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Nocent, Adrien - 06 Tiempo Ordinario 09-21

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Colección RITOS Y SÍMBOLOS

13

Adrien Nocent

EL ANO LITÚRGICO

CELEBRAR A JESUCRISTO

vi

TIEMPO ORDINARIO

DOMINGOS 9-21

EDITORIAL SAL TERRAE

Guevara, 20 — SANTANDER

(3)

Título del original francés:

Célébrer Jésus-Christ. VI Fétes et dimanches du temps ordinaire

(9-21)

Ed. JEAN-PIERRE DELARGE - PABÍS

Traducción: J. García y G. de Pablos Portada de Jesús García-Abril

(S) Editorial SAL TERRAE-SANTANDER

Con las debidas licencias

Printed in Spain

I.S.B.N.: M-293-0536-X Depósito Legal: SA. 48-1979 A.G. RESMA - Marqués de la Hermida, s/n.-Santander 1979

Í N D I C E

Págs.

LOS DOMINGOS ORDINARIOS (9 a 21) 9 Cuadro de lecturas de los domingos (9 a 21) 11

Ciclo A 11 Ciclo B 12 Ciclo C 13 Domingo 9.°

Ciclo A —» La obediencia de corazón 15 Ciclo B — La significación del Sábado 19

Ciclo C — La fe escuchada 22 Domingo 10.'

Ciclo A — El amor, no el ritualismo 24 Ciclo B —r La d e r r o t a del m a l ... 27

Ciclo C — El don de la vida 31 Domingo 1 1 /

Ciclo A — H o m b r e s escogidos por Dios 34 Ciclo B — Crecimiento del Reino 38 Ciclo C — El pecado perdonado 41 Domingo 12/

Ciclo A — Proclamar a b i e r t a m e n t e la voluntad de

Dios 43 Ciclo B — El Señor del universo 45

Ciclo C — El Mesías doliente y salvador 48 Domingo 1 3 /

Ciclo A — Recibir al Señor 51 Ciclo B — Dios, a u t o r de la vida (VI Ciclo C —* Seguimiento sin demora í".r>

(4)

6 ÍNDICE PágS. Domingo 14.°

Ciclo A — El Señor es humilde 57 Ciclo B —r El profeta mal acogido 59 Ciclo C — La alegría en la paz 60 Domingo 15.°

Ciclo A — La palabra eficaz 63 Ciclo B — Escogidos para ser enviados 65

Ciclo C — La ley del a m o r 68 Domingo 16.°

Ciclo A — La paciencia de la justicia d e Dios ... 70

Ciclo B — Las ovejas r e u n i d a s 73 Ciclo C — Dios viene a n u e s t r a casa 78 Domingo 17.°

Ciclo A — Escoger e] verdadero tesoro 82 Ciclo B — Somos saciados del p a n de Dios 84

Ciclo C — Pedir para recibir 87 Domingo 18.*

Ciclo A — Un Dios que da de c o m e r a los h o m b r e s 94 Ciclo B — Creer para n o padecer h a m b r e n i sed 96 Ciclo C — El sentido de lo provisional y lo

defi-nitivo 99 Domingo 19.°

Ciclo A — I r hacia el Señor desafiando los

obs-táculos 102 Ciclo B — El pan bajado del cielo 104

Ciclo C — E s t a r preparados p a r a r e c i b i r la gloria 106 Domingo 20.°

Ciclo A — Una casa para todos l o s pueblos 110

ÍNDICE 7

Págs. Ciclo B —, Comer el pan, beber el vino y vivir

eter-n a m e eter-n t e , H 3 Ciclo C — Signos de contradicción 115 Domingo 21.°

Ciclo A — Un suelo firme 119 Ciclo B — Vivir con el Señor, cuyas palabras son

espíritu y vida 122 Ciclo C — El universo invitado al festín del Reino 126

L E C T U R A D E L APÓSTOL V VIDA CRISTIANA HOY

Las segundas lecturas de los domingos 9 a 21 129 Domingo 9.° Ciclo B 131 Ciclo C 132 Domingo 10.° Ciclo A 134 Ciclo C 135 Domingo 11.° Ciclo A 136 Cicla B 137 Ciclo C 137 Domingo 12.° Ciclo A ... , 139 Ciclo B 140 Domingo 13.° Ciclo A 141 Ciclo B 142 Ciclo C , 143

(5)

Domingo 14.' Domingo 15." Domingo 16." Domingo 17." Domingo 18.° ÍNDICE Págs. Ciclo A 144 Ciclo B 145 Ciclo C 146 Ciclo A 147 Ciclo C 148 Ciclo A 151 Ciclo C , 152 Ciclo A 153 Ciclo B 154 Ciclo C 155 Ciclo A 157 Ciclo B 157 Domingo 19.° Ciclo A 159 Ciclo B 159 Domingo 20.° Ciclo B 161 Domingo 21.° Ciclo A .., 163 Ciclo B 164 Ciclo C , 165

LOS DOMINGOS ORDINARIOS

9 a 21

(6)

CUADRO DE LAS LECTURAS DE LOS DOMINGOS 9 A 21

Este cuadro indica el tema general de la celebración de cada domingo y el tema particular de cada lectura. Cuando la segunda lectura corresponde al tema general del domingo, se comenta junto con las otras dos lecturas y se señala con un asterisco su referencia bíblica. Cuando no corresponde al tema general, se comenta en la parte reservada a las segundas lecturas al final del libro.

CICLO A 9 La obediencia de corazón

Mt 7, 21-27: Cumplir la voluntad del Padre.

Dt 11,18.26-28: Meteos mis mandamientos en el corazón. *Rm 3, 21-25, 28: Justificados por la fe.

10 El amor; no el ritualismo

Mt 9, 9-13: Sí a la misericordia; no al ritualismo. Os 6, 3-6: Sí al amor: no a los holocaustos. Rm 4, 18-25: La fe, fuerza de Abrahán. 11 Hombres escogidos por Dios

Mt 9, 36-10, 8: Escogidos y enviados a las ovejas perdidas. Ex 19, 2-6: Un reino de sacerdotes.

Rm 5, 6-11: Salvados por la muerte de Cristo. 12 Proclamar abiertamente la voluntad de Dios

Mt 10, 26-33: No tener miedo a los hombres. Jer 20, 10-13: Los perseguidores sucumben. Rm 5, 12-15: Donde hay pecado abunda la gracia. 13 Recibir al Señor

Mt 10, 37-42: El que os recibe a vosotros a mí me recibe. 2 Re 4, 8-16: Recibir al santo de Dios.

Rm 6, 3... 11: Muertos con Cristo, vivimos con él. 14 El Señor es humilde

Mt 11, 25-30: Manso y humilde de corazón. Zac 9, 9-10: Un rey humilde.

Rm 8, 9.11-13: Dar muerte a las obras del cuerpo para vivir. 15 La palabra eficaz

Mt 13, 1-23: Recibir la palabra. Is 55, 10-11: La Palabra de Dios.

Rm 8. 18-23: La creación aguarda expectante la revelación de los hijos de Dios.

16 La paciencia de la justicia de Dios Mt 13, 24-43: La justicia que salva.

Sab 12, 13.16-19: Tú juzgas con indulgencia. Rm 8, 26-27: El Espíritu Santo ora en nosotros.

(7)

12 CUADRO DE LECTURAS 17 Escoger el verdadero tesoro

Mt 13, 44-52: Venderlo todo para adquirir el verdadero tesoro. 1 Re 3, 5.7-12: Pedir el verdadero tesoro.

Rm 8, 28-30: Hacerse imagen del Hijo de Dios. 18 Un Dios que da de comer a los hombres

Mt 14, 13-21: Comer hasta quedar satisfechos. Is 55, 1-3: Saciarse.

Rm 8, 35... 39: ¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo? 19 Ir hacia el Señor desafiando los obstáculos

Mt 14, 22-33: Mándame ir hacia ti.

1 Re 19, 9.11-13: Aguardar al Sefior que va a pasar.

Rm 9, 1-5: Quisiera ser un proscrito por el bien de mis hermanos, los judíos.

20 Una casa para todos los pueblos

Mt 15, 21-28: Israel, sí; pero también todos cuantos creen. Is 56, 1.6-7: Una casa en la que recen todos los pueblos.

*Rm 11, 13... 32: Todos los pueblos pueden alcanzar misericordia. 21 Un suelo firme

Mt 16, 13-20: Sobre esta roca edificaré mi Iglesia. Is 22, 19-23: Como un clavo en sitio firme. Rm 11, 33-36: Todo es de él, por él y para él.

CICLO B 9 La significación del Sábado

Me 2, 23-3, 6: Jesús, Señor del Sábado. Dt 5, 12-15: El Sábado, día sagrado.

2 Co 4, 6-11: La vida de Jesús se manifiesta en nuestro cuerpo. 10 La derrota del mal

Me 3, 20-35: Satán es vencido.

Gn 3, 9-15: Promesa de victoria sobre Satanás. *2 Co 4, 13-5, 1: Creemos y anunciamos. 11 Crecimiento del Reino

Me 4, 26-34: la semilla germina. Ez 17, 22-24: II árbol plantado por Dios. 2 Co 5, 6-10: Agradar al Señor. 12 El Señor del universo

Me 4, 35-41: II viento y las aguas le obedecen.

Job 38, 1... 11: Aquí se romperá la arrogancia de tus olas. 2 Co 5, 14-17: Un mundo nuevo.

13 Dios, autor deia vida

Me 5, 21-43: le lo digo: Levántate.

Sab 1, 13-15; !, 23-24: Dios no ha hecho la muerte. 2 Co 8, 7... 15, Dar aquello que se ha recibido. 14 El profeta mal acogido

Me 6, 1-6: Un profeta despreciado.

Ez 2, 2-5: Un rostro duro, un corazón obstinado. 2 Co 12, 7-10: Fuerte en la debilidad.

CUADRO DE LECTURAS 13

15 Escogidos para ser enviados

Me 6, 7-13: Los doce escogidos y enviados. Am 7, 12-15: Ve y profetiza a mi pueblo.

*Ef 1, 3-14: Escogidos antes de la creación del mundo. 16 Las ovejas reunieras

Me 6, 30-34: Ovejas sin pastor.

Jer 23, 1-6: El pastor reúne al resto de las ovejas. *Ef 2, 13-18: Unidos por la sangre de Cristo. 17 Somos saciados del pan de Dios

Jn 6, 1-15: Los panes multiplicados. 2 Re 4, 42-44: Comerán y sobrará.

Ef 4, 1-6: Un solo cuerpo, un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo.

18 Creer para no padecer hambre ni sed

Jn 6, 24-35: Ir a Cristo para no padecer más hambre ni sed. Ex 16, 2... 15: Lluvia de pan.

Ef 4, 17... 24: Conducirse como hombres nuevos. 19 El pan bajado del cielo

Jn 6, 41-51: Yo soy el pan vivo. 1 Re 19, 4-8: Fortalecido por el pan. Ef 4, 30-5, 2: Vivir en el amor como Cristo. 20 Comer el pan, beber el vino y vivir eternamente

Jn 6, 51-58: Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.

Pro 9, 1-6: Venid a comer mi pan.

Ef 5, 15-20: Comprender cuál es la voluntad de Dios. 21 Vivir con el Señor, cuyas palabras son espíritu y vida

Jn 6, 60-69: ¿A quién iremos?

Jos 24, 1... 18: Antes morir que abandonar al Señor.

Ef 5, 21-32: Este es un gran misterio, y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.

CICLO C 9 La fe escuchada

Le 7, 1-10: La fe de un extranjero.

1 Re 8, 41-43: La oración del extranjero en el Templo. Ga 1, 1-2.6-10: Servir a Cristo o agradar a los hombres. 10 El don de la vida

Le 7, 11-17: Yo te lo mando: Levántate. 1 Re 17, 17-24: Tu hijo está vivo.

Ga 1, 11-19: Anunciar al Hijo a las naciones paganas. 11 El pecado perdonado

Le 7, 36-8, 3: El perdón y el amor. 2 Sam 12, 7... 13: El Señor ha perdonado. Ga 2, 16... 2 1 : Cristo vive en mí.

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14 UUAUHU U t LtUlUHAS

12 El Mesías doliente y salvador

Le 9, 18-24: Seguir a Cristo cargando con la cruz. Zac 12, 10-11: Alzarán los ojos hacia el que traspasaron. *Ga 3, 26-29: Revestidos de Cristo.

13 Seguimiento sin demora

Le 9, 51-62: No hay que mirar atrás. 1 Re 19, 16... 21: Dejarlo todo. Ga 5, 1.13-18: Llamados a la libertad. 14 La alegría en la paz

Le 10, 1-12.17-20: Alegría de la misión.

Is 66, 10-14: La alegría de los tiempos mesiánicos.

Ga 6, 14-18: Llevar en el cuerpo las marcas del sufrimiento de Cristo. 15 La ley del amor

Le 10, 25-37: ¿Quién es el prójimo?

Dt 30, 10-14: Poner en práctica la palabra de Dios. Col 1, 15-20: Todo fue creado por Cristo y para él. 16 Dios viene a nuestra casa

Le 10, 38-42: Recibir a Jesús en la propia casa. Gn 18, 1-10: La visita de Dios que cumple su promesa. Col 1, 24-28: El misterio escondido y revelado.

17 Pedir para recibir

Le 11, 1-13: Aprender a orar.

Gn 18, 20-32: Orar sin desfallecer, contra toda esperanza. Col 2, 12-14: Sepultados con Cristo y resucitados con él. 18 El sentido de lo provisional y lo definitivo

Le 12, 13-21: Ser rico arte Dios.

Ecle 1, 2; 2, 21-23: ¿Qué saca el hombre de su trabajo? *Col 3, 1-5.9-11: Buscar las realidades de arriba. I") Estar preparados para recibir la gloria

Le 12, 32-48: Estad preparados. Sab 18, 6-9: Llamados a la gloria.

*Heb 11, 1-2.8-19: A la espera de la ciudad de Dios. 2<l Signos de contradicción

Le 12, 49-53: La violencia por el Reino.

Jer 38, 4-6.8-10: El profeta, hombre de discordia. *Heb 12, 1-4: La oposición de los pecadores. 21 El universo invitado al festín del Reino

Le 13, 22-30: Los últimos serán los primeros. Is 66, 18-21: Reunir a los hombres de toda nación. Heb 12, 5-7.11-13: La reprensión es signo de amor.

Domingo 9.

0

CICLO A. LA OBEDIENCIA DE CORAZÓN

Cumplir la voluntad del Padre (Mt 7, 21-27)

No bastan las súplicas ni los homenajes al Señor. Este es el sentido evidente del texto que se proclama hoy. La oración litúrgi-ca no basta; pero tampoco bastan otras actividades que en sí mis-mas se orientan a Dios y que a primera vista parecerían inspira-das para su servicio, como profetizar, expulsar demonios, realizar milagros. El grito que surge de la fe, las súplicas no bastan: hay que cumplir la voluntad del Padre que está en los cielos. Y quien no adopte esta actitud se verá tratado como un desconocido que ha cometido el mal.

Esta afirmación de Jesús es importante; y es siempre de actualidad. Quien actúa según lo que aquí enseña Jesús, quien busca y trabaja por cumplir la voluntad del Padre edifica su casa sobre roca. Nada puede derruirla. Y por el contrario, quien no atiende esta Palabra edifica sobre arena y su casa se vendrá abajo con estrépito.

El ejemplo es simple y muy claro. Debe hacernos reflexionar. La mera fe, la devoción, incluso la confianza en el Señor, no bas-tan. Vayamos más lejos: las prácticas de piedad, las celebraciones litúrgicas, la frecuencia de sacramentos podrían crearnos ilusio-nes engañosas sobre la rectitud de nuestra vida cristiana. Hay otros signos que no pueden engañarnos y que nos proporcionan una claridad decisiva: ¿Cumplimos la voluntad del Padre? Po-demos actuar en nombre de Jesús, incluso como ministros y repre-sentantes suyos; nada de esto tendrá valor en los últimos días si no hemos cumplido la voluntad del Padre.

Se invita al cristiano a verificar la lealtad de su conducta. Ninguna práctica, ni las sacramentales, ningún esfuerzo por la "causa" de Dios tiene valor si no están acompañados de una vo-luntad práctica de obedecer a lo que quiere el Señor.

(9)

16 DOMINGO 9° Con esto se pone fin a toda posible hipocresía y se nos dan pautas bien claras sobre lo que nos espera. Dios no nos recono-cerá por nuestra oración, por nuestra práctica de la vida cristiana, si lo uno y lo otro estaban confinados en un ritualismo o en un activismo centrados en nosotros mismos. Tenemos que someter-nos a la iniciativa de Dios y trabajar por conocer lo que quiere de nosotros. Se trata de un conocimiento simple que se expresa en el conocimiento que El mismo nos ha dado de su voluntad en los mandamientos y muy en particular en el mandamiento del amor a Dios y al prójimo. Fe, oración, devoción sólo tienen valor si están fundamentados en la puesta en práctica do la voluntad de Dios.

Sin embargo, no se puede acusar a este pasaje del evangelio de "moralismo". Porque el cumplimiento de la voluntad del Padre no es solamente de orden moral, sino que conlleva también nues-tra propia construcción. El ejemplo de la casa construida sobre roca o sobre arena nos invita a comprenderlo de esle modo. Ac-tuar según Dios es construir tanto para esta vida de acá abajo, como para la vida eterna. El hombre "sólido" que entrará "jus-tificado" en el Reino, "construido en Dios", es aquel que lia cum-plido la voluntad del Padre.

Meteos mis mandamientos en el corazón

(Dt 11, 18.26-28)

A S. Mateo le bastaba con remitirse al Deutemnomio para re-ferir las palabras de Jesús sobre la actitud del discípulo deseoso de cumplir la voluntad del Padre. Este texto nos .ayuda a captar mejor el aspecto constructivo de la obediencia al Padre.

En la primera parte del libro del Deuleronomio, Moisés ex-plica ampliamente el significado de la Ley. Es, tmlin; todo, un don de amor dado por Dios q u e quiere construir su pueblo. La Ley sdla la Alianza y garantiza su estabilidad y solide/., a la vez que «cuerda constantemente el deber de fidelidad. Obedeciendo a la Ley, el Pueblo de Dios se va construyendo progresivamente. Se hace responsable de lo que es y de lo que llorará a ser. Por eso el texto que hoy consideramos está tan lleno de imágenes en sus recomendaciones: meter los mandamientos en el corazón, atarlos a l a s muñecas como señal, fijarlos en la frente como una marca distintiva.

El pueblo amado de Dios tiene, así pues, que hacer continua-mente una opción y según la dirección de su elección será ben-decido o malben-decido por Dios. Sin duda alguna se trata, sobre

DOMINGO 9.° 17

todo, de la fidelidad al Dios único y de la renuncia a los demás dioses. Pero se trata también de seguir los caminos trazados por el Señor: expresión que el Antiguo Testamento emplea muy fre-cuentemente y de un modo particular en los Salmos.

Cumplir lo que manda el Señoí es construir la Alianza, es caminar por los caminos del Señor. Se trata por tanto de una actitud positiva y no solamente de una obligación pasiva. El cris-tiano de hoy se realiza, y realiza con el Señor la construcción de su Pueblo, siguiendo la voluntad del Padre.

No se equivocan del todo quienes a veces consideran al cato-licismo como una religión del culto y un sacramentalismo. La equi-vocación está en juzgar al catolicismo por lo que hacen los cató-licos. Pero de hecho, el Señor se expresó con toda claridad y basta volver a sus palabras para caer en la cuenta de que ni la fe ni los sacramentos bastan para construir al cristiano y edificar el Reino. El constructor es el mismo Dios; El es el Señor de la Alianza y ésta solamente puede dar fruto y ocupar un puesto fir-me en el diálogo entre Dios y el hombre, a partir del mofir-mento en que el hombre consiente en elegir la voluntad del Padre.

Justificados por la fe (Rm 3, 21-25.28)

Este fragmento de la carta a los Romanos nos da la oportuni-dad de relacionar las enseñanzas de la lectura del Deuteronomio y del Evangelio. Aparentemente, S. Pablo entra en contradicción con la enseñanza de Cristo. Una lectura superficial de este texto podría inducirnos a creer que el Apóstol, lejos de barruntar la importancia de la práctica, cree, por el contrario, que toda la cuestión radical está en la fe; "pensamos que el hombre se hace justo por la fe, independientemente de los actos prescritos por la ley de Moisés".

Perplejidad: Jesús afirma según S. Mateo, que ni la fe, ni el clamor de la oración y de la devoción bastan para salvar al hom-b r e ; S. Pahom-blo parece afirmar que la fe justifica independientemen-te de los actos...

Nos encontramos ante el problema protestante de la "sola fe" que justifica. Sabemos que la Iglesia católica no admite la expre-sión en su carácter absoluto. ¿Se separa en este punto del pen-samiento de S. Pablo o el Protestantismo ha exagerado el alcance de la afirmación de S. Pablo?

No se trata de entrar ahora en discusiones teológicas, pero no podemos dejar de dar alguna respuesta al problema planteado, tanto más cuanto que el azar de la lectura continuada ha

(10)

yuxta-18 DOMINGO 9."

puesto este texto de S. Pablo a los otros dos. O entra en

contra-dicción con ellos o les proporciona una luz suplementaria e incluso

necesaria.

Hay que subrayar un primer punto que ya le subraya

tam-bién S. Pablo en la primera frase del texto proclamado hoy:

to-dos los hombres están dominato-dos por el pecado. Habría motivos

para caer en la desesperanza si la misericordia de Dios no

inter-viniera. Pero el Señor ha manifestado su misericordia y

conce-dido la justificación. La condición necesaria para que esta

mi-sericordia se realice en nosotros es la fe en Jesucristo. Dios ha

querido este nuevo orden de cosas: la salvación en Jesucristo

in-dependientemente de la Ley antigua. Este camino nuevo de

sal-vación ya había sido, por lo demás, anunciado por la Escritura,

pues la Ley y los Profetas encuentran su realización en

Jesu-cristo.

Puesto que todos somos pecadores, puesto que no podemos

salir por nosotros mismos de esta situación y puesto que las

obras de la Ley que debemos cumplir con nuestras propias

fuer-zas están más allá de nuestras posibilidades, Dios nos da la

sal-vación por su sola gracia, por la fuerza de la redención realizada

en Cristo Jesús. Pero es preciso aceptar este don creyendo en

quien nos le proporciona por su muerte; Dios expuso en la cruz

a Cristo para que, mediante la ofrenda de su sangre, se convierta

en perdón para cuantos creen en El. Cristo es para nosotros

jus-ticia, santificación y redención (1 Co 1, 30). La nueva Alianza se

ha concluido en la sangre de Cristo (1 Co 11, 25). A quien no

había tenido experiencia alguna de pecado, Dios le hizo pecado

por nosotros, para que en El nosotros nos convirtamos en justicia

de Dios (2 Co 5, 18.21). Para ser salvados precisamos, por tanto,

acoger, en la fe, el amor de Dios para con nosotros y el don de

salvación que nos hace en Jesucristo. S. Pablo insiste en esta

gra-tuidad de la salvación y en nuestra fe como condición

indispen-sable para que la salvación llegue a tomar cuerpo en nosotros.

Pero es necesario interpretar con mucha prudencia el pensamiento

de S. Pablo. Si situamos su pensamiento en el contexto de todos

siis escritos, veremos cómo S. Pablo estaba muy preocupado por

aquellos que se imaginaban poder hallar la salvación por sí

mis-mos. Y se detiene una y otra vez en subrayar la gratuidad del

don de la salvación. Por tanto, es necesario creer. Pero ello nada

quita, en la doctrina de S. Pablo, de la necesidad del esfuerzo

humano. En su carta a los Gálatas recuerda el deber de actividad

que tiene el cristiano y la necesidad de las obras para la salvación.

Les enseña, en primer lugar, que deben producir los frutos del

Espíritu que actúa en ellos y enumera los vicios que excluyen del

DOMINGO 9.° 19

Reino. Les recomienda crucificar la carne con sus pasiones y sus

codicias (Ga 5, 22.25). Aunque el cristiano no está sometido a la

Ley antigua, sí lo está a la Ley de Cristo cuyo cumplimiento se

realiza en primer lugar mediante la caridad (Ga 6, 2). Un poco

después escribe: "Quien siembra en el Espíritu, recogerá, del

Es-píritu, la vida eterna... Practiquemos el bien para con todos..."

(Ga 6, 8-10).

En la carta a los Romanos, S. Pablo les anima a renunciar al

pecado (Rm 6, 2.6.12-14) y a los Filipenses les escribirá que es

preciso trabajar con temor y temblor en su salvación (Flp 2, 12).

Por lo demás, S. Pablo considera al predicador como aquel que

exhorta a la obediencia de la fe (Rm 1, 5). Más adelante, en un

bello desarrollo sobre la justicia de Dios anunciada por Moisés,

S. Pablo volverá a escribir sobre la obediencia a la Buena

Noti-cia (Rm 10, 16). Al final de su carta a los Romanos, hablando de

las naciones paganas, mencionará otra vez la obediencia de la fe

(Rm 16, 26). Es cierto que la fe en Cristo es la única manera de

obtener la salvación, pero esta fe supone y consiste en la

obedien-cia al Evangelio. La fe supone un compromiso de toda la

existen-cia y si la fe sola puede salvar, porque solamente Cristo nos puede

comunicar la salvación, es porque esa misma fe supone una

res-puesta a Cristo, una adhesión a su persona y a su Evangelio.

El cristiano se encuentra, pues, enfrentado a una opción que

le libere y le haga responsable de su propia construcción y de la

del Reino.

CICLO B. LA SIGNIFICACIÓN DEL SÁBADO

Jesús, Señor del Sábado (Me 2, 23-3, 6]

Los evangelistas se vieron en la necesidad de poner de

relie-ve la significación del sábado. Se dirigían con frecuencia a

judeo-cristianos, como le ocurría, por ejemplo, a S. Mateo. Los

judeo-cris-tianos aunque celebraban el domingo, guardaban también los

sábados, al menos en los primeros tiempos. No olvidemos que

todos los cristianos hasta el siglo IV trabajaron los domingos y

que su día de descanso era, como para todos los demás, el

sá-bado. Los evangelistas se dirigen también a paganos convertidos

al cristianismo, para quienes las reglamentaciones judías del

sá-bado no tienen importancia alguna en sí mismas, pero les podían

llevar a formarse una mentalidad que quedara ensombrecida por

el legalismo.

(11)

20 DOMINGO 9.°

S. Marcos adopta una postura muy clara: el sábado se ha hecho para el hombre y no el hombre para el sábado. Podía in-troducir esta sentencia en su Evangelio sin demasiadas dificulta-des porque se dirigía a paganos y no a judeo-cristianos. No faltan quienes piensan que esta sentencia no fue pronunciada por Jesús mismo; más fácilmente puede pertenecer a un tiempo algo pos-terior y estar dicha en el contexto de una comunidad pagana.

Las dos narraciones, la de los discípulos que recogen espigas en sábado y la curación del hombre con la mano seca, ponen a Jesús en franca oposición con los judíos. Es la ocasión de cono-cer su pensamiento sobre el sábado y sobre la mentalidad judía.

Pero no hay que forzar las oposiciones. Efectivamente: Jesús no demuestra desprecio alguno por el s á b a d o ; jamás aconseja no observarle, jamás habla de pasar su celebración a otro día. Ade-más afirmó que El no había venido a abolir la Ley, sino a darla cumplimiento. De hecho, al leer a Marcos, se tiene la clara impre-sión de que lo que de él se desprende es mucho más importante que una oposición.

El Hijo del hombre es señor, incluso del sábado. El Señor está por encima de la Ley. Si el sábado fue instituido para que el hombre pudiera honrar al Señor contemplando en paz sus mara-villas, si el descanso semanal fue instituido p a r a esto y para favo-recer el encuentro familiar y posibilitar un alto en el trabajo, el Señor está por encima de esta legalización q u e , además, El mismo instituyó en beneficio del liombre. Hasta el punto de que todo lo que puede tocar a Ja vida del hombre está por encima de la Ley en sí misma. Si se trata de una curación o de la caridad, la Ley debe quedar superada. Por tanto, Cristo no destruye la ley del sábado, sino que expresa cómo debe ser aplicada. Los testigos de la escena que cuenta S. Marcos tuvieron ocasión de oír a Jesús proclamarse a sí mismo Señor del s á b a d o . ¿Comprendieron? ¿Comprendieron la superioridad de la vida sobre la observancia d e la letra? Parece que sus auditores comprendieron, pero no po-dían aceptar los principios que proclamaba Jesús. Fueron a en-contrarse con los partidarios de Herodes p a r a ver el modo de hacerle desaparecer.

El Sábado, día sagrado (Dt 5, 12-15)

L a simple lectura del texto muestra q u e se trata de establecer u n a ley social y religiosa. El pueblo h a b í a padecido la esclavitud d e Egipto. Era necesario proporcionarle ocasión de poder restau-r a restau-r s e en dos direstau-recciones: humanamente, disfrestau-rutando del descanso semanal que no había tenido ocasión de experimentar; pero

tam-DOMINGO 9.» 21

bien estrechando los lazos de la comunidad judía en torno a su Dios, adorando sus maravillas y saboreando todo lo que había hecho por su pueblo. Se trata, por tanto, de una institución social y cultural, a la vez. El sábado quedó como la característica del judaismo. Nosotros hemos exagerado, a veces, nuestras críticas en relación con su observancia. Es verdad que tiene toda una regla-mentación y que el judaismo piadoso la respeta. Pero el ele-mento claramente predominante no es la reglamentación, sino el culto a Dios, el sentido de comunidad y de familia, el respeto a los pobres a quienes se visita las tardes de los sábados. La teo-logía bíblica del sábado, tal y como la comprende el judío obser-vante, es admirable y puede integrarse totalmente en nuestra teo-logía del domingo, aun cuando éste no sea en absoluto una trans-posición del sábado.

El sábado es para el judío la fiesta de su liberación. Es una especie de Pascua semanal, que recuerda la salida de Egipto, la liberación de la esclavitud. El sábado es el día del hombre li-berado.

Los textos que se proclaman este domingo tienen una gran importancia para los cristianos. Resulta paradójico notar que, hoy en día, los más legalistas en la cuestión de guardar un día a la semana... son los cristianos. Los judíos observantes tienen una teología muy rica sobre el sábado; no se contentan con abstener-se rigurosamente de todo tipo de trabajo, sino que tienen además la práctica de la oración cultual y privada ferviente y practican obras de caridad como por ejemplo visitar a los enfermos. El sá-bado les recuerda la formación de su pueblo tras la liberación de Egipto, la reconstrucción de la nación.

Los cristianos son más legalistas en la observancia del do-mingo, viendo en él solamente una práctica obligatoria. Pero al cristiano el domingo le debería centrar en su liberación por la resurrección de Cristo, en la construcción de un mundo nuevo y del Reino, en la espera del último día. La celebración de la Eu-caristía que actualiza el misterio de la Pascua, no agota, por tan-to, toda la realidad del domingo. Habría que añadir el esfuerzo por realizar mejor la comunidad familiar, la comunidad de la parroquia o del grupo, el sentido del otro, del enfermo, del pobre, del solo y abandonado. Ciertamente, el domingo del cristiano ha perdido una buena parte de su significación y es preciso que el cristiano deje de caracterizarse por el hecho de ser una persona "que va a misa el domingo", sino además porque el domingo es para él un día de oración, un día de comunidad y un día de caridad.

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22 DOMINGO 9.°

CICLO C. LA FE ESCUCHADA

La fe de un extranjero (Le 7, 1-10)

La narración de la curación del criado del centurión se en-cuentra en S. Mateo y en S. Lucas con algunas diferencias que no dejan de tener su interés. Parece que S. Lucas ha querido subra-yar la calidad de la fe de un no-judío en contraposición a las dificultades que experimentan los judíos para confiarse a Cristo. P o r eso está muy estudiada la puesta en escena. Como pagano que es, el centurión no va en persona a ver a Jesús; no es su ambiente y no se atreve a hacerlo. Envía en su nombre a judíos notables a los que sin duda habría hecho algunos favores. De hecho, los notables tienen buen cuidado en decirle a Jesús que el centurión ha construido la sinagoga; se trata de un amigo verdadero. Cuan-do Jesús se encamina hacia la casa del centurión, éste le envía un aviso expresándole su deseo de no molestarle; sabe que un judío no puede entrar en casa de un pagano. Y su fe en Jesús se manifiesta de modo conmovedor, hasta el punto de que su con-fesión se perpetúa en la celebración eucarística de la Iglesia latina: " N o soy digno de que entres en mi casa, pero di una sola palabra y mi criado quedará sano".

S. Lucas relata cuidadosamente la reacción de Jesús: "Ni en Israel he encontrado tanta fe".

También a nosotros, nuevo Pueblo de Dios, se nos presenta un problema semejante. ¿Encuentra Cristo, entre nosotros, la fe del centurión? Este domingo nos debe plantear este problema tan-to a nosotros mismos como a tan-toda la Iglesia de nuestros días. ¿Los mayores testimonios de fe se encuentran en la Iglesia cató-lica? ¿La fe en Dios se manifiesta con toda viveza en las Iglesias cristianas? La reacción de Cristo podría aplicarse perfectamente y con toda su dureza a nuestra época. Esto debe hacernos modestos. L a fe es un don, un don que debe sin duda ser acogido y culti-v a d o , pero es un don y nadie puede acapararle en exclusiculti-va.

La oración del extranjero en el templo (1 Re 8, 41-43]

Salomón construyó el Templo. Esto no dejaba de crear algún problema a la mentalidad judía, p o r q u e sabían que no se puede encerrar al Señor en un t e m p l o ; que no era posible forzarle a escuchar a quien uno quiera e impedirle que atienda a quien uno n o desee. Salomón tuvo que exponer al pueblo los motivos de la

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construcción del templo (1 Re 8, 14-21). Después de una oración para que el trono de David tenga un sucesor para siempre, Sa-lomón ora por todo el pueblo para que el Señor le escuche en toda circunstancia, y luego ora por los extranjeros, es decir, por aquellos que no pertenecen a la raza de Israel. No hay que extra-ñarse de que un extranjero vaya al templo. Algunos de ellos han oído hablar de lo que Dios ha hecho por su pueblo. Todos los pueblos de la tierra podrán reconocer el poder del Señor.

Este texto nos pone en contacto con lo que oiremos proclamar en el Evangelio: la fe puede darse también en un extranjero, es decir, en aquellos que no comparten nuestra religión. Este hecho no debe producir en nosotros tristeza, sino que debe conducirnos a alabar a Dios que quiere salvar a todo el mundo. Sin embargo, debe hacernos reflexionar; a nosotros la fe nos es accesible de muchas maneras y tenemos muchos dones de gracia para alimen-tarla: la Palabra de Dios, los sacramentos. Pero toda esta "faci-lidad para creer" ¿no puede ser una verdadera acusación contra nosotros?

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Domingo io.°

CICLO A. EL AMOR, NO EL RITUALISMO

Sí a la misericordia; no al ritualismo (Mt 9, 9-13)

San Mateo relata su vocación con toda sencillez. Vocación que posee las características, sencillas pero emocionantes, de todas las vocaciones que aparecen en el Nuevo Testamento: Es Cristo quien escoge y llama; y el escogido y llamado lo deja todo al instante y sigue a Jesús. Es todo sencillo y a la vez grandioso, hasta el punto de que no se añade ningún comentario. Pero en esta ocasión el caso merece ser subrayado, y Mateo lo hace con toda intención. Jesús va a casa de Mateo en Cafarnaún; Mateo le ha seguido con los discípulos, pero también los publícanos se sientan a su mesa. Mateo es uno de ellos; acaba de ser lla-mado.

Podemos observar aquí la preocupación de Mateo: Jesús ha venido al mundo para la salvación no sólo de los judíos, sino también de los demás, incluso de los pecadores. Observemos tam-bién cómo responde Jesús: no se justifica, sino que se presenta como "el médico", Un médico no justifica su presencia entre los enfermos; tampoco Jesús. Una vez más se t r a t a , por consiguiente, de una determinaba teología de Cristo q u e q u i e r e presentar San Mateo. La fisonomía de Jesús es la de la misericordia, porque su Padre es misericordia y El ha sido enviado p o r la misericordia. Al oír h a b l a r a Jesús, los oyentes d e b í a n conocer, al menos de modo elementarlo que significa para Dios la misericordia, por-que el Antiguo Testamento está plagado de pasajes en los por-que se expresa la teologn de la misericordia de D i o s . La misma expre-sión "Dios de misericordia" encierra toda u n a manera de concebir al Señor. El Deuteronomio presenta a D i o s como el Señor de misericordia (Dt 1, 31), como también lo h a r á el Libro de la Sabiduría (Sab 9,1). El libro de Tobías y los Salmos imploran

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a Dios como Señor de la misericordia (Tob 3, 1 1 ; Sal 85, 15). Sería imposible mencionar aquí todos los pasajes del Antiguo Testamento que hablan de la misericordia del Señor. La esencia misma de Dios consiste en ser misericordioso. Citemos tan sólo algunos textos: "El Señor es bueno y misericordioso" (Sal 102, )i), "El Señor es clemente y misericordioso" (Sal 110, 4). El que Dios practica la misericordia es una experiencia que el pueblo de Israel ha tenido infinitas veces. "El Señor tiene misericordia con quienes Je a m a n " (Ex 20, 6 ) ; "tiene misericordia por mil genera-ciones" (Dt 5, 10). "Todos los caminos del Señor son misericordia y verdad" (Tob 3, 2). Y volviendo nuevamente a los salmos: "En tu misericordia confío, Señor" (12, 6 ) ; "acuérdate, Señor, de tus misericordias" (24, 6 ) ; "las sendas del Señor son misericordia" (24, 10); "invocamos, oh Dios, tu misericordia" (47, 10); "es bueno anunciar desde por la mañana tu misericorlia" ( 9 1 , 3 ) ; esta misericordia es inmensa e ilimitada: "Su misericordia es gran-de hasta los cielos" (Sal 56, 11); "la misericordia gran-del Señor hacia nosotros dura por siempre" (116, 2). Esta misericordia es eterna (Sal 99, 5 ; 102, 1 7 ; 106, 1 ; 117, 1 ; 117, 2 9 ; 135, 1). Los salmos son, en muchas ocasiones, una llamada a la misericordia de Dios: "Señor, haz resplandecer tu misericordia" (16, 7); "imploro la misericordia de mi Dios" (29, 9 ) ; "sea tu misericordia, Señor, sobre nosotros" (32, 22)... La misericordia se identifica en Dios con el amor y la angustia de los hombres a los que quiere salvar. Los oyentes de Jesús debieron de comprender perfectamente lo que Jesús quería decir. Siendo como era Hijo de Dios, Jesús debía ser misericordia. Había venido por la misericordia y debía también querer para los demás la misericordia, no el ritualismo. El cristianismo no es una religión del rito, sino una religión del amor.

Sin embargo, hay que esforzarse por que la catequesis de este pasaje sea correcta. Cuando se proclama el evangelio en el que Jesús perdona a la mujer adúltera por haber amado mucho, una catequesis facilona podría apoyarse en este pasaje para perdonar a la ligera todas las debilidades de la carne. El hecho de que Jesús coma con los publicanos y los pecadores; el hecho de que escoja de entre ellos a sus apóstoles; el hecho mismo de declarar que lo que desea ante todo es la misericordia... todo esto puede dar lugar a una catequesis simplista y oportunista. La imagen de Jesús co-miendo con publícanos y pecadores no puede seivir de punto de apoyo para una propaganda electoral en favor de un partido que pretenda trastocar las clases sociales existentes. Jesús no hace po-lítica. Su enseñanza no consiste en crear nuevas situaciones hu-manas y sociales, sino en establecer la justicia y dar a todo el

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26 DOMINGO 10.° mundo la salvación en el más allá. Lo que hay que poner de re-lieve es que Jesús, con vistas a la conversión y la salvación del mundo, une en el grupo de discípulos que van a formar la Iglesia a gentes de todo tipo, sin distinción de raza o de clase social o de valor moral. Jesús escoge; es él quien escoge y hace posible el que hombres de tan distinta cultura, situación social y grandeza moral vivan juntos para propagar el reino. Jesús ha venido a lla-mar a los pecadores; pero no hay que confundir a los pecadores con una clase social, como si los pecadores no existieran en todas partes y en todos los estratos. El hecho de revisar ciertas actitudes pasadas y tal vez un cierto temor al pecador que los apóstoles de hoy han manifestado con demasiada frecuencia no supone para el momento actual de la Iglesia vincularse necesariamente a determi-nadas reivindicaciones sociales y ocuparse exclusivamente de los pecadores y los contestatarios. Si en todo momento se impone hacer un examen de conciencia, hay que hacerlo con lealtad y sabiendo en qué consiste el reino por el que la Iglesia debe tra-bajar.

Pero sigue siendo cierto que la Iglesia y sus fines no pueden acantonarse en la práctica de la liturgia, la oración y los sacramen-tos, ignorando a la vez las necesidades del hombre de hoy y cons-tituyéndose en una especie de Iglesia aristocrática, hecha para los buenos. Si así lo hiciera, si los cristianos tomaran esta actitud, deben saber, al escuchar este evangelio, que están en oposición al modo de pensar fundamental de Cristo.

Sí al amor; no a los holocaustos (Os 6, 3-6)

El amor, no el rito. Esta "reflexión" de Dios se plantea aquí a propósito de una liturgia penitencial celebrada por el pueblo. En realidad, no puede decirse que esta liturgia sea hipócrita y que el caso concreto de que se trata sea el que tantas veces critican los profetas cuando ven en los rituales de penitencia la búsqueda del perdón motivada por el temor, pero n o el deseo de conversión. No hay nada de eso en este pasaje de Oseas. Sin embargo, el Señor se queja de algo que es grave: el amor del pueblo es fugaz como la bruma de la mañana. No hay consistencia alguna en el amor del pueblo hacia su Dios, En el texto se transparenta una especie de infinita tristeza de Dios.

Cristo utiliza este pasaje del libro de Oseas en el evangelio q u e acabamos de escuchar: "es amor lo q u e deseo, no sacrificios; conocimiento de Dios, más que holocaustos". Lo que el Señor desea es la íntima y fiel unión con él.

DOMINGO 10.° 27

Una vez más, se ofrece a nuestra meditación un problema cru-cial. El cristiano de hoy, como el pueblo del Antiguo Testamento, ¿no se ve demasiado tentado por un fácil ritualismo sacramental que le eximiría del amor? ¿Quizá no busca más el ser perdonado sacramentalmente que el convertirse y amar cada vez más? ¿No tiende a refugiarse tras los ritos y a olvidar el perdón y el amor? El problema se nos plantea a cada uno de nosotros y habría que responder con el mayor rigor posible.

2.* lectura, p. 134

CICLO B. LA DERROTA DEL MAL Satán e s vencido (Me 3, 20-35) Dos hechos que, de suyo, no tienen unidad entre sí ocupan el pasaje del evangelio de hoy: la familia de Jesús viene a hacerse cargo de él; pero el relato se ve interrumpido, pues Jesús debe responder a quienes le acusan de echar los demonios en virtud de Belcebú; después vuelve a relatarse el episodio de la familia de Jesús. En realidad, como veremos, existe un cierto vínculo entre estos dos acontecimientos que, a primera vista, parecen complicar el relato.

Los milagros de Jesús, evidentemente, no pasan desapercibi-dos, lo cual no deja de inquietar a los escribas y a la familia mis-ma de Jesús. Este se ve cada vez más rodeado por la muchedum-bre, y sabemos por el evangelio de hoy que incluso le resulta im-posible comer en la casa de la que tantas veces habla Marcos y en la que Jesús habitaba cuando vivía en Cafarnaún. En particular, los exorcismos realizados por Jesús habían impresionado a las autoridades religiosas. Para los judíos, el tener autoridad sobre los demonios, como Cristo la tenía, podía provenir del mismísimo Dios, como un poder otorgado a uno de sus enviados, o bien del demonio. La muchedumbre es más crédula y se inclina, sin espe-ciales razonamientos, por la primera solución: el que expulsa de ese modo a los demonios y realiza tantos milagros no puede ser sino un enviado de Dios. Los jefes de la sinagoga y los escribas no piensan del mismo modo, y así lo manifiestan en el relato que lioy escuchamos.

La respuesta de Jesús equivaldrá a declararse a sí mismo como enviado de Dios. Observemos que Jesús no responde directa-mente a la afirmación de lo que él es. Cristo utiliza, para su

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28 DOMINGO 10."

respuesta, dos ejemplos: el reino dividido y el ejemplo del hom-bre fuerte.

El reino, la casa dividida. La respuesta es sencilla. Si Belcebú,

principe de los demonios, expulsa a los demonios, entonces es que el reino de Satanás está dividido. Si los enemigos están divididos entre sí, es evidente que perderán la batalla. Por tanto, la "casa" de Satanás está a punto de hundirse.

El hombre fuerte. Se trata de una casa en la que vive un

hombre fuerte. Es imposible entrar en ella y robar sus bienes si previamente no se le ha atado. Esto es lo que hace Jesús. Satanás es ese hombre fuerte que intenta tener el mundo en su poder. P a r a arrebatárselo, primero hay que maniatar a Satanás. Y en ese mo-mento comienza el final de su reinado. Es lo que demuestran los exorcismos: el reino de Satanás ha llegado a su fin; se produce ahora la presencia del Mesías y del nuevo reinado anunciado ya a Juan Bautista.

Por lo que se refiere a los escribas, éstos son reos de un pecado e t e r n o " . . . En efecto, a pesar de las diversas pruebas que Jesús ha dado de haber sido enviado por el Padre, ellos se niegan a creer. Pero no solamente se niegan a creer, sino que acusan a Jesús de que lo que realiza lo hace con la ayuda de un espíritu impuro. Y esto es una blasfemia grave e imperdonable, porque significa oponerse al Espíritu. Al proferir esa blasfemia, se niega uno a recibir al Enviado, se rechaza la salvación. Y para este re-chazo, q u e no es sólo debilidad, sino perversidad y mala fe, no hay perdón posible: es un pecado eterno.

Marcos reanuda entonces el relato que había comenzado: la familia de Jesús le busca. Su Madre, María, está presente. Marcos la cita en primer lugar, como lo hace siempre que la Virgen in-terviene, j u n t o con otros, en un relato. No vamos a insistir sobre el problema de "los hermanos y hermanas" de Jesús. Sabemos de sobra que, entre los semitas, se designa con este nombre tanto a los h e r m a n o s de sangre como a los primos y otros parientes. Para no c i t a r más que el evangelio, digamos que Mateo llama her-manos de J e s ú s a Santiago y José (Mt 13, 55), los cuales son hijos de lina tal M a r í a que no es la madre de Jesús (Mt 27, 56).

La respuesta de Jesús a propósito de su madre y sus herma-nos podría hacer creer que éstos no cumplen la voluntad del Pa-dre. En r e a l i d a d , no se dice nada de esto. Jesús no los excluye en absoluto, sino que mira a quienes están en torno a él y dice: "Todos los q u e hacen la voluntad de Dios son mi hermano, mi hermana y m i madre". Con lo cual pone de manifiesto la íntima vinculación q u e se crea entre él, enviado por el Padre, y los que cumplen l a voluntad de Dios.

DOMINGO 10." 29

¿Tiene una resonancia actual este pasaje del evangelio? Cual-quiera que sea el modo que hoy tengamos de concebir el problema del demonio, sin negar su existencia, no podemos ignorar las fuer-zas que se aunan siempre para luchar contra la Iglesia. Pero en esta lucha la Iglesia no libra un combate imposible: sabe que tiene a Cristo consigo; sabe que el infierno no puede prevalecer sobre ella. Pero esto no tiene por qué darle una seguridad triun-falista. Debe estar siempre en guardia y "purificarse cada a ñ o " , como se lee en una oración del tiempo de Cuaresma. Si la Iglesia, en sus sacramentos, es una prolongación de Cristo, sin embargo no se confunde con él. Este triunfalismo lo rechaza la misma Iglesia, que se halla siempre en estado de lucha contra las potencias del mal. En este combate, la Iglesia sabe que puede conseguir la vic-toria; es más, está segura de ello. Cada uno de sus miembros es consciente de que, en la lucha, tiene consigo a su Jefe que venció la tentación en Jos cuarenta días del desierto. Pero se trata de vivir en intimidad con Cristo y, para ello, hay que creer que él es el Enviado y cumplir la voluntad del Padre para poder se llamado por él, con toda verdad, su hermano y su hermana.

Promesa de victoria sobre Satanás (Gn 3, 9-15)

El texto es de sobra conocido y sabemos perfectamente qué debemos pensar acerca del marco literario adoptado por el autor y de lo esencial que en dicho texto se nos enseña. El relato cons-tituye a la vez el análisis psicológico y religioso de todo lo que, en el futuro, será tentación, pero también victoria. Una victoria que será la victoria de Dios, pero a la que se verá asociado el hombre. Podrá suceder que el hombre ceda ante el demonio, pero siempre recibirá la gracia para inmediatamente vencer por sí mismo, con las armas de Cristo, a ese mismo demonio que le ha seducido. Es la grandiosa historia de la salvación que siempre se ha vivido en la Iglesia. Es a partir del hombre pecador como el Señor juzga y conoce el pecado. A partir de la debilidad el Señor juzga y co-noce la fuerza del mal. El relato del Génesis debe imbuirnos de optimismo desde el momento en que lo entendamos a la luz del Apocalipsis, donde se describe el triunfo del Cordero y nuestro triunfo en esperanza al final de los tiempos. El lugar de la Virgen María ha sido exaltado por la Iglesia dentro del marco de esta lucha y de la obtención de la victoria. La Encarnación de Cristo, para la que ella dio su consentimiento, nos dio un Salvador que ha compartido todas nuestras luchas y nuestros sufrimientos, a ex-cepción del pecado, y que ha vencido a la muerte y ha resucitado.

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30 DOMINGO 10.°

La respuesta, formulada en el salmo 129, canta esta victoria sobre el mal: "En el Señor está el perdón y la abundancia de rescate".

Creemos y anunciamos (2 Co 4, 13-5, 1)

Como se sabe, esta segunda lectura no ha sido escogida con el mismo criterio que las anteriores. Pero, sin forzar el sentido de los textos, puede relacionarse con las otras dos, siempre que consideremos que el tema central de éstas es la victoria sobre el mal.

San Pablo nos narra sus luchas y sus sufrimientos, su debi-lidad. Lo que le sostiene, en medio de las pruebas que tiene que soportar y que ofrece para el bien de los corintios, es la fe en Cristo, vencedor de la muerte y del mal y resucitado. Pablo cree en su propia resurrección con la de Jesús: sabe que será resuci-tado con Jesús y presenresuci-tado ante ej que le resucitó, juntamente con sus lectores, por quienes ofrece sus luchas.

Pero hemos de tener una clara visión del sentido de la vida actual. Aunque el hombre exterior que hay en nosotros se enca-mine hacia su ruina, el hombre interior se renueva cada día. Cris-to, que expulsó a los demonios durante su existencia terrestre y ha vencido definitivamente sobre ellos en virtud de su pasión y su resurrección, renueva día tras día a nuestro hombre interior. San Pablo nos comunica aquí su experiencia personal. Una ex-periencia costosa. Pero hay que saber dar en la fe un juicio sereno sobre los verdaderos valores: nuestras p r u e b a s del momento pre-sente son insignificantes en comparación con la extraordinaria abundancia de gloria eterna que nos deparan. Nuestra mirada no debe detenerse en lo que se ve, sino en lo que no se ve y es eterno. La victoria de Cristo sobre el demonio y el mal es de tal calibre, que nuestro mismo cuerpo, a r r u i n a d o por el pecado, aun-que tenga aun-que ser destruido resucitará para d u r a r eternamente.

Esta experiencia que sólo es posible en la fe, este optimismo inquebrantable, es lo que quiere transmitirnos Pablo.

El canto que introduce el evangelio de hoy nos hace alcan-zar esta esperanza en la fe y proclama el triunfo de Cristo y el nuestro propio:

"El Verbo se hizo carne y habitó entre n o s o t r o s " (Es la mu-jer quien aplastará a la serpiente). " P o r él se harán hijos de Dios todos cuantos le reciben" (Jn 1, 14, 12).

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CICLO C. EL DON DE LA VIDA

Yo te lo mando: Levántate (Le 7, 11-17)

La resurrección del hijo de la viuda de Naím es un relato propio de Lucas que se inscribe en la lista de episodios que anun-cian el don de la vida del que todos nosotros somos beneficiarios.

Cuando Juan Bautista envía a sus discípulos a Jesús, éste responde dando una especie de aclaración acerca de su persona: "los muertos resucitan" (Le 7, 22). La resurrección del hijo de la viuda de Naím había sido un ejemplo de ello (Le 7, 11-17). El profeta Isaías ya había anunciado este signo del Mesías: "Revi-virán tus muertos, sus cadáveres resurgirán" (Is 26, 19).

San Lucas observa que Jesús se compadeció de esta pobre viuda. En la emoción de Jesús podemos ver más que la emoción provocada por el sufrimiento de la viuda. Lo que va a hacer Je-sús y provoca su emoción es la realización de la vida, el don de la vida y de la resurrección a todos los que crean en él. Esto es ciertamente lo que Lucas quiere poner aquí de relieve. Y es, por otra parte, el signo que Jesús recordará al Bautista para expre-sarle su verdadera identidad: es el Mesías esperado.

Si Lucas ha narrado este episodio, lo ha hecho para afirmar la fe de sus lectores en el Cristo Profeta y Dios que ha visitado

a su pueblo.

Dios ha visitado a su pueblo. Lucas se aferra a esta fórmula y a este hecho. El viejo Simeón lo canta: Dios ha visitado a su pueblo (Le 1, 68). Más tarde, Lucas pone estas palabras de repro-che en boca de Jesús: "no has conocido el tiempo de tu visita"

(Le 19, 44). El Antiguo Testamento había proporcionado a Lucas un modelo. El Éxodo habla de la visita de Dios: "Yo os he vi-sitado, dice el Señor a Moisés" (Ex 3, 16) y José, en el Éxodo, había dicho: "Ciertamente Dios os visitará" (Ex 13, 19). El sal-mista se maravilla de esta visita y exclama: "¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes?" (Sal 8, 5). Esta visita de Dios que canta Lucas por boca del viejo Simeón en el Benedictos (Le 1, 68) es la visita mesiánica del rescate y la liberación, de los cuales la salida y la liberación de Egipto no habían sido más que una figura. Jesús es el profeta que ha triunfado sobre la muerte y otorga la vida. No olvidemos que Lucas escribe después de que se hubieran producido los acontecimientos de la muerte y la resu-rrección de Jesús. El relato de Naím le sirve para aplicar las reso-nancias de la experiencia de la Iglesia.

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U U M I N ü ü 10.'

Tu hijo está vivo (1 Re 17, 17-24) La elección de la lectura del Antiguo Testamento debía ba-sarse en una figura del milagro de Naím: la resurrección del hijo de una viuda por parte del profeta Elias. El Antiguo Testa-mento nos ofrece un caso parecido de resurrección: la del hijo de la Sunamita por parte de Eliseo (2 Re 4, 34).

¿Qué consecuencias hay que sacar de este milagro, como del de Naím, para nuestra vida cristiana actual?

El programa de las ciencias y un cierto aumento del paganis-mo nos hacen olvidar con demasiada frecuencia que la vida, lo mismo que la muerte, está en las manos de Dios. Sin quedarnos al nivel de la vida física, es preciso que accedamos a la significa-ción más profunda de los milagros como " t i p o s " de la resurrecsignifica-ción y de la vida en Dios en el último día. Es el Señor quien nos da la vida definitiva y nos realiza. El bautismo como nueva vida, los sacramentos que la sustentan y la hacen crecer hasta que vuelva Cristo, constituyen la significación más profunda de estos mila-gros, a los que hay que añadir la resurrección de Lázaro como "tipo" de la resurrección de Cristo y de nuestra propia resu-rrección.

Al pensar en este don de la vida y en la realización completa en el más allá de todo aquello que debemos ser, no deberíamos aislarnos en u n a visión de la vida que nos afectara más que a nuestro ser indivilual, sino que debemos considerar la vida dada a todo el pueblo de Dios. La Iglesia, encargada por Cristo de re-sucitar a los que han muerto espiritualmente, debe ella misma esperar del Señor su propia existencia y su v i d a ; debe ser signo de la resurrección p a r a cada uno, actualmente al modo de una promesa, pero haciendo que podamos ya palpar las garantías de la vida definitiva. En realidad, la predicación de la Iglesia no tiene más que este fundamento: la resurrección otorgada a los hombres ya desde ahora, que hace que podamos escapar a la muerte del pecado, a la vez que los sacramentos vivifican a la Iglesia y a sus miembros, en marcha hacia la vida definitiva. Aun-que estos milagros no sean tan espectaculares como el de Elias o como los de J e s ú s con el hijo de la viuda de N a í m o con Lázaro, en la Iglesia no dejan de producirse milagros de resurrección, des-conocidos para todos pero reales, en vistas al último día.

Nuestro cristianismo es una religión de la v i d a ; si bien su-pone una cierta forma de muerte que es la ascesis y la renuncia, éstas no son s i n o instrumentos de liberación, y t o d a la vida del cristiano se desarrolla en un clima de vida intensa. Es cierto que mu«has veces n o s es dado palpar en un ser débil, en un enfermo

DOMINGO 10." 33

o en un moribundo los signos mismos de una vida que supera en intensidad la vida de los que gozan de salud. Esta debería ser para nosotros la significación profunda de la eucaristía y del bautismo, sacramentos de v i d a ; y en este sentido, también el sacramento de la unción de los enfermos debería constituir para nosotros signo de la vida del cuerpo y de la vida del alma. Los cristianos somos seres perpetuamente resucitados a la vida, aunque parecemos igno-rarlo. El mundo debería ver en nosotros testigos de la vida, de una vida constantemente animada por Cristo, Hijo del Dios vivo que da la vida.

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Domingo n.°

CICLO A. HOMBRES ESCOGIDOS POR DIOS

Escogidos y enviados a las ovejas perdidas (Mt 9, 36-10, 8)

Este pasaje del evangelio de hoy es fundamental para deter-minar la fisonomía que la Iglesia deberá tener en los siglos que restan hasta la segunda venida de Cristo. Esboza las grandes lí-neas de la misión de los Apóstoles y de la Iglesia.

El discurso de Jesús arranca de la compasión que el mismo Jesús siente por la multitud. No es la primera vez que un relato importante comienza por esta situación, y ya encontramos esto en Marcos (6, 34), con ocasión de la multiplicación de los panes. El Señor constata las necesidades de la multitud y se conmueve. Esa multitud tiene necesidad de guías; es una buena simiente y podría dar frutos. Pero faltan obreros. Ante esta situación, Cristo reco-mienda orar, a fin de que el dueño de la mies envíe obreros a su mies.

Y es éste el momento escogido por Jesús p a r a designar a un grupo de hombres que serán esos obreros de primera fila. De este modo, la elección de los apóstoles, su misión y la misión de la Iglesia q u e va a nacer tienen como punto de partida la in-finita compasión de Jesús por la multitud.

Jesús ve a esa multitud abatida, fatigada y sin pastor. El pastcr, el g u í a , es una imagen frecuente en el Antiguo Testamen-to, sumamente sensible a la experiencia de un pueblo desampa-rado. El l i b r o de les Números nos presenta a Moisés frente a la angustia q u e le ocasiona la visión del pueblo abatido y sin guía, y suplica al Señor que suscite un guía que se p o n g a a la cabeza de dicho p u e b l o (Num 27, 17). El profeta Z a c a r í a s describe a ese pueblo que e m i g r a como ovejas sin pastor ( Z a c 10, 2). Jesús, pas-tor por excelencia, se conmueve y anhela el envío de guías y obreros a la mies. Hay pocos obreros, lo cual debe animar la

DOMINGO 11.° 35

oración de los apóstoles, a fin de que acudan obreros a ofrecer sus servicios.

Sabemos que la imagen de la siega no es infrecuente ni en el Antiguo Testamento, donde sirve más bien para referirse al últi-mo día (Jer 5 1 , 3 3 ; Joel 4, 13), ni en el Nuevo, donde dicha ima-gen sirve para designar el trabajo que hace germinar y la discri-minación entre el grano bueno y el malo, al Señor que siembra personalmente la buena semilla y, por último, los últimos tiempos y el juicio final (Mt 13, 3 0 ; 13, 39). Pero es preciso orar para que se realice la siega. Orar, porque es el Señor quien, en definitiva, es el dueño de la mies.

Cristo escoge entonces a los primeros segadores. Llama a los Doce y les inviste de poderes, poderes que se determinan con toda precisión en el texto. Poderes, por otra parte, que pueden extra-ñ a r n o s : expulsar los malos espíritus, curar todo tipo de enferme-dad y de dolencia. Atribuciones extrañas a primera vista. Y sin embargo, cuando leemos a San Mateo, vemos que esta actividad misionera fue en primera instancia la actividad de Cristo. "Reco-rría Jesús toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda do-lencia en el pueblo" (Mt 4, 2 3 ) ; "Jesús recorría todas las ciuda-des y los pueblos, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda do-lencia" (Mt 9, 35). Por eso, los Doce son enviados con el poder de curar toda enfermedad y toda dolencia y expulsar demonios. Cumplen la misma función que Cristo. A nosotros, sin embargo, se nos invita a trascender el nivel de las enfermedades físicas. Según San Mateo, los discípulos son llamados para hacer lo que ha hecho Cristo. Ahora bien, Cristo, en cumplimiento de la profecía de Isaías que recoge Mateo (8, 17), "tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades" (Is 53, 4). El misionero es el servidor de Dios; por consiguiente, debe llevar la carga de los otros. Tiene el papel de anunciador del r e i n o : por eso expulsa a los demonios y cura las enfermedades.

Inmediatamente después, Mateo da la lista de los Apóstoles escogidos de ese modo por Jesús.

Por último, el Señor les da unas instrucciones bien concretas: No deben dirigirse a los gentiles ni a los samaritanos; deben di-rigirse más bien a Jas ovejas perdidas de la casa de Israel. Nos hallamos en los primerísimos momentos de la misión de los Após-toles, antes incluso de que Jesús hubiera acabado de realizar la tarea que culminaría en el misterio pascual. En consecuencia, li-mita el trabajo de los Apóstoles a Israel; después de Pascua, los

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36 DOMINGO 11.° misioneros serán enviados a "instruir a todas las naciones

(Mt 28, 19).

Las actividades apostólicas consisten sobre todo en anunciar la presencia del reino. Por eso, como hemos visto, curan las en-fermedades, resucitan a los muertos, limpian a los leprosos, expul-san a los demonios, signos todos ellos de la presencia del reino. Han sido llamados por concesión gratuita de Cristo, sin haber hecho el menor mérito y, por consiguiente, deben dar de modo gratuito.

Un reino de sacerdotes (Ex 19, 2-6) Lo que el Señor hace por sus apóstoles, el Dios de Israel lo había hecho, en cierto modo, por todo su pueblo. Todo su pueblo debía ser misionero, anunciar a las naciones el carácter único de su Dios y su Alianza con él. El pueblo de Israel no podía ser, pues, un pueblo cerrado en sí mismo. Si es un pueblo privilegiado, debe demostrarlo: ha de hacer conocer a las naciones este testimo-nio de la Alianza.

Es en este sentido como hay que entender la expresión "un reino de sacerdotes". No se trata ya de pensar que todo Israel per-tenece a una clase sacerdotal. Hay que pensar, más bien, en el ministerio de todo el pueblo que, por una parte, participa de la realeza de Dios y, por otra, debe comportarse de una manera sacerdotal porque ha sido segregado y tiene que orar, interceder por las otras naciones, ofrecer el sacrificio, hacer conocer al Señor. El pueblo es, consiguientemente, un pueblo santo, es decir, un pueblo q u e vive en intimidad con el Señor; su misión consiste, sobre todo, en anunciar esta intimidad a las naciones. Así, del mismo modo q u e Moisés fue enviado para decir al pueblo abatido que era un pueblo, un reino de sacerdotes, una nación santa cuya misión particular consiste en anunciar su intimidad con Dios, del mismo modo escoge Cristo a sus apóstoles y Jos envía a las ove-jas perdidas de la casa de Israel.

Estas dos lecturas son ncas en enseñanzas p a r a nosotros, y ello a dos niveles.

En p r i m e r lugar, al niiel del universalismo. Si Mateo nos transmite p a l a b r a s de Jesús <]ue se refieren a la p r i m e r a etapa de la misión de los apóstoles —etapa que pronto s e r á superada por el anuncio del reino a todas las naciones—, si la lectura del Éxodo nos muestra a u n pueblo estogido, la redacción del texto parece abrirse ya a u n cierto universalismo. El pueblo d e Israel debe dar testimonio de q u e es una nación santa. La misión está abierta a

DOMINGO 11.° 37

todos los pueblos. Lo mismo sucede con la Iglesia, que nunca puede cerrarse en sí misma, sino que su vocación misionera y su apostolado entre todas las naciones forman parte de su misma definición.

En segundo lugar, al nivel del "sacerdocio". El Concilio Vati-cano II, en su constitución Lumen Gentium, quiso poner de re-lieve con toda precisión el carácter sacerdotal del nuevo pueblo de Dios que somos nosotros. Después de afirmar que el único sacerdote, de hecho, es Cristo, muestra cómo su sacerdocio es participado de dos maneras esencialmente diferentes. Si todo el pueblo de Dios es sacerdotal, sin embargo hay que matizar esta afirmación. No es que el sacerdocio de los fieles sea únicamente analógico; es un verdadero sacerdocio. Pero es esencialmente di-ferente del sacerdocio ministerial conferido por la ordenación. Todo el pueblo de Dios está llamado a ser misionero, a interceder, a ofrecer el sacrificio. Pero su actividad no es la del sacerdocio mi-nisterial, que significa una participación particular en el sacerdo-cio de Cristo, en un grado más elevado y con un poder esencial-mente diferente: el sacerdocio ministerial está encargado de actua-lizar en el presente los misterios de la salvación; el sacerdocio de los fieles puede participar íntimamente en estos misterios actuali-zados por el sacerdocio ministerial. Esta precisión del Concilio y esta vuelta al sentido sacerdotal de todo el pueblo de Dios es im-portante. Porque la Iglesia no es sólo una institución, un cuerpo jerárquico, sino que es "una sola cosa", lo cual no suprime las distinciones y la organización. Cada miembro tiene su lugar y su función misionera, orando, enseñando y ofreciendo el sacrificio según el rango que Je haya sido otorgado.

Cada fiel es invitado, de este modo, a controlar su propia ma-nera de concebir la Iglesia y su propio papel dentro de la misma, debiendo aceptar el hecho de que no puede ser verdaderamente cristiano si no cumple su misión de enviado y de "escogido" se°-ún el designio de Dios.

El salmo 99, que se utiliza como responso de Ja primera lec-tura, canta nuestro reconocimiento al Señor por lo que ha hecho con nosotros:

Sabed que el Señor es Dios; que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño.

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38 DOMINGO 11.° CICLO B. CRECIMIENTO DEL REINO La semilla germina (Me 4, 26-34) La lectura evangélica de hoy nos propone dos parábolas de Jesús: la de la simiente arrojada por el sembrador, que germina sin que éste se dé cuenta, y la del grano de mostaza, pequeña se-milla que produce un gran árbol. Por último, Jesús nos explica por qué utiliza las parábolas.

La parábola de la simiente pretende llamar nuestra atención sobre dos puntos: la simiente que cae en tierra pasa por dos evoluciones sucesivas; el sembrador, una vez realizado su trabajo, no se preocupa más y se entrega a sus actividades ordinarias, por-que la simiente crece sin su intervención. Sólo tendrá por-que volver a intervenir en el momento de la siega.

La intención de esta parábola debía de ser más evidente para los contemporáneos de Jesús que para nosotros. La imagen de la hoz, efectivamente, debía de evocar inmediatamente en ellos la frase del profeta Joel en la que anunciaba el juicio de Dios (Joel 4, 12-16).

Durante el tiempo del crecimiento de la simiente, el sembra-dor permanece inactivo con respecto a éste, y el tiempo pasa sin necesidad de preocuparse de ella. ¿Cómo entender la aplicación que pretendía dar Jesús a esta parábola? P o r una parte, quiso anunciar el juicio de Dios evocado por la hoz: el reino de Dios está cerca. Por otra parte, nada parece hacer prever esta cercanía. Al p o n e r el ejemplo del sembrador que, después de haber sembra-do, espera pacientemente el tiempo de la siega, Jesús previene con-tra u n a interpretación de ese aparente silencio de los aconteci-mientos. La simiente crece sin la intervención del sembrador, pero este crecimiento es señal de que ha de llegar la siega. El período durante el cual el Señor parece desinteresarse por lo que ha sem-brado es precisamente el período que precede a la siega y a la venida repentina del reino.

L a segunda parábola, la del grano de mostaza, encuentra en Marcos un narrador original que se distingue de los otros dos evangelistas (Mt 13, 31-32; Le 13, 18-19). No v a m o s a entrar aquí en el problema de la prioridad de uno u otro relato. La manera cerno Marcos presenta la parábola nos invita a detenernos con especial interés en un punto: el grano más pequeño se convierte en u n a planta que se alza por encima de t o d a s las demás en el jardín, en la que los pájaros pueden hacer su n i d o . Se trata, pues, de u n árbol importante, capaz de albergar a los pájaros y sus ni-dis. S e ha visto en este árbol el símbolo del r e i n o y de un rey

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poderoso que protege a quienes le están sometidos. De hecho, el libro de Daniel evoca un gran árbol en cuyas ramas viven los pájaros del cielo; este árbol representa para él al rey Salomón (Dn 4, 9-18). El libro de Ezequiel describe un árbol en el que en-cuentran abrigo los pájaros, y se refiere al faraón de Egipto (Ez 3 1 , 6). El sentido de la parábola empleada por Jesús sería, pues, que el reino ya preparado ofrecerá esta majestad y, al mismo tiempo, este refugio a todos los que formen parte de él. Se trata del reino de Dios, que crece lentamente pero que se encamina hacia su majestad y su perfeccionamiento. Para los oyentes de Je-sús ha llegado el momento de comprender el importante momento que están viviendo. Están asistiendo a la preparación del r e i n o ; el reino está en pleno crecimiento, aunque no se manifieste y aunque su punto de partida apenas es visible. Pero el reino viene con toda su majestad.

Pero, ¿por qué hace uso Jesús de las parábolas para su en-señanza? Jesús se expresaba en parábolas en público, y Marcos lo recuerda. En privado, lo explica todo en detalle a sus discípu-los. San Marcos, en este mismo capítulo 4, 10-11, nos hace esta indicación. Para Jesús, la enseñanza por parábolas sirve para dis-tinguir lo que quiere para sus discípulos y lo que desea para los demás. El pueblo de Dios no ha recibido al enviado. El Señor no desea, pues, cegar a un pueblo que se ha negado a recibir la luz. Pero el mensaje de Dios se enseña de modo que sólo puedan com-prenderlo quienes poseen la clave de las parábolas. Y esta clave le es dada únicamente a los discípulos, porque han seguido a Jesús.

San Marcos escribe para la Iglesia de su tiempo. Ahora bien, el pueblo elegido no ha aceptado el mensaje ni al mensajero. Esta situación ha exigido la utilización de las parábolas. Refirién-dose a Isaías, Marcos ve en ello una voluntad de Dios: "para que por mucho que miren no vean, por mucho que oigan no entiendan, no sea que se conviertan y se les perdone" (Is 6, 9-10; Me 4, 12). El empleo de la parábola es, según Marcos, una forma providen-cial de castigo y una exigencia provocada por la actitud del pueblo elegido que se ha negado a ver. Ahora se le presenta todo en parábolas que sólo pueden comprender quienes han acogido a Je-sús en la fe.

El árbol plantado por Dios (Ez 17, 22-24)

Hemos citado más arriba este pasaje, a propósito de la pará-bola del grano de mostaza que se convierte en un gran árbol. Basta con leer todo este pasaje de Ezequiel para darse cuenta de

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