JAY ANSON
AQUÍ VIVE
EL HORROR
Título original inglés
THE AMITYVILLE HORROR
Original English language edition published by Prentice-Hall, Inc.,
Englewood Cliffs, New Jersey, U.S.A.
Copyright @ 1977 by Jay Anson, George Lee Lutz and Kathleen Lutz
IMPRESO EN ARGENTINA
PRINTED IN ARGENTINA
Queda hecho el depósito que previene la ley número 11.723
Los nombres de muchas personas mencionados en este libro han sido
cambiados para proteger su intimidad.
PREFACIO
por el reverendo John J. Nicola
El problema que encara este libro es tan viejo como la humanidad, pero conviene que sea señalado a la atención del lector consciente de nuestros días. Todas las civilizaciones han puesto de manifiesto cierto grado de inseguridad y temor frente a los informes esporádicos por recurrentes que describen a los seres humanos como víctimas de entidades hostiles, dotadas de poderes sobrenaturales. Los seres humanos, en las distintas sociedades, han tenido diversas reacciones ante estos fenómenos. Palabras, gestos, amuletos u otros objetos han sido utilizados ri-tualmente para defenderse de los ataques demoníacos: esto es tan cierto en lo que toca a las antiguas culturas semíticas, como los babilonios y sus aterradores demonios Udug, como a los actuales ritos cristianos de exorcismo.
En nuestro mundo occidental hay tres actitudes principales que, en varias combinaciones, caracterizan la multitud de actitudes individuales en relación a los informes de casos de asedio por potencias misteriosas. La primera actitud, la científica, considera que el mundo –y tal vez el universo– está gobernado por leyes invariables, por la investigación científica. Diametralmente opuesta a ésta es la actitud que lamenta, si bien no ignora, los descubrimientos de la ciencia, pero tiene a la realidad empírica por algo superficial y sin sentido, concentrándose en cambio en las realidades espirituales: esta actitud puede ser definida como la actitud supersticiosa. La tercera posición incluye un poco de las otras dos. Si bien adhiere a la ciencia como método, ensancha las perspectivas de la ciencia positiva e incorpora dimensiones espirituales de la realidad que provienen de consideraciones teológicas y filosóficas. A esta actitud la podernos calificar de
religiosa.
En todo esto hay certeza: los fenómenos descritos en este libro ocurren a personas corrientes y a familias que no son ni exhibicionistas ni aficionadas a la publicidad. A menudo la respuesta del hombre de ciencia estricto implica un rechazo de los datos referidos y la negativa a examinarlos como datos probables; en este caso, al parecer, nos enfrentamos con un prejuicio. Por otra parte, los hombres de ciencia que creen en los datos presentados y aplican una metodología científica para intentar una explicación suelen restringir las posibilidades de la ciencia a lo que es hoy conocido o suponen que los descubrimientos ampliados de la ciencia empírica lograrán algún díá explicar los fenómenos. Esta actitud es razonable y adopta un punto de vista integral.
Las personas supersticiosas suelen referirse a los fenómenos psíquicos para justificar una actitud ante la vida que, por lo general, es irracional. Temores infundados, nociones preconcebidas o explicaciones de casos como el ocurrido en Amityville y expuestos por Jay Anson no sirven nada más que para aumentar el sufrimiento de las personas afectadas. La actitud prevenida que se muestra aquí es evidente.
No hace falta decir que el punto de vista de una persona orientada religiosamente incorpora los datos de la revelación. Como la revelación supone la comunicación con Dios y presupone además la existencia de Dios y su interés en los asuntos humanos, podemos ver aquí también que hay un prejuicio implícito: el prejuicio de la fe. El creyente equilibrado admirará y aceptará los descubrimientos de la ciencia moderna, pero llegará a la conclusión de que, incluso si se presupone la evolución futura, negar a la naturaleza la posibilidad de revelar honduras que están más allá del alcance empírico de la ciencia natural es una actitud miope. Del mismo modo que eii el caso del hombre de ciencia de mente abierta, un creyente sensato puede aceptar una actitud
am-plia e integrada en lo que se refiere a los fenómenos psíquicos.
De tal modo que podemos observar que, sea cual fuere la actitud que adopte un individuo frente a estos hechos, siempre habrá de apoyarse en prejuicios que no podrán ser investigados satisfactoriamente por quienes adoptan un punto de vista diferente. Cuando los fenómenos psíquicos se dan dentro de la vida de una familia. O cuando una familia solicita ayuda, las personas que la constituyen suelen quedar escandalizadas por la ingenuidad y la incertidumbre de quienes dicen creer en lo sobrenatural, pero que también están avergonzados y confundidos por sus propias creencias y por el altanero orgullo del hombre de ciencia materialista que afirma con aplomo cosas que contradicen la experiencia personal de cada uno.
Por desgracia, esta intricada red de ignorancia, puntos de vista tendenciosos y temores producen muchos sufrimientos a las familias desprevenidas que se ven tomadas de repente por una situación extraña y aterradora. Es un caso como éste el descrito por Jay Anson. Si este relato fuera una ficción, podríamos fácilmente ponerlo de lado, como irrelevante. Sin embargo, éste es un relato documental expuesto por la familia y el sacerdote que experimentaron lo que cuentan; en estas condiciones, el relato es digno de suscitar nuestra reflexión. Los que nos hemos interesado en las investigaciones psíquicas habremos de comprobar que el hecho relatado dista mucho de ser un caso aislado.
A causa de la incertidumbre que se vincula con todo el mundo de lo paranormal yo, en mi condición de creyente en la ciencia y la religión, no dejaré de advertir a los lectores contra los peligros de una suficiencia que asume el conocimiento de lo desconocido y una jactancia que se vanagloria de tener el control de lo trascendente. El hombre prudente sabe lo que no sabe ... y el hombre cauteloso respeta lo que no domina.
PRÓLOGO
El 5 de febrero de 1976 el noticiero de las 22, (Ten O'clock News) del Canal 5 de Nueva York, anunció que se estaba realizando una encuesta a personas que pretendían poseer percepciones extrasensoriales. La pantalla de televisión mostró al reportero Steve Bauman, quien a la sazón estaba investigando el caso de una mansión aparentemente embrujada en Amityville, Long Island.
Bauman dijo que el 13 de noviembre de 1974 una espaciosa casa de estilo colonial, situada en el número 112 de Ocean Avenue, había sido escena de un asesinato en masa. Un joven de veinticuatro años, Ronald De Feo, había tirado con un rifle de alta potencia sobre sus padres, sus dos hermanos y sus dos hermanas, ultimándolos metódicamente. Posteriormente, De Feo había sido condenado a cadena perpetua.
"Hace dos meses", continuaba diciendo el informe, "la casa fue vendida en la cantidad de 80.000 dólares a una pareja: George y Kathleen Lutz. Los Lutz, enterados de la matanza, no habían sentido al respecto el más leve temor supersticioso, y habían pensado que la casa era muy adecuarla para las cinco personas de la familia: ellos y sus tres hijos.
Los Lutz se mudaron a la nueva casa el 18 de diciembre. Poco tiempo después, dijo Bauman, la pareja había sentido que la vivienda estaba habitada por una cierta fuerza psíquica y había empezado a albergar temores por sus vidas. "Se refirieron a una sensación de algo parecido a una forma de energía dentro de la casa, a una especie de mal contra natura que se volvía cada día más fuerte".
Cuatro semanas después de la mudanza los Lutz abandonaron la casa, llevándose tan sólo unas mudas de ropa. En la actualidad estaban viviendo con unos amigos en un lugar no declarado. Pero antes de desaparecer, según dijo el Canal 5, el caso del matrimonio pudo ser conocido en la zona. Los Lutz habían consultado a la policía, a un sacerdote local y a un grupo de parapsicología. "Hablaron de extrañas voces que, al parecer, venían desde el interior de ellos, de un poder que había logrado hacer levitar a la señora Lutz hasta un placard detrás del cual había un cuarto cuya existencia no estaba marcada en ningún plano".
El reportero Steve Bauman había tomado en cuenta estas afirmaciones. Después de realizar algunas investigaciones en relación a la casa, Bauman descubrió que casi todas las familias que habían habitado esa vivienda se habían visto en situaciones trágicas, del mismo modo que las personas que habían habitado la casa construida anteriormente en ese mismo sitio.
El locutor del Canal 5 declaró que William Weber, el abogado de Ronald De Feo, había iniciado investigaciones con la esperanza de probar que una cierta fuerza había actuado en el comportamiento de todas las personas que habían habitado la casa de 112 Ocean Avenue. Weber sostenía que esa fuerza "podía tener un origen natural" y consideraba que ésta era la prueba que necesitaba su defendido para iniciar un nuevo juicio. Weber, al ser interrogado, manifestó que "estaba enterado de que ciertas casas podían construirse de manera de crear en ellas corrientes eléctricas que actúan en ciertas habitaciones, basándose en la estructura material de la casa." A esto los hombres de ciencia respondieron que "estaban investigando el punto a fin de llegar a una conclusión. Y que, en cuanto se agotaran todas las posibles explicaciones racionales o científicas, el caso habría de ser transferido a otro grupo de investigación en la Universidad de Duke, especializado en los aspectos parapsicológicos de estos fenómenos".
Canal 5 dijo que dos emisarios del Vaticano se habían hecho presentes en Amityville en diciembre e informaron que habían recomendado a los Lutz que abandonaran inmediatamente la casa. "En la actualidad el tribunal de milagros de la Iglesia estudia el caso y su informe declara que la vivienda situada en 112 Ocean Avenue está en posesión de ciertos espíritus que están más allá del conocimiento humano corriente".
Dos semanas después del anuncio de la televisión, George y Kathy Lutz celebraron una conferencia de prensa en el despacho del abogado William Weber. Este se había puesto en contacto con la pareja tres semanas antes por intermedio de amigos comunes.
George Lutz informó a los reporteros que no iba a pasar otra noche en esa casa, y que tenía la intención de vender el inmueble de 112 Ocean Avenue. Asimismo estaba esperando los resultados de unas pruebas científicas llevadas a cabo por investigadores de parapsicología y otros profesionales dedicados a la investigación de fenómenos ocultos.
Al llegar a este punto, los Lutz nterrumpieron toda comunicación con los medios informativos, pues opinaron que las versiones publicadas estaban deformadas y eran exageradas. Es tan sólo ahora que se puede contar en su totalidad la historia.
I
18 de diciembre de 1975
George y Kathy Lutz se mudaron a la casa número 112 de Ocean Avenue, el 18 de diciembre. Veintiocho días más tarde, aterrados, huyeron del lugar.
George Lee Lutz, ventiocho años, de Deer Park, Long Island, es un hombre con ideas muy claras sobre el valor de los terrenos y las propiedades. Lutz es dueño de una oficina inmobiliaria, llamada William H. Parry, Inc. y hace saber orgullosamente a todo el mundo que su empresa cuenta con tres generaciones de los Lutz: su abuelo, su padre y él.
Entre los meses de julio y noviembre, él y su mujer, Kathleen, veinte años, habían visitado más de cincuenta casas en la costa sur de Long Island, antes de investigar las posibilidades de Amityville. Ninguna de las casas comprendidas entre los treinta y los cincuenta mil dólares había llenado los requisitos: la casa debía tener vista al mar y ser lo bastante amplia para que George pudiera establecer en ella sus oficinas.
Mientras buscaban casa, George fue a la inmobiliaria Conklin, en el parque Massapequa y conversó con la señora Edith Evans. Ésta dijo que podía mostrar una nueva casa a la pareja y llevarla a que la vieran entre las tres y tres y media de la tarde. George fijó la cita y la señora Evans –una mujer afable y simpática– los llevó esa tarde al lugar.
La señora Evans demostró ser cordial y paciente con el joven matrimonio.
–No estoy muy segura de que sea lo que ustedes están buscando –dijo a George y Kathy– pero quiero mostrarles cómo vive la "otra mitad" de Amityville.
La casa del número 112 de Ocean Avenue es una construcción amplia, de tres pisos, con tejas de madera oscura y revestimiento de madera pintada de blanco. El terreno en que se levanta mide quince por setenta metros y los quince metros dan al frente, de tal modo que, cuando se mira la casa desde la vereda de enfrente, la puerta de entrada queda a la derecha. Con la propiedad venía incluido un terreno arbolado –unos diez metros cuadrados– de un soto que llega hasta el río Amityville.
De un farol que está al término de la senda de entrada para coches cuelga un cartelito con el nombre que los antiguos dueños habían dado a la casa: "Grandes Esperanzas".
Un porche cerrado, con un bar, tiene vista sobre una serie de espaciosas residencias. De construcción más vieja. Hay plantas perennes en los terrenos angostos, pero los postigos cerrados son bastante visibles. George echo una mirada en derredor y pensó que esto era extraño. Notó que los postigos de los vecinos estaban cerrados en todas las ventanas que miraban a la casa. Aunque no en el frente ni en la dirección de las casas del otro lado.
La casa había estado en venta desde hacía casi un año.
El aviso no había aparecido en el diario, pero la descripción era completa en la lista que estaba en la agencia inmobiliaria de Edith Evans:
Zona exclusiva de Amityville: 6 dormitorios Colonial Holandés,
amplio cuarto de estar, comedor formal, porche cerrado, 3 cuartos de baño y toilette, sótano completo, garaje para dos autos, piscina con agua caliente y amplio galpón para botes. Precio: 80.000 dólares.
¡Ochenta mil dólares! Para que una casa como la descrita pudiera venderse por ese precio era necesario que se estuviera viniendo abajo o que el linotipista se hubiera saltado un "1" antes del "8". Se podía creer que la empleada de la inmobiliaria iba a intentar mostrar la tentadora casa después de haber anochecido, y tan sólo desde afuera, pero lo cierto es que les dejó ver el interior con mucho gusto. Los Lutz hicieron su inspección de modo agradable, rápido pero exhaustivo. La vivienda no sólo respondía a su exigencias y deseos sino que, contrariamente a lo que habían esperado, tanto la casa como los anexos de la propiedad estaban en excelentes condiciones.
Sin vacilar, la señora Evans dijo a la pareja que ésta había sido la casa de los De Feo. Al parecer, todo el mundo en la zona había oído hablar de la tragedia: Ronald De Feo, de veinticuatro años, había matado a su padre, a su madre y a sus cuatro hermanos mientras dormían en la noche del 13 de noviembre de 1974.
Las versiones dadas en los diarios y la televisión se referían a que la policía había descubierto los seis cuerpos acribillados de balas disparadas por un rifle de gran potencia.
Todas las víctimas, como se enteraron los Lutz meses más tarde, estaban echados en la misma postura: boca abajo, con la cabeza descansando sobre los brazos. Al enfrentarse con su masacre, Ronald había confesado finalmente: "La cosa empezó y siguió a tal velocidad que no me pude parar".
Durante el juicio, el abogado nombrado por el tribunal, William Weber, sostuvo que su cliente era insano. "Durante meses antes del hecho", declaró el joven, "he estado oyendo voces. Me daba vuelta pero no veía a nadie. De modo que pensé que Dios me estaba hablando".
Ronald De Feo fue convicto de asesinato y recibió una sentencia de seis condenas consecutivas a cadena perpetua.
señora Evans–. Lo cierto es que quería hacerme una idea para referencias futuras al tratar con clientes que buscan casas de alrededor de los noventa mil dólares.
Era evidente que ella no creía que los Lutz podían interesarse en una propiedad tan cara. Pero Kathy, después de echar una nueva mirada general a la casa, sonrió y dijo:
–Es la mejor de todas las que hemos visto. Tiene todo lo que queríamos tener.
Evidentemente, no habían contado nunca con vivir en una casa tan hermosa. Pero George se prometió a sí mismo que, si la cosa podía hacerse, ésta era la casa que habría de tener su mujer. La trágica historia que había ocurrido en el número 112 de Ocean Avenue no preocupaba ni a George, ni a Kathy, ni a sus tres hijos. Ésta era la casa con la que ellos siempre habían soñado.
Durante el resto de noviembre y las primeras semanas de diciembre los Lutz dedicaron sus noches a trazar planes de las modificaciones menores que habrían de hacerse en la nueva casa. La experiencia de George con propiedades le facilitaba la tarea de proyectar los planos de los cambios a efectuarse.
Él y Kathy decidieron que uno de los dormitorios del segundo piso habría de ser el de los dos varones: Christofer, de siete años, y Daniel, de nueve. El otro dormitorio del último piso fue asignado a los niños como cuarto de juego. Melissa (Missy) una niña de cinco años, habría de dormir en el primer piso, en un cuarto en diagonal con el dormitorio principal. También iba a haber un cuarto de costura y un amplio cuarto de vestir para George y Kathy en el mismo piso. Chris, Danny y Missy quedaron encantados con las nuevas disposiciones.
Abajo, en la planta de recepción, los Lutz se enfrentaron con un pequeño problema. No tenían muebles de comedor y, finalmente, decidieron que, antes de escriturar, George iba a decirle a la agente de la inmobiliaria que deseaba comprar los muebles de comedor que los De Feo habían dejado en depósito, junto con un juego de dormitorio infantil para Missy, una mesa de televisión y los muebles de dormitorio de Ronald De Feo. Estos objetos y otros, dejados en la casa, como la cama de los De Feo, no estaban incluidos en el precio total. George pagó cuatrocientos dólares adicionales por ellos. También obtuvo, sin aumento de precio, siete acondicionadores de aire, dos lavadoras eléctricas, dos secadores, una heladera nueva y un congelador.
Había que hacer muchas cosas antes del día de la mudanza. Además del traslado material de todas sus posesiones, se presentaban complicadas cuestiones legales que tenían que ver con la transferencia del título de propiedad y que requerían análisis y clasificación. El título de propiedad de la casa estaba hecho a nombre de los padres de Ronald De Feo. Al parecer Ronald, como único sobreviviente, tenía derecho a heredar la propiedad de sus padres, sin tomar en cuenta el hecho de que había quedado convicto del asesinato de los mismos. De ninguno de los objetos podía dis-ponerse antes de que éstos hubieran sido estipulados legalmente en un tribunal. Era un laberinto legal bastante incómodo y los ejecutores tuvieron que atravesarlo, pero el tiempo previsto se alargó: había que tomar decisiones apropiadas respecto de las transacciones hechas con la casa o la propiedad.
Se señaló a los Lutz que era posible encontrar disposiciones para proteger los intereses legales de todas las personas interesadas si se llevaba a cabo la venta de la casa, pero que iba a tomar varias semanas, o más, el hallar el procedimiento adecuado para realizarla. Eventualmente se resolvió que, en el momento de firmar el boleto de compraventa, se entregarían cuarenta mil dólares, hasta que la escritura legal fuera completada y ejecutada.
La fecha de la escrituración se fijó el mismo día en que George y Kathy habrían de mudarse desde Deer Park. El matrimonio había decidido terminar con la venta de la antigua casa el día previo, esperando que todo iba a encontrar su solución; y probablemente movidos por el deseo de
establecerse en el nuevo hogar los jóvenes resolvieron hacer un esfuerzo y acabar con todo el mismo día.
La tarea de Kathy iba a consistir esencialmente en empaquetar. Para mantener a los niños lejos de sus actividades y de las de George, Kathy les asignó tareas menores. Debían reunir sus juguetes y poner en orden sus ropas antes de empaquetar. Cuando las tareas estuvieran hechas, debían limpiar sus dormitorios para que la casa antigua presentara un aspecto aceptable a los nuevos propietarios.
George tenía intenciones de cerrar su agencia en Syosset e instalarla en su nueva casa a fin de ahorrarse el dinero del alquiler. Y había incluido este punto en el cálculo original de la forma en que él y Kathy podían permitirse un gasto de ochenta mil dólares, George supuso que el sótano, que tenía una excelente distribución de espacio, podía ser el lugar apropiado. Trasladar su equipo y los muebles iba a llevar bastante tiempo y, en caso de que el sótano llegara a ser la sede de la nueva agencia, iba a ser necesario realizar algunos trabajos de carpintería.
El embarcadero, de seis metros por trece, detrás de la casa y el garaje, no era un decorado gratuito ni un ornamento vano para los Lutz. George era dueño de un yacht de ocho metros de largo y de una lancha de más de cuatro. Las instalaciones de la nueva casa le iban a permitir ahorrar una buena cantidad de dinero que normalmente había que pagar a un club náutico. La tarea de llevar sus embarcaciones a Amityville en un acoplado se convirtió en una obsesión, pese a las prioridades que tanto él como Kathy estaban descubriendo todo el tiempo. Había mucho que hacer en el número 112 de Ocean Avenue, tanto en el interior como en el exterior. Aunque no estaba seguro de dónde iba a sacar el tiempo, George tenía intenciones de dedicarse un poco a cuidar el aspecto del jardín para impedir los daños de las heladas, y colocar tal vez algunas cubier-tas de plástico sobre los matorrales, sembrar bulbos y abonar el césped con cal.
Muy atareado con sus herramientas y su equipo. George hizo progresos con algunos de sus proyectos para el interior. De cuando en cuando, acuciado por el tiempo, confundía sus proyectos acariciados con sus tareas inaplazables. Muy pronto dejó todo de lado y se puso a limpiar primero la chimenea y luego la estufa. Después de todo, la Navidad se acercaba.
Hacía mucho frío el día de la mudanza. La familia había hecho las valijas la noche anterior y había dormido sobre el suelo. George se levantó temprano y, con sus propias manos, amontonó la mayor cantidad posible de objetos en el camión de mudanza más voluminoso que pudo alquilar, terminando con su tiempo justo nada más que para asearse y correr con Kathy a firmar la escritura.
Durante el acto legal, los abogados usaron una cantidad algo mayor que la usual de discriminaciones apartados, partes y "otrosí", especificando todo esto en largas hojas de papel dactilografiado. El abogado de los Lutz explicó que, en razón de los impedimentos que había en relación a la casa, el matrimonio no poseía un título claro de propiedad, aunque contaba ya con lo mejor que había podido obtenerse con el pago adelantado. Notablemente, la escrituración ya había terminado unos minutos antes de mediodía. Cuando los Lutz abandonaban la oficina con cierta prisa, el abogado les aseguró que ya no habría problemas y que eventualmente iban a recibir los títulos de propiedad requeridos.
A la una, George tomó por la senda de entrada del número 112 de Ocean Avenue, junto con el acoplado de mudanza, lleno de sus enseres, además de la heladera, la lavadora, el secador y el congelador que los De Feo habían dejado en depósito. Kathy venía detrás con los niños en la camioneta de la familia, con la motocicleta en la parte de atrás. Cuatro amigos de George, hombres de veintitantos años y lo suficientemente fuertes para manejar muebles pesados, estaban esperando. Muebles, cajas, cajones, toneles, valijas, bolsas, juguetes, motocicletas, bicicletas y
ropas fueron sacados del acoplado y llevados hasta la explanada de la parte de atrás de la casa y al garaje.
George avanzó hacia la puerta de entrada, buscando la llave en sus bolsillos. Irritado, se volvió hacia el acoplado y siguió buscándola minuciosamente, hasta que debió reconocer ante sus amigos que no la tenía. La señora Evans era la única persona que tenía la llave y se la había llevado con ella después de la firma de los documentos. George telefoneó y la señora Evans volvió a su oficina para recoger la llave.
Cuando la puerta lateral se abrió por fin, los tres niños saltaron de la camioneta y corrieron hacia sus juguetes respectivos e iniciaron sus tareas de cargadores no profesionales dentro y fuera de la casa. Kathy señalaba el destino de cada bulto.
Tomó cierto tiempo subir los enseres por la escalera bastante angosta que llevaba al primero y segundo pisos. Y cuando llegó el padre Mancuso para dar la bendición a la casa, ya era la una y media pasada.
II
18 de diciembre
El padre Frank Mancuso no era un simple sacerdote. Además de atender decididamente sus obligaciones sacerdotales, Mancuso era abogado, juez del tribunal católico y psicoterapeuta en ejercicio.
Esa mañana el padre Mancuso se había despertado con una sensación de malestar. Algo lo molestaba. No hubiera podido precisar la causa de esto, porque no tenía a la sazón preocupaciones especiales. Según sus propias palabras, al volver a considerar esos momentos sólo puede decir que se trataba de una "sensación desagradable".
Durante toda la mañana el sacerdote había recorrido sus habitaciones en la parroquia del Sagrado Corazón en un estado de gran agitación. "Hoy es jueves", pensaba. "Tengo una cita para almorzar en Lindernhurst y luego debo ir a bendecir la nueva casa de los Lutz. De allí iré a comer a casa de mi madre".
El padre había conocido a George Lee Lutz dos años antes. Aunque George era metodista, Mancuso lo había ayudado espiritualmente en los días que habían precedido a su matrimonio. Los tres niños eran hijos de un previo matrimonio, y, en su condición de sacerdote que atiende a niños católicos, el padre Mancuso sentía una necesidad personal de velar por sus intereses.
La joven pareja había invitado con frecuencia a amigo sacerdote, con su barba pulcramente recortada, a almuerzos y cenas en su casa de Deer Park De algún modo, el encuentro nunca se había producido. Y ahora George tenía una razón especial para invitarlo de nuevo: ¿vendría Mancuso a Amityvilh para bendecir la nueva casa? El padre Mancuso prometió estar allí el 18 de diciembre.
Ese mismo día en que el sacerdote aceptó ir a la casa de George, arregló también ir a comer con unos amigos en Lindernhurst, Long Island. Mancuso había tenido allí su primera parroquia. Ahora ocupaba un alto cargo en la diócesis, con sede propia en la parroquia de North Merrick. Como es natural, siempre estaba ocupado y su orden del día era muy nutrido, de tal modo que no se le podía echar la culpa si trataba de matar dos pájaros de un tire, ya que Lindernhurst y Amityville están a pocos kilómetros de distancia.
El sacerdote no lograba librarse de la "sensación desagradable" que se prolongó durante el agradable almuerzo con sus cuatro viejos amigos. Sin embargo, hizo todo lo posible para demorar su partida a Amityville, dándose largas para ponerse en marcha. Sus amigos le preguntaron adónde pensaha ir.
–A Amityville.
–¿A qué lugar en Amityville?
–Es un matrimonio joven... alrededor de treinta años, con tres hijos. Viven en... El padre Mancuso echó una mirada a un pedacito de papel.
–En 112 Ocean Avenue.
–Ésa es la casa de los De Feo –dijo uno de los amigos. –No. El nombre es Lutz. George y Kathleen Lutz.
–¿No se acuerda usted de los De Feo, Frank? –preguntó uno de los hombres sentados a la mesa–. El año pasado... Un hijo que mató a toda la familia: al padre, a la madre y a sus cuatro hermanos. Algo atroz. Atroz. Los diarios le dedicaron mucho espacio.
El sacerdote trató de hacer memoria. Rara vez leía las notas cuando echaba la mano a un diario; sólo dos tiras cómicas: "Broomhilda" y "Maní".
–No, no me acuerdo.
De los cuatro hombres sentados a la mesa, tres eran sacerdotes a quienes, al parecer, la cosa no les gustó. El consenso general fue que Mancuso no debía ir.
–Debo ir. Lo he prometido.
En camino a Amityville el padre Mancuso se sentía un poco nervioso. No era el hecho de visitar la casa de los De Feo: de eso estaba seguro. Era otra cosa ...
Llegó después de la una y media. La senda de entrada de los Lutz estaba tan abarrotada que debió estacionar su viejo Vega azul en la calle. Notó que era una casa enorme. ¡Tanto mejor para Kathy y los niños si Lutz había podido permitirse una mansión semejante!
El sacerdote retiró los objetos sagrados del coche y se puso la estola. levantó la botella de agua bendita y entró en la casa para efectuar el rito de bendición. No bien esparció las primeras gotas de agua bendita y pronunció las palabras que acompañan a ese gesto. el padre Mancuso oyó una voz de hombre que decía con claridad impresionante: "¡Fuera!"
El sacerdote giró sobre sus talones. impresionado. Los ojos se abrieron de asombro. La orden llegaba directamente desde atrás, pero él estaba solo en el cuarto. La persona o la entidad que había hablado no se veía por ninguna parte.
Cuando terminó con la ceremonia de la bendición. el sacerdote no mencionó el incidente a los Lutz, quienes le agradecieron su amabilidad y le pidieron que se quedara a comer con ellos, ya que ésa iba a ser la primera noche en la nueva casa. El sacerdote rechazó cortésmente la invitación, explicando que tenía intenciones de comer esa noche con su madre en su casa de Queens, que ella lo estaba esperando, que se hacía tarde y todavía había un viaje largo que hacer.
Kathy deseaba agradecer al padre Mancuso su amabilidad. George le preguntó si no aceptaría un regalo en dinero o una botella de whisky Canadian Club, pero el padre rechazó el ofrecimiento, afirmando que no podía aceptar recompensas de un amigo.
Una vez en su auto, el padre Mancuso bajó el vidrio de la ventanilla. Se repitieron las expresiones de gracias y de buenos deseos, pero mientras hablaba con el matrimonio la expresión de su cara se hizo seria.
–A propósito, George. Estuve almorzando con unos amigos en Lindernhurst antes de venir aquí. Me dijeron que ésta era la casa de los De Feo. ¿Lo sabía usted?
–¡Ah, sí, claro! Creo que por eso me costó tan poco. Hace mucho tiempo que está en oferta. Pero eso no nos preocupa en lo más mínimo. Tiene todo lo que nos hace falta.
–¿No le pareció espantoso? –dijo Kathy–. ¡Esa pobre gente! Piense usted un poco padre! ¡Los seis asesinados mientras dormían!
El sacerdote cabeceó. Luego de despedirse de los tres niños, la familia lo siguió contemplando en el momento en que partió en su auto hacia Queens.
Eran cerca de las cuatro cuando George terminó de sacar los enseres de su primer viaje de furgón. Volvió a Deer Park y enfiló por la vieja senda. Al abrir la puerta del garaje, Harry, su perro, se abalanzó y habría salido disparando en caso de no estar sujeto por una cadena. El perro, a medias Terranova, había sido dejado allí para que protegiera el resto de las posesiones de la familia. Ahora George lo hizo subir con él al camión de mudanza.
En el camino, mientras el padre Mancuso se dirigía a casa de su madre hizo un esfuerzo por formarse una idea de lo que le había ocurrido en casa de los Lutz. ¿Quién o qué podía haberle dicho semejante cosa? Después de todo, él era un psicoterapeuta profesional y, de cuando en
cuando, se encontraba con pacientes que afirmaban haber oído voces; esto era un síntoma de psicosis. Pero el padre Mancuso estaba convencido de su propio equilibrio mental.
La madre del sacerdote lo saludó en el umbral de su casa e inmediatamente frunció el ceño. –¿Qué te pasa, Frank? ¿No te sientes bien? El sacerdote meneó la cabeza.
–¡No me siento demasiado mal!
–¡Ve al cuarto de baño y mírate la cara en el espejo!
Al ver su imagen en el espejo, el padre Mancuso notó dos grandes cercos negruzcos bajo sus ojos, tan oscuros que parecían manchas de hollín. Intentó lavarse con agua y jabón, pero las manchas no se desvanecieron.
De vuelta en Amityville, George llevó al perro a la casilla al lado del garaje y lo ató con una cadena de acero de seis metros de largo. Ya eran más de las seis de la tarde y George, que se sentía muy fatigado, decidió dejar el resto de los objetos en el camión aunque estaba pagando cincuenta dólares diarios por el alquiler del vehículo. Empezó a ordenar los muebles del cuarto de estar, colocando la mayor parte de ellos en sus posiciones aproximadas.
El padre Mancuso dejó la casa de su madre después de las ocho y enderezó hacia la parroquia. En el Pasaje Van Wyck, de Queens, sintió que su coche era literalmente empujado sobre la derecha. Echó una rápida mirada en torno. ¡A una distancia de quince metros a su alrededor no había ningún vehículo!
Poco tiempo después de tomar por la carretera y seguir su camino, el capó se levantó de golpe, chocando contra el cristal delantero. Uno de los goznes soldados se soltó. ¡La portezuela de la derecha se abrió! El padre Mancuso, alarmado, trató de frenar el coche, que se detuvo por sí solo.
Muy perturbado, logró llegar hasta un teléfono y llamó a otro sacerdote que vivía en esas vecindades. Afortunadamente este colega pudo llevar al padre Mancuso a un garaje en donde logró alquilar un camión de remolque para arrastrar su coche accidentado. De vuelta en la carretera, el mecánico del garaje no logró poner en movimiento el automóvil. El padre Mancuso decidió dejar el coche en el garaje y hacerse llevar por su amigo a la parroquia del Sagrado Corazón.
Casi al fin de sus fuerzas, George resolvió terminar sus trabajos del día con algo más agradable. Puso en conexión su aparato estereofónico con el equipo de alta fidelidad que los De Feo habían instalado en la sala. Luego él y Kathy se iban a poner a oír música, gozando de su primera noche en la casa. Apenas había iniciado los trabajos, cuando Harry empezó a aullar atrozmente. Danny irrumpió precipitadamente en la casa, diciendo a gritos que Harry estaba en apuros. George corrió hacia el fondo y se encontró con que el pobre animal se estaba estrangulando: había tratado de saltar la empalizada y había enredado la cadena en la punta de una de las tablas. George libró a Harry y acortó la cadena para que el perro no realizara un nuevo intento. Y volvió a trabajar en su equipo estereofónico.
Una hora después, ya de vuelta en sus habitaciones, el padre Mancuso oyó sonar la campanilla del teléfono. Era el sacerdote que acababa de ayudarlo.
–¿Sabes qué me ocurrió después de separarnos? El padre Mancuso casi tuvo miedo de preguntar...
–¡Los limpiaparabrisas, Frank! ¡Empezaron a moverse de un lado a otro, como enloquecidos! ¡No pude pararlos! ¡Y no los había puesto en movimiento, Frank! ¿Qué diablos está ocurriendo
aquí?
Esa noche, a las once, los Lutz ya se disponían a sentarse tranquilamente para gozar de su primera noche en la casa. La temperatura había bajado afuera hasta los cinco grados bajo cero. George quemó en la chimenea unas cuantas cajas de cartón que ardieron, alegremente. Era el 18 de diciembre de 1975, el primero de sus veintiocho días.
III
Del 19 al 21 de diciembre
George se sentó en la cama, completamente despierto. Había oído un llamado en la puerta del frente.
Escudriñó la oscuridad. Por un instante no supo dónde estaba, pero luego logró situarse. Estaba en el dormitorio principal de su nueva casa. Kathy dormía a su lado, arropada bajo las abrigadas cobijas.
Se oyó un nuevo golpe en la puerta. "¡Santo Dios! ¿Qué es eso?", murmuró.
Tendió un brazo hacia la mesa de noche buscando su reloj de pulsera. ¡Eran las tres y cuarto de la mañana! Otro nuevo golpe, muy recio. Pero esta vez tuvo la impresión de que el ruido no venia de abajo, sino más bien de algún lugar a su izquierda.
George salió de la cama, caminó por el corredor frío, sin moquette, hasta el cuarto de vestir que daba sobre el río Amityville. Miró por la ventana hacia la oscuridad exterior. Oyó de nuevo un golpe. George hizo un esfuerzo por ver algo. "¿En dónde diablos está Harry?"
Desde algún punto que estaba por encima de su cabeza llegó un chirrido. Instintivamente se apartó y luego miró al techo. Oyó un crujido. Los niños, Danny y Chris, se hallaban en el dormitorio que estaba encima del suyo. Probablemente uno de ellos habría arrojado un juguete al suelo al hacer un movimiento mientras dormía.
Descalzo y con los pantalones del piyama como única vestimenta, George empezó a tiritar. Echó una mirada por la ventana. ¡Si, algo se estaba moviendo por el lado del embarcadero! Sin demorarse, levantó el cristal de la ventana y recibió contra la cara la ráfaga de aire frío. "¡Eh! ¿Quién anda ahí?" Harry ladró y se movió. George, tratando de escudriñar la oscuridad, vio que el perro daba un salto. La sombra estaba próxima a Harry.
¡Harry! ¡Agárralo!
Otro golpe se oyó, proveniente del embarcadero, y Harry giró al oírlo. Se echó a correr en torno de la casilla, ladrando fuertemente, tironeando de la cadena.
George cerró la ventana de golpe y corrió hacia su dormitorio. Kathy se había despertado.
–¿Qué ocurre? –preguntó, encendiendo la lámpara de la mesa de noche, mientras George se ponía los pantalones.
–¿George?
Kathy vio la cara barbada que se volvía hacia ella.
–Todo está en orden, querida. Sólo quiero bajar a echar un vistazo. Harry ha descubierto no sé qué junto al embarcadero. Probablemente un gato. Es mejor que lo tranquilice antes de que despierte a todo el vecindario.
Metió los pies en las zapatillas y tanteó en busca de su vieja bata azul marino, que estaba echada sobre una silla.
–Vuelvo en seguida. Sigue durmiendo. Kathy apagó la luz.
–Ponte la chaqueta.
A la mañana siguiente, Kathy ya no pudo recordar que se había despertado durante la noche. Cuando George salió por la puerta de la cocina, Harry seguía ladrando a la sombra movediza. Junto al borde de la piscina había una tabla apoyada contra la baranda. George la asió y corrió
hacia el galpón de los botes. Entonces vio que la sombra se movía. George asió con más fuerza la tabla. Se oyó otro golpe vigoroso.
–¡Maldición! –exclamó George, dándose cuenta de que el ruido provenía de la puerta del embarcadero; abierta y balanceada por el viento–. ¡Creí que la había cerrado!
Harry ladró de nuevo.
–¡Basta, Harry, basta! ¡Termina de una vez!
Media hora más tarde George se había metido de nuevo en su cama y seguía perfectamente despierto. En esa condición de ex marino, alejado no hacia tanto del servicio, estaba acostumbrado a las llamadas intempestivas. Pero poner en movimiento su sistema de alarma interno le llevaba tiempo.
Mientras esperaba conciliar el sueño, George reflexionó en la situación en que se había metido: un segundo matrimonio con tres hijos que no eran suyos, una nueva casa con una fuerte hipoteca. Los impuestos en Amityville eran tres veces más altos que en Deer Park. ¿Le hacía falta realmente la nueva lancha? ¿Cómo diablos se las iba a arreglar para pagar por todas estas cosas? El negocio de la construcción era muy lerdo en Long Island, por culpa de la rigidez del sistema de pagos, y al parecer la cosa no se iba a arreglar mientras los Bancos no aflojaran las riendas. Si no se construyen casas y la gente no compra propiedades, ¿a quién diablos le hace falta un vendedor de inmuebles?
Kathy se movió en su sueño y dejó caer un brazo en torno del cuello de George. Hundió profundamente la cara en el pecho de él, que sintió el olor del pelo de ella. Sin duda tenía olor a limpio, pensó, y la idea fue de su agrado. También mantenía a sus hijos así: inmaculados. ¿Sus hijos? Los de George, ahora. Cualesquiera que fueran las dificultades, ella y los niños merecían que uno las enfrentara.
George miró el techo. Danny era un buen chico, capaz en todo sentido. Podía encontrar la vuelta para hacer cualquier cosa que se le pidiera. Ahora se estaban haciendo más amigos, Danny había empezado a llamar "papá" a su padrastro: ya no le decía "George". En cierto modo, George se alegraba de no haber conocido nunca al ex marido de Kathy; de este modo Danny era enteramente suyo. Kathy le había dicho que Chris era igual a su padre, que tenía los mismos modales, los mismos cabellos crespos y los mismos ojos. Cuando George le reprochaba algo al niño, la cara de Chris se entristecía, compungida, y el niño lo miraba con ojos muy expresivos. Sin duda el niño sabía usar los ojos.
A él le gustaba la forma en que los dos varones se ocupaban de Missy, una verdadera calamidad, aunque muy despierta para sus seis años. Nunca había tenido dificultades con ella desde el primer día en que había visto a Kathy. Era la nena de papá y nada más. "Me escucha a mí y a Kathy. Lo cierto es que los tres nos escuchan. Son tres chicos buenos".
Después de las seis George logró quedarse dormido. Kathy se despertó unos pocos minutos después y echó una mirada en torno del extraño dormitorio, tratando de poner en orden sus pensamientos. Estaba en el dormitorio de su hermosa casa nueva. Tenía junto a ella a su marido y los tres niños estaban durmiendo en sus propios dormitorios. ¿No era maravilloso esto? Dios había sido bueno con ellos.
Kathy trató de deslizarse bajo el brazo de George. El pobre había trabajado demasiado ayer, pensó Kathy, y hoy tenía más quehaceres por delante. Mejor dejarlo dormir. Ella, en cambio, no podía dormir: había demasiadas cosas que hacer en la cocina y era mejor empezar a moverse antes de que se levantaran los chicos.
Ya abajo, Kathy echó una ojeada a su nueva cocina. Afuera todavía estaba oscuro. Encendió la luz. Sobre el piso y la pileta había cajas apiladas con fuentes, vasos y cacerolas. Las sillas seguían
puestas sobre la mesa de cocina. De todos modos, pensó Kathy sonriéndose a sí misma, la cocina iba a ser un cuarto feliz para toda la familia. Tal vez fuera el lugar adecuado para la Meditación Trascendental, que George practicaba desde hacía dos años y Kathy desde hacía un año. Él se había puesto a meditar después del fracaso de su primer matrimonio y había asistido a sesiones de un grupo de terapia. De aquí había nacido su interés en la meditación. Le había hecho conocer el tema a Kathy, pero ahora, atareado con la mudanza, se había olvidado totalmente de su hábito, bien establecido, de encerrarse en su cuarto y meditar unos cuantos minutos cada día.
Kathy lavó su calentador eléctrico; lo llenó, lo enchufó y encendió su primer cigarrillo del día. Mientras bebía el café, sentada a la mesa con un block y un lápiz, empezó a tomar nota de las tareas que debía hacer en la casa. Hoy era viernes 19. Los chicos no habrían de ir a la nueva escuela hasta después de las vacaciones de Navidad. ¡Navidad! ¡Había tanto por hacer aún!
Kathy tuvo la sensación de que alguien la estaba mirando fijamente. Sorprendida, levantó la mirada y se volvió. Su hija menor estaba en el pasillo.
–¡Missy! Me has dado un susto. ¿Qué pasa? ¿Por qué te has levantado tan temprano?
La niña tenía los ojos entornados. Los cabellos rubios le cubrían la cara. Echó una mirada en derredor, como si no se diera cuenta de dónde estaba.
–Quiero ir a casa, mamá.
–Estás en casa, Missy. Ésta es nuestra nueva casa. Ven aquí.
Missy se acercó tambaleando hasta Kathy y subió a su regazo. Las dos damas de la casa permanecieron sentadas en su simpática cocina; Kathy acunó a su hija hasta que ésta quedó dormida.
George bajó después de las nueve. A esta hora los muchachos ya habían terminado el desayuno y estaban fuera, jugando con Harry y haciendo investigaciones. Missy dormía nuevamente en su dormitorio.
Kathy miró a su marido, que llenaba el marco de la puerta con su corpulencia. Notó que no se había afeitado la parte de abajo de la mandíbula y que los cabellos de color rubio oscuro y la barba estaban desgreñados. Todo esto quería decir que no se había dado una ducha.
–¿Qué ocurre? ¿No piensas trabajar hoy? George se sentó pesadamente a la mesa.
–No. Todavía tengo que descargar el camión y volver a Deer Park. Hemos gastado cincuenta dólares más por haberlo retenido toda la noche.
Echó una mirada en derredor, bostezando, y tuvo un escalofrío. Aquí hace frío. ¿No has puesto la calefacción?
Los muchachos pasaron junto a la pueta de la cocina, gritando detrás de Harry. George levantó la mirada.
–¿Qué les pasa a esos dos? ¿No puedes hacer que se queden quietos? Ella, de pie junto a la pileta, se volvió.
–¡No tienes que gritarme! ¡El padre eres tú! ¡Hazlos callar!
George golpeó la mesa con la palma de la mano. El ruido hizo dar un salto a Kathy. –¡Está bien! –gritó.
Abrió la puerta de la cocina y se asomó. Danny, Chris y Harry seguían corriendo de un lado para otro.
–¡Basta! ¡Basta de bochinche! ¡Basta!
Y, sin esperar la reacción de ellos, cerró la puerta de un portazo y salió bruscamente de la cocina.
Kathy quedó sin habla. Era la primera vez que George había salido de sus casillas y había gritado a los niños. ¡Y por tan poca cosa! Ayer no había estado de mal humor.
George descargó con sus propias manos el camión y volvió con él a Deer Park, poniendo la motocicleta en la parte de atrás, para la vuelta a Amityville. No se afeitó, no se duchó y no hizo durante el resto del día nada más que quejarse por la falta de calefacción en la casa y por el ruido que hacían los niños en el cuarto de juegos del piso alto.
Todo ese día, George no hizo más que rezongar y esa noche, a las once más o menos, cuando ya era hora de meterse en cama, Kathy ya estaba harta. Estaba muy cansada de poner una y otra cosa en orden y tratar de mantener a los niños lejos de George. A la mañana siguiente habría de iniciar la limpieza de los cuartos de baño, pero esta noche no podía hacerlo. Ahora se iba a meter en cama.
George se quedó un rato en la sala, echando un leño tras otro en la chimenea. Aunque el termostato marcaba veinte grados, no podía entrar en calor. Probablemente verificó una docena de veces la temperatura del calorífero en el sótano a lo largo del día.
A las doce, finalmente, George fue al dormitorio y se echó a dormir sin más. A las tres y cuarto de la mañana estaba de nuevo despierto y sentado en la cama.
Algo lo estaba preocupando. El embarcadero. ¿Había trancado la puerta... sí o no? No podía recordar. Tuvo que salir a comprobar. La puerta estaba cerrada y trancada.
En los dos días siguientes la familia Lutz pasó por un extraño cambio de personalidad colectiva. Como hubo de decir George más adelante: "No fue algo repentino. Fue en pedacitos: por aquí y por allá." El ni se afeitaba ni se bañaba, como siempre lo había hecho, infaltablemente. Por lo general, George dedicaba todo el tiempo que podía a su trabajo: dos años antes había abierto una segunda oficina en Shirley para atender negocios inmobiliarios en la costa sur. Ahora, en cambio, se conformaba con llamar a Syosset y dar órdenes malhumoradas a sus empleados, exigiéndoles que terminaran con sus tareas de inspección antes de fin de semana, ya que él necesitaba el dinero. En cuanto a la posibilidad de mudar su oficina al nuevo sótano, no lo pensó ni un solo instante.
En cambio, se quejaba constantemente de que la casa estaba fría como una heladera y había que calentarla. Echar leño tras leño a la chimenea le ocupaba la mayor parte del tiempo, salvo en los momentos en que iba al embarcadero, miraba el espacio vacío y volvía a la casa. Ni siquiera al llegar a este punto podía decir qué iba a mirar allí cuando salía. Sólo sabía que se sentía arrastrado a ese lugar. Prácticamente era una compulsión. En la tercera noche que pasaron en la casa, George se despertó nuevamente a las tres y cuarto, muy preocupado con la idea de lo que podía estar ocurriendo.
Los niños también lo irritaban. A partir del momento de la mudanza, se habían convertido en unos mocosos traviesos, unos monstruos malcriados que no oían ninguna advertencia, niños desbandados a quienes había que castigar severamente.
Cuando se trataba de los niños, Kathy tenía la misma impresión. Se sentía crispada por sus rela-ciones tensas con George y por los esfuerzos que realizaba para poner la casa en orden antes de Navidad. En la cuarta noche que pasaron en la casa. Kathy estalló y, junto con su marido, castigó a Danny, a Chris y a Missy con una correa y un pesado cucharón de madera.
Los niños habían roto accidentalmente el vidrio de una ventana en la banderola semicircular del cuarto de juegos.
IV
22 de diciembre
El lunes, por la mañana temprano en Amityville hacía mucho frío. La ciudad se levanta sobre la costa atlántica de Long Island y el viento marino sopla reciamente. El termómetro marcaba cinco grados bajo cero y los meteorólogos anunciaban una Navidad blanca.
En la casa de Ocean Avenue, Danny, Chris y Missy Lutz estaban en el cuarto de juegos, levemente aplacados después de la llamada al orden de la noche anterior. George todavía no había ido a su oficina y estaba sentado en la sala, poniendo de cuando en cuando un leño en un fuego ya muy vivo. Kathy escribía en su mesita del rincón de la cocina.
Al redactar la lista de las cosas que había que comprar para Navidad, la concentración mental de Kathy empezó a flaquear. Se sentía culpable por haber castigado físicamente a los niños, y, en especial, por la forma en que George y ella habían actuado. Muchos regalos estaban aún por comprarse y Kathy sabía que debía salir a comprarlos. Sin embargo, desde que se había mudado, nunca tenía ganas de salir a la calle. Acababa de escribir el nombre de la tía Theresa cuando de repente sintió que se le enfriaba la sangre y quedó con el lápiz suspendido en el aire.
Alguien había llegado desde atrás y la había abrazado. Luego le había tomado la mano y le había dado una palmada. El contacto era tranquilizador, como dotarlo de una fuerza interior. Kathy, aunque sobresaltada, no tuvo miedo: sintió que ésta era algo así como la caricia de una madre que conforta a su hija. ¡Kathy tuvo la impresión de que una suave mano femenina estrechaba su propia mano!
–¡Mamá! ¡Ven aquí, pronto!
Era la voz de Chris, llamando desde el rellano del último piso.
Kathy levantó la mirada. El hechizo fue interrumpido, el contacto había desaparecido. Subió corriendo las escaleras en busca de sus hijos, que estaban en el cuarto de baño y tenían la mirada clavada en el inodoro. Kathy vio que el interior del inodoro estaba absolutamente negro, como si alguien lo hubiera pintado desde el fondo hasta el borde. Kathy oprimió el botón y el agua bajó de todos lados: el negro permaneció.
Kathy arrancó un pedazo de papel higiénico e intentó vanamente, frotando, hacer desaparecer aquel color.
–¡No puedo creerlo! ¡Ayer froté todo con Clorox. Se volvió hacia los niños con aire acusador: – ¿Han echado pintura aquí?
–¡No, mamá, no! –exclamaron los tres al unísono.
Kathy estaba a punto de enloquecer: el incidente ocurrido a la hora del desayuno fue olvidado. Echó una mirada al lavabo y a la bañera: brillaban después del escrupuloso tratamiento que ella había aplicado. Probó los grifos. Salía agua limpia y nada más. Una vez más abrió el depósito de agua, sin esperar ya que desapareciera el horrendo color negro.
Kathy se arrodilló y examinó la base del inodoro para ver si no había una infiltración desde el interior del artefacto. Por último se volvió hacia Danny.
–Tráeme el Clorox del cuarto de baño. Está en el cajoncito debajo del lavabo. Missy hizo ademán de irse.
–¡Missy: quédate aquí! Deja que Danny haga lo que digo. El muchacho salió del cuarto de baño.
–¡Y trae también el cepillo de piso –gritó Kathy detrás.
Chris escudriñó la cara de su madre con unos ojos llenos de lágrimas. –No lo hice. No me pegues de nuevo.
Kathy lo miró y recordó la atroz noche pasada.
–No, querido, no fue culpa tuya. Algo ocurrió con el agua, creo. Tal vez alguna obstrucción de combustible en las cañerías. ¿Nunca has notado nada?
–¡Yo debía ir! ¡Yo lo vi primero! –gritó Missy.
–¿Ajá? Bueno... veamos qué se puede hacer con el Clorox antes de llamar a tu padre y ... –¡Mamá, mamá! –la voz llegaba ahora de abajo, desde el vestíbulo.
Kathy salió al pasillo del cuarto de baño.
–¿Qué pasa, Danny? ¡Te dije que está debajo del lavabo!
–¡No, mamá, no es eso! Ya lo tengo. Pero tu inodoro también está negro. ¡Y hay mal olor! El cuarto de baño de Kathy estaba en el extremo más alejado de su dormitorio. Danny estaba en la entrada al dormitorio, apretándose las narices, cuando Kathy y los otros dos niños llegaron corriendo. En cuanto Kathy entró en el dormitorio, sintió el olor: un perfume dulzón. Se paró, husmeó el aire y frunció el ceño.
–¿Qué es esto? ¡No es mi agua de Colonia!
Sin embargo, cuando entró al baño, fue asaltada por un olor totalmente distinto: un hedor espantoso.
Kathy tuvo una arcada y empezó a toser, pero antes de salir corriendo captó una imagen de su inodoro. ¡Estaba completamente negro!
Los niños se apartaron del camino cuando Kathy se preciptó escaleras abajo. –¡George!
–¿Qué quieres? ¡Estoy ocupado!
Kathy entró como una exhalación en la sala y corrió hacia el lugar en donde estaba George, acurrucado junto a la chimenea.
–¡Ven a ver, por favor! ¡En nuestro cuarto de baño hay olor a rata muerta! ¡Y el inodoro está totalmente negro!
Kathy le agarró una mano y lo sacó vigorosamente del cuarto.
El inodoro del otro cuarto de baño en el piso de arriba también estaba enteramente negro, según comprobó George, pero no hedía. George husmeó el extraño perfume del cuarto.
–¿Qué diablos es este olor?
Y se puso a abrir las ventanas del segundo piso.
–En primer lugar: ¡tenemos que librarnos de este olor asqueroso!
George abrió las ventanas de su dormitorio y tomó por el pasillo en dirección a los otros cuartos. Luego oyó la voz de Kathy.
–¡George! ¡Mira esto!
El cuarto dormitorio del segundo piso –convertido ahora en el cuarto de costura de Kathy– tenía dos ventanas. Una de ellas, la que daba sobre el embarcadero y el río Amityville, era la ventana que George había abierto la primera noche, cuando se había despertado a las tres y cuarto. La otra daba sobre la casa vecina, a la derecha de 112 Ocean Avenue. ¡En esta ventana había centenares de moscas que zumbaban contra los cristales!
–¡Santo Dios! ¡Mira esto! ¿De dónde vienen? Moscas ahora...? –Tal vez están atraídas por el olor –se aventuró a decir Kathy.
–Sí ... pero no en esta época del año. Las moscas no viven tanto tiempo. No con estas temperaturas. Y... ¿por qué se amontonan todas contra el vidrio de esta ventana?
George echó una mirada a todo el cuarto, tratando de descubrir de dónde venían los insectos. En un rincón había un placard. Abrió la puerta y escudriñó el interior, buscando grietas..., cualquier cosa que pudiera dar una explicación del hecho.
–Si la pared de este placard diera sobre el cuarto de baño, a lo mejor podían ser atraídas por el calor, pero esta pared da a la calle.
George puso la mano sobre la pared.
–Está fría. No veo cómo pueden haber sobrevivido.
Después de hacer pasar a su familia al vestíbulo, George cerró la puerta que llevaba al cuarto de costura. Abrió la otra ventana, la que daba sobre el desembarcadero, recogió algunos periódicos y espantó las moscas que pudo. Mató las que quedaban y luego cerró la ventana. Al llegar a este punto el segundo piso estaba ya muy frío, pero por lo menos el perfume dulzón se había ido. También había disminuido el hedor en el cuarto de baño.
Pero nada de esto ayudó a George en sus esfuerzos por calentar la casa. Aunque nadie se había quejado, verificó el aparato de calefacción en el sótano. Marchaba perfectamente. A las cuatro de la tarde el termómetro de la sala marcaba veinticinco grados, pero George no podía sentir el calor.
Kathy había frotado el fondo de los inodoros con Clorox, Fantastik y Lysol. Los productos de limpieza habían tenido algún efecto, pero en buena parte la tintura negra seguía incrustada en la loza. El peor de todos era el inodoro del segundo cuarto de baño, junto al cuarto de costura.
La temperatura exterior había subido a cuatro grados bajo cero y los niños habían salido y estaban jugando con Harry. Kathy les advirtió que debían mantenerse lejos del embarcadero y la zona arbolada, diciendo que era peligroso jugar allí si no había nadie que los estuviera vigilando.
George había traído algunos leños más del garaje y estaba sentado en la cocina con Kathy. Los dos se pusieron a discutir violentamente, sin ponerse de acuerdo sobre quién habría de efectuar las compras de los regalos de Navidad.
–¿No puedes elegir, por lo menos, un perfume para tu madre? –preguntó George.
–¡Tengo que poner esta casa en orden! –gritó Kathy, enfurecida–. ¿Qué estás haciendo tú, fuera de molestar?
Al cabo de unos minutos la colisión ya había pasado. Kathy se disponía a hablar de la extraña experiencia que había tenido esa mañana en su rincón de la cocina cuando sonó el timbre de entrada.
Un hombre de una edad intermedia entre los treinta y cinco y los cuarenta y cinco años, con una calvicie incipiente, estaba parado en el umbral, con una sonrisa incierta en la cara y una caja con seis latas de cerveza en la mano. Los rasgos eran toscos y la nariz estaba enrojecida por el frío.
–Todos quieren venir a darles la bienvenida al barrio. No lo toman ustedes a mal, ¿verdad? El hombre tenía puesto un sobretodo de lana de tres cuartos de largo, pantalones de pana y botas claveteadas. A George la pareció que no tenía aire de ser uno de los vecinos que habitaban las mansiones de la zona.
Antes de mudarse a Amityville, George y Kathy habían jugado con la idea de tener casa abierta, pero una vez instalados en el nuevo domicilio, no habían vuelto a hablar del tema. George saludó con un movimiento de cabeza al representante del vecindario.
–No, no nos parece mal. Siempre que no les incomode sentarse en cajas de embalaje, puede usted venir con todos sus amigos.
George lo hizo pasar a la cocina y presentó a su mujer. El hombre repitió su frase ante ella. Kathy hizo un gesto de aprobación y el hombre prosiguió contando a los Lutz que tenía una lancha que guardaba en un embarcadero vecino, varias casas más allá en la misma avenida.
–Yo la traje y yo me la llevo.
George y Kathy nunca supieron cómo se llamaba. No volvieron a verlo.
Esa noche, cuando fueron a acostarse, George hizo su previa inspección de puertas y ventanas, todos los cerrojos y pestillos de adentro y de afuera, de tal modo que, cuando se despertó una vez más a las tres y cuarto de la mañana, y cedió al impulso que le llevaba a echar una mirada abajo, quedó asombrado al encontrarse con que el portón de madera del frente –que pesaba por lo menos ciento veinte kilos estaba abierto y desquiciado, ¡colgando de un solo gozne!
V
23 de diciembre
Kathy fue despertada por los ruidos que hacía George debatiéndose con el portón desvencijado. Se levantó y, al sentir el frío que había invadido la casa, se echó encima una bata y corrió escaleras abajo. Encontró a su marido haciendo esfuerzos por encajar el pesado portón de madera en su marco.
–¿Qué ha pasado?
–No lo sé –contestó George, logrando por fin cerrar la puerta–. La puerta estaba totalmente abierta y colgada de un gozne, ¡Mira esto!
Y señaló la cerradura metálica. El picaporte estaba completamente fuera de centro. La cubierta metálica estaba levantada, como si alguien hubiera querido arrancarla con una herramienta, ¡desde adentro!
¡Alguien había tratado de salir de la casa, no de entrar!"
–No sé qué está pasando aquí –murmuró George, hablando más para sí mismo que para Kathy– –Sé que cerré antes de subir. Para abrir la puerta desde adentro bastaba con girar la llave. –¿Desde afuera es lo mismo?
–No. Afuera no hay ningún desperfecto ni en la cerradura ni en el picaporte. Sólo alguien con una fuerza tremenda puede haber sido capaz de sacar de de sus goznes a un portón tan macizo como éste..
–Tal vez fue el viento, George –dijo Kathy esperanzada– A veces es muy fuerte aquí, ¿sabes? –Aquí el viento no entra, y mucho menos un huracán. ¡Alguien o algo es el autor de esto!
Los Lutz cambiaron una mirada. Kathy fue la primera en reaccionar. "¡Los chicos!" Se dio vuelta y corrió escaleras arriba hasta el dormitorio de Missy.
Una lucecita en forma de oso estaba enchufada en la pared, cerca de la parte baja de la cama de la niña. A la débil luz, Kathy pudo ver la forma del cuerpo de Missy, echada boca abajo.
–Missy –susurró Kathy, inclinándose sobre la cama.
Missy lanzó un leve gemido y se puso boca arriba. Kathy exhaló un suspiro de alivio y subió las frazadas hasta la barbilla de su hija. El aire frío que había entrado mientras la puerta estaba abierta había enfriado el cuarto. Kathy besó a Missy en la frente y silenciosamente salió del cuarto, dirigiéndose al piso alto.
Danny y Chris dormían profundamente, los dos boca abajo. "Ahora, cuando pienso en ello, dice Kathy, me doy cuenta que fue la primera vez que vi a los chicos dormir en esa postura... Especialmente a los tres al mismo tiempo. Incluso recuerdo que iba a decir algo a George en ese sentido, a decirle que aquello me parecía raro".
Por la mañana la ola de frío que envolvía a Amityville no se había retirado. El cielo estaba nublado y la radio prometió, una vez más, una Navidad con nieve. En el vestíbulo de la casa de los Lutz el termómetro seguía marcando veintidós grados, pero George había vuelto al cuarto de estar y seguía metiendo leños entre las llamaradas de la chimenea. George dijo a Kathy que no podía librarse del frío que lo tenía transido hasta los huesos, y que no entendía por qué razón ella y los niños no sentían tanto frío como él.
La tarea de cambiar el picaporte y la cerradura en la puerta de entrada era demasiado complicada, incluso para un hombre tan avezado como George. El cerrajero local llegó a eso de
las doce, como se había convenido. El hombre hizo una inspección larga y minuciosa de los daños dentro de la casa y luego miró a George con una expresión peculiar, sin ofrecer ninguna explicación de los motivos que habían hecho posibles los trastornos relatados.
El hombre terminó su trabajo lenta y tranquilamente. Al retirarse, el cerrajero dijo que, en una ocasión, los De Feo lo habían invitado dos años antes. "Tuvieron algún inconveniente con la cerradura de la casilla de los botes". Lo habían llamado para cambiar el cerrojo, ya que antes la puerta, cuando se cerraba desde adentro se trababa. y la persona que estaba en la casilla no podía salir.
George quiso decir algo más en relación al embarcadero, pero cuando Kathy lo miró se contuvo. Ni él ni ella querían enterarse de las noticias que circulaban a la sazón en Amityville: cosas raras estaban ocurriendo una vez más en el número 112 de Ocean Avenue.
A eso de las dos de la tarde la temperatura empezó a subir. Una leve llovizna bastó para que los niños decidieran quedarse en casa. George, como siempre, no había ido a su oficina y seguía yendo y viniendo entre la sala y el sótano, agregando leños a la chimenea y comprobando el funcionamiento del calefactor. Danny y Chris estaban en el cuarto de juegos del tercer piso y jugaban ruidosamente con sus juguetes. Kathy había vuelto a sus tareas de limpieza y forraba con papel las tablas de los placards. Ya había avanzado hasta su dormitorio del segundo piso Cuando se le ocurrió echar una mirada al cuarto de Missy. La niña estaba sentada en su diminuta hamaca y canturreaba para sí misma una canción mientras miraba por la ventana que daba sobre el embarcadero.
Kathy se disponía ya a decir algo a su hija cuando sonó el teléfono. Tomó el llamado desde el aparato que estaba en su dormitorio. Era su madre, que anunciaba la llegada para el día siguiente – Nochebuena– con el hermano de Kathy, Jimmy, que iba a llevarles un árbol de Navidad como regalo para caldear el ambiente.
Kathy dijo que se sentía muy aliviada de que alguien hubiera pensado finalmente en el árbol, ya que ella y George no se habían sentido capaces de hacer compras de ninguna clase. Luego, con el rabillo del ojo, vio que Missy abandonaba su dormitorio y se dirigía al cuarto de costura. Kathy sólo oía a medias lo que le decía su madre. ¿Qué podía estar haciendo en ese cuarto donde se habían amontonado las moscas el día anterior? Podía escuchar el canturreo de la niña, que se movía entre las cajas de cartón aún no abiertas.
Kathy se disponía ya a interrumpir a su madre cuando vio llegar a Missy desde el cuarto de costura. La niña, al tomar por el pasillo y volver a su dormitorio, dejó de canturrear. Sorprendida por el comportamiento de su hija, Kathy reanudó la conversación con su madre, dándole una vez más las gracias por el árbol. Luego colgó, avanzó sigilosamente hasta el cuarto de Missy y se paró en el umbral.
Missy estaba de vuelta en su mecedora, miraba fijamente a la misma ventana y canturreaba una canción que no parecía del todo conocida. Kathy se disponía a decir algo cuando Missy dejó de canturrear y, sin volver la cabeza, preguntó:
–Mamá... ¿hablan los Angeles?
Kathy miró a su hija. ¡La niña se había dado cuenta que ella estaba allí! Pero antes de que Kathy pudiera entrar al cuarto, fue sorprendida por un estruendo que llegaba desde arriba. ¡Los muchachos estaban en el otro piso! Asustada, subió corriendo las escaleras en dirección al cuarto de juegos. Danny y Chris se revolcaba por el suelo, trenzados, golpeándose y pateándose.
–¿Qué pasa aquí? –preguntó Kathy–. ¡Danny! ¡Chris! ¡Basta! ¿Me oyen?
Trató de separarlos, pero los dos niños trataban de lastimarse, con los ojos relampagueantes de furor, Chris gritaba en medio de su furia. Era la primera vez que los dos hermanos se habían
trabado en una pelea.
Kathy dio una bofetada –bastante vigorosa– a cada uno, y exigió que se le explicara cómo se había iniciado la gresca.
–Fue Danny que empezó –dijo Chris lagrimeando.
–¡Mentiroso! ¡Tú empezaste! –exclamó Danny, torciendo la cara.
–¿Qué empezó qué? ¿Por qué están peleando? –preguntó Kathy levantando la voz. Ninguno de los niños contestó. Muy pronto los dos se apartaron de su madre. Kathy sintió que fuera cual fuere la historia entre ellos, era asunto de ellos y no de su madre.
Su paciencia se agotó.
–¿Qué está pasando aquí? Primero Missy con sus ángeles, y ahora ustedes dos, estúpidamente, tratan de matarse. Bueno. ¡Basta por hoy! Veremos qué va a decir papá de todo esto. Los dos recibirán el castigo merecido, pero ahora no quiero oír absolutamente nada de ninguno de los dos. ¿Me oyen? ¡Ni una sola palabra más!
Kathy, temblando, bajó las escaleras y volvió a sus tareas. "Tranquilízate", se dijo a sí misma. Al pasar junto al cuarto de Missy, oyó que la niña canturreaba la misma canción extraña. Kathy estuvo a punto de entrar, pero luego le pareció más oportuno no hacerlo y continuó su camino. Más adelante habría de hablar con George, cuando lograra tener una actitud más calma en relación a todo el asunto.
Kathy recogió un rollo de papel de envolver y abrió la puerta del placard. Inmediatamente le llegó a sus narices un olor rancio. "¡Dios mío! ¿Qué es esto?" Miró de la cadenita que colgaba del techo del placard para encender la luz y miró dentro. El placard estaba vacío, salvo por una sola cosa. El primer día en que los Lutz se habían mudado, Kathy había colgado un crucifijo en la pared interna, frente a la puerta del placard tal como lo había hecho cuando, vivían en Deer Park. Un amigo le había dado el crucifijo como regalo de bodas: era un crucifijo de plata, una obra de buena artesanía, de unos treinta centímetros de largo, que tenía la bendición desde hacía mucho tiempo.
Cuando Kathy lo buscó con la mirada y lo encontró, sus ojos se dilataron de horror. El olor rancio le provocó arcadas, pero no pudo apartar la vista del crucifijo, ¡que colgaba cabeza abajo!