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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA

EL PROBLEMA DE LA SOCIEDAD Y LA POLÍTICA EN LA ÉPOCA MODERNA: LOS TEÓRICOS DEL CONTRATO SOCIAL: HOBBES, LOCKE Y ROUSSEAU.

La teoría del contrato social surge en la modernidad para poder legitimar el poder político. Se basa en un pacto o contrato entre los individuos por el que se abandona el estado natural para poder formar parte de la sociedad civil.

Así como Aristóteles había defendido en la hipótesis naturalista del origen de la sociedad que el hombre es un ser sociable y político por naturaleza, porque solo viviendo en sociedad puede desarrollarse plenamente y ser feliz, en cambio, en estos teóricos del contrato social, la

sociedad resulta ser una asociación artificial entre individuos aislados que se establece por medio de un pacto entre ellos, para solucionar algún problema del estado natural (como la seguridad, la subsistencia etc.) de forma que el bien común quedaba asegurado, aun a costa de perder la libertad del estado natural previo al contrato; pero ganando la libertad civil del ciudadano, pues gracias a la autoridad y a la ley, podían ser salvaguardados los derechos de todos, y no solo los de los más fuertes y poderosos.

La hipótesis contractualista era solo una hipótesis imaginativa que no pretendió nunca describir históricamente los hechos tal y como pudieron haber ocurrido realmente, sino tan solo explicar y legitimar el poder de los gobernantes, preguntándose qué podría suceder si no existieran las autoridades ni la ley en la sociedad humana.

Dependiendo de la visión sobre el ser humano en estado natural que tenga cada pensador, y del tipo de problema que haya que solucionar por medio de ese pacto, se dará legitimidad a un estado diferente, como podemos ver en Hobbes, Locke o Rousseau, que irán desde la

monarquía absoluta hasta el estado liberal y democrático. 1. Thomas Hobbes (1588/1679)

Este autor perteneció a la escuela del Empirismo británico también. Afirmó en su obra “Leviatán” que el hombre es por naturaleza un ser egoísta y violento: “es un lobo” para los otros hombres. Todos buscan los mismos bienes: riqueza, poder, honores… por eso luchan entre sí, y si no hubiera ese pacto, sería la guerra total de todos contra todos. La vida sería desagradable, corta y cruel porque nadie estaría a salvo; ni siquiera los más fuertes podrían bajar nunca la guardia.

Aunque fueran libres, en estado natural no habría más derecho que el de la fuerza bruta o la astucia, pero la violencia impediría desarrollar una vida humana. Por eso, como además de ser rasgos de la naturaleza humana, la violencia y el egoísmo, también lo es la racionalidad, viendo que así no vale la pena vivir, por la seguridad de todos, han decidido pactar, dando todo el poder a un solo hombre: el rey, para que ponga orden en la sociedad, renunciando ya a la posibilidad de la venganza personal, y sometiéndose a la ley. Solo él puede someterlos a todos por el temor. De ese modo, Hobbes termina justificando la monarquía absoluta, que era la forma de estado que había en su época, en el siglo XVII.

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La teoría de Hobbes puede resultar hoy extraña, desde un punto de vista democrático, pero en realidad supuso un paso adelante en la teorización de la justificación racional del poder de la autoridad, porque antes de Hobbes solamente había el origen divino del poder real: el rey era rey por la Gracia de Dios. Cada dinastía, se suponía que había sido elegida por Dios para regir el destino de las naciones y mandar sobre el pueblo. Por eso el rey era el soberano, el único que tenía poder de decisión política, y su poder era irrevocable.

2. John Locke (1632/1704)

Perteneciente también al Empirismo británico, afirmó que el hombre en estado natural es ya un ser que tiene unos derechos naturales como la defensa de su vida, de la libertad y de la propiedad privada. Tiene esos derechos por naturaleza. Pero el problema en estado natural es como poder asegurarlos, sin una autoridad que vele por los derechos de todos. Esa es la razón del pacto social. Este autor defiende la existencia del derecho natural basado en la razón, antes del pacto. Por tanto, en este caso el pacto no supone una ruptura con el estado natural, como en Hobbes, sino su perfeccionamiento.

Si el pacto se realiza para asegurar mejor esos derechos naturales, para proteger mejor la propiedad privada, la libertad y la vida de cada hombre, por el pacto los hombres no renuncian a los derechos naturales en favor del rey; solo le ceden el poder de castigar a los infractores, la capacidad de hacer las leyes y de velar por el bien común. Pero los ciudadanos siempre podrán revocar al gobernante que no sepa o no pueda cumplir bien con la función encomendada. (Eso era algo imposible en la teoría de Hobbes, en donde el poder del rey era irrevocable.)

Además, Locke fue de los primeros que propuso la separación de poderes (algo que luego perfeccionará Montesquieu en su obra “El espíritu de las Leyes” y que ha llegado hasta nosotros con la división conocida de poder ejecutivo, legislativo y judicial). En sus obras “Sobre el gobierno civil”, intentó Locke hacer una separación entre el poder legislativo, el principal, al que hasta el propio rey debería someterse; el poder ejecutivo, que incluía las funciones del poder judicial actual, además de la política nacional; y lo que denominó como poder federativo, que debía ocuparse de la política exterior: hacer pactos con otros estado, declarar la guerra etc. Esa división era imprescindible para impedir el abuso de poder que puede suceder, cuando este se concentra en una sola persona, como era el caso del rey con poderes absolutos.

Locke ya empezó también a dar los pasos necesarios hacia la fundamentación del liberalismo político. Aseguró que era necesario defender las libertades de conciencia, de pensamiento y de expresión de los ciudadanos, como vemos en sus “Cartas sobre la tolerancia”; así como la necesidad de separar entre política y religión. Es uno de los primeros en defender la laicidad del Estado. Se debían tolerar las diferentes creencias religiosas siempre que no fuesen contrarias a la seguridad del Estado. En su opinión, todas salvo la de los “Papistas” (los católicos) y los ateos. La razón que daba para estas dos excepciones era, en el caso de los católicos, el suceso que había tenido lugar recientemente en Londres, cuando Guy Fawkes intentó volar el Parlamento inglés; y con respecto a los ateos, porque al no creer en la condena eterna de su alma, no eran de fiar para hacer pactos con los demás hombres.

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3. Jean-Jacques Rousseau (1712/1778)

Aunque este autor vivió en la época de la Ilustración, en el siglo XVIII, fue ya un precursor del Romanticismo. Afirmaba que “el hombre es bueno por naturaleza, pero la sociedad lo corrompe”. De ahí su propuesta para volver a la naturaleza. Él creó el mito del buen salvaje. Los hombres nacen libres e iguales entre sí. En el estado natural, el hombre es bueno, pacífico y solitario. (Véase el contraste con la idea del hombre en estado natural de Hobbes). Esto es así antes de que se desarrollen la sociedad y el estado con su poder político, y surjan la propiedad privada y la dominación de unos sobre otros.

La desigualdad, la envidia, la codicia, la ambición, la rivalidad y la hipocresía, solo han surgido por vivir en sociedad. En un primer momento, los hombres se unieron entre sí para asegurar mejor la subsistencia frente a una naturaleza hostil, pero a la larga, la sociedad corrompió al hombre. En estado natural no había propiedad privada, todo era de todos y la bondad natural se basaba en los sentimientos (no en la razón): “si me siento obligado a no hacer mal a los demás hombres, es porque soy un ser sensible; no por ser un ser razonable”. En la vida natural y sencilla, las cualidades del vigor, la fuerza, la valentía y la nobleza son las virtudes del buen salvaje. En cambio, la sociedad ha hecho al hombre vil y rencoroso. La civilización, la ciencia y la cultura lo han transformado en un ser débil y lo han pervertido.

Seguramente, Rousseau se vio influido por los relatos que empezaban a llegar a Europa del contacto con los pueblos primitivos en América, como resultado de los descubrimientos geográficos. Esta idealización del buen salvaje, que servirá de inspiración a los autores del Romanticismo, estaba muy lejos de la realidad, como se verá posteriormente, al descubrirse a los casos de auténticos niños salvajes, como Víctor de l’Aveyron.

Pero, cuando en 1750 la Academia Francesa propuso como dilema en un concurso: ¿Contribuyen las Artes y las Ciencias a corromper al individuo? Rousseau respondió afirmativamente argumentando, que la civilización solo es un síntoma de decadencia de la sociedad. Los demás filósofos ilustrados, en especial Voltaire se enfrentaron con Rousseau, y le acusaron de querer devolver al hombre al estado animal. Al final, lo convirtieron en un ser muy impopular y llegaron a desterrarlo de Francia. Su amigo Hume terminó acogiéndolo en su casa en Inglaterra. Solo en 1770 le permitieron volver oficialmente a Francia, a condición de que no publicase nunca más.

Rousseau creía que en el fondo de nuestro ser está la ley natural y que la conciencia nos permite conocer el desorden moral. Sobre sus ideas, escribió tres obras: “El discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres”, su obra más famosa, “El Contrato Social” y el “Emilio”, un tratado sobre la educación, para desarrollar la bondad natural. Apuesta por una educación flexible y abierta, que estimule la espontaneidad y el sentido crítico, así como la empatía y la capacidad para colaborar con los demás. Por cierto, no llegó a ver los resultados de sus ideas sobre la educación, porque aunque tuvo cinco hijos, los fue entregando

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sistemáticamente al orfelinato, porque dijo que allí estarían mejor atendidos, como cuenta en su autobiografía: “Confesiones”.

En su discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres describe la destrucción de estado natural, con la aparición de la propiedad privada: “El primer individuo al que, tras haber cercado un terreno, se le ocurrió decir: “Esto es mío”, y encontró a gente lo bastante simple como para hacerle caso fue el verdadero fundador de la sociedad”. Al ser una situación irreversible, lo único que ya se puede hacer es hacer una reforma de la sociedad por medio de un nuevo pacto que pueda garantizar los derechos de todos los ciudadanos, y de eso trata su obra “El Contrato Social”. Por ese pacto, cada miembro de la sociedad dejará sus derechos en manos de la comunidad. Cada individuo dejará de pensar en sus intereses particulares para empezar a pensar en el bien general.

En esta obra hace su propuesta para hallar una sociedad justa (una especie de utopía) en donde se fundamentará el estado democrático. Tras el contrato, el verdadero soberano sería ya el pueblo, no el rey. Los gobernantes no serían los amos del pueblo, sino sus servidores. El pueblo podría nombrarlos o deponerlos cuando quisiera. Los gobernantes solo se encargarían de que se ejecutara la ley, pero esta sería la expresión escrita de la voluntad general.

La voluntad general es la voluntad de bien común. No la simple suma de las voluntades particulares que responden a intereses egoístas de diferentes grupos de presión; sino la voluntad del bien general, colectivo. Si se hiciera ese nuevo pacto, la sociedad podría defender con la fuerza común, a cada persona y sus bienes, pero todos se obligarían a cumplir la ley y seguirían siendo libres, porque al haber contribuido por igual a hacerla, en una asamblea, y siendo esta ley la expresión escrita del bien común, al obedecer la ley, todos se estarían obedeciendo a sí mismos. Esa ley nacería de su autonomía, derivaría de su propia voluntad unida a la de los demás, de la voluntad general.

Aunque renunciaran a todos sus derechos en favor de la comunidad, al perder la libertad natural ganarían la libertad civil, que es superior. Darse uno mismo la ley, es autonomía, es la libertad verdadera. Los asuntos comunes se resolverían en asamblea general en la que siempre estarían presentes todos los ciudadanos que podrían expresarse libremente y en pie de

igualdad. Sin necesidad alguna de representantes. Rousseau abogaba por una democracia directa, no representativa. Para ello, no cabe duda de que la comunidad debía contar con un número muy inferior de ciudadanos al de los actuales estados. Por otro lado, algunos críticos han afirmado que con la cesión de los derechos individuales en favor de la comunidad, no podría asegurarse que Rousseau no esté fundamentando más un estado totalitario que una verdadera democracia (al menos en sentido liberal).

En cualquier caso, Rousseau ha tenido una enorme influencia posterior: Kant dijo de él que era “el nuevo Newton de las ciencias morales”. Como un ideal regulativo de la razón práctica, afirmó que “el legislador debe dictar su ley como si esta pudiera haber nacido de la voluntad unida de todo el pueblo. Solo así puede ser una ley justa”. Desde la razón, el interés particular debe coincidir con el de todos los demás; por ello, según Kant, la ley moral debe obligar tanto a los individuos como a los estados. La justificación del poder político y de la ley solo puede provenir de los intereses generales, más allá de los intereses particulares y egoístas.

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También, en el siglo XX, en las éticas dialógicas o del diálogo se ha intentado pensar cómo llevar a la práctica esas ideas, al hablar de una comunidad de seres racionales, “cubiertos de un velo de la ignorancia”, es decir desconociendo cuál sería su posición real en la sociedad, y sus intereses particulares, como condiciones necesarias para dar con las leyes apropiadas para una sociedad justa. Como podemos ver en la obra de Rawls, Habermas o Apel. Describen una sociedad como empresa cooperativa, encaminada al beneficio mutuo, al bien general. El problema es que no parece nada fácil pensar cómo articular los intereses particulares con los intereses generales. Rousseau tenía razón cuando decía que solo puede haber un contrato libre entre iguales. Por la fuerza no se hace el derecho y solo sentimos la obligación de obedecer a los poderes legítimos. Pero la tragedia del Estado, es el incontrolable proceso de degeneración que se produce por la dialéctica entre la voluntad general y la voluntad particular.

En teoría: el Estado se ha de organizar de modo que se disuelva toda voluntad individual en favor de la voluntad general para conseguir el bien común y la felicidad de todos los

ciudadanos, pero el problema es cómo establecer mecanismos de control que permitan lograrlo. Para ello hay que tener en cuenta el tipo de gobierno y el número de ciudadanos. En general, es mejor un gobierno de muchos que el gobierno de uno o de unos pocos para poder controlar al poder ejecutivo. Pero, a mayor cantidad de ciudadanos, mayores

dificultades para poder decidir. La voluntad individual y egoísta siempre se opone a la voluntad general. También el gobierno termina oprimiendo al pueblo soberano si no hay otra fuerza que pueda contrarrestar su poder. En la política, “ese vicio es inherente e inevitable desde que nace el cuerpo político, como la vejez y la muerte acaban destruyendo el cuerpo del hombre”. La inclinación natural de la política es a concentrar el poder. Pasar de la democracia a la aristocracia, y de ahí a la realeza. Cuando la población aumenta, el poder necesita ser más eficaz, pero solo podrá serlo, si el gobierno concentra más poder. Así aumentan los riesgos de degeneración en la política. “Todos los gobiernos del mundo, una vez revestidos de la fuerza pública, usurpan tarde o temprano la autoridad soberana del pueblo”.

Por último, con respecto a la religión, Rousseau creyó que el Estado no debía intervenir en las creencias religiosas de los ciudadanos, sino ocuparse solo de procurar su bienestar y preservar su libertad. Por el Estado debe ser laico y no fundarse en ninguna religión. El mismo defendía una “religión sencilla, libre de dogmas, opuesta al fanatismo y también al ateísmo”. En cualquier caso, eso es una cuestión de la conciencia individual. No, un asunto del Estado. Si creía también en un derecho natural de origen divino. (Era también iusnaturalista como Locke).

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