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Canción de mis tripas
Por: Yesenia del Carmen
1.
Ahora que el sol me quema las pestañas, ahora que el mar me sala las caderas, yo, simplemente, dejo. La ciudad a mis espaldas es una orilla caliente, derretida. No dejará de ocurrir porque yo esté aquí coqueteando con lo que este mar podría regalarme. El mar me empuja y me atrae. Me dice, vuelve, ve a derretirte tú también en aquellas calles bajo el sol, sangra. También me dice, ven, sumérgete un poco más hasta que la marea te pese en el cuello, un collar que te obligue a seguir, sumergiéndote. Oleaje indeciso. Su falta de determinación le suma humanidad. Resulta que el mar es hombre y está tan borracho como yo. Me zarandea.
Los zapatos los dejé en la playa, también el bolsito en el que cargo el labial, la cédula, el encendedor y los condones. Con cada ola el suelo del mar se deshace y vuelve a rehacer bajo mis pies. Un reloj de arena danzante. Quisiera que mi carne también se reorganizara por efecto de la marea. Y salir de aquí…sí…volver…pero siendo otra.
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Llorando y con ganas de mandarlo todo a la mierda. A veces creo que vivo un día para mí y otro para mi mejor amiga que fuma. Ya sécate esas lágrimas, me dice. Deja tanta lloradera.
No seas marica. Y me lleva por el Camellón de los Mártires y atravesamos a todos esos manes decapitados allí. Llegamos a un bar en la Media Luna. Salsa y mi mejor amiga me comparte su cigarrillo. De noche Cartagena es otra cosa. Qué digo Cartagena, la Media Luna. La tregua del sol es necesaria. Lo que se resiste a evaporarse durante el día sobrevive en la atmósfera y vuela bajito, apenas por encima de la cabeza de las personas, una especie pesada de cadencia. Un estado de gravedad. Mi mejor amiga que fuma también es mi mejor amiga que sabe mentir y conseguir cervezas. Gratis y eso me quita la lloradera. Se sienta en la barra, sacude el cabello, se remanga la falda y ya está. Siempre un desesperado dispuesto a calmarnos la sed con burbujas. A cambio de qué: una mirada… un cambio de luz… un
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suspiro al oído. El de esta noche es un mexicano. Casi un enano. El pelo sobre la frente le dibuja una línea recta sobre los ojos. Un bigote de dos pelos apenas. Cantinflas miniatura.
Hola, ¿sola? Hola. Risa (de él, no con él). ¿Bailas? La pista de baile se empapa. ¡Salsa! La salsa se derrama. El mexicano se contorsiona como presentía: Un pez que agoniza. Pero nos ha mandado hasta Margaritas, así que el voto de mi mejor amiga que fuma lo tiene. Ella me dice, baila, marica, baila para que olvides, derrama tu propia salsa. Llévatelo al baño, marica.
No seas marica. Un beso no se niega. Derrama tu propia salsa. Pero el enano pretende algo más que el servicio de mis labios. Sus dedos van a donde no quiero. ¡No quiero! Insiste. Le martillo un puño. La cabeza se le hunde entre los hombros. Se queda sin reflejos. Luego me grita HEMBRAAA en varias especies de cuadrúpedos domésticos y salvajes. Me reconforta saber que negarme al ansia de su figurita me pone a crecer mi hierba mala en el campo semántico de las animalas. Animalejas. Me largo de allí. Bordeo el Parque Centenario. Canto junto a su reja una oxidada rima. La última esquina de la Media Luna me tapiza el cuerpo con la mirada de los policías y las peladas que trabajan a esa hora. Esos enemigos íntimos.
Yo prefiero distraer la mirada hacia los gatos y conducir mis uno sesenta de integridad lejos de allí, sin demostrar interés por unos u otras. Mejor que las cosas no se pongan más difíciles.
Menos cuando tengo tantas ganas de llorar/respirar y no tengo ni amiga ni cigarrillos. Sólo ganas de llorar/respirar, desbordarme por la nariz y los ojos. Debería irme al mar, sumergirme hasta dejar de llorar/respirar. Volver a casa en el bus fantasma de la madrugada y dormir y llorar dormida y amanecer con la cara hinchada y que la vieja Amalia me dé a desayunar un
“vagabunda”. Vagabunda. ¡Vagabunda! Y yo con hambre y todavía sueño, sin amiga o cigarrillos, insegura de la noche que hasta hace nada.
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Ser actriz es mi rebusque, oh. O, bueno, dármelas de actriz. Extra en comerciales, impulsadora de productos, posar desnuda para los estudiantes de dibujo en la Alianza Francesa. Eso es cuando actúo de actriz, el resto del tiempo me toca el papel de mí misma.
Los libretos parecen armados con letras de salsa romántica. Por estos días trabajo con
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Hollywood. Me encargo de rellenar el relleno. Una cinta de época basada en una novela, la del nobel, la historia del típico man que no acepta un no cómo respuesta. Ocurrió en esta ciudad hace cien años cuando la azotaba la peste. Los años de una Cartagena azotada por la peste. El vestuario me aprieta las tetas y las caderas. Las enaguas me sudan entre las pierna y de verdad espero que lo del calentamiento global sea verdad, porque si no, pobrecitas las mujeres de hace 100 años, tener que soportar semejante calor como el que hace ahora y con esta ropa. Aunque no importa la época, la ropa la inventaron los hombres para mortificar a las mujeres. Me gusta ser exagerada. Hoy es mi oportunidad. Seré un poco menos extra. Gané el casting para interpretar a la prostituta principal del burdel al que llevan al protagonista de la historia a perder la virginidad. Cuando digo que me gané el casting digo que un tipo llegó a la sala donde los extras estábamos probándonos la ropa y me señaló. Se trata de una producción cinematográfica multinacional. La estrella es un español que hace de colombiano del Caribe pero que habla en inglés. Lo he visto en otras películas. En esas sí actuaba en español. La severidad de su frente, nariz y mentón siempre me han hecho cosquillas. Es del porte de un vikingo, pero sin barba. Adentro estamos en noche de burdel mientras afuera el sol hace de las suyas. Derramar la salsa. Debo bailar y quitarme la ropa. Él debe saborearse mientras me admira, con la dosis exacta de lujuria como para que el rate de la película siga siendo familiar. Y bailo y me quito la ropa y tengo una impresión: quien me mira no es el personaje. Me mira él. Con esos ojos allá en el fondo de su cara, casi ocultos bajo la gravedad de su frente. Me mira él, como algunos de los estudiantes de dibujo que fingen hacer arte mientras poso para ellos. Fantaseo con eso y recuerdo haber soñado con la ciudad inundada.
El agua del mar cubriéndolo hasta las azoteas de los edificios y todos los habitantes ahogados flotando en la superficie, hinchándose bajo el sol. Flotando suavemente. Yo quisiera morir ahogada en los brazos de este vikingo. ¡Salsa! Bailar para olvidar, para derramarme, ¿acaso no me han aconsejado eso? El vikingo me aborda antes de irse al camerino. Su voz es tan severa como sus facciones. Tan severa como su acento español que le adormila el inglés y que hace de su actuación un chiste. Le digo que estamos en desventaja porque ya me ha visto desnuda. Vamos, que eso podemos equilibrarlo, dice. Que vaya esta noche a la fiesta que la producción ofrecerá en la terraza de una casona vieja del Centro. Finjo que mi mejor amiga
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que fuma está allí y que acaba de aconsejarme que no sea marica. Marica, Bella, di que sí, que estarás allí. Y lo digo y voy. ¿Y dónde está el vikingo? No aparece. Pero entonces por qué tomarse el trabajo de acercar su severa voz a mi nuca para invitarme a una fiesta a la que no. Maldito vikingo. Procura aparecer antes de que llegue al cuarto Margarita. Si llego al sexto no respondo, voy a quedarme dormida antes de treparme a tu azotea. ¡Ay¡ A tu azotea.
Tus alturas. Ey, vikingo, dónde andas, mira que ya voy al octavo Margarita y al noveno no respondo. Y qué hace este asistente de asistente de alguna cosa de iluminación enredándome con su brazo. Te vi esta mañana, me dice. Se ve que… Se ve que qué, le pregunto. Que tienes talento. Las actrices como tú necesitan papeles así, que de verdad hagan aflorar su talento.
Tanto Margarita me ha dejado sin fuerzas hasta para emputarme. O resistirme. Me dejo conducir pero no quiero. Qué me pasa. Mira donde lo tengo. Y cómo hago para quitármelo de encima. Vikingo maldito, por tu gran culpa. Mal parido, no. Y menos así, con los condones de adorno en mi bolsito. Ahora tengo el sudor de este tipo dibujado en mi vestido. Desearía estar muerta y flotando en la superficie del mar que inundó esta ciudad en mi sueño. En el exterior… de día… durante la toma mil del apocalipsis.
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Algo de mi esencia se me ha hecho insoportable. Dan ganas de averiguar cómo sería vivir sin uno mismo, al menos por un rato. Pero a quién más podría encargarle mi saquito de huesos, los perfumes naturales de mi piel, la triste canción de mis tripas. Debe haber algo en este mundo después de uno mismo. Algo más allá. No puede ser la humanidad una cuestión de límites. Un pucho de nunca, otro de eternidad y en el medio atrapados. Nosotros. Yo. Algo más allá de uno mismo. Imposible. La consciencia de mis pies que bailan al son de este mar, el agua salá que ahora me besa las tetas. Se me hinchan. Mis pequeñas tetas y las gotas que me escurren del cabello a la frente, son lo único que tengo. Las gotas que se me recurren.
Ahora: Eso al menos es una afirmación, una que se me sale de las manos: Yo misma.
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Camino mientras me derrito bajo el sol. Me voy chorreando por el andén. Dentro de mí se mece mi salsa. Me muevo dentro de mí como el tipo del cuento que de tanto retorcerse mientras se quitaba el abrigo, termina cayendo por la ventana. Todo por un abrigo. Pero no se culpe a nadie cuando de tanto retorcerme dentro de mí misma termine volando por la borda de mi cuerpo y me caiga al suelo y me rompa. Y qué fue lo de anoche. Y dónde quedó la hembra que con tantas animalejas bautizó el mexicano. Debí negarme. No joda. Negarme y punto. Decir: No quiero. La excusa de los Margaritas no va a creérmela nadie. Nadie va a creerme aunque fueran verdad esas hijueputas márgaras. Ahora voy a tener que hacer rayitas en la pared para contar los días. Como una presa. Una presa que habla y habla para pasar los días hasta que sepa que lo de anoche no tendrá consecuencias. Días. Destemplados. Días desafinados. Pero pasan. La producción se ha ido. Y con ella el vikingo y el gusano asistente del que ni siquiera conozco el nombre. Una explicación que no quisiera tener que darle a ninguna Margarita. Jueputa. Qué hueva. Razón tiene la vieja Amalia cuando me dice vagabunda. Vagabunda. No nos alcanza ni para comprar una bolsa de leche. Creí que era mi pasaje directo a Hollywood, le diría. Ay Dios. Ay mamita mía. Para rematar este susto, este sol que me arrebata. La producción se ha ido, me ha dejado, como circo pobre. Circo pobre que hubiera olvidado a la french pooddle del tutú y las piruetas en dos patas. Ya vendrá mi oportunidad. Ya dejaré a la vieja Amalia con la boca cerrada. O abierta de asombro cuando me vea. Aquí tienes pa´ que te compres el mar con to´o y pesca´o. A mí lo de actuar de actriz me sale. La cosa reventará en algún momento. Siempre que no reviente primero el capullo de Margarita que quizá me habrá sembrado el gusano asistente en las tripas. Ay Dios, ay mamita mía. Amalia, vieja mía, si eso llegara a ser así, quién te aguanta. Paso por la inmensa puerta de La Catedral y no me santiguo. Cuando era niña me convencieron de que eso era una obligación. Dejé de ser católica la primera vez que probé la hostia. Esa cosa blanca y aguada en la boca me dio náuseas. Me hice la que tragué pero luego la escupí en el inodoro.
Parada en la esquina bajo el reloj solar, un coágulo de brisa estalla y se espantan las palomas.
La brisa es tan fuerte que pone a las palomas a dar vueltas como dentro de una a licuadora.
Por un instante las sostiene en el aire dando vueltas sin que las palomas puedan oponerse. Al
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siguiente minuto las deja caer en el suelo. Las palomas se sacuden, se acomodan las plumas y siguen rascando el adoquín con sus pezuñas, como si nada. Una gota fría me brota de los pelos de la nuca. Se desliza por la cuenca de mi espalda. Necesito el olvido de las palomas después de haber enfrentado al vendaval. Necesito sus pezuñas para arañar este suelo caliente. Seguir hacia adelante, como si nada.
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Marica, ¿en serio la cagó así de feo?, me pregunta mi mejor amiga que fuma. No preguntes maricadas y pásame un cigarrillo. Y un lápiz y un papel para desahogarme, para escribir el libreto de esto que me está pasando y después lo metemos en una botella y lo quemamos. La lanzamos al mar. Al mar la lanzamos. Para no seguir retorciéndome dentro de mí misma y para que los días en la pared pasen rápido, de rayita en rayita, sin que tenga que botarme por la ventana de mí misma. Eso te pasa por andar por ahí subastando el corazón. No sé cuándo vas a dejar de ponerle tanto el corazón a la vuelta. Relájate, Bella, que esto es una salsita suave. Cállate, eso no te lo crees ni tú misma. Que por culpa tuya es que ando así, diciendo sí a todo. Y ni siquiera el teléfono de ese tipo para pedirle lo de unas pastillas para frenar esta vaina. Con la miseria que nos pagaron por la película. El man que nos contactó, el que hablaba en español con los extras y en inglés con la producción, se quedó con la mitad de nuestra plata. Me tocará empeñar el culo. O sacarle a la vieja Amalia del bolso cuando se descuide.
Pero si no nos alcanza ni para la bolsa de leche. Vagabunda. Vagabunda. Mejor empeña el culo, marica, necesitamos una solución rápida. Esta noche nos vemos en el Parque Centenario.
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Y de qué me sirve emputarme conmigo misma. Mi rabia no basta para obligar al sol a dolerse de estas calles. Esta ciudad donde a nadie le importa un carajo nada, qué van a importarles las margaritas que se colaron en mi vientre. Por si acaso, me pinté la boca con el labial más rojo que encontré. Mecanismos de despiste que llaman. Como si en todo el cuerpo llevara escrito lo que me está pasando. Las margaritas se me colaron en el vientre. Entonces me lo
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encuentro. A él. Al que dejé hace un par de años y hace el mismo tiempo que se fue a la capital del frío despechado. Lo abrí sin contemplaciones, como quien dice. No porque no lo quisiera, sólo porque quise. Mejor te iría lejos de mí, le canté dramática y razón tuve. Míralo ahora, con esos lentes y los cachetes rosados, parece cachaco. Que no me vea. Marica, mejor que no me vea. No ahora que las Margaritas se colaron en mi vientre. Espero no haberla cagado con lo de las pastillas. Me las tomé bien, ¿sí o qué? Me las tomé bien. Sí, hombre sí.
Dos por la boca y dos por la otra. Mejor que no me vea. Mejor doy la vuelta a la manzana.
Él por su lado y yo por el mío. Olvidé que en el Centro, las calles tienen jorobas que te devuelven siempre al mismo lugar, no importa donde vayas. Dos por la boca y dos por la otra. Y después una leve fiebrecita. Y tomar mucho líquido. Esa vuelta es breve, me dijo mi mejor amiga que fuma, cuando me entregó la caja de las pastillas en el Parque Centenario. Y preciso me lo topo de frente mar, a él, de frentolín. Y me saluda y me abraza y me da un beso en el cachete, un beso largo, y se me eriza la piel de los hombros. Si mi mejor amiga que fuma estuviera aquí me diría, marica, Bella, cómo vas a delatarte así de feo. ¿Se habrá dado cuenta? De qué, de los hombros o de las Margaritas. No, para eso era la boca roja. Me dice que aprovechemos la oportunidad, que un jugo, una gaseosa, una cerveza o lo que sea para este calor, que vayamos allí, a la Santo Domingo con las mesitas y el coágulo de brisa que licúa a las palomas. El man tiene toda la película montada. Y dónde está mi mejor amiga que fuma ahora que la necesito, qué se supone, ¿aceptar? Eh… bueno…sí…eh… En fin, que ya estoy aquí en la Santo Domingo, embolatada con su sonrisa. Digo que no a la cerveza, que mejor el jugo. Se supone que las mujeres en mi estado no… ¿estado?, marica, cuál estado, se supone que estamos saliendo de eso. Lo digo es porque las cervezas te pueden cortar el efecto.
Ah, sí, sí, sí, las Margaritas. Se marchitan o no se marchitan y les arranco un pétalo. Se marchitan o no se marchita y les arrancó otro pétalo, ¿no lo sientes? Pensará que estoy loca o que no le estoy parando bolas mientras me cuenta de sus dos años en la capital del frío y todo lo que ha logrado. Pero es que el cuerpo me distrae. Tengo el cerebro en las tripas. Y así estaré por lo menos un mes más hasta que el mismo cuerpo me avise. Se marchitan. Me gusta verlo feliz. Los lentes y los cachetes rosados le lucen y le brillan los ojos mientras me cuenta. Si no fuera por la flor, me lo comería aquí mismo. De repente me toma la mano. Yo
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se la quiero quitar pero no puedo. Me siento paralizada dentro del círculo de saliva que ha dibujado a mi alrededor este encanto nuevo, del que ahora es dueño. Siento que me quedaré sin poder moverme dentro de este círculo, hasta que muera. Sin comer ni beber a menos que él decida por los dos y me lleve. Donde podamos estar solos y finalmente pueda contestarle por qué quise dejarlo. Él no se lo explicaba. Por qué por qué era lo único que decía. Y yo no tuve paciencia para ser su madre. Y cae la tarde y no podemos quedarnos tomando jugos para siempre. Y decide por los dos y me lleva. Y me mira como si no pudiera creerlo, me quita la ropa como si fuese a verme desnuda por primera vez. Me recorre con besos y me pregunta que si no me hace gracia esta ciudad, que si ya estoy hasta la coronilla del calor, por qué no me voy con él. Que lo de la actuación allá en la capital del frío puede que funcione. Y yo pensando con las tripas, en mis tripas, mentalmente me pregunto, ¿qué?, o sea, marica, ¿qué?
Por eso mismo quise dejarte pese a que aún te quería. Este lo que quiere es amarrarte. Este lo que quiere es amargarme. Que lo cuelguen a una cometa y que luego corten el hilo. Y ay no marica, qué jartera, Bella, me decía mi mejor amiga que fuma cuando me entraba la chiripiorca de volver con él. Siempre te las diste de amo. A tu lado me sentía caminando en cuatro como una perra, mientras tú me conducías con un lazo y me mamé. Y ya no puedo más. Me voy. Qué pena, lo siento de verdad. Te acaricio los cachetes y me voy. No sé si seas bueno o malo pero no eres para mí. No ahora. No en este momento. Necesitaba poder, decidir para mí. Me visto. Me voy.
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Bien hecho, me dice mi mejor amiga que fuma. Qué se cree, que puede venir así de la nada a recogerte de la calle. No, nada. De eso nada, que tú eres una indigente decente y te perteneces a ti misma y a tu calle. Cállate marica, deja la mamadera de gallo que esto es en serio. Para bolas, ¿cómo es que se maneja este aparatejo?, ¿dónde va el meao? Y es que cómo va a proponerme eso justo en este momento en que pienso con las tripas y que no sé, por qué habría de irme, atrás de qué, del amor o de una herida, porque yo heridas tengo para causarle las que quiera. Tengo el vendaval suficiente. Y bueno, sin rencores, el otro día me escribió un mail, me dijo que sin rencores. Que aprendió a lidiar con un no como respuesta. Payaso.
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Yo me sorprendí, dijo mi mejor amiga que fuma, porque ese man tenía cara de ser de esos que mil años después, en el funeral del marido, se le presentan a la viuda para decirle que todavía la ama. No, marica, qué jartera. Ya, creo que puse el orín donde era, ahora toca esperar. Yo la pasé bien con él. No puedo negarlo. Nos íbamos todas las tardes a basarnos en las murallas mientras el sol se desintegraba en el agua. Lo deseé el día que lo conocí. En un recital le escuché leer uno de sus cuentos. Un papá tan flojo pero tan flojo, vivía con su hijo en una casa que se inundaba cuando llovía. Llovía toda la noche y el hijo se quedaba despierto encargado de cambiar los baldes que se llenaban con las goteras. El papá dormía todo ese tiempo. Una noche el hijo decide irse a la calle. Cuando vuelve al amanecer, encuentra al papá flotando en la casa inundada, la nariz contra el techo. Ese man es buen tipo, pero no para mí, y menos ahora que han pasado los días, destemplados, días desafinados, el mes, las rayitas en la pared en mi habitación de presa y esperando que sea sólo una rayita en este aparatejo. Donde salgan dos no sé qué voy a hacer, lanzarme por la borda de mí misma y caerme al suelo y romperme. Maldita sea, qué hice, qué me hice, dónde estoy. El baño me da vueltas, se me juntan las paredes, las Margaritas se cuelan en mi vientre. Tengo ganas de vomitar. Lo suelto. Lo dejo ir. Lo suelto y me desboco al mismo tiempo. Amiga, pásame un cigarro. Cuánto tiempo falta. Jueputa, quién toca la puerta. Vieja Amalia, no te metas. Yo sé que mi abuelo te obligó. Nunca has querido decírmelo pero lo dices en cada gesto con el que te me acercas. Vagabunda. ¡Perra! Ay mamita mía, no dejes que otra rayita o será mi tumba.
Vagabunda. Este inodoro será mi tumba. Ay tampoco, Bella, semejante drama. Es solo una decisión como dice la salsa. ¿Acaso has visto que las palomas dejen de ir a cagarse las paredes de la catedral? No joda. No puede ser. Marica, mira, me salvé. Marica, sí, Bella, te salvaste.
Pero no, no, no puede ser. Sí, sí puede ser. Es. Así que atente. ¿Atente? A qué, sino puedo siquiera sostenerme, se me van las luces, amiga, el baño me da vueltas, se me juntan las paredes, amiga, se me van, se me van. Bella, ¿estás ahí?, preguntan al otro lado de la puerta.
Es la vieja Amalia. Ay Amalia, si supieras. Tun tun tun. Ay Amalia, tenemos tanto de qué hablar. Al final era mentira lo de tener que santiguarse cada vez que uno pasa por una iglesia.
Yo decidí no hacerlo nunca más. Yo sé que mi abuelo te obligó. Tenemos tanto de qué hablar,
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vieja. Pero mejor te lo cuento después o me vas a coger por el pelo. Jueputa, la cagué. La cagué. Sí, la cagué. Jaja. Me salvé por un pelo.
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Dentro del mar me siento más dentro de mí. Ahora más que nunca. Siento que me capto. Que alcanzo un pedacito de mí misma más allá. La muerte es una opción, pero necesito algo más concreto. Aprender a tocar las canciones. Digo tocarlas de verdad. Pura salsa. Tentar el sonido y que eso sea una cura para la tristeza. Como abrir la puerta para dejar pasar a esa otra persona que soy yo misma y saludarla y abrazarla y decirle, Bella, ya pasó, viste que no fue para tanto. Y decirle, son simplemente decisiones… decisiones que tomamos. Relájate que esto es una salsita suave. Una habanera. ¿Qué hacemos, mejor amiga que fumas?, ¿qué hacemos ahora que la cagamos?, ¿qué hacemos que sea mejor que flotar ahora, aquí, en el mar de nuestro lamento? Ya te lo había dicho, vámonos para el Parque centenario. Vámonos al bar de la salsa eterna. A ver quién nos resuelve hoy lo de las Margaritas y con suerte hasta las deudas de la vieja Amalia. Ella primero se va a escandalizar pero después va a comer callada y contenta. A ella lo que le interesa es que no pasemos hambre. Podríamos seguir avanzado entre la marea hasta que nos cubra la cabeza, pero, ¿y qué?, con todos los ríos que llegan al mar y no lo desbordan, qué van a hacer nuestras lágrimas. Volver, navegar en tierra, nos toca. Que para eso tenemos las pezuñas, para arañar el sol en el suelo con los callos.
Tomar la decisión. Hagamos lo que diga el corazón, el cerebro, los intestinos, todo este cuerpo de tripas, entonces volver, sí, a esa orilla caliente de Cartagena que se derrite. Óyelo, Bella, cógeme esa clave con las caderas. Derrama tu salsa. Lúcete, mujer, componte, que nada te detenga. Este es el papel de tu vida. Desahógate. Derrama tu salsa.