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BOLETIN

DE LA

ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

TOMO LXII JULIO.SEPTIEMBRE DE 1979 N' 247

HOMENAJE A DOÑA LUCILA L. DE PEREZ DIAZ

ELOGIO*

Por ERMILA TROCONIS DE VERACOECHEA

Estamos aquí reunidos esta tarde para cumplir con un acto de innegable tras- cendencia en los anales de esta Academia Nacional de la Historia: por vez primera los austeros salones de este noble recinto verán colgar de sus · paredes el retrato de una mujer académica: Doña Lucila Luciani de Pérez Díaz. Es la primera figura feme- nina que ocupa un sitial de honor entre tantos varones ilustres de las cinco Academia~

Nacionales.

Recibí con honda emoción la designación recaída sobre mi persona para decir estas sencillas palabras, ya que aunque no tuve el honor de conocerla, he de pensar que su huella en esta institución es imborrable, no sólo por la labor desempeñada durante sus 31 años como Individuo de Número, sino por sus dotes personales de mujer, intelectual y gran dama, lo cual ha sido reconocido por aquellos que obtu- vieron el don de su amistad.

He revisado su obra escrita, donde destaca "Bolivianas" ( Caracas 1933), con- junto de ensayos históricos que la autora dedicó al Libertador Simón Bolívar en el Sesquicentenario de su natalicio y a través de esa lectura he podido constatar su pasión bolivariana, manifestada a través del estudio y reflexión sobre las distintas etapas de la vida del héroe.

En la publicación que acertadamente tuvo a bien realizar esta Academia de varios trabajos de Doña Lucila y que se denominó "Páginas Sueltas", puede pal- parse la fina sensibilidad de la autora al abordar los diferentes temas que trató. Pero es en su Discurso de Incorporación a esta Institución, titulado Conceptos sobre

* Discurso con motivo de la develaci6n del retrato de doña Lucila Luciani de Pérez Díaz, el 26 de Julio de 1979.

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feminismo donde mejor resaltan sus dones que la caracterizan como una digna re- presentante de la mujer de esa época en que le tocó vivir.

Nació doña Lucila el 12 de enero de 1882 en la ciudad de Maracaibo · y el 5 de junio de 1940 ocupó el Sillón letra X de esta Academia, vacante por la muerte del Dr. Plácido Daniel Rodríguez Rivero, médico de dilatada trayectoria en los ana- les de la Medicina nacional.

Es lógico pensar que para la sociedad venezolana de los años cuarenta no era todavía nada común ver a una mujer destacarse en el campo de la Historia. La misma Diosa Clío, desde su olímpica morada, debió haber sonreído de satisfacción ante tan inusitado acontecimiento.

Gran conmoción periodística causó su designación. Largas líneas llenas de emo- tividad le fueron dedicadas a través de la prensa para resaltar el hecho.

La belleza narrativa de su producción histórica es cosa que llama la atención.

Una prosa clara, fluida y de fina sensibilidad caracterizó sus escritos. Fue una excelente divulgadora de nuestra historia y de los valores de nuestros próceres.

Mas, en su caso, nadie podría desligar la intelectual de la mujer: austera, pro- fundamente arraigada a la vida familiar, logró aunar sus inquietudes espirituales y del intelecto con las labores propias de la madre, de la esposa, de la mujer de hogar.

En su refugio hogareño, junto a su compañero de tantos años, Dr. Manuel Pé- rez Díaz, dio vida a una ilustre familia venezolana compuesta de ocho hijos. Supo combinar a la perfección los sentimientos del corazón con sus ambiciones intelec- tuales.

Es interesante revisar la prensa del año 1940, cuando se incorporó doña Lucila, pues los comentarios que de ella se hicieron son como un oasis de paz, de tranqui- lidad y de cultura en medio de las ásperas noticias de la guerra que se sucedía en Europa.

Debe haber sentido lacerar su sensible corazón, al leer junto a su Discurso de Incorporación, la toma de París por las tropas alemanas.

Pienso que en esos momentos recordaría con lógica nostalgia los paseos por los Campos Elíseos, que culminarían en el Arco de Triunfo, donde con los ojos nublados por la emoción de la patria lejana, vería con su alma de venezolana el nombre del Precursor don Francisco de Miranda.

Para una mujer como ella, de fino discurrir y prosa diáfana, de honda partici- pación en la vida intelectual del país, los avatares de una sangrienta guerra debían herir sus más puros sentimientos humanitarios.

Doña Lucila perteneció a una familia de médicos: viuda, hermana y madre de médicos, adquirió esa sensibilidad que da el estar en contacto permanente con la miseria humana y con las necesidades físicas y espirituales de las clases margina- das. Palpó de cerca los problemas humanos de la patria y sintió como propias las angustias de las mujeres y los niños desvalidos.

En su discurso sobre el Feminismo fijó muy claramente su posición: su mente abierta a los progresos de la humanidad captó con nitidez la necesidad de apoyar aquellos movimientos feministas moderados, que apartándose de la agresividad de los que sólo tienden a crear un enfrentamiento entre el hombre y la mujer, fueran realmente un factor de cooperación y comprensión entre los dos sexos.

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Los años cuarenta fueron el inicio de un período calificado por doña Lucila como de "desquiciamiento" del equilibrio universal, por haberse visto sacudidas las bases de la institución familiar.

Es necesario recordar que Venezuela recién salía de un largo período de dicta- dura, protagonizado por Juan Vicente Gómez durante largos 28 años de la vida nacional.

A través de esa oscura etapa los problemas sociales se agudizaron, pero la represión propia de toda dictadura no permitía observar con claridad los cambios que se suscitaban en la estructura misma de la familia.

Una vez superado ese proceso dictatorial, comienzan a aflorar factores socio- lógicos que inciden en la tradicional y aparentemente estable familia venezolana.

Factores internos intensificados por un nuevo concepto de libertad y por el inicio de una etapa democrática que apenas daba sus primeros pasos; y factores externos provenientes de la guerra que se desarrollaba en Europa y que, como toda guerra, dejó secuelas sociales de importancia en el ámbito mundial, hicieron que comenzaran a variar todos aquellos moldes tradicionales, y el concepto de "familia"

y de "matrimonio" que hasta entonces había privado en nuestra sociedad, empieza a cobrar nuevas formas, amparado en un movimiento feminista que pide igualdad de la mujer ante el hombre, con derecho al sufragio y con similares condiciones de trabajo y de salario.

La mujer venezolana del año 40 adquiere derechos que nunca había tenido:

desde ese momento logra constitucionalmente el derecho a desempeñar cualquier cargo público, lo cual la equipara en forma aparentemente definitiva en su deseo de igualitarismo con el sexo fuerte.

· Y a para ese momento son muchas las mujeres que luchan cotidianamente junto con el hombre en las oficinas, en las fábricas, en las Universidades y en otros varia- dos campos de las Ciencias y las Humanidades. Pero no hay que olvidar que todo inicio trae muchas veces desbordamientos que sólo con el correr del tiempo logran volver a su nivel normal.

Esos primeros logros de la mujer de la década del 40 fueron peligrosos: como es siempre peligroso el comienzo de toda empresa que todavía no alcanza a vislum- brar los riesgos y tropiezos que puede haber en su camino.

Y fueron esos los peligros que sabiamente observó doña Lucila; en su Discurso de Incorporación nos dice, a manera de advertencia:

"Desgraciada la mujer que pierde la noción del papel que Dios y la natu- raleza le han especialmente asignado. Porque entonces se dejará alucinar por las vanas promesas de una libertad y una felicidad que no pueden existir fuera de la plena posesión de sí misma en el desempeño de su na- tural vocación. Y una vez enredada en el diabólico engranaje de mentiro- sas ideologías, pierde hasta la sombra de esa libertad por la cual se sacri- fica y se degrada" .1

Y no estaba equivocada: concretándonos a la mujer venezolana, muchos han sido los escollos y amargos los sinsabores en estos últimos 40 años de vida nacional:

1 LuCIANI DE PÉREZ DfAz, Luc1LA. "Conceptos sobre d Feminismo", en Páginas Suel- tas, pág. 21.

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520 BOLETIN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA junto a una pretendida igualdad se han mantenido incólumes los problemas tradi- cionales y otros nuevos han surgido.

Nuestras leyes a favor de la mujer y del niño no han evolucionado al mismo ritmo en que lo ha hecho el país; de allí que las desigualdades y las injusticias sean aún más notorias: la madre marginal que multiplica sus esfuerzos al trabajar fuera de su casa para ganar el sustento de sus hijos, a la vez que cumple sus tradicionales y agotadoras tareas hogareñas, en la mayoría de los casos es una víctima de la pa- ternidad irresponsable de un hombre que por su condición de tal no sufre la sanción moral de una sociedad indiferente, ni la sanción legal de una legislación inadecuada a la realidad actual.

Y aun aquellas mujeres de otro nivel económico y social que creen haberse li- berado por el sólo hecho de competir en Universidades y oficinas con los hombres, ejerciendo cargos de importancia al igual que ellos, con las mismas o mayores res- ponsabilidades, si se quiere, pueden mantener este mito durante las horas de trabajo, pero no así al retornar al hogar, donde tanto el marido como los hijos, olvidando su condición de profesional y de intelectual, sólo ven en ella a la esposa y a la madre, a quien en todo momento recurren para recordarle, directa o indirectamen- te, que nunca ha dejado de ser simple ama de casa, situación ésta que sólo es capaz de superarse por el amor a la familia, por el respeto a la tradición y, fundamental- mente, por la sensibilidad y responsabilidad que le da su misma condición de mujer.

La liberación femenina en nuestro medio es sólo un mito que la mujer acepta como una realidad creyendo ver superado así su deseo de igualdad y que el hombre recibe satisfecho como un factor más de conveniencia personal.

Las ideas feministas se abocan hacia dos vertientes: una, la más peligrosa, es aquella en que la mujer confunde libertad con libertinaje y que, es obvio, va en detrimento del hogar y de los hijos. La otra, menos peligrosa y más positiva para la institución familiar, es la que permite la superación intelectual de la mujer sin pro- ducir un descalabro en el hogar. Es esta última forma difícil, por cierto, de lograr, y sólo se obtiene cuando la mujer consigue cultivar su intelecto e integrarse a la vida cultural del país, pero manteniendo prioritariamente su deber de madre y esposa. Es una actitud que tal vez podría denominarse heroica y que casi nadie le reconoce a la mujer de hoy: es una realidad que a diario se repite en miles de ho- gares venezolanos.

Pionera triunfadora en estas lides fue doña Lucila: brillantemente supo com- binar las rigideces del pensamiento con las vivencias del corazón. Ante esa estupenda simbiosis de espiritualidad, su recuerdo se mantine vigente. . . vigencia orquestada por su vida y por su obra. Por eso, respeto su memoria y admiro su intelecto.

Señores.

PALABRAS DEL DR. GONZALO PEREZ LUCIANI

Todavía recuerdo yo, perdón!, recordamos los hermanos hijos de doña Lucila de Pérez Díaz, porque a nombre de todos hablo hoy, que ella se negaba a rehusar el honor, que para ese entonces presentía, de que su retrato figurara al lado de tan

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sabios e ilustres hombres de letras que la habían precedido en la vida y en la muerte y cuyas efigies ornamentan y honran los muros de esta Academia.

También venían a mi memoria las frases de uno de mis poetas preferidos, en un pasaje donde señalaba que " ... los honores deben otorgarse a aquellos que, me- reciéndolos, los desean y los solicitan ... " A lo cual añadía "No es piadoso abrumar con honores al que no los quiere ni los pide".

Es fácil imaginarse el por qué una persona de letras, o un "intelectual" como se dice hoy, rehuse honores y distinciones. La persona que escribe, en el sentido más alto de esta expresión, se le presenta con frecuencia al reexaminar lo escrito, la angustia y la sorpresa por las cosas importantes que debió expresar y no lo hizo, de- jando de manifiesto su ignorancia o ligereza; así como también, a veces, la grande o pequeña vergüenza de cosas puestas de manifiesto que no merecían ver la luz y hubiera sido mejor guardarlas o meditarlas con mayor profundidad. Son pensamien-

tos con sabor a cenizas muy propios de los que hacen profesión de los talentos del espíritu o de la ciencia.

A veces también es una orgullosa modestia, de quien pondera su valor como el puesto en la propia obra y no en la alabanza ajena. En mi madre, en nuestra ma- dre, de talento reflexivo y en lucha contra su propio escepticismo, debió privar lo que podría llamarse esta desazón intelectual.

Nosotros, los hijos de doña Lucila de Pérez Díaz estamos hoy aquí, contradi- ciendo su voluntad cuando vivía, por dos motivos fundamentales. El primero, por- que nos ha parecido un contrasentido que una historiadora no quisiera dejar huella o ·testimonio de su paso por la historia.

Parafraseando a un insigne filósofo y ensayista, la vida, nuestra vida, se ve empujada incesantemente por el pasado, que como un vendaval mágico sopla el pretérito sobre la espalda de nuestra existencia. El hombre y todo lo humano que existe en él es realidad histórica, porque el hombre está hecho de pasado, porque su espalda, que es una de sus partes, es su pasado, un pasado perennemente presente.

El filósofo Hegel dijo una vez que, cuando dirigimos la mirada al pasado, lo primero que vemos es sólo ruinas. Hacer historia es, desde nuestro presente, recoger, reunir, reconstruir aquellas huellas, restos, residuos, señales para ir reconstruyendo una serie de presentes ya fenecidos. Toda historia -continuando con la paráfrasis que hemos iniciado antes- es una reviviscencia de lo que parecía muerto.

Creemos que el retrato de nuestra madre en este salón es sólo la señal, el indi- cio o la guía de la obra que dejó escrita y que puede servir a otros para revivir lo que parecía muerto.

En segundo término, debemos acatar la voluntad de la Ley y el Estatuto crea- dor de esta Corporación, que ordena este homenaje póstumo a las personas que se han distinguido como historiadores, reconociendo que quien en vida acepta ser dis- tinguido con las palmas de académico, queda expuesto, por lo mismo, a soportar los honores que se le tributen después que ha dejado de existir.

No nos queda, por último, sino agradec~r, conmovidos, todas las expresiones elogiosas que nos llenan de un orgullo inmerecido. Gracias al Dr. Bruni Celli y a la Dra. Ermila Troconis de Veracoechea. Gracias a los señores académicos. Gracias a todos los presentes.

Señores.

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