Memento
o la ilusión de permanecer
Vanessa Calderón
Proyecto Final de Grado
2013
Universidad de los Andes
Facultad de Artes y Humanidades
Introducción
“La muerte es un problema de los vivos. Los muertos no tienen problemas. […] lo que crea problemas al hombre no es la muerte, sino saber de la muerte.” (Elias, 11).
El miedo a la muerte reside en esencia en el saber que vamos a morir, en la consciencia de
nuestra propia mortalidad. Si no supiéramos que algún día vamos a morir no tendríamos que
lidiar con la angustia que genera el enfrentarse a la finitud de la vida, a la finitud de la existencia,
a la finitud del yo. Esa angustia por la pérdida del yo, por la pérdida de identidad, por dejar de
existir, es en últimas el desasosiego al enfrentarse a la nada.
El miedo a la muerte se manifiesta como la angustia por el acecho de algo, algo que sabemos que
está ahí pero que no podemos ver ni asir del todo. Sabemos que la muerte está detrás de nosotros,
somos plenamente conscientes de nuestra mortalidad, lo cual genera un deseo de permanencia, un
rehuir de la muerte, un anhelo por seguir existiendo en el mundo de los vivos donde existe ese yo.
Se busca entonces lo opuesto a la muerte: la inmortalidad. Se busca dejar un memento en el
mundo que sirva como recuerdo de mi existencia, de mi yo. Uno de ellos es la imagen de mí
mismo, el retrato.
El retrato juega un papel protagónico pues logra plasmar la imagen del rostro que es tan
determinante en la configuración de identidad. Y aún más el retrato fotográfico, pues usa la luz
que refleja todo cuerpo para hacerse visible a la hora de hacer la imagen, no es sólo la
representación de alguien lo que queda en el retrato fotográfico, es una huella de ese alguien. Esa
cualidad ilusoria de la fotografía de aprehender la realidad hace que el retrato fotográfico
funcione como testimonio de la existencia, y sea, en cierto grado, artífice de la inmortalidad. El
retrato fotográfico se convierte en ese memento que se cristaliza en el Yo fui.
Las reflexiones que conforman este texto enuncian distintos aspectos que acompañaron el
desarrollo de este proyecto artístico. Aunque al abordar una obra artísticamente también se remite
a referentes teóricos, lo cual complementa el desarrollo conceptual de esta, aquellos no buscan
explicar la obra, ni esta ilustrar los conceptos. La obra tiene su propio lenguaje, su sentido
emerge de sí misma y de la lectura de las imágenes. En este sentido el texto es sólo un
complemento, una forma de enunciar el proceso y los pensamientos detrás la obra, más no la
Breves notas sobre el miedo y la angustia
“El miedo nació con el hombre en la más oscura de las edades. Nos acompaña a lo largo de la existencia” (Psicólogo citado por Delumeau 11)
El miedo se caracteriza por ser una emoción que genera un choque al tomar conciencia de un
peligro inminente o presente. Delumeau dice que “el miedo tiene un objeto preciso al cual se
puede enfrentar ya que está bien identificado” (Delumeau 10) El miedo es entonces algo a lo que
nos enfrentamos de una manera concreta, pues el miedo (o aquello que nos amenaza) es
delimitable, nace de una aprensión que se tiene al riesgo y de un natural instinto de preservación.
En ese sentido el miedo es fundamentalmente el miedo a la muerte, pues este tiene un efecto
directo y es la preservación de uno mismo, de la propia seguridad. Ni el hombre ni la sociedad
pueden desarrollarse en la incertidumbre, por eso el miedo (y el enfrentarse a los miedos) es un
motor de desarrollo. Y así como las sociedades evolucionan el miedo también lo hace: durante
mucho tiempo la principal fuente de peligro fue la naturaleza: las enfermedades, los desastres
naturales. A medida que el hombre va tomando control de esas amenazas (aunque sabemos que la
naturaleza es en apariencia controlable y la enfermedad siempre acecha al hombre), las amenazas
van cambiando de rostro, ya no se le teme tanto a la naturaleza, se le teme al hombre. Ahora,
temerle al hombre no se limita a la constatación de que el hombre es lobo para el hombre, se le
teme al hombre por la condición misma que lo hace hombre: su mente, aquello que le permite
pensar, imaginar, abstraer ideas y conceptos se puede volver en su contra. Cuando los riesgos y
peligros físicos y externos parecen controlados, los peligros internos, los cuestionamientos, las
preguntas que se hace el hombre a sí mismo se vuelven la principal amenaza.
A diferencia del miedo la angustia es una espera dolorosa, se enfrenta uno a un peligro, a algo
temible pero que no se identifica claramente. No se sabe bien qué es, dónde está, cuándo atacará.
La angustia tiene como amenaza algo que no está del todo allí, y aunque sea intangible se siente
muy real, pero es muy incierta en su tiempo y modo de actuar. La angustia es un miedo que no
tiene un objeto concreto al cual enfrentarse, es usualmente un miedo generado por la mente; se
representación mental con límites definidos, no hay manera de confrontarse con ella porque casi
que ni siquiera está allí realmente.
Los miedos, y aún más la angustia, crecen y se hacen más potentes en ciertos ambientes, uno de
ellos (y quizás el más importante) es la oscuridad. En la oscuridad no podemos ver qué nos
acecha, no podemos defendernos, la oscuridad es el manto de todo ese mal intangible, la
oscuridad huele a muerte, vaticina peligros. Sobre todo porque se le teme a aquello que no
conocemos, a aquello que no se muestra ante nosotros a plena luz. En contraposición al peligro
que supone la oscuridad la luz equivale a la seguridad, el escritor Georges Simenon se preguntaba
“Y si no volviera el sol mañana. ¿Eso no es la angustia más antigua del mundo?”
El miedo a la muerte, el que me interesa, es en realidad la angustia que genera el pensar en la
muerte propia, es en ese sentido la angustia máxima, pues la muerte no es una amenaza tangible
que podamos enfrentar, es tan cierta como incierta: sabemos que va a pasar, pero no sabemos
cuándo, ni dónde, ni cómo, pero aún más importante: no sabemos qué va a pasar después de ella.
La muerte, su después, es la incertidumbre total, por esto tan angustiosa para quienes se detienen
a pensar en ella.
El miedo a la muerte
El miedo a la muerte genera un interrogante constante que persiste sin encontrar respuesta alguna
que lo apacigüe. ¿Cómo se enfrenta uno a la finitud de la vida? ¿De qué manera se afronta la
muerte propia? Estando vivos, y no pudiendo estar más que vivos, no nos podemos identificar
con la muerte. ¿Cómo sentir la experiencia de la muerte, percibirla? ¿Cómo imaginar la muerte
propia? Lo que vendrá después de ese paso entre ser y no ser.
El miedo a la muerte es un miedo de la mente, se le teme porque podemos abstraer la idea de la
muerte, saber que vamos a morir y por eso preguntarnos por un después de la muerte. ¿Qué pasa
conmigo cuando muero? ¿Dejo de existir? ¿Ya no seré yo? Por supuesto hay toda una gama de
diferentes razones por las cuales se le teme: el miedo a morir de una u otra manera, ahogado o
a la muerte comparten una previsión del dolor, ya sea físico o emocional, se le teme a la muerte
porque se puede imaginar el sufrimiento que acarreará.
Por el contrario, cuando se le teme a la muerte porque implica la finitud de la propia existencia
nos encontramos en unas arenas movedizas donde toda pregunta y toda respuesta nos dejan
perplejos. Al pensar en las razones por las que se le teme todo parece resbalarse por entre las
manos, porque aunque es claro que a lo que se le teme es a la muerte ¿quién puede asir la propia
muerte? Se le teme a la muerte precisamente porque no sabemos qué va a pasar con nosotros al
morir. Dentro de nuestra capacidad de imaginar, de hacer representaciones mentales, el cesar de
existir entra en lo inimaginable y cuando se intenta imaginarlo resulta muy inquietante, porque
¿cómo imaginar el no existir, el no ser, si todo lo que conocemos es precisamente existir y ser?
La manera en la que se enfrenta a la muerte es particular de cada grupo social, la conciencia de
ella trae consigo una serie de mecanismos y estructuras para rehuir a la idea de la mortalidad. La
humanidad, más específicamente la sociedad occidental, no ha logrado hacerse a la idea de que es
mortal, y en esa negación busca precisamente la inmortalidad: la promesa del cielo, del infierno,
el elixir de la eterna juventud, la fuente de la vida, son todos garantes de esa vida eterna, rituales
que aseguran que la muerte no es el fin. En la Edad Media, por ejemplo, donde la religión
imperaba, los ritos religiosos: la comunión, los castigos para limpiar los pecados, una vida fiel y
piadosa, eran necesarios para acceder a la vida eterna. A medida que las sociedades cambian los
ritos para acceder a esa inmortalidad también lo hacen.
El desarrollo, sobre todo tecnológico y científico, de la sociedad occidental, ha hecho que esta se
aleje de la idea de la muerte como una realidad biológica. No estamos acostumbrados a la muerte.
La esperanza de vida se alarga, las condiciones de salud mejoran, pareciera que la muerte se
volviera mucho más lejana, pero no por ello deja de ser inevitable. Ya no se ven cadáveres en las
calles y los ahorcamientos no son una atracción pública. Nos hemos alejado de la muerte, esta se
esconde tras bambalinas; los ancianos son aislados y mantenidos a una distancia prudente para
que no interfieran con la ilusión de inmortalidad, para que no nos recuerden que somos mortales.
La muerte se ha vuelto una ficción de cine y televisión que preferimos vislumbrar desde lejos en
la comodidad y seguridad de nuestros sillones. Rehuimos a los viejos y a los enfermos porque
nos recuerdan que su destino es también el nuestro, “la muerte de los otros se nos muestra como
la que sometemos a la muerte, hace que en los momentos en que se piensa en ella una angustia
sobrecogedora se apodere de nosotros.
La angustia que genera la idea de desaparecer, de no existir, está ligada a la conciencia de
mortalidad, al pensar que la existencia es finita. No se le teme a la muerte por enfrentarse a un
peligro real para la vida, el miedo a la muerte no es exclusivo de aquellos que sienten la muerte
cercana, de los enfermos o de los ancianos, es una angustia que no necesita de una amenaza
inminente sino inevitable, en efecto todos vamos a morir, no importa si tarde o temprano, si nos
damos cuenta o no. Tenemos la capacidad de pensar en la muerte de una manera abstracta, como
idea, podemos reconocer que es inevitable y que supone el fin de lo que conocemos, de nuestra
propia existencia. Pero no podemos imaginar la muerte en singular, en la propia muerte, no se
puede anticipar esa ruptura con nuestro propio existir. ¿Cómo prever la vivencia de la
desaparición del yo, y más inimaginable aún: la experiencia de no ser?
El miedo a la muerte es entonces un campo de reflexión donde todo gira en torno a lo
especulativo. Cada uno de nosotros al conocer y relacionarse con el mundo parte de una noción
básica: yo existo, yo soy. El mundo que se construye alrededor mío parte de mí mismo, se
desarrolla en cuanto a la percepción que yo tengo de él; hay entonces una certeza primera y es
que yo soy. En mi mente y en mi conciencia yo, en efecto, existo, soy partícipe de ese verbo
nuclear de toda lengua: ser. En la medida en la que yo soy las demás cosas son conmigo, la
manera de relacionarse y conocer el mundo parten de la subjetividad, nos relacionamos con todo
lo exterior desde un yo, las relaciones sensoriales y cognoscitivas parten de esa certeza esencial.
El mundo entero se conforma por un ser, y nos referimos al él en esos términos: las cosas son, las
personas son, de esta manera cada sujeto es un mundo en sí mismo, pues ese mundo se configura
alrededor de una persona particular, cuando muere, ese mundo queda igualmente destinado al
perecer porque existe en tanto su relación con ese alguien. La muerte, al suponer la finitud de esa
existencia, es la antítesis de todo lo que se conoce, todo lo que se siente, todo lo que es, es la
abolición del mundo y de mí mismo, es la nada.
El miedo a la muerte tiene muchos puntos en común con el miedo a la oscuridad. El miedo a la
oscuridad no es temerle a la penumbra en sí, sino a lo que podría estar en esa penumbra fuera del
alcance de nuestra visión. La oscuridad es el velo que nubla nuestra posibilidad de ver y de
conocer, se manifiesta una sensación inconfundible y muy real de que hay algo que nos acecha,
que está detrás de nosotros, aguardando el momento para atacar.
El miedo a la muerte también es así, mientras estamos vivos sabemos que la muerte nos acecha,
puede estar cerca o no, pero está ahí, al igual que en la oscuridad podemos voltearnos para ver y
enfrentarnos a eso que nos acecha, pero al hacerlo eso ya no está ahí, o por lo menos no lo
podemos ver, y por eso nos queda imposible enfrentarlo y superarlo. Nos encontramos en una
cuerda floja, el paso entre la vida y la muerte puede ser sólo un instante en el que de repente ya
estamos muertos, pero mientras se está en esa cuerda floja se tiene la conciencia de que hay algo
oscuro que nos aguarda: la vacuidad de la nada.
Todo lo que podemos conocer y ver está iluminado, el resto permanece incognoscible en la
oscuridad. El existir hace parte de ese mundo iluminado donde tenemos acceso a las cosas, donde
tenemos acceso al pensamiento, al conocimiento, a la percepción sensorial. La muerte es lo
opuesto a todo eso, la muerte se cristaliza en esa oscuridad donde la nada es la negación de todo
lo que conocemos; es la negación del existir, del ser, es la negación del mundo y de las cosas que
conocemos y con las que nos relacionamos, es un vacío. Y al temerle a la muerte le tememos a
esa vacuidad que se puede apoderar de nosotros al morir.
El retrato
El retrato es una efigie de alguien, una imagen, una representación de un individuo. Es un medio
que funciona para perpetuar el recuerdo de una persona, aquel retratado busca que su imagen, la
imagen que habla de él como individuo (generalmente el rostro) se preserve para la posteridad.
Así comienza la tradición del retrato. La escultura, que en la cultura occidental, en Grecia, había
servido para representar deidades, es decir ideas y fuerzas, se utiliza también en el imperio
romano para guardar la imagen de los individuos sobresalientes de la sociedad: época de los
que están hechos, que los retratos tienen algo muy solemne, el retrato no es sólo una
reproducción de la imagen de alguien, sino que en el perpetuar la imagen de alguien se entra en
un ambiente casi ritual, esa imagen hablará de ese individuo en tiempos venideros, será un
referente de ese alguien. Poder captar la mirada, el gesto, la pose, en suma, la singularidad de una
persona para que sirva como representación o efigie sustituta de alguien será muy importante
para el desarrollo del género del retrato. Aquí la noción de transferencia de identidad, en cuanto a
que me identifico con mi imagen y con ella creo la noción de un yo, es primordial en este género.
También resulta muy interesante ver cómo sociedades y civilizaciones eligen el retrato como
forma artística o no, pues el retrato interviene en cuestiones mentales e ideológicas de una
sociedad. Volver a los líderes imagen, tener retratos de los dirigentes, de las personas relevantes,
e incluso los retratos de personas comunes y corrientes, es muy diciente de cómo está formada
esa sociedad. ¿Cuál es su visión del hombre? ¿Qué importancia tiene este para esa sociedad?
¿Qué tanto mira la sociedad a sus hombres y cómo estos se construyen a sí mismos a través de las
imágenes que se hacen de ellos, de la tradición artística en la que se encuentran?
En cuanto al retrato la tradición pictórica llevó la iniciativa durante mucho tiempo. En la Edad
Media los donantes y benefactores del arte pagaban para que su retrato (generalmente
personificando a algún santo) fuera incluido en las alegorías bíblicas. Con el surgimiento de una
pequeña burguesía en la Baja Edad Media se empezaron a hacer retratos de individuos, de sujetos
particulares con nombre, con identidad. El renacimiento fue la época de reinvención y
descubrimiento del retrato pictórico; el desarrollo de la técnica al óleo que ampliaba los límites
del realismo y una sociedad mucho más humanista permitió que el retrato se desarrollara
plenamente como género. La visión del artista, aprehender los gestos, la pose, el estatus de quien
retrataba fue fundamental, al mismo tiempo que conocer la anatomía y poder hacer un retrato
verosímil.
Posteriormente el retrato va ampliando su rango de personas a retratar: se mueve por entre las
clases sociales, cambia el estilo y cambian las tendencias artísticas, se desarrolla y cambia como
lo hacen todas las expresiones artísticas al mismo paso que va cambiando la sociedad. Lo
interesante es que el desarrollo del retrato tiene un factor de movimiento y cambio impulsado por
la búsqueda de la verosimilitud, ¿cómo retratar a alguien y que su imagen sea como es esa
recrear su imagen pictóricamente de una manera verosímil. Pero no sólo eso, entran en juego
también las interpretaciones del artista, el interés por captar los detalles no sólo físicos sino
también psicológicos del retratado se torna en algo crucial en el quehacer del retrato. Sin
embargo, y a pesar de las capacidades y destrezas de muchos artistas a la hora de representar a
sus retratados, a la hora de captar su individualidad, su psique, permanece la idea de la huella del
artista, hay una interpretación y una traducción que se realiza a través de la labor de su mano. No
es sino hasta la aparición de la fotografía que el hombre puede capturar la imagen de un sujeto
“como es en la realidad”. Esa es la ilusión que hace tan singular al medio fotográfico.
La fotografía y el retrato fotográfico
Al pensar en la esencia de la imagen fotográfica, aquello que la diferencia de otro tipo de
imágenes, se llega siempre a un punto esencial: el referente. La imagen fotográfica siempre lleva
el referente consigo, la ata a un mundo físico y tangible, no hay imagen fotográfica sin un cuerpo,
sin un algo o un alguien al cual se haya fotografiado, y aunque los avances digitales hacen que la
virtualidad se haga cada vez más “real”, se mantiene todavía una relación muy fuerte entre las
nociones de fotografía y realidad.
Y esta relación se debe a las características propias del medio fotográfico, al respecto Barthes
dice “La foto es literalmente una emanación del referente” (Barthes 142), la autoridad que tiene
la fotografía como testimonio de la realidad, de lo existente, reside en que esta se hace con la luz
misma que refleja aquello que es fotografiado. Al retratar a alguien fotográficamente su imagen
se hace con la luz que su cuerpo refleja para hacerse visible, el retrato fotográfico no es entonces
sólo representación, en cuanto a que el resultado es una imagen de alguien, sino que también es la
huella de ese alguien. Al ser la fotografía una huella, la naturaleza que se dibuja a sí misma, se
piensa en la imagen fotográfica como si fuera el referente, como si eso que se fotografió existiera
en la imagen, hay algo en la increíble verosimilitud de la imagen fotográfica y en esa noción de
huella que hace que al ver la foto se vea en parte al sujeto y no a la fotografía en sí misma. Si
pensamos que al ver un retrato fotográfico de nosotros mismos decimos: “ese soy yo”, “ahí estoy
yo”, eso demuestra que en nuestra manera de concebir la fotografía el retrato fotográfico participa
poder de la fotografía como testimonio de lo que “ha sido”, pues para poder dejar su huella tuvo
que haber existido. Y en ese sentido el retrato fotográfico funciona como memento, es el recuerdo
y la prueba de que yo existí, garantiza la preservación del retrato que dice “yo fui” y me garantiza
a mí una suerte de inmortalidad a través de mi imagen.
Pero Barthes señala que “La fotografía repite mecánicamente lo que nunca más podrá repetirse
existencialmente” (Barthes 31). El retrato fotográfico, por más que esté atado al referente, es una
imagen, y aunque queramos sacar de la imagen fotográfica la vida esta es en realidad la
constatación de la muerte, habla más de una ausencia que de una presencia. La fotografía es la
momificación del referente, se detiene la imagen para apresarla y separarla del paso del tiempo,
pero la inmortalidad supone un seguir existiendo, inmóvil, la inmortalidad que queremos lograr
con el retrato fotográfico nos es negada. En la fotografía el tiempo está atascado, del retrato
fotográfico surge una imagen espectral, sin tiempo, y en ese sentido participa también de ese
vacío de la muerte, de ese tiempo eterno de la nada. La inmortalidad que se busca con el retrato
fotográfico no preserva al sujeto, es una sombra, un espectro, la imagen finita de alguien pero no
ese alguien en sí. Existe la imagen y nosotros nos convertimos en imagen al ser retratados, pero
no existimos como tal, no como quisiéramos, la preservación de nuestra imagen es la ilusión de
nuestra no alcanzada inmortalidad.
La noción de identidad
La identidad supone que una entidad es idéntica a sí misma. Yo soy idéntico a mí mismo y en ese
sentido construyo mi identidad, un duplicado de sí mismo ya no es ese sí mismo, sino una copia
de ese algo, y esa copia es una identidad en sí, es idéntica a sí misma, pero no ya al original del
que se copió.
La identidad es unívoca. Yo soy yo, y no puedo ser otro, de la misma manera que otro no puede
ser yo, mi identidad me pertenece solamente a mí. Aunque haya una cantidad de rasgos únicos a
mi ser, uno de los más relevantes a la hora de construirme como yo es la apariencia física de mi
rostro, y todo lo que el rostro ofrece en términos de las lecturas que se hacen a partir de él: mi
todo esto configura que yo sea reconocible como un individuo único, y que posea una identidad
particular e intransferible.
Por esto mismo la noción de que el retrato fotográfico funciona como una extensión de mí
mismo, como artífice de mi inmortalidad, es tan compleja y extraña. Pues pareciera que la
imagen fotográfica usurpara mi lugar en el mundo y me despojara de mi ser más que lo
perpetuara. Incluso antes de morir el acto fotográfico es una pequeña muerte, confina mi imagen
a un tiempo estático, a una nada que se hace latente en la foto, a un tiempo que ya no transcurre.
La fotografía anuncia la muerte, Barthes señaló que esta constata él ha sido, y aunque por esto
sea testimonio de la existencia, también es testimonio de la mortalidad. Aquello que iba a
cristalizar mi inmortalidad, cristaliza y sirve como memento del inevitable perecer del hombre.
Proceso
Semilla del proyecto
Memento, o la ilusión de permanecer es un proyecto artístico que nació del interés por hacer un
proyecto de grado cuyo tema fuera algo que me motivara mucho, con el cual yo me sintiera
desarrollando algo de mi total interés, que me pusiera a pensar y a confrontar aquello que hace
dar vueltas a mi mente. El tema entonces es el miedo a la muerte y de él se desprende la noción
del memento mori(recuerda que vas a morir).
El memento mori es una frase que busca recordarles a las personas que van a morir y que las
riquezas y poder que tiene en vida son perecederos. En el arte esta noción de memento mori tuvo
un fuerte desarrollo en lo que se conoce como vanitas, en el barroco holandés principalmente, se
hacían bodegones en los cuales aparecían varios elementos que hablaban de la fragilidad de la
vida y la futilidad de las riquezas y del poder terrenal: las frutas en descomposición, las calaveras,
las rosas marchitas, los relojes de arena, eran todos recursos que hablaban de la mortalidad del
hombre.
Esto fue un punto de partida sobre todo en términos de interrogantes. La cuestión de recordarle a
la gente de su mortalidad y de la banalidad de lo terrenal no era algo de mi interés, lo que más me
precisamente el recordar que uno es mortal. Así, la base del proyecto tuvo un lecho de preguntas:
¿Qué es el miedo a la muerte? ¿Cómo me enfrento al miedo a la muerte? ¿Qué es el memento
mori hoy en día, existe? ¿Cómo se expresa plásticamente el miedo a la muerte? Y cuál es la
relación entre el memento (en el sentido del recuerdo) y el miedo a la muerte.
Inicialmente estas preguntas tuvieron una respuesta de corte empírico, desde mis propios miedos,
desde mi modo de pensar y de abordar el tema. También en las conversaciones en torno al
proyecto, en el ejercicio de contarlo o de intentar hablar de él surgían reflexiones, ideas, luces que
poco a poco fueron despejando el camino.
Búsqueda de referentes y primeras aproximaciones
Al enfrentarme a un proyecto, al querer realizar una obra, en mi mente se desarrollan escenas del
resultado final, muchas veces borrosas, pero con suficiente claridad como para orientar la
búsqueda. Lo bueno de ahondar y hacer hincapié en un tema particular es que el resultado final
(el que uno se imagina) siempre está en movimiento, el proyecto toma muchas rutas, da muchos
giros, se va volviendo cada vez más específico y deja atrás algunos elementos accesorios con los
que generalmente empieza, para hacerse más ligero, más esencial, más vital.
Mis referentes artísticos fueron en su mayoría fotográficos, aunque al principio jugué con la idea
del dibujo (a pesar de que la fotografía es el lenguaje que siempre me ha sido más cercano). Y
aunque en el momento estaba enamorada del carboncillo y de las posibilidades que daba para
jugar con los matices del color negro, con los tonos y con la mancha, la búsqueda de cómo
expresar la angustia generada por un temor incontrolable, por un constante pensar en la finitud de
la vida propia, no encontraba respuesta en aproximaciones tímidas de dibujos en pequeño
formato. Sin embargo, algo siempre se mantuvo desde el principio del proyecto: el retrato.
Referentes
Richard Avedon
Richard Avedon es uno mis fotógrafos favoritos, sus retratos siempre han movido mi
imaginación y me invitan a reflexionar. Al ver sus fotografías me pregunto por la persona
retratada: en qué pensaba, qué sentía, en qué momento de su vida estaba. La humanidad de sus
esos sujetos están irremediablemente frente a la cámara, observados y de muchas maneras
desnudados por un ojo, pero no de una manera invasiva, hay una dignidad y un peso en las
personas retratadas, y eso siempre me interesó. Hay también algo muy interesante en separar al
sujeto de un contexto espacial determinado, ponerlo frente a un fondo completamente blanco que
lo pone en un primer plano, lo expone, no hay nada más que mirar sino al sujeto. Esa anulación
del espacio influyó mucho en el desarrollo de mi proyecto.
Richard Avedon – John Ford
Lee Jeffries
Mi interés por su trabajo reposa sobre todo en una estética, en una similitud entre sus fotografías
y las imágenes que se hacían en mi mente cuando pensaba en mi proyecto. Esa cualidad casi de
paisaje que toma el rostro, cómo las arrugas, las manchas, las diferentes particularidades de un
rostro hablan tanto de una manera plástica como conceptual era lo que más llamaba mi atención
Lee Jeffries – De la serie Homeless
Joel Peter Witkin
El trabajo de Joel Peter Witkin es el que más se relaciona con esa noción del bodegón del
memento mori, con un uso de los símbolos del paso del tiempo, de la fragilidad de la vida. Fue
relevante en términos de crear una atmósfera, es muy interesante ver cómo sus fotografías son un
mundo en sí mismo y cómo tienen una especie de aura que las envuelve. Ese mundo muy onírico
que se crea en sus composiciones me sirvió para empezar una búsqueda propia de cómo veía yo
Joel Peter Witkin- Anna
Akhmatova
Carole Brémaud
Aunque su trabajo es pictórico fue muy importante en el desarrollo de esa noción de vacío y de
nada. Ver esos rostros mutilados por el mismo medio pictórico y sumergidos en una suerte de no
espacio funcionaba como un paralelo del proyecto que yo empezaba a desarrollar, esa noción de
la pérdida de identidad que en él es violenta y contundente, esos personajes que se pierden en el
negro dieron muchas luces sobre mi trabajo, sobre cuál era la aproximación que yo quería tomar
en torno a la muerte y a la pérdida de identidad. Revisar su obra me hizo pensar si quería expresar
esa pérdidad del yo de una manera igualmente violenta, o si quería algo casi apacible y sigiloso.
También me sirvió para dilucidar cómo un trabajo pictórico podría tener influencia en mi trabajo
Carole Brémaud – Le col
blanc 2
Cine expresionista
Ver películas y stills de películas de ese estilo y género también tuvo influencia en términos de la
atmósfera que estaba desarrollando alrededor de las personas que retrataba. Especialmente el cine
expresionista alemán y el séptimo sello de Ingmar Bergman que son películas en blanco y negro
donde el juego entre luces y sombras es muy importante para lograr su fuerza expresiva. Fueron
muy buenos referentes en cuanto a cómo se desarrollaba esa sesión de fotos, ese ambiente a la
Robert Wiene - El Gabinete del
Dr. Caligari (Video still)
Ingmar Bergman -
El séptimo sello (Video still)
Tras las exploraciones iniciales con el dibujo decidí retomar el medio que había usado siempre: la
fotografía. El proyecto empezó a desenvolverse, leyendo sobre la fotografía y los problemas del
medio fotográfico, su relación con el arte y su relación con la noción de realidad, muchas
preguntas y muchos ejes conceptuales del proyecto, que todavía en un principio no llegaban a
materializarse comenzaron a solucionarse. Muchas de las nociones que yo tenía sobre el medio
fotográfico, y lo que me interesa de él desde hace mucho tiempo, empezaron a ligarse con el tema
del miedo a la muerte, con la noción del memento mori, y con la pregunta por cómo se manifiesta
el memento mori hoy en día y cómo se manifestaría en mi proyecto.
La relación tan fuerte entre el retrato fotográfico y la forma en que se piensan las personas a sí
mismas a través de él se volvió fundamental para el proyecto. La noción de identidad y la
construcción de esta a través de la fotografía es un fenómeno que me interesa mucho, la idea de
que al ver un retrato fotográfico no se duda de que la persona allí retratada en efecto es de esa
manera. Y aún más, ese aspecto de la fotografía que permite que al ver un retrato fotográfico
alguien pueda decir “ese soy yo”, aunque la imagen no sea esa persona. Esa relación que se tiene
con el retrato fotográfico como si se hiciera un doble de uno mismo, completamente verosímil,
dio luces sobre cuál es el memento, el recuerdo que se deja de uno mismo al morir y cuál es esa
relación entre el retrato fotográfico y la búsqueda de la inmortalidad.
El ritual del retrato
Hay una diferencia crucial entre fotos donde aparezca uno, es decir las fotos que se toman para
conservar el recuerdo de un momento: las fotografías de lo cotidiano o de las ocasiones
especiales donde las personas aparecen en situaciones y contextos sociales particulares, y el
retrato fotográfico. Este último está más ligado con la tradición del retrato donde el sujeto iba a
un espacio íntimo (el taller o el estudio del artista) con un propósito concreto: que le hicieran un
retrato. Hay toda una serie de implicaciones con esta forma de proceder, sobre todo cuando
hablamos del retrato fotográfico, porque no se está capturando una situación, un suceso donde
por casualidad había personas. Una sesión de retrato es un momento importante, se separa de lo
cotidiana que es la fotografía hoy en día, allí pasan cosas, pues no se plasma la imagen de una
persona en una situación cualquiera, sino que se plasma la imagen de una persona que se ofrece
Después de explorar cómo se debería hacer la sesión de retratos: ensayo, reflexión y toma de
decisiones, llegué a algunos parámetros: las personas retratadas serían cercanas a mí; cada
persona sería retratada en un espacio en el que pudiera controlar las condiciones de luz y los
aspectos técnicos de la sesión, y también un espacio que se saliera un poco de la zona de
comodidad de quien fuera a retratar; estarían sentados; vendrían vestidos con una ropa que les
gustara, con la que se sintieran bien vestidos y a gusto; no tendrían mayor información sobre la
sesión hasta que esta empezara, simplemente sabrían que vendrían a ser retratados; en la sesión
tenían dos restricciones: estar sentados erguidos y siempre mirar a la cámara. Estos parámetros
fueron muy importantes para lograr un ambiente, una atmósfera que cargara con el peso de hacer
un memento de aquellos a los que retrataba.
Esa atmósfera creada y un elemento de sugestión en casa sesión dieron pie para que esta se
volviera casi un ritual. Creo que en algún momento de la vida todos le tememos a la muerte, unos
más que otros y por distintas razones, pero no necesariamente esto sucede cuando se va a una
sesión de retrato. Así que cuando llegaba la persona a la que iba a retratar la sentaba en la silla,
apagaba la luz del espacio y prendía la luz con la que los iba a iluminar para la sesión (estas luces
son bastante potentes y eso evitaba que pudieran mirarme o hacer contacto visual conmigo, los
dejaba un poco solos), entonces les hablaba, les contaba lo que me pareciera relevante de mi
proyecto para cada persona. En ese momento los ponía a pensar en el momento en el que
estábamos, haciéndolos olvidar un poco de la cámara y llevándolos a pensar en su propia muerte,
en qué pasaría con ellos, en el retrato que les estaba haciendo en ese momento, en la importancia
de ese retrato como memento de su paso por el mundo, como testimonio de su existencia. Los
ponía en una situación hipotética en la que al terminar la sesión ellos morirían, ese sería el último
retrato que quedaría de ellos, y para muchos la única fotografía con esas características y ese peso
histórico del retrato.
Las sesiones fueron muy interesantes, porque así como me encontraba con personas a las que era
difícil acceder y que parecían tener poco interés en lo que les decía, me encontré también con
muchas a las que mis palabras les llegaban. Podían verse a sí mismas en esa situación en la que la
muerte era cercana, sentir que en ese momento esa sesión de fotos era lo más importante de sus
vidas, porque al enfrentarse a un vacío del que no sabían nada el retrato se volvía su única forma
La obra resultante
La obra resultante consta de 10 retratos en gran formato seleccionados de las varias sesiones que
tuve con los participantes. Les agradezco su colaboración con el proyecto. Ellos son: Ernesto
Soto, Alejandra Romero, Patricia Arbeláez, Daniel Söler, Mario Calderón, Rosa Inés Arias,
Viviana García, Vanesa Correa, Cristian Perea y Luis Eduardo Bustos. También quiero agradecer
Bibliografía
ELIAS, Norbert. La soledad de los moribundos. Fondo de Cultura Económica. México. 1987
DELUMEAU, Jean. El miedo: reflexiones sobre su dimensión social y cultural. Corporación
Región. Medellín. 2002
BARTHES, Roland. La cámara lúcida: nota sobre la fotografía. Ediciones Paidós. Barcelona.