En un momento en que el advenimiento de la economía post-industrial ha puesto en entredicho los compromisos que han llevado al crecimiento de los Estados del bienestar europeos, las grandes evoluciones sociales recientes
(entrada de la mujer en el mercado laboral, envejecimiento de la población, desigualdades crecientes ... ) reclaman nuevas intervenciones. ffs hoy posible establecer los nuevos
compromisos que permitirían redefinir las misiones del Estado del bienestar en el siglo xx1? Las tres lecciones que siguen proponen una auténtica revolución en el planteamiento de esta cuestión.
Actualmente, son muchos los que afirman que los gastos del Estado del bienestar (pensiones, seguridad social) son un coste que se debe si no reducir, sí en todo caso contener. Pero, ¿y si se convirtiesen en una inversión? lUna inversión en el futuro no sólo para proteger a los individuos de los azares de la vida, sino para ayudarles a ser dueños de sus destinos sin dejar de responder a los desafíos económicos de mañana? El gran sociólogo G0sta Esping-Andersen nos invita a esta revolución social y política.
UAM XOCHIMILCO • lllLIOTICA
111111111111111111111111111111111111111111111 L3300215 JC 47118718
1
Arie/
Ciencia
Polítid1
LOI trH 11r1ndH reto• dll HtldO del ... " ,. ---~~..._ "" -1 , _ : ro 1 -UI Q,) e Q,):o
<i) "O 1 0 -o rS U1 U.l (j) -o ID o-
í!: ~ -o e: ~ bJ'.)1
,
Vl í!:'-¡ ..
' ¡g '.
_ ¡ ' 1 .... • 9:!&.
o ,, e: '• 2 1 t:O !a;
¡ Vl 1 ;1 ... 1 Q,) -o \l¿, bo i::·o.
JI iYJ 19 Vl & • l..D 11 1,.,: '1J' !!l1 ·1!:~i111· i\ "•1 1l
'I!: ·.~:11. .l!r,,~JC
!I479
1
E87t
¡: i"W
Los tres grandes
retos del Estado
del bienestar
G
pin
dersen
ru
lier
l
J.4 •'
.1
¡~
G0sta
l
Esping-Andersen
ifruno Palier
Los tres grandes retos
del Estado del bienestar
j
Traducción de Pau Joan Hemández
JC
~19
te
ei1\&
Título original:
Trois lerons sur l'État-providence
Traducción de
PAU JOAN HERNÁNDEZ
l.ª edición: enero de 2010
© Éditions du Seuill et la République des Idées, 2008 Derechos exclusivos de edición en español
reservados para todo el mundo
y propiedad de la traducción:
© 2010: Editorial Planeta, S. A. Avda. Diagonal, 662-664 - 08034 Barcelona Editorial Ariel es un sello editorial de Planeta S. A.
ISBN 978-84-344-8842-7 Depósito legal: B. 47.034 - 2009
Impreso en España por Book Print Digital Boranica, 176-178 08901 L'Hospitalet de Llobregat
(Barcelona)
El papel utilizado para la impresión de este libro es cien por cien libre de cloro
y está calificado como papel ecológico.
)il-
/t¡'/3S)
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la rcprograffa
y el tratamiento informático, y la dislrib11ci6n dt• t•j,~inplnrcs
de ella mcdinnlc olq11ik•r o pr('stn1110 p11hlleo~.
330fJ~~5
ÍNDICE
PRESENTACIÓN. Un Estado del bienestar para las envejecidas
sociedades posindustrlales . . . . Estado del bienestar y sociedad industrial . Los divorcios . . . . Dirigir las políticas sociales hacia el futuro
Los tres grandes retos del Estado del bienestar en el siglo XXI .
PRIMERA LECCIÓN. Familia y revolución del papel de la mujer.
Las mujeres están cambiando el mundo . Familia y regímenes de protección social. El reto de una nueva política . . . . Ayuda a las familias . . . . Hacia una política de conciliación eficaz.
Apoyar la ocupación de la mujer a lo largo de su vida. ¿Feminizar la trayectoria vital masculina? . . . .
¿Un nuevo reparto de papeles entre el Estado, el mercado, las
. .
')asoc1ac1ones. . . . La compatibilidad de los regímenes de protección social .
Se.CUNDA LECCIÓN. Hijos e igualdad de oportunidades .
Introducción .
Nuevos retos . . . . Cada vez más obstáculos.
El aumento de las desigualdades salariales Los retos demográficos. . . . Identificar los mecanismos de la herencia social
La importancia del dinero . . . .
La importancia de la dedicación en tiempo de los padres
7 8 10 13 16 19 19 23 25 26 31 37 42 47 51 55 55 58 62 62 64 67 68 79
6 LOS TRES GRANDES RETOS DEL ESTADO DEL BIENESTAR
La importancia del nivel cultural de la familia . Repensar el Estado del bienestar . . . .
Reducir el efecto ingresos . . . . Homogeneizar el medio de aprendizaje . . . . . Ocupación de las madres y resultados de los hijos . Conclusión: ayudar a las familias a invertir en sus hijos.
75 77 77 80 85 91
TERCERA LECCIÓN. Envejecimiento y equidad. 99
Introducción . . . 99 El reto del envejecimiento. . . 100 Regímenes de protección social y personas mayores . 104
Los dos rostros del familiarismo. 105
La justicia intergeneracional . . 11 O
Trabajar durante más tiempo. . . 114
Una financiación equitativa . . . . 116
La reforma de las pensiones para nuestros hijos: más allá del contrato generacional . . . 117 Nueva trayectoria vital, nuevas desigualdades. . . 118 La reforma del sistema de pensiones empieza por los bebés 121
PRESENTACIÓN
UN ESTADO DEL BIENESTAR PARA LAS
ENVEJECIDAS SOCIEDADES POSINDUSTRIALES
por BRUNO PALIER
En un momento en que el advenimiento de la economía posin-dustrial ha puesto en entredicho los compromisos que han lle-vado al crecimiento de los Estados del bienestar europeos, 1 las
grandes evoluciones sociales recientes (entrada de la mujer en el mercado laboral, envejecimiento de la población, desigualdades crecientes ... ) reclaman nuevas intervenciones. ¿Es hoy posible es-tablecer los nuevos compromisos que permitirían redefinir las mi-siones del Estado del bienestar en el siglo xx1? Las tres lecciones que siguen proponen una auténtica revolución en el planteamien-to de esta cuestión. Proponen sustituir una concepción tradicio-nal y estática de las políticas sociales, que tratan de reparar las situaciones más difíciles o bien a reemplazar los ingresos perdi-dos, por una perspectiva dinámica que tiene en cuenta los histo-riales de los indíviduos, sus circunstancias en la economía del conocimiento y la aparición de nuevas desigualdades entre los sexos, las generaciones y los grupos sociales, propias de las socie-dades posindustriales. Este planteamiento demuestra que las
polí-l. Véase Pierre Rosanvallon, La Crise de l'État-providence, Seuil, 1981, y
Trois lq:ons sur la société post-industrielle, de Danien Cohen, Seuil /La
8 LOS TRES GRANDES RETOS DEL ESTADO DEL BIENESTAR
ticas sociales no pueden continuar contentándose con ser dispo-sitivos de indemnización, sino que deben comportar una estrategia colectiva de inversión social. En resumen, se trata de pasar de un Estado del bienestar esencialmente «enfermero» a un Estado del bienestar «inversor».
Estado del bienestar y sociedad industrial
Los sistemas de seguridad social, figura principal del Estado del bienestar en Europa, son emanación y soporte de la sociedad industrial. Nacen en el siglo x1x con la revolución industrial y su correlato social: la emergencia del salariado.2 Destinados a
garan-tizar la continuidad de ingresos de los obreros que han perdido las redes de solidaridad familiares y locales de la sociedad agríco-la, permiten al mismo tiempo a los patrones asegurarse la fideli-dad, la estabilidad y la calidad de su mano de obra.
En el transcurso de los treinta años que siguen a la Segunda Guerra Mundial, el fordismo y los planteamientos keynesianos de las políticas económicas permitirán una auténtica explosión de los gastos sociales (en Europa, del 5 al 25 % del PIB de media). Durante este período, las políticas económica y social parecen re-forzarse mutuamente. Los dispositivos de protección social per-miten entonces sostener y relanzar el crecimiento económico: son creadores de empleo (profesiones sanitarias, sociales y adminis-tración de la protección social); permiten sostener la capacidad de consumir de quienes ya no pueden trabajar (por causa de en-fermedad, paro, vejez, invalidez); en la medida que garantizan una seguridad de los ingresos, liberan el ahorro de protección y permiten dedicar una parte creciente de estos ingresos al consu-mo (a través de un aumento de las prestaciones sociales o de creación de empleo en los servicios sociales públicos). El creci-miento económico de los «Treinta gloriosos» (1945-1975) reposa en gran parte sobre las beneficiosas interacciones entre desarrollo
2. Véase Robert Castel, Les Métamorphoses de la question sociale, París, Fayard, 1995 (edición de bolsillo, Gallimard «Folio/Essais», 1999.
UN ESTADO DEL BIENESTAR PARA LAS ENVEJECIDAS SOCIEDADES ••• 9
de la industria de bienes estandarizados, de gran consumo, el consumo de masa y la generalización de la protección social.
Además de ser útil para la economía, la protección social per-mite al mismo tiempo responder a las necesidades sociales de la época: mejorar la salud de una población cuya esperanza de vida raramente supera los 65 años, luchar contra la pobreza, que en ese momento -y desde hace largo tiempo- se concentra en las personas ancianas, y apoyar el nuevo reparto de los papeles socia-les. Mientras que en las sociedades agrícolas todo el mundo en la granja trabajaba (hombres, mujeres y niños), la sociedad indus-trial define un nuevo reparto de las tareas, en el que el hombre garantiza los ingresos y la protección social del resto de la fami-lia, los niños están cada vez más escolarizados, y las mujeres se presupone que se quedarán en casa y se harán cargo de las tareas domésticas.
Si bien todos los Estados del bienestar desarrollados compar-ten las funciones de apoyo a la demanda y de indemnización de los riesgos sociales, no todos los países occidentales han puesto en marcha los mismos dispositivos de protección social. Podemos agrupar los sistemas de protección social en tres grandes familias o regímenes (el régimen socialdemócrata de los países escandina-vos, el régimen liberal de los países anglosajones y el régimen conservador-corporativista de los países de la Europa continen-tal), 3 diferenciando al mismo tiempo los objetivos políticos y
so-ciales que tratan de alcanzar (respectivamente: la igualdad entre los ciudadanos, la simple cobertura social de los más pobres, el mantenimiento de los ingresos de los trabajadores) y los instru-mentos que utilizan a tal efecto (respectivamente: políticas uni-versales y servicios sociales gratuitos, políticas sociales dirigidas a un sector de población restringido, seguros sociales financiados por cotizaciones sociales). En un momento en que las condicio-nes económicas y sociales cambian, los sistemas de protección social de la Europa continental, los más anclados en el
industria-1 ismo, son los que mayores dificultades encuentran.
3. G!i1sta Esping-Andersen, Les Trois Mondes de l'État-providence, París, PUF, 2007 (2." edición).
10 l.OS 'llH''I f,llt\Nllf''i HHIOS 1>11,1. ESTADO DEL BIENESTAR
Los divordos
La apertura progresiva de las economías y la llegada de
nue-vos países al juego económico mundial han desestabilizado las economías industriales tradicionales y puesto en tela de juicio la relación entre políticas económicas y políticas sociales. La cre-ciente competencia que se hacen entre ellas las empresas euro-peas pesa sobre los costes, y especialmente sobre los costes no salariales, como los derivados de la financiación de la protección social a través de las cotizaciones. La globalización de los inter-cambios comerciales y la circulación de los capitales han despla-zado las actividades económicas, deslocalizando hacia el Este (de Europa, pero sobre todo de Asia) las actividades industriales de masa, que reposan sobre una mano de obra poco costosa y poco cualificada. Esta evolución lleva a los países antiguamente indus-trializados a reconvertirse hacia nuevas actividades posindustria-les, basadas al mismo tiempo en la innovación tecnológica, las altas cualificaciones, el saber, y los servicios (cualificados o no), especialmente los servicios a la persona. 4 Los sistemas de
protec-ción basados en los seguros sociales, concebidos en sus orígenes para proteger a los obreros industriales poco cualificados con contrato de duración indefinida, la mayoría de las veces en el sec-tor industrial o de servicios básicos, se muestran mal adaptados para proteger las vidas laborales más móviles, más caóticas, mu-chas veces más precarias, típicas de la nueva economía. Cada vez más personas, pero sobre todo nuevos colectivos, se encuentran en dificultades (los jóvenes, las mujeres, las personas no cualifica-das). Y estas personas no son necesariamente las mejor protegi-das por los sistemas existentes. Los trabajadores asalariados pro-tegidos se encuentran asimismo en una situación más precaria, que deriva tanto de las evoluciones demográficas como de las mu-taciones económicas, que amenazan con debilitar sus sistemas de protección, antes bien establecidos.
En este nuevo contexto, las políticas sociales parecen haberse convertido en contraproductivas: a causa de su modo de
financia-4. Véase Daniel Cohen, op. cit.
UN ESTADO DEL BIENESTAR PARA LAS ENVEJECIDAS SOCIEDADES ... 11
ción y de la competencia fiscal entre los Estados, son señaladas como un coste, y ya no presentadas como una forma de apoyar la economía. A veces, parecen ofrecer su apoyo a la inactividad más que a la actividad: multiplicación de los sistemas de prejubilación (Alemania, Francia, Bélgica), número creciente de beneficiarios de pensiones de invalidez (especialmente en los Países Bajos), ayuda al mantenimiento o al retomo de las mujeres al hogar (Ale-mania). Se trata aquí de una evolución paradójica de las políticas sociales: partiendo de una situación en que deberían apoyar el pleno empleo, se han ido utilizando gradualmente y cada vez más para retirar individuos del mercado de trabajo. Semejantes políti-cas han llevado a un alza de los costes de protección social no compensada por nuevos recursos.
Las políticas sociales construidas en la posguerra de la Segunda Guerra Mundial están cada vez más «desajustadas» económica-mente, pero también socialmente. De la misma manera que la eco-nomía posindustrial no se parece a la ecoeco-nomía industrial, la socie-dad posindustrial no se parece a la sociesocie-dad industrial. En esta nueva sociedad, las mujeres trabajan, las parejas se divorcian, la fecundidad desciende, la esperanza de vida se alarga considerable-mente, la pobreza se desplaza.
Así, en Francia, las mujeres, que habían representado un ter-cio de la población activa, representan hoy cerca de la mitad, con-tando con que las tasas de empleo de las mujeres entre 25 y 49 años han pasado del 40 % a principio de los años sesenta del siglo pasado al 80 % hoy. 5 Mientras que la familia típica de los años
cincuenta y sesenta del siglo pasado estaba formada por una pa-reja casada con tres hijos, hoy, en Francia, una papa-reja de cada tres se divorcia (una de cada dos en la región parisina), y la fecundi-dad ha pasado de 3 hijos por mujer a partir de 1946 y durante los cincuenta, a 1, 7 a mediados de los noventa, para volver a aumen-tar hasta 2 en 2007. 6 Esta tasa de fecundidad, que es actualmente
5. Véase Margaret Maruani (dir.), Femmes, Genre et Société, París, La Dé-couverte, 2005.
6. Datos INSEE (Instituto Nacional de Estadística y Estudios Económicos francés).
12 LOS TRES GRANDES RETOS DEL ESTADO Dl\I, 1111,.Nl''di\lt
la más elevada de Europa, no es sin embargo sufkhmll' pura re-novar la población. Además, el estancamiento de los aflos ochen-ta y novenochen-ta reduce considerablemente el ochen-tamaño de la población activa futura, la cual, sin embargo, deberá financiar un número cada vez mayor de jubilados,7 que viven cada vez más tiempo8 y
cuyas necesidades sociales aumentan (en materia de sanidad, pero sobre todo de atención a la dependencia).9 Y si bien en Fran-cia se focalizan los debates en las nuevas necesidades engendra-das por el envejecimiento de la población, se olvida que la pobre-za se ha desplapobre-zado. En Francia, en 2005, había 7,1 millones de personas viviendo por debajo del umbral de la pobreza.'º De ellos, 6 millones tienen menos de 60 años, y de éstos 2 millones son niños (menores de 18 años) pobres, y 1,1 millones tienen entre 18 y 29 años.11 La pobreza ya no está concentrada en las personas
ancianas, sino que actualmente es más un problema de las muje-res solas con hijos, de las personas sin titulación y sin cualifica-ción, de los parados de larga duración. Todas estas personas reci-ben muy poca protección por parte de los sistemas tradicionales, que están concentrados en las pensiones y la sanidad, prestacio-nes que benefician ante todo a los ancianos.
Los sistemas de protección social se ven directamente afecta-dos por los cambios demográficos y familiares: el envejecimiento de la población plantea problemas de financiación a los sistemas de pensiones, pero tiene asimismo un impacto sobre las cuestio-nes de la distribución del trabajo a lo largo de la vida y de la adaptación de las cualificaciones a los avances tecnológicos; los cambios en las relaciones familiares, el aumento del número de familias monoparentales, de familias recompuestas, la entrada
7. En Francia, las personas mayores de 65 años, que representaban en 2000 el 16 % de la población, representarán el 21 % en 2020 y el 28 % en 2040.
8. La esperanza de vida era en 1950 de 63 años para los hombres y 69 años para las mujeres; en la actualidad es de 77 y 84 años respectivamente.
9. El riesgo de llegar a ser dependiente es muy elevado a partir de los 80 años, el número de personas de más de 80 años en la población francesa debería de pasar de 2,2 millones en 2000 a 4 millones en 2020 y cerca de 7 millones en 2040.
10. Número de personas que viven con menos del 60 % del salario medio. 11. Datos INSEE.
UN ESTADO DEL BIENESTAR PARA LAS ENVEJECIDAS SOCIEDADES •.• 13
masiva de la mujer en el mercado laboral, perturban el funciona-miento de sistemas concebidos bajo un modelo familiarista, en el que los derechos son concedidos a aquel (muy raramente aquella) que tiene una actividad remunerada y por extensión a los miem-bros de su familia. Las nuevas formas de pobreza son insuficien-temente atendidas, y todavía menos evitadas. Estos nuevos retos mueven a repensar los objetivos y las estrategias de intervención de las políticas sociales.
Dirigir las políticas sociales hacia el futuro
¿Cómo dar respuesta a las nuevas necesidades sociales? ¿Se dispone de los medios financieros necesarios? ¿Podrán las polí-ticas sociales contribuir al nuevo crecimiento económico? No se trata ahora de una modificación o adaptación de sistemas surgi-dos del pasado, sino de la formulación de nuevos principios y nuevas pistas. Los sistemas europeos de protección social son demasiado diferentes como para poder imaginar que en breve haya de ver la luz un modelo social europeo perfectamente uni-ficado. En cambio, a través de una profunda reflexión sobre las políticas sociales, pero también a partir de las experiencias po-sitivas llevadas a cabo en varias partes de Europa (en la mayoría de los casos en los países nórdicos), es posible subrayar las reo-rientaciones necesarias para permitir a los ciudadanos europeos vivir en las mejores condiciones posibles la transición de una economía esencialmente industrial hacia una economía de servi-cios, que moviliza empleos cada vez más cualificados, pero re-quiere también de unos servicios a la persona muchas veces poco cualificados.
Con la transformación de las economías, y especialmente con la proliferación de empleos poco cualificados y mal remunerados, aparecen nuevos riesgos de polarización social. G0sta Esping-An-dersen propone abandonar la perspectiva estática que limita a aliviar las dificultades presentes de los individuos o bien de man-tener los ingresos perdidos, para adoptar una perspectiva dinámi-ca que piensa los problemas sociales en términos de trayectoria
111
111
11
111
14 LOS TRES GRANDES RETOS DEL ESTADO DEL BIENESTAR
vital: ¿cuáles son las inversiones necesarias hoy para evitar tener que indemnizar mañana? ¿Cómo evitar los efectos acumulativos de las desventajas sociales a lo largo de toda la vida?12 Se trata de pasar de políticas sociales reparadoras y compensatorias a una estrategia preventiva basada en una lógica de la inversión social. Bajo esta perspectiva, quienes primero deberían reclamar nuestra atención serían las mujeres y los niños, aunque sólo sea porque son los únicos (las mujeres aún inactivas, los niños futuros acti-vos) susceptibles de aumentar los recursos a destinar a los jubila-dos futuros. Abrir a las mujeres la «segunda edad de la
emancipa-ción», 13 permitir a todos adquirir las competencias necesarias
para la economía del conocimiento, son los nuevos retos para el Estado del bienestar, si queremos que sea además capaz de finan-ciar las pensiones o los gastos sanitarios del futuro. Se trata en suma de preparar en vez de reparar, de prevenir, ayudar, armar a los individuos y no de dejar que el mercado funcione a su aire para luego indemnizar a los perdedores.
Para hacerlo, hay que invertir el orden de los problemas, rede-finir el sentido de la soli9aridad social y contar de otra forma. ¿Y cómo encontrar nuevos recursos en un momento en que tenemos dificultades para financiar unos gastos sanitarios disparados y las previsiones para los gastos en pensiones son pesimistas? Es en este punto que G0sta Esping-Andersen propone pensar de otra forma ciertos gastos sociales: no ya como un coste que supone un obstáculo al crecimiento económico, sino como una inversión que acompaña y apoya la transición hacia la economía del conoci-miento. Ayudar a los niños a adquirir las competencias adaptadas a las actividades de vanguardia, permitir a las mujeres trabajar, son garantías de un crecimiento más fuerte y de mejores ingresos para el Estado del bienestar. Las políticas sociales pueden encon-trar una utilidad económica si dejan de ser concebidas como un
12. Una infancia en la pobreza puede impedir la adquisición de las com-petencias necesarias para entrar más adelante en una carrera profesional bien remunerada y estable, proceso que puede comportar problemas de precariedad, que acabarán repercutiendo en pensiones bajas.
13. Por retomar el título de la obra de Dominique Méda y Hélene Périvier,
Le Deuxieme Áge de l'émancipation, Seuil /La République des idées, 2007.
UN ESTADO DEL BIENESTAR PARA LAS ENVEJECIDAS SOCIEDADES ••• 15
gasto (un coste) que interviene en el crecimiento económico y pasan a ser vistas como un factor de riquezas futuras.
¿Y por qué seguir contando con el Estado? ¿No sería menos costoso y más eficaz confiar en la protección social al sector y a la financiación privada? Privatizar no hará ni desaparecer las ne-cesidades ni tampoco reducir la factura. Hará falta de todas for-mas cubrir las necesidades de las personas ancianas, necesidades de ingresos, de salud, de atención a la dependencia. La inversión social pública parece más eficaz y más justa que el recurso al mercado o a las familias. Especialmente porque ha de permitir aumentar las oportunidades de todos los niños, producir en con-secuencia más personas activas bien ocupadas y protegidas, y multiplicar los puestos de trabajo para las mujeres (el sector pri-vado no genera por sí sólo plazas de guardería accesibles para todos, cosa que incita a las mujeres más desfavorecidas a quedar-se en casa). La inversión social colectiva puede además garantizar una mayor igualdad. Si se opta por los recursos privados, enton-ces las desigualdades engendradas por el mercado se reproduci-rán. Es aquí que G0sta Esping-Andersen se remite a los principios de justicia social que deben guiar las nuevas inversiones sociales: el de la garantía de igualdad de oportunidades para todos los ni-f\os, el de la igualdad para las mujeres (con los hombres, pero también entre las diferentes capas sociales), el de la igualdad en-tre las categorías de jubilados, cuyos ingresos amenazan con po-larizarse, proyectando sobre los jubilados del futuro las polariza-ciones sociales presentes. En nombre de la igualdad, la presente obra propone una estrategia de inversión pública en las políticas sociales para los niños, las mujeres y las personas ancianas. Es un importante desafío para Francia, ya que aquí las diferencias de ingresos y las desigualdades generacionales14 son más acusadas
que al norte de Europa o en los Países Bajos.
14. Véase sobre todo Louis Chauvel, Les Classes moyennes
a
la derive, Seuil / l .n République des idées, 2006.16 LOS TRES GRANDES RETOS DEL ESTADO DEL BIENESTAR
Los tres grandes retos del Estado del bienestar en el siglo XXI
El cambio social más importante de las últimas décadas es sin duda la entrada masiva de la mujer en el mercado laboral. Es por ello que la primera lección propuesta está dedicada a los retos que representa para el Estado del bienestar del siglo XXI esta
«re-volución del papel de la mujer». Favorecer el empleo de las muje-res y la igualdad entre mujemuje-res y hombmuje-res es crucial para el desa-rrollo de los servicios sociales de cuidado de los niños y de otras personas dependientes. Desarrollar guarderías y otros servicios sociales es una fuente de creación de puestos de trabajo y permi-te a las madres trabajar. Esto es algo esencial tanto para los hijos como para la conciliación de la vida familiar y profesional. Ade-más, favorecer el trabajo de las mujeres corresponde a un deseo de éstas (adquirir una autonomía financiera respecto de los hom-bres), pero también a una triple necesidad social: desarrollar los servicios de atención a las personas dependientes (jóvenes y an-cianas), reducir los riesgos de pobreza de los niños (la pobreza de los niños es siempre inferior en las familias en que ambos padres trabajan) y aumentar los índices generales de empleo (lo que ge-nerará recursos para las pensiones). Pero las políticas destinadas a favorecer a las mujeres no deben conformarse con el solo obje-tivo de la compatibilidad entre la vida profesional y la vida fami-liar: han de insistir asimismo en la igualdad entre hombres y mu-jeres. Se trata naturalmente de igualdad de trato en la vida profesional. Pero es necesario asimismo reequilibrar el reparto de las tareas domésticas. La vida profesional de las mujeres, y espe-cialmente sus carreras, adquiere rasgos cada vez más «masculi-nos». Una auténtica política de igualdad tendría pues que aspirar también a «feminizar» las características de la vida de los hom-bres, incitándoles a dedicarse más al cuidado de los niños y al hogar.
El objetivo de la segunda lección es garantizar realmente la igualdad de oportunidades de los niños. Mientras que los siste-mas actuales de protección social gastan cada vez más en las per-sonas ancianas, parece necesario invertir en los niños. Más que
IJN l\STADO DEL BIENESTAR PARA LAS ENVEJECIDAS SOCIEDADES ... 17
ludrnr contra la exclusión social una vez ésta se ha hecho
reali-dud,
más que tener que formar de nuevo una mano de obraatra-'HHln,
es preferible concentrar los esfuerzos en una acción preven-! ivu centrada en la infancia. Luchar contra la pobreza de los niñosv
gumntizarles las mejores condiciones de cuidado y deestimula-1'i6ll debe permitir al mismo tiempo prevenir la exclusión (la
po-1 weza es más frecuente entre los adultos surgidos de ambientes
pe
1hres)
y preparar una mano de obra mejor formada, cualificadav
móvil
(una socialización precoz en la guardería permite reducir mnsiderablemente el riesgo de fracaso escolar). Para lograrlo, es11t1ccsario al mismo tiempo garantizar unos ingresos mínimos a
todas
las familias (y por lo tanto no abandonar las antiguas polí-1 kns distributivas e incluso desarrollarlas aún más: la lucha con-1rn
los efectos de la pobreza y de la precariedad de las familias11ig11e siendo esencial) y favorecer el desarrollo de formas
colecti-vns de cuidado de los niños que garanticen una buena
socializa-dón primaria y unas condiciones de aprendizaje que preparen de
forma conveniente el futuro.
Si de esta manera se consigue aumentar los índices de
ocupa-d6n femenina y garantizar mejores empleos a los futuros activos, rm podrán dedicar entonces recursos más importantes a los jubi-ludos. La tercera lección subraya que, en el campo de las pensio-11cs, como en los demás, debe prevalecer el principio de igualdad, manteniendo la equidad entre generaciones, pero también en el Ncno de las generaciones. Para mantener la equidad intergenera-donal, las políticas de pensiones propiamente dichas pueden
apli-mr el «principio de Musgrave», según el cual si se modifican los 11 lveles de cotización (pagados por las personas en activo) o bien los niveles de las pensiones de los jubilados, se haga en propor-ción equivalente de manera que no se modifique la relapropor-ción entre salario neto de las personas activas e ingresos de los jubilados. Pero conviene asimismo preparar los dispositivos públicos para encargarse de las futuras disparidades de ingresos entre los jubi-ludos que fueron en su momento personas activas que consiguie-ron subirse al tren de la economía del conocimiento, y los que no pudieron hacerlo.
11111\ 1¡¡1
l~l
111
}1
18 LOS TRES GRANDES RETOS DEL ESTADO DEL BIENESTAR
de un día para otro. Pero el mérito de estas orientaciones inspira-das por ciertas experiencias y reflexiones europeas es proponer un horizonte nuevo y común para las reformas de la protección so-cial, que no se limite ya a simples restricciones presupuestarias, sino que se adapte a los nuevos contextos económicos y avances sociales.
PRIMERA LECCIÓN
FAMILIA Y REVOLUCIÓN DEL PAPEL
DE LA MUJER
tas mujeres están cambiando el mundo
El actual debate sobre el futuro del Estado del bienestar, ob-sesionado con las amenazas asociadas a la globalización y al en-vejecimiento, ha ignorado de manera sistemática una fuerza de cambio seguramente mucho más revolucionaria: el cambio del papel de las mujeres en la sociedad.
La revolución femenina es un fenómeno con ramificaciones profundas. En primer lugar, el perfil biográfico de las mujeres ha cambiado radicalmente en un tiempo increíblemente corto: en realidad, en el espacio de una generación. Mientras que la mujer prototípica de las décadas de la posguerra estaba destinada a las tareas del hogar, su hija tenía muchas más posibilidades de elegir una vida en la que tendría un empleo y una auténtica autonomía económica. El factor decisivo de esta ruptura generacional ha sido el nivel de instrucción y el acceso a un buen salario. En cier-to sentido, las mujeres han experimentado una «masculinización» de sus experiencias en términos de trayectoria vital. En la mayo-ría de los países desarrollados, cuentan actualmente con un nivel de instrucción superior al de los hombres y, allí donde la revolu-ción femenina se inició antes, es decir, en América del Norte, son
111
\l\, i1111
20 LOS TRES GRANDES RETOS DEL ESTADO DEL BIENESTAR
largo de toda su vida, con las interrupciones debidas a la mater-nidad reducidas al mínimo.
Una buena parte de la Europa continental se sitúa muy atrás, con tasas de empleo femenino que rondan el 50 % en Europa del Sur y el 60 % en Francia y Alemania. La diferencia se produce principalmente entre las mujeres menos cualificadas, y podría además reducirse más de prisa de lo que suele creerse, en la me-dida en que la tasa de actividad de las mujeres jóvenes está ga-nando rápidamente el terreno que llevaba atrasado. Así, los datos más recientes referidos a España, país particularmente rezagado, muestran una tasa de actividad del 65 % entre las mujeres de menos de 35 años.
La modificación de las trayectorias vitales femeninas ejerce, para lo bueno y para lo malo, considerables «efectos dominó» sobre la sociedad. El más inmediato es el ocaso de la familia tra-dicional, aquella en la que el marido tiene un trabajo remunerado y la mujer permanece en el hogar. Pero el nuevo papel de las mu-jeres viene igualmente acompañado del desarrollo de los matri-monios en el seno de una misma categoría social, del retraso en el tiempo del primer nacimiento, de unos índices de fecundidad muy inferiores a lo que desean los ciudadanos, de un aumento de la inestabilidad conyugal y de la proliferación de las familias «atí-picas», muchas de las cuales sufren de vulnerabilidad económica. Además, la tendencia de las mujeres a tener menos hijos afecta a largo plazo a la evolución demográfica. La rapidez del ritmo al que envejece la sociedad es en gran medida efecto de esta revolu-ción femenina.
El nuevo papel económico de las mujeres es de buen augurio, pero anuncia asimismo graves problemas sociales. El endureci-miento de la tendencia a la paridad que se produce en la forma-ción de las parejas amenaza con agravar las diferencias de protec-ción social entre familias ricas en trabajo y familias pobres en trabajo. El hecho de atrasar el matrimonio y los nacimientos tra-duce las nuevas prioridades vitales de los individuos (por ejemplo, cursar más estudios), pero también las imposiciones que pesan sobre ellos (las mujeres dudan en tener hijos antes de que su si-tuación profesional esté asegurada). Esto disminuye las
posibili-FAM.ILTA Y REVOLUCIÓN DEL PAPEL DE LA MUJER 21
dad.es de conseguir el objetivo de «dos hijos o más» que persigue lu mayor parte de los adultos. Y, si bien no es imposible ponerse ul día en este sentido, ello no deja de requerir unas condiciones muy favorables.
Las uniones son asimismo mucho menos estables, y es previ-sible que esta tendencia continúe a medida que las mujeres vayan viendo aumentada su autonomía. Tanto en Escandinavia como en América del Norte, aproximadamente un niño de cada dos no cre-cerá en el seno de su familia biológica intacta. El divorcio tiene consecuencias negativas tanto sobre los padres como sobre los hijos, y la monoparentalidad puede suponer un perjuicio para el éxito de los niños.
El fenómeno comporta asimismo unos efectos socioeconómi-cos importantes. La desaparición del ama de casa significa que las familias deben extemalizar su necesidad de servicios -desde la comida y la limpieza hasta el cuidado de los niños y las personas
mayores-. La cantidad de empleo a crear es potencialmente
con-siderable, especialmente en el campo de la asistencia social y de los servicios directos a la persona. La importancia del aporte de las mujeres a la economía es manifiesta. Actualmente, en Escandina-via, las mujeres contribuyen de media al 42-43 % de los ingresos del hogar, cosa que constituye una fuente fundamental de creci-miento económico y de financiación del Estado, que puede ilus-trarse mediante un simple ejercicio de simulación: si las mujeres ganan de media el 75 % del salario de los hombres y su tasa de empleo oscila entre el 50 y el 75 % (es decir, desde el nivel español hasta el nivel danés), el aumento de contribución a los ingresos nacionales que suponen será aproximadamente del 15 %, cosa que, con una tasa impositiva media del 30 %, añadiría el 10 o el
12 % a los ingresos fiscales del Estado.
La revolución femenina, incluso allá donde más lejos ha llega-do, permanece sin embargo incompleta, tal como subraya Cathe-rine Hakim, que distingue tres tipos de preferencias femeninas. 1
El primero es el de la mujer tradicional, orientada hacia el hogar, que trabaja a veces por necesidad, pero cuyos objetivos
22
LOS TRES GRANDES RETOS DEL ESTADO DEL BIENESTARles siguen siendo la maternidad y la familia. Este grupo es mino-ritario y decrece rápidamente. El segundo tipo -igualmente
mi-noritario- corresponde a la mujer para quien la carrera es
prioritaria y que sólo es susceptible de tener hijos si éstos «enca-jan en el esquema». El tercer tipo, que representa la gran mayo-ría, agrupa mujeres que tratan de conciliar vida familiar y conti-nuidad de su carrera. Elemento importante: la masculinización de esas trayectorias femeninas afecta principalmente a la vida económica sin disminuir en la mayoría de ellas el deseo de ser madres. En consecuencia, una de las tensiones más importantes de la sociedad moderna tiene que ver con la conciliación entre carrera profesional y maternidad.
Si la revolución femenina está inacabada, es también porque obedece a una estratificación social. En la vanguardia, encontra-mos a las mujeres cualificadas surgidas de la clase media, mien-tras que las mujeres poco cualificadas están menos interesadas por el trabajo remunerado y tienen más posibilidades de adoptar el modelo tradicional del ama de casa. Pero es en este punto don-de se producen unas variaciones más espectaculares entre unos países y otros. En los países escandinavos, la diferencia de tasa de empleo entre las mujeres más y menos cualificadas es menor y, a todos los efectos, el ama de casa es actualmente una especie desa-parecida. Esto está aún lejos de ser el caso en la Europa continen-tal y meridional. Por ejemplo, en Suecia, el 60 % de las mujeres poco cualificadas trabajan, contra el 27 % en Italia. Francia ocu-pa, como en tantos aspectos, una posición intermedia, con el 48 %. El mismo esquema se encuentra cuando nos fijamos en el caso de las madres con hijos pequeños: en Dinamarca y Suecia no hay absolutamente ninguna diferencia de tasas de empleo entre las mujeres que no tienen hijos y las madres de dos niños o más. En Francia, la diferencia es de 15 puntos.
Que la revolución femenina plantea serios desafíos a nuestros modelos de protección social no resulta sorprendente, aunque sólo sea por el hecho de que afecta profundamente el funciona-miento de lo que constituye uno de sus pilares fundamentales: la familia.
FAMILIA Y REVOLUCIÓN DEL PAPEL DE LA MUJER
23
Familia
y regímenes de protección socialPara comprender bien los desafíos a los que debe enfrentarse
l1
I
Estado del bienestar, es indispensable reflexionar en términosde reg{menes de protección social. Tanto el individuo como la
so-dcdad deben necesariamente su protección social a la
combina-dón de la familia, el mercado y las prestaciones sociales de los
poderes públicos. Pero para la mayoría de la gente, la familia y el mercado son las fuentes principales de protección: el salario nos viene esencialmente del mercado y, por lo general, el grueso de la nsistencia social nos lo proporcionan los miembros de nuestra fumilia. A escala del ciclo de la vida, el papel del Estado del bien-t'Star sólo adquiere una importancia primordial en el curso de los primeros y los últimos años de nuestra existencia.
Estos tres pilares de la protección social ejercen efectos los unos sobre los otros. Si el mercado falla, recurrimos a la familia o a los poderes públicos. En efecto, el mercado puede con facili-dad no satisfacer numerosas necesifacili-dades básicas, sea porque los precios son elevados, sea porque la información está desigual-mente repartida. La salud y la educación constituyen dos ejem-plos clásicos de este tipo de fracaso, pero la revolución femenina pone de relieve dos nuevas necesidades: los servicios de cuidado de los niños y de las personas ancianas, pues los servicios priva-dos de ayuda a las personas son por regla general inaccesibles para la mitad menos rica de los hogares. De igual manera, si la familia falla nos apoyamos más en el mercado o en los poderes públicos. El «fallo» de la familia se desarrolla a medida que las mujeres se van retirando de las funciones de cuidado que les es-taban tradicionalmente asignadas y las distintas generaciones dejan de cohabitar bajo un mismo techo. Las sociedades contem-poráneas se ven pues confrontadas a problemas de fracasos acu-mulados en la medida en que ni el mercado ni la familia son ca-paces de responder de forma adecuada a sus necesidades sociales. El cuidado de las personas ancianas dependientes es un ejemplo claro: los servicios privados de residencias especializadas son ex-tremadamente costosos y la reserva tradicional que constituían las hijas de cierta edad, susceptibles de ocuparse de sus padres
\11
~!
24 LOS TRES GRANDES RETOS DEL ESTADO DEL BIENESTAR
porque no trabajaban, se agota. En el momento en que se produ-ce este doble fallo, el único recurso lógico es el Estado del bien-estar. Pero con la excepción de algunos raros países, el papel de los poderes públicos en los servicios ofrecidos a la familia sigue siendo, en el mejor de los casos, marginal. La permanencia de la adhesión a una política familiarista ha abierto paradójicamente
un vacío de protección que no cesa de crecer.
Al principio, en efecto, el Estado del bienestar moderno estaba
basado en todas partes en el familiarismo. Las políticas sociales
de después de la guerra partían del principio de que el hombre era el sostén de la familia y su cónyuge ama de casa, cosa que explica la manera como, hasta hace muy poco, el Estado del bien-estar ha favorecido las prestaciones en especie por mecanismo de reemplazo de los ingresos, en detrimento de los servicios sociales. No es hasta los años setenta del siglo pasado -con el aumento del empleo femenino- que los países escandinavos empezaron a dar prioridad a los servicios a la familia. En América del Norte y el Reino Unido, los poderes públicos han optado por animar el recurso al mercado, en parte a través de deducciones fiscales. Con la excepción de los servicios de cuidado de los niños en Bélgica y Francia a través de la escuela maternal, el principio de familiaris-mo ha reinado de forma absoluta en la mayoría de los Estados del bienestar de la Europa continental.
La mayoría de las sociedades desarrolladas se ven así confron-tadas a un desequilibrio creciente, pues las políticas adopconfron-tadas no han proporcionado una respuesta adecuada a la revolución feme-nina. Es una paradoja de nuestro tiempo que las políticas sociales familiaristas impidan formar una familia. La caída drástica de la fecundidad y el aumento del número de las mujeres sin hijos, especialmente entre las más cualificadas, en gran parte de Europa están directamente relacionados con la ausencia de servicios de cuidado de los hijos. De forma paralela, la ausencia de servicios a la familia ejerce una presión a la baja sobre la ocupación de las mujeres, en particular entre las menos cualificadas. Italia y Espa-ña, que combinan fecundidad excepcionalmente baja y obstácu-los al empleo de las mujeres, son la ilustración más clara de este desequilibrio.
FAMILIA Y REVOLUCIÓN DEL PAPEL DE LA MUJER 25
El fracaso a la hora de tratar de conciliar maternidad y vida profesional conducirá a los individuos a arbitrar entre traer hijos al mundo y la búsqueda de un empleo para ganar en autonomía
y aumentar los ingresos del hogar. Cosa que se traduce, a escala
social, por uno de los dos escenarios poco deseables siguientes: o bien un equilibrio tipo «fecundidad baja», o bien un equilibrio tipo «ingresos bajos, calidad de empleo baja».
El reto de una nueva política
La necesidad de repensar la política familiar se hace sentir claramente. Si no somos capaces de «desfamiliarizan> las funcio-nes de protección y especialmente de cuidado de los niños, no
lograremos jamás conciliar maternidad y empleo. Una
fecundi-dad baja no quiere decir que los ciufecundi-dadanos no quieran tener hijos, sino más bien que las presiones sobre ellos aumentan. Pese a todo, la familia sigue siendo una institución clave de la
socie-dad, y el desafío consiste en poner en funcionamiento políticas
que la apoyen. Bajo formas cada vez más variadas, la familia
con-li núa siendo un elemento clave del bienestar de los niños. Por
consiguiente - y éste será el objeto de la segunda lección de este
libro-, es indispensable una política que proteja a los niños de
lodo estado de privación económica. De manera más general, el coste que representan los hijos aumenta, al mismo tiempo que su ('Xternalidad positiva, como pronto veremos. Necesitamos, pues, concebir un reparto equitativo de los costes y beneficios que los 11if\os representan.
Otro elemento: debemos reducir al mínimo la dimensión de penalización de la maternidad, cosa que implica una conciliación t•ntre maternidad y carrera profesional, pero estaríamos equivo-l'O.dos si creyésemos que la receta tradicional -una política de uuyuda a las madres»- será suficiente. Algunos de los principales
obstáculos, invisibles, se sitúan a nivel del mercado de trabajo y
t•st{rn especialmente ligados a la seguridad del empleo. Una
polí-t it;u que aspire a combatir este problema tendrá tendencia a
,I\
1
11
¡,
1111
26 LOS TRES GRANDES RETOS DEL ESTADO DEL BIENESTAR
llegar a la conclusión de la necesidad de una «feminización» de la trayectoria vital masculina si queremos llegar a alcanzar un equi-librio positivo.
AYUDA A LAS FAMILIAS
Los demógrafos hablan de «segunda transición demográfica» para describir una tendencia prolongada a la disminución del nú-mero de nacimientos, que reduce el tamaño de las familias, pero también su estabilidad. Algunos ven en ello una evolución hacia los valores posmodemos, que priman la realización del individuo en detrimento de la paternidad. Si esta teoría fuese cierta, nos veríamos confrontados, más que al reto de una nueva política, a un porvenir siniestro. En realidad, un examen más profundo indica que la teoría de los valores posmodernos carece de fundamento sólido. La tasa de fecundidad sueca ha evolucionado en forma de montañas rusas en los años 1980-1990, saltando de 1,5 en 1980 a 2 en 1990, para volver a 1,6 a final de la década de los noventa. ¿Significa eso que los suecos se volvieron primero un poco menos posmodernos para luego volverlo a ser? Teniendo en cuenta que la fecundidad de Francia se acercaba mucho al dos, frente a 1,2 en Italia, ¿podemos deducir de ello que la visión italiana de la vida es un 50 % más posmoderna?
Varios estudios muestran claramente que la norma de los dos hijos es la que continúa recogiendo más sufragios de un extremo a otro de Europa. De forma bastante sorprendente, no hay prácti-camente ninguna variación de Finlandia a Portugal, de Gran Bre-taña a Grecia. Si el adulto tipo declara desear de media 2,3 hijos, este deseo tiene tendencia a disminuir a medida que la edad de la persona preguntada aumenta, cosa que se podría atribuir bien al hecho de que nos volvemos más realistas al envejecer, o bien a la resignación de la población ante un hecho consumado.
He aquí el punto crucial: aunque la norma de los dos hijos permanezca básicamente intacta y se mantenga omnipresente, a la hora de la verdad los ciudadanos ven cómo un abismo separa sus preferencias de la realidad. Si consideramos el lugar central
FAMILIA Y REVOLUCIÓN DEL PAPEL DE LA MUJER
27
que la familia ocupa en la vida social, éste constituye probable-mente el indicio más revelador de un serio déficit de política so-cial en nuestras sociedades.
El déficit de niños es limitado en el puñado de países (Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Dinamarca y Noruega, especial-mente) que gozan de un índice de fecundidad estabilizado en 1,8 o más. Es, en cambio, considerable en la Europa del Sur y del Este, donde la fecundidad se acerca a un índice sintético de fe-cundidad (ISF) de 1,2 o 1,3, pero desciende en ciertas regiones hasta el 0,8.2
Una fecundidad baja acelera el envejecimiento de la pobla-ción, y las variaciones, aún menores, tendrán a largo plazo efec-tos auténticamente dramáticos. Si un índice sintético de fecundi-dad del 1,9 hace bajar la población un 15 % solamente en un siglo, un índice sintético de fecundidad de 1,3 desembocará en una población que no representará más del 25 % de su volumen actual.3 Por ejemplo, teniendo en cuenta los datos actuales, la po-blación española podría caer a 1 O millones de habitantes, mien-tras que el declive de la población francesa la llevaría sólo al 85 % de su nivel presente. Así, las simples variaciones de fecundidad podrían hacer saltar un 138 % la ratio de dependencia demográ-fica4 en España en 2050, contra un alza del 36 % en Suecia. Y las consecuencias macroeconómicas podrían ser graves. Se ha pro-nosticado que el envejecimiento y el declive de la población ha-rían bajar el PIB de la Unión Europea 0,7 puntos en el curso de las próximas décadas.5
Para poner en marcha una política, necesitamos saber qué se oculta tras el déficit de hijos. La teoría tradicional de la fertilidad pone el acento sobre dos factores: por un lado, la decisión de tener
2. El ISF depende principalmente de la edad de inicio de la fecundidad en la mujer y del número de nacimientos que se producen.
3. P. McDonald, «The tool-box of public policies to impact on fertility», comunicación presentada ante el Observatorio Europeo de la Familia, Sevilla (15-16 de septiembre de 2000).
4. Se trata de la relación entre población activa e inactiva.
5. J. Sleebos, Low Fertility Rates in OECD Countries: facts and responses,
1111
1¡¡1¡111
111111
28
LOS TRES GRANDES RETOS DEL ESTADO DEL BIENESTARhijos depende de los ingresos del cabeza de familia (que es un hom-bre); por otro lado, si la maternidad representa para las mujeres un
importante coste de oportunidades en relación a los ingresos de que serían susceptibles de beneficiarse en el curso de su vida, ten-drán menos hijos.6 Se dispone así de una explicación verosímil
de-bido al hecho de que la fecundidad que tradicionalmente era más elevada era la de las mujeres poco cualificadas e inactivas. Pero en la sociedad contemporánea estas explicaciones ya no son suficien-tes. El cruce de los datos nacionales muestra inmediatamente que existe una correlación entre empleo y fecundidad. Se pueden cons-tatar unas tasas de fecundidad más elevadas en los países en los que el empleo femenino está ampliamente extendido, y viceversa.
7
Además, si bien en la mayoría de los países -Francia entre ellos-la fecundidad se mantiene bastante más elevada entre ellos-las mujeres poco cualificadas, éste no es ya el caso de Escandinavia, donde son precisamente las mujeres con un bajo nivel de instrucción las que menos hijos tienen, y la fecundidad más alta se da entre las muje-res que han cursado estudios universitarios.8
La clave de la fecundidad contemporánea reside -todos están de acuerdo en ello- en el nuevo papel de las mujeres y, en parti-cular, en su opción de trabajar a lo largo de toda su vida.9 La ca-rrera profesional no es necesariamente incompatible con la mater-nidad, tal como muestra el caso de los países nórdicos. Pero, sea como fuere, una política que tratase de estimular la fecundidad incitando a las mujeres a trabajar menos sería del todo contrapro-ducente. Tal como muestro en la segunda lección de este libro, la
6. V. J. Hotz, J. A. Klerman y R. Willis («The economics of fertility in de-veloped countries», en M. Rosenzweig, O. Stark (eds.), Handbook of Population
and Family Economics, vol. 1 A, Ámsterdam, Elsevier, 1997, pp. 276-347) ofrecen
una excelente visión de conjunto de las teorías y la investigación en materia de fecundidad.
7. N. Ahn y P. Mira, «A note of the relationship between fertility and fe-male employment rates in developed countries», Journal of Population
Econo-mics, vol. 15, n." 4, 2001, pp. 667-682.
8. G. Esping-Andersen, «A child-centred social investment strategy», pp. 26-67, en G. Esping-Andersen, D. Gallie, A. Hemerijck, J. Myles (dir.), Why We Need
a New Welfare State, Oxford University Press, 2002.
9. P. McDonald, art. citado.
FAMILIA Y REVOLUCIÓN DEL PAPEL DE LA MUJER 29
pobreza es extremadamente problemática para el desarrollo de los hijos, mientras que el trabajo de las madres no lo es en abso-luto. Y desde el momento en que la pobreza de los niños se ve claramente reducida por el hecho de que las madres trabajen, el trabajo debe verse como una ventaja suplementaria. No olvide-mos tampoco que la perennidad financiera de las sociedades que envejecen requiere un empleo máximo de las mujeres. Buena no-ticia: una creciente mayoría de mujeres aspira a tener un empleo y a ser económicamente autónoma.
Así pues, la búsqueda de un aumento del número de hijos debe ir a la par con el nuevo papel de las mujeres. En materia de fecundidad, las decisiones de las mujeres están cada vez menos ligadas al nivel de ingresos de su compañero, y dependen mucho más de su propia capacidad de poner pie de forma estable en el mercado de trabajo, y de la anticipación de los costes en opor-tunidades que pueda suponer la maternidad. Es sabido que la in-certidumbre respecto al futuro constituye un obstáculo para la fundación de una familia. Está claramente establecido que la di-mensión de penalización del hijo aumenta con la capacidad de ingresos de la madre. Ante esto, la dilación del momento de los primeros nacimientos constituye una respuesta lógica. Proporcio-na a la mujer más tiempo para afianzar su carrera profesioProporcio-nal y permite hacer disminuir sustancialmente el coste de la materni-dad en términos de ingresos. Esta dilación es evidente en todos los países, pero es más acentuada en aquéllos en que resulta más difícil la conciliación entre carrera profesional y maternidad.'º No es, pues, sorprendente que la mayor se dé en España (donde la edad media de maternidad se eleva hasta los 31 años).
Pero el hecho de atrasar el momento de ser madre no implica necesariamente una fecundidad baja, siempre y cuando las mujeres puedan recuperar después el atraso. En Dinamarca e Italia, la edad de la primera maternidad es la misma (29 años), pero Dinamarca logra llegar a un índice de fecundidad superior en un 50 % al de
10. S. Gustafsson, «Üptimale age at motherhood. Theoretical and empiri-cal considerations on postponement of maternity in Europe», Journal of
!
1111 ,'¡\ \111 ~ 1 1¡
l
l
i I 11 ' 11 11111111130 LOS TRES GRANDES RETOS DEL ESTADO DEL BIENESTAR
Italia. Es un hecho: se registra una proporción mucho más impor-tante de mujeres sin hijos entre aquellas que tienen un elevado nivel de instrucción, y en países como Alemania y España en que la
con-ciliación es comparativamente más difícil.11 Pero, a pesar de este
aumento, el número de mujeres sin hijos no es la principal causa de la baja fecundidad. El problema es más bien el de las condiciones
que favorecen u obstaculizan el nacimiento de un segundo hijo y de
los siguientes. Así -el hecho es de sobras conocido-, los proble-mas de conciliación, relativamente limitados con un único hijo, au-mentan de forma decisiva con dos y más. Tanto en Francia como en Suecia, más de la mitad de las mujeres tienen en total dos hijos o
más, contra un poco menos del 40 % en Italia.
Las condiciones necesarias para poderse poner al día (es decir,
para alcanzar unas tasas de fecundidad conforme a las
preferen-cias colectivas) son ahora bien conocidas. Nos fijamos sobre todo
en el cuidado de los niños y en las bajas por maternidad, cosa que
no tiene nada de sorprendente. Los servicios de guardería permi-ten limitar al mínimo las bajas antes y después de cada nacimien-to, y constituyen un medio esencial de reducir los costes de opor-tunidad de la maternidad. Un cuidado de calidad, cuando no está subvencionado, resulta inevitablemente caro, por lo general alre-dedor de 400 o 500 euros al mes para una prestación diaria. Las familias con unos ingresos más bajos son, pues, expulsadas del mercado por los precios. Está empíricamente demostrado que la existencia de servicios de guardería incrementa la fecundidad. Doblar estos servicios haría aumentar el índice sintético de
fecun-didad en más de 0,1 puntos12 y, en Dinamarca, su universalización
ha contribuido a hacer pasar dicho índice de 1,5 a 1,8. 13 Son efec-tos que no pueden ignorarse.
11. El porcentaje de mujeres sin hijos (a los 49 uílos) es c.lcl 23 % en Fran-cia, el 27 % en Suecia y el 31 % en Espafla.
12. O. Kravdal, «How the local supply of day curl' ccnlcrs influences fer-tility in Norway: A parity-spccific appronch», l'Ot>lllt1tl1111
fü'.~earch
and Policy Re-view, 15, 1996, pp. 201-218.l3. L. Knudscn, «Rcccnl fcrlllily lr(•nds 111 D1•11n1111k. Thc impact of family policy in a pcriod of i ncrcasi ng l'crll 111 y)), /)1111hlt ( '1•11/1't of l>e1nographie Fertility,
Rcscarch rcporl, n." l 1.
l"AMILI/\ Y REVOLUCIÓN DEL PAPEL DE LA MUJER 31
Está todavía más probado que el cuidado de los hijos estimu-la el empleo de estimu-las madres. Según algunos investigadores ameri-canos, la disminución de los gastos de guardería produce un
au-mento del 14 % del empleo de las madres casadas y efectos
todavía más importantes entre las madres solteras. El impacto de las bajas por maternidad resulta mucho más ambiguo. Si son de-masiado breves, muchas madres renuncian pura y simplemente a su empleo; si son demasiado largas, el resultado podría ser el mis-mo. En los Estados de la Unión Europea, Francia incluida, las bajas plenamente retribuidas están limitadas a cuatro meses, cosa que, teniendo en cuenta la frecuente penuria de soluciones de guardería asumibles, representa claramente para las madres la imposibilidad de volver al trabajo.
HACIA UNA POLÍTICA DE CONCILIACIÓN EFICAZ
Tenemos cada vez más conciencia de la necesidad de repensar la política familiar para adaptarla mejor a las nuevas realidades. ¿Cuáles serían los ingredientes esenciales de una política eficaz de ayuda a las familias? En la medida en que el coste monetario de los hijos no puede ignorarse, una ayuda a los ingresos a través de subsidios familiares podría tener un papel importante. Cada hijo
suplementario comporta, a grandes rasgos, un aumento del 20 %
del consumo de la familia. La generosidad del Estado del bienestar en la materia es muy variable; Francia y los países nórdicos enca-bezan la clasificación. A diferencia de la práctica escandinava -un mismo subsidio para cada hijo-, en Francia no se percibe nada
por el primer hijo, mientras que los nacimientos sucesivos se
bene-fician de una prir:na. En Escandinavia, el mensaje implícito es el siguiente: todos los hijos tienen el mismo valor. El planteamiento francés es implícitamente más natalista, pues atribuye un valor su-perior al tercer hijo y ninguno al primero.
Pero no es de ninguna manera seguro que las transferencias de dinero a las familias con hijos tengan un impacto importante sobre la fecundidad -con la eventual excepción de la prima francesa por el tercer hijo-. La auténtica justificación de los subsidios
familia-1
111111
l
lllll\ 111111llll!li\
32
LOS TRES GRANDES RETOS DEL ESTADO DEL BIENESTARres es otra. Por una parte, compensan el coste que representa el hecho de tener hijos y, por otra, suponen un reconocimiento oficial del hecho de que los hijos producen asimismo un beneficio colec-tivo y que la subvención a los padres se otorga según un principio de equidad. Si se considera que ésta es precisamente la intención principal que sostiene los subsidios familiares, la política familiar debería en principio conceder el mismo valor a todos los hijos.
Pero el núcleo del problema se sitúa en las tensiones entre
trabajo y familia. Gunnar y Alva Myrdal, 14 en los años treinta del
siglo pasado, reflexionaron sobre ello antes que nosotros. Partían del principio de que las obreras se veían obligadas a trabajar y se preocupaban por los efectos indeseables de tal obligación sobre la fecundidad. Eran, pues, conscientes de este dilema: ¿cómo asegu-rarse de que las mujeres que trabajan tendrán hijos? El debate actual es menos natalista, y seguramente formularíamos el pro-blema como sigue: «¿Cómo asegurarse de que las mujeres que
quieren tener hijos no tengan que sacrificar su carrera profesional
para tenerlos? Desde el momento en que un nacimiento supone
previamente, para la mayoría de las mujeres, unas condiciones de trabajo seguras y estables, el paro elevado y la precariedad laboral se convierten en importantes obstáculos para la maternidad. Está sólidamente establecido que la fecundidad se ve perjudicada por el trabajo temporal o el paro de las mujeres. A la inversa, el hecho de trabajar en el sector público comporta una fecundidad más
elevada. 15 Analizado los datos proporcionados por el panel de las
familias europeas, he descubierto que las mujeres que tienen con-tratos de trabajo estables poseen el doble de posibilidades de traer
un hijo al mundo que aquellas que tienen contratos temporales.
Los empleos públicos garantizan por regla general una mayor seguridad y permiten además más flexibilidad; es por eso que la investigación atestigua una fecundidad sustancialmente superior entre las mujeres empleadas por el Estado. Esto funciona
igual-14. Este matrimonio sueco, en que el marido fue Premio Nobel de Econo-mía y la mujer Premio Nobel de la Paz, estuvo entre los grandes pensadores y actores del modelo sueco de Estado del bienestar.
15. G. Esping-Andersen, «A child-centred social investment strategy», art. citado.
FAMILIA Y REVOLUCIÓN DEL PAPEL DE LA MUJER
33
mente en sentido contrario: las mujeres eligen empleos públicos porque ven en ellos la forma de minimizar la incertidumbre y maximizar la conciliación, aunque ello deba implicar un sacrificio salarial.
En definitiva, el éxito del cónyuge en su función de sostén de
la familia tiene un papel menos esencial que antes en las decisio-nes relativas a la fecundidad, lo que no quiere decir tampoco que los hombres ya no tengan nada que ver. Los investigadores han realizado recientemente un sorprendente descubrimiento: la con-tribución de los hombres a las tareas domésticas, en particular las vinculadas al cuidado de los hijos, es ahora decisiva, y las mujeres hacen depender los nacimientos de la posibilidad de poder contar
con el marido para ayudar a reducir los costes de la maternidad. 16
La capacidad de la madre para convencer al padre para que la releve depende en gran parte de su posición en la negociación en el seno de la pareja. La posición de fuerza de la que se benefician comparativamente las mujeres escandinavas favorece una mayor igualdad de sexos en el reparto de las tareas domésticas, a dife-rencia de lo que sucede en la Europa del Sur, incluso en el seno de familias en las que la madre debería estar en buena posición
para negociar. 17 Quizá se trata simplemente del funcionamiento
de las normas tradicionales en materia de relaciones entre los sexos, que hace imposible un reparto más equitativo. En este caso, las mujeres que siguen una carrera profesional tienen poco margen de elección desde el punto de vista de la vida de pareja y de la maternidad: esas mujeres se ven obligadas o bien a aceptar que su trayectoria profesional se vea seriamente penalizada, o
bien a renunciar al mismo tiempo al matrimonio y a los hijos. 18
16. L. P. Cooke,' «The gendered division of labor and family outcomes in
Clcrmany», Journal of Marriage and the Family, 66, 2004, pp. 1246-1259; G. Es-plng-Andersen, M. Guell, S. Brodmann, «When mothers work and fathers care. Sccond births in Denmark and Spain», DEMOSOC Working Paper, 5, 2007.
17. B. Álvarez, D. Miles, «Gender effect on household work allocation: evi-dcnce from Spanish two-eamer couples», Journal of Population Economics,
16(2), 2003, pp. 227-242.
18. Catherine Hakim (op. cit.) hace esta misma observación cuando com-para mujeres británicas y españolas.