PROTECCIÓN DE LOS PACIENTES CONTRA LOS EXCESOS Y DAÑOS DE LAS ACTIVIDADES PREVENTIVAS
Para citación: Gérvas J, Pérez Fernández M. Protección de los pacientes contra los excesos y daños de las actividades preventivas. En: Tratado de Medicina de Familia e Comunidade. SBMFC. Sao Paulo. 2012 [en prensa]
Juan Gérvas (1) y Mercedes Pérez Fernández (2)
1. Médico general. Doctor en Medicina. Equipo CESCA, Madrid España. Profesor Invitado, Departamento de Salud Internacional, Escuela Nacional de Sanidad, Madrid, España.
2. Médico general. Especialista en Medicina Interna. Equipo CESCA. Madrid España.
Puntos clave
• Las actividades sanitarias curativas conllevan ventajas e inconvenientes. Las actividades sanitarias preventivas también pueden hacer daño. Especialmente dañinas son las actividades sanitarias innecesarias.
• Para mantener la confianza en los médicos de la población y de los pacientes es esencial identificar los daños potenciales de nuestras actividades y tratar de evitarlos.
• Prevenir tiene una aureola positiva excesiva. La prevención puede ser peligrosa cuando es innecesaria, o cuando produce más daños de los que evita.
• El contrato social de los médicos se ha referido siempre a la curación, y a este respecto es el paciente quien urge la acción, incluso con riesgos, en la esperanza de mejoría o resolución. El contrato social que se refiere a la prevención exige del médico la certeza de los beneficios y el fundamento científico más sólido para evitar daños.
prevención clínica, lo que daña a toda la sociedad pues estas respuestas suelen ser más eficientes y equitativas para los problemas de salud de la población.
• Conviene ver a la prevención con precaución.
Introducción
Los médicos somos humanos y nuestra actividad es humana; es decir, imperfecta. Los médicos no somos dioses. Los médicos carecemos de la varita mágica de los magos. Los médicos somos “sanadores”, científicos sociales con la palabra en el centro de una acción que gira en torno a la escucha y al consejo/realización de actividades preventivas y curativas, diagnósticas y terapéuticas. “Toda actividad sanitaria puede producir daños”. Esta afirmación suena a exageración, pero es absolutamente cierta. En Medicina, no hay recomendación, ni consejo, ni práctica, ni examen, ni estudio, ni tratamiento sin inconvenientes. Siempre pueden producir daños, y a veces beneficios, la actividad curativa y la actividad preventiva. Esta constatación no es nihilista, sino simplemente empirista. No somos omnipotentes, por mucha voluntad y ciencia con que ejerzamos.
Podríamos ignorar los efectos adversos de nuestras intervenciones, pero si no reconocemos los daños que provocamos podemos terminar perdiendo la confianza del paciente, que es la mitad del poder de la actividad del médico.
En realidad, lo sabemos, no somos ni tan poderosos ni tan eficaces, y entre lo que hacemos y podríamos hacer hay un abismo. Un abismo, no una simple brecha o hiato. Un abismo en actividades curativas y un abismo mayor en las actividades preventivas, pues en estas es mayor la obligación de ofrecer sólo lo que tiene enorme fundamento científico y la certeza de un balance positivo entre beneficios y daños.
Además de no “rendir” todo lo que debiéramos, las actividades médicas se han convertido en más peligrosas, en parte por atribuirles sólo beneficios. Algunas actividades sanitarias producen más beneficios que daños, y esas son las actividades que “valen la pena”. Pero cada vez es más difícil lograr un justo equilibrio, el limitarnos a lo que “vale la pena”. Todo se complica por los avances científicos, el aumento de las expectativas sociales y la medicalización que busca poder, influencia y dinero. Progresivamente, las intervenciones médicas son más precoces, más variadas y más agresivas. Esta precocidad,variedad y agresividad (“intensidad de la práctica clínica”) está en el fondo del aumento del coste de la atención sanitaria. El coste sanitario aumenta por el aumento de la intensidad de práctica clínica, no por el envejecimiento ni por el aumento de la prevalencia de las enfermedades crónicas. Aumenta el coste y aumentan los daños potenciales.
Nada hay como evitar la enfermedad. Nada como prevenir. Dicen que es mejor prevenir que curar. Pero eso es cierto sólo cuando el remedio no hace más daño que la enfermedad. Es decir, prevenir es mejor que curar cuando la intervención preventiva produce más beneficios que la intervención terapéutica. A veces la prevención es peligrosa, y hay que decir: “¿prevención? ¡precaución!”. La prevención innecesaria puede provocar más daños de los que evita.
De todo ello trataremos en este texto, orientado a valorar la prevención en todos sus aspectos, especialmente en lo que se refiere al daño que provoca (en general y en algunos casos concretos). Ante los daños de la prevención no cabe mejor seguridad que tener un médico prudente, sabio y humano. Prudente en la selección de actividades preventivas de valor probado, sabio en la capacidad de medición de beneficios y daños en el paciente en su contexto, y humano para entender y aceptar las creencias, expectativas y temores de cada paciente.
Dos casos clínicos
servicios sanitarios, pero no tiene argumentos para expresarse apropiadamente. Felizmente, consulta el Tratado de Medicina de Familia y de la Comunidad, de la Sociedad Brasileña de Medicina de Familia y la Comunidad y encuentra un capítulo sobre “Protección de los pacientes contra los excesos y daños de actividades preventivas”. Armada con los argumentos de dicho capítulo, debate la cuestión en una sesión del curso. Para su sorpresa no logra convencer a los asistentes.
2. Asiste a la consulta una anciana, preocupada con su colesterol pues ha visto un programa de la televisión donde dicen que “el colesterol mata”. Su médico general intenta y logra convencerla de que su problema es la insuficiencia cardíaca que padece, y de que el colesterol es un componente esencial de los seres vivos,
El contrato social del médico: de la curación a la prevención
La sociedad concede a los médicos un estatuto de alto nivel. Lo demuestra con la remuneración que nos atribuye y sobre todo con el prestigio que nos reconoce. La sociedad da el monopolio de la atención sanitaria formal a los médicos como profesionales que se autorregulan. Ese reconocimiento tiene sentido si los médicos cumplen “su parte”. Es decir, si actúan de agentes de los pacientes, si son capaces de tomar las decisiones que el propio paciente tomaría si tuviese el conocimiento que tiene el médico. Esta relación de agencia justifica que el paciente confíe en el médico y en sus respuestas, de forma que la decisión final incluye las preferencias del paciente junto al conocimiento científico del médico.
antes del desarrollo de la Cirugía y de la Anestesia y por ello la sociedad sigue siendo tolerante ante las “apendicectomías blancas”, aquellas en que se interviene y después se demuestra el error (un apéndice cecal normal). Por ejemplo, en un niño con neumonía el tratamiento con antibióticos puede tener algunos inconvenientes, pero la sociedad es tolerante dado el beneficio esperable. La respuesta a la enfermedad legitima el quehacer médico.
El alivio del dolor y del sufrimiento establece un contrato social con el médico en que se “toleran” grandes dosis de incertidumbre y grandes daños, en la esperanza de un alivio y/o curación. Por ejemplo, la tolerancia ante el complejo tratamiento del paciente con insuficiencia cardíaca, que implica el uso de medicamentos potencialmente peligrosos como betabloqueantes y diuréticos. En otro ejemplo, la tolerancia ante la intervención quirúrgica para reparar una tetralogia de Fallot. La situación llega a su extremo con el “uso compasivo” de algunos medicamentos, que no estando indicados son el último y experimental recurso para lograr intervenir y mejorar al paciente.
En la prevención el contrato social es otro. En la prevención se suele actuar sobre personas sanas y el hacer daño es casi intolerable. Por ejemplo, resulta intolerable para la sociedad que una vacuna cause daños a los niños sanos. De ahí la enorme susceptibilidad ante la menor sospecha, por más irracional que sea, tipo relación causal entre vacuna triple vírica y autismo. Es lógico, pues en el contrato social preventivo se da por supuesto que el fundamento científico es innegable, y que, frente a los beneficios, los daños son infinitamente improbables. Es decir, la prevención tiene que tener sólida base empírica de beneficios ciertos y de casi ausencia de daños.
Por doloroso que sea la sociedad admite que la prevención no puede dejar de producir daños. Las actividades preventivas tienen una larga historia, sobre todo en relación con las infecciones, que van desde las cuarentenas para las plagas tipo cólera y viruela al aislamiento para la lepra, pasando por la abstinencia de carne de cerdo por la triquinosis. La prevención siempre tiene costes, siempre puede producir daños. La sociedad lo tolera pero requiere información clara y fundada, y que la probabilidad sea minúscula. Por ejemplo, la vacuna de la poliomielitis puede producir cuadros de parálisis postvacunal, pero con una frecuencia casi despreciable, de un caso por tres millones de dosis administradas. La sociedad pide que se comparta esta información, pues cuando se hace creer que las vacunas sólo tienen beneficios, los daños claman al cielo y obtienen un potente eco que lleva a actitudes irracionales antivacunas.
preventivas se realizan sobre sanos (o aparentemente sanos). Es lógico “enfermar un poco para no enfermar gravemente, para no morir luego”, como se le decía a la población durante las primeras campañas de vacunación antivariólica a comienzos del siglo XIX. Dicha frase resume bien el problema de las actividades preventivas pues conllevan inconvenientes presentes para evitar males futuros. El inconveniente es indudable, el beneficio dudoso.
Los médicos somos formados con un modelo profesional de contrato curativo, que ha pasado a preventivo sin demasiado debate acerca de los problemas éticos y morales que conlleva tal transformación. Las actividades preventivas son parte de la práctica diaria del médico general. Es imprescindible la reflexión sobre su impacto en el contrato social.
El médico general puede proteger a sus pacientes si ejerce con calidad científica, humana y ética, de forma que no confunde en su práctica clínica el contrato social curativo con el contrato social preventivo. Para ello, nada como limitar las ofertas preventivas a las pocas actividades que cuentan con sólido fundamento y ponerlas en práctica teniendo en cuenta el contexto de la situación y las características personales de cada paciente.
Los daños generales de la prevención
Los beneficios de la prevención son indudables. Entre ellos hay algunos espectaculares, como lograr la desaparición de una enfermedad infecciosa terrible, la viruela. La viruela fue azote de la Humanidad, con consecuencias tremendas no sólo en muertos pues también producía ceguera y otras lesiones permanentes (deformaciones estéticas faciales terribles, entre otras). Gracias a la vacuna, y a que su reservorio es exclusivamente humano, la última persona en el mundo que padeció la enfermedad (y sobrevivió) fue un cocinero del hospital de Merca Town, en Somalia, en octubre de 1977. La vacuna contra la viruela tiene efectos adversos graves, como se demostró de nuevo al vacunar a los soldados estadounidense que fueron a la guerra de Irak en 2003. Desde patología cardíaca a muerte; por ejemplo, la encefalitis postavacunación se da en tres casos por cada millón de vacunados.
De hecho, lo peor no son los efectos adversos de las vacunas, casi inevitables con cualquier medicamento/intervención médica, sino los daños generales que pocas veces se debaten. Son asuntos que requieren consideraciones científicas y clínicas, pero también éticas, económicas, filosóficas y morales. Examinaremos a continuación algunos daños “generales” de la prevención.
1. La creencia en la vida eterna terrenal (mística de la “juventud eterna”)
similares en otros campos y actividades preventivas. La soberbia preventiva, mezclada con avances científicos magnificados, ha llevado a más de un médico a hablar de una vida sin límites y sin enfermedades, a prometer el cumplimiento del mito de “la juventud eterna”, que ya consta en el primer poema conservado, el de Gilgamesh, rey sumerio de hace cinco mil años. Estas increíbles declaraciones no se dan en las revistas científicas, pero sí en periódicos y revistas populares, por científicos y médicos atrevidos ¿e ignorantes?. La población empieza a creer que toda muerte es evitable, que “no hay derecho a morir”. Los pacientes de clase media y alta son especialmente exigentes ante el menor problema que altera sus vidas, no digamos la muerte. Dicen irritados: “Pero, ¿es que ésto no se puede prevenir?”.
Las promesas imposibles de la prevención encuentran el terreno abonado en una población que realmente vive en una sociedad triunfal respecto a la salud, en que por comparación con épocas previas la salud es “otra cosa”, una fuente que inunda todos los cuerpos. No es extraño que la población llegue a creer en el triunfo sobre la muerte.
“Todo nacido muere”, reza la Ley de Hierro de la Epidemiología. Y es bien cierto hasta ahora, pues nadie sobrevive eternamente y todos morimos. De hecho, es soberbia la creencia de muchos médicos de que “salvamos vidas”. Por ejemplo, es increíble hablar de “resucitación” cardiopulmonar, como si fuéramos capaces de resucitar a nadie, pues no es cierto que un Cristo redivivo se encarne en los médicos que reaniman a un paciente para lograr el milagro de resucitarlo, como a Lázaro. En realidad nunca salvamos una vida, sino que simplemente la prolongamos. No es lo mismo prolongar vidas que salvar vidas, pues cuando “prolongamos” vidas se vuelve fundamental la calidad de la vida que sigue a continuación de la acción, y el coste “a pagar” por seguir viviendo. Por ejemplo, ¿qué sentido tiene el vacunar a niños que morirán al poco tiempo de hambre?
El médico de familia puede proteger a sus pacientes acerca de las expectativas irreales tipo “juventud eterna” si ejerce con doble ética, de la negativa y de la ignorancia. Ética de la negativa para negar con amabilidad, conocimiento y empatía la prevención que ofrece beneficios dudosos. Y ética de la ignorancia para compartir con los pacientes los límites de la Medicina, de forma que no se espere más de lo que se puede conseguir con los conocimientos y técnicas del momento (que es mucho).
2. El cambio en la causa de la muerte
malnutrido al que se vacuna contra el sarampión terminará muriendo de hambre, pero ciertamente no por consecuencia del sarampión. En el otro ejemplo, tras la reanimación cardiopulmonar el paciente puede quedar en como profundo y morir al cabo de meses/años por una neumonía hospitalaria; en este ejemplo evitamos la muerte por fibrilación ventricular pero el paciente terminará muriendo de cualquier otra cosa, sin duda. A los pacientes les asombra saber que cada día mueren personas por miles, y que en mundo es “normal” que mueran al cabo del año muchos millones; la cifra es menor, si tenemos en cuenta que hay seis mil millones de habitantes en la Tierra. Hagamos lo que hagamos, siempre habrá muertos que “dejarán su sitio” a las generaciones venideras.
La cuestión práctica y filosófica es si esa información llega al paciente y si se le permite la libre elección cuando se le ofrece la pauta preventiva. No es una cuestión retórica. Por ejemplo, en los ancianos la prevención no suele cambiar la fecha de la muerte, pero sí la causa de la misma. Es decir, en un caso real, el tratamiento con estatinas evitará un nuevo infarto que podría causar la muerte y con ello se da tiempo a desarrollar una demencia por Alzheimer que llevará a la muerte por sus complicaciones. Es lógico, pues, que si evitamos muertes por causas prevenibles aumentarán las muertes por causas no prevenibles (¡y, por supuesto, no podemos evitar ni todas las causas de muerte, ni todas las causas de enfermedad!).
Habría que determinar en cada anciano sus probabilidades de muerte, sus expectativas al respecto y logra un acuerdo de intervención que cumpla con los deseos del paciente y las posibilidades sanitarias. Este tipo de consentimiento informado no es imposible, excepto si los médicos ignoran cuestiones básicas y creen que siempre “es mejor prevenir que curar”.
por infarto de miocardio mueren dementes. ¿Vale la pena? La cuestión no es retórica, como hemos dicho, sino filosófica y profunda. No basta conque una cosa se pueda hacer para que se justifique su implantación; sobre todo, conviene que la sociedad sea consciente de las implicaciones a largo plazo de muchas actividades preventivas. Una de ellas es el cambio de la causa de muerte.
El médico general puede proteger a sus pacientes frente al rechazo de la muerte ayudando a dar sentido a la vida de los mismos. También con cuidados paliativos de calidad (larga mano en el uso de la morfina y derivados, por ejemplo). Por supuesto, aceptando el mismo médico su muerte y no rechazando hablar de estas cuestiones, que no son tabú.
3. La pornoprevención
Cuesta entender que ni siquiera contemos con una vacuna eficaz contra la gripe. La efectividad de dicha vacuna es menor del 5% cuando se descuentan los sesgos de selección (son más sanos, cultos y ricos los que se vacunan contra la gripe, y eso distorsiona su eficacia). Lamentablemente, además, en el caso concreto de la vacuna contra la gripe carecemos de ensayos clínicos que justifiquen su utilización.
La población y los pacientes (y muchos médicos) aspiran a una protección total, a la prevención que evite todo mal, desde la gripe al disgusto que da cuando se estropea la lavadora automática. Es la pornoprevención. Las expectativas sociales de una juventud eterna conllevan la aspiración a evitar todo sufrimiento, cualquier inconveniente y hasta el menor problema de salud. Por supuesto, se pretende no envejecer, y la cirugía plástica ayuda a lograr en parte dicha ficción con el “arreglo” de lo que es más visible, la cara, los labios, los pechos, las nalgas...¡y hasta lo poco visible, como el “rejuvenecimiento de la vagina”! Inexorablemente, el tiempo pasa y llegan las enfermedades y la muerte, por más que la cirugía plástica logre que algunos vivan como momias vivas.
pública y hasta los médicos hablan del “derecho a la salud” están envenenando a la población, creando expectativas imposibles y generando pornoprevención.
Buen ejemplo de pornoprevención es el deseo de evitar todo cáncer de mama, y la confianza sin sentido en las campañas de cribado, de detección precoz con mamografía. A pesar de la escasa eficacia de dichas campañas de continuo se ofrece bajar y bajar más la edad para participar en ellas. Hay que prevenir todo, hay que evitar toda causa de muerte, desde el cáncer a la enfermedad cardiovascular, los accidentes y las demencias, las infecciones y la EPOC (enfermedad obstructiva crónica), y hasta los suicidios. Esta pornoprevención lleva a perder el sentido clínico y de salud pública y a dejar de poner los límites lógicos a la prevención. Los médicos terminamos ofreciendo prevención sin límites y dejamos de ser “sanadores” para ser curanderos, y al ofrecer milagros nos transformamos en magos (con varita mágica “preventiva”) y en medio se desarrolla todo un campo de negocio que termina por convertir a los médicos en comerciantes.
La pornoprevención es el deseo irracional de lograr evitar todo mal. La población que cree en la pornoprevención exige imposibles. Los profesionales que pretenden cumplir esos imposibles se transforman en comerciantes y dejan de ser sanadores. La sociedad sufre el daño consiguiente, por despilfarro de recursos, por frustración de la población y de los profesionales antes expectativas vanas y por médicos que dejan su sagrada tarea de sanadores para convertirse en simples mercaderes.
El médico de familia puede proteger a sus pacientes frente a la pornoprevención formándose una idea cabal de las limitaciones y posibilidades de cada actividad preventiva, sea ya “clásica”, sea propuesta de introducción. El médico general debería compartir con sus pacientes las limitaciones de la prevención, así como los daños que causa cuando es innecesaria o inapropiada.
4. La medicalización de la sociedad
Cuando se es consciente de la finitud de la vida y de la omnipresencia de la enfermedad, del dolor y del sufrimiento lo importante es convivir con estos males y disfrutar de la vida en lo que se pueda, que suele ser mucho.
Cuando se cree que la vida no es finita y que toda enfermedad e inconveniente es evitable se llega a los excesos de la prevención, al deseo de la eterna juventud y a la pornoprevención. Ello genera una visión que transforma cualquier problema de la vida en un problema médico. Puesto que los médicos se convierten en curanderos y magos es lógico que se les pida la solución para todo inconveniente. El campo médico se amplia sin límites, como reflejo de la prevención sin límites. El médico pasa a ser la figura central de una sociedad que tiene por diosa a la juventud y por religión la prevención.
El deseo social de eterna juventud se transforma en demandas insaciables a los médicos y al sistema sanitario. Todo se medicaliza, todo es tributario de atención médica. Todo requiere intervenciones bien preventivas, bien curativas. Por ejemplo, ya no hay un niño inquieto, sino un niño con “trastorno por déficit de atención con hiperactividad”; situación que, por supuesto, se puede prevenir y tratar y que genera todo un nuevo campo de negocio. Tampoco hay niños tranquilos, sino depresivos. Y, por supuesto, las molestias de la menstruación se previenen eliminando de raíz tal “inconveniente” pues se responde afirmativamente a la pregunta: “¿Es obsoleto menstruar?”. El embarazo normal se transforma en una enfermedad donde todo se previene, por más que, por ejemplo, las ecografías sean absolutamente inútiles y los suplementos con iodo peligrosos salvo en lugares con grave déficit. Con ello el “estado de buena esperanza”, la vivencia alegre del embarazo, se transforma muchas veces en un rosario de resultados innecesariamente “amenazantes” (una glucemia un poco alta, una cabeza del niño un poco grande, y demás) que atormentan a la mujer durante nueve meses.
La medicalización de la sociedad da un nuevo poder a los médicos, y en general dicho poder no lo empleamos adecuadamente. Nos transformamos en “guardianes de la salud” y dictaminamos sobre cualquier asunto de la vida. La arrogancia preventiva cuenta con los expertos para sostener lo que no resiste el mínimo análisis científico. Por ejemplo, las propuestas de números de horas y del horario más conveniente para tomar el sol en la playa; o los minutos diarios convenientes de ejercicio físico sano; o las ventajas de los ácidos omegas y de los alimentos “bio”. En todo hay un experto que recomienda seriamente: “prevención, ¡mucha prevención!”. Por supuesto, como buenos sacerdotes de la pornoprevención tienen amenazas para quienes no cumplen las normas, y el cielo cae en forma de enfermedad sobre los “desobedientes y críticos”; en los ejemplos anteriores, melanoma o el infarto de miocardio. Cuando sucede, cuando el evento indeseable llega, no se pregunta lo bíblico (“¿quién pecó, él o su padre?”) sino lo que conviene al siglo XXI: “¿se cuidaba?, ¿seguía las recomendaciones médicas?”.
democracia, la mejor distribución de la renta, la educación, la mejor vivienda, el tener trabajo, la mejor alimentación y el desarrollo de sistemas de depuración/suministro de agua con los consiguientes redes de alcantarillado. Pero la Medicina se atribuye todos los méritos, y la sociedad cree a los médicos. La sociedad se medicaliza y en los médicos busca el remedio a todos los males. El médico general puede proteger a sus pacientes contra la medicalización a través de una práctica clínica que se centre en el enfermar y deje la prevención para aquellos escasos campos en que es efectiva (que, además, en muchos casos puede ser delegada a la enfermería y/o auxiliares). Conviene ignorar la “tiranía del diagnóstico” y la búsqueda heroica de una etiqueta para cada alteración/problema de salud. La escucha terapéutica y el consejo breve ayudan a sugerir la normalidad, la paz y la felicidad personal y familiar como mejor respuesta a muchas de las cuestiones que se plantean en la consulta. Reconocer ante los pacientes que no somos dioses es eficaz, por más que muchas veces parezca innecesario.
5. Insatisfacción de la población con la salud, y fracaso clínico de los médicos
La Humanidad vive probablemente su mejor momento histórico de salud. Es cierto que el hambre sigue haciendo estragos, pero nunca había habido tanta salud en tantas poblaciones. Las expectativas de vida al nacer son increíbles y la mortalidad materna (e infantil) desciende casi a límites imposibles. Mucho de ello se debe a cuestiones ajenas a la actividad de los sistemas sanitarios pero estos también han contribuido, como hemos visto a propósito de las vacunas, la cirugía, los medicamentos y demás. Sin embargo, como era esperable, la mortalidad absoluta no declina (muere todo el que nace) y los beneficios sanitarios en los países desarrollados parecen haber llegado a un plateau o meseta de forma que los resultados en salud no mejoran, lo hacen escasamente (rendimiento marginal) o incluso empeoran (y, por ello, “menos es mejor”).
En la práctica se produce “la paradoja de la salud” pues poblaciones con gran salud se sienten y comportan como enfermas, cada vez más pendientes de las intervenciones médicas, preventivas y curativas (en otro círculo que se retroalimenta, de medicalización creciente). Las poblaciones buscan refugio en la religión de la prevención y se acogen a la protección de la diosa juventud. Sufrimos “por falta de salud”, en vez de utilizar los logros sanitarios para el desarrollo de una vida plena y de convivencia con el sufrimiento que “toque”. El objetivo moderno parece ser tener salud sin considerar el coste de conseguirla, como un fin en sí mismo, no como una oportunidad para el disfrute de las posibilidades que nos ofrece la vida. De ahí la paradoja de la salud, y que a mayor salud haya más miedo a su pérdida, mayores restricciones vitales, más actividades médicas, y mayor sensación subjetiva de enfermedad. Las sociedades de los países desarrolladas parecen más infelices, más insatisfechas con su salud y más enfermas que las de países en desarrollo, por más que sean muy distintas las expectativas de vida y las causas de muerte.
Los médicos somos espejos y motores de tales insatisfacción y paradoja. Por ello respondemos con mayor intensidad de atención (actividades más precoces, variadas y potentes) hasta llegar a ser peligrosos. De ahí el logo de la serie “menos es mejor” en la revista Archives of Internal Medicine (años 2010 y 2011). Al aumento de actividad no sucede sino una mejora casi imperceptible de la salud, o incluso la ausencia de mejora, o el empeoramiento. Por ejemplo, frente al cáncer de próstata con toda sus intervenciones preventivas, desde el tacto rectal a la determinación del PSA, la ecografía y la punción biópsica. No disminuye la mortalidad por cáncer de próstata sino aumentan el sobrediagnóstico y las intervenciones quirúrgicas, con sus corolarios de muertes, impotencia, incontinencia e infecciones.
Otro campo fértil es el de la prevención cardiovascular, ya con cientos de factores de riesgo, en cuyo imposible control se puede hacer mucho daño. Sirva de ejemplo la norma impuesta en el Estado de Texas (EEUU), donde todas las compañías aseguradoras deben ofrecer una TAC helicoidal cada cinco años para estudiar las calcificaciones en las coronarias, y actuar en consecuencia. Esta pauta preventiva carece de fundamento científico y además de su falta de beneficio y el despilfarro económico consiguiente, se calcula que producirá 200 cánceres y 200.000 falsos positivos (que habrá que aclarar con procedimientos a veces muy agresivos, como coronariografía).
Finalmente, la tarea se vuelve titánica con una población que todo lo fía de los médicos, lo que genera una actividad y un coste crecientes con un rendimiento marginal o negativo, consultas a rebosar, las urgencias al límite, el sistema sanitario sobrecargado de cuestiones y problemas menores, quejas y reclamaciones, y frustración de los propios médicos.
impotencia de los médicos ante la demanda incesante, que mantiene y acrecientan los factores señalados (expectativas irreales como juventud eterna, pornoprevención, medicalización y el negocio de los mercaderes que utilizan el sistema sanitario, la población y los profesionales como combustible para sus negocios).
El médico de familia puede proteger a sus pacientes frente a la paradoja de la salud no generando expectativas excesivas. También hay que señalar a los enfermos las capacidades restantes para el disfrute de la vida que deja toda enfermedad, incluso en situaciones límite (¡se puede morir saludablemente...!). Las quejas y consultas de los pacientes merecen siempre respeto y atención, pero conviene hacer evidente su impacto en las actividades de la vida diaria señalando los aspectos positivos, para que el paciente siempre tenga una esperanza. Por otra parte, el propio médico puede combatir la frustración ante crecientes consultas menores aceptando su existencia, controlando el tiempo a ellas dedicadas y centrando su atención en lo complicado, grave e importante (biológico, físico y/o social). Conviene la delegación de tareas rutinarias, como muchas de las ligadas a la prevención.
6. Transferencia de recursos, de salud pública a la clínica, y de pobres, viejos y enfermos a ricos, jóvenes y sanos
La prevención fue en sus comienzos una actividad de salud pública, una actividad que se refería a las poblaciones. Por ejemplo, el aporte de agua potable o la vacunación contra la viruela. Para los médicos quedaban los pacientes a los que había que ofrecer una práctica clínica de calidad, que siempre incluía alguna actividad preventiva con fundamento científico, como el consejo contra el tabaco. Este reparto de papeles dividía al sector sanitario en campos relativamente claros, uno de salud pública (poblaciones) y otro de salud curativa (pacientes). Los salubristas eran médicos dedicados a la salud de las poblaciones y los médicos clínicos se dedicaban a los pacientes. Ambos tenían en común algún nexo, como las vacunas que a veces aplicaban los médicos clínicos.
La prevención en su amplio sentido llega a incluir toda la actividad sanitaria pues el objetivo último es restaurar la salud. Pero a efectos prácticos se suele distinguir entre prevención primaria (evita la ocurrencia de la enfermedad, como el tétanos con la vacunación apropiada), prevención secundaria (lleva al diagnóstico precoz de la enfermedad, antes de los signos/síntomas) y prevención terciaria (ayuda a la reincorporación a la vida habitual tras la enfermedad). Se define también la prevención cuaternaria, el viejo primum non nocere, conjunto de actividades que pretenden paliar/evitar el daño que genera el sistema sanitario.
de riesgo el que trastocó el panorama y tuvo enorme impacto en la transferencia de responsabilidades de la salud pública a la práctica clínica. El “descubrimiento” de los factores de riesgo en el tercer tercio del siglo XX cambió por completo el panorama preventivo y la actividad del médico clínico.
Los factores de riesgo son asociaciones estadísticas entre una característica/situación y una enfermedad. La presencia del factor de riesgo incrementa la probabilidad de la presentación de la enfermedad. Por ejemplo, la hipertensión arterial es factor de riesgo para la insuficiencia cardíaca, y los altos niveles de de los lípidos plasmáticos para el infarto de miocardio. La presencia de dichos factores de riesgo aumenta la probabilidad de desarrollo de las enfermedades reseñadas. Existe una asociación estadística entre incidencia de hipertensión e incidencia de insuficiencia cardíaca, por ejemplo.
Los factores de riesgo no son factores causales.
Los factores de riesgo no son ni necesarios ni suficientes para el desarrollo de la enfermedad.
Además, los factores de riesgo tienen asociación estadística con la enfermedad sólo cuando se consideran poblaciones, no individuos. Es decir, por ejemplo, los altos niveles de los lípidos plasmáticos se asocian estadísticamente a mayor probabilidad de infarto de miocardio en las poblaciones.
Las poblaciones con mayores niveles de lípidos en sangre tienen mayor incidencia de infartos de miocardio. Pero esta asociación no se traslada a los individuos. De hecho, no podemos predecir la probabilidad de infarto de miocardio en el paciente concreto a partir de las tablas de riesgo, pues son tablas de riesgo para la población. Así se producen errores por exceso y por defecto cuando se emplean las tablas de riesgo cardiovascular para los pacientes. Los que tienen riesgo alto no tienen la alta frecuencia esperada de infarto; y, viceversa, los pacientes que tienen bajo riesgo tienen frecuencia alta inesperada.
Muchos médicos clínicos entienden los factores de riesgo como factores causales. No es un conocimiento “inocente” sino interesado. Se ha transmitido a los médicos clínicos la idea de que la “lucha” contra los factores de riesgo es parte de su diaria labor. Esta idea conlleva la aceptación de los factores de riesgo como factores causales, y justifica la intervención médica “preventiva”. Se consumen con ello recursos ingentes y se producen daños sin límite.
actividades preventivas recomendadas y se demuestra que es una tarea titánica para la que es imposible dedicar suficientes horas de trabajo al día. La prevención crea frustración en los médicos generales por ser inabarcable. La prevención envenena la práctica clínica, pues tales recomendaciones y cálculos no tienen fundamento científico.
Los médicos se sienten fracasados cuando comprueban en la práctica que el control de los factores de riesgo, y la prevención en general, no produce los frutos esperados. La predicciones no se cumplen y, por ejemplo, tiene infarto de miocardio quien “no lo merece” y no lo tiene en quien “se esperaba”. Lo mismo pasa con las mujeres y la osteoporosis, agravado por el aumento de fracturas que provoca el uso de bifosfonatos. Peor, incluso, son los efectos adversos provocados por las intervenciones preventivas, como la impotencia e incontinencia tras las prostatectomías. O la muerte por hipoglucemia en la prevención del infarto de miocardio en los diabéticos a base de lograr valores por debajo de 7% de la hemoglobina glucosilada. O los infartos de miocardio, embolias pulmonares y cánceres de mama provocados por la terapia hormonal en las mujeres climatéricas “para prevenir los infartos de miocardio”. El conjunto dibuja un cuadro de fracaso para el médico individual y para el colectivo.
La prevención es actividad peligrosa que se debería reservar para actividades y situaciones de claro y evidente probable beneficio. De hecho, el médico de familia debería aprovechar su profundo conocimiento del paciente y su entorno para ofrecerle sólo la prevención que “cuadra” con sus características, expectativas y situación de salud.
El médico de familia es un médico clínico que tiene que dedicarse a los pacientes graves, complicados y difíciles. Las tareas de la prevención (las escasas que tienen fundamento científico) deberían delegarse a enfermeras y personal auxiliar. Además, muchas tareas preventivas deberían volver a la esfera de la salud pública, ya que se obtienen resultados con mayor efectividad y menor despilfarro. Por ejemplo, es absurdo tratar con un medicmento (una estatina) “el riesgo cardiovascular” de un varón fumador sin enfermedad coronaria pues el tabaquismo merece un abordaje social global, de salud pública. El abordaje de problemas de salud pública en la consulta médica debería ser sólo vicariante, “por defecto”, pues en general lo prudente y científico es dar respuesta coordinada con la salud pública. Al ignorar las posibilidades de la salud pública y de la acción intersectorial, estas acciones se desprestigian y minusvaloran con lo que se daña a toda la sociedad. Las respuestas poblacionales suelen ser más eficaces y más equitativas que las clínicas, y permiten un ajuste más fino del costeoportunidad.
diversos ensayos clínicos que justifican las intervenciones. La sopa de letras, de acrónimos de ensayos clínicos, termina siendo mareante. La Medicina Basada en Pruebas (en la Evidencia) se convierte en justificación de intervenciones sin ciencia. Como resultado final, por ejemplo, los medicamentos más recetados del mundo son las estatinas y se suelen emplear en la prevención primaria cardiovascular; es decir, se emplean para reducir los niveles de lípidos en pacientes que no tienen enfermedad coronaria, donde son inútiles. La consecuencia es el empleo de las estatinas en pacientes que no las precisan (prevención primaria sobre todo en mujeres) y su falta de utilización en pacientes que lo precisan (prevención secundaria sobre todo en varones tras infarto de miocardio). Con ello la prevención se convierte en un peligro, tanto para la salud de los pacientes (por los efectos adversos que no se justifican con ningún beneficio) como para el sistema sanitario (por el despilfarro).
La prevención tiene un valor relativo, mayor cuanta más salud y dinero se tenga. Es decir, la prevención tiene más importancia para los pacientes jóvenes, de clase alta y sanos, que son los que más salud tiene, los que más aprecian la salud y los que más temen perderla.
Los pobres tienen expectativas de vida muy distintas de los ricos, y la prevención no entra en su presente, que no tienen asegurado. Lo mismo pasa con los ancianos, que tampoco tienen las expectativas preventivas, ni de vida, de los jóvenes. Para los enfermos, la prevención es cuestión secundaria a la resolución de sus necesidades perentorias. Por ello, la prevención es actividad popular entre los que menos lo necesitan (los jóvenes, sanos y de clase media y alta). De hecho, la prevención transfiere recursos de pobres a ricos, de enfermos a sanos y de viejos a jóvenes. En esa transferencia participan los médicos clínicos cuando dedican su tiempo a la prevención innecesaria, o a costa de las actividades curativas con pacientes difíciles, complejos y complicados (que muchas veces acaban en urgencias y en manos de los especialistas).
Conclusión
El conjunto de las actividades del sistema sanitario tiene un impacto positivo sobre la salud, y por ello los médicos tenemos el aprecio general de la población. Conviene mantener esa relación de confianza sin la que sería imposible la actividad clínica. Por ello es importante que seamos los propios médicos los que señalemos los límites y peligros de nuestro trabajo: ni podemos evitar la muerte, ni podemos trabajar sin el peligro de provocar daños inesperados.
La expectativas sobre la salud se han disparado con los éxitos curativos y preventivos del la Medicina del siglo XX. En respuesta, y mecanismo de retroalimentación, las intervenciones médicas son cada vez más precoces, diversas y potentes. Con ello aumenta la peligrosidad de las actividades y es perentorio evitar especialmente las actividades innecesarias.
El contrato social milenario entre médicos y pacientes se refiere a la actividad curativa, en la que el paciente urge al médico a tomar acciones con tal de lograr la mejoría o resolución de sus males. El contrato social preventivo es nuevo y distinto, del siglo XX, y suele ser el médico el que ofrece actividades al paciente sano; por ello se precisa una seguridad casi absoluta acerca de los beneficios y de la (casi) ausencia de daños.
La prevención tiene una aureola positiva que lleva a la aceptación con pocas críticas de todas las propuestas porque, se dice, “prevenir es mejor que curar”. Pero prevenir es mejor que curar sólo si la prevención tienen un balance positivo entre beneficios y daños.
Los daños de la prevención pueden darse en los casos concretos, y también provocar daños generales. Así, entre los efectos globales, los excesos de la prevención están llevando a la medicalización de la sociedad, con una expectativas imposibles acerca de la “la eterna juventud” que terminan en insatisfacción con la salud (la paradoja de la salud) y en sensación de fracaso del médico Todo se quiere evitar, con una pornoprevención sin límites que no evita la muerte, pero que cambia su causa más frecuente (a veces sin que sean conscientes ni los médicos ni la sociedad). Además, la prevención es más apreciada por los que más salud tienen (ricos, sanos y jóvenes) lo que lleva a transferir recursos a este grupo desde los pobres, enfermos y viejos. Los excesos de la prevención también conllevan la implantación de pautas clínicas para responder a problemas que se resolverían mejor desde la salud pública, con el consiguiente despilfarro. Se transfieren recursos y credibilidad desde la salud pública a la prevención clínica con el consiguiente descrédito de la salud pública y de la acción intersectorial. Estas suelen ser respuestas más eficientes y equitativas en los problemas de salud de la población.
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