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El árbol. Tomado de

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Academic year: 2021

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El árbol

Un día de Verano,

cuando hacía muy poco que había salido el Sol y la mañana estaba muy agradable, Javier salió de su casa. En su espalda llevaba una mochila. Y dentro de la mochila tenía todas las cosas que llevan los niños y las niñas cuando van a la

escuela. ¿Qué cosas? Pues, por ejemplo, un cuaderno de rayas y otro de cuadritos, un estuche con lápices de colores, un

sacapuntas, una goma de borrar... Y otras cosas por el estilo.

Es lo que hacía Javier todos los días que fueran Lunes,

Martes, Miércoles, Jueves o Viernes, es decir, todos los días que se montaba en el autobús que le llevaba a la escuela.

Así que Javier bajó las escaleras de su casa y cogió el caminito que llega hasta la acera, donde está la parada de autobús. Pero antes de llegar, escuchó un ruido muy especial que venía del cielo. Miró hacia arriba, justo donde está el viejo árbol, y se encontró con Marramiau. Marramiau es el gato de Javier y de su familia. Javier vive con su mamá Clara, su papá Ernesto, su hermano mayor Carlos y su pequeña hermanita Celia.

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En el jardín de la casa de Javier hay un árbol. Es muy grande y muy viejo. Es un nogal. Y resulta que, justo en su rama más grande, se encontraba Marramiau, desolado y sin saber qué hacer. Los gatos hacen mucho eso: se suben a los árboles, como unos valientes, pero después no se atreven a bajar, y se quedan arriba esperando que alguien pase y les baje.

Javier miró a su gato y no pudo aguantar la risa. “Pero bueno”, dijo, “¿Qué haces ahí, Marramiau? ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!”.

Como tenía el tiempo justo para coger el autobús del colegio, Javier dejó de reírse y decidió subir al árbol para coger a

Marramiau. El nogal tenía algunas hendiduras y a Javier no le resultó muy difícil subir por el tronco, deslizarse por la gruesa rama y llegar hasta su gato. Lo agarró fuerte y le dijo “¡Vamos a ver ahora cómo te portas! ¿Cómo se te ocurre subir a un sitio del que no puedes bajar?”. Fue a dar media vuelta para bajarse, pero sintió miedo. Desde la rama se veía el suelo muy lejos, muy abajo. Así que Javier se quedó abrazado a Marramiau, sin moverse. Desde allí arriba, Javier vio cómo el autobús llegaba y se marchaba sin él.

¡Carlos! ¡Carlos!”, comenzó a gritar Javier. Su hermano Carlos era, sin lugar a dudas, la persona con mejor oído que conocía. Era capaz de escuchar el peo de una hormiga a cien metros de distancia. Bueno, eso le había dicho Esteban, su mejor amigo. Por eso le estaba llamando. Desde la copa del

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nogal hasta la casa, con todas las puertas y ventanas cerradas, había mucha distancia. Sólo Carlos podría escucharle. Javier pensó que no se había portado bien riéndose de Marramiau, así que le dijo “Perdona, gatito. Ya ves, me reía de tí porque te habías subido al árbol y no sabías bajar y mírame ahora, estoy como tú”.

Carlos escuchó los gritos de su hermano y salió corriendo de la casa. Estaba muy preocupado. Miró su reloj y vio que Javier tenía que haber cogido el autobús. ¿Cómo es que

todavía estaba por ahí y le estaba llamando?. “¿Javier? ¿Dónde estás?”, gritó. “¡Aquí! ¡Aquí, Carlos!”, le respondió Javier.

“¡No te veo Javier! ¿Aquí? ¿Dónde es aquí?”, seguía

preguntando Carlos. “¡Aquí arriba! ¡En el nogal!”. Carlos miró hacia la copa del viejo árbol y vio a su hermano con Marramiau en los brazos. “¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¿Qué haces ahí arriba, pedazo de alcornoque? Verás como se entere mamá. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!”. Javier le respondió diciendo “¡He subido para salvar a Marramiau!”.

Carlos se reía mientras iba subiendo el nogal, hasta llegar a la altura de su hermano. Le cogió de un brazo y le dijo

“Ahora agárrate bien a mí, voy a bajaros a los dos”. Cuando Carlos miró hacia abajo y vio lo lejos que estaban del suelo, se quedó parado. Miró a su hermano y le dijo “Oye, Javier, esto está muy alto”. Y no dijo nada más. Se quedó ahí, sentado en la gran rama, agarrado a otras ramas más pequeñas que había alrededor. “¿Es que no vamos a bajar, Carlos?”, le preguntó

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Javier. “No, no me atrevo, tío. Miro hacia abajo y me cago de miedo. ¡Ay! ¡Qué alto está esto!”, le respondió Carlos.

Así que ahí estaban los tres, Marramiau el gato, Javier el hermano pequeño y Carlos el hermano mayor. Habían subido y ya no sabían bajar. Y ¿Qué hicieron? Pues comenzaron a chillar muy fuerte, llamando a su padre, que estaba dentro de la casa.

Ernesto, el papá de Javier y Carlos, era músico.

Componía canciones con un ordenador y muchos aparatos.

Después llevaba las canciones a una empresa y la empresa hacía discos y cintas de música con las canciones de Ernesto.

No era famoso, así que vivían muy tranquilos, como gente normal y corriente.

Carlos y Javier chillaban como locos “¡Papá! ¡Papá!

¡Socorro, papá!”. Ernesto solía poner la música muy alta, por lo que era difícil que llegara a escuchar a sus hijos pidiendo socorro. Pero, de vez en cuando, quitaba la música y

descansaba un poco. Javier y Carlos tenían que llamarlo

durante mucho tiempo, esperando que les escuchara en uno de esos momentos en los que su papá descansaba de la música.

Y eso fue lo que pasó. Cuando Ernesto apagó el ordenador, para repasar unas partituras que había hecho, escuchó a sus hijos llamándole. Se asustó mucho, muchísimo.

¿Cómo es que oía a Javier, si Javier tenía que estar en la

escuela? Así que salió corriendo escaleras abajo y se precipitó

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en el jardín. Cuando apareció por la puerta, Javier y Carlos se pusieron muy contentos y le siguieron llamando “¡Papá! ¡Papá!

¡Aquí! ¡Mira aquí arriba! ¡Estamos en el árbol! ¡Papá! ¡Mira aquí, en la copa del nogal! ¡Socorro, papá!”. Ernesto miró hacia la copa del árbol y vio a sus hijos y al gato. Se sentó en el suelo del jardín, para recomponerse. Se había llevado un buen susto. Llegó a creer que a sus hijos les había pasado algo grave. Pensó en enfadarse, pero en lugar de eso, no sabía por qué razón, rompió en una sonora y larga carcajada.

Ernesto estaba rodando por el suelo del jardín, riéndose con la boca muy abierta. “¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Qué gracioso!

¡Esperad! ¡No os mováis, que voy a por la cámara de fotos! ¡Ja!

¡Ja! ¡Qué graciosos estáis ahí arriba con esa cara de patata!

¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Que me parto!”. Y ahí siguió durante un buen rato. Ni siquiera fue hacia la casa para coger la cámara de fotos. “¡Papá! ¡Por favor! ¡Que me estoy muriendo de miedo!”

Le dijo desde arriba, Javier, que ya se estaba poniendo un pelín nervioso. “Pero bueno”, dijo el papá, “¿Cómo es que

estáis ahí?”. Carlos le respondió: “Verás, papá, subí para salvar a Javier que quería salvar a Marramiau”.

Ernesto subió al árbol. Llegó hasta la rama donde se encontraban sus hijos y Marramiau. Los abrazó. Les dijo algo así como que tuvieran cuidado.

Y ahí se quedó.

Al papá de Javier y de Carlos le entró tanto miedo

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cuando miró hacia abajo, desde aquella gruesa rama, que no dijo ni una sola palabra más. Se tumbó encima de la rama y se abrazó a ella. “¡Pero, papá! ¿Tú también?”. Carlos miró a su padre y le dijo, con el tono de voz que tiene una persona cuando está un poco enfadada, “¡Qué, papá! No tiene tanta gracia ¿Verdad?”.

Y ahí estaban los cuatro: Marramiau, Javier, Carlos y Ernesto. Todos subidos en la gruesa rama del viejo árbol.

Nadie se atrevía a bajar. Y ¿Qué hicieron?. Nada. Ya no sabían qué hacer, puesto que toda la familia estaba en la copa del nogal. Sólo les quedaba una esperanza.

Llegó el mediodía y un coche aparcó en la acera. La puerta se abrió y bajó una mujer vestida de color verde. ¡Era Clara, la mamá de Javier y Carlos!. Venía con Celia cogida de una mano. Acababa de recoger a su hijita desde la guardería.

En la otra mano traía una maleta. El primero en verlas fue

Marramiau, que se puso a maullar con todas sus fuerzas “¡Miau!

¡Miau! ¡Supermiau! ¡Ultramiau! ¡Requetemegamiaaaauuuuu!”.

Los maullidos de Marramiau alertaron a la familia, por lo que todos dijeron a una “¡Maaamiiiiiii!”.

Clara miró hacia la copa del árbol y al ver a toda su familia arriba, se le calló la maleta de la mano y se quedó boquiabierta.

Celia miraba fijamente. Clara les dijo “¡Pero, pero, pero! ¿Qué hacéis ahí arriba? ¿Cómo es que Javier no ha ido a la escuela?

¿Ernesto? ¿Se puede saber qué estáis haciendo?”. Ernesto le

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respondió “¡Clarita! Subí para salvar a Carlos que subió para salvar a Javier que quería salvar a Marramiau ¡Hemos subido y ahora no podemos bajar! ¡Nos ha entrado miedo!”.Clara se sentó en el suelo del jardín y se quedó mirando la escena. De repente, se puso a reír. “¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Je! ¡Je! ¡Ju! ¡Ji! ¡Ju! ¡Ay, que me parto!”. Se reía tanto que le salían lágrimas. Y así

estuvo un buen rato. Después les dijo “¡Esperad ahí un momento, que voy a por la escalera!”.

Y eso hizo. Clara fue a por la escalera, que pesaba un poco. Pero ella era muy fuerte. Aunque trabajaba en una

oficina y estaba toda la mañana sentada, todas las tardes hacía ejercicio. Así que pudo con la escalera, la apoyó sobre el nogal y subió. “¡A ver, cómo están mis hombres!”, dijo al llegar hasta la gruesa rama. En ese momento, le dio sin querer al último

peldaño de la escalera y ésta se cayó al suelo.

Todos se quedaron mirando el jardín. Estaban en una rama de un nogal y no podían bajarse. Clara también tenía miedo y se había abrazado a Ernesto, que seguía abrazado a la rama. “Y ahora ¿Qué hacemos?”, preguntó Clara.

Entonces, ocurrió algo muy interesante.

Celia dijo desde abajo “Noz movaiz. Voy a cogé una coza. Abazao fuete. Ada vengo”. Y se metió entre unos arbustos del jardín. Un minuto después salió con una cuerda de saltar a la comba. “¡Mida qué tengo! ¡Mida qué tengo!”. Ató un extremo de la comba al último peldaño de la escalera y lanzó

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el otro extremo hacia arriba. Hizo muchos intentos hasta que Carlos consiguió coger la cuerda. Ernesto tiró y tiró de la comba, hasta que consiguió poner la escalera de pie, apoyada al árbol.

Con mucho cuidado, fueron bajando. Primero bajó mami.

Con cara muy seria. Después bajó papi. Con cara muy seria.

Después, lo hizo Carlos. Con cara muy seria. Después, Javier. Con cara muy seria. Y, por último, Marramiau, que estaba loco de contento.

Todos le dieron las gracias a Celia, la única de toda la familia que, en vez de reírse de los demás, había encontrado la solución. “Tenemos mucho que aprender de ti”, le dijo su papá.

Y, colorín colorado, todos los del cuento ya se han bajado.

Vicente Manzano-Arrondo

Referencias

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