Flor I-Romances de la destrucción de España.
ROMANCE DE GERINELDO Y LA INFANTA —Gerineldo, Gerineldo, paje del rey más querido, quién te tuviera esta noche en mi jardín florecido. Válgame Dios, Gerineldo, cuerpo que tienes tan lindo. —Como soy vuestro criado, señora, burláis conmigo. —No me burlo, Gerineldo, que de veras te lo digo. —¿Y cuándo, señora mía, cumpliréis lo prometido? —Entre las doce y la una que el rey estará dormido. Media noche ya es pasada. Gerineldo no ha venido. «¡Oh, malhaya, Gerineldo, quien amor puso contigo!» —Abráisme, la mi señora, abráisme, cuerpo garrido.
—¿Quién a mi estancia se atreve, quién llama así a mi postigo? —No os turbéis, señora mía, que soy vuestro dulce amigo. Tomáralo por la mano y en el lecho lo ha metido;
entre juegos y deleites la noche se les ha ido,
y allá hacia el amanecer los dos se duermen vencidos. Despertado había el rey de un sueño despavorido. «O me roban a la infanta o traicionan el castillo.» Aprisa llama a su paje pidiéndole los vestidos: «¡Gerineldo, Gerineldo, el mi paje más querido!» Tres veces le había llamado, ninguna le ha respondido. Puso la espada en la cinta, adonde la infanta ha ido; vio a su hija, vio a su paje como mujer y marido. «¿Mataré yo a Gerineldo, a quien crié desde niño? Pues si matare a la infanta, mi reino queda perdido. Pondré mi espada por medio, que me sirva de testigo.» Y salióse hacia el jardín sin ser de nadie sentido. Rebullíase la infanta tres horas ya el sol salido; con el frior de la espada la dama se ha estremecido. —Levántate, Gerineldo, levántate, dueño mío, la espada del rey mi padre entre los dos ha dormido. —¿Y adónde iré, mi señora, que del rey no sea visto? —Vete por ese jardín cogiendo rosas y lirios;
pesares que te vinieren yo los partiré contigo.
—¿Dónde vienes, Gerineldo, tan mustio y descolorido? —Vengo del jardín, buen rey, por ver cómo ha florecido; la fragancia de una rosa la color me ha devaído.
—De esa rosa que has cortado mi espada será testigo. —Matadme, señor, matadme, bien lo tengo merecido. Ellos en estas razones, la infanta a su padre vino: —Rey y señor, no le mates, mas dámelo por marido. O si lo quieres matar la muerte será conmigo.
Romance de Tristán e Iseo Herido está don Tristán de una mala lanzada, diérasela el rey su tío por celos que de él cataba,
diósela desde una torre, que de cerca no osaba. El hierro tiene en el cuerpo, de fuera le tiembla el asta: Tan malo está don Tristán, que a Dios quiere dar el alma. Preguntando por Iseo
muy trístemente lloraba. —¿Qué es de ti la mi señora? Mala sea tu tardanza
que si mis ojos te viesen sanaría esta mi llaga. Valo a ver la reina Iseo, la su linda enamorada, cubierta de un paño negro sin del rey dársele nada. Viéndole tan mal parado, dice así la triste dama:
— Quien vos hirió, don Tristán, heridas tenga de rabia,
y que no hallase maestro que supiese de sanallas. Júntanse boca con boca juntos quieren dar el alma. Llora el uno, llora el otro, la tierra toda se baña. Toda mujer que la bebe luego se siente preñada. Así hice yo, mezquina, por la mi ventura mala. Allí donde los entierran nace una azucena blanca.
Romance de una fatal ocasión
Por aquellos prados verdes, qué galana va la niña; con su andar siega la yerba, con los zapatos la trilla, con el vuelo de la falda a ambos lados la tendía. El rocío de los campos la daba por la rodilla; arregazó su brial, descubrió blanca camisa; maldiciendo del rocío y su gran descortesía,
miraba a un lado y a otro por ver si a1guien la veía. Bien la vía el caballero que tanto la pretendía;
mucho andaba el de a caballo, mucho más que anda la niña: allá se la fue a alcanzar al pie de una verde oliva,
¡amargo que lleva el fruto, amargo para la linda! —¿Adónde por estos prados camina sola mi vida? —No me puedo detener, que voy a la santa ermita.
—Tiempo es de hablarte, la blanca, escúchesme aquí, la linda. Abrazóla por sentarla al pie de la verde oliva;
dieron vuelta sobre vuelta, derribarla no podía. Entre las vueltas que daban la niña el puñal le quita, metiéraselo en el pecho, a la espalda le salía.
Entre el hervor de la sangre el caballero decía:
—Perdime por tu hermosura; perdóname, blanca niña. No te alabes en tu tierra ni te alabes en la mía
que mataste un caballero con las armas que traía. —No alabarme, caballero, decirlo, bien me sería; donde no encontrase gentes a las aves lo diría. Mas con mis ojos morenos, ¡Dios, cuánto te lloraría! Puso el muerto en el caballo, camina la sierra arriba; encontró al santo ermitaño a la puerta de la ermita: —Entiérrame este cadáver por Dios y Santa María. —Si lo trajeras con honra tú enterrarlo aquí podrías. —Yo con honra sí lo traigo, con honra y sin alegría. Con el su puñal dorado la sepultura le hacía;
con las sus manos tan blancas de tierra el cuerpo cubría, con lágrimas de sus ojos le echaba el agua bendita. ROMANCE DEL ENAMORADO Y LA MUERTE Un sueño soñaba anoche soñito del alma mía, soñaba con mis amores, que en mis brazos los tenía. Vi entrar señora tan blanca, muy más que la nieve fría.
—¿Por dónde has entrado, amor? ¿Cómo has entrado, mi vida? Las puertas están cerradas, ventanas y celosías.
—No soy el amor, amante: la Muerte que Dios te envía. —¡Ay, Muerte tan rigurosa, déjame vivir un día!
—Un día no puede ser, una hora tienes de vida. Muy deprisa se calzaba, más deprisa se vestía; ya se va para la calle, en donde su amor vivía. —¡Ábreme la puerta, blanca, ábreme la puerta, niña! —¿Cómo te podré yo abrir si la ocasión no es venida? Mi padre no fue al palacio, mi madre no está dormida. —Si no me abres esta noche, ya no me abrirás, querida; la Muerte me está buscando, junto a ti vida sería. —Vete bajo la ventana donde labraba y cosía, te echaré cordón de seda para que subas arriba, y si el cordón no alcanzare, mis trenzas añadiría. La fina seda se rompe; la muerte que allí venía:
—Vamos, el enamorado, que la hora ya está cumplida. Romance de fonte frida y con amor
Fonte frida, fonte frida fonte frida y con amor, do todas las avecicas
van tomar consolación, sino es la tortolica,
que está viuda y con dolor. Por ahí fuera a pasar el traidor del ruiseñor;
las palabras que le dice
llenas son de traición: «Si tú quisieses, señora,
yo sería tu servidor.»
«Vete de ahí, enemigo, malo, falso, engañador,
que ni poso en ramo verde
ni en ramo que tenga flor, que si el agua hallo clara
turbia la bebiera yo;
que no quiero haber marido porque hijos no haya, no;
no quiero placer con ellos ni menos consolación. ¡Déjame triste, enemigo, malo, falso, mal traidor;
que no quiero ser tu amiga ni casar contigo, no!»
FLOR 2 - La historia de Bernardo del Carpio.
Bernardo descubre quién es su padre En corte del Casto Alfonso,
Bernardo a placer vivía sin saber de la prisión en que su padre yacía. A muchos pesaba de ella, mas nadie lo descubría; halo defendido el rey que ninguno se lo diga. Dos dueñas se lo descubren con maña y con maestría. Cuando Bernardo lo supo, la sangre se le volvía; yendo para su posada, muy grandes llantos hacía; vistióse paños de duelo y delante del rey se iba. El rey que lo vio de luto, de esta suerte le decía: —Bernardo, ¿ya por ventura codicias la muerte mía? Dijo Bernardo: —Señor, vuestra muerte no querría,
mas duéleme que está preso mi padre gran tiempo había. Merced os pido, buen rey, me lo deis en este día. Gran enojo cobró Alfonso y repondióle con ira: —Partíos de mí, Bernardo, y no tengáis osadía
de más esto me decir, que mucho vos pesaría. Y yo vos juro y prometo que en cuantos años yo viva no ha de salir de prisión vuestro padre un solo día. —Señor, rey sois y faredes a vuestro querer y guisa, mas pagáis mal quien os sirve y os servirá todavía.
Dios ponga en corazón de soltar mi padre aína, que mientras él esté preso yo este luto vestiría.
El duelo que el conde don Sancho Díaz hacía en su prisión del castillo de Luna Bañando está las prisiones con lágrimas que derrama
el conde don Sancho Díaz, ese señor de Saldaña, y entre el llanto y soledad de esta suerte se quejaba de don Bernardo su hijo, del rey Alfonso y su hermana: “Los años de mi prisión, tan aborrecida y larga,
por momentos me lo dicen aquestas mis tristes canas. Cuando entré en este castillo, apenas entré con barba, y agora por mis pecados la veo crecida y blanca.
¿Qué descuido es éste, hijo? ¿Cómo a voces no te llama la sangre que tienes mía a socorrer donde falta?
Todos los que aquí me tienen me cuentan de tus hazañas; si para tu padre no, dime para quién las guardas.
Bernardo le niega el Carpio al Rey:
Las cartas y mensajeros del rey a Bernardo van, que vaya luego a las cortes para con él negociar. Bernardo, como es discreto, mal recelado se ha, las cartas echó en el fuego, los suyos mandó juntar: —Cuatrocientos sois, los míos. los que coméis el mi pan nunca fuisteis repartidos. agora os repartirán:
en el Carpio quedan ciento para el castillo guardar: los ciento por los caminos, que a nadie dejéis pasar; doscientos iréis conmigo para con el rey hablar; si mala me la dijere, peor se la he de tornar.
Con esto luego se parte y comienza a caminar; por sus jornadas contadas a la corte fue a llegar. De los doscientos que lleva, los ciento mandó quedar para que tengan segura la puerta de la ciudad;
con los ciento que le quedan se va al palacio real: cincuenta deja a la puerta que a nadie dejen pasar, treinta deja a la escalera para el subir y el bajar, con solamente los veinte a hablar con el rey se va. A la entrada de una sala con él se vino a topar; allí le pidió la mano, mas no se la quiso dar.
—Dios vos mantenga, buen rey, y a los que con vos están. —Bernardo, mal seas venido, traidor hijo de otro tal; dite yo el Carpio en tenencia, tú tómaslo en heredad. —Mentides, buen rey, mentides, que no decides verdad, que nunca yo fui traidor, ni en mi linaje lo hay.
Acordársevos debiera de aquella del Encinal, cuando gentes enemigas allí os trataron tan mal, que os mataron el caballo, y aun a vos querían matar: Bernardo, como traidor, el suyo vos fuera a dar: con una lanza y adarga de entre ellos os fue a sacar. El Carpio entonces me distes por juro y por heredad; prometísteme a mi padre. no me guardastes verdad. —Prendedlo, mis caballeros, que atrevido se me ha. Todos le estaban mirando. nadie se le osa llegar. Revolviendo el manto al brazo. la espada fuera a sacar. —¡Aquí, aquí, los mis doscientos, los que comedes mi pan, que hoy era venido el día que honra habedes de ganar! El rey, como aquesto vido, procuróle amansar:
—Malas mañas has, sobrino, no las puedes olvidar: lo que hombre te dice en burla. de veras vas a tomar. Yo te do el Carpio, Bernardo, por juro y por heredad. —Aquesas burlas, el rey, no son burlas de burlar. El castillo está por mi, nadie me lo puede dar; quien quitármelo quisiere, yo se lo sabré vedar. Bernardo pide por última vez la libertad de su padre Por las riberas de Arlanza Bernardo el Carpio cabalga en un caballo morcillo enjaezado de grana;
la lanza terciada lleva y en el arzón una adarga. Mirándolo están de Burgos toda la gente espantada, porque no se suele armar sino a cosa señalada; también lo miraba el rey, que fuera vuela una garza, diciendo estaba a los suyos: “Esta es una buena lanza: si no es Bernardo del Carpio, será Muza el de Granada.” Ellos estando en aquesto, Bernardo que allí llegaba, va sosegando el caballo, pero no dejó su lanza,
mas puesta encima del hombro al rey de este modo habla: —Bastardo me llaman, rey, siendo hijo de tu hermana; tú y los tuyos lo habéis dicho, que otro ninguno no osara;
mas quien quiera que lo ha dicho miente por medio la barba, que ni mi padre es traidor ni mala mujer tu hermana,
porque cuando yo nací, ya mi madre era casada.
Metiste a mi padre en hierros y a mi madre en orden sacra. y porque no herede yo, quieres dar tu reino a Francia; morirán los españoles antes de ver tal jornada.
Mi padre pido que sueltes, pues me diste la palabra, si no, en campo, como quiera, te será bien demandada.
Bernardo impide que el rey Alfonso ceda su reino a Carlomagno Con los mejores de Asturias, sale de León Bernardo,
puestos a punto de guerra a impedir a Francia el paso,
que viene a usurpar el reino a instancias de Alfonso el Casto, como si no hubiera en él quien mejor pueda heredallo. Los labradores arrojan de las manos los arados, las hoces, los azadones; los pastores sus cayados; los jóvenes se alborozan, aliéntanse los ancianos; despuéblanse las ciudades y lugares comarcanos; todos a Bernardo acuden, “libertad” apellidando. Antes de salir del reino hacen alarde en un llano, y levantando la voz, así les dice Bernardo:
—Escuchadme, leoneses, los que os preciáis de hijosdalgo, de padres libres nacisteis, y al buen rey Alfonso el Casto pagáis lo que le debéis por el divino mandato;
mas no quiera Dios del cielo que a los decretos de extraños obliguéis los vuestros hijos, gloria de vuestros pasados. Dé el rey su oro a los franceses, mas no les dé sus vasallos, que en mermar las libertades no tienen los reyes mando. No consintáis que extranjeros hoy vengan a sujetaros; y aquel que con tres franceses no combatiere en el campo, quédese, y seamos menos, aunque habemos de igualallos. Esto acabado, arremete con la furia del caballo,
diciendo: —Síganme todos los que fueren hijosdalgo. En su caballo morcillo iba el valiente Bernardo, a la morisca vestido, con el brazo arremangado, para no ser conocido del francés campo contrario. Camina hacia Zaragoza, donde le están esperando ese rey moro Marsín y Bravonel el gallardo. De la muy cantada batalla de Roncesvalles
Ya comienzan los franceses con los moros su batalla, y los moros eran tantos, resollar no les dejaban. Allí dijo Baldovinos, oiréis bien lo que hablaba:
—¡Ay, compadre don Beltrán, mal nos va en esta jornada! De la sed de mis heridas a Dios quiero dar eh alma; cansado traigo el caballo, más el brazo del espada. Roguemos a don Roldán, que una vez su cuerno taña, oír lo ha el Emperador que allende el puerto cabalga;
más nos valdrá su socorro que toda nuestra sonada. Oído lo ha don Roldán en las batallas do andaba.
—No me lo roguéis, mis primos, que ya rogado me estaba; mas rogadlo a don Reinaldos que a mi no me lo retraiga; ni me lo retraiga aquí, ni me lo retraiga en Francia. delante el Emperador, estando comiendo a tabla, pues más quiero yo ser muerto que sufrir tal sobarbada. ¡Oh, malhaya los franceses de Francia la muy nombrada, que por tan pocos moriscos el cuerno tocar mandaban! Ya desmayan los franceses, ya comenzaban de huir. ¡Oh, cuán bien los esforzaba ese Roldán paladín! —lVuelta, vuelta los franceses con corazón a la lid; más vale morir por buenos que deshonrados vivir! Volviendo van los franceses con corazón a la lid; tantos matan de los moros que no se puede decir. Por Roncesvalles arriba huyendo va el rey Marsin, caballero en una cebra, no por mengua de rocín; la sangre que de él corría las yerbas hace teñir; las voces que él iba dando al cielo quieren subir: —Reniego de ti, Mahoma, y de cuanto te serví; hícete cuerpo de plata, pies y manos de marfil y por más te honrar, Mahoma, cabeza de oro te fiz; sesenta mil caballeros a ti te los ofrecí;
mi mujer Abraima, mora, ofrecióte quince mil; de todos éstos, Mahoma, tan sólo me veo aquí. Muerte de Durandarte
¡Oh, Belerma! ¡Oh, Belerma!, por mi mal fuiste engendrada, que siete años te serví sin alcanzar de ti nada,
y agora que me querías muero yo en esta batalla. No me pesa de mi muerte, aunque temprano me llama, mas pésame que de verte y de servirte dejaba.
¡Oh, mi primo Montesinos!, lo postrero que os rogaba que cuando yo fuere muerto y mi ánima arrancada, vos llevéis mi corazón adonde Belerma estaba, y servidla de mi parte, como de vos esperaba.
¡Montesinos, Montesinos, mal me aqueja esta lanzada! Traigo grandes las heridas, mucha sangre derramada; los extremos tengo fríos, el corazón me desmaya, de mi vista ya no veo, la lengua tengo turbada. Ojos que nos vieron ir, no nos verán más en Francia; abracéisme, Montesinos, que ya se me sale el alma. Muerto yace Durandarte debajo una verde haya, llorábalo Montesinos que a la muerte se hallara; la huesa le estaba haciendo con una pequeña daga. Desenlázale el arnés, el pecho le desarmaba, por el costado siniestro el corazón le sacaba; para llevarlo a Belerma, en un cendal lo guardaba; su rostro al del muerto junta, mojábale con sus lágrimas.
“¡Durandarte, Durandarte, Dios perdone la tu alma!, que según queda la mía, presto te tendrá compaña. Romance de la linda Melisenda
Todas las gentes dormían, en las que Dios tiene parte, mas no duerme Melisenda la hija del emperante,
que amores del conde Ayuelos no la dejan reposar.
Salto diera de la cama como la parió su madre, vistiérase una alcandora no hallando su brial; vase para los palacios donde sus damas están, dando palmadas en ellas las empezó de llamar:
—¡Si dormides, mis doncellas, si dormides, recordad!;
Las que sabedes de amores consejo me queráis dar, las que de amor no sabedes tengádesme poridad: amores del conde Ayuelos no me dejan reposar—. Allí hablara una vieja, vieja es de antigua edad: —Agora es tiempo, señora, de los placeres tomar, que si esperáis a vejez no vos querrá un rapaz—. Desque esto oyó Melisenda no quiso más esperar, y vase a buscar al conde a los palacios do está. Topara con Hernandillo un alguacil de su padre:
—¿Qué es aquesto, Melisenda, esto ¿qué podía estar?
¡O vos tenéis mal de amores o os queréis loca tornar!— —Que no tengo mal de amores ni tengo por quién penar, mas cuando yo era pequeña tuve una enfermedad; prometí tener novenas allá en San Juan de Letrán; las dueñas iban de día, doncellas agora van—.
Desque esto oyera Hernandillo puso fin a su hablar.
La infanta, mal enojada, queriendo dél se vengar: —Prestásesme ora, Hernando, prestásesme tu puñal,
que miedo me tengo, miedo de los perros de la calle—. Tomó el puñal por la punta, los cabos le fue a dar; diérale tal puñalada
que en el suelo muerto cae. —Ahora vete tú Hernandillo, y cuéntalo al rey mi padre—. Y vase para el palacio
a do el conde Ayuelos está. Las puertas halló cerradas, no sabe por donde entrar; con arte de encantamiento las abrió de par en par, siete antorchas que allí arden todas las fuera a apagar. Despertado se había el conde con un temor tan grande: —¡Ay, válasme, Dios del cielo y santa María su madre! ¿Si eran mis enemigos que me vienen a matar, o eran los mis pecados que me viene a tentar? La Melisenda discreta le empezara de hablar: —No te congojes, señor, no quieras pavor tomar, que yo soy una morica venida de allende el mar. Mi cuerpo tengo tan blanco como un fino cristal, mis dientes tan menudicos, menudos como la sal mi boca tan colorada como un fino coral—. Desque esto oyera el conde luego conocido la ha; fuese el conde para ella, las manos le fue a tomar, y a la sombra de un laurel de Venus es su jugar.
Allí fablara el buen conde, tal respuesta le fue a dar; —Juramento tengo hecho, y en un libro misal,
que mujer que a mí demande nunca mi cuerpo negalle, si no era a la Melisenda, la hija del emperante. Entonces la Melisenda, comenzóle a besar, y en las tinieblas oscuras de Venus es el jugar. Cuando vino la mañana que quería alborear, hizo abrir las sus ventanas, por la morica mirar; vido que era Melisenda, y empezóle de hablar: —¡Señora, cuán bueno fuera a esta noche me matar, antes que haber cometido aqueste tan grande mal! Fuérase al emperador por habérselo de contar; las rodillas por el suelo le comienza de hablar: —Una nueva vos traía dolorosa de contar; mas catad aquí la espada que en mí lo podréis vengar; que esta noche Melisenda en mis palacios fue a entrar; Díjome que era morica, morica de allén la mar, y que venía conmigo a dormir y no folgar. ¡Y entonces, desdichado, cabe mí la dejé echar!—. Allí habló el emperador tal respuesta le fue a dar: —Tira, tira allá tu espada, que no te quiero fer mal; mas si tú la quieres, conde, por mujer se te dará.
—Pláceme, dijera el conde, pláceme de voluntad, lo que vuestra alteza mande veisme aquí a vuestro mandar.
Hacen venir a un obispo para allí los desposar; ricas fiestas se hicieron con mucha solemnidad.
FLOR 3 - ROMANCES DE VENGANZA
Cómo los infantes de Lara se despidieron de su madre y vieron malos agüeros En las sierras de Altamira,
que dicen del Arabiana, aguardaba don Rodrigo a los hijos de su hermana: no se tardan los infantes y el traidor mal se quejaba; grande jura estaba haciendo sobre la cruz de su espada, quien detiene a los infantes él le sacaría el alma. Deteníalos su ayo,
muy buen consejo les daba, el viejo Nuño Salido, el que los agüeros cata. Ya todos aconsejados, con ellos él caminaba; con ellos va la su madre una muy larga jornada: ¡Adiós, adiós, los mis hijos, presta sea vuestra tornada! Ya se parten de la madre; en Canicosa el pinar agüeros contrarios vieron que no son para pasar: encima de un seco pino una aguililla caudal, mal la aquejaba de muerte el traidor del gavilán. Vido el agüero don Nuño: —Salimos por nuestro mal, siete celadas de moros aguardándonos están. Por Dios os ruego, señores, el río no heis de pasar, que aquel que el río pasare a Salas no volverá.
Respondióle Gonzalvico con ánimo singular, era menor en los días, mas muy fuerte en pelear: —No digas eso, mi ayo,
que allá hemos de llegar. Dio de espuelas al caballo, el río fuera pasar.
Como se empezó la batalla con los moros. Saliendo de Canicosa
por el val del Arabiana, donde don Rodrigo espera los hijos de la su hermana, por el campo de Almenar ven venir muy gran compaña, muchas armas reluciendo, mucha adarga bien labrada, mucho caballo ligero, mucha lanza relumbraba, mucho pendón y bandera por los aires revolaba. Alá traen por apellido, a Mahoma a voces llaman; tan altos daban los gritos, que los campos retemblaban:
—¡Mueran, mueran —van diciendo— los siete infantes de Lara!
¡Venguemos a don Rodrigo, pues que tiene de ellos saña. Allí está Nuño Salido, el ayo que los criara, como ve la gran morisca desta manera les habla: —¡Oh los mis amados hijos, quién vivo ya no se hallara por no ver tan gran dolor como agora se esperaba! ¡Ciertamente nuestra muerte está bien aparejada!
No podemos escapar de tanta gente pagana;
vendamos bien nuestros cuerpos y miremos por las almas;
no nos pese de la muerte, pues irá bien empleada. Como los moros se acercan, a cada uno por sí abraza; cuando llega a Gonzalvico, en la cara le besaba:
—¡Hijo Gonzalo González, de lo que más me pesaba es de lo que sentirá
érades su claro espejo, más que a todos os amaba! En esto llegan los moros traban con ellos batalla; espesos caen como lluvia sobre la gente cristiana; los infantes los reciben con sus adargas y lanzas, «¡Santiago, cierra, Santiago!», a grandes voces llamaban. La linda Alba
—¡Ay, cuán linda que eres Alba, más linda que no la flor;
blanca sois, señora mía, más que los rayos del sol! ¡Quién la durmieses esta noche desarmado y sin temor;
que siete años había, siete, que no me desarmo, no! —Dormidla, señor, dormidla, desarmado y sin pavor; Albertos es ido a caza a los montes de León. —Si a caza es ido, señora, cáigale mi maldición: rabia le mate los perros y aguilillas el falcón, lanzada de moro izquierdo le traspase el corazón. —Apead, conde don Grifos, porque hace muy gran calor, ¡Linda manos tenéis, conde! ¡Ay, cuán flaco estáis, señor! —No os maravilléis, mi vida, que muero por vuestro amor, y por bien que pene y muera no alcanzo ningún favor.
—Hoy lo alanzaréis, don Grifos, en mi lindo mirador.
Ellos en aquesto estando, Albertos toca el portón:
—¿Qué es lo que tenéis, señora? ¡Mudada estáis de color!
—Señor, mala vida paso, pásola con gran dolor, que me dejéis aquí sola y a los montes os vais vos. —Esas palabras, la niña,
no eran sino traición. —¿Cúyo es aquel caballo que allá abajo relinchó? —Señor, era de mi padre, y envíalo para vos.
—¿Cúyas son aquellas armas que están en el corredor? —Señor, eran de mi hermano, y agora os las envió.
—¿Cúya es aquella lanza, que tiene tal resplandor?
—Tomadla, Albertos, tomadla, matadme con ella vos,
que aquesta muerte, buen conde, bien os la merezco yo.
Romance de la amiga de Bernal Francés
-Sola me estoy en mi cama namorando mi cojín; ¿quién será ese caballero que a mi puerta dice: «Abrid,,? -Soy Bemal Francés, señora, el que te suele servir
de noche para la cama, de día para el jardín.-
Alzó sábanas de holanda, cubrióse de un mantellín; tomó candil de oro en mano y a la puerta bajó a abrir. Al entreabrir de la puerta él dio un soplo en el candil.
-¡Válgame Nuestra Señora, válgame el señor San Gil! Quien apagó mi candela puede apagar mi vivir. -No te espantes, Catalina, ni me quieras descubrir,
que a un hombre he muerto en la calle, la justicia va tras mí.-
Le ha cogido de la mano y le ha entrado al camarín; sentóle en silla de plata con respaldo de marfil; bañóle todo su cuerpo con agua de toronjil; hízole cama de rosa,
cabecera de alhelí.
-¿Qué tienes, Bernal Francés, que estás triste a par de mí? ¿Tienes miedo a la justicia? No entrará aquí el alguacil. ¿Tienes miedo a mis criados? Están al mejor dormir. -No temo yo a la justicia, que la busco para mí, ni menos temo criados que duermen su buen dormir. -¿Qué tienes, Bernal Francés? jNo solías ser así!
Otro amor dejaste en Francia o te han dicho mal de mí. -No dejo amores en Francia, que otro amor nunca serví. -Si temes a mi marido, muy lejos está de aquí. -Lo muy lejos se hace cerca para quien quiere venir, y tu marido, señora, lo tienes a par de ti. Por regalo de mi vuelta te he dar rico vestir, vestido de fina grana forrado de carmesí, y gargantilla encarnada como en damas nunca vi;- gargantilla de mi espada, que tu cuello va a ceñir. Nuevas irán al Francés que arrastre luto por ti.
Romance del veneno de Moriana Madrugaba don Alonso
a poco del sol salido; convidando va a su boda a los parientes y amigos; a las puertas de Moriana sofrenaba su rocino: —Buenos días, Moriana. —Don Alonso, bien venido. —Vengo a brindarte Moriana, para mi boda el domingo. —Esas bodas, don Alonso, debieran de ser conmigo; pero ya que no lo sean, igual el convite estimo,
y en prueba de la amistad beberás del fresco vino, el que solías beber
dentro en mi cuarto florido. Moriana, muy ligera
en su cuarto se ha metido; tres onzas de solimán con el acero ha molido, de la víbora los ojos, sangre de un alacrán vivo: —Bebe, bebe, don Alonso, bebe de este fresco vino. —Bebe primero, Moriana, que así está puesto en estilo. Levantó el vaso Moriana, lo puso en sus labios finos; los dientes tiene menudos, gota dentro no ha vertido. Don Alonso, como es mozo, maldita gota ha perdido. —¿Qué me diste, Moriana, qué me diste en este vino? ¡Las riendas tengo en la mano y no veo a mi rocino!
—Vuelve a casa, don Alonso, que el día ya va corrido y se celará tu esposa si quedas acá conmigo. —¿Qué me diste, Moriana, que pierdo todo el sentido? ¡Sáname de este veneno, yo me he de casar contigo! —No puede ser, don Alonso, que el corazón te ha partido. —¡Desdichada de mi madre que ya no me verá vivo! —Más desdichada la mía desque te hube conocido.
Amor más poderoso que la muerte
Conde Niño por amores es niño y pasó a la mar; va a dar agua a su caballo la mañana de San Juan. Mientras el caballo bebe él canta dulce cantar; todas las aves del cielo se paraban a escuchar, caminante que camina
olvida su caminar, navegante que navega la nave vuelve hacia allá. La reina estaba labrando, la hija durmiendo está: -Levantaos, Albaniña, de vuestro dulce folgar, sentiréis cantar hermoso la sirenita del mar. -No es la sirenita, madre, la de tan bello cantar, sino es el Conde Niño que por mí quiere finar. ¡Quién le pudiese valer en su tan triste penar! -Si por tus amores pena, ¡oh, malhaya su cantar! y porque nunca los goce yo le mandaré matar. -Si le manda matar, madre, juntos nos han de enterrar. Él murió a la medianoche, ella a los gallos cantar; a ella como hija de reyes la entierran en el altar, a él como hijo de condes unos pasos más atrás.
De ella nació un rosal blanco, de él nació un espino albar; crece el uno, crece el otro los dos se van a juntar; las ramitas que se alcanzan fuertes abrazos se dan, las que no se alcanzaban no dejan de suspirar. La reina, llena de envidia, ambos los mandó cortar; el galán que los cortaba no cesaba de llorar. De ella nació una garza, de él un fuerte gavilán, juntos vuelan por el cielo, juntos vuelan par a par, y el gavilán decía a la garza: -Nunca más nos matarán. Los dos siguieron volando, los dos juntos par a par, y prometieron para siempre, que nunca se volverán a separar, y que esos abrazos,
que nunca se dieron, siempre se volverán dar.
Flor cuarta de romances. Con la historia del Cid.
DICE CÓMO EL CID VENGÓ A SU PADRE Pensativo estaba el Cid viéndose de pocos años para vengar a su padre matando al conde Lozano; miraba el bando temido del poderoso contrario que tenía en las montañas mil amigos asturianos; miraba cómo en la corte de ese buen rey Don Fernando era su voto el primero, y en guerra el mejor su brazo; todo le parece poco para vengar este agravio,
el primero que se ha hecho a la sangre de Lain Calvo; no cura de su niñez, que en el alma del hidalgo el valor para crecer no tiene cuenta a los años. Descolgó una espada vieja de Mudarra el castellano, que estaba toda mohosa, por la muerte de su amo.
«Haz cuenta, valiente espada, que es de Mudarra mi brazo y que con su brazo riñes porque suyo es el agravio.
Bien puede ser que te corras de verte así en la mi mano, mas no te podrás correr de volver atrás un paso.
Tan fuerte como tu acero me verás en campo armado; tan bueno como el primero, segundo dueño has cobrado; y cuando alguno te venza, del torpe hecho enojado, hasta la cruz en mi pecho te esconderé muy airado. Vamos al campo, que es hora de dar al conde Lozano el castigo que merece tan infame lengua y mano». Determinado va el Cid, y va tan determinado,
que en espacio de una hora mató al conde y fue vengado.
De cómo Jimena, la hija del conde Lozano, pide al rey venganza
Grande rumor se levanta de gritos, armas y voces en el palacio de Burgos, donde son los ricoshombres. Bajó el rey de su aposento y con él toda la corte, y a las puertas del palacio hallan a Jimena Gómez, desmelenado el cabello, llorando a su padre el conde; y a Rodrigo de Vivar ensangrentado el estoque. Vieron al soberbio mozo el rostro airado se pone, de doña Jimena oyendo lo que dicen sus clamores: —¡Justicia, buen rey, te pido y venganza de traidores; así se logren tus hijos y de tus hazañas goces,
que aquel que no la mantiene de rey no merece el nombre! Y tú, matador cruel, no por mujer me perdones:
la muerte, traidor, te pido, no me la niegues ni estorbes, pues mataste un caballero, el mejor de los mejores.
En esto, viendo Jimena que Rodrigo no responde, y que tomando las riendas en su caballo se pone, el rostro volviendo a todos, por obligalles da voces, y viendo que no le siguen grita: —¡Venganza, señores!
En que Jimena pide de nuevo justicia al rey
En Burgos está el buen rey asentado a su yantar, cuando la Jimena Gómez se le vino a querellar; cubierta paños de luto, tocas de negro cendal; las rodillas por el suelo, comenzara de fablar; —Con mancilla vivo, rey; con ella vive mi madre; cada día que amanece veo quien mató a mi padre caballero en un caballo y en su mano un gavilán; por hacerme más enojo cébalo en mi palomar; con sangre de mis palomas ensangentó mi brial. ¡Hacedme, buen rey justicia, no me la queráis negar! Rey que non face justicia non debía de reinar,
ni comer pan a manteles, ni con la reina folgar. El rey cuando aquesto oyera comenzara de pensar: «Si yo prendo o mato al Cid, mis cortes revolverse han; pues, si lo dejo de hacer, Dios me lo demandará». Allí habló doña Jimena palabras bien de notar: —Yo te lo diría, rey, como lo has de remediar.
Mantén tú bien las tus cortes, no te las revuelva nadie, y al que mi padre mató dámelo para casar,
que quien tanto mal me hizo sé que algún bien me fará. —Siempre lo he oído decir, y ahora veo que es verdad, que el seso de las mujeres no era cosa natural:
hasta aquí pidió justicia, ya quiere con él casar. Mandaré una carta al Cid, mandarle quiero llamar. Las palabras no son dichas, la carta camino va; mensajero que la lleva dado la había a su padre.
De cómo el Cid fue al palacio la primera vez
Cabalga Diego Laínez al buen rey besar la mano, consigo se los llevaba los trescientos hijosdalgo; entre ellos iba Rodrigo, el soberbio castellano. Todos cabalgan a mula, sólo Rodrigo a caballo; todos visten oro y seda, Rodrigo va bien armado; todos guantes olorosos, Rodrigo guante mallado; todos con sendas varicas, Rodrigo estoque dorado;
todos sombreros muy ricos, Rodrigo casco afinado, y encima del casco lleva un bonete colorado. Andando por su camino, unos con otros hablando, allegados son a Burgos, con el rey han encontrado. Los que vienen con el rey entre sí van razonando; unos lo dicen de quedo, otros lo van publicando: —Aquí viene entre esta gente quien mató al conde Lozano. Como lo oyera Rodrigo, en hito los ha mirado:
—Si hay alguno entre vosotros, su pariente o adeudado,
que le pese de su muerte, salga luego a demandallo; yo se lo defenderé,
quiera a pie, quiera a caballo. Todos dicen para sí:
«Que te lo demande el diablo». Se apean los de Vivar
para al rey besar la mano; Rodrigo se quedó solo encima de su caballo. Entonces habló su padre, bien oiréis lo que le ha hablado: —Apeaos vos, mi hijo,
besaréis al rey la mano, porque él es vuestro señor, vos, hijo, sois su vasallo. —Si otro me dijera eso, ya me lo hubiera pagado, mas por mandarlo vos, padre, lo haré, aunque no de buen grado. Ya se apeaba Rodrigo
para al rey besar la mano; al hincar de la rodilla el estoque se ha arrancado. Espantóse de esto el rey y dijo como turbado: —¡Quítate, Rodrigo, allá, quita, quítate allá, diablo, que el gesto tienes de hombre
los hechos de león bravo! Como Rodrigo esto oyó, apriesa pide el caballo; con una voz alterada, contra el rey así ha hablado: —Por besar mano de rey no me tengo por honrado; porque la besó mi padre me tengo por afrentado. En diciendo estas palabras, salido se ha del palacio; consigo se los tornaba los trescientos hijosdalgo. Si bien vinieron vestidos, volvieron mejor armados, y si vinieron en mulas, todos vuelven a caballo.
De cómo se hicieron las bodas de Rodrigo y Jimena
A Jimena y a Rodrigo
prendió el rey palabra y mano de juntarlos para en uno en el solar de Laín Calvo; las enemistades viejas con amor las olvidaron que donde preside amor se olvidan quejas y agravios. El rey dio al Cid a Valduerma, a Saldaña y Belforado
y a San Pedro de Cardeña, que en su hacienda vincularon. Entróse a vestir de boda Rodrigo con sus hermanos; quitóse gola y arnés
resplandeciente y grabado; púsose un medio botarga con unos vivos morados, calzas, valona tudesca de aquellos siglos dorados. La Tizona rabitiesa,
del mundo terror y espanto, en tiros nuevos traía
que costaron cuatro cuartos. Más galán que Gerineldos bajó el Cid famoso al patio, donde el rey, obispo y grandes en pié estaban aguardando. Tras esto bajó Jimena tocada en toca de papos. Juntos llegaron los novios, y al dar la mano y abrazo el Cid mirando a la novia le dijo todo turbado: -Maté a tu padre, Jimena, pero no a desaguisado, matéle de hombre a hombre para vengar un agravio. Maté hombre y hombre doy, aquí estoy a tu mandado;
en lugar del padre muerto cobraste marido honrado.
Del Cid y el moro Abdalla
Por el Val de las Estacas pasó el Cid a mediodía en su caballo Babieca muy gruesa lanza traía; va buscando al moro Abdalla, que enojado le tenía.
Atravesando una loma y por una cuesta arriba, dábale el sol en las armas, ¡oh, qué bien que parecía!; vido ir al moro Abdalla por el rellano de arriba, armado de fuertes armas, muy ricas ropas traía.
—¡Espéresme, moro Abdalla, no demuestres cobardía! A las voces que el Cid daba, el moro le respondía:
—Muchos tiempos ha, buen Cid, que deseaba este día,
porque no hay hombre nacido de quien yo me escondería. —Alabarte, moro Abdalla, poco te aprovecharía; mas si eres cual tú hablas en esfuerzo y valentía, a tal tiempo eres venido que menester te sería. Estas palabras diciendo, contra el moro arremetía; encontróle con la lanza, en el suelo le derriba, cortárale la cabeza y colgóla de la silla.
Del singular concilio habido en la ciudad de Roma
A concilio dentro en Roma el Padre Santo ha llamado; por obedecer al Papa,
allá fue el rey don Fernando; con él iba el Cid Ruy Díaz,
muchos señores de estado. Por sus jornadas contadas en Roma se han apeado; el rey, con gran cortesía, al Papa besó la mano; no lo quiso hacer el Cid, que no lo había acostumbrado. En la iglesia de san Pedro don Rodrigo había entrado, viera estar las siete sillas de siete reyes cristianos viera la del rey de Francia junto a la del Padre Santo, y la del rey su señor un estado más abajo.
Vase a la del rey de Francia, con el pie la ha derribado; la silla de oro y marfil hecho la ha cuatro pedazos. tomara la de su rey
y subióla en lo más alto. Habló allí un honrado duque, que dicen el Saboyano: —¡Maldito seas, Rodrigo, del papa descomulgado, porque deshonraste un rey, el mejor y más preciado! —Dejemos los reyes, duque, ellos son buenos y honrados, hayámoslo los dos solos como muy buenos vasallos. Y allegóse cabe el duque, un gran bofetón le ha dado. El papa, cuando lo supo, al Cid ha descomulgado; oyéndolo don Rodrigo, ante el Papa se ha postrado; —Si no me absolvéis, el papa, seríaos mal contado,
que de vuestras ricas ropas cubriré yo mi caballo. El papa, padre piadoso, tal respuesta le hubo dado: —Yo te absuelvo, don Rodrigo, absuélvote de buen grado, con que seas en mi corte más cortés y mesurado.
Carta de doña Jimena al rey
En los solares de Burgos a su Rodrigo aguardando, tan encinta está Jimena, que muy cedo aguarda el parto; cuando demás dolorida una mañana en disanto,
bañada en lágrimas tiernas, escribe al rey don Fernando: «A vos, el mi señor rey, el bueno, el aventurado,
el magno, el conquistador, el agradecido, el sabio, la vuestra sierva Jimena, fija del conde Lozano, desde Burgos os saluda, donde vive lacerando. Perdonédesme señor, que no tengo pecho falso, y si mal talante os tengo, no puedo disimulallo.
¿Qué ley de Dios vos otorga que podáis, por tiempo tanto como ha que fincáis en lides, descasar a los casados? ¿Qué buena razón consiente que a mi marido velado no le soltéis para mí sino una vez en el año?
Y esa vez que lo soltáis, fasta los pies del caballo tan teñido en sangre viene, que pone pavor mirallo;
y no bien mis brazos toca cuando se duerme en mis brazos, y en sueños gime y forcejea, que cuida que está lidiando, y apenas el alba rompe, cuando lo están acuciando las esculcas y adalides para que se vuelva al campo. Llorando vos lo pedí y en mi soledad cuidando
de cobrar padre y marido, ni uno tengo, ni otro alcanzo. Y como otro bien no tengo y me lo habedes quitado, en guisa lo lloro vivo cual si estuviese enterrado. Si lo facéis por honralle, asaz Rodrigo es honrado, pues no tiene barba, y tiene reyes moros por vasallos. Yo finco, señor, encinta, que en nueve meses he entrado y me pueden empecer las lágrimas que derramo.
Dad este escrito a las llamas, non se fega de él palacio, que en malos barruntadores no me será bien contado».
La respuesta del rey
Pidiendo a las diez del día papel a su secretario, a la carta de Jimena responde el rey por su mano; y después de hacer la cruz con cuatro puntos y un rasgo, aquestas palabras pone a guisa de cortesano:
«A vos, la noble Jimena, la del marido envidiado, vos envío mis saludos en fe de quereros tanto.
Que estáis de mi querellosa, decís en vuestro despacho, que non vos suelto el marido sino una vez en el año, »y que cuando vos le suelto, en lugar de regalaros, en vuestros brazos se duerme como viene tan cansado. Si supiérades, señora, que vos quitaba el velado para mis namoramientos, fuera bien el lamentarlo;
»mas si sólo vos lo quito para lidiar en el campo
con los moros convecinos, non vos fago mucho agravio; que si yo no hubiera puesto las mis huertas a su cargo, ni vos fuerais más que dueña, ni él fuera más que un hidalgo. »A no vos tener encinta, señora, el vuestro velado
creyera de su dormir lo que me habedes contado.
Más pues el parto esperáis... si os falta un marido al lado, no importa, que sobra un rey que os hará cien mil regalos. »Decís que entregue a las llamas la carta que habéis mandado; a contener herejías, fuera digna de tal caso;
mas pues razones contiene dignas de los siete sabios, mejor es para mi archivo que non para el fuego ingrato. »Y porque guardéis la mía y no la fagáis pedazos, por ella a lo que pariéredes prometo buen aguinaldo: si fuere hijo, daréle una espada y un caballo
y cien mil maravedís para ayuda de su gasto; »si fija, para su dote prometo poner en cambio desde el día en que naciere de plata cuarenta marcos. Con esto ceso, señora, y no de estar suplicando a la Virgen vos ayude en los dolores del parto»
LA SEGUNDA PARTE DE LOS ROMANCES DEL CID CONTARÁ DEL CERCO DE ZAMORA
De la muerte del rey don Fernando en el castillo de Cabezón, a una corta jornada de Valladolid
Doliente estaba, doliente, ese buen rey don Fernando; los pies tiene cara oriente y la candela en la mano. A su cabecera tiene arzobispos y perlados;
a su man derecha tiene los sus hijos todos cuatro: los tres eran de la reina y el uno era bastardo. Ese que bastardo era quedaba mejor librado: abad era de Sahagund, arzobispo de Santiago, y del Papa cardenal, en las Españas legado.
—Si yo no muriera, hijo, vos fuérades Padre Santo,
mas con la renta que os queda, bien podréis, hijo, alcanzarlo.
ROMANCE XI DE LA INFANTA DOÑA URRACA, QUE SE FUE PARA CABEZÓN A QUEJARSE MUY MALAMENTE AL REY SU PADRE
—Morir vos queredes, padre, ¡San Miguel vos haya el alma! Mandastes las vuestra tierras a quien se vos antojara:
a don Alfonso a León con Asturias y Sanabria, a don García a Galicia con Portugal la preciada, ¡y a mí, porque soy mujer, dejáisme desheredada! Irme he yo de tierra en tierra como una mujer errada; mi lindo cuerpo daría a quien bien se me antojara, a los moros por dinero y a los cristianos de gracia; de lo que ganar pudiere, haré bien por vuestra alma. Allí preguntara el rey: —¿Quién es esa que así habla? Respondiera el arzobispo: —Vuestra hija doña Urraca. —Calledes, hija, calledes, no digades tal palabra, que mujer que tal decía merecía ser quemada. Allá en tierra leonesa un rincón se me olvidaba, Zamora tiene por nombre, Zamora la bien cercada, de un lado la cerca el Duero, del otro peña tajada. ¡Quien vos la quitare, hija, la mi maldición le caiga! Todos dicen: «Amen, amen», sino don Sancho que calla.
ROMANCE XII DE DOÑA URRACA, CERCADA EN ZAMORA ¡Rey don Sancho, rey don Sancho, ya que te apuntan las barbas, quien te las vido nacer no te las verá logradas!
Don Fernando apenas muerto, Sancho a Zamora cercaba, de un cabo la cerca el rey, del otro el Cid la apremiaba. Del cabo que el rey la cerca Zamora no se da nada; del cabo que el Cid la aqueja Zamora ya se tomaba; corren las aguas del Duero tintas en sangre cristiana. Habló el viejo Arias Gonzalo, el ayo de doña Urraca: —Vámonos, hija, a los moros dejad a Zamora salva, pues vuestro hermano y el Cid tan mal os desheredaban. Doña Urraca en tanta cuita se asomaba a la muralla, y desde una torre mocha el campo del Cid miraba.
ROMANCE XIII EN QUE DOÑA URRACA RECUERDA CUANDO EL CID SE CRIABA CON ELLA EN SU PALACIO EN ZAMORA
—¡Afuera, afuera, Rodrigo, el soberbio castellano! Acordársete debría de aquel buen tiempo pasado que te armaron caballero en el altar de Santiago, cuando el rey fue tu padrino, tú, Rodrigo, el ahijado; mi padre te dio las armas, mi madre te dio el caballo, yo te calcé espuela de oro porque fueses más honrado; pensando casar contigo, ¡no lo quiso mi pecado!, casástete con Jimena, hija del conde Lozano; con ella hubiste dineros, conmigo hubieras estados; dejaste hija de rey por tomar la de un vasallo. En oír esto Rodrigo volvióse mal angustiado:
pues de aquella torre mocha una vira me han tirado!, no traía el asta hierro, el corazón me ha pasado; ¡ya ningún remedio siento, sino vivir más penado!
ROMANCE XV DEL CABALLERO LEAL ZAMORANO Y DE VELLIDO DOLFOS, QUE SE SALIÓ DE ZAMORA PARA CON FALSEDAD HACERSE VASALLO DEL REY DON SANCHO
Sobre el muro de Zamora; vide un caballero erguido; al real de los castellanos da con grande grito:
—¡Guarte, guarte, rey don Sancho, no digas que no te aviso, que del cerco de Zamora un traidor había salido;
Vellido Dolfos se llama, hijo de Dolfos Vellido, si gran traidor fue su padre, mayor traidor es el hijo; cuatro traiciones ha hecho, y con ésta serán cinco! Si te engaña, rey don Sancho, no digas que no te aviso. Gritos dan en el real: ¡A don Sancho han mal herido! ¡Muerto le ha Vellido Dolfos; gran traición ha cometido! Desque le tuviera muerto, metióse por un postigo, por las calle de Zamora va dando voces y gritos:
—¡Tiempo era, doña Urraca, de cumplir lo prometido! ROMANCE XVII CON EL RETO DE DIEGO ORDÓÑEZ Ya cabalga Diego Ordóñez, ya del real había salido, armado de piezas dobles, sobre un caballo morcillo; va a retar a los zamoranos, por muerte del rey su primo. Vido estar a Arias Gonzalo en el muro del castillo; allí detuvo el caballo, levantóse en los estribos:
—¡Yo os reto, los zamoranos, por traidores fementidos! ¡Reto a mancebos y viejos, reto a mujeres y niños,
reto también a los muertos y a los que aún no son nacidos; reto la tierra que moran, reto yerbas, panes, vinos,
desde las hojas del monte hasta las piedras del río, pues fuisteis en la traición del alevoso Vellido! Respondióle Arias Gonzalo, como viejo comedido: —Si yo fuera cual tú dices, no debiera ser nacido. Bien hablas como valiente, pero no como entendido. ¿Qué culpa tienen los muertos en lo que hacen los vivos? Y en lo que los hombres hacen, ¿qué culpa tienen los niños? Dejéis en paz a los muertos, sacad del reto a los niños, y por todo lo demás yo habré de lidiar contigo.
Más bien sabes que en España antigua costumbre ha sido que hombre que reta a concejo haya de lidiar con cinco, y si uno de ellos le vence, el concejo queda quito. Don Diego cuando esto oyera algo fuera arrepentido;
mas sin mostrar cobardía, dijo: —Afírmome a lo dicho.
ROMANCE XVIII CUENTA CÓMO ARIAS GONZALO SE PREPARABA PARA LIDIAR EL RETO
Tristes van los zamoranos metidos en gran quebranto; retados son de traidores, de alevosos son llamados;
más quieren todos ser muertos que no traidores nombrados. Día era de san Millán, ese día señalado,
todos duermen en Zamora, mas no duerme Arias Gonzalo; aún no es bien amanecido que el cielo estaba estrellado, castigando está a sus hijos, a todos cuatro está armando, las palabras que les dice son de mancilla y quebranto: —Yo he de lidiar el primero con don Diego el castellano: si con mentira nos reta, vencerle he y hágoos salvos; pero si cualquier traidor hay entre los zamoranos, y él nos reta con verdad, muerto quedaré en el campo. Morir quiero y no ver muerte de hijos que tanto amo. Las armas pide el buen viejo, sus hijos le están armando, las grebas le están poniendo; doña Urraca que allí ha entrado, llorando de los sus ojos y el cabello destrenzado:
—¿Para qué tomas las armas? ¿Dónde vas, mi viejo amo: pues sabéis, si vos morís, perdido es todo mi estado? ¡Acordaos que prometistes a mi padre don Fernando de nunca desampararme ni dejar de vuestra mano! Caballeros de la infanta a don Arias van rogando que les deje la batalla, que la tomarán de grado; mas él sólo da sus armas a su hijo don Fernando: —¡Dios vaya contigo, hijo, la mi bendición te mando; ve a salvar los de Zamora; como Cristo a los humanos! Sin poner pie en el estribo don Fernando ha cabalgado. Por aquel postigo viejo galopando se ha alejado
adonde estaban los jueces, que ya le están esperando; partido les han el sol, dejado les han el campo.
ROMANCE XIX DEL ENTIERRO DE FERNAND ARIAS Por aquel postigo viejo
que nunca fuera cerrado vi venir seña bermeja con trescientos de caballo; un pendón traen sangriento, de negro muy bien bordado, y en medio de los trescientos traen un cuerpo finado; Fernand Arias ha por nombre,
hijo de Arias Gonzalo. A la entrada de Zamora un gran llanto es comenzado. Llorábanle cien doncellas, todas ciento hijasdalgo; sobre todas lo lloraba
esa Infanta Urraca Hernando, ¡ y cuán triste la consuela el buen viejo Arias Gonzalo!: —¡Callad, mi ahijada, callad, no hagades tan grande llanto; por un hijo que me han muerto, vivos me quedaban cuatro; que no murió entre las damas, ni menos tablas jugando, mas murió sobre Zamora, vuestra honra resguardando! ¡Ay de mí, viejo mezquino! ¡Quién no te hubiera criado, para verte, Fernand Arias, agora muerto en mis brazos! Ya tocaban las campanas, ya llevaban a enterrarlo allá en la iglesia mayor, junto al altar de Santiago, en una tumba muy rica, como requiere su estado.
ROMANCE XX ES EL DE LA JURA DE SANTA GADEA En Santa Gadea de Burgos
do juran los hijosdalgo, allí toma juramento el Cid al rey castellano, sobre un cerrojo de hierro y una ballesta de palo. Las juras eran tan recias que al buen rey ponen espanto. —Villanos te maten, rey, villanos, que no hidalgos; abarcas traigan calzadas, que no zapatos con lazo; traigan capas aguaderas, no capuces ni tabardos; con camisones de estopa,
no de holanda ni labrados; cabalguen en sendas burras, que no en mulas ni en caballos, las riendas traigan de cuerda, no de cueros fogueados; mátente por las aradas, no en camino ni en poblado; con cuchillos cachicuernos, no con puñales dorados; sáquente el corazón vivo, por el derecho costado, si no dices la verdad de lo que te es preguntado: si tú fuiste o consentiste en la muerte de tu hermano. Las juras eran tan fuertes que el rey no las ha otorgado. Allí habló un caballero de los suyos más privado: —Haced la jura, buen rey, no tengáis de eso cuidado, que nunca fue rey traidor, ni Papa descomulgado. Jura entonces el buen rey que en tal nunca se ha hallado. Después habla contra el Cid malamente y enojado:
—Mucho me aprietas, Rodrigo, Cid, muy mal me has conjurado, mas si hoy me tomas la jura, después besarás mi mano. —Aqueso será, buen rey, como fuer galardonado, porque allá en cualquier tierra dan sueldo a los hijosdalgo. —¡Vete de mis tierras, Cid, mal caballero probado, y no me entres más en ellas, desde este día en un año!
—Que me place —dijo el Cid—. que me place de buen grado, por ser la primera cosa que mandas en tu reinado. Tú me destierras por uno yo me destierro por cuatro. Ya se partía el buen Cid sin al rey besar la mano; ya se parte de sus tierras,
de Vivar y sus palacios: las puertas deja cerradas, los alamudes echados, las cadenas deja llenas de podencos y de galgos; sólo lleva sus halcones, los pollos y los mudados. Con el iban los trescientos caballeros hijosdalgo; los unos iban a mula y los otros a caballo; todos llevan lanza en puño, con el hierro acicalado, y llevan sendas adargas con borlas de colorado. Por una ribera arriba al Cid van acompañando; acompañándolo iban mientras él iba cazando.
TERCERA PARTE DE LOS ROMANCES DEL CID
Habla de cómo el Campeador envió a buscar su mujer y sus hijas a Castilla
—Partíos dende, los moros, vuestros muertos soterrad; pensad, de los malheridos, y a los cuitados contad
que el saber nuestro en la guerra es humildoso en la paz,
que no quiero sus haciendas, no se las iré a quitar,
ni para mis barraganas sus hijas he de tomar, que yo no uso más mujeres que la mía natural.
Y mándovos yo, Alvar Fáñez, si he poder de vos mandar, que por mí doña Jimena y mis hijas otro tal, a San Pedro de Cardeña os queráis encaminar; rogaréis al rey Alfonso que me las deje sacar; llevaréisle mi presente cómo a señor natural. Y vos, Martín Antolínez, con Alvar Núñez andad, y a los honrados judíos
Raquel y Vidas llevad los tres mil marcos de plata que vos quisieron prestar; pagadles la logrería, otros mil marcos de más. Rogarles heis de mi parte que me quieran perdonar el engaño de los cofres que en prenda les fui a dejar, porque con cuita lo hice de mi gran necesidad;
y aunque cuidan que es arena lo que en los cofres está, quedó soterrado en ellos el oro de mi verdad.
Mensaje de Alvar Fáñez y perdón del Cid
Llegó Alvar Fáñez a Burgos a llevar al rey la empresa de cautivos y caballos, de despojos y riquezas, con cien llaves de las villas y castillos que rindiera. Los que a lo lejos los vían piensan que es gente de guerra, y en grande alegría tornan al saber del Cid las nuevas. Entró Alvar Fáñez al rey, y pidiéndole licencia, besóle la mano y dijo: —Rey, reciba vuestra alteza de un hidalgo desterrado la voluntad por ofrenda. De aqueste don que te envía toma solamente en cuenta que es ganado de los moros a precio de sangre buena; que con su espada en dos años te ha ganado el Cid mas tierras que te dejó el rey Fernando, tu padre, que en gloria sea. Y una merced sola pide el Cid, que tu mano besa, y te suplica le envíes sus hijas y su Jimena; salgan de su soledad de San Pedro de Cardeña
y vayan a ser señoras de la ciudad de Valencia. Apenas calló Alvar Fáñez, cuando la envidia revienta y el conde García Ordóñez hablaba en mala manera: —De las ganancias del Cid, buen rey, no hagáis mucha cuenta, que cuanto ganó en un año
acaso en dos días pierda; querrá que el destierro olvides con esto que te presenta. Caló Alvar Fáñez la gorra, y empuñando con la diestra, tartamudo de coraje,
le dio al conde esta respuesta: —¡Cortesanos, maldicientes, cuán mal pagáis la defensa que tuvisteis en la espada
que ha ensanchado vuestra tierra! El Cid os tiene ganado
otro reino y cien fronteras y os quiere dar tierras suyas aunque le echéis de las vuestras. Pudiera dárselo a extraños, mas para cosa tan fea es Rodrigo de Vivar castellano a las derechas. Descansen sus envidiosos, descansen mientras les sea el pecho del Cid muralla de su vida y de sus tierras, y entretengan en palacio sus ocios enhorabuena, mas cuiden mejor sus honras en vez de manchar la ajena. Y tú, rey, que las lisonjas a tu placer aprovechas, has de la lisonjas huestes y verás cómo pelean. Perdona, que con enojo pierdo el respeto a tu alteza, y dame, si me has de dar, a las hijas y a Jimena, pues te ofrezco su rescate como si estuvieran presas. Levantóse el rey Alfonso
y al buen Alvar Fáñez ruega que se sosiegue, y los dos vayan a ver a Jimena. Y al salir, ante la corte, dijo parado en la puerta: —Al Cid el destierro alzo y le devuelvo sus tierras; con todo lo que ha ganado confírmole yo a Valencia, y le añado de lo mío
Ordejón, Campo y Briviesca, Langa y todas sus alfoces, con el castillo de Dueñas; que la honra del Cid es mía y es honra de España entera.
Cómo el rey moro quería ganar la ciudad del Cid
¡Helo, helo, por dó viene el moro por la calzada!, caballero a la jineta encima una yegua baya; borceguíes marroquíes y espuela de oro calzada; una adarga ante los pechos y en la mano una azagaya. Mirando estaba a Valencia cómo está bien torreada: «¡Oh Valencia, oh Valencia, de mal fuego seas quemada!, primero fuiste de moros que de cristianos ganada; si la lanza no me miente, a moros serás tornada, y aquel perro de aquel Cid prenderélo por la barba; su mujer doña Jimena será de mí captivada, y doña Urraca su hija, la mi linda enamorada;
después de yo hartarme de ella, la entregaré a mi compaña». El buen Cid no está tan lejos que todo no lo escuchaba: —Venid, vos acá, mi hija, la mi hija doña Urraca, dejad las ropas continas y vestid ropas de pascua; aquel moro hi de perro detenémelo en palabras,
mientras yo ensillo a Babieca y me ciño la mi espada. La doncella muy hermosa se paró a una ventana; el moro desque la vido de esta suerte la fablara: —¡Alá te guarde, señora, mi señora doña Urraca! —¡Así faga a vos, señor, buena sea vuestra llegada! Siete años ha, rey, siete, que soy vuestra enamorada. —Otros tantos ha, señora, que os tengo dentro en mi alma. Ellos estando en aquesto, el buen Cid que ya asomaba. —¡Adiós, adiós, mi señora, la mi linda enamorada!, que del caballo Babieca ya bien oigo la patada. Do la yegua pone el pie, Babieca pone la pata; así fablara el caballo, bien oiréis lo que fablaba: «Reventar debía la madre que a su hijo no esperaba». Siete vueltas la rodea alrededor de una jara; la yegua, que era ligera, muy adelante pasaba, hasta llegar cabe un río adonde una barca estaba. El moro desque la vido con ella mucho se holgara; grandes gritos da al barquero que le allegase la barca; el barquero es diligente, túvose la aparejada;
embarcó muy presto en ella, que no se detuvo nada. Estando el moro embarcado, el buen Cid que llega al agua, y por ver al moro en salvo, de coraje reventaba; mas con la furia que tiene una lanza le arrojaba,
diciendo: —¡Recoged, yerno, recogedme aquesa lanza, que quizá tiempo verná que os será bien demandada!
Palabras que tuvo el Cid con el abad nuevo de Cardeña
Fablando estaba en el claustro de San Pedro de Cardeña el buen rey Alfonso al Cid, después de misa, una fiesta. Trataban de la conquista de las mal perdidas tierras por yerros del rey Rodrigo, que amor disculpa y condena. Propuso el buen rey al Cid el ir a ganar a Cuenca, y Ruy Díaz mesurado le dice desta manera:
—Nuevo sois, rey don Alfonso, nuevo rey sois en la tierra; antes que a guerra vayades, sosegad las vuesas tierras; muchos daños han venido por los reyes que se ausentan que apenas han calentado la corona en la cabeza. Bermudo, en lugar del rey, dice al Cid: —Si vos aquejan el cansancio de las lides o el deseo de Jimena, idvos a Vivar, Rodrigo, y dejadle al rey la empresa, que homes tiene tan fidalgos que non volverán sin ella.
—¿Quién vos mete —dijo el Cid— en el consejo de guerra,
fraile honrado, a vos agora, la vuesa cogulla puesta? Subidvos a la tribuna y rogad a Dios que venzan; que non venciera Josué si Moisés non lo ficiera. Llevad vos la capa al coro, yo el pendón a las fronteras, y el rey sosiegue su casa antes que busque la ajena; que non me farán cobarde el mi amor ni la mi queja,
que más traigo siempre al lado a Tizona que a Jimena.
—Home soy —dijo Bermudo— que antes que entrara en la regla, si non vencí reyes moros,
engendré quien los venciera; y agora en vez de cogulla, cuando la ocasión se ofrezca, me calaré la celada
y pondré al caballo espuela. —¡Para fuir —dijo el Cid— podrá ser, padre, que sea; que más de aceite que sangre manchado el hábito lleva! —¡Calledes —le dijo el rey— en mal hora que no en buena! Cosas tenedes, el Cid,
que farán fablar las piedras, pues por cualquier niñería facéis campaña a la iglesia. Pasaba el conde de Oñate que llevaba la su dueña, y el rey, por facer mesura, acompañólo a la puerta.
Pavor de los condes de Carrión
Acabado de yantar, la faz en somo la mano, durmiendo está el señor Cid en el su precioso escaño. Guardándole están el sueño sus yernos Diego y Fernando, y el tartajoso Bermudo, en lides determinado. Fablando están juglerías, cada cual por hablar paso, y por soportar la risa
puesta la mano en los labios, cuando unas voces oyeron que atronaban el palacio, diciendo: «¡Guarda el león! ¡Mal muera quien lo ha soltado!». No se turbó don Bermudo; empero los dos hermanos con la cuita del pavor de la risa se olvidaron, y esforzándose las voces,
en puridad se hablaron y aconsejáronse aprisa que no fuyesen despacio. El menor, Fernán González, dio principio al fecho malo; en zaga al Cid se escondió, bajo su escaño agachado. Diego, el mayor de los dos, se escondió a trecho más largo, en un lugar tan lijoso,
que no puede ser contado. Entró gritando el gentío y el león entró bramando, a quien Bermudo atendió con el estoque en la mano. Aquí dio una voz el Cid, a quien como por milagro se humilló la bestia fiera, humildosa y coleando. Agradecióselo el Cid,
y al cuello le echó los brazos, y llevólo a la leonera
faciéndole mil falagos. Aturdido está el gentío viendo lo tal; no catando que entrambos eran leones, mas el Cid era el más bravo. Vuelto, pues, a la su sala, alegre y no demudado, preguntó por sus dos yernos su maldad adivinando. —Del uno os daré recaudo, que aquí se agachó por ver si el león es fembra o macho. Allí entró Martín Peláez aquel temido asturiano, diciendo a voces: —¡Señor, albricias, ya lo han sacado! El Cid replicóle: —¿A quién? Él respondió: —Al otro hermano, que se sumió de pavor
do no se sumiera el diablo. Miradle, señor, dó viene; empero facéos a un lado, que habéis, para estar par dél, menester un incensario. Agraviáronse los condes,
con el Cid quedan odiados; quisieran tomar sobre él la deshonra de ellos ambos.
Afrenta de las hijas del Cid
De concierto están los condes hermanos Diego y Fernando, afrentar quieren al Cid,
muy gran traición han armado, quieren volverse a sus tierras, sus mujeres demandando; y luego les dice el Cid, cuando se las ha entregado: —Mirad, yernos, que tratedes como a dueñas hijasdalgo mis hijas, pues que a vosotros por mujeres las he dado. Ellos ambos le prometen de obedecer su mandado. Ya cabalgaban los condes; y el buen Cid está a caballo con todos sus caballeros que le van acompañando; por las huertas y jardines va riendo y festejando. Por espacio de una legua el Cid los ha acompañado; cuando dellas se despide, lágrimas le van saltando. Como hombre que ya sospecha la gran traición que han armado, llamó a su sobrino Ordoño, y en secreto le ha mandado que vaya tras de los condes cubierto y disimulado. Los condes con sus mujeres, por sus jornadas andando, en el robladal de Corpes dentro del monte han entrado; espeso es y muy oscuro, de altos árboles poblado. Mandan ir toda su gente adelante muy gran rato; quedándose con sus mujeres tan solos Diego y Fernando. De sus caballos descienden, las riendas les han quitado;
sus mujeres que lo ven
muy gran llanto han levantado. Apéanlas de las mulas;
ambas las han desnudado; cada uno azota la suya, con riendas de su caballo; danles muchas espoladas, en sangre las han bañado; con palabras injuriosas, mucho las han denostado. Los cobardes caballeros allí se las han dejado. —De vueso padre, señoras, en vos ya somos vengados; que vosotras no sois tales para connusco casaros Ahora pagáis las deshonras que el Cid a nós hubo dado cuando soltara el león y procurara matarnos.
Ordoño, sobrino del Cid, socorre a sus primas
Al cielo piden justicia de los condes de Carrión ambas las hijas del Cid, doña Elvira y doña Sol. A sendos robles atadas dan gritos que es compasión, y no las responde nadie, sino el eco de su voz. A los lamentos que hacen, por allí pasó un pastor, por donde no puso el pie cosa humana, si ahora no; danle voces que se acerque, y él no osaba de pavor:
—¡Pastor, por Dios te rogamos que hayas de nós compasión! ¡Así tus ganados vayan siempre de bien en mejor, tus tiernos hijuelos veas criados en bendición, que desates nuestras manos, pues que las tuyas no son, como las que nos ataron, de malicia y traición! Estando en estas palabras, el buen Ordoño llegó,
en hábito de romero, según el Cid le ordenó. Prestamente las desata, disimulando el dolor; ellas que lo conocieron, juntas lo abrazan las dos; a la una dio su manto y a la otra su ropón.
Llorando les dice: —¡Primas, secretos del cielo son!
No tuvo la culpa el Cid, que el rey fue quien os casó; mas buen padre tenéis, primas, que vuelva por vueso honor.
El Cid parte a pedir justicia al rey
Asida está del estribo la noble Jimena Gómez, y en tanto que al Cid le habla, el Cid su gabán compone. —Mirad —le dice—, señor, vuestra sangre y la del conde que matasteis bueno a bueno, que las venguéis como noble. A las cortes vais, buen Cid, y vuestros competidores son crueles como cobardes, como cobardes traidores, Al rey habrán prevenido y a sus amigos los condes; que es de cobardes muy propio socorrerse de invenciones. No acetéis del rey Alfonso excusas, ruegos ni dones, que mal se encubre una injuria con afeites de razones.
Considerad vuestras hijas amarradas a dos robles; ante el rey buscáis justicia, ruego a Dios que no la estorbe. —Así suceda, Jimena,
el famoso Cid responde. Y abajando la cabeza picó a Babieca y partióse.
De las cortes de Toledo
Tres cortes armara el rey, todas tres a una sazón; las unas armara en Burgos,
las otras armó en León, las otras armó en Toledo donde los hidalgos son, para cumplir de justicia al chico con el mayor. Treinta días da de plazo, treinta días, que más no, y el que a ellos no viniese que lo diesen por traidor. A los veinte y nueve días los condes venidos son; treinta días son llegados y el buen Cid no viene, non, Allí hablaran los condes: —Señor,dadIo por traidor. Respondiérales el rey: —Eso non faría, non,
que el buen Cid es caballero de batallas vencedor,
pues que en todas las mis cortes no lo había otro mejor.
Ellos en aquesto estando, el buen Cid allí asomó.
Cómo el Cid llegó a las cortes
Por Guadalquivir arriba cabalgan caminadores, que, según dicen las gentes, ellos eran buenos hombres; ricas aljubas vestidas y encima sus albornoces, capas traen aguaderas a guisa de labradores; daban cebada de día y caminaban de noche, no por miedo de los moros, mas por los grandes calores. Por sus jornadas contadas llegados son a las cortes, sálelos a recibir
el rey con sus altos hombres —Viejo que venís, el Cid, viejo venís y florido.
—No de holgar con las mujeres, mas de andar en tu servicio; de pelear con el rey Búcar, rey que es de gran señorío; de ganadle las sus tierras, sus villas y sus castillos;
también le gané yo al rey su rico escaño tornido.
Los condes de Carrión, declarados traidores en las Cortes
—Yo me estando en Valencia, en Valencia la mayor,
buen rey, vi yo vuestra seña y vuestro honrado pendón. Saliera yo a recibirlo como vasallo a señor; enviásteme una carta con un vuestro embajador: que en la villa de Requena con vos me avistara yo. Allí os convidé a comer, buen rey, tomástelo vos; y al alzar de los manteles, dijiste esta razón:
que diese yo las mis hijas a los condes de Carrión No quería Jimena Gómez, la madre que las parió;
por cumplir vuestro mandado, otorgáraselas yo.
Un día estando en las bodas soltárase un león;
los condes fueron cobardes. Luego piensan la traición: pidiéranme las mis hijas para volver a Carrión; como eran sus mujeres, entregáraselas yo;
¡ay, en medio del camino cuán mal paradas que son! Allí dijeron los condes una muy mala razón:
—Mentides, el Cid, mentides, no somos traidores nós. Nós somos fijos de reyes, sobrinos de emperador: ¿merescimos ser casados con fijas de un labrador? Levántose Per Bermúdez, el que las damas crió,
y al conde que así había hablado diérale un gran bofetón.