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Evolución del proceso migratorio: integración al medio

Las angustias que pueden surgir poco después del período inicial de una migración son de tipo persecutorio, confusional y depresivo. Estas angustias están presentes como una constante en todo proceso migratorio, pero con grandes variaciones en cuanto a intensidad, durabilidad y evolución.

Las angustias paranoides pueden llegar a tener el carácter de verdadero pánico por su intensidad frente a las exigencias, vividas por el inmigrante como abrumadoras, con las que se tiene que enfrentar: la soledad, el desconocimiento del idioma, búsqueda de trabajo, vivienda, etcétera. Algunas personas, incapaces de superar tales exigencias, o por temor al fracaso, deciden en esta etapa un retorno precipitado, si sus condiciones de emigración lo permiten.

La angustia confusional surge por la dificultad de diferenciar los sentimientos dirigidos a los dos focos primordiales de intereses y conflictos: el país y la gente que se ha dejado y el ámbito nuevo al que se acaba de llegar.

En ocasiones, la migración puede hacer revivir la situación triangular edípica entre los dos países, como si representaran simbólicamente a los dos padres frente a los cuales resurgen la ambivalencia y los conflictos de lealtades. A veces es vivido como si se tratara de padres divorciados con fantasías de haber establecido una alianza con uno de ellos en contra del otro. Hay momentos en que la confusión se incrementa porque se superponen y mezclan las culturas, los idiomas, los lugares, los puntos de referencia, los recuerdos y las vivencias actuales.

Estos estados de confusión pueden surgir también por los intentos defensivos contra las ansiedades persecutorias frente a lo desconocido. Ocurren, por ejemplo, en formas leves, cuando se pretende transformar precisamente lo desconocido en algo familiar, homologando las calles de una ciudad nueva con las similares de la ciudad natal, midiendo las distancias, considerando como unidades de medida trayectos conocidos y frecuentados en el pasado, creyendo reencontrar rostros conocidos en los desconocidos transeúntes, etcétera.

Esto puede acentuarse en los casos en que se emigra a un país de características similares al propio, o que tiene el mismo idioma, lo cual induce a negar que, aunque sea semejante, se trata de otro país. Tales fantasías tendentes a facilitar la adaptación sobre la base de lo familiar, pueden provocar —paradójicamente— un retorno de lo persecutorio, otorgándole el carácter de

lo «siniestro» a las personas y a las cosas, el de lo que parece ser y no es, el de lo «muerto-vivo». Las ansiedades depresivas están determinadas por las experiencias masivas de pérdida de todo lo que se ha dejado, con el temor de no poder recuperarlo jamás. Esto obliga a un trabajo de duelo, como ya hemos dicho, duelo que es siempre difícil y que, a veces, adquiere características patológicas, especialmente cuando el sujeto no tiene posibilidades de reconocerlo, sentirlo, expresarlo y elaborarlo.

En los casos que evolucionan patológicamente, los distintos tipos de angustia pueden dar lugar a verdaderos estados psicóticos, como desarrollaremos luego. En la paranoia con francos delirios persecutorios todo el entorno se transforma en hostil y peligroso, adjudicándosele estar incluido en confabulaciones tendentes a dañar o perjudicar específicamente al sujeto. La psicosis confusional puede llevar no sólo a la pérdida del sentimiento de identidad, sino también a la desorientación en el tiempo y en el espacio, particularmente referida al antes y ahora, allí y aquí. Es el más común de los cuadros psiquiátricos de los registrados entre los inmigrantes hospitalizados. Las melancolías profundas involucran un sentimiento intenso de empobrecimiento yoico, con vivencias de «despojo» y vaciamiento de todos los contenidos, pertenencias y capacidades.

Hemos mencionado situaciones extremas: ello no implica una generalización, sino la intención de señalar que la situación de migración favorece la eclosión de la patología latente en algunos individuos particularmente lábiles, o puede constituir potencialmente puntos de partida para trastornos psíquicos más o menos serios. Tal como lo señala Garza-Guerrero (1974), se debe diferenciar la elaboración patológica de la migración, con su crisis de identidad no resuelta, enfermedad depresiva y desadaptaciones sociales crónicas, de la elaboración sana con las vicisitudes de la identidad derivadas del shock cultural. En términos de Ticho (1971), «el shock cultural es una crisis autolimitante».

Algunas personas reaccionan con una sobreadaptación maníaca, identificándose rápidamente con los hábitos y modalidades de funcionamiento de las gentes del nuevo país, tratando de olvidar el propio, en mérito a un pretendido «realismo». Otros, por el contrario, se aferran tenazmente a sus propias costumbres e idioma, buscando relacionarse en forma exclusiva con sus connacionales, dando lugar a grupos cerrados que funcionan como verdaderos ghetos.

De José Donoso, que en su novela El jardín de al lado (1981) da cuenta de una encrucijada en que varias crisis se dan cita: la del desarraigo como latinoamericano residente en España, la crisis en la relación con su pareja y consigo mismo, con su capacidad creadora y con su momento vital, mencionaremos sólo una escena en que un grupo de exiliados prepara «el asado» ritual a orillas del Mediterráneo, mientras en tono amargo y burlesco, con un vaso de vino en la mano y un fondo musical de carnavalitos y chamamés, dicen que no se pueden tomar en serio países que están «mal orientados», donde nunca se ve la puesta de sol sobre el mar, «como debe ser» (como en Chile). Los que no alcanzan a integrarse y se refugian detrás de la «empalizada» que contiene sus recuerdos y afectos lejanos, parecen estar condenados a mirar la vida como algo que transcurre siempre en un «jardín de al lado», ajeno, espiando sin poder participar.

individualidad para poder integrarse al ambiente que lo recibe. Cuanto más difiera el grupo nuevo del grupo al que ha pertenecido, mayor será su renuncia. Estas renuncias o pérdidas producen, inevitablemente, procesos de duelo conflictivos, ya que chocan con el empeño de cada individuo por asegurar su ser distinto de los demás: es decir, con el mantenimiento de uno de los rasgos de su identidad. Es de imaginar, entonces, el padecimiento que implica el tener que desprenderse, aunque más no sea parcialmente, de símbolos muy valorados que caracterizan a su grupo nativo, entre ellos su cultura y su lenguaje. Esto puede ser vivido como el equivalente de una castración psíquica.

El idioma propio, la lengua materna, nunca llega a ser tan investido libidinosamente como cuando se vive en un país que tiene un idioma distinto. Todas las vivencias infantiles, los recuerdos y sentimientos referidos a las primeras relaciones de objeto están ligados a él y lo impregnan de significados especiales. Tan fundamental nos parece, que dedicamos a este tópico un capítulo aparte, para poder referirnos a él extensamente.

Otro de los grandes problemas con que se encuentra el inmigrante es la dificultad de encontrar «su lugar», «su sitio», dentro de la nueva comunidad, recuperando la posición social y el status profesional que tenía en su país nativo. Nadie lo conoce y el sentirse una persona anónima aumenta su inseguridad interna. El tema del «sitio», difícil de lograr, aparece en numerosos sueños de inmigrantes.

Su sentimiento de soledad y aislamiento aumenta su depresión frente a sus pérdidas, ya que no cuenta con el apoyo de su medio sociofamiliar habitual, que puedan acompañarle en su duelo. Por el contrario, «el inmigrante ha de realizar un esfuerzo agotador para soportar sin hundirse devastadores sentimientos, el dolor por lo perdido, a la vez que se exigirá otro esfuerzo de igual intensidad para seguir respondiendo adecuadamente a las demandas presentes», dice Calvo (1977).

El sueño de una paciente, ocurrido al poco tiempo de su migración, muestra la vivencia de pérdida de sus objetos y de partes del propio self con un claro contenido depresivo. Sueña que va al encuentro de una tía suya (que pertenecía a la parte idealizada de su familia y tuvo relación con los motivos de su migración). En el camino deja su bolso y su abrigo en una tienda, pensando recogerlos al regresar. Todo parecía muy fácil y agradable. Pero luego todo se torna difícil: no encuentra a la tía; hay mucha gente en la calle; luego ve a la tía pero de lejos y ésta se entretiene conversando con otras personas y deja a la paciente excluida. De pronto se da cuenta de que el sitio donde dejó sus cosas no le queda de camino. Se apresura a volver para recogerlas, pero las tiendas ya han cerrado y sus cosas han desaparecido. Finalmente, no se sabe bien cómo, recupera su bolso pero no el abrigo. Se alivia, porque en el bolso están sus documentos de identidad.

El escenario del sueño tiene elementos de su ciudad de origen y del lugar actual de residencia. La tía idealizada a cuyo encuentro iba la paciente representa el país idealizado al que acaba de llegar. En el camino migratorio va dejando despreocupadamente sus pertenencias. Por predominio de sus mecanismos maníacos, no concede importancia, al principio, a lo que deja, y todo le parece fácil y agradable. Pero pronto surge la frustración, porque no se siente bien recibida por la tía —país idealizado-madre sustituta—, en quien había depositado tantas

expectativas, y se siente excluida. Es entonces cuando emerge el sentimiento depresivo por la pérdida de sus pertenencias, que intenta recuperar. Sólo logra rescatar su amenazado y tambaleante sentimiento de identidad, y aunque se sienta desamparada y sin abrigo, se alivia porque el reencuentro con «el saber quién es» contrarresta su temor a un colapso depresivo, como se había manifestado en el material de las últimas sesiones previas al sueño. (Está claro que obviamos todas las implicaciones transferenciales, por estar fuera de contexto.)

Durante el proceso de duelo las personas se ven enfrentadas con sus sentimientos de culpa, tanto de tipo persecutorio como depresivo.

En el análisis de otra mujer, tiempo después de haber emigrado, se pudo apreciar la fluctuación entre ambos tipos de culpa en el siguiente sueño: Estaba con su marido e hijos en un chalet que había sido de su propiedad en su país. Sabía que lo había vendido al emigrar. Los dueños actuales no estaban y ellos conservaban su antigua llave. Instalaron la mesa en el jardín, como solían hacerlo en el verano, y cuando se disponían a comer e ir a la piscina llegaron los dueños y aceptaron como natural que ellos estuvieran allí y compartieran la comida.

Pero lo que le impactó más del sueño fue que, extrañamente, en el centro del parque que rodeaba al chalet había un ataúd apoyado sobre un caballete y cubierto con un paño que contenía el cadáver de su padre, muerto años antes.

La paciente se preguntaba, en el sueño, si tendría que enterrarlo o dejarlo a cargo de los nuevos dueños de la casa. Le sorprendía que hubieran comprado el chalet con «el ataúd en el jardín». No quería que los niños quitaran el paño para ver su interior. Oscilaba entre pensar que no había motivo para que fuera ella quien se hiciera cargo del entierro, porque el chalet ya no le pertenecía, y pensar que el muerto sí era suyo y tenía que ocuparse de enterrarlo. Tampoco sabía si tendría que contratar un coche especial o cabría en su propio coche. Cree que finalmente decidía llevarlo en su coche.

De sus asociaciones pudo desprenderse que el sueño expresaba sus intentos de elaborar las pérdidas sufridas al emigrar. No se resignaba a admitir que ese chalet, impregnado de tanta historia vivida y tantos afectos de la paciente, hubiera dejado de pertenecerle. Intentaba recuperarlo en el sueño aunque compartiéndolo con sus nuevos propietarios.

La inclusión del ataúd con el cadáver del padre en el centro del parque indicaba que la migración había reactivado el duelo por su muerte, que condensaba todas las demás pérdidas que ocupaban ahora el centro de sus preocupaciones.

La culpa persecutoria que sentía en parte, por haber abandonado el país y a su padre muerto, la impulsaba a intentar negar la obligación de hacerse cargo de ese muerto que era suyo, no enterrado aún (por no haber terminado de elaborar su duelo) y proyectar la responsabilidad en los nuevos ocupantes del chalet.

El resentimiento irracional que experimentaba contra ellos por poseer ahora algo que había sido tan querido para ella hacía que justificara la delegación de dicha responsabilidad. Lo expresaba diciendo: «Ya que se quedaron con la casa, que se queden también con los muertos.»

Pero, a pesar de la complejidad y mezcla de sentimientos, se daba cuenta de que era ella quien tenía que asumir la responsabilidad de enterrar a «su muerto», aunque dudaba de su capacidad (espacio interno) para llevarlo a cabo. La idea de contratar un «coche especial» con mayor espacio era un pedido implícito al analista para que le ayudara a contenerlo.

En toda pérdida objetal ocurre simultáneamente una pérdida de partes del self que desencadenan un proceso de duelo por el self, que acompaña al duelo por la pérdida de objeto. Toda preocupación por el estado del yo implica automáticamente una preocupación por el sentimiento de identidad. A lo largo del desarrollo se presentan muchas situaciones que amenazan la integridad del self, exponiéndole a experiencias de dolor, daño y pérdidas parciales que producen respuestas depresivas. Los mismos mecanismos de defensa utilizados por el yo contra la angustia se convierten, a veces, en factores atentatorios contra su estructura e integración, provocando su debilitamiento. El anhelo de complementarse a través de la recuperación de los aspectos que se sienten perdidos constituye una de las expresiones más definitorias dentro del cuadro de la elaboración del duelo por sí mismo.

Un paciente espontáneamente lo expresó de este modo: «¡Cuánto tiempo llevan las transiciones! Estoy pasando del descuido al cuidado, del desorden al orden, de la migración al asentamiento. Mi hermano vendrá a visitarme. No sé qué pedirle que me traiga de mis cosas que quedaron en su casa cuando me fui. Ya no sé si están todas allí: algunas se las dieron a mis hermanas o a unos amigos. Tengo la impresión de haber ido por la vida con una maleta abierta, desperdigando cosas... Ahora quisiera recoger lo que pueda...»

Quisiéramos destacar un síntoma peculiar que hemos podido observar en muchos inmigrantes que logran una rápida adaptación a las características, hábitos y demandas del nuevo lugar a poco de su llegada. Consiguen trabajo, aprenden el idioma, instalan su casa junto con su familia y hasta alcanzan éxitos en sus relaciones profesionales y sociales en sus primeros dos o tres años de permanencia, en un estado de aparente equilibrio psíquico y físico. Y es entonces que, paradójicamente, cuando podrían disfrutar de todo el esfuerzo realizado y los éxitos logrados, caen bruscamente en un estado de tristeza profunda y apatía que les obliga, a veces, a abandonar su trabajo y su conexión con el ambiente externo.

Hemos denominado a este cuadro el síndrome de la «depresión postergada», que surge, al parecer, cuando se han agotado las defensas maníacas utilizadas durante ese período para el logro y mantenimiento de esa adaptación forzada. En ocasiones, esa «depresión postergada» puede ser sustituida por una manifestación somática del tipo de infarto de miocardio, úlcera gástrica, etc. Estos constituyen los síntomas frecuentes del segundo o tercer año de la migración.

Otro hecho, de observación corriente entre los inmigrantes, es lo que podríamos denominar la «hipocondría del dinero», que se expresa como temor a la miseria y desamparo. Este síntoma está muy vinculado a la situación de migración, ya que lo hemos detectado en personas que, en su país, tenían poca preocupación por el dinero, pero en las que el cambio ha promovido vivencias de inseguridad interna e inestabilidad.

desplazamiento del conflicto a nivel corporal. Es entonces cuando pueden aparecer trastornos psicosomáticos de naturaleza diversa: síntomas digestivos (no se puede «digerir» la experiencia migratoria, la «nueva comida»), síntomas respiratorios (el nuevo medio «ahoga»), síntomas circulatorios (el ambiente y sus exigencias producen «opresión» en las arterias y en el corazón), etc. Puede haber propensión a accidentes, como tentativas de suicidio encubiertas. En otros casos, en lugar de síntomas somáticos, se observan fantasías y temores hipocondríacos.

La mayor o menor gravedad de todos estos trastornos desencadenados por la migración dependerá, en buena medida, del hecho de que el que emigra lo haga solo, en grupo o acompañado de su pareja o familia. Las migraciones de jóvenes que lo hacen sin sus familias, si son dirigidas por alguna institución, suelen ser organizadas en grupos, ya que los que se ocupan de ellos saben por experiencia cuánto alivia los malos momentos el poder compartirlos con otros, a pesar de las tensiones que en los grupos puedan suscitarse.

Los vínculos de pareja o familia sólidos y estables ayudarán a afrontar y tolerar, en mejores condiciones, los avatares de las experiencias de cambio y elaborar los duelos respectivos. Si, por el contrario, estos vínculos son muy conflictivos, la situación de migración agudizará los conflictos y será el disparador de rupturas matrimoniales, o de problemas entre padres e hijos. Una de las manifestaciones más corrientes de este tipo de conflictos suele ser la disparidad entre la aceptación y el rechazo del nuevo país por parte de los distintos miembros del grupo familiar: unos se adaptan con más facilidad que los otros, tienen éxito, hacen amigos, mientras otros quedan resentidos, desvalorizados, quieren volver a su país, etc.

Por otra parte, en toda migración se producen rupturas en las líneas de parentesco más amplio, con repercusiones variadas según las estructuras de las respectivas familias, pero siempre existentes.

Berenstein (1981) sostiene que las personas componentes del sistema familiar están ligadas —sin saberlo— por una estructura inconsciente, donde se encuentra como matriz de significado la compleja relación entre la familia conyugal y la familia materna. Ocasionalmente, surgen individuos que, por sus cualidades, se rebelan contra la estructura familiar o social de diversas maneras. Si la decisión de emigrar se realiza en función de esta rebeldía, en contra del deseo o interés de la estructura familiar, esta motivación puede tener incidencia en su ulterior evolución. Tal decisión, manifiestamente liberadora, puede —latentemente— tener el significado de convertir al sujeto en mediador en la contradicción entre la familia conyugal y la familia materna.

Quizá, profundamente, el que decide emigrar busque detentar la función paterna de establecer un nuevo contexto. Su objetivo sería crear un nuevo sistema, diferente de la familia materna, que le permita afirmar su exogamia de un modo más rotundo.

Su migración puede ser vivida como el equivalente de' un «acto heroico» que le significa la conquista de su independencia, junto con un sentimiento de triunfo sobre su padre y su madre abandonados, o bien la concretización de una fantasía de orfandad. En ambas situaciones extremas surgirán complicaciones en el proceso evolutivo de la migración debidas al sentimiento

de culpa en el primer caso y la intensidad de la vivencia de desamparo en el segundo.

Quisiéramos destacar la enorme importancia del trabajo, como factor organizador y estabilizador de la vida psíquica, especialmente si es un trabajo para el cual el sujeto tiene habilidad y del que