Las experiencias migratorias, si bien producen su impacto en cualquier etapa de la vida, serán asimiladas de distinta manera en función de la edad en que se produzcan: no será igual para los adolescentes y adultos jóvenes con un largo futuro por vivir que para personas maduras con mucha historia vivida.
Cuando intentamos determinar de qué modos influye la migración en los niños, nos encontramos con problemas más complejos aún que los que se presentan en los adultos, dado que a todas las variables previas y las que hemos considerado que modifican las condiciones, efectos y evolución del proceso migratorio en cualquier persona, se agregan las inherentes a la edad y estadio evolutivo del niño.
En algunos aspectos podríamos pensar que cuenta con algunas ventajas para vivir la migración como una situación menos traumática que los adultos: dado que su entorno está reducido a pocas personas (variable según su edad, por supuesto), si ellas migran con él: padre, madre, hermanos, el traslado se realiza como acompañado de una capa protectora, de una envoltura que lo contiene. Por otra parte, es más hábil para imitar, para dejarse impregnar por impresiones nuevas, está más abierto al aprendizaje y, por lo tanto, más capaz de asimilar un nuevo lenguaje, costumbres, etc. Pero, por el contrario, sufre también carencias especiales. No ha participado en la decisión de emigrar, generalmente no entiende las motivaciones que los adultos pueden haber tenido para ello, aun en el caso en que le hayan dado explicaciones, cosa que no siempre ocurre (dependiendo del tipo de comunicación familiar y de su edad). Al mismo tiempo, si bien hemos dicho que si migra con su entorno inmediato éste obra como un amortiguador de estímulos, no podemos olvidar que ese entorno inmediato está muy sacudido, justamente, por la experiencia migratoria.
Hay personas que habiendo sufrido migraciones siendo bebés, ponen de manifiesto las consecuencias de esa situación durante toda su vida.
Así, en el tratamiento analítico de un hombre que padecía fobias alimenticias se pudo descubrir que a la edad de pocos meses sus padres habían realizado una migración temporaria a Marruecos, por razones de trabajo. La madre, europea, desarrolló una intensa aversión y desconfianza frente a ese país al que no había querido trasladarse, rechazando todo lo que de él proviniera aduciendo sus caracteres de primitivismo y malas condiciones higiénicas. Intentando proteger a su bebé de toda contaminación, no le dio de comer, en dos años, más que «comida envasada» que traía de «su país». Es fácil suponer la multitud de derivaciones a que estos hechos pudieron dar lugar en la vida de esta persona.
Algo similar habíamos visto en el historial que describimos en detalle en los capítulos 4 y 5. Marisa, que había hecho su primera migración con la familia a los pocos meses de edad, sufrió con ello la pérdida de la conexión afectiva con su madre, que si bien la cuidaba y, más aún, prolongó exageradamente su lactancia, no podía prestarle suficiente atención por su intensa
depresión. Se intensificó así un vínculo simbiótico (sólo la leche de la madre era «confiable») al tiempo que la distancia afectiva crecía («la madre siempre estaba pensando en otra cosa o estaba en otra parte: en otro país»).
E. Erikson (1959) considera de crucial importancia y primera tarea del yo el establecimiento firme de pautas permanentes para la solución del conflicto entre la «confianza básica» versus la «desconfianza básica». Considera que la cantidad de confianza que se deriva de las primeras experiencias infantiles no parece depender de las cantidades absolutas de alimento o demostraciones de afecto, sino más bien de la cualidad de la relación maternal, que interactuará con la potencialidad del niño para recibirla. Piensa que las madres crean un sentimiento de confianza en sus niños combinando el cuidado sensitivo de las necesidades individuales del recién nacido con un sentimiento firme de confianza personal, dentro del marco de su estilo de vida cultural. Esto es, justamente, lo que a las madres emigradas o inmigrantes les falta; en mayor grado aún, si son madres exiliadas: su sentimiento de confianza personal está en crisis. Si nos atenemos a todo lo que en este libro hemos expuesto, toda la época previa a la migración, aunque con características diferentes si la migración es voluntaria o forzada, es una época convulsionada por dudas, temores, penas: a veces el niño presencia agrias discusiones familiares, otras veces comparte con los padres situaciones de angustia o pánico, o se convierte en blanco de agresión de los padres, que descargan sobre él la angustia que no logran contener, y otras, en fin, es olvidado por los padres ensimismados como pueden estar en su propia problemática, sus dificultades o su depresión.
A todo esto se agregarán, como en los adultos, los conflictos previos no resueltos, el tipo de relación que cada niño ha sido capaz de establecer con sus objetos internos, y las fantasías inconscientes operantes en el momento en que la migración se produce.
Una vez llegados al país nuevo, el niño sufrirá su propio duelo y, dependiente como es, el de sus familiares, ya que, como hemos dicho, el marco familiar le protege, pero es un marco en crisis. Algunos niños pequeños que emigran acusan muy intensamente la ausencia de personas del entorno más amplio: amiguitos, colegio, maestros, abuelos, tíos, vecinos, así como el entorno no humano: la casa, juguetes, parques, etcétera. A veces, incapaces de manifestar pena, la expresan como rabia. Así, un niño de seis años, hablando de un amiguito, dijo de pronto: «¡Qué mierda que Enrique no vino con nosotros!»; y a continuación agregó: «¿Por qué mi papá no tiene trabajo?» Asociaba de este modo sus dos principales fuentes de ansiedad: reconocer todo lo que había perdido, y que sus padres no se habían recuperado aún de la regresión desencadenada por la migración, como para ayudarle, o servirle como modelo de identificación; también había perdido al padre, transitoriamente, en las funciones que siempre había desempeñado para él. A pesar de todo, si los conflictos previos no han sido muy serios, y la relación con los objetos externos e internos suficientemente buenos, el niño se integrará al nuevo ambiente, aunque con las inevitables vicisitudes penosas inherentes a la migración: encuentro con el nuevo medio, colegio, compañeros, pautas culturales extrañas, ser «el nuevo», «el diferente», etcétera.
exageradamente a la madre, manifestará fobias, recurrirá al aislamiento, rechazará el colegio, inhibirá sus capacidades y tendrá dificultades para el aprendizaje, se sentirá perseguido por la burla o el desprecio de sus compañeros porque habla o viste de otro modo o porque no comprende los códigos de comunicación o de conducta; puede tratar de invertir esos roles volviéndose despreciativo, irónico, crítico o muy agresivo.
En otros casos presentará síntomas más directamente expresados con el cuerpo, que serán indicios de su regresión y depresión: inapetencia o voracidad, pesadillas y trastornos del sueño, masturbación compulsiva, enuresis, encopresis, modificaciones en el esquema corporal y propensión a enfermedades o accidentes (traumatofilia) en los que tenderá a repetir lo que para él fueron situaciones traumáticas o actuará micro-suicidios melancólicos.
Algunos ejemplos clínicos podrán ilustrar estas situaciones que, en cada caso, tienen características propias.
Así, Graciela, que emigró con sus padres a los dos años y medio, de una república centroamericana a España, lo hizo bajo la presión de circunstancias muy adversas: un brusco y violento cambio político puso la vida de la familia en peligro, y en la necesidad de exiliarse. Durante el período inmediatamente previo a la emigración la ansiedad del grupo alcanzó las más altas cotas: el padre partió antes, precipitadamente; la madre, que estaba embarazada, abortó; todos estaban angustiados y agresivos, incluso los parientes y amigos, con mucha dificultad de tolerarse mutuamente.
Graciela había sido hasta ese momento una niña con algunos problemas: sus antecedentes más significativos habían sido su nacimiento por cesárea, la operación gravísima y urgente de la madre por cálculos vesiculares en el postparto y su negativa a abandonar el pecho y pasar a alimentación sólida cuando estuvo en edad de hacerlo.
En la época en que emigraron Graciela estaba adquiriendo su control de esfínteres. Había logrado recientemente controlar su orina de día, pero aún no por las no ches. Este proceso de aprendizaje se detuvo con el exilio, y no fue posible ponerlo en marcha nuevamente, lo que hizo que a los cinco años los padres consultaran por la persistencia de su enuresis nocturna. En este aspecto, su evolución no había sufrido un retroceso pero se inhibió su progreso.
Su lenguaje, en cambio, se había desarrollado, pero desde su llegada al nuevo país hacía un uso particular de él: en ocasiones era muy regresivo, especialmente en la casa, con los padres. Estos se quejaban también de que era muy «exigente», aunque utilizaban reiteradamente este calificativo para las distintas guarderías y colegios a los que había concurrido, tanto en su país de origen como en el de migración, lo que había motivado frecuentes cambios de los mismos. Lo que quedaba claro en el discurso de los padres era que se sentían culpables de haber sometido a Graciela, por la fuerza de múltiples y poderosas circunstancias, a excesivas «exigencias» para su corta edad. Ahora ella, por el contrario, no aceptaba exigencias corrientes como, por ejemplo, no mojar la cama o separarse de su madre para ir a la escuela. Le costaba mucho esfuerzo integrarse con sus compañeros, ya que, en un principio, decía que los niños se reían de su manera de dibujar.
La consciencia de su diferencia con los demás la agobiaba, pero, por otra parte, la enfatizaba con «orgullo», como se puso de manifiesto en la primera entrevista terapéutica, en que se presentó diciendo: «Soy centroamericana. Hablaré en otro idioma», y dibujó la bandera de su país.
Aludía ya, con estas breves palabras y desde el primer momento, a sus preocupaciones acerca de su identidad que necesitaba reafirmar en un sitio extraño, y los problemas en relación con la comunicación (idioma) que deseaba y temía. Utilizaba defensivamente su «ser diferente», haciendo gala de ello, así como, en otros momentos, intentaba asumir una actitud despreciativa y frustradora a través de engaños, ya que ocultaba información en forma provocativa, diciendo: «Si quiero, te lo digo», para fantasear tener al interlocutor dominado y a su merced.
Retenía la información porque quería demostrar a los demás y a ella misma que, en algunas áreas, ella podía retener y controlar cosas, ya que no podía hacerlo con su orina de noche. Al mismo tiempo trataba así de mantener dominado al que podía considerar un interlocutor persecutorio; más aún, intentaba engañar por miedo a ser engañada, por miedo a quedar expuesta a la utilización hostil de su información, que atribuía al «otro».
La entrevista terapéutica fue, sin embargo, muy rica, ya que hizo tres juegos, que condensaban claramente sus angustias, repitiendo un tema central en varias formas distintas, como una melodía con variaciones.
En primer lugar construyó una casa. En esa construcción lo que resultaba muy conflictivo era la colocación de las puertas, y el hecho de que se mantuvieran abiertas o cerradas. Mostraba mucha desconfianza ante quien pudiera entrar por esas puertas. Acompañaba su trabajo con comentarios del tipo siguiente: «es para que no entre nadie»; «porque puede decir: soy de tu banda, y ser un malo». Al pedirle aclaración acerca de quién era de su banda dijo: «Mi papá.»
Vemos en este planteamiento su ambivalencia frente al padre, su deseo y desconfianza hacia él, ante quien quiere dejar abierta la puerta para que entre, pero por quien teme ser «engañada»; la puerta abierta, receptiva, se convierte en un esfínter abierto que echa orina descontroladamente. Continuamente su temor se centra en que algún enemigo quisiera entrar fingiéndose amigo: el engaño podría ser que entrara la madre en vez del padre, el padre en vez de la madre, o la unión de padre y madre vividos como malos en vez de los ansiados padres buenos.
Continuó agrandando la casa para que cupieran más personajes, como intentando crecer, poder contener más orina y más angustia, pero el problema con las puertas reaparecía, tanto con una puerta trasera como con una lateral, que trataba reiteradamente de cerrar con mucha dificultad. Está claro que estaba expresando, además, a través de sus fantasías y su cuerpo, experiencias de terror vividas antes del exilio, en que siempre acechaba el peligro de que la casa fuera invadida por enemigos poderosos, de los que no había forma de defenderse, que podían engañar, forzar y dañar o matar a ella, a su papá y a su mamá.
En el segundo juego se repite el mismo tema, pero depositando todas las figuras temidas en un personaje mítico infantil: el lobo. Cuenta la historia de los tres cerditos, mientras la dramatiza
con los juguetes: el lobo los persigue y ellos se escapan; el lobo «dice que es la madre, pero ellos saben que los quiere comer» (nuevamente, el miedo a ser víctima de engaños). El lobo intenta entrar en la casa por la chimenea, pero ellos le preparan una olla de agua hirviendo en la que el lobo se quema. Después de esto pide agua para beber.
La tercera dramatización es la del cuento de Caperucita: «la madre le da una cestita con comida para la abuelita», etc. Relata el encuentro con el lobo «que la engaña, haciéndole creer que es la buena abuelita»... «pero se la come». El cazador lo abre, salva a la niña y llena al lobo de «piedras». Luego el lobo tiene sed, va a beber al río, y el peso de las piedras le hace ahogarse. El cuento de Caperucita parece el relato de su nacimiento por cesárea, en que el cazador (padre- cirujano) tuvo que sacarla (operando) de una madre que, en su fantasía, se la había comido y no quería dejarla salir. Hasta la sustitución por las piedras parece vincularse a los cálculos de los que la madre tuvo que ser operada después de su nacimiento y la pusieron al borde de la muerte. Por otra parte, ella se siente identificada con el lobo que se quema de sed y pide agua para beber después del cuento en que lo queman, así como para calmar su excitación.
La enuresis cumple, pues, en este caso, varias funciones en relación con sus fantasías inconscientes: la salva del lobo que teme se la quiera comer, (quema con la orina como agua caliente) y la salva de morirse ahogada por dentro con lo que ella misma desea beber como lobo (y de lo que desea comer e inhibe). Al mismo tiempo satisface la fantasía de recibir al lobo en su olla (al pene del padre en su genital), pero anulando su peligrosidad y la culpa.
El engaño es el leit motiv de las fantasías de Graciela: quiere «cerrar» todo «para que no entren los malos (engañando) diciendo que son de la banda del papá» y «abrir» para poder escaparse «del lobo que (engañando) dice que es la abuelita, adonde la mandó la mamá», lobo que se la quiere comer y encerrar en su panza.
Estas fantasías inconscientes que se expresan en el juego explican el significado de sus síntomas. Tiene miedo a que le entren cosas malas: ideas en la cabeza (nuevo idioma), comidas sólidas (que se negaba a masticar), penes en la vagina (se dibujaba con una imagen masculina); pero si se cierra teme no poder escapar y que otros se la coman. Por lo tanto, se abre de tal modo que pierde el control sobre sus contenidos: orina, rabia (como la madre que aborta).
En síntesis: frente a su intensa angustia claustroagorafóbica no puede renunciar a la enuresis que, de momento, es su posibilidad de «salida», y su defensa frente al terror, sentido como muy real, de ser engañada y matada.
La migración produjo un fuerte incremento de la ansiedad paranoide que se manifestó por su miedo al engaño: miedo a todo lo que pudiera entrar de afuera y ser falso en el nuevo país (desconocido y posiblemente enemigo que se presenta como amigo), y a todo lo que podía hacerla entrar en un adentro falso (en un lobo-abuelita que es también un enemigo que se presenta como amigo).
basaba en sus experiencias infantiles, en que el país bueno se transformó en malo (se fue súbitamente}, y la madre buena se transformó en mala cuando fue desbordada por la angustia (aborto, miedo, agresión). Frente a todo ello la defensa podía ser el encierro: «hablo otro idioma»; o la salida descontrolada: la enuresis.
Su tratamiento fue posible, pese al miedo a los engaños, y las modificaciones logradas, notables, porque a pesar de su desconfianza, su deseo de «beber» de la verdad era muy grande, y prevaleció.
Comentaremos un segundo caso, el de Rony, cuya migración fue más tranquila y voluntariamente decidida por sus padres, pero cargaba con el peso de ser la segunda migración en dos generaciones sucesiva.
Rony era hijo de ingleses, que habían emigrado a Argentina de pequeños. El había nacido en Buenos Aires. Por lo tanto, según la ley europea era inglés, y según la americana, argentino. Pero sus padres le exigían ser inglés, mientras el medio le incluiría como argentino, a menos que quedara «encerrado en casa», sin poder ni siquiera salir a jugar al parque. Y, efectivamente, tenía miedo de ir a jugar al parque. En la casa se hablaba sólo inglés aunque, inevitablemente, había algunos «otros» que hablaban castellano.
De recién nacido sufrió múltiples separaciones de su madre a causa de enfermedades de ésta que le exigían estar ingresada en clínicas u hospitales, enfermedades que se alternaban luego con ausencias por largos viajes. Durante estos frecuentes viajes motivados por sus propias añoranzas, sus padres le habían dejado a cargo de abuelos y parientes.
Estos acontecimientos, difíciles de elaborar para cualquier niño por su temprana edad, lo fueron más para Rony, que veía complicada su vivencia de ser abandonado por los padres con el hecho de tener muchos cuidadores sustitutos: abuelas y nurses que hablaban inglés y empleadas de hogar que no lo hablaban.
Desarrollo, pues, una serie de miedos y una aguda ansiedad de separación: cuando los padres volvían, no podía permitir que salieran de noche ni que la madre le dejara por algunas horas. En tal situación, cuando tenía tres años, buscaron ayuda terapéutica pero, acorde con la norma de conducta de los padres, encerrados en su grupo de connacionales, le enviaron a un terapeuta de origen inglés, pidiendo que d tratamiento se desarrollara en inglés, dado que el niño se expresaba muy mal en castellano. En el fondo seguía siendo una manera de impedir que se integrara en el país en que había nacido y vivía.
Su análisis, que empezó en inglés, fue incorporando el castellano y estaba logrando ciertas mejorías cuando, a los cuatro años, los padres decidieron emigrar a España.
Esta decisión repercutió fuertemente en Rony: antes de la partida y de tener que interrumpir su análisis el niño hizo una regresión, en la que rechazaba todos los alimentos que se le ofrecían y sólo quería leche, como un bebé.
La migración agravó sus síntomas y produjo nuevos, que se instalaron sobre los conflictos previos: estableció una relación casi simbiótica con la madre, sus miedos se agudizaron provocándole reiteradas pesadillas y su temor a caer por el «agujero» del inodoro que se había