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El Pan vivo, THOMAS MERTON

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THOMAS MERTON

El pan vivo

Madrid

1957

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Título original inglés: The Living Bread 1955, New York

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“Yo soy el Pan vivo bajado del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre.” Io., VI, 51.

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Í N D I C E

NOTAPRELIMINAR...5

PRÓLOGO...8

I. — HASTAEL FIN...21

I. El Amor de Cristo por nosotros...21

2. Nuestra correspondencia...25

II. — HACEDESTOEN MEMORIAMÍA...30

1. El Sacrificio cristiano...30

2. Adoración...35

3. Expiación...37

4. Agape...44

III. — VEDQUEESTOYCON VOSOTROS...49

1. La presencia real...49

2. Contemplación sacramental...51

3. El Alma de Cristo en la Eucaristía...55

IV. — Y SOYEL CAMINO...67

1. Nuestro camino hacia Dios...67

2. El pan de Dios...71

3. La Comunión y sus efectos...77

V. — O SACRUMCONVIVIUM...87

I. ¡Venid al banquete de bodas!...87

2. La Eucaristía y la Iglesia...91

3. “Os he llamado mis amigos.”...95

4. El Mandamiento Nuevo...98

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NOTA PRELIMINAR

Ni el asunto de este libro, ni su autor, necesitan introducción: por sí solos se introducen. Efectivamente, el asunto es tan atractivo como inagotable es siempre su fecundidad. En cuanto al autor, es bien conocido, tanto por las circunstancias de su vida, como por sus escritos anteriores, que han merecido una alta estimación.

El libro trata de la Eucaristía en cuanto sacrificio y sacramento, perpetuación de la presencia real de Jesús a través del tiempo y del espacio, centro de la vida y de la adoración del cristiano, símbolo y causa de la unidad del Cuerpo Místico de Cristo. La teología y la piedad cristianas nunca se cansarán de adorar y penetrar, cada vez más profundamente, en el más divino de los misterios, el misterio de la fe par excellence, la culminación del amor efusivo de Cristo por sus seguidores. No en vano canta la Iglesia las palabras del gran teólogo de la Eucaristía, Santo Tomás de A quino:

Quantum potes Tantum aude,

Quia major omni laude Nec laudare sufficis.

En El Pan vivo, su autor expone, con alusiones y aplicaciones adecuadas a la vida moderna, la doctrina católica, apoyándola en los sólidos fundamentos de la Sagrada Escritura, los Santos Padres, los Concilios, los documentos pontificios y los juicios de los teólogos, y todo esto, no tanto en un estilo escolástico o apologético, cuanto en forma de fruto maduro de largas horas de contemplación ferviente de plegaria y adoración ante el Santísimo Sacramento.

Damos, pues, la bienvenida a esta nueva contribución a la literatura eucarística, y esperamos que sea ampliamente leída para gloría de Cristo sacramentado y bien de las almas.

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Desearíamos asimismo llamar la atención sobre el hecho de que este libro haya sido escrito a instancias y atendiendo la sugerencia de los directores de un movimiento de creación reciente y conocido bajo el nombre de Adoratio Quotidiana et Perpetua Sanctissimi Eucharistiae Sacramenti inter Sacerdotes Cleri Saecularis (Adoración cotidiana y perpetua del Santísimo Sacramento de la Eucaristía entre los sacerdotes del clero secular), movimiento canónicamente erigido y cuyo centro director se encuentra en Roma.

Debería saberse también que los monjes de la Abadía de Nuestra Señora de Gethsemaní ofrecen cada día una hora y media de adoración eucarística para la difusión del mencionado movimiento y su verdadero espíritu, a fin de que los sacerdotes seculares puedan, incluso en medio de la multiplicidad de preocupaciones de su vida apostólica, tener la gracia de una hora “diaria” de adoración eucarística.

Así, pues, vayan al Padre Merton y a su gran monasterio, que en 1954 tuvimos el placer de visitar, nuestros más vivos elogios y nuestra felicitación agradecida.

Como el libro llegará a las manos de no pocos sacerdotes nuevos, es seguro que lo recibirán casi como un eco y continuación de los años felices que pasaron inmersos en el estudio y el amor de la Eucaristía. Y permíta-seme exhortar a todos para que dispongan las cosas de forma que la hora diaria de adoración eucarística se convierta en una práctica esperada con ansia y sentida como una necesidad de nuestro día sacerdotal. Inmensos serán los beneficios en orden a nutrir nuestra vida interior e inmensos también serán los frutos de nuestro apostolado.

Pero más peso que mis humildes palabras tiene la perentoria exhortación del Vicario de Cristo, Pío XII, el cual, en la memorable alo-cución pronunciada con motivo de la canonización de su santo predecesor Pío X, el Papa de la Eucaristía, y teniendo en cuenta cómo las condiciones de la vida moderna distraen excesivamente a los sacerdotes en la actividad exterior, les recordó su Vocación eucarística con las siguientes palabras: “Vuestra propia obra dejará de ser sacerdotal si, aun llevados del celo por la salvación de las almas, ponéis vuestra vocación eucarística en segundo lugar. Es en la Eucaristía donde el alma debe hundir sus raíces para extraer el alimento sobrenatural de la vida interior, sin la cual toda actividad, incluso la más preciosa, queda reducida, por decirlo así, a meras acciones mecánicas, sin la eficacia de una operación vital”.

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En el estudio y en la adoración de la Eucaristía, a los que, por su parte, el P. Merton ha contribuido con este libro, hagamos nuestro el grito de la Iglesia:

Jesu quem velatum nuc aspicio, Oro fiat illud quod tam sitio, Ut te revelata cernens facie, visu sim beatus tuae gloriae.

Gregorio Pedro XV Cardenal Agagianiano Patriarca de Cilicia y Armenia

Beirut.

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PRÓLOGO

El Cristianismo es más que una doctrina. Es Cristo mismo viviendo en aquellos que ha unido consigo en un Cuerpo Místico. Es el misterio en virtud del cual la Encarnación del Verbo de Dios continúa y se propaga a través de la historia del mundo, penetrando en el alma y en la vida de todos los hombres, hasta la plenitud final del plan de Dios. El Cristianismo es la “reunión de todas las cosas en Cristo” (Eph., XV, 10).

Ahora bien, Cristo vive y actúa en los hombres por medio de la fe y por los sacramentos de la fe. El más grande de todos los sacramentos, la coronación de toda la vida cristiana en la tierra, es el Sacramento de la caridad, la Santa Eucaristía, en la cual Cristo, no solo nos da la gracia, sino que se nos da realmente a sí mismo. Pues en este Santísimo Sacramento Jesucristo mismo está verdadera y sustancialmente presente todo el tiempo que las especies consagradas de pan y vino continúan existiendo. La Santa Eucaristía es, por consiguiente, el corazón mismo del Cristianismo, ya que contiene al propio Cristo y es el medio principal por el que Cristo, mística-mente, une consigo a los fieles en un solo cuerpo.

Más aún: siendo la Pasión de Cristo el centro de la historia humana, y como el sacrificio eucarístico hace presente sobre el altar el Sacrificio del Calvario, por el cual el hombre es redimido, la Eucaristía revalida el acontecimiento más importante en la historia de la humanidad. Comunica a todos los hombres los frutos de la Redención. Pero hay algo más. La Santa Eucaristía, no sólo perpetúa la Encarnación del Hijo de Dios, y preserva su presencia, incluso corporal, entre nosotros, no sólo hace presente la muerte por la cual se sacrificó a sí mismo, por amor nuestro, en la Cruz, sino que, penetrando en el futuro, representa la consumación de la historia humana: la Eucaristía es un signo profético del Juicio Final, de la resurrección de la carne y de nuestro ingreso en la gloria.

El Santísimo Sacramento es, pues, un memorial de todas la obras maravillosas de Dios, su epítome, el único misterio que contiene en sí

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mismo todos los otros misterios. Es el misterio central del Cristianismo. “Gracias a este Sacramento continúa existiendo la Iglesia, gracias a este Sacramento la fe se fortalece, la religión cristiana y la adoración divina florecen. A este Sacramento se refiere Cristo cuando dice: “Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo” (Mt., XXVIII, 20)1.

En este admirable misterio, Cristo permanece en medio de nosotros como “uno a quien no conocemos”. “Viene a los suyos” y a veces resulta demasiado cierto que incluso “los suyos no le reciben”. Pero si estudiamos lo que nuestra fe nos enseña sobre la Santa Eucaristía, apreciaremos cada vez más cuán cierto es que éste es el Pan vivo, el “Pan de Dios que bajo del cielo y da la vida al mundo” (Io., VI, 33).

El Cristianismo es una religión de vida, no de muerte. Es la religión del Dios trascendente y vivo, tan por encima de nuestros conceptos sobre Él, que sólo remota e indirectamente, por analogía, podemos rozarle, y que, sin embargo, está tan próximo a nosotros, que nuestro más íntimo conocimiento de Él está estrechamente relacionado con el secreto co-nocimiento que poseemos de nuestro yo más profundo.

El Dios vivo, trascendente e inmanente, el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el único que está en todas partes y en ninguna parte, se hace visible y tangible y se nos da a sí mismo como alimento espiritual en la Santa Eucaristía.

La Santa Eucaristía no es, por ende, un simple objeto de estudio y especulación. Es nuestra misma vida. Y por lo mismo que es nuestra vida, si redujésemos la Eucaristía a un mero objeto de estudio, nunca penetraría-mos realmente en su inefable misterio. Pues el misterio de la vida sólo viviéndolo puede ser conocido. Y el misterio de la Eucaristía, la fuente de nuestra vida en Dios, la fuente de toda caridad, sólo puede penetrarse viviéndolo y amándolo. Cristo en la Santa Eucaristía empieza por revelarse a aquellos que le adoran con fe humilde y le reciben en corazones puros con una caridad verdadera y sincera. Y todavía se revela más a aquellos que lo dejan todo por amor a Él. Pero sólo se revela plenamente a aquellos que entran en el misterio mismo de su Pasión, Muerte y Resurrección amando a sus hermanos con el mismo amor de Él, que es el hontanar de todo el misterio. Para que entendamos algo de lo que significa la Santa Eucaristía, hemos de ver y adorar a Dios en este Sacramento. Hemos de ver en él la Pasión de Cristo. Pero, sobre todo, hemos de vivir el misterio

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de la Eucaristía ofreciéndonos a nosotros mismos al Padre con Jesús y amando a los otros como Cristo nos ha amado.

Todo el problema de nuestro tiempo es el problema del amor: ¿cómo podremos recobrar la capacidad de amarnos a nosotros mismos y de amarnos unos a otros? La razón por la que nos odiamos y nos tememos unos a otros es que, secreta o abiertamente, nos odiamos y nos tememos a nosotros mismos. Y nos odiamos a nosotros mismos porque las profundidades de nuestro ser son un caos de frustración y de miseria espiritual. Solitarios y desvalidos, no podemos estar en paz con los otros porque no estamos en paz con nosotros mismos, y no podemos estar en paz con nosotros mismos porque no estamos en paz con Dios.

El materialismo moderno ha llegado a un punto en que, sistemáticamente o no, todas sus técnicas tienden a convergir en la desin-tegración del hombre en sí mismo y en la sociedad. Los Estados totalitarios manipulan inhumanamente a los seres humanos, degradándolos y destruyéndolos a discreción, sacrificando cuerpos y espíritus en el altar del oportunismo político, sin el más mínimo respeto por el valor de la persona humana. Realmente, casi se puede decir que las modernas dictaduras han desplegado por dondequiera un odio deliberado y calculado por la naturaleza humana en cuanto tal. Las técnicas de degradación empleadas en campos de concentración y en procesos espectaculares son demasiado conocidas para que hablemos aquí de ellas minuciosamente. Todas tienen un solo propósito: violar la persona humana hasta dejarla irreconocible, con objeto de transformar las mentiras en evidencias.

La caridad y la confianza que nos unen a los otros hombres, sólo por este hecho, nos hacen crecer y desarrollarnos dentro de nosotros mismos. Gracias a un contacto bien ordenado y a la relación con los demás, nos convertimos en personas maduras y responsables. Las técnicas de degradación fomentan sistemáticamente la desconfianza, el resentimiento, la separación y el odio. Mantienen al los hombres espiritualmente aislados unos de otros, mientras los hacen agolparse físicamente en un nivel superficial, el plano de los encuentros masivos. Tienden a corroer, por el miedo y la sospecha, todas las relaciones personales entre los hombres, de suerte que el vecino, el compañero de trabajo no sea un amigo y una ayuda, sino siempre un rival, una amenaza, un perseguidor, un embaucador que, si no andamos con cuidado, terminará por meternos en la cárcel.

Hasta en aquellos lugares en que el totalitarismo no ha desterrado completamente todo vestigio de libertad, están los hombres sometidos a los efectos corruptores del materialismo. El mundo ha sido siempre

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egoísta, pero el mundo moderno ha perdido toda capacidad de dominio sobre su egoísmo. Y, sin embargo, habiendo adquirido el poder de satis-facer sus necesidades materiales y sus deseos de placeres y bienestar, ha descubierto que todas estas satisfacciones no bastan. No le traen la paz, no le traen la felicidad. No traen la seguridad, ni para el individuo, ni para la sociedad. Vivimos en el momento preciso en que el exorbitante optimismo del mundo materialista se ha hundido en una ruina espiritual. Nos encontramos viviendo en una sociedad de hombres que han descubierto su propia nulidad donde menos podían imaginárselo: en medio del poder y de las conquistas de la técnica. El resultado es una ambivalencia agónica en la que cada hombre se ve forzado a proyectar sobre su vecino una carga de odio a sí mismo demasiado grande para ser soportada por su propia alma.

Sometidos constantemente al inexorable proceso de erosión espiritual que destruye gradualmente el entendimiento y la voluntad, sabemos, en lo más profundo de nuestro ser, que nuestra vida debe recobrar alguna uni-dad, estabilidad y sentido. Instintivamente, sentimos que esto sólo puede venir de la unión con Dios y de unos con otros. Pero bajo el continuo bombardeo de propagandas insensatas, abdicamos nuestro privilegio de pensar, esperar y decidir por nosotros mismos. Pasivos y desesperados, nos dejamos caer en la inerte masa de objetos humanos que sólo existen para ser manipulados por los dictadores o por los grandes poderes anónimos que dirigen el mundo del negocio. Pero nunca encontraremos a Dios si no somos personas maduras. Para encontrar a Dios, hay que ser antes libre.

Cuando el Cristo resucitado fundó su Iglesia y mandó a sus Apóstoles a predicar a todas las naciones, estaba ofreciendo a la humanidad su única esperanza de paz verdadera. La Iglesia es la continuación de la vida encarnada de Cristo sobre la tierra, y Cristo es nuestra paz (Eph., II, 14). La Iglesia es igualmente la única institución en el mundo capaz de proteger la verdadera libertad. Está en posesión de la verdad que, sólo ella, puede hacernos libres (Io., VIII, 32), pues es el Cuerpo vivo de Cristo, y Cristo dijo: “Yo soy la verdad” (Io., XIV, 6). Sólo el que abraza la fe y entra verdaderamente en la vida sacramental de la Iglesia puede ser libre con esa “libertad con la cual Cristo nos hizo libres” (Gal., IV, 31) y, en verdad, ningún cristiano puede, en conciencia, permitirse el renunciar a esa libertad espiritual que constituye su herencia más preciosa. No puede permitirse, ni permitir a sus hermanos en Cristo, que pierdan el deseo de la vida y del gozo en la posesión de la verdad. Ningún cristiano puede abandonarse pasivamente a las fuerzas inhumanas que están destruyendo la unidad y el espíritu de toda la humanidad.

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Si, pues, queremos encontrar la paz, la esperanza, la certeza, la seguridad espiritual, hemos de buscar a Cristo. Pero ¿cómo? ¿Por un simple alistamiento externo en la Iglesia, como*si fuese una organización más? ¿Por la mera aceptación de ciertos ritos, costumbres y prácticas? ¿Suscribiéndose simplemente a ciertas fórmulas de creencia religiosa? No. Todo eso no basta. La Iglesia no es sólo una organización social, sino también y principalmente, un Cuerpo Místico viviente. La Iglesia es Cristo. Para ser cristianos, tenemos que vivir en Cristo. Para vencer a las fuerzas de la muerte y de la desesperación, hemos de unirnos místicamente a Cristo, que triunfó de la muerte y nos trae la vida y la esperanza. Para vencer al mundo, hemos de unirnos a Él por la fe, pues la victoria que ha vencido al mundo es nuestra fe (I Io., V, 4). Hemos de unirnos a Él en aquel supremo sacrificio de Sí mismo por el cual nos trajo la paz con Dios y la paz de los unos con los otros. Hemos de morir místicamente con Él en la Cruz con aquella misma muerte por la cual “nos reconcilió a todos en un cuerpo con Dios, dando muerte en Sí mismo a la enemistad” (Eph., II, 16). En una palabra, para encontrar a Cristo debemos, no sólo creer y ser bau-tizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, convirtiéndonos de esta forma en miembros suyos; debemos ir más allá, hasta coronar nuestra vida sacramental en Cristo por la participación del Pan vivo de la Eucaristía, el pan supersustancial que otorga, a aquellos que lo reciben, una vida perdurable.

¡Vida en Cristo! ¡Cristo viviendo en nosotros! ¡Incorporación a Cristo! ¡Unidad en Cristo! Estas expresiones nos dicen algo de lo que significa el más grande de todos los sacramentos, la Santa Eucaristía, el Sacramento de la caridad, el Sacramento de la paz.

La Eucaristía es el Sacramento del Cuerpo y Sangre de Jesucristo. Al prometernos este Sacramento, Jesús lo describió en términos claros y sencillos, pero que encierran un misterio tremendo: “El pan que yo daré es mi carne, vida del mundo” (Io., VI, 51). Los que comemos su Cuerpo y bebemos su Sangre recibimos la vida en Él y de Él. Pero, al vivir gracias a este Pan milagroso, nos encontramos también unidos unos a otros. Pues, como dice San Pablo, “porque el pan es uno, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan” (I Cor., X, 17). Al comer el Cuerpo sacramental de Cristo, quedamos absorbidos en el Cuerpo Místico de Cristo. En la sagrada Comunión, cuando le recibimos en el gran misterio sacrificial que es la suprema expresión de la caridad divina, vemos que su caridad toma posesión de nuestras almas y nos une a unos con otros en un amor tan puro, tan espiritual y tan intenso, que trasciende

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todas las posibilidades del amor natural del hombre por su hermano y por su amigo. La caridad de Cristo en la Eucaristía, apoderándose de los mejores instintos naturales del alma humana, los eleva y diviniza, uniendo entre sí a los hombres en una caridad y en una paz que este mundo no puede dar nunca.

Un teólogo moderno escribe:

“Cristo Redentor, que incorpora a los cristianos a Sí mismo, es Cristo en su más grande acto de amor... Este amor penetra en los cristianos y los transforma en Él mismo: por consiguiente, la Eucaristía es el sacramento de la caridad. Más le honramos con el afecto a nuestros hermanos, que por medio de ceremonias ornamentales, aunque también esto último sea necesario. El amor que engendra hacia Dios y hacia nuestros prójimos, al asimilarnos al amor total de Cristo e incorporarnos a Él, es, a su vez, un amor total, un amor que no puede detenerse hasta la entrega completa de sí mismo”2.

La participación activa en la Misa, la recepción inteligente y humilde del Santísimo Sacramento en un corazón puro y el deseo de una caridad perfecta: tales son los grandes remedios contra el resentimiento y la desunión propagados por el materialismo. Aquí, en el más grande de los sacramentos, podemos encontrar la medicina que purificará nuestros corazones del contagio que inevitablemente contraen en un mundo que desconoce a Dios.

Pero, a fin de protegernos más aún, para vigorizar nuestra posición y hundir más profundamente nuestras raíces en la caridad de Cristo, es preciso que, fuera del tiempo de la Misa, busquemos oportunidades de adorar a Cristo en su Santísimo Sacramento y de dar testimonio de nuestra fe. Por eso visitamos nuestras iglesias para rezarle en silencio y soledad. Asistimos a la bendición del Santísimo Sacramento. Hacemos Horas Santas o pasamos el tiempo en adoración, de día o de noche, ante el Cristo sacramental entronizado en el altar. Todos estos contactos ahondan nuestra conciencia del gran misterio que es el corazón mismo de la iglesia y abren nuestras almas a la influencia del Hijo de Dios que “a los que quiere da vida” (Io., V, 21).

El Espíritu de Dios, actuando en la Iglesia y llenando a sus miembros cada vez más abundantemente con la luz y la fuerza de Cristo, en proporción a los ataques y persecuciones que hayan sufrido por parte de los enemigos de la verdad, ha inspirado a los hombres la manera de

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reaccionar contra los males de nuestro tiempo mediante un renacimiento de todos los aspectos de la vida católica de oración.

Ante todo, el Espíritu Santo ha venido enseñándonos, principalmente a través de las encíclicas del Padre Santo, que la vida cristiana de oración es y debe seguir siéndolo una unidad orgánica, cuyo verdadero corazón es el misterio de la Eucaristía. La gracia divina que, desde este centro, se difunde a través de todo el cuerpo de la vida de oración, corre por las arterias constituidas por las diversas formas de adoración litúrgica: los sa-cramentos y los sacramentales. Para que esta corriente sanguínea de la gracia sea saludable y abundante, nuestra mente debe penetrar hondamente en la oración de la iglesia mediante la participación activa en sus actos li-túrgicos, en los que reza y adora en unidad con Cristo, el gran Sumo Sacerdote. Esta participación activa implica necesariamente el conocimiento, y el conocimiento es normalmente imposible sin lectura y meditación. De aquí que no haya en absoluto ninguna oposición entre la oración pública y la privada del cristiano, antes bien se completan y penetran mutuamente en una unión armoniosa y orgánica.

La expresión plena de la vida cristiana de oración no se termina con la participación en la liturgia, sino que va más allá, hasta incluir formas extralitúrgicas de oración, tal el Rosario, así como la meditación y la oración mental. Todo cuanto pueda abrir el espíritu del hombre a la influencia de la fe en el amor y sea capaz de inspirar a su corazón deseos sobrenaturales debe encontrar un sitio en su vida de oración. De ahí que el amor de la Iglesia por su más grande tesoro, la Santa Eucaristía, no se termina con la celebración solemne y devota de la Misa, sino que rebasa sobre muchas otras expresiones públicas, aunque no litúrgicas, de su devoción.

Asimismo, la Iglesia urge a sus fieles, y en particular a sus sacerdotes, para que hagan visitas al Santísimo Sacramento reservado en los tabernáculos, para que pasen largos períodos del día y de la noche en adoración ante el Santísimo Sacramento expuesto y entronizado sobre el altar. En una palabra, la vida eucarística de la Iglesia, públicamente mani-festada y expresada en el gran misterio litúrgico, encuentra también expresión en otras formas de adoración en las cuales la vida devota del individuo cristiano evoluciona de acuerdo con las necesidades e inclinaciones de cada uno en particular. La combinación feliz de oración litúrgica y devoción y meditación extralitúrgicas contribuye a la perfecta formación del cristiano en cuanto miembro e imagen de Cristo, con tal de

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que sus oraciones y devociones al margen de la liturgia estén en armonía con el espíritu de la liturgia y con la mente de la Iglesia.

Nada hay que mate tan eficazmente nuestra estima por el Santísimo Sacramento como la rutina. Decir la misa y recibir la comunión de un modo automático, acercarse a los sacramentos de una forma negligente y distraída, es dar por supuestos los grandes dones y misterios de Dios, cual si se tratase de objetos hechos como todas las cosas materiales que entran en nuestra vida. En semejantes circunstancias nuestra fe tiende a degenerar en superstición y en vanas observancias, y, en realidad, a convertirse en una suerte de escepticismo práctico bajo una apariencia exterior de piadosa conformidad. Dios se aparta de nuestra vida, y su apartamiento se hace cada vez más evidente para todos excepto para nosotros mismos. La gran tragedia de nuestro tiempo es, atrevámonos a decirlo, el hecho de que existan tantos cristianos impíos, es decir, cristianos cuya religión es un asunto de puro conformismo y conveniencia. Su “fe” es poco más que una permanente evasión de la realidad, un compromiso con la vida. A fin de evitar el verse obligados a admitir la desagradable verdad de que ya no sienten ninguna necesidad real de Dios, o una fe vital en Él, se amoldan a la conducta exterior de los demás como si la viviesen realmente. Y luego estos “creyentes” se unen entre sí, ofreciéndose mutuamente una aparente justificación de una vida que es esencialmente la misma que la de sus vecinos materialistas, cuyos horizontes son puramente los del mundo y sus valores transitorios.

A fin de contrarrestar el peligro de esta parálisis espiritual, el Padre Santo urge a los cristianos a renovar el fervor de su fe y a cultivar la vida interior. Para esto, debemos leer, debemos rezar, debemos meditar, debemos buscar todos los contactos posibles con ese Dios que envió su Hijo al mundo para que librase a los hombres de la frialdad y la vanidad de las formas religiosas puramente humanas.

Acentuando, sobre todo, el valor de la meditación, Pío XII ha escrito: “Por encima de todo, la Iglesia nos exhorta a la práctica de la meditación, que levanta el espíritu a la contemplación de las cosas ce-lestiales, que llena el corazón de amor a Dios y lo conduce por un camino recto hacia Él” (Mentí Nostrae).

La vida interior del cristiano ordinario depende en gran medida de la instrucción, las oraciones y el ejemplo de los sacerdotes. Si el fiel ha de entrar en la liturgia, necesario es que el sacerdote aprecie y entienda la liturgia. Y si el sacerdote ha de apreciar los grandes misterios litúrgicos,

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está obligado a meditar en ellos, a sumergirse en ellos en todo tiempo. Así, el sacerdote aprende pronto lo que dice Pío XII:

“Exactamente como el deseo de perfección sacerdotal está nutrido y vigorizado por la meditación diaria, así su negligencia es la fuente del hastío por las cosas espirituales... Por consiguiente, hay que dejar firmemente establecido que ningún otro medio posee la eficacia única de la meditación, y que, en consecuencia, no es prudente sustituir por otra cosa su práctica diaria” (Menti Nostrae).

Fortalecido por la meditación, el sacerdote es capaz de levantarse hasta el nivel de su gran vocación para “orientar su vida hacia aquel sacrificio en el que ha de ofrecerse e inmolarse a sí mismo con Cristo. Consecuentemente, no sólo celebrará la santa misa, sino que la vivirá íntimamente en su vida diaria” (Menti Nostrae). En una palabra, el sacerdote debe esforzarse en pos de una vida de santidad que requiere una '“continua comunicación con Dios” (Ibíd.).

Es, pues, completamente natural que, en su exhortación apostólica a los sacerdotes del mundo, de la que ya hemos citado algunos fragmentos, el Padre Santo urja a los sacerdotes a que cada día pasen un tiempo en adoración ante el Santísimo Sacramento:

“Antes de concluir su trabajo diario, el sacerdote debe acudir al Tabernáculo y pasar al menos un poco de tiempo adorando a Jesús en el sacramento de su amor, en reparación por la ingratitud de tantos hombres, para encender en sí mismo más y más el amor de Dios y para permanecer, de alguna manera, incluso durante el tiempo de reposo nocturno, que trae a nuestra mente el silencio de la muerte, presente en su Santísimo Corazón” (Mentí Nostrae).

En respuesta a estas llamadas del Sumo Pontífice, se ha constituido entre los sacerdotes seculares la Sociedad para la Adoración Perpetua del Santísimo Sacramento. El propósito de esta sociedad es doble. Ante todo, sus miembros pasan una hora diaria en adoración ante el Santísimo Sacramento. En segundo lugar, lo hacen así con una conciencia especial de su unión con Cristo, el gran Sumo Sacerdote. Es, pues, una sociedad en la que la adoración eucarística se cumple en el espíritu de la liturgia y de la misa, y, por encima de todo, en la perspectiva de la unidad del sacerdocio cristiano en Cristo.

Esta sociedad nació en la diócesis de Aosta, en los Alpes italianos, durante la segunda guerra mundial. Aislados en sus valles y montañas, los sacerdotes de esta región se unieron en una liga de oración, en la que cada

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miembro escogía una hora distinta del día o de la noche, con objeto de que, en todo tiempo, estuviese alguno de ellos en adoración ante el Santísimo Sacramento, consciente de la unidad de todo el grupo en Cristo, y rezando al Señor por sus compañeros, por todos los sacerdotes y por toda la iglesia de Dios.

Muy pronto, esta espléndida institución se difundió por todas las partes del mundo. Su centro se trasladó de Aosta a Turín, y desde aquí a Roma, Via Urbano VIII, 16. Fue canónicamente establecida por el Cardenal Gilroy de Sydney en 1950. Calurosamente aprobada por el Padre Santo, que se adhirió a ella en noviembre de 1955, la sociedad ha recibido entre sus miembros a cardenales, arzobispos y obispos de todas las partes del mundo, y continúa atrayendo a sus filas un número cada vez mayor entre los sacerdotes del Clero secular. Fue enriquecida con indulgencias en 1953.

El fin de esta sociedad es evidentemente más amplio que el de otros grupos análogos que existen para alentar la devoción al Santísimo Sacramento. Aquí no se trata únicamente de hacer que sus miembros se consagren a la práctica piadosa de la adoración. Es, ante todo, un ahondar en la conciencia que la Iglesia tiene del misterio de su sacerdocio y en la unidad de sus sacerdotes en el Señor eucarístico. El amor de Jesús en la Santa Eucaristía —un amor que es la vida y la fuerza de todo el movimiento— se abre a un profundo sentido de unidad en Cristo, que es, de hecho, el fin para el cual Dios nos entregó este gran sacramento.

Un corolario de esta unidad mística entre los sacerdotes es el sentido de una obligación moral para conseguir una más estrecha unión con los superiores y hermanos en el sacerdocio a través de la obediencia y la cooperación fraternal. La sociedad es, pues, no sólo eucarística, sino “papal” —dos características que resultan una sola cuando nos damos cuenta de que la sociedad está centrada en Jesús como Sumo Sacerdote. Jesús vive y está presente en el mundo por mediación de sus sacerdotes: sacramentalmente presente en el misterio eucarístico, jurídicamente presente en el Padre Santo y en la jerarquía que a él está unida. De ahí que la esencia de esta especial sociedad esté centrada en la inexpresable relación entre la Eucaristía y el sacerdocio.

La idea de una sociedad de sacerdotes adoradores no es completamente nueva. Por el contrario, desde 1879 ha existido una liga Eucarística de Sacerdotes, cuya fundación fue inspirada por el “Apóstol de la Eucaristía”, el bienaventurado Pedro Julián Eymard. Este devoto sacerdote del siglo XIX, cuya vida se centró totalmente en su amor por

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Jesús en el Santísimo Sacramento, fundó dos órdenes religiosas exclusivamente dedicadas a la Eucaristía, e inspiró el movimiento de los congresos eucarísticos que constituyen un rasgo notable de la moderna piedad católica. Su influencia en la devoción eucarística no ha tenido paralelo.

La Liga Eucarística de Sacerdotes tiene como objeto, como dijo el mismo bienaventurado Eymard, “capacitar a los sacerdotes para que se consagren más valerosamente a la mayor gloria del Santísimo Sacramento”. Asimismo, de acuerdo con el bienaventurado Eymard, pretendía recordar al sacerdote que, ante todo, “es un adorador del Santísimo Sacramento”. Por consiguiente, el objeto principal de la liga consiste en promover una más honda vida interior de unión con Jesús, me-diante visitas más demoradas y frecuentes al Santísimo Sacramento, en llamar a las armas a una legión de celosos apóstoles de la Eucaristía, sacerdotes que deberán estar unidos entre sí con los más estrechos lazos de caridad fraternal en Cristo. En lugar de una hora diaria de adoración, la Liga Eucarística obliga a sus miembros a hacer una hora santa a la semana, empleada preferentemente en oración mental; la recitación del breviario durante esta hora es desaconsejada por los seguidores del bienaventurado Eymard. Los miembros dicen también una misa cada año a intención de aquellos miembros de la Liga que han pasado a descansar en el Señor.

Estos movimientos han tenido un efecto tremendo en la vida de aquellos sacerdotes que se han alistado en ellos. Por todas partes en el mundo, en cada momento, cada día y cada noche, hay sacerdotes que se arrodillan en silencio y solos ante el Cristo eucarístico, profundamente conscientes de su unión con todos los demás sacerdotes a través del mun-do. Dondequiera que uno de estos sacerdotes esté rezando, todos sus hermanos están rezando, la Iglesia entera está rezando. Es el suyo un ejemplo altamente inspirador y fructífero, y los efectos de su oración se hacen sentir sin duda hasta un grado que nadie es capaz de medir. Pero, por encima de todo, es cierto que cada uno de estos sacerdotes podría decir gozosamente a sus hermanos en el sacerdocio que en sus horas de oración eucarística ha experimentado su más honda felicidad, más aún que en el propio sacrificio de la misa. Pues, en verdad, aquí ha estado próximo al Dios Vivo y, por propia experiencia, ha conocido la verdad de la promesa de Cristo: “Venid a mí, todos los que estéis fatigados y cargados, que yo os aliviaré” (Mt., XI, 28).

La Liga Eucarística del Pueblo, fundada también por el bienaventurado Pedro Julián Eymard, empezó en la ciudad marítima de

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Marsella. El centro director se estableció más tarde en Roma, en la Iglesia de San Andrés y San Claudio, atendida por los Padres del Santísimo Sacramento. La principal obligación de sus miembros es la de pasar al menos una hora al mes en adoración ante el Santísimo Sacramento, ya expuesto, ya oculto en el tabernáculo. La adoración puede ofrecerse en cualquier hora, en cualquier día del mes, privada o públicamente, según la conveniencia de los miembros.

Hoy, la Liga Eucarística del Pueblo está establecida prácticamente en todos los países del mundo. El propósito del movimiento es, no solo estimular la vida interior de oración en los individuos, sino también promover una conciencia más profunda de la unidad de todos los fieles en la caridad. La unidad en Cristo: he ahí el más importante de los frutos de la Santa Eucaristía.

Primeramente, este libro se escribió como un guión de la enseñanza de la Iglesia sobre la Eucaristía. Confío en que el guión no resulte demasiado superficial. En el desarrollo del tema ha sido inevitable que ciertas opiniones teológicas sujetas a discusión se deslizasen en el texto. El autor no intenta imponer estas opiniones al lector, y si se alude discretamente a ellas, es sólo con el propósito de arrojar más luz sobre el tema central del libro, que es el de la íntima conexión entre los dos misterios de la Eucaristía y de la Iglesia. La razón por la que cultivamos una vida de oración ante el Santísimo Sacramento es no sólo la de convertirnos en hombres de oración y en sacerdotes más santos, sino, sobre todo, la de convertirnos en hombres de caridad, pacificadores del mundo, mediadores entre Dios y los hombres, instrumentos del divino sacerdocio de Nuestro Señor Jesucristo. Nuestra misión no es sólo la de ofrecer a Cristo al Padre en el sacrificio eucarístico, no sólo la de predicar la palabra de Dios a todas las naciones, sino, por encima de todo, mediante la predicación y el sacrificio, unir todos los hombres en un Cuerpo Místico y ofrecerlos a todos, en Cristo, al Padre.

Probablemente, el libro no será leído sólo por sacerdotes y seminaristas, sino también por los católicos en general, y hasta quizá por muchos completamente extraños a la enseñanza de la Iglesia sobre este gran misterio. A estos últimos querría advertirles solamente que es ésta una materia que, durante siglos, la Iglesia nunca trató de explicar a aquellos que no estaban dentro de ella, tratándose de cosas que no pueden ser entendidas sin fe. Sin duda, Dios dará la luz que necesita a todo hombre de buena voluntad que lee con mente abierta y humilde. Pero si el lector se ha

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propuesto de antemano no aceptar la enseñanza católica sobre la Eucaristía, entonces este libro no es para él. En ningún momento nos hemos permitido hacer apologética. Este libro no es la defensa de una doctrina, sino una meditación sobre un misterio sagrado.

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I. — HASTA EL FIN

I. El Amor de Cristo por nosotros

Al escribir o hablar sobre el Santísimo Sacramento, verdadero corazón y foco de toda la vida cristiana, conviene evitar dos extremos. Por una parte, no debemos rebajar el gran misterio sacramental al nivel de un mero sentimentalismo por un abuso de imaginación piadosa, y, de otro lado, no hemos de estudiar el misterio con tales abstracciones puramente teológicas, que olvidemos que se trata del gran sacramento del amor de Dios por nosotros. De ambos extremos nos salva la sencillez de los Evangelios.

Los Evangelios nos cuentan los más sublimes misterios de nuestra fe en términos concretos y fáciles de entender para cualquier inteligencia. De los cuatro evangelistas, ninguno ha dado a las más altas verdades reveladas una encarnación más concreta que San Juan, el autor del cuarto Evangelio. El discípulo a quien Jesús amó abre su relato de la última Cena y de la Pasión con estas palabras hondamente conmovedoras: “Antes de la fiesta de la Pascua, viendo Jesús que llegaba su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, al fin extremadamente los amó” (Io., XIII, 1). Y de estas palabras se deduce con inmediata claridad que el sacramento y el sacrificio de la Eucaristía instituidos por Jesús en la última Cena, son, lo mismo que la Pasión y Resurrección que ellos perpetúan hasta el fin de los tiempos, la en-camación inefablemente perfecta de su amor por nosotros.

La vida cristiana no es otra cosa que Cristo viviendo en nosotros por el Espíritu Santo. Es el amor de Cristo, compartiéndose con nosotros en la caridad. Es Cristo en nosotros, amando al Padre por el Espíritu. Es Cristo uniéndonos a nuestros hermanos por la caridad con el vínculo del mismo Espíritu.

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Jesús expresó frecuentemente su deseo de compartir con nosotros el misterio de su vida divina. Él dijo que había venido para que tuviéramos vida y la tuviéramos abundante (Io., X, 10). Vino a arrojar, como un fuego, esa vida de caridad sobre el mundo, y deseaba verlo ardiendo. Deseaba, sobre todo, poder sufrir el “Bautismo” de su Pasión y muerte, porque sabía que sólo así sería capaz de incorporarnos a su misterio y hacernos, con Él, hijos de Dios. No es maravilla, pues, que dijese que estaba “constreñido”, es decir, que se sentía como atado y confinado, como un prisionero en sus cadenas, hasta que su bautismo se cumpliese. Su infinita caridad, apri-sionada en su sagrado Corazón, anhelaba romper su confinamiento y comunicarse a la humanidad, pues, en cuanto Dios, Él es bondad sustancial, y la naturaleza misma del bien es la de ser difusivo de sí mismo.

Por eso la Iglesia, en su liturgia, continúa aplicando a Cristo en la Santa Eucaristía aquellas palabras que Jesús dirigió a los hombres dolientes de su tiempo: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré” (Mt., XI, 28). Porque, en la Eucaristía, el Cristo de la última Cena todavía parte el pan con sus discípulos, todavía lava sus pies para mostrarles que, si Él no se abaja y les sirve, no tendrán parte en Él (Io., XIII, 8). En la Eucaristía, todavía bendice el sagrado cáliz y se lo ofrece a aquellos que ama. Sólo hay una diferencia. En la última Cena, Cristo aún no ha padecido muerte y resucitado. Ahora, en nuestra misa diaria, el Cristo que entra silenciosa e invisiblemente para presentarse en medio de sus discípulos es el Cristo que se sienta gloriosamente a la diestra del Padre en los cielos. Es Cristo Rey inmortal y Conquistador. Es el Cristo que, habiendo muerto una vez por nosotros, “ya no muere más” (Rom., VI, 9). Al mismo tiempo, llega hasta nosotros con toda la sencillez, pobreza y oscuridad que, en los Evangelios, hemos aprendido a asociar con su Encarnación.

Al resucitar de entre los muertos, Jesús no perdió nada de su humanidad. Al descender gloriosamente hasta el inaccesible misterio de su divinidad, su trono, no cesó de amarnos con la misma humana ternura y perfección que San Juan describe en tres sencillas palabras: “hasta el fin”. La Santa Eucaristía nos descubre las profundidades del significado que contienen estas tres palabras.

Al decir que Jesús amó a los suyos “hasta el fin”, el evangelista no nos dice simplemente que Nuestro Salvador nos amó hasta el termino de su vida en la tierra, que nos amó tanto, que murió por nosotros, Jesús dijo: “Nadie tiene amor mayor que éste de dar uno la vida por sus amigos” (Io.,

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XV, 13). Y, sin embargo, Jesús mismo ha hecho más que dar su vida por nosotros. Nos ha amado con un amor que no puede ser confinado en los límites corrientes de la vida humana. Al darnos la Eucaristía como un “memorial” de su pasión, muerte y resurrección, ha hecho presente, para todos los tiempos, el amor que le hizo morir por nosotros. Más aún, ha hecho que la Pasión misma esté presente en el misterio. Y Él mismo, que nos conocía y nos veía con su divina presencia cuando bendecía el pan en el Cenáculo y cuando tomó su Cruz, quiere estar sustancialmente presente en la Eucaristía, para conocernos y amarnos, para compartir sacramentalmente con nosotros su presencia y su amor hasta el fin de los tiempos.

Ahora bien, este deseo de Cristo fue mucho más que una expresión de la más pura ternura humana. Su permanencia con nosotros en la Eucaristía no es sólo un gesto de apasionado amor. Su obra divina quedó objetivamente cumplida cuando expiró su alma en la Cruz. Pero, como Él dijo por boca del Salmista (Ps., XV, 10) no tendría valor su sangre si se corrompiese en el sepulcro. Se santifico a Sí mismo (Io., XVII, 19) para que nosotros podamos ser “santificados por la verdad” (ídem). Si viene hasta nosotros en el Santísimo Sacramento, viene a realizar una obra, no en Sí mismo, sino en nosotros. ¿Cuál es esta obra? Dice Juan, en el gran capítulo eucarístico del Cuarto Evangelio: “La obra de Dios es que creáis en Aquel que Él ha enviado” (Io., VI, 29). Si conocemos los Evangelios, nos percataremos de que la palabra “creáis” implica aquí mucho más que un simple asentimiento intelectual a la verdad revelada. Significa la sincera aceptación no sólo del mensaje evangélico, sino de la persona misma de Cristo. Significa hacer las obras de Cristo, pues “el que cree en mí, ése hará también las obras que yo hago” (Io., XIV, 12). Significa amar a Cristo y, en virtud de este amor, recibir el Espíritu de Cristo en nuestros corazones. Significa guardar sus mandamientos, y especialmente el amor de unos a otros (Io., XIV, 21). Significa darse cuenta de que Cristo está en el Padre, y nosotros en Cristo y Cristo en nosotros (Io., XIV, 20).

En una palabra, la obra de Cristo en el mundo, a través de la acción de su Espíritu, a través de su Iglesia, y a través de sus santos sacramentos, es la obra de nuestra incorporación y transformación en Él mismo por la candad. Esta es la obra por excelencia de la Santa Eucaristía.

Ahora bien, al recibir los sacramentos, lo primero que se necesita es, naturalmente, que creamos en Cristo, el cual nos santifica a través de los sacramentos. Debemos ser bautizados como cristianos. Debemos vivir de acuerdo con las promesas bautismales y renunciar al pecado. Debemos

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consagrarnos a Dios y a su divina caridad. Debemos vivir desintere-sadamente, esto es, hemos de buscar nuestra realización en el amor a Dios y a nuestro prójimo. Pero a fin de que los sacramentos produzcan en nosotros su efecto plenario, a fin, sobre todo, de que nuestra vida eucarística sea realmente una vida y no una pura formalidad externa, hemos de esforzarnos por aumentar no sólo nuestra apreciación del misterio sacramental, sino también nuestra comprensión del amor de Cristo que está presente y actúa sobre nosotros en el Sacramento.

Estas dos cosas son, simplemente, dos aspectos distintos de la misma cosa: el amolde Cristo por nosotros. Por otra parte, la maravillosa realidad de la presencia sacramental de Cristo, un misterio de la sabiduría y el po-der de Dios, baña y purifica nuestra inteligencia con una limpia luz que despierta las profundidades de nuestra voluntad hacia un amor más allá de todo afecto humano. Por otra parte, su amor por nosotros despierta en nuestros corazones un instinto espiritual que nos impulsa a amarle a nuestra vez, y este amor nos lleva al conocimiento de Dios.

El amor a Dios es la más profunda realización de las capacidades implantadas por Dios en la naturaleza humana, destinada a unirse con Él mismo. Al amarle, descubrimos, no solo el íntimo significado de verdades que, de otra forma, nunca hubiéramos podido entender, sino que, además, encontramos en Él nuestra verdadera identidad. La caridad que despierta en nuestros corazones el Espíritu de Cristo, actuando en las profundidades de nuestro ser, nos hace empezar a ser las personas que, en los designios inescrutables de su Providencia, Él dispuso que fuéramos. Movidos por la gracia de Cristo, empezamos a descubrir y a conocer a Cristo como un amigo conoce a su amigo: por la interior simpatía y el entendimiento que sólo la amistad puede otorgar. Este amoroso conocimiento de Dios es uno de los más importantes frutos de la comunión eucarística con Dios en Cristo.

San Pablo, en sus epístolas, resume repetidas veces el sentido cabal de la vida cristiana perfecta. Escribiendo a los efesios, les dice cuán importante es para ellos “ser poderosamente fortalecidos en el hombre interior por su espíritu, que habita Cristo por la fe en nuestros corazones, y arraigados y fundados en la caridad, podáis comprender en unión con todos los santos... y conocer la caridad de Cristo, que supera toda Ciencia, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios” (Eph., III, 16-19). Aquí, en pocas palabras vemos algo de la finalidad de la Sagrada Comunión, considerada como el ápice de la vida de fe y de los sacramentos. Nutrido por el mensaje evangélico, por la vida de fraterna solidaridad en Cristo,

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por la oración litúrgica y privada, el cristiano encuentra que su vida interior alcanza su punto más alto y su intensidad máxima cuando, en su comunión eucarística con el Señor, se une directa y sacramentalmente al Verbo Encarnado. En la comunión, no sólo está penetrado de parte a parte por el fuego místico de la caridad de Cristo, sino que permanece en contacto inmediato con la Persona misma del Verbo hecho carne. En una unión así, ¿cómo aquel cuya caridad permanece despierta en las tinieblas de la fe podrá dejar de conseguir un conocí miento más profundo y más íntimo del alma misma de Jesús? Este amor, este conocimiento del Señor, a la vez el más puro y el más secreto efecto de la Sagrada Comunión, es, indudablemente, de una importancia grandísima a los ojos de Cristo misino. Pues su intención al instituir el Santísimo Sacramento fue la de darnos esta alta y misteriosa participación en su vida divina. “En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros (Io., VI, 53). Pero es absolutamente claro que esta vida de la que habla Jesús es, en el más alto sentido, la vida del espíritu, no meramente la vida de la carne. La Comunión es un contacto con el Espíritu que “da vida, la carne no aprovecha para nada”. Las verdaderas palabras de esta doctrina son, dice Él, “Espíritu y vida” (Io., VI, 63). Pero la realización más perfecta de esta vida que empieza con la fe, es la contemplación de Dios. Nuestro progreso en la vida es un progreso en el conocimiento y el amor de Dios por Jesucristo. “Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, único Dios ver dadero, y a tu enviado Jesucristo;) (Io., XVII, 3).

2. Nuestra correspondencia.

Si de verdad somos cristiano”, desearemos crecer y desarrollarnos dentro de esta vida eucarística, que no es mas que la vida cristiana en su perfección. Intentaremos comprender cada vez más lo que significa el recibir a Cristo sacramentalmente y el tenerle viviendo en nosotros, lo que significa el ser miembros de su Cuerpo Místico, unidos unos a otros en Él por medio de nuestras comuniones. Pediremos el entendimiento cada vez más profundo de gran misterio que resume el plan de Dios para el mundo: la recapitulación de todas las cosas en Cristo, la obra de la candad que nos transforma a todos en Él, de tal forma que seamos una sola cosa en Él, como Él es uno con el Padre y el Espíritu Santo.

Nuestras comuniones lo serán más verdadera y perfectamente cuando sean una participación en la vida divina de contemplación que Cristo vive

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en la Santísima Trinidad. Nuestras comuniones serán más fructíferas cuando, además de acrecentar nuestra caridad por los demás y ahondar nuestra fe, nos traigan un conocimiento más íntimo y puro del misterio de Cristo en quien todos estamos.

De tres maneras principalmente puede esto realizarse. La primera es por medio de la participación activa en la liturgia. La segunda, por una vida de caridad más profunda y más pura, como resultado de nuestra participación en la misa. La tercera, por la meditación, la adoración y la oración contemplativa ante el Santísimo Sacramento. De las tres, las dos primeras son absolutamente esenciales, y la tercera tiene una gran importancia.

Todas tres son simplemente aspectos de nuestra comunión eucarística. La participación más perfecta en el sacrificio de la misa con-siste en recibir la comunión en la misa que se ha seguido inteligente y activamente a través de sus partes principales. Nuestra vida de caridad es —o debería ser— la prolongación y la expresión de nuestras comuniones. Es un testimonio de la realidad de nuestra unidad en Cristo, significada y efectuada por el mismo sacramento que recibimos, y uno de los frutos principales de la Comunión sacramental, Jesús, al darnos su propio Cuerpo en el Misterio, nos hace un Cuerpo con Él y miembros unos de otro3.

La adoración eucarística y la oración mental en silencio ante el tabernáculo constituyen otra forma fructífera de prolongar nuestra co-munión. Todas estas tres maneras de desarrollar nuestra vida eucarística son necesarias. Se completan mutuamente. La adoración y la oración mental sin ningún interés en la misa sería una perversión del espíritu cristiano. La caridad fraterna y las buenas obras, aun cuando estén unidas con la misa y procedan de ella, si no implican algunos momentos de si-lenciosa acción de gracias después de la comunión y de meditación y adoración ante el tabernáculo, pueden llevar a una desviación del recto camino.

Actualmente, la tendencia es a hacer hincapié sobre nuestra participación en el Santo Sacrificio, y que nuestra acción apostólica y las demás obras de caridad sean un desbordamiento de nuestra vida eucarística. Esto es excelente. Durante mucho tiempo se sintió su necesidad, y en el momento de crisis en que nos hallamos es mucho más necesario aún. El acento sobre la adoración eucarística ha sido largo tiempo popular y constituía uno de los rasgos característicos de la devoción cristiana en la época que terminó con las dos guerras mundiales. Pero ¿hemos de pensar que se trata meramente de un rasgo pasajero, algo

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que desaparecerá gradualmente a medida que el sentido pleno de la acción central de la vida litúrgica de la Iglesia alcance su completa preeminencia?

En cualquier caso, nuestra respuesta al amor de Cristo por nosotros en la Santa Eucaristía es vivir una vida eucarística plena y bien integrada. En una vida así, la comunión, la adoración, la caridad fraterna y la partici-pación activa en la liturgia no han de verse como “prácticas” separadas y sin relación unas con otras. Deberán reunirse en un foco supremo sobre el misterio central de nuestra fe: nuestra participación en la muerte y re-surrección de Jesucristo. Cuando de verdad empecemos a rastrear el significado de este gran Misterio, ya no nos preocuparemos con la aparente contradicción entre la devoción litúrgica y la no litúrgica a Cristo en el Santísimo Sacramento. La una fluirá naturalmente de la otra, y cada una ocupará con respecto a la otra su puesto adecuado. Las llamadas devociones “extralitúrgicas” al Santísimo Sacramento se verán como una prolongación fructífera de la liturgia, y nuestra meditación ante el tabernáculo nos ayudará a entrar más profundamente en la verdad de la presencia real de Cristo bajo los velos sacramentales: una presencia sin la cual no podría cumplirse el misterio ritual de la misa.

Si Cristo no está sacramentalmente presente en la misa, entonces la misa ya no es más que una ceremonia, una piadosa conmemoración de un suceso pasado. Si Cristo no está realmente presente en la Hostia consagrada, entonces el sacerdote no es más que un predicador, no un hombre elegido por Dios para ofrecer el sacrificio. En verdad, si Cristo no está real y sustancialmente presente en la Santa Eucaristía, entonces la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia, pierde también su significado y se reduce a una simple metáfora: pues el Cristo sacramental es la Cabeza y el soporte del Cuerpo Místico. Es la Eucaristía la que nos une en un Cuerpo a Cristo, nuestra Cabeza: “Porque el pan es uno, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan” (I Cor., X, 17).

Es necesario que conozcamos y amemos a Cristo como Él realmente es. Ahora bien, el Cristo real es el Cristo total, el Cristo Místico, la Cabeza y los Miembros. El Cristo real es también la Cabeza que los miembros deben conocer si han de ser miembros suyos. Esta gloriosa Cabeza y Rey de la humanidad y Sumo Sacerdote de la Unica Iglesia está entronizado en la majestad de su divino poder en los cielos. Pero también está presente bajo los velos del sacramento reservado y adorado en nuestros tabernáculos. Y también es el Cristo real el Cristo que fue pobre, que traba-jo y sufrió por nosotros en la tierra, que murió por nosotros en la Cruz.

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Este Cristo doloroso está presente en el Santísimo Sacramento, no en la forma en que lo está su Cuerpo glorificado, sino en virtud del hecho de que en su vida y Pasión supo por anticipado y previo todo cuanto ocurriría en el mundo en torno a Él en los siglos venideros, cuando este sacramento fuese adorado, alabado y amado por los hombres.

Así, pues, cuando busquemos a Cristo en el Santísimo Sacramento, hemos de buscarle tal como realmente es. Debemos reconocerle como el Redentor que ha sufrido por nosotros, como el Rey que reina sobre nosotros, como la Vida que vive en todos los cristianos. Podemos acentuar libremente alguno de los aspectos del Cristo viviente que ante nosotros está en el tabernáculo, con tal de que recordemos que uno de ellos es más esencial que los otros. Si tuviéramos que contestar a la pregunta de quién está presente en el Sacramento, debemos decir: el Cristo glorioso que reina en los cielos. Tal es la respuesta de la fe católica. Este Cristo glorioso es, ciertamente, el Cristo que sufrió. Pero aunque sus sufrimientos estén todavía presentes a Él, no es, rigurosamente hablando, el Cristo paciente el que está presente en el Santísimo Sacramento. Y aunque Él vive por la gracia en todos los miembros de su Cuerpo Místico, m es el Cuerpo Místico de Cristo (en el sentido moderno) el que está presente en el altar.

La mejor manera de unir estas tres concepciones —pues en realidad, son todas una en Aquel que está presente ante nosotros— es darse cuenta de que el Cristo glorioso que viene hasta nosotros oculto bajo las especies sacramentales es el mismo Cristo, que habiéndonos redimido y santificado, será nuestro gozo perdurable en los cielos. Nuestra vida de oración y adoración eucarísticas es, de hecho, el comienzo de aquella contemplación de Dios en Cristo que será nuestra vida total cuando entremos en su gloría.

Cuando comprendamos el significado de esta verdad, entenderemos que, aunque estemos rezando solos en una pequeña iglesia, oscura y vacía, rezando con dificultad, secos y distraídos, en realidad estamos no sólo uni-dos por el amor a Cristo en su Pasión, no solamente postrauni-dos en adoración ante Cristo glorioso, sino que constituimos un solo cuerpo con todos aquellos que están rezando en sitios distintos y a distintas horas. Todos los que rezamos ante el tabernáculo, aun aquellos que no pueden rezar allí, pero se encuentran entregados a diversos deberes por amor a Cristo, están de hecho unidos misteriosamente en una profunda y secreta “liturgia”; en un acto de adoración ofrecido a Dios por Cristo —aunque no oficialmente— en su Cuerpo místico.

Nuestra contemplación es una adoración que anticipa la visión y la alabanza de los cielos. Aunque difícilmente podamos sentir algo de esto,

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debemos darnos cuenta de que la meditación que prolonga nuestra misa y nuestra comunión es también una misteriosa reproducción en la tierra del gran coro de adoración que continúa elevándose en los cielos ante Dios.

¿Qué es lo que vemos ante nosotros en la iglesia vacía? ¿Un pequeño altar, un santuario pobremente decorado, un par de esculturas de dudoso gusto artístico, una pared desconchada y ennegrecida por el humo de las velas y sucia de humedad? ¿Un tabernáculo que nadie consideraría digno de ser la habitación de una muñeca, no digamos de un rey? No, no es esto lo que vemos. Miremos mejor con los ojos de San Juan:

“Y vi en medio del trono y de los cuatro vivientes y en medio de los ancianos, un Cordero, que estaba en pie como degollado, que tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete espíritus de Dios, enviados a toda la tierra... Y los cuatro vivientes y los veinticuatro ancianos cayeron delante del Cordero, teniendo cada uno su cítara y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos. Y cantaron un cántico nuevo que decía: Digno eres de tomar el libro y abrir sus sellos, porque fuiste degollado y con tu sangre has comprado para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación, y los hiciste para nuestro Dios reino y sacerdotes, y reinan sobre la tierra.” (Apoc., V, 6-10).

En ese gran acto de adoración, nosotros tenemos nuestro puesto. Por pobres que seamos, somos los miembros de Cristo y, por consiguiente, nuestras oraciones contribuyen algo a la nube de incienso que se eleva de las copas de oro. Estamos en presencia del Cristo vivo. Nuestras oraciones están unidas a las oraciones de sus santos.

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II. — HACED ESTO EN MEMORIA MÍA

1. El Sacrificio cristiano.

La Eucaristía es el sacrificio cristiano. Es la “oblación pura” profetizada por Malaquías, ofrecida en todos los lugares de la tierra, en sustitución de los antiguos sacrificios, que por sí solos no podían alcanzar ningún efecto sobrenatural y que, por ende, estaban condenados a frustrarse, excepto en la medida en que eran tipos que prefiguraban el único sacrificio verdadero.

En la Eucaristía, Jesucristo, por medio del Sacerdote, hace presente la oblación y la inmolación por las cuales Dios se ofreció a Sí mismo en la cruz. En el misterio de esta acción litúrgica, la Iglesia se une a sí misma con el divino Sumo Sacerdote y, con Él, ofrece a Dios sus miembros. Recibiendo la Eucaristía en la comunión, el fiel completa su acto de homenaje a Dios, que es, al mismo tiempo, el eterno acto de homenaje de Cristo. Renueva y ahonda su relación sobrenatural con Dios, recibiendo de Él un aumento de la vida divina de caridad que Dios derrama sobre todos aquellos que han venido a ser, en Cristo, sus hijos adoptivos.

Aunque el sacrificio de la misa no sea exactamente el tema de este libro, es imposible no hablar de la misa cuando hablamos de la Eucaristía como Sacramento. El Sacramento y el sacrificio de la Eucaristía son inseparables. La presencia real de Cristo en la Hostia es la consecuencia necesaria e inmediata de la transustanciación. Pero el fin de la transustanciación es, ante todo, el hacer a Cristo presente en el altar en un estado de sacrificio o inmolación, mediante la consagración de las especies de pan y vino. Al mismo tiempo, el sacrificio no está completo antes de que los elementos consagrados se reciban en comunión, al menos por el sacerdote celebrante. Finalmente, la Hostia consagrada se guarda en reserva en el tabernáculo, a fin de que los enfermos y cuantos no puedan recibirla durante la misa puedan recibir el Cuerpo del Señor en cualquier momento y, de esta forma, tener su participación en el sacrificio de Cristo.

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Así, pues, lo que adoramos en nuestras visitas al Santísimo Sacramento es Jesucristo mismo, permanentemente presente en la Hostia consagrada en el Santo Sacrificio y que, eventualmente, puede ser recibido en comunión.

San Pablo dice bien claro que el Nuevo Testamento considera la muerte de Cristo en la Cruz, ratificada por su Resurrección subsiguiente, como un sacrificio. En verdad, es el único sacrificio perfectamente grato a Dios. ¿Qué queremos decir con un sacrificio “grato a Dios”? ¿Es que Dios necesita nuestros sacrificios? Responde San Ireneo: “Se llama un sacrificio grato a Dios, no porque Dios necesite nuestros sacrificios, sino porque el que ofrece el sacrificio queda glorificado en lo que ofrece si su don es aceptado”3. Y San Ireneo continúa explicando que el don que es realmente

grato a Dios es el amor que nos tenemos unos a otros, amor significado por la Eucaristía y efecto principal de este gran Sacramentó. Cuando nos amamos unos a otros, Dios recibe verdaderamente de nosotros la Sagrada Eucaristía como un don agradable de sus amigos y como la gloria que le es debida.

Dice otra vez San Ireneo: “Dios no necesita nuestras cosas, pero, por otra parte, nosotros necesitamos ofrecer sacrificios a Dios... y Dios, que de nada necesita, recibe nuestras buenas obras para recompensarnos con el te-soro de sus propios dones... Así, aunque Él no necesite nuestros sacrificios, desea que nosotros le ofrezcamos sacrificios, para que nuestras vidas no sean infructuosas.”

Estas dos citas nos recuerdan el deseo de los Santos Padres de afirmar la trascendencia infinita de Dios y de preservarla frente a todo intento de confusión entre Él y los dioses de los paganos que pedían sacrificios porque los necesitaban. Los Santos Padres acentuaron también el hecho de que Dios es glorificado por el sacrificio de Jesús, no sólo porque tal sacrificio es infinitamente perfecto y puro en sí mismo, sino porque es un medio por el cual Dios muestra su amor por nosotros y, de esta forma, manifiesta su bondad sobre nuestra vida. Jesús mismo dejó esto bien claro en su oración de Sumo Sacerdote, cuando dijo: “Padre, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique... Yo he sido glorificado en ellos (los que tú me diste)... Yo por ellos me sacrifico, para que ellos sean santificados por la verdad... Y yo les he dado a ellos la gloria que tú me diste, a fin de que sean uno como nosotros somos uno... Quiero que donde yo esté, estén ellos también conmigo, para que vean mi gloria” (Io., XVII, 1, 10, 19, 22, 24).

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En esta enseñanza de Jesús podemos encontrar los cuatro fines del sacrificio de la misa inextricablemente entrelazados entre sí. La primera y más importante función del Santo Sacrificio es la de dar gloría infinita a Dios, y la segunda está estrechamente relacionada con ésta: darle una correspondencia perfecta de oración y acción de gracias por toda su bondad para con los hombres. Luego, debe ofrecerle una digna propiciación por nuestros pecados, y obtener para nosotros, no sólo el perdón de nuestras ofensas y del castigo que merecen, sino también todas las gracias, todas las ayudas temporales y espirituales que necesitamos, a fin de que su voluntad se cumpla en la tierra y nos unamos con Él en el cielo. Ahora bien, es verdad que Dios es glorificado por todos los efectos y frutos del Santo Sacrificio, pero hemos de recalcar el hecho de que, antes que todo lo demás, el infinito valor objetivo de la Divina Víctima ofrecida a Dios le da una gloria y una adoración infinita, no importa las disposiciones de los que ofrecen el sacrificio y aparte de los frutos que puedan obtener de él. Por consiguiente, la razón primaria de que este sacri-ficio sea aceptable a Dios reside en la persona de la Víctima, el Verbo Encarnado.

Todos los demás frutos y efectos del Santo Sacrificio se derivan de esta gran verdad, que la inmolación de Jesús mismo, el Hijo de Dios, es infinitamente grata a Dios y le da toda la gloria que le es debida.

Después de describir con algún detalle los imperfectos sacrificios de la Antigua Ley, San Pablo continúa contrastándolos con el sacrificio de Cristo, en el cual la tipología de aquéllos queda finalmente revelada y explicada. Cristo es el verdadero Sumo Sacerdote, el sacerdote de ese “nuevo testamento” que ha dejado anticuada a la vieja alianza y la ha remplazado (Hebr., VIII, 13). En su único sacrificio verdadero, Cristo ha ofrecido al Padre que está en los cielos, no la sangre de las ovejas o de los machos cabríos, sino su propio Cuerpo y Sangre. Al hacerlo así, entra, no en un “tabernáculo hecho por manos de hombres”, como hacía el sumo pontífice judío cuando entraba en el santo de los santos a ofrecer la sangre de la víctima a Dios, sino en el increado Santuario de los cielos (Hebr., IX, 11). El efecto del sacrificio de Cristo es el lavar nuestras almas del pecado y el traernos otra vez a la amistad de Dios: “¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu eterno a sí mismo se ofreció inmaculado a Dios, limpiará nuestra conciencia de las obras muertas, para servir al Dios vivo!” (Hebr., IX, 14). “Una sola vez en la plenitud de los tiempos se manifestó para destruir el pecado por el sacrificio de Sí mismo” (ídem, 16.)

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Este sacrificio, consumado una vez por todas en el Calvario, está representado y renovado en el Sacrificio de la Eucaristía. En verdad, durante la Ultima Cena Jesús ofreció este Santo Sacrificio que había de consumarse al día siguiente con el derramamiento de su preciosísima Sangre, y desde aquella primera misa en el Cenáculo, no ha cesado de hacer presente su sacrificio en todas partes, día tras día, por intermedio de sus sacerdotes.

De aquí que la misa sea un verdadero sacrificio en el más estricto sentido del término, constituyendo un solo sacrificio con el del Calvario.

No es un sacrificio únicamente en el sentido de un acto de alabanza, de acción de gracias, un sacrificium laudis, sino la oblación e inmolación por el pecado de una víctima que es Cristo mismo. Por consiguiente, este sacrificio es algo más que una oración para impetrar el perdón. Es una propiciación infinita por todas las ofensas que hayan sido cometidas contra Dios. Y cada vez que la misa sea ofrecida, los frutos de nuestra Redención se derraman de nuevo sobre nuestras almas. Uniéndonos con el sagrado rito de la misa, y, sobre todo, recibiendo la Sagrada Comunión, entramos en el sacrificio de Cristo. Morimos místicamente con la Víctima divina y resucitamos de nuevo con Él a una nueva vida en Dios. Estamos libres de nuestros pecados, somos, una vez más, gratos a Dios y recibimos gracia para seguirle más generosamente en la vida de caridad y de unión fraternal que es la vida de su Cuerpo Místico.

Sólo a la luz de esta doctrina de la vida eucarística como plena participación en el sacrificio de Cristo podemos entender la teología moral y mística de San Pablo. “Porque vuestra Pascua, Cristo, ya ha sido inmolado”, dice. “Así, pues, festejémosla, no con la vieja levadura, con la levadura de la molicie y la maldad, sino con los ázimos de la pureza y la verdad” (I Cor., V, 7-8). “Si fuisteis, pues, resucitados con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios, pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Estáis muertos, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, vuestra vida, entonces también os manifestaréis con Él en gloría” (Col., III, 1-4). Por lo que se refiere a este último pensamiento, recordemos que San Juan establece una relación explícita entre la comunión eucarística y la resurrec-ción del último día. “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna, y yo le resucitaré en el último día (Io., VI, 54).

La misa es, pues, la Pascua de la Nueva Ley. En la sangre de la Víctima divina no sólo somos librados del ángel vengador que mató a los

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