Los demonios de Ariel:
Fuentes del imaginario cultural popular
uruguayo en la primera mitad del S. XX
Los demonios de Ariel:
Fuentes del imaginario cultural popular
uruguayo en la primera mitad del S. XX
ISBN
Diseño gráfico: Silvia Shablico ©
Queda hecho el depósito que marca la ley Impreso en el Uruguay – 2007
Yo creí, durante años, haberme criado en un suburbio de Buenos Aires, un suburbio de calles aventuradas y ocasos visibles. Lo cierto es que me crié en un jardín, detrás de una verja con lanzas, y en una biblioteca de ilimitados libros ingleses. Palermo del cuchillo y de la guitarra andaban (me aseguran) por las esquinas, pero quienes poblaron mis mañanas y dieron agradable horror a mis noches fueron el bucanero ciego de Stevenson, agonizando bajo las patas de los caballos, y el traidor que abandonó a su amigo en la luna, y el viajero del tiempo, que trajo del provenir una flor marchita, y el genio encarcelado durante siglos en el
cántaro salomónico, y el profeta velado del Jorasán [...] ¿Qué había, mientras tanto, del otro lado de la verja con lanzas? ¿Qué destinos vernáculos y violentos fueron cumpliéndose a unos pasos de mí, en el turbio almacén o en azaroso baldío? ¿Cómo fue aquél Palermo o cómo hubiera sido hermoso que fuera?1 [El subrayado es mío]
Nuestro símbolo no es Ariel, pues, como pensó Rodó, sino Calibán2.
1. Los países de la imaginación
Proponer, casi cien años después, una hipótesis acerca de los ejes fundamentales que organizaron “el imaginario cultural” nacional a prin-cipios del s. XX no puede hacerse sino como una forma de reflexionar acerca del presente y el futuro inmediato. En tal sentido, lo primero que es preciso subrayar es que el interés que nos motiva hoy a volver sobre
1 Jorge Luis Borges, Prólogo, Evaristo Carriego, Madrid: Alianza, 1995, pág. 9.
2 Roberto Fernández Retamar. Calibán. Apuntes sobre la cultura en nuestra América. México,
nuestro pasado se apoya sobre una serie de premisas o puntos de partida. Por lo pronto, la importancia que hoy hemos comenzado a dar a la necesidad de abordar el territorio del “imaginario cultural” —a cómo se imagina la sociedad y la cultura— entendido como un producto de “los trabajos de la imaginación”3. Producto y a la vez instrumento, puesto
que también “media” la actividad social y es un factor constitutivo en la construcción, reproducción y transformación del mundo. Segundo, asu-mir que la sociedad y el mundo se ven —se imaginan— de manera dife-rente dependiendo del espacio social y cultural en donde se realizan los trabajos de la imaginación y de los instrumentos (discursivos, simbóli-cos) que intervienen y hacen posible esos trabajos. De ahí que, en este caso, nos enfoquemos en el imaginario cultural “popular” (distinto a otros tipos de imaginarios) resultante de un espacio y unos medios particula-res; sin descartar, por cierto, que existan coincidencias e intersecciones con otras formas de imaginar la sociedad o la cultura nacional. Tercero, la sospecha de que la comprensión de nuestra cultura ha quedado limitada —cuando no, distorsionada u obstaculizada— a raíz de haber prestado demasiada atención a unos fenómenos en detrimento de otros. Así, por ejemplo, cuando se piensa o se habla de este período, por lo general, y salvo legendarias excepciones, se suele destacar, o el plano de la “alta cul-tura” (Juan Zorrilla de San Martín, José E. Rodó, Carlos Vaz Ferreira, Pedro Figari, Florencio Sánchez, Horacio Quiroga, Delmira Agustini, Ju-lio Herrera y Reissig, María E. Vaz Ferreira), el plano político y de desa-rrollo institucional (la modernización política, la educación pública, la legislación laboral, la secularización y privatización de la religión, la uni-versalización de los derechos del ciudadano), o bien el plano de los avan-ces tecnológicos, los suavan-cesos mundiales y las reorganizaciones del siste-ma-mundo, sin necesariamente atender al modo y a la medida en que estas cosas alcanzaron realmente a las clases populares o afectaron cómo la gente se imaginaba que era el mundo (y la historia) independiente-mente de cómo era o es el mundo o la Historia.
Por el contrario, cuando uno empieza a preguntarse cómo la gente se imaginaba su mundo en el primer cuarto del s. XX, o en qué mundo cultural vivía (es decir, se imaginaba que vivía), la respuesta difícilmente sea una sola y universalizable. Por lo pronto, está claro que habrán una serie de asincronías, desfasajes, tiempos que coexisten y se yuxtaponen. Así, a poco de comenzar a interrogar este período nos damos cuenta del peso y del papel que jugaron el pensamiento, la cultura y las instituciones
3 Arjun Appadurai, La modernidad desbordada. Las dimensiones culturales de la globalización.
del siglo XIX sobre las mentes, las sensibilidades y las fantasías del siglo XX, por lo menos hasta mitad de siglo. Alejo Carpentier decía que los europeos que colonizaron América no eran precisamente, o al menos, completamente, hombres del Renacimiento sino que, en muchos aspec-tos, todavía encarnaban la Edad Media. Sarmiento buscó en el mundo gauchesco —que para él significaba un mundo primitivo y bárbaro, nues-tra Edad Media— las claves para explicar los problemas de mediados del siglo XIX.
No todo es continuidad. También “otra imagen” de aquél tiempo, muy distinta, comienza a emerger cuando atendemos, por ejemplo, a las realidades particulares y las prácticas concretas, a la vida cotidiana (por oposición a los discursos, la cultura oficial, los proyectos y las leyes); a la cultura popular (el tango, el fútbol, el carnaval, la religiosidad, etc.); a la cultura de masas (las revistas, la radio, el cine, los paseos urbanos); o las ideas, sentidos e imaginaciones de mundo que circulaban en la esfera cotidiana (por ejemplo, en un contexto de incipiente urbanización, de caudalosa inmigración, de creciente privacidad). Todos territorios que si bien no nos resultan completamente desconocidos, ciertamente han que-dado relegados y a la sombra de los estudios de la política, la economía o la “alta cultura” de la época.
Realzar el plano discursivo e imaginario popular, arriagado como está en otros espacios y prácticas culturales, supone entonces dejar en un segundo plano, aunque sea por un momento, otras formas de pensar e interrogar el pasado, como podrían ser un abordaje económico y políti-co, una historia del arte o de la literatura, o una historia de las ideas, del pensamiento o del “proceso intelectual”. Aun cuando este ensayo se sirva de este otro tipo de historias y enfoques, privilegiar el imaginario cultural popular implica tratar de identificar otro conjunto de vivencias, institu-ciones y universos simbólicos que organizaron —o que, al menos, tam-bién contribuyeron a organizar— el sentido de una época, es decir, que mediaron la aprehensión e imaginación del mundo por parte de la gente que vivió en ese momento, en ese lugar.
Por “el imaginario” entendemos la serie de ideas e imágenes que nos hacemos y tenemos acerca de algo, en este caso, las ideas e imágenes que la gente de la primera parte del siglo XX se había construido acerca de su mundo, y en particular, de la cultura de su época. Vamos a manejar, por consiguiente, un concepto laxo e inclusivo de “imaginario”. Néstor García Canclini dice al respecto:
Estamos en un momento en que sería empobrecedor afiliarse a una sola tendencia [a un solo concepto de lo imaginario]. Nos encontramos en el cruce de muchas contribuciones al estudio de lo imaginario. Autores como
Armando Silva incorporan el sicoanálisis, pero hay momentos en su libro Imaginarios urbanos en que se usa la distinción lacaniana entre lo imagina-rio y lo simbólico, y otros en que no lo hace. Creo que, ante ciertas necesi-dades de interpretación, a veces es útil esta distinción pero, en gran parte de los estudios, prevalece otra noción, más antropológica de lo imagina-rio, como algo parecido a lo que Lacan llama simbólico, es decir, el repertorio de símbolos con que una sociedad sistematiza y legaliza las imágenes de sí misma, y también se proyecta hacia lo diferente [...] [El subrayado es mío] Habría que mencionar también los enfoques de lo imaginario colectivo, desplegados en las reorientaciones sociosemióticas de la antropología y de la sociolo-gía. Estos análisis han permitido considerar que hay estructuras, legali-dades, que rigen lo imaginario y generan su construcción y renovación”4
2. Nuevas fuentes de la imaginación
Mientras José E. Rodó y Ortega y Gasset —este último de visita en Buenos Aires en 1916— reclamaban de los jóvenes letrados idealismo, acción, nueva sensibilidad, la cultura de masas —los sectores medios y populares— cobraba fuerza en expresiones diversas como la lectura de libros y revistas semanales, las músicas y las danzas despegadas fuera del salón, los teatros llenos con sainetes y dramas, cada vez más lejos de la ópera. A la radio, el más balbuciente cine y el teatro, se les sumaría finalmente la práctica de los deportes y la vida sana, higiénica, al aire libre [...]5.
Un acercamiento al imaginario cultural de principios de siglo nos conduce a prestar más atención y dar mayor peso a un conjunto de cam-bios que tuvieron lugar en los espacios sociales y en las mediaciones que intervienen en la construcción de imágenes de mundo. Primeramente, cambios físicos, sensuales y sociales del entorno donde vivía la gente que afectaron no sólo el estilo de vida sino concomitantemente la forma de pensar el mundo. Segundo, el impacto cultural de los movimientos migratorios, la migración europea y regional así como de la gente que arribó a las ciudades por la reorganización de la campaña, y que vinieron a alimentar los nuevos barrios obreros, el surgimiento de nuevos comer-cios y oficomer-cios, y hasta la geografía social del arrabal, de la “orilla”. Tercero, las consecuencias indirectamente culturales de una serie de proyectos de Estado (profundización del proyecto de escolarización vareliana a nivel
4 Néstor García Canclini, Imaginarios urbanos, Buenos Aires: Eudeba, 1999, págs. 100-101. 5 Nelson Bayardo, Carlos Gardel, a la luz de la historia, Montevideo: Aguilar, 2000, pág. 60.
secundario y terciario, privatización de la religión e implantación de una religiosidad civil secularizada6, partidización y electoralización de la
polí-tica, políticas de estatización, de creación de empleo, redistributivas, etc.) y que contribuyó a moldear la cultura de “las clases medias” (que en 1908 constituían el 40% de la población montevideana7) y la cultura
po-pular (el 50% restante). Si a ello le agregamos la actividad cultural que se organizó en torno al consumo (por ejemplo, de artículos para el hogar, de automóviles, de vestimentas), la publicidad, los medios masivos de co-municación (la cultura de masas), o la cultura popular, está claro que estamos ante todo un “nuevo orden” simbólico discursivo, y que tanto el “Uruguay pastoril y caudillesco”, lo mismo que el Novecientos, empeza-ban a quedar atrás.
También durante estos años, se procedió a imaginar y construir no sólo una nueva ciudad, acorde a los nuevos tiempos (con nuevos actores sociales, desafíos, necesidades, costumbres), sino también una ciudad capaz de acomodar “la sociedad que vendrá”. El conjunto de edificacio-nes, planes y elementos urbanos intentaban responder, por lo tanto, al desafío de una ciudad que debía ser pensada y construida “para el futu-ro”. Es decir, había una idea de futuro mejor, y el presente —ruptura con el pasado— era su auspicioso comienzo.
Las reformas y conquistas económicas, sociales y políticas de la clase media, y en menor medida, de los sectores populares (más ocupación, mayor reconocimiento político y social, mayor tiempo libre, posibilidad de educación para sus hijos) a su vez hicieron posible una creciente “apro-piación de la ciudad” por parte de la población, que se tradujo en el desa-rrollo y aprovechamiento de la red de nuevos espacios, actividades y opor-tunidades recreativas. Durante las primeras décadas del siglo, y como resultado de un conjunto de movilizaciones sindicales y conquistas labo-rales, también asistimos a un proceso de reducción de la jornada y de la semana laboral, de creación de los fines de semana y de las semanas de vacaciones, que va a cambiar la cara de la vida de la ciudad. En efecto, además de la conquista de las ocho horas obtenidas por muchos gremios, y de la ley de las ocho horas de 1915, en 1920 se declaró obligatorio dis-poner de un día de descanso luego de seis días de trabajo. Esta disposi-ción se completó en 1931 con la adopdisposi-ción, en el ámbito comercial, de la “semana inglesa” como régimen de trabajo con descanso los sábados de
6 Gerardo Caetano y Roger Geymonat, “Ecos y espejos de la privatización de lo religioso
en el Uruguay del Novecientos”, en Historia de la vida privada en el Uruguay (Tomo II), Monte-video: Santillana, 1996.
7 Yvette Trochón y Beatriz Vidal, Bases documentales documentales para la historia del
tarde y todo el día domingo. Esto supuso una correspondiente “libera-ción” de las horas y los espacios de la vida del mundo del trabajo y de la producción, lo cual permitió volcarse y poder llevar a cabo todo otro conjunto de actividades culturales, que dejaron su impronta en el desa-rrollo social y de las personas. También asistimos a la relativa liberación de niños y jóvenes del mundo del trabajo. Ambos procesos fueron acom-pañados, asimismo, por la posibilidad por parte de las mujeres de poder acceder a oportunidades laborales que permitirían liberar a éstas de su reducción a los espacios domésticos y de los roles de ama de casa, de vecina, de madre, de esposa, y que también les permitió empezar a debi-litar los lazos de dependencia económica de las mujeres de padres y ma-ridos.
Estrechamente ligado a lo anterior, somos testigos también del sur-gimiento vigoroso del público y de la ciudadanía. Ello significó que la actividad política pasó a incorporarse a la vida cotidiana de la gente —sobre todo, en la población urbana—, la cual, de una manera u otra comenzó a sentirse participante de “la cosa política” —de la res pública—, ya sea como como persona con derechos a ser reconocidos, respetados y garantidos, actor político, empleado público, sujeto interpelado por la clase política, destinatario de servicios, o “nuevo poder”.
Como consecuencia del creciente protagonismo, peso y centralidad social y simbólica de las clase medias y las clases populares y la corres-pondiente transformación de la vida social y cultural, descubrimos la transformación y jerarquización de sus intereses y prácticas culturales. Esto se manifestó en la gradual masificación del acceso al consumo, a los espectáculos del Centro (bailes, teatros, café concerts), a la lectura y la educación (hasta ese momento privilegios de las clases altas), en el creci-miento de la cultura de masas vinculada a los medios masivos de comu-nicación (prensa escrita, radio, cine, música), la nacionalización y popu-larización de los deportes de elite (caso del fútbol), y en suma, la creciente importancia y centralidad que pasan a tener las prácticas culturales aso-ciadas a las clases populares: el tango, el carnaval, los deportes, los picnics y paseos al aire libre (a los parques, la rambla, las playas). En el campo de la cultura de masas es donde también se empieza a registrar una inci-piente reorientación de los gustos hacia la cultura estadounidense (en sustitución de la cultura británica o francesa, relegadas a los clubes priva-dos, la alta cultura, o a la educación formal), en un proceso que si bien se iría a consolidar recién hacia medidos de siglo ya resultaba particular-mente notorio en el campo de la radio, la música y el cine, y también en los nuevos cánones de la moda, las necesidades de consumo o las ideas acerca de la modernidad o el comfort.
Todas y cada una de estas transformaciones culturales, que a veces ocurrieron en forma paralela, pero otras veces se reforzaron y alimenta-ron mutuamente, no sólo reorganizaalimenta-ron el campo de la cultura nacional de una manera más efectiva, profunda y duradera que tal o cual movi-miento artístico o política estatal explícitamente “cultural”, sino que es allí —en esta otra “máquina cultural”8— que se hace necesario ir a buscar
las bases de la reorganización del imaginario cultural popular, la fuente de los múltiples y distintos países imaginados que todavía persisten y conviven en la cultura nacional.
El propósito de este trabajo, no obstante, no es tanto ahondar en un análisis detallado de algún aspecto específico del imaginario cultural sino, a partir de una recopilación de materiales dispersos e investigaciones re-cientes, esbozar un mapa cultural o visión de conjunto de la serie de pro-cesos sociales y culturales que se estaban dando en forma paralela y si-multánea a principios de siglo, y sugerir una serie de vinculaciones entre ese nuevo orden de actividad cultural y el imaginario cultural popular, propuestas, ante todo, como posibles direcciones para la investigación y la problematización de “la cultura nacional” —del “imaginario nacional”.
3. Imaginarios barriales y metropolitanos
Me están desnaturalizando a Montevideo [...] Se ha apoderado un verdadero frenesí por cambiarlo todo, por hacer la vida agitada, febril, de las grandes capitales y quitarnos aquella fisonomía clásica de ciudad colonial9.
La ciudad y la vida urbana a principios del siglo XX importan a la hora de aproximarnos al imaginario cultural por cuanto la ciudad, en tanto entorno inmediato, simbólico y sensual dentro del cual transcurre la vida, contribuye a dar un conjunto de imágenes e ideas de lo que es la realidad, el mundo, y por consiguiente, a alimentar la imaginación del mundo. La ciudad cautiva nuestra imaginación, tanto porque se nos pre-senta como “signo de los tiempos” y nos devuelve “una imagen en el espejo”, como porque nos señala en la dirección de nuestro pasado y de nuestro futuro. Estrechamente ligada a las actividades que
desempeña-8 Beatriz Sarlo, La máquina cultural. Maestras, traductores y vanguardistas. Buenos Aires:
Ariel, 1998.
9 Máximo Torres, “¡Adiós, Montevideo viejo!” en El Día 2/12/1906, en Alfredo Castellanos,
Historia del desarrollo edilicio y urbanístico de Montevideo, Montevideo: Bibloteca Artigas, 1971, pág. 244.
mos, o los circuitos y segmentos de la ciudad que frecuentamos, la “ex-periencia urbana” también nos pone en contacto con las ex“ex-periencias, ideas y fantasías de otros. Ideas e imágenes propias y de otros que a su vez serán “puestas a trabajar” tanto para volver a mirar (comparativa-mente, críticamente) hacia nuestra realidad lo mismo que hacia afuera, hacia el mundo —constituyéndose en una forma de conciencia de una experiencia urbana10. La ciudad y la vida urbana, por tanto, en cuanto
sistemas espaciales y simbólicos, también median nuestra imaginación y aprehensión de la realidad. Porque la ciudad siempre fue, además de centro de poder, de actividad económica (productiva, comercial, finan-ciera, etc.), o residencial, un orden social y simbólico, metáfora de una cultura, práctica ceremonial y espectacular11.
Lo anterior resulta más significativo si pensamos que el período que nos ocupa se trataba de un período de paso, en el cual la Ciudad Novísima, circunscripta al perímetro del Bulevar Artigas, se estaba convirtiendo en otra cosa: en la Ciudad Extendida, en la Gran Ciudad12.
En efecto, a principios de siglo, y a gran ritmo, comienzan a concre-tarse un conjunto de proyectos arquitectónicos y urbanísticos, tanto de origen estatal como privado (aunque enmarcados en un proyecto y un plan regulador estatal) que transformaron la estructura urbana y la for-ma de habitar la ciudad. Esto fue acompañado, a su vez, por un significa-tivo crecimiento demográfico. La población montevideana no sólo se duplicó, pasando de 300 mil en 1908 a 655 mil en 193013 sino que
tam-bién se dio una visible densificación y una complejización cultural que dejó su impronta particular en el perfil del ambiente cotidiano y del es-pectáculo social de aquella época.
El aumento del poder político y económico de la sociedad en general posibilitó a su vez la apropiación real de la ciudad y los espacios públicos por cada vez más sectores de la población. La gente procedió entonces a usar y aprovechar los distintos espacios a su disposición, obviamente, de maneras diferentes. Así, la Gran Ciudad encontraba su contrapartida: la ciudadanía, el gran público. “El Centro”, a su vez, se constituyó en el
10 David Harvey, Consciousness and the Urban Experience, Oxford; Basil Blackwell, 1985. 11 Angel Rama, La ciudad letrada. Hanover, New Hampshire: Ediciones del Norte, 1984;
Salvador Schelotto, “Montevideo 1829-1890: una urbanidad se gesta entre la civilización y la barbarie. La ciudady la cultura urbana en el siglo XIX” y Emilio Irigoyen, “La ciudad como escena-rio. Poder y representación hasta 1830”, en Uruguay: Imaginarios culturales, (Tomo I), Hugo Achugar y Mabel Moraña, editores. Montevideo: Trilce, 2000.
12 Carlos Altezor y Hugo Baracchini, Historia urbanística y edilicia de la ciudad de
Monte-video, Montevideo; Junta Departamental de MonteMonte-video, 1971, pág. 183.
13 Juan Rial, Población y mano de obra en espacios vacíos. El caso de un pequeño país:
espacio física y simbólicamente privilegiado para “la puesta en escena” del discurso monumental del poder y para el encuentro de la ciudadanía —para la articulación social y política de la sociedad—, en donde realizar un conjunto de actividades sociales y culturales instrumentales a la con-secución de un proyecto de hegemonía cultural, y también, en un lugar con aspiraciones “cosmopolitas”: a partir del cual estar o entrar en con-tacto con el mundo.
El crecimiento de la gran ciudad ocasionó, a su vez, un movimiento de sentido contrario14 hacia lo local, la pequeña escala, el bolsón étnico, el
refu-gio de clase y el entorno familiar que condice con el papel que por estas fechas empiezan a jugar tanto la vida y las instituciones del barrio (las rela-ciones entre vecinos, las compras diarias, el espacio de la calle, las reuniones en la esquina, las conversaciones en boliches) como la familia nuclear (de clase media, poco numerosa). La vida de barrio permitió el desarrollo de la individualidad pero también hizo posible hábitos colectivos entre vecinos de tal modo que lo uno reforzaba y jerarquizaba lo otro.
El paralelo desarrollo y utilización de las modernas líneas de trans-porte así como el creciente protagonismo del automóvil no sólo permitió articular esa totalidad tan diversa y siempre a punto de quebrarse que era la Gran Ciudad sino que aportó a sus habitantes otra ocasión para el en-cuentro, para conocer y “sentirse parte” de la urbe extendida lo mismo que de una modernidad ahora entendida en términos de sintonía con el mundo, velocidad, motores, explosiones, electricidad.
El paso de la Ciudad Novísima a la Gran Ciudad no significó un simple corrimiento de fronteras. Con más de la tercera parte de la pobla-ción de un país que se acababa de descubrir que estaba “despoblado, desierto” —lo que en su momento significó una “ingrata revelación”15—
Montevideo se consolidaba como sede y ciudad principal. Esto supuso un dramático cambio de escala y de escena, con repercusiones fundacionales tanto al nivel de su forma, infraestructura y funcionamiento como al nivel simbólico e imaginario. Si antes Montevideo había sido una ciudad administrativa y comercial relativamente pequeña, rodeada por villas, barrios obreros y balnearios, la Gran Ciudad creció y absorbió a todos esos elementos dentro de su entramado y forzó a los habitantes a construir un mapa mental de la nueva urbe como un sistema de barrios dispares y diversos.
Aunque esto contribuyó a reforzar y a desarrollar los barrios y la cultura barrial, tampoco faltaron las ocasiones en que la vida de barrio se
14 Carlos Altezor y Hugo Baracchini, Historia urbanística..., ob. cit., pág. 130. 15 Ivette Trochón y Beatriz Vidal, Bases documentales..., ob. cit., pág. 10.
vio sacudida y erosionada por la nueva dinámica que imprimió la gran ciudad:
[...] estremecidos con el zumbido de las plantas industriales [...] el super-mercado va desplazando a la provisión «atendida por su propio dueño’ [...] la casa de peinados, la peluquería y el café —recinto de confesiones y discusiones acaloradas e interminables— va dejando de ser café para convertirse en el «bar’ [...] el club social y deportivo que ha cedido en gran parte sus reuniones sabatinas a otras instituciones de los balnearios canelonenses, invadidos masivamente por la clase media16.
La tensión ciudad-barrio, cuyo delicado equilibrio ha sido y aun si-gue siendo una de las claves de la identidad y del desarrollo metropolita-nos subyace mucho de los fenómemetropolita-nos de los que metropolita-nos ocuparemos más adelante: la organización del transporte, del recorrido por la ciudad y de las posibilidades que esto abrió, el papel de los medios de comunicación, la red de clubes políticos, sociales y deportivos, la realización de fiestas y competencias carnavalescas y deportivos, etc. Sin embargo, la Gran Ciu-dad ya era algo más que una federación de barrios y villas y trajo consigo fenómenos y experiencias nuevas que no pertenecían ni a la vida de ba-rrio ni tampoco a la simple suma de ellos.
La reorganización de la campaña —el alambramiento de los campos a que llevó “el ciclo de la lana”—, el nacimiento de los frigoríficos —con la consecuente caída de la industria saladeril—, el trazado de un nuevo sistema de comunicaciones, vías férreas y caminos a escala nacional tam-bién redefinió el vínculo campo-ciudad, reforzando la integración terri-torial así como la centralidad y supremacía de la ciudad-puerto, de la capital. Además de las líneas del ferrocarril, que vertebraban la subcultura productiva, rural y obrera, en 1906 se inaugura la primer línea de tran-vías eléctricos. Entre 1901 y 1905 empiezan a circulan los primeros auto-móviles —que en 1930 ya ascenderán a 37.000—, y en 1926 circulan las primeras líneas de ómnibus17.
Por si fuera poco, la ciudad ya ofrecía al transeúnte un generoso sis-tema de calles y avenidas equipadas, empedradas o asfaltadas (a partir de 1912), arboladas y llenas de comercios y atracciones urbanas que tam-bién contribuyeron a dar pie a una de esas experiencias propiamente metropolitanas: la posibilidad de recorrer, atravesar, de “ir de compras”, “«ir al teatro” o “salir al Centro”, así como de “reconocer” la ciudad de manera diversa y descubrir —o constatar— la infinitud geográfica, social
16 Aníbal Barrios Pintos, Los barrios de Montevideo, Tomo II, Montevideo: Colección
Nuestra Tierra, 1971, pág. 2.
y cultural de la Gran Ciudad.
La extensión urbana lo mismo que la diferenciación social y los cam-bios en el perfil demográfico favorecieron el anonimato pero también posibilitaron conocer gente de diversa procedencia y acceder a una oferta cultural a escala nacional.
Al abrigo de la prosperidad económica, y de una voluntad política y social, las primeras décadas del siglo XX también fueron testigos de un despliegue urbanístico, paisajístico y edilicio inédito y monumental.
No hay en la época actual un conjunto de obras como las que se constru-yeron en Montevideo entre 1903 y 1914. Montevideo era en esa época la ciudad de América Latina que marcaba metas18.
En apenas unos años se construyeron la Facultad de Medicina, el Hospital Militar, el Instituto Vásquez Acevedo, la Cárcel de Punta Carre-tas, el Hotel, Teatro y Casino del Parque Rodó, la Universidad de la Repú-blica, la Escuela Enriqueta Compte y Riqué, el Hotel Casino Carrasco, el Palacio Legislativo.
Siguiendo la experiencia del Parque Capurro, se construyó un siste-ma de parques, playas y balnearios urbanos del que forsiste-marán parte el Prado (Oriental), el Parque Urbano (luego Parque Rodó), el Parque Cen-tral (Parque Batlle y Ordóñez), el Jardín Botánico, el Parque Nacional de Carrasco y el Parque Durandeau (Parque Rivera), la Playa Ramírez (1906), y más tarde, siguiendo el modelo de la Ciudad Jardín, el Balneario Carrasco (1912). En 1928 se inicia el tramo de la Rambla Sur, se van conformando los barrios costaneros (Pocitos, Malvín), y en 1931 comienzan las obras de culminación de la Rambla Costanera.
El Estado buscó por esta vía atender y resolver diversos problemas de higiene y de salubridad, reforzar, acondicionar y embellecer los espa-cios públicos y sobre todo, rearticular la totalidad incoherente en la que había devenido la ciudad extendida. También persiguió con esto dotar a la nueva sociedad de un conjunto de edificos públicos “referenciales” destinados a albergar un conjunto de instituciones y funciones públicas derivadas del proyecto de Estado “de bienestar” y de un sistema de espa-cios públicos pensados como “lugares de encuentro” (plazas, ramblas, parques, plazas de deportes) y de exhibición de una simbología nacional pensada como un factor constitutivo de urbanidad, ciudadanía y nacio-nalidad.
Entre los viejos barrios y al abrigo de las nuevas arterias principales, parques y ramblas surgieron nuevos barrios (Pocitos, Carrasco, Malvín),
18 Juan C. Abella Trías, “Arquitectura y urbanismo”, en Montevideo entre dos siglos
y en función de la nueva forma y dinámica urbana, algunos de los viejos barrios se refuncionalizaron y especializaron como centros de atracción metropolitanos (el Centro, la Playa Ramírez, el Parque Central). Aun cuan-do tocuan-dos estos espacios metropolitanos no fueran pensacuan-dos para toda la población, la democratización social acelerada por el batllismo se tradujo también en una democratización de la escena urbana
muchos de los gallegos y napolitanos que bajaban del brazo desde Villa Muñoz cantando la Internacional los Primero de Mayo ...se mudan al Prado y envidian Trouville19.
La estampa que pinta Frugoni recogida por Carlos Rama, alude al hecho del ascenso social de las familias de clase trabajadora, o por lo me-nos, de sus hijos:
de los obreros y artesanos del 900 salió buena parte de la clase media de los años siguientes. Los hijos de los revolucionarios extranjeros frecuen-taron los liceos (extendidos en 1912 a toda la república), se hicieron em-pleados de las empresas económicas estatales, o consiguieron ingresar a las facultades renovadas por el viento de la reforma [universitaria] cor-dobesa. Explicablemente la ideología revolucionaria es sustituida por el progresismo batllista [...] Miles de familias educadas en las ideas libertarias no solamente votaron a Batlle en las elecciones de 1911 y siguientes, sino que integraron los cuadros del anarco-batllismo20.
A poco de nacer, no obstante, la metrópolis ya dejaba entrever sus zonas borde, sus puntos de conflicto, la cara “bárbara” de la nueva “civi-lización”: la realidad miserable e ininteligible de los conventillos e inquilinatos estilizados y romantizados en la pintura de Figari, el mundo del Bajo y su troupe de personajes orilleros, el mundo de los gauchos convertidos a carreteros, zafreros y troperos, las “azoteas”, los “pueblos de ratas” y las caseríos rurales que retrataba la obra de Javier de Viana, los cordones y bolsones industriales (en torno a la Bahía, en el Cerro) donde se desempeñaba y transcurría buena parte de la vida de la clase obrera. Este conjunto constituyó toda otra órbita espacial y simbólica, que giraba en torno a los caminos, los mataderos, las curtiembres, los frigoríficos, las fábricas y los depósitos, las líneas del tranvía y del ferrocarril, los grandes mercados, el puerto, y que fue tan real como los parques, las ramblas, las grandes avenidas y los fastuosos edificios, aun si para muchos sólo se hacían visibles en ocasión de los levantamientos, los enfrentamientos con la policía, la crónica roja o las grandes huelgas que jalonaron el primer
19 Carlos Rama, “La cuestión social”, en Montevideo entre dos siglos (1890-1914),
Cuader-nos de Marcha, Núm. 22, Montevideo, febrero 1969, pág. 74.
cuarto del siglo.
Estas transformaciones en la planta física, tanto en “el arreglo” espa-cial de la sociedad como en el funcionamiento de la ciudad, importan aquí por lo que revelan acerca de las nuevas formas de pensar la época y la sociedad. Puesto que fueron cambios que efectivamente alcanzaron y afectaron —aun si de manera diversa y desigual— a todos los sectores de la sociedad, la vida en la Gran Ciudad se volvió un marco de referencia y una mediación a través de la cual imaginarse a sí mismo y a “los otros”: los que compartían la ciudad, los que se fueron a la ciudad, lo que volvían de la ciudad, los de afuera, los recién llegados, los nuevos invasores, etc. En función del papel que cada uno ocupó y jugó en el Gran Teatro de la Ciudad (cada grupo social, cada clase, cada grupo étnico, cada género), de los espacios y roles que les fueron habilitados o vedados, la Gran Ciu-dad fue también, a su modo, otro medio de socialización y pedagogía estatal: un medio a través del cual el Estado se las ingeniaba para transmi-tir e inculcar en la población general una serie de imágenes, relatos, ex-pectativas, valores y sensibilidades necesarios para el funcionamiento de su modelo social.
4. Horizontes y debates movilizadores
No hubo trabajador que no se sintiera agitado por aquél soplo gigantesco de entusiasmo21.
Aunque este no es el lugar para abordar el fenómeno del reformis-mo del gobierno de José Batlle y Ordóñez, que desde siempre ha ocupa-do un lugar de privilegio en los estudios y en la historiografía nacional, importa aquí realzar algunos aspectos que afectaron, de manera profun-da, el imaginario cultural. Entre ellos cabe destacar: la instalación de un régimen de partidos políticos que competirían de ahí en más por la vía de consultas electorales regulares; la gradual extensión de los derechos civi-les y políticos —de ciudadanía— a un número creciente de personas y sectores de la población; el esfuerzo por poner en marcha un proceso de redistribución de las riquezas del país y las oportunidades de ascenso social, tanto por la vía de la provisión de bienes y servicios estatales como de la creación de empleos y el aumento de poder de negociación de los sectores medios y populares, y que tuvo por resultado un relativo au-mento en el acceso a los bienes disponibles en la sociedad.
Más allá de sus efectos específicamente económicos o políticos, estas reformas tuvieron por efecto generar, al nivel de la imaginación popular, una idea de pertenencia y convivencia ciudadana más o menos pacífica y democrática (sobre todo a la luz del pasado reciente), de reconocimiento mutuo de los distintos sectores que intervenían en la producción social, de posibilidad eventual de ascenso social y de mejoramiento de la calidad de vida por la vía de la educación, el trabajo y el mérito personal, así como también, de un creciente deseo de justicia social y de igualación de los derechos, de las oportunidades y del acceso a los bienes disponibles en la sociedad. Estos fueron, de hecho, los méritos, y también la vara con la que se midió el verdadero alcance del reformismo vernáculo.
Al margen de éxitos y fracasos, los cambios que ocasionó el batllismo al nivel discursivo, así como los horizontes sociales y culturales que inau-guró más allá de lo estrictamente político, ya no tuvieron marcha atrás. Por el contrario, se constituyeron en ejes y debates fundamentales que pasaron, de allí en más, a cautivar la imaginación, a motivar la conversa-ción social y a mediar la construcconversa-ción de identidades y visiones de mun-do. Aquí radica tanto el apego y el apoyo que despertó el batllismo en las nuevas clases medias y en algunos sectores del proletariado urbano, como la reacción de los sectores más conservadores de la sociedad, y las críticas más o menos antagónicas que, en la medida que la realidad atemperaba o directamente no acompañaba el discurso batllista, comenzaron a surgir en las filas del movimiento obrero, el feminismo vernáculo y los partidos de la izquierda nacional.
Por ejemplo, hasta bien entrado el siglo XX, las decisiones políticas lo mismo que “la ciudadanía” todavía continuaron siendo un privilegio más o menos exclusivo de un pequeño porcentaje de la población: “un núcleo de familias antiguas”22. Por razones diversas, las mayorías populares (los
trabajadores, los immigrantes, las minorías étnicas, las mujeres) fueron dejados al margen de las frecuentes “consultas populares”, y como resul-tado, de las posiciones de poder. En 1907, de los 300.000 habitantes de Montevideo votaron solamente 8.000 personas. Aún luego de la reforma democratizante batllista, en las elecciones de 1916, de un total de 1.400.000 habitantes en todo el país, solamente 220 mil estaban habilitados a votar, y en realidad votaron 145 mil23, es decir, apenas el 10% de la población.
El sufragio femenino, postergado como tantas otras cosas relativas al lugar y papel de la mujer en la cultura uruguaya en función de la
22 La Acción Obrera, 1907, en Carlos Rama, “La cuestión social”, ob. cit., pág. 75, nota 1. 23 Benjamín Nahum, La época batllista (1905-1929). Montevideo: Ediciones de la Banda
predominancia a nivel nacional de una cultura misógina y patriarcal, aun cuando comenzó su existencia imaginaria y discursiva durante el primer batllismo, y sobre todo, a raíz de las movilizaciones feministas, entró en la letra de la Constitución recién en 1919, fue habilitado legalmente quin-ce años más tarde, en 1932, y no fue una realidad efectiva sino hasta 1938. Por lo demás, los distintos espacios conquistados por el movimien-to feminista en las primeras tres décadas del siglo (participación en el espacio público, en el trabajo asalariado, en la educación, amor libre, di-vorcio, sufragio, legalización del aborto) representaron apenas un avance relativo, y que cien años más tarde todavía no se termina de extender, completar y consolidar. No obstante, las declaraciones y los debates —a favor y en contra— en torno a los derechos, espacios y roles de la mujer se hicieron un lugar en los ámbitos políticos así como también en la pren-sa —diarios, revistas, publicaciones obreras, publicaciones feministas), en la vida social y hasta en las representaciones del carnaval.
Por otro lado, en el plano socio-económico, pese a su perfil declara-damente reformista, redistributivo y meritocrático, el batllismo funcio-naba sobre la base de un imaginario capitalista tradicional, no sólo inacapaz de resolver los problemas sociales y económicos de fondo (incluso en una de las épocas de mayor riqueza, excedentes e inversión pública que haya conocido el país) sino de visualizarlos como resultado de sus propias de-finiciones y limitaciones. Dice Carlos Rama,
según [los trabajadores de aquella época] no faltaban los problemas: las crisis económicas azotaban al pueblo, la introducción de motores eléctri-cos y de explosión interna moderniza la industria decretando el paro de millares de obreros (saladeristas, zapateros, tipógrafos, carreros, etc.); la ignorancia era mucho más grande que hoy [1969]), y también eran peores las condiciones higiénicas, (especialmente decisiva era la tuberculosis para asegurar un breve promedio de vida a los humildes). Las garantías lega-les y las libertades no llegaban prácticamente a los trabajadores, llega-ban sí en forma de “leva”, muerte o hambre, “las guerras civiles” que libraban por el poder político “los caudillos” [...] Un mundo social insegu-ro, donde la explotación del hombre por el hombre se mostraba desnudamente (hay jornadas de 15 y hasta 19 horas) en un Uruguay todavía atrasado [...] De poco o nada valía a los obreros y artesanos que el uruguay era potencialmente rico [...] o un país mejor, o superior, a los otros de América24.
El segundo gobierno de Batlle y Ordóñez ayudó a universalizar un conjunto de concesiones sociales y económicas a los trabajadores (ley de
las ocho horas, ley del trabajo de menores, ley del trabajo nocturno, leyes de previsión social). Sin embargo, las condiciones de vida de la clase obrera seguían siendo deficitarias y conflictivas, lo mismo que la relación con los gobiernos subsiguientes (de Cuestas, de Williman, de Viera) que pusie-ron un “alto” —y hasta un marcha atrás— y que sólo en muy contadas ocasiones dejaron de doblegar y reprimir al movimiento sindical25.
Si bien las mejoras sociales del batllismo tuvieron que ver, en parte, con el ideario batllista (racionalista, laico, socialmente liberal, reformista, ocasionalmente jacobino), con el viaje de Batlle a Europa al término de su primer gobierno, con las movilizaciones y transformaciones que estaban ocurriendo en el Viejo Continente hacia 1910, y ciertamente, con el apo-yo de diversos sectores sociales (sobre todo las clases medias), la organi-zación y moviliorgani-zación obrera, que unas veces lo apoyó pero otras lo pre-sionó y lo criticó, también fue otra razón principal de tales cambios. Di-cha movilización tuvo lugar en el contexto de una reorganización estruc-tural de la actividad económica y de la estructura de clases sociales.
Según el censo nacional de 1908, el 50% de la población se desem-peñaba en el sector secundario y terciario, distribuido de la siguiente manera: obreros y artesanos 17.7%, mano de obra en industria, comercio y transporte (23%), y servicios domésticos y personales (9.3%). De esta manera, 15 mil personas eran empleados estatales, 65 mil eran obreros y artesanos, 85 mil eran empleados de la industria, el comercio y el trans-porte con salarios bajos, y 35 mil se desempeñaban en los servicios do-mésticos y personales26.
En cuanto a la población montevideana, en función del nivel de sus alquileres, se ha establecido que “los sectores medios” eran el 40% de la población mientras que “los sectores populares” constituían el 55%27
(cu-yos ingresos representaran apenas un 15% de la riqueza total28). Casi 35
mil de ellos —es decir, el 10% de la población— vivían en conventillos29.
En cuanto a las personas que trabajaban en la industria, en 1908 había 73 mil obreros en el país, y 39 mil en Montevideo. Un censo indus-trial posterior más exacto estableció que en Montevideo había 30 mil obreros: 18 mil hombres mayores de 18 años —la mitad de ellos casados
25 Germán D’Elía, El movimiento sindical. pág. 6; Germán D’Elía y Armando Miraldi,
Histo-ria del movimiento obrero en el Uruguay, Montevideo: Ediciones de la Banda Oriental, 1986.
26 Germán Rama, “El ascenso de las clases medias”, Enciclopedia Uruguaya, Nº 36,
Monte-video: Arca, 1969, pág. 116
27 José Pedro Barrán y Benjamín Nahum, Batlle, los estancieros y el imperio británico: El
Uruguay del Novecientos. Montevideo: Ediciones de la Banda Oriental, 1979, pág. 158-9.
28 Ibídem, pág. 154.
29 Carlos Zubillaga y Jorge Balbis, Historia del movimiento sindical uruguayo, Tomo III,
y con familia— y 12 mil más entre mujeres y niños.
Las mujeres, en particular, representaban el 17% de la población eco-nómicamente activa. Su presencia fue muy importante fundamentalmen-te en establecimientos fundamentalmen-textiles, en fábricas de ropa blanca e infundamentalmen-terior, en fábricas de fósforos, tabaquerías, cervecerías y fundamentalmente en compañías telefónicas. La decisión de trabajar rara vez era voluntaria; más bien era una necesidad: “en nuestro medio el trabajo manual de las mujeres está vinculado a la subsistencia de numerosas familias”30.
Los censos industriales de 1920 y 1926 también indican un número creciente de trabajadores en la industria: 50.000 y 53.000 respectivamen-te31. Entre 1908 y 1930 se registra una nueva reorganización de las
ocupa-ciones y las áreas de actividad en el país: decrece el porcentaje de la po-blación ocupada en el sector del agropecuario (del 44% al 35%) y crecen los porcentajes de la población ocupada en la industria, agua y energía (del 17 al 23%) y en el comercio, el transporte y otros servicios (del 38% al 41%)32.
De filiación principalmente anarquista y libertaria, impulsado local-mente como consecuencia de las olas inmigratorias provenientes de Eu-ropa meridional —Italia, España— y el desarrollo del sector industrial y de servicios (favorecido por los gobiernos batllistas), el movimiento sin-dical vivió una hora de lucha, apogeo y conquistas durante las primeras décadas del siglo XX, sobre todo a partir de su reorganización en 1901: “No hubo trabajador que no se sintiera agitado por aquél soplo gigantesco de entusiasmo”33. Los hechos más significativos en este sentido fueron la
for-mación de la Federación Obrera Regional Uruguaya en 1905, de orienta-ción anarquista; el surgimiento del Partido Socialista, en 1910 (fruto del Club Carlos Marx y el periódico El Socialista), y en 1922 la conversión de una parte de éste en el Partido Comunista; de la Unión Sindical Urugua-ya en 1923; y en 1929, de la Confederación General de Trabajadores del Uruguay.
Al nivel del imaginario, los eventos más impactantes posiblemente lo hayan constituido “las grandes huelgas”. Entre las grandes huelgas se destacaron la de los tranviarios, los ferrocarrileros y los portuarios (sobre todo, las huelgas generales de mayo de 1911 y agosto de 1918, frente a la
30 Germán D’Elía, El movimiento sindical, ob. cit., pág. 34. 31 Benjamín Nahum, La época batllista, ob. cit., pág. 123.
32 Jaime Klaczko, “La población económicamente activa del Uruguay en 1908 y su
inciden-cia en el proceso de urbanización”, CIESU, Serie Documentos de Trabajo: Montevideo, 1979, pág. 27; y Juan Rial, “Población y mano de obra en espacios vacíos. El caso de un pequeño país: Uruguay, 1870-1930", CIESU, DT 40/82.
cual prácticamente el ejército sitió la ciudad). Otras huelgas también le-gendarias fueron las de los saladeros, los marmolistas, los picapedreros, los molineros, los aserradores, los ebanistas, los curtidores, y la de los obreros del frigorífico, principalmente en torno a la reducción de la jor-nada laboral a ocho horas.
Las discusiones en el III Congreso del FORU de 1911 son indicativas del “horizonte” de problemas y asuntos que preocuparon a los obreros de entonces: reivindicaciones salariales y combate al alza del costo de vida, ley de las ocho horas y de descanso semanal “para poder desarro-llarse como personas”; abolición del trabajo a destajo, el trabajo nocturno y el trabajo infantil; prevención y reducción de accidentes; mejoramiento de la higiene y las condiciones de trabajo; campaña por las seis horas; [...] elevación de la condición obrera atacando el alcoholismo; apoyo a la edu-cación racionalista y las bibliotecas obreras34. Un conjunto de hechos
in-ternacionales como el fusilamiento en 1910 del fundador de la Escuela Moderna en Barcelona, el anarquista Ferrer y Guardia, la Revolución Mexicana, el asesinato de Jean Jaurés, la Segunda Guerra Mundial, y la Revolución Rusa, también fueron fuente de ideas, imaginación e inspira-ción.
Además, anarquistas, comunistas y socialistas coincidían además en la necesidad de la educación del obrero —a “la necesidad de despertar en los corazones la fe y en los cerebros la luz”— razón por la cual existió una cantidad impresionante de periódicos y revistas obreras. La cultura obre-ra, sin embargo, se desarrollará a una distancia prudente tanto de los espacios culturales tradicionales — los espiritualistas católicos organiza-dos alrededor del Club Católico, los positivistas— como de los más vanguardistas y modernos35.
Los obreros, artesanos y gentes de la baja clase media, que han sido alfabetizados en las escuelas varelianas [...] o que se han instruido en las escuelas racionalistas y nocturnas de los sindicatos, así como los parro-quianos de los cafés revolucionarios, la población flotante en que predo-minan los extranjeros no lee ni se interesa mayormente por [las corrien-tes] y autores citados[36]. Tienen, sin embargo, una activísima vida cultu-ral, con independencia tanto de la Universidad como de la Iglesia, y tam-bién de los círculos exquisitos de la época, que se manifiesta en la prensa obrera y social, en los ateneos libertarios, en los clubes socialistas, en las veladas de los sindicatos, y especialmente en el Centro Internacional de
34 Carlos Rama, “La cuestión social”, ob. cit., pág. 66.
35 Hugo Achugar, Poesía y sociedad. (1880-1911) Montevideo: Arca, 1985.
36 Juan Zorrilla de San Martín, José E. Rodó, Carlos Vaz Ferreira, Julio Herrera y Reissig,
Estudios Sociales37.
De este espacio cultural alternativo emergería el intelectual y el pe-riodista obrero, autodidacta y de orientación social avanzada, así como un nuevo tipo de público lector, que se educa y disfruta de la obra de los “escritores del pueblo” (Florencio Sánchez, Roberto de las Carreras, Er-nesto Herrera, Rafael Barret, Lasso de la Vega, Angel Falco, Emilio Frugoni, Alvaro Vasseur) y de otros autores extranjeros publicados por distintas editoriales e imprentas de la época, con especial preferencia por los anarquistas españoles y franceses38.
5. La imaginación en movimiento
Pese a su importancia para la época, ni la lectura ni la compra de artículos importados —que ya abundaban en las tiendas, los bazares y los anuncios publicitarios en los diarios— fueron la única fuente de la cual se nutría la imaginación popular. Del mismo modo que el contacto con las personas resulta en un intercambio cultural, los viajes y el desplazamien-to de las personas, así como las cosas que las personas se llevan con ellos —ropas, recetas de cocina, formas de vida, técnicas de trabajo, experien-cias, historias, nociones, valores, nostalgias, sueños— también fueron una fuente principal de intercambio cultural, de fuentes para “la imaginación del mundo”. Esto tiene particular importancia en el período en cuestión, en donde la ciudad —el territorio “nacional” entero— todavía estaban en plena formación, y el desplazamiento de las personas, en diversas direc-ciones y modalidades, todavía pasaba por sus horas de apogeo.
El censo de 1908 revela que el 17% de la población residente en el país era nacida en el extranjero39. De un total de aproximadamente un
millón de habitantes, 182 mil eran extranjeros, repartidos por igual en Montevideo y en el interior40. Sólo la inmigración regional (argentinos y
brasileños) representaba del 25% del total de inmigrantes41. En la
socie-dad montevideana, en particular, en 1908 los extranjeros constituían el 30% de su población, cifra que en 1930 “bajó” al 22%. Según estimacio-nes, entre 1910 y 1914 llegaron 110 mil inmigrantes, y hacia 1919, otros
37 Carlos Rama, “La cuestión social”, ob. cit., pág. 68. 38 Carlos Rama, “La cuestión social”, ob. cit., pág. 68. 39 Benjamín Nahum, La época batllista, ob. cit., pág. 88.
40 Juan Rial, Población y mano de obra en espacios vacíos. El caso de un pequeño país:
Uruguay, 1870 1930, Montevideo, CIESU, DT 40, 1982, pág. 19.
53 mil42. Sólo en la década del veinte llegaron 195 mil más43. Al caudal de
los extranjeros recién llegados se agregaba una población en su mayoría descendiente de los inmigrantes llegados en el último tercio del siglo XIX. Los italianos predominaron durante la segunda mitad del siglo XIX, mientras los españoles lo hicieron a principios del s. XX. De todos modos, durante las primeras décadas desciende el peso de estos dos grupos en el total de los inmigrantes europeos, pasando del 85% en 1914 al 40% en 193044: ahora, el 60% de los nuevos inmigrantes provenían de “otros”
países de Europa45.
Fuera de los contingentes habituales [de italianos y españoles, y en menor medida, franceses, suizos e ingleses] una oleada de polacos, rumanos y bálticos, servios y croatas, alemanes y austro-húngaros, sirios y armenios, inscribe en el medio una inusitada diversificación cultural y religiosa [...] [Igualmente importante] fue la inmigración judía en los años 20, sobre todo, proveniente de Europa Central, Transilvania o los Cárpatos46.
En este escenario cobraron una nueva centralidad el puerto, la parti-das y llegaparti-das de los barcos transatlánticos (que ocupaban una parte im-portante de diarios y revistas), las mudanzas, las familias inmigrantes con “la casa a cuestas”, los nuevos asentamientos de recién llegados arrinco-nados en los conventillos de la Ciuda Vieja y el Centro, los barrios obre-ros que rodearon a las fábricas y frigoríficos en la Villa del Cerro o Peñarol, o los barrios de obreros, artesanos y comerciantes en La Comercial y Ba-rrio Reus al Sur y al Norte, construidos por empresarios inmobiliarios “visionarios”: Reus, Piria, Rosell y Rius, Escardó, entre otros.
“Europa”, su realidad tanto como los relatos e ideas acerca de la modernidad, su particularidades culturales, sus miserias o sus guerras, ya no era, por tanto, una una realidad lejana sobre la que se podía a tener una idea por medio de un libro, un periódico o una canción. Ahora “Eu-ropa” también eran los parientes, los clientes, los empleados, los vecinos; eran las nuevas comidas, aromas, vestimentas, oficios y lenguas que se escuchaban en la calle, en el café, en la panadería, en la zapatería, en el tranvía, en el patio, en la pieza de al lado.
La movilización de contingentes humanos, de culturas y de imagi-naciones de mundo no se agotaban en la inmigración europea. A ello se
42 Benjamín Nahum, La época batllista, ob. cit., pág. 88.
43 Juan Oddone, La formación del Uruguay moderno. La inmigración y el desarrollo
econó-mico-social, Buenos Aires, Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1966, pág. 59.
44 Silvia Rodríguez Villamil y Graciela Sapriza, La inmigración europea en el Uruguay. Los
italianos, Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental, 1982, pág. 6.
45 Ibídem, pág. 6.
sumó la migración estacional47 y sobre todo, la inmigración proveniente
del interior. La modernización de la producción agrícola y ganadera, la concentración de la tierra y el alambrado de los campos, con su conse-cuente transformación y expulsión del gaucho, lo mismo que la moder-nización del ejército, la pacificación del campo y la consecuente reduc-ción de una soldadesca conformada en gran parte por gauchos y mula-tos, fueron algunas de las causas principales de la emigración del campo a la ciudad, y de ésta a sus “orillas”.
Desde el punto de vista cultural, la emigración del campo a la ciudad también dejó huellas profundas en el imaginario: las esperanzas que los recién llegados traían y que los había motivado a migrar, lo que se encon-traron en las ciudades, lo que dejaron atrás, cómo los veían a ellos, la nostalgia, la idealización, etc.
En efecto, el movimento de personas, tanto los que provenían de Europa, de la región como de nuestra nuestra propia campaña (paisanos, mezcla de europeos, criollos, descendientes de africanos e indios) enri-quecieron grandemente lo que la experiencia urbana podía aportar a una imaginación del mundo.
Esta realidad demográfica, social y cultural no siempre se tradujo mecánicamente —”fielmente”— en el imaginario cultural popular. Por el contrario, la imaginación del mundo y de la identidad nacional reelaboró la realidad social en función de los discursos, ideologías y “problemas” de la época. La realidad política y económica, por otra parte, también se encargaba de hacer lo suyo localizando a las personas no sólo en determi-nadas zonas del arreglo espacial de la sociedad, jerárquicamente organi-zado, sino también, en un determinado lugar en el orden simbólico de la sociedad.
A la aversión histórica por parte de las clases altas y los viejos inmigrantes hacia sus “otros” históricos —el nativo, el esclavo, el gaucho, el mestizo, el paisano, y cualquier persona o grupo con otra cultura, cos-tumbres o creencias (y que, en definitiva, venían a ser sus sirvientes, los peones, los obreros, los personajes marginados)—, se sumó un resenti-miento hacia una constelación de nuevos inmigrantes provenientes de otros lugares que fue en aumento hacia la década del 20.
Es por esto que en esta época se empieza a hablar del “problema de la inmigración”. Muchos se quejan de “la invasión [de] atorrantes e inúti-les que ambulaban por la vieja Europa”48 y maldicen a los inmigrantes. La
situación llegará a su clímax en el entorno de la Crisis del 29 cuando, por
47 Ricardo Otero, Geografía comercial, pág. 91, en Yvette Trochón y Beatriz Vidal, Bases
medio de la Ley de “indeseables” de 1932, se interponen restricciones a la inmigración
Esa “reelaboración” de la realidad del movimiento de las personas en el plano discursivo e imaginario ha dejado una serie de marcos —y marcas— en nuestro imaginario cultural. Allí se originaron algunas nociones y mitos relativos a nuestra identidad: “sociedad de inmigrantes”, “pueblo nuevo”, “cultura cosmopolita y abierta”, “europeidad cultural”, etc. Pero en esa ela-boración discursiva, que se fue dando como contrapunto del aluvión inmi-gratorio y del modo en que la sociedad y el poder de la época fueron colo-cando a los inmigrantes en el orden espacial, simbólico y social, también se echaron las bases de buena parte de los ejes racistas que organizaron, de ahí en más, la imaginación y el relacionamiento con “el otro” hasta el día de hoy. Esto se manifiestó no sólo con la llegada de cada nuevo grupo de inmigrantes, sino en prácticamente todas las expresiones de la cultura nacional en rela-ción a los “gallegos”, los “canarios”, los “turcos”, los “rusos”, los “chinos” o los “negros”, como se les llamó a muchos pobladores de aspecto mestizo, o recién llegados del campo, o de Europa.
Hablar del aporte del desplazamiento de personas y grupos enteros al imaginario cultural obliga a tener en cuenta, además, el papel de los viajes que por estas fechas se multiplican al impulso de la revolución en los transportes y las comunicaciones transatlánticas, de la proliferación de los eventos y foros internacionales. También, en la temprana “emigra-ción” uruguaya hacia otras tierras.
Al igual que ocurrió en los alrededores de la guerra de 1914, hacia 1930 el país vuelve a vivir un período de crisis más o menos general. Cerca de 120 mil personas emigraron al exterior49 por falta de trabajo,
por sus situación de pobreza o en busca de mejores oportunidades, vol-cándose principalmente a la región: Ciudad de Buenos Aires, Provincia de Buenos Aires, Entre Ríos, Rio Grande do Sul.
6. El caldero del melodrama popular
48 “Martín Chico”, Mundo Uruguayo (1926), en Yvette Trochón y Beatriz Vidal, Bases
documentales..., ob. cit., pág. 19.
Nuestro pasado militar es copioso, pero lo indiscutible es que el argentino, en trance de pensarse valiente, no se identifica con él (pese a la preferencia que en las escuelas se da al estudio de la historia), sino con las vastas figuras genéricas del Gaucho y del Compadre [...] El gaucho y el compadre son imaginados como rebeldes; el argentino a diferencia de los americanos del Norte y de casi todos los europeos no se identifica con el Estado [...] lo cierto es que el argentino es un individuo, no un ciudadano50.
Más allá del entorno iluminista, comprometido y militante que ca-racterizó por igual a intelectuales, activistas sindicales y voceros del refor-mismo progresista, lo cierto es que, por diversos motivos, tanto las clases trabajadoras como los desplazados por aquel modelo social encontraron refugio y se sintieron interpelados por un nuevo conjunto de fenómenos socio-culturales, en buena medida, producto de la urbanización y de la inmigración, que parecían interpretarlos mejor, hablar de su mundo y darles voz. Nos referimos al surgimiento del tango, el fútbol, los corsos de barrio, las murgas de carnaval, actividades todas en las que tendieron a confluir, cada uno en su papel, cada uno en su lugar, segmentos de los sectores medios, de la clase obrera y de la cultura orillera. Estas institucio-nes serán la base de un conjunto de construccioinstitucio-nes identitarias e imagi-narias que tienen sus raíces en aquélla época y que aún hoy continúan estructurando el imaginario nacional popular.
Pariente de la payada, la milonga y el propio candombe, a los que más tarde se agregarán intrumentos, ritmos y sonidos europeos (el pia-no, el bandoneón), el origen del tango está conectado al arrabal, al lunfar-do —”jerigonza ocultadiza de los ladrones”51—, al ambiente de los
burde-les, cabarets, conventillos e inquilinatos a donde iban a parar por igual inmigrantes, paisanos y soldados desplazados, que llegados a la ciudad quedaban arrinconados en la vida social y cultural del puerto, del Cerro o del Bajo: “la orilla” de la ciudad. De aquí saldrían no sólo los protagonis-tas del mundo del tango, sino también sus historias y argumentos.
Impedido de circular libremente, la vida de los viejos centauros tomó diversos sesgos: desde los que abdicaron de su clásica libertad transfor-mándose en peones rurales hasta los que desafiaron la autoridad volvién-dose matreros. En la contracara, los que ingresaron en la milicia; desde los que optaron por una vida seminómade haciéndose troperos y reseros, o
50 Jorge Luis Borges, Evaristo Carriego, ob. cit., pág. 138,
51 Jorge Luis Borges en Harry Milkewitz, Psicología del tango, Montevideo: Alfa, 1964,
también carreros, que de algún modo les traía reminiscencias del pasado, esos gauchos se mantuvieron atados a la vida rural. Pero hubo quienes decidieron emigrar a la ciudad, y allí, por obvias razones sociales y eco-nómicas, recalaron en sus orillas. Y salvo algunos que hallaron ocupacio-nes en los frigoríficos y mataderos o tareas similares, utilizaron en el arrabal ciudadano los atributos viriles que los caracterizaban, en dos tareas para los cuales la valentía resultaba escencial: se hicieron compa-dres y cafishios. En el primer caso, guardaespaldas de caudillos y docto-res que ejercían la política; en el segundo, explotadodocto-res de mujedocto-res, oficio en el que los conflictos no escaseaban y era necesario valor para enfrentarlos52.
El denominador común de estas múltiples historias de la inmigra-ción fue la miseria, el desplazamiento, el desarraigo, el abandono, la pér-dida, la nostalgia, la necesidad imperiosa de sobrevivir a toda costa, la frustración. En este escenario al tango le tocará jugar el papel de religión urbana: “alma de unas condiciones materiales desalmadas [...] y sentimiento de un mundo sin corazón”.
A estos elementos se agregó el perfil eminentemente masculino de estos grupos sociales en cuestión, el surgimiento de un mercado sexual y emocional en el cual tanto el tango como la prostitución vendrán a fun-cionar como parte de un proceso de construcción de identidad sexual y de relacionamiento entre personas, y como contrapunto de la ausencia o las dificultades que presentan, para estos grupos, el plano de la familia, la sexualidad, la pareja o el amor.
[...] ni los gauchos eran afectos a formar familia, ni los inmigrantes [pro-venientes de Europa] habían llegado en muchísmos casos con ella, y mu-cho los negros que venían de los cuarteles arrastrando un pasado esclavista [hubo en la zona orillera] una alta demanda de mujeres, con el consi-guiente caldo de cultivo para la multiplicación del negocio carnal, deter-minante, a su vez para el arribo de un importante número de prostitutas. Provenientes en alto grado de los puertos proxenéticos de Alemania y Rusia, ostentaban las más diversas nacionalidades: eslavas, francesas, turcas, suecas, circasianas [...] Para un mundo así constituido [...] el bur-del se transformará en la institución más característica, como culmina-ción de una evoluculmina-ción que ya tenía su origen en las carpas que las chinas armaban a la vera de los cuarteles en los días de pago, donde jamás falta-ría la clásica trilogía de juego, bebida y baile, prolegómeno del juego eró-tico. Es dentro de este ámbito que va a nacer el tango, danza de parejas apretadas, con obligados movimientos sensuales de la mujer, piernas que se entrelazan de modo provocativo, todo ello con la finalidad de estimu-lar al formayín, el cliente que con su paga contribuye al éxito del negocio. Nace entonces el sexo gráfico, baile picado, alegre y retozón al principio,
pero cuya música va evolucionando como forma catártica de canalizar las frustraciones, los resentimientos, las nostalgias de todos aquellos exiliados del destino que se albergaban en el arrabal ciudadano. No es extraño entonces que se oiga sollozar a los violines, protestar al piano, o rezongar a los bandoneones53.
Al baile como mediación erótica — “gancho” de la oferta sexual— se van agregar las letras e historias de las que hablan los tangos —de “tono jactancioso y procaz”54—, y que de ese modo también vino a reflejar las
condiciones del mundo de las clases populares: los distintos personajes, argumentos y situaciones dramáticas y sentimentales, y que si bien en-contraban en el Bajo su expresión más desnuda o dramática, se repetía, de diversa manera y en distintos grados, a través de los barrios humildes de la Gran Ciudad.
Otras veces la problemática del exilio, el drama amoroso, los sueños quemados, la miseria infranqueable asumida como destino en un mun-do que siempre “fue y será una porquería ya lo sé, en el 506 y en el 2000 también” (y que diera motivos a los ataques del progresivismo a la cosmogonía tanguera), condujo a ingeniar diversas formas de medro y de “salvación” providencial, a su modo, una respuesta al conformismo del “quévachaché”.
Este fue el caso del boxeo, las carreras de caballos, el fútbol, o el mundo del espectáculo, que si por un lado eran formas de entreteni-miento popular también eran juegos de azar, es decir, un modo de soste-ner de alguna masoste-nera la esperanza, la ilusión de escapar, de una vez por todas, de la miseria endémica —y por la que eventualmente se “salva-rían” tanto uno como “su mujer”, la familia, los amigos, y hasta el círculo cercano a nivel barrial. Poco a poco del Bajo surgió entonces una forma de arte popular que, estilizado, va conquistando primero el cabaret, y más tarde el teatro, el café-concert, la radioemisión, el mundo del disco y del cinematógrafo.
Del Bajo salió, por ejemplo, “La Cumparsita”, que debe su nombre a la comparsita de los estudiantes de la Federación de Estudiantes donde Matos Rodríguez tocaba el piano y compusiera la obra. Más tarde el maes-tro Ruiz escribió la música y el cuarteto del maesmaes-tro Firpo la interpretó por primera vez, con arreglos, en mayo de 1917, en el Café La Giralda ubicado donde hoy se levanta el Palacio Salvo. Matos Rodríguez vendió su obra a la Casa Breyer Hnos.; con los 50 pesos que obtuvo se fue a Maroñas y los perdió. En mayo la Víctor Argentina recibió la primera
53 Ibídem, pág. 46. 54 Ídem.
grabadora de discos de los Estados Unidos y publicó la primera versión discográfica de La Cumparsita, interpretada por el cuarteto del maestro Alonso. No habrían de pasar muchos años para que, interpretada por Carlos Gardel, con letra de Maroni y Contursi, la Cumparsita, el tango y la música del Río de la Plata, tuvieran su hora de fama mundial55.
7. Mitopoiesis de la identidad nacional.
Entre nosotros fue la intemperie social de extramuros, en el cinturón de Montevideo, en la promiscuidad del aluvión inmigrante y el éxodo campesino más el negro, donde el fútbol adquirió los atributos que lo
identificarían. Por eso es como es. De la única y auténtica manera que podía ser para expresar la integración de razas y culturas [...] adquirió del inmigrante un instinto conservador; es a veces nostálgico, a veces alegre, tiene ritmo de tango y se mira orgulloso en el espejo del coraje, bebido del ancestro gaucho criollo56.
El deporte, y en especial el fútbol y el boxeo, jugaron un papel simi-lar al del tango y otras instituciones del arrabal:
En el Uruguay, en la Argentina, y en todos lados, el futbolista es producto de situaciones socioeconómicas similares, cuando no idénticas. Se recluta entre los hijos de los asalariados, los pequeños artesanos y comerciantes, los trabajadores independientes, los empleados públicos, en general, en-tre los trabajadores más pobres. Son «los hijos de Sánchez’ quienes han hecho de él la revancha de la postergación, el desquite de su marginalidad57.
En apenas unos años pasó de ser un deporte de elite (extranjera y local) a un deporte practicado y atendido por gente humilde entre los que se destacaron muchos afrouruguayos —Juan Delgado, Isabelino Gradín, etc.— e inmigrantes españoles e italianos recién llegados al país: Pendiebene, Scarone, Petrone, Romano, Varela, Urdinarán, etc.
Por su carácter amateur, hasta los jugadores de los principales equi-pos fueron en su mayoría jóvenes trabajadores que vieron en este
depor-55 Víctor Soliño, Crónica de los años locos, Montevideo: Ediciones de la Banda Oriental,
1983, pág. 60.
56 Franklin Morales, Fútbol: Mito y realidad, Colección Nuestra Tierra, Núm. 22,
Montevi-deo, 1969, pág. 7.
te —en su habilidad para jugar a la pelota— la posibilidad de poder ver realizadas sus necesidades espirituales, afectivas y sociales, o de ver fruc-tificar sus esperanzas de fama. Un puñado de ellos lo consiguió. Tal el caso de José Leandro Andrade, la “Maravilla Negra”, quien en poco tiem-po se trasladó de los cafés del barrio Sur y Palermo a las callecitas de París58. No sólo Andrade. Muchos “Olímpicos” fueron empleados y
obre-ros. Además de jugar al fútbol Pedro Cea se desempeñó como repartidor de hielo; Lorenzo Fernández fue peón de la Aduana, Juan Peregrino Anselmo, empleado de la Usina Eléctrica del Estado, Pedro Petrone fue verdulero; Juan Delgado, pintor; Alberto Zibechi, empleado bancario59.
A este respecto resulta significativa la democratización de clase y étnica (no así de género) del fútbol uruguayo, cosa que no ocurrió ni en el cricket, ni en el lawn tennis ni en el golf. Esto, en su época, irritó y movió a la protesta, como en el caso del corresponsal chileno que cubrió el campeo-nato sudamericano de 1916, quien se quejó vivamente de que Uruguay había actuado “deslealmente” jugando con “dos africanos” —refiriéndo-se a Delgado y a Gradín60. (“Democratización” —dirán otros— que, para
el caso de los afro-uruguayos, no se extendió mucho más allá del espacio de la escuela primaria, el fútbol o el carnaval).
La relativa capacidad integradora del fútbol no estuvo libre de con-flictos y asignaturas pendientes. La exclusión de la mujer de la práctica del fútbol fue uno de ellos. La biografía de Isabelino Gradín61 indica que
los constantes enfrentamientos entre el jugador y el club en el que se desempeñaba podrían haberse debido, precisamente, a un conflicto ra-cista. En este sentido, los conflictos raciales o de género dentro del mun-do del fútbol podrían interpretarse un reflejo problemas de integración similares —o más graves— en el conjunto de la vida social. De cualquier modo, desde el principio fútbol y sociedad se moldearon mutuamente. Al tiempo que nuestro fútbol, que incluye lo estrictamente deportivo así como las múltiples prácticas sociales, políticas, simbólico-discursivas, emotivas y de imaginación que se desarrollan a su alrededor (programas de radio, reuniones sociales y de camaradería, consumo de mercancías, etc.), fue una resultante de nuestra peculiar cultura nacional popular,
58 Franklin Morales, “El fútbol en el Centenario”, en Los veinte: el proyecto uruguayo. Arte
y diseño de un imaginario 1916-1934, Montevideo, Museo Municipal de Bellas Artes Juan M. Blanes, 1999, pág.163.
59 Yamandú González Sierra, “Domingos obreros en los albores del siglo XX”, en Historias
de la Vida Privada, Tomo 2 , ob. cit., pág. 228, nota 44.
60 Juan Capelán, Nueve décadas de gloria, Montevideo, 1990, pág. 26.
61 Carina Blixen, Isabelino Gradín. Testimonio de una vida, Montevideo: Ediciones del