Las reacciones de las personas que se quedan cuando otras emigran y la naturaleza de sus sentimientos dependen de la calidad e intensidad de los vínculos que los unen a los que parten.
Si se trata de familiares muy allegados, resultará inevitable que experimenten vivencias de pérdida y abandono. Se sentirán invadidos por la pena y por sentimientos depresivos, no exentos de hostilidad hacia el que se va, por el sufrimiento que les ocasiona. A veces esta separación es vivida como muerte, sí las circunstancias del que emigra hacen difícil pensar en un pronto retorno, o el alejamiento se prevé como definitivo. En mayor o menor grado, siempre se cumple algo de lo que la sabiduría popular ha volcado en la conocida expresión: «partir es morir un poco». Lo es para quien se va, y también para quien se queda. El duelo con que responden a la separación puede ser equiparado al duelo producido por la muerte de un ser querido. Esta equiparación inconsciente del partir con el morir puede ser muy intensa. Ya lo hemos visto en la adolescente del capítulo anterior, que sentía morirse, para los demás, al partir.
Nos fue dable observar el caso de otra adolescente, que «se quedaba» mientras su hermano emigraba a un país muy lejano y sin propósito de volver. Después de llorar varios días y noches luego de su partida, quedó atónita cuando recibió la primera carta: en su desesperación había considerado imposible toda forma de comunicación con él, como si realmente se hubiera ido a «otro mundo».
El concepto de duelo implica todo un proceso dinámico complejo que involucra a la personalidad total del individuo y abarca, de un modo consciente o inconsciente, todas las funciones del yo, sus actitudes, defensas y, en particular, las relaciones con los demás.
Etimológicamente, el término duelo significa «dolor» y también «desafío o combate entre dos». Ambas acepciones pueden aplicarse tanto al sufrimiento provocado por la pérdida de objeto y de partes del self proyectadas en el mismo, como también al enorme esfuerzo psíquico que implica recuperar el ligamen con la realidad y el «combate» librado por desligarse de los aspectos persecutorios del objeto perdido y asimilar los aspectos positivos y bondadosos. Las dos acepciones del término duelo son específicamente aplicables a los que emigran, ya que experimentan «dolor» por lo que dejan y afrontan un «desafío» ante lo que les espera.
Los sentimientos de dolor y culpa correspondientes a la pérdida de partes del self previamente proyectados en el objeto suelen convertirse en factores que agravan o perturban la elaboración del duelo (L. Grinberg, 1963).
Pensamos que la diferencia entre la evolución normal y patológica de un duelo se debe a la existencia de dos tipos de culpa: la culpa persecutoria y la culpa depresiva. La culpa persecutoria determinará la aparición de duelos patológicos que, frecuentemente, presentan somatizaciones o desembocan en cuadros melancólicos u otras formas de psicosis. En cambio, la culpa depresiva se manifiesta por la preocupación, la pena y una tendencia reparatoria auténtica que permite una mejor elaboración del duelo.
Los padres de un hijo que emigra, por ejemplo, pueden no sólo experimentar la pérdida del hijo como si se tratara de su muerte, sino que pueden temer también la proximidad de su propia muerte sin volver a verle. Estas situaciones pueden ser patéticas y desgarradoras, por la mezcla de ansiedades depresivas y persecutorias inherentes a las mismas. En la fantasía, responsabilizan al hijo de ser el causante de su dolor y de despojarles de las expectativas y gratificaciones que podían esperar de él y, aún más, arrebatarles tiempo de vida. Desde luego, estos sentimientos se
invierten, si la migración del hijo es forzada, por ejemplo, por circunstancias político- ideológicas, y debe partir perentoriamente para salvar su libertad o incluso la vida. En tales condiciones, el pesar de la partida es ampliamente compensado por el alivio de saber al hijo a salvo de persecuciones y peligros. En otros casos, sin embargo, los padres podrán sentir esa partida con ambivalencia, en la medida en que predominen conflictos de rivalidad generacional u hostilidad proveniente de otras fuentes.
Los miembros del grupo de pertenencia del que emigra pasarán por estados emocionales diversos que pueden desplegarse en todo un espectro, según las motivaciones que determinen esa partida, las condiciones y el contexto ambiental del que se queda, y el vínculo afectivo que los une. Un paciente de uno de nosotros relataba el fuerte impacto que le produjo la respuesta de uno de sus amigos y compañeros más apreciados, al comunicarle su decisión de partir por unos años al extranjero, por haber obtenido una beca para el perfeccionamiento en su profesión. El amigo se puso pálido y con voz entrecortada por la emoción y la angustia dijo: «¡Qué agujero!» Con este término sintetizaba los sentimientos de pérdida y vacío que le había producido la inesperada noticia. En contraste con esa experiencia, el mismo paciente comentaba las reacciones de envidia y hostilidad manifiestas o encubiertas expresadas por otros colegas al enterarse de sus proyectos. Alguno de ellos abiertamente dijo: «Si yo pudiera, también me iría.»
Es frecuente que el que parte se haga depositario de las proyecciones de distintas clases de fantasías de su grupo. El contenido de esas fantasías puede corresponder al deseo de emigrar de algunos de ellos, que intentan satisfacerse por identificación proyectiva, a través del que lo realiza; se suele escuchar: «era bueno que alguno de nosotros pudiera ir», «nos beneficiaremos todos», etcétera.
Otras veces, el que se va puede ser sentido como «chivo emisario» de todo lo indeseable o temido, que cargará con las culpas de los demás, expiándolas a través de todo lo que pierda al irse. Los que se quedan, en cambio, quedarán liberados y podrán seguir gozando de las cosas que tengan.
Hemos hablado de la satisfacción latente que puede experimentar el grupo por depositar en el que emigra la responsabilidad colectiva, pero además esa satisfacción puede ser experimentada porque se sientan liberados de un rival, frente al cual sentían fuerte competitividad, y que les deja el campo libre.
Así como ocurre en el que parte, también los que se quedan y sufren la partida del que emigra utilizan distintos procesos defensivos para contrarrestar el dolor que les embarga.
Estas defensas pueden ser de tipo maníaco, procurando negar o subestimar la importancia de la separación, diciendo cosas como: «nos mantendremos en contacto», «nos veremos pronto», «nos escribiremos mucho», «en la era del jet todo está muy cerca», etcétera.
Otras veces son de índole paranoide: los que se quedan se sienten traicionados por los que se van, reaccionan con enojo o ira, les acusan de ligereza o falta de responsabilidad y consideración
hacia quienes habían compartido con ellos muchas experiencias vitales.
No falta tampoco la reacción melancólica, con autorreproches, atribuyéndose la responsabilidad directa o indirecta por perder al que se va. La identificación melancólica con el que se ausenta es similar a la que tiene lugar en los procesos de duelo por la muerte de alguien ambivalentemente querido.
Los síntomas hipocondríacos y las somatizaciones que aparecen a poco de la partida de alguien muy significativo para el sujeto (por ejemplo, un padre que sufre un infarto frente a la partida del hijo) pueden constituir el medio defensivo para mantener el control del objeto ausente en el cuerpo.
Se desprende de lo dicho hasta ahora que la decisión de partir en una migración no es un hecho aislado que incumbe exclusivamente al sujeto que lo decide. Como vimos, hay una interacción, con una serie de consecuencias que atañen al individuo y a su entorno.
Pensamos que la migración puede constituir un «cambio catastrófico» en la medida en que ciertas estructuras se transforman en otras, a través de los cambios, pasando por momentos de desorganización, dolor y frustración. Estas vicisitudes, una vez elaboradas y superadas, darán la posibilidad de un verdadero crecimiento y evolución de la personalidad.
No siempre sucede así, ya que, a veces, en lugar del «cambio catastrófico», doloroso pero evolutivo, la experiencia puede terminar en catástrofe, pero no sólo para los que emigran, sino para algunos de los que se quedan.
Sabemos que entre «los que se quedan» hay seres que por su particular y estrecha relación con los que emigran constituyen un caso especial: los hijos de emigrantes que no emigran con sus padres, sino que se quedan en forma temporaria, pero a veces por largos años, a cargo de familiares que permanecen en el país de origen a la espera del regreso de sus padres.
Esta situación ocurre con bastante frecuencia en países con fuerte tasa de emigración, como España. Los padres, empujados por la miseria, iban a «hacer la América», según expresión corriente, para volver «indianos», habiendo hecho fortuna. Muchos de los que no lo lograban ya no volvían, por no enfrentar el fracaso de sus ilusiones. En las últimas décadas, los países de atracción para este tipo de migración fueron los que en Europa gozaban de mayor desarrollo, como Alemania o Suiza.
Algunos de estos niños dejados por sus padres desarrollan síntomas claramente vinculados con esta situación. En algunos casos, los síntomas comienzan poco después del abandono de los padres; en otros, por el contrario, aparecen como reacción frente al retorno de los mismos. Aunque paradojal, es un comportamiento que hace recordar al de los niños que se lastiman en ausencia de los padres, pero sólo lloran y se quejan cuando éstos vuelven: como expresión de reproche, como acusación, y también porque reaparecen como objetos a los que va dirigido el llanto.
en que su madre quedó embarazada. No deseado, su nacimiento interfería seriamente en los proyectos de sus padres. La madre volvió a España sólo para dar a luz, y lo dejó al cuidado de los abuelos.
Dos años después, y a causa de un nuevo embarazo del que nace una niña, los padres deciden retornar, y Javier regresa a su hogar.
Pero Javier no se integra realmente en su familia; su resentimiento por el abandono y la envidia a su hermana, que no lo ha sufrido, se manifiesta de múltiples maneras. Acosa a su madre con quejas acerca de dolores abdominales, vómitos, anginas y dolor en una pierna, dolores que ceden con analgésicos corrientes y hasta con placebo. También desde el regreso de los padres tiene frecuentes pesadillas: sueña con Drácula o un hombre lobo que le va a morder, o bien que es policía y mata ladrones.
Sus síntomas demuestran que debido a la frustración y la carencia afectiva sufrida por el abandono de sus padres, éstos habían sido internalizados como objetos persecutorios y dañinos que atacan su interior, produciéndole dolor y vaciamiento. Además, sentía como que le habían robado los cuidados directos y el sostén parental de los primeros años, a los que se consideraba con derecho: no habían sido artífices ni testigos de sus primeros logros (comer, hablar, caminar). Estos logros fueron luego atacados por su propio resentimiento y fantasías de venganza cuando sus padres volvieron, por lo que se dificultó su alimentación (dolores abdominales, vómitos y adelgazamiento), su locomoción (dolor en la pierna) y su escolaridad (hablar, aprender). En sus pesadillas no sólo es un policía que se defiende de los ladrones, del hombre lobo y de Drácula que le quiere morder, sino que también, en otro nivel y por proyección, estos personajes representan sus propios deseos voraces con incremento de su sadismo oral, como resultado de la frustración.
A los siete años, después de cinco de exploraciones infructuosas, los pediatras le envían a una consulta de tipo psicológico.
Sus dibujos, en los que representa a su familia, son elocuentes; hay multitud de parientes: abuelos, tíos, primos, abuelas con grandes pechos, la hermana jugando con tacitas y él jugando con una pelota, pero como el niño más pequeño de la familia. Olvida dibujar a los padres: los agrega luego, de pequeño tamaño, en un rincón y «ocupados trabajando». En algunos dibujos incluye un perro, del que dice que «ya ha muerto pero es el que siempre le defendió».
Comenta que la familia «no le salió muy bien», que «el padre le salió torcido», que «tiene todavía muchos más pero no le caben»...
En otros dibujos los padres aparecen sin cara; sólo cuando él se coloca como un niño pequeño aferrado a su madre les agrega los rasgos del rostro.
Y tal vez lo más significativo es la forma en que se representa repetidamente a sí mismo y a su hermana, en varias ocasiones: él, jugando siempre con una pelota, pero con una pierna separada del cuerpo, como el «miembro» separado del cuerpo familiar, el «desmembrado» del grupo. Su hermana juega con un muñeco «a la mamá», pero tiene al muñeco como apoyado sobre el tórax,
mientras ella está con los brazos caídos a los lados del cuerpo, sin sostener al crío, como él no fue sostenido por la madre: es impresionante la actitud indiferente y de falta de sostén.
A través de los dibujos se puede apreciar la utilización de las defensas maníacas como intento de compensar la falta de los padres: aparecen sustituyéndolos multitud de personajes familiares, las abuelas que lo han criado tienen grandes pechos, para contrastarlos con las tacitas-pechos pequeños de la hermana alimentada por la madre. Se comprende que olvide en un primer momento dibujar a sus padres, así como ellos «olvidaron» llevarle consigo. Y cuando los dibuja lo hace reduciendo su tamaño, pretendiendo con ello desvalorizarlos, negando la importancia que tienen en su vida.
En otros momentos, los padres son figuras sin rostro, mostrando con ello que durante mucho tiempo no lo tuvieron para él, y sólo adquieren rasgos definidos cuando él se incluye en la escena como un niño pequeño pudiendo aferrarse a la madre.
Cuando comenta que su familia «no le salió bien» al dibujarlos o que «el padre le salió torcido» está diciendo, en forma conmovedora, que siente que sus padres no han cumplido con la función que les correspondería para con él.
En la misma línea, la referencia al perro «que ya ha muerto pero fue el que siempre le ha defendido» puede aludir a un aspecto de sí mismo, con su capacidad de auto-defensa extinguida (muerta), por la falta de atención parental. Esta vivencia reaparece en el dibujo de «el miembro separado» (la pierna que le duele), que interpretamos como su sentimiento de ser el «desmembrado» de la familia, lo que se ve confirmado patéticamente en la imagen de la hermana que juega a «la mamá» con un muñeco sólo «adherido» superficialmente a ella, pero «no sostenido».
8. Llegar
Para dar una idea de lo tormentosa y agitada que puede ser la adolescencia, ese largo tránsito de la infancia a la adultez, se la ha comparado a la de un emigrante que, en un barco sacudido por las tempestades, va haciendo lentamente su camino hacia el Nuevo Mundo.
Los emigrantes en el barco, habiendo dejado atrás el mundo que conocían, se dirigen hacia un mundo que no pueden visualizar aún en forma realista. Lejos de toda costa, viven en un estado irreal, sólo compartido por sus compañeros de viaje que, como lo decimos en otro lugar, pueden llegar a convertirse en una nueva familia; valga la conocida expresión: «hermanos de barco». Esta expresión no ha perdido vigencia, en su sentido profundo, aunque actualmente se pueda emigrar en avión.
Los emigrantes en el barco o avión que los conduce hacia un mundo aún irreal para ellos no saben, hasta haberlo vivido, que pasará mucho tiempo, aun después de llegados a tierra firme, antes de que sientan esa tierra como «realmente firme». El «mareo» del viaje no desaparecerá fácilmente.
acento de la lengua-natal.
Una paciente, mujer, descubrió sólo después de años de análisis lo dolorosa que le había resultado una migración que había realizado de jovencita, con ánimo alegre y ligero. «Si hubiera reconocido todo lo penoso que era, no hubiera podido realizarla o me hubiera hundido.»
En ocasión de la compra de unos muebles se pudo ver también, en el análisis de esa paciente, el significado de algo que había pasado desapercibido para ella anteriormente. Hasta entonces, aparentemente por razones económicas y apoyada en cierta moda, había instalado su casa en el nuevo país con profusión de cojines, telas, colchones en el suelo, tapices en las paredes, etcétera. La descripción evocaba una tienda de beduinos, que puede estar ricamente adornada y alfombrada, pero constituida por elementos fácilmente transportables, adaptados a una vida nómade, o «de gitanos».
La experiencia migratoria la había transformado en una niña pequeña abandonada e insegura, que sentía que todo se había vuelto provisorio, ya que nadie garantizaba que no tuviera que volver a mudarse y, por lo tanto, todo tenía que ser trasladable junto con ella. Las almohadas y cojines fueron los pechos blandos, mullidos y cálidos de los que había necesitado rodearse, para contener su vivencia de orfandad y desamparo. Fue mucho después cuando, habiendo encontrado a través de su análisis, en su medio interno y externo, un sostén más estable, pudo comprar muebles más sólidos y fuertes: camas y sillas que la contuvieran en forma más firme y con posibilidades de durabilidad.
Las vivencias de inseguridad que experimentan los inmigrantes recién llegados están determinadas no sólo por las incertidumbres y ansiedades frente a lo desconocido, sino también por la inevitable regresión que esas ansiedades conllevan. Es esa regresión la que les hace sentirse en situación de desamparo e inhibidos, a veces, de poder aprovechar con eficacia los recursos de que disponen y constituyen su «bagaje».
Kafka relata esta situación de manera harto elocuente y conmovedora en su novela América (1977). Describe la emoción que embarga a su joven protagonista, Karl, cuando el barco en el que viaja como emigrante entra en el puerto de Nueva York y se prepara a descender con su baúl al hombro. «La estatua de la Libertad, que hacía mucho venía observando, se le apareció como envuelta en una luz solar que repentinamente se hubiera vuelto más fuerte.» Pero su euforia se transforma bien pronto en desazón al comprobar, momentos después, la desaparición de su baúl, que había dejado por unos instantes al lado de un desconocido, por ir en busca de un paraguas olvidado en la confusión y ajetreo del desembarco. «No podía entender por qué durante el viaje había vigilado el baúl con tanto celo, al punto de que esa vigilancia casi le había costado el sueño, si ahora se lo dejaba robar tan fácilmente.»
La pérdida del baúl condensa, simbólicamente, en un nivel, toda la serie de pérdidas sufridas en la migración: parte de sus pertenencias más valoradas; en otro nivel representa, como hemos dicho, la pérdida transitoria de sus capacidades yoicas, y de su propia identidad debido al impacto del llegar...