Un factor de enorme importancia que puede gravitar en el destino de una migración es la reacción de los miembros de la comunidad receptora frente a la llegada del inmigrante. La calidad de estas reacciones influye de distintas maneras en la evolución de su asentamiento y adaptación.
Esto ha sido siempre reconocido así. Lo que no está tan reconocido es el hecho de que la comunidad autóctona también sufra el impacto de la llegada del «nuevo», que con su presencia modifica la estructura de un grupo, pone en cuestionamiento algunas de sus pautas de conducta moral, religiosa, política o científica, y pudiera desestabilizar la organización existente. Por lo tanto, también para los nativos será una difícil tarea «metabolizar» e incorporar la presencia del «extraño».
No sólo el que emigra siente en peligro su propia identidad: también, aunque en distinta medida, la comunidad receptora puede sentir amenazada su identidad cultural, la pureza de su idioma, sus creencias y, en general, su sentimiento de identidad grupal.
En lo referente a este punto, nos parece atingente desarrollar aquí, aunque lo hayamos mencionado antes someramente, el modelo sugerido por Bion (1970) de la relación «contenido- continente (♂↔♀), porque pensamos que puede ilustrar de manera clara las diferentes vicisitudes que suelen producirse en la interacción entre el inmigrante y el grupo humano que lo recibe. Este modelo es igualmente aplicable al cúmulo de reacciones emocionales que surge entre el individuo que decide emigrar y las personas que se quedan en su país y de las que nos hemos ocupado en un capítulo anterior.
puede tener una idea nueva, o el individuo que la sustenta, en relación con el grupo establecido (establishment) que la recibe.
Esta interacción dinámica entre el individuo o la idea nueva (el inmigrante) y su entorno (el país que lo recibe) configuraría —en términos de Bion— un «cambio catastrófico», con una fuerza potencialmente disruptiva que puede violentar, en mayor o menor grado, la estructura del grupo en que se manifiesta y la de sus componentes.
En otras palabras, el inmigrante, con todo su bagaje y sus características específicas, representa la «idea nueva-contenido» (♂) que encuentra en el «continente-grupo receptor» (♀) diversas tendencias como respuesta. Sus extremos serían la aceptación entusiasta o el rechazo absoluto. Antes de ampliar lo expuesto en forma más detallada, diremos que la expresión «cambio catastrófico» se refiere a un conjunto de hechos que se encuentran ligados entre sí por una «conjunción constante»2. Entre estos hechos se pueden mencionar la violencia, la subversión del sistema y la invariancia: esta última se refiere a aquello que permite reconocer en la nueva estructura aspectos de la anterior.
La migración constituye un «cambio catastrófico» en la medida en que ciertas estructuras se transforman en otras a través de los cambios, pasando por momentos de dolor, desorganización y frustración. Estos momentos, una vez superados y elaborados, darán la posibilidad de un verdadero crecimiento y evolución enriquecida de la personalidad.
Pero la migración puede tener también consecuencias que no correspondan al «cambio catastrófico», sino a una verdadera catástrofe. El que ocurra una u otra de estas contingencias dependerá, en gran parte, de cómo se configura la interacción entre el «contenido» y el «continente».
El «contenido», por su fuerza disruptiva, puede amenazar destruir el «continente». Este, por exceso de rigidez o de temor, puede ahogar al «contenido», impidiendo su evolución.
La tercera posibilidad, sin duda más fructífera, es que ambos puedan funcionar con la suficiente flexibilidad para que el «continente» acepte un «contenido» no destructivo, y que permita su integración y evolución con mutuo beneficio.
Ya hemos tenido oportunidad de referirnos a las diferentes reacciones, de todo tipo, del inmigrante al llegar al nuevo país: maníacas, depresivas, paranoides, confusionales.
Veamos ahora lo que puede ocurrir en el grupo receptor. Por de pronto, será importante el hecho de que éste haya participado de algún modo en la llegada del inmigrante, sea por haberlo invitado activamente o por haber sido informado previamente y aceptado su llegada. En tal caso, la recepción será positiva o, por lo menos, no habrá hostilidad manifiesta. Si el recién llegado irrumpe sin previo aviso, podrá despertar una reacción inicial de «ponerse en guardia» como preparándose para rechazar cualquier posible ataque hasta conocer sus intenciones,
2 Conjunción constante es un concepto tomado de Hume, y se refiere al hecho de que ciertos datos de observación
especialmente si se le considera agresivo o amenazador para el grupo.
Desde luego, la actitud del inmigrante, su personalidad y su conducta podrán reforzar o modificar estas expectativas y las primeras impresiones. Esto dependerá de su historia previa y la posibilidad de proyectar sobre el ambiente buenos vínculos con sus objetos internos. No se puede descartar que, en algunos casos, la presencia del inmigrante incrementa las ansiedades paranoides del grupo receptor, y el recién llegado puede ser vivido persecutoriamente como un intruso que intenta despojar a los locales de sus legítimos derechos a disfrutar de su trabajo, adquisiciones y bienes. En casos extremos puede dar lugar a reacciones xenofóbicas intensas con marcada hostilidad.
El inmigrante puede acercarse a los demás si éstos demuestran un respeto por la dignidad y autenticidad de su existencia. En cambio, si le rehúsan ese reconocimiento y su presencia despierta rechazo, el inmigrante vivirá a los nativos como enemigos irreconciliables.
Kafka, en su novela El castillo, describe la animosidad de los pobladores de una aldea frente a la llegada del protagonista, agrimensor supuestamente contratado para trabajar en el castillo. Aun los que manifiestan protegerle e intentan ayudarle le dicen: «No es usted del castillo, no es usted de la aldea, no es usted nada. Pero, por desgracia, es usted, sin embargo, algo: un forastero, uno que resulta supernumerario, y está siempre ahí, molestando. Uno por cuya causa se tienen siempre líos.»
Es notable, en el fragmento transcrito, el ataque a la identidad del recién llegado: los lugareños reaccionan ante el que no es de allí considerando que no es «nada», que no existe; aunque luego admiten que es «algo»: «un forastero que molesta». La vivencia persecutoria de los pobladores es tan fuerte que necesitan deshumanizar y «cosificar» al inmigrante, negando su condición de persona (de «alguien» lo transforma en «algo»), después de haber intentado anular su existencia misma.
«... Es tremendamente ignorante respecto de las condiciones del lugar; le estalla a uno la cabeza de escucharle y comparar, mentalmente, lo que usted dice y piensa, con la situación real. Esta ignorancia no puede ser enmendada de golpe, y acaso no podrá serlo nunca.» «... Acaba de llegar y quiere saber más que yo que he vivido siempre aquí.»
Muchas veces ocurre que se refuerzan las fantasías de rivalidad, celos y envidia ante las capacidades y poderes atribuidos al «invasor». Esto puede originar complejos círculos viciosos, con incremento de la persecución y del odio en el inmigrante que no encuentra la acogida esperada y necesitada.
La hostilidad puede manifestarse, a veces, en formas sutiles. Por ejemplo, no intentando entender ni hacerse entender por el extranjero, sino acentuando las diferencias lingüísticas, como para confirmar que es imposible lograr la comprensión del medio. Estos interlocutores usan la lengua como defensa frente al nuevo, utilizando giros locales o bien un lenguaje especialmente refinado y culto, ambos inaccesibles para el inmigrante.
personajes que forman parte de su propia historia y tradición, de la que el forastero está, por supuesto, excluido.
No son infrecuentes las denominaciones despectivas de los extranjeros, con motes que se perpetúan, a veces, por generaciones, y en los que pueden condensarse la envidia por sobreestimación y el desprecio para defenderse de aquélla.
En otras ocasiones, el grupo receptor reacciona muy positivamente a la llegada del inmigrante, a quien ha revestido, inconscientemente, de una imagen omnipotente e idealizada, que «debería poder» solucionar o ayudar a resolver los problemas intrincados, de mayor o menor gravedad, que puede padecer la comunidad.
En estos casos se lo considera como una especie de líder «mesiánico» y se lo trata con la máxima cordialidad y benevolencia, ofreciéndole toda la colaboración que necesita para su instalación en el medio. Pero, como el recién llegado nunca puede satisfacer tales expectativas, el grupo puede reaccionar más tarde con desilusión y hostilidad, sintiéndose defraudado y creando dificultades ulteriores al extranjero.
Algunos países que, por sus condiciones socioeconómicas, están especialmente interesados en la inmigración, y son conscientes de la importancia de satisfacer las necesidades de los que llegan a un país nuevo, prestan la máxima atención a crear buenas condiciones de holding.
Así, por ejemplo, en Israel tienen institucionalizadas las funciones de continencia a través de «Centros de absorción de inmigrantes», donde los recién llegados conviven durante varios meses con otras personas que están en su misma situación, aprenden el nuevo idioma y están bajo la guía de personas que funcionan como «tutores» hasta que aprenden los nuevos códigos y pautas con que tendrán que manejarse.
En otros casos, algunas personas o grupos de connacionales ya establecidos en el nuevo país pueden cumplir la función de recibir y acoger a los nuevos.
Esta ayuda es inapreciable, visto y considerado todo lo que hemos dicho de la regresión de los inmigrantes y de su necesidad temporaria de figuras maternas o paternas de las que ya no necesitaban en su país de origen.
Así y todo, no siempre es fácil para el recién llegado aceptar esta ayuda: es doloroso admitir tal necesidad. Para algunas personas resulta intolerable aceptar su regresión, que viven como una infantilización humillante, y hacer uso de una «moratoria» que la sociedad puede concederles, antes de entrar en pleno funcionamiento en las nuevas condiciones.
Tuvimos ocasión de tratar, en breve psicoterapia, a un hombre maduro cuyo sufrimiento resultaba patético. Había sido un prestigioso arquitecto en su país, y había emigrado por razones familiares. Sus dificultades idiomáticas y de adaptación a la nueva situación le habían llevado a aceptar un trabajo sumamente desvalorizado, que contrastaba enormemente con su posición profesional y social anterior, así como con su capacidad intelectual, todo lo cual desencadenó una profunda depresión que motivó la consulta. Cuando se pudo lograr que esta persona entendiera y
tolerara su estado regresivo, como una moratoria necesaria para elaborar el cambio operado en su vida, pudo superar el momento agudo de su crisis depresiva y enfrentar su situación con una disposición interna más favorable. Ello le permitió encontrar también en el afuera respuestas más favorables a sus necesidades y encontrar un «sitio» más adecuado para él en la nueva sociedad. Finalmente, la interacción entre el recién llegado y el grupo local puede ser suficientemente equilibrada, sin caer en los extremos de idealización ni de persecución, como para permitir un proceso de mutuo conocimiento que favorecerá la integración paulatina entre ambos que será, entonces, más sólida y segura.