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LA LEONA DE CASTILLA

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LA LEONA DE CASTILLA

HISPANIA

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LA LEONA DE CASTILLA

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LA LEONA DE

DRAMA EN TRES ACTOS, EN VERSO

Estrenado en el Teatro Romea de Murcia el 24 de Noviembre de 1915,

BIBLIOTECA HISPANIA | ^ t %) | f CID, 4.—MADRID \ 'l S L íi lOÍlua <N'/

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sito que marca la Ley.

IMP. DS V. Rico. — PASEO DKL PRADO, 28. — MADRID

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DEDICATORIA

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ro, como recuerdo de su primer triunfo es- cénico.

VlLLLAESPESA.

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PERSONAJES ACTORES María de Pacheco SRA. GUERRERO.

Don Pedro Peres de Gus-

mán SR. DÍAZ DE MENDOZA (F.)

Don Juan de Padilla » DÍAZ DE MENDOZA Y GUERRERO (F.)

El Arcediano » CODINA.

Sosa » JUSTE.

Lope de Sanabria » CIRERA.

Marqués de Villena » GUERRERO.

Ramiro » VARGAS.

Ludovico de Chavres » MEDRANO.

Un Ballestero » URQUIJO.

Don Sancho » DAFAUCE.

Don García » URQUIJO.

Damas, pajes, escuderos, séquitos de imperiales, comuneros, gentes de armas, nobles, pueblo, etc.

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A la izquierda, en primer término, una gran puer- ta, y en el segundo, otra más pequeña. A la dere- cha, un Cristo de talla en una hornacina, ilumina- do por dos lámparas de plata. En el último término, un ventanal gótico. Entre el Cristo y el ventanal, un sitial tallado, cuyo alto respaldo se recurva en forma de baidequino.

Al fondo, un enorme arco que da a la explanada de las almenas; y a ambos lados, en el pequeño espacio que queda de muro, dos antiguos retratos de caba- lleros armados de punta en blanco, en cuyos mantos se destaca la cruz roja de Santiago.

Arcones, escabeles, sillones corales. Viejos tapices penden de los fuertes muros, y una cornisa de nogal tallado, con relieves dorados de follajes y flores, sostiene la amplia bóveda artesonada.

Por el hueco del arco del fondo se ven las almenas, y allá a lo lejos, el agreste panorama de los montes de Toledo,

Es media tarde. Un sol primaveral parece envolverlo todo en su gloria de oro.

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ESCENA PRIMERA

DOÑA MARÍA DE PACHECO y e l MARQUÉS DE VILLENA Conversando cerca de la primera puerta de la izquierda. El Balles- tero, con la ballesta al hombro, vi- gilante, en las almenas del fondo.

DONA MARÍA

Respondiendo al ceremonioso sa- ludo del Marqués.

¡Señor Marqués de Villena!

VILLENA

¡Noble sobrina!...

DOÑA MARÍA

¿A qué debo que vuestra presencia honre esta torre de Toledo?

¿Qué buscáis en mi morada?

VILLENA

Sobrina, la paz del reino, perturbada por los bandos de esos locos comuneros,

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que rebeldes a su rey estas tierras han revuelto con motines y algaradas, más propias de bandoleros que de nobles fijosdalg"os...

DOÑA MARÍA

Atajándole con severidad.

¡Hablad de ellos con respeto, que al combate les conduce Juan de Padilla, mi dueño;

y si a su rey son traidores, son leales a su pueblo!

VILLENA Contrariado.

¡Comprendo, doña María, que no vamos a entendernos cuando comenzáis hablando un lenguaje tan soberbio!

Pequeña pausa. Se acerca a e'.ia cambiando de tono, con la voz in- sinuante.

¡Pensad que soy sangre vuestra, y en vuestro provecho vengo!

DOÑA MARÍA

Y ¿qué queréis?

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VILLENA

Vos podéis poner a estas luchas término devolviéndole a Castilla la paz que perdió hace tiempo.

DOÑA MARÍA

Mas, ¿cómo? Decid, Villena...

VILLENA

¿Cómo ha ser?... ¡Persuadiendo a vuestro esposo a que deje los peligros de ese puesto, que sólo han de conducirle al cadalso o al destierro!

¡Que se depongan las armas!

Mas vos, antes, dad ejemplo, entregando al Rey las llaves de la ciudad de Toledo, que rendida la cabeza ya se irá rindiendo el resto!

DOÑA MARÍA

Sin poder refrenar su indigna- ción.

¿Y cómo vos, un Villena,

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la mejor sangre del reino, tal infamia me aconseja?

Villena va a hablar.

¡Callad, que escuchar no quiero de labios que son tan nobles tan infamantes consejos!

¿Queréis que la paz renazca?

Pues aconsejad primero a Carlos, que de Castilla cumpla y respete los fueros, pues mientras no los respete por Rey no lo acataremos!

VILLENA

¡Pensando así, a la ruina de Castilla vais derechos!

DOÑA MARÍA Con altivez.

¡Antes que vivir esclavos, Marqués, libres moriremos!

Pequeña pausa

VILLENA Persuasivo.

Será inútil sacrificio...

¿Qué conseguiréis con eso?

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¡Que se derrame más sangre cuando tan poca tenemos!

¡Que haya más campos estériles teniendo ya tantos 3-ermos!

Escuchad. Cercada estáis por el más brillante ejército que en sus límpidos cristales las aguas del Tajo vieron.

No esperéis ningún socorro, que nadie puede traéroslo;

y será más duro el trato cuanto dure más el cerco.

Recibid al Emisario de Adriano con respeto, y la ciudad entrenadle;

que si la entregáis, prometo que habrá perdón para todos y se olvidarán los yerros...

Y si precisáis rehenes,

yo mismo en rehén, me ofrezco!

DOÑA MARÍA Con firmeza.

¡No atiendo vuestras razones, que nosotros no queremos más perdón ni más rehenes que nuestros antiguos fueros!

¡ Y en tanto no queden salvos,

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V1LLENA

¡Sois firme!

DOÑA MARÍA

¡Soy castellana!

Y lo mismo que el acero

que en nuestras forjas se templa, ni me curvo, ni me quiebro!

VILLENA

Disponiéndose a salir

¡Reflexionad lo que os digo!

Yo al campo imperial regreso.

Vendré con los emisarios, y para entonces, espero, que después de meditados atenderéis mis consejos.

Saluda coi'Lesmente.

¡Que el Señor os ilumine!

DOÑA MARÍA

Acompañándole hasta la prime- ra puerta de la izquierda.

¡Que a vos os alumbre el cielo!

Salen mientras aparecen por la

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ESCENA II

DON TUAN DE PADILLA y LOPE DE SANABRIA Se detienen cautelosamente en el centro de la escena, como espian- do ia salida de doña María.

DON JUAN

Con volubilidad infantil.

Ya se fue mi madre.

Hasta la escalera acompaña al noble Marqués de Villena.

¡Ven acá, buen Lope, que antes que ella vuelva tengo que decirte

algo en voz muy queda!

Bajando la voz con malicia in- fantil.

¿Cómo anda la bolsa?

LOPE

Mostrándola.

Como siempre: vedla.

Desde que Castilla se tornó flamenca, al Rey no conozco ni por la moneda.

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DON TUAN

Te daré, buen Lope, un doblón, si dejas que al potro morcillo monte a la jineta, y quiebre una lanza en la Plaza nueva.

¡Verás con qué garbo le corro la espuela!

¡Cómo se encabrita, cómo corvetea, y lo paro en firme, e inmóvil se queda, igual que esos nobles corceles de piedra que ornan los sepulcros de la Santa Iglesia!

¡Tengo ya unas ganas que mi padre vuelva, para ver, si viéndome cabalgar, me lleva con lanza y escudo, con él, a la guerra!

¿Dejarás que monte?

¿Aceptas mi oferta?

LOPE

Mas si vuestra madre de aquesto se entera, hará que me empalen...

¡Cabalgar no os deja!

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DON TUAN

Mi madre ha creído que yo soy de cera y voy a fundirme si la luz me besa!

¿Harás lo que pido?

Volviéndose de nuevo a Lope, en voz baja y suplicante.

LOPE

¡Venga la moneda, y en el patio aguardo!

Don Juan saca un doblón de la escarcela y se lo entrega a Lope, el cual con desconfianza observa y suena la moneda.

DON JUAN

Mas ¿por qué la suenas?

LOPE

Con socarronería.

¡No vaya a ser falsa, pues siendo flamenca!...

Reparando en la presencia de doña María en la puerta primera de la izquierda.

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¡Callad!... Vuestra madre hacia aquí se acerca.

Besa cómicamente la moneda, y alzándola entre el pulgar y el índi- ce sobre su frente, la esconde des- pués a hurtadillas.

¡Sálveos Dios, ducado de dos,

que Monsiur de Chavres no topó con vos!

Intenta escapar por el fondo.

ESCENA III

DICHOS, y DOÑA MARÍA DE PADILLA

Que penetra por la izquierda.

DOÑA MARÍA

Lope, avísale a las damas.

Lope sale por el foro.

DON JUAN

Corriendo al encuentro de su ma- dre.

¡Dios os guarde, madre mía!

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DOÑA MARÍA

¿Dónde habéis estado, hijo?

DON JUAN

De oración en la capilla, pidiéndole a Dios el triunfo de las armas de Castilla.

Viendo aparecer por la explana- da a las damas.

Aquí se acercan las damas.

Las damas se inclinan ante doña María, y permanecen inmóviles, agrupadas, bajo el arco del centro, como esperando órdenes.

DOÑA MARÍA

Preparad vendas e hilas.

Las damas extraen de los gran- des arcones lienzos y telas, y se disponen a empezar la tarea, sen- tadas en escabeles, y formando dos grupos animados a ambos lados del arco central.

Doña María de Pacheco, en el si- llón señorial, comienza a deshilar un rico velo de seda, mientras don Juan de Padilla la contempla tier- namente, postrado a sus plantas, en un pequeño escabel, cubierto de ri- cos cojines. Por la explanada del fondo pasea, vigilante, con el arma al hombro, el Ballestero.

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ESCENA IV

DOÑA MARÍA DE PACHECO, DON JUAN DE PADILLA, DAMAS y e l BALLESTERO

Pequeña pausa, durante la cual sólo se oye el crujir de la seda en- tre los dedos femeniles.

DON JUAN .

Rompiendo impetuosamente elsi- lencio.

¿Por qué, por qué madre mía, ante el altar del San Pedro, con las armas de mi padre no me armasteis caballero, para lidiar por Castilla con las huestes de Toledo?

Al son de las roncas trompas todos a la lid partieron,

mientras que yo, en este estrado, con vuestras damas me quedo, para sostener un huso

o abrir un libro de rezos, cuando mejor sostuviera en el combate, un acero!

¡Dejadme, madre, que parta donde me impulsa mi anhelo:

a triunfar por nuestras leyes

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o morir por nuestros fueros, que los que son bien nacidos sólo viven combatiendo!

DONA MARÍA

Mirando con orgullo maternal a su hijo, y acariciándole la revutlta melena.

¡Modera tus fieros ímpetus, que para todo habrá tiempo!

Cachorrico de león,

las garras aún no os crecieron,

¡y ya rujís de impaciencia porque os deje, libre y suelto, sacudir vuestras melenas en las luchas del desierto!

¡Aguilucho que aún no tiene alas firmes para el vuelo, debe vivir en el nido bajo el amparo materno!

DON JUAN

Lastimado por las palabras de su madre.

¿Pensáis que valor me falta?

DONA MARÍA

Rapaz, ¿cómo he de creerlo siendo sangre de Padilla

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y a más mi sangre teniendo, que es cual tener en las venas en lugar de sangre, fuego?

¡Cómo he de pensar que pueda conocer siquiera el miedo, quien se nutrió en mis entrañas y se alimentó en mi seno!

Dulcificando la voz, en un arran que de ternura.

¡Pero aún el bozo, hijo mío, sobre tus labios no ha puesto las sombras de la naciente virilidad de su vello!

DON JUAN

Alzándose fieramente.

¡Porque imberbe me veáis no os moféis de mi denuedo, que si tengo imberbe el labio tengo ya barbado el pecho!

DOÑA MARÍA

Atrayéndole de nuevo a su Jado.

¡Cuando en estas duras guerras que esforzados sostenemos no queden hombres que lidien por la libertad del reino, entonces, antes que uncirnos al yugo del extranjero,

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los niños y las mujeres por Castilla moriremos!

Y yo seré la primera, cuando llegue ese momento, que ciña a tu sien el casco y entregue a tu mano el hierro, que antes que tu vida, es la libertad de tu pueblo!

Mas en tanto que tu padre y sus bravos comuneros, se arman, combaten y triunfan por nuestros gloriosos fueros,

Abrazándole con ternura con la voz trémula de lágrimas.

¡para qué exponer tu vida, si sabes que si la pierdo habrán perdido mis ojos todas las luces del cielo!

Permanecen un instante abraza- dos. De súbito resuena, bajo las almenas, el clamor de las trompas de guerra. Todos atienden al es- truendo cada vez más cercano.

¿Pero qué algazara es esa?

El Ballestero se inclina a mirar desde las almenas.

BALLESTERO En voz alta.

En la falda de ese cerro,

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junto a la margen del río escaramuzan los nuestros.

Don Juan se desprende de los brazos maternos y corre a las al- menas. En todas las manos queda suspensa la labor.

DON JUAN

Desde las almenas.

Contemplad, señora madre, aquel gentil caballero,

que a los nuestros arremete cabalgando un potro negro y armado de punta en blanco como si fuese a un torneo.

Doña María de Pacheco se acer- ca a las almenas, y apoyada en la columna del arco centra], contem- pla el campo. Las damas abando- nan su tarea , y también, bajo el arco, siguen ansiosamente las pe- ripecias del combate.

¡Mirad, con qué bizarría, con qué juvenil denuedo, al empuje de su brazo

se abre paso entre los nuestros!

La visera echada trae;

penacho azul sobre el yelmo, armiños sobre el escudo y una banda roja al pecho!

Pequeña pausa. La ansiedad aumenta.

Nuestras gentes retroceden

—¡cobardes!—hacia Toledo,

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pues cada golpe de lanza un hombre derriba al suelo!

Todos huyen a su paso...

D a n d o un grito terrible y cu- briéndose el rostro con las níanos.

¡Maldición!... ¡El caballero les ha quitado el glorioso pendón de los comuneros, y con él torna a su campo flotando su gloria al viento!

í 1

V i e n d o al Ballestero inmóvil con la ballesta al hombro, y arre- batándosela con fiereza.

¿Para qué/sirve en tus manos la ballesta, Ballestero?

La tiende en un gesto heroico,

"! entre el hueco de las almenas, dis- / - poniéndose a disparar.

tf, DOÑA MARÍA

¥ ' :'

Corriendo a su lado.

¿Qué haces, hijo?

DON JUAN

Sin oir la voz materna, gritán- dole al caballero.

¡Por Castilla!

¡Por Castilla y por sus fueros!

Dispara la ballesta. Momento de ansiedad, en el que sólo se escucha el palpitar de todos los corazones.

Don Juan se vuelve a su madre con el rostro desencajado y los ojos llameantes de furor.

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¡La ballesta no hizo blanco;

y a los pies del caballero, estremecida de rabia, clavada quedó en el suelo!

¡Malhayan la suerte mía y el débil brazo que tengo!

Vuelve a observar arrojando violentamente la ballesta.

¡Al caballero ve, madre!

¡Su potro ha parado en seco, y alzándose en los estribos, aquí mira en son de reto, igual que si se mofara de mis brazos inexpertos!

Golpeándose fieramente las sie- nes.

¡Malhaya quien erró el golpe!

DOÑA MARÍA

Toma la ballesta y se vuelve al Ballestero.

¡Verás como yo no yerro!

¡Presto, presto, otra ballesta!

El Ballestero se la da. Doña Ma- ría apoya el arma en el hueco de las almenas gritando con voz de trueno.

¡Por Padilla y por Toledo!

Todos se agolpan ai disparo, y un grito de júbilo los estremece.

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DON JUAN

Como un ebrio.

¡Bravo golpe!... ¡La ballesta se le ha clavado en el pecho, y del arzón se desploma, mal herido, el caballero!

Volviéndose hacia su madre y cubriéndole las manos de besos.

¡Benditas, madre, esas manos que prodigio tal hicieron!

Se vuelve de nuevo a las alme- nas.

Los nuestros tornan... Lo alzan, y entre cuatro, prisionero, por la puerta de esta torre lo conducen a Toledo.

DOÑA MARÍA Al Ballestero.

Que le suban a esta estancia mis gentes, sin perder tiempo, que aquí curarán mis manos la misma herida que abrieron.

Sale el Ballestero por la expla- nada.

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¡Doncellas de mi linaje, en el más rico aposento de este alcázar soberano id y preparad su lecho!..

Para vendar sus heridas rasgad vuestros propios velos, que honor que hacemos a un huésped nos lo centuplica el cielo!

Las damas se marchan por la se- gunda puerta de la izquierda. Doña María se aproxima al Cristo de la hornacina y le besa piadosamente lasllagas de las plantas.

ESCENA V

Todos menos EL BALLESTERO DON JUAN

Acercándose a su madre.

¡Bendita seáis, madre,

pues gracias a vuestro esfuerzo los imperiales no hollaron la bandera de Toledo!

DOÑA MARÍA

¡Id hijo, que de mi sangre sois el único renuevo, a ofrecer al enemigo

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rendido, vuestros respetos!

Y que todas nuestras gentes, damas, pajes y escuderos, le rindan sus homenajes,

que aunque es nuestro prisionero, por su valor bien merece

honores y acatamientos!

DON JUAN

¡Descuidad, señora madre, que recibidle sabremos y honrarle como merecen su nobleza y su denuedo, pues los que llevan mi nombre siempre son y siempre fueron con el vencido, corteses, con el vencedor, soberbios!

Se inclina, y besando gentilmen- te las manos de su madre, sale por la primera puerta de la izquierda.

ESCENA VI

D O Ñ A M A R Í A , S O l a .

DOÑA MARÍA

Clavando los ojos en el Cristo de la hornacina.

¡Gracias!... ¡Toda mi existencia, Señor, desde este momento

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como víctima expiatoria la sacrifico a mi pueblo!

¡Señor, Señor, no abandones a esta raza de leones

que por todas partes fue, en vos fija la mirada, difundiendo vuestra fe y esparciendo vuestra luz, en una mano la espada y en la otra mano, la cruz!

¡Castilla, matrona huraña que ante nadie se ha rendido, que eres como regio nido de aguiluchos, escondido en el corazón de España!

¡Castilla, madre Castilla, tierra de orgullo y fiereza;

indomable fortaleza con fervores de capilla,

donde el pueblo, mientras reza, de tu santo altar, al pie,

afila la espada que

en su ambicionar profundo quiere conquistar el mundo para imponerle su fe;

y para que desplegado ondule sobre la tierra, por los vientos agitado, el crepúsculo morado de tu estandarte de guerra!..

¡Presta a los hijos, Señor, de los padres el vigor, para poder defender

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la libertad de Castilla!

Y si vencida se humilla

¡dale a esta débil mujer fortaleza en su sufrir para poderla vengar!..

¡Alientos para matar o valor para morir!

Aparece en la primera puerta de la izquierda don Juan de Padi- lla, seguido de pajes y escuderos que sostienen a don Pedro de Guz- mán.

ESCENA VII

DOÑA MARÍA DE PACHECO, DON JUAN DE PADILLA, DON PEDRO PÉREZ DE GUZMÁN, BALLESTEROS, PAJES

y ESCUDEROS

DON JUAN A su madre.

¡Aquí tenéis al herido!

Penetra don Pedro Pérez de Guzrnán, sostenido p' r cuatro es- cuderos, con el manto y el peto en- sangrentados. Un paje le conduce el yelmo y el escudo.

DON PEDRO

Al ver a doña María se despren- de de los que le sostienen, y ha- ciendo un violento esfuerzo se in- ciina ante ella.

Al rendirme prisionero,

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rendir, señora, he querido a vuestras plantas mi acero;

porque sólo ¡vive Dios!

rendir pudiera su brío un acero como el mío a una dama como vos'..

Le rinde penosa y cortesmente la espada.

DOÑA MARÍA

Levantando la espada.

¡Galán que con tal bravura combatió en esta jornada, bien merece que la espada le ciña vo a la cintura!

Se la devuelve. Reparando de pronto en la palidez del herido, y como pesarosa de su olvido.

Mas vuestra herida...

DON PEDRO

Derecho el astil, señora, fue

a clavárseme en el pecho!..

Y no es extraño, porque queriendo en su compasión dar fin a mis agonías, todas las heridas mías

van buscando el corazón!

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DOÑA MARÍA

Vuestro nombre...

DON PEDRO

Condolido, con la voz desfalle- ciente.

¡Vano afán!

¿Tan duro cambio he sufrido que no habéis reconocido a don Pedro de Guzmán?

Alza la frente y contempla con fijeza a doña María.

DOÑA MARÍA

Profundamente conmovida por la sorpresa.

¡Cómo imaginar que a veros fuera así, quien desde aquesta torre, con una ballesta

os hirió sin conoceros!

DON PEDRO

Haciendo un esfuerzo inaudito para sostenerse de pie, como si las fuerzas le abandonaran por mo- mentos.

¿Cómo dudar ¡ay de mí!

que calada la visera

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mi rostro desconociera quien no me conoce así?..

Y en mi desesperación

¡cómo he de extrañar que fuese vuestro dardo el que me hiriese tan cerca del corazón,

si siempre, desde los días de nuestra niñez, lejanos, todas las heridas mías las abrieron vuestras manos!

Se desploma desmayado sobre un sitial. Los pajes y los escuderos acuden a sostenerle.

DOÑA MARÍA

A los suyos, indicándoles la se- gunda puerta de la izquierda.

¡Presto, mis gentes, llevadle a la cámara de honor;

curad su herida y tratadle igual que a vuestro señor!

Los pajes y los escuderos se lle- van al herido por la segunda puer- ta de la izquierda. Doña María permanece un instante apoyada en el brazal del sillón señorial, ensi- mismada y triste, como si un amar- go presentimiento entenebreciera su alma.

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ESCENA VIII

DOÑA MARÍA DE PACHECO y DON JUAN DE PADILLA

DON JUAN

Acercándose a su madre.

¿Le conocéis?

DOÑA MARÍA

¡Desde niños!

Juntos, como dos hermanos, en los encantados cármenes de la Alhambra nos criamos.

DON JUAN

Conmovido por la tristeza de la voz materna, la estrecha entre sus brazos.

Mas ¿qué os pasa, madre mía?

¿Por qué tembláis en mis brazos?

Alza cariñosamente la frente de su madre, y le contempla los ojos, bañados en llanto.

Pero ¿qué tenéis?... Decidme

¿qué pena os causa ese llanto

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que de vuestros ojos rueda hasta escaldarme los labios?

La besa los ojos. Doña María se alza como agobiada por un presa- gio funesto.

DOÑA MARÍA Lentamente.

Pienso en todos los peligros de los que están guerreando;

en que en las sombras, la Muerte, afila y lanza sus dardos,

y alguno alcanzar pudiera a tu padre...

DON JUAN

Sin cuidados por mi padre estad, señora, que el hierro mejor templado y más firme, de pavura saltará, roto en pedazos, antes de herir, madre mía, un corazón tan bizarro!

DOÑA MARÍA

Mas si vencido cayese...

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DON JUAN Con fiereza.

¿Vencido decís?... ¡Callaos, que el suponerle vencido es tanto como ultrajarlo, pues siempre fue la victoria cautiva de su caballo!

Y en Medina, en Talavera sus férreos cascos hollaron de las huestes imperiales el pendón ensangrentado.

DOÑA MARÍA

Nadie en la suerte confíe, porque el destino voltario, más pronto abate y derrumba lo que levantó más alto.

DON JUAN

¡Pues cíñeme una armadura, pon un acero en mi mano, que si él peligra en la liza, yo quiero estar a su lado, para si triunfa, abrazarle, y si es vencido, vengarlo!

Volviendo a abrazar a su madre.

Mas, enjugad esas lágrimas, que al contemplaros llorando,

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¡vive Dios! que a mis pupilas se agolpa también el llanto.

DOÑA MARÍA

¡Al cielo gracias le doy , porque, piadoso, me ha dado

un hijo que honra a su padre con valer su padre tanto!

Quedan un momento abrazados.

ESCENA IX

DICHOS y LOPE DE SANABRIA

LOPE

Desde la primera puerta de la iz- quierda.

Vuestro asentimiento esperan para entrar los enviados

que del campo imperial manda el Cardenal Adriano.

DOÑA MARÍA

Procurando dominar su emoción.

Condúcelos a esta estancia...

Lope se inclina y sale. Doña Ma- ría se esfuerza en ocultar las hue- llas de su emoción.

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¡Ánimo, corazón, ánimo!

¡Altivez, alza la frente!

¡Orgullo, seca mi llanto, que a las damas que Castilla sangre y fortaleza ha dado, no deben mirarlas nunca sus enemigos llorando!

Se rehace y queda al lado de su hijo, junto al" sillón señorial, con la actitud de una reina que va a reci- bir un homenaje. Por la puerta, pri- mera de ía izquierda, precedidos de Lope y dos escuderos, aparecen los legados imperiales, Ludovico de Chevres y el Marqués de Ville- na, seguidos de su séquito. Los sol- dados de Toledo ocupan el fondo de la escena. Los imperiales traen cruces blancas sobre los mantos, y los comuneros una cruz roja al pe- cho. Ludovico de Chevres vestirá un rico traje a la moda flamenca, que realzará sobre el pecho el Co- llar del Toisón de Oro.

ESCENA X

DICHOS: LUDOVICO DE CHEVRES,

EL MARQUÉS DE VILLENA, SÉQUITO DE IMPERIALES, PAJES. ESCUDEROS Y GENTE DE ARMAS

LUDOVICO

Avanzando altaneramente y ha • ciendo una pequeña inclinación an- te doña María.

¡En nombre del Cardenal Adriano, mi señor,

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que es por el Emperador, Gobernador general de estos reinos, os concedo gracia, si antes de tres días cesáis vuestras rebeldías V nos entregáis Toledo!

DONA MARÍA

Rompiendo con acento seguro la expectación general.

Vuestra intimación es vana y es vano vuestro rigor, que en la tierra Castellana no manda el Emperador.

En este pueblo leal nadie acatará su ley.

LUDO vico

¡También de Castilla es Rey quien ciña el manto imperial!

DOÑA MARÍA

¡Mas, para los comuneros que, con su soberbia humilla, no es Monarca de Castilla quien no respeta sus fueros;

porque aquí no toleramos

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que los reyes nos den le}'es sino que acatan los reyes las que nosotros les damos!

VILLENA

Le juramos nuestro Rey en las Cortes...

DOÑA MARÍA

Y él juró también cumplir nuestra ley.

¡Y ved cómo la cumplió!

¡Dando en este reino entrada, contra todos nuestros fueros, a esa Corte desalmada de ambiciosos extranjeros, que como botín de guerra, nuestro honor escarneciendo, aún se siguen repartiendo las riquezas de esta tierra!

Y no tan sólo el Monarca nuestra libertad destruye, sino que en Cor uña embarca, como pirata que huye

en las sombras del misterio para ocultar su tesoro,

¡a comprar con nuestro oro la púrpura del Imperio!

Volviéndose a Villena.

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¿Quién habló de juramentos?

¡Si él al viento lanzó el suyo, también nuestro fiero orgullo el suyo lanza a los vientos!

¡Y hoy este pueblo bravio no acata más que a su ley, pues viendo el trono vacío a sí mismo se ungió Rey!

Vuestro perdón rechazamos, que a nuestras leyes, leales nuestras vidas ajustamos.

¡Volved con los imperiales;

y decid que esta ciudad dispuesta está a perecer primero que esclava ver de nuevo su libertad;

porque antes ele sufrir las afrentas de un tirano, sabe el pueblo castellano, honrado y libre morir!

Un murmullo de aprobación re • corre las filas de los comuneros.

Doña María de Pacheco les impo- ne silencio con un noble gesto.

LUDO VICO Con insolencia

¡Pagaréis vuestra imprudencia!

¡Y puesto que no queréis rendiros, del Rey, clemencia, toledanos, no esperéis!

¡Despreciasteis su piedad;

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y ahora, del Emperador el justiciero rigor llorará vuestra ciudad!

Su mensaje habéis oído;

y os declaro, en nombre de él, que a nadie dará cuartel.

DOÑA MARÍA Fieramente.

Y ¿quién cuartel ha pedido?

Se oye un rumor confuso del pue- blo que se acerca. Los imperiales echan mano a sus espadas. Todos los rostros reflejan la más profun- da ansiedad.

VILLENA

Mas ¿qué pasa?

DOÑA MARÍA

Esos rumores...

DON JUAN

Asomándose al ventanal.

Aullando, de rabia ciega la plebe al alcázar llega, dando al aire sus clamores.

(53)

Y entre todos, el primero, traspasado de dolor,

viene Sosa, el escudero de mi padre y tu señor.

Todos se vuelven hacia la expla- nada de las almenas por donde se acerca el tumulto. Por el arco del fondo, cenetra Sosa, pálido, polvo- roso y jadeante, seguido de hom- bres y mujeres que gritan y gesti- culan. Los Ballesteros detienen a la plebe bajo el arco central.

ESCENA XI

DICHOS, SOSA y GENTE DEL PUEBLO

SOSA

Cayendo de rodillas a los pies de doña María.

¡Señora, temblad de espanto!

Todos le cercan.

DOÑA MARÍA

Di ¿qué pasa?... ¡Habla por Dios!

SOSA

Estallando en sollozos.

¡Ved cómo corre mi llanto!

¡Comprended el resto vos!

(54)

DONA MARÍA

Dando un grito supremo de an- siedad.

¡Mi esposo!... ¿Qué ha sucedido?

Sosa no se atreve a hablar. Doña María se l e v a n t a , sacudiéndole fuertemente por el brazo.

¡Lengua de plomo! ¿hablarás?

SOSA

Balbuciente de emoción.

¡En Villalar ha caído para no alzarse jamás!

Un grito de dolor estremece las filas de los comuneros.

DONA MARÍA

¡Ha muerto!

Doña María rompe en sollozos, vacila y se abraza estrechamente a su hijo.

¡Pobre hijo mío!

DON IUAN

Severamente, señalando a los im- periales que habrán permanecido agrupados en actitud expectante, cerca de la puerta primera de la izquierda.

¡Vuestra aflicción nos humilla!

(55)

Señora, ¿dónde está el brío de la mujer de Padilla?

DOÑA MARÍA

Orgullosa del arranque filial, al- zándose terrible y recta como una amenaza.

¡Mi donjuán, tienes razón!

Desde hoy, vengarle será la única fuerza que hará latir nuestro corazón!

Volviéndose al escudero.

Cuenta Sosa.

SOSA

¡Qué decir, sino que a traición, vendido, al ver nuestra gente huir en Villalar, cayó herido de su corcel en el lodo de un profundo cenagal, luchando él solo con todo el ejército imperial!

Allí su espada rindió;

y al verle ya sin espada, Juan de Ulloa le cruzó la faz de una cuchillada!

DOÑA MARÍA

Cubriéndose el rostro con las manos,

¡Ah!... ¡Cobarde!

(56)

DON JUAN

Llameantes de furor los ojos.

¡Madre mía, déjame al campo marchar, que al de Ulloa haré pagar bien cara su felonía!

DOÑA MARÍA

De nuevo volviéndose a Sosa.

¿Y allí acabó?...

SOSA

¡A Dios pluguiera que allí su vida acabara,

porque a lo menos, siquiera la muerte no le afrentara!

DOÑA MARÍA

¿Más afrentas?

SOSA

Prisionero a la villa fue llevado;

y sin haberle juzgado

como cumple a un caballero,

(57)

a los imperiales plugo su cabeza hacer rodar, bajo el hacha del verdugo, en el mismo Villalar!

DOÑA MARÍA

Después de una pausa, haciendo un esfuerzo inaudito para recupe- rar su entereza.

¡Ay, castellanos, llorad, que el hacha que lo ha inmolado, también ha decapitado

nuestra antigua libertad!

Con un enérgico ademán contie- ne el clamor de las turbas e indica a Sosa que prosiga.

SOSA

Hasta la enemiga suerte a sus pies cayó rendida, .

¡que si heroica fue su vida más heroica fue su muerte!

La envidia calló su encono;

como quien fue sucumbió,

¡y hasta el cadalso subió como si escalase un trono!

Al llegar su última hora me dio este pliego...

Saca-del pecho un pergamino se- llado, lo besa y se lo entrega a doña María.

(58)

¡Mirad.

y en él hallaréis, señora, su postrera voluntad!

DOÑA MARÍA

Tomando el pliego y leyéndolo con voz profundamente conmovi- da, pero Sime, en medio del silen- cio y la expectación de todos.

«¡Por bienaventurado me tuviera, bendiciendo lo amargo de mi suerte, si el corazón, señora, no sintiera

mucho más vuestra pena que mi muerte!

¡Aunque de muchos ha de ser plañida, esta muerte de tal modo me ha honrado, que bendigo al Señor que así me ha dado, brindándome tal muerte, tanta vida!

Yo quisiera tener más tiempo para escribiros palabras de consuelo;

mas aunque me lo dieran, lo rehusara, que ya la palma del martirio anhelo.

¡Llorad vuestra desdicha, y no mi muerte, porque es mi muerte, esposa, tan honrada que en una eterna vida se convierte y no debe por nadie ser llorada!

Mi alma, pues nada más tengo que daros, la dejo en vuestras manos... ¡Vos, señora, haced con ella cuanto os plazca, ahora, que si mucho os amó más ha de amaros!

No puedo proseguir... A vuestro asombro

¡qué de cosas tan íntimas dijera!...

Mas, ya el verdugo, con el hacha al hombro.

(59)

en el dintel de la prisión espera...

Aquí hago punto, porque el vulgo osado no piense, en su voraz maledicencia, que he alargado esta carta demasiado para alargar con ella mi existencia!

¡Adiós, señora, adiós!... En otra orilla nuestro amor hallará nuevo remanso...

¡Y aquí quedo, esperando la cuchilla de vuestra soledad y mi descanso!

Una conmoción profunda agita a todos. Algunas pupilas se llenan de lágrimas. Las damas sollozan.

VILLENA

Adelantándose hacia doña Ma- ría, sinceramente afectado por su dolor.

Yo también, dofia María, lloro vuestro duelo ahora, que no en balde sois, señora, sangre de la sangre mía.

Para evitar nuevos males y amenguar vuestro sufrir, doblegaos y rendir

Toledo a los imperiales.

DOÑA MARÍA

Alzándose sobre todos, como en- loquecida de dolor y de ira.

¿Qué dice?... ¿Oís, toledanos, süi afre.nt&ros, tal mengua.

(60)

y con vuestras propias manos no le arrancasteis la lengua como ejemplo miserable de ignominia y de baldón, para el labio que nos hable siquiera de rendición?

¿Habrá algún alma en Castilla que ose de paces hablar, y no muera por vengar la memoria de Padilla?

Él bajo el hacha cayó por defender nuestra ley...

¡Guerra juremos al Rey que en verdugo se trocó!

Dirigiéndose hacia el Cristo de la hornacina, y colocando las ma- nos sobre la fíente de su hijo.

¡Yo, colocando las manos en la frente de su hijo, con el pensamiento fijo en su sombra, toledanos:

¡por la Santa Cruz erguida en el solitario altar, aun a costa de mi vida, su muerte juro vengar!

Dirigiéndose a los comuneros.

¿Juráis vosotros?

VOCES

¡Juramos!

Todos juran sobre sus espadas;

(61)

SOSA

¡Venganza para Padilla!

DOÑA MARÍA

Volviéndose a los imperiales.

¡Ved la respuesta que os damos, carceleros de Castilla!

¡Tornad al campo a decir a vuestro Gobernador que nunca se ha de rendir Toledo al Emperador!

Y dad gracias a la suerte, que para vengar su muerte y volveros mal por mal, desgarrados, a pedazos, no os arrojo, a bombardazos, al campamento imperial.

Los comuneros intentan atacar a los imperiales, pero doña María de Pacheco se interpone, detenién- doles con un soberbio ademán.

SOSA

Toledo, regia matrona,

¿qué vas a hacer sin Padilla?

(62)

LOPE

¡Murió el León de Castilla!

DOÑA MARÍA

¡Pero aún queda su leona, que afilando en su aflicción la garra dura y cruel sabrá morir como él o vengar a su león!

VILLENA

Disponiéndose a salir, a doña María.

¡De nuestros lazos reniego!

LUDOVICO A doña María.

¡Jamás esperéis favor!

Doña Maria les señala a los im- periales la puerta. Estos van des- filando.

DOÑA MARÍA

¡Guerra, guerra a sangre y fuego'

(63)

SOSA

A los comuneros, señalándoles el grupo que forman doña María y su hijo.

¡Respetemos su dolor!

Todos se inclinan y van saliendo por la explanada del fondo. Entre- tanto doña María permanece sere- na apoyada en el hombro de su hijo. La tarde empieza a palidecer en las sombras del crepúsculo. La luz de las lámparas se hace xnás intensa.

ESCENA ULTIMA

DOÑA MARÍA DE PACHECO y DON JUAN DE PADILLA

DON JUAN

Al verse solo, alzando fieramen- te la cabeza y extendiendo el brazo.

¡Venganza, padre!

Viendo la actitud dolorosa de su madre, que al verse sola no puede refrenar su emoción.

¡Señora!

¡Quién lo había de pensar!

Estalla en sollozos.

(64)

DOÑA MARÍA

Estrechándole contra su seno en un llanto convulsivo.

¡Sí, hijo mío!... ¡Ahora llora, que ya podemos llorar!

Los dos, sollozando, caen de ro- dillas al pie del Cristo. Se abrazan estrechamente, ahogados en sollo- zos, mientras desciende poco a poco el telón.

FIN DEL ACTO PRIMERO

(65)
(66)
(67)

La escena estará iluminada por las lámparas de la hornacina y algunas antorchas enclavadas en los muros.

ESCENA PRIMERA

SOSA, EL ARCEDIANO, EL BALLESTERO y SOLDADOS

Al alzarse el telón Sosa conversa con los soldados bajo el arco del fondo.

SOSA

Asegurad el portillo y vigilad las almenas, no vayan los imperiales, amparados por las nieblas, a conseguir por la astucia lo que no logran por fuerza.

Salen ios soldados por la expla- nada de las almenas. Sosa se vuel- ve al centro de la escena.

(68)

ARCEDIANO

¡Duro es el cerco!

SOSA

¡Y tan duro, que si Dios no lo remedia hará a Toledo famosa si ya famosa no fuera!

Ha seis meses que sus muros expugnan, baten y asedian las huestes más numerosas que acampar el Tajo viera entre los huertos frondosos de sus fértiles riberas!

BALLESTERO

¿Y no nos vendrán socorros?

SOSA

¡Sólo de la Providencia, que desde que, traicionados de Villalar en las ciénagas, al pie de los imperiales, cayeron nuestras banderas, las ciudades de Castilla,

(69)

ya por grado, ya por fuerza, una a una, fueron todas rindiendo sus fortalezas!..

Tan sólo, altiva, Toledo a los imperiales reta...

¡y será libre Castilla mientras Toledo no muera!

ARCEDIANO

Lentamente, con profunda inten- ción, como p a r a escudriñar los pensamientos de Sosa.

Mas ya su valor decae, que la plebe anda revuelta porque la peste y el hambre hacen más estrago en ella, que cañones y bombardas en sus cimientos de piedra.

SOSA

La plebe no tiene culpa, sino los que la aconsejan, los que, cual judas, la venden y en oro su sangre truecan.

Mas ¡ay! si doña María de esas intrigas se entera, ha de hacer tal escarmiento que asombro del mundo sea!

(70)

ARCEDIANO

Mirando fijamente a Sosa

¡Ella causa estos disturbios, porque a Toledo avergüenza que una mujer la gobierne, cual si en su seno no hubiera claros varones capaces de regirla en esta empresa!

¡Para los hombres, la espada, para la mujer, la rueca!..

SOSA

Amenazante.

¿Qué osáis decir?

ARCEDIANO

Cambiando de tono y en son de disculpa.

¡Lo que dicen a veces en las plazuelas!..

Repito lo que murmuran, que yo he dado tales pruebas de lealtad a tu señora, que eluden toda sospecha.

Y, ¡por mi patrón Santiago que mi lealtad no me pesa,

(71)

porque en Castilla no hay hombre que en valor y en entereza, en tan graves circunstancias pueda competir con ella!

SOSA

Con entusiasmo.

¡Donde el peligro es más grande, donde es más dura la brega, allí su pecho indefenso a las espadas presenta, piadosa como una santa y altiva como una reina!

¡Toda el alma de Castilla, brava, indómita y soberbia, parece que en los arcanos de su corazón encierra!

¡Para sustentar la plebe y proseguir estas guerras, malbarató sus tesoros, las vajillas de su mesa, las sortijas de sus dedos, y los collares de perlas, de diamantes y topacios que sobre sus senos eran como aljófar de rocío

brillando entre rosas frescas!

Resuenan las ánimas. Todos se santiguan.

(72)

ARCEDIANO

Mas, escucha... ya las ánimas en la Catedral resuenan.

¡Ve y avisa a tu señora que tengo que hablar con ella!

SOSA

Tendréis que aguardar un poco, porque rezando en la iglesia de Santo Tomé se halla, con sus pajes y sus dueñas.

Se inclina, besa la mano al Arce- diano y sale por la primera puerta de la izquierda.

ESCENA II

EL ARCEDIANO y EL BALLESTERO

ARCEDIANO

Acercándose cautelosamente al Ballestero, desptxés de haber escu- driñado con la vista la estancia.

¿A Don Pedro de Guzmán

hiciste saber mi encargo?

(73)

BALLESTERO

A media voz señalando la segun- da puerta de la izquierda.

Y está, señor, vuestro aviso en esa estancia esperando.

ARCEDIANO

¿Cómo sigue de su herida?

BALLESTERO

Gracias a tantos cuidados como en servirle y honrarle la Pacheco ha prodigado, tan bueno está, que hoy a Sosa, con tener tan firme el brazo y esgrimir con gran maestría, de un golpe le ha desarmado.

ARCEDIANO

Pues avísale, Rodrigo.

Y en tanto que con él hablo, vigila, no nos sorprendan;

que es tan importante el caso, que una indiscreción podría conducirnos al cadalso.

(74)

BALLESTERO

¡Mandad a vuestro albedrío, que en mí tenéis un esclavo!

ARCEDIANO

No te pesará servirme.

Si de estas revueltas salgo Arzobispo de Toledo,

como me ofreció Don Carlos, ya premiaré tus servicios y te haré subir tan alto, que ha de ser el Ballestero envidia de los hidalgos!

El Ballestero entra en la segunda puerta de la izquierda y al momen- to aparece en el dintel don Pedro P é r e z de Guzraán. El caballero avanza lentamente, y mientras el Arcediano se inclina para saludar- le, el Ballestero sale y se va a ocu- par su puesto en las almenas.

ESCENA III

DON PEDRO PÉREZ DE GUZMÁN, EL ARCEDIANO, B A L L E S T E R O

ARCEDIANO Saludando.

¡Don Pedro, al cielo bendigo,

(75)

porque la ocasión me ha dado

de admirar y conocer

al caballero, dechado de lealtad, cuyo renombre la fama va pregonando para que eterno perdure en el bronce y en el mármol!

DON PEDRO

Inclinándose cortesmente.

¿Qué tenéis que platicarme cuando con tanto recato rne llamáis?

ARCEDIANO

Tengo, Don Pedro, que entregar a vuestras manos este pliego que os envía

el Cardenal Adriano.

Saca un pliego del seno y se lo entrega.

Leedle, y después de leerle, como es natural, rasgadlo.

DON PEDRO

Después de leer el pliego a la luz de la lámpara de la hornacina.

Aquí el Cardenal me ordena

(76)

que en servicio de Don Carlos, nuestro Rey, que el cielo guarde, acate vuestros mandatos.

Rasga el pliego y después se vuelve y contempla fijamente al Arcediano.

¿Quién sois, cuando así me obligan a serviros y acataros,

siendo tan noble mi sangre y mi linaje tan alto,

que mis mayores tuvieron reyes moros por vasallos?

ARCEDIANO

Humildemente.

Señor, de la Santa Iglesia Catedral, soy Arcediano, y aunque entre rebeldes vivo y por comunero paso,

no puedo olvidar que al Rey mi juramento he prestado;

¡que olvidar sus juramentos no es digno de un buen cristiano!

A los imperiales sirvo y por su causa trabajo, promoviendo entre la plebe algaradas y rebatos, y sembrando la discordia entre jefes y soldados.

¿Que le falta pan al pueblo?

(77)

Pues el motivo es bien claro...

Por medio de mis secuaces

correr las voces yo hago que es culpa' de la Pacheco, que a bajo precio ha comprado todo el trigo de Castilla

para venderlo más caro.

¿Que alguno muere de peste?

¡Pues es un castigo santo que a Toledo Dios envía por haberse rebelado contra su señor, y andar con los franceses en tratos para entregarles el reino que a los infieles ganamos!..

Y así, todo se revuelve...

Y espero que si su amparo como hasta aquí, no me niega nuestro buen patrón Santiago, muy en breve, entre repiques de campanas, y entre aplausos, en nuestra sagrada Sede veréis entrar bajo palio, por la puerta del Perdón al Cardenal Adriano.

DON PEDRO

¿Pero no teméis que antes, de vuestro juego enterados, os hagan los comuneros,

(78)

reverencia, más pedazos que padrenuestros habéis en este mundo rezado?

ARCEDIANO

¡Antes de poner, Don Pedro, en entredicho mis actos, dudarán de Juan Padilla, con haber Padilla dado en pro de los comuneros la cabeza en el cadalso, que yo sé tirar la piedra y esconder después la mano!

DON PEDRO

¡Vive Dios, que sois terrible!

ARCEDIANO

A veces, señor, debajo de la piel de un corderino hay un león disfrazado.

DON PEDRO

Mas ¿en qué puedo serviros?

Decid, señor Arcediano.

(79)

ARCEDIANO

A entregar estoy dispuesto la ciudad. Mas para el caso necesito del concurso de un capitán esforzado

que al frente nuestro se ponga.

¡Y en vos, don Pedro, he pensado!

DON PEDRO

Mas, ved que estoy prisionero...

ARCEDIANO

Riendo maliciosamente.

¿Vos prisionero? ¡Ni el pájaro está más libre en el aire

que vos en este palacio!

DON PEDRO

¡Es cierto... Mas mi palabra me tiene más obligado, que a todo buen caballero si estima su honor en algo, le pesan más sus palabras que los grillos más pesados!

(80)

ARCEDIANO

Mas, suponed que estáis libre...

DON PEDRO

¿Qué voy a nacer?

ARCEDIANO

Yo me encargo de que se alborote el pueblo,

y cuando esté alborotado, del Emperador en nombre, de Toledo apoderaos, encerrando a la Pacheco presa en su propio palacio.

DON PEDRO

Sin poder reprimir su indignación.

¡Callad, callad tal vileza!

¿Mi honor descendió tan bajo que a ser me autoriza dueño de quien debo ser esclavo?

¡En defensa de mi Rey ya con mi sangre he regado las áureas playas de Ñapóles y los campos castellanos, y España entera conoce

(81)

la pujanza de mi brazo!

¡Mas, cometer tal infamia no puede quien ha heredado la lealtad de los Guzmanes, y ostenta sobre su manto como una herida gloriosa la roja cruz de Santiago!

ARCEDIANO Insinuante.

Nuevas riquezas y honores el Rey pudiera brindaros.

DON PEDRO Con altivez.

¡Todo el oro de la tierra no vale lo que yo valgo;

ni en el mundo honor existe ni tan grande ni tan alto como el que me da el escudo que, aquí, sobre el pecho traigo!

ARCEDIANO

Dejando caer con intención las palabras.

¡Bien se conoce que andáis de la dama enamorado!

(82)

DON PEDRO

Herido en lo más hondo y vivo de su alma..

¿Qué decís?

ARCEDIANO

Retrocediendo rastreramente an- te la actitud violenta de don Pedro, y queriendo dar a sus palabras un tono ambiguo de chanza ydeironía.

¡Murmuraciones

y cuentos del populacho!..

¡Yo nunca les presté crédito, porque nunca he sospechado que al par se pudiera ser carcelero y apresado!

DON PEDRO

Haciendo un esfuerzo terrible para refrenar la ira que le en- ciende.

¡Vive Dios, que si no fuera por respeto de esos hábitos, castigara la osadía

de vuestra lengua, mi mano!

¡Y dadle gracias al cielo, que no es poco lo que hago, al olvidar lo que he oído sin haberos castigado!

Le vuelve despectivamente la es palda, y sale por la segunda puerta de la izquierda. El Arcediano le sigue con la vista, inmóvil en el centro de la escena, sin atreverse

;t dar un.paso.

(83)

ESCENA IV

EL ARCEDIANO, S o l o

ARCEDIANO

Después de desaparecer don Pe- dro.

¡Mal tino!... En su corazón mi ballesta no hizo blanco!

Sonriendo ferozmente.

¡Mas sé el punto vulnerable donde dirigir mis dardos, y ¡vive Dios! que he de verlo rodar a mis pies sangrando!

Se queda de pronto inmóvil, con el entrecejo arrugado, como si ma- durase un plan. Después alza triun- falmente la cabeza, y una siniestra alearía centellea en él.

No ha sido inútil la escena, porque mi plan he trazado, y no hay nada que destruya los planes que yo me trazo.

¡De esta vez, doña María,

vuestro honor cayó en mis manos, y de ellas no ha de salir

sino deshecho a pedazos, para que a Castilla entera

(84)

sirva de mofa y escarnio!

¡Qué pronto sobre la plata de estos mis cabellos blancos, que con su oro y sus gemas encanecieron soñando, de la mitra arzobispal habrá de lucir el fasto!

Mirando hacia la primera puerta de la izquierda.

Mas aquí llega la dama.

¡Ocultad, buen Arcediano, bajo plumas de paloma vuestras garras de milano!

Vuelve a adquirir su expresión beatífica, mientras por la primera puerta de la izquierda aparecen doña María y don Juan de Padilla, precedidos de dos pajes con antor- chas y acompañados de Sosa, Lope, damas, pajes y escuderos.

ESCENA V

DOÑA MARÍA DE PACHECO, EL ARCEDIANO, DON JUAN DE PADILLA, SOSA, LOPE, DAMAS, PAJES y ESCUDEROS

ARCEDIANO

Inclinándose humildemente ante doña. María.

¡Que el cielo guarde, señora,

y alargue vuestra existencia!

(85)

MARÍA

¿A qué debo, en esta hora, que honréis con vuestra presencia, Arcediano, mi mansión?

ARCEDIANO

Hablaros, señora, quiero...

DOÑA MARÍA

Hablad, pues... Pero primero

¡dadme vuestra bendición!

El Arcediano la bendice; des- pués, a una invitación de doña Ma- ría, se sienta en el primer término de la derecha. Las damas lo hacen sobre los arcones del fondo. Sosa,

¡os pajes y los escuderos permane- cen de pie bajo el arco que da a las almenas, mientras don Juan con- versa en voz baja con Lope en el ángulo de la izquierda.

ARCEDIANO

¡Es serio y grave el asunto!

DOÑA MARÍA

¡Vuestra actitud me sorprende!

¿Tan grave es?

(86)

ARCEDIANO

Hasta el punto que de él Toledo depende.

DOÑA MARÍA Con ansiedad.

Mas, ¿qué es ello?

ARCEDIANO

En puridad, que el pueblo se va cansando de luchar, y anda pensando en entregar la ciudad.

DOÑA MARÍA

En un ímpetu irrefrenable de ira, clavando sus ojos en los del Arcediano.

¡Y habrá quien a tal se atreva!..

¡Y quien a decirlo acuda a quien por Toledo lleva estas tocas de viuda!

ARCEDIANO

Queriendo tranquilizarla.

Estudiad la situación con calma, y si así lo hacéis, señora, comprenderéis que el pueblo tiene razón,

(87)

pues en seis meses de asedios, de dura y tenaz batalla, agotó todos los medios

y hambriento y pobre se halla.

DOÑA MARÍA

¡Tan veleidosa ha de ser la plebe, que habrá ¡Dios mío!

de olvidar hoy lo que ayer defendió con tanto brío, para rendir la ciudad a las plantas del tirano, bajo cuya férrea mano murió nuestra libertad!..

¡No es posible!... Yo no puedo dar crédito a lo que oí,

que antes de rendir Toledo tendrán que rendirme a mi!

ARCEDIANO

Su propia miseria abona del pueblo las veleidades, porque el hambre no razona de fueros ni libertades.

DOÑA MARÍA

En un arranque de indomable fiereza.

¿Y vos osaréis también defender su cobardía?

(88)

ARCEDIANO Con humildad.

Perdonad, doña María, si no me he explicado bien.

Mi franqueza no os irrite.

No hablo yo... Mi voz ha sido el eco fiel que repite

lo que a los demás ha oído.

Yo soy vuestro amigo viejo, y siempre, señora, ha estado en las juntas del Concejo mi lealtad a vuestro lado.

Y hoy esa misma lealtad, de cuya virtud dudáis, aquí me impulsa a que oigáis por mis labios la verdad.

Hay que mirar cara a cara lo crítico de la hora, y encontrar recursos, para que no se rinda, señora, Toledo a los imperiales.

DOÑA MARÍA

En su defensa he gastado hacienda, renta y caudales;

y en sus manos he dejado mis derechos de alcabalas.

¡Y ahora, mi hijo y yo, nos vemos sin más joyas ni más galas que las que puestas tenemos!

(89)

ARCEDIANO

En cambio, más de un señor hay, cuyo lujo se atreve a insultar con su esplendor las miserias dé la plebe.

Pequeña pausa. Doña María per- manece un instante pensativa, con la cabeza entre las manos.

Todo lo tengo pensado, y hay medios...

DOÑA MARÍA

Para calmar la agitación popular,

¿qué medios habéis hallado?

ARCEDIANO

Hay uno, según yo creo.

i DOÑA MARÍA

Alzando de nuevo la cabeza con profunda ansiedad.

¿Cuál es?

ARCEDIANO

Sin dar importancia a lo que dice.

Pues dar rienda suelta a la popular revuelta

para que acabe en saqueo.

(90)

DONA MARÍA

Alzándose fieramente.

¿Qué os atrevéis a decir?

¡En cobardes bandoleros así queréis convertir a mis bravos comuneros!

¿Vos, un siervo del Señor, tal me aconsejáis ahora?

ARCEDIANO

Tranquilamente.

Entre dos males, señora, se elige siempre el menor.

Con calma vos meditad en el problema, que es éste:

de una parte la ciudad invadida por la peste y por el hambre acosada.

De otra parte esos señores que indecisos o traidores, ni nos sirven, ni dan nada.

Yo en tal problema no veo, ni encuentro más solución que rendirnos o el saqueo...

¡A vos dejo la elección!

DOÑA MARÍA

Después de honda lucha interior.

¡Grave asunto!

(91)

ARCEDIANO

¡Sí lo es!

Y por ello os aconsejo que lo penséis, y después resolváis en el Concejo.

Con voz insinuante.

Aceptad mi solución, y con ella a un tiempo dad un ejemplo a la ciudad y al pueblo satisfacción.

Inclinándose cortesmente.

Dadme a besar vuestra mano.

Me voy...

DOÑA MARÍA

Con el cielo id.

Volviéndose a los suyos.

¡Honrad a nuestro Arcediano!

ARCEDIANO

¡Mi bendición recibid!

La bendice y sale precedido de pajes con antorchas, y seguido de Sosa, Lope, damas y escuderos.

don Juan y doña María le acom- pañan hasta la puerta.

(92)

ESCENA VI

DOÑA MARÍA DE PACHECO J DON JUAN DE PADILLA

DOÑA. MARÍA

Repa.rando en la actitud fiera y sombría de su hijo y acercándose a él.

¿Qué honda desesperación devora tu corazón?

¿Y al aullido de qué hiena se ha encrespado tu melena, cachorrico de león?'

¿Qué angustia dura y fatal cortó tu vuelo triunfal, aguilucho castellano, más libre y más soberano que el aguilucho imperial?

¿Quién mueve a tu dicha guerra?

¿En qué piensas, hijo mío?

DON JUAN

Con acento duro y la faz sombría.

¡En que es inútil el brío que en mi corazón se encierra;

y en que nadie, en esta tierra que su orgullo me prestó, más desdichado nació,

(93)

cuando aún existen, madre, los vei dugos de mi padre viviendo en el mundo yo!

¡Cuando su memoria evoco y su triste fin recuerdo, la rabia me vuelve loco, y de coraje me muerdo puños que valen tan poco que, incapaces de elevar en el combate la lanza, aún no tuvieron pujanza para aturdir y espantar al mundo con su venganza!

DOÑA MARÍA Atrayéndole.

¡Esperanza de Castilla, entre mis brazos humilla la altivez de tu quebranto!

¡Ven, y verás cómo brilla mi sonrisa entre mi llanto!

Pensando en lo que en ti fío, y en aquel amor sagrado que tan pronto, por ser mío, cubierto en sangre ha finado, a la par lloro y sonrío!

Acércate más a mí, 3' da a mis labios la miel de tus besos, porque si mis llantos son para él, mi sonrisa es para ti.

Estrechándole contra su corazón.

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