VII Encuentro de la Asociación Ibérica de Historia del Pensamiento Económico Zaragoza, 1-3 de diciembre de 2011
Una genealogía de la
rareté
en las teorías del valor-utilidad
PABLO CERVERA FERRI
Universidad de Valencia1
1. Sobre la controversia Rothbard-Kauder en torno a la historia del valor-utilidad
2. De cómo la rareté llegó a Lausana (y se hizo calvinista) 3. La rarità de Ferdinando Galiani (una digresión necesaria) 4. La rareté en las teorías del valor antifisiócratas
5. De Auguste a Léon Walras. La rareté como utilidad marginal 6. Conclusiones
1. Sobre la controversia Rothbard-Kauder en torno a la historia del valor-utilidad
Raritas y utilitas han formado en la tradición tomista un tándem inseparable para explicar el problema aristotélico del justo precio en los intercambios y, por extensión, el de la generación del valor. Ambos conceptos conservaron significados diferenciados en los escritos latinos hasta la escolástica tardía. La raritas era la cualidad que expresaba la limitación “física o moral” de una cosa o una acción y se distinguía de la paucitas, la carencia en términos cuantitativos. La utilitas expresaba la aptitud o idoneidad de tal cosa o acción para satisfacer una necesidad física objetiva (virtuositas) o un deseo, moral y subjetivo (complacibilitas, commoditas). El análisis del intercambio, entendido como un hecho inherente a la vida en sociedad, hubo de pasar una doble revisión desde mediados del siglo XVI hasta la Ilustración. La primera, al integrarse en el ámbito europeo contrarreformista como objeto de reflexión de la filosofía moral católica y conciliarse con el derecho natural revelado o, en el contexto protestante, con el que emana de la observación empírica y sensista de la naturaleza acorde con las nuevas concepciones teológicas. La segunda revisión está asociada a la formación de los Estados-nación, con la construcción de unos derechos de gentes coherentes con las diferentes interpretaciones positivas del derecho natural.
El condicionamiento de las teorías del valor a los preceptos teológicos dominantes fue contemplado desde una perspectiva weberiana por Emil Kauder (1953, 1955, 1965) y rebatido por Murray N. Rothbard (1995: 171-175; 2011 [1996]: 26-29; 139-160). Kauder rastreó las evoluciones de una teoría subjetiva del valor-utilidad de reminiscencias escolásticas desde Lottini y Davanzati hasta Galiani, así como la influencia del último en la comprensión de los intercambios individuales por Turgot y
Condillac. Mientras la utilidad subsistió en la explicación “católica” del valor, que comprendía el trabajo como sacrificio necesario para la consecución de la “moderada felicidad” aristotélica, no sucedió lo mismo en la Escocia calvinista, donde el precepto sobre la perseverancia de los santos impuso una teoría objetiva del valor-trabajo acorde con las virtudes del esfuerzo personal, la frugalidad y la parsimonia. Siguiendo la tesis de Oskar Kraus, Kauder defendió que la teoría del valor-utilidad tomista persistió en el marginalismo católico austríaco pero se extravió en la interpretación matemática de Léon Walras.
Rothbard aceptaba con cautelas esta última conclusión pero rechazaba las anteriores. El capitalismo, como apuntara su maestro Mises, nació en las ciudades-estado italianas católicas del siglo XIV y se desarrolló en Amberes y el sur de Alemania; fue el calvinismo quien lo adoptó, no quien lo creó. Además, casos como el fisiócrata o el de la posterior difusión del dogma clásico del valor-trabajo en la Francia católica se resistirían a la interpretación de Kauder. Para Rothbard, sólo la teoría mengeriana del valor-utilidad se remontaría a la escolástica de Salamanca y conservaría, aparentemente, su pureza aristotélica2. ¿Pero qué fue de la raritas? Rothbard, siguiendo tal vez demasiado de cerca a Kauder, identificaba la rareza con la escasez física -la
paucitas latina- y la asociaba al coste de producción3. En las páginas que siguen no pretendemos discutir la persistencia de argumentos tomistas en los razonamientos de la escuela austríaca. Sostenemos, no obstante, que la raritas subsistió junto a la utilitas
precisamente en las teorías del valor calvinistas -hugonotes, no presbiterianas- como componente o como determinante del valor, hasta fundirse con el concepto walrasiano de la utilidad marginal.
En segundo lugar, defendemos que la recientemente resucitada controversia entre Rothbard y Kauder (Rothbard, 2011) obvió la difusión de las ideas económicas como elemento crucial para comprender los problemas inherentes a su evolución. La divulgación de la terminología jurídico-económica latina iusnaturalista y su traducción a las lenguas vernáculas, imprescindible para que el derecho de gentes sea tal, afectó -y mucho- a la comprensión de la raritas. De Jure Naturae et Gentium (1672) y su resumen
De officiis hominis et civis iuxta legem naturalem (1673), del sajón luterano Samuel Pufendorf, supusieron un hito decisivo en la difusión desde Heidelberg del derecho de gentes y en la consiguiente construcción de distintas teorías del valor basadas en la rareza y la utilidad. Su importancia no reside tanto en su originalidad –es conocida su deuda con
De Jure Belli ac Pacis de Hugo Grocio- como en su ductilidad para la enseñanza. Ambos textos se difundieron en ámbitos tan distintos cultural e intelectualmente como el de la suiza calvinista de Barbeyrac y Burlamaqui, el de la Ilustración católica bávara de Heinecke (Elementa Juris Naturae et Gentium, 1776 [1737]) y la española de Gregorio Mayans4, o el de la escocesa presbiteriana de Gershom Carmichael (S. Pufendorfii De officio, 1ª ed. 1718). En este último caso la teoría del valor de Pufendorf, expresada en el capítulo XIV en términos de utilitas, raritas y dificultad de adquisición, se filtró en el
2 “Puede considerárseles [a los escolásticos españoles] incluso „proto-austríacos‟, en cuanto exponentes de una sofisticada teoría subjetiva del valor y de los precios. […] Incluso el análisis „macro‟ de la escolástica, que comienza con Buridán y culmina con los escolásticos hispanos del siglo XVII, elabora una teoría „austríaca‟, que no monetarista, tanto de la oferta y demanda de dinero como de la formación de los precios” (Rothbard, 2011 [1996]: 26).
3 Rothbard hizo repetido uso del término scarcity para referirse a la raritas (2011: 141, 151, 153-155) 4
segundo volumen de A System of Moral Philosophy de Francis Hutcheson (1755)5 con una notable peculiaridad: la traducción indistinta del término raritas por rarity or scarcity (lib. II, 54).
Si bien no es objeto del presente estudio tratar sobre el valor-trabajo, la intuición de vincular el término scarcity con una teoría del valor de cambio basada en los costes de producción y contrapuesta al valor de uso resulta tan tentadora como engañosa. El valor-coste de producción ya estaba presente en las obras de Duns Escoto y de John Mair (Gómez Camacho, 1998: 147). Es probable que estos antecedentes allanasen el camino a Carmichael para divulgar con De officio su teoría del valor en la escuela de filosofía moral escocesa hasta perfeccionarse con Adam Smith y transmitirse bajo formas diversas en la ulterior tradición clásica. Pero esta hipótesis es inexacta como cualquier generalización, especialmente al referirnos a Jean B. Say y a los ideólogos franceses. Las precauciones ante esta hipótesis serían mayores si contemplásemos las teorías del valor de Senior, Tooke, Lloyd, Longfield o Jennings, entre otros académicos británicos del periodo clásico para quienes la utilidad desempeñó un papel relevante en la determinación del valor. También sería excepción, aunque por razones tan diferentes como conocidas, la noción de “rareza” que David Ricardo atribuyó a los bienes no reproducibles6. Pero sirva esta reflexión para subrayar que la traducción del sustantivo
raritas a las lenguas europeas en que floreció la filosofía moral iusnaturalista no es una cuestión etimológica menor, al influir en construcciones diferentes de la noción del valor. La rarità no es sinónimo de escasez física en la obra de Galiani, como tampoco lo será la rareté en una tradición francófona que arranca en Barbeyrac y evoluciona en su significado hasta los Élémentsd’économie politique pure de Léon Walras (1874-1877).
Amén de las dificultades que entraña la traducción, los términos económicos son susceptibles de vulgarización. La rareté ha demostrado ser un concepto particularmente sensible, prestando a variaciones semánticas que se han fijado en el tiempo como nuevas acepciones en los diccionarios. Auguste y Léon Walras señalaron que el común de los escritores franceses había confundido la rareza como antónimo de la abundancia. De aceptarse, la rareza sería una carencia en la dotación de un bien o de un factor productivo en una economía. La rareté, apuntaban, no es una cantidad concreta dentro de una escala de magnitudes sino una escala en sentido propio, una “cualidad filosófica” o “científica”: toda renta, todo servicio productivo y todo bien de consumo es raro en tanto que útil y limitado en cantidad. Comparaban la rareté con la velocidad (vitesse): es un ratio de distancia-tiempo; lo más veloz es rápido y lo menos veloz es lento. Sin embargo, la vulgarización nos ha llevado a decir que un objeto es “veloz” (vite) cuando en realidad es “rápido”7
. La rareza es una proporción entre la utilidad y la dotación limitada; pero su vulgarización ha llevado a entender por raro aquello cuya dotación es muy limitada o aquello que resulta poco útil, “extraño” a nuestros usos habituales y llevado por tanto infrecuentemente al intercambio. La distinción entre la rareza como cualidad filosófica o como cantidad tiene consecuencias analíticas: como cualidad se presta a la matematización como una función monótona y continua; como cantidad concreta, no. Volveremos a esta importante cuestión.
5 Hutchison, 1988: 192-193. Rothbard sólo cita a Pufendorf como antecedente de Carmichael, sin reparar en que la obra escocesa era, según su propio subtítulo, una refutación a la de Barbeyrac (1995: 461). 6 Son “raras” en sentido ricardiano aquellas mercancías cuya cantidad no puede ser aumentada por el trabajo: estatuas, cuadros, libros y medallas, vinos de calidad, etcétera. Su valor sólo depende de “las facultades, gustos y caprichos”. Según Auguste Walras, “David Ricardo divise toutes les marchandises en deux classes: celles qui sont rares, et celles qui ne le sont pas. […] Cette opposition est inadmissible dans le langage de la science, pour qui l‟abondance et la rareté sont un seul et même phénomène” (1831: 109). 7
La comprensión de la rareté como ratio plantea además un tercer problema: si la utilidad es condición previa y necesaria a la rareza, existirá una correlación funcional positiva entre raritas y utilitas, términos esencialmente diferentes en la literatura económica hasta la Ilustración. La rareza –o la utilidad, indistintamente- deja de ser un componente del valor para ser su determinante si la dotación limitada es constante, como sucederá en cualquier análisis estático del equilibrio. Pero para resolver estas dificultades es necesario retomar el hilo conductor de las primeras versiones de las obras de Pufendorf en lengua francesa.
2. De cómo la rareté llegó a Lausana (y se hizo calvinista)
El edicto de Fontainebleau forzó a la familia Barbeyrac a huir de la represión en su Francia natal contra los calvinistas hugonotes. Tras un periplo por Ginebra, Frankfurt, Berlín y Amsterdam, el joven Jean Barbeyrac se instaló en Lausana en 1711. Por entonces ya había editado Le droit de laNature et des Gens y Les Devoirs de l’homme, et
du citoien (1706, 1707), las más tempranas traducciones de De Iure y De Oficiis de Pufendorf. Ambas fueron profusamente contrastadas con el texto original, y basaron además la reivindicación del autor alemán por Carmichael en S. Pufendorfii De officio
(1724). Los capítulos 1, lib. V y 14, lib. I trataban respectivamente la cuestión del valor. A tenor de las anotaciones de Barbeyrac, la rareza tiene una importancia mayor de la que le confiriera Pufendorf en la determinación del valor:
“il faut donc ajouter ici une autre raison, je veux dire, que les choses susceptibles de Prix doivent être non seulement de quelque usage, sinon véritablement, du moins de l‟opinion & la passion des gens; mais encore de telle nature, qu’elles ne suffisent pas aux besoins de tout le monde. De force que, plus une chose est utile, ou rare” (1706: vol. II, 2, n.IV.i)
La utilidad no es el único requisito para que un bien sea mercancía; también es imprescindible que dicho bien exista en una cantidad inferior a la necesitada por sus demandantes. Esta idea fue recogida por el ginebrino Jean-Jacques Burlamaqui (1694-1748). Burlamaqui estudió en la Academia de Ginebra las dos traducciones francesas de Barbeyrac, a quien conoció personalmente en Groningen (1721). Sus reflexiones sobre el derecho natural se publicaron en 17478, poco antes de su fallecimiento. Sabemos por la edición ampliada de los Principes por Dupin (1820) que sus lecciones sobre el derecho de gentes, impartidas en la misma Academia entre 1723 y 1740, fueron reunidas en apuntes confeccionados entre 1740 y 1748 que quedaron inéditos. Esta obra tiene un doble interés: al tratarse de una adaptación crítica de las obras de Pufendorf, de Grocio y de Barbeyrac en lengua francesa; y por otra parte, al combinar razonamientos todavía escolásticos sobre el justo precio con una teoría del valor que enfatizaba el papel determinante de la rareté.
El capítulo XI de la Parte 4ª, “Del precio de las cosas y de las acciones que entran en el comercio”, resulta aclaratorio. Burlamaqui seguía literalmente a Barbeyrac en su distinción entre los precios virtuales9 y los valores o precios intrínsecos o propios.
8 Citaremos los Principes du droit de la nature et des gens de Burlamaqui por su edición integral de 1820. Las traducciones son nuestras, descartado conscientemente las de los Elementos del derecho natural de M.B. García Suelto (1820: Madrid, Minerva Española) al confundir reiteradamente la “rareza” con la “escasez” física (véanse entre otras las pp. 260-264), incurriendo en el error que precisamente intentamos corregir.
9
Los precios virtuales se diferenciaban entre los legítimos –fijados por el monarca o la magistratura para los bienes de consumo necesario10- y los convencionales, resultantes del acuerdo libre entre vendedor y comprador siempre y cuando “no se alejasen demasiado considerablemente de la justa estimación”: los costes de transporte y de almacenamiento, el crédito, la venta al detall y la concurrencia entre compradores o entre vendedores eran las únicas causas que justificarían tal desviación (1820: 236-238). Por su parte, el valor intrínseco es el “inherente a las cosas […] según sean más o menos aptas para servir a nuestras necesidades, a nuestras comodidades o a nuestros placeres” (1820: 231). Sólo aquellos “bienes o actos” que son limitados en su cantidad, apropiables y comercializables adquieren valor y un precio intrínseco, siempre y cuando cumplan la anterior condición. Pero:
“La mera utilidad, sea cual sea, no basta para que las cosas adquieran un precio; es necesario que además tal utilidad vaya acompañada de rareté; es decir, que sean de tal naturaleza que nadie pueda procurárselas fácilmente y en la cantidad que quiera. En efecto, las cosas más útiles e incluso las más necesarias, pero que son tan abundantes que su uso es inagotable, no son apreciadas, como vemos por ejemplo con el agua común. Sin embargo la rareté sin más, tan grande como sea, tampoco es suficiente para conferir precios a las cosas. […] En pocas palabras, todas las circunstancias particulares, que concurran a rebajar los precios de las cosas, reportan en última instancia a la rareté”. (1820: 232-233).
En definitiva, el valor intrínseco corresponde a la “justa estimación” escolástica y los precios convencionales sólo se desvían de él por causas naturales y no arbitrarias, salvo en el caso de los bienes necesarios. Más importante para nuestro objetivo es la comprensión de la utilidad y la coercibilidad como requisitos previos de un valor intrínseco que depende de la rareté. La rareza de un bien, entendida como una dotación variable –“tan grande como sea”- presupone utilidad y apropiabilidad en cantidades limitadas, y queda así emplazada como determinante último del valor.
Burlamaqui avanzó considerablemente al entender que la rareza y la utilidad no eran dos condiciones que cumplir simultáneamente para generar el valor, sino que la una implicaba a la otra. El derecho a poseer cualquier bien útil es previo al acto de intercambio. Esta concepción de la rareté confirmará al autor ginebrino como antecedente explícito de la teoría del valor que Auguste Walras propondrá en 1831. Sin embargo, el rastro de Burlamaqui se difumina entre los escritores económicos de la Ilustración. Aunque los Principes du droit naturel fueron insistentemente reeditados y traducidos a seis idiomas para la formación de juristas, su influencia se diluye entre las teorías del valor que se gestarán en Francia pocos años más tarde. Pero esto no significa que tales principios fuesen unánimemente rechazados. La razón última de su escasa influencia en las reflexiones económicas ilustradas reside en la exclusión de los contenidos sobre el derecho de gentes en sus ediciones tempranas. La compilación de textos de Burlamaqui por Fortuné-Barthélemy de Félice (Yverdon, 1766-68) introdujo definitivamente el capítulo sobre el intercambio, pero pasó desapercibida –por irrelevante o por incómoda- en el momento álgido del debate entre la fisiocracia y sus detractores. La edición póstuma de los Éléments du droit naturel de 1775 fue la que aparentemente llegó al gran público. Ésta tercera versión de Lausana fue precisamente la que utilizarían tanto Auguste como Léon Walras11. La teoría del valor-rareza de Burlamaqui se difundió tarde, con la edición parisina de Dupin de 1820, en plena efervescencia clásica. Por entonces ya eran pocos quienes la comprendieron. La
10 Su significado es idéntico al de los precios legales escolásticos (Gómez Camacho, 1998: 143-144). 11
No suele contarse entre éstas, por incompleta, la edición Vernet de los Principes du droit politique
traducción española de los Éléments de García Suelto (1820) es una prueba fehaciente.
3. La rarità de Ferdinando Galiani (una digresión necesaria)
Compartimos la tesis de Kauder sobre la persistencia en los Estados italianos católicos de una tradición que interpretó el valor basándose en la utilidad y la rareza. Lottini, Davanzati, Montanari, Galiani, Verri, Genovesi y en menor medida Ortes formarían parte de ella. Esta tradición mantuvo al menos en su inicio comprensibles puntos de contacto con la escolástica salmantina y conibricense, al deparar como ella especial atención a las cuestiones monetarias. La coyuntura económica y política obligaba a priorizar la reflexión sobre las conversiones, los cambios, el avellonamiento o la relación entre el valor y el interés. A diferencia de las demás mercancías, la moneda requería un tratamiento particularizado por la doble naturaleza de su utilidad como convención y medio de pago, con implicaciones en su valor extrínseco, y por su escasez física como mercancía, relativa o absoluta, que condiciona el valor intrínseco. De ahí que la rarità se revistiera también de varias acepciones, con referencia al numerario o a los metales preciosos. Sin embargo, no debemos deducir de estas evidencias que las interpretaciones tomistas-aristotélicas sobre el intercambio condujeran inexorablemente al desarrollo de las primeras teorías monetarias en el ámbito cultural católico. El tomismo ofrecía una teoría del valor basada en la utilidad y en la rareza para discutir la justicia de los intercambios, y ésta se contextualizó para interpretar los intercambios monetarios en unos casos, de las mercancías en otros -como hemos visto con Barbeyrac y Burlamaqui- o de ambos: Ferdinando Galiani supone el mejor ejemplo12.
La fecha de publicación de los Principes du droit naturel de Félice descarta cualquier posible influencia de Burlamaqui en Della Moneta (1751). Galiani se distinguió de sus precursores al establecer en firme una teoría del valor-utilidad y rareza de las mercancías previa a la más sofisticada valoración del dinero. En aras de brevedad, asumimos nuestra responsabilidad al resumir su inteligente modelización por Giocoli (1999). Galiani comprendía un valor natural relativo y subjetivo, y un valor de cambio
objetivo compuesto por la utilidad y la rareza. La utilidad (U) es la “aptitud de una cosa para procurar felicidad”, una proporción entre el placer y la penalidad; y un bien sólo adquiere valor cuando el placer supera la penalidad13. La rareza (r) depende de una “voluntad humana” que supone esfuerzo, de los “agentes naturales” y de la Providencia. Puede interpretarse como una proporción entre un flujo de consumo (C) -la suma de los usos- y un stock limitado de cantidad (Q). Los bienes se consumen por “destrucción” (Cd) o por “ocupación” (Co). La dotación Q de los primeros, bienes fungibles como el
trigo, sólo depende de agentes naturales y es por tanto independiente de la fatica –un supuesto irreal para las actividades agrícolas que superará Forbonnais-.
Vc = Vc (U , r) [14] Vc/U>0 ; Vc/r>0
U = U (placer/penalidad); U>1
12 En adelante nos centraremos en la rareza de los servicios productivos y los bienes útiles para la satisfacción directa de necesidades o deseos, que son los que interesan al análisis walrasiano en lo esencial.
13 Encontraremos esta misma versión “utilitarianista” no benthamita en la obra de Verri; no sucede así en ninguna las teorías del valor-utilidad de la tradición que arranca con Barbeyrac.
14
r = r [(Cd+Co)/Q (agentes naturales)]
El stock Q disponible de un bien consumible por ocupación –los manufacturados, por ejemplo- estará determinado por un flujo de producción (q) que depende a su vez del esfuerzo y de una cantidad limitada Qp que sólo responde a los designios divinos -por
ejemplo, la riqueza de una mina-. El trabajo es fuente de valor sólo en este caso: “la manufactura no tiene buenas ni malas cosechas” (1770: Dialogues, II). La expresión del valor de cambio quedaría así:
Vc = Vc [(placer/penalidad) ; Co/ (q{fatica} + Qp)]
Las semejanzas entre Cd y Co de Galiani con las rentas walrasianas y con los capitales
que ofrecen servicios productivos saltan a la vista. Lo mismo sucede com la distinción entre dotaciones y flujos de producción. La hipótesis de una infuencia indirecta del napolitano en la teoría del valor de Walras se refuerza por la propia construcción de la
rarità como “cualidad filosófica”, como cociente entre la suma de utilidades individuales y la dotación de bienes acotada por el esfuerzo productivo o por la propia naturaleza. Ciertamente, Galiani no resolvió el problema de interdependencia entre rareza y utilidad, términos que interpretó esencialmente distintos al no relacionar utilidad y consumo. Con todo, su comprensión prefisiocrática del valor inspiraría la crítica antifisiocrática de François Véron de Forbonnais.
4. La rareté en las teorías del valor antifisiócratas
No había transcurrido una década desde la primera edición de los Principes de Burlamaqui cuando la fisiocracia deslumbró a la Corte francesa. La polémica sobre la existencia de una teoría fisiocrática del valor ha avanzado desde su negación (Napoleoni, 1981), su inconsistencia (Hutchison, 1988) o su imperfección (Eltis, 1995) hasta el reconocimiento de su coherencia soterrada (Vaggi, 1987; Steiner, 1992) y de su reduccionismo pragmático (Van den Berg, 2005). Las Maximes générales contraponían dos nociones del valor: una subjetiva (usuelle) referida a las propiedades físicas que diferencian cualitativamente a unos bienes de otros, y otra objetiva (d’échange) que permite compararlos cuantitativamente. Los individuos en sociedad producen para intercambiar, de modo que la utilidad subjetiva no tenía lugar en la circulación del
Tableau Économique. El valor objetivo determinaría el precio fundamental, mientras que el precio de mercado dependería del producto neto, de la concurrencia entre compradores y entre vendedores y de la apertura comercial.
La rareté apenas hizo acto de presencia en la teorización de los économistes. Le Trosne la introdujo en su discusión sobre el valor (De l’intérêt social,1846 [1777], cap. I) para rebatir las argumentaciones de Condillac. Sin embargo, sí recibió la atención de sus detractores, desde Forbonnais a Achylle N. Isnard, dando continuidad a la historia de la rareté en el margen de la science nouvelle. El primero atacó la línea de flotación del Tableau: la endeble teoría del valor que fundamentaba los intercambios entre terratenientes, arrendatarios y clase estéril. El último desmanteló la mecánica del
Tableau para trazar un sistema alterativo de “equilibrio general”.
crédito15. El arrendatario consume una parte de su producción (revenu primitif) para cubrir sus necesidades “de primer y segundo orden”, la subsitencia y los avances anuales, y entrega el sobrante al terrateniente, que lo troca o lo vende a cambio de bienes que satisfagan sus necesidades de orden superior (revenus secondaires)16. La comparación de los excedentes en el intercambio depende de cuatro ratios: (1) la rareté naturelle17, (2) la proporción entre la demanda de consumo y la producción, (3) el ratio entre el beneficio –condicionado por la concurrencia de distribuidores- y los gastos intermedios de almacenamiento y transporte y (4) la proporción entre la conveniencia del préstamo y la prontitud del intercambio (1767, cap. IV.3). La inclusión de los dos últimos ratios determina un valor corriente por encima del intrínseco, que depende de los dos primeros. Esta ordenación de los factores explicativos de los precios es idéntica a la antes citada de Barbeyrac y Burlamaqui, aunque Forbonnais la presentase mejor sistematizada.
Por su parte, la proporción consumo-producción es una reelaboración de la de Galiani, aunque Forbonnais se inspira también en Cantillon para añadir tierra y trabajo (1767: cap. IV.6). La rareté naturelle de la cosecha responde a causas naturales (rn) y a
la proporción entre la demanda de consumo (C) y el excedente de producción (qe)
obtenido con el trabajo agrícola (n.L, siendo n el número de trabajadores y L el tiempo de trabajo). El producto depende del trabajo en una proporción invariable. El valor intrínseco del trigo (Vi) será:
Vi = Vi rn ; [C/qe (n.L)]
Vi/rn>0 ; Vi/C>0 ; Vi/qe<0
Si a1, a2, a3 son coeficientes positivos y c es el consumo necesario per capita:
(1) Vi = a1.rn + a2.C/qe
(2) qe = a3.n.L
(3) C = n.c
El valor intrínseco es invariable. Supongamos que el excedente aumenta por causas naturales. El valor del trigo disminuye y los arrendatarios perciben una cantidad de trigo superior a la necesaria para su subsistencia y que destinan a aumentar el tamaño de las familias campesinas en una proporción A. Por el supuesto de rendimientos constantes,
qe1 = n1.L = A.n0.L = A.qe0 ; A>1
Dado que la demanda de consumo de trigo es idéntica a la suma de subsistencias,
C1 = n1.c = A.n0.c = A.C0
De modo que:
15 Puede encontrarse la formulación de la circulación compuesta en Cervera (2006).
16 Sólo detalló el primer orden de necesidad: alimentos, materias primas, hierro y leña. El segundo orden correspondería a los instrumentos para la producción primaria; el tercero, a la pañería y la artesanía; el cuarto a los géneros de comodidad y el quinto al lujo. Los órdenes de necesidad determinan sus correspondientes “órdenes de producción” y “de consumo”. Obviamos insistir en el nulo parecido con los “órdenes” en la teoría de la imputación austríaca.
17
O profit; la traducción literal sería “ganancia” sobre el revenu primitif. Forbonnais condicionaba la
Vi1 = a1.rn + a2.C1/qe1
= a1.rn + a2.(A.C0)/(A.qe0)
= Vi0
Los salarios nominales regresan al nivel de subsistencia pero la población ha crecido en una proporción A. En suma, cuando el excedente es absorbido por un aumento de la población agrícola, los valores de cambio del trigo estimados por Galiani y por Forbonnais coinciden. Un excedente provocado por agentes naturales es, bajo esta condición, el único determinante de la variación en el valor de cambio del trigo y su efecto es sólo pasajero.
La teoría del valor de Forbonnais combina la dotación limitada por causas naturales -la Providencia de Galiani- con un ratio entre necesidades de subsistencia constantes y de dotaciones que dependen del trabajo. Las utilidades son necesidades asimilables a un consumo de subsistencia que crece proporcionalmente a la población, y desaparecen de su análisis al obviar una explicación más detallada de los órdenes superiores de consumo, prescindible cuando de discutir el Tableau Économique se trataba.
Richard van den Berg (2002: 303-305) se sorprendía al encontrar en el Essai Analytique sur la Richesse de Graslin, publicado en el mismo año que los Principes de Forbonnais (1767), una farragosa aunque “novedosa teoría psicológica del valor” para sustentar la crítica a la fisiocracia. Coincidimos con él en que tal enfoque impedía cualquier aproximación matemática al Tableau, aunque no tenía demasiado de novedoso. Graslin no hizo sino reinterpretar en el cap. 2 Parte I los componentes del valor de la tradición escolástica para discutir en adelante, eso sí, un problema nuevo: la consideración de que “abundancia y carestía” describían el bon prix del trigo. Partía del razonamiento de Quesnay (Maximes, XIII n.) según el cual cada bien tiene un valor objetivo correspondiente a un orden inalterable de necesidades, desde las naturales (besoins naturels) hasta las ficticias (factices). La relation de l’espèce (1767: 27) o ratio de valores absolutos de cada par de bienes es constante. La suma de todas las necesidades o “masa de riqueza” está dada. Cuando aparecen nuevos bienes en el mercado, ocupan los puestos menos necesarios. Los bienes antiguos les transfieren parte de su utilidad sin alterar su orden ni sus relaciones de especie, y crean a su vez nuevas relaciones. El precio se establecería al margen de la comparación de utilidades; dependería de la rareté relativa –entendida sencillamente como una comparación de cantidades- y ésta de la concurrencia entre compradores. Una buena cosecha trigo reduce su valor relativo frente a los demás bienes; por ejemplo los manufacturados. Al ser éstos más raros -relativamente menos abundantes- se encarecerán. La abundancia del trigo no se acompañará de su carestía, sino de la de los manufacturados, aunque el trigo siga siendo más necesario que los manufacturados. Y esto estimulará a los productores manufactureros en perjuicio de la agricultura.
tercera, más grave, es la ambigua utilización del término rareté como cantidad opuesta a la abundancia.
Las confusiones de Graslin repercutieron en Le commerce et le gouvernement de Condillac (1776: Parte I, caps. 1-3). Condillac introducía con originalidad la subjetividad en la apreciación de l’année commune fisiócrata, una expresión que calificaba una cosecha anual suficiente para cubrir las necesidades de trigo de la población, cuya cuantía y margen de precios se conocían por la experiencia acumulada en años anteriores. El abad distinguía entre los años de hambre (disette o rareté; 1776: 11), de abundancia –equivalentes a un año común en que se forma un excedente suficiente para apaciguar los temores “de opinión” al hambre en los años siguientes- y de sobreabundancia –en que sobra una parte del excedente para el intercambio-. La cuantía de estas cosechas no podía precisarse debido al componente psicológico del temor a la insuficiencia del abasto. Siguiendo a Graslin, clasificaba a continuación las necesidades como naturales (para cubrir la subsistencia y mantener el orden social) o ficticias (de comodidad). La necesidad natural era también subjetiva, imperceptible en los años sobreabundantes y palpable en los años de hambruna. La utilidad del trigo tendría por tanto dos componentes subjetivos correlacionados: la estimación de la cosecha y la urgencia de la necesidad. El precio relativo de un bien se establecería en el intercambio individual por la comparación de utilidades totales18. Sean 2 individuos (1,2) y 2 bienes (a,b); si 1 produce a, 2 produce b y hay sobreabundancia de ambos bienes, entonces:
Pa/b = ) (
) (
1 2
b U
a U
El trabajo incorporado sería el medio para procurarse lo necesario tanto para el autoconsumo como para el intercambio y determinaría en última instancia el valor de cambio de un bien (1776: 15-16). Pero si lo necesario es subjetivo al someterse a “la opinión”, ¿cómo conocer objetivamente la relación entre el trabajo, el valor relativo y el precio? Condillac no ofrecía una respuesta porque su lógica conducía a un callejón sin salida19. La suya era una teoría subjetiva del valor-trabajo: nada que ver con la que Smith proponía aquel mismo año en el libro I de The Wealth of Nations. Desde esta perspectiva resulta más comprensible el ataque furibundo de Condillac contra los defensores de la rareté como causa del valor:
Ceux que je combats, regardent comme une grosse méprise de fonder la valeur sur l‟utilité, et ils disent qu‟une chose ne peut valoir qu‟autant qu‟elle a un certain degré de rareté, un certain degré de rareté! Voilà ce que je n‟entends pas. Je conçois qu‟une chose est rare, quand nous jugeons
que nous n‟en avons pas autant qu‟il nous en faut, et qu‟elle est surabondante, quand nous
jugeons que nous en avons au-delà. […] Mais on est porté à regarder la valeur comme une qualité absolue, qui est inhérente aux choses indépendamment des jugements que nous portons, et cette notion confuse est une source de mauvais raisonnements. (1776: 17-18).
“Esto es lo que no entiendo”, se sinceraba Condillac. La rareté reducida a disette
quedaba emplazada junto al besoin como un componente subjetivo de la utilidad y desprovista de significado como qualité absolue; y a su vez, la utilidad del trigo sometida a la “opinión” modificaba la rareté. Estos razonamientos no quedaron
18 Condillac, 1776: pp. 20-22. 19
confinados en Le Commerce: son fácilmente reconocibles en el Traité de Jean B. Say, donde la rareza ya aparece como sinónimo del coste de producción, así como en las obras de sus más fieles seguidores20. Y sus implicaciones, que escapan al objeto de este ensayo, arrojarían alguna luz sobre la paradoja señalada por Rothbard en torno a la difusión de una teoría del valor-trabajo en la Francia católica de la Restauración. Say se inspiró reconocidamente en Condillac, pero topó en las páginas de Le Commerce con una teoría subjetiva del valor-trabajo que no cuadraba con la teoría objetiva smithiana del valor-trabajo demandable.
Con todo, la rareté conservó su significado original en una obra peor publicitada pero de reconocida trascendencia en la configuración del esquema teórico walrasiano. El Traité des Richesses del ingeniero de puentes y caminos parisino Achylle Isnard (1781) salió de la misma imprenta que los Principes de Félice, de nuevo en Lausana21. Es un eslabón genealógico difícil de engarzar con la obra de Forbonnais22 o con el Essai
de Graslin, citado de paso en el Traité (1781: lib. I, 172). Su crítica a la fisiocracia es tardía y no coincide, ni en la metodología ni en buena parte de sus conclusiones, con las del grupo de Gournay. La estructura del libro I es también atípica, al presentar la teoría del intercambio antes que la del valor. Isnard suele ser incluido entre un elenco de autores que se anticiparon al marginalismo y que incluiría a Bernouilli, a Auxiron o a los posteriores Cournot y Dupuit, “inclasificables” entre las corrientes dominantes del pensamiento de su tiempo. Sin embargo, la noción del valor que presenta Isnard es perfectamente reconocible, al conservar en forma matematizada el mismo sentido filosófico que Burlamaqui concediera a la rareté.
Louis Renevier fue el primero en identificar las analogías en las teorías del intercambio de Isnard y de Léon Walras en su tesis doctoral dirigida en 1909, cuando aún se desconocía que éste lo citara en una carta a Jevons. Su director, Auguste Dubois, había investigado las teorías psicológicas del valor entre la Edad Media y la Ilustración. Desde aquella primera aproximación, la comparación se ha redirigido hacia sus razonamientos algebraicos (Teocharis, 1961), pasando por la contrastación crítica de sus sistemas de ecuaciones (Jaffé, 1983; Klotz, 1994) hasta la metódica reconstrucción gráfica del Tableau no fisiócrata de Isnard (van den Berg, 2002). Las principales semejanzas apuntadas por Jaffé fueron la ecuación de intercambio aM = bM‟ [23] y el empleo de una mercancía como numerario para simplificar el modelo multiecuacional; pero no puede descartarse que ambos autores planteasen hipótesis similares en tiempos distintos por simple lógica. Jaffé señalaba además una diferencia importante: Isnard
20
“La quantité de travail, de capitaux et de terrain nécessaires pour accomplir le produit, constitue la difficulté de sa production, sa rareté. Un produit qui ne peut être le fruit que de beaucoup de services productifs, est plus rare que celui qui peut être le fruit de peu de services” (1803: lib. II cap. 1). La rareté
desaparece incluso de los capítulos sobre el valor de los textos de sus prosélitos (léase por ejemplo a Destutt de Tracy, 1822: caps. 2-3) y suyos propios (Cours d’économie politique; 1996 [1828]: 97-134) 21 No nos consta fehacientemente la confesión calvinista de Isnard pero sus documentadas críticas al papado, a la “teocracia espiritual en la tierra” de jerarquía católica y al clero regular son explícitas y apuntan en esa dirección (1781: I, 253; II, 234-235 y 237).
22
Forbonnais es el segundo autor más citado tras Montesquieu (1781: I, 98, 144, 161, 166, 170, 192, 221, 250-253, 398-299; II, 3, 19). Isnard apenas le hizo concesiones; se oponía especialmente a su creencia de que un excedente de alimentos significaba despoblación: una idea compartida con Galiani y, como se ha visto, relevante en su comprensión del valor. Rebatía también sus argumentos sobre el comercio exterior y las colonias, sobre el lujo y los incentivos al consumo interior de manufacturados, sobre la velocidad de circulación del dinero y sobre su modelo fiscal. Isnard dejó constancia de haber leído las obras más destacadas de Forbonnais (Éléments du commerce, Recherches et considérations sur les finances de la France, Considérations sur les finances de l’Espagne) salvo los Principes, donde enunciaba precisamente su teoría del valor.
23 mv
tomaba cantidades fijas de cada bien intercambiado, mientras que Walras sólo consideraba las dotaciones constantes y modificaba las cantidades intercambiadas de cada dotación en función de los precios relativos.
Isnard presentaba la teoría del intercambio de mercancías en el libro I del Traité
(Parte I, cap. II secc. 1-3). Contrariamente a lo que afirmaban los économistes, el trabajo confiriere a las producciones cualidades útiles que las transforma en riquezas. Cuando un individuo produce más bienes útiles de los necesarios para su autoconsumo, los destina como mercancías. Si hay respectivamente dos excedentes a y b de dos mercancías distintas de medidas M y M‟, entonces: aM = bM‟ y por tanto M/M‟ = b/a. El valor relativo de cada medida de mercancía se establece en razón inversa a la cantidad llevada al intercambio. En el caso de un intercambio múltiple, la medida de una mercancía serviría de numerario a las demás. Las cantidades intercambiadas dependen de su excedente y del de los bienes con los que mantienen “relaciones de utilidad o de homogeneidad”, complementarios o sustitutivos (1781: I, 27-28). La proporción (b/a) expresa una rareté relativa que presupone la utilidad de ambas mercancías y determina el valor de cambio. En la proporción intercambiada, puntualizaba Isnard, no intervienen los costes relativos de producción. Éstos marcan sólo el límite inferior al valor de cambio:
“Les valeurs des productions s‟établissent, ainsi que nous l‟avons vu, sans que l‟on considère dans le marché les frais ou les dépenses des producteurs: mais ceux-ci se garderont bien de faire naître une chose utile, s‟ils n‟ont pas l‟espérance de retirer leurs frais, c‟est à dire, la valeur des avances nécessaries à l‟existence de cette marchandise. On doit supposer que la valeur d‟une marchandise est au moins égale aux frais de production”. (1781: lib. I Part. 1 secc. 6: 35-36).
La rareté relativa de Isnard es un valor de cambio necesariamente superior al de los costes relativos de materias primas, tierra, trabajo y avances, en una proporción que dependerá en última instancia de las utilidades relativas de los bienes comparados. Y por su parte, las utilidades relativas están en función de las cualidades incorporadas a cada mercancía por medio del trabajo. ¿Pero cómo conocer el valor induvidual de cada mercancía? Isnard ofrece más adelante su respuesta, con la distinción entre cantidades limitadas y ofertadas:
“Lorsque la quantité d‟une marchandise augmente, par quelque cause que ce soit, ou sa valeur diminue en même raison, si les offres restent les mêmes, ou les offres augmentent, parce que les consommateurs moins riches, rebutés de la cherté, sont attirés par la diminution de prix & l‟abondance; dans ce second cas, le prix ne diminue pas en raison de l‟accroissement de quantité. Lorsque la quantité d‟une marchandise diminue, il arrive l‟inverse […]. La valeur d‟une marchandise étant égale à la somme des offres divisée par la quantité” (1781: lib. I Part. 1 secc. 7: 43).
De la última frase se desprende que el valor de una mercancía a es un cociente entre su oferta efectiva (oa) y su cantidad o dotación limitada (qa). Páginas antes, el autor
señalaba que “las facultades y necesidades determinan las ofertas particulares que son estimadas en particular por una medida común” (1781: 27); es decir:
va = a
a a
q U o ( )
siendo Ua la utlidad total del bien a, con a a U
o
> 0
variaciones del valor va de Insard ante cambios en qa u oa serían del mismo signo que
las de una función v’a que definiéramos como:
v'a =
a a o q
1
Esta expresión muestra una sorprendente analogía con la de la rareté según Auguste Walras.
5. De Auguste a Léon Walras. La rareté como utilidad marginal
Antoine-Auguste Walras recuperó en De la nature de la richesse et de l’origine de la
valeur (1831) la noción de la rareté de la tradición de Lausana, desde Barbeyrac hasta Isnard, con la intención de enmendar las interpretaciones del valor-utilidad que introdujo Condillac en los desarrollos de Say, Garnier, de Tracy, Ganilh, Sismondi y Massias24, y de rebatir los argumentos del valor-coste de producción presentes en las obras de Smith, Ricardo, James Mill y MacCulloch25. Reconocía su deuda al confesar que:
“La doctrine que je viens de présenter à mes lecteurs, sur la nature de la richesse et su l‟origine de la valeur, est si peu nouvelle, si peu moderne, qu‟elle a été déposée, il y a long temps, dans un ouvrage de droit public, écrit en français et publié aux portes de la France. Je veux parler des Éléments du droit naturel, par Burlamaqui. […] Comment une pareille doctrine est-elle restée enfouie dans un traité de droit naturel? Pourquoi n‟a-t-elle pas déjà passé dans les écrits des économistes? Elle y aurait produit les fruits les plus avantageux”. (1831: cap. XV, 124-125)
Una deuda que asumirá su hijo Léon en sus Éléments d’économie politique pure::
Il ya a, dans la science, trois solutions principales du problème de l‟origine de la valeur. La première est celle de Smith […]. La seconde est celle de Condillac et de J.B. Say […]. Enfin, la troisième, qui est la bonne, est celle de Burlamaqui et de mon père, A.-A. Walras, elle met l‟origine de la valeur dans la rareté. (1874: lecc. 27ª, 157).
El valor de un objeto, explicaba Auguste Walras, es su cualidad para representar a otro de naturaleza distinta. El acto de valorar implica la comparación y la disposición al intercambio. Los individuos no valoran la parte de su producción destinada al autoconsumo, sino solo aquella que están dispuestos a sacrificar para satisfacer otras necesidades. Ofrecen aquello que saben útil a los demás y demandan lo que les resulta útil en particular. La utilidad es por tanto inherente a la valoración de cualquier de
24 “On a souvent placé l‟utilité dans l‟origine de la valeur ou de la richesse proprement dite. Cette opinion a envahi presque tous les traités d‟économie politique publiés en France, depuis le commencement de ce siècle” (1831: 98). A. Walras utilizó críticamente las terceras ediciones del Traité d’économie politique y
del Catéchisme d’économie politique de J.B. Say (1826 [1803]; 1826 [1817)]); la traducción de The
Wealth of Nations de G. Garnier (Recherches, 1805), la edición exenta del Traité d’économie politique de los Éléments d’idéologie de Destutt de Tracy (1822); la Théorie d'économie politique (1822 [1815]) y el
cualquier “bien”, como su etimología indica. Según Auguste Walras, Say y su escuela habrían malinterpretado la utilidad como causa del valor. No comprendían que el valor presupone la utilidad. Se puede cambiar lo que sobra, incluso lo que se necesita por algo que se precise con más urgencia: pero, desde luego, nada inútil o perjudicial se intercambia. Desde este enfoque, la separación entre valores de uso y de cambio, entre la fuente y la medida del valor, carecería de sustento (1831: 128). No es la utilidad, sino la rareza la causa y medida del valor; pero esto no implica que la utilidad no intervenga en su determinación:
“Si l‟utilité était la cause de la valeur […] plus un objet serait utile, et plus le prix qu‟il obtiendrait devrait être élevé. C‟est là qui n‟arrive point, malheureusement pour la théorie opposée à la nôtre. […] Mais l‟utilité n‟a-t-elle donc aucune influence sur la valeur? Non. Tout ce qu‟on peut dire, en faveur de l‟utilité, c‟est que celle-ci influe quelquefois sur la rareté, et par cela même sur la valeur qui en est la suite” (1831: cap. IX, 92-93).
La utilidad puede existir tanto en los “bienes ilimitados” como en los “limitados”. Sin embargo, sólo los bienes raros -útiles y limitados en cantidad y duración- adquieren valor. El aire que respiramos, disponible en la naturaleza en una cantidad mayor que la necesaria para satisfacer todas sus utilidades, carece de valor. Say sofisticó su análisis de las utilidades con la distinción entre las inmateriales -de disfrute inmediato- y las materiales -de larga duración-. Auguste Walras discutió esta clasificación, prefigurada por Galiani, para definir las rentas (revenus), que se consumen en su primer servicio, y los capitales, que se conservan por cierto tiempo para ofrecer sucesivos servicios productivos (1831: 33). Léon Walras la asumirá en la Lección 17ª de los Éléments d’économie politique pure26
.
Las rentas y los servicios productivos deben cumplir otro requisito para ser valorados: su coercibilidad (A. Walras, 1831: 43-45; L. Walras, 1874: 24). La riqueza no procede de la producción sino de su apropiación; y sólo lo raro, por limitado, es coercible. Por esta razón, el análisis del valor es indisociable de la interpretación del derecho natural de propiedad27. Poco importa la distinción de Say entre las riquezas naturales o sociales28: incluso las primeras lo son mientras sean apropiables por su rareza.
La utilidad tiene dos dimensiones: la intensidad y la extensión. La primera se refiere a la apreciación subjetiva de la necesidad de un bien; la segunda, al número de individuos que comparten tal necesidad. Pero la extensión está correlacionada positivamente con la intensidad: los bienes más necesarios y aquellos que se presten a más usos diferentes son también los más demandados29. También los bienes de “utilidad directa” en el sentido de Say –más aptos para satisfacer una necesidad final: el paño frente a la lana, por ejemplo- son de mayor extensión que los de “utilidad indirecta” y por consiguiente más raros y valorados. Extensión y dirección están también correlacionadas positivamente. Llevados por este razonamiento, bastaría expresar la utilidad total como la multiplicación del número de demandantes por una utilidad cardinal y subjetiva. Esta utilidad variaría según la urgencia de la necesidad y la dirección, pero sería compartida por igual por todos los individuos e
26 La discusión de L. Walras sobre utilidades materiales-inmateriales está en la Lección 5ª (1874: 23). 27 “Que no es sino la apropiación legítima” (L. Walras, 1874: 25).
28
Las riquezas naturales son no producibles, no distribuibles –de acceso ilimitado- o no consumibles –su uso no reduce su stock-. Las riquezas sociales son los productos.
independientemente del consumo del bien que hiciese cada uno de ellos. Auguste Walras fue incapaz de identificar en la intensidad el principio de la utilidad marginal decreciente: una carencia que repercutió en la consistencia de su teoría del valor.
Esta teoría adquiere forma en los capítulos XVI a XVIII de De la nature. Como Isnard, Auguste Walras distinguía entre demandas y ofertas absolutas y reales o efectivas (1831: 56). La oferta absoluta de un bien a [30] es su dotación limitada, disponible y coercible qa. Su cantidad depende del precio de los servicios de capital que
han intervenido en la producción. La demanda absoluta resulta de multiplicar la estimación cardinal de la utilidad de la dotación del bien por el número de sus demandantes [Ua(qa)]. El valor de un bien es el ratio entre su demanda y su oferta
absolutas. La demanda absoluta siempre supera a la oferta absoluta puesto que la insuficiencia de la dotación limitada para satisfacer la suma de necesidades es condición imprescindible para la apropiación (1831: 147):
a v =
a a a
q q U ( )
va > 1
Sean las rentas de trabajo, tierra y capital P, T, K; sus respectivos servicios productivos (p, p‟…); (t, t‟…); (k, k‟…) y sus precios pi,
qa = qa(pp, pp‟… pt, pt‟… pk, pk‟…) ;
i a p q
< 0
Por su parte, la oferta efectiva oa es la parte de la dotación limitada llevada al
intercambio. La demanda efectiva refleja la utilidad cardinal que reportaría la cantidad del bien a cuyo consumo no ha quedado satisfecho [Ua(qa-oa)]. “El precio de las
diversas mercancías –aseguraba Auguste Walras- se proporciona a la oferta y a la demanda; el valor está en razón directa de la cantidad demandada e inversa de la cantidad ofertada” (1831: 136). Mientras que la oferta y la demanda absolutas no se intersectarían jamás, oferta y demanda efectivas pueden hallarse o no en equilibrio. El “significado vulgar” de la rareté asumido por autores como Condillac, Say o Garnier es, precisamente, el de un exceso de demanda efectiva. Podemos expresar el precio pa del
bien a como:
pa =
a a a a
o o q
U ( )
Valores y precios son conceptos distintos. Algebraicamente, un precio infinito correspondería a una oferta efectiva nula: a no sería un “bien”, sino algo sin utilidad; su coercibilidad carecería de sentido. Y un precio nulo significaría que qa=oa, en cuyo caso a sería o un bien ilimitado, carente de valor por incoercible, o un bien limitado cuya demanda efectiva ha quedado por completo satisfecha. Entre estos casos extremos, todo bien útil y ofertado en una cantidad inferior a su dotación, todo bien raro, tendrá un valor y un precio. En ausencia de intercambio, la rareté (ra) es idéntica al valor. En su
forma general, se describiría como:
ra = a a a a a a a o q o q U q U ( ) ) (
La consideración de las demandas absoluta y efectiva en el numerador son la única, aunque notable diferencia con la raretév’a de Isnard. Los cambios en los precios de los
servicios productivos no alteran la rareté31. Por ejemplo, un aumento de la población provocará la disminución de los precios pp, pp‟… La oferta absoluta del bien a
aumentará, mientras que su demanda absoluta permanecerá constante porque la suma de necesidades de a no se ve afectada. El valor va disminuirá, de modo que la demanda
efectiva de a crecerá por extensión, por el simple aumento de demandantes y sin alterar la utilidad, hasta que el incremento en qa se compense con el de Ua(qa-oa). Obsérvese
que el razonamiento “clásico” hubiera sido completamente distinto: la caída en los costes salariales estimularía la oferta efectiva mientras la demanda efectiva permanecía constante; los precios de mercado caerían por debajo de los naturales y los productores reasignarían los recursos hasta recuperarse la igualdad por el “mecanismo de gravitación”.
Esta modelización no resuelve el problema que le planteó a Auguste Walras su estrecha comprensión de la intensidad de la utilidad. La ley de las utilidades marginales decrecientes implicaría que, a medida que la oferta efectiva se aproximase a la totalidad de la dotación limitada, la demanda efectiva disminuyese. Pero la intensidad también afecta a la demanda absoluta, de modo que el efecto resultante en el numerador de la
rareté queda indeterminado.
La solución pasa por varias sutilezas introducidas por Léon Walras. La primera fue reconsiderar la dirección, la extensión y la intensidad de la utilidad como características independientes. La dirección multiplicaría la cantidad de bienes útiles a través de operaciones industriales cuya finalidad es transformar las utilidades indirectas en directas (1874: lecc. 7ª, 34). Extensión e intensidad eran tratadas en la Lección 14ª (1874: 77-81). La extensión de la utilidad de un bien sólo desplazaría su propia curva de demanda, independientemente de la intensidad, ahora interpretada de forma distinta: “entendiendo como rareté la intensidad de la última necesidad satisfecha por una cantidad poseída de la mercancía” (1874: 80).
La segunda modificación incorporada por Léon Walras fue su interpretación de la rareté como una auténtica “cualidad científica” (1874: 24), como cociente de dos funciones comparables, continuas y diferenciables. Si entendemos oa como una
partición infinitesimal de qa, entonces:
a
a q
o
lim
ra =
a a q o lim a a a a a a a o q o q U q U ( ) ) ( = a a a q q U ( )
Efectivamente, podríamos “definir la rareté [como] la derivada de la utilidad efectiva respecto a la cantidad poseída” (1874: lecc. 18ª, 102). Bajo estas condiciones, la rareté
no es sino la utilidad marginal, y fue transcrita por vez primera como colofón a la Lección 14ª en su conocida forma:
ra = φa,1 (qa) [32]
El cálculo infinitesimal, aunque solo se presentó como intuición en aquella primera edición de los Éléments, resolvía la paradoja sobre si utilidad y rareza son conceptos diferentes o correlacionados: en el límite, rareza y utilidad marginal son idénticas.
6. Conclusión
La rareté ha evolucionado como “cualidad filosófica” hasta identificarse con la utilidad marginal como “cualidad científica”. Una evolución que arranca y termina en Lausana, desde las primeras versiones iusnaturalistas de Pufendorf por Barbeyrac y Burlamaqui, pasando por el heterodoxo Traité des richesses de Isnard, hasta el beligerante De la nature de la richesse de Auguste Walras y la sistematización matemática en los
Éléments de Léon Walras. Entendemos que hay una “evolución” en tanto que la formulación walrasiana de la rareté resolvió sus ambigüedades semánticas y su incómoda correlación con la utilidad. Pero hemos preferido mostrarla como una genealogía que se ramifica desde un punto de partida hacia desarrollos alternativos en tiempos y contextos distintos, y que no se limitan a las exploradas en este ensayo.
Ese punto en común de partida no es, como se deduciría de los planteamientos de E. Kauder y de M.N. Rothbard, la herencia aristotélica-tomista. La interpretación del valor basada en la utilidad y la rareza formaba parte del haber escolástico siglos antes de la Reforma; está en el sustrato intelectual cristiano y no es exclusiva de católicos, hugonotes, presbiterianos o puritanos. Creemos haber mostrado que ni el calvinismo lleva necesariamente al valor-trabajo, ni la transmisión del valor-utilidad es undireccional, desde la escolástica tardía hasta el marginalismo católico austríaco. Los desarrollos alternativos de la teoría del valor-utilidad surgieron con la positivación de la ley natural en el derecho de gentes, cuando el intercambio dejó de ser una cuestión filosófica y teológica para convertirse en una actividad económica. Esto no supone cuestionar que el hecho religioso sea importante en tales desarrollos; lo es, pero no tanto por la influencia de sus preceptos en la interpretación del valor como por su imbricación en la construcción del mapa político y económico de una Europa ilustrada en que los intercambios comenzaban a vislumbrarse como commerce en général.
La aplicabilidad de la teoría del valor-utilidad y rareza, su adaptabilidad o su insuficiencia para interpretar y resolver problemas económicos es, creemos, la clave para comprender tales desarrollos. Sirvan como ejemplos la persistencia de la rareté en las teorías del valor del grupo de Gournay, para combatir las recomendaciones fisiocráticas de política económica; la revisión del valor-utilidad por parte de Say y su escuela en su afán armonizador con la nueva teoría clásica, o la recuperación de la
rareté de Burlamaqui por Auguste Walras para rebatirlos. Incluso la aséptica teoría del valor walrasiana, en el núcleo de su economía política “pura”, no tendría razón de ser –a decir del propio autor- sin sus proyecciones social y aplicada.
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richesse sociale par --- professeur d’économie politique à l’Académie de Lausanne.