Tomado con fines académicos de: Malavassi, Guillermo. Compilador. (1980). Olarte, Lascaris y la filosofía Latinoamericana. San José, Costa Rica: Editorial de la Universidad de Costa Rica. (Págs 33-43).
FILOSOFÍA Y CULTURA PERSONAL Teodoro Olarte
Empiezo narrando una anécdota. En cierta ocasión, después de escuchar una conferencia acerca de Lógica Matemática, un profesor de ciencias me preguntó: ¿Para qué sirve la Filosofía? La pregunta le nació porque sé había educado en una buena universidad nortéame-ricana. Mi contestación fue ésta: ¡Para nada! Esta contestación me nació de una tremenda cólera intelectual. Lo triste del caso consiste en lo siguiente: Esa pregunta —y quien se la hace, ya la tiene respondida— está en la mente de muchos científicos, de muc hos letrados, de muchos sedientes cultos y, lo que es más grave, de muchas universidades. Lo reconozco: Todavía la Filosofía no se ha recuperado en muchas cabezas cultas ni en muchas universidades del desprestigio en que cayó hace más de medio siglo. ¿Para qué sirve la Filosofía? Para nada, respondieron incluso los que dictaban cátedras en las más famosas universidades del mundo, los cuales, para engañarse y engañar, en la cátedra de ética enseñaban historia de la ética, en la de metafísica historia de la metafísica. ¿Podemos afirmar que esta actitud ha desaparecido de donde debe desaparecer? Me temo que no; no del todo, al menos. Por lo tanto creo justificado que se trabaje para hacer conciencia contra tan desastrosa convicción. Hablaré de la función de la filosofía en la cultura personal. Aquí no entiendo por cultura personal, la cultura que tiene el hombre de la calle, cultura montada sobre mitos y conclusiones de un sentido común de ancianidad muy venerable: cultura impersonal por la que el hombre no pasa de ser un Don Nadie. Por cultura personal entiendo un elaborado sistema de saberes, dinámico, que sirva para apresar e interpretar la
33
y crear en los que estudian en ella, la fuerza humana para renovar y vivificar la cultura que reciben.
Entiendo por filosofía un pensar radical y crítico acerca de una temática que abarque los fundamentos del hombre y de todo lo que en el converge. No es que yo piense que la filosofía se reduzca a filosofar únicamente; es evidente que ese pensar ha de tener un contenido específico al que corresponde un estilo específico del pensar; es un pensar englobante que ilumina los grados del ser cuyo estudio y desde determinados ángulos está repartido entre las distintas especies de saberes.
La función de la filosofía en la cultura personal puede verse y sentirse por los estragos que hace su ausencia y por los beneficios que produce su presencia. Y esto voy a hacer ahora.
34
ordinariamente se cree.
Tan es así que muchos, muy entendidos en la materia, han sentido la necesidad de hacerse esta pregunta: ¿Qué le pasa al que hace metafísica? Claro está, que también se puede preguntar y lo pregun-taremos: ¿qué le pasa al que hace física? , ¿al que hace matemáticas? Pero la respuesta a la pregunta por lo que le acontece al que hace metafísica, alcanza honduras humanas de plenitud. Y, ¿cuál es esa respuesta? Me parece que podría sintetizarse de esta manera: El metafísico, que es el verdadero filósofo, se transforma totalmente, adquiere un temple personal que le posibilita vivir en unidad superior al mundo, a los otros y, singularmente, a sí mismo. Y reparen que digo "vivir" y no pensar; vivir conlleva el pensamiento y la voluntad y el sentir; existir enteramente comprometido con el ser y no sólo con una provincia de entes. El filósofo ha de buscar con pasión angustiosa el sentido del ser y, por consiguiente, el sentido de los entes que son por el ser. Creo oportuno ahora hacer dos reflexiones fundamentales las cuales implican dos acla raciones necesarias tanto para los filósofos como para los que se ríen de la filosofía: 1) El ser por el que se pregunta la filosofía no está hecho, no está acabado; se está haciendo. De modo que el sentido del ser procede del futuro y no del pasado. Esto supone una revisión radical de toda la metafísica, de todos sus conceptos fundamentales; verdad, substancia, el bien y el mal, la naturaleza y la cultura, la existencia humana.
filósofo sea un conocedor directo de todas las ciencias y de todas las artes, en una palabra, de todas las manifestaciones de la cultura; insisto que basta que conozca las conclusiones generales para que sea capaz de deshacerse de la tiranía
35
de las vulgares 'conclusiones del pobre sentido común. Se me objetará: Según todo lo dicho, para ser un filósofo auténtico hay que ser un genio. Contesto: para ser un filósofo auténtico no es necesario ser un genio y es necesario no ser tonto; basta sentir sinceras ganas de serlo, ganas que son manifestación psicológica de una verdadera vocación, la cual acaso sea producto de una condenación divina, como pensaba Hegel.
Contemplemos otro grupo, el que por una tradición no datable, ha representado la cultura de nuestros medios; los abogados o los juris-consultos. Ellos tienen una tremenda y necesaria misión: la de armo-nizar el orden con la libertad individual; en sus manos está muchas veces lo más esencial que posee el hombre porque es el instrumento con que se hace: la libertad. Puesto así el problema, —¿bastará con el solo conocimiento de los códigos para cumplir esa misión? Sin filosofía, tiene que imperar o la letra o el capricho; sin filosofía, no habrá con-
36
cepto exacto acerca de las limitaciones intrínsecas de la ley; se con-fundirá el orden jurídico poco menos que estático; se producirá la ido-latría por el orden, exterminando todos los brotes que irremisiblemente aporta la vida que se despliega y que avanza con su dialéctica incontenible. Los profesionales del derecho son en gran parte responsables de que ese avance y despliegue se cumplan sin siniestras explosiones de violencia. Mirada la cuestión desde otro punto de vista, y haciendo referencia geográfica concreta, los abogados, cuyos discursos han venido resonando con mucha retórica y nada de filosofía son en parte res ponsables del estado deplorable en que se encuentra nuestra América Latina.
Pasando a otra provincia de la cultura, empezaré narrando una anécdota que es muy significativa: Cierto profesor universitario de Francia, de últimos del siglo pasado, manifestó que nunca, durante su larga carrera docente, necesitó hacer referencias ni a la historia ni a los sistemas filosóficos para explicar sus lecciones de literatura francesa. ¡Y lo dejaron en la cátedra! —Me refiero a los filólogos, tomando esta denominación en el más amplio sentido. So n los que nos cuentan los valores literarios, los valores lingüísticos, de la humanidad; quizá lo más lidio y lo que más justifique la existencia humana sobre este valle de lágrimas.
del lenguaje, los alcances de la comunicación humana, el poder creador de la poesía, la variadísima autoexpresión de la existencia humana? Planteemos por un momento la hipótesis siguiente: Despojemos a toda la obra artística de su contenido filosófico, hagamos una epojé; ¿qué nos queda? Pues bien, hay muchos que se contentan con lo que nos queda. A esto se debe la vaciedad que hallamos en tanto producto ofrecido por los de este ramo. Y entre esos productos, están las gramáticas, empezando por la de la Academia Española que no se movió por siglos del lugar donde la dejó Antonio Nebrija. No hace mucho.
Y ahora pasamos al problema de la ciencia y de la filosof ía. En este terreno es donde ha brotado principalmente el conflicto del que
37
hondo humanismo debidas a científicos de primer orden, como Plank, Einstein, Schródinger, Heisenberg . . .? Si en la calle, en la media y alta sociedad, en la universidad misma, el científico se va haciendo el prototipo del hombre culto, el desvío es desastroso; basta tener presentes estos datos que pueden servir de muestras: cada año se gradúan de ingenieros en el Reino Unido 13.000; en Estados Unidos de América 65.000; en Rusia 130.000; estas cifras nos revelan la amplitud del mal y el desplazamiento del verdadero hombre culto.
Todo el inmenso poder de la técnica está en sus manos, en manos por las que no han pasado los testimonios de los más altos valores. ¿No es esto verdaderamente aterrador? La respuesta es obvia para el que quiera pensar.
Tenemos que admitir la bondad intr ínseca de la técnica y, por consiguiente, la necesidad de la existencia de los técnicos y de los científicos; precisamente, yo creo que la solidaridad interna que hoy va adquiriendo la humanidad total, halla su más relevante prueba en ese 38
equipo enorme de científicos, derramados sobre la faz de la tierra, de todo color, de toda raza, que se preguntan los mismos altos interro-gantes y se desvelan por los mismos profundos afanes. Yo, soy optimista por el porvenir de la humanidad, sin embargo mi optimismo queda parcialmente nublado cuando considero la situación cultural de los científicos.
Creo que una de las cosas más importantes para el hombre es ser hombre. ¿Qué se ha hecho el hombre? ¿Qué se ha hecho el hombre de nuestros hombres cultivados? Esta pregunta encierra y recoge las conclusiones de todo lo que dije hasta aquí: Qué se ha hecho el hombre de los que se dedican a las letras; qué se ha hecho el hombre de los que cultivan las ciencias.
Se habla hasta la saciedad y desde hace muchos lustros, de la crisis de la cultura. ¿Qué quiere decir esto de crisis de la cultura? Para muchos la palabra crisis hay que pronunciarla con lágrimas; sin em-bargo, sólo aquéllos que no han podido o no han querido tomar el pulso a la realidad toda, pueden pensar de ese modo. Porque la cultura, porque la realidad está siempre en crisis; mas, tiene que estar siempre en crisis. Sin crisis no puede comprenderse el "hacerse".
al trabajo. Los fines de semana . . . Incluso las sectas que pululan son señales de algo que anda en el hombre profundamente mal.
Pues bien, este cuadro cabe transportarlo al nivel de los hombres cultos; aquí se da igualmente una división tan tremenda como necesaria del trabajo intelectual; el especialismo necesario es lo que ha de caracterizar al que se presenta para que se le tome en cuenta; el que sabe de todo, no sabe nada; el que sabe mucho, no sabe nada; tiene que saber una sola cosa: tal es la tiranía que gobierna todos los campos del saber. Este es el principio de lo que yo considero como el corazón de la verdadera tragedia de la cultura. Cada uno de esos saberes, que son briznas de un saber total no puede satisfacer al hombre, que, como dice Aristóteles, naturalmente desea saber.
Quiero analizar este punto: Hay una tendencia fatal en el hombre que consiste en que todo conocimiento se convierte en algo totalizante; esto es, que todo conocimiento, por fragmentario que sea, intenta convertirse en sabiduría. Pero, hay que reconocerlo, no todo conoci-miento lleva intrínsecamente esa virtud ni tiene ese valor; repito: no todo conocimiento ofrece base suficientemente ancha para edificar nuestra persona. Y la incomprensión de esta verdad tan sencilla, es la 39
que engendra la tragedia, no ya de la cultura, sino del hombre que cree ser culto, que se considera representante de la cultura. Y la naturaleza no queda impune: el hombre se siente perdido, destrozado, sin otro recurso que el que le ofrecen los valores más bajos. Esto nos demuestra que no podemos seguir creyendo que es indiferente cualquier saber para construir nuestra persona; pensemos que hay saberes que contraen la esencia del hombre; que esos saberes han de ser centrados y dirigidos por saberes a los que les es esencial lo universal y lo fundamentante.
Por otra parte, en el fondo, no existe ninguna ciencia que sea impersonal, y esto en una doble dimensión: a)porque la ciencia es un producto personal del observador, y b) porque ese producto revierte su acción sobre el mismo que lo produjo.
Humanismo de imitación: descansa en un pensar de estilo mítico; se parte del supuesto de que en un tiempo -in illo tempore — y en un espacio privilegiado se dieron arquetipos de perfección máxima, capaces de ser ejemplares para todos los hombres de todas las latitudes. Este humanismo es insostenible; en este sentido, no existen tiempos dorados. Antes bien, hay que afirmar con toda determinación: el que imita, sucumbe.
Humanismo profundo: Ha visto con hondura la significación de la palabra "hacerse" referida al hombre. No digo que no si nos quedamos con sólo esto, el ideal humanista tendrá que ser como todos tienen o tendrían que ser. Y este ideal contradice a la realidad y a la dignidad humana. Si mi esencia está ya hecha, está dada, ¿cuál es mi intervención en mi destino? Entonces la existencia se reduciría a un triste juego a base de ilusiones. Yo pienso de otra manera; el verdadero humanismo ha de presentarme dos vertientes; una, hacia la vida social, y desde este punto mi existencia estará comprometida en gran parte con los demás a través de las instituciones; pero la otra vertiente se refiere a mí mismo, por ella me comprometo a mí mismo conmigo mismo. Esta forma de pensar descansa en un principio formulado por el existencialismo; el hombre se hace; el hombre se da su esencia; el hombre no nace, sino que se hace. Como se ve, aquí la posibilidad viene aparejada con la responsabilidad y, por consiguiente, con nuestra dignidad.
Sólo así puedo justificar no sólo mi unidad, sino también mi 40
unicidad; no sólo soy uno, sino también único. Por esta razón, en este humanismo apenas si cabe la imitación; en él funcionan la creación y la invención. En este concepto de humanismo, se comprende que la li-bertad individual desempeña un papel esencial; yo debo poder querer y tengo que poder hacer lo que quiero dentro de los cánones de la cultura que siempre apunta a la realización de valores nuevos y más complejos.
defiendo no hace sino renovar y ampliar un concepto que ha sido célebre en toda la historia de la filosofía: el principio de individualización; y bien sabido de todos es la intención filosófica de ese tema; hallar un fundamento para que a mí se me cuente, para que a mí se me considere como uno; lo que pasa es que esa solució n aparece ante la filosofía actual muy pobre porque con ella no se puede llegar muy lejos, porque con ella uno no pasa de ser uno de tantos. A esto se le puede denominar "cosificación" del hombre. El hombre no es cosa porque la cosa está hecha y el hombre se hace y lo que él sea ya no es para ser uno sino para ser único. Tal vez la filosofía tradicional no sintió ni siente el apremio por este extremo de la auténtica individualidad: la unicidad. Con una forma substancial informando una determinada parte de materia, ya tiene armado un representante más de la especie.
La autenticidad de la cultura personal ha de fundamentarse en términos de ser. A propósito de esto, juzgo conveniente leer los testi-monios de dos grandes pensadores que meditaron profundamente sobre los temas que hoy nos ocupan: de Max Scheler y de Teilhard de Chardin. En su libro "El saber y la cultura", Scheler dice: "culto no es quien sabe y conoce muchas modalidades contingentes de las cosas, ni quien puede predecir y dominar, con arreglo a las leyes, un máximo de sucesos, sino quien posee una estructura personal, un conjunto de móviles esquemas ideales, que, apoyados unos en otros, construyen la unidad de un estilo y sirven para la intuición, el pensamiento, la con-cepción, la valoración y el tratamiento del mundo; y de cualesquiera cosas contingentes en el mundo; esos esquemas anteceden a todas las experiencias contingentes, las elaboran en unidad y las articulan cu oí todo del mundo personal". El hombre culto es quien se ha construido una estructura personal; entiéndase por estructura lo que he deno-
41
minado ser.
páginas que siguen no harán más que comprobar y analizar este fenómeno. Por virtud de la cualidad y de las propiedades biológicas del Pensamiento nos encontramos situados en un punto singular, sobre un nudo, que domina la fracción entera del Cosmos actualmente abierto a nuestra experiencia. El Hombre, centro de perspectiva, es al propio tiempo centro de construcción del Universo. Por conveniencia tanto como por necesidad es, pues, hacia él donde hay que orientar finalmente toda Ciencia. Si realmente ver es ser más, miremos al Hombre y viviremos más intensamente".
De todas las cosas que nos han enseñado estos dos hombres, uno que es filósofo y otro que consagró su vida a proporcionar una verda-dera physis, una física, para una amplia metafísica, se deduce esta verdad: el ser y el saber se identifican en el hombre.
Ahora bien, para que exista unidad y crecimiento en el ser, hay que darle al saber su profundo destino. Es hora de preguntarse; ¿Qué fuerza, qué disciplina será capaz de cumplir esa misión? Esta pregunta ha sido respondida de muchas maneras y ya hemos visto el fracaso de varias de ellas en la primera parte de esta conferencia. Quedan algunas, pero sólo me voy a referir a una: Se ha dicho, peor, se dice que la disciplina que puede cumplir esa misión es la pedagogía: En realidad así ha sido durante un período de desastre para la cultura continental; fiel a su prístina etimología, ha infantilizado la cultura, ha sembrado de niños nuestros colegios y nuestras universidades. Yo acuso a la pedagogía por dos razones: a) habiendo disociado el qué de la enseñanza del cómo del enseñar, ha contribuido al predominio del cómo, rebajando hasta grados de ínfima categoría el qué; b) y la segunda razón, que es la más grave, por medio de organismos o de otras entidades, ha decretado lo que se ha de enseñar, ha jerarquizado las disciplinas, y como lo ha hecho sin fundamentarse en los verdaderos principios antropológicos, el resultado es conocido de todos: la frivolidad de la cultura.
La fuerza y la disciplina que organice el núcleo de la cultura personal que provea a iluminar todos los especialismos y, sobre todo, a la fortaleza del ser personal de los especialistas, es la filosofía.
42
la que respiran, como decía Meyerson; yo postulo una filosofía elaborada de amplia base, sobre el gozne de una metafísica.
¿Por qué razones? Voy a resumirlas en las siguientes proposiciones: 1) La filosofía posee el valor intrínseco de ser rectora y funda dora de todos los demás saberes.
2) La filosofía articula los saberes y les confiere, gracias a su universalidad, la coherencia necesaria.
3) La filosofía humaniza los saberes, en el sentido de que subordina éstos al sabio que ante todo es hombre.
4) La filosofía es la fuente del pensar personal y la que forma los criterios de la crítica. Señala el hito del amor y de l odio.