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XPERTOS MORALES
1Publicado en Analysis
La siguiente tesis ha influido en la filosofía moral reciente: no hay cosa tal como la pericia moral, en particular, los filósofos morales no son expertos morales. Filósofos prominentes se han inclinado a sostener opiniones como esta:
[p]ara cualquier tipo de filósofo, resulta necio, lo mismo que presuntuoso, proclamarse paladín de la virtud. Y ésta es también una de las razones por las que muchas personas encuentran la filosofía moral como un tema que les deja descontentos. Porque, equivocadamente, acuden al filósofo moral queriéndolo tomar como guía (A. J. Ayer, "The Analysis of Moral Judgments", en Philosophical Essays*
).
o como esta:
No es parte del cometido profesional de los filósofos morales decirle a la gente lo que debe o no hacer... Los filósofos morales, como tales, no cuentan con información especial de la que no disponga el público sobre lo que es correcto e incorrecto; ni cuentan con mandato alguno para desarrollar esas funciones exhortativas tan propiamente desempeñadas por el clero, los políticos, los escritores influyentes... (C. D. Broad, Ethics and the History of Philosophy).
Afirmaciones como estas son comunes; los argumentos en su apoyo menos. Se nos dice que el papel del filósofo moral no es el del predicador. Pero, ¿por qué no? Sin duda la razón no puede ser, como Broad parece sugerir, que el predicador hace ese trabajo "tan propiamente". La razón por la cual la moralidad, para la opinión pública, se ha convertido en un sistema de prohibiciones contra ciertas formas de disfrute sexual, estriba en que,
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Extraído de Singer, Peter, Una vida ética. Escritos, Taurus, Madrid, 2002 (traducción de Pablo de Lora). * La cita procede de la traducción española de Francisco Béjar "Sobre los análisis de los juicios morales", en Ensayos filosóficos, Ariel, Barcelona, 1979, pp. 211-226, p. 224.
aquellos que son considerados por la gente como "líderes morales de la comunidad", lo han hecho muy mal.
Otra razón posible para insistir en que los filósofos morales no son expertos morales es la idea de que los juicios morales son puramente emotivos y que la razón no participa en su formación. Históricamente, esta teoría ha podido ser importante en la conformación de la concepción de la filosofía moral que hoy tenemos. Obviamente, si las visiones morales de cualquiera son tan buenas como las de cualquier otro, no puede haber expertos morales. Tal versión cruda del emotivismo, sin embargo, es mantenida hoy por pocos filósofos, si es que realmente fue ampliamente sostenida alguna vez. Incluso las tesis de C. L. Stevenson no implican que las visiones morales de cualquiera sean tan buenas como las de cualquier otro.
Un argumento más plausible en contra de la posibilidad de la pericia moral se encuentra en el ensayo de Ryle "On Forgetting the Difference between Right and Wrong*" que apareció en Essays in Moral Philosophy editados por A. Melden. El argumento de Ryle es que conocer la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto implica que ello nos importa y eso no es, de hecho, realmente un caso de conocimiento. Uno no puede, por ejemplo, olvidar la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto. Uno sólo puede dejar de preocuparse por ello. Por tanto, según Ryle, el hombre honesto no es "ni siquiera un poco experto en algo" (p. 157).
Es significativo que Ryle dice que el "hombre honesto" no es un experto y más tarde dice lo mismo del "hombre caritativo". Su conclusión habría tenido menor plausibilidad inicial si hubiera dicho "el hombre moralmente bueno". Ser honesto y ser caritativo son frecuentemente - aunque quizá con menor frecuencia de la que Ryle parece pensar- problemas comparativamente simples que todos podemos resolver si nos importan. Digamos que es cuando la honestidad entra en conflicto con la caridad cuando necesitamos pensar y argumentar (si un rico me paga más de la cuenta, ¿debo decírselo o dar el dinero para paliar el hambre?). El hombre moralmente bueno debe saber cómo resolver estos conflictos de valores. Preocuparse por hacer lo que es correcto es, por supuesto, esencial, pero no es suficiente, como muestran los numerosos ejemplos históricos de individuos bienintencionados pero equivocados.
Solo si el código moral de nuestra sociedad fuera perfecto e incontrovertido, tanto en sus principios generales como en su aplicación a los casos particulares, no habría necesidad de que el individuo moralmente bueno fuera un individuo reflexivo. Pues en ese caso podría simplemente seguir el código, a pies juntillas. Sin embargo, si hay motivos para creer que nuestra sociedad no tiene normas perfectas, o si no hay acuerdo sobre ellas en un rango completo de temas, el individuo moralmente bueno debe tratar de pensar por sí mismo la cuestión sobre lo que debe hacer. Este "pensar" es una tarea difícil. Exige, primero, información. Puedo estar preguntándome, por ejemplo, si es correcto comer carne. Tendría una probabilidad más alta de alcanzar la solución correcta, o al menos una decisión firmemente apoyada, si conociera algunos hechos sobre las capacidades de los animales para el sufrimiento y acerca de los métodos actuales de crianza y sacrificio de animales. También podría querer conocer el efecto de una dieta vegetariana en la salud y, considerando la escasez de comida en el mundo, si se produciría más o menos comida si se renunciara a la producción de carne. Una vez que tenga evidencias sobre estos asuntos he de evaluarla y añadirla a las visiones morales que mantenga. Dependiendo del método de razonamiento moral que utilice esto puede suponer un cálculo sobre qué curso de acción produce mayor felicidad y menor sufrimiento, o puede implicar el intento de colocarme en las posiciones de aquellos afectados por mi decisión, o puede llevarme a intentar "sopesar" deberes e intereses conflictivos entre sí. Cualquiera que sea el método que use debo tener en cuenta la posibilidad de que mi propio deseo de comer carne puede introducir prejuicios en mis deliberaciones.
Nada en este procedimiento es sencillo -ni reunir la información, ni seleccionar la que es relevante, ni combinarla con una posición moral básica, ni eliminar los prejuicios. De alguien familiarizado con los conceptos y argumentos morales, que dispone de mucho tiempo para compilar la información y pensar sobre ella, se puede razonablemente esperar que alcance una conclusión sólidamente apoyada con mayor frecuencia que alguien que no está familiarizado con los conceptos y argumentos morales y tiene poco tiempo. Así que parecería que la pericia moral es posible. El problema no es tanto conocer "la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto" cuanto decidir qué es correcto y qué incorrecto.
Si la pericia moral es posible, ¿han hecho bien los filósofos morales en rechazarla? ¿Es el individuo corriente tan susceptible de ser perito en materias morales como lo es el filósofo moral? Sobre la base de lo que se acaba de decir parecería que el filósofo moral tiene algunas ventajas importantes sobre el individuo común. En primer lugar, su adiestramiento general como filósofo ha de hacerle más competente para la argumentación y la detección de inferencias inválidas. En segundo lugar, su experiencia específica en filosofía moral le proporciona un entendimiento de conceptos morales y de la lógica de la argumentación moral. Sin que aquí sea necesario demostrarlo, la filosofía moral reciente ha insistido suficientemente en la posibilidad de incurrir en una confusión seria que surge cuando uno se embarca en la argumentación moral sin una comprensión clara de los conceptos empleados. La claridad no es un fin en sí mismo, pero es una ayuda para el argumento sólido y la necesidad de claridad es algo que los filósofos morales han reconocido. Finalmente está el simple hecho de que el filósofo moral puede, si quiere, pensar a tiempo completo sobre cuestiones morales, mientras que la mayoría de la gente tiene alguna ocupación que interfiere en dicha reflexión. Puede sonar necio dar tanta importancia a esto, pero es, creo, algo muy importante. Si debemos enjuiciar moralmente sobre alguna otra base que no sea nuestra intuición irreflexiva, necesitamos tiempo tanto para reunir hechos como para pensar sobre ellos.
Los filósofos morales tienen, por tanto, ciertas ventajas que les podrían convertir, en relación con los que carecen de ellas, en peritos morales. Para serlo sería por supuesto necesario que se empleen en la recopilación de hechos sobre cualquiera de los asuntos que estén considerando. Dada la determinación a abordar cuestiones normativas y de comprobar los hechos relevantes, sería sorprendente si los filósofos morales no estuvieran, en general, mejor equipados que los no filósofos para llegar a las conclusiones morales correctas o sólidamente fundamentadas. Indudablemente, si este no fuera el caso, uno podría cuestionarse si la filosofía moral merece la pena.