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Crónicas del Paraíso.

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Crónicas del Paraíso.

Roberto Rolo Luis.

Maracay, Venezuela. 2019

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Índice

Dedicatoria (4) Introducción (5)

Quirófano y las Catalinas (8)

Cuando los colibríes cantan Dios se acerca (12) Una tarde entre arrimes, boches y marranas (17) Una locha de cobre de 1912 (30)

Pedro vive con una mujer gorda y tuerta, que bebe Caña (39)

La señora que cantó décimas en el velorio de Cruz de Mayo (48)

No es fácil llegar al Paraíso (55) Las totumas eran ocho (66)

A Pascual se le está cayendo el pelo (74) Apareció la cédula en una gaveta (83)

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Espejitos cuadrados, buenos y baratos (93)

No pregunté si el cuadro era de su esposo (104) Del cocuy y la hamaca no dijo nada (114)

Lo mismo que le dieron el día que llovió (124) Todo por culpa de una culebra (130)

La chícura no se la robaron (140)

Conferencia sobre la soledad de un jubilado (144) Galletas de Soda, Pepitonas y Anchoas (152)

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Dedicatoria

Con especial afecto a mi esposa, mi hermano, cuñada, sobrinos, hijos, nueras, nietos y al

primer bisnieto y a todas las personas que como yo disfrutan de escribir y de leer.

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INTRODUCCIÓN:

El lugar donde se desarrolla la serie de estos 18 cuentos y sus personajes es imaginario y se llama

“El Paraíso”; un caluroso pueblito que pudiera estar ubicado en cualquier lugar, del Occidente de Venezuela.

La Bodega tiene por nombre “La Estrella” y el dueño se llama Felipe. La Zapatería también se llama “La Estrella” y el Zapatero tiene por nombre Damián y es el primo de Felipe. El Cura, que viene solamente los domingos a bautizar y a dar

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la misa, se llama Elvidio. El Bar que tiene tres mesas de billar, dos para el dominó y un patio con buena sombra para jugar partidas de bolas criollas, tiene por nombre “La Cordillera” y su dueño es Daniel.

La plaza del pueblo se llama El Edén, tiene siete árboles de caoba, ocho matas de guayaba y tres bancos de cemento, donde se lo pasa escribiendo quien sabe de qué y de cuantas cosas, un viejito que nació en la capital que se llama Roberto y que vive con su mujer en Casicasi el pueblo contiguo. Julio y Santiago, son un par de amigos que visitan eventualmente a Roberto y el único perro que hay en El Paraíso atiende por el nombre de Quirófano.

En Casicasi está la esposa de Roberto que se llama Carmen Josefina; aquí también está la comisaría, la escuela y la farmacia; este pueblo queda a media hora del Paraíso, andando por un camino de tierra bordeado de Cactus y Cujíes que

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están doblados hacia el oeste por el calor y las fuertes brizas que los empujan.

Con estos 18 cuentos y los poemas anexos al final del libro, quiero dejar además de un medio de recreación con su lectura, algunas enseñanzas sobre las costumbres de la gente de nuestros pueblos.

Espero que les gusten. (Y que no se los cuenten a nadie)

Roberto Rolo Luis.

Maracay 2019

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Quirófano y las catalinas.

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… La Semana Santa del año pasado llegó al Paraíso una familia que venía de Caracas, eran cuatro personas adultas y una niña como de 7 años, que vinieron a pasar unos días en la casa amarilla que tiene el techo de tejas a dos aguas;

la que está bajando muy cerca de la iglesia y que tiene una cerca bajita y una palmera grande en el patio. Es la casa donde vivía Nuvia Guadalupe antes de casarse. Deben ser familia porque la señora que vino en la camioneta y ella se parecen bastante.

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Uno de esos días me acerque a la Bodega La Estrella y vi cuando el viejo Roberto entraba como siempre a comprar catalinas y por coincidencia, creo yo, una señora que había venido de Caracas salía con una bolsa de papel con las cosas que había comprado y se cruzaron en la puerta, Roberto se apartó un poco con elegancia para dejar la puerta libre a la bonita señora, pero como ellos no se conocían no se saludaron solo hubo una mirada de respeto y simpatía de uno por el otro.

Apenas entrar, Roberto le preguntó a Felipe que quien era esa señora tan elegante que había salido y a quien no había visto nunca antes por el pueblo, y Felipe le contestó que ella había venido con unos señores a pasar unos días en el Paraíso y que llevó carne, verduras y aliños para hacer un sancocho y una parrilla esta tarde.

Roberto se quedó en silencio y volteo su cara hacia la plaza para ver si estaba desocupado el

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banco que siempre utilizaba, el que está bajo la sombra del Caobo: Y el banco estaba solo. Pidió dos catalinas y salió con ellas y su libreta bajo el brazo para seguir escribiendo sobre las cosas que recuerda de su infancia y que está mezclando poco a poco con lo que ve y pasa en este pueblo.

Cualquier día me acerco a dónde está este señor y le pido prestado esos apuntes para leerlos y ver si me dice lo qué piensa hacer con ellos.

Todas las tardes como a las cinco, Roberto regresa caminando a su casa en Casicasi, donde vive con Carmen Josefina desde hace un poco más de tres años.

Una de las dos catalinas que compra Roberto todos los días es para dársela a Quirófano, y desde aquí puedo ver cuando la parte por la mitad y le da un trozo al perro y el animal permanece tranquilo echado a sus pies. No hay

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nada que los separe, hasta parece que hablaran y se entendieran mutuamente.

Cuando el sol comienza a ocultarse, Roberto cansado de la dureza del banco se levanta y Quirófano también se para y se marcha para algún rincón del pueblo a soñar con las cosas que escuchó ese día y a esperar que amanezca para encontrase de nuevo con su amigo.

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Cuando los colibríes

cantan Dios se acerca.

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…Esa tarde en el Paraíso no había calor ni brisa, solamente se sentía la luz del sol que al pasar por las ramas de los árboles se encargaba de llenar de figuras y sombras difusas, el viejo piso de la plaza el Edén.

Roberto levantó la mirada del cuaderno donde está escribiendo sus historias y vio que venía caminando hacia donde él estaba su amigo de siempre, el padre Elvidio. Allá venía con su pantalón negro, con la camisa blanca de manga larga y los lentes bifocales de montura negra en el bolsillo.

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Elvidio era un hombre que a pesar del fuerte trabajo que realizaba y 60 y pico de años a cuestas se mantenía bien físicamente y no aparentaba ni en su cara ni en el cuerpo el tiempo vivido, apenas algunas canas comenzaban a brillar en su cabello negro y su andar se había hecho un poco lento lo que indicaba que allá venía un hombre con experiencia.

Cuando Elvidio estuvo como a tres pasos, Roberto lo miro a la cara y con entusiasmo y alegría le preguntó:

- Hola Elvidio cuanto tiempo sin verte, ¿Cómo está la vaina?

Y el Padre con una sonrisa de picardía le respondió:

-Por aquí “meando” Roberto, llevando la palabra de Dios y salvando almas por estos pueblos. ¿Y tú que haces?

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-Pues yo como siempre Padre, con las “paledonias en la mano”. Y diciendo esto le picó un ojo al padre, levantó la mano derecha y le mostró una

“Catalina grande” que tenía envuelta en un papel para compartirla más tarde con “quirófano”.

-Roberto tu como siempre echando vainas, no te enserias ni cuando estás enfermo. ¿Desde cuándo no ves a Pascual? Es que Damián el zapatero, me informó que él le dijo que quería conversar conmigo.

-La verdad Elvidio es que hace como tres meses que no veo a ese muchacho por estos lados, debe estar con su familia: El desde que se casó con Nubia Guadalupe se fue con ella para la capital a vivir y a estudiar, seguramente ya estarán graduados, tendrán hijos y hasta habrán conseguido un buen trabajo. Se lo merecen, son muy buenos.

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-No te preocupes Elvidio que si lo veo pasar por aquí o por “Casicasi” le digo que tú quieres hablar con él y así aprovecho para preguntarle algunas cosas que me van a servir para este libro que estoy escribiendo.

-Está bien Roberto te encomiendo esa tarea y te recuerdo que estás perdido de la iglesia, hace bastante tiempo que no te veo por allá. Sería bueno que un domingo de estos te acercaras para orar un poco y a escuchar junto con tus vecinos la palabra de Dios.

- Elvidio tu sabes que yo soy un hombre creyente, pero de poca oración y además esos bancos de madera que tienes en la iglesia son muy duros, en cambio estos de cemento que también son duros yo los tengo puliditos de tanto sentarme en ellos.

-Otra cosa Elvidio, te voy a decir algo que no le he dicho a nadie para que no crean que estoy loco,

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pero por las tardes, cuando la ardilla baja a comer y comienzan los colibríes a cantar, Dios también se acerca a este banco y se pone a hablar con nosotros: Yo sé por Su mirada que El me escucha, y yo de vez en cuando también oigo lo que me dice en medio de la brisa que mueve las ramas de los caobos y que deja pasar el canto de los pájaros.

Elvidio lo miró con cariño, le puso una mano en el hombro y le dijo:

-Tienes razón amigo, eso es verdad y yo sé de eso.

Antes de marcharse el padre le dio a Roberto dos aguacates que traía en una bolsa de tela y le dijo:

-Ya están maduros para que te los comas mañana con tu mujer en el desayuno. Y siguió su camino para la iglesia.

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Una tarde entre arrimes, boches y

marranas.

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Damián estaba cansado y le dolía la espalda. Se paró del taburete donde estaba sentado y dejó los zapatos negros que estaba arreglando sobre la mesa, junto a los martillos la pinza y las tachuelas. Esta era la segunda vez que le ponía media suela a esos zapatos viejos del padre Elvidio.

Se asomó a la puerta del negocio y se acercó al Bar la Cordillera para poder estirar un poco las piernas y hablar con su primo Daniel.

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-Buen día primo: ¿Cómo amaneció, como está la familia?

- Buenos días Damián todos estamos bien gracias a Dios, cada uno cumpliendo con sus obligaciones y yo por aquí esperando a los clientes, que no son muchos por estos días.

- De eso mismo quería hablarte Daniel, mientras estoy trabajando he estado pensando la conveniencia de hacer un club deportivo con los amigos del pueblo, para que podamos invitar a otros clubes a visitarnos para jugar unas partidas de bolas criollas, dominó y billar, aquí en “La Cordillera”. Eso le daría nueva vida a tu negocio.

- ¡Tremenda idea primo! Muchas gracias. Gente y tiempo es lo que tenemos de sobra en este pueblo.

-¿Pero qué nombre le vamos a poner a ese club?

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- Yo había pensado y teniendo en cuenta que aquí todos somos un poquito mayores que le pusiéramos: “Los Bejucos del Paraíso”,

-¿Que dices?

-Me gusta primo, me gusta, hoy mismo comienzo a hablar con la gente, para que se inscriban y me den la talla de su franela para mandarlas a imprimir. Yo te estaré informando de cómo van las cosas y como tú eres el dueño de la idea y serás el primero en inscribirte, llevarás la franela con el número uno.

El proyecto se consolidó y al poco tiempo “El Paraíso” tenía su Club Deportivo “Los Bejucos”, que quedó integrado por seis hombres y cuatro mujeres, vecinos y contemporáneos.

A Damián por ser el padre de la idea, le correspondió ser el primer presidente del club.

Las reuniones se hacían por las tardes una vez a la semana, en las instalaciones de “La

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Cordillera”. De una de esas reuniones surgió la idea de invitar para el primero de mayo, al Club

“Los Compadres”, que estaba integrado por vecinos de la comunidad de “El Maizal”, que quedaba un poco más allá, como a 25 minutos de Casicasi. Damián se ofreció a llevarles la carta de invitación y dijo:

-Tendremos que organizar una buena atención para que ellos después nos inviten a nosotros.

Ese primero de mayo, día del Trabajador, como a las 9 de la mañana, llegó al Paraíso un pequeño autobús amarillo con quince personas entre hombres y mujeres y una muchacha como de veinte años. Eran los miembros del Club “Los Compadres” y su madrina, que vinieron atendiendo a la invitación recibida. Poco a poco se fueron bajando del autobús y así mismo entraron a La Cordillera; No eran personas muy mayores, pero muchachos tampoco eran.

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Este club trajo gente flaca, gorda, negra y blanca, bajita y alta, uno que otro feo y varias mujeres bonitas entre ellas la madrina. Venían todos alegres con sus franelas verdes de cuello negro, estampadas con un número y el nombre de cada jugador en la espalda; cada uno traía puesta una cachucha que hacia juego con la franela.

También trajeron un cuatro, una guitarra, una charrasca y un tambor.

La pancarta de bienvenida, que fue realizada por los vecinos del paraíso decía:

Primero de Mayo, día del Trabajador.

El Bar La Cordillera invita a presenciar el primer encuentro deportivo y familiar, entre

“Los Compadres” del Maizal y “Los Bejucos”

del Paraíso. Habrá torneo de Bolas Criollas, Dominó y Billar.

Desde las 9 de mañana. No faltes.

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-Pasen adelante les dijo Damián. Como deben venir acalorados del viaje los invito a compartir un guarapo de panela con limón.

Los capitanes decidieron hacer un torneo de cinco juegos de bolas criollas, y que los demás integrantes se organizaran para jugar billar y dominó por su cuenta. El campeón de ese día seria el equipo que ganara tres de los cinco juegos acordados.

Antes de iniciar el torneo el capitán de “Los Compadres” le propuso a Damián hacer un desfile por el patio de bolas con los dos equipos y sus respectivas madrinas, para tomar unas fotos delante de la pancarta y dejarlas como recuerdo.

Damián dijo para sus adentros: (que bueno sería que Nubia Guadalupe aún estuviera por aquí, ella es mucho más bonita que la madrina que estos vecinos trajeron).

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Los equipos desfilaron y posaron para las fotos.

“Los Bejucos” no tenían madrina pero la cara de cada uno de ellos mostraba alegría por ser los anfitriones de este primer intercambio deportivo.

“Vamos a ganar” decían todos a una misma voz cada vez que el presidente decía: … Y hoy Los Bejucos… Esto impresionó a Los Compadres que no tenían ensayado ningún grito de “guerra”.

Se sorteó la cancha para saber quién jugaría primero, desde donde se tiraría el mingo y el color de las bolas que correspondería a cada equipo. Se lanzó un fuerte al aire y cayó con la cara de Simón Bolívar hacia arriba y esa era la opción que había escogido el capitán de “Los Bejucos”

del Paraíso.

La cancha era grande como de unos 30 metros de ancho por unos 45 de fondo, a la derecha estaba el caney que se utilizaba para hacer los sancochos o parrillas y que también servía para el resguardo de los jugadores en caso de lluvia. La

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talanquera que delimitaba el área de juego estaba construida con paletas de madera, protegidas por cauchos viejos unos junto al otro.

Así trascurrió la tarde, entre chistes, arrimes, boches y marranas. En un ambiente alegrado con el olor de la leña del sancocho y la música del bar que no paró ese día, con canciones de Daniel Santos, Pedro Infante, Jorge Negrete, Toña La Negra, El Indio Araucano y Carmen Delia Dipiní.

Ya como a las cinco de la tarde los equipos estaban empatados y jugaban la partida decisiva, quien ganara ese quinto juego sería el campeón de este primer encuentro deportivo.

“Los Compadres” llevaban 7 puntos y “Los Bejucos” también. De estas jugadas finales dependía el campeonato. Quien ganara en este último tiro sería el campeón.

El Capitán de “Los Compadres” viendo la situación llamó a su mejor arrime, se pararon

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cerca de donde estaba el mingo y le dijo algo que no se escuchó. Se vino el hombre al tiro y puso el pie derecho en la marca, se inclinó hacia adelante sobre su pie izquierdo y con calma y malicia lanzo la última bola negra de su equipo suavecito a nivel del piso y sin golpear. La bola se pasó del mingo y subió por un lomito en la tierra, para luego comenzar a retroceder y quedar acurrucada y medio oculta entre unas raíces, como a dos cuartas del mingo. Todos los que estaban mirando el juego desde la talanquera gritaron de alegría y aplaudieron ese buen arrime.

Ahora era casi imposible arrimar para poner una bola roja más cerca y además el turno que quedaba era para el jugador de “Los Bejucos” que mejor bochaba. Si lo mandaban a arrimar seguro que fallaba. ¿Qué hago? se preguntó Damián.

Pues nada, aquí salga sapo o salga rana hay que bochar y quitar esa bola de ahí. Llamó a su jugador al sitio y le dijo: Compañero te quedan

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dos tiros y desde allá apenitas se ve esa bola, pero yo sé que tú eres bueno y que le vas a dar un buen palo. De ti depende el juego o la bochas o perdemos este campeonato. El juego queda en tus manos.

Después de escuchar a Damián, el jugador se fue hacia el punto de juego y vio donde estaba la bola negra y de verdad que casi no se veía, estaba como agachada en medio de esas dos raíces de Taparo, pero como era un tipo alto se entusiasmó, recordó las palabras de confianza de su capitán, se concentró, agarró una bola del terreno y se paró derecho, para lanzar su primer boche.

Se llevó la bola Roja al pecho y todo quedó en silencio, respiró profundo y cuando ya iba a lanzar el boche, se escuchó un grito de todo el público: ¡Perro del carajo, apártate”!…,

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Quirófano se había venido atraído por el olor del sancocho, que estaban preparando en el caney.

El perro se asustó por los gritos y salió corriendo del terreno en medio de las risas de la gente;

menos mal que no le pasó nada al pobre perro.

El jugador había perdido la concentración por culpa del perro y los gritos, pero había que ganar el juego. De nuevo se preparó para bochar, respiró profundo, afinó todos sus músculos y lanzo con fuerza su boche, que por esas cosas del destino y para la historia, solo le dio a la bola negra en el coquito y en lugar de sacarla de donde estaba lo que hizo fue enterrarla un poquito más.

La gente no lo creía. Pero aún quedaba un lanzamiento. Ahora si es verdad que con la última jugada se ganaba o se perdería el campeonato.

Sereno, agarro la bola roja que le quedaba y se paró en el tiro, se encomendó a no sé quién pero tiró ese boche con una precisión y fuerza

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increíbles para dar un boche clavado, en pleno centro de la mitad del medio a la bola negra, que salió disparada por el aire. El sonido del boche y el cambio de color de las bolas fueron simultáneos, como si hubiese sido un acto de magia. Los gritos de los vecinos del paraíso y del maizal se escucharon hasta en la iglesia.

¡Ganaron los Bejucos!

Al final los resultados fueron

Bolas Criollas: Bejucos 3 y Compadres 2 Dominó: Compadres 5 y Bejucos 3

Billar: Bejucos 3 y Compadres 3

Se consumieron en total cuatro cajas de cerveza, una de refrescos y el sancocho cruzado de costillas y pollo que fue acompañado con casabe y servido en totumas, quedó buenísimo.

Como a las cinco de la tarde cuando ya comenzaba a soplar la brisa, “Los Compadres”

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contentos y satisfechos se fueron subiendo al autobús. El presidente del Club antes de montarse dijo:

-Amigo Damián: muchas gracias por todas estas atenciones, ahora ya nos conocemos un poco más entre vecinos y somos amigos. Queda de nuestra parte invitarlos a ustedes para el Maizal. Por el autobús no se preocupen que les podemos mandar este mismo para que los lleve y los traiga.

Pero quiero pedirle tres cosas para el día que vayan a visitarnos, una que no lleven el perro, otra que lleven su madrina y lo más importante, que no se les olvide la tapara del picante de suero que nos sirvieron hoy con el sancocho, ¡que vaina más buena amigo Damián!.

Dicho esto, se dieron un abrazo, se montó en el autobús donde los vecinos del Maizal ya habían comenzado a cantar, acompañados del cuatro:

“Sombra en los Médanos”.

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Una locha de cobre de 1912.

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… Era lunes y había llovido en la madrugada.

Felipe salió tempranito de su casa para abrir la bodega y poder recibir sin apuro a los proveedores que siempre venían por las mañanas a traer cortados, catalinas, cigarrillos, chimó, querosén, queso, suero, mantequilla y otras de las tantas cosas que la gente compra en una bodega de pueblo.

Caminando hacia el negocio por la calle de la derecha pudo ver a la luz del sol que ya comenzaba a alumbrar, las aceras y las paredes de las casas que por el tiempo ya habían desprendido el pañete de cemento paja y bosta,

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con el que habían sido recubiertas antes de pintarlas. Todas las casas del Paraíso tenían el techo de dos aguas fabricado con caña brava, barro y tejas. Si las paredes de esas viviendas no se habían caído, era porque no sabían para donde hacerlo. Algunos dirían que para adentro y otros que para fuera.

Allá frente a la puerta del negocio, estaba estacionada una camioneta vieja de color amarillo, era la del señor que venía a traer los caramelos, los dulces de leche y las catalinas.

Menos mal que llegó temprano, pensó Felipe y al dar un paso vio en la calle como a medio metro, una moneda amarilla que brillaba por el agua que había caído y el sol que ya iluminaba. Se agachó y la tomó en sus manos, era una locha de cobre de 1912 pero estaba nuevecita. Esto tiene que ser una señal de buena suerte dijo para sus adentros y la guardó en el bolsillo derecho de su pantalón.

Era la primera vez en 62 años que se encontraba

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algo en la calle. Así, contento con su moneda continuó hacia el negocio, metiendo de vez en cuando la mano en el bolsillo para acariciar la moneda que se había encontrado y que le daría suerte a partir de hoy.

Como este domingo es el día de las madres, pensó, voy a surtir bien el negocio, para que cuando venga la gente puedan llevarle un detalle a su mamá o a sus abuelas. Cuanto quisiera yo tener la mía viva para abrazarla, darle un beso y decirle cuanto la quiero y la falta que me hace, porque uno por viejo que pueda estar siempre lleva su niño por dentro y el recuerdo de la mujer que le dio el ser. Se secó una lágrima, se agachó y abrió el candado del negocio.

La Bodega La Estrella era como toda bodega de pueblo, un lugar donde usted podía encontrar casi todo. Las paredes estaban pintadas de verde, un mostrador de madera rustica definía y

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separaba el espacio de los clientes y el del dueño que lo atendía sólo y con calma.

Sobre el mostrador había una balanza que pesaba hasta un kilo y sus fracciones, a la derecha de la balanza en una cajita de madera, estaban los contrapesos para cuando el cliente quería comprar algo que pesara más de un kilo.

El mostrador tenía una puertica y un tope abisagrado en la parte superior que se levantaba, para entrar y salir del negocio y para despachar el querosén por debajo sin manchar el mostrador, donde se colocaban los alimentos y las demás cosas que pedían los clientes.

En la pared del fondo había una estantería de madera a todo lo ancho, con una puerta en el medio que dejaba ver el patio y una hamaca de moriche, donde Felipe descansaba después del mediodía. En estos estantes había latas de galletas de soda, galletas maría, sardinas en lata,

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diablitos, espaguetis, botellas de vino la sagrada familia, salsa de tomate, mayonesa, condimentos en bolsitas de celofán, cubitos y sobres de sopa, paqueticos de sal, gelatina, papel higiénico, cigarrillos, chimó, velas, tabacos y servilletas.

La parte baja del mostrador, tenía hacia el frente un vidrio a través del cual se podían ver unos entrepaños, donde se colocaba la creolina, el DDT, las cuerdas de guitarra, las trenzas y cremas para los zapatos, las trampas para ratones, peines, espejos, hilo, cierres, botones y agujas, el Jabón azul, el Alcohol, algodón y agua oxigenada.

Del techo y para aprovechar el espacio, estaban colgados unos mecatillos con velas de cebo, rollos de pabilo, alpargatas de suela, un papel mata moscas y plátanos. En la Bodega Felipe tenia de todo para sus vecinos y a buenos precios.

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Felipe llevaba anotados los fiados de puño y letra, y bien controlados en una libretica que cada cliente tenía en su casa y que tenía que llevar cada vez que iba a comprar y los sábados para pagar. Era una relación comercial de confianza, entre vecinos.

Llegó el hombre con el camión que traía queso, mantequilla, mortadela y suero, hablaron de los precios y definieron el despacho. El vendedor antes de irse le dijo a Felipe que por que no dejaba también unos caramelos de leche, llamados de vaquita, que se parecían a los sacamuelas y que estaban gustando bastante a los muchachos, y que se vendían a cinco por medio. Déjeme tres bolsitas para probar le dijo Felipe y después vemos.

En eso llegó Toribio, el hijo de la señora que cosía en el pueblo y dijo:

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-Buen día señor Felipe, de parte de mi mamá que si le puede fiar unos coroticos hasta la tarde, que ella no vino personalmente porque le está arreglando unos pantalones al hijo de la vecina.

Ella le mandó este papel para que ponga los precios a un lado, para saber cuánto es cuando venga a pagar.

-Vamos a ver esa lista dijo Felipe:

Un real de tomates.

Medio de café.

Medio de azúcar.

Medio de mantequilla Real y medio de queso.

Una latica de sardinas.

Un real de cebollas Seis huevos

Una papeleta de comino y otra de pimienta

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Un kilo de maíz blanco Una panela de jabón azul

Felipe fue despachando y envolviendo en papel el café, azúcar, queso y la mantequilla. Las demás cosas las colocó sobre el mostrador antes de meterlas una a una, en la marusa de tela que el niño había traído de su casa.

-Aquí le mando a su mamá la lista con los precios de cada cosa y dígale que estoy a la orden.

Un real de tomates. 0,50 Medio de café. 0.25

Medio de azúcar. 0.25

Medio de mantequilla. 0.25

Real y medio de queso blanco. 0.75 Una latica de sardinas.0.50

Un real de cebollas. 0.50 Seis huevos. 1.50

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Una papeleta de comino y otra de pimienta. 0.50 Un kilo de maíz blanco. 0.75

Una panela de jabón azul. 0.50 Son en total: Bs. 6.25

Felipe se metió la mano en el bolsillo derecho del pantalón, dio gracias a Dios y agarró con cariño su locha amarilla de 1912, que ya le estaba dando suerte.

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Pedro vive con una mujer gorda y tuerta,

que bebe Caña.

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…Segundo domingo de mayo y la plaza el Edén está más linda que nunca. Pero Damián el zapatero había amanecido triste, los problemas de su casa, el mal carácter de su esposa y la desobediencia de su hijo mayor lo tenían afligido.

Ver a la gente del pueblo alegre y motivada por comparar algún regalo para la mamá o la abuela no le alegraba el ánimo, total ya él no tenía a su mamá consigo desde hacía cuatro años y no tenía a nadie a quien abrazar ese domingo.

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Voy a ver si me pongo a hablar con alguien o me echo unos palos de cocuy en el bar para que se me quite esta vaina, dijo para sus adentros. Así salió Damián de su casa ese día y al llegar a la plaza vio que estaba llegando Roberto, el viejito que se la pasa con un cuaderno bajo el brazo escribiendo las cosas que pasaban en el pueblo y otras que él se inventaba.

Algo de sabiduría debe tener este señor que ha vivido tantos años, pensó, mejor antes de caerme a palos y ponerme a escuchar canciones tristes me acerco a saludar este hombre y hablar un poco con él a ver qué me dice.

-Buen día amigo Roberto, ¿Cómo amaneció?

-Buen día amigo Damián, gracias a Dios estoy bien y muy contento de ver a la gente preparando sus regalos para felicitar a las madres y abuelas.

La verdad es que a mí me gusta mucho este día. -

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¿Y usted como ha estado, lo veo un poco tristón, que le pasa?

-Mire Roberto perdone la confianza y que ocupe su tiempo, pero es que yo necesito hablar con alguien que me escuche y el padre Elvidio no viene sino a la tarde. El problema que me agobia es con mi hijo mayor y mi mujer, parece mentira que ahora que uno está viejo tenga que lidiar con estas incomodidades. Casilda se ha puesto insoportable, por todo se queja, nada le gusta, todo está feo y hasta respondona se ha puesto conmigo.

-¿Cómo puede uno disfrutar de la vida si no puede congeniar con su compañera y si no tiene con quien hablar? Y si es Pedro Segundo tampoco respeta ni hace caso a los consejos que le doy como padre y como amigo, ese muchacho hace lo que le da la gana. Recientemente dejó los estudios de bachillerato y se puso a vivir con una vieja que es mucho mayor que él, que tiene tres

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hijos de padres distintos, bebe caña parejo, es gorda y además tuerta. ¿Se da usted cuenta amigo Roberto, que es lo que yo tengo?

-No está fácil el asunto amigo Damián, no está fácil. Opinar sobre los asuntos de la familia de otra persona es muy complejo, pero como usted vino a contarme sus cuitas y me está buscando conversación, escuche lo que le voy a decir con mucho respeto y luego de escucharme haga lo que mejor le parezca.

-Damián, para que deje de sufrir lo primero es no esperar la perfección en ninguna persona y menos en quienes lo rodean. Todos somos distintos y originales. Si usted ha encontrado esas fallas en ellos no se decepcione, al contrario ofrézcales más cariño y apoyo para que puedan cambiar y corregir lo que tenga que ser corregido.

-Yo si fuese usted a Casilda la llamaría a conversar seriamente sobre lo que pasa, le pediría

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que me dijera que es lo que no le gusta de mí y que es lo que debo cambiar para que nuestra relación de tantos años no se pierda. Le dejaría claro todas las cosas que me gustan de ella y también le mencionaría los cambios que estoy viendo y que no me gustan. En todo momento destacaría que la quiero y que debemos hacer todo lo que sea necesario para mantener nuestra unión.

-Del mismo modo si yo tuviese que hablar con Pedro Segundo pondría el disgusto a un lado y tendría presente que eso que está haciendo es una cosa pasajera. Le haría sentir mi cariño de padre y amigo para que no se sienta solo. Usted sabe amigo Damián que los muchachos cuando se inician en las cosas de hombre y las mujeres en las cosas de mujeres, se confunden y juran que el amor es el sexo y que el sexo es el amor. - La sabiduría popular dice que el amor es ciego y eso es verdad, pero no le lleve la contraria a Pedro

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Segundo, no le diga que esa mujer es vieja, gorda y tuerta y usted verá como un día por la mañana, su hijo al despertarse se dará cuenta del error que está cometiendo. Usted también fue muchacho y quien sabe cuántos errores tuvo que acumular para poder tener la experiencia que hoy tiene. Tenga paciencia, corrija con calma a su muchacho y perdónelo siempre.

-Para poder seguir conversando, tendría que preguntarle cosas y eso sería como meterme en su vida: Le sugiero que sea usted mismo quien se haga esas preguntas para que pueda saber porque está pasando eso en su vida y en su familia, y como puede solventarlo. No tengo más nada que decir querido amigo quédese tranquilo, que yo de esto no voy a escribir nada.

En eso llegó a la plaza el hombre con la máquina de hacer algodón de azúcar y se paró dónde están las Musaendras y los Nopales y un niño venia cargando con una cruz de madera como de un

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metro de alto, que estaba completamente adornada con flores naturales y papeles multicolores.

-¿Toribio, para dónde vas con esa cruz tan bonita? Le preguntó Roberto.

-Para la casa, es que esta noche hay velorio y mi mamá quiere tener todo limpio y arreglado, antes de que lleguen los vecinos y los cantantes.

-¿Ustedes van a ir?

Damián y Roberto, dejaron la conversación que tenían, se vieron las caras y casi a coro dijeron:!Claro que sí Toribio, allá estaremos.!

Y esa noche, cuando los dos amigos llegaron a la casa de la costurera, lo primero que escucharon en el patio fue la voz de un hombre que decía:

..Buenas noches todos tengan, hoy me quiero presentar, soy un humilde juglar y espero que me comprendan. El que cantando me entienda y

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quiera empezar un duelo, yo no le daré consuelo ni mucho menos ventaja y el que conmigo se faja, hoy rodará por el suelo.

Luego de una breve pausa, se sintió la voz de una mujer llamada Maritza Bastidas, quien dijo:

…Antes de empezar mí canto saludo a la Cruz bendita, con mi garganta clarita hoy al mundo mi voz levanto. Protégeme de quebranto, mal de ojo, saña y envidia, soy cantadora de lidia más peligrosa que un toro, soy la garganta de oro y mi voz a nadie fastidia.

En eso estábamos cuando Toribio se acercó y me preguntó: ¿Señor Roberto para quien escribe usted tanto en la plaza? y le respondí que lo hacía para los que me leen y para los que les gusta.

El niño escuchó pensativo la respuesta que le había dado y añadió:

-¿Y usted no ha escrito nada para su familia?

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El Velorio continuó como hasta las doce de la noche y yo con esa pregunta dando vueltas en mi cabeza: ¿Y usted no ha escrito nada para su familia?

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La señora que cantó décimas en el velorio

de Cruz de Mayo.

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Roberto salió temprano de Casi Casi, quería pero no se pudo hacer los exámenes de laboratorio porque en la calle de arriba del hospital había explotado un transformador y toda la zona se había quedado sin luz y por eso tuvo que ir por la tarde hasta la capital y quedarse en una pensión para poder llegar al laboratorio al día siguiente, temprano y en ayunas.

-Estaba usted perdido señor Roberto dijo Daniel el dueño del bar La Cordillera, me comentaron

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que estaba un poco enfermo. ¿Cómo se encuentra?

-Enfermo no estoy Daniel, pero si me fui a hacer unos exámenes de sangre, orina y un ecosonograma de los riñones que me ordenó el doctor. Eso es una lata Damián, primero no había luz luego tuve que ir a la capital donde me dijeron que tenía que guardar los orines durante 24 horas en una botella y en una nevera, para llevarlos al otro día para un estudio que le iban a hacer. Tremenda pena, imagínate a un viejo como yo caminando con una botella de dos litros de orine por la calle.

Después que entregué la muestra de orina me sacaron la sangre, luego me llevaron a un consultorio y una señora me estuvo pasando un aparato por la parte baja de la espalda mientras veía mis riñones por una pantalla. Al finalizar me dijo que tengo arenilla en el derecho y siete piedras grandes en el izquierdo. Por la tarde me

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atendieron en otro consultorio, me acostaron en una camilla y me pusieron unos cables en las muñecas, los tobillos y en el pecho, para ver cómo funcionaba mi corazón; cuando terminaron me dieron una tira de papel como de un metro de largo, con un poco de rayitas y números, para que se los trajera al doctor y eso es lo que voy a hacer mañana. -¿Y por aquí Damián, que novedades hay?

-Nada nuevo amigo Roberto la misma vaina de siempre, usted sabe que aquí en el Paraíso casi nada cambia, la misma gente y la misma paz.

Quien sí vino en estos días y preguntó por usted fue la señora aquella media gordita que vino en Semana Santa que es familia de Nuvia Guadalupe la esposa de Pascual. ¿Se acuerda? Esta vez vino sola y fue en la Bodega donde preguntó por usted, según me dijo Felipe ayer.

-Vamos a ver qué es lo que quiere esta señora conmigo yo no la conozco, pero los amigos van

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saliendo de donde uno menos espera, fíjese que ayer mismo en la mañana mientras estaba esperando a que me hicieran el examen del corazón, conocí a un señor que se llama Julio y que andaba en lo mismo que yo, buena gente este hombre, me dijo que era de la capital que tenía cuatro hijos varones y me demostró durante la conversación que es una persona que ha leído bastante y que tiene un pensamiento muy positivo. Cuando supo que yo me estoy dedicando a escribir cuentos, se entusiasmó y quedó en venir un día a visitarme para conversar un poco sobre su vida.

-También en la sala de espera del laboratorio, coincidí con otro señor que se llama Santiago y es como de mi edad. Este señor habla menos que Julio y es más reservado con sus cosas, pero de todos modos durante la conversación me dijo que tiene 8 nietos, seis son mujeres y dos son hombres. Julio y Santiago no se conocen, pero los

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voy a invitar para que vengan juntos al Paraíso, tengo el pálpito que alguna historia buena nacerá de ese encuentro.

-Gracias amigo Roberto por todo lo que me ha contado, y como usted y yo somos contemporáneos y lo más seguro es que tengamos los mismos achaques de riñones, corazón y próstata, porque no me dice cuanto le costaron esos exámenes, para irme preparando.

- Damián la salud es un tesoro que hay que conservar, no se asuste, pero fíjese que en este viaje entre transporte, hospedaje y comida, más los exámenes que me hicieron gasté como 350 bolívares, y ahora viene otra consulta con el doctor para ver cuáles son las medicinas que me va a mandar para disolver esas piedras. ¡Un platal amigo!, un platal. Tal y como están las vainas en el mundo ya no provoca enfermase y mucho menos un hombre como yo que vive

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ajustado a su pensión y que espera vivir de sus cuentos cuando los publique.

-Damián, antes de que se vaya para el negocio yo también le quiero hacer una pregunta.

-Diga amigo Roberto

-¿Que sabe usted de la señora aquella? ¿Se acuerda?, la de la voz fuerte y bonita que cantó las decimas el domingo pasado en el velorio de cruz de mayo en la casa de la costurera, me refiero a la mujer que tiene el pelo negro, que vestía ese día una blusa blanca y una falda floreada, que tenía los pies bonitos y bien arreglados. Es que a ella y a la señora que preguntó por mí en la bodega, no las conozco y tengo curiosidad por saber algo más de ellas antes de verlas de nuevo.

-¿Usted como que se me está poniendo enamoradizo, amigo Roberto?

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-Damián, tú sabes que el espíritu nunca envejece y el amor siempre estará presente en el aire que respiremos.

-Si te parece, seguimos esta conversación por la tarde.

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No es fácil llegar al Paraíso.

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Ese lunes amaneció lloviznando y apuntaba a que así sería así todo el día. Roberto miró hacia el este para ver si había algún claro entre las nubes, pero nada, ya había comenzado el invierno.

Mañana vendrían a visitarlo los dos amigos que conoció mientras se realizaba los exámenes. Ojala que el tiempo mejore y que estos señores puedan venir, aunque sea tarde.

Como Roberto no tiene casa en el Paraíso tuvo que hablar con Damián el dueño del bar, para saber si abriría el negocio mañana y ver si podía pasar un rato allá con dos personas más.

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-No hay problema amigo, mañana justamente viene el camión con la cerveza y debo estar aquí para recibirla. Si le parece le acondiciono un lugar en el caney del patio de bolas para que se reúna con sus amigos y puedan compartir tranquilamente.

Para almorzar, Roberto decidió hablar con la costurera del pueblo, la señora Inma, que también tiene una mano especial para cocinar y vive casi al lado de la Cordillera, para que preparara algo bueno y atender la visita.

Julio llegó como a las 9 de la mañana en un taxi amarillo, vino vestido con un pantalón color beis, una camisa azul, botas de cuero y una cachucha beis también, traía en la mano un paquetico envuelto en papel de regalo.

Santiago llegó manejando una camioneta blanca como media hora más tarde, porque pasó de largo por el camino al no ver la entrada de Casi Casi.

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Lo primero que dijo cuando vio a Roberto fue: ¡No es fácil llegar al Paraíso!.

Santiago vino con un pantalón negro, camisa blanca manga larga, zapatos negros y también traía una bolsa en su mano.

-Qué bueno que pudieron llegar con este tiempo tan malo les dijo Roberto al darles la mano y saludarlos. Vamos a acercarnos hasta el Bar que queda allí mismo, para poder sentarnos y conversar un rato.

Al entrar encontraron a Damián que estaba barriendo el negocio, era temprano y estaba solo.

La ventana estaba abierta y la mesa de billar se encontraba iluminada, con el paño recién cepillado y las tres bolas ubicadas en su punto exacto, esperando por alguien que agarrara el taco y la tiza para iniciar el juego con una primera tacada.

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-Señores están en su casa y espero que lo pasen bien dijo Daniel al verlos y darles la mano, cualquier cosa que necesiten solo tienen que llamarme. En el caney estarán tranquilos porque hoy no viene gente a entrenar y les voy a poner una musiquita en la Rockola, para que la disfruten.

El caney de la Cordillera es de bambúes y techo de palma y está ubicado hacia la izquierda, al fondo del patio de bolas criollas frente al baño, junto a unos almendrones que le dan más sombra. Como había llovido el tiempo estaba relativamente fresco y húmedo. La mesa y las sillas que puso Damián eran las mismas que usan los clientes cuando se sientan a jugar dominó, las sillas eran de madera con cuero en la parte del asiento y el espaldar, la mesa también era de madera y tenía marcada una mancha en el centro, por el desgaste causado con el

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movimiento de las fichas que se barajan al final de cada mano.

-Damián por favor tráenos tres cervezas bien frías.

Y justo cuando Damián puso las cervezas y los vasos sobre la mesa, comenzó a sonar en la Rockola, una canción de Roberto Carlos, que dice: …Yo quiero tener un millón de amigos…

Santiago, Julio y Roberto, se sirvieron la cerveza, inclinando un poco el vaso de vidrio para que no hiciera mucha espuma y casi juntos lo levantaron, brindando por este encuentro y haciendo votos por pasar bien el día.

-¿Roberto, qué le dijo el doctor de sus dolencias?

preguntó Julio.

-Aún no le he podido mostrar los resultados, el viene al ambulatorio de este pueblo solamente una vez por semana y le toca este jueves por la mañana.

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Y así ayudados con las cervezas frías y la tranquilidad del patio, los tres amigos comenzaron a hablar de sus dolencias, achaques, experiencias y sueños, hasta la hora del mediodía, cuando la costurera se presentó en el caney con una olla de sancocho de gallina que echaba humo y olía a gloria, unas totumas grandes para servir, una tapara con picante casero y una cachapa con cochino frito y queso de mano para cada uno.

-Los amigos al ver y sentir el olor de la comida se miraron la cara y con la boca hecha agua, le pidieron a Daniel otra ronda de cervezas para acompañar el almuerzo que prometía estar bien bueno.

La sobremesa continuó de forma muy muy amena, y cada uno fue diciendo chistes, cosas de su familia y de su vida, tan interesantes que Roberto les propuso para la próxima vez tener un cuestionario para ordenar la información que

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estaba surgiendo. A todos les pareció bien la idea y Santiago le dijo a Julio que el día que fuesen a venir de nuevo, con mucho gusto lo pasaría buscando para llegar juntos al Paraíso.

-Julio, en una parte de la conversación dijo: Hoy hemos hablado casi de todo pero no hemos mencionado a nuestras esposas, ni a los hijos ni a los nietos. Me estoy imaginando como sería un día en que podamos estar todos juntos aquí mismo en este caney con nuestras familias.

-Roberto le tomó la palabra: Para que me conozcan un poco más, les voy a decir que mi esposa se llama Carmen Josefina y llevamos 55 años de casados. Tenemos cuatro hijos que también están casados, ellos son Rodolfo Adrián, Héctor Antonio, Raúl Argenis y Jaime Ronaldo.

Sus esposas se llaman Luz Margarita, Cristina Isabel, Yuraima del Valle y Lina del Carmen, de estos matrimonios tenemos ocho nietos de los

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cuales ya hay dos casados y si Dios lo permite pronto seremos bisabuelos.

-Julio siguió con la conversación y contó que estaba casado con Pascualita desde hacía 54 años, con quien tenía 5 hijos: Pedro Felipe, Juan Crisóstomo, Jacinto del Carmen, Francisco José y Ramón José, de los cuales solo dos estaban casados y que le habían dado tres nietos.

-Santiago, a quien le correspondía cerrar la ronda de presentación familiar, dijo que estaba casado desde hacía 57 años con Josefa Belarmina, con quien tenía cuatro hijos igual que Roberto, y que la mayor era la hembra: Fanny Margarita, Raúl Manuel, Franklin Gregorio y Edgard Aurelio, que también estaban casados y que les habían dado 10 nietos y tres bisnietos.

-Un gentío compañeros dijo Roberto. Para poder reunirlos a todos habrá que alquilar un autobús y unas ollas de Cuartel, para poder hacer una sopa

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que alcance para todos; pero eso no es problema a mí me gusta soñar en grande y soñar con las cosas buenas no es un delito. Ya verán que un día lo vamos a hacer.

Los tres amigos se fueron parando de la mesa como a las 3 de la tarde, medio sudados por culpa del sancocho; se aflojaron un poco el cinturón y se pusieron a caminar por el Caney para quitarse la flojera y comenzar la digestión. El tiempo estaba oscureciendo y amenazaba la lluvia nuevamente, a lo lejos se escuchó un trueno y de la casa de la costurera comenzó a llegar un olor a café recién colado que dejó a los tres paralizados.

Nos aguantamos dijo Santiago yo de aquí no me voy, ese café yo no lo pelo después de este almuerzo. Si llueve no importa, Julio me dará la cola en su camioneta.

Se tomaron el café que era un guayoyo endulzado con papelón y cuando ya se iban a marchar cada

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uno le dio a Roberto un abrazo de despedida y el paquetico que traían.

-Creímos que el mejor regalo para ti hoy serían unos libros y esperamos que te gusten.

-Roberto emocionado abrió los paquetes y vio los títulos: “Un Camino Sin Fin” de Carlos Castañeda y “Muéstrame Tu Rostro” del Padre Ignacio Larrañaga.

-Muchas gracias amigos veo que ya me están conociendo. Pongan ustedes la próxima fecha que yo respondo por el sancocho y el cuestionario.

Traigan a sus esposas para que todo nos resulte más sabroso y doy gracias a Dios por este día y por darme la oportunidad de conocerlos. Y comenzó la llovizna.

Santiago y Julio se fueron en la camioneta blanca.

Roberto se quedó pensando en el cuento que escucho esa tarde, de aquel mecánico gordito al

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que llamaban “Culo de Bongó” y el de la secretaria, que tuvo que quitarse los zapatos en la entrevista, para que su jefe le pudiera ver los pies y que después le exigió llevar sandalias puestas todos los días, para poder trabajar.

Fueron muchas las cosas amenas e interesantes que se dijeron ese día y que a pesar de recordarlas, Roberto no podrá escribir nada sobre ellas sin consultar primero a Julio y a Santiago.

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Las totumas eran ocho.

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Cuando Toribio llegó de la escuela le preguntó a su mamá, porque no dejaba la costura y se ponía a preparar comida los días en que viniera gente al Bar a jugar bolas criollas.

-Yo creo que usted ganará más dinero y así de lo mismo que usted cocine comemos nosotros.

Mientras el niño hablaba, su madre lo miraba con ternura. Transmisión de pensamientos hijo, con eso mismo soñé anoche y ahora que me lo estás diciendo queda confirmado que es lo mejor para nosotros y es lo que tengo que hacer, la costura me está dejando sin vista y no estoy ganando casi nada con tanto trabajo. Voy a hablar con Daniel hoy mismo a ver qué le parece la idea, y si nos ponemos de acuerdo yo cocino allá en un lado del

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caney, donde se hacen las parrillas. La mujer le dio un beso a su hijo y se asomó a la puerta de la casa para ver si ya estaba abierto el bar, pero era muy temprano.

Daniel llegó al negocio como a las 10 de la mañana y como siempre se puso a limpiar y a ordenar las cosas para cuando llegaran los clientes. En eso estaba cuando vio entrar por la puerta a su vecina, la costurera.

-Buen día vecina ¿cómo amaneció? ¿Qué hace usted por aquí tan temprano?

-Señor Daniel vengo a proponerle una idea para ver si le gusta. Y le contó los detalles de su proyecto y le propuso que en los precios ella pondría algo más, para que fuese la ganancia del negocio.

-Daniel no aceptó eso de la ganancia y le dijo, mire vecina con solamente tener en mi negocio comida recién preparada, eso será una

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motivación para que venga más gente a pasar un rato; lo que si le voy a pedir a cambio es que de esa comida me guarde un plato cada vez que la haga y que la limpieza y la recogida de la basura también sea por cuenta suya.

-De acuerdo señor Daniel, yo sabía que usted iba a aceptar. -Pero ¿cuándo puedo comenzar?

Daniel recordó el sancocho y las cachapas con cochino que la señora había preparado la semana pasada para Roberto y sus amigos, y de inmediato le dijo:..! Mañana mismo si usted quiere, señora Inma! Para que aproveche que habrá un mini torneo de billar y dominó, que traerá bastante gente.

-Hecho, dijo la señora.

-¿Y cómo cuantas personas cree usted que vendrán?

-Calcule unas cuarenta.

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Toribio, anota en un papel las cosas que te voy a decir, para que vayas a la bodega y le digas al señor Felipe que me fíe esas verduras y esas costillas hasta pasado mañana.

-¿Y qué va a cocinar mamá?

-Mira Toribio voy a hacer un hervido de costilla de res para que nadie se olvide de este día.

-¿Y las cachapas?

-No hijo, cachapas no voy a hacer no quiero arriesgarme al comenzar este negocio, vamos a ver primero que dice la gente de la comida y los precios, después vamos viendo.

-Otra cosa Toribio, dile al señor Felipe que si tiene una lata de aceite vacía, de las grandes, que me la mande también porque en ella es que puedo hacer un hervido para tanta gente.

Al rato llegó el niño con todas las cosas de la bodega, y una lata vacía de aceite VATEL. De

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inmediato se pusieron a cortar la parte de arriba de la lata, con un cuchillo grande y una piedra, y cuando la quitaron comenzaron a rematar los filos que habían quedado en los bordes para evitar una herida en las manos al servir la sopa y cuando tuvieran que lavarla. Luego se pusieron a pelar y lavar todas las verduras, para tenerlas listas para mañana.

En el patio de la casa de la costurera había sembrado ají dulce, cebollín, tomates, pimentones y auyamas. Así que todo estaba listo, solo hacía falta que amaneciera y con buen tiempo, eso dijo la mujer antes de dar gracias a Dios, bendecir a su hijo e irse a acostar.

A pesar de las lluvias que ya habían comenzado, la leña de cují que tenía Daniel guardada en el caney para las parrillas estaba seca y prendió rápido, y rápido también se comenzó a preparar el hervido en esa lata que absorbía la candela con ganas, como si supiera lo que iba a tener adentro.

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El cucharon que había para servir era pequeño así que Toribio tuvo que ir corriendo a su casa a buscar el que se utilizaba para servir el agua y que estaba guindando en el tinajero.

Salieron 45 raciones de hervido con suficiente caldo, verduras y su presa de costilla. Se vendieron a 5 reales cada una incluyendo la arepa. Las arepas se hicieron en la brasa de donde se preparó la sopa. En el fondo de la lata quedó como un asiento de caldo y verduras, que sirvió para cumplir con el compromiso adquirido con Daniel y para el señor Jacinto, que es un vecino ciego que vive junto a la zapatería, el resto fue para la cocinera y Toribio quien durante todo el día se lo pasó de aquí para allá y de allá para aquí, recogiendo las totumas vacías, para lavarlas y que su mamá pudiera seguir sirviendo.

El picante de suero se terminó temprano, pero Daniel trajo uno que tenía guardado desde la semana pasada en la nevera del negocio.

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Una vez más la costurera del pueblo se lucía en la cocina, la gente del Paraíso comentaba lo de su buena sazón y el punto correcto de sal.

-¿Cómo se llama la señora que preparó la comida hoy? preguntó uno de los clientes cuando ya se iba.

-Ella se llama Inmaculada, respondió Daniel, pero no le gusta que la llamen por su nombre, yo algunas veces le digo señora Inma y no dice nada.

Ese día Quirófano no comió catalinas y se dio un banquete con los huesos de las costillas que la gente iba dejando, como desperdicio del hervido.

Y tampoco se puede olvidar a los dos vecinos que se fueron a comer la totuma de hervido bajo la sombra de los almendrones, donde los encontraron por la tarde sentados y dormidos en la silla con la totuma vacía sobre sus piernas.

Ese día el perro durmió mejor que nunca a los pies de su amigo Roberto, mientras que del bar la

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gente iba saliendo satisfecha, mientras se escuchaba en la Rockola el vals “Dama Antañona”, cantado por Alfredo Sadel.

La lata de aceite comenzó a mostrar por fuera las señales del fuego recibido en la misión cumplida y quedó lista para enfrentar nuevos retos junto con las totumas, que eran ocho de igual tamaño.

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A Pascual se le está cayendo el pelo.

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El domingo bajaron a la plaza El Edén una ardilla y una iguana a beber agua de la pila, que como no cierra bien, siempre deja salir algo que se va empozando.

Allá, bajo la sombra de los bucares estaba el señor que vendía algodón de azúcar con el motor de su máquina encendido, esperando por los clientes, también estaba el vendedor de cepillados, con su gorro blanco, la panela de hielo, el paño de secarse las manos, los vasitos cónicos y las botellas de jarabe de distintos colores perfectamente ordenadas.

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Los vecinos del Paraíso tenían la costumbre de sentarse en la plaza después de la misa, para conversar y pasar un rato hablando de las cosas de la familia y de la comunidad. Uno de los temas de hoy era que tenían que organizarse para solicitar a la compañía de teléfonos que les pusiera ese importante servicio, ya que ellos tenían el mismo derecho que los vecinos de Casicasi, donde ya habían colocado para la policía, el ambulatorio, el colegio y en la casa del señor Mendoza que era el representante de la comunidad.

Nosotros también debemos organizarnos y nombrar nuestros representantes, para que tramiten estos beneficios ante las autoridades.

Vamos a promover una reunión esta misma semana en la Cordillera, para ver que dice el resto de los vecinos y quienes quieren formar parte de esta comisión que más adelante podrá ser como una alcaldía.

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El otro asunto que comentaban los vecinos era el chisme que rodaba sobre Nubia Guadalupe, la muchacha más bonita del pueblo y de quien se decía que se había separado de Pascual recientemente.

-Parece mentira dijo una de las vecinas que tenía dos trenzas de cabello negro, que esos dos muchachos que estaban tan enamorados no hayan seguido juntos después de tantos años, quien sabe que pasó entre ellos, pero lo más seguro es que Pascual se haya dado a la bebida y haya descuidado a su mujer.

-Yo no sé qué pasó dijo otra, pero a mí una amiga me dijo que había hablado con Nubia y que ella había dicho que Pascual ahora solamente se dedicaba a sus negocios y a trabajar, que no la sacaba a pasear ni a comer fuera de la casa. Que ella le había pedido muchas veces que la llevara a conocer otros países pero que siempre le salía con que eso era muy caro, que él no ganaba mucho y

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que era necesario ahorrar, para poder tener una casita propia cuando tuvieran sus hijos. Me van a disculpar pero no es bueno estar hablando de las personas cuando están ausentes y uno no conoce toda la verdad. Yo no digo más nada.

-Estoy de acuerdo, dijo un señor, pero de todos modos quiero que sepan que yo vi hace poco a Pascual y le pregunté cómo le iba en su matrimonio y él me estuvo contando que las cosas no fueron como él pensaba, que Nubia había cambiado mucho, que tenía la casa descuidada, que se levantaba tarde y se pasaba todo el día viendo novelas de la televisión, la comida casi nunca estaba preparada cuando él llegaba del trabajo y había encontrado una amiga como de su misma edad, con quien se la pasaba por las calles de la capital para arriba y para abajo, arreglándose las uñas, tomando café y viendo tiendas en los centros comerciales, y lo último que hizo fue pintarse el pelo de un color

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araguato y cuando le dije lo que pensaba de ese color casi me pega.. Para mí esto se terminó, el amor que teníamos ya no existe.

-La otra señora que estaba en el grupo, añadió: a mí también me dijeron que Nubia no quería seguir con Pascual, porque le daba pena salir a pasear con un hombre que se estaba quedando calvo, que le faltaba el brazo derecho y que para colmo había comenzado a cojear por una caída que sufrió en el trabajo que le afectó la rodilla; yo no sé si será verdad pero eso fue lo que me dijeron

-Que pasará, dijo Felipe: ¿Por qué se demoran tanto hoy para cerrar las puertas de la iglesia?

Damián dijo, es cierto amigo se han demorado y el Padre Elvidio me pidió que lo acompañara cuando saliera de misa para ir a visitar a Federico. Vamos a acercarnos a ver si le pasó algo, uno no sabe.

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Y en ese momento se escuchó cuando cerraban las gruesas y viejas puertas de madera por dentro.

La ultima en salir de la iglesia fue una mujer alta, con una nariz larga, vestida de negro, que se dirigió a la plaza y pasó en medio de la gente sin saludar a nadie como si fuese alguien superior y la dueña de todo lo que encontraba a su paso mientras se perdía de vista, por la calle de la derecha que es la salida del pueblo.

Los vecinos que la vieron pasar comenzaron a decir:

-Esa mujer no es de por aquí, debe ser de Casicasi.

-¿Tú la viste dentro de la iglesia, yo no?

-¿Dónde dejaría la escoba?

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-No es por lo fea ni por la narizota, es por su comportamiento y esa mirada repugnante de superioridad y arrogancia que muestra.

-Tan buenas que estaban las cosas aquí en el Paraíso y tenía que venir esta mujer hoy a empavarlas.

-Quien la debe conocer es Elvidio, dijo Roberto, si se demoró tanto en salir del templo a lo mejor se estaba confesando. Vamos a ver si el Padre nos dice quién es.

-Padre Elvidio aquí estoy esperándolo para ir a casa de Federico, le dijo alegremente Damián.

El padre venía algo serio y con cara de preocupación. No era el mismo amigo de siempre, el que todos conocían y el que había dado la misa de ese día en el Paraíso. Nadie por respeto le dijo nada.

-Vamos Damián, vamos, dijo casi sin detenerse.

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Y comenzaron a caminar en silencio rumbo a la casa del ciego. Cuando ya estaban cerca, Damián dijo: Elvidio tú y yo somos amigos desde hace muchos años. ¿Qué te pasa, te noto preocupado y desde que iniciamos a caminar no me has dicho ni preguntado nada, tú que eres un buen conversador? Seguro que fue la vieja esa que confesaste al terminar la misa la que te cambio el ánimo.

-Damián es cierto que somos amigos, pero de eso que hablé con ella no te puedo decir nada por respeto a mi juramento como sacerdote, pero debes saber que la señora de la que hablas se llama Úrsula Vicenta y hoy trajo un importante donativo para la iglesia, y es verdad que me dejó preocupado con las cosas que me dijo.

Damián recordó que en la lectura de la misa se había dicho que todas las criaturas son hijos de Dios y por lo tanto son hermanos. Se quedó en

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silencio, siguieron caminando y no preguntó nada más.

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