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LUIS GARCÍA MONTERO, EL POETA TRANQUILO

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Academic year: 2021

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LUIS GARCÍA MONTERO, EL POETA TRANQUILO

Allá por 1994, yo era un estudiante de literatura española que recorría los pasillos de la Facultad de Filología de la Universidad Complutense con cierto aire despistado. Un día pude contemplar entre clase y clase cómo varios alumnos comentaban con cierta pasión un poema de un joven poeta. A pocos metros, ese joven poeta entraba en una sala en la que comenzó a recitar poemas de chicas vestidas con vaqueros, ciudades ideales, amores cotidianos y habitaciones separadas. No pude resistir la tentación y entré en la sala. Fue allí donde descubrí el verdadero sentido de la poesía, un género literario que yo estudiaba con fervor, pero cuyo significado había sido ocultado por la parafernalia incómoda de la cita a pie de página, los rancios profesores de apuntes cochambrosos y anticuados y la absurda teoría literaria que olvidaba con frecuencia el sentido hermoso de la creación poética. Fue allí donde escuché por primera vez la palabra doméstica de uno de los mejores poetas en lengua castellana de la actualidad: Luis García Montero.

Todos tenemos alguna pequeña historia de algún descubrimiento que altera el monótono ritmo de nuestra vida. Para mí, encontrarme con la voz de Luis García Montero en aquella sala de actos fue toda una revelación. Las ventanas de la habitación oscura de mi vida se abrieron de repente con la fuerza de un latigazo de luz poética que dio sentido estético a mi rutinaria existencia. En su palabra vi concentradas todas mis historias cotidianas de amor, mis luchas y sufrimientos por ser hombre, el simulacro de un ente de ficción ética y moralmente digno que soportaba el mundo gracias al anhelo de vivir y al extraño poder de la poesía. Sin duda hoy puedo decir que su palabra fue determinante para consolidar mi educación sentimental y estética.

Pero, ¿por qué tanto extrañamiento ante un simple poeta, tanta sorpresa y vívida luz capaz de iluminar los caminos literarios de un estudiante? En primer lugar me sorprendió muchísimo su forma de recitar, su tono contenido y distante de las emociones líricas, alejado de toda exaltación romántica. Por primera vez escuché a un poeta que emocionaba al receptor con una poesía en la que su autor no cometía el peligroso error de “ponerse” excesivamente poético. Nuestra tradición poética es, se quiera o no, todavía heredera del Romanticismo, sobre todo en sus tonos más populares. Si sales a la calle y preguntas a cualquier viandante qué entiende por poeta, seguramente te lance la idea del escritor de versos románticos y poseído de un genio especial, es decir, meloso y cursilón. Quizás sea esta

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una de las causas del fracaso de la poesía entre el gran público. García Montero, en cambio, es capaz de transmitir toda la emocionalidad de la poesía como un poeta tranquilo, según la acertada denominación de Germán Yanke. Un poeta que logra, como aquel boxeador arrepentido de la famosa película de John Ford, contener la peligrosa exaltación de los sentimientos para hacerlos más humanos, más cercanos al gran público.

Esta falta de exaltación sentimental convierte a nuestro poeta a veces en un fingidor. García Montero me hizo comprender que la poesía camina por extraños derroteros. Si el gran público entiende la poesía de un poeta como la historia sincera de la biografía de un autor, García Montero opone al término sinceridad otro más modesto: verosimilitud. Sus poemas se convierten a veces en historias de un personaje poético que no tiene por qué coincidir (o tal vez sí) con la historia real del poeta. Hay mucho de narratividad en la poesía de este poeta tranquilo, es decir, poemas en los que el personaje que habla cuenta una historia emocionada con la que cualquier lector se puede sentir identificado, pero no necesariamente ha de coincidir con la historia personal del poeta. Nuestro autor enlaza con ese sentir poético del gran Jaime Gil de Biedma, poeta que consideraba la poesía como “el juego de hacer versos”, un arte con sus reglas, un juego literario en el que el poeta crea una historia creíble, que puede ser verdad, verosímil, y, por supuesto, una ficción, es decir, una mentira, pero maravillosa, ya que es capaz de emocionarnos y cambiar nuestros postulados emocionales más inquebrantables. El poeta, a veces, no es sincero, sino que se manifiesta como un autor de ficción. Hay que entender su poesía como un género de ficción en la que su autor es un fingidor que consigue implicar al lector no a través de una poética de la sinceridad, sino a través de una poética del enmascaramiento en la que utiliza técnicas como la ironía, el monólogo dramático o el correlato objetivo. De ahí que, desde mi punto de vista, no sea acertada la denominación de “poeta de la experiencia” que ciertos críticos, más interesados en buscar etiquetas encasilladoras que en disfrutar con el oficio poético, han utilizado para nuestro autor.

Pero en la sala universitaria continuaba el poeta. Y cuando acabó de recitar el famoso poema titulado “El insomnio de Jovellanos”, ya saben, aquel famoso ilustrado español del siglo XVIII a quien tanto dolor le producía España, el poeta comenzó a disertar sobre el concepto de utilidad de la poesía. El joven estudiante de literatura no tenía aún muy claro para qué servía la poesía, ni siquiera si esta serviría algún día al futuro profesor de literatura. No, la poesía no debe ser útil, así lo manifiestan o lo piensan la mayoría de las personas normales, entre ellas nuestros queridísimos

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estudiantes. Y parece verdad, decía el poeta, no es útil porque no ofrece una estabilidad económica; pero resulta tremendamente útil en tanto que es capaz de crear experiencias vivas, útiles para recordarnos que la historia, nuestra brevísima historia, sólo se vive en primera persona, sólo se vive una vez, y que esa primera persona, nosotros, nuestras vidas diarias, está implicada en una realidad problemática. La poesía de Luis García Montero es tremendamente útil porque a través de sus personajes poéticos descubrimos las responsabilidades éticas, morales y emocionales que todos nosotros, lectores, tenemos ante la sociedad y, por supuesto, ante nuestras propias vidas.

La utilidad de la literatura, fogonazo azul que se pierde entre las neuronas de los estudiantes cuando aparece la vulgaridad de nuestro mundo diario. Pero incluso en la vulgaridad, o mejor dicho, en la “normalidad doméstica” de nuestros días, la poesía sigue siendo útil. Más tarde descubrí que esta verdad había sido teorizada en un ensayo de nuestro poeta en compañía del gran escritor Antonio Muñoz Molina. Este acercamiento del poeta al mundo del ensayo me hizo comprender la existencia de un poeta capaz de reflexionar sobre la poesía desde el género didáctico. Son muchos los ensayos de Luis García Montero sobre literatura. Desde esta perspectiva, García Montero enlaza con una larga tradición de poetas profesores que han disertado sobre su propio oficio. Aconsejo al lector que se acerque a las páginas de un libro grandioso, Gigante y extraño. Las Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer, obra en la que nuestro poeta nos revela a un Bécquer en la encrucijada del romanticismo y de la modernidad, un Bécquer más “tranquilo”, menos grandilocuente y exagerado, a tenor de los postulados románticos en los que se inscribe. La grandeza de este libro se encuentra en el desentrañamiento del pudor, de la brevedad y de la naturalidad con que Bécquer escribió sus poemas. Un Bécquer que es leído bajo el signo emocional del susurro íntimo, sin estridencias, como un verdadero poeta tranquilo.

Volvamos a la semivacía sala de actos. Allí recibió el poeta un dardo con punta fina de pregunta enviado por un estudiante. Es la típica pregunta que los estudiantes de literatura realizan a los poetas: ¿Cómo aprendió usted a escribir poesía? La eterna pregunta que no tiene respuesta cierta. El poeta tranquilo entonces hizo un canto a la pérdida de la niñez. Volvió su mirada al paraíso perdido de los días velados en las fotografías en blanco y negro, y nos contó que, quizás, su amor y pasión por la poesía se deba a su querido padre. Este fue su verdadero maestro. Un personaje casi poético que fue capaz de leer a su hijo, sentado en sus rodillas, poemas y poemas de aquella

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hermosa y vieja antología de las mil mejores poesías españolas de la editorial Aguilar. Fue allí, a tan temprana edad, cuando el niño comenzó a sentir la poesía como el arte de la palabra capaz de cambiar el mundo. Con los versos leídos por el padre al niño, en ese acto de velada nocturna tan íntimo y rebosante de amor, el poeta se hizo bardo y cantor de la vida. A través de la palabra poética de otros y del sentido que la figura paterna daba a la poesía, García Montero sufrió una especie de anunciación del acto de escribir. Más tarde llegarían los versos adolescentes, las tardes rojas de la universidad, los primeros encuentros con los grandes poetas como Jaime Gil de Biedma, Ángel González y Rafael Alberti, maravillosos encuentros en la poética ciudad de Granada. Luego las reuniones de jóvenes poetas como él, que lograron crear un grupo, La otra sentimentalidad, con manifiesto incluido, en el que los poetas tranquilos consolidaron una poética que intentaba romper con la sensibilidad heredada. No faltaron las lecturas de poetas como Antonio Machado y Luis Cernuda que le aportaron una actitud ética ante la vida. En definitiva, la pregunta tuvo una larga respuesta de datos, edades y nombres. Pero, por encima de todos, destaca la figura del padre, un poeta lector que provocó en el niño el extrañamiento del lenguaje y la inmensa verdad que la palabra poética conlleva. ¡Cuánto aprenderían nuestros hijos si nosotros, padres y madres del siglo XXI volcados en nuestra larga jornada de trabajo, anunciáramos a nuestros hijos el verdadero sentido de la poesía!

No quisiera terminar sin citar algunos versos del poeta en los que se plantea el tema de la poesía como fiel compañera. Versos de gran actualidad que se mezclan con otros del gran poeta Garcilaso de la Vega en una noche de bombardeos absurdos. El lector tiene ante sí tan sólo una pequeñísima muestra de su poesía.

GARCILASO 1991 Mi alma os ha cortado a su medida,

dice ahora el poema,

con palabras que fueron escritas en un tiempo

de amores cortesanos.

Y en esta habitación del siglo XX, muy a finales ya,

preparando la clase de mañana,

regresan las palabras sin rumor de caballos,

sin vestidos de corte, sin palacios.

Junto a Bagdad herido por el fuego, mi alma te ha cortado a su medida. Todo cesa de pronto y te imagino en la ciudad, tu coche, tus vaqueros, la ley de tus edades,

y tengo miedo de quererte en falso, porque no sé vivir sino en la apuesta,

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abrasado por llamas que arden sin quemarnos

y que son realidad,

aunque los ojos miren la distancia en los televisores.

A través de los siglos,

saltando por encima de todas las catástrofes,

por encima de títulos y de fechas,

las palabras retornan al mundo de los vivos,

preguntan por su casa.

Ya sé que no es eterna la poesía, pero sabe cambiar junto a nosotros, aparecer vestida con vaqueros,

apoyarse en el hombre que se inventa un amor

y que sufre de amor cuando está solo.

(Habitaciones separadas,Madrid, Visor, 1994)

Referencias

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