X, Newark, Delaware: Juan de la Cuesta-Hispanic Monographs (Serie Estudios de literatura medieval “John E. Keller”, núm. 9), 2013, 444 pp., ISBN 978-1-58871-230-1.
Mucho se ha escrito acerca de las Cantigas de Santa María (= CSM) desde la edición del Marqués de Valmar publicada por la Real Academia Española en el año 1889. La voluntad última del Sabio de Castilla sobre su obra lírica mariana parece haberse cumplido, ya que las CSM han permanecido en el horizonte del patrimonio cultural hispánico desde 1284, revelándose como objeto preciado de monarcas –sabemos, por ejemplo, que uno de sus códices se hallaba entre los bienes de la reina Isabel inventariados en el Alcázar de Segovia, de las misivas de Felipe II para devolver sus manuscritos a la Corona, y de la copia del cancionero de Toledo que el Padre Burriel ordenó en 1755 para regalar a la reina Bárbara de Portugal– y como bien simbólico del pueblo español, si aten-demos a la tesis de investigadores como Higinio Anglès o Pedro López Elum, quienes certifican la presencia de parte del material melódico de la CSM 42 en la Marcha Real, el himno nacional de España compuesto en 1761. Pero es, sin lugar a dudas, la aproximación “filológica” de los Padres Feijoó, Sarmiento y Burriel, a lo largo del siglo xViii, la que hará
que el texto de las cantigas entre en la esfera del discurso editorial y crítico del siglo xix y que allí permanezca hasta nuestros días. Prueba
el contrario, el estudio que aquí se reseña demuestra que aún queda mucho por decir sobre la obra mariana alfonsí, y que cuando lo que se dice es, como en este caso, el resultado de un trabajo erudito, minucioso y continuo, la labor crítica es capaz de arrojar luz sobre los más variados aspectos de la producción lírica en la Península Ibérica entre los siglos
xiii yxiV.
Los monjes de la Virgen... se estructura en seis capítulos que, aunque mantienen cierta autonomía temática, dialogan entre sí; el último de estos apartados oficia de resumen sin dejar por ello de aportar un rico análisis sobre el scriptorium alfonsí y la figura del rey castellano. Destaco en todos ellos la claridad expositiva y el estilo ameno, que hacen de una materia muy específica, como el monacato en la Edad Media, un objeto de estudio de gran interés.
El capítulo I (“El monacato peninsular del siglo xii y su
representa-ción en las Cantigas de Santa María”) oficia como puerta que franquea la entrada al universo monacal y versa así sobre el rol de monjes y mon-jas, frailes y clérigos en diferentes CSM, brindando, en palabras del au-tor, un verdadero “paisaje social del siglo xiii” (23); el capítulo II (“Com’
escrito achei: fuentes narrativas clericales del cancionero alfonsí”) tra-baja sobre las principales colecciones de milagros marianos (en latín y romance) anteriores al sigloxiVque pudieron obrar como fuente para la
fenómeno social mediante el cual, como bien indica Disalvo siguiendo a Brian Stock, los iletrados se ven afectados por la tecnología de la escri-tura en la Edad Media. Si, tal y como aquí se ejemplifica, en la CSM 56 los cinco salmos que el monje semianalfabeto reza en honor a las cinco letras del nombre de María tienen como consecuencia que cinco rosas nazcan en su boca, en la cantiga de escarnio de Alfonso X, Ao Daian de Cález eu achei (B493, V76), la literacy se observa cuando el Deán de Cádiz interpone sus livros –como objeto y no en tanto contenido– para seducir a las mujeres, escena invertida además de la CSM 209, en la que Alfonso es curado a través de la imposición del “livro das Cantigas de Santa Maria”. Especialmente seductor es también el problema que el investigador aquí no trata pero que queda servido cuando atiende a los lugares de peregrinación en el corpus mariano, ya que estos no son parte de los santuarios del Norte que se mencionan en las cantigas de romería profanas gallego-portuguesas de ese liedersammlungen –delimi-tado con certeza por Elsa Gonçalves en 1987– compuesto por cantigas de autores “de santuario” como Airas Páez (B1285, V891; santuario de Santa María de Reça), Fernan do Lago (B1288, V893; Santa María do Lago) o Joan de Requeixo (B1284, V894, Santa María do Faro). El autor apunta para estas piezas marianas a la necesidad de tener en cuenta la influencia de la oralidad, de las compilaciones particulares y del flujo de códices entre los cenobios y el scriptorium alfonsí, tesis interesantí-sima que espero merezca su atención en futuras publicaciones, ya que completaría los trabajos que han estudiado algunas de las CSM como “poesía de santuario” desde una aproximación bastante más descriptiva que la que aquí se brinda.
El capítulo IV (“La influencia de la poesía litúrgica monástica: himnodia, tropos y tópicos marianos en las cantigas de loor”) da cuenta de la gran erudición del autor acerca de la poesía litúrgica latina y apor-ta grandes novedades al estudio de las CSM, al dedicarse de lleno a las piezas de loor, conjunto que frente al vasto material de tipo narrativo del cancionero no ha merecido debida atención hasta el momento como corpus individualizado, más allá de la edición del año 2002 de Elvira Fidalgo, otra gran estudiosa de la obra mariana alfonsí. En este aparta-do se analizan tópicos de las sesenta cantigas de loor frente a diversas piezas de la poesía litúrgico-monástica. El investigador argentino pro-pone una diferenciación entre fuentes directas (las que mencionan de forma explícita himnos, antífonas y secuencias de la tradición litúrgica en torno a la Virgen) y fuentes primigenias (los ancestros latinos) para comprender mejor su influencia en estas cantigas decenales. Subraya el vasto acervo de poesía litúrgica de los siglos x-xiii en la Península
brillante apartado puede decirse que lo estudiado en él deja a la luz un scriptorium alfonsí más atento a la himnodia monástica de lo que hasta ahora se suponía, cristalizando este material en un cancionero de corte netamente laico.
El capítulo V (“El contenido doctrinal de las Cantigas de Santa María y su procedencia monástica”) incide sobre un aspecto poco estu-diado de este corpus, el de la vehiculización de doctrinas y polémicas mariológicas que pervivieron hasta la época alfonsí a través del texto de las cantigas. De gran interés resulta el análisis que se brinda acerca de la doctrina inmaculista, la encarnación, y especialmente sobre la iconodulia o culto a las imágenes sagradas y su representación en tanto ícono, que toca a unas cuarenta y dos cantigas (294-298).
Para concluir, y como ya se adelantó, el capítulo VI (“El taller alfonsí de las Cantigas de Santa María: del scriptorium monacal a la co-munidad trovadoresca”) recoge temas que se trataron en los apartados anteriores a través de tres ejes que, a decir del profesor argentino, defi-nen la obra y la personalidad alfonsí: la translatio studiorum, el imperator litteratus y el sponsus marianus. Se vuelve entonces sobre estos para terminar de describir la empresa alfonsí de traducción-reelaboración de la materia monástica en otra de corte laico en el cancionero, su fun-ción pedagógica, y la representafun-ción de Alfonso X como autor y figura central en las cantigas. Distingo en este último capítulo la acertada reflexión sobre el imperator o rex litteratus, que ayuda a arrojar luz sobre este topos que suele hacerse extensivo los descendientes del emperador Federico II Hohenstaufen, como el nieto del rey, Don Denis de Portugal.
Celebro la aparición de este libro que será de ahora en adelante parte de la bibliografía más canónica y central sobre las CSM y que ratifica ese interés sobre la obra mariana alfonsí que, a pesar del paso de los siglos, nunca se apaga, tal y como en uno de sus milagros.
mAríA gimenADel rio
IIBICRIT (SECRIT) – CONICET
Javier Roberto González, Los Milagros de Berceo: alegoría, alabanza, cosmos, Buenos Aires: Miño y Dávila Editores, 2013, 302 pp. ISBN 978-84-15295-38-9.
Milagros de Nuestra Señora no solo es la obra más conocida del poeta riojano Gonzalo de Berceo, sino que también ha sido la más largamente estudiada desde distintos y enriquecedores enfoques. Basta recordar los trabajos de Ana Diz, Sofía Kantor, Paul Riquer o Brian Dutton, como algunos de los autores de envergadura indiscutible que han dedicado reveladoras producciones sobre este texto mariano.
responden al tratamiento de la alegoría en el prólogo y de la alabanza en el conjunto de los milagros.
En el primero de los capítulos, “La dinámica ortogonal”, se busca instaurar la dispositio del prólogo, la cual González advierte estructurada en la bimembración poder-misericordia que, a su vez, perfila un juego ortogonal cuya forma se manifiesta en dos planos: uno divino-mariano (ejes vertical-descendente y horizontal-centrífugo), y otro humano (ejes horizontal-centrípeto y vertical-ascendente). La presencia textual de estos ejes hace posible la división del prólogo en cuatro armónicas partes, con toda la carga simbólica que implica este número en la tra-dición cristina.
Siguiendo la orientación antes descripta, el segundo capítulo (“La alegoría cristiana”) se centra en la elocutio, y se han de analizar las imá-genes del prado, la verdura, las flores, los árboles frutales, la sombra, la fuente, el romero y las aves, a la luz de los cuatro sentidos propios de la alegoría cristina: el literal o histórico, el alegórico, el moral y el analó-gico. Resultando de esto que las ocho representaciones alegóricas indi-cadas más arriba son metonimias cuyo último referente ha de ser Cristo. El último capítulo de la primera parte, “Los nomina Mariae”, está dedicado a la sección del prólogo destinada a enumerar una extensa lista de nombres marianos y los atributos que implica cada uno de ellos. Al cabo del recorrido de los treinta nombres otorgados por Berceo a la Virgen, González propone un encuadre de los mismos dentro de tres campos semánticos: 1) poder, lejanía, verticalidad, clausura, intransi-tividad; 2) misericordia, cercanía, horizontabilidad, apertura, transiti-vidad; 3) campo mixto de poder-misericordia (fertilidad, vida total y plena). Con ello, se llega a la conclusión de que esta lista expone, por consiguiente, una “integración de opuestos y armonización de imposi-bles a través de la suave e incruenta, casi virginal diríase, transmutación de la inicial pauta binaria [poder-misericordia] en definitiva y radical solución ternaria” (133).
ampliamente debatida sobre la pertenencia genérica de Milagros de Nues-tra Señora (¿exemplum?, ¿relato didáctico o laudatorio?), Javier González indica la correspondencia de los relatos miraculísticos al género de la laus, justificado a partir del propósito planteado en el prólogo mismo de la obra en cuestión. A su vez, observa que también es posible advertir la existencia de otros géneros que subyacen a éste, como el ejemplar o el didáctico, al analizar los efectos perlocutivos transparentados en el texto.
Una vez estudiados los milagros desde la perspectiva del género, el capítulo V (“La estructura ortogonal de los milagros”) hace foco en el nivel estructural de los mismos. Para ello, se aplica la propuesta ya anticipada en la primera sección dedicada al prólogo, es decir, los cuatro ejes que señalan distintos movimientos (horizontal-centrípeto, vertical-descendente, etc.), con la finalidad de esclarecer la interpretación de cada milagro.
El importante estudio de Juan Manuel Rozas López (Los milagros de Berceo como libro y como género. Cádiz, UNED, 1976) es retomado aquí con el propósito de develar ciertas ambigüedades o categorías que podrían considerarse confusas si son sometidas a nuevas revisiones. A tal efecto, el capítulo VI de este libro, “La clasificación de los milagros”, presenta un posible ordenamiento de los veinticinco milagros avalado por los disímiles modos de obrar, sus finalidades, o los diversos contex-tos que les sirven de escenario, desplegados todos ellos dentro de un macrocosmos derivado de la dupla poder-misericordia, cuyas fuerzas divino-marianas desencadenan y determinan la acción.
El apartado “El milagro y el cosmos” sirve de corolario a la idea que subyace en todo el análisis de González: el milagro mariano es cosmogó-nico. Luego de presentar la alegoría del prólogo en su marco macrotex-tual, la condición laudatoria de los veinticinco relatos microtextuales, se desprende la idea de que la obra de Berceo debe ser entendida como un todo orgánico, con un significado último indicado por su misma condición cósmica.
mode-los de itinerarios en Milagros de Nuestra Señora y Amadís de Gaula” (publicado bajo el título “Dos modelos de itinerario medieval: romería y caballería”, en la revista Taller de Letras, 45, 2009, 9-31) y “El viaje alegórico: prólogo de Milagros de Nuestra Señora y canto I de la Divina Comedia” (publicado en el volumen Literatura medieval y renacentista en España. Líneas y pautas, Salamanca, Sociedad de Estudios Medievales y Renacentistas (SEMYR), 2012, 607-625). El primero de los trabajos comparatistas estudia dos modelos de itinerario ficcionales medievales: el que se logra a través de un trayecto rectilíneo (Milagros), propio del modelo cristiano de salvación, o el que se consigue a partir de un viaje circular (Amadís de Gaula), que caracteriza a la literatura caballeresca. En el segundo estudio, la relación se establece entre el viaje alegórico del romero en el prólogo de la obra mariana de Berceo y el canto inicial de la Divina Comedia, con el fin de ilustrar dos formas de expandir el núcleo semántico: Berceo, a partir de una “amplificación ilustrativa” de la alegoría que se plasma en los milagros; Dante, a través de un mecanismo de “prolongación narrativa” de esa alegoría, la cual es inte-rrumpida pero retomada al final de dicha obra.
En el recorrido por todas las secciones que componen el libro Los Milagros de Berceo: alegoría, alabanza, cosmos, se podrá advertir la sol-vencia y conocimiento del autor con respecto a la materia berceana, la cual se enriquece gracias a sus nuevos y valiosos aportes, que se integran a algunas de las cuestiones más debatidas sobre Milagros de Nuestra Señora. Se destaca –y agradece, por cierto–, la innegable inten-ción didáctica con la que Javier González expone los temas a tratar, a los cuales acompaña e ilustra con cuadros o ejemplos que sirven para esclarecer lo dicho en cada uno de los apartados.
gAbrielA verónicA soriA
Valdaliso Casanova, Covadonga, Historiografía y legitimación dinás-tica. Análisis de la crónica de Pedro I de Castilla. Valladolid: Uni-versidad de Valladolid (Historia y Sociedad, 146), 2010, 215 pp. ISBN 978-84-8448-580-3.
“Coarctata scientia iucunda non est”. Esta sentencia de Hugo de San Víctor (Didascalion, 6.3) podría ser el mejor pórtico para este libro, que resulta un verdadero modelo de trabajo interdisciplinario. Un saber encorsetado en compartimientos estancos no produce gozo; se ahoga. Aquello dicho en el siglo xii tiene absoluta vigencia hoy, al igual que la
exhortación que lo precede: “Omnia disce, videbis postea nihil est super-fluum”, que debe ser entendida con cuidado. Como Escila y Caribdis, hay dos escollos opuestos simétricamente que amenazan a quien na-vega en estas aguas: lo insustancial del ‘experto en generalidades’, y la ‘barbarie especializada’ que denunciara Ortega. La autora los evita con pericia y honestidad intelectual. Desde su propio campo, lo historiográ-fico, recurre con tino a la filología y consigue una síntesis lograda. Y el filólogo ve entonces su disciplina con ojos nuevos, lo que resulta un ejercicio más que saludable, al par que constata el fruto de sus trabajos, recibidos, interpretados y enriquecidos. Hay un pasaje en la obra que testimonia todo esto con sencillez profunda:
El libro consta de una breve introducción y tres capítulos, a saber: 1) “Texto y discurso”, 2) “Política y caballería” y 3) “Propaganda y legitimación”, seguidos por las conclusiones. Conclusiones prudentes y moderadas, que no pretenden clausurar la problemática del texto sino que lo iluminan, simplemente. Nada más y nada menos. Y abren estimulantes perspectivas: “Las indagaciones en torno al modo en que Pedro López de Ayala estructuró su discurso, las contextualización del mismo, el estudio de sus posibles fuentes y el análisis del escrito en sí como fuente para un historiador actual no han sido sino mecanismos necesarios para intentar aventurar una suerte de valoración –que no un juicio– sobre el texto” (194). Se trataba de “asentar unos corolarios” (ibid.), que los estudios sobre Ayala, tanto históricos como filológicos, no dejarán en adelante de considerar con el mayor interés.
El primer capítulo, “Texto y discurso”, abunda en consideraciones sobre las relaciones del historiador con el texto y su acercamiento al mismo. Se detiene en “la crónica como relato”, en la cuestión del tiempo como “cuarta dimensión” y en la “construcción del discurso narrativo”; toda la exposición se presenta acompañada por cuadros que la esquematizan ajustadamente. El capítulo es rico en observacio-nes claras y sensatas que evidencian lecturas meditadas y asimiladas críticamente.
El capítulo siguiente, “Política y caballería”, se abre con el tema del didactismo y la ejemplaridad, pasando a estudiar la gravitación de lo caballeresco en la vida política y su tratamiento en la cronística, seña-lando bien que “la crónica que estudiamos no encierra un tratado de caballería: lo aplica. No establece los modos de conducta: los plasma. La crónica supone la exposición práctica de la teoría” (121).
la elaboración del texto, los mecanismos de legitimación y propaganda y el proceso legitimador trastámara y sus fases, para desembocar en el tratamiento del scriptorium ayalino.
Destacaremos tan solo dos pasajes de este último capítulo que tras-lucen la mesurada actitud de la autora, su buen criterio y equilibrado juicio, y que nos dan una visión medular de su pensamiento. Así por ejemplo, en su actitud frente al texto mismo dirá:
Lo que pretendemos ahora es [...] tratar de comprender el texto tal y como fue concebido, para interpretarlo tal y como Ayala pretendía que fuese interpretado. Entendemos que ése es el modo de captar el mensaje, que es lo que realmente nos interesa. La doble funcionalidad de la cronística en la baja Edad Media –registro historiográfico y texto didáctico de tendencia moralizante– resulta decisiva a la hora de deter-minar a qué público iba dirigida la obra de Ayala. El principal fin de la cronística medieval era el aprendizaje, porque toda crónica, debido a su componente ejemplar, se consideraba un escrito de naturaleza didáctica. Colocada junto a textos de carácter teórico, como los espejos de príncipes
o las Partidas, la literatura didáctica ayudaba a fijar los preceptos éticos, directamente relacionados con la praxis política. Los principales recep-tores de este tipo de enseñanzas eran los jóvenes destinados a formar parte de la corte: bajo la tutela del ayo, príncipes y nobles se educaban en la teoría y la praxis de la política de la época”(141).
Y en cuanto al rol que jugara la crónica en el proceso histórico trastamarista, y las expectativas excesivas con las que podría acercarse un lector con ánimo simplificador, nos advierte:
[...] Ayala no expone lo que podría esperarse de su escrito: no argu-menta una teoría sobre el tiranicidio, no justifica el asesinato, no se coloca directamente en contra del autoritarismo monárquico. Como vimos, aplica un manual de ética política bastante simple, basado en la idea de que el monarca debe gobernar apoyado en el consejo de sus privados, rodeándose de una corte que se rija mediante los códigos de la moral caballeresca, y colocando por encima de todas las virtudes la prudencia. En estas ideas se han querido ver algunas de las bases de la llamada revolución trastámara; y en las crónicas ayalinas –a manera de
trastámara elaboró y la crónica no recoge pertenecieron a un contexto muy concreto del proceso de legitimación, anterior a la elaboración del texto cronístico que ha llegado a nuestros días (165).
En fin, un aporte para leer con tranquilidad y para pensar. Una bibliografía pertinente y actualizada se vuelve un útil instrumento más, a la que se recurrió con acribia y sensatez.
Y por último, celebramos dar noticia de este volumen en un número de Incipit que incluye una sección de homenaje a don Claudio Sánchez Albornoz, un historiador que supo mantener un diálogo fecundo con la filología, manifestado para nosotros paradigmáticamenre en la cálida relación de muchos años con nuestro maestro Germán Orduna. Estamos seguros de que los dos habrían celebrado la aparición de esta obra.
jorge n. Ferro
IIBICRIT (SECRIT) – CONICET Universidad Católica Argentina
Marta Haro Cortés, Rafael Beltrán, José Luis Canet, Hector H. Gassó, eds., Estudios sobre el “Cancionero General” (Valencia, 1511). Poe-sía, manuscrito e imprenta. Valencia, Universitat de València, 2012, 2 tomos, 739 pp. ISBN 978-84-370-8885-3.
internacional. No se trata, sin embargo, de las meras Actas de ese con-greso, ya que los trabajos incluidos son elaboraciones más amplias de lo que en su origen fueron ponencias y comunicaciones allí leídas. Dado que la reseña exhaustiva de los 39 trabajos incluidos excede la extensión de que disponemos, haremos un comentario selectivo de estos estudios, a fin de dar una idea lo más completa posible del alcance y la calidad de la producción crítica sobre poesía cancioneril (y aledaños) que estos dos tomos ofrecen.
época, como lo prueban las numerosas ediciones, sino que quinientos años más tarde sigue admirando por su magnitud y su calidad.
A continuación, Nicasio Salvador Miguel (“Valencia en torno a 1511”, pp. 37-67) con su acostumbrada pericia en la investigación histórica positiva, nos ofrece una interesante y detallada semblanza de la ciudad en todos sus aspectos -económico, demográfico, educativo, artístico y cultural-, para luego destacar la transformación de Valencia desde constituir el centro de la literatura catalana en el siglo XV a ser el punto de partida de la progresiva castellanización de las letras pe-ninsulares en el siglo xVi. En este sentido, el CG1511 sería el hito que
marca el inicio de este proceso.
En la Segunda Sección (“Problemas textuales: entre el manuscrito y la imprenta”), Patrizia Botta (“Desechas al pie de Romances en el Cancionero de Castillo”, pp. 71-94), tras una didáctica descripción de la sección Romances del CG1511, un breve relevamiento de los estu-dios sobre el tema y una detallada descripción de los aspectos formales y semánticos de las desechas, se aboca a la discusión de la relación de autoría de éstas con el romance correspondiente. Concluye que, salvo unos pocos casos en los que es altamente probable que ambas composi-ciones pertenezcan a un mismo autor, el resto tiene autores diferentes, y el acoplamiento lo hace el autor de la desecha o (mayormente) el propio Castillo, que toma textos sueltos y los adapta a los romances. En este sentido, destaca Botta, al igual que Beltrán, la habilidad editorial de Hernando de Castillo para elegir composiciones para las desechas que se enlacen temáticamente con los romances, para lo cual no duda en recortarlas a su conveniencia. Finalmente, elogia la autora la calidad del producto Romance más Desecha “cuya lectura sigue siendo agradable aún cinco siglos después de su publicación”.
estructurar su antología. Si bien se puede coincidir con el autor, a rasgos generales y con ciertas reservas en algunos puntos, en que habría una relación implícita entre el Cancionero de Encina y el CG1511 a nivel de la arquitectura general y de las pautas compilatorias y editoriales, resulta menos clara la secuencia argumentativa que despliega en el apartado que trata sobre las composiciones de Encina incluidas en el CG1511, que debería probar una relación explícita. Antes que aportar evidencias, más bien se explaya sobre las fuentes de los poemas y los criterios de inclusión del editor. El texto parece deslizarse de querer probar la influencia del Cancionero de Encina sobre la organización del CG1511 a simplemente dejar constancia de las huellas de Encina tanto en la estructura como, obviamente, en las obras del autor seleccionadas por Castillo.
Aviva Garribba (“Nuevas notas sobre las rúbricas de los plie-gos de romances”, pp. 125-36), si bien parecería que aborda un tema no relacionado directamente con el Cancionero, confirma el enlace al afirmar que, aunque las rúbricas objeto de su estudio presentan rasgos bien definidos, también entroncan con la tradición de las rúbricas de los cancioneros manuscritos e impresos. Sin embargo, no se extiende en esta comparación, sino que más bien describe los aspectos formales de las rúbricas, y los relaciona con estrategias editoriales y comerciales. El interés del artículo radica, justamente, en el aporte que hace a la reconstrucción del mercado editorial del siglo xVi.
Folke Gernert (“La poesía tardomedieval y la imprenta. El Jardín de Plaisance frente al Cancionero General”, pp. 137-54) compara ambas obras en lo que refiere a noción de autoría, temática y lectores. Es un estudio predominantemente descriptivo que finaliza con la sugerencia de que profundizar en el estudio de las bibliotecas y sus inventarios sería de interés para definir el perfil sociológico de la poesía del siglo xVi.
el CG1511 y los cancioneros napolitanos para establecer si estos podrían haber sido fuentes de áquel. Para esto sugiere un estudio comparativo de los loci critici de los poemas compartidos entre ellos. Lo ejemplifica con los análisis de Llorad, mis llantos, llorad, de López de Estúñiga, y Querella de amor, de Santillana, que indicarían que los cancioneros de la familia an no fueron fuente primaria del Cancionero General.
Los trabajos de Filomena Compagno (“Glosario del Cancionero de Castillo”) y Vicent R. Poveda Clement (“Amadeu Pagès i Ausiàs March: revisió dels límits d’una edició crítica a través dels cançoners G2 i G4”) completan esta sección.
La Tercera Sección (Géneros y temas en el Cancionero General” se inicia con un trabajo de Carlos Alvar (“Locos y lobos de amor”, pp. 189-206) en el que tras una detallada reseña de la historia de la aegri-tudo amoris desde la perspectiva médico-filosófica, que termina con la aseveración de Rasis, médico árabe de fines del siglo ix y principios del
X, de que el grado máximo de la melancolía amorosa es la licantropía, se aboca al rastreo de la expresión literaria de los síntomas de la locura de amor, especialmente este último. Así, recorre la lírica provenzal, la poesía gallego-portuguesa, los lais de María de France, la razó que describe la melancolía lupina de Peire Vidal, para recalar finalmente en Macías y su coterráneo Rodríguez del Padrón. Plantea Alvar que el refrán con que finaliza “Cativo de miña tristura”, que representa la última etapa del mal de amores, la transformación en lobo, o en este caso, en “can ravioso”, es retomado y amplificado en clave paródica por del Padrón en “Ham, ham, huid que ravio”, quien de esta manera se burla del enamorado doliente. Ambas composiciones son la muestra del uso de información médica (en nuestra opinión, reforzado en el caso de Padrón por la alusión a conocidos remedios para tratar la rabia como “ondas de mar” y “saludadores”) por parte de los poetas para dar cuenta de la intensidad de sus sentimientos.
principa-les heredados de la cultura grecolatina relacionados con el Más allá: el paisaje, los objetos y los personajes. Brinda ejemplos, principalmente de la lírica cancioneril, pero también de la poesía del Siglo de Oro, Ovidio, Virgilio y Dante, del agua como principal escenario del trasmundo, de los puentes y las naves como objetos que permiten el paso a la otra ori-lla, y de numerosos personajes, sobre todo del legado clásico (algunos “reconvertidos”, como las triadas femeninas de plañideras o dueñas), pero también derivados de la Danza de la muerte medieval.
Víctor de Lama de la Cruz (“En torno al simbolismo de los colores en el Cancionero general”, pp. 265-84) presenta un atractivo estudio del empleo de los colores en la poesía del Cancionero, que era casi siempre, según la investigación del autor, simbólico y no descrip-tivo, y que constituía un código conocido dentro de la élite culta que no precisaba ser aclarado. Diferentes colores se explican y ejemplifican, incluso algunos actualmente en desuso, como el tenado.
Se destaca el excelente trabajo de Carmen Parrilla (“Un ejemplo de afinidad entre los géneros canción-villancico en el ámbito de recepción de 11CG y 14 CG”, pp. 299-324), en el que, a partir del estudio de las diferentes versiones de un villancico de Garci Sánchez de Badajoz, Lo que queda es lo seguro, ejemplifica la red de relaciones esta-blecidas entre cancioneros manuscritos, cancioneros impresos y pliegos sueltos en las dos primeras décadas del siglo xVi y el influjo de estas
relaciones en los textos; por otra parte, también da cuenta de cómo la creación poética abreva en un corpus cancioneril abierto y común que se presta a la recreación azarosa o deliberada y que es testimonio de una poética vinculante en consonancia con la voz poética oral que tiene, según Zumthor, una función cohesiva y estabilizadora del grupo social. Por último, la autora destaca que la única forma de aclarar esta urdidumbre de vínculos y verificar las hipótesis asumidas es evitando las generalizaciones y analizando cada poema en particular.
Contra la opinión generalizada entre la crítica de que esta sección del CG1511 refleja la actitud antijudaica y anticonversa propia del reinado de los Reyes Católicos, Perea demuestra rigurosamente que la mayoría de los poemas se escribieron antes de 1480, en un periodo sociológica-mente muy diferente al que se publicaron y se hicieron populares.
Ana M. Rodado Ruiz (“Notas sobre la tradición animalística en el Juego trovado de Jerónimo de Pinar”, pp. 371-84) se enfrenta al di-fícil trabajo hermenéutico de explicar el significado de las coplas-naipes que componen el juego. Sería interesante que, a las fuentes que recurre para interpretar el significados de los árboles y las aves (historias natu-rales, bestiarios), se le sumara la investigación sobre otras apariciones de estos, si las hubiera, dentro del corpus cancioneril, lo que daría indicios sobre el sentido “en uso” de los términos.
que se incluyen al final. Las conclusiones que se sacan acerca de este número debieran ser revisadas.
Los trabajos de Virginie Dumanoir (“Los romances castellanos a partir del Cancionero General de Hernando del Castillo: la imprenta y la afirmación del género”), Manuel Herrera Vázquez (“Los refranes y frases proverbiales del Cancionero General”), Josep Lluís Martos (“La transmi-sión textual de las coplas de bien y mal decir: la sección extravagante del Cancionero general”), Roxana Recio (“Los Triunfos de Petrarca en los cancioneros: rastros de un género olvidado”) y Eduardo Santiago Ruiz (“Albardán, loco y truhán en las Obras de burlas”) completan esta sección.
La Cuarta Sección (“Poetas de cancionero”) se abre con un ex-tenso trabajo de Ma. Jesús Diez Garretas (“Razones de amor y otras cuestiones: revisión y nuevas aportaciones a la vida y obra de Fray Íñigo de Mendoza”, pp. 421-59) en el que la revisión de lo estudiado antes y después de la obra liminar de Julio Rodríguez Puértolas se lleva la ma-yor parte. En el aspecto biográfico, su aporte se basa en las cuentas del tesorero Gonzalo de Baeza y en dos nuevos documentos hallados en el Archivo de Simancas que permiten corregir información sobre los años finales del fraile poeta. En el aspecto literario, además del prolijo inven-tario de la obra, de su tradición manuscrita e impresa y de la bibliografía crítica, dedica un apartado especial a las tres composiciones incluidas en el 11CG, donde mayormente discute el criterio que llevó a Hernando del Castillo a seleccionarlas y confirma la hipótesis de Beltrán como la más plausible.
aña-didos en 14CG, más una breve referencia a los suprimidos en ediciones tardías del Cancionero (Sevilla, 1535 y 1540). La autora discute las hipótesis explicativas de la notable presencia de 25 poetas valencianos con no menos de 182 composiciones en el Cancionero y las razones que llevaron a descartar algunas e incorporar otras en la edición de 1514. La autora reconoce no estar aportando “nada esencialmente nuevo” (p. 521), pero sí cumple su objetivo de contribuir al conocimiento de un aspecto fundamental del Cancionero general.
mejores de la tradición textual, lo que se explica por las copias tardías de que se sirvió Castillo. A pesar de ello no deben descartarse pues, so-bre todo en el caso de Mena, es a través de 11CG que esta poesía llegó al gran público y a eruditos como Juan de Valdés y Mario Equicola, de quien se ilustra el uso de los poemas de Mena incluidos en 11CG en su Libro de natura de amore.
Los trabajos de Ma. Dolores Esteva de Llobet (“La glosa poética en la poesía de Jorge de Montemayor”), Antoni Ferrando i Francés (“Noves aportacions a Narcís Vinyoles. Edició de Lo “Credo in Deum” aplicat per sos articles a la Mare de Déu d’Esperança y los goigs”) y Claudia Piña Pérez (Amplificatio y dispositio en dos decires de Jorge Manrique: Acordaos por Dios señora y Por que el tiempo es ya passado”) completan esta sección.
ficción sentimental trata el trabajo de Leonardo Funes (“Del amor en metro y en prosa. II: composiciones líricas en los relatos de ficción sentimental”, pp. 575-88) que no se enfoca, como podría esperarse, en las piezas líricas intercaladas en tantos textos sentimentales, sino que analiza “la inextricable naturaleza lírico-narrativa del discurso amoroso” en la textualización prosística del género.
Para concluir esta reseña quisiéramos referirnos al trabajo de Au-rora Hermida-Ruiz (“Otras huellas del Cancionero en Valencia: la lírica cancioneril como reivindicación de posguerra en Rafael La-pesa y Manuel García Blanco”, pp. 589-603), único que asume una perspectiva meta-crítica, en el que revisa el lento proceso de reivindi-cación de la lírica cancioneril –que, en rigor, solo se ha alcanzado com-pletamente en los años que van de este nuevo siglo– y ubica con justicia el precedente de Lapesa y García Blanco, matizando así la novedad de la recuperación que habría realizado la crítica anglosajona; todo lo cual está muy bien, siempre y cuando no olvidemos que la exhortación de Keith Whinnom e Ian Macpherson sigue siendo válida y en espera de una plena respuesta. Es invalorable y digno de todo reconocimiento el trabajo filológico, ecdótico, histórico y biográfico que se ha hecho y del que estos dos tomos dan cumplida razón, pero mucho queda todavía por hacer en cuanto a la tarea hermenéutica de recuperar un sentido y una experiencia estética de esta poesía, de traer su voz a una conversación entre los vivos (“entre nosotros” como diría Sirera) como vehículo de una pulsión auténtica y vigente y no como gesto excéntrico nadido de un gusto estropeado por tanta erudición. Los trabajos reunidos en estos tomos ayudan a darle una base más sólida a esa construcción de un saber estético y específicamente literario de la poesía de cancionero.
leonArDo Funes
IIBICRIT (SECRIT) – CONICET Universidad de Buenos Aires
clAuDiA rAposo
Roberto Mondola, Dante nel Rinascimento castigliano: L’Infierno di Pedro Fernández de Villegas, Nápoles: Tullio Pironti, 2011 (Materia Hispanica, Vol. III), 412 pp. ISBN 978-88-7937-580-1.
al canto IV donde Villegas menciona la batalla de Ravenna, acaecida en 1512 (63)– que evidencian que el “ricco commento” fue en realidad con-feccionado en una fecha cercana a la impresión, esto es, ya adentrado el siglo XVI. Señala, por último, que no hay diferencias relevantes entre la versión manuscrita y la impresa, más que aquellas variantes del impreso que normalizan la medida de los versos de arte mayor y que, en los po-cos casos en los que cambia el verso entero, un sintagma o un término, esto no afecta el “senso complessivo del testo” (46). En nuestro cotejo, sin embargo, hemos notado que las diversas tachaduras y enmiendas, las variantes léxicas –que permiten definir qué texto se mantiene más lite-ral respecto del dantesco y cuál introduce más variantes de estilo o que otorgan más naturalidad– resultan esenciales para definir la filiación entre ambos testimonios y qué versión habría sido la más cercana a la primera (véase Hamlin: “Los testimonios de la traducción de la Divina Comedia (1515) y sus problemas de filiación: ¿del impreso al manuscri-to?, Revista de Filología Española, XCIII, 2 [2013]).
también “al proceso di omogeneizzazione religiosa promossa dai Re Catto-lici” (56), que se manifiestan ya en pasajes de la glosa donde elogia a sus personas, su obra política, o a personajes como Gonzalo Fernández de Córdoba (60-1) o donde demuestra un “appoggio propagandístico al ruolo dell’Inquisisione”(57), ya en versos agregados de índole moralista o que condenan aún más a ciertos personajes –como los epicúreos (58-9)– que permiten apreciarlo como “difensore della Santa Chiesa” (60). Se dedica en los últimos apartados a relevar el uso del arcediano de las auctoritates –clásicas, cristianas y autores en lengua vulgar ya encumbrados– entre las cuales destaca su preferencia por las cristianas –Sagrada Escritura y Padres de la Iglesia–(68) y su tendencia a utilizar las clásicas como vehículo moralizante (90-91). En este caso llama la atención que Mondola no esté al tanto de la tesis de Thomas Fine que se detiene profusamente en su empleo de las auctoritates (Fernández Villegas’s translation and commentary on Dante’s “Inferno”. University of Michigan: University Microfilms International, 1981) –pues no la cita ni hace referencia alguna–, lo cual le hubiera evitado referir cuestiones introductorias y volver a repetir lo ya analizado.
Finalmente, señala a través de muy breves ejemplos las reducciones y/o omisiones de las anécdotas históricas relacionadas con Florencia o de las alusiones biográficas de personajes, puntualizando su tendencia a “ridurre al minimo indispensabile i referimente alla mitología classica” (169). Notemos que, aunque en muchos casos Villegas acorta estos relatos biográficos, sean históricos o míticos, en muchas ocasiones también los amplifica. En efecto, un cotejo minucioso entre pasajes de ambas glosas permite notar el tipo de reapropiación político-cultural al que, en rea-lidad, Villegas somete varios de los relatos que encuentra en Landino que, reducidos o amplificados, asumen ahora connotaciones promonár-quicas (Véase Hamlin, “La configuración apologética del comentario de la Divina Comedia (1515): Fernández de Villegas y su reapropiación de las alusiones histórico-míticas del Comento de Landino”, Lemir 17 (2013), pp. 113-150).
detrimento del cortesano, cuyos nuevos usos desaprueba. Notemos que en estos pasajes relevados el autor no percibe la presencia del tópico tan difundido de la “lengua cortesana vs. lengua aldeana” y la particular y extraña postura que Villegas adopta al respecto, relacionada, a su vez, con su postura paradójica respecto del debate de las “armas y las letras” y, en el fondo, con las tensiones y paradojas más inherentes al Humanismo peninsular, de las cuales su texto presenta innumerables huellas (véase Hamlin, “El comentario de la Divina Comedia de Fer-nández de Villegas y el humanismo peninsular: reflexiones lingüísticas y renovación filológica”, Incipit XXXI (2011): 73-100). Mondola releva, a continuación, las características morfosintácticas de su lengua poética (179-180) –que fluctúa entre formas vigentes y formas en desuso–, su “ibridismo” lexical (182-188)–oscilación entre arcaísmos y neologismos o extranjerismos– y, en la glosa, su “culto” a la etimología (188-195) – recurso principal para justificar la inserción de ciertos vocablos por su relación con el latín que, a la vez, contribuye al enciclopedismo del tex-to y resulta también “veicolo per trasmitire un insegnamentex-to morale”– y su afición por los refranes (198-201), que demuestra su “valorazzione della primigenia del linguaggio popolare” (198) y contribuye también a darle a su obra un “carattere moraleggiante e didascálico” (199).
algunos pocos ejemplos. Un lector atento, por tanto, se preguntaría si unos pocos pasajes laudatorios avalan este frecuente uso del rótulo “obra apologética”. En este sentido, es preciso señalar que son de hecho nume-rosos los pasajes de la misma, así como también de la traducción, que demuestran estar influidos, de manera más implícita, por esta ideología “pro-monárquica”, pues incorporan imágenes o temas recurrentes que, en el discurso político propagandístico de la época, tenían alto conteni-do apologético –por ejemplo, la guerra justa, la tiranía, la negatividad de la privanza– o redimensionan, como ya mencionamos, las connotacio-nes políticas de los pasajes landinianos (véase Hamlin, “La traducción en la España pre-humanista y sus causas político-ideológicas: el caso de la Divina Commedia y los Reyes Católicos”, Revista de Literatura Medie-val, 24 [2012], 81-100 y “De nuevo sobre la funcionalidad apologética de la traducción y el comentario de la Divina Comedia de Villegas (1515)”, La Corónica, 42.2 [Spring, 2014], en prensa).
Antes del índice general y de nombres con el que se cierra el volu-men, el autor adjunta su transcripción del texto poético de la edición burgalesa (225-401), la cual cuenta con un sencillo sistema de notas al pie donde el autor “inserisc[e] le varianti così come appaiono del manos-crito” (226). Sin embargo, en nota no se aclara si se trata de variantes simples o si las mismas son fruto de una omisión, una tachadura o una enmienda. A su vez, no parece seguir un criterio unificado en la selec-ción de las mismas pues, mientras señala, por ejemplo, algunas variantes de “estilo”, muchas que corresponderían a esta categoría están ausentes y, mientras omite algunas enmiendas que, por ejemplo, son de una se-gunda mano –evidentemente posterior–, otras enmiendas de esta misma mano son sí incorporadas como variantes. Se echa de menos, repetimos, una transcripción del aparato proemial –“Prohemio dirigido..:”, “De la vida y costumbres del poeta” e “Introducción”–, tantas veces citado fragmentariamente.
por primera vez al texto de Villegas logra un buen panorama general de su obra, es remitido a bibliografía básica, y se queda, seguramente con varias preguntas o, al menos, con el deseo de acceder a una lectura más completa de la traducción y de su glosa. Un lector familiarizado con este texto, sin embargo, se percata de algunos pocos errores y se pregunta si Mondola, con su tendencia al parafraseo de la fuente y sus análisis descriptivos, ha logrado cumplir la intención expuesta en el prólogo y retomada en la conclusión, esto es, la de “hacerle justicia” a la obra de Villegas. En este sentido, el estudio de Mondola, mientras le allana mu-cho el camino al estudioso interesado, constituye un aliento para seguir trabajando. En efecto, luego de su lectura queda una certeza respecto del texto del arcediano, la misma que Alvar sostiene en relación al es-tudio de las traducciones medievales castellanas en general, a saber, que “constituye un mundo que apenas ha empezado a descubrirse” (Reper-torio de traductores del siglo XV, Madrid, Ollero y Ramos, 2009, p. 257).
cinthiA mAríA hAmlin
IIBICRIT (SECRIT) – CONICET Universidad de Buenos Aires
Cristóbal de Molina, Relación de las fábulas y ritos de los incas, edi-ción de Paloma Jiménez del Campo, transcripedi-ción de Paloma Cuenca Muñoz, coordinación de Esperanza López Parada. Madrid: Iberoameri-cana-Vervuert, 2010, 328 pp. ISBN 978-84-8489-552-7
con una dimensión de los textos coloniales hispanoamericanos aún pendiente en cierta medida: la de las ediciones críticas. En efecto, en este campo tan vasto y heterogéneo, la revisión de los textos fundantes desde una perspectiva que privilegie la crítica textual y los vericuetos e inflexiones del manuscrito todavía constituye un trabajo en proceso. Si bien es cierto que, al menos desde los años 80 del siglo pasado (en algunos pocos casos, incluso antes), las crónicas de tradición occidental han recibido la atención de los especialistas y han sido objeto de cuida-das ediciones a ambos lados del continente (pienso, por ejemplo, en la edición de las Cartas de relación de Hernán Cortés, que Ángel Delgado Gómez llevó a cabo en los años 90 para Castalia, o en las exhaustivas y polémicas ediciones de la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, que Carmelo Sáenz de Santa María realizó para el CSIC en 1982, tomando la edición Remón sobre el tra-bajo pionero de Ramón Iglesia, y que José A. Barbón Rodríguez postula sobre el Manuscrito Guatemala en 2005, en un despliegue de encomia-ble rigurosidad y aliento), aún queda mucho por hacer, en especial en lo que respecta a las crónicas mestizas (como las denominó el crítico y especialista alemán Martin Lienhard). En el marco de las crónicas andinas, se destacan, entre otros, la ya clásica edición de la de la Nue-va corónica y buen gobierno de Felipe Guamán Poma y Ayala por John V. Murra y Rolena Adorno (publicada por Sigloxxi en 1982 y modelo
representación y tramas de la polémica que configuran el espesor de un universo textual complejo.
En ese contexto se publica la edición crítica de la Relación de las fábulas y ritos de los incas de Cristóbal de Molina, coordinada por Espe-ranza López Parada, con la transcripción de Paloma Cuenca Muñoz y edición de Paloma Jiménez del Campo, las tres de la Universidad Com-plutense de Madrid. En más de un sentido, este volumen constituye un acontecimiento, ya que la Relación de Molina fue objeto de numerosas disputas, desde la identificación de su autor (ya que durante un tiempo se lo confundió con un homónimo, conocido ahora como “el chileno” o “el almagrista”) hasta los usos de este texto por parte de historiadores de la época (como Bernabé Cobo y Francisco de Ávila, por ejemplo), pasando por su compleja articulación de dos lenguas: un quechua ins-cripto con meticulosa adecuación y un castellano “mal mascado” –para utilizar un giro de otra crónica famosa, la Historia verdadera. Se trata de un texto que entrecruza las modulaciones de la escritura por encargo, vinculada en especial con las visitas del virrey Francisco de Toledo y su residencia en Cuzco entre 1571 y 1572, la provisión de información respecto de las historias y “fábulas” autóctonas, y la mirada imperial que organiza ese conocimiento: entre la evangelización y la correcta organización el poder colonial. En ese sentido, la Relación de Cristóbal de Molina el Cuzqueño es excelente ejemplo de las modulaciones de la escritura, el conocimiento, la colonialidad del poder y los límites de la mirada eurocéntrica respecto del Otro, aun en un contexto donde el eximio conocimiento de la lengua quechua sostiene la utilidad y legiti-midad del narrador.
La compleja historia del original es explicada con encomiable síntesis por la editora: como suele ocurrir con los textos coloniales, el original ha desaparecido; el único manuscrito conocido es una copia de principios del sigloxViique corresponde al legajo de Francisco de Ávila
del Inca Garcilaso de la Vega. En más de un sentido, la presente edición fija el texto definitivo, al tiempo que constituye un ejemplo destacado de abordaje del corpus textual colonial, en una perspectiva que articula la transcripción y edición minuciosa del texto original con la pregnancia y agudeza del análisis crítico. Realizada en el marco del proyecto de investigación titulado “Relaciones culturales entre el Viejo y el Nuevo Mundo: algunas crónicas virreinales del Perú”, dirigido por Esperanza López Parada en la Universidad Complutense de Madrid, en numerosos sentidos esta edición exhibe la verdadera naturaleza de la investigación y el trabajo en equipo, en una propuesta que, si bien no agota, busca cubrir numerosos flancos del manuscrito, aprovechando al máximo las cualidades y saberes de cada uno de los investigadores.
el artículo de José Antonio Mazzotti. Dado que, en feliz decisión, no se moderniza la ortografía, desde los primeros párrafos el lector puede percibir la melodía y sabor de esta relación, sin ahorrarse las vacilacio-nes o referencias iterativas que, en cualquier caso, constituyen una de sus características fundamentales. La editora no nos deja inermes, sin embargo, ya que añade una serie de notas que aclaran dudas o huecos del original, despliegan quechuismos, confrontan versiones posibles, contextualizan algunas afirmaciones algo oscuras. Esta primera parte añade un índice onomástico, uno toponímico y un léxico cultural in-caico de gran utilidad.
Por último, la segunda parte entra en diálogo directo con las dos ya referidas, puesto que propone una serie de aproximaciones críticas al texto, con artículos de Evangelina Soltero Sánchez, José Antonio Mazzotti, Esperanza López Parada y José María Enguita Utrilla. La organización de esta sección también pone de manifiesto el meditado trabajo de edición de todo el volumen, ya que cada uno de los críticos alumbra, con su lectura, una dimensión complementaria. En “Génesis, contenido y forma de la Relación de las fábulas y ritos de los incas”, Evangelina Soltero propone una minuciosa revisión de del contexto de escritura, en especial en relación con las informaciones del virrey Toledo. Delimita para ello dos personajes centrales en la génesis de la Relación: el mencionado Virrey (recordemos que Molina es uno de los primeros convocados para la visita general en el Cuzco), y el obispo de Cuzco, Sebastian de Lartaun, quien había llegado a la ciudad con la misión de reordenar el arzobispado, para lo cual se serviría en especial de la información respecto del universo autóctono y de los sentidos diversos del quechua, provista por Molina. El otro elemento central a tener en cuenta, según explica en detalle Soltero Sánchez, es el Tercer Concilio Limense de 1582, también ávido de obtener información sobre el mundo indígena con el objetivo de elaborar un catecismo, un doc-trinario y un confesionario en lenguas indígenas. Lo más destacable de esta lectura es que indica las huellas de estas tres voces (tres voluntades e intereses contrapuestos también) en la Relación… de Molina, tanto en la génesis de la escritura como en el contenido mismo del texto. Así, se pone en evidencia una vez más la matriz fuertemente polémica de las crónicas del siglo xVi y los usos que los distintos poderes coloniales
y la adecuación de las dimensiones espacio-temporales, por ejemplo, el texto de Molina en cambio se organiza en función de cierta “llaneza y obediencia” (130), que, agregaríamos, lo vincula más con las inflexiones del discurso legal y la Instrucción y Memoria de las Relaciones Geográ-ficas que con el discurso histórico que Gamboa erige. Según la autora, este objetivo de brindar información, con una utilidad específica, con-duce a la organización de la crónica en dos grandes núcleos: la relación de las fábulas (más desordenada, iterativa y escueta) y la relación de los ritos (de desarrollo más complejo, con una descripción pormenori-zada de los ritos para cada mes, donde el peso de las traducciones que propone el enunciador-intérprete es de mucha mayor relevancia). En definitiva, el análisis de Soltero Sánchez, centrado en las dimensiones de la intertextualidad y la trama, propone una lectura contrastiva del texto de Molina que, como lectores, nos permite verlo en funciona-miento, operando incluso en las disputas en torno a la administración colonial y la evangelización. Esta aproximación se vincula de manera directa con la propuesta de José María Enguita Utrilla, quien analiza los “Indoamericanismos léxicos y estructuras discursivas en la Relación de Cristóbal de Molina”. Enguita Utrilla, que ha publicado numerosos textos sobre el español de América y las “hablas hispanoamericanas” (327), propone aquí una aproximación léxica, fonética y gramatical a la lengua de esta Relación. No solo da cuenta de los diversos quechuismos y de su función en el texto; también aclara las intervenciones mediado-ras del autor, que echa mano a una serie de “estructumediado-ras discursivas”: descripción, definición, sinonimia y traducción (208). Siguiendo estas dimensiones –que corresponden al clásico estudio de Manuel Alvar sobre Juan de Castellanos–, Enguita Utrilla recorre la Relación, brinda ejemplos y aclara particularidades, en una lectura crítica que allana para el lector las dificultades propias de toda crónica mestiza y pone la Relación en diálogo sugerido con otras crónicas que recorren similares andariveles, como los ya mencionados Comentarios Reales, por ejemplo.
López Parada. El primero, reconocido investigador de crónicas andinas, autor del ineludible Coros mestizos del Inca Garcilaso y fino lector del subtexto indígena en las crónicas mestizas, brinda un panorama que es mapa y derrotero respecto de las “crónicas peruanas tempranas del área andina”. Su trabajo, titulado “Cristóbal de Molina y las crónicas heterogéneas del virreinato peruano”, exhibe lo más destacable de las nuevas aproximaciones en los estudios coloniales hispanoamericanos, puesto que articula las categorías de la crítica literaria latinoamericanis-ta (“heterogeneidad enunciativa” del crítico peruano Antonio Cornejo Polar, por ejemplo), las revisiones teóricas, culturales y traductológicas de las teorías poscoloniales, y un meticuloso acercamiento al universo del manuscrito y las transformaciones de la edición, tal como Mazzotti ya lo ha demostrado en relación con las obras del Inca Garcilaso. Or-ganiza aquí un mapa de crónicas tempranas, al cual define también en virtud de sus relaciones con las fuentes orales y la conformación de una “escritura coral” (142), donde el sustrato oral fuerza los límites del discurso histórico occidental en el cual es incluido como fuente (pero también como subtexto), en especial respecto de los rasgos heroificadores o mitificantes característicos de la versión indígena. Organiza así una “familia textual” que incluye pormenorizadas referencias a los textos de Juan Betanzos (y su Suma y narración de los incas), Titu Cusi Yupanqui (y su Instrucción al licenciado Lope García de Castro), Felipe Guaman Poma de Ayala (con su Nueva corónica y buen gobierno), el Inca Garcilaso de la Vega (y las dos partes de sus Comentarios Reales de los Incas). Utilizando materiales y fuentes críticas de diversas procedencias (como los análisis de Paul Zumthor y David Bynum respecto de los “residuos de oralidad” y la “voz”) Mazzotti interpela de manera novedosa y sugerente las crónicas andinas, y coloca en un diálogo otro la Relación de Molina, atendiendo en particular a su subtexto andino y sus implicancias en términos de trama, “carácter epificante” (149) y tradiciones discursivas.
enfatizando las tensiones, desechando todo movimiento homogeneiza-dor o armonizante, de allí que pueda delimitar, en el supuesto desorden con que Molina inscribe las fábulas, el sustrato directo de los modos de la memoria y la notación andinos, no unívocos sino múltiples, plurales, que hacen de esa diversidad sus condiciones de veracidad… De allí también que la autora erija una figura algo desorientada y desajustada del cronista-traductor, quien transcribe y media sin poder resolver la distancia con el Otro –distancia que de a ratos se vuelve abismal. Pa-radoja de la representación, anclada también en sus usos: se inscribe lo que no se comprende y en ese mismo gesto de inscripción mediante la escritura se asiste a la desintegración del relato y a su transformación en otra cosa: la imagen astillada del otro, medida a través del prisma del ojo imperial. A estas dimensiones López Parada suma otras, de igual interés: la mirada antropológica como categoría transhistórica, el trabajo pormenorizado con los modos y funciones de la traducción, la tensión entre la voz y el control, las posibilidades del subtexto andino como forma de resistencia… No es dato menor, además, la elegante es-critura, la forma de comprender el enunciado crítico como artefacto de producción de sentido en la fluidez de la prosa, las posibilidades de una etimología que se astilla en dimensiones complementarias, la búsqueda de la metáfora o la metonimia que defina el texto.
En definitiva, este trabajo, de excepcional valor, se destaca porque sus sugerentes hipótesis reverberan en el lector más allá de la primera lectura y del acercamiento al texto de Molina: en buena medida constituyen una propuesta más amplia para leer toda crónica mestiza, entendidas como parte de una trama textual, caleidoscópica, donde cada lectura crítica reorganiza las piezas y restituye la densidad (cromática) de la significación.
vAleriA Añón
El erudito frente al canon: Filología y crítica en Menéndez Pelayo y Gaston Paris. Edición de Lidia Amor y Florencia Calvo. Santander: Real Sociedad Menéndez Pelayo, 2013, 240 pp. ISBN: 978-84-940931-0-4
A través de una serie de lúcidos estudios críticos de un equipo de inves-tigación perteneciente al Instituto de Filología y Literaturas Hispánicas “Dr. Amado Alonso” de la Universidad de Buenos Aires, El erudito fren-te al canon: Filología y crítica en Menéndez Pelayo y Gaston Paris se ahon-da en el panorama intelectual europeo decimonónico a partir de dos de sus figuras paradigmáticas: el español Marcelino Menéndez Pelayo y el francés Gaston Paris. A pesar de no plantearse metodológicamente como un análisis comparativo entre los dos eruditos, este libro pone al descubierto y permite pensar en las analogías entre ambos, en particular con respecto a sus proyectos editoriales y su lugar fundamental en la constitución del canon literario de fines del siglo xix y comienzos del
siglo xx, remitiendo de esa manera a los mecanismos más generales de
legitimación de las literaturas nacionales del periodo.
El trabajo destacado que abre el volumen, de Gloria Chicote (“La literatura medieval española desde Johann Herder hasta Ramón Me-néndez Pidal: ¿exégesis crítica o invención del canon?”), aunque ejem-plificado en la literatura medieval española, se asume como la apertura crítica del tema central que englobará el resto de las contribuciones del volumen, a pesar de sus tratamientos y aproximaciones divergentes: la construcción del canon literario en la Europa del siglo xix. Partiendo de
Todo editor, bien lo sabemos aquellos que alguna vez hemos emprendido la tarea ecdótica, interviene siempre de un modo u otro el texto que edita, como plantea Florencia Calvo (“Continuación o complemento. Editando a Lope: Marcelino Menéndez Pelayo y Emilio Cotarelo”) acerca de la labor de Marcelino Menéndez Pelayo y Emilio Cotarelo con respecto a las obras de Lope de Vega. En las observaciones preliminares de ambos editores de fines del siglo xix y principios del
siglo xx, Calvo analiza desde las diferencias materiales de ambos
pro-yectos ecdóticos hasta los públicos propuestos y supuestos; matriz que en Menéndez Pelayo tiene como función la organización y construcción de un corpus canónico de la literatura española, a través de las operaciones del análisis, la descripción, la clasificación y, finalmente, el juicio; en Cotarelo, en cambio, la matriz no es taxonómica sino más desordenada y masiva. Del canon político de Menéndez Pelayo al canon potencial de Cotarelo, la estudiosa destaca –a través de una fundamentación sólida y exhaustiva– paradigmas editoriales disímiles centrados en la objetividad y lo novedoso, lo ideológico y lo estético, respectivamente, a pesar de los reconocimientos, las continuidades o complementos señalados por los propios editores.
Orígenes de la novela es el último proyecto editorial de Menéndez Pelayo, que Patricia Festini (“Historiografía y canon: Orígenes de la novela y el ‘Prospecto Nueva Biblioteca de Autores Españoles’”) aborda desde su génesis hasta su configuración como un verdadero perfil del crítico y filólogo. La historia literaria, que ha quedado inconclusa, es el procedimiento metodológico que en la narrativa española anterior a Cervantes, eje del trabajo, le permite a Menéndez Pelayo la legitimación de la literatura y la construcción del canon español, resaltando su figura de crítico al mismo tiempo también como editor y colector.
des-medida a Calderón, Eleonora Gonano (“Marcelino Menéndez Pelayo y Pedro Calderón de la Barca: canon y polémica”) profundiza nuevamente en la faceta de Menéndez Pelayo como editor, en este caso del teatro calderoniano, aunque se detiene en su crítica detallada como estudioso y en los procedimientos que sus análisis promueven en relación con la canonización o el apartamiento del canon.
Francisco García Chicote (“La crítica romántica en Menéndez Pe-layo”) indaga en su trabajo en la práctica historiográfica de Menéndez Pelayo, amparada en una concepción poética del sentido y de la praxis crítica que lo acercaría a la escuela romántica alemana, al distanciarse de las perspectivas positivistas de la historia aunque de manera diferen-te y, sobre todo, según posiciones políticas disímiles. Centrándose en su Historia de las ideas estéticas en España, García Chicote analiza particu-larmente la mirada de Menéndez Pelayo sobre el pensamiento estético del prerromanticismo y el romanticismo alemanes, intentando avanzar en la idea de praxis más allá de las contradicciones que indudablemente es imposible negar en su obra.
La inscripción en el canon literario nacional que moviliza gran parte de las discusiones y la producción de los intelectuales españoles de fines del sigloxixes abordada como problemática por Mariano Saba
(“Irrumpir en el canon: Menéndez Pelayo, Unamuno y la crisis intelec-tual de fines del siglo xix”), quien a través de los vínculos entre la obra
crítica de Menéndez Pelayo y algunas ideas de Miguel de Unamuno, su alumno directo, intenta profundizar en las condiciones más generales de la crítica cultural del periodo. La tensión significativa entre maestro y discípulo da cuenta de la propia búsqueda intelectual de ubicación en un campo cultural en transición entre el sigloxixy el sigloxx.
creado por él y por Paul Meyer en 1871. La imagen del intelectual en la Francia decimonónica adquiere entonces, según especifica Amor, el perfil del erudito, primero, y luego el del filólogo de profesión; en este sentido, la publicación representa ese impulso intelectual específico al constituirse como un proyecto editorial renovador de difusión de la li-teratura francesa. Los iluminadores análisis de Amor de algunos de los artículos considerados programáticos de la revista, que proveen además una conciencia de la labor filológica constituida casi como teorización disciplinar, se complementan con las apreciaciones de Forte sobre la revista como una herramienta de construcción de la identidad de Gas-ton París como filólogo, en principio, y de su posterior consagración, a través del análisis concreto de las estrategias discursivas desplegadas en sus editoriales y con el aporte del marco teórico de la lingüística crítica.
En las consideraciones finales del volumen, las editoras de El erudito frente al canon: Filología y crítica en Menéndez Pelayo y Gaston Paris reconocen la multiplicidad de ideas desplegadas en el libro, no susceptibles de ser reducidas o sintetizadas de ningún modo. Esa varie-dad de planteos, objetos específicos de interés y acercamientos cons-tituye, según creemos, el principal aporte de un equipo de estudiosos que profundiza en conjunto sobre un tema de investigación sin perder sin embargo su propia singularidad y su identidad periférica frente a la centralidad de la producción europea dominante sobre ese tema. A la vez la distancia crítica que esta situación genera y la cercanía que evidencia cada uno de los trabajos, a través del examen profundo, la reflexión aguda, la cita erudita y el comentario atinado sobre los prin-cipales abordajes críticos y bibliográficos de los aspectos desarrollados, los ubica en el lugar privilegiado de ser miradas variadas, aunque todas igualmente inteligentes, que invitan a seguir cuestionando el papel del intelectual, en principio en el paso del sigloxixal siglo xxpero también,
por qué no, en el presente.
es que el análisis contextualizado de sus obras y de su labor filológi-ca, editorial y crítica en general permite apreciar sus contradicciones constitutivas sin simplificar o elegir uno u otro de sus enunciados, pero tampoco negando los complejos avatares históricos y la reflexión sobre la propia historicidad que hicieron de su trabajo y de ellos mismos figu-ras paradigmáticas del conocimiento literario decimonónico europeo; en síntesis, del erudito frente al canon.
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Los artículos y notas que se reciban deberán ajustarse al foco de interés de Incipit –tal y como se anuncia en el vuelto de la tapa– y cumplir con la normativa explicitada a continuación. La Dirección se reserva la de-terminación del número de la revista en que han de ser publicados los artículos evaluados positivamente. Los documentos, reseñas y noticias bibliográficas serán solicitados por la Dirección.
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