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Grinberg Leon Psicoanalisis de La Migracion Y El Exilio

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Academic year: 2021

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León Grinberg y Rebeca Grinberg

Psicoanálisis de la migración y del exilio

El Libro de Bolsillo Alianza Editorial Madrid

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Prefacio

Este libro es el resultado de la experiencia de haber estudiado en forma directa, en consulta privada y hospitalaria, y en forma indirecta —a través de supervisiones e intercambios con colegas— las complejas vivencias transmitidas por numerosas personas que realizaron trasplantes migratorios en distintas direcciones: de Europa a América, de un país americano a otro, de un país europeo a otro, de América a Europa, y de muy variadas partes del mundo a Israel.

Cada migración, su «porqué» y su «cómo», se inscriben en la historia de cada familia y de cada individuo.

Nuestras observaciones psicoanalíticas fueron recogidas en tres países distintos en los que hemos trabajado: Argentina, nuestro país de origen, donde transcurrió la mayor parte de nuestra vida y nuestra formación; Israel, donde hemos permanecido varios períodos, por razones académicas, y España, nuestro actual país de residencia.

En todos ellos hemos tenido ocasión de analizar las vicisitudes del proceso de migración, tanto en personas que la habían vivido como en otras que se preparaban para llevarla a cabo.

A todas ellas nuestro profundo reconocimiento.

Por cierto, no es ajeno a nuestro interés por el tema nuestra propia experiencia migratoria. LEÓN GRINBERG y REBECA GRINBERG.

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Introducción

Viejas como el hombre, las migraciones humanas han sido encaradas desde muchos puntos de vista. Numerosos estudios han considerado las implicaciones históricas, demográficas, culturales, religiosas, políticas, ideológicas, sociológicas, económicas, etc., de las migraciones, implicaciones que son, sin duda, importantes y trascendentales.

En los últimos años, el tema ha empezado a interesar también a los profesionales de la salud mental, en virtud del alto número de inmigrantes que consultaban por trastornos psíquicos y por problemas que podían tener una relación directa con la migración.

En efecto, no se puede desestimar, aun cuando su evaluación sea difícil, la incidencia de una problemática psicológica particular, que afecta a la persona que migra y a su entorno (el antiguo y el nuevo) y se relaciona tanto con las motivaciones de la migración como con sus consecuencias.

Llama la atención, por lo tanto, que este tema haya sido poco investigado desde la vertiente psicoanalítica; a pesar de que (o, tal vez, precisamente por ello) muchos de los pioneros del psicoanálisis sufrieron migraciones personales.

Es nuestra intención ocuparnos en profundidad de estos fenómenos que forman parte de lo que, de ser sistematizados, podrían constituir una «psicopatología de la migración».

Empezaremos por definir el alcance del término «migración» y los distintos tipos de desplazamientos geográficos incluidos en dicho término: cercanos y lejanos, temporarios y permanentes, voluntarios y forzados, etc.

Estudiaremos también las motivaciones externas e internas, junto con las expectativas que influyen en la decisión de un individuo o un grupo a emigrar.

Las situaciones externas influyen sustancialmente sobre las condiciones internas para afrontar la migración, el carácter que ésta adquiere, las consecuencias que puede desencadenar, y las formas de su posible elaboración. Recíprocamente, frente a las mismas circunstancias externas, la personalidad previa del sujeto, sus características psicológicas predominantes y su momento vital, determinarán que decida emigrar o no y, de hacerlo, la calidad de la migración que haga. Una situación de crisis personal (o colectiva) puede provocar una migración, la que, a su vez, puede originar nuevas crisis.

Tomaremos en consideración también el interjuego de actitudes y reacciones emocionales que surgen, tanto en la persona que migra como en las que constituyen el entorno que abandona o el que lo recibe. En relación al primero, nos referiremos a los sentimientos del emigrante frente a su grupo de pertenencia (liberación, persecución, culpa, pérdida, etc.) y los de su grupo frente a él (pena, resentimiento, culpa, envidia, etc.). En cuanto al nuevo entorno, puede recibir al recién llegado como intruso, con rechazo y desconfianza, o con grados variables de aceptación y esperanza. El inmigrante, frente a ellos, pondrá en juego sus posibilidades de lo que se ha llamado «adaptación», «ajuste» o «integración». Sin desestimar estas categorías, intentaremos

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desarrollar, desde otra perspectiva, las calidades de vínculos que se pueden establecer entre el recién llegado y el grupo receptor que, hasta cierto punto, estarán influidas por las características de las relaciones objetales que ha tenido el individuo antes de la migración y por las de la comunidad que lo recibe.

Destacamos las características específicas del exilio, que marcan una diferencia fundamental en las vicisitudes y evolución del proceso migratorio: la imposición de la partida y la imposibilidad del retorno. Sin duda, el exilio configura uno de los problemas más serios de nuestro tiempo, derivado de las luchas fratricidas y la violencia que convulsiona a muchos países del mundo actual.

Por otra parte, estudiaremos el fenómeno de la migración en relación con los distintos tipos de ansiedades que puede despertar en el individuo: ansiedades persecutorias frente al cambio, lo nuevo, lo desconocido; ansiedades depresivas, que dan lugar al duelo por los objetos abandonados y las partes perdidas del self, y ansiedades confusionales por fracaso en la discriminación entre lo «viejo» y lo «nuevo». Estas ansiedades, junto con los mecanismos defensivos y síntomas a que pueden dar lugar, formarán parte de la «psicopatología de la migración» que hemos mencionado anteriormente, y cuya evolución dependerá de la capacidad de elaboración de estas ansiedades y de los sentimientos de desarraigo y pérdida.

Por último, aunque no por ello menos importante, nos referiremos a la incidencia de la migración en el sentimiento de identidad y en las crisis que, en ese sentido, se puedan producir. Estas crisis constituyen una situación de «cambio catastrófico», tal como Bion la ha descrito, que podrá tener como desenlace una catástrofe verdadera o —por el contrario— una evolución exitosa y creativa, con el significado profundo de un «renacimiento» enriquecedor.

1. La migración en los mitos

Los mitos poseen una riqueza singular que les es propia. Transmiten ciertas ideas de tal modo que, en oportunidades, lo hacen mejor que los términos que se refieren específicamente al concepto que se trata de describir. Pueden ser comparados a un poliedro polifacético, móvil que, de acuerdo al ángulo desde el cual lo observaremos, nos muestra caras, vértices o aristas diferentes.

El esfuerzo que se requiere, a veces, para la comprensión de los mitos y para el descubrimiento de lo que en ellos se plantea, es análogo al esfuerzo necesario para el hallazgo del significado latente detrás del contenido manifiesto del material en la tarea analítica.

Algunos mitos han trascendido con mucha fuerza en el campo del psicoanálisis, en particular, en lo que a material primitivo se refiere.

Los mitos del Edén, de Babel y de Edipo ofrecen la posibilidad de hacer más inteligibles los fenómenos de las partes de la personalidad que tienden al conocimiento y las que se oponen activamente a ese logro. Podemos ver en ello el intento del hombre de «migrar» buscando elconocimiento donde quiera que esté, trasponiendo fronteras prefijadas al mismo tiempo que existe en él una tendencia a obstaculizar ese intento (prohibición), transformando la

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«migración-búsqueda» en «migración-exilio-expulsión-castigo», que origina dolor, confusión e incomunicación.

La primera migración se remontaría, pues, a Adán y Eva. Estos, impulsados por la curiosidad (simbolizada por la serpiente), se trasladaron a la zona prohibida del Paraíso, donde se encontraba el árbol... «que era bueno para comer, agradable a los ojos y codiciable para alcanzar la sabiduría».... «Eva comió de su fruto y dio a su marido»... «y fueron abiertos los ojos de entrambos» ... «Conocieron el bien y el mal»..., lo que les valió la ex pulsión-exilio del Paraíso, perdiéndolo con todas sus gratificaciones y condiciones de seguridad y placer.

Este exilio impidió que la primera pareja humana pudiera llegar a la adquisición del conocimiento más profundo y vivencial, el que perdura a través del tiempo, que podría estar representado por el «árbol de la vida».

La Biblia dice textualmente que... «después de echar al hombre y a la mujer del Paraíso»... Jehová puso... «al oriente del huerto del Edén querubines con espadas encendidas que se revolvían a todos lados para guardar el camino del árbol de la vida». Es precisamente esta imagen superyoica y prohibidora de Jehová, y este modelo de castigo y obstrucción para alcanzar el verdadero conocimiento, el que se repite en las narrativas de los mitos de Babel y Edipo. Estos mitos proporcionan, por lo tanto, enunciados que nos ayudan a comprender las dificultades que se presentan al individuo para tolerar el dolor de ese conocimiento verdadero que implica «no sólo el saber acerca de algo, sino el ser ese algo», ser uno mismo, con un real efecto de crecimiento y maduración mental.

Retomando el mito del Edén, creemos que representa, además, el símbolo del nacimiento, la primera migración de la historia individual, con la disociación consecutiva al mismo («supieron del bien y del mal»), con el incremento de las ansiedades más primitivas (paranoides y depresivas) determinadas por la pérdida del objeto ideal, y la angustia del yo de quedar desamparado y librado a sus propias fuerzas. «Parir con dolor»: el dolor del propio nacimiento; del desprendimiento; y «ganarse el pan con el sudor de la frente»: perder el suministro continuo e incondicional del cordón umbilical, tener que buscar el propio alimento (pecho), sufrir por la pérdida de objeto (destete) y esforzarse por su reparación y recuperación. Estas son algunas de las experiencias «migratorias» por las que tendrá que pasar el hombre en su desarrollo evolutivo, alejándose progresivamente de su objeto original materno.

Abraham el patriarca, fundador de pueblos, debe abandonar la ciudad de sus antepasados, Ur, rodeado de su tribu y rebaños, rompiendo sus vínculos con los ídolos venerados por sus habitantes. Su nomadismo responde al llamado, según él, de un Dios creador del cielo, la tierra y las estrellas, que le impulsa a emigrar en busca de una nueva tierra que le es prometida, para fundar un nuevo pueblo, que sería «numeroso como las estrellas del cielo y las arenas del mar». Esta migración respondía, en efecto, a la necesidad de encontrar una divinidad más abstracta que la de los ídolos, que le permitiera ampliar el conocimiento del Universo (origen del cielo y de la tierra). Pero, al igual que en el mito del Edén, el afán de alejarse de los objetos originarios para conocer y crear, es castigado por ese mismo Dios que lo incita, con la exigencia más terrible:

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ofrecer lo más preciado, la vida del propio hijo al que el padre debía estar dispuesto a inmolar: el «sacrificio de Isaac».

En el mito de Edipo se encuentran también varias migraciones: su condena a muerte, para evitar el cumplimiento del oráculo, fue sustituida por una migración que lo alejó de sus padres reales y grupo de pertenencia original. La segunda migración ocurrió cuando creyendo eludir el vaticinio del oráculo, huyó de sus padres adoptivos dirigiéndose a Tebas. La tercera es el exilio, después del parricidio y el incesto. El mito de Edipo, relatado con maestría en la tragedia griega, fue elaborado por Freud y sus continuadores en la teoría del complejo de Edipo, acentuando especialmente su significado sexual, y los sentimientos de amor, odio, celos y rivalidad. Corresponde a la historia de la horda primitiva en que las leyes del totemismo imponían la migración de la exogamia para evitar infringir los tabúes del parricidio y el incesto.

Pero este mito fue estudiado también desde un ángulo que contempla otros elementos, que fueron desplazados en la teoría clásica por el énfasis otorgado al componente sexual del mismo, aunque sin excluir la importancia de este último. Desde el ángulo a que hacemos referencia, se enfoca el vínculo del conocimiento, tan esencial en el ser humano, como lo son los vínculos de amor y odio (Bion, 1963).

El enigma de la Esfinge sería una expresión de la curiosidad del hombre dirigida hacia sí mismo, curiosidad que está también expresada por la determinación con que Edipo llevó adelante su indagación del crimen, a pesar de las advertencias de Tiresias (esta curiosidad tiene el mismo status de pecado en el mito edípico, en el del Edén y en el de Babel).

Edipo vuelve a Tebas para indagar la verdad. Al desafiar el enigma de la Esfinge, Edipo logra el conocimiento venciendo a una imagen, mitad humana y mitad animal, que simboliza la pareja combinada de los padres cuya unión da lugar a fantasías persecutorias muy arcaicas. Al derrotar a la Esfinge, Edipo siente que derrota a sus padres unidos, a quienes, en su fantasía, arrebata el conocimiento.

En la narrativa del mito, un aspecto de Edipo obstruye la determinación con que otra parte de él intenta proseguir la indagación. Tiresias, que, significativamente, también ha sido enceguecido por ver la escena primaria prohibida, es quien intenta prevenir a Edipo para que no siga adelante con su. investigación. Tiresias simboliza un aspecto disociado del mismo Edipo. Es el conflicto inherente a la naturaleza de todo ser humano, entre una parte que reprime los impulsos de arrebatar al padre su bien más valorado y envidiado y otra que tiende a llevarlos a cabo, exponiéndose al castigo y al exilio.

En la teoría clásica la madre es considerada como posesión del padre, y objeto de la rivalidad y los celos edípicos. En el otro enfoque del mito de Edipo, así como en el del Edén, el conocimiento profundo es el objeto equivalente a la madre, cuya posesión exclusiva se atribuye al padre-dios.

Moisés, el que condujo el Exodo de un pueblo de esclavos hacia la libertad, y se atrevió con la cima del Monte Sinaí para buscar el conocimiento de la Ley, fue castigado con la prohibición de pisar la Tierra Prometida, y sólo le fue dado verla desde lejos antes de morir.

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Aunque no se trate de un mito, sino de una realidad histórica, podríamos mencionar los viajes de Colón como otro ejemplo ilustrativo de la fuerte tendencia en el ser humano de salir en búsqueda de lo desconocido. En este caso, a pesar de la enorme trascendencia del descubrimiento de un nuevo mundo, Colón murió pobre, abandonado por sus protectores y agobiado por sus pesares. Parece existir una fantasía universal, que surge de diversas maneras en los mitos y leyendas, y también en cuentos infantiles de todas las épocas en que la satisfacción de la curiosidad, después de recorrer largos y difíciles caminos llenos de peligros, procura gran poder. Este tema ha sido retomado en la literatura desde Las mil y una noches hasta la ciencia-ficción, pasando por los viajes fantásticos de .Julio Verne. Pero esta satisfacción está tan plagada de riesgos porque es sentida como prohibida por las fantasías que involucra.

La prohibición del conocimiento profundo parece provenir de no poder sentirlo como símbolo, sino como si realmente fuera una relación sexual incestuosa, tomando al pie de la letra la expresión bíblica de «conocer a una mujer» en el sentido de vincularse sexualmente a ella. La ceguera de Edipo condensa el castigo de ambos pecados: pierde los ojos como instrumentos para la satisfacción de la curiosidad, y como representantes simbólicos de los órganos sexuales que sufren la castración.

El exilio convierte el movimiento de indagación, la migración voluntaria, en castigo y migración forzada. Análogamente, la expulsión del vergel del Edén convierte el trabajo-parir-creación (con dolor de desprendimiento y alegrías de nacimiento) en trabajo-parir-castigo (con el dolor como maldición).

En el mito de la torre de Babel, el impulso migratorio se expresa en el deseo de «llegar al cielo» para alcanzar el conocimiento de «otro mundo», distinto del conocido. Pero, en este mito, este deseo es castigado con la confusión de lenguas y la destrucción de la capacidad de comunicación.

Podríamos aplicar el contenido de este mito a lo que puede sucederle a un inmigrante que, al llegar al «mundo nuevo», distinto del conocido, puede encontrar fuertes obstáculos internos para su integración al medio, el aprendizaje del idioma, la incorporación de costumbres y normas, etc., con el peligro de caer en una confusión que le dificulta la comunicación con los demás y consigo mismo. Pero estos estados confusionales pueden ser también el resultado del fracaso del mantenimiento de una disociación defensiva eficaz o de la búsqueda demasiado prematura de una integración que aún no puede darse. Es relativamente frecuente que el inmigrante recurra al mecanismo de disociación, idealizando —por ejemplo— todas las experiencias y aspectos nuevos correspondientes al ambiente que lo acaba de recibir, al mismo tiempo que atribuye todo lo desvalorizado y persecutorio al lugar y a las personas que ha dejado. Esta disociación le sirve para evitar el duelo, el remordimiento y las ansiedades depresivas que se agudizan por la misma migración, sobre todo cuando se trata de una migración voluntaria.

Describiremos más adelante con detalle, al analizar la calidad del vínculo existente entre el individuo que parte y el grupo que queda, las distintas reacciones emocionales y las fantasías que

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surgen de ambos. Pero queremos destacar, por ahora, la mezcla de sentimientos de ansiedad, tristeza, dolor y nostalgia, por un lado, junto con las expectativas e ilusiones esperanzadoras, por el otro, que cada inmigrante lleva consigo en sus maletas.

Precisamente, con el fin de protegerse de los efectos dolorosos de estas emociones, a veces intolerables, utiliza la disociación para no tener que evocar —en forma desesperada— las pérdidas sufridas: los familiares queridos, los amigos de toda la vida, las calles de su ciudad o pueblo, los múltiples objetos cotidianos a los que ha estado ligado afectivamente, etc. Mediante la desvalorización de tales pérdidas y la denigración de lo familiar y conocido, reforzadas por la exagerada admiración de lo nuevo y desconocido, se tiende a negar la angustia y la culpa, sentimientos casi inevitables —en cierta proporción— en toda experiencia migratoria.

Otras veces, y por influencia de ciertas circunstancias, se puede invertir el contenido de la disociación trastocándose los valores respectivos de ambas orillas: la que se ha abandonado es evocada con toda clase de virtudes magnificadas y añoradas, mientras que la orilla en la que se ha desembarcado queda revestida de defectos y connotaciones negativas y persecutorias: es el «desencanto de la tierra prometida».

Lo esencial es mantener la disociación: «lo bueno» en un extremo y «lo malo» en el otro, no importa cuál de ellos represente una u otra de esas características. Por- - que, en el caso de fracasar la disociación, surge inexorablemente la ansiedad confusional, con todas sus temidas consecuencias: ya no se sabe quién es el amigo y quién el enemigo, dónde se puede triunfar y dónde fracasar, cómo diferenciar lo útil de lo perjudicial, cómo discriminar entre el amor y el odio, entre la vida y la muerte.

Esta confusión puede llegar a ser vivida, entonces, como el castigo por el impulso migratorio, por el deseo de «conocer» un mundo nuevo... distinto.

2. La migración como experiencia traumática y de crisis

Pensamos que este título puede suscitar dudas, ya que algunos autores consideran el trauma como un fenómeno agudo, que ocurre en un espacio de tiempo corto, y produce un colapso psíquico porque la mente se ve desbordada por la intensidad de los estímulos que lo desencadenan. Sin descartar que la migración tiene una fase traumática aguda, que se prolonga, sin embargo, en el tiempo, creemos que el concepto de trauma debe ser referido no sólo a un hecho aislado y único (como, por ejemplo, la muerte súbita de un familiar, un ataque sexual, una intervención quirúrgica o un accidente inesperado, etc.), sino a situaciones que se extienden durante períodos de tiempo más o menos largos, como de privaciones físicas y afectivas, separaciones de los padres, reclusiones en colegios o asilos, hospitalizaciones o migraciones. El término «trauma» proviene etimológicamente del griego, designando una herida con efracción: este significado no es tomado en su uso en sentido estricto, ya que un golpe intenso, de naturaleza física o psíquica, aún sin efracción, es considerado como trauma. En cambio, el término «traumatismo» suele reservarse para designar las consecuencias que sufre el organismo a causa de una agresión resultante de una violencia externa.

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El psicoanálisis ha trasladado al plano psíquico los significados inherentes a estos términos: choque violento y consecuencias sobre la personalidad.

En un comienzo, Freud (1895 y 1896) atribuyó la etiología de las neurosis a experiencias traumáticas pasadas, ocurridas generalmente en la infancia, aconsejando como técnica específica de la cura la catarsis y la elaboración psíquica de dichas experiencias. Lo que confería al acontecimiento su valor traumático eran determinadas circunstancias específicas: condiciones psicológicas especiales en las que se encontraba el sujeto en el momento del acontecimiento, la situación afectiva que dificultaba una reacción adecuada y, finalmente, el conflicto psíquico que impedía al sujeto integrar en su personalidad consciente la experiencia que le había sobrevenido. En Más allá del principio del placer (Freud, 1920) el trauma fue concebido como un exceso de excitaciones externas que superan la barrera protectora contra las mismas, dando lugar a trastornos duraderos en el funcionamiento del yo. Este trata de movilizar todas las fuerzas disponibles a fin de establecer contracatexis y consolidar así las condiciones de funcionamiento del principio del placer. La existencia de las «neurosis de accidente» y «neurosis de guerra» atrajo más la atención de Freud sobre el trauma bajo la forma de «neurosis traumática». La repetición de los sueños en los que el sujeto revive el accidente, o la tendencia a colocarse nuevamente en la situación traumática fue atribuida por él a lo que llamó «compulsión a la repetición». El trauma no es una simple perturbación de la economía libidinal, sino que amenaza más radicalmente la integridad del sujeto.

Posteriormente, el concepto de trauma adquirió para Freud (1926) un valor distinto, aparte de toda referencia a la neurosis traumática propiamente dicha. El yo desencadena una «angustia-señal» procurando evitar verse desbordado por la «angustia automática» (catastrófica) quecaracteriza a la situación traumática en la cual el yo se hallaría indefenso (desamparo).

Esta concepción lleva a establecer una simetría entre el peligro interno y el externo: el yo es atacado desde dentro como lo es desde afuera. Más adelante veremos cómo en las experiencias migratorias el individuo puede producir síntomas fóbicos u otras manifestaciones de ansiedad (insomnios, pesadillas), como una manera de utilizar la angustia señal de un modo dosificado y controlado, para evitar verse inundado por la masividad de la angustia catastrófica.

Es conveniente distinguir entre el traumatismo psíquico agudo, denominado también «shock trauma», de otros tipos de traumas, descritos por algunos autores como traumas de «tensión», «múltiples», «acumulativos», «silenciosos», etc. (Moses, 1978).

Freud mismo ha señalado (1895) que el trauma puede ser causado por un acontecimiento importante o la sumación de numerosos acontecimientos traumáticos parciales. Más aún, las observaciones sobre experiencias traumáticas llevan a pensar que los traumas nunca se pueden aislar, sino que ocurren en un conjunto; por ejemplo, la muerte de un padre implica además la depresión de la madre, el cambio en la estructura familiar y las condiciones de vida, lo que ese padre hubiera podido dar en el futuro, etc.

La migración, justamente, no es una experiencia traumática aislada, que se manifiesta en el momento de la partida-separación del lugar de origen, o en el de llegada al sitio nuevo,

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desconocido, donde se radicará el individuo. Incluye, por el contrario, una constelación de factores determinantes de ansiedad y de pena.

Estas situaciones podrán manifestarse o no clínicamente desde el inicio del proceso de migración. La reacción del individuo en el momento del acontecimiento traumático no es decisiva para determinar si el hecho será traumático en sus consecuencias, ya que dependerá de la personalidad previa del sujeto y de numerosas circunstancias. Es, inclusive, bastante general que haya lo que podría llamarse un «período de latencia» variable entre los hechos traumáticos y sus efectos detectables, así como puede observarse muchas veces lo que hemos denominado «duelos postergados», en las experiencias migratorias.

Creemos, entonces, que la migración, en cuanto experiencia traumática, podría entrar en la categoría de los así llamados traumatismos «acumulativos» y de «tensión», con reacciones no siempre ruidosas y aparentes, pero de efectos profundos y duraderos.

G. Pollock (1967) señaló que las situaciones traumáticas deben ser vistas siguiendo tres líneas, tomando en cuenta las «tres P»: «predisposición, precipitación y perpetuación». Es decir, que en la historia de cada sujeto puede haber factores que sin ser traumáticos en sí mismos, pueden funcionar como predisponentes para que sucesos que no son traumáticos para otros puedan desencadenar respuestas en ellos, que a su vez pueden perpetuarse si están permanentemente expuestos a su repetición, produciendo efectos de situación traumática crónica.

La predisposición conserva su importancia en la respuesta a situaciones traumáticas, aún considerando las más devastadoras como las de los campos de concentración, estudiadas en los sobrevivientes del holocausto y las reacciones ante el combate. Moses (1978) reafirma este hecho insistiendo en que siempre reaccionamos frente a los sucesos del presente en función de las experiencias del pasado infantil (particularmente las que se refieran a pérdidas de objeto, separaciones y sentimientos de culpabilidad). Compara las situaciones traumáticas con las reacciones inmunológicas donde las sensibilizaciones sucesivas al mismo tipo de traumatismo conducen a una propensión a reaccionar de una manera más incontrolable.

Creemos que la calidad específica de la reacción frente a la experiencia traumática de la migración es el sentimiento de «desamparo».

Este sentimiento de desamparo está basado originalmente en el modelo del trauma del nacimiento (O. Rank, 1961) y la pérdida de la madre protectora. Correspondería también a la experiencia de la pérdida del «objeto continente» (Bion, 1970), que trae como consecuencia la amenaza, en situaciones extremas, de desintegración y disolución yoica, con pérdida de los límites del yo.

Este riesgo es sentido con más intensidad, si en la infancia se han sufrido situaciones importantes de carencia y separaciones, con las consiguientes vivencias de angustia y desamparo.

Las migraciones como situaciones de crisis

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ha sido definida (R. Thom, 1976) como una perturbación temporaria de los mecanismos de regulación de un individuo o de varios.

Una situación de crisis, individual o colectiva, puede ser la causa desencadenante de una experiencia migratoria, o bien su consecuencia. Toda crisis implica una idea de «ruptura», separación o arrancamiento (Kaes, 1979).

En las crisis de desarrollo hay momentos de deprivación y pérdida, como en las situaciones de nacimiento (crisis inaugural de la existencia), destete, crisis edípica, pubertad y adolescencia, crisis de la edad media de la vida, entrada en la vejez.

Las crisis, tanto las de desarrollo como las que pueden sobrevenir por distintos motivos externos e internos, son períodos de transición que representan para el individuo a la vez una ocasión de crecimiento como un peligro de aumento de la vulnerabilidad a la enfermedad mental.

Si bien Winnicott (1971) sostenía que la continuidad de la existencia está asegurada por la herencia cultural, la aparición de una crisis, con su significado de «ruptura», parece demostrar que la herencia cultural no basta por sí sola para asegurar dicha continuidad. Esto ocurre en el adolescente, en el inmigrante, en el campesino que pasa a vivir a la ciudad, etc.

Winnicott considera «la herencia cultural» como una extensión del «espacio potencial» entre el individuo y su ambiente. El uso del «espacio potencial» está, pues, supeditado a la formación de un «espacio entre dos», entre el yo y el no-yo, entre el «adentro» (grupo de pertenencia) y el «afuera» (grupo de recepción), entre el pasado y el porvenir.

El inmigrante necesita un «espacio potencial» que le sirva de «lugar de transición» y «tiempo de transición», entre el país-objeto materno, y el nuevo mundo externo: «espacio potencial» que otorgue la posibilidad de vivir la migración como «juego», con toda la seriedad e implicaciones que éste tiene para los niños.

Si se fracasa en la creación de ese «espacio potencial», se produce la ruptura en la relación de continuidad del entorno y del self. Esta ruptura puede ser comparada a las ausencias prolongadas del objeto necesitado por el niño, que traen como consecuencia la pérdida de la capacidad de simbolización y la necesidad de recurrir a defensas más primitivas.

En efecto, un niño deprivado es incapaz de jugar y muestra un empobrecimiento en su evolución en el campo cultural.

Un inmigrante deprivado, con la pérdida prolongada de objetos confiables en el ambiente, también sufre una disminución de su capacidad creativa. Dependerá de sus condiciones para elaborar esa deprivación y superarla, el que pueda recuperar sus habilidades.

La migración es una de las contingencias de la vida que exponen al individuo que la experimenta a pasar por estados de desorganización, que exigen una reorganización ulterior, que no siempre se logra.

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Hasta cierto punto es posible prever éxitos o fracasos en una migración, evaluando la capacidad potencial para reorganizarse en un tiempo relativamente breve, después de la desorganización transitoria ocasionada por la angustia, en una situación de stress. En experiencias realizadas, sobre la base de entrevistas, para seleccionar personas destinadas a determinados trabajos a ser realizados en otro país, se tomó en cuenta esta capacidad de reorganización rápida como indicador positivo.

Resumiendo, diremos que la migración es una experiencia potencialmente traumática caracterizada por una serie de acontecimientos traumáticos parciales y configura, a la vez, una situación de crisis. Esta crisis puede, por otra parte, haber sido el disparador de la decisión de emigrar, o bien la consecuencia de la migración.

Si el yo del emigrante, por su presdisposición o las condiciones de su migración, ha sido dañado demasiado severamente por la experiencia traumática o la crisis que ha vivido o está viviendo, le costará recuperarse del estado de desorganización a que ha sido llevado y padecerá distintas formas de patología psíquica o física.

Por el contrario, si cuenta con capacidad de elaboración suficiente, no sólo superará la crisis, sino que, además, ésta tendrá una cualidad de «renacimiento» con desarrollo de su potencial creativo.

3. ¿Quiénes emigran?

Los individuos que emigran y las condiciones de migración son de una variedad infinita imposible de abarcar, por lo cual nos limitaremos a describir algunas de las situaciones que permitan establecer «modelos básicos» aplicables a otras. Tenemos plena conciencia de que las vivencias de un diplomático, o un profesor, por ejemplo, que vive lejos de su país de origen, e incluso cambiando frecuentemente de lugar de destino, tienen enormes diferencias con las de un emigrante que huye de la miseria con la esperanza de encontrar un sitio que le permita salvarse y sobrevivir. A pesar de la disparidad de estas experiencias, el estudio más profundo de las mismas permitirá descubrir elementos comunes en algunas de las reacciones emocionales de los sujetos implicados en esas migraciones.

Para comenzar, habría que definir el alcance de los términos que estamos utilizando y, antes que nada, el de «migración».

En general, el término «migración» ha sido estrictamente aplicado para definir la movilidad geográfica de las personas, que se desplazan ya sea en forma individual, en pequeños grupos o en grandes masas.

Quizá resulte útil recordar ciertas corrientes migratorias masivas, por sus importantes consecuencias históricas. Una de las corrientes más antiguas con significación histórica fue la de las tribus nómadas de Europa y Asia Central hacia Occidente, que coincidió con la caída del Imperio Romano. La migración europea y africana hacia América del Norte y del Sur y Oceanía, probablemente tuvo consecuencias históricas aún más importante: este flujo comenzó poco después de los viajes de Colón, calculándose que más de sesenta millones de europeos se dirigieron hacia otros continentes, por causas derivadas de la miseria, las guerras y las epidemias,

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junto con la necesidad de aportes humanos por parte de regiones poco pobladas. Condiciones políticas o religiosas adversas motivaron también migraciones forzadas y masivas.

Estas grandes masas de gente que se desplazaban, en cada época por motivos distintos (económicos, políticos, religiosos, etc.), seguían rumbos determinados, hacia sitios considerados o fantaseados como más acogedores. Más allá de los factores externos que justificaban estas migraciones, operaría también la fantasía inconsciente de búsqueda de una madre-tierra nutricia y protectora, frecuentemente idealizada.

La migración propiamente dicha, es decir, la que da lugar a la calificación de las personas como «emigrantes» o «inmigrantes», es aquella en la cual el traslado se realiza de un país a otro, o de una región a otra suficientemente distinta y distante, por un tiempo suficientemente prolongado como para que implique «vivir» en otro país, y desarrollar en él las actividades de la vida cotidiana.

Este concepto constituye la base de las definiciones que encontramos en la mayor parte de los tratados recrea de la migración: «acción y efecto de pasar de un país a otro para establecerse en él».

El término «trasplante» ha sido utilizado también como sinónimo de migración, pero con un matiz diferencial, ya que se lo suele aplicar a individuos que tienen que emigrar pero han estado muy «arraigados» en su medio original, lo cual determinará una mayor intensidad en el sentimiento de «desarraigo» que sufre todo inmigrante, en mayor o menor grado.

Sin embargo, aunque no responda a la definición corriente, psicológicamente, también podríamos considerar migración al traslado desde un pequeño pueblo a una gran ciudad, cambiar la vida de ciudad por la del campo, bajar de la sierra al llano y aún, para ciertas personas, mudarse de casa.

A los desplazamientos en el interior de un mismo país, que pueden ser más o menos definitivos o temporales (por razones de trabajo, para realizar estudios, etc.), se les denomina «migraciones interiores».

Es importante también establecer una diferenciación entre los llamados «trabajadores extranjeros» y los «inmigrantes» propiamente dichos. Los primeros son, en el sentido amplio del término, personas que trabajan temporariamente en un país que no es el propio, pero tienen el proyecto cierto de volver a su país de origen en un plazo determinado, mientras que los segundos han decidido establecerse en el nuevo país en forma permanente, aunque tengan la posibilidad de retornar al país del cual provienen.

La distinción entre estas dos categorías de personas que abandonan su tierra natal va más allá de lo semántico. Los primeros «tienen el pensamiento más puesto en la vuelta que en la ida» (F. Calvo, 1977). Saben, o suponen, que su separación de su lugar de origen y sus familias tiene una limitación temporal, que les ayuda a enfrentarse con las inevitables vicisitudes presentes en las experiencias con el nuevo ambiente. En los segundos, la vivencia de pérdida de todo lo que han dejado es mucho mayor porque sienten, aunque luego pueda no ser así, que la ruptura de los

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vínculos tiene un carácter más definitivo. Ya veremos más adelante cómo unos y otros deberán pasar por períodos de duelo, desarraigo e intentos de adaptación, que podrán ser exitosamente elaborados o desencadenar síntomas psicopatológicos.

Por último, hay personas que se ven forzadas a vivir fuera de su país: configuran el gran capítulo de los «exiliados», «refugiados», «desplazados» o «deportados» por motivos políticos, ideológicos o religiosos, que no tienen la posibilidad de volver a su lugar de origen.

De modo que, en líneas generales, podría hablarse de «emigrantes voluntarios» y «emigrantes forzados», categorías sobre las que volveremos más adelante. Esta diferenciación es relativa, ya que muchos de los emigrantes que parecen no estar obligados por causas externas a dejar su país lo hacen, sin embargo, por temor a que las condiciones sociopolíticas o económicas de su sitio de residencia puedan deteriorarse en el futuro inmediato hasta un punto no tolerable para sus objetivos, sus niveles de vida o posibilidades de subsistencia.

Estas «migraciones forzadas» ocurren no sólo a nivel individual, sino también masivo. Así, por ejemplo, entre 1947 y 1950, diez millones de personas fueron obligadas a emigrar de Pakistán a la India y siete millones de la India a Pakistán, por sus respectivos gobiernos, por motivos religiosos.

No debemos olvidar que existen también «no-migraciones forzadas», por leyes que restringen la salida o entrada de emigrantes, en determinados países, lo que da lugar a que haya personas que se sientan «encerradas» en un país en el que no quisieran permanecer, o se expongan a situaciones ilegales que entrañan emigrar en condiciones de peligro, con todas sus consecuencias.

A veces, paradójicamente, ciertos cambios sociales importantes pueden determinar migraciones por «resistencia al cambio» y el temor a la amenaza de pérdida de valores, de condiciones de vida y, en última instancia, de las partes del self que ese cambio podría involucrar. En estos casos, el individuo no se atreve a enfrentar miedos primarios, como ser el miedo a la pérdida de estructuras establecidas, la pérdida de acomodación a pautas prescritas en el ámbito social, los que generan intensos sentimientos de inseguridad, incrementando el aislamiento, la soledad, y debilitando, fundamentalmente, el sentimiento de pertenencia a un grupo social establecido. Muchos de los que emigran por este motivo suelen buscar sitios que, aunque puedan ser lejanos geográficamente, presentan condiciones y características similares a las del lugar de origen, previas al cambio. En estos casos se podría hablar de «migraciones sedentarias», ya que se busca rehuir lo nuevo o lo distinto, para recrear y mantener sin modificaciones lo familiar y conocido. Es irse de un sitio para poder seguir quedándose en lo mismo: es irse para no cambiar.

Dada la magnitud del fenómeno migratorio, que afecta a un número tan elevado de individuos, esto pasa a ser un componente más de la «forma de vida» de nuestro tiempo, tal como lo señala F. Calvo (1977), y estamos de acuerdo con él cuando afirma que por más que se revista a este fenómeno con explicaciones sociopolíticas o económicas, no deja por ello de representar un serio problema personal para cada uno de los individuos afectados por esta experiencia, que justifica que se lo estudie en particular.

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Hubo autores que se dedicaron a la investigación de los aspectos psicológicos de la «emigrabilidad», tratando de precisar las características específicas de las personas que consideraban en mejores condiciones para emigrar. Así, por ejemplo, Menges (1959)1 define el concepto de «emigrabilidad» como la capacidad potencial del emigrante de adquirir en el nuevo ambiente, en forma gradual y comparativamente rápido, una cierta medida de equilibrio interno que es normal para él —siempre y cuando el nuevo ambiente lo haga razonablemente posible— y que, al mismo tiempo, pueda integrarse en el nuevo contexto sin ser un elemento perturbado o perturbador dentro del mismo.

Menges plantea también «indicaciones y contraindicaciones» para la emigración, sobre la base de la capacidad de dominar o superar la nostalgia (homesickness).AQUI SE PUEE RETOMAR A MALLIK Y LA IDEA DE LAS RAICES. Según él, el peligro de caer víctima de la nostalgia se incrementa si el individuo ha tenido escaso éxito en su desarrollo mental hacia la individuación. Los que sucumben ante la nostalgia suelen tener problemas infantiles no resueltos provenientes de una relación conflictiva con la madre. Se trataría en estos casos de algo más que el sentimiento de nostalgia, sino de una dependencia enfermiza del hogar.

La estabilidad en la pareja matrimonial y en la vida familiar del emigrante constituye uno de los factores más favorables para poder realizar una migración adecuada, así como la habilidad profesional y la satisfacción en el trabajo. En las mismas condiciones se encuentran los que emigran por razones ideológicas, ya que son menos dependientes de las circunstancias exteriores que les esperan en el lugar de destino. Por el contrario, los que presentan problemas personales y familiares, con poca eficacia en su tarea laboral, o los que tienen perturbaciones psíquicas acentuadas (como en el caso de las personalidades esquizoides por sus dificultades de integración, las paranoicas o las profundamente depresivas), estarían contraindicados para afrontar el impacto de una migración. ESTO PUEDE SERVIR PARA LA INTRODUCCION.

Las características de los distintos tipos de grupo familiar también inciden favoreciendo o dificultando la posibilidad de migración de sus miembros. Así, será difícil que emigren individuos pertenecientes a grupos familiares que se describen como aglutinados, apiñados o «epileptoides», que parecen «tragar» a sus miembros, entre los que se observan enormes dificultades para la separación. Por el contrario, los grupos familiares de tipo «esquizoide» parecen «vomitar» a sus miembros, que tienden al alejamiento mutuo y la dispersión.

En términos generales, podríamos clasificar a los individuos, en lo que a su tendencia migratoria se refiere, en dos grandes categorías: aquellos que necesitan estar siempre en contacto con gente y lugares conocidos, y los que disfrutan cuando tienen la posibilidad de ir a lugares desconocidos e iniciar relaciones nuevas.

En ese sentido, Balint (1959) acuñó dos términos, el de «ocnofilia» y «filobatismo», para referirse a dos tipos opuestos de actitudes: una, con la tendencia a aferrarse a lo seguro y estable, y otra, orientada hacia la búsqueda de experiencias nuevas y excitantes, actitudes que pueden aplicarse también a situaciones y lugares. Etimológicamente, estos términos derivan de voces griegas que significan, respectivamente: «aferrarse», una, y «caminar sobre los «dedos», la otra

1 En «Fitness for Emigration», a Research on Some Psychological Aspects of Emigrability, 1959. El original está en

alemán: Menges, L. J.: «Geschichtheid voor emigratie. Ein onderzock naar enkele psychologische aspecten der emigrabiliteit» (Dess. Univ. Leiden: 5-Gravenhage, 1959).

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(como acróbata).

Los ocnofílicos se caracterizan por su enorme apego a las personas, a los sitios y a los objetos; suelen tener gran cantidad de amigos y es vitalmente importante para ellos estar siempre cerca de alguien (no necesariamente siempre la misma persona) que pueda brindar comprensión y ayuda. Necesitan objetos, tanto humanos como físicos, por la sencilla razón de que no pueden vivir solos.

Los filobáticos, por el contrario, evitan toda clase de ataduras, tendiendo a una vida más independiente y a buscar placer en aventuras, viajes y, sobre todo, emociones nuevas. Los objetos humanos y físicos les significan una molestia, y se apartan de ellos sin dolor ni pena, para buscar continuamente actividades nuevas, ropas nuevas, lugares y costumbres nuevas. Se desprende, por lo tanto, y en lo que a la migración se refiere, que los individuos pertenecientes al primer grupo son los más arraigados en sus sitios de origen y difícilmente los abandonarán, salvo circunstancias que lo exijan perentoriamente. En cambio, los del segundo grupo serán los más proclives a emigrar en pos de horizontes desconocidos y nuevas experiencias. Buscan situaciones que cumplan tres condiciones fundamentales: que incluyan una meta que implique cierto riesgo, que permitan la actuación voluntaria de exponerse a ese riesgo y la expectativa (a veces, omnipotente) de que vencerán el peligro. Ninguna de estas categorías constituye por sí misma y en forma aislada un índice de salud mental. Quizá lo deseable fuera lograr una buena integración de ambas, de manera de poder actuar en uno u otro sentido según se evalúen las circunstancias.

En los juegos infantiles, las zonas de seguridad se llaman «casa» u «hogar», y representan a la madre. Muchos juegos y diversiones, como los de los parques de atracciones, incluyen situaciones que despiertan cierto temor (por ejemplo, por la velocidad) a las que el sujeto se expone voluntariamente sobre la base de cierta confianza de que ese miedo podrá ser tolerado y dominado, y que luego se retornará a la situación de seguridad. Esa mezcla de miedo, placer y confianza frente al peligro es componente de todos esos juegos.

Las actitudes extremas, en cualquiera de las categorías básicas a las que nos hemos referido, configuran, a nuestro juicio, su patología. En última instancia, podrían ser equiparadas a la agorafobia y claustrofobia, respectivamente. Es posible, por ejemplo, que algunas de las víctimas del holocausto desencadenado por el nazismo lo hayan sido por su exagerada necesidad de aferrarse a lo conocido, y no atreverse a intentar irse a tiempo. Inversamente, otros se destruyen por la búsqueda compulsiva y descontrolada de experiencias nuevas: empresas arriesgadas, drogas o migraciones continuas e injustificadas de tipo maníaco.

Otros autores atribuyen otros caracteres a la personalidad pre-migratoria: hay quienes sostienen que la tendencia a migrar es mayor en las personalidades esquizoides, que parecen no tener sentimientos de «arraigo» en ningún sitio. Algunos señalan que son las personalidades paranoides e inseguras las que por sus temores de persecución buscan repetidamente sitios que consideran más seguros.

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capacidad para enfrentar riesgos.

Uno de estos riesgos es la soledad que, en distintos grados, sufrirá quien emigra. La capacidad de estar solo es uno de los rasgos más importantes de madurez en el desarrollo emocional, tal como lo señala Winnicott (1958). El individuo la adquiere en la niñez sobre la base de su habilidad para manejar sus sentimientos en su relación con la madre y, una vez que ha quedado establecida la relación triangular, con ambos padres. En otras palabras, el niño que se siente excluido frente a la pareja de sus padres en la escena primaria, y es capaz de dominar sus celos y su odio, incrementa su capacidad de estar solo.

Esa capacidad implica la fusión de los impulsos agresivos y eróticos, la tolerancia frente a la ambivalencia de sus sentimientos y la posibilidad de identificarse con cada uno de sus padres. Para que esta capacidad se mantenga durante el curso de su evolución hasta la vida adulta será necesaria la existencia de objetos buenos instalados en la realidad psíquica del individuo. La relación del individuo con estos objetos internos, junto con la confianza que ellos le proporcionan y la integración alcanzada, constituirán la base primordial para que pueda tolerar las separaciones y la ausencia de estímulos y objetos externos conocidos. En estos individuos habrá menor tendencia a las reacciones paranoides y mayor posibilidad para disponer de sus objetos internos buenos, que podrán proyectar en el mundo externo en el momento conveniente. En la experiencia migratoria, el individuo que ha adquirido esta capacidad se encuentra en mejores condiciones para enfrentarse tanto con la pérdida de los objetos familiares como con la inevitable exclusión que sufrirá durante los primeros tiempos de su instalación en el nuevo ambiente. Para su vivencia, se re-editará la situación de frustración y exclusión infantiles experimentada con la pareja de sus padres, ya que los integrantes de la nueva comunidad mantienen lazos entre sí y comparten multitud de cosas (idioma, recuerdos, experiencias, conocimientos de lo cotidiano, etc.) relativas al nuevo país, a las que él es aún ajeno.

M. Klein (1963) se refiere al sentimiento de soledad basado en la vivencia de incompletud que deriva del fracaso de una integración personal plena. A esto se agrega la convicción en el sujeto de que ciertas partes disociadas y proyectadas del self no se recuperarán jamás. Ello contribuye a que el individuo no se sienta en completa posesión de sí mismo, ni pueda sentirse perteneciendo a ninguna persona o grupo.

La posibilidad de desarrollar un sentimiento de «pertenencia» parece ser un requisito indispensable para integrarse exitosamente en un país nuevo, así como para mantener el sentimiento de la propia identidad, tal como lo hemos desarrollado en otra obra (Grinberg, L. y R., 1971).

Las personas en quienes el sentimiento de soledad con las características anteriormente mencionadas se da con marcada intensidad tendrán problemas, que se agudizarán en sus experiencias migratorias, porque éstas acentúan, durante cierto tiempo, la vivencia de «no pertenencia». «No se pertenece ya» al mundo que se deja, y «no se pertenece aún» al mundo al que se llega.

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específica que condicione la tendencia migratoria, pero sí pensamos que puede haber una mayor o menor predisposición a migrar, vinculada con todo lo que hemos expuesto y basada en la constitución e historia de cada individuo, que puede ponerse de manifiesto en función de circunstancias y motivaciones externas e internas, en un momento dado, llevándolo a emigrar.

4. Análisis de una pre-migración

(Parte A)

I

Este capítulo estará dedicado al estudio de las perturbaciones en el sentimiento de identidad, desencadenadas por circunstancias de la realidad externa: en este caso, el fenómeno migratorio y su vinculación con los trastornos de las identificaciones introyectivas y proyectivas, mediante el análisis de Marisa, tratada por uno de nosotros (Rebeca Grinberg, 1965).

Estos trastornos, y muy especialmente la dificultad en establecer buenas identificaciones introyectivas, eran consecuencia, a su vez, en gran parte, de migraciones previas de importancia en la vida de la paciente y la poca confianza que podía depositar en sus objetos, que por sus características ofrecían pocas garantías de estabilidad.

Las migraciones, cambios que abarcan un gran espectro de las relaciones objetales externas, agravadas en este caso particular por haber sido repetidas y no elaboradas, quitaron estabilidad a su self y, en consecuencia, a su sentimiento de identidad.

La perspectiva de una nueva migración, que surgió durante su análisis, permitió ver la dificultad de elaborar los múltiples duelos que ésta suponía y la emergencia de ansiedades confusionales, persecutorias y depresivas, caída en estados de regresión con incremento de los mecanismos de disociación, omnipotencia e identificación proyectiva, y la necesidad de recurrir a exteriorizaciones psicopáticas con actitudes maníacas, aunque controladas por mecanismos obsesivos.

El concepto de que el desarrollo y afianzamiento del sentimiento de identidad se basa en las identificaciones introyectivas asimiladas está presente, de manera explicita o implícita, en casi todas las definiciones sobre identidad. Y sabemos también que las identificaciones resultan del interjuego de los mecanismos de introyección y proyección.

Citando a M. Klein (1955): «Un buen objeto establecido en forma segura da al yo un sentimiento de riqueza y abundancia... y es precondición para lograr un yo integrado y estable.»

Esta estabilidad permite mantener la continuidad y mismidad que todos los autores consideran como características que definen la identidad y hace posible que, por contraste, cada individuo sea distinto de los demás aunque con caracteres comunes a otros y, en consecuencia, único. Este es el punto de encuentro con nuestra preocupación: la migración. Las alternativas normales del desarrollo de los individuos incluyen una permanente elaboración de los distintos cambios

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que constituyen el vivir: continuamente se ven enfrentados con la necesidad de sufrir y aceptar la pérdida de estadios anteriores elaborando esos duelos y de afrontar el temor a lo desconocido que se presentará en los estadios subsiguientes.

La migración es un cambio, sí, pero de tal magnitud que no sólo pone en evidencia, sino también en riesgo, la identidad. La pérdida de objetos es masiva, incluyendo los más significativos y valorados: personas, cosas, lugares, idioma, cultura, costumbres, clima, a veces profesión y medio social o económico, etcétera, a todos los cuales están ligados recuerdos e intensos afectos, como así también están expuestos a la pérdida partes del self y los vínculos correspondientes a esos objetos.UNTROUCCION

Siendo un cambio que afecta simultáneamente muchos vínculos, se disminuyen las posibilidades de que algunas partes del self, menos afectadas, permanezcan estables y sirvan de soporte a las que están sufriendo los cambios. Es una conmoción que sacude toda la estructura psíquica, por supuesto más expuesta a sus consecuencias cuanto menos consolidada se encuentre.

Por otra parte, es indudable que las condiciones en que se realiza la migración determinan el tipo de ansiedades que se movilizan predominantemente, así como su intensidad, las defensas que se erigen contra ellas y las posibilidades de elaboración.

Son distintos en su contenido los duelos que haya que realizar por un país perdido como consecuencia de persecuciones, con el consiguiente incremento de ansiedades paranoides, de los vinculados con un abandono voluntario, en relación con el cual pueden predominar la culpa y ansiedades depresivas. Y es infinita la cantidad de factores y situaciones que, en cada caso, llevan a configurar distintas fantasías inconscientes, tanto en relación con el propio país, perdido o abandonado, definitiva y temporariamente, como con el «otro país», amenazante o seductor, perseguidor o idealizado.

Veremos cómo se dan estos fenómenos en un caso particular: Marisa y su migración, a la luz de los conceptos expuestos. Queda entendido que se ha extractado del historial clínico exclusivamente el material atingente al tema.

II

Situación familiar

Los motivos que trajeron a Marisa al análisis cuando tenía veinte años y en vísperas de su casamiento estaban estrechamente vinculados con sus dificultades en la introyección: anorexia, temores hipocondríacos difusos aunque particularmente referidos al tracto oral-digestivo, dudas con respecto a su próximo matrimonio, temor ante las relaciones sexuales y un estado de permanente angustia.

El clima de falsedad y engaño estaba permanentemente presente en la vida de Marisa, incrementando su desconfianza frente a sus objetos e impidiéndole saber qué era y qué tenía. El padre había pertenecido al servicio diplomático, que finalmente había abandonado para

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instalar un estudio como abogado. Ella no sabía por qué medios el padre había obtenido su fortuna. La madre había abandonado una carrera universitaria al nacer la paciente, hija mayor, a la que siguió una hermana a los dos años.

El padre era de carácter violento. En ciertos períodos caía en crisis melancólicas con fantasías de suicidio.

La madre, muy seductora, parecía siempre «ocultar cosas».

La paciente era aparentemente la persona más centrada de la familia, mediadora entre los padres, y entre éstos y la hermana en los frecuentes conflictos familiares, pero siempre enferma físicamente.

III

Reconstrucción sintética de su análisis hasta el período premigratorio

Su primer contacto conmigo fue de naturaleza contrafóbica. Trató de mostrarse muy segura de sí misma en la entrevista, dándole un carácter muy formal. Me informó escuetamente de los motivos por los cuales quería analizarse y que el doctor X, con quien había mantenido una entrevista, me la enviaba para iniciar tratamiento. Había concurrido a aquella consulta alarmada por intensos ataque de ansiedad y miedo a enloquecer ante la inminencia de su casamiento. Marisa manifestó que no había tenido intenciones de analizarse con el doctor X porque prefería una analista mujer, y que había acudido a él solamente para que le recomendara a alguien con quién tratarse.

Sin embargo, en su primera sesión, lo primero que me dijo, comentando la entrevista, fue: «Me desilusioné al verla. La imaginaba más masculina, con traje sastre y pelo oscuro y recogido; tal vez un rodete.»

Pudimos ver luego que esperaba encontrar en mí la proyección de su propia imagen corporal, identificada con una madre fálica, y a través de la cual realizaría, además, la fantasía de analizarse con el doctor X.

Ella misma usaba rodete. La cabeza y el peinado aparecieron reiteradamente en su material durante el primer período de su análisis, asociado a frecuentes sueños en que el análisis era representado por una peluquería y en que yo, como peluquera, cuidaba o atacaba, alternativamente, su abultada cabeza, que simbolizaba, en ocasiones, un vientre embarazado o un pecho extremadamente lleno.

Esta imagen me parece trascendental, pues era la expresión, por intermedio del cuerpo, de su fantasía básica transferencial en que yo sería una madre con toda la omnipotencia del pensamiento, físicamente visible en la cabeza, y donde estaría concentrado también todo el poder del padre (doctor X).

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En ese sentido, la erotización del pensamiento y sobre-valoración de la inteligencia correspondería a una erotización de la relación con el pezón de ese pecho omnipotente (rodete), confundido con un pene. Quería analizarse con una mujer, pero de aspecto masculino.

El vínculo transferencial que se estableció desde las primeras sesiones (donde externalizó sobre mí diversos personajes de su infancia) señalaba una doble disociación: arriba-abajo (mente-cuerpo) y bueno-malo. (Dificultades en el vínculo de integración espacial.)

La primera imagen que proyectó sobre mí fue la de médico, que luego comenzó a alternar con la de peluquera. La relación conmigo como peluquera era una relación de a tres, en la que intervenía el doctor X, pero como una parte mía disociada. Representábamos dos imágenes de médicos de su infancia. Colocó sobre el doctor X la imagen del médico agresivo que la había maltratado de niña, acribillándola a inyecciones. Yo, en cambio, resultaba ser un médico cariñoso, como uno que la había atendido alguna vez y le daba caramelos, pero al que los padres despidieron porque el médico «malo» ganaba la confianza de los padres.

La situación traía, de todos modos, un planteo edípico muy franco al vivirme como médico hombre, pero demasiado manifiesto: recordó que quería casarse con el médico bueno, aunque tenía una hija de su misma edad.

La aparición de ese material edípico era precoz y no correspondía a la situación real de la paciente.

Lo que se estaba expresando realmente eran sus ansiedades persecutorias que trataba de mantener alejadas del vínculo transferencial, movilizadas en relación con la situación actual de casamiento y su terror durante el coito frente a los ataques sádicos del padre malo, pero vivido como objeto parcial: pene-inyecciones que yo debía contrarrestar con un pene-caramelo.

Al surgir en las asociaciones «las enfermedades» por las cuales los médicos habían hecho irrupción en la vida de la paciente y se habían convertido en personajes que integraban el cuadro familiar, se pudo apreciar la extensión e intensidad de su angustia persecutoria en niveles más regresivos y esta vez en relación con el objeto materno.

Desde su infancia había sufrido una variada sintomatología oral-digestiva, predominando la anorexia y una constipación pertinaz, síntomas que se mantenían al iniciarse su análisis.

Esta modalidad de funcionamiento retentivo se evidenciaba en el trato que daba a las interpretaciones: no se refería nunca a algo que yo le hubiera dicho en la sesión, ni acusaba recibo de interpretación alguna, sino hasta la sesión siguiente, después de haberlas llevado a su casa y desmenuzado en lugar seguro, lejos de mi presencia. Surgía así su ansiedad y desconfianza frente al alimento, y a todo lo que la madre le podía meter dentro, consecuencia de los conflictos de su lactancia, como veremos luego, y del extremo control que debía ejercer sobre su esfínter para ponerse a cubierto de la posibilidad de que le sacaran sus contenidos por la fuerza. Estas fantasías se confirmaban por un acontecimiento muy traumático que surgió como un recuerdo un tanto confuso. A los doce años, en un período en que su padre empezó a desempeñar cargos en el extranjero y sufrió varios cambios de destino sucesivos que le creaban

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una situación de incertidumbre, sus trastornos se agudizaron, y en uno de los países de tránsito tuvieron que tomarle radiografías del aparato digestivo. Pero no pudo eliminar la «leche opaca» que le dieron: hizo un cuadro grave de retención intestinal y hubo que extraerle el bolo fecal formado.

Recurrió, profundamente, a la disociación entre el país de origen —leche buena— que se había visto obligada a abandonar y el país nuevo —leche mala— que asumía las características persecutorias. Esta última estuvo representada por «la leche de bario» que era la leche mala que se le metía para «mirarla» desde adentro y delatarla, como ahora su analista, mostrando lo que había en su interior.

Este episodio estaría denunciando, además, una reacción melancólica frente a la pérdida del país, por medio de la retención masoquista del bario.

Pero no era ésa su primera situación de migración. Su lactancia también había transcurrido en otro país, por razones familiares. Esta lactancia se prolongó hasta los dos años, porque su madre desconfiaba de los alimentos que se podrían obtener en el «otro país». En esa época no padecía anorexia y era un bebé rollizo. Pero esa leche que recibía iba acompañada de fantasías paranoicas de la madre a una edad en que necesitaba otro tipo de alimentos, creándole la sensación de que «todo lo de afuera era malo», y llevándola a una regresión con incremento de la idealización del pecho, en última instancia, del «adentro». Un pecho que daba leche pero poco contacto afectivo, tal vez por la depresión de la madre por la misma situación de migración. Esto se puede deducir de algunos sueños que surgieron durante el análisis.

La otra situación importante que gravitó en sus posibilidades de identificaciones introyectivas fue haber cursado parte de la escuela primaria en una institución de una colectividad extranjera a la que no pertenecía, sintiéndose extranjera entre sus compañeras, en su propio país, por ser argentina. Al mismo tiempo, la directora de esa escuela era su profesora particular, ya que el padre estaba interesado en que aprendiera el idioma del país al que probablemente sería destinado. En síntesis, era «diferente» porque era extranjera, o porque no lo era donde todos lo eran (colegio), porque era muy rica (le daba vergüenza mostrar su casa excesivamente ostentosa), porque gozaba de privilegios (la directora) o porque podía perder todos los privilegios al menor cambio político.

El acontecimiento de la leche de bario se vinculó también para la paciente con la menarca, que se tiñó a su vez con las mismas fantasías catastróficas de tener el interior atacado violentamente y robado. La madre se refería a su menstruación preguntándole si estaba «enferma», y en general tendía a fomentar sus preocupaciones hipocondríacas, sugiriéndole frecuentemente que visitara a distintos médicos porque suponía que pudiera padecer de una u otra enfermedad. Desde ya, con esta actitud, la madre condenaba su femineidad: ser mujer era ser enferma.

Ella se mostraba muy disgustada por ser mujer, a pesar de lo cual hacía las cosas que consideraba que una mujer «debe» hacer: ir a la peluquera, modista, etcétera, pero despreciaba estas actividades, ya que lo único valioso era ser inteligente y estudiar.

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el desprecio que manifestaba por su cuerpo.

La madre parecía una figura poco significativa, pero cuando surgió por primera vez en el análisis fue en conexión con situaciones de «asco» y «engaño».

Pudimos ver que sentía vergüenza porque la madre no era muy refinada a pesar de parecerlo, y que su propia anorexia estaba vinculada a su sadismo oral, del que se defendía con una formación reactiva, como la madre, que no comía carne. Pero vimos también que el no comer significaba de todos modos dañar, porque vivía a su madre como alguien para quien la carne era el pene del padre despreciado. Y su asco e intolerancia frente a la comida e interpretaciones expresaba una fantasía oral con el pene, sádica y despreciativa.

Por la época en que se trabajó este material, su constipación comenzó a mejorar y también lentamente su anorexia, haciéndose presentes, recién entonces, todas las dificultades que habían estado encubiertas en el área psíquica y en su relación con el mundo externo.

No he hablado aún de su pareja, porque esta elección objetal se hace más comprensible en posesión de los antecedentes que acabo de exponer. Ricardo era de su misma nacionalidad, pero lo había conocido en el extranjero. Era una elección de objeto basada, entre otras cosas, en una actitud paranoica, ya que identificada proyectivamente con la madre, desconfiaba de los «hombres del otro país». Sin embargo, al mismo tiempo, había elegido a alguien que, en algún sentido, era «extranjero» para su familia; siendo sus padres católicos practicantes, y para quienes el serlo era factor importante en su posición social, se había enamorado de un judío.

En las relaciones sexuales, que habían iniciado compulsivamente a instancias de Marisa (contrafóbicamente), ella era frígida. Estas relaciones la angustiaban en grado sumo, apareciendo numerosas veces en sus sueños al comienzo de su análisis el temor a que la descubrieran o a que «se le notara en la cara».

El comienzo de su actividad genital, que ponía en funcionamiento un nuevo aspecto de su identidad sexual, la angustiaba, haciéndole sentir que toda su identidad tambaleaba: no era solamente que su cara pudiera delatarla, que todo aquello por lo que se sentía culpable quedara en descubierto, sino que dejara de ser ella, que tuviera otra cara (Ph. Greenacre, 1958).

Tanto sus relaciones sexuales como su casamiento eran actos de aparente rebeldía contra el padre. Hacer algo sin su intervención y que, para su vivencia, sólo podía ser «contra él». Sólo podía diferenciarse estando «en contra». Luego de la tormenta familiar desatada, el padre transó y aceptó que se casara; comenzó entonces a abrumarla con regalos que ella no podía disfrutar, porque sentía que la ataba con ellos. Su vivencia era que nunca le habían cortado el cordón umbilical y no podía diferenciar lo que le habían dado y le era «propio» (identificación introyectiva o vínculos internos asimilados que forman parte del self y contribuyen al sentimiento de identidad), de lo que era «del otro». Vivía así también todas mis interpretaciones, sintiendo que yo siempre las reclamaría como mías.

Pero, a pesar de sus quejas porque no le cortaban el cordón umbilical, la ansiedad predominante con respecto al casamiento, de naturaleza paranoide, tomaba forma de miedo al empobrecimiento

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expresado en términos de dinero; perdería a la familia, quedando «sola y pobre» a merced del marido (médico malo que pincha sádicamente y saca contenidos del cuerpo).

En realidad, el nuevo estado, la nueva casa, eran el «otro país». Casarse era para ella una nueva migración.

Quiero recalcar, porque importa a los fines de este capítulo, la participación de las experiencias de migración en el incremento de las ansiedades persecutorias frente a las situaciones de cambio y adquisición de nuevos roles.

El análisis de todo este material permitió a Marisa afrontar el casamiento, algunos meses después de la fecha fijada primitivamente, sin crisis agudas de ansiedad.

Para ese entonces Marisa estaba más sólidamente instalada en el análisis, aunque su comunicación seguía siendo difícil; en las sesiones había silencios largos y pesados, y se llevaba las interpretaciones a casa para «rumiar».

Después de su casamiento

En sus intentos de recuperar los vínculos con la familia que sentía perdidos al irse a vivir a otra casa, se activaron sus mecanismos psicopáticos. Este tipo de conducta fue su respuesta a la «migración», como intento de recuperar los objetos que corría el riesgo de perder y por los que no podía hacer el duelo. La psicopatía se ponía en marcha como defensa contra la depresión. Provocaba peleas constantes con el marido por motivos fútiles, mientras seguía siendo «razonable» con los padres y «componedora» en los altercados entre ellos. En estas situaciones su figura se agigantaba, se hacía importante y se sentía «vivir». Es fácil suponer que trataba de provocar sutilmente las situaciones de ese tipo que le permitían vivir, al mismo tiempo que negaba participación alguna en su génesis, cosa que sólo se descubría en el análisis.

En las sesiones trataba de provocar impacto y sorpresa. A menudo comenzaba con una frase de gran efecto como: «Me pasó algo tremendo...», seguida de un largo silencio, con lo cual tendía a manejar psicopáticamente la relación transferencial, procurando crear suspenso y despertar mi interés, para que yo me volviera muy dependiente de ella y de lo que contaría.

Comenzó a tener problemas con el estudio: no lograba concentrarse, y entró en una situación de rivalidad insuperable con el marido, que seguía estudiando además de trabajar. Esta rivalidad estaba muy negada, mientras toda la persecución se desplazaba hacia los obreros que terminaban de decorar su casa y las muchachas que podían robarle cosas, aun cuando adoptaba una conducta muy confiada, dejando joyas y objetos valiosos al alcance de sus manos, como para tentarlas. Frente al temor a la pérdida de su rol intelectual y despreciando el de ser esposa, encontró como salida el convertirse en madre.

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