Eduardo Gómez POESÍA COMPLETA
Eduardo Gómez (Miraflores, Boyacá, 1932). Escritor colombia- no. Realizó estudios de germanística y dramaturgia en la Univer- sidad de Karl Marx, de Alemania socialista, en Leipzig e hizo un práctico de un año en el teatro Berliner Ensemble, fundado en Berlín Oriental por Bertolt Brecht. Fue director de Publicacio- nes en Colcultura; presidente, durante varios años, de la Sociedad Goethe de Colombia, e invitado a tres congresos mundiales de esa sociedad, en Weimar; jurado en festivales de teatro en Colombia;
colaborador, como crítico de teatro, en el periódico El Tiempo y con programas sobre poesía en la Radiodifusora Nacional de Co- lombia y la Emisora clásica de la Universidad Tadeo Lozano (la 106.9). Por más de cuarenta años fue profesor de literatura euro- pea en los Andes, y algunos años en las universidades Javeriana, Pedagógica, Nacional y la Escuela de teatro de Bogotá. Ha publi- cado diez poemarios —incluidos en esta edición—, varios libros de ensayos: Ensayos de crítica interpretativa.T. Mann, M. Proust, F.
Kafka, W. Goethe y función estética y social de la poesía; Reflexiones y esbozos. Teatro, poesía y crítica literaria en Colombia; Memorias críticas de un estudiante de humanidades en Alemania Socialista y Notas sobre el surgimiento del teatro moderno en Colombia y la in- fluencia de Brecht, y publicó la novela La búsqueda insaciable. Ha sido traducido a varios idiomas y recibido varios homenajes.
Eduardo Gómez
POESÍA COMPLETA
Publicado por PROYECTO EDICIONES
Sello editorial del Centro de Estudios Estanislao Zuleta www.ceez.org
POESÍA COMPLETA Primera edición Mayo, 2022
© del autor, 2022, Eduardo Gómez
© de la presente edición, 2022, Proyecto Ediciones
© de la ilustración de la cubierta, 2022, Sebastián Godoy Diseño de cubierta Sarah Quintero Ruiz
Diagramación Alejandra Salazar Castaño Santiago Piedrahita Betancur Impresión Todográficas Ltda.
Impreso en Colombia - Printed in Colombia
Esta obra ha sido editada con la intención de que sea difundida lo más ampliamente posible, invitamos a los lectores a adquirirla original para promover la continuidad de la labor editorial y de la creación intelectual
que le da sentido. En caso de reproducirla parcial o totalmente se debe respetar su autoría y no alterar su contenido.
Gómez, Eduardo, 1932- Poesía completa / Eduardo Gómez.
— 1a. ed. — Medellín: Centro de Estudios Estanislao Zuleta, Proyecto Ediciones, 2022.
p.
Incluye datos biográficos del autor.
ISBN 978-958-52924-3-7 1. Poesía colombiana - Siglos XX-XXI I. Título CDD: Co861.44 ed. 23 — CO-BoBN– a1090871
CONTENIDO
Eduardo Gómez o la reflexión poética Germán espinosa, 21
La vocación ascendente en la poesía de Eduardo Gómez omar ardila, 27
Eduardo Gómez, poeta mayor de colombia José luis díaz-Granados, 41
Eduardo Gómez: tres poemas de restauracióndelapalabra
andrés HolGuín, 45
Comentarios sobre la poesía de Eduargo Gómez, 47
RESTAURACIÓN DE LA PALABRA (1969), 49
Réquiem sin llanto, 51 Anónimo (I), 53 Melancolía de los cuerpos, 54
El viajero, 56 Salutación al extranjero, 58 Los parientes de la muerte, 60
La muerte en los sueños, 62 La magia de la noche, 64
El personaje, 65 Anónimo (II), 67 Amanecer (I), 68 Nocturno en la soledad, 69
Ha comenzado el otoño, 71 La lucha, 73 El pantano, 74 Amanecer (II), 76 Amanecer (III), 77 Inventario fúnebre 78
La última muerte, 80 Tierra violentada, 81 Radiografía de lo cotidiano, 84
Proximidad de las cosas, 87 El aprendiz de poeta, 88
El rebelde bohemio, 92 La lucha contra el ángel, 94
El fugitivo, 96 Momento, 100 Insomnio, 101 La herencia, 102 Confusión (I), 103 Confusión (II), 104 Nostalgia del pasado, 105
Retorno, 106 Tema y variaciones, 107 De la ciudad y sus vecinos, 108 Elogio de las habitaciones, 110 Comienzo del diálogo, 112 Restauración de la palabra, 114
EL CONTINENTE DE LOS MUERTOS (1975), 115
DESCENSO, 117 Santos y criminales, 118
Descenso, 120
Morada ardiente, 125 Variaciones lunáticas, 126 Subversión del deseo, 127
El chacal negro, 128 Nocturno de las presencias, 129
El deseo mortal, 130
EL CONTINENTE DE LOS MUERTOS, 131 El tiempo y la muerte, 132
Introversión, 133 Canto esotérico, 134 Existencia sumergida, 135
El excéntrico, 137
El continente de los muertos, 138 Uno y diverso, 141
ASCENSO, 143 Presencia, 144 Unidad y dispersión, 145
El poema naciente, 147 El rebelde aislado, 148 Divagación onírica, 150
Dominical, 151 Suburbio, 152 MEDITACIÓN, 153 Saldo y perspectiva, 154
Superación, 155
Sobre algunas gloriosas tradiciones, 156 Reflexión amorosa, 157
Una esperanza, 158 Desnudez, 159 Nuestro amigo el Mesías, 160
MOVIMIENTOS SINFÓNICOS (1980), 163
El elegido, 165 Oración fúnebre, 167 Meditación crepuscular, 168
Bogotá desde la altura, 170 Contrastes, 172 El reverso de la medalla, 173
A los marginados, 174 Sencillez, 175
Mensaje, 176 Coyuntural, 177 Al final somos, 178 Solo un momento, 179
Presentimientos, 180 Cantinela invernal, 181
Vértigo, 183 Pausa, 184 Veleidoso amor, 186 Soledad virginal, 187
Divagaciones, 188 Esfinge, 190 Tránsito, 191 Microcosmos, 192 Tierra virgen, 193 Resurrección, 202
Plenitud, 204
Reflexión sobre un paisaje, 205 Transcurso, 206 Incursiones, 207 Conversión, 208 Despertar, 209 Ciudad abierta, 210
La colonia penitencial, 211 Movimientos sinfónicos, 212
Atalaya nocturna, 214 Relatos de viaje, 215
EL VIAJERO INNUMERABLE (1985), 221
El viajero innumerable, 223 Serenidad, 225 Canto a Zaratustra, 226 El sermón de la llanura, 228
Apoteosis sinfónica, 230 Letanías a una montaña, 232
Futuro, 233 Las noches de Caín, 234
Legado amoroso, 237 Me visitas en silencio, 238 Viviendo de una muerte, 239
Invitación del silencio, 240 Vagabundo (I), 241 Sensualidad nocturna, 242
Río de la Magdalena, 244 Amanecer, 245 Juegos oníricos, 246
Poeta en fuga, 247
Réquiem por un poeta excéntrico, 248 Fugacidad, 250
Condensaciones del día, 251 A una mujer soñada, 252 El niño y el desfile, 254
Sin reposo, 255 Madurez melancólica, 256
La lucha circular, 257
Vértigo, 258 Vagabundo (II), 259 El ciclo del silencio, 260 El poeta insobornable, 261 Carta desde el otro lado del mar, 262
Plenitud en los umbrales, 264 El regreso, 266 Semana Santa, 267 Paisaje antiguo y nuevo, 268
HISTORIA BALADESCA DE UN POETA (1988), 269
Historia baladesca de un poeta, 271 La amante invisible, 280 La ciudad delirante, 281 Monólogo del desarraigado, 283 Monólogo del poeta maldito, 285
Despertar, 287
Interrelaciones atmosféricas, 289 Nocturno del desdoblamiento, 290
Consubstanciación, 291 Investigaciones nocturnas, 292
Investigaciones sombrías, 293 El superfluo, 294
Sobre Barba-Jacob el mensajero, 295 Cuadros impresionistas, 296
Balada de la utopía, 297
Lamento por la muerte de algunos dioses, 299 De lejanías vivimos, 302
A una vieja servidora, 303 Al bosque de la infancia, 304
Basta un solo niño, 305
Sonata otoñal, 306 El artista perseguido, 307
El poeta jubilado, 308
Caminante entre juegos nocturnos, 310 Cayendo desde la luna, 312
Canción antigua, 313 Para un diálogo sin rebusque, 314
Sobre la difícil facilidad, 315
LAS CLAVES SECRETAS (1998), 317
Alucinación de los procesos, 319 Los mensajes del silencio, 320
Invitación al silencio, 321 Poema solar, 322
Tránsito, 323 Los ámbitos del sueño, 324
Naam, 325 Desde afuera, 326 Escuchando a Bach, 327 Meditación en medio del camino, 328
Orígenes, 329
Recuperación de la infancia, 331 Un día recomienza, 333 El poeta vagabundo, 334
El parque, 336
Un día más y un nuevo día, 337 Trinchera en la soledad, 339 Del diario de un desocupado, 340
Retrato, 341 Al caer la noche, 342 Traspasando límites, 343 Transición hacia la noche, 344
Contrapunto, 345 El fauno de las ciudades, 346
Amor maldito, 347 Desgaste irreversible, 348 Amor en el recuerdo, 349 Felicidad cotidiana, 350
Despedida, 351 Luna fugitiva, 352
Visión, 354 Conversión, 355 A una megalópolis, 356 Contrastes del trópico, 358
Poema vegetal, 359 Parábola del destierro, 360
Las claves secretas, 361 Balance final, 362
Asombro y palabra perdurable, 364 Enigma y tierra firme, 365 Un árbol para mi tumba, 366
La búsqueda insaciable, 367 Conversión, 369
Apoteosis, 370 Lo antiguo en lo nuevo, 371
FARO DE LUNA Y SOL (2002), 373
Tuvo un alto precio, 375 Proverbios de la raíz, 376 En la muerte de un creador, 379
Entereza, 381 Faro de luna y sol, 383 Profana oración a Goethe, 385
El trabajo cotidiano, 387
Desde la noche crece el alba, 389 El despertar, 390
La vida primigenia, 391
Frente al valle de un río escondido, 392 Nubes, 393
Balada de la Amazonía, 394 El llamado del bosque, 395 Fantasía con dioses y máquinas, 396
Trópico marino, 397 A una montaña andina, 398 En la región de mi infancia, 399
Variaciones de la infancia, 400 Fugacidad que perdura, 402 Por océanos de sombra, 403 Melancolía del transcurso, 405
Los danzantes, 406 El poeta refinado, 407 suite entristecida, 408
Iluminación, 410 El mandato del pasado, 411 La potencia de lo inerme, 412
Luchando con la nada, 413 Transmutaciones, 414 Sinfonía inconclusa, 415
Retrato, 416 Divagación abscóndita, 418 El infortunio de los elegidos, 420
Los misterios renovados, 422
Cerca de la tempestad cantan los mirlos, 424 Monólogo del irreductible, 425 Canto en el comienzo del milenio, 426
Desconcierto y perspectiva, 428 De la difícil sencillez, 430
Jardín secreto, 431 A Rubén Darío, 432 Extraño amor, 434 El corazón que trasciende, 436
Amor en los suburbios, 437 Fauno en la noche, 438 Gozoso aplazamiento, 439 Por las rutas de la gran ciudad, 441
Poema franciscano, 443 No basta saber soñar, 444 Elegía con perspectiva, 446 Soliloquio del desarraigado, 448
La ciudad que se aleja, 449 Marginamiento espiritual, 451 Urgencia y valor del plazo, 452
Reto, 453 Los prisioneros, 454 Europa, año 2001, 457 Legado para el nuevo milenio, 459
Sonata y fuga, 462
LA NOCHE CASI AURORA (2012), 463
Existencia, 465 Primer impulso, 466
Despertar, 467 Vagabundo en New York, 469
Caleidoscopio, 470 La pasión de los árboles, 474
Primitiva grandeza, 475 Proyecciones sumergidas, 477
Resurrección cotidiana, 479 Erótica, 480
El fuego intangible, 482 El beso, 483 El amor es triste, 484 Despedida perpetua, 485
Amor profesoral, 486 Casi amanece en el campo, 487
Resurrección terminal, 488 Escuchando a Ravel, 490
Escuchando una cantata de Prokofiev, 491 El canto de los pájaros, 493
Íntima elegía, 494 Elegía onírica, 495 Elegía y renovación, 497 La muerte de la madre, 498 Reminiscencias oníricas, 499 Inventarios de la noche, 501 Conspirador nocturno, 503 Proximidad en la noche, 504 La noche profanada, 505 El asombro cotidiano, 507 Del diario de un poeta, 508 El combate supremo, 511 Acerca de la tierra prometida, 513
Celebración de los procesos, 515 Hay un paraíso en torno que no vemos, 517
Síntesis, 519 Eternamente siendo, 520 Frente al misterioso umbral, 521
Campos arrasados, 524 El laberinto está en nosotros, 525
Microcosmos, 528 Final, 530
La difícil reciprocidad, 531
El beso del hada, 533 Homosapiens, 534 Conclusión, 535 Floraciones, 536
EPIFANÍA DEL HOMBRE NATURAL (2018), 539
Girasol, 541 Semillas y frutos, 542 Monólogo del microcosmos, 543
Desvaríos nocturnos, 544 El fantasma de Pierrot Lunaire, 546
Amores confrontados, 548 Canción del amor bravío, 549
A una mujer soñada, 550 Tan solo una canción, 551
Soy los otros, 552 Protesta, 553 Traspasando límites, 555 Éxtasis del recuento, 556
El poeta esotérico, 558 El intelectual jubilado, 559
Biografía condensada, 561 Canción del joven poeta, 562
Momento, 563 Composición compleja, 564
El canto errabundo, 565 Múltiple amanecer, 566 Contrastes de alborada, 567
Shakespeare iluminado, 568 Plenitud en la vejez, 570 El proceso de procesos, 571 Canción del transeúnte, 573
Jactancias de un viejo oficiante, 574 Existencia sumergida, 576 Epifanía del Hombre Natural, 577
Canto al sol, 584
TORMENTAS DE PRIMAVERA (INÉDITO), 585
Tormentas de primavera, 587 Solidaridad redentora, 589 Balance dudoso de un optimista, 590 Sobrevivencia de antiguos dioses, 591
Flotando en la música, 593 Interrogantes, 594
Epigrama, 595 Vislumbres del paraíso, 596 Cotidianidad enemiga, 597
Del hombre-dios, 598 Imágenes, 600
La apoteosis de Mandela, 601 Elogio maravillado, 603
Confusión onírica, 604 Naturaleza y amor, 605 Melodía del transcurso, 606 Confluencias nocturnas, 607
La miseria, 608
Voces que la noche hermana, 609 Recuento de una prehistoria, 610
El todopoderoso, 612 Ingenua oración de paz, 614 Biografía de un vate idealista, 616
Naturaleza y espíritu, 618 Sobre el poder de la especie, 619
Conclusiones, 620
Entre la realidad y el ensueño, 621 Compenetración extasiada, 622
Ocurrencias vespertinas, 623 Escuchando la novela sinfonía, 624
Belleza que sobrevive, 625 Culminación sin sosiego, 627
Autenticidad, 629 Elogio del agua, 630 La última incógnita, 631
Órgano pleno, 632 Sencillez e ingenuidad, 634
Al pintor ignorado Edilberto Patarroyo, 635 Balance agradecido, 637
Canto a van Gogh, 639 Embriagueces supremas, 641 Variaciones finales del poema vegetal, 642
Superación solidaria, 643 Elegía fraterna, 644 La soledad es engaño, 646 Extasiada culminación de primaveras, 647 Inmortalidad dentro de la naturaleza, 648
Consejos de un anciano, 650
LA VOCACIÓN ASCENDENTE EN LA POESÍA DE EDUARDO GÓMEZ
Omar Ardila
¡Oh dicha! ¡Vienes – te oigo! ¡Mi abismo habla, he hecho girar a mi última profundidad para que mire hacia la luz!
—Friedrich Nietzsche
Como una proyección de este grito formidable que lanzó el
«convaleciente» Zaratustra luego de retornar a su caverna es la experiencia poética de Eduardo Gómez. Viajero incan- sable por escenarios abismales, no ha olvidado su vocación ascendente que lo hace fluir en corpúsculos de luz para re- basar la sombra de los muertos que no cesan de llamarlo.
Con voz certera ha definido una territorialidad en el univer- so de la poesía reflexiva, escapando de las posturas frágiles que utilizan la palabra como mero divertimento.
Al ubicar el viaje poético de Eduardo Gómez dentro de la dinámica ascendente, no quiero afirmar que toda su búsqueda ha seguido una dirección constante hacia arriba, pues como lo reafirmó Nietzsche, hay que conocer las pro- fundidades para poder inspeccionar la luz en las alturas. En efecto, desde sus primeras obras, vemos al viajero con pre-
ocupaciones y prácticas antagónicas, algo así como la ex- presión de una dualidad contradictoria. Por un lado, se nos revela como embriagado de muerte y voluptuosidades som- brías, y en el otro, aparece con un marcado interés por las manifestaciones objetivas que delinean una poesía reflexi- va y de sensibilidad social. Sin embargo, en algunos casos, las dos tendencias aparecen integradas, estableciendo una unidad dialéctica trascendente. De este modo —y luego de explorar los escenarios subterráneos y encontrar en ellos frustración, sufrimiento y soledad— emprende el camino hacia las cimas, el cual, de ninguna manera, puede enten- derse como sencillo y constante. El proceso de superación de las rutas abismales lo vive el poeta de manera oscilan- te, con retrocesos, confusión, contradicciones e intentos de ruptura. El descenso al bajo mundo surge como una forma de atacar —mediante sensaciones violentas y un erotismo obsesivo— la represiva moral tradicional. Y dado que esta rutina también se convierte en estéril y dolorosa, logra vis- lumbrar en la amistad y el amor las posibilidades más se- guras que pueden catapultarlo hacia las cimas. Las diversas experiencias vivenciales le confirman que su vocación real es el ascenso, como nos lo deja conocer en los libros más re- cientes donde se impone una poesía menos pesimista, cuyos conflictos van encontrando ciertas salidas.
En su primera obra, Restauración de la palabra (1969), el poeta recuerda las vivencias amorosas que subsisten en la memoria involuntaria para hacerlas presencia perdurable y no dejar que el olvido las consuma. Cuando mira hacia el pasado, lo fascina la irradiación de los escenarios subte- rráneos por donde el viajero solitario ha transitado bajo el
amparo de la noche, su gran aliada. La noche, esa sensación misteriosa donde acampan los temores y se desatan las ca- ricias. La noche, cómplice y amante, única que testifica la muerte de los seres anónimos. Esos lugares profundos, que son los que constituyen el trasfondo real de la historia y la dinamizan, han sido los propulsores del poeta en la volup- tuosa, obsesiva y dolorosa búsqueda de experiencias trans- gresoras y de gran intensidad, que le permiten vislumbrar una humanidad libérrima y audaz en el goce de su natura- leza y en el de la Naturaleza.
La exploración de los abismos, la de la soledad vivida como una muerte cotidiana y una contemplación penetran- te de todas las miserias, le han permitido trascender pro- gresivamente la marginalidad subjetivista de los comienzos y hacer del «fracaso» —estatuido según los códigos de la sociedad de consumo— una experiencia hermética y en- riquecedora que conduce a la comprensión paulatina de una sociabilidad matizada, contradictoria y compleja, que escapa a la falsa disyuntiva entre la izquierda y la derecha tradicionales. Y aunque las voces oficiales traten de desesti- mar la fuerza revolucionaria de la palabra poética, el bardo sabe que su opción no es insubstancial. A veces se siente abrumado por la derrota pero finalmente esta es asimilada como superación, hasta hacer de la palabra un principio de acción, como cuando dice:
Es hora de buscar situaciones en donde la palabra sea necesaria y de convivir con aquellos
para quienes la palabra es liberación.
Solamente la palabra que ponga en peligro el poder de los tiranos y los dioses es digna de ser pronunciada o escrita.
En El continente de los muertos (1975) se presenta un proceso de zigzag en la búsqueda poética y el develamiento de los referentes simbólicos y conceptuales que han per- turbado la psique colectiva y producido seres escindidos, generadores de agresividad. Con fluida ironía desacraliza los imaginarios religiosos —especialmente católicos— que han pretendido mantener un mundo imaginario que consuela y desvía de los verdaderos problemas y que utiliza el temor al castigo en un supuesto Más-Allá como fundamento preten- didamente purificador. Ante esta represiva de-formación el poeta se rebela y asume el deseo para que su realización sea la afirmación de la vida plena frente a la muerte. El deseo brota por dondequiera y es el que impregna la existencia de algo parecido a la felicidad. De El continente de los muertos dice el propio autor que «es una obra cíclica y comprende cuatro partes: en la primera, «Descenso», se descubre la em- briaguez en la sensualidad orgiástica y la rebeldía blasfema;
en la segunda, «El continente de los muertos», se toca fondo en una soledad radical que es vivida como un principio de rechazo al Sistema; en la tercera, «Ascenso», comienza una toma de conciencia contradictoria que culmina en la parte final, «Meditación», con una relativa objetividad poética y una voluntad de lucha. La espiral del libro se polariza entre el primer poema, en donde se rechaza con sarcasmo al
«Dios Terrible» (que es encarnación magnificada del padre castrador y sádico y del señor feudal tiránico), y el último
poema («Nuestro Amigo el Mesías») en el cual el futuro
«redentor» es el líder revolucionario, encarnación humana y terrestre de los anhelos colectivos de cambio y representante de las mejores cualidades del pueblo.
La profundización en los abismos es un paso obliga- do para anhelar y reconocer las alturas. El descenso es solo transitorio como experiencia de maduración para luego tomar impulso y catapultarse hasta las cimas. Así lo asume Eduardo Gómez, cuando da testimonio de su tránsito por el mundo lumpenizado, donde encuentra seres que cana- lizan su frustración en la delincuencia, pero que todavía sueñan con el amor: ese juego que involucra todo, esa di- námica existencial que se adentra en el riesgo angustioso de toda autenticidad y en donde es tan difícil la falsedad. En el suburbio también se cruzan los —siempre cercanos— des- tinos del dolor y la pasión.
El poema que le da el título al libro desnuda en una her- mosa metáfora la condición degradante a que nos quieren condenar los poderes establecidos, que se basan en la verti- calidad y que nos obliga a bajar la cabeza y aceptar la condi- ción de «muertos-vivos». Ante esta dura evidencia, el poeta encuentra en la inmensidad del mar un escenario propicio para quienes anhelan la búsqueda libre de una vida más alta, los cuales son proscritos por la figura del sepulturero, en su discurso que invierte los valores y exalta la enferme- dad y la muerte.
Con Movimientos sinfónicos (1980) Eduardo Gómez nos inicia en la meditación, en la contemplación, en las lla- madas del silencio. Afirma que el poeta desde su condición de «elegido» puede renovar el mundo con su voz grávida
de sugestiones que tornan esencial la vivencia del tiempo y hacen vislumbrar el infinito. Muestra cómo la preocupación por un imposible regreso al pasado nos sigue seduciendo, aunque es necesario ratificar la presencia con la invocación de la ausencia. Todo retorna eternamente mediante un con- trapunto dialéctico a la manera de movimientos musicales que estructuran la existencia. El poeta acoge los contrarios para lograr un equilibrio que supere el marginamiento y el destierro a los que se nos pretende condenar, aunque haya en el horizonte posibles salidas a una realización integral.
Eduardo Gómez confiesa su vocación solidaria con el hom- bre que sufre —a quien invita a levantarse, a no apresurar su muerte, a no desechar la oportunidad de vivir sin cade- nas— y por eso deja constancia de su encendida protesta y de su vocación de vuelo.
En su libro posterior, El viajero innumerable (1985), el poeta nos sumerge en un nuevo recorrido por calles im- pregnadas de nostalgia y de ausencias, en las que observa la falsedad de los rostros y escucha la mentira de los discursos que se pretenden «sagrados». El viajero avanza, anhelando compartir su energía amorosa, en medio de seres esquivos y temerosos, pero en esa atmósfera, el amor y la amistad no alcanzan a nacer.
Asimismo, bajo la suave luz de la luna —propicia a quienes se arriesgan a romper las ataduras de una moral represiva— el poeta se confiesa amigo de Zaratustra y le ofrenda un cántico con la clara disposición de seguirlo en la profundidad de su danza. Afirma la «voluntad de poder»
con la palabra —la voluntad de potenciación de la reali- dad, de la naturaleza—. Siente cómo es ungido por la pa-
labra («vamos siendo en la palabra»), pero no olvida que, al final, el silencio espera su retorno, y recuerda la inconteni- ble proximidad de la muerte como experiencia última que, de ninguna manera, debe refrenar el permanente impulso vital.
Historia baladesca de un poeta (1988) es la quinta publi- cación poética de Eduardo Gómez. En ella se destaca una sencilla transparencia y, en el poema central que da el título al libro, predomina una tendencia autobiográfica que se ma- nifiesta de forma desembozada mediante un tono popular, afín a ciertos poemas de Brecht y de François Villon. Nos involucra en su pasado, lo hace palpable, recuerda los meca- nismos de defensa que desarrolló en la infancia, las rupturas que poco a poco le mostraron el rostro de la libertad, sus primeros afectos y sus apasionados odios. Es el itinerario de una vida dispuesta al asombro: la vocación del poeta. No teme desnudarse ante sus lectores («oficiantes del ritual de los aplausos»). Devela virajes secretos e intervalos sombríos que pretendieron desechar o anular su superior sensibili- dad congénita. Con este poema autobiográfico convierte su vida en algo imbuido de leyenda y poesía. Construye una metafísica para recuperar el pasado y hacerlo legado, para trascender la degradación temporal del género humano, mutilado desde su primera infancia.
A este libro pertenece el poema «La ciudad delirante»
—escogido posteriormente como título de una antología editada en Alemania—. En la esquiva ciudad, el poeta se adentra y delinea su territorio. Un éxtasis contemplativo lo sostiene como viajero desprevenido en medio de millones de historias, ante el asedio de la muerte que lo acecha.
En el siguiente libro, Las claves secretas (1998) el poeta retoma las preocupaciones filosóficas esbozadas en Movi- mientos sinfónicos y las hace materia esencial de su poética.
La cercanía con las preocupaciones de la concepción vitalis- ta de Nietzsche —surgida por azar en sus primeras publica- ciones y asumida como posibilidad vivencial en sus trabajos de madurez— parece hacerse más evidente: mantiene una constante preocupación por el eterno retorno (como crea- ción de una metafísica del tiempo y una dialéctica del in- finito) aspirando volver a existir en el silencio. Es preciso callar para escuchar el silencio —que para el poeta repre- senta una suerte de origen soterrado y constante, no una dimensión fija—. Como lo aseveraba Nietzsche: «la medi- da de la fuerza (como dimensión) es fija, pero su esencia es fluida». A esa suerte de origen necesita volver constan- temente el poeta para nutrirse con las raíces primigenias, sumergidas en el tiempo, que hoy le sirven de soporte e impulso permanente para sostener su dinámica ascendente.
Fue necesario «sumergirse en el fango para vislumbrar las alturas», tal como lo dice el poeta en su poema «Orígenes».
Sin embargo, no olvida su vocación subterránea: luz y som- bra le acompañan en el recorrido por la paradójica ciudad (mancillada, torturada, desgarrada, pero envolvente con sus misteriosos laberintos). Al final se traslucen las claves secre- tas como reafirmación de la vida, de la materialidad de la existencia. El «hombre-cuerpo» recupera su espíritu gracias a la acción vivificante de la palabra poética.
El séptimo libro, Faro de luna y sol (2002), le marca al poeta un punto de llegada. Ahora se detiene a reconsiderar sus andanzas y puede narrar, con entusiasmo, que arriesgó
la vida en la construcción de una propuesta ética desde su experiencia estética y que sigue incólume recordando el pa- sado sin sobresaltos. Reconciliado con la vida y refugiado en la creación solitaria, el cantor se levanta como un faro permanente que matiza y relativiza la magia de la noche y el sueño de las sombras. La poesía debe ser forma y enseñanza de una existencia superior y eso incluye a la universidad en donde pasó casi la mitad de su vida, pero como «no basta saber soñar», la palabra tiene que llegar a ser principio de la acción liberadora.
El siguiente poemario es La noche casi aurora (2012).
Desde el mismo título se ubica en ese territorio indetermi- nado que es el umbral, el cual poco a poco va adquiriendo un tono esperanzador, con vestigios de luz, puertas abier- tas en el horizonte y «claros del bosque» que fulgen con vehemencia, como insinuando el final de la larga noche, pero precisamente, para evocar la aurora, primero hay que haber transitado la noche, haber intuido el trasfondo absur- do de la existencia y de su final ineluctable, haber profun- dizado en los extravíos y las búsquedas de una sensualidad y una sensibilidad insaciables y apasionadas, cuyas peligrosas ambivalencias y contradicciones fueron, no obstante, pro- gresivamente fecundas en la creación poética. Y es en estos momentos, cuando me viene a la memoria la reveladora voz de Alejandra Pizarnik quien advertía que «tal vez la noche sea la vida y el sol la muerte». Similar encantamiento con la noche es el que ha experimentado Eduardo Gómez, sin em- bargo, ahora se aproxima al renacimiento de experiencias solares, de presentimientos aurorales que, a diferencia de Pizarnik, buscan reafirmar la vida con sus desgarramientos
y fascinantes contradicciones, con su cuota de dolor y frus- tración y sus posibilidades de lucha y de superación.
Epifanía del Hombre Natural (2018) marca un giro en la creación de Eduardo Gómez, el tono ahora es reposado, la lucha por la transformación social queda como una as- piración que presume próxima a llegar, mientras le confía al Cosmos un lugar para la armonía. Como un Pierrot es- pectral no se declara vencido, pero si sabe que el combate le corresponde a quienes gozan de la ebriedad juvenil: «ya no laúd sino desafinada guitarra / tañe ahora en lúgubre se- renata». La ciudad bulle, no se cansa, es una masa informe que agota, que no se levanta y ante ella, el poeta busca su refugio. Ahora atisba todo desde su trinchera, donde reafir- ma que se debe a los otros, a esos que lo acompañan en la brega por instaurar ese mundo más humano que siempre ha anhelado. Desde allí se refugia en la memoria gozosa, en la palabra severa, en los pensamientos esenciales, en la celebra- ción de la vida y la espera de lo ignoto. Ya con más claridad, vuelve a hacer una exaltación del Hombre; sabedor de la suma de los elementos que lo hacen materia y de que «todo se entrelaza y se determina», las certezas brotan de manera contundente, como para cantarle con vehemencia una Epi- fanía al Hombre Natural.
El cierre de los poemarios de Eduardo Gómez es Tor- mentas de Primavera (inédito), en él se conjugan elementos que ya había desarrollado especialmente en sus tres últimos libros: la solidaridad, la ciudad soñada, la potencia de cier- tas deidades, algunas preguntas ante la presentida partida, la esperanza de una humanidad noble, el Hombre-Dios como una especie inmortal que condensa todos los procesos
y la divina energía inagotable del Cosmos. Hay en el poeta una plenitud, un habitar tranquilo que no se arredra con los años. A pesar de la soledad en que se encuentra, no hay dolor ni resentimiento, priman sus ideales que aspiran a un mundo mejor para todos y que se extasía en la maravilla de la Naturaleza. Se percibe en él una gratitud con la existen- cia, un triunfo sobre la idea de soledad, pues considera que esta desaparece cuando asumimos el Yo como Universo, por eso, su refugio permanece con antenas y ventanales abiertos.
Por otra parte, la presencia de la música y la fuerza de la sinfonía lo ratifican en la integración del ser: cuerpo y alma ya no existen escindidos. La incesante búsqueda de «vivir en poesía» ha logrado restablecer esa unidad del Hombre Na- tural, como también lo vislumbra en los pintores Vincent van Gogh y Edilberto Patarroyo.
A lo largo de toda la obra de Eduardo Gómez encuentro una opción que se inclina por la consolidación de la vida, mostrándola como única realidad, en la que la voluntad de los hombres puede lograr la superación de sus miserias. Su apuesta está alejada de metafísicas religiosas y falsas esperan- zas en mundos supraterrestres. Todo lo quiere agotar en la experiencia de la naturaleza y de la historia, sin que ello su- ponga la negativa a desarrollar una estética (subjetiva), que es la que le permite definir su poética. En ella, el hombre es ubicado como lugar de confluencia de infinitas fuerzas, y el poeta, desde sus vertiginosas experiencias, busca proyectar un sujeto histórico que luche por desprenderse de los linea- mientos represivos para instaurar una nueva subjetividad en la que el cuerpo logre recuperar su dimensión erótico-crea- dora.
Es también importante resaltar la apuesta permanente de Gómez por hacer de la poesía una praxis concretamente vital y humanizante, que asuma la historia a través de lo individual e intransferible y aspire a la integración del ser tantas veces escindido. «Vivir en poesía» es una elaboración conceptual y existencial que el poeta ha desarrollado am- pliamente en sus ensayos de crítica interpretativa, en sus reflexiones y esbozos y en la novela La búsqueda insaciable.
Esta vivencia ha servido para fusionar la sensibilidad lírica con la experiencia reflexiva, lo cual constituye el eje cen- tral de la poética de Eduardo Gómez. De esta manera, en su poesía se percibe con claridad la voluntad creativa, no como producto del azar sino como un compromiso con la palabra, una palabra que debe romper con antiguas estruc- turas y restaurar su poderío estético. En su primer libro, Restauración de la palabra, ya es contundente el llamado a los cultivadores de la poesía para que, por un lado, se apro- pien de la forma misma y busquen la exaltación del lenguaje con todas sus posibilidades, y por el otro, redimensionen la palabra como reveladora de los espacios vedados y creadora de nuevos sentidos.
Otro aspecto relevante en la creación de Eduardo Gómez es su admiración y encantamiento con el espíritu clásico y las exigencias que plantea al auténtico humanismo de la modernidad. Desde la tragedia griega, la poética aristo- télica y el intento racionalizador del mito —que posterior- mente es legitimado desde diversos discursos— continúa su aproximación ferviente al poderío estilístico y reflexivo de Goethe, el cual viene a afianzarse, curiosamente, de ma- nera coincidente, con el compromiso ilustrado de la razón
kantiana, con la que comparte la búsqueda estética en la compleja estructura del juicio que supera la intuición como propósito final del acto creador. Este refuerzo conceptual lo conduce con cierta facilidad a una dialéctica entretejida por el trío Marx-Nietzsche-Freud, a partir de la lectura de Sartre y del diálogo creativo al lado de Estanislao Zuleta, sin duda, la amistad más influyente en el proceso vital de Eduardo Gómez. Dicho proceso dialéctico se complemen- ta, luego de la estancia del poeta en Alemania socialista, con la cercanía que establece al lado de la radicalidad brechtiana y a las líneas de fuga demarcadas por Gyorgy Lukács, quien también conoció el entorno de un país socialista y busco confrontar con altura teórica las ortodoxias que limitaban los procesos culturales. Señalar estas cercanías con autores de talla mundial me permite ubicar al poeta dentro de una línea de pensamiento y una práctica definida del quehacer literario que lo aleja críticamente de los «excesos delirantes»
de cierto vanguardismo, frente a los cuales Eduardo Gómez busca la expresión de una «auténtica vanguardia», como él mismo lo asegura.
La obra de Gómez también se detiene en lugares y mo- mentos especiales donde la vida ha tenido flujos de gran intensidad. En muchos de ellos, entre la sordidez, el apa- sionamiento y la distancia que percibe el observador, se van tejiendo inusuales nexos que dan cuenta de la vocación de
«viajero innumerable» del poeta, quien siempre va tras de su «faro de luna y sol». Aquí el vínculo que se produce con autores del entorno hispanoamericano es mucho más evi- dente, como en el caso de Lorca, Neruda y Barba Jacob, a quienes les ha dedicado varias de sus cátedras.
Finalmente, retomo la idea del umbral para celebrar una vez más el poderío de la palabra que nos sumerge en el misterio insondable de las profundidades y luego nos im- pulsa con su fuerza inagotable al milagro de la luz. Siguien- do al Bachelard de El agua y los sueños, puedo decir que para que una meditación perviva hasta hacerse obra escrita, debe hallar su materia, el elemento material que es su sustancia, pues «las formas se acaban pero las materias nunca». En suma, el recuerdo de las aguas oscuras como símbolo de la muerte, sirve para clarificar que también en esas aguas pro- fundas es donde ha surgido la vida, mientras que la muerte es apenas una pausa-relámpago.
EDUARDO GÓMEZ
LA MUERTE EN LOS SUEÑOS
Los sueños no crecen en la luz
ni ante el rostro de piedra del traidor que fuera nuestro amigo.
En la palabra de quien crea no crecen los sueños
ni entre las manos de quien ha conquistado el amor matando
o el pan vendiéndose o la paz olvidando.
Los sueños crecen en la oscuridad de las iglesias palidecen el rostro de las mujeres sin hombre y sin edad,
crecen como tentáculos o enredaderas
en los rincones húmedos de una infancia enclaustrada o en los bancos de los parques
donde los amantes huyen del mundo trasmutando sus bocas en flores violáceas.
Los sueños envuelven a quien aún yace en el lecho largo tiempo después de la salida del sol,
lo preservan del viento áspero
RESTAURACIÓN DE LA PALABRA
y del aroma violento de la tierra herida por la máquina y del apretón de manos y la respuesta pronta
en medio del bullicio de las calles
o del diálogo punzante como un cuchillo que labra o pule
o hiere.
Los sueños envuelven a quien yace con sus blandos tentáculos
arrastrándolo a las aguas de sus mares en calma.
RESTAURACIÓN DE LA PALABRA
HA COMENZADO EL OTOÑO
I
Cada día nazco en el aire y la luz
para morir un poco en la angustia y en el sueño.
Los días transcurren en una primavera confusa y en las noches duermo sin soñar
y en las largas jornadas me deslizo sereno al lado de las cosas porque el tiempo de los asesinos se ha esfumado para
siempre y ha comenzado el largo otoño,
la edad en que ya no es posible viajar sin despedirse para siempre aunque sospechamos que podríamos volver,
la edad en que el pasado comienza a ser tan largo que ha dejado de existir con violencia
y en que el presente es tan precioso
que de los largos años vividos tan solo fosforecen fugaces girones de niebla velando algunos rostros
quizás una sonrisa triste o una luna callada,
tal vez las sombras de un sueño con banderas a la orilla del océano.
EDUARDO GÓMEZ
II
Conozco muchas gentes que no volveré a ver.
Sus rostros se esfuman con el paso de los días y es como si su agonía en mí
un anticipo de su futura muerte fuese, y es como si sus voces mezcladas o destacando su rítmico perfil
sonasen tras de un espeso muro invisible en lugares que ahora imagino solitarios, lugares que no volveré a ver.
Conozco muchas gentes que ya habrán muerto y yo lo ignoro
y en mí viven muriendo
con mi pasado y con mis sueños.
EDUARDO GÓMEZ
AMANECER (II)
La máquina se irguió
al pie de la montaña envuelta en niebla y sueño.
Un gallo cantó en la choza lejana traspasada por la luna.
La máquina ronroneó distendió sus tenazas se erizó de brazos negros desplegó sus alas de acero.
En la choza un beso encendió una pálida lumbre el fuego hizo hervir el caldo
iluminó los ángulos del rostro azotado del hombre irisó de punzantes destellos los ojos de la mujer húmeda
yendo y viniendo en torno de la olla.
Un hombre cabalgaba la máquina
y saludó con la mano y el cabello revuelto al otro hombre
venido de la montaña ahora dorada por el sol triunfante.
RESTAURACIÓN DE LA PALABRA
AMANECER (III)
Mi soledad huele a húmeda sombra
la noche de la brujas se esconde en los tupidos bosques bajo las alfombras agonizan los gnomos
mis brazos están todavía curvados por tu cuerpo recomienza la vigilia y renace la muerte.
Alguien camina sin rumbo soñando con un pan anochece el día de las bombillas rojas en los sótanos el crepúsculo perpetuo de las grandes fábricas se torna
sonoro como un río un niño desnudo contempla los frutos del huerto
el día galopa como un caballo blanco
la luz implacable persigue tu recuerdo hasta aplastarlo contra los rascacielos deslumbrantes reclinados contra el
cielo.
RESTAURACIÓN DE LA PALABRA
NOSTALGIA DEL PASADO
Buscando caminos entre las pálidas hogueras de un sueño exploro ríos de silenciosa fuerza
y calladas planicies donde converso con los muertos sobre aquellos días palpitantes como heridas
y aquellos himnos guerreros ya olvidados para siempre.
Me acompaña una sombra de banderas deshilachadas un aroma tenaz de selvas rumorosas y ciudades anchas
como el mar una canción que la brisa deshace como a espuma sonora y un espejo roto que desfigura rostros y astilla paisajes.
EDUARDO GÓMEZ
COMIENZO DEL DIÁLOGO
Tú decías hace años:
no es posible amar con tanta fuerza no en nuestro tiempo
ahora que nuestra ciudad se ha tornado silenciosa después de que el grito enronqueció nuestras voces.
Tú decías hace años:
no es posible vivir con tanta fuerza no en estos tiempos
puesto que en nuestra ciudad escasean el pan y los libros.
Sin embargo hoy has visto cómo ella sonreía
junto a la ventana abierta a los cielos y a los viajes.
Te equivocaste cuando decías
que las ciudades yacen ciegas bajo el polvo de Dios.
Cuando amabas el amor
sin amar su conquista al alto precio de la palabra y de la sangre, cuando gozabas a la muerte de grandes ojos verdes
lejos de quienes trabajan el acero con las manos desnudas.
Te equivocaste cuando te enorgullecías del respeto de los
RESTAURACIÓN DE LA PALABRA
hombres sencillos ante la oscuridad de tus palabras
y la arrogancia de tu gesto,
cuando te avergonzabas de hablar con gravedad
sobre el precio de los víveres y las calamidades del invierno, cuando besabas con los ojos abiertos
y añorabas el espejo a la orilla de las mañanas inmensas, cuando caminabas al azar entre los asesinos
y contemplabas de lejos la belleza de los incendios.
Con carne y sangre de los otros construiste tus sueños y en tu risa había inexplicables nostalgias
mas tú insistías en reír y en soñar,
¿por qué asombrarse ahora de las ruinas que habitas?
Ellas son el rostro desnudo de un mundo que agotó sus máscaras.