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Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin previo permiso escrito. Todos los derechos reservados.

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Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin previo permiso escrito. Todos los derechos reservados.

Título original:

Textos Escogidos -columnas, cuentos, novelas- Leer el Caribe

Alcaldía Mayor del Cartagena de Indias, Instituto de Patrimonio y Cultura de Cartagena,

Banco de la República de Colombia, Observatorio del Caribe Colombiano, Universidad de Cartagena, Centro de Formación de la Cooperación Española, Fundación Social Cultivar

© 2011, Óscar Collazos

© De esta edición

2011, Instituto de Patrimonio y Cultura de Cartagena de Indias Calle del Tablón N° 7-28 Edificio Gonzales Porto

Cartagena de Indias, Bolívar - COLOMBIA Teléfax. (57) + 5 664 5361

E-mail. [email protected] Código Postal 13001 www.ipcc.gov.co

Coordinación General: Irina Junieles Acosta

Directora del Instituto de Patrimonio y Cultura de Cartagena de Indias

Diseño cubierta y Maquetación: Marco Antonio Arango Jiménez - www.marango.com.co Foto cubierta: Manuel Pedraza, 2009

Impreso en Colombia - Printed in Colombia

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Contenido

COLUMNAS 5

Por qué el personaje del siglo 6

Lo que les miramos a las reinas 8

El entierro de El Diablo 10

Cartagena y la Jet-set 12

Ceremonias 14 Vudú 16

La “antioqueñización” 18

Pedro de Heredia 20

¿Política ficción o simplemente futuro? 22 Nalgófilos 24

Ciudades campesinas 26

Golpizas 28 Afrodescendientes 30

Cartagena según Pirry 32

Germán Espinosa 34

Turismo y ciudad 36

Convivencia 38

Pobres y tugurios 40

Pescadores 42

Playas públicas 44

Censos 46

Oferta cultural 48

La legítima y la otra 50

Transporte acuático 52

Legalidad y pobreza 54

El gobernador del 6% 56

Seguridad 58 Desastres 60

Turismo, ¿cuál modelo? 62

“La cultura” del vallenato 64

CUENTOS 67

Ceremonias del fuego 68

Alguien llama a mi puerta 82

Knock out técnico 93

NOVELAS 103

Rencor 104

Señor sombra 109

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Nota del autor.- Las columnas seleccio- nadas no tienen fecha de publicación.

Tampoco se dice en qué periódico fue- ron publicadas. Propongo este ejercicio a los lectores para saber en qué medida estos temas siguen vigentes o perdieron interés y fueron devoradas por la actua- lidad. Solo puedo precisar que fueron escritas en los últimos once (11) años, de 2000 a 2011, y publicadas en los diarios El Tiempo, de Bogotá, y El Universal, de Cartagena.

CO LUM

NAS

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Por qué el personaje del siglo

EN TODOS los colombianos vivía la certidumbre de que Gabriel García Márquez iba a ser declarado el “personaje del siglo.” Del siglo que entre el final de la “guerra de los mil días” y la prolongación de la más sangrienta y compleja guerra entre la subversión y el Estado, nos ha llevado a uno de esos sombríos espacios que la Historia contemporánea reserva para recordarnos que las peores derrotas son las que los hombres se infringen a sí mismos. Y una de esas derrotas es, precisamente, la que nos convierte en uno de los países más violentos del mundo.

Iba a escribir “naciones” en lugar de países, pero sería ilusorio: nuestra nacionalidad es un mapa de retazos mal cosidos. La conciencia de los colombianos e, incluso, de las intuiciones de nuestro inconsciente colectivo, no ha dejado de buscar figuras y personalidades en las que pueda reconocer una identidad apenas esbozada. Lo ha conseguido episódicamente en escasas personalidades de la vida pública, pero no ha existido una identificación parecida a la encontrada en este inmenso escritor. Con él se produce el encuentro del destino de un individuo con el alma colectiva. Su universalidad es tal que los colombianos no sólo encontramos en su obra los signos más profundos de nuestra cultura sino un continuado, excepcional reconocimiento en aquellos escenarios donde se nos recuerda por los más execrables, por los no menos continuados procesos de violencia fratricida.

La búsqueda desesperada de grandes figuras que nos devuelvan la fe en un país desesperanzado ha encontrado en la obra de García Márquez su más alto poder, magnético, diría. Desde 1967, cuando los colombianos y el mundo descubren el portento y las iluminaciones de esa fábula adánica y apocalíptica que es Cien años de soledad; desde 1982, cuando se concede el premio Nobel de Literatura a un hombre que inscribe el nombre de Colombia en el dignificante libro de la imaginación y la creatividad humanas; desde entonces tuvimos la oportunidad de reconocernos, no en la infamia del horror diario sino en la luminosidad de una obra que no ha dejado de fascinar y turbar al mundo.

No había lugar a dudas. Podía pensarse que la historia colombiana del siglo había dado las figuras de López Pumarejo o Eduardo Santos;

que por las rendijas de nuestra modernidad se escurrían las figuras

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Textos Escogidos -columnas, cuentos, novelas- [ Pág 7 ]

de María Cano y Jorge Eliécer Gaitán; que medio siglo de letras y pensamiento americanistas contenían la vida de Germán Arciniegas o que la sublevación liberal de Guadalupe Salcedo expresaba el alma de una gran insurrección popular. Pero no eran suficientemente universales los rasgos de estas vidas para instalarnos en el lugar donde nos instaló el fabulador de Aracataca, que quizá sea el lugar de la eternidad, incierta aunque predecible.

Veo en García Márquez lo que probablemente vean numerosos colombianos: la expresión de la creatividad en un país de destrucciones sin límite; la expresión de la esperanza en una geografía de pesimismos tan empedernidos como justificados; el idioma de la universalidad en un mapa de regionalismos exasperados y nacionalidad invocada sólo para satisfacer la voracidad de la política. Vemos la generosidad de haber creado con desinterés donde muchísimos destruyen por intereses mezquinos. Vemos, en fin, la poesía del mundo, la que prevalece en la memoria de los hombres cuando han dejado de humillarse y matarse por conservar el poder conquistado y por pretender conquistar el

“paraíso” de la justicia con los instrumentos del crimen.

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Lo que les miramos a las reinas

Lo que hacen el fotógrafo y el camarógrafo en los desfiles de los reinados es lo mismo que hacemos todos, hombres y mujeres. Todos miramos, en recorrido vertical y horizontal, la línea ascendente de las piernas, el volumen y solidez de las nalgas, el tamaño de los pectorales.

Las otras partes del cuerpo son accesorios: la cintura, el ombligo, la boca, la nariz, el cuello, los cabellos, estos sí merecedores de un premio.

Este es el itinerario que muchos cambian al empezar por las nalgas y saltar hacia los senos, dejando para después el rostro, que si tiene una boca carnosa y unos ojos azules o verdes se convierte en complemento de lo que se ha visto primero. Nadie que sea sincero dirá que empezó por la inteligencia, esa virtud invisible que sólo se revela cuando se han pronunciado unas cuantas palabras. O por la simpatía, que es comercio espontáneo con los demás seres.

Prueba de ello es que estas niñas, abrigando un sueño que las desvela- ser reinas- se esfuerzan por “tonificar” el cuerpo, por añadir donde no se tiene o reducir donde se tiene en exceso. La naturaleza empieza a ser corregida aquí y allá. En los pectorales, que de talla 32 pueden pasar a 36B; en las nalgas, que si son fláccidas y planas pueden endurecerse y obtener curvas espectaculares. Se borran las estrías, se liposucciona la celulitis; la nariz, si es larga y curvada, se convierte en recta, o si es ancha de aletas se vuelve milagrosamente fina y respingada.

En este proceso, los cirujanos hacen su agosto en noviembre. Los cirujanos y los diseñadores de modas. Pobrecita aquella que no pueda pagar una aguja famosa. Pobrecita aquella cuyos recursos- los de su familia, los de su pueblo, los de su gobernador- no pueda reservar fondos para la industria de la refacción estética. Sabedoras de que van a ser miradas en esas partes nobles y de que el modelo de belleza se impone como se impone un uniforme en la disciplina de la escuela, ellas luchan denodadamente por conseguir un acercamiento al modelo.

No se puede decir que entre los 18 y los 24 años no se revela la inteligencia. Se revela. Así que si se tiene, lo mejor es dejarla en segundo plano. Se trata de un reinado de belleza y no de un examen del ICFES. Se ha establecido que entre el rostro, los senos, las nalgas y las piernas, se debe producir un equilibrio inobjetable. Se ha establecido

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Textos Escogidos -columnas, cuentos, novelas- [ Pág 9 ]

que las bajitas no tienen cabida, que si las negras o mulatas la tienen es porque vienen del Chocó o de San Andrés, reservas raciales que

“democratizan” el evento.

Poco a poco, la industria de la belleza ha llegado a dominar el panorama. La industria de la belleza y la del espectáculo. De allí que entre los sueños de las reinas exista la esperanza de convertirse en modelos, presentadoras de farándula, actrices de telenovelas. En Cartagena, cada noviembre, el Hotel Hilton es una bolsa de trabajo.

Como nadie le ha dicho a estas niñas que “una no nace mujer”, que se hace, ellas se hacen a la medida de los hombres. La vara que las mide es el ojo morboso y complacido que les calibra nalgas y pechos, piernas y rostro refaccionados. Temen caer en la lengua de Amparo Grisales o de los informadores que abarrotan los hoteles, enviados para fortalecer la industria del raiting.

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El entierro de El Diablo

La Boquilla estaba allí, detrás del cortejo fúnebre que conducía a El Diablo a la misa de réquiem. Unos pocos amigos del mayor tamborero que ha dado la cultura popular de Cartagena, amigos extraños al barrio, seguíamos al féretro que, cargado por familiares, daba un adiós a ese hombre de 70 y tantos años que dejaba 22 hijos y el recuerdo de parrandas a las que él imponía el singular brío de su temperamento.

El mayor tamborero de Cartagena, tan bueno como el palenquero

“Batata” y el cubano “Tata Güine”, había muerto de un paro cardíaco mientras el gran neurocirujano de traje, chaleco y apellido vasco le extirpaba un tumor del cerebro.

Gloria Triana, Chica Morales, Salvo Basile y Gustavo Tatis seguían el cortejo. Y el columnista, que en los últimos dos años había escuchado y visto la alegría casi febril de El Diablo, estaba también allí porque había que acompañar en su despedida a quien le había dado alegrías en medio de un país de hondas tragedias. Nadie más que su gente de La Boquilla y unos pocos amigos “blancos” de la cultura, seguían al muerto en esa tarde de sábado. Se había muerto sin saber tal vez que era parte de la cultura, esa cultura popular que se muere sin saber que es patrimonio de la memoria colectiva.

El Diablo era llorado por hijos y vecinos, por mujeres que lo amaron como se ama por estos lados: con muchas a la vez, con hijos en todas. Tiempo había tenido el muerto de decir que no lo lloraran, que festejaran como se festeja cada vez que alguien se va a mejor vida. Se sabía reconocido y admirado por todos y todos eran quienes lo habían escuchado y visto en su vida de vértigo. No había ritmo Caribe que no saliera de sus manos. Pero así como sabía que era el mejor, sabía también que vivía en medio de una inmejorable pobreza.

El entierro de El Diablo, mejor dicho, el entierro de Encarnación era un entierro de primera. ¡Cómo no va a ser de primera un entierro lleno de amigos! Ese entierro sacó del alma de los amigos coplas y décimas de despedida. Como a él le hubiera gustado. No fue enterrado en una cripta; fue depositado en un hueco.

Un grupo de niños de entre 8 y 12 años tocaba tambores y gaitas. Eran alumnos del difunto, si se puede llamar así a quien sigue viviendo en la memoria de su pueblo. “Se murió El Diablo-me dijo un doliente-

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Textos Escogidos -columnas, cuentos, novelas- [ Pág 11 ]

pero no se ha muerto el tambor.” Y era cierto. Esa herencia de África no moría entre estos descendientes de africanos orgullosos de serlo.

La otra cultura, la de “arriba”, nada sabía del tamborero mayor de Cartagena. Lo supo hace pocos meses “La Chica” Morales, que le dio al hombre un contrato modesto para que siguiera haciendo música y enseñara a hacerla. Cobró y quizá pagó deudas. Tal vez se emparrandó con sus amigos o dio para el mercado en esa casa de madera que se cae sola, donde viven de mala manera sus parientes. La otra cultura no sabe de esa otra, inmensa y anónima, desatendida siempre. Esos músicos se mueren sin pasar por las disqueras, sin entrar a las oficinas de la administración pública. Esos músicos son enterrados por su pueblo.

De la semilla que sembraron saldrán otros, igualmente anónimos y desatendidos, orgullosamente pobres.

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Cartagena y la Jet-set

Ya viene la jet-set, es decir, la “gente bella” o beautiful people del país.

Ya viene la avalancha de rostros conocidos, de famas reconocidas y fortunas quizá mal contadas por la Dian. Ya viene el espectáculo que hará las delicias de los “periodistas” del segmento último televisivo.

Por una semana o quince días, las plazas del “Corralito” se convertirán en vitrina. Y esas mismas plazas, públicas por ley, se volverán privadas por costumbre.

La “cachaquería” en “chingue” reconocerá haberse estado viendo todo el año en las mismas. Los bronceados serán perfectos y el ir y venir de las fiestas privadas a las discotecas de moda pondrán el ingrediente mundano en estos días. Cartagena se convertirá en la Costa Azul del Caribe. La gente “distinguida” del espectáculo y la industria, la política y el periodismo, hará de Cartagena un inmenso espejo para verse en los últimos días del año como se han estado viendo en los trescientos cincuenta y cinco días restantes. Es decir, para verse y reconocerse como ejes de una popularidad que cuesta más conservar que adquirir.

Cultura de tribu, así es esta cultura que reconoce a sus miembros por las marcas, por la fortuna bien o mal habida, incluso por la fortuna simulada de los parvenus, quiero decir, de los arribistas. Tribu que se reconoce por el yate, por la casita en las islas, por la casona colonial restaurada en el centro histórico que se convierte así en el ombligo del mundo. Tribu de ademanes más o menos uniformados, de costumbres regulares planificadas durante estos días: guayabo en la playa, almuerzo con pocas calorías, siesta larga, exhibición vespertina en una terraza, cena copiosa en un restaurante “in”, discoteca o fiesta privada, amores de madrugada...en fin...libros nunca leídos impregnados por el pegachento bronceador de cada día.

Si se hiciera la crónica secreta de estas vacaciones saldría un tedioso manual de actos milimétricamente repetidos, un directorio de nombres igualmente repetidos. El fin de año en Cartagena de Indias es un fin de año de “cachacos” que se invitan a sí mismos, de criollos que son invitados por sus amigos cachacos y de nativos de la plebe que ven en vivo y en directo a quienes han sido vistos por la televisión todo el año.

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Textos Escogidos -columnas, cuentos, novelas- [ Pág 13 ]

Nunca he comprendido del todo los rituales repetitivos de la jet set.

La he visto en la Costa del Sol y en la Costa Brava, en la Costa Azul y en la Cornisa cántabra, en Ibiza y en las islas griegas, en la Cerdeña italiana. Siempre en calidad de pobre invitado por ricos, he asistido a los rituales de la beautiful people. Y debo decir que lo que soy yo no vuelvo a caer en la tentación de asistir a tanto despilfarro de actos preconcebidos. Fiestas, lo que son fiestas, las prefiero con un poco de improvisación y altas dosis de locura, con ropa cómoda y barata y con la libertad de hacer lo que me da la gana. Que nadie me diga cuáles son las palabras que debo emplear, las frases que se acomodan a cada circunstancia.

Lo que la jet set hace en cada país es lo que bien o mal le ofrece el país.

Acomodada en un largo proceso imitativo, repite lo que otras de mayor pedigree hacen por el mundo. Si algo define a la jet set tercermundista es su capacidad imitativa.

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Ceremonias

La rutina, que es madre del tedio, manda que en muchas ceremonias se canten los himnos patrios, regionales, municipales y hasta los himnos de las instituciones. No hay evento provinciano donde no se entonen himnos que pocos se saben y muchos balbucean con tímidos movimientos de labios. Todo se hace de pié, siguiendo las instrucciones de un maestro de ceremonias que ordena sentarse cuando cada uno de los himnos llega a su fin. Como faltaba uno, ordena ponerse nuevamente de pie, lo que a menudo produce sonrisas entre los asistentes.

No sé cuándo se volvió costumbre este ritual. Lo que sí sé es que, a menudo, las ceremonias “patrióticas” resultan más largas que el objeto de la convocatoria. En posición de “firmes” y con la mano en el corazón, se cantan estrofas que aprendimos de niños y olvidamos de adultos; arden el alma regional y municipal cuando se tararean los primeros compases y se pronuncian las primeras estrofas. Sucede con frecuencia que arda más la llama del himno local que las del himno nacional, que el terruño estimule más que la patria. Apretado como queso y jamón entre dos rebanadas de pan, queda el himno del departamento, esa unidad de municipios que se acepta desde la división territorial sin causar conmociones en el corazón.

Está bien que seamos sentimentales y hasta sensibleros con las letras de himnos que nos reconcilian con la patria, la región y la localidad, que reconozcamos nuestra pertenencia a la institución que nos educó o que nos da de comer. Pero el problema no es éste. El problema reside en la tediosa repetición de la costumbre.

A mayor provincianismo mayor abundancia de himnos. Asistí a una ceremonia oficial en un corregimiento del occidente colombiano que tenía lugar en el patio de una escuela pública, evento patrocinado por un club social que pagaba el cóctel y los pasabocas, las escarapelas, los afiches y los pasacalles de promoción. Se cantaron el Himno Nacional, el Himno del Departamento, el Himno del Municipio al que pertenecía el corregimiento y, por supuesto, los himnos de éste, de la escuela y del club social.

Pero no se trata solamente de los himnos. A los himnos les siguen los discursos: del Presidente o su delegado, del Gobernador, del Alcalde,

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Textos Escogidos -columnas, cuentos, novelas- [ Pág 15 ]

del Corregidor, del Rector, del presidente del club. Entre himnos y discursos, el trópico aparece en su exuberancia musical y verbal.

Nuestro trópico es tan frondoso, nuestra naturaleza tan magnífica, que no hay ceremonia oficial donde no se entonen himnos y pronuncien discursos, uno a uno y en orden jerárquico, discursos desmedidos e inoportunos, como nuestras selvas recónditas, excesivas en su esplendor de siglos.

Algo parecido sucede con los protocolos que mandan mencionar, uno a uno y por orden jerárquico, a los asistentes a la velada. Todo esto se podría evitar con un digno “señoras y señores” o “amigas y amigos”, pero el celo de los funcionarios y las personalidades es tan grande que una omisión podría generar resentimientos y acciones vindicativas.

Una omisión o una mención en el lugar equivocado. Cuidado con no doctorar a los licenciados o a quienes no pasaron del bachillerato.

Entre himnos y discursos, aparecen tantos doctores que el verdadero título académico pierde su sentido.

Nada como un himno cantado ocasionalmente y en el momento oportuno. Es posible que remueva las fibras del corazón y la memoria afectiva. Pero los himnos, los discursos y los protocolos excesivos, sólo mueven la masa gelatinosa del tedio y la no menos tediosa y hasta ridícula naturaleza de las costumbres tropicales.

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Vudú

Creíamos que el vudú no pasaba de las costas del Caribe ni se adentraba en los vericuetos andinos; que seguía de largo por las Antillas y descendía a Brasil, haciendo su primera parada en San Salvador de Bahía. Suponíamos que, a duras penas, tocaba las orillas del Mississipi y se aposentaba en la afroamericana New Orleáns, burlando la vigilancia anglosajona de Tom Sawyer. Pero resulta que no.

La policía vial de Armenia se topó, en la carretera de Calarcá a La Línea, con un cargamento misterioso proveniente de Cúcuta. “Cayó carga de muñecos para vudú”, tituló ayer El Tiempo. “El cargamento, al que acompañaban 192 unidades de polvos esotéricos, 50 de limadura de oro y 24 lociones para limpieza interna”, viajaba en cuatro cajas de cartón rumbo a Pasto.

Entre el temor y la burla, los agentes no quisieron tocar la mercancía.

Y aunque la tenencia de estos productos no viola ninguna ley-uno es libre de practicar la brujería y practicar una religión-, un subteniente de la Dijin terció en el asunto diciendo que el decomiso se hacía para

“proteger la conducta moral y las buenas costumbres de las personas.”

Decretó así la muerte moral del vudú y de sus polvos mágicos, actitud que va en contravía de la libertad de credo religioso consagrada por nuestra Constitución.

¿Credo religioso el vudú? En un sentido amplio del término, sí: es una práctica de efectos sobrenaturales, una lucha del Demonio por suplantar a Dios, un ejercicio con rituales que algunos llaman “misa negra.” No en vano, se habla de magia blanca y magia negra, sin considerar que las maldades se atribuyen a lo negro y las bondades a lo blanco.

Si yo fuera el agente que ordenó el decomiso del cargamento, contemplaría la posibilidad de incluir la mercancía entre objetos de sospechosa finalidad terrorista. Nunca se sabe. Abriría al menos una investigación. Podría conjeturarse que, en virtud del daño que el vudú puede hacer sobre las personas metiéndoles el diablo en la mente y el cuerpo, estos polvos podrían estar destinados a actividades subversivas con un inédito modus operandi.

¿Qué tal que desde Pasto, destino final del cargamento, se empezara a fraguar una conspiración contra el Presidente, igual o peor que la

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Textos Escogidos -columnas, cuentos, novelas- [ Pág 17 ]

fraguada contra Antonio Nariño? ¿Qué tal que con métodos diabólicos se buscara envenenar el alma de grandes personalidades del Gobierno?

Lástima que mi amigo el escritor René Rebetez no siga vivo en su paraíso de Providencia, él que se dedicó a estudiar in situ los orígenes del vudú y su práctica en Haití y el Caribe, práctica que tiene derivaciones en la “santería” y el “ñañiguismo” cubanos. René no sería tan escéptico como los agentes que aceptaron no creer en brujas, añadiendo que, aunque no existen, que las hay las hay. Se tomaría en serio el asunto.

No sé si el brujo intelectual de la Casa de Nariño, José Obdulio Gaviria, haya enriquecido su portentosa masa intelectual estudiando un fenómeno que nació del encuentro de España con África. Lo cierto es que hay que pararle bolas al asunto porque, ¿qué hacen esos insumos del vudú viajando desde Cúcuta a Pasto?

Yo, de ellos, propondría una reforma al Código Penal y a la Constitución del 91 y buscaría en el Congreso la penalización de este contrabando.

Está visto que los honorables no se resisten a ninguna reforma propuesta desde el Ejecutivo. Y dado que se teme más lo que se ignora que lo que se desconoce, esgrimiría este argumento como un elemento más entre los argumentos que legitiman la política de Seguridad Democrática de Uribe. Una nueva modalidad de conspiración y rebelión, llamada vudú, habría empezado a hacer carrera en Colombia.

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La “antioqueñización”

Un editorial de El Heraldo, escrito por su nuevo director, el historiador y exvicepresidente de Colombia Gustavo Bell Lemus, volvió a sacudir el polvo de la alfombra. Se armó el tierrero y empezó la guazabara dialéctica. ¿Ha impuesto el Presidente Uribe la “antioqueñización”

del gobierno nombrando en altos cargos de su administración a un número excesivo de “paisas”?

Juan Gossaín alborotó el avispero en su noticiero radial. El escritor oficial y oficioso de Palacio, José Obdulio Gaviria, salió al ruedo a torear la baquilla y negó que existiera tal desequilibrio de regiones en la composición del gobierno. Dijo lo que tenía que decir, pues para eso le pagan: para escribir loas a la reelección del patrón, defender la política de “Seguridad Democrática” y escribir discursos que pronuncia el Presidente.

También hablaron Jaime Castro y Humberto de la Calle. El primero desde la oposición que está ejerciendo desde que publicara su libro contra la reelección, el segundo desde la tibieza a que lo obliga estar cerca del gobierno pero simulando que es un comentarista objetivo del medio de comunicación que lo acoja. Desde que perdiera el importante liderazgo que obtuvo en el gobierno Gaviria y en la Constituyente del 91, De la Calle, un intelectual de alto calibre, colabora con quien le ofrezca asesorías o puestos: Samper, Pastrana, Uribe.

Nunca se había hablado de tanto “paisa” en Palacio. No sé si estadísticamente existan mayorías antioqueñas en detrimento de la participación de otras regiones, pero lo cierto es que en consejos de ministros, restaurantes de pedigree bogotanos y “realities agropecuarios”, perdón, consejos comunitarios, se escucha más hablar paisa que cundiboyacense o costeño. No he escuchado en esos escenarios el acento llanero. Tampoco el acento del Pacífico, amplia y larga franja territorial que sólo existe en las políticas de orden público. Hasta en Santa Fe de Ralito, la voz cantante parece venir de un “despecho” de Darío Gómez.

No es que haya resucitado el regionalismo por boca de un historiador caribeño. Lo que pasa es que el “regionalismo” está en el origen de la nacionalidad y la nación debe ser un mapa de regiones con participación equilibrada en el poder. En Palacio y entre los premiados

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Textos Escogidos -columnas, cuentos, novelas- [ Pág 19 ]

con los espléndidos regalos en dólares que ofrece la Cancillería, se comen más frijoles y arepas que mote de queso, bocachico y sábalo, casi nadie consume “ternera a la llanera” o pusandao, ese plato caucano-nariñense que prepara mi amigo Antonio José Caballero.

Los mandamases del gobierno no saben lo que es un arroz de piangua o un sudao de toyo. Concha y tiburón no existen en la gastronomía de Palacio. Tampoco existen ministros, viceministros o embajadores indígenas y negros. Ni siquiera cónsules en las Antillas o África.

Como en los tiempos de Belisario, el aguardiente antioqueño, bebido de espaldas al Presidente que no bebe sino agua, es el licor preferido del apparatich. Ni siquiera Sabas, vallecaucano de Cartagena, ha vuelto a beber vodka con zumo de naranja. Pegdió el golpeao cagtagenero y a veces se le filtran cadencias antioqueñas.

El “país paisa” trabaja, trabaja y trabaja, ¡quién lo duda! ¿Es que en las demás regiones no se trabaja, o están sólo de “traba” permanente?

Lo que puedo asegurar es que “lo paisa” está de moda y la moda fue impuesta desde el alto gobierno. El antioqueño es ciertamente un acento contagioso pero más contagiosa es la tendencia a rodearse de paisanos. De paisanos estaba rodeado el Presidente cuando fue alcalde y gobernador, de paisanos cuando llegó a la presidencia.

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Pedro de Heredia

La historiadora sevillana María del Carmen Gómez ha vuelto a recordarnos lo que algunos sabían y otros han querido ignorar: que detrás del Adelantado don Pedro de Heredia se escondía un aventurero con sospechosa hoja de vida. El fundador de Cartagena no sólo era ducho en “trapicheos”(“ingeniarse, buscar trazas, no siempre lícitas, para el logro de algún objeto”), sino un tratante de esclavos y un avivato que pegó un formidable “braguetazo” al casar con mujer rica, viuda y mayor que él.

Dicen los historiadores que los hijos de la burlada, a quien don Pedro nunca volvió a ver al embarcar hacia América, hicieron lo imposible por recuperar la deuda contraída por el aventurero con su madre, pero que nada consiguieron.

Lo de negrero y experto en trapicheos no fue monopolio del Adelantado. La conquista de América fue un negocio en el que se invertía y se buscaba sacar beneficios colosales. “Hacer la América”

fue una profesión próspera a partir del siglo XVI. Don Pedro no iba a ser excepción a la regla. Ni pendejo que fuera.

“Braguetazo”- dice el Diccionario de la Real Academia- es el acto “de casarse por interés con una mujer rica.” Aunque lo hizo en la Península, de donde salió a buscar fortuna y no a dar clases de Tomística, don Pedro es un buen precedente de la picaresca. Como el Buscón de Quevedo, quien al final de su aventura embarca en Cádiz hacia América.

Notables personajes de la picaresca hispana perdieron el “oremus”

en las tierras recién descubiertas. La codicia no era pecado sino imperativo categórico. Metían en la propia bolsa una parte del botín y la otra se iba hacia la Corona. Germán Arciniegas ha descrito magistralmente el regreso de Jiménez de Quesada a la Península y el periplo de despilfarro que lo llevó por Europa, de taberna en taberna, de lupanar en lupanar.

Estos “caballeros de El Dorado” son el origen de la corrupción administrativa en América, perfeccionada en la Colonia. Se levantó un régimen de preferencias y privilegios que la República no pude sacudirse de encima. Metían mano en la bolsa del Soberano, es decir, del Estado, y acomodaban los informes a su antojo. Algunos fueron pillados en falta y condenados, aunque entonces no existieran

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Textos Escogidos -columnas, cuentos, novelas- [ Pág 21 ]

Contralorías que los investigara ni Fiscalías que acopiaran pruebas para remitirlas a los jueces. El camino que llevaba de las posesiones americanas a Madrid era largo y largas las mañas de los funcionarios.

La conquista no la hicieron santos sino pecadores, abundantes también en la Iglesia que ya en 1494 dio a los Reyes Católicos derechos de posesión territorial a condición de expandir la fe de Roma. Don Pedro, como muchos, como casi todos, no fue diferente.

Los cartageneros deberían estar conscientes que engrandecen la memoria de un mangante de altos vuelos. En su honor se bautizan avenidas, teatros y colegios. El “bragueteador” don Pedro, el Adelantado trapicheador, el negrero que al parecer tuvo derecho a cien esclavos, ensombrece las luces que han querido proyectarle a su figura. En honor a la verdad histórica, en cada monumento o calle que se le consagre, deberían escribirse en placa de bronce apartes de su expediente.

Aunque algunos historiadores, entre otros Alfonso Múnera (cf. El fracaso de la nación) han tocado el tema de la portentosa corrupción colonial, haría falta un libro entero para describir la ruta de los malos, torcidos manejos administrativos, en línea consecutiva hasta hoy. Se vería que, por tortuosas rutas y atajos, aunque hayan pasado 4 siglos, todos los caminos conducen a la Plaza de la Aduana.

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¿Política ficción o simplemente futuro?

El dinero empezará a rodar y el consumo de artículos suntuarios será tanto o mayor que el de las décadas de los 80 y 90. El sector inmobiliario, que llevaba años moviéndose entre alzas y caídas, se levantará como se levantan las altísimas torres que harán confundir Bocagrande con Miami.

El parque automotor crecerá a medida que crezcan las ventas de automóviles y camionetas de lujo, a un ritmo superior a la ampliación de la malla vial de las ciudades. A diferencia de otras épocas, habrá casi desaparecido el exhibicionismo desafiante de los viejos traquetos.

Estos nuevos ricos no quieren cometer las torpezas de los de antes.

Aunque les será difícil mantener un bajo perfil, pues todo el mundo comprobará con sus propios ojos que son hijos de la nueva ola de emergentes, se hablará de ellos en voz baja, no sea que se sientan heridos en su propia estima. La vida civil no cura de inmediato los tics de las prácticas militares.

Entre rurales y citadinos, seguirán con sus fincas y cultivos, a los que se añadieron otros, como la palma africana en el Chocó. Latifundistas de nuevo cuño fortalecerán el peso institucional, a medias gremial y a medias político, de federaciones que no fueron ajenas a la guerra.

Se sentirán amparados por la institucionalidad que los acogió en un proceso en el que la impunidad fue superior al castigo.

Tan amparados, que tendrán en Cámara y Senado a algunos antiguos cabecillas. Muchos de estos prohombres le deberán su curul a algún político tradicional que los acogió en sus listas. Tendrán puestos clave en las administraciones regionales y locales, pues con la aparición pública del colectivo nacido en Ralito en el año de gracia de 2005, se continuará el proceso iniciado pocos años atrás con métodos coercitivos.

Tendrán gobernadores y alcaldes, diputados y concejales, algo lógico cuando se tienen senadores y representantes. Algunos de elección popular, otros montados en el burro del poder mediante nuevos métodos “democráticos.” La criminalidad habrá descendido, en sus justas proporciones.

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La plata seguirá fluyendo por canales irregulares hasta que se lave y convierta a sus poseedores en pulcros caballeros de industria. El Padrino, tercera parte, será el libro preferido de los nuevos ejecutivos.

No sólo se ha legitimado un modelo político sino un modelo de economía. La violencia será entonces de otro cuño: vigilancia estricta de lo políticamente correcto donde haya dominio territorial, ya no armado como antes sino institucionalizado por la alta política.

Dado que el latifundio no ha sido afectado ni se ha obligado a sus titulares a devolver las tierras habidas mediante métodos criminales, el “país de propietarios” preconizado por el ex presidente Uribe será un país de grandes propietarios rurales con inversiones en el sector financiero y la industria. El dólar se mantendrá en sus bajos niveles de cotización, el peso revaluado incrementará las importaciones y los efectos dañinos del TLC suscrito en noviembre de 2005 lanzarán a las calles a un nuevo ejército de informales.

El crecimiento de la demanda selectiva aumentará una oferta no menos selectiva en vivienda y bienes de consumo. No sería extraño que el deprimido mercado del arte y la decoración de interiores viviera el apogeo de otros tiempos. No sería extraño que los hijos de estos nuevos ricos fueran a especializarse en Harvard, Princeton, Oxford, Cambridge y la London School of Economics.

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Nalgófilos

Un juez acaba de condenar a cuatro (4) años de prisión al mensajero Víctor Alfonso García por el delito de “acto sexual abusivo.” El drástico fallo es consecuencia de la denuncia penal interpuesta por Diana Marcela Díaz, estudiante de Contaduría a quien el mensajero tocó o acarició fugazmente las nalgas. Como es habitual en la comisión de este delito, el “delincuente”, que se movilizaba en bicicleta, trató de darse a la fuga, con tan mala suerte que fue aprehendido por agentes de policía.

Lo curioso del caso es que Diana Marcela decidió denunciar al agresor en lugar de abofetearlo, como, al parecer, le propusieron los agentes.

Y lo hizo, según ella, “para sentar un precedente.” Debió de haber pensado, con sobrada lucidez, que una bofetada al agresor no era un acto de justicia sino una venganza. Quería sentar un precedente en una costumbre extendida entre los hombres, sobre todo entre los colombianos y, en mayor medida, entre los colombianos del Caribe.

Al parecer, pocos hombres pueden obedecer la orden callejera de ver y no tocar.

El magistrado que pidió condena de 4 años debió de haber pensado también que, para sentar un precedente, el castigo, considerado excesivo por algunos letrados, tenía que ser un castigo ejemplar. Había que enviar señales de advertencia a los manilargos, aplaudidos casi siempre por los transeúntes cuando cometen esta clase de abusos,

“reos” casi siempre risueños cuando emprenden la huída.

Por supuesto que hay mujeres menos severas que Diana Marcela.

Toleran la costumbre y, a duras penas, persiguen durante unos pocos segundos al agresor, cartera voleada en mano. Se ríen con quienes celebran el ilícito, como se ríen entre nosotros todos aquellos que le ven un poco de ingenio a toda clase de ilícito.

No sé si la defensa del acusado va a apelar el fallo o si, en verdad, el mensajero va a cumplir la pena de prisión, donde seguramente encontrará a criminales menos ingenuos que él, condenados por violaciones o agresiones graves. En este caso, habría una injusta homologación de conductas. El pobre mensajero habría sido el chivo expiatorio en el propósito de corregir la tradición machista que no

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ve falta ni delito alguno en mandar alevosamente la mano al cuerpo femenino que se admira o se desea.

Muchas de nuestras costumbres se pasean entre la falta leve y el delito menor. Pero cuando la falta o el delito lesionan la integridad moral de una persona, en este caso de las mujeres, convertidas por fuerza de la costumbre en bolsa de arena para el entrenamiento de los impulsos masculinos, a la ley le corresponde poner freno al desafuero. Esto es lo que debe de haber tomado en consideración el magistrado del Tribunal Superior de Bogotá, Jorge Enrique Soto.

Es posible que la conciencia femenina de la dignidad y el reclamo indignado de no seguir siendo objeto de abusos masculinos sean hoy en día mayores y más firmes que la aplicación de las leyes que tipifican los delitos de abuso sexual. Muchos hombres creen que “una tocadita”

no hace daño a nadie, y menos si se trata de la fugaz tocadita de quien se moviliza en moto o en bicicleta. ¡Claro que hace daño! Todo aquello que se nos hace sin nuestro consentimiento es dañino, doblemente dañino cuando toca los terrenos de la sexualidad.

Muchas humillaciones se hacen primero sobre el cuerpo. Violaciones y torturas, por ejemplo. Pero muchas humillaciones, aceptadas como faltas menores, son precisamente las que los hombres le infligen por costumbre a las mujeres. La costumbre es ley, se ha dicho desde siempre, pero se dice pocas veces que es ley que muchas veces va contra la ley.

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Ciudades campesinas

El gran problema de muchas ciudades colombianas habría que buscarlo en el crecimiento de su población y en el origen de éste. En muy pocos años, pequeñas ciudades, más o menos manejables, de tejido social reconocible, empezaron a crecer aceleradamente gracias a las migraciones campesinas. En la última década, las migraciones forzosas, llamadas desplazamientos, empujaron este ritmo de crecimiento hasta volverlo incontrolable y vertiginoso.

El desarrollo urbanístico, improvisado en muchos casos, fue más rápido que el acomodamiento de los nuevos habitantes a una cultura urbana. Cuando aún no era indispensable moverse en la ciudad mediante complejas señales; cuando desplazarse de un lugar a otro no significaba circular por intrincadas redes de avenidas, calles y atajos, era posible llevar una vida a escala humana.

Muchas ciudades provincianas de hace 30 años crecieron y con el crecimiento acelerado desapareció una de las más deliciosas fantasías ciudadanas: la de vivir en un lugar donde todos se conocen. Y aunque en el imaginario de algunos sectores sociales se siga creyendo que la ciudad de antes es igual a la de ahora, que “aquí todo el mundo se conoce”, se trata, en este caso, de grupos sociales que a partir de cierto momento decidieron no conocer más gente que la conocida desde siempre. Esto le ha sucedido a muchas élites sociales, candorosamente ensimismadas.

En unas ciudades más que en otras, el crecimiento urbanístico y de población no significó la adaptación a nuevas formas de vida y a nuevos códigos de comportamiento. Así que lo primero que distorsionó el crecimiento de las ciudades fue el sentido de las distancias. Lo que había estado cerca empezó a estar muy lejos.

El mapa de la ciudad, que se podía abarcar y memorizar con la mirada, se salió del campo de visión, se expandió hacia los extramuros y se volvió inabarcable. Los viejos siguieron entonces creyendo que la ciudad era la de antes, la de ellos, y no la de esos bárbaros que llegaron a dañarles la fiesta.

No es raro encontrar a mucha gente que, ante la imposibilidad de acomodarse en una topografía mucho más extensa, decida confundir su barrio con la ciudad. Su tejido de relaciones sociales seguirá siendo

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el mismo. Seguirá entonces creyendo que “aquí todo el mundo conoce a todo el mundo.”

Si esto sucede en las personas que desde siempre estuvieron en el origen de las ciudades, cosa muy distinta sucede entre quienes llegan subidos en las olas de las migratorias. En poco tiempo, la población foránea será mayor que la autóctona. Siendo estas migraciones de origen rural, las ciudades se van a encontrar con el problema de acomodar en su precaria vida urbana a inmensas poblaciones de costumbres campesinas.

Gran parte del caos urbano, de la incapacidad de respetar señales de tránsito o de asumir comportamientos más o menos ordenados, de desconocer las señales que han sido concebidas para darle fluidez a la vida diaria, se debe al hecho de que los campesinos que llegaron a vivir a las ciudades no han sido educados para vivir en ellas. Nadie le enseñó a Tarzán a distinguir los bejucos de la selva de los cables de alta tensión.

Los antiguos habitantes de la pequeña ciudad arcádica aprendieron insuficientemente las señales de la complejidad urbana. Como todo era tan pequeño y cercano, ni siquiera era indispensable aprenderse las señales de tránsito. Como todos se conocían, todo se siguió arreglando “por las buenas”, con la mano escondida de las influencias y de espaldas a las leyes y códigos. A una insuficiente educación citadina se le sobrepuso una absoluta ignorancia de los códigos que regulan la vida urbana.

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Golpizas

Las imágenes vistas en la televisión y la prensa escrita no podían ser más impactantes. Horas antes de los hechos, Lizzeth Ochoa y Rafael Dangond Lacouture posan sonrientes. Si no hubiera sucedido lo que sucedió, los cronistas sociales podrían haber puesto un pie de foto que destacara la juventud y la belleza de la pareja que festejaba en un club de pedigree.

Pero esta foto no es sino la primera de una serie, de la cual conocemos sólo una imagen: el rostro lleno de moretones, la belleza apaleada de Lizzeth. De las apariencias de felicidad a las evidencias de la desgracia.

Pero, ¿qué hay detrás de estas vidas, cuál es el motor que mueve esta clase de violencia?

Los ricos también pegan, podría escribirse con amarga ironía. Hasta donde se conoce, es más frecuente que se publiquen hechos de esta clase ocurridos entre los pobres y en miserables viviendas donde se sobrevive con frustraciones y rencores. Y no porque no suceda en las altas, sino porque la violencia intrafamiliar de los ricos viajo a menudo detrás de vidrios polarizados.

Lo insólito de este hecho, lo que lo ha vuelto doblemente escandaloso, es que sucedió en un club de la clase alta y que el protagonista tiene dos apellidos ilustres. ¿Ilustres por qué? Porque vienen, probablemente, de una época en la que los inmigrantes europeos eran aguerridos viajeros que arrimaban sus naves llenas de contrabando a Riohacha o Cartagena. No puedo asegurarlo, tendría que consultarlo con la historiadora María Teresa Ripoll, rigurosa investigadora del tema.

Hoy todos sabemos que los ricos también golpean a sus mujeres y que los celos no son fácilmente controlables, que la naturaleza humana guarda una reserva de violencia y que, por lo general, la emplea para apalear o destruir a los más débiles. Lo que no conocemos es el número de casos ocurridos en los estratos altos.

Los celos que empezaron como folletín farandulero acabaron, en este caso, en pruebas para un proceso penal. Si los familiares de la víctima no hubieran tenido el coraje de denunciarlo, la prensa y sus páginas sociales sólo habrían conocido la foto en la que la pareja posa arrunchadita y sonriente.

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Gracias a la entereza de esta familia, el país ha empezado a saber que la justicia no siempre es drástica con esta clase de violencia. ¿Que el agresor era conocido como una persona violenta? Eso no justifica nada.

¿Qué eran conocidos sus antecedentes de agresividad? Tampoco es atenuante. ¿Que llamó y pidió perdón a la víctima? El remordimiento no borra el tamaño de la culpa.

Entrevistada ayer por “la W”, Lizzeth expuso con tono generoso las circunstancias de su caso. Ahora lo entiende como un sórdido ejemplo de lo que debe ser tomado muy en serio por la justicia y por las mujeres que siguen siendo golpeadas y guardan silencio por miedo. Por miedo o por la vana esperanza de poder cambiar un día el comportamiento de hombres violentos. “Lo mío sirvió para algo”, dijo la joven ultrajada con admirable tono pedagógico.

La complejidad de la conducta humana, el vaivén entre la mansedumbre y la violencia, la manera como los mansos dan el salto a la violencia, todo esto puede ser materia de tratamientos médicos y psicológicos, pero para que ello suceda hay que aceptar la existencia de la enfermedad.

“No sé qué me pasó”, se excusan los violentos. “Perdí el control”, le dicen al policía, al fiscal o al juez. “Estaba endemoniado”, dijo Rafael Dangond Lacouture. Si es así, esto se debe saber con solvencia científica en un proceso, cuando el culpable de agresiones intrafamiliares sea juzgado en los tribunales.

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Afrodescendientes

“Por primera vez en seis años-informó Colprensa-, la Casa de Nariño sirvió de escenario para conmemorar el Día de la Afrocolombianidad.”

Lo probaba una imagen del Presidente de la República saludando a sus invitados, elegantemente vestidos para el acontecimiento. ¡Y qué acontecimiento! ¡La primera vez en seis años!

Para un hombre con memoria tan extraordinaria como el Presidente, el olvido de seis años no tiene explicación. Y no la tiene, sobre todo, si se precisa que la población afrocolombiana pasa del 25% del total de la población nacional. Y que en campañas para la elección del 2002 y la reelección del 2006, el Presidente debió de haber viajado al Chocó y a todo el litoral Pacífico, a Buenaventura, Tumaco y Guapi, a Cartagena y Barranquilla e incluso a San Basilio de Palenque.

De repente, iluminado por un viaje a Estados Unidos y acicateado por tensas conversaciones con la bancada afroamericana del Congreso norteamericano, Uribe recordó que en Colombia existían afrodescendientes. Regresó y nombró Ministra de Cultura negra, y de manera un tanto grosera, empujó hacia la puerta de salida a doña Elvira Cuervo de Jaramillo.

Nombró ministra y viceministro porque se lo pidieron en Estados Unidos. Y si no se lo pidieron, entendió que se lo estaban pidiendo, mejor dicho, exigiendo, porque los afroamericanos de Estados Unidos sí conocen las estadísticas y la composición de la población colombiana. Por eso corrió a improvisar en su agenda étnica, a meter rapidito y a la carrera a personas calificadas de la comunidad afrocolombiana.

Todo esto es vergonzoso. No porque se haya acordado de repente de la existencia de profesionales capaces al interior de ese 25% de la población colombiana, sino porque nombramientos y celebraciones los hizo por el interés práctico de quedar bien ante una comunidad extranjera donde se negocia el éxito del TLC y el Plan Colombia. Si en Washington no le hubieran recordado que en Colombia existían negros con derechos civiles y capacidades para hacer parte del gobierno, Uribe hubiera seguido ignorándolos.

La reflexión anterior no demerita a la joven ministra de cultura. Su hoja de vida académica es notable. Pero la de cultura es una de esas carteras

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donde se entra a veces a aprender lo que no se conoce, algo que sería catastrófico si se hiciera, por ejemplo, en Hacienda o en Educación.

Por eso se eligió el nombramiento en Cultura y no en otro ministerio.

Es posible que para muchos afrocolombianos estos nombramientos sean muy honrosos. Creo lo contrario. Fueron hechos, no por un reconocimiento sincero a los méritos personales o para equilibrar la descompensada balanza democrática, sino por la fuerza de unas circunstancias que, repito, deben más a exigencias del exterior que a políticas interiores. Yo diría que la “nueva” política del Presidente ante las comunidades afrocolombianas es sencillamente humillante.

Humillante, aunque mañana le pida a José Obdulio Gaviria la redacción de un discurso en el que se demuestre la vocación pluralista y pluriétnica de la administración actual. Y, tararí tarará, el consejero traiga a cuento la letra de la Constitución Política de Colombia, algo que no pudieron conseguir los parlamentarios chocoanos, tan calladitos y uribistas todos ellos.

En el fondo de su corazón grande (¿saben ustedes que en cardiología grande es un corazón que funciona insuficientemente?), el Presidente sabe que hizo, forzado y a las carreritas, algo que nunca concibió en su agenda de gobierno

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Cartagena según Pirry

Nada de lo mostrado en el documental de Pirry, emitido por uno de los canales privados de televisión, es desconocido en Cartagena. Sucede que, sabiéndolo bien y con mayores detalles porque esas realidades se viven diariamente, muchos prefieren ignorar que allí se está cocinando desde hace años un caldo de catastróficas desigualdades sociales.

Creo que las agencias turísticas hacen su trabajo y lo hacen de la mejor manera: destacan con razón aquello que puede ser disfrutado y vendido, que es mucho en esta ciudad de contrastes. Con el tiempo, sin embargo, lo vendible podría no ser tan vendible.

Si la crisis social y ambiental continúa, de las periferias de hambre saldrán multitudes a ganarse la vida con el rebusque o la delincuencia.

El rebusque ya hace lo suyo: calles y aceras de la ciudad, de cualquier sector de la ciudad, dejaron de ser espacios públicos para convertirse en escenarios del trabajo informal.

En Cartagena-como en otras ciudades colombianas- existen dos focos de contaminación y depredación ambiental. El de arriba está promovido por agentes de la usura urbanística, diestros en los negocios con fichas de la administración pública... Y el de “abajo” no mide los alcances de los destrozos porque su lucha diaria no es para mañana sino, desesperadamente, para hoy.

La pobreza extrema acaba convirtiéndose así en la más infame de las contaminaciones ambientales. Reproduce las desigualdades y da cabida a los resentimientos. También a la violencia. Si no se reduce esa brecha, ciudades vitrina como Cartagena acabarán siendo habitables sólo mediante un severo sistema de segregación y vigilancia.

Y si la delincuencia continúa creciendo al ritmo actual, a corto plazo se exigirán mayores inversiones en seguridad; si la prostitución de menores de ambos sexos aumenta como oferta turística, las enfermedades de transmisión sexual serán un frente alarmante en los servicios de salud pública, escandalosamente insuficientes.

Prostitución callejera y delincuencia común serán socios de una misma empresa. Esto mermará la calidad del turismo y el entusiasmo de la inversión internacional. Se volverá menos convincente la

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promoción de Cartagena como ciudad segura, a menos que se blinden las fronteras de la ciudad turística.

¡Imagínense ustedes las antiguas “bocas”, baluartes y murallas coloniales convertidas en puestos vigilados y en argumento disuasivo ante las “invasiones” de extramuros! ¡Imagínense ese escenario terrible! No olviden que el futuro es la suma de las cifras del presente.

Aunque se siga cultivando la vieja hipocresía según la cual “los trapos sucios se lavan en casa”, los “Fantasmas en la ciudad de piedra”- el documental de Pirry- siguen despertando una inútil polémica sobre la conveniencia de hacer públicas estas miserias.

No sé lo que estén pensando de la ciudad algunos candidatos a la alcaldía. Son políticos profesionales. Algunos tienen avales de partidos o familias comprometidos con la parapolítica y un sector inescrupuloso del empresariado. Se sabe que habrá mucho billete destinado a la compraventa de votos. ¡Ya veremos!

Menos mal que el “El Universal” de Cartagena dedicó su editorial del lunes pasado a ese trabajo periodístico. “Es hora de dejar de andar con los ojos tapados, como los caballos cocheros”, escribió el editorialista del influyente diario regional. “La ciudad tiene que enfrentar su realidad.” Enfrentar su realidad y saber que no hay remedio posible a ninguna enfermedad si escondemos al paciente debajo de la cama.

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Germán Espinosa

Germán Espinosa (Cartagena, 1938-Bogotá, 2007) era el hermano mayor de una generación de escritores que empezamos a publicar libros en la década de los sesenta. El hermano mayor y el más clásico entre todos, si clásico es, en un escritor vivo, el anuncio de su permanencia en el tiempo.

Desde sus cuentos de La noche de la trapa (1965), Germán se apartó de las corrientes dominantes de la narrativa latinoamericana, sobre todo de los escritores del llamado boom. Se inclinó hacia corrientes literarias que venían de Darío, Lugones, Felisberto Hernández y Borges. Esos cuentos preferían una corriente imaginaria que debía tanto a Edgar A. Poe como a los simbolistas franceses y modernistas hispanoamericanos.

La publicación de Los cortejos del diablo (1970), su primera novela, instaló a Espinosa en una de sus obsesiones; la recreación imaginaria del siglo XVIII y de la historia colonial de Cartagena de Indias. Fue su primera novela de difusión internacional y la primera traducida a varios idiomas. Pero no fue sino con La tejedora de coronas (1982) cuando la obra de Espinosa se proyectó como una de las más esenciales de la novela colombiana de todos los tiempos.

A partir de entonces, novelas, libros de cuentos y ensayos de Espinosa fueron obras de referencia obligada en nuestro panorama literario.

Dos de sus libros de cuentos, Noticias de un convento frente al mar (1988) y Romanza para murciélagos (1999), se sumaron a una obra narrativa que volvía a las grandes obsesiones de la Historia y a temas poco frecuentados por la literatura colombiana. Tal es el caso de El signo del pez (1987), una novela “religiosa” sobre los orígenes del cristianismo.

Poeta tardíamente modernista; ensayista académico a quien la academia oficial desdeñó con más mezquindad que desidia, Espinosa dio siempre la impresión de ser un escritor mayor, “viejo entre jóvenes”, le dije con cariño alguna vez. Todos reconocíamos el rigor “cartacachaco” de su personalidad, la prosopopeya de su fraseo, la riqueza arcaizante de su lenguaje literario y oral, el talante caballeresco con que concebía la amistad, su desconfianza ante las

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experimentaciones vanguardistas y, hay que decirlo, el alto concepto que tenía de su propia obra.

Conocíamos, también, su inacabable erudición. No exagero: Espinosa era, desde la publicación de La tejedora de coronas, el clásico vivo de la literatura colombiana. Escribió muchos libros, algunos probablemente prescindibles. El volumen de sus Cuentos completos (Arango Editores, 1998) contiene muchas narraciones perdurables. No sucede lo mismo con su poesía, deliberadamente rezagada en el tiempo de los temas y estilos contemporáneos, pero curiosa y extraña por salir en gran parte del simbolismo francés y el modernismo hispanoamericano.

Espinosa no hizo nada distinto a escribir y tratar de vivir de su escritura, excepto cuando disfrutó de una breve temporada como diplomático. Sin embargo, si algunos rasgos definían su personalidad, esos fueron la lealtad y la altivez. La primera, para darla y exigirla a sus amigos; la segunda, para protegerse de las mezquindades de sus contemporáneos.

Josefina, su esposa, y sus hijos Adrián y León, estuvieron en el centro de una vida digna y sin servidumbres. La muerte de Josefina, ocurrida hace dos años, fue el principio de un final que el escritor sintió cerca, pues con ella desaparecía el más cercano y entrañable de sus bastones, no el de madera que le sirvió para apoyarse y blandirlo como espada en alguna de sus rabietas, sino el bastón de una vida con más de cuarenta años de complicidades y amor.

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Turismo y ciudad

¡Bienvenidos, señoras y señores! Oportunidad como ésta no se dan todos los días. Para que nuestros visitantes se lleven el mejor de los recuerdos, previsivos que somos, tapamos los huecos de las calles por donde pasarían ustedes. Si no tapamos las otras, esas que quedan por ahí en los alrededores, es porque ustedes no se merecen el paseo.

Para darles la bienvenida engalanamos los monumentos de la ciudad a última hora, para que parecieran nuevecitos. Y aunque no pudimos ordenarle a la Señora Marea que detuviera su furia, creemos que los señores invitados van a encontrar pintoresco el aspecto veneciano de nuestras calles centrales. Vayan y díganselo al mundo: Cartagena es una ciudad lacustre. Sólo falta que el alcalde Curi salga del Palacio de la Aduana en canoa, algo que se nos olvidó poner en la agenda.

¡Bienvenidos, señores y señoras! Si por casualidad salen del centro amurallado, no crean que es por culpa nuestra que la malla vial esté como está, como un Irak bombardeado. No, lo que pasa es que afirmamos así nuestra identidad tercermundista, un ítem que olvidó la UNESCO, En algo tenemos que diferenciarnos del Primer Mundo. Por eso estamos pensando si seguimos o no con Transcaribe, un modelo copiado de los cachacos. Mientras lo pensamos, suspendimos las obras del segundo tramo roto de calles y dejamos la primera fase inconclusa, para que los visitantes nos aconsejen si seguimos o paramos.

Disfruten de nuestra oferta gastronómica y de nuestro jolgorio folclórico. Disfruten de la borrachera de fritos, rones, cumbia y bullerengues. Disfruten de nuestras “pelaitas”, que antes de ustedes lo vienen haciendo españoles e italianos, “a precios muy módicos.”

Vean nomás esos formidables edificios, como copiaditos de Miami;

miren cómo crece la ciudad hacia el norte, cómo se la ganamos a la ciénaga y al mar, que tienen la mala costumbre de invadir. Por eso los invadimos primero. Este modelo de desarrollo urbano nos está dando dividendos. ¡Pa´qué tanta agua y mangle! Los que creían que esto era una burbuja, se equivocan: es una campana inmobiliaria de oro. ¡Oro en el lodo!

Un día conseguiremos lo que venimos buscando con inversiones, arquitectos y restauradores: que el centro amurallado sea un hermoso

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conjunto de hoteles-boutiques, a más de USD4.000 m2, y que los que vivieron siempre allí se vayan a la periferia, como lo están haciendo los de La Boquilla.

Seamos sinceros: todo en aras del progreso y de nuestros formidables negocios. Si volvimos edificios inteligentes lo que antes era “corral de negros”, lo que haremos hacia el Anillo Vial no será ni la sombra de eso. Seremos la Florida del Caribe colombiano. Sectores importantes de la economía, por ejemplo las “lavanderías”, empujarán el vagón de este progreso.

Si se tropiezan con muchísima gente pobre y con niños que parecen de Biafra, con casitas ingeniosamente hechas de latas podridas y plástico, no se engañen: no son de aquí, los importó la violencia. Si pasan frente a los ranchitos de la Perimetral que a buena hora nos regaló el Presidente, no piensen en los 30 millones de dólares que costó. Evitamos que los pobres siguieran ocupando la ciénaga con rellenos mal hechos. Para rellenos bien hechos, hablen con nosotros.

Si quienes nos honran con su visita vuelven dentro de 5 años, verán lo que habremos hecho con la miserable franja de casuchas que bordea la Ciénaga: habremos construido allí lindas residencias con su paisaje de aguas, ahora podridas, mañana transparentes. ¡Promesa de constructores! Óiganlo bien: promesa. ¡Y que disfruten de la estancia!

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Convivencia

La joven bajó a tomar el sol en la piscina del edificio. Se extendió encima de la toalla y puso su música favorita. Al rato llegó una mujer más madura que ella. Podría ser su madre. Saludó comedidamente, escuchó graves, altos ruidos monótonos y le pidió el favor de bajar el volumen. La joven hizo un gesto de fastidio y cerró los ojos.

La mujer soportó la música unos minutos pero, irritada por la altanería de la muchacha, subió a su apartamento dejando en la piscina toalla, bronceador, gafas de sol y revista. Regresó casi de inmediato con una grabadora, propiedad de su empleada. En silencio, sintonizó una emisora que emitía música que, por otra parte, no era de su agrado.

Llevó el volumen al máximo.

A metros de distancia, la muchacha se mostró agredida por la música de la vecina. No dijo nada. Subió el volumen de su pequeño equipo.

Ninguna de las dos mujeres podía escuchar ya nada. Lounge y reguetón se interferían. Ninguna de las dos disfrutaba ya del sol ni de la música. Disfrutaban por haber conseguido que ninguna de las dos disfrutara.

Dos días más tarde, en el mismo edificio de apartamentos, el Vecino X telefoneó al Vecino Y. Lo había visto y saludado varias veces en el ascensor. Ahora le pedía que, por favor, bajara un poco el volumen de la música. Era medianoche y no podía dormir. No entendió la respuesta del Vecino que festejaba. Colgó y volvió a llamar más tarde, suplicando lo mismo. “Lo siento-dijo Y-, en mi casa hago lo que me da la gana.”

Dado que los dos apartamentos tenían cocinas vecinas, muy temprano, a la mañana siguiente, el Vecino X, que no había conseguido dormir, se levantó, trasladó el equipo de sonido a su cocina y abrió la ventana.

Puso a todo volumen un disco de los Rolling Stones y su mujer empezó a hacer el desayuno. Al rato llamaron a su puerta. Era Y, en levantadora:

ojeroso, trasnochado y con tufo. Le pedía que bajara el volumen de la música. Que tuviera consideración, eran las siete y cuarto de la mañana de domingo y nadie en su casa podía dormir.

X sonrió y cerró la puerta en las narices de quien había venido a exigirle lo mismo que no había querido conceder la noche anterior.

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Pero lo que podría haber acabado en empate pasó a mayores. En los días siguientes, como si cada vecino conociera la rutina de sueño y vigilia del otro, se dedicaron a poner música a todo volumen, tarde en la noche o muy temprano en la mañana.

La situación tenía dos salidas: se seguían haciendo daño o trataban de arreglar por las buenas un asunto que la administración del edificio no había podido arreglar porque los residentes se habían dividido y daban la razón a uno y otro vecino. Daba la casualidad de que la joven y la mujer adulta de la piscina eran hija y esposa de los vecinos en disputa.

Ninguno quiso poner denuncia en la Fiscalía, ni siquiera quejarse ante la policía. Siguieron haciéndose daños psicológicos y odiándose cada día más. Supe que las dos familias ya no se hablaban y que la joven había dejado de saludar al muchacho que iba a su misma universidad porque era hijo de la mujer adulta y del vecino que seguía haciéndole la guerra a su padre. Mejor dicho, a su familia.

Supe, hace poco, que la lata de los carros de ambos vecinos amaneció misteriosamente rayada, pero ninguno de los propietarios tenía pruebas para acusar al otro ni se supo quién había comenzado la gracia. Luego supe que, al encontrarse en el garaje, los vecinos de marras se insultaron a gritos antes de irse a las manos. “Si hubieran estado armados-me dijo un testigo-, se hubieran matado.” Supe que siguen “viviendo” en el mismo edificio.

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Pobres y tugurios

Decir-como dice un empresario de Cartagena- que el tugurio “empieza en la mente de quien lo habita”, no exime de la vergüenza de ver a millones de pobres viviendo en un patético escenario de desigualdades sociales llamada tugurio. Esta percepción idealiza y falsifica, quizá con buenas intenciones, la realidad de la pobreza. Ninguna “tabla de valores” ni “habito de vida” modifican la desdicha de ser pobre y vivir en tugurios.

Invierto la argumentación: la mansión no empieza en la mente de quien la habita sino en las circunstancias que hicieron posible vivir en la mansión. La parábola cristiana que promete a los pobres un lugar seguro en el reino de los cielos, no ha hecho el milagro de disminuir las condiciones tuguriales en que viven millones pobres. Los ha vuelto quizá más resignados y creyentes, pero no menos pobres.

Los pobres que viven en tugurios tienen momentos de alegría. Pero alegría y festejos no quitan la desdicha de saberse pobres y vivir en tugurios. Decir que el pobre “no se siente tan desdichado como piensan quienes lo observan”, es una manera de rebajar la cuota de responsabilidad que arrastra el modelo de sociedad que multiplica el número de pobres.

Pobreza y tugurios no son problemas de la mente. Si no existen circunstancias exteriores que produzcan cambios en la mente de los pobres, los pobres seguirán viviendo mentalmente en tugurios, aunque de vez en cuando festejen. Y a veces festejan mucho, como para distraer la pobreza.

La pobreza extrema reduce las funciones de la mente y las pone al servicio de actos de supervivencia material. Por eso los “cambios profundos en la manera de ser” de los pobres no se darán por generación espontánea sino gracias a cambios radicales en las relaciones benéficas que tengan con la sociedad, con la educación, con la vivienda, con el trabajo, con la salud, con los ricos, sí, con los ricos, con la dignidad de saberse integrados al mundo.

Los contenidos de la mente humana no son anteriores sino posteriores a las realidades que vivimos. Nadie se comporta como si viviera en un hotel de cinco estrellas si vive siempre en un tugurio.

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El hacinamiento y la insalubridad no sólo estimulan la agresividad:

rebajan la autoestima. En el tugurio, los pobres están más expuestos a la violencia intrafamiliar que los ricos, aunque los ricos también peguen.

La “reeducación” de la persona empieza con el cambio radical de las circunstancias que “educaron”. Sostengo una hipótesis: la pobreza existente en el mundo debería “reeducar” a los ricos para que fueran más justos y menos altaneros en la acumulación de sus riquezas y en los medios utilizados para acumularla.

No se trata solamente de que un niño pobre asista a un colegio. Se le tiene que ofrecer educación de calidad. El niño pobre no debe tener motivos para aumentar la deserción escolar. El padre pobre tampoco debe tener motivos para sacar a su hijo de la escuela y ponerlo a trabajar.

El niño que no va a la escuela y no aprende porque se duerme, porque ha comido y dormido mal y tal vez tenga paludismo, parece “menos”

desdichado cuando lo vemos jugando en los caños putrefactos de su barrio. Pero este hecho-jugar-no mitiga la desdicha de ser pobre y vivir en un tugurio.

La mente humana no es una caja llena de ideas preconcebidas, sino un recipiente cuyos contenidos vienen de lo vivido. Sí, a veces los pobres parecen menos desdichados, de la misma manera en que, a veces, los ricos no parecen tan felices. Y no es por sus “tablas de valores”.

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Pescadores

Nací viendo pescadores en las orillas del Pacífico. Pescadores de anzuelo, chinchorro y atarraya, pescadores artesanales que derivaban el sustento e la faena diaria. Conocí también manos y brazos mutilados de pescadores que habían violado las normas y pescaban clandestinamente con dinamita. Se decía que ese era el castigo recibido por el ejercicio de la temeridad y la avaricia. No sólo perdían manos y brazos, perdían en placer de haberse ganado el pan con honradez.

Desde que vivo en Cartagena, veo a los pescadores artesanales de La Boquilla, que extienden el trasmallo en las orillas de Crespo. Muchas veces me he puesto a mirar el resultado de la faena. Conozco la decepción de los pescadores cuando en la red sólo cae morralla, centenares de peces pequeñísimos que los pescadores no devuelven al mar. Algunos los acumulan para venderlos a las sabaleras. Otros los dejan en la playa para que sean devorados por las garzas o los alcatraces.

Alguna vez me acerqué a los pescadores y les dije lo que seguramente les han dicho en muchas ocasiones: que devolvieran al mar lo que abandonaban en la playa, que esas pequeñitas piezas crecerían y más arde serían ejemplares grandes y robustos. Uno de los pescadores me dijo que él no sabía si estaría para entonces vivo. Lo dijo y se rió, como si se burlara de mí.

He visto la felicidad ante una buena faena, pero, si hago cuentas de los resultados de esta actividad sencilla y tradicional entre la gente humilde y pobre de nuestras costas, diría que cada día que pasa queda menos que pescar. Menos que pescar y menos sitios donde hacerlo Sin embargo, lo siguen haciendo. No saben hacer otra cosa y ese el oficio que heredaron de sus padre.

Sería hora de preguntarse por lo que harán esos pescadores artesanales el día en que las orillas donde siempre pescaron estén repletas de turistas. Ni siquiera los imagino yéndose con sus trasmallos a otras orillas porque la voracidad urbanizadora va dejando poco espacio marino a los pescadores tradicionales. Los pescadores artesanales son, pues, una especie en vías de extinción.

Seguramente quedan en el mundo orillas marinas donde pescar siga siendo una hermosa actividad y el trabajo productivo de comunidades

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