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Trabajo Felicidad

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TRABAJO

Y

FELICIDAD

Claves para lograr

un clima laboral positivo

0 0 0 5 0 IE MBRE /OC TUBRE 2 01 1 50 /2 01 1

PSICOLOGÍA

EL MOSAICO DE LA PERSONALIDAD

MEDICINA

¿COMPRENDEMOS LAS ESTADÍSTICAS?

TERAPIA

PUNTO FINAL AL TRAUMA

NEUROBIOLOGÍA

HORMONAS Y CEREBRO

DISLEXIA

PERCEPCIÓN SENSORIAL

Y APRENDIZAJE

(2)
(3)

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(4)

SUMARIO

PSICOLOGÍA

8 UNA MIRADA AL INTERIOR

Uwe Herwig

Todo individuo posee una imagen de sí mismo estable y difícil de modificar. ¿De qué sirve tener un yo? Entre otras cosas, nos posibilita el control de los sentimientos y las acciones.

NEUROPSICOLOGÍA

14 EL ROMPECABEZAS DE LA PERSONALIDAD

Christian Fiebach

Los secretos del carácter se considera-ban hasta ahora terreno natural de los psicólogos. Sin embargo, cada vez más los neurofisiólogos localizan las parti-cularidades individuales impresas en el encéfalo. ¿Qué relación existe entre la personalidad y el cerebro?

TERAPIA

20 PUNTO FINAL AL TRAUMA

Nikolas Westerhoff y Ulrich Frommberger Un accidente de tráfico, un atraco a mano armada o una catástrofe natural... Las situaciones de vida o muerte pueden per-manecer en el recuerdo de los afectados durante largo tiempo. Medicamentos y psicoterapias ayudan a paliar el trastorno emocional; no obstante, falta refinarlos.

ENSEÑANZA

28 PERCEPCIÓN SENSORIAL Y APRENDIZAJE

Burkhart Fischer

El problema de los niños que leen, es-criben o calculan mal se encuentra, con frecuencia, en el procesamiento básico de las percepciones sensoriales. Un en-trenamiento apropiado puede ayudar a superar la legastenia y la discalculia.

PSICOLOGÍA LABORAL

42 LA FELICIDAD EN EL TRABAJO

Alfredo Rodríguez Muñoz y Ana Isabel Sanz Vergel ¿Existe la felicidad en el trabajo? ¿Qué nos lleva a alcanzarla? ¿Por qué algunas personas son incapaces de conseguirla? Un área de investigación psicológica incipiente ayuda a reconocer los factores clave para lograr ser felices en el ámbito laboral.

PSICOLOGÍA LABORAL

50 OFICINA, DULCE OFICINA

Alexander Haslam y Craig Knight

¿Por qué ciertos entornos alienan a los trabajadores mientras que otros les hacen sentirse más felices y mejoran su rendimiento?

62

ESTADÍSTICAS MÉDICAS

28

DISLEXIA

PERSONALIDAD

8

HORMONAS

70

ESTRÉS POSTRAUMÁTICO

20

(5)

PSICOBIOLOGÍA

56 RELOJ DESACOMPASADO

Thomas Kantermann

El trabajo nocturno y a turnos es el pan de cada día en numerosas profesiones, con los riesgos que ello supone para la salud. El cambio constante del reloj interno altera los hábitos de sueño y alimentación de los empleados.

MEDICINA

62 EL SIGNIFICADO DE LAS ESTADÍSTICAS

G. Gigerenzer, W. Gaissmaier, E. Kurz-Milcke, L. M. Schwartz y S. Woloshin

¿Cuántas veces induce una mamografía a resultados erróneos? ¿Existe mayor probabilidad de sobrevivir a un cáncer en EE.UU. que en Inglaterra? Aprenda a desdeñar temores poco fundados y a sopesar el auténtico riesgo de enfermar... o de recuperarse.

LATERALIZACIÓN CEREBRAL

70 ARMONÍA HORMONAL

Markus Hausmann y Ulrike Bayer

Nuestro cráneo alberga dos hemisferios cerebrales. Si empleamos ambos lados por igual o, por el contrario, si utili-zamos más uno que otro depende, en parte, de nuestras hormonas.

SECCIONES

5 Encefaloscopio

Percepción... Comunicación... Gestación... Neurociencia... Imitación... Aprendizaje infantil.

33 Entrevista Uta Frith:

Aprender es un acto comunicativo

36 Mente, cerebro y sociedad i Una visión errónea de la memoria i El cerebro ético ante el dilema i Ritmos biológicos y personalidad

76 Syllabus

La sinapsis al detalle

82 Retrospectiva El arte de la autopsia

90 Ilusiones Leer entre líneas

93 Libros

Memoria... Psiquiatría.

TRABAJO EN POSITIVO

42

FELICIDAD LABORAL

50

A GUSTO EN LA OFICINA

(6)

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ÁNGEL GONZÁLEZDE PABLO: Mirada hacia el interior, El rompecabezas de la

personalidad; F. ASENSI: Poner punto final al trauma, Percepción sensorial

y aprendizaje, Entrevista; PILAR GARCÍA-VILLALBA: Una visión errónea de la

memoria; NOELIADELA TORRE: Reloj desacompasado; LUIS BOU: El significado

de las estadísticas, Encefaloscopio, Ilusiones, Retrospectiva; IGNACIO NAVASCUÉS:

(7)

PERCEPCIÓN

Perspectiva gráfica

El realismo de las imágenes depende de supuestos culturales y destrezas técnicas

L

as sondas espaciales Pio-

neer 10 y Pioneer 11, que

acabarán escapando del siste-ma solar, portan una placa a beneficio de posibles extrate-rrestres que puedan topárse-las. En esa placa se han graba-do las imágenes de un hombre y de una mujer. ¿Tendrán estos dibujos significación para sus hipotéticos destinatarios? In-cluso aunque los extraterres-tres llegasen a fijarse en las marcas y se percatasen de que se trata de un dibujo, ¿podrán comprender la perspectiva?

Muchos de los convenios artísticos establecidos se in-ventaron y son reflejo de un contexto cultural concreto. La perspectiva utilizada en la placa de los Pioneer produce una ilusión de profundidad al presentar con menor tamaño los objetos distantes que los cercanos y haciendo que las lí-neas paralelas converjan hacia un punto de fuga. Numerosos programas de grafismo infor-mático aplican tales técnicas de forma automática, con lo que ayudan a los artistas a crear con relativa facilidad imágenes de realismo foto-gráfico.

Mas el realismo no siempre ha sido una ambición de los pintores. Aunque los rudi-mentos de la perspectiva se remontan por lo menos has-ta el pintor griego Agahas-tarco, en el siglo V a.C., no alcanzó popularidad hasta el Renaci-miento italiano. A principios del sigloXV, un arquitecto flo-rentino, Filippo Brunelleschi, realizó una exhibición pública con espejos (una técnica no-vedosa en aquel tiempo) para

demostrar la fidelidad con que sus cuadros representaban las fachadas de los edificios. Bru-nelleschi sirvió de inspiración a pintores como Donatello, Masaccio y Domenico di Bar-tolo (imagen), a quien Leon Battista Alberti estudió desde las matemáticas. Las rigurosas construcciones geométricas garantizaron que las indicacio-nes naturales de profundidad (el tamaño, la verticalidad y los motivos del pavimento)

man-tuviesen la coherencia mutua necesaria para un máximo de verosimilitud.

Para aprender a ver un di-bujo en perspectiva caballera deben aceptarse sus limita-ciones y obviarlas, entre ellas, la hipótesis de que existe un solo punto de fuga. En los gráficos computarizados, la perspectiva resulta adecuada para videojuegos en los que se dispara en primera perso-na; otros (SimCity), en cambio,

ofrecen una vista desde lo alto, por lo que se valen de una téc-nica diferente: la proyección axonométrica. Algunos de los elementos de dicha técnica se remontan a pintores chinos del siglo II a.C.

Debemos preguntarnos si los extraterrestres podrán descifrar nuestros dibujos, pero también si nosotros, en caso de verlas, se-ríamos capaces de comprender sus obras gráficas.

—George Musser

ENCEFALOSCOPIO

TH E A R T A R C H IV E / A LF R ED O DAG LI O R TI

(8)

D

os ojos situados sobre un par de ventanas nasales, suspendidas a su vez sobre una boca. Tal es el pergeño facial de los vertebrados, desde los tiburones hasta los humanos. Por ópti-ma que resulte tal disposición para el hallazgo e ingesta de alimentos, en los mamíferos el rostro ha asumido otro rol fundamental: la comunica-ción. En ninguna otra especie resulta más obvia tal función que en la faz humana.

Los primates, en general, llevan una comple-ja vida social. Se sirven de expresiones faciales en sus interacciones mutuas. Los humanos contamos con rostros expresivos con los que manifestamos emociones (temor, felicidad, tristeza o ira). En otros tiempos, el rico reper-torio de expresiones humanas fue atribuido a la posesión de músculos faciales especializados. No obstante, Anne Burrows, antropóloga de la Universidad Duquesne, ha observado que, de hecho, la musculatura facial del chimpancé apenas difiere de la del ser humano.

Sin embargo, existen dos rasgos que separan claramente nuestras expresiones faciales de las del resto de los primates. Primero, en los ojos: el

iris se halla rodeado por una esclerótica blanca. En segundo lugar, los labios sobresalen del ros-tro y su color resulta más oscuro e intenso que el de la piel que los rodea. Tales rasgos propor-cionan a nuestro semblante intensos contrastes visuales que pueden servir para comunicar me-jor nuestros sentimientos.

Se ignora cuándo y cómo evolucionó en los humanos la animación del rostro, aunque pudie-ran encontrarse indicios en los cráneos fosiliza-dos de nuestros antepasafosiliza-dos. Los endovaciafosiliza-dos (moldes de las improntas que deja el cerebro en el interior de la caja craneana) ayudan a com-prender las cambiantes facultades de las regio-nes cerebrales a lo largo del tiempo. En el año 2000, el paleoneurólogo Dean Falk, ahora en la Universidad estatal de Florida, dirigió un análisis de los moldes correspondientes al antiguo homí-nido Australopithecus africanus, que vivió hace entre tres y dos millones de años. Los resultados indicaron que ciertas partes de la región tempo-ral anterior de aquel ser eran mayores que las de los simios. Tal ampliación pudo causar que este predecesor humano procesara con mayor efica-cia la información faefica-cial. En tal caso es posible que nuestra propensión a poner e interpretar caras tenga raíces muy profundas.

—Kate Wong

COMUNICACIÓN

Expresiones faciales

Nuestra singular expresividad se remonta a tres millones de años

T

odas las madres saben que los neona-tos son seres sociales a las pocas horas de nacer. Los recién nacidos prefieren di-rigir su mirada hacia rostros de personas antes que a objetos; incluso algunos imitan expresiones faciales. Un estudio sugiere que la tendencia a las interacciones so-ciales existe ya en el útero materno. Los gemelos empiezan a interactuar a las 14 semanas de gestación.

Investigadores de las universidades de Turín y Parma han observado, mediante ecografía ultrasónica (permite el examen de estructuras del interior del organismo), los movimientos intrauterinos de cinco pares de fetos gemelos en sesiones diarias de 20 minutos. En sus observaciones,

pu-blicadas en PLoS ONE en octubre de 2010, los investigadores indican que los fetos co-mienzan una aproximación a sus vecinos en la decimocuarta semana de gestación. En las semanas siguientes, los fetos fueron reduciendo el número de movimientos di-rigidos hacia sí mismos y trataron, en cam-bio, de alcanzar con mayor frecuencia a sus compañeros. Hacia la semana 18 dedicaban más tiempo a entrar en contacto con sus acompañantes que consigo mismos o con las paredes del útero. De hecho, dirigían casi el 30 por ciento de los movimientos hacia su pareja prenatal. Dichos movimien-tos, consistentes en rozar la cabeza o el dor-so del otro, resultaban cada vez más pro-longados y precisos que los movimientos que desarrollaban hacia sí mismos, como tocarse los ojos o la boca.

Las observaciones llevan a pensar que los fetos gemelos son conscientes de que tienen una pareja intrauterina, con la que prefieren

GESTACIÓN

Sociales antes de nacer

Los fetos gemelos interactúan en el útero de la madre

G ET T Y I M AG ES / J A SO N H ET H ER IN G TO N © IST O C K PH O TO / MA X D EL SON MAR TINS S ANT O S

(9)

NEUROCIENCIA

Timidez y cerebro hiperactivo

El encéfalo de las personas tímidas presenta una intensa actividad

S

e esconden en las fiestas, tartamudean en confe-rencias y, a la menor ocasión, enrojecen. La vida de las personas tímidas no siempre resulta cómoda; la culpa puede residir en su cerebro. Un estudio de la Universidad de Sacramento publicado en la revis-ta Personality and Individual Differences en 2010 de-muestra que un encéfalo tímido es, ante todo, muy reactivo: se desboca con facilidad en situaciones inhabituales.

Elliott Beaton y sus colaboradores sometieron a pruebas de timidez a unos cien estudiantes. De estos, escogieron a los 12 más y a los 12 menos tímidos. Los probandos elegidos debían observar una serie de fotografías y decidir con la mayor rapidez posible si se trataba de hombres o de mujeres. Los rostros expresaban una gama de emociones que iban del miedo a la alegría, pasando por la cólera, el disgusto y la tristeza.

Beaton comprobó que se activaban las mismas áreas cerebrales en todos los sujetos, sin embargo, algunas de las regiones (la corteza prefrontal media, que se relaciona con la tristeza, y el giro frontal in-ferior y la ínsula, con la alegría) manifestaban una mayor respuesta en los tímidos que en el resto de los

sujetos. De hecho, el cerebro tímido pre-senta una actividad global superior a la media, sin manifestar en ninguna zona una actividad menor. De esta manera, la persona tímida sufre un exceso de reactividad a las emociones que reflejan los rostros.

¿Se trata de una tendencia heredita-ria? En el caso de la timidez relacionada con la fobia social, existe una compo-nente genética, como puede comprobar-se en los hermanos gemelos afectados por dicho trastorno. Mas el entorno fa-miliar también interviene: los hijos de padres tímidos manifiestan una mayor propensión a la timidez, ya que están habituados a adoptar comportamien-tos prudentes, pusilánimes incluso. No obstante, cabe recordar que la timidez no siempre es un defecto. Un sujeto tí-mido puede ser más apreciado que un extravertido sin inhibiciones.

—Sébastien Bohler

¿Es tímido?

Puntúe de 1 a 5 cada una de sus respuestas a las cuestiones siguientes (1 para desacuerdo absoluto, 5 para aceptación total, debiendo invertir el orden para las cuestiones 3, 6, 9 y 12):

1 Me siento cohibido ante personas que no conozco bien.

2 No tengo grandes dotes sociales.

3 No tengo demasiadas dificultades para pedir informaciones a la gente. 4 A menudo me siento

incómodo en fiestas y reuniones mundanas. 5 Me cuesta encontrar

te-mas para hablar cuando estoy en un grupo. 6 No tardo mucho tiempo

en superar mi timidez ante situaciones nuevas. 7 Me cuesta trabajo ser

natural cuando encuen-tro caras nuevas. 8 Me pongo nervioso al

dirigirme a un cargo de autoridad.

9 Dudo sobre mis compe-tencias sociales. 10 Me resulta difícil mirar a

los ojos.

11 Me siento inhibido en el contexto social. 12 Dirijo fácilmente la

pala-bra a los extranjeros. 13 Soy más tímido con las

personas del sexo con-trario.

Si la suma de puntuaciones es: de 13 a 26: muy poco tímido. de 26 a 39: poco tímido. de 39 a 52: bastante tímido. de 52 a 65: muy tímido. interactuar y a la que responden de formas peculiares.

El contacto entre ambos parece ser intencionado, no fru-to casual de la cercanía espacial, según explica Cristina Becchio, de la Universidad de Turín, coautora del estudio. «Tales hallazgos nos obligan a predatar la aparición de comportamientos sociales», añade.

No sorprende que los fetos puedan controlar sus mo-vimientos intrauterinos. Vittorio Gallese, neurocientí-fico de Universidad de Parma y coautor del estudio, ya había demostrado con otros colaboradores que los fetos muestran habilidad en sus movimientos hacia el quinto mes de gestación. Becchio conjetura que la presencia de un gemelo puede acelerar el desarrollo motriz.

El equipo se propone desarrollar en el futuro ensayos diagnósticos basados en la observación de los movi-mientos de un gran número de fetos. Las pautas de actividad intrauterina podrían contribuir a la progno-sis de limitaciones motrices o trastornos de cognición social, como el autismo, explica Gallese. «Es probable que en el útero se empiece a desarrollar la noción de uno mismo y la de los otros.»

—Janelle Weaver © F OTO LI A / P IX A C H I

(10)

Una mirada

al interior

G EH IR N & G EI ST / M EG A N IM ( fo to co mp os ición ); © F OTO LI A / DA N IE L DA SH ( retra to )

UNO PARA TODOS... Y TODOS PARA UNO Las facetas del yo son tan nu-merosas como las influencias que conforman al ser humano. Sin embargo, consideramos el yo como nuestra referencia psíquica por antonomasia.

(11)

L

a señora K. se pregunta quién es en realidad. Desde hace meses, esta mujer de 37 años se siente extraña. A menudo le parece encontrarse al lado de sí misma. Su familia, su profesión y su vida entera carecen de sentido. La señora K. discurre mucho y padece angustia. En ocasiones le sobrevienen ataques de cólera, sin motivo al-guno, hacia sus hijos; acto seguido se recrimina haber perdido el control. Piensa en suicidarse.

El señor M. se cree la persona escogida para salvar al mundo. Se considera alguien extraor-dinariamente dotado. Durante las noches se jacta de su capacidad para establecer un nuevo y grandioso orden mundial; presenta sus elucu-braciones por escrito a varias editoriales para que las publiquen. A pesar de que tiene deudas contraídas, se compra un coche deportivo caro. El señor M. se siente tan bien y tan seguro de sí mismo como nunca antes se había sentido.

Ambos casos son solo dos ejemplos de lo que puede suceder cuando se altera la percepción del «sí mismo». Los trastornos psíquicos como los que padecen la señora K. y el señor M. (de-presión y manía, respectivamente) distorsionan la noción que tienen de sí mismos, cuando la percepción realista del sí mismo resulta esen-cial para una psique sana. A pesar de que a menudo puede resultar difícil comprender el propio yo, todos tenemos una idea intuitiva de quiénes somos.

Los neurocientíficos tratan de encontrar las raíces cerebrales del sí mismo por dos razones principales. En primer lugar, porque pueden ser de gran utilidad para entender y tratar los trastornos psíquicos; segundo, porque pueden proporcionar una enorme ayuda para encon-trar la respuesta a un viejo dilema del ser hu-mano: ¿para qué poseemos en realidad un yo? ¿Por qué no somos simplemente autómatas bio-lógicos carentes de conciencia sobre nosotros mismos y su relación con el entorno, seres que

algunos neurofilósofos —con cierto desdén— denominan «zombis»?

En la experiencia subjetiva existe, por lo ge-neral, una clara frontera entre lo interno y lo externo. Los pensamientos y los sentimientos, los motivos y los recuerdos los percibimos como pertenecientes a nuestra mismidad. Cuando nos ponemos en el lugar de otra persona e inferimos sus deseos y sentimientos, tampoco confundi-mos estos con los propios. La separación entre el yo y el resto del mundo parece ser, por tanto, el primer rasgo importante del sí mismo.

Estabilidad a pesar de los cambios

La segunda razón corresponde a la estabilidad. El sí mismo constituye un armazón consistente en el que se disponen todos nuestros pensamien-tos, sentimientos y experiencias. Lo curioso al respecto es que, a la vez que experimentamos el propio yo como algo constante, este yo se encuentra sujeto a continuos cambios: cada nueva experiencia nos forma, tanto biográfica como biológicamente. De igual forma que el cuerpo se modifica continuamente mediante su metabolismo, el sí mismo también experi-menta cambios. Numerosos factores internos y externos lo moldean: desde la educación y la socialización, hasta las experiencias cotidianas en la edad adulta. Tales factores determinan la lectura de la información genética y, con ello, el establecimiento de conexiones sinápticas o la aparición de nuevas neuronas en el cerebro. Ello conduce a pensar que la constancia del sí mismo no surge de forma automática, sino que consti-tuye un proceso activo de nuestro encéfalo. Mas ¿cómo se produce? ¿Para qué sirve?

Una ojeada al desarrollo de concepto del yo en los niños pequeños proporciona las prime-ras pistas. Entre los tres y los cinco meses, los bebés controlan sus movimientos corporales más o menos de forma segura; alrededor del

Todo individuo posee una imagen de sí mismo estable y difícil

de modificar. ¿De qué sirve tener un yo? Entre otras cosas,

nos posibilita el control de los sentimientos y las acciones

UWE HERWIG

RESUMEN

El sí mismo es...

el cerebro

1

Todas las personas poseen una concien-cia para procesos inter-nos, como los pensamien-tos, los sentimientos o los recuerdos. Estos se perci-ben estables y propios de la persona, excepto cuan-do se padecen ciertos trastornos psíquicos.

2

Numerosas áreas ce-rebrales que presen-tan alguna relación con la conciencia del yo se encuentran en la «línea media cortical» de ambos hemisferios.

3

La percepción de sí mismo posibilita el control de las emociones y de los actos impulsivos. También se puede en-trenar.

(12)

año y medio de edad, los pequeños empiezan a reconocerse en el espejo; a partir de los dos años utilizan ya conceptos como «yo» y «mi», y a los tres años nombran algunas sensacio-nes emotivas («Estoy triste»). En la enseñanza primaria aumentan las comparaciones con los demás. Comienza la edad en la que se miden las fuerzas; cada vez va surgiendo con mayor intensidad el sentimiento de la autovaloración. Los jóvenes y los adultos jóvenes adquieren fi-nalmente una identidad personal madura a partir de la adquisición de roles sociales más específicos y diferenciados.

Un crecimiento de tipo explosivo

En paralelo a las etapas de desarrollo se estable-cen las conexiones neuronales. En el momento del nacimiento existen solo unas pocas conexio-nes sinápticas entre unos 100.000 millones de neuronas. Hasta el sexto año de vida se produce un crecimiento explosivo del cableado sinápti-co, el cual se torna más estable. En el proceso también desaparecen las conexiones no utili-zadas; en cambio, se consolidan las estableci-das mediante las experiencias significativas o repetidas.

El neurólogo Antonio R. Damasio, de la Uni-versidad de Iowa, estableció a mediados de la década de los noventa del pasado siglo un

mo-delo jerárquico del sí mismo con tres niveles. El nivel inferior, el «proto sí mismo», constituye la representación neuronal del organismo. A este primer e inconsciente nivel le corresponde, so-bre todo, el mantenimiento de las funciones corporales generales y el balance bioquímico interno (la homeostasis). El tronco cerebral, el mesencéfalo y el hipotálamo son los encargados de ello. Solo cuando aparecen problemas en el escalón inferior se da aviso a los centros cere-brales superiores.

El nivel medio, el «sí mismo nuclear», presen-ta en un primer término la interacción con el medio. Aparece una inmediata conciencia del sí mismo en el aquí y el ahora. Desde el punto de vista neuronal participan, entre otras zonas, partes del diencéfalo (sobre todo el tálamo y la amígdala), la corteza singular, la ínsula y la corteza medial prefrontal. Las señales corpora-les generan en el sí mismo nuclear contenidos conscientes sencillos (por ejemplo, la sensación de hambre).

En la cúspide del modelo de Damasio se en-cuentra el «sí mismo autobiográfico». Su misión consiste en garantizar que podamos reflexionar sobre nuestro comportamiento e influir en él de manera sistemática. Para ello, según el neu-rólogo, se necesita una conciencia lingüística, capacidad que solo poseen los humanos. En con-secuencia, los centros neuronales del lenguaje (la región de Broca y el hipocampo, que actúa como instancia intermediaria) se encuentran involucrados en la recuperación de la memoria. Es en este plano consciente donde podemos, a través de la inclusión de las experiencias previas y los objetivos actuales, sopesar los impulsos de actuación de forma racional y analítica. La corteza prefrontal en el cerebro frontal ejerce aquí de controlador interno.

El modelo de Damasio describe múltiples as-pectos del sí mismo. Para investigarlos, los cien-tíficos recurren a menudo a diferenciaciones sencillas. Una muy extendida es la establecida entre los componentes corporales y los menta-les (cognitivos). Las personas sentimos nuestro propio cuerpo mediante respuestas somatosen-soras procedentes de la piel, las articulaciones y también del abdomen (viscerales). De especial importancia para la autopercepción resulta un área de la corteza cerebral situada en la zona de transición entre el lóbulo frontal y el parietal: la ínsula anterior, tal y como comprobaron Hugo D. Critchley y sus colaboradores, del Centro Well come Trust de Neuroimágenes de Londres, en 2004.

Desde el punto de vista de la historia de las ciencias humanas, la

preocupa-ción por el sí mismo viene de tiempos remotos. En la antigua filosofía griega surgió el pensamiento de que nuestra conducta se hallaba determinada por una psique situada tras ella. De Heráclito (540/535-483/475 a.C.) procede la máxima «Conócete a ti mismo». René Descartes (1596-1650) diferenció en su dualismo entre espíritu y cuerpo, la res cogitans de la res extensa. Ambas esferas se reunían en la hipófisis cerebral. El lema de Descartes «Pienso, luego existo» define al sí mismo como algo situado por encima de cualquier duda filosófica.

Immanuel Kant (1724-1804) sostenía que la razón humana construye su

propio mundo. Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831), por su parte, vio en la idea del sí mismo la expresión de un estado evolutivo elevado de la conciencia. El psicólogo William James (1842-1910) consideró las emociones y el sí mismo a la manera reduccionista del científico natural: como funciones del cerebro. Sigmund Freud (1856-1939) concibió el inconsciente como una instancia participante en los procesos psíquicos a la que debía tenerse en cuenta en las modificaciones terapéuticas del sí mismo.

El sí mismo desde la filosofía

¿Para qué

poseemos un

yo? ¿Por qué

no somos

simplemente

autómatas

biológicos

carentes de

conciencia sobre

nosotros mismos?

(13)

Los investigadores propusieron a una serie de voluntarios que estimaran su propia frecuencia cardiaca. Se realizó a cada uno de los proban-dos una tomografía por resonancia magnética mientras oían a través de unos auriculares sus propias pulsaciones, bien en tiempo real o bien con 500 milisegundos de retraso. La tarea consis-tía en indicar si el propio pulso sonaba en tiem-po real o a deshora. Cuanto mejor diferenciaba el voluntario entre ambas posibilidades, tanto más intensa aparecía la actividad de su región insular. Mediciones posteriores demostraron que aquellos probandos que manifestaban una especial sensibilidad corporal (se quejaban, por ejemplo, de sequedad en los ojos o de sensación de opresión en el estómago) presentaban una corteza insular mayor que el resto.

Los aspectos cognitivos del sí mismo, por su parte, se reflejan en la corteza prefrontal medial. En un experimento llevado a cabo en 2006 por Joseph Moran y su equipo, en la Universidad Dartmouth de Hanover, en Estados Unidos, los participantes debían juzgar si una serie de adje-tivos se correspondían con ellos mismos o bien con algún conocido suyo. Cuando las palabras coincidían con su propia persona, la actividad en las regiones frontales cerebrales aumentaba de forma intensa, con independencia del valor emocional de los adjetivos, esto es, sin importar si describían rasgos positivos o negativos.

Excitación por contemplarse

Resultados similares obtuvieron Thilo Kircher, de la Clínica Psiquiatra Universitaria de Marburgo, y Stephen M. Platek y otros colaboradores, de la Universidad de Pensilvania en Philadelphia. Los voluntarios observaron fotografías de su propio rostro, así como de otras personas conocidas y desconocidas, mientras se les realizaba un escá-ner cerebral. Las neuroimágenes demostraron que al ver la propia imagen se activaban con mayor intensidad la corteza prefrontal medial, la ínsula y las áreas corticales parietales de los pro-bandos. Dichas regiones se estimulaban incluso ante la mera expectativa de contemplar su rostro de inmediato, es decir, antes de ver la fotografía, según informó Anette Brühl, de la Universidad de Zúrich, con motivo del Congreso de la Sociedad Alemana de Psiquiatría, Psicoterapia y Neurología celebrado en Berlín en 2008.

La diferenciación entre «yo» y «otros» ofrece a los investigadores un buen punto de partida para seguir la pista a la representación neuronal del sí mismo. Al parecer, el cerebro diferencia de manera precisa los estímulos propios de los

ex-ternos. Ello causa, por ejemplo, que una persona no pueda hacerse cosquillas a sí misma, a pesar de que los estímulos aplicados a la piel sean los mismos que cuando se las provocan otros. De igual forma, no somos conscientes, en general, del sonido de nuestra voz, a pesar de que, como cualquier otro ruido, nos llega al oído desde el exterior.

Knut Schnell, de la Clínica Psiquiátrica Univer-sitaria de Bonn, ha investigado este punto con más detalle. Según los resultados de su grupo de trabajo, percibimos los estímulos fruto de nuestra propia actuación de una forma más dé-bil que los producidos de forma externa. En un estudio con neuroimágenes, Schnell demostró que al observar los probandos un vídeo en el que aparecían actos protagonizados por ellos mis-mos entraba en funcionamiento toda una red de áreas corticales prefrontales, así como del lóbulo parietal inferior, reacción que no ocurría cuando veían acciones efectuadas por otras personas.

¿Cómo puede explicarse tal proceso? Se cono-ce la función que desempeña la corteza prefron-tal como instancia de planificación y control de nuestros actos. Para ello, envía una copia de su programa de movimientos a regiones concretas del lóbulo parietal, las cuales se ocupan de la percepción de los movimientos ajenos. Median-te esta autorregulación casi puede eliminarse la

Corteza parietal medial Corteza cingular posterior Corteza orbitofrontal Corteza prefrontal ventromedial Corteza prefrontal dorsomedial

Corte medial del cerebro

Corteza cingular anterior Amígdala Hipocampo Cerebelo

Mi cerebro y yo

La representación neuronal del sí mismo requiere áreas de diversas zonas del cerebro. Tales áreas resultan sobre todo numerosas en la parte media de los hemisferios o «línea media cortical». Entre las estructuras destaca, junto a la corteza orbitofrontal y la cingular, la corteza prefrontal medial. Dicha región se divide en una parte ventral (orientada hacia el vientre) y otra dorsal (orientada hacia la columna vertebral). También algunos campos del lóbulo parietal (corteza parietal medial) y la amígdala se activan con estímu-los en relación al yo, como han demostrado los experimentos.

G EH IR N & G EI ST / M EG A N IM

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información autogenerada, lo que se traduce en que la intensidad de la percepción de la activi-dad propia se debilita de forma considerable. En los pacientes con psicosis agudas, la diferencia-ción entre lo propio y lo ajeno puede hallarse alterada, con el curioso efecto secundario de que los tocamientos que el sujeto realiza sobre su propia piel los percibe igual de intensos que si se los produjera un extraño, por lo que puede provocarse cosquillas a sí mismo.

Todo ello conduce a la pregunta de por qué se ha desarrollado el sí mismo. ¿Qué ventajas tiene un organismo «autorreflexivo» frente a uno alternativo que no es consciente de su mis-midad y, en consecuencia, no posee ningún yo? La regulación de los sentimientos podría tener aquí un gran papel, pues en este punto la auto-percepción desempeña una importante función: nos permite ser conscientes de nuestros senti-mientos, ponderarlos y, dado el caso, modular-los. El propio yo sirve con ello de una suerte de superficie de proyección.

Control de los sentimientos

Continuamente recibimos estímulos con conte-nido emocional: desde el taimado perro de los vecinos, pasando por los enervantes compañe-ros de trabajo, hasta la añorada tarde de cine con los amigos. Regular nuestras reacciones emocio-nales, así como los impulsos conductuales que de ellas se derivan, constituye una capacidad importante; sin ella resultaría imposible una cohabitación social compatible. Las áreas de la corteza prefrontal también desempeñan aquí una función decisiva, ya que modulan la activi-dad que parte de la amígdala, de tal manera que pueden inhibir la excitación emocional.

Pero ¿cómo nos las arreglamos en el día a día con nuestros sentimientos? Una estrategia

sencilla consiste en apechar con ellos. No obs-tante, en la práctica, muchas veces este método no resulta viable. Otra posibilidad consiste en reprimir las expresiones emocionales (técnica de supresión expresiva) poniendo «buena cara» ante situaciones onerosas o que provocan an-gustia. Según han demostrado algunos estudios, las señales mímicas o motoras de cualquier otro tipo modifican por completo la situación aními-ca. Sin embargo, la represión continuada de las emociones puede incrementar el estrés psicoló-gico subjetivo, así como la agitación a la que va inevitablemente unido.

Una tercera variante, más favorable, es la «ree-valuación cognitiva». Su finalidad estriba en una relajación de la vida emocional y la reducción de las reacciones fisiológicas (enlentecimiento de la frecuencia cardiaca, por ejemplo). A partir de los procedimientos de neuroimagen, Kevin Ochs-ner y James Gross, de la Universidad Stanford en California, mostraron en 2005 los correlatos neuroanatómicos de la reevaluación cognitiva. Los investigadores presentaron a una serie de voluntarios sanos imágenes desagradables o neutrales. Una parte de los probandos tan solo debía dejarse impresionar por las imágenes. Los otros participantes tenían la tarea de, median-te la reevaluación inmedian-telectual, inmedian-terpretarlas de tal forma que perdieran su significado negativo. (Un perro de aspecto y dientes amenazantes po-día permutarse, por ejemplo, en un fiel guardián protector de la esposa.) El resultado confirmó que la reevaluación permitía reducir los senti-mientos desagradables. En este caso, las áreas prefrontales laterales se mostraron sobre todo activas, mientras que se inhibía la actividad de la amígdala y de la corteza orbitofrontal.

En una investigación que desarrollamos en 2007 solicitamos a voluntarios sanos que

em-CO R TE SÍ A D EL A U TO R

«MIRA, ESE SOY YO» En unos experimentos llevados a cabo por el autor, los volun-tarios miraban fotografías en las que aparecían ellos u otras personas. Cuando se observa-ban a sí mismos se estimulaba la corteza cingular (amarillo) de forma más intensa.

La sutil diferencia

El yo y el sí mismo:

El psicólogo William James (1842-1910) diferenció entre «yo» y «sí mismo». El primero sería el «conoce-dor». El contenido de sus conocimientos (pensamien-tos, deseos, preferencias, etcétera) constituiría por su parte el sí mismo. Según otra definición, el yo sería la parte consciente del sí mis-mo, algo así como la punta del iceberg.

Emoción y sentimiento:

Algunos autores describen la emoción como un estado de excitación corporal básico. De la valoración mental de ese estado surge el sentimiento. En el lenguaje cotidiano solemos utilizar ambos conceptos como sinónimos.

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plearan dicha estrategia en la expectativa de imágenes desagradables. Para ello se situó a los probandos ante una fila de imágenes desagra-dables y se les solicitó que imaginasen hallarse en un escáner como si fuera parte de un ex-perimento inocuo para ellos. Los sujetos que, según sus propias declaraciones, conseguían cumplir las instrucciones de forma satisfacto-ria, mostraban una actividad aumentada en la corteza prefrontal medial y dorsolateral, pero disminuida en la amígdala. Ello se producía también cuando los voluntarios desconocían si iban a ver un estímulo agradable o desagradable. Por tanto, la estrategia también resulta útil en situaciones en las que se desconoce lo que va a pasar a continuación.

Depende de la valoración

El control de las emociones es posible hasta cierto punto. No en vano constituye un com-ponente en numerosas técnicas psicoterapéu-ticas. El principio básico se remonta a tiempos antiguos. Ya Marco Aurelio escribió en sus

Meditaciones que el gravamen anímico (lo que

nosotros llamaríamos el «estrés psíquico») no se debía tanto a los acontecimientos externos en sí, sino a la valoración que hacemos de ellos. El ser humano posee en todo momento el poder de modificarla.

Al parecer, esta habilidad no resulta tan sen-cilla. Con frecuencia fracasamos en el intento de mantenernos bajo control. Los sentimientos nos abruman, por más que nos llamemos a la razón. En el caso de miedos profundamente arraigados (como la aracnofobia), no resulta de gran ayuda el simple hecho de decirnos: «Pero ¡si no se trata más que de un animalillo inofensivo!». Con todo, somos capaces de entrenar las regiones cerebra-les responsabcerebra-les del control cognitivo.

Técnicas de meditación, como la atención plena, promueven la percepción consciente de las propias emociones y de las sensaciones cor-porales, al tiempo que ayudan a desprenderse interiormente de ellas. La atención plena implica una conciencia deliberada, atenta y no valorati-va del momento. La psicoterapia basada en esta práctica ha experimentado en los últimos años un auge notable.

En la actualidad pueden investigarse los pro-cesos neurobiológicos asociados. Al parecer, se activan las mismas regiones cerebrales que en la regulación emocional. J. David Creswell, psi-cólogo de la Universidad de California en Los Ángeles, determinó en 2007, mediante encues-tas, la inclinación natural de los voluntarios de

mantenerse atentos en su vida cotidiana. (Tal capacidad puede constatarse a partir de la sensi-bilidad ante las propias sensaciones corporales.) A continuación, los probandos debían ejecutar una tarea mientras se hallaban en el escáner. La actividad consistía en asignar a una serie de imágenes de expresiones faciales emocionales su correspondiente palabra afectiva (alegría, tristeza, asco...). Como tarea de control debían señalar asimismo el sexo de la persona que apa-recía en la fotografía.

Los participantes especialmente atentos mos-traban una actividad prefrontal aumentada. A su vez, su amígdala se estimulaba con menor intensidad que en el resto de probandos. Al pare-cer, el área prefrontal enviaba señales de control inhibidoras a la amígdala.

Con ayuda de las técnicas de neuroimagen podrían conseguirse avances considerables en este ámbito. Supongamos que pudiera enviarse a los voluntarios que llevan a cabo estas técnicas mentales de meditación una retroalimentación en tiempo real de la actividad de su propio cere-bro, mostrándoles, por ejemplo en una pantalla, el patrón de excitación cerebral registrado. Los voluntarios revisarían entonces los «resultados de sus entrenamientos» mediante la actividad cerebral modificada, de manera que aprenderían a controlarse con mayor facilidad.

Christian Plewnia, de la Clínica de Psiquiatría y Psicología de Universidad de Tubinga, presen-tó un intento de este tipo en el Congreso de la Sociedad Alemana de Psiquiatría, Psicoterapia y Neurología celebrado en Berlín en 2008. Junto con otros institutos, su grupo de trabajo inves-tigó si esa especie de neurorretroalimentación favorecía la autorregulación emocional. Los nue-vos estudios permiten sospechar una respuesta positiva, aunque por el momento la técnica re-sulta costosa para su empleo en el tratamiento cotidiano.

Pese a que todavía puede faltar tiempo para que tales métodos proporcionen ayuda a perso-nas como la señora K. o el señor M., la investi-gación de las bases neuronales del sí mismo ha proporcionado ya algunos resultados sorpren-dentes. Entre otras cosas, ha mostrado que la imagen que nos hacemos de nosotros mismos es resultado de nuestro cerebro, al que podemos influir de forma positiva.

Uwe Herwig es director del grupo de trabajo de

regula-ción de las emociones en la Clínica Psiquiátrica Universi-taria de Zúrich. También es profesor extracurricular de la Universidad de Ulm.

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Behaviour, vol. 5, págs.

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E

n las últimas décadas se han ampliado de forma notable los conocimientos acerca de la forma de trabajar del cerebro, tanto en lo que compete a la función de las neuronas como a un nivel superior, es decir, en lo referente a tareas psíquicas concretas de las áreas cerebra-les: desde el lenguaje, pasando por la memoria, hasta las emociones.

Entrados en materia, los neurocientíficos in-tentan entender, en primer lugar, cómo el cere-bro lleva a cabo de una forma genérica las capaci-dades mentales; investigan procesos universales que, en principio, son similares para todos y cada uno los seres humanos. Por otro lado, la expe-riencia cotidiana nos demuestra que las personas se diferencian de manera considerable entre sí: una destaca por su habilidad en el lenguaje, otra por sus capacidades en cálculo o lógica; una se asusta con facilidad, mientras que otra sorpren-de por su fuerte carácter impulsivo.

Las preferencias y los rasgos de personali-dad más o menos estables constituyen el fun-damento de la individualidad. En los límites extremos de su expresión se encuentran a me-nudo desordenes psíquicos, como es el caso de

Los secretos del carácter se consideraban hasta ahora

terreno natural de los psicólogos. Sin embargo, cada vez más

los neurofisiólogos localizan las particularidades individuales

impresas en el encéfalo. ¿Qué relación existe entre

la personalidad y el cerebro?

CHRISTIAN FIEBACH

RESUMEN

Un cerebro

con carácter

1

Los rasgos de la per-sonalidad (ansiedad, impulsividad e inteligen-cia, entre otros) pueden atribuirse, en parte, a pe-culiaridades del cerebro.

2

Los rasgos individua-les se hallan en la anatomía y la actividad cerebral, así como en la carga genética.

3

Las características de la personalidad surgen de la interacción entre los genes, el cere-bro y el ambiente.

El rompecabezas

de la

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CÉLULAS GRISES, «YO» DE COLOR

Creativo, expresivo, racional, impulsivo... El cerebro de cada persona establece las diferencias.

G EH IR N & G EI ST / VO LK ER S TR A ET ER , B D M D ES IG N

los trastornos de ansiedad. Los psicólogos de la personalidad han desarrollado múltiples instru-mentos para clasificar y describir las diferencias individuales en relación a la experiencia y la conducta. Entre ellos destacan los cuestionarios estandarizados. Estos permiten determinar de forma empírica las facetas de la personalidad, como las cinco dimensiones derivadas del cues-tionario Big five (véase el recuadro «El modelo de los cinco factores de la personalidad»). Sin embargo, el conocimiento de las bases biológicas de la personalidad todavía es escaso.

El psicólogo Hans Jürgen Eysenck (1916-1997) desarrolló en la segunda mitad del siglo XX la «teoría de la activación de la personalidad».

Di-cha teoría se basaba en la idea de que existen tres dimensiones esenciales del carácter: neu-roticismo (destaca la labilidad emocional y la ansiedad, así como una propensión a los senti-mientos negativos), extraversión (definida por la sociabilidad y el optimismo) y psicoticismo. Este último concepto queda algo difuso, ya que aúna características tan dispares como la curiosidad, la agresividad, la dominancia y la escrupulosi-dad, entre otras.

El punto de partida del modelo de Eysenck es el siguiente: las conformaciones respectivas de las tres dimensiones básicas se hallan en gran medida determinadas genéticamente y su ori-gen se establece a partir de la excitabilidad de

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sistemas corporales determinados. Así, en per-sonas con un fuerte neuroticismo, el sistema límbico (región cerebral que participa en las emociones) reacciona de forma rápida e inten-sa ante estímulos que dejan, en cambio, a otras personas más bien indiferentes.

Precursor histórico

De forma distinta a Eysenk, su colaborador Jef-frey Gray (1934-2004) atribuyó las diferencias en lo concerniente a la ansiedad y a la impulsividad de las personas a la sensibilidad neurobiológi-ca ante los estímulos de recompensa y neurobiológi-castigo. Gray postuló la existencia de un Sistema de Ac-tivación o Aproximación Conductual (CAS por sus siglas en inglés), anclado profundamente en el cerebro y que controla el abordamiento de los estímulos positivos (los alimentos o la pareja sexual, por ejemplo), pero también las recom-pensas, el dinero y las drogas. Si este sistema se excita con facilidad, entonces se manifiesta una conducta impulsiva. El Sistema de Inhibi-ción Conductual (CIS) gobierna, por el contrario, la evitación de consecuencias negativas, según Gray. Una elevada reactividad del CIS conlleva una ansiedad acrecentada.

El neurofisiólogo Richard Davidson, de la Universidad de Winsconsin-Madison, también defiende ideas semejantes en su teoría de la la-teralización de la personalidad. Sostiene que la corteza frontal izquierda gobierna, sobre todo, la inclinación hacia los estímulos agradables o deseados, mientras que su equivalente de la mi-tad cerebral derecha se ocupa de evitar el peligro o retirarse de él.

Davidson llegó a dicha conclusión a partir de sus observaciones sobre las diferencias entre los hemisferios cerebrales en el procesamiento de los estímulos emocionales. Registró señales

elec-troencefalográficas más intensas en el cerebro frontal izquierdo cuando los probandos contem-plaban caras alegres; cuando observaban rostros tristes, en cambio, las oscilaciones del potencial eléctrico aparecían más marcadas en el cerebro frontal derecho.

Las diferencias en la vida emocional de los individuos se deben, explica Davidson, a asime-trías de la actividad básica neuronal, las cuales constituyen la base del «estilo afectivo» de la persona. De la dominancia de una de las dos mitades del cerebro frontal depende que una persona tienda a responder a los estímulos po-sitivos (recompensas) o que, por el contrario, se incline por evitar los negativos.

Davidson parte de un continuo biológico en-tre la inclinación a lo agradable y la evitación de lo desagradable, mientras que para Gray ta-les dimensiones son independientes entre sí. Según su teoría, una persona podría presentar una elevada expresión de ambos campos (im-pulsiva a la par que tendente a la ansiedad), rasgos que se corresponderían con el neuroti-cismo clásico.

La investigación en psicología diferencial ha engendrado, por tanto, una serie de teorías y modelos sobre las bases biológicas de la perso-nalidad. Sin embargo, por el momento, no queda claro qué teoría explicativa resulta la más acer-tada. A ello cabe añadir que, durante largo tiem-po, las corrientes principales de la psicología de la personalidad apenas investigaron los meca-nismos neuronales básicos; los neurocientífi-cos, por su parte, mostraron poco interés por las diferencias interindividuales. Sin embargo, los métodos refinados de la neurociencia cognitiva actual posibilitan superar esa cisura y explorar en los correlatos biológicos de las peculiaridades individuales.

Hoy por hoy, el modelo de la personalidad con mayor aceptación abarca cinco factores: el neuroticismo describe una labilidad emocional que se expresa en un aumento de la

ansie-dad o la irritabiliansie-dad, en preocupaciones o inquietudes continuas, así como en la tendencia a experimentar emociones negativas. La extraversión, por su parte, engloba aspectos como sociabilidad, actividad, hambre de experiencias y tendencia a experimentar emociones posi-tivas. La disposición a experiencias denota interés intelectual; también fantasía y ganas de experimentar. La agradabilidad describe la competencia social, la disposición a la cooperación y el altruismo, mientras que el factor escrupulosidad indica responsabilidad, capacidad orga-nizativa y querencia por el orden.

El modelo de los cinco factores de la personalidad

Las neurociencias

cognitivas

permiten la

comprensión de

los

correlatos

biológicos de la

singularidad

del

individuo

(19)

Un aspecto de la personali-dad que aparece en la

mayo-ría de los modelos teóricos es el factor neuroticismo. Este describe, en primera instancia, las diferencias en las reacciones emo-cionales humanas: cuando existe una expre-sión escasa de dicho rasgo, el sujeto se inclina poco hacia la ansiedad y presenta una tenden-cia vital positiva. Como ya supuso Eysenck, el grado de neuroticismo podría reflejarse de esta manera en la red cerebral de procesamiento de las emociones.

Básicamente existen dos posibilidades: la primera consistiría en diferenciar tipos de per-sonalidades en función de la anatomía cerebral (teniendo en cuenta, por ejemplo, la densidad o la estructura de la sustancia gris en ciertas áreas). La segunda se basaría en que el cerebro de las personas más propensas a la ansiedad reaccionaría también de forma más sensible ante los estímulos (supuestamente) amenaza-dores en comparación con el de los sujetos de naturaleza más arrojada. Para ambos supuestos existen pruebas.

El grupo de trabajo en torno a Turhan Canli, de la Universidad Stony Brook, en Nueva York, describió que el volumen de la amígdala (impor-tante centro emocional del cerebro) se relaciona-ba con dos dimensiones de la personalidad. La amígdala izquierda de los probandos aparecía tanto más gruesa cuanto más extravertidos se mostraban los sujetos según los test. Por el contrario, cuanto más pequeña era la amígda-la derecha más ascendían los voluntarios en amígda-la escala del neuroticismo.

Ese hallazgo concuerda con conocimientos anteriores que indican que los pacientes depre-sivos presentan con frecuencia una amígdala de tamaño reducido. Todavía no se ha confirmado con certeza si un fuerte neuroticismo representa una suerte de predisposición para el trastorno depresivo, como sostienen algunos investigado-res. Sin embargo, lo que sí parece fuera de duda es que la amígdala desempeña una importante función en las disposiciones de la personalidad relacionadas con la experiencia emocional.

También existen diferencias en relación con la función cerebral: la actividad de la amígdala de personas distintas puede, por un lado, variar en su actividad básica. Así, aquellos sujetos con ansiedad podrían mostrar una actividad aumen-tada y duradera de la amígdala. Por otro lado, sería posible que dicha región cerebral reaccio-nara de manera intensificada y transitoria solo

cuando, por ejemplo, el sujeto se confrontara a situaciones generadoras de angustia o poten-cialmente peligrosas.

Estudios con tomografía por emisión de po-sitrones (PET), en los que la actividad neuronal basal se determina mediante mediciones de la tasa de glucosa en el cerebro en condiciones de reposo, demostraron un elevado consumo de energía sostenido de la amígdala en pacientes depresivos. Ello sugiere que una personalidad ansiosa (como supuso Eysenck) se acompaña de un incremento de la actividad basal de la amíg-dala, a pesar de que todavía no se ha comproba-do en voluntarios sanos. Quizás el incremento de la actividad básica en los pacientes psíquicos represente solo una sobrecompensación ante el volumen reducido de la amígdala.

Asimismo, las respuestas a corto plazo (fá-sicas) ante estímulos que denotan angustia (rostros temerosos) resultan más llamativas en pacientes con ansiedad que en personas menos ansiosas, circunstancia que apoya la hipótesis de Gray acerca de la elevada sensibilidad del proce-samiento neuronal de las emociones.

De los genes a los neurotransmisores

Por más fascinantes que resulten estos hallaz-gos, todavía no logran explicar por qué los cere-bros de personas distintas reaccionan de forma

0,87 0,86 0,85 0,84 0,83 0,82 0,81 0,80 0,79 0,78 0,77 20 40 Extraversión 60 80

Densidad de la sustancia gris

Neuroticismo 0,74 0,73 0,72 0,71 0,70 0,69 0,68 0,67 0,66 0,65 0,64 I D 20 40 60 80

Densidad de la sustancia gris

I D

MASA CON CLASE

Un estudio de 2005 sugiere que a mayor tamaño de la amígdala izquierda, más extravertida resulta una persona (izquierda). Por el contrario, a medida que crece el volumen de la amígdala derecha se reduce el neuroticis-mo (derecha).

(de «Amygdala gray matter concen-tration is associated with extraver-sion and neuroticism», por K. R. Omura et al. en Neuroreport, vol. 16, n.o 17, págs 1905-1908, 2005.) C O R TE SÍA D E TUR H AN C A NLI

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diferente. Mediante la combinación de encues-tas de psicología de la personalidad con métodos genético-moleculares, el psiquiatra Klaus-Peter Lesch, de la Universidad Julius-Maximilians de Würzburg, consiguió hace unos años dar un paso importante en la respuesta a tal enigma [véase «¿Sólo cuestión de genes?», por Katja Gas-chler; MENTEYCEREBRO, n.o 10].

Lesch y sus colaboradores investigaron un gen que determina la elaboración del transpor-tador de serotonina. Dicho transportranspor-tador es una proteína cuya misión consiste en llevarse al neurotransmisor serotonina, una vez termi-nado su trabajo, de la cisura sináptica (el espacio interneuronal). Dicho espacio se puentea me-diante un mensajero químico (neurotransmi-sor). El transportador de serotonina hace que el neurotransmisor vuelva de nuevo a la célula presináptica. Si tal recuperación no resulta sufi-cientemente efectiva, la concentración aumen-tada del neurotransmisor ocasiona una mayor excitabilidad de, en este caso, la amígdala.

Ahora bien, el gen que determina la forma-ción del transportador de serotonina presenta dos variantes: alrededor de una de cada cinco personas posee una variante más corta (alelo S), a diferencia de lo que sucede con la forma más larga (alelo L), que ocasiona una depleción de la serotonina en las sinapsis menos eficientes. Como mostraron Lesch y sus colaboradores, los portadores del alelo S presentan, por término

medio, una tendencia mayor a padecer ansie-dad. Parece, pues, que las variaciones en los mecanismos celulares y moleculares originan diferencias de disposición en relación con las experiencias emocionales.

Un equipo dirigido por Ahmad Hariri y Da-niel Weinberger, del Instituto Nacional de Salud Mental de EE.UU., profundizó en 2002 sobre di-cha tesis. Los autores pusieron de relieve que, al observar imágenes de rostros con expresiones de angustia, los portadores de alelo S mostraban una actividad más intensa de la amígdala que los portadores del, más largo, alelo L.

Sin embargo, los resultados deben inter-pretarse con sumo cuidado. Por lo común, las variaciones de un único gen (polimorfismos) explican estadísticamente tan solo una propor-ción escasa de las diferencias interpersonales: en la mayoría de las ocasiones, menos del diez por ciento del rango de dispersión total. Ello no sorprende, ya que las influencias neuro-biológicas (la actividad de neurotransmisores) presentan un origen multigenético, es decir, son controladas por una variedad de factores genéticos.

Junto a los factores genéticos destaca la in-fluencia del medio. El mero conocimiento del genotipo particular aporta poco. Otros genes, las experiencias y la forma de vida del individuo participan de forma decisiva en su conducta.

Si bien las reacciones emo-cionales constituyen un

as-pecto importante de la per-sonalidad, no son el único factor. Otras características personales se localizan en estructuras cerebrales definidas.

Volvamos a la aspiración de recompensa, des-crita por Gray en su modelo CAS como funda-mento de la impulsividad de la persona. Desde el punto de vista neurocientífico, es probable que dicho rasgo tenga sus raíces en el sistema de recompensa cerebral.

Los investigadores consideran las áreas cen-trales de este sistema (el estriado ventral en los ganglios basales) el motor de la conducta diri-gida a una meta. En nuestro estudio, realizado en colaboración con Joe Simón y Stefan Kaiser, de la Clínica Psiquiátrica de Heidelberg, en las personas con una acusada tendencia de aproxi-mación (de naturaleza impulsiva), el estriado ventral reaccionaba, ante la ganancia de dinero, de una forma más marcada que en el resto de sujetos. G EH IR N & G EI ST / M EG A N IM ( A D N ); G EH IR N & G EI ST , S EG Ú N E L AU TO R Anatomía Conducta Transmisor Reactividad/Función cerebral AMBIENTE Cognición/ Emociones Anatomía GENES, CEREBRO, MENTE La investigación actual determi-na que los genes influyen sobre los factores anatómicos y bio-químicos de la función cerebral, que gobierna desde el trasfon-do del ambiente, la psique y la conducta.

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También aquí pueden constatarse diferen-cias anatómicas y genéticas. En 2009, el grupo encabezado por Bernd Weber, del centro Life & Brain de la Universidad de Bonn, desarrolló un descubrimiento fascinante. Investigaron la neu-roanatomía de sujetos que se caracterizaban por una constante búsqueda de experiencias nuevas y excitantes [véase «Atracción por lo desconoci-do», por Nikolas Westerhoff; MENTEYCEREBRO,

n.o36]. Mediante imágenes con tensor de

difu-sión en resonancia magnética, determinaron con qué intensidad se hallaban conectadas ana-tómicamente determinadas regiones cerebrales de los voluntarios. El grado de intercomunica-ción entre el estriado y la amígdala aumentaba de forma directa con el grado de tendencia a la búsqueda de nuevas emociones. El incremento de dicha conectividad podría conducir a la lle-gada de más información relevante a una región concreta, lo que posibilitaría que dicha área (el estriado, en este caso) se excitara de forma más intensa.

Los deseos hechos materia

En el sistema de recompensa cerebral, la dopa-mina es el principal neurotransmisor. Hoy en día conocemos bastantes variaciones genéticas de dicho neurotransmisor. El psicólogo Martin Reuter, de la Universidad de Bonn, investigó en 2006 cómo la inclinación individual a los senti-mientos positivos y a la conducta de aproxima-ción (impulsiva) se relacionaba con dos varian-tes genéticas que controlaban la efectividad de la dopamina. Una de ellas gobierna la depleción del neurotransmisor mediante la enzima COMT (catecol-oxi-metil-transferasa); la otra regula la densidad de los receptores D2 de dopamina en el cerebro.

Reuter mostró que la combinación de am-bos genotipos incrementaba la tendencia de aproximación (impulsiva), la cual conllevaba asimismo un aumento en la concentración de dopamina. Al considerar la posible influencia conjunta de los dos polimorfismos genéticos, el equipo de Reuter cayó en la cuenta que existía una causa multigénica.

Junto a los sentimientos y la motivación, las

capacida-des intelectuales constitu-yen un componente signifi-cativo en la individualidad de una persona. Para determinarlas, la psicolo-gía diferencial ha desarrollado diversos test de inteligencia.

Los neurocientíficos buscaron también corre-latos biológicos en este ámbito. Richard Haier, de la Universidad de California en Irvine, fue uno de los primeros en explorar regiones ce-rebrales cuyo volumen se relacionaba por es-tadística con la inteligencia. Según su estudio, los correlatos anatómicos de la inteligencia se encuentran repartidos por todo el encéfalo, aunque de manera más marcada en la corteza prefrontal.

En 2008, Sonia Bishop y John Duncan, de la Universidad de Cambridge, informaron además de que la activación de esa región durante la elaboración de tareas de los test de inteligencia dependía de la dotación genética. Los volunta-rios con un genotipo COMT, el cual origina una mayor concentración de dopamina en el lóbulo frontal, mostraban una menor activación cere-bral pero con el mismo rendimiento en las prue-bas, lo que indicaba que su cerebro trabajaba de manera más eficiente.

Dado que la inteligencia representa una me-dida altamente compleja, en la que confluyen capacidades parciales (la atención, la memoria o el tiempo de procesamiento), pueden actuar sobre ella múltiples y variadas influencias. De-sentrañar la forma en que los aspectos concre-tos de la capacidad intelectual son controlados neuronal y genéticamente constituye un cam-po de investigación apasionante para el futuro inmediato.

Los hallazgos de Christine Stelzel, de mi grupo de trabajo, indican que los genes do-pamínicos arriba descritos también influyen en la memoria de trabajo, es decir, en la ca-pacidad mental de manipular la información (capacidad de suma importancia en el cálculo mental).

Las peculiaridades individuales (ansiedad, impulsividad e inteligencia) presentan, por tan-to, correlatos en la estructura y en la función cerebral, así como en la dotación genética. La forma en que estas redundan en la experiencia y la conducta depende también de los condi-cionantes del medio. La investigación de esta compleja interacción se halla todavía en sus albores, mas se perfila ya un claro horizonte: la individualidad de una persona se arraiga en su cerebro, aunque no en una única región cerebral.

Christian Fiebach es el director del grupo de trabajo

«Neurocognición de las diferencias individuales» y profe-sor de neurociencia cognitiva en la Universidad Ruprecht-Karl de Heidelberg.

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Neuroimage, vol. 49,

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A

unque la mayoría de las veces los supe- remos en nuestros quehaceres diarios, la vida se encuentra llena de riesgos: en cualquier lugar y en cualquier momento puede ocurrir un hecho inesperado. Según Ronald Kessler, psi-quiatra de la Escuela de Medicina de Harvard, una de cada dos personas experimenta un suce-so traumático: desde la muerte inesperada de un familiar, pasando por un atraco con violencia, hasta la vivencia de una catástrofe natural.

Quien sufre en sus propias carnes una situa-ción de peligro vital suele desarrollar un trastor-no por estrés postraumático (TEPT). Los efectos del suceso continúan actuando al cabo de varios años, de manera que significan una pesada carga en la rutina del afectado.

Algunos de estos acontecimientos suceden de una vez (un grave accidente de tráfico); otros se repiten a lo largo de meses o años (torturas o abusos sexuales). Estos últimos «traumas comple-jos» suelen originar diversos trastornos psíqui-cos, lo que comporta una especial dificultad a la hora del tratamiento. Con frecuencia, el psico-terapeuta no especializado en tratar tales casos solo consigue, al cabo de varios años de trabajo, reconocer la presencia del síndrome. Síntomas

como la angustia, las depresiones o los delirios pueden «enmascarar» el trastorno.

Desde tiempo atrás, los psiquiatras intentan paliar con medicamentos las consecuencias agu-das de un trastorno por estrés postraumático (TEPT). Con el fin de disminuir la excitación interior del paciente prescriben antidepresivos. Algunos médicos de cabecera recetan también benzodiazepinas. Dichos tranquilizantes se han acreditado en casos de trastornos del sueño, ata-ques de ansiedad y tendencia al suicidio, pero no son apropiados para tratar un TEPT. Así, las benzodiazepinas ayudan a mitigar las conse-cuencias psíquicas agudas; no obstante, como demostró ya en 1996 un equipo dirigido por el psiquiatra Arieh Shalev, del Hospital de la Uni-versidad Hadaza en Jerusalén, a largo plazo pue-den incluso agravar el TEPT y las depresiones.

Un trabajo publicado en 2007 por la Colabo-ración Cochrane, red internacional de expertos que lleva a cabo revisiones sobre el efecto de los tratamientos médicos, llegó a la conclusión de que, según los conocimientos científicos dis-ponibles, no existe ningún medicamento que pueda contrarrestar el desarrollo de un TEPT. En todo el mundo, los investigadores continúan ensayando medios nuevos. Para un caso agu-do del trastorno de marras podrían utilizarse beta bloqueantes (los médicos los recetan para la hipertensión y las taquicardias). El psiquia-tra Roger Pitman, de la Universidad de Harvard, comprobó que algunas personas experimentan una mejoría en sus reacciones de ansiedad a lar-go plazo si se les administra el beta bloqueante propanolol entre seis y doce horas después de que haya ocurrido el episodio traumático y se

Punto final

al trauma

Un accidente de tráfico, un atraco a mano armada o una

catástrofe natural... Las situaciones de vida o muerte pueden

permanecer en el recuerdo de los afectados durante largo

tiempo. Medicamentos y psicoterapias ayudan a paliar el

trastorno emocional; no obstante, falta refinarlos

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© F OTO LI A / S A N IP H OTO LA LARGA SOMBRA A quien de niño ha sufrido abusos o maltratos, suelen perseguirle terribles recuerdos durante toda la vida. Según los investigadores, para superar el trauma es preciso enfrentarse al pasado.

Referencias

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