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04-Gesell, Arnold - El infante, cap 2

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Academic year: 2020

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Arnold Gesell

Ex director de la Clínica de Desarrollo Infantil de Yale

FRANCES L. ILG

Directora emérita del Instituto Gesell de Dssarrollo Infantil

LOUISE BATE5 AMES

Codirectora del Instituto Gesell de Desarrollo Infantil

- JANET LEARNED RODELL

Ex directora de la Escuela Gesell de Orientación Preesccolar

EL INFANTE Y EL

NIÑO EN LA

CULTURA ACTUAL

GUIA DEL DESARROLLO EN EL HOGAR Y EL JARDIN DE INFANTES

Capítulo 2

EL CICLO DEL DESARROLLO EN EL NIÑO

Hace unos 3000 millones de años, una masa ígnea fue probablemente expulsada del Sol. Desde entonces esa masa, que es hoy nuestro hogar terrestre, ha estado girando alrededor de su propio eje. Añotras año, día tras día.

Hace aproximadamente mil millones de años, aparecieron en las aguas que bañaban la Tierra las formas más simples de vida animal. Hace un millón de años, un hombre primitivo caminó por la superficie de la Tierra. Han transcurrido pocos miles de años desde que los descendientes de ese antepasado empezaron a nombrar las estaciones del ciclo anual y las horas del ciclo diurno. Tan sólo ayer el hombre tuvo un atisbo de su antigüedad como raza y de los orígenes de su propio ciclo vital. Ese ciclo vital es muchísimo más complejo que las órbitas de la Tierra y el Sol; pero, tal como los cuerpos celestes, el ciclo de la vida es gobernado por la ley natural. Por su inflexibilidad y su precisión, las leyes del desarrollo pueden compararse con las de la gravitación.

ETAPAS Y EDADES

El ciclo de la vida de un niño empieza por la fertilización de un óvulo. Esa partícula casi microscópica sufre prodigiosas transformaciones. En rápida secuencia, pasa a ser un embrión vivo y palpitante, un feto, un neonato, un bebé, un niño que da sus primeros pasos, un preescolar, un escolar, un adolescente, un adulto. En sentido biológico, el ciclo vital está próximo a completarse cuando el individuo ha madurado lo suficiente como para producir células germinales capaces de perpetuar la especie.

En una cultura moderna, empero, la madurez psíquica representa una condición más avanzada. Se la puede definir como aquella etapa de la madurez personal en que el individuo es capaz de asumir la responsabilidad de la paternidad. Ese tipo de madurez es de larga adquisición. En tiempos más primitivos, se tardaba menos en alcanzar la edad adulta. La civilización prolonga el período de "infancia"; ella misma depende de esa prolongación.

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desarrollo, como el tiempo, sigue su marcha. Ello no nos impide, sin embargo, distinguir en el ciclo de desarrollo momentos significativos que marcan avances hacia la madurez.

Tal es una de las razones por las que festejar los cumpleaños se ha convertido en una costumbre cultural. Cada aniversario marca una revolución más en tomo del Sol, pero también un nivel de madurez superior. Madurar exige tiempo. Mediante la edad expresamos la cantidad de tiempo consumida. Las diferencias de edad ocupan lugar prominente en las prácticas sociales y en la legislación. Tal es el criterio científico y cultural para definir las etapas de madurez en términos de años de calendario.

Reconocemos, desde luego, que el factor individual es tan poderoso que no hay dos niños de la misma edad exactamente iguales entre sí. Pero las variaciones individuales se ciñen de cerca a una tendencia central, pues las secuencias y el plan básico del crecimiento humano constituyen características relativamente estables. El estudio de cientos de infantes y preescolares normales nos ha permitido establecer las tendencias de desarrollo conductual correspondientes a las edades medias. Pensamos en el comportamiento en función de la edad, y en la edad en función del comportamiento. Para cualquier edad determinada, es posible bosquejar un retrato que traza las características de conducta típicas de ella. Los perfiles de conducta incluidos en los capítulos 8 a 20 presentan una serie de tales retratos de madurez.

En esos perfiles se representan, para comodidad del lector, trece niveles de edad: 4, 16, 28 y 40 semanas; 12, 15 y 18 meses; 2, 2 y medio, 3, 3 y medio, 4 y 5 años. Las transformaciones de comportamiento que se operan durante los cinco primeros años son tan veloces y abigarrados, que no es posible captarlas a primera vista.

Durante el primer año, el ritmo del desarrollo infantil es tan veloz que para explicar las pautas psicológicas y necesidades del infante se necesitan no menos de cinco intervalos de edad. En el segundo año las transformaciones son tan grandes, y tan importantes desde el punto de vista cultural, que se otorga consideración especial a las edades de 15 y 18 meses. En el tercer y el cuarto años, las edades intermedias de 30 y 42 meses resultan tan significativas que exigen consideración por separado.

Ello no significa que el desarrollo avance como por escalones o por cuotas. Siempre fluye de manera continua. El enfoque de etapa por etapa nos ayuda a comparar entre sí niveles adyacentes y hacernos una idea de la manera en que fluye el desarrollo. Sin índices de madurez no podríamos advertir las relatividades recíprocas de las pautas de crecimiento. El ciclo del desarrollo infantil se nos escaparía, si no acertásemos a considerar todo ese asombroso desfile de conductas en función de etapas y edades.

La conducta empieza a organizarse largo tiempo antes del nacimiento, y la dirección general de esa organización va desde la cabeza hacia los pies, desde las partes proximales hacia las distales. Abren la marcha los labios y la lengua, siguen los oídos, ojos y músculos, y a continuación vienen el cuello, los hombros, los brazos, las manos, los dedos, el tronco, las piernas, los pies.

A! describir la conducta se distingue entre cuatro campos: 1) conducta motriz (postura, locomoción, prensión y conjuntos posturales); 2) conducta adaptativa (capacidad de percibir en una situación elementos significantes y de emplear la experiencia presente y pasada para ajustarse a situaciones nuevas); 3} conducta de lenguaje (todas las formas de comprensión por medio de gestos, sonidos y palabras), y 4) conducta personal-social (reacciones personales hacia otras personas y hacia la cultura social). En los perfiles de comportamiento que exponemos a continuación se bosquejan las conductas características que se manifiestan en esos cuatro campos.

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siguientes es incalculable. Las tendencias y secuencias de esa etapa fundamental pueden resumirse del siguiente modo:

En el primer trimestre del primer año, el infante, tras capear los peligros del lapso neonatal, adquiere control de sus doce músculos oculomotores.

En el segundo trimestre (16 a 28 semanas), adquiere el dominio de los músculos que sostienen su cabeza y mueven sus brazos. Tiende las manos hacia cosas.

En el tercer trimestre (28a 40 semanas), logra gobernar su troncoy sus manos. Se sienta. Toma, transfiere y manipula objetos.

En el cuarto trimestre (40 a 52 semanas), extiende el control hacia sus piernas y pies, sus dedos índices y pulgares. Empuja y pellizca.

Hacia fines del segundo año camina y corre; articula palabras y freses; adquiere control de los esfínteres anal y urinario; alcanza un sentido rudimentario de la identidad personal y la posesión personal.

A los tres años habla con oraciones, empleando las palabras como instrumentos del pensamiento; demuestra una propensión positiva a comprender su medio y a cumplir con las demandas culturales. Ya no es un mero infante.

A los cuatro años formula infinidad de preguntas, advierte analogías y denota una activa tendencia a conceptualizar y generalizar. Es poco menos que autodependiente en lo que concierne a las rutinas de la vida hogareña.

A los cinco posee un control motor bien maduro. Salta y brinca. Habla sin articular de manera infantil. Puede narrar un cuento largo. Prefiere el juego asociativo. Siente un orgullo socializado por las ropas y las habilidades. Es, en su pequeño mundo, un ciudadano seguro de sí mismo y conforme.

ALTERNACION Y CICLOS DE DESARROLLO

Tanto la información que podemos ofrecer nosotros, como la que cualquier persona recibe de su sentido común y sus observaciones, revela que a medida que el niño crece, sus capacidades aumentan. Inexorablemente, avanza de las respuestas simples e inmaduras a las más complejas.

Hasta hace tan sólo unas pocas décadas, el especialista en niños creía que esa evolución se operaba en una forma que podríamos calificar de rectilínea, vale decir, de lo simple a lo complejo, sin complicaciones. Investigaciones recientes revelan, sin embargo, que el desarrollo avanza de manera más compleja que lo que se pensaba. En general, si todo marcha bien, avanza por cierto de lo simple hada lo complejo, pero no sin presentar interesantes complicaciones, cuya comprensión es útil tanto para padres como para psicólogos y pediatras.

Hemos observado que en toda conducta en crecimiento hay tipos de respuesta que se presentan en pares, pero se oponen entre sí y se dan alternativamente, una vez uno y otra vez el opuesto, en alternación que se reitera hasta que la conducta alcanza su fase final o completa. Lo probable es que, en la vida práctica cotidiana, se considere que uno de esos dos tipos de respuesta es el inmaduro o menos deseable, y el otro, el maduro y preferible. En vez de abandonarse el tipo de respuesta inmaduro con el correr del tiempo, se diría que el tipo de respuesta se alterna repetidas veces entre menos y más maduro.

Sin embargo, no se trata de que un infante retroceda hasta el mismo tipo, exactamente igual, de comportamiento inmaduro; más bien todo sucede como si el desarrollo siguiera un trayecto en espiral ascendente, que lo lleva de izquierda a derecha (pero siempre hacia arriba), destacando ya el lado menos maduro, ya el más maduro de la espiral.

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de pie y caminar. Hemos identificado 24 etapas por las que pasa habitualmente el infante normal durante el tiempo en que yace sobre su estómago, en posición prona. Advertimos que, primero, brazos y piernas están flexionados; en una etapa posterior, extendidos; después, nuevamente flexionados; en la etapa siguiente, otra vez extendidos, y así sucesivamente, hasta que el infante se incorpora y camina erecto.

Los movimientos alternativos más conspicuos en la conducta correspondiente a la posición prona son los de flexión y extensión de brazos y piernas. Empero, otros fenómenos que se alternan son los de abducción y aducción de brazos y piernas, así como los movimientos de orden bilateral y unilateral. Todas estas complejas fuerzas, trabajando a la vez, determinan qué postura o progreso alcanzará el infante mientras yace boca abajo durante el primer año de vida.

Como el adulto por lo general no asigna especial valor a las posiciones de flexión o extensión, o a la bilateralidad o unilateralidad del movimiento, tiende con facilidad a observar esas alternaciones con tranquilidad, si bien con interés. En su mayor parte, las personas no creen que el infante adopta esas posturas por efecto de algo que alguien hizo, o en respuesta a otros estímulos ambientales.

A medida que el niño crece, los tipos de conducta que caracterizan los sucesivos niveles de edad pueden ser, y habitualmente lo son, considerados buenos o malos por la cultura; entonces se torna más difícil entender que el comportamiento del niño proviene de su interior y responde a estímulos internos derivados de su crecimiento, y más fácil pensar que alguien lo ha causado.

En consecuencia, cuando los dos hilos de conducta que se tejen no consisten meramente en flexión y extensión, o en bilateralidad y unilateralidad, o en algún otro par de fuerzas en cierto modo objetivas, sino en tendencias hacia la respuesta equilibrada y la desequilibrada, a los padres, es su mayor parte, les cuesta mantenerse objetivos. Es natural que busquen en el ambiente una explicación de ese comportamiento. Su niño "bueno" de pronto se vuelve "malo"; su niño obediente es desobediente; el pequeño que tan bien se llevaba con el mundo que lo rodeaba, de pronto experimenta grandes dificultades. Lo más fácil y espontáneo es inculpar a alguien o algo por esos cambios para mal.

Sin embargo, la notable similitud que presentan, en distintos niños, los cambias que se operan con la edad, permite pensar que las fuerzas internas de lo que podríamos llamar entrelazamiento recíproco (alternación repetida de fuerzas opuestas o contradictorias) pueden desempeñar un papel vital en una esfera tan amplia y general como lo es la forma total en que un niño responde al mundo que lo rodea.

Hemos observado que, en cualquier edad determinada, el comportamiento del niño parece consistir en algo más que en la suma de las cosas que es capaz de hacer. En cualquier edad, la conducta parece presentar una individualidad que le es propiayrefleja la etapa de crecimiento alcanzada por el niño. Existen edades en que los niños, en su mayoría, parecen caracterizarse por un equilibrio general, una adaptación fácil a los factores ambientales y las demandas de la vida cotidiana.

Otras edades son precisamente lo opuesto y se distinguen, al parecer, por un desequilibrio general. En ellas pueden resultar afectados todos los sectores de la vida, y el niño tener dificultades para comer, dormir, responder a otras personas y comportarse de manera aceptable. La figura 1 brinda una noción simplificada de aquellas edades que, al madurar el niño, se caracterizan en general por el equilibrio y aquellas que se distinguen eh general por el desequilibrio. Se advertirá que la alternación de momentos de equilibrio y desequilibrio tiende a tornarse más lenta a medida que el niño crece. Los cambios de conducta más rápidos se operan en el primer año de vida o antes aun, durante el período fetal.

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indeseable sea característica y común, los padres deban cerrar los ojos. De acuerdo con nuestra experiencia, si un padre o una madre tiene conciencia de que cierta edad se particulariza por tal o cual trastorno de conducta, el cual, por fortuna, es en consecuencia temporario, tiende a manejar esa conducta con mayor serenidad que cuando la considera causada por algo que los padres hicieron, o como signo de que algo ha marchado mal con el niño.

Desde luego, los padres amonestan y castigan y apelan a sus mejores ardides y esfuerzos para lograr que el niño o niña se comporte como lo desean. Nadie se cruza de brazos y dice: "Es tan sólo una etapa". Pero si al padre o la madre lees dado decirse: "No es más que una etapa", puede aplacar sus propios temores de haberse equivocado o de que algo atroz suceda con su hijo.

A todo esto, si bien resulta útil caracterizar como equilibradas o desequilibradas las etapas que se alternan en la maduración de la conducta, debe advertirse que en el proceso intervienen muchas otras fuerzas. Las oscilaciones entre equilibrio y desequilibrio no son en modo alguno tan simples como pueden parecer. De ninguna manera suponen unmero movimiento de avance y retroceso, al que se ciñen etapas alternativas. Hemos definido seis etapas distintas en cada uno de los cinco ciclos que comprende el lapso que va del nacimiento a los 16 años. Pero ni siquiera nosotros estuvimos en condiciones de definir esas etapas hasta que, completado nuestro estudio del período de los cinco a los 10 años, pudimos volver la mirada a lo que sucedía antes.

La figura 2, que ilustra la secuencia de etapas, impresiona por la ordenada forma en que se despliega el proceso de crecimiento, con su repetición de ciclos de acuerdo con intervalos siempre crecientes. El primer ciclo dura 0,7 años; el tercero, tres, y el quinto, seis. Según se advierte, las etapas de equilibrio (etapas 1, 3 y 5) pueden expresarse como conducta pareja, consolidada (etapa 1), conducta completa en todos sus aspectos (etapa 3) o conducta vigorosa, expansiva (etapa 5). Análogamente, los períodos de desequilibrio pueden expresarse corno conducta de ruptura (etapa 2), o reservada (etapa 4), o como conducta neurótica y perturbada (etapa 6). (Ese primer mes, es decir, el periodo neonatal, es por cierto difícil, pues presenta muchas reversiones a la conducta fetal. Es necesaria una relación muy estrecha entre madre y bebé para conducir sano y salvo al neonato, durante este azaroso período de 1a etapa 6, hasta la próxima etapa.)

Como lo muestra la figura 1, esta secuencia de etapas, no poco compleja, incluye por lo tanto una etapa que describimos como suave, consolidada, bien equilibrada; una etapa siguiente de ruptura o desequilibrio; a continuación, otra en que la conducta es completa y bien equilibrada; después una algo neurótica y turbada, donde se acentúa la actitud de reserva, y por fin de nuevo otra en que se recobra el buen equilibrio. Al parecer, la secuencia entera se presenta cinco veces, en forma bastante completa, entre el nacimiento y los 16 años.

Referencias

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