que tenga que pensar. Y como se le sirve tan en bandeja, la conclusión no le sirve de nada. ¿Es que un autor le puede decir algo al espectador cuando no comparte con él el esfuerzo y la alegría de la creación de una imagen?” (Tarkovsky, 1991), para que una obra logre cumplir con su objeto de relacionarse con el espectador de una manera compleja, (puesto que el arte no es solamente para uno mismo como hacedor, es también para los otros como espectadores) es necesario que exista una alianza que se entabla a través del carácter enigmático de la obra. El enigma es lo que vincula al espectador con la obra, puesto que en la multiplicidad de la interpretación está el papel activo que pueden llegar a jugar aquellos que experimentan la obra y piensan cosas acerca de ella, terminando de completar su posible significación; sin embargo no hay que pensar que ésta (significación) se vuelve absoluta, de ninguna manera, sigue tratándose de una significación ambigua, pero donde el espectador ha puesto parte de su esfuerzo para realizar una interpretación. Lo enigmático resulta fundamental e inherente a las obras de arte y cuando se aprovecha y se explota toda su riqueza se complejiza tanto la obra misma, como su relación con el espectador.
Referentes Bibliográficos
ADORNO, Theodor. Teoría estética. Madrid : Ediciones Akal, c2004.
BACHELARD, Gastón. El agua y los sueños México : Fondo de Cultura Económica, c1978.
CALABRESE, Omar, La era neobarroca. Madrid : Cátedra, c1994.
DELEUZE, Gilles.¿Qué es la filosofía?. Barcelona : Editorial Anagrama, 2001. PROUST, Marcel. En busca del tiempo perdido. Barcelona : Editorial Lumen, 2001. TARKOVSKY, Andrei. Esculpir en el tiempo. Austin : University of Texas Press, 2003. TARKOVSKY, Andrei [videograbación]: El espejo. New York : Kino International c2000.
VIOLA, Bill [videograbación] : the eye of the heart / Calliope Media and BBC in
association with ARTE France ; produced, filmed and directed by Mark Kidel.