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Academic year: 2020

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La constitución subjetiva

Jorge Rodríguez Introducción

En las siguientes líneas nos proponemos trazar un esbozo de lo que trasunta la constitución subjetiva, tomando como perspectiva de explicación la teoría psicoanalítica. Para ello, nos vamos a servir en más de una ocasión de las ideas y aportes de S. Freud, creador del psicoanálisis, y de Jaques Lacan, propulsor y reinventor del psicoanálisis en el siglo XX.

El sujeto en psicoanálisis

Suele ser común el utilizar como sinónimos los conceptos de persona, sujeto e individuo, pero vale una primera aclaración que resultara crucial para poder seguir la perspectiva del psicoanálisis: cada uno de estos conceptos es un operador teórico que debe ser mirado con atención, ya que presupone una historia distinta y determina una forma de razonar en concordancia. En otras palabras, cada uno de ellos puede significar sentidos diametralmente opuestos, en tanto sólo se entienden en sus marcos teóricos de producción.

Otra salvedad importante a tener en cuenta es que lo que llamamos el objeto de estudio de una determinada disciplina (en el caso que nos ocupa se trata del sujeto tal como lo concibe el psicoanálisis) no designa un objeto concreto de la realidad, sino que se trata de un constructo teórico que sirve como modos de aproximación a lo que ubicamos como la realidad; sirven para poder operar con ella.

Desde la perspectiva de lo psíquico, la idea de "unidad-individuo" es problemática. La Psicología como ciencia se enfrenta a la disyuntiva de suponer, por un lado, al ser humano como un ser aislado (unidad-individuo) que asimila con esfuerzo y gradualmente el relacionarse con otros individuos, o por el otro lado, pensarlo como un ser social que es sólo en función de los otros y que lo que justamente debe ser explicado es como puede diferenciarse psíquicamente, como puede llegar a ser psíquicamente una singularidad ya que lo que lo caracteriza en el origen es justamente la más absoluta dependencia. El psicoanálisis se inscribe en esta última forma de argumentación y problematización.

En particular Sigmund Freud, el inventor del psicoanálisis, no habló nunca de “sujeto” sino de “aparato psíquico”, término deudor de la ciencia modelo de su tiempo: la física. Será Jacques Lacan quien introduce el término sujeto para pensar “el sujeto del inconsciente” freudiano, y con ésta introducción produce una inscripción del psicoanálisis en la historia del pensamiento y de la cultura occidental como portador de una posición inédita.

Como ya vimos, el pensamiento moderno supone una concepción del hombre y del lenguaje donde se puede ser dueño de lo que se dice, de lo que se hace y del mundo en el que se vive. Hay una idea de dominio en la base de la racionalidad moderna. Dueño de lo que se dice: implica que cuando hablo digo exactamente lo que quiero decir y que no hay más significado en lo que digo que aquel que como emisor le imprimo. El psicoanálisis va a concebir un sujeto que no es un ser completo, no es un Uno, una totalidad, ni una pura conciencia. No es un sujeto de conocimiento, en el sentido que lo pensó la filosofía de la conciencia, para la cual el sujeto era básicamente un ser epistémico. Desde la hipótesis del inconsciente hay una subversión de estos postulados1.

1 Podríamos recurrir a la experiencia cotidiana de cada uno para mostrar cómo y siempre que haya un mensaje entre sujetos, entre el emisor y el mensaje, aun el mensaje consigo mismo, o entre el mensaje y el receptor habrá incertidumbre, diferencias de interpretación, significaciones nuevas, olvidos, lagunas y malentendido. Es decir las palabras comunican pero lo hacen mal, permiten la diversidad de

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No por casualidad Freud escribirá que el concepto de inconsciente produce en la humanidad una nueva “herida narcisista”.

La concepción de sujeto que vehiculiza el psicoanálisis se sostiene en dos puntos fundamentales:

1.- un sujeto escindido, por efecto de la presencia de “eso” que Freud llamo el inconsciente.

En la noción de inconsciente freudiano, el sujeto habla sin saber lo que dice. Dice su verdad siempre a medias, disfrazada en los lapsus, en sus actos fallidos, en sus equívocos, en sus sueños. Y cuando estos actos (lapsus, fallidos, sueños) irrumpen en el yo, le producen un efecto de desconocimiento y de sorpresa, en la que el yo ya no se reconoce allí, lo que pone en evidencia que el “yo” no tiene el poder de guiar sus actos ni de ser plenamente consciente de sus procesos anímicos; en palabras de Freud:

“…los procesos anímicos son en sí inconsciente, volviéndose accesibles y sometiéndose al yo sólo a través de una percepción incompleta y sospechosa, equivalen a aseverar que el yo no es el amo en su propia casa” (Freud, 1999).

2.- la subordinación de un sujeto a una estructura que lo determina (llamaremos a ésta la estructura del lenguaje, el orden simbólico o el campo del Otro a lo largo del texto) y que lo produce como sujeto de deseo, como sujeto deseante.

Expliquemos entonces un poco más el segundo punto. Del organismo al sujeto

La concepción psicoanalítica supone alejarse de la idea según la cual al nacer nos encontramos con un organismo viviente que por efectos del desarrollo y la maduración podrá volverse un sujeto. Desde el psicoanálisis se sostiene que el sujeto no tiene origen, por lo cual no se desarrolla ni madura, sino que se constituye a partir de ciertas operaciones que estructuran al psiquismo.

No sólo antes de hablar y caminar sino antes de nacer objetivamente a la vida, eso que llamamos sujeto es ya objeto del discurso, del deseo y las fantasías de sus progenitores, los que a su vez están también sujetados a las leyes históricas – sociales y al lenguaje. Como expresa E. Antelo (2009):

“Nadie nace sólo. Se viene de otro, se sale de otro. Ninguno de nosotros, hasta nuevo aviso, proviene de un óvulo y un espermatozoide. Se nace incluso antes del encuentro natural, en un mundo de anhelos y palabras”.

La concepción, por tanto, no es un hecho natural ya que se trata de un acontecimiento legislado: en la especie humana, el encuentro sexual está reglamentado por la ley universal de la prohibición del incesto (el antropólogo frances Levi Strauss ubicó en la presencia de esta ley el pasaje de la naturaleza a la cultura). El acto de instauración de esta ley instituye un orden en el seno de la pura indiferenciación natural.

Este orden que se instaura en el reino mudo de la naturaleza es obra del discurso: así, el orden cultural supone siempre la estructura del lenguaje como un a priori indispensable. Cuando se quiere ubicar el nacimiento del “individuo”, lo habitual es narrar la historia de su desarrollo a partir de su vida intrauterina. Lo dicho hasta ahora supone tomar distancia de esta perspectiva: la mujer puesta a concebir un hijo (la futura mamá) lejos está de funcionar como una pizarra en blanco. Ella se halla habitada por la ley, por el

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lenguaje, por un cúmulo de deseos. Su espera se puede realizar de múltiples formas; una vez obtenido lo que espera, también puede disponer de él de variados modos.

“El hijo que ella espera es el producto de un campo de deseo contradictorios y de fantasías radicalmente inconscientes...de este modo, el niño que nace, antes de llegar a ser recortado en el horizonte de lo vivo, ya es objeto del deseo del Otro” (de Lajonquiere, 1996: 155).

En cuanto organismo, el recién nacido es, como cualquier otro animal, un sujeto de la necesidad. Pero, tanto por la indefensión biológica que caracteriza al cachorro humano2,

cuanto por el hecho de que él nace en el seno de una organización social, la satisfacción de sus necesidades implica siempre la ayuda de un semejante (lugar que en nuestra cultura asignamos generalmente a la madre). Son estas circunstancias las que hacen que las experiencias de las satisfacciones humanas no puedan equipararse con las de la satisfacción animal.

Ello implica decir que la experiencia de satisfacción del infans3 no puede ser

considerada un hecho natural, ya que la respuesta materna depende no sólo del conjunto de ideas y representaciones conscientes que porta a la manera de un “saber hacer” con su cría, sino que se enraíza en su propia historia como sujeto del deseo de un Otro. El niño nace a la vida, pero para mantenerse en ella debe ser ratificado como vivo, como un sujeto, por los Otros, por el deseo historizado de esos Otros en el interior de un ordenamiento simbólico; en resumen, en el campo del Otro. Solo habrá sujeto si hay Otro para éste.

“Para mantenerse en la vida el niño necesita que Otro lo pulsione a vivir” (de Lajonquiere, 1996: 156).

Necesidad, demanda, deseo

El recién nacido, en estado de total desamparo, experimenta una necesidad. Esta necesidad instala una tensión en el organismo, sumergiéndolo en una conmoción generalizada, al punto de poner en peligro la integridad misma. En esa circunstancias, el hasta entonces organismo grita, y Otro –como ya lo expresamos, en nuestro suelo cultural con frecuencia atribuimos este lugar a la madre, aunque se trata mas bien de un adulto que pueda encarnar su función- al acudir en su auxilio transforma esta manifestación no intencional en una demanda (supongamos: de alimento). Así, el grito se hace demanda y el niño pasa de un estado de radical inanición a otro, de completa satisfacción. El gesto del Otro es a todas luces significante, es decir, recorta, pone en orden, al abrochar una significación allí donde antes reinaba la pura indiferenciación. Este Otro funciona a la manera de un intérprete de una lengua extranjera, traduciendo eso que supone como un pedido a un lenguaje familiar4.

Como bien lo expresa de Lajonquiere (2009):

2 En medicina, a partir de la idea pionera del embriólogo holandés Louis Bolk, se entiende que el recién nacido padece del carácter anatómicamente inacabado del sistema piramidal y por eso carece de una integración sintética de las informaciones propioceptivas. El revestimiento de mielina del sistema neurológico lleva varios años. Él es precisamente fundamental para la transmisión y síntesis de las informaciones.

3 El término significa privado de palabra.

4 “los adultos introducen una cuota de familiaridad en el bebé y, así, dan el puntapié inicial de su

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“Sin palabra y sin deseo materno no hay educación posible. Condición necesaria pero no suficiente. El bebé debe hacer su parte: conquistar un lugar en los sueños de los otros”.

Vemos como la necesidad tiene que pasar “por el molino de las palabras”, por el desfiladero de los significantes, por los significantes que vienen del Otro, (porque no nos dirigimos directamente hacia el objeto que cubriría la necesidad, sino que debemos pasar por el lenguaje). Con ello, se da un pasaje que va de la necesidad a la demanda, de un estado supuestamente natural al campo de la cultura.

Esta primera vivencia o experiencia de satisfacción (nunca concreta o real, siempre mítica) es la piedra basal del psiquismo. Ahora, cuando reaparece la necesidad, el niño grita otra vez, pero ahora, a diferencia de la primera vez, el grito es significante de un pedido de alimento. El grito exige que se repite aquella primera vez, esto es: pide lo imposible, ya que lo que ahora se le ofrece no es lo que pide (el Otro no responde siempre de la misma manera, las condiciones en que esta el sujeto han variado, etc.). Así, entre un ofrecimiento y otro “cae” un resto, una diferencia, que deja siempre al sujeto con una falta. El hecho de “estar en falta” se llama deseo5.

De ahora en más, el deseo de todo sujeto tiende a repetir (volviendo a pedir) esa primera vivencia de satisfacción incondicional. La palabra deseo expresa, de cierto modo, el hecho de que el sujeto esta en falta o que soporta esa falta que lo lanza hacia delante, en la tentativa de reencontrar aquella experiencia y aquel objeto perdidos. Así, a las satisfacciones nuestras de cada día siempre les falta algo para ser la Satisfacción (con mayúsculas), lo que equivale a decir que el deseo no se satisface aunque se realice (en su insatisfacción).

Digámoslo de otra manera: lo que el organismo necesita está prescripto desde una exterioridad, desde Otro que ofrece siempre un objeto hecho, un objeto cultural, en el lugar del supuesto objeto de la necesidad natural.

Si lo pensamos mejor, nunca en el origen hay una necesidad, siempre hay primero un deseo respecto del cual los que nacen (eso que llamamos niños) se encuentran en posición de objeto. Este deseo es el de los adultos quienes hacen posible las experiencias de satisfacción de las más variadas necesidades del bebe.

“La insistencia de la palabra materna es la pieza clave de aquello que llamamos la educación primordial, o sea, la educación de los primordios, de los primeros tiempos. Sin ella no hay emergencia subjetiva más allá de lo orgánico propio a la especie sapiens. Es ella la que instaura la posibilidad de la emergencia del deseo, la emergencia del bebé en el deseo o, si se prefiere, la emergencia de la sujeción del bebé al deseo en el interior del campo de la palabra y del lenguaje” (de Lajonquiere, 2009). El recién nacido, entonces tiene un lugar reservado (en el mejor de los casos) en una trama desiderativa que lo antecede a su nacimiento biológico. Esa trama, infinita y omnipresente, vincula a unos y otros, y por consiguiente, el deseo termina por ser el deseo del Otro. De forma taxativa, estamos planteando que la subjetividad no anida de manera germinal en el organismo, sino que siempre está en germen en el deseo del Otro.

Resumiendo: lo fundamental es que el sujeto que el psicoanálisis teoriza no se determina por su pura presencia orgánica, no se confunde con el individuo solitario y desligado de sus tramas vinculares, ni se atrapa en las redes de sus

5 La diferencia entre la expectativa de placer y el placer finalmente obtenido es otra manera de precisar lo que se llama el deseo.

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pensamientos conscientes. Emerge, nace en un lugar que no le es “propio”, lugar que es del Otro (familia, instituciones, cultura) que lo alojan y al hacerlo lo conforman como parte de su universo de sentido, que lo filian a una cadena de deseos.

Referencias bibliográficas

de Lajonquiere, Leandro (1996). De Piaget a Freud. Para repensar los aprendizajes. La psicología entre el conocimiento y el saber. Bs. As.: Nueva Visión. Pp. 9 – 27. de Lajonquière, Leandro (2010). Psicoanálisis y Educación: historia de una relación. Sus potencialidades actuales. Diploma Superior en Psicoanálisis y Prácticas Socio – Educativas. Bs. As.:FLACSO.

de Lajonquière, Leandro (2009). Hacerse un(a) niño(a). Curso de posgrado “Educación inicial y primera infancia”. Bs. As.: FLACSO.

Freud, Sigmund (1999) (original:1917). Una dificultad del psicoanálisis. Obras completas. Tomo XVII .Bs. As.: Amorrortu.

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