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Tema 4: VALORES EN LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA. Introducción:

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1 Sagrados Corazones

Manquehue Departamento de Religión

y Filosofía IVº Medio 2018

Tema 4:

VALORES EN LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA.

Introducción:

Los valores constituyen un tema nuevo en la filosofía: la disciplina que los estudia –la axiología- ensaya sus primeros pasos en la segunda mitad del siglo XIX. Es cierto que algunos valores inspiraron profundas páginas a más de un filósofo, desde Platón en adelante, ya que la belleza, la justicia, el bien, la santidad, fueron temas de viva preocupación de los pensadores de todas las épocas.

Los valores son también principios que nos permiten orientar nuestro comportamiento en función de realizarnos como personas. Son creencias fundamentales que nos ayudan a preferir, apreciar y elegir unas cosas en lugar de otras, o un comportamiento en lugar de otro. Los valores son fuente de satisfacción y plenitud; nos proporcionan una pauta para formular metas y propósitos, personales o colectivos. Reflejan nuestros intereses, sentimientos y convicciones más importantes.

Los valores se refieren a necesidades humanas y representan ideales, sueños y aspiraciones, con una importancia independiente de las circunstancias. Por ejemplo, aunque seamos injustos la justicia sigue teniendo valor. Lo mismo ocurre con el bienestar o la felicidad.

Así como hay Principios de la DSI, también ésta tiene sus valores. La doctrina social de la Iglesia, además de los principios que deben presidir la edificación de una sociedad digna del hombre, indica también valores fundamentales. La relación entre principios y valores es indudablemente de reciprocidad, en cuanto que los valores sociales expresan el aprecio que se debe atribuir a aquellos determinados aspectos del bien moral que los principios se proponen conseguir, ofreciéndose como puntos de referencia para la estructuración oportuna y la conducción ordenada de la vida social. Los valores requieren, por consiguiente, tanto la práctica de los principios fundamentales de la vida social, como el ejercicio personal de las virtudes y, por ende, las actitudes morales correspondientes a los valores mismos.1

1 Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1886.

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Todos los valores sociales son inherentes a la dignidad de la persona humana, cuyo auténtico desarrollo favorecen; son esencialmente: la verdad, la libertad, la justicia, el amor.2 Su práctica es el camino seguro y necesario para alcanzar la perfección personal y una convivencia social más humana; constituyen la referencia imprescindible para los responsables de la vida pública, llamados a realizar « las reformas sustanciales de las estructuras económicas, políticas, culturales y tecnológicas, y los cambios necesarios en las instituciones ».3 El respeto de la legítima autonomía de las realidades terrenas lleva a la Iglesia a no asumir competencias específicas de orden técnico y temporal,4 pero no le impide intervenir para mostrar cómo, en las diferentes opciones del hombre, estos valores son afirmados o, por el contrario, negados.5

¿De dónde vienen los valores de la DSI?

Vienen de Jesús. Leyendo los evangelios con atención se constata que Jesús se dio cuenta de que la religión que entonces había en su pueblo y en su tiempo, no iba a ninguna parte. Y menos aún la ética, es decir las costumbres y el ―deber ser‖ que predicaba aquella religión. Él hizo las cosas de un modo distinto y propuso también dar importancia a valores que se habían descuidado. Jesús enseñaba una nueva propuesta

―como quien tiene autoridad, no como los letrados (Mc 1, 22)

Jesús entendió su misión a la luz de esta realidad fundamental de su vida: está convencido de que Dios le ama, de que Dios nos ama. Y él no puede hacer otra cosa que transmitir ese amor del Padre. Este valor fundamental y cómo lo vivió Jesús en sus diversas manifestaciones es lo que descubrimos en una lectura de los evangelios.

La escala de valores de Jesús gira en torno al compromiso de su vida de tal manera que todo se relativiza ante el pecador que espera el perdón, ante el enfermo que espera su curación, ante las gentes sedientas de un mensaje de salvación, de liberación, ante el pobre y marginado por los convencionalismos de su época.

Para generar los cambios que su sociedad necesitaba Jesús propuso también pasar de una justicia legal y objetiva, propia de los fariseos a una nueva honradez más exigente en contenido e interioridad: ―Porque les digo que si el modo de obrar de ustedes no supera al de los letrados y fariseos, no entrarán en el reino de los cielos‖. (Mt. 5, 22) y les agregó a quienes querían escucharle: ―Busquen primero el reino (de Dios) y su justicia, y lo demás lo recibirán por añadidura‖. (Mt. 6, 33)

El evangelio de Juan, el más tardío de los cuatro, señala en el capítulo 14 que Jesús es el camino hacia el Padre. Las y los discípulos de Jesús llegarán un día al mismo destino de Jesús, a la casa del Padre. Mientras tanto, aquí en la tierra, tendrán que seguir el camino marcado por Él; conocen la dirección general, pero el paso a paso tendrá que ser una decisión personal de cada momento. Sin embargo el evangelista pone en labios de Jesús una respuesta categórica cuando el discípulo Tomás le pregunta: ¿cómo podemos conocer el camino? ―Le dice Jesús: Yo soy el camino, la verdad y la vida‖. (Juan 14, 6) Varios capítulos más atrás, el mismo autor destacaba en un diálogo de Jesús con los discípulos en relación al seguimiento la siguiente idea: ―Si se mantienen fieles a mi palabra, serán realmente discípulos míos, conocerán la verdad y la verdad los hará libres‖ (Juan 8, 32)

2 Cf. Concilio Vaticano II, Const. Past. Gaudium et spes, 26: AAS 58 (1966) 1046-1047; Juan XXIII, Carta enc.

Pacem in terris: AAS 55 (1963) 265-266.

3 Congregación para la Educación Católica, Orientaciones para el estudio y enseñanza de la doctrina social de la Iglesia en la formación de los sacerdotes, 43, Tipografía Políglota Vaticana, Roma 1988, p. 43.

4 Cf. Concilio Vaticano II, Const. Past. Gaudium et spes, 36: AAS 58 (1966) 1053-1054.

5 Cf. Concilio Vaticano II, Const. Past. Gaudium et spes, 1: AAS 58 (1966) 1025-1026; Pablo VI, Carta enc.

Populorum progressio, 13: AAS 59 (1967) 263-264.

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La Iglesia se ha ido nutriendo, alimentando desde las primeras comunidades cristianas, con los dichos y hechos de Jesús, para vivir al estilo de Él y hacer posible el Reino de Dios. De ahí surgen estos cuatro valores: La verdad, la justicia, la libertad y el Amor. ¿Pudieron haber sido otros muy distintos desde el evangelio? Difícil por un par de razones: Estos cuatro están muy presentes en los evangelios mismos y los sustentan los escritos de los primeros cristianos en el Nuevo Testamento tales como Pablo, Santiago y Juan en las llamadas cartas.

Veamos detalladamente estos cuatro valores:

Los valores de la DSI

LA VERDAD:

Verdad es un concepto abstracto de difícil definición. El término procede del latín verĭtas y está asociado con la conformidad de lo que se dice con lo que se piensa o siente. ... El valor de la verdad Significa honestidad, buena fe, sinceridad humana y está relacionada con el corazón humano y las actividades personales, sociales, políticas y económicas. La ventaja de la verdad es la integridad personal de quien la mantiene como hábito o costumbre en sus compromisos y obligaciones para la sociedad y el país.

Gracias a la verdad se vive tranquilo y sin preocupación de lo que se diga y no de lo que se calle, porque se cree fielmente en la realidad de los hechos y en lo que siente y no en lo que se imaginan los demás. La verdad está vinculada con los principios éticos que rigen la vida del hombre en la sociedad, por cuanto refleja el color del cristal en que se miren sus actos personales, profesionales, económicos y políticos, los mismos que no pueden estar divorciados con la fe en Dios y el amor al prójimo y la búsqueda de su beneficio.

La vida social sólo se construye de forma acorde con la dignidad humana si se funda en la verdad. Cuando la DSI propone la verdad como fundamento de la vida social, se refiere a la verdad sobre el ser humano, lo que el ser humano es y su vocación. La verdad esencial que la Iglesia propone sobre el ser humano es que estamos llamados a vivir según lo que somos: hijos de Dios y hermanos de nuestros prójimos; a realizar la vocación a vivir y construir, desde el amor y la libertad, la comunión. EL CDSI6dice al respecto:

(198) Los hombres tienen una especial obligación de tender continuamente hacia la verdad, respetarla y atestiguarla responsablemente.7 Vivir en la verdad tiene un importante significado en las relaciones sociales:

la convivencia de los seres humanos dentro de una comunidad, en efecto, es ordenada, fecunda y conforme a su dignidad de personas, cuando se funda en la verdad.8 Las personas y los grupos sociales cuanto más se esfuerzan por resolver los problemas sociales según la verdad, tanto más se alejan del arbitrio y se adecúan a las exigencias objetivas de la moralidad.

Nuestro tiempo requiere una intensa actividad educativa9 y un compromiso correspondiente por parte de todos, para que la búsqueda de la verdad, que no se puede reducir al conjunto de opiniones o a alguna de ellas, sea promovida en todos los ámbitos y prevalezca por encima de cualquier intento de relativizar sus

6 CDSI: Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia

7 Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2467.

8 Cf. Juan XXIII, Carta enc. Pacem in terris: AAS 55 (1963) 265-266. 281.

9 Cf. Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, 61: AAS 58 (1966) 1081-1082; Pablo VI, Carta enc.

Populorum progressio, 35. 40: AAS 59 (1967) 274-275. 277; Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 44: AAS 80 (1988) 575-577. Para la reforma de la sociedad « la tarea prioritaria, que condiciona el éxito de todas las otras, es de orden educativo »: Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Libertatis conscientia, 99: AAS 79 (1987) 599.

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exigencias o de ofenderla.10 Es una cuestión que afecta particularmente al mundo de la comunicación pública y al de la economía. En ellos, el uso sin escrúpulos del dinero plantea interrogantes cada vez más urgentes, que remiten necesariamente a una exigencia de transparencia y de honestidad en la actuación personal y social.

LA LIBERTAD:

Libertad es la facultad o capacidad del el ser humano de actuar o no actuar siguiendo según su criterio y voluntad. Libertad es también el estado o la condición en que se encuentra una persona que no se encuentra prisionera, coaccionada o sometida a otra. Proviene del latín libertas, -ātis, de igual significado.

Se utiliza esta palabra para referirse también a la facultad que tienen los ciudadanos de un país de actuar o no actuar siguiendo su voluntad siempre que esté dentro de lo que establece la ley.

El tema de la libertad y 'ser libre' forma parte de la naturaleza humana, aunque no existe una libertad absoluta, ya que las personas se ven condicionadas por sus propias capacidades y el entorno.

Se suele aceptar que la libertad individual se debe ejercer con respeto y responsabilidad moral. A pesar de que se trata de una de las características y derechos fundamentales del ser humano, la libertad en muchos casos se ve condicionada por factores externos que impiden la realización de la persona. El CDSI dice:

(199) La libertad es, en la persona, signo eminente de la imagen divina y, como consecuencia, signo de la sublime dignidad de cada persona humana:11 « La libertad se ejercita en las relaciones entre los seres humanos. Toda persona humana, creada a imagen de Dios, tiene el derecho natural de ser reconocida como un ser libre y responsable. Todo hombre debe prestar a cada cual el respeto al que éste tiene derecho. El derecho al ejercicio de la libertad es una exigencia inseparable de la dignidad de la persona humana ».12 No se debe restringir el significado de la libertad, considerándola desde una perspectiva puramente individualista y reduciéndola a un ejercicio arbitrario e incontrolado de la propia autonomía personal: « Lejos de perfeccionarse en una total autarquía del yo y en la ausencia de relaciones, la libertad existe verdaderamente sólo cuando los lazos recíprocos, regulados por la verdad y la justicia, unen a las personas ».13 La comprensión de la libertad se vuelve profunda y amplia cuando ésta es tutelada, también a nivel social, en la totalidad de sus dimensiones.

10 Cf. Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, 16: AAS 58 (1966) 1037; Catecismo de la Iglesia Católica, 2464-2487.

11 Cf. Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, 17: AAS 58 (1966) 1037-1038; Catecismo de la Iglesia Católica, 1705. 1730; Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Libertatis conscientia, 28: AAS 79 (1987) 565.

12 Catecismo de la Iglesia Católica, 1738.

13 Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Libertatis conscientia, 26: AAS 79 (1987) 564-565.

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(200) El valor de la libertad, como expresión de la singularidad de cada persona humana, es respetado cuando a cada miembro de la sociedad le es permitido realizar su propia vocación personal; es decir, puede buscar la verdad y profesar las propias ideas religiosas, culturales y políticas; expresar sus propias opiniones;

decidir su propio estado de vida y, dentro de lo posible, el propio trabajo; asumir iniciativas de carácter económico, social y político. Todo ello debe realizarse en el marco de un « sólido contexto jurídico »,14 dentro de los límites del bien común y del orden público y, en todos los casos, bajo el signo de la responsabilidad.

La libertad, por otra parte, debe ejercerse también como capacidad de rechazar lo que es moralmente negativo, cualquiera que sea la forma en que se presente,15 como capacidad de desapego efectivo de todo lo que puede obstaculizar el crecimiento personal, familiar y social. La plenitud de la libertad consiste en la capacidad de disponer de sí mismo con vistas al auténtico bien, en el horizonte del bien común universal.16 La libertad se construye y crece. Hay que superar el concepto individualista de libertad, somos libres cuando las libertades son compartidas por todos. La construcción de la libertad es un proceso solidario de liberación: liberación del egoísmo sociopolítico, económico, cultural, etc.; liberación del pecado individual y social y de las consecuencias del pecado en las personas y las estructuras de la sociedad.

LA JUSTICIA:

La palabra justicia proviene del latín iustitia que significa justo, y deriva del vocablo ius consiste en conocer, respetar y hacer valer los derechos de las personas. Honrar a los que han sido buenos con nosotros, dar el debido salario a un trabajador, reconocer los méritos de un buen estudiante o un abnegado colaborador son, entre otros, actos de justicia porque dan a cada cual lo que se merece y lo que necesita para desarrollarse plenamente y vivir con dignidad. Así como ser justos implica reconocer, aplaudir y fomentar las buenas acciones y las buenas causas, también implica condenar todos aquellos comportamientos que hacen daño a los individuos o a la sociedad y velar porque los responsables sean debidamente castigados por las autoridades judiciales correspondientes.

La justicia es el principio moral de cada persona que decide vivir dando a cada quien lo que le corresponde o pertenece. La justicia busca el bien propio y de la sociedad.

14 Juan Pablo II, Carta Enc. Centesimus annus, 42: AAS 83 (1991) 846. La afirmación se refiere a la iniciativa económica, sin embargo parece correcto ampliarlo a los otros ámbitos del actuar personal.

15 439Cf. Juan Pablo II, Carta Enc. Centesimus annus, 17: AAS 83 (1991) 814-815.

16 440Cf. Juan XXIII, Carta Enc. Pacem in terris: AAS 55 (1963) 289-290.

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(201) La justicia es un valor que acompaña al ejercicio de la correspondiente virtud moral cardinal.17 Según su formulación más clásica, « consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido ».18 Desde el punto de vista subjetivo, la justicia se traduce en la actitud determinada por la voluntad de reconocer al otro como persona, mientras que desde el punto de vista objetivo, constituye el criterio determinante de la moralidad en el ámbito intersubjetivo y social.19

El Magisterio social invoca el respeto de las formas clásicas de la justicia: la conmutativa, la distributiva y la legal.20 Un relieve cada vez mayor ha adquirido en el Magisterio la justicia social,21 que representa un verdadero y propio desarrollo de la justicia general, reguladora de las relaciones sociales según el criterio de la observancia de la ley. La justicia social es una exigencia vinculada con la cuestión social, que hoy se manifiesta con una dimensión mundial; concierne a los aspectos sociales, políticos y económicos y, sobre todo, a la dimensión estructural de los problemas y las soluciones correspondientes.22

(202) La justicia resulta particularmente importante en el contexto actual, en el que el valor de la persona, de su dignidad y de sus derechos, a pesar de las proclamaciones de propósitos, está seriamente amenazado por la difundida tendencia a recurrir exclusivamente a los criterios de la utilidad y del tener. La justicia, conforme a estos criterios, es considerada de forma reducida, mientras que adquiere un significado más pleno y auténtico en la antropología cristiana. La justicia, en efecto, no es una simple convención humana, porque lo que es « justo » no está determinado originariamente por la ley, sino por la identidad profunda del ser humano.23

(203) La plena verdad sobre el hombre permite superar la visión contractual de la justicia, que es una visión limitada, y abrirla al horizonte de la solidaridad y del amor: « Por sí sola, la justicia no basta. Más aún, puede llegar a negarse a sí misma, si no se abre a la fuerza más profunda que es el amor ».24 En efecto, junto al valor de la justicia, la doctrina social coloca el de la solidaridad, en cuanto vía privilegiada de la paz. Si la paz es fruto de la justicia, « hoy se podría decir, con la misma exactitud y análoga fuerza de inspiración bíblica (cf. Is 32,17; St 32,17), Opus solidaritatis pax, la paz como fruto de la solidaridad ».25 La meta de la paz, en efecto, « sólo se alcanzará con la realización de la justicia social e internacional, y además con la práctica de las virtudes que favorecen la convivencia y nos enseñan a vivir unidos, para construir juntos, dando y recibiendo, una sociedad nueva y un mundo mejor ».26

17 Cf. Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, I-II, q. 6: Ed. Leon. 6, 55-63.

18 Catecismo de la Iglesia Católica, 1807; cf. Sto. Tomás de Aquino, Summa theologiae, II-II, q. 58, a. 1: Ed. Leon. 9, 9-10: « iustitia est perpetua et constans voluntas ius suum unicuique tribuendi ».

19 Cf. Juan XXIII, Carta Enc. Pacem in terris: AAS 55 (1963) 282-283.

20 Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2411.

21 Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1928-1942. 2425-2449. 2832; Pío XI, Carta Enc. Divini Redemptoris: AAS 29 (1937) 92.

22 Cf. Juan Pablo II, Carta Enc. Laborem exercens, 2: AAS 73 (1981) 580-583.

23 Cf. Juan Pablo II, Carta Enc. Sollicitudo rei socialis, 40: AAS 80 (1988) 568; Catecismo de la Iglesia Católica, 1929.

24 Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2004, 10: AAS 96 (2004) 121.

25 Juan Pablo II, Carta Enc. Sollicitudo rei socialis, 39: AAS 80 (1988) 568.

26 Juan Pablo II, Carta Enc. Sollicitudo rei socialis, 39: AAS 80 (1988) 568.

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EL AMOR. ( O LA VÍA DE LA CARIDAD)

(204) Entre las virtudes en su conjunto y, especialmente entre las virtudes, los valores sociales y la caridad, existe un vínculo profundo que debe ser reconocido cada vez más profundamente. La caridad, a menudo limitada al ámbito de las relaciones de proximidad, o circunscrita únicamente a los aspectos meramente subjetivos de la actuación en favor del otro, debe ser reconsiderada en su auténtico valor de criterio supremo y universal de toda la ética social. De todas las vías, incluidas las que se buscan y recorren para afrontar las formas siempre nuevas de la actual cuestión social, la « más excelente » (1 Co 12,31) es la vía trazada por la caridad.

(205) Los valores de la verdad, de la justicia y de la libertad, nacen y se desarrollan de la fuente interior de la caridad: la convivencia humana resulta ordenada, fecunda en el bien y apropiada a la dignidad del hombre, cuando se funda en la verdad; cuando se realiza según la justicia, es decir, en el efectivo respeto de los derechos y en el leal cumplimiento de los respectivos deberes; cuando es realizada en la libertad que corresponde a la dignidad de los hombres, impulsados por su misma naturaleza racional a asumir la responsabilidad de sus propias acciones; cuando es vivificada por el amor, que hace sentir como propias las necesidades y las exigencias de los demás e intensifica cada vez más la comunión en los valores espirituales y la solicitud por las necesidades materiales.27 Estos valores constituyen los pilares que dan solidez y consistencia al edificio del vivir y del actuar: son valores que determinan la cualidad de toda acción e institución social.

(206) La caridad presupone y trasciende la justicia: esta última « ha de complementarse con la caridad ».28 Si la justicia es « de por sí apta para servir de ―árbitro‖ entre los hombres en la recíproca repartición de los bienes objetivos según una medida adecuada, el amor en cambio, y solamente el amor (también ese amor benigno que llamamos ―misericordia‖), es capaz de restituir el hombre a sí mismo ».29

No se pueden regular las relaciones humanas únicamente con la medida de la justicia: « La experiencia del pasado y nuestros tiempos demuestra que la justicia por sí sola no es suficiente y que, más aún, puede conducir a la negación y al aniquilamiento de sí misma... Ha sido ni más ni menos la experiencia histórica la que entre otras cosas ha llevado a formular esta aserción: summum ius, summa iniuria ».30 La justicia, en efecto, « en todas las esferas de las relaciones interhumanas, debe experimentar, por decirlo así, una notable

―corrección‖ por parte del amor que —como proclama San Pablo— ―es paciente‖ y ―benigno‖, o dicho en otras palabras, lleva en sí los caracteres del amor misericordioso, tan esenciales al evangelio y al cristianismo».31

(207) Ninguna legislación, ningún sistema de reglas o de estipulaciones lograrán persuadir a hombres y pueblos a vivir en la unidad, en la fraternidad y en la paz; ningún argumento podrá superar el apelo de la caridad. Sólo la caridad, en su calidad de « forma virtutum »,32 puede animar y plasmar la actuación social para edificar la paz, en el contexto de un mundo cada vez más complejo. Para que todo esto suceda es necesario que se muestre la caridad no sólo como inspiradora de la acción individual, sino también como fuerza capaz de suscitar vías nuevas para afrontar los problemas del mundo de hoy y para renovar

27Cf. Juan XXIII, Carta enc. Pacem in terris: AAS 55 (1963) 265-266.

28Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2004, 10: AAS 96 (2004) 120.

29Juan Pablo II, Carta enc. Dives in misericordia, 14: AAS 72 (1980) 1223.

30Juan Pablo II, Carta enc. Dives in misericordia, 12: AAS 72 (1980) 1216. Es un aforismo latino que significa ―A mayor injusticia, mayor daño‖.

31Juan Pablo II, Carta enc. Dives in misericordia, 14: AAS 72 (1980) 1224; cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2212.

32Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, II-II, q. 23, a. 8: Ed. Leon. 8, 172; Catecismo de la Iglesia Católica, 1827. ―Forma virtutum‖ significa la forma de las virtudes.

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profundamente desde su interior las estructuras, organizaciones sociales y ordenamientos jurídicos. En esta perspectiva la caridad se convierte en caridad social y política: la caridad social nos hace amar el bien común 33 y nos lleva a buscar efectivamente el bien de todas las personas, consideradas no sólo individualmente, sino también en la dimensión social que las une.

(208) La caridad social y política no se agota en las relaciones entre las personas, sino que se despliega en la red en la que estas relaciones se insertan, que es precisamente la comunidad social y política, e interviene sobre ésta, procurando el bien posible para la comunidad en su conjunto. En muchos aspectos, el prójimo que tenemos que amar se presenta « en sociedad », de modo que amarlo realmente, socorrer su necesidad o su indigencia, puede significar algo distinto del bien que se le puede desear en el plano puramente individual: amarlo en el plano social significa, según las situaciones, servirse de las mediaciones sociales para mejorar su vida, o bien eliminar los factores sociales que causan su indigencia. La obra de misericordia con la que se responde aquí y ahora a una necesidad real y urgente del prójimo es, indudablemente, un acto de caridad; pero es un acto de caridad igualmente indispensable el esfuerzo dirigido a organizar y estructurar la sociedad de modo que el prójimo no tenga que padecer la miseria, sobre todo cuando ésta se convierte en la situación en que se debaten un inmenso número de personas y hasta de pueblos enteros, situación que asume, hoy, las proporciones de una verdadera y propia cuestión social mundial.

Bibliografía:

¿Qué son los valores? Frondizi, Risieri. FCE. México D. F. México, 1988 octava reimpresión.

La Biblia de nuestro pueblo. Alonso Schöckel, Luis. Ediciones Mensajero. Bilbao, España 2006 La ética de Cristo. Castillo, José María. Desclée De Brouwer. Bilbao, España. 4ª edición, 2007 http://elvalordelosvalores.com/definicion-de-los-valores/

http://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/cartas-al-director/1/el-valor-de-la-verdad https://www.significados.com/justicia/

http://www.vatican.va/roman_curia/pontifical_councils/justpeace/documents/rc_pc_justpeace_doc_20060526_co mpendio-dott-soc_sp.html

33 Cf. Pablo VI, Discurso en la sede de la FAO, en el XXV aniversario de la institución (16 de noviembre de 1970):

Enseñanzas al Pueblo de Dios, Librería Editrice Vaticana, p. 417.

Referencias

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