NUESTRO CALENDARIO
O r í g e n e s y D e s a r r o l l o
RafaeldeFuentesCortés
Ilustraciones
Matilde de Fuentes de Medem
Edición
Mónica de Fuentes Granda
A mi padre, mi orto, mi huerto, el único, el mejor…
LAS MIL FACETAS DEL TIEMPO
Esta semana en la que precisamente me tenía que enfrentar al dichoso papel en blanco, y apelar a la caridad de las musas para que éstas se dignaran a prestarme un poquito de su amparo, con el fin de aproximarme —aunque fuera de lejos—a la altura del talento del autor y de la ilustradora de este libro, tu nieto Javier, me pide que le enseñe a leer el reloj.
Hoy, que escribo estas líneas, justo es el día en el que irrumpe el maldito cambio de hora otoñal. Son las cinco de la tarde y en un par de horas las imágenes se convertirán en siluetas y seguidamente las siluetas, de no ser por la luna, las estrellas y la luz artificial, casi en total oscuridad.
Y con sus oídos atentos, Pablo, testigo cronometra las precisiones que le voy dando a su hermano sobre la división de los días en horas, de las horas en minutos y de los minutos en segundos. Él, como ya tiene 11 años, tiene cogido el reloj por la mano.
El tiempo, hijos, ¿qué es el tiempo? ¿una realidad? ¿una invención del hombre?
¿un acto ambicioso más de controlar lo incontrolable, de aprender lo inaprensible?
¿un mecanismo de auxilio en nuestro afán de organizar el cosmos en un empírico sistema? Todo hay que medirlo y a todo hay que darle un nombre.
8, número infinito.
Tiempo es universo, tiempo es molécula, tiempo es historia, espacio como testigo,
tiempo es el abuelo, tiempo soy yo, tiempo también sois vosotros.
El tiempo está en la piel, en las zozobras, en las alegrías…
Tiempo son marcas, estratos, fósiles, altura.
Ciclos, concepción, espera, alumbramiento, todo eso es tiempo.
Tiempo son latidos, ritmos, compases, etimología.
Tiempo son paseos, son carreras, crecimiento, pero también estancamiento.
Tiempo es tronco, sol, lluvia, hojas, nieve, cosechas, tonalidades, ocasos, amaneceres, que más que curar, esclarecen.
Tiempo son mareas, migraciones, movimiento.
Tiempo son cometas, fases, eclipses, son lunares, son elipses, geometría.
Tiempo es aleteo, tiempo es parpadeo, tiempo es beso.
Tiempo es tierra, mar, aire, fuego, tiempo es sinfonía, granos de credo almacenados en un frágil reloj de arena.
Tiempo es el canto de un gallo, tiempo son números, tiempo son letras.
Tiempo agua, tiempo oro, tiempo es polvo. Tu pelo blanco.
Tiempo corto, tiempo lento, tiempo vivo, tiempo muerto.
Tiempo no es sino el acto reflejo de una percepción con huella.
Gracias, Papá, por enseñarme que los planetas no tintinean, que Marte es rojizo y sobre todo por ayudarme, con tu paciencia y yo discreto, a encontrar en tu cielo nocturno, silencioso e inconmensurable, la estrella del Norte desde la tierra.
Aquí os dejo con parte de lo que él sabe. Espero que disfrutéis de su lectura y de las mil saetas de un tiempo que un día, espero, por fin sea lento.
Mónica de Fuentes Otoño de 2009
”¿Quién te enseñó a nadar?
Fue un pececito del mar Y aunque tú no lo creas, Fue un pececito del mar”.
(Canción infantil)
NUESTRO CALENDARIO
O r í g e n e s y D e s a r r o l l o
RafaeldeFuentesCortés
Ilustraciones
Matilde de Fuentes de Medem
Quid est ergo tempus?
Si nemo ex me quaerat, scio;
si quaeranti explicare velim, necio.
San Agustín. “Confesiones” Libro XI, Cap. XIV, 17.
¿Qué es, pues, el tiempo?
Si nadie me lo pregunta lo sé;
pero si me lo preguntan y quiero explicarlo, no lo sé.
INDICE
Generalidades 16
Unidades de tiempo. Nociones básicas 20
Mesopotamia 26
Egipto 30
Antigua Grecia 34
Roma. Primeros calendarios 41
El calendario Juliano 44
El calendario Gregoriano 47
Otros calendarios. Resúmenes:
El calendario Judío 50
El calendario Islámico 52
El calendario Eclesiástico 54
El calendario Republicano Francés 55
El calendario Maya 58
El calendario Perpetuo 60
El calendario Azteca 64
El calendario Chino 66
Anexo: 70
Conocimiento aproximado durante la noche de la hora, por medio de la Estrella Kochab, b de la Osa Menor (Estrella Orológica).
Título original: Nuestro Calendario. Orígenes y desarrollo Autor: Rafael de Fuentes Cortés
Ilustraciones y maquetación: Matilde de Fuentes Edición: Mónica de Fuentes
Impresión: José María Díaz de Mendívil
Encuadernación: Pablo Caivano. El Rejón Encuadernación Printed and made in Spain
Noviembre de 2009
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GENERALIDADES
La palabra calendario deriva de la latina “calendarium”, proveniente a su vez de la voz “kalendae” con que se designaba en Roma el primer día de cada mes.
El calendario puede considerarse como el instrumento más importante creado por la humanidad desde tiempos primitivos para tener conocimiento previo de los movimientos de los astros, especialmente del Sol y de la Luna, condicionantes de la vida de todos los pueblos. Gracias al calendario se puede pronosticar con cierta puntualidad a lo largo del año la sucesión de las estaciones climáticas, con sus correspondientes diferencias en cuanto a temperatura, lluvias, nevadas, sequías, etc., y con ello planificar convenientemente el desarrollo de la agricultura y ganadería, garantes de la alimentación humana.
Las primeras ideas de contar con calendarios surgen en el período neolítico
—aproximadamente entre los años 7000 y 4000 a.C.—, época en que se produjo un cambio radical en la vida de los hombres, que evolucionaron de un sistema nómada de subsistencia a los primeros asentamientos y la iniciación de una incipiente agronomía.
Al parecer, los orígenes del Neolítico relacionados con nuestra cultura occidental y sus primigenios calendarios se ubicaron en Mesopotamia o en la península de Anatolia desde donde se extendieron a Egipto, Grecia y Roma.
Los calendarios antiguos, al igual que los actuales, fueron en especial basados por astrónomos en los desplazamientos de la Luna y el Sol. En el caso de la Luna, la principal determinación fue la cognición del desarrollo y duración de sus cuatro fases sucesivas —Luna nueva, Cuarto creciente, Luna llena y Cuarto menguante. En el caso del Sol, fue la fijación del curso y desenvolvimiento del año y sus estaciones, así como de los días y sus horas de luz y oscuridad, que dependen ambos de las diferentes posiciones de elevación del Sol respecto a la Tierra, cuyas principales situaciones de cambio son los solsticios y los equinoccios.
Los solsticios (del latín solstitium; sol, sol y sto, permanecer) son los dos días del año en que el Sol a mediodía parece estar parado, en los cuales el Sol alcanza los extremos más al norte y al sur de la eclíptica, y que en nuestro hemisferio norte designamos como solsticio de verano —indicación del principio de la estación veraniega— que ocurre hacia el 21 de junio, y el solsticio de invierno —indicación del inicio de la estación invernal— que ocurre hacia el 21 de diciembre.
Los equinoccios (del latín aequinoctium; aequus, igual y nox, noche) son los dos días del año en que son iguales las horas de luz y de oscuridad, cuando la eclíptica del Sol cruza el ecuador terrestre camino de los solsticios de verano e invierno. En nuestro hemisferio norte designamos al primero como equinoccio vernal o de primavera —inicio de la estación primaveral— que ocurre hacia el 21 de marzo, y al segundo, equinoccio de otoño —principio de la estación otoñal— que ocurre hacia el 21 de septiembre.
Las duraciones del día, del mes y del año fueron desde siempre las primordiales unidades tomadas como base para el cómputo de los calendarios.
Para el cálculo de la duración del día, las distintas culturas utilizaron el tiempo transcurrido entre dos sucesivos auroras, mediodías, puestas de sol o medianoches. La división del día en 24 horas fue invención sumeria, adoptada posteriormente en occidente.
La idea del mes nació de la duración sinódica de la luna, iniciándose a la puesta de sol después del primer día en que la Luna nueva se situaba en el oeste. Los calendarios primitivos se constituyeron como colecciones de meses, períodos en los cuales la Luna consumía el ciclo de sus cuatro fases.
El concepto de año fue fijado por los astrónomos al constatar que las estaciones climáticas influían fundadamente en el desarrollo de las labores agrícolas, y que habían comprobado que las estaciones se sucedían de acuerdo con la posición del Sol y las estrellas respecto a la Tierra, y que se repetían al cabo de un número de días, en que el Sol o las estrellas volvían a situarse en un momento dado en igual disposición respecto a un punto determinado de la Tierra.
Debido a los 50 minutos que el día lunar supera al día solar medio, las mareas —que como se sabe dependen del movimiento de la Luna— se retrasan 25 minutos cada 12 horas.
La hora
La denominación de la palabra hora proviene posiblemente del dios egipcio Horus.
Las actuales 24 horas en que dividimos nuestro día actual se deben al convencionalismo de dividir en 24 partes iguales al establecido día solar medio.
La primitiva división del día en 24 horas se debe, como hemos dicho anteriormente, a los sumerios, la cual fue adoptada posteriormente por los egipcios, los griegos, los romanos y el resto de la cristiandad.
La división de la hora en 60 minutos, y del minuto en 60 segundos se deriva del sistema de numeración sexagesimal sumerio, introducido por los astrónomos de Babilonia. (La palabra minuto proviene del latín “prima minuta” primera división pequeña; y la de segundo del latín “secunda minuta”, segunda división pequeña).
Los sumerios dividían las 24 horas del día en 6 períodos, 3 durante el día y 3 durante la noche. Los babilonios, sucesores de los sumerios, usaban un día de 12 horas, siendo sus horas dobles con lo que cubrían las 24 horas del día. Los judíos adoptaron un sistema similar.
Los egipcios dividían las 24 horas del día en 12 horas de día y 12 de noche.
Como es lógico, debido a la variación estacional de horas de luz y de oscuridad, las horas en cada caso tenían una duración diferente.
Los griegos adoptaron el número egipcio de 24 horas, que distribuían en 12 horas desde la salida del Sol y 12 desde su ocaso. La subdivisión del día en 24 horas fue aceptada por los romanos, por la influencia griega, en el año 263 a.C.
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UNIDADES DE TIEMPO. NOCIONES BÁSICAS
EL DÍA
Principales conceptos Día sidéreo
Es el tiempo de duración del giro de la Tierra alrededor de su eje, el cual se realiza con velocidad angular uniforme. Puede considerarse también como el intervalo de tiempo entre dos pasos consecutivos de una determinada estrella por un meridiano fijo de la Tierra.
La duración es de 23 horas, 56 minutos y 4,09 segundos. (Se calcula que el día sidéreo aumenta su duración en 0,0016 segundos cada 100 años).
Día solar verdadero
Tiempo transcurrido entre dos pasos sucesivos del Sol por un mismo meridiano terrestre. Su duración es variable a lo largo del año debido, por una parte, a que la órbita de la Tierra alrededor del Sol es elíptica, con el Sol situado en uno de los focos de la elipse, y que este movimiento de traslación no es uniforme —la velocidad de la Tierra es mayor en el perihelio y menor en el afelio— y por otra, a la inclinación del ecuador terrestre con el plano de la eclíptica del Sol. Su duración es algo más larga que el día sidéreo.
Día solar medio
Concepto aceptado en el sentido de que la Tierra se moviera alrededor del Sol en una órbita circular y con movimiento de traslación uniforme. Se fija su duración en 24 horas y se toma como unidad de tiempo para la construcción del calendario actual.
Día lunar
Tiempo transcurrido entre dos pasos consecutivos de la Luna por un meridiano concreto de la Tierra. Su duración de acuerdo con el movimiento de rotación de la Tierra sobre su eje y del de traslación de la Luna alrededor de la Tierra es prácticamente de 24 horas y 50 minutos.
También puede considerarse como mes sidéreo el tiempo de rotación de la Luna sobre su eje, cuyo tiempo coincide con el de traslación de la Luna alrededor de la Tierra, razón por la cual vemos siempre la misma cara de la Luna. Su duración, como en el caso anterior es asimismo de 27,32166 días solares medios.
Mes sinódico
Tiempo transcurrido entre dos conjunciones consecutivas de la Luna con el Sol. Durante este tiempo se contemplan las cuatro fases lunares. Se contabiliza normalmente por el tiempo entre dos Lunas llenas, y su duración aproximada es de 29,53059 días solares medios.
La duración actual de los meses es arbitraria, decidida para que el total de número de días de los 12 meses establecidos se compagine con la duración de días de los años a lo largo del tiempo.
EL AÑO Año sidéreo
Es el tiempo transcurrido entre dos pasos consecutivos del Sol respecto a una determinada estrella lejana. Su duración es de 365,25636 días solares medios, es decir 365 días, 6 horas, 9 minutos y 9,5 segundos. Este año denota el período de la órbita de la Tierra alrededor del Sol.
Año Trópico
Es el que se utiliza actualmente para fijar el calendario. Se define como el tiempo que transcurre entre dos pasos consecutivos del Sol por el equinoccio vernal o de primavera. Su duración es de 365,24220 días solares medios, o sea 365 días, 5 horas, 48 minutos y 45,5 segundos, lo que significa que es 20 minutos y 24 segundos más corto que el año sidéreo. La razón de este desfase se debe a lo que se denomina como “precesión de los equinoccios”.
Año Anomalístico
Es el tiempo que tarda la Tierra en pasar dos veces consecutivas por el perihelio.
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LA SEMANA
El período actual de la semana en 7 días es inconsistente desde el punto de vista astronómico. Se ha atribuido en algunos casos a la duración aproximada de cada una de las fases de la Luna y en otros a los siete planetas conocidos en la antigüedad, cuyo orden empezando por el más lejano era Saturno, Júpiter, Marte, el Sol, Venus, Mercurio y la Luna. También se ha achacado a los 7 días de la creación del mundo que cita el Génesis del Antiguo Testamento.
Sin embargo, ya desde los primeros tiempos se consideró conveniente agrupar los días del mes lunar en varios conjuntos. En Mesopotamia, los asirios establecieron la semana de 6 días y los babilonios de 7 días. Los egipcios acordaron una semana de 10 días. Fueron los judíos los que fijaron, para nosotros definitivamente, la semana de 7 días en el siglo I a.C., aceptada posteriormente por los romanos, por decisión del emperador Constantino en el siglo IV d.C., al convertirse al cristianismo.
Los actuales nombres de los días de la semana en los idiomas de origen latino proceden de los nombres romanos: Solis (el Sol), Lunae (la Luna, Lunes), Martis (Marte-Martes), Mercuri (Mercurio-Miércoles), Jovis (Júpiter-Jueves), Veneris (Venus-Viernes) y Saturni (Saturno). La palabra Sábado es posterior y deriva de la latina Sabbatum, y ésta de la hebreo Sabbat, día de descanso. El Domingo, en sustitución del día del Sol romano, fue llamado así para dedicarlo al día del Señor (en latín Dominicus).
EL MES
En general puede afirmarse que todos los calendarios primitivos estaban construidos esencialmente por colecciones de meses de duración derivada de la observación de los movimientos de la Luna. Hoy día se consideran las dos definiciones de mes siguientes:
Mes sidéreo
Período de tiempo que tarda la Luna en recorrer una órbita completa alrededor de la Tierra, medido dicho tiempo por dos pasos consecutivos de Luna respecto a una determinada estrella lejana. Su duración es 27,32166 días solares medios, es decir 27 días, 7 horas, 43 minutos y 11,5 segundos.
Precesión de los equinoccios
Este concepto indica el movimiento retrógrado de los puntos equinocciales de intersección del ecuador terrestre con la eclíptica solar —en los 20 minutos y 24 segundos anuales respecto al año sidéreo— debido al cambio de dirección del eje de rotación de la Tierra, a causa de las fuerzas gravitatorias que el Sol y la Luna ejercen sobre el ecuador terrestre, con la consiguiente variación del movimiento de rotación de nuestro planeta.
La Tierra se comporta como una peonza que gira en un sentido mientras que el vértice de su eje de revolución gira en sentido contrario, describiendo una pequeña circunferencia, en cuyo recorrido tarda aproximadamente 25.800 años (1).
Por el proceso de precesión de los equinoccios, y por tanto de los solsticios, el polo norte celeste, que como sabemos es la proyección en el firmamento desde el centro de la Tierra del vértice del eje rotacional terrestre, recorre lentamente el camino correspondiente entre las estrellas. Por esta causa nuestro actual polo norte celeste que está situado muy cerca de la estrella Polar de la Osa menor, se desplazará dentro de unos 12.000 años a la estrella Vega de la constelación Lira, volviendo a la estrella Polar una vez transcurridos aproximadamente otros 13.000 o 14.000 años más.
(1) El año sidéreo consta de 365 días, 6 horas, 9 minutos y 9,5 segundos.
365 días x 24 horas = 8.760 horas; 8.760 horas x 60 minutos = 525.960 minutos.
Por tanto el año sidéreo consta aproximadamente de 525.969 minutos.
Como el año trópico es cada año 20,4 minutos más corto que el año sidéreo, para que el principio del año trópico vuelva a coincidir con el principio del año sidéreo, tendrán que pasar 525.969:20,4 años, lo cual supone alrededor de 25.800 años.
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signos representativos de sílabas, la cual se ha denominado “cuneiforme” (del latín cuneus, cuña) por las señales terminadas en cuña que figuran en las tablillas de arcilla encontradas.
Con la invención de la escritura por los sumerios se inicia la Historia de la Humanidad. (El alfabeto actual es de origen fenicio, transmitido a griegos, romanos y todo el Occidente).
Hacia el año 2325 a.C., los acadios, pueblo semita que habitaba al norte de Sumer en la región de Akkad, bajo el mando del rey Sargon I, pusieron fin a la hegemonía sumeria. Probablemente durante el imperio acadio que duró unos 165 años se fundó a orillas del Éufrates la ciudad de Babilonia (Bab-iloni, puerta de los dioses). No obstante el historiador griego Herodoto (s. V. a.C.) en su obra
“Historias” presupone que fue fundada por los sumerios y la tradición griega atribuye su fundación a Semiramis, legendaria reina de Asiria, a la cual atribuye también la creación de sus famosos “Jardines colgantes” considerados como una de las siete maravillas del mundo. No obstante, varios historiadores de los últimos años del siglo pasado concuerdan en que los “Jardines colgantes de Babilonia” fueron obra del rey de Babilonia Nabucodonosor (605-562 a.C.) como regalo a su esposa para aliviarla de la melancolía que sentía por el paisaje de su país de origen.
La asunción de la cultura sumeria por los acadios ha inducido a algunos historiadores a denominar la primitiva civilización de Mesopotamia como
“Civilización sumerio-acadia”. Más tarde, durante la dominación amorrita, una vez desaparecidos los sumerios, el rey Hammurabi (1793-1750 a.C.) autor de su famoso “Código”, estableció su capital en Babilonia. Sometida después Mesopotamia por los asirios, Babilonia continuó siendo la capital del reino, adquiriendo su cultura tal influencia que varios autores han designado a la época que se inicia con el dominio asirio, hasta la conquista de Mesopotamia por el emperador persa Ciro el Grande en el año 539 a.C., incluidos varios intervalos de otras supremacías, como período de la “Civilización asirio- babilónica”.
En Mesopotamia, el primer calendario conocido data alrededor del año 2400 a.C., con el cual además los sacerdotes regulaban el culto fijando los
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Mesopotamia
Mesopotamia, como su nombre de origen griego indica — (mesos), medio, (potamios), río— es la zona comprendida entre los ríos Eufrates y Tigris, en la cual, como en sus aledaños, se desarrollaron varias culturas de base agrícola creadoras de calendarios destinados a programar las labores del campo y los ritos religiosos.
Probablemente, los orígenes de la agricultura se remontan a tres regiones diferentes del mundo: Mesopotamia, América Central y China. En Mesopotamia fue posiblemente donde se iniciaron cultivos tales como los de los trigos tiernos y compactos, el centeno, las lentejas, las habas, las arvejas y el lino, ya que todos ellos, entre otros, son originarios, según el científico ruso del siglo pasado Vavilov, de las relativamente cercanas zonas montañosas del sudeste asiático (en Afganistán, Persia y Asia Menor), cuyos cultivos ulteriormente en Babilonia mostraban una agronomía considerablemente desarrollada, gracias a la red de canales que irrigaban las producciones cerealísticas y hortícolas.
Algunos autores basan en la agricultura, por necesidad de programar, fijar y transmitir las técnicas agrarias y delimitar las propiedades, el surgimiento de los primeros calendarios, la invención de la escritura y el inicio de la geometría.
En los primeros tiempos históricos, en el sur de Mesopotamia junto al Golfo Pérsico, región conocida como Sumer, residía el pueblo sumerio
—cuyo origen y procedencia se desconocen— el cual conquistó la supremacía de toda la zona y desarrolló una cultura de tal importancia que puede ser considerada como la cuna de la civilización occidental.
Fueron los sumerios los que inventaron, alrededor del año 3000 a.C., el primer sistema de escritura, que al principio fue “pictográfica” (escritura ideográfica con dibujos representativos del mundo que les rodeaba explicados por medio de palabras), y que posteriormente pasaría a ser “logográfica” con
Curiosamente el número 7 era para ellos fatal, hasta el punto que los días 7, 14, 21 y 28 de cada mes no emprendían ninguna actividad importante. (Es posible que el sábado judío, día séptimo de su semana, se estableciera como día de descanso por corresponder con el número 7 día inactivo babilónico).
La división del día en 24 horas se debió al parecer a los sumerios. Sus sucesores, los Babilonios, dividían el día en dos períodos de 12 horas, bien por correlación con los 12 meses lunares del año o bien por los 12 signos del Zodiaco. Para el cómputo de las horas utilizaban durante el día el reloj de sol (gnomon) y durante la noche el reloj de agua (clepsidra). Los conceptos de minuto y segundo con que hoy dividimos las horas proceden de la división sexagesimal del grado, introducida por los astrónomos de Babilonia, los cuales dividían el círculo en 360 grados, subdivididos en 12 partes de 30 grados cada una.
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días festivos y los dedicados a los sacrificios. Este calendario sumerio estaba fundamentado en la observación de las fases de la Luna y contaba con un año de doce meses lunares de 30 días con un total de 360 días, lo cual estaba de acuerdo con su sistema numérico sexagesimal. (Como sabemos, el actual sistema numérico decimal fue introducido en occidente por los árabes, los cuales a su vez lo importaron de la India).
Posteriormente durante la supremacía de Babilonia en el segundo milenio antes de Cristo, los babilonios adoptaron el calendario lunar sumerio, con la modificación de que los años comprendían meses alternativos de 29 y 30 días, ya que entonces se conocía que la revolución sinódica de la Luna duraba aproximadamente 29 días y medio. Para acordar el año lunar de 12 meses
—6 meses de 29 días y 6 de 30 días— con un total de 354 días con el año real de 365 días, los babilonios intercalaban un mes cada dos o tres años.
Finalmente durante la dominación persa (539 a 332 a.C.) hacia el año 380 a.C., por influencia del ciclo metónico griego, se logró una consonancia bastante correcta mediante el establecimiento del ciclo de 19 años, intercalando en los años 3, 6, 8, 11, 14, 17, y 19 un mes lunar cada año (en 6 de los años 1 mes de 30 días y en 1 de los años 1 mes de 29 días) con un total de 235 meses en los 19 años (19x12=228; 228+7=235), con lo que se igualaba al número de días de 19 años solares de 365 días.
En Mesopotamia el año natural solar comprendía dos estaciones: el
“verano” que incluía nuestra primavera y verano actuales y el “invierno” que correspondía al otoño e invierno de hoy en día.
Los meses se iniciaban con la aparición de la Luna nueva. Los nombres de dichos meses estaban relacionados con las faenas agrícolas y los fenómenos meteorológicos, pero variaban de una a otra ciudad. Sin embargo los nombres que fijaron en la ciudad de Babilonia los asirio-babilónicos fueron los que alcanzaron la mayor importancia, hasta el extremo de ser los nombres que adoptaron los judíos para su calendario al abandonar el exilio babilónico.
Los babilonios establecieron una semana de siete días, posiblemente por los cinco planetas entonces conocidos a los que añadían el Sol y la Luna.
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Este calendario de meses lunares no estaba de acuerdo con el transcurso de las estaciones climáticas, por lo que no servía para programar las labores del campo. Esta necesidad agrícola motivó a los egipcios a crear el primer calendario solar conocido, con años de 365 días, divididos en 12 meses de 30 días a las que añadían 5 días extra dedicados a los nacimientos de los dioses Osiris, Isis, Horus, Neftis y Seth. A su vez el año estaba fraccionado en tres estaciones, la estación de la inundación, la estación de la siembra, germinación y maduración, y la estación de la recolección, almacenamiento y distribución.
Cada estación se componía de cuatro meses.
El año civil de 365 días se iniciaba con la salida heliaca de la estrella Sirio (Sothis en egipcio), estrella principal o alfa de la Constelación “El Can Mayor”, considerado como el dios Anubis, dios funerario importante de su religión, al que representaban con apariencia híbrida de cuerpo de hombre y cabeza de chacal. El orto de la estrella Sirio coincidía con el comienzo de la inundación del Nilo, la cual se terminaba con la aparición en el firmamento de la constelación denominada actualmente como “Copa de Baco”.
Los egipcios dividían el día, que computaban de medianoche a medianoche, en 24 horas fragmentadas en 12 horas de luz y 12 de oscuridad, cuya duración era variable a lo largo del año. Disponían asimismo de gnomons de sol y clepsidras de agua.
La era de cada calendario empezaba con el reinado de cada faraón, justo en el primer mes de la inundación anterior a su coronación (un ejemplo de fecha determinada podría ser: Día 6, del 2º mes de la cosecha, del 3er año del glorioso reinado del faraón correspondiente).
Aunque los egipcios habían constatado que el año tropical duraba 365, 25 días, seguían utilizando el año civil de 365 días, con lo cual el principio del año iba desfasándose un cuarto de día cada año, es decir con un día cada cuatro años del orto de la estrella Sirio (Sothis), inicio real de las estaciones agrícolas. Solamente al cabo de 1.460 años, en que se habrían retrasado 365 días (0,25x1.460= 365), o sea un año, el comienzo del año civil volvería a coincidir en la salida de Sirio. A este período de 1.460 años se denominó posteriormente “período sothico”.
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Egipto
La civilización egipcia ha estado íntimamente unida al río Nilo y circunscrita a su fértil valle, situado entre el desierto oriental o arábico y el desierto occidental o libio.
El río Nilo experimentaba cada año una importante crecida que inundaba las riberas de su valle, dejando sus tierras, al término de la riada, cubiertas con una capa oscura de limo, que las hacía ideales para su cultivo. Por ese color negruzco de las tierras del valle los antiguos egipcios designaban al Bajo Egipto con el nombre de “Kemet”, la tierra negra, diferenciándolo así del Alto Egipto, denominado “Deshret”, la tierra roja. Los nombres actuales de Egipto y Nilo son de raíz griega (Aidyptos y Neilos).
El río Nilo —el más largo del mundo, con cerca de 6.000 km. de longitud— tiene su origen en la unión de dos grandes ríos, el Nilo Blanco procedente del lago Victoria en la zona de Uganda y el Nilo Azul que proviene de Etiopía, los cuales se juntan en los alrededores de Jartum, la capital del Sudán. Hoy día, solamente desde la catarata situada poco antes de la presa de Asuán hasta su desembocadura en forma de delta en el mar Mediterráneo forma el Nilo parte de la nación egipcia, y sigue constituyendo como desde sus primeros tiempos la principal arteria de transporte y comunicación.
Hacia el año 5000 a. C. puede considerarse que la población egipcia se encontraba más o menos asentada en las primeras aldeas neolíticas, y se estima que entre los años 4500 y 4000 a.C. la agricultura comenzó a desarrollarse de modo fehaciente en el valle del Nilo, convirtiéndose Egipto en un país de economía predominantemente agraria, regulada por la crecida del Nilo y orientada especialmente a la producción cerealista de cebada y trigo, así como de diversas hortalizas. Y ya desde el período predinástico (3300-2920 a.C.) con la construcción de diques y canales se garantizaron los cultivos de regadío.
En un principio, los egipcios establecieron un calendario lunar con meses basados en el ciclo de las cuatro fases de la Luna, con el que regulaban todos los acontecimientos religiosos y sociales.
No obstante, aunque el calendario civil regía los asuntos administrativos, el calendario lunar continuaba regulando los ritos religiosos.
Muy posteriormente, tras la ocupación de Egipto por Alejandro Magno en el año 332 a.C., acabando con la época de las dinastías persas, se inició el llamado periodo griego. A la muerte de Alejandro Magno, acaecida en el año 323 a.C., el general macedonio Ptolomeo se proclamó faraón con el nombre de Ptolomeo I Soter, creando la dinastía ptolemaica.
Durante el reinado de Ptolomeo III Evergetes, los sacerdotes egipcios, reunidos en concilio en el año 238 a.C. en la ciudad de Canope (con el nombre de canope se designa también a los vasos encontrados en las tumbas conteniendo las vísceras de las momias), promulgaron un decreto por el que cada cuatro años se añadía un día más a los cinco días extras de finales de año, con lo que se lograría coincidir el principio de cada año con la salida de la estrella Sirio.
Este calendario renovado debería ser utilizado tanto para la administración civil como para la celebración de las fiestas religiosas. Sin embargo, debido a la oposición de los sacerdotes de varias e influyentes ciudades destacadas, que no participaron en el concilio, que adujeron que el cambio estaba instigado por los sacerdotes griegos y que les obligaba a modificar las fechas de las ceremonias rituales, dicho cambio no se aplicó y los egipcios continuaron con el año civil de 365 días hasta la dominación romana, iniciada el año 31 a.C., durante la cual Julio Cesar estableció el calendario llamado “juliano”, y que reformado por Octavio Augusto se instituyó la obligación de utilizar el calendario romano en todo su imperio. No obstante su aceptación no fue del todo general en Egipto hasta el siglo III o IV de la era cristiana.
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En la Isla de Creta, durante parte del III y II milenios a.C., tuvo lugar el auge de la civilización cretense denominada “minoica” por el nombre de Minos, rey legendario de Creta.
La agricultura y la ganadería fueron la base de la riqueza económica de la isla. Se cultivaba trigo, olivo y vid, así como diversas leguminosas y árboles frutales, criándose ganado vacuno, ovino, caprino y porcino. El vino y el aceite de oliva constituyeron sus principales productos de exportación.
Su cultura altamente desarrollada rivalizó con las de Babilonia y Egipto.
Ya antes del año 2000 a.C. poseían una escritura jeroglífica que pasó a silábica lineal con anterioridad al año 1600 a.C.
Durante 200 años, Creta ejerció la influencia dominante en la cultura griega.
El declive de la primacía cretense dio paso en torno al año 1500 a.C. a la influencia de la civilización micénica (palabra derivada de la ciudad de Micenas, capital de la Argólida, situada al nordeste del Peloponeso), época en que los aqueos fueron los artífices de un período de esplendor considerado como uno de los más importantes de la antigüedad griega. La hegemonía micénica se extendió hasta 200 años después de la Guerra de Troya, que tuvo lugar hacia el año 1260 a.C. Homero (s. IX a.C.) cuenta en la Iliada que el rey Agamenón de Micenas desencadenó la Guerra de Troya para vengar el rapto de la bella Helena, esposa de su hermano Menelao, rey de Esparta, por el príncipe Paris hijo de Príamo rey de Troya. (Los poemas homéricos, en principio transmitidos oralmente, fueron puestos por escrito posiblemente en el siglo VI a.C. durante la tiranía de Pisistrato).
El predominio micénico decayó con la penetración en Grecia de un nuevo pueblo indoeuropeo, los dorios, que hacia el año 1100 a.C. inició la invasión de la Grecia peninsular, las islas Cícladas, el suroeste de Asia Menor, y la isla de Creta. La época de transición entre las civilizaciones micénica y dórica coincidió con el cambio de la Edad de Bronce a la Edad de Hierro.
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Antigua Grecia
Los nombres de Grecia y griegos son de origen latino sustitutivos de los primitivos Helade y helenos autóctonos.
En el período neolítico, por ciertas excavaciones realizadas en el siglo pasado se conoce que desde finales de VI milenio a.C. hasta principios del IV milenio a.C. Grecia estaba habitada por un pueblo de agricultores que se extendían desde la Tesalia, al sur de Macedonia, hasta el sur de la península del Peloponeso.
A principios del III milenio a.C., en la primera fase de la Edad de Bronce, entra y se propaga por la Grecia peninsular, las islas del Mar Egeo y Asia Menor una nueva población cuya cultura se conoce como temprana heládica.
Hacia el año 2000 a.C. penetra en Grecia, procedente del norte, el pueblo indoeuropeo aqueo, que fundiéndose con los heládicos fue probablemente el que impuso en Grecia el primero de los dialectos de los que muy posteriormente, en el siglo IV a.C., se fusionaron en la lengua helenística de la que se deriva el griego actual. Los aqueos fueron los fundadores de la ciudad de Micenas.
(del griego , maieuo —ayudar a nacer—) formulando preguntas a su interlocutor para provocar que él mismo acceda a la verdad. Su doctrina, ya que de él no se posee ningún escrito, se conoce por ser el personaje principal de los “Diálogos” de su discípulo Platón (427-347 a.C.).
En el siglo IV a.C. la hegemonía de Grecia pasó a depender de Macedonia cuyo auge se inicia con el reinado de Filipo II (382-336 a. C.), culminado con su hijo y sucesor en el trono Alejandro Magno (356-323 a.C.) cuyo inmenso imperio incluyó , entre muchas naciones y regiones antiguas, las de Frigia, Siria, Egipto, Babilonia, Media y Persia.
De esta IV centuria fue el escultor Praxíteles (390-330 a.C.), autor de la Afrodita de Cnido, el Apolo Sauróctono y el Hermés con Dionisios niño, cuya obra ejerció una influencia considerable en los artistas de la época helenística posterior.
No obstante, bajo el punto de vista cultural, destacó por encima de todo la personalidad inigualable del filósofo Aristóteles (384-322 a.C.), preceptor de Alejandro Magno y sin duda una de las inteligencias más valiosas de la humanidad. Fundador del Liceo, impartía sus enseñanzas dando paseos con sus discípulos, a los que se denominó “peripatéticos” (del griego , peripatos-paseo). Creador de la Lógica y la Metafísica, su sistema didáctico se basaba en el silogismo —tres proposiciones: dos premisas y una conclusión.
Abarcó prácticamente todo el saber de su tiempo, siendo sin discusión la figura científica más importante de la antigüedad.
En este período clásico, como se ha dicho anteriormente, existían varios calendarios, ya que cada república o reino poseía el suyo propio. Sin embargo, el almanaque más importante fue el ateniense, el cual predominó en el futuro y del que los demás diferían especialmente en la fecha del comienzo del año o en el nombre de los meses.
El año oficial ateniense constaba de 12 meses lunares de 30 días, con un total de 360 días, iniciándose con la primera Luna Nueva después del solsticio de verano.
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Aunque es indudable que las culturas griegas primitivas habrían creado calendarios apropiados para sus programaciones civiles y religiosas, los primeros almanaques conocidos datan del siglo XIII a.C. por datos incluidos en tablillas de arcilla cocida escritos en el griego silábico lineal.
Posteriormente, en la obra de Hesiodo (s. VIII a.C.) “Trabajos y Días”
aparecen referencias muy concretas sobre el calendario existente en su época, ya escrito con el alfabeto griego, base del abecedario moderno, procedente del fenicio y desarrollado en Grecia alrededor del año 800 a.C. El alfabeto fenicio, ideado en los siglos X y IX a.C., se componía solamente de consonantes. Los griegos añadieron a dicho abecedario las vocales, para las cuales adoptaron como símbolos los de las consonantes fenicias que en el lenguaje griego no se correspondían con ningún fonema. En su inicio la escritura era un bustrofedon, con un renglón de derecha a izquierda y el siguiente de izquierda a derecha pasando después a trazarse con el sistema usado en la actualidad.
Es ya en el período clásico, siglos V y IV a.C., cuando se encuentran testimonios precisos de diversos calendarios griegos. El siglo V a.C. llamado siglo de Pericles (499-429 a.C.) es la época más brillante ateniense y cuando Atenas llegó a ser la primera potencia de Grecia.
Destacamos a continuación algunos de los aspectos culturales más importantes de este siglo.
La arquitectura y la escultura alcanzaron su momento culminante. Se inicia la Acrópolis donde se construye el Partenón dedicado a la diosa virgen Atenea
—proyectado por los arquitectos Ictinio y Calicatres—, así como el Erecteón, que contiene el famoso pórtico de las Cariátides, dedicado a Poseidón y Atenea. El escultor Fidias (490-431 a.C.), gran amigo de Pericles, realiza entre otras la estatuas de Zeus Olímpico en Olimpia (otra de las siete maravillas del mundo) y la de Atenea y los frisos del Partenón en Atenas. Herodoto (484- 425 a.C.) escribe sus famosas “Historias”; Esquilo (525-456 a.C.), Sófocles (496-406 a.C.) y Eurípides (484-406 a. C.) redactan sus afamadas obras dramáticas. La filosofía estuvo representada principalmente por Sócrates (470- 399 a.C.), cuyo sistema de enseñanza era el método denominado “mayéutica”
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Para adaptar dicho año lunar con el período sinódico de la Luna de 29 días y medio, se estableció que los 12 meses lunares fueran alternativamente de 29 y 30 días, con lo que se instituyó un año de 354 días, con un desfase de 11 días respecto a los 365 del año trópico.
Hacia el año 430 a.C., para armonizar el año lunar con el año solar, el astrónomo griego Metón de Atenas, deseando establecer un sistema valedero a largo plazo, concibió un nuevo método de concordancia entre ambos años, estableciendo un ciclo de 19 años, con 235 lunaciones, con un total aproximado de 6.940 días, lo que suponían años de 365,26 días, cifra muy próxima a la del año trópico real aproximado de 365,24 días.
Este ciclo proporcionó además la norma futura para la inserción de los meses intercalares, y tuvo tanto éxito que fue adoptado, como se ha indicado anteriormente, en Mesopotamia, así como por el calendario judío.
En el año 260 a.C. se estableció el sistema de contabilizar el tiempo de acuerdo con las Olimpiadas, que se celebraban en honor de Zeus en la ciudad de Olimpia cada cuatro años. Habiendo fijado como fecha de la primera Olimpiada el año 776 a.C., dicho sistema se inició con la 130 Olimpiada (776-260=576. 576:4=129). (Las Olimpiadas se celebraron hasta el año 393 de nuestra era en que fueron suprimidas).
Hacia el año 150 a.C., el astrónomo griego Hiparco (190-125 a.C.) perfeccionó el calendario al descubrir la “precesión de los equinoccios”, con lo cual redujo la duración del año trópico entonces de 365, 25 días a 365,242, valor casi igual al actual de 365,242199 días. Asimismo calculó el período de una lunación con una valoración de 29,53058 días, prácticamente idéntico al actual de 29,53059 días.
Roma. Primeros calendarios
En la prehistoria, durante el período neolítico, Italia estaba habitada, especialmente en la zona norte en la cuenca del río Po, por un pueblo de agricultores y ganaderos. Entre los años 2000 y 1000 a.C. invadieron el país varias tribus de origen indoeuropeo conocidas como “itálicas”, las cuales se fundieron con la población autóctona y se extendieron por toda la península.
Entre las tribus itálicas, el grupo de los “latinos” se instaló en el valle del río Tíber en el territorio del Lacio.
Según la leyenda, los hermanos Rómulo y Remo fundaron la ciudad de Roma en el año 753 a.C. Rómulo se deshizo de su hermano e instauró la monarquía, proclamándose primer rey de la misma.
El primer calendario romano data al parecer del siglo VIII a.C., durante el reinado de Rómulo. El año constaba de 304 días agrupados en 10 meses denominados del modo siguiente: Martius (marzo) de 31 días, dedicado al dios Marte; Aprilis (abril) de 30 días, dedicado al dios Apolo de sobrenombre Aperta; Maius (mayo) de 31 días, dedicado a la diosa Maya; Junius (junio), de 30 días, dedicado a la diosa Juno; Quintilis (quinto mes) de 31 días; Sextilis (sexto mes) de 30 días; September (septiembre, séptimo mes) de 30 días;
October (octubre, octavo mes) de 31 días; November (noviembre, novenos mes) de 30 días; y December (diciembre, décimo mes) de 30 días.
Numa Pompilio, segundo rey de Roma, que reinó entre los años 715 a 672 a.C., añadió los meses de Januarius (enero), dedicado al dios de las dos caras Jano, y Februarius (febrero), dedicado al dios de los muertos Plutón en su acepción de Februos. Agregó 51 días a la vez que restaba un día a cada uno de los seis meses de 30 días para destinar los 57 días a repartir entre los dos nuevos meses. Como resultado quedaron al final 4 meses de 31 días (Martius, Maius, Quintilis y October), 7 meses de 29 días (Aprilis, Junius, Sextilis, September, November, December y Januarius), y 1 mes de 28 días (Februarius), con un año total de 355 días, uno más de la duración del año lunar de 354 días (29,5x12=354). El haber decidido que el año constaba de
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El año ateniense comenzaba en el novilunio inmediato al solsticio de verano, hacia mediados del julio actual, con el mes denominado Hecatombeón (del griego Hekaton, cien y bous, buey), mes en que se sacrificaban 100 bueyes en honor de Apolo.
Cada mes empezaba con el novilunio y estaba dividido en tres “décadas”
—de principios, de mediados y de finales de mes, tanto como si se tratara de meses de 30 días (meses “llenos”) o de 29 días (meses “vacíos”).
Los días se iniciaban con la puesta del Sol. El día constaba en un principio de 24 horas de duración variable, las cuales ulteriormente se dividieron en 60 minutos y éstos en 60 segundos, al aceptarse el modelo de origen caldeo vigente en Babilonia.
En el año 27 a.C. Grecia pasó a convertirse en una provincia del Imperio Romano.
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(de “merces”, salario, por ser la época en que se pagaba el sueldo a los operarios) de 27 y 28 días respectivamente, lo cual se realizaba entre los días 23 y 24 de febrero, eliminándose los 5 días restantes de dicho mes hasta su terminación. Esta intercalación suponía que en un período de 4 años se conseguía un promedio de 366, 25 días por año, un día más que los del año trópico. (1).
Fue entonces probablemente —año 153 a.C.— cuando se estableció el orden de los meses del año, iniciándose en el mes de enero, que se mantiene en la actualidad.
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un día más que el año lunar se debía a que los romanos tenían un temor supersticioso a los números pares y a que “el número impar gustaba a los dioses”. La razón de haber dejado a febrero con 28 días era que dicho mes estaba dedicado al dios infernal.
Tras el tercer rey de Roma Tulio Hostilio, que reinó desde el año 673 al 640 a.C., y del cuarto rey Anco Marcio, cuyo reinado se desarrolló desde el año 640 al 616 a.C., Roma fue conquistada por los etruscos, pueblo de origen controvertido posiblemente originario de Frigia en Asia Menor, que se había instalado en Italia en ambas márgenes de río Arno en el territorio denominado Etruria —zona aproximada de la actual Toscana. A los etruscos se debe el primer alfabeto latino proveniente de Grecia.
Después del reinado del quinto rey de Roma, desde el año 616 al 579 a.C., Tarquino Priscius, también conocido como Tarquino el Antiguo, primero de los tres reyes etruscos, y de su sucesor Servio Tulio, que reinó desde el año 578 al 535 a.C., sexto rey de Roma, el séptimo y último de los siete primeros reyes romanos Tarquino el Soberbio, habiendo subido al trono en el año 534 a.C., fue destituido por el pueblo romano en el año 509 a.C., estableciéndose la primera república.
El Calendario Republicano Romano.
El denominado Calendario Republicano Romano se supone que tuvo su base en la reforma introducida por el quinto rey de Roma, Tarquino Priscius, el cual determinó que el año comenzara con el mes de enero, pero la expulsión de la dinastía etrusca fue la causa de que dicho cambio fuese abandonado.
Por ello el Calendario Republicano Romano volvió a ser el calendario lunar establecido por Numa Pompilio con el año iniciándose en el mes de marzo y un total de días anuales de 355, y por tanto 10,25 días más corto que el año tropical de 365,25 días.
Para acoplar este calendario con las estaciones climáticas anuales, se decidió intercalar alternativamente cada dos años un mes designado Mercedonius
Caesar, 100-44 a.C.) existía una diferencia estacional de 90 días, lo que suponía que el equinoccio civil difería en tres meses del equinoccio astronómico, llegándose a celebrar en primavera las fiestas de otoño.
Para corregir la discrepancia existente en el año 47 a.C., 707 años desde la fundación de Roma, Julio Cesar encargó al astrónomo griego de Alejandría Sosígenes la reforma del calendario civil para ponerlo de acuerdo con las estaciones climáticas anuales.
Sosígenes expuso la necesidad de abandonar el calendario lunar y establecer un almanaque basado exclusivamente en las estaciones del año solar, adoptando un sistema análogo al del calendario egipcio, con un año de 365 días, teniendo en cuenta, además, la duración más exacta de 365,25 del año trópico entonces aceptada.
Julio Cesar aprobó la recomendación de Sosígenes, con arreglo a la cual se instituyó un año de 365 días, al que se le añadiría 1 día cada 4 años, que sería interpolado entre los días 23 y 24 de febrero, con lo que en lo sucesivo el calendario adoptaría la duración de 365,25 días del año trópico. Como febrero tenía 28 días, el día 23 era el sexto día antes del primero (las Calendas) de marzo y por tanto el día intercalado sería el bis-sexto-kalendae, o sea el bis- sexto antes de las calendas de marzo. De aquí procede el nombre de año bisiesto al año en que el mes de febrero cuenta con un día más.
Además se varió el número de días de ciertos meses, de modo que los meses de enero, marzo, mayo, quintilis, septiembre y noviembre tuvieran cada uno 31 días y los demás 30, excepto el mes de febrero que constaría de 29 días en los años no bisiestos, continuando el año con 365 días.
En el año 44 a.C., segundo año del calendario juliano, el Senado romano dispuso en honor de Julio Cesar cambiar el nombre del mes Quintilis por el de Julius, actual julio.
No obstante, los pontífices interpretaron de forma incorrecta la adición del día bis-sexto-kalendae, y en vez de hacerlo cada cuatro años lo hacían cada tres. Este error se mantuvo durante 36 años en los que se añadieron
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La intercalación estaba a cargo de los pontífices, los cuales constituían un consejo asesor secreto del superior de los magistrados en sus funciones religiosas, pero por diversas razones de ignorancia o negligencia dichas interpolaciones se efectuaban de forma irregular con el consiguiente desorden oficial estacional.
Dentro de cada mes había tres fechas principales: Kalendae (las Calendas, primer día del mes); Nonae (las Nonas, día 5 ó 7 según los meses, designada así por ser el noveno día anterior a los Idus); e Ides (los Idus, día 13 ó 15 según los meses, día medio del mes). De acuerdo con ellas los meses se dividían en tres partes: De las Calendas a las Nonas; de las Nonas a los Idus;
y de los Idus hasta el final. Estas fechas procedían posiblemente del ciclo lunar, correspondiendo al novilunio, al cuarto creciente y al plenilunio.
El día se iniciaba a la puesta del sol. Estaba dividido en 13 períodos:
Alborear; Mañana; Hacia el mediodía; Mediodía; Tarde; Anochecer; Noche;
Crepúsculo; Primera antorcha-noche; Noche avanzada; Noche profunda;
Medianoche; y Canto del Gallo; período este último en que se reanudaba el trabajo.
La división del día en horas fue introducida en Roma en el año 263 a.C., verosímilmente a través de los griegos, a imagen de la existente en Babilonia.
(1) 355-5= 350 de los años a intercalar.
350+27=377; 350+28=378. 2 años sin intercalación: 2x355=710 710+377+378=1.465 días. 1.465:4=366,25 días
El calendario Juliano
Debido al mencionado desorden en las fechas del calendario en las que se iniciaban las estaciones climáticas, en tiempos de Julio Cesar (Caius Julius
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El calendario Gregoriano
Cuando Julio Cesar en el año 47 a.C. ordenó la reforma del calendario romano, la renovación se realizó de modo que el día 25 de marzo coincidiera con el equinoccio vernal, como ocurría en tiempos de Numa Pompilio.
Sin embargo, como en el Calendario Juliano el año constaba de 365,25 días, su duración era mayor que la del año tropical de 365,242199 días medios, lo que suponía un error por exceso de 11 minutos y 14 segundos por año, que en 400 años se elevaría a 3,12 días, es decir a 3 días aproximadamente . (1)
Aunque Sosígenes y otros astrónomos de la época de Julio César eran conscientes de esta discrepancia, consideraron que por ser muy pequeña no valía la pena tenerla en cuenta.
Es en el siglo XVI de nuestra era, en el año 1582 cuando el papa Gregorio XIII (1502-1585; elegido papa el año 1572) decide subsanar el error existente mediante la reforma del calendario que lleva su nombre.
En el año 325 d.C., en que se celebró el Concilio de Nicea, el equinoccio de primavera tuvo lugar el día 21 de marzo. No obstante, debido al error acumulado, en 1582 el equinoccio acaeció el 11 de marzo.
El papa Gregorio XIII realizó la reforma con el deseo de que el equinoccio vernal coincidiera con el día 21 de marzo al igual que había sucedido en el año 325 del Concilio de Nicea, para lo cual era necesario la supresión de 10 días de forma que el día 11 de marzo se transformase en el día 21 de dicho mes.
(1)365,25-365,2422=0,0078 días. 0,0078x24=0,1872 horas.
0,1872x60=11,232 minutos. 0,232x60=13,92 segundos.
Por tanto el exceso se elevaría a 11 minutos y 14 segundos anuales.
0,0078x400=3,12 días
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12 días en lugar de 9. Fue el emperador Octavio Augusto (Caius Julius Caesar Octavianus Augustus, 63 a.C.-14 d.C.) sobrino nieto y sucesor de Julio Cesar, el que hizo la corrección correspondiente, omitiendo intercalar el día bis-sexto-kalendae entre los años 8 a.C. y 4 d.C., con los que el calendario juliano comenzó a funcionar convenientemente.
En el año 8 a.C., el senado romano, en honor a Octavio Augusto, cambió el nombre del mes Sextilis por el de Augustus —actual agosto— y, con objeto de cumplir el deseo del emperador de que dicho mes consta con los mismos días que el mes de julio, añadió un día al mes de agosto que quedó en 31 días, día que quitó al mes de febrero que quedó en 28 días en los años no bisiestos, reduciendo además noviembre a 30 días y aumentando diciembre a 31 días, con lo cual la duración de los meses quedó fijada del modo que seguimos manteniendo en la actualidad.
El calendario juliano conservó la división de los meses en las tres fracciones citadas del calendario republicano anterior.
La semana de siete días, cuyo origen como ya se ha dicho se atribuye a los 7 planetas conocidos —en los que estaban incluido el Sol y la Luna—, o bien a los 7 días de la creación del mundo citados en el Génesis del Antiguo Testamento, fue adoptada en Roma en el siglo IV de nuestra era por Constantino I el Grande (285-337 d.C.).
Los nombres de los siete días de la semana estaban establecidos del modo siguiente: Dies Saturni (dedicado al dios Saturno); Dies Solis (dedicado al Sol);
Dies Lunae (dedicado a la Luna); Dies Martis (dedicado al dios Marte); Dies Mercurii (dedicado al dios Mercurio); Dies Jovis (dedicado a Júpiter, padre de los dioses del panteón romano); y Dies Veneris (dedicado a la diosa Venus).
Posteriormente se sustituyó el nombre de Dies Saturni por el de Sabbatum (sábado) y el de Dies Solis por el de Dominicus (domingo, día del Señor).
En la actualidad la única diferencia existente es que la semana la iniciamos el Domingo.
La Bula papal salió a la luz en el mes de febrero de 1582, en la cual se exponía, para lograr los 10 días de adelanto necesarios y además sin alterar el orden de los días de la semana, que en el mes de octubre de dicho año, el jueves día 4 fiesta de San Francisco de Asís fuera seguido por un día que se denominaría viernes 15 de dicho mes, suprimiendo con ello los 10 días sobrantes.
Así mismo, para evitar que en el futuro el exceso de 3,12 días previsto cada 4 años, se promulgaba que 3 de cada 4 años centenarios no fuesen bisiestos, para lo cual sólo serían bisiestos los años centenarios divisibles por 400. (Así los años 1700, 1800, y 1900 no fueron bisiestos y sí el año 2000).
En la actualidad utilizamos el Calendario Gregoriano, en el que se asume que el año consta de 365,2425 días solares medios (365 días, 5 horas, 49 minutos y 12 segundos) cifra muy próxima a la duración real del año trópico de 365,242199 días solares medios, aproximadamente 365,2422, por lo que el Calendario Gregoriano aporta un pequeño error que supone un exceso de 3 días cada 10.000 años (1), lo cual no presenta por el momento ningún problema.
Por otra parte quizá sería inútil procurar una mayor exactitud, ya que existen otros dos factores de variación, dependientes de los movimientos de la Tierra, tales como el movimiento de traslación alrededor del sol causante de que el año trópico no sea constante, y aunque disminuye muy poco cada año su acumulación alcanza unos 3 días cada 10.000 años, y el de rotación de la Tierra sobre su eje que se retrasa por la acción de las mareas, lo que supone otros 2 dos días cada 10.000 años.
En conjunto, la imperfección del calendarios y los movimientos terrestres contribuyen a anticipar la fecha del equinoccio en 8 días cada 10.000 años.
(1)365,2425=365+0,25-0,0075=365+1/4- 3/400
365,2422=365,025-0,0078=365+0,25-0,0075-0,0003=365+1/4-3/400-3/10.000
Teniendo en cuenta que en el Calendario Gregoriano se asumen los tres primeros términos del polinomio, el error por exceso es de 3 días cada 10.000 años.
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El año se inicia, con diversas particularidades, al final de la primera neomenia o luna nueva —que los judíos designan como Moled— después del equinoccio de otoño. Contiene 365 días, 5 horas, 55 minutos y 25 segundos, lo cual excede en 6 minutos y 40 segundos al año trópico (365d., 5h., 48m., 45s.).
La semana de 7 días tuvo en un principio carácter exclusivamente religioso, basada en el relato del Génesis del Antiguo Testamento en el que se narra que Dios creó el mundo en 6 días y el séptimo día descansó (Shabbath, sábado, “reposo”).
El día comienza a la caída del sol, y cuenta con 24 horas.
Conviene destacar el 7º mes del año hebreo, el mes de Nisan, en el cual el día 14 se realiza la Matanza del Cordero, y el sábado día 15 es la fecha de la Pascua Judía o Passah.
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Otros calendarios
Resúmenes
El calendario Judío
El primer calendario judío del que se tiene noticia data probablemente del siglo X a.C. en la época del rey Salomón. Se trataba de un calendario lunar de 12 meses dedicado especialmente a la previsión de las labores agrícolas.
Hoy día el calendario judío tiene carácter lunisolar, con meses lunares y años solares, basado en el calendario sumerio-babilónico del cual a su vez adoptaron los nombres de sus meses durante el cautiverio judío en Babilonia (587-538 a.C.), nombres que continúan utilizando en la actualidad. (Como se sabe, Nabucodonosor II conquistó Jerusalén en el año 587 a.C., llevando a los judíos desterrados a Babilonia, donde permanecieron hasta que fueron liberados por Ciro II el Grande de Persia, el cual tras la toma de Babilonia en el año 538 a.C. puso fin a la cautividad de los judíos permitiéndoles volver a Palestina).
El actual calendario judío se remonta al año 338 a.C. Su autor el rabí Samuel consideró el día 7 de octubre de 3.761 a.C. como la fecha en que tuvo lugar la Creación del Mundo (cuyo año es designado como “Anno Mundi”), y a partir de dicha fecha decidió el inicio del cómputo de los años de la Era Judía. (Este número de 3.761 es el que hay que añadir a nuestro año actual para conocer el año judío).
El calendario está basado en el ciclo metónico griego de 19 años y consta cada año de 12 meses lunares de 30 y 29 días alternativamente, a los que se añade un mes más de 29 días en los años 6º, 8º, 9º, 11º, 14º, 17º y 19º de dicho ciclo.
El calendario Islámico
El actual calendario islámico, utilizado de forma oficial por casi todos los países de mayoría musulmana, comienza en el año 622 d.C., año inicial de la Hégira —la era islámica— en el cual Mahoma se trasladó desde la Meca a Medina.
Aunque existen países de mayoría mahometana que usan a la vez el calendario islámico y el gregoriano, e incluso alguno de ellos como Turquía el calendario oficial es el gregoriano, la población musulmana utiliza en privado el calendario islámico.
Los años del calendario árabe constan de 12 meses lunares, alternativos de 30 y 29 días, con un total de 354 días anuales. No obstante, en un ciclo de 30 años, 11 de ellos contienen un día más, es decir 355 días. De todos modos, la duración de los años lunares islámicos no coinciden con la de nuestro año trópico.
Los nombres presentes de los meses datan del año 412 d.C., en el cual el tatarabuelo de Mahoma, Keláb, durante su reinado en Arabia sustituyó las denominaciones antiguas por las actuales.
Los meses se inician con la Luna Nueva.
Procede destacar el noveno mes del año, el mes Ramadán, mes del ayuno musulmán, en el que de acuerdo con el Corán sus fieles deben comenzar a ayunar tras haber visto a ojo desnudo la Luna Nueva.
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De gran consideración, pero celebradas en fechas fijas del Calendario Gregoriano, son las siguientes: Navidad, 25 de diciembre; Epifanía o Adoración de los Reyes Magos, 6 de enero; La Asunción de la Virgen, 15 de agosto; y la Inmaculada Concepción de la Virgen, 8 de diciembre.
Constituyen también fechas señaladas, todas ellas en datas determinadas, varias dedicadas a la Virgen María, a San José, a los Apóstoles, y a diversos mártires y otros santos.
Épocas destacadas del Calendario Eclesiástico son: el Adviento, que incluye los cuatro domingos anteriores al día de Navidad, y con el primero de los cuales se inicia el año litúrgico; y la Cuaresma, período de 46 días que comienza el Miércoles de Ceniza y cuyos días finales son los de la Semana Santa.
El calendario Republicano Francés
El calendario Republicano francés fue adoptado por la Convención Nacional francesa en el mes de octubre de 1793, la cual decidió además que el calendario tuviera su origen en el pasado día 22 de septiembre de 1792, fecha de la proclamación de la República coincidente a su vez con el día del equinoccio de otoño del tiempo medio de París. En el futuro los años comenzarían siempre en la mencionada fecha de nuestro 22 de septiembre, y se designarían con las letras de la numeración romana.
Cada año constaba de 365 días, divididos en 12 meses de 30 días, a los que se añadían 5 días festivos en los años no bisiestos, que se incluían entre el 17 y el 22 de septiembre, sumándose un día más en los años bisiestos dedicado a la Fiesta de la Revolución.
El calendario Eclesiástico
La fecha principal del Calendario Eclesiástico es la de la Pascua de Resurrección, la cual desde el principio del cristianismo se viene celebrando en domingo —día del Señor. En dicho día culmina la semana anterior —la Semana Santa— durante la cual el Jueves Santo recuerda la Última Cena en la que se instituyó la Eucaristía, y el Viernes Santo conmemora la Crucifixión de Jesucristo ocurrida el día previo al sábado día 15 del mes de Nisan judío, data principal de la Pascua judía.
La fecha del Domingo de Resurrección varía en nuestro calendario.
Teniendo en cuenta las estipulaciones del Concilio de Nicea (año 325 d.C.), puede expresarse de forma resumida que la Pascua de Resurrección o Pascua Florida debe tener lugar en el primer domingo después de la primera Luna llena posterior al equinoccio de primavera, y su fecha no puede ser anterior al 22 de marzo ni posterior al 25 de abril.
Otros domingos movibles importantes de la liturgia católica son el Domingo de Pentecostés —Festividad de la Venida del Espíritu Santo— el cual debe acaecer el quincuagésimo día después del Domingo de Resurrección, es decir el 7º domingo posterior; y el Domingo de Ramos, domingo anterior al de la Pascua Florida.
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Los meses se fraccionaban en tres períodos de 10 días, siendo festivo el último día de cada década. Los días estaban fragmentados en 10 horas, cada hora en 10 minutos, y cada minuto en 10 segundos. Sin embargo, esta división decimal de los meses, días, horas y minutos no tuvo buena aceptación, cayendo pronto en desuso y restituyéndose la utilización de la semana de 7 días y el cómputo sexagesimal de las horas, minutos y segundos.
Los nombres de los meses y sus duraciones respectivas —se incluyen estos períodos de acuerdo con el Calendario Gregoriano— fueron los siguientes:
Vendimiario (mes de la vendimia, del 22, 23 ó 24 de septiembre al 22 ó 23 de octubre); Brumario (mes de las brumas, del 22, 23 ó 24 de octubre al 20, 21 ó 22 de noviembre); Frimario (mes del frío, del 21, 22 ó 23 de noviembre al 20, 21 ó 22 de diciembre); Nivoso (mes de las nieves, del 21, 22 ó 23 de diciembre al 19, 20 ó 21 de enero); Pluvioso (mes de las lluvias, del 20, 21 ó 22 de enero al 18, 19 ó 20 de febrero); Ventoso (mes de los vientos, del 19, 20 ó 21 de febrero al 20 ó 21 de marzo); Germinal (mes de la germinación, del 21 ó 22 de marzo al 19 ó 20 de abril); Floreal (mes de las flores, del 20 ó 21 de abril al 19 ó 20 de mayo); Pradial (mes de los prados, del 20 ó 21 de mayo al 18 ó 19 de junio); Mesidor (mes de la cosecha, del 19 ó 20 de junio al 18 ó 19 de julio); Termidor (mes del calor, del 19 ó 20 de julio al 17 ó 18 de agosto); Fructidor (mes de los frutos, del 18 ó 19 de agosto al 16 ó 17 de septiembre).
Como se ha indicado, el año comenzaba al principio de otoño con el primer día del mes Vendimiario, iniciándose el invierno con el mes Nivoso, la primavera con el mes Germinal y el verano con el mes Mesidor.
El problema principal del Calendario Republicano radicaba en haberse establecido de acuerdo con la climatología y consiguiente fitología francesa, y por tanto, aunque apropiado para uso interno, de difícil aplicación con carácter universal.
Quizá por ello, en el año 1805, durante el imperio de Napoleón Bonaparte, el Calendario Republicano fue abandonado, volviéndose a utilizar a partir del 1 de enero de 1806 el Calendario Gregoriano.
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El año comenzaba con el solsticio de invierno; cuando la sombra del gnomon —el estilete del reloj de sol, que también da nombre al propio reloj—
dejaba de aumentar al paso del sol por el meridiano de la zona.
Los mayas discernían las cuatro estaciones anuales y conocían los puntos equinocciales y los solsticios.
El mes de 20 días, según parece, estaba fraccionado en 4 períodos de 5 días. El día contaba con 16 lapsos de tiempo, siendo los 8 primeros los comprendidos entre el orto y el ocaso del Sol.
Aunque, en general, los elementos básicos del Calendario Maya no estaban relacionados con la astronomía, los mayas poseían importantes conocimientos astronómicos. Se considera que conocían la duración de las revoluciones alrededor del Sol de los planetas Venus y Marte. Sabían la hora de la aparición de las Pléyades —grupo de estrellas de la constelación Tauro— en diversos días, hora que formaba parte de los ritos religiosos. Y en el Código Dresde citado, se incluyen unas tablas donde se reseñan posibles intervalos de eclipses de Sol y de la Luna, así como la correlación de 5 revoluciones del planeta Venus alrededor del Sol con 8 años de 365 días.
El calendario Maya
El Calendario Maya primitivo se reglaba, al parecer, por las fases de la Luna. Posteriormente los mayas establecieron un calendario solar con un año de 365 días.
Los 365 días del año se distribuían en 18 meses de 20 días cada uno, con un total del 360 días, y 5 últimos días que eran considerados de presagio funesto. En el año 249 a.C. los sacerdotes y astrónomos mayas decidieron la introducción de 1 día cada cuatro años, día que incluían al final de los 5 últimos días citados y que designaban como el 5º repetido. Por tanto, la cronología de América era análoga a la del Calendario Gregoriano.
Al mismo tiempo, 364 de los días del año estaban agrupados en 28 semanas de 13 días cada una y el año siguiente se iniciaba en el día 365. No obstante, el transcurso del tiempo de meses y semanas se contabilizaba de modo independiente.
Como expresa la Enciclopedia Británica, la estructura básica del Calendario Maya se fundamentaba en un Ciclo Ritual de 260 días —cifra múltiplo de los 20 llamados días de los meses y los 13 de las semanas— y un año de 365 días. Los ciclos rituales discurrían a la vez de un largo ciclo denominado Calendario Redondo de 18.980 días, es decir, de 52 años de 365 días, al final de los cuales un día concreto ocurría en la misma fecha del año.
“El Ciclo Ritual se utilizaba principalmente como sistema de adivinación.
Ciertos pasajes del Código Dresde, uno de los tres manuscritos mayas que se conservan, muestran varios Ciclos Rituales divididos en cuatro partes de 65 días (13x5) o en cinco partes de 52 días (13x4). Dichas partes están subdivididas en series de intervalos irregulares, cada uno de los cuales está acompañado de jeroglíficos y de una ilustración representativa de una deidad.
Aparentemente, los jeroglíficos comunicaban pronósticos, pero no se sabe cómo determinaban los mayas dichos vaticinios.”
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El calendario Perpetuo
El Calendario Perpetuo que consideramos a continuación consiste en una tabla que permite conocer el nombre del día de la semana de una fecha determinada del Calendario Gregoriano, comprendida entre los siglos I y XXIV de nuestra era.
El Calendario Gregoriano presenta varias desigualdades. Entre otras podemos citar la división del año en meses de distinta duración, meses que incluyen diferentes números de días y un número no entero de semanas, el cambio del nombre del día de la semana en un día de un mes concreto en años diversos, y la variante cuantía de domingos en el transcurso de los años.
Como es claro, una fecha se compone de los datos siguientes: el siglo, el año, el mes, el día del mes y el nombre del día de la semana. Conociendo cuatro de dichos datos puede con relativa facilidad conocerse el quinto.
Para ello se han establecido diferentes tablas sobre el tema.