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PÁGINAS LIBRES. Manuel González Prada

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PÁGINAS LIBRES

Manuel González Prada

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González Prada, Manuel, 1844-1918

Páginas libres / Manuel González Prada; presentación, Cristancho Duque; Estudio crítico, Rufino Blanco Fombona; Desde Lima con Manuel González Prada, César Vallejo.

Colombia: Ediciones Letra Dorada, 2022 352 pp.

ISBN: 978-958-49-5261-5

1. Literatura 2. Prosa de no ficción 3. Ensayos literarios 4. Discursos 5. Ensayos peruanos

Título: Páginas libres Ediciones Letra Dorada Colección Fundadores www.edicionesletradorada.com

Diseño y diagramación: Cristancho Duque [email protected]

De la presentación: © Cristancho Duque

Se permite la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio, siempre que se tenga la autorización por escrito del titular de los derechos.

Impreso y hecho en Colombia / Printed and made in Colombia

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un rigoroso cuidado editorial, las obras de aquellos hispanoamericanos que con su pensamiento han, de alguna manera, fundado pueblos. Considera- mos que, más que la espada y los pliegos de cartón pintado, son las ideas y las literaturas las que les dan vida e identidad.

Nuestro enfoque es y será siempre el de la liber- tad, distinguiendo sólo la honestidad en las ideas y la calidad en la expresión.

Esperamos así poner a su disposición material valioso, necesario y suficiente para comprender nuestros orígenes y nuestras realidades, condición sine qua non para emprender el camino que nos conduzca a la libertad, individual y colectiva, y a nuestra madurez y autodeterminación como pue- blos soberanos de ciudadanos libres.

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Estamos ante las páginas de una de las mentes más brillantes que ha parido el Perú: Manuel González Prada, poeta, ensayis- ta, ideólogo anarquista, precursor del indigenismo y del mo- dernismo americano, «inmensa montaña pensadora», maestro de una generación de gigantes (Haya de la Torre, Mariátegui, Valdelomar, Vallejo, Eguren, entre otros).

José Manuel de los Reyes González de Prada y Álvarez de Ulloa nace el 5 de enero de 1844, descendiente de una noble y antigua familia española. Su abuelo paterno, José González de Prada y Falcón, llegado a Buenos Aires como funcionario civil en 1809 y trasladado al Perú en 1810, participó en las represio- nes de la revolución de Cochabamba de 1810, en el Alto Perú, y de la rebelión de Huánaco en 1812. Sus padres, Francisco Gon- zález de Prada y Marrón y Lombera y Josefa Álvarez de Ulloa pertenecían a la rancia aristocracia conservadora y clerical de Lima. Su padre fue, además de insigne magistrado, vicepresi- dente de la república y ministro de Estado en el gobierno con- servador de Echenique. Peso a todo lo cual, Manuel fue siempre un rebelde, un inadaptado al orden establecido; enemigo del autoritarismo, el clericalismo, la plutocracia, el tradicionalismo, desde que tuvo consciencia de sí, para terminar convertido en un anarquista de primer orden, plebeyizado por convicción sin perder su señorío, disidente de cualquier tipo de autoridad que no fuera la de sus propios principios.

Tras la caída de Echenique, en 1855, la familia González de Prada y Álvarez es desterrada a Chile, donde Manuel tiene sus

Presentación

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primeros acercamientos a las literaturas inglesa y alemana en el Colegio Inglés de Valparaíso, hasta 1857, año en que regresan a Lima. «Harto de clérigos y latinajos», Manuel escapa del Semi- nario de Santo Toribio en 1860, y en 1863, muerto ya su padre, del Convictorio de San Carlos. Desde entonces, Manuel Gonzá- lez Prada sería un incansable autodidacta, de esos hombres que se hacen a sí mismos.

Su lucha contra la vieja tradición española y, cabe decirse, contra la propia España, se remonta a 1866, año en que parti- cipa en la defensa del Callao contra la «Expedición científica»

que había bombardeado ya el puerto chileno de Valparaíso y apoderádose de las Islas de Chincha.

Entre 1871 y 1879 vivió prácticamente aislado de la socie- dad, lejos del bullicio de la afeminada Lima, entregado a la lec- tura, al estudio, a algunos experimentos químicos y a escribir versos en la hacienda familiar en Mala. Este tiempo le serviría también para entrar en contacto con los indios de la región y conocer el estado en el que vivían, al tiempo que «se aquilataba y afirmaba su genio, su voluntad se endurecía y disciplinaba para las luchas futuras»1.

Uno de los sucesos más determinantes en la vida y en la obra de Manuel González Prada fue la Guerra del Pacífico, durante la cual se alistó en la reserva a principios de 1880. Para el 15 de junio de 1881, fecha de la toma de Miraflores, había sido ya ascendido a teniente coronel. Este descalabro militar, junto con la ocupación de Lima un día después, fue uno de los principales sucesos que atizarían su aversión política por el golpista Nicolás de Piérola:

Nos vuelve cera y pabilo el enano Perinola;

nos chupa el alma y el quilo,

1. Carlos García Prada, Introducción a González Prada, Antología poética.

México: Editorial Cultura, 1940. p. xiv.

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nos vuelve cera y pabilo;

mas que no duerma tranquilo, pues vendrá la batahola, y ¡adiós la cera y pabilo del enano Perinola!2

Durante la ocupación chilena, González Prada permaneció encerrado en su casa, por evitar ver el rostro del invasor, símbo- lo de la deshonra peruana.

En octubre de 1883 se firma el Tratado de Ancón, humi- llante para el Perú, por medio del cual se entregaban a Chile las provincias de Tarapacá, Tacna y Arica. Este vejamen conduci- ría a una guerra civil entre las fuerzas de Miguel Iglesias, para ese entonces presidente provisional, y las de Andrés Cáceres, férreo opositor a la ocupación chilena, quien derroca a Iglesias en 1885.

Es en este contexto, en medio de «toda aquella división de castas, todo aquel egoísmo de unos cuantos amos, toda aquella sumisión de la indiada irredenta, toda aquella imprevisión de los dirigentes, todas aquellas guerras civiles, toda aquella igno- rancia del pueblo, todo aquel despilfarro de los señores, toda aquella literatura de imitación, todo aquel religiosismo fanáti- co», mientras los que se dicen escritores callan o hablan apenas a media voz o, lo que es peor, besan la bota que los pisotea, y bajo el oprobio de la ocupación chilena, que nace el prosista de las Páginas libres. Es sobre todo la herida recién abierta de la ocupación lo que moverá la pluma de González Prada de los versos a la prosa combativa.

Brillante incursión la suya en esta prosa de largo aliento y bien acompasada, de «frases duras y frías como la hoja de una espada», sobria y ágil, serena y a la vez movida por imágenes que como olas hacen saltar el espíritu y el corazón del lector,

2. Publicado en el Germinal de Lima el 4 de febrero de 1899. Tomado de González Prada, Antología poética. Introducción y notas de Carlos García Prada. México: Editorial Cultura, 1940.

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clásica mas no clasicista, del tipo de lo clásico de siempre, que no pasa de moda porque nunca se rebaja a serlo; con la dosis justa de retórica que daba fuerza a su discurso sin disfrazarlo, sin profanar jamás su hermosa y a menudo amarga desnudez.

Fiel heredero de la tradición grecorromana, su mármol no es el de Paros ni el de Carrara, sino el del Siglo, el de su propio tiempo, que se le ofrecía con la naturalidad con que se ofrece una mujer que sabe amar. Por diferenciarse de sus contempo- ráneos se le llamó «el menos peruano de nuestros escritores»;

esto quería decir en realidad que era el menos español, pues lo peruano en literatura apenas empezaba a vislumbrarse con la obra de este coloso que vociferaba como un viejo profeta, contra lo viejo.

Es en 1885 que inicia la carrera de prosista de González Pra- da con su apología a Miguel Grau —aguerrido comandante de la Marina en la Guerra del Pacífico— que abre la segunda parte de esta obra. En 1886 se para en la tribuna del Ateneo de Lima para pronunciar una conferencia plena de un vigor hasta en- tonces inédito en la joven república. Esta irrupción de Prada en el ámbito nacional es la detonación que un país como el Perú de entonces, mustio y atolondrado por los golpes, requería para salir de su letargo, recobrar la fuerza en el músculo, la fe en el porvenir, y lanzarse a la construcción de su propio proyecto.

«Si los hombres de genio son cordilleras nevadas, los imi- tadores no pasan de riachuelos alimentados con el deshielo de la cumbre»: con esta genial sentencia inicia la conferencia en el Ateneo de Lima. Es un ataque a la imitación literaria que pro- fesan los autores peruanos, un llamado a crear una literatura propia, a dejar de imitar a los autores españoles del pasado: «los literatos de América y del siglo xix seamos americanos y del siglo xix». Se refiere sobre todo a la imitación desmesurada de las rimas becquerianas de «dos cuartetas asonantadas» y de la prosa de Severo Catalina y de José Selgas.

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Esta preocupación suya por una literatura original y pro- pia está, por supuesto, encaminada a la creación de una iden- tidad nacional, al surgimiento y consolidación de una patria, pues era consciente de «la íntima relación entre las serenatas al Virreinato en literatura y el dominio de la casta feudal en eco- nomía y política»3. Así, exclama: «Volvamos los ojos a los auto- res castellanos, estudiemos sus obras maestras, enriquezcamos su armoniosa lengua; pero recordemos constantemente que la dependencia intelectual de España significaría para nosotros la indefinida prolongación de la niñez». Hace pensar en aquella sentencia de Vallejo: «La autoctonía no consiste en decir que se es autóctono, sino en serlo efectivamente, aunque no se diga», cuando proclama: «Y no tomemos por americanismo la prolija enumeración de nuestra fauna y de nuestra flora o la minuciosa pintura de nuestros fenómenos meteorológicos, en lenguaje sa- turado de provincialismos ociosos y rebuscados». ¿Qué habría pensado este viejo león de haber tenido que sufrir el indigenis- mo indigesto de ciertos vanguardistas peruanos de finales de la tercera e inicios de la cuarta década del siglo xx?

Al iniciar la lectura de estas Páginas libres, de inmediato se nos revela la idiosincrasia positivista de su autor, como era na- tural en el siglo xix, en que «la Ciencia, la Razón y el Progreso fueron los mitos del siglo»4. Sin embargo, con más fuerza se nos revela su espíritu idealista, de ese idealismo fundado en la expe- riencia, «independiente de dogmas religiosos y de apriorismos metafísicos» de que nos habló José Ingenieros. En ese idealismo ponía González Prada el optimismo que no le inspiraba la rea- lidad inmediata. Y era ese idealismo el que no lo dejaba caer, aunque a veces parezca lo contrario, en el cientificismo que no hace sino reemplazar una religión por otra, como ocurre hoy cuando la juventud «de vanguardia» parece no darse cuenta, o

3. José Carlos Mariátegui, 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana (3ª ed.). Caracas: Biblioteca Ayacucho, 2007. p. 215.

4. Ibidem, p. 217.

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no querer darse cuenta, de los estragos que el culto a la Razón provocó en el siglo xx —por no mencionar el Terror del xviii—

ni de los que está causando el culto al Progreso en el siglo xxi, con sus hogueras inquisitoriales y la autoridad de que le inviste una Ciencia de caricatura que ya no enseña a dudar de sí mis- ma. De ser González Prada testigo de tal espectáculo, su ánimo siempre joven se avergonzaría de semejante anacronismo.

Es posible que hoy no encontremos muy «actuales» sus obras, pero es que muchas de sus ideas, de carácter general, no pertenecen a una época sino que son de siempre, como las de un Marco Aurelio. Con ideas de siempre arengaba y aguijonea- ba la voluntad de los hombres de su época. En general carece de ideas nuevas y se dedica a repetir verdades inmortales en la lengua de su tiempo y aplicadas a la situación de su país, y es quizá por eso que perdura en el espíritu de sus lectores. En últimas, lo que más se admira es su carácter: fuerte, honrado, viril y dispuesto.

En el discurso en el Palacio de la Exposición, González Pra- da asume la presidencia del Círculo Literario, fundado en 1885 bajo la égida de Luis Márquez, quien moriría en 1888. Esta agru- pación nacía como contraparte al Club Literario —ya excluyen- te en el nombre— de Ricardo Palma, al cual había pertenecido el joven González Prada, para emprender «una cruzada contra el espíritu decrépito de lo pasado, una guerra contra todo lo que implique retroceso en la Ciencia, en el Arte y en la Litera- tura». En mayo de 1891 el Círculo Literario se convierte en el partido político radical conocido como la Unión Nacional, de tendencia federalista y antimilitarista. Sin embargo, como nos lo deja claro en su discurso en el Palacio de la Exposición, la lucha política de González Prada estaba en el campo de batalla de la literatura, no en los salones perfumados de intriga de los cortesanos.

Mariátegui nos recordaba varios años después que González Prada «no legó un programa a la generación que debía venir

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después»5, mas hay que recordar también que sin su voz poten- te y diagnóstica, aunque no prescribiera, una generación como la de aquél habría tardado varias décadas más en aparecer.

Hombre de fuertes contrastes, que prefería, al contrario que su Renan, a la duda la afirmación o la negación rotundas, que no temía usar de categorías tan perentorias como «bueno» y

«malo», «bondad» y «maldad», al igual que Renan no podía escapar de las contradicciones. Siendo un solitario, no pudo resistirse al llamado de las masas. Al tiempo que deploraba la guerra, alababa el ardor bélico. Comparando su poesía con su prosa, se revela «inferior a sí mismo»: alambicado y rudo, re- tórico y natural. De espíritu anárquico, lo vemos convirtiendo un grupo literario en partido político, al que luego abandonará a su suerte. Les tocaría a otros diseñar los programas políticos, a otros ser los hombres de Estado. González Prada estaba allí para señalar y atacar, para destruir y allanar las ruinas donde otros debían construir.

Su discurso más célebre es el leído en el Teatro Politeama el 29 de julio de 1888, en el marco de la gran colecta nacional organizada por los escolares de Lima con el fin de reunir mil soles para rescatar las provincias de Tacna y Arica. En este dis- curso, leído por un estudiante y al que asistieron el presidente, sus ministros y, en definitiva, la alta aristocracia limeña, Gon- zález Prada se despacha contra todo lo rancio de la república y acusa a los culpables del fracaso ante Chile, que en definitiva

5. Ibidem. p. 213. Acaso Mariátegui, a pesar de la admiración que sentía por él, no le perdonara a Prada su individualismo, el haberse decantado por el Anarquismo en lugar del marxismo. En el mismo texto dice: «Su espíritu individualista, anárquico, solitario, no era adecuado para la dirección de una vasta obra colectiva» (p. 217), y más adelante: «Fracasado el partido radical, dio su adhesión al lejano y abstracto utopismo de Kropotkin. Y en la polémica entre marxistas y bakuninistas, se pronunció por los se- gundos. Su temperamento reaccionaba en éste como en todos sus con- flictos con la realidad, conforme a su sensibilidad literaria y aristocrática»

(p. 218).

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son todos los peruanos de las generaciones anteriores a esos niños que «se juntan hoy para dar una lección a los que se acer- can a las puertas del sepulcro», pero sobre todo a gobiernos e hipócritas gobernantes. Condena la versatilidad en el amor a los amigos y en el odio a los enemigos y acusa la ignorancia y servilismo del pueblo peruano como sus verdaderos verdugos.

Invoca el odio al invasor chileno al tiempo que hace un llamado a no desesperar, a tener paciencia y fe en el porvenir. Allí es pro- nunciada una sentencia que perduraría en la memoria de sus seguidores y detractores: «¡Los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra!». Los viejos son quienes, más allá de su edad, se aferran a los errores y los vicios del pasado; los jóvenes son quienes, como él, se aperciben a enmendar esos errores y extirpar los tumores que corrompen a su pueblo. A ellos parece decirles con Quasimodo:

Olvidad, oh hijos, las nubes de sangre que suben de la tierra, olvidad a los padres:

sus tumbas se hunden en las cenizas, las aves negras, el viento, cubren su corazón.6

De su generación insiste en afirmar que no ha habido gene- ración que herede un Perú más destruido y por hacer:

De todas las generaciones nacidas en el país somos la gene- ración más triste, más combatida, más probada. El terremoto derriba nuestras ciudades, el mar arrasa nuestros puertos, la helada y las criptógamas destruyen nuestras cosechas, la fiebre amarilla diezma nuestras poblaciones, la invasión extranjera tala, incendia y mata, y la guerra civil termina lo que la inva- sión empieza. A nuestros pies se abre un abismo, a nuestros costados se levantan dos muros de bronce; pero ¡no desma- yemos! Imitemos al Gunnar de las leyendas escandinavas, al héroe que entona su himno valeroso, mientras en su cuerpo se enroscan serpientes y se apacientan víboras.

6. Salvatore Quasimodo, Hombre de mi tiempo. Versión de Carlo Frabetti.

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Y luego sigue diciendo que «ninguna generación recibió herencia más triste, […] ninguna tuvo deberes más sagrados que cumplir, errores más graves que remediar ni venganzas más justas que satisfacer».

La guerra con Chile es el tema principal de la segunda parte del libro, y en la tercera se vuelca hacia la religión: clericalismo, fanatismo, instrucción religiosa, censura literaria y periodística, inundación de congregaciones, intransigencia y perjuicio tanto de obispos «que todavía guardan en sus cerebros el pliegue de la Edad Media» como del solapado sacerdote extranjero, que

«procede con dulzura y miramientos, con lentitud y cautela», pero trabaja y corroe «como las hormigas blancas en el madera- je de una casa o las madréporas en las aguas del mar; notamos la magnitud de la obra cuando las vigas se desploman sobre nues- tra cabeza o el arrecife despedaza la quilla de nuestro buque».

Al final de esta tercera parte retoma el ataque político con el artículo Propaganda y ataque, acaso el más radical de todos, es- pecie de compendio de los anteriores, en el que empieza, como en la conferencia en el Ateneo, criticando duramente la medio- cridad y venalidad de la literatura peruana y prosigue contra el catolicismo para despacharse luego contra pueblo, congreso, poder judicial y gobierno, en los que «todo fermenta y despide un enervante olor a mediocridad». «Hoy el Perú es organismo enfermo: donde se aplica el dedo brota pus», sentencia. Propa- ganda y ataque son las labores primordiales del escritor: propa- ganda a las reformas sociales y ataque a política y políticos. Acá es evidente su carácter anarquista: «el escritor debe inferirse en la política para desacreditarla, disolverla y destruirla». Para él ya el Dios-Iglesia está dando sus últimos estertores, y se afana por que el Dios-Estado corra con la misma suerte. Parece decir con Thoreau: «El mejor gobierno es el que gobierna menos», aunque aún se le ve un tanto contenido, tímido para dar el si- guiente paso y concluir que «el mejor gobierno es el que no gobierna en absoluto».

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Ya en la cuarta parte se ocupa de la crítica literaria. Amante y partidario como fue de la literatura francesa, así como feroz e inclemente con la literatura española de su tiempo, luego de ha- cer apología a Victor Hugo, «el poeta del Siglo», que acababa de morir, y a Renan, con quien es igual de dulce en el elogio como en el reproche, la emprende contra Valera y Castelar. De Valera dice que se cree poeta, y viéndolo ya en el suelo, como el toro que se dispone a morir, no hace la del buen matador que pide a sus subalternos dejar morir en paz al animal, sino que más se ceba con él y no le propina el tiro de gracia sino hasta después de haber fingido benevolencia: al final, al igual que hacía el mis- mo Valera en sus críticas, aplica González Prada un cataplasma en las heridas de aquél y lo hace figurar, cuando ya el daño está hecho, «como uno de los talentos más cultos y más variados de España y aun de Europa», para enseguida terminar de dilapi- darlo. A Castelar lo llama «ilustre calamidad»; inmaduro, su- perficial y discordante en las ideas, en el estilo «los sustantivos de Castelar desfilan con sus adjetivos como interminable hilera de cojos y paralíticos apoyados en sus muletas».

Prosigue la crítica literaria al inicio de la quinta y última parte de esta obra, donde el propinador de palizas se ocupa de Núñez de Arce, primero reconociéndole los «títulos de reye- cía literaria en Raimundo Lulio, la Pesca, el Idilio, la Visión de Fray Martín y algunas diez producciones más, que vivirán tanto como la lengua castellana», para después destruir la que segu- ramente el autor contaba entre sus más grandes obras e incluso considerara quizá la mayor de ellas: Los Fragmentos de Luzbel.

Aquí sale a relucir el González Prada aficionado a la Química y peca de fastidioso al juzgar los versos del poeta español con toda la severidad con que un científico calificaría los exámenes del alumnado en una facultad de Ciencias. Claro, era el siglo xix, en el que, talvez más que ahora, la ciencia creía, como di- cen aquellos versos de José Emilio Pacheco, «disfrutar del mo- nopolio eterno de la magia».

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Para abreviar, culmina esta última parte con las Notas acer- ca del idioma, donde expone sus propuestas sobre cómo debe escribir el escritor del siglo en Hispanoamérica: claridad, conci- sión, contemporaneidad, correspondencia entre lengua escrita y oral; en fin: que pueblo y escritores hablen la misma lengua.

Luego una maquiavélica apología a la Revolución francesa y, para terminar, un texto hermoso y brutal como la hoja de una cimitarra: La muerte y la vida. Aquí Prada es el filósofo pesi- mista, mas no tocado por el ácido corrosivo del nihilismo, que discurre sobre la condición humana con una antorcha en una mano y un machete en la otra. Si Nietzsche gustaba de filosofar a martillazos, aquí González Prada lo hace a machetazos, no in- ventando conceptos ni ideas nuevas, sino abriéndose paso por monte espeso en medio de la noche del espíritu.

En fin; en esta obra clásica americana, se nos presenta ínte- gro Manuel González Prada, con toda su sinceridad, su ente- reza, su honradez. Desde la esfera literaria, que era la suya, se nos revela en toda su dimensión cuando dice: «Sea cual fuere el programa del Círculo Literario, hay tres cosas que no pode- mos olvidar: la honradez en el escritor, la verdad en el estilo y la verdad en las ideas. […] sólo con la honradez en el escritor, sólo con la verdad en los escritos, haremos del Círculo Literario una institución útil, respetable, invencible». Pero también con sus dudas, sus amarguras y su desaliento: «Las frases homéricas

“Tierra-madre, dulce vida” ¿son ilusiones de poetas, o hay ins- tantes en que saboreamos la dulzura de vivir y contemplamos a la Tierra como buena y amorosa madre? Tal vez; pero en el combate diario, en casi todas las horas de nuestro desaliento, pensamos como Lucrecio: “Si los dioses existen, se bastan a sí, gozan tranquilamente de su inmortalidad sin acordarse de nosotros”», dice en el entierro de Luis Márquez. No hay en su escritura pose ni palabra vana: sólo el hombre desnudo con su verdad.

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Apenas un mes después de fundada la Unión Nacional, Pra- da parte para Europa con su esposa Adriana Chalumeau, des- pués de haber perdido dos hijos al poco tiempo de nacer, en 1889 y 1890. Parece ser que las condiciones que puso Adriana para el parto de un tercer hijo que esperaban fueron que no lle- vara el nombre de ninguno de los Prada, que no fuera bautizado y, sobre todo, que no naciera en el Perú. Así se hizo, y Alfredo González Prada, nacido en París en octubre de 1891, se con- vertiría en un importante editor (editó varias de las obras de su padre en Nueva York) y viviría hasta los cincuenta y dos años.

Siete años permanecen en Europa, entre España y Francia.

En esta última ciudad se publica la primera edición de las Pá- ginas libres, en 1894, la cual llegaría a Lima a finales del mis- mo año, siguiéndole el autor a finales de 1898, con un bagaje anarquista que lo lleva a atacar el partidismo —incluida a la Unión Nacional—, rechazar la candidatura a la presidencia de la república y, finalmente, en 1902, abandonar el partido que él mismo había fundado y dirigido en sus inicios. El convencido demócrata ha tomado la senda del Anarquismo, manifiesto en sus posteriores obras en prosa, como Horas de lucha (1908) y las póstumas Bajo el oprobio (1933), Anarquía (1936) o Propa- ganda y ataque (1938).

Censurado, atacado, difamado, «se prohibía que hablase en público, y él hablaba. Se impedía la impresión de los periódi- cos donde escribía, y él fundaba nuevos periódicos de vida pa- sajera»7, como él mismo denunció en su artículo Libertad de escribir. Probaban a comprarlo con cargos y prebendas, mas él permanecía incorrupto, señero, con su pluma afilada y su voz potente. El único cargo que llegó a aceptar, por convicción, fue el de director de la Biblioteca Nacional, cargo en el que reem- plazó a su vetusto rival literario e ideológico Ricardo Palma, cuya desastrosa dirección tuvo que enmendar el nuevo funcio-

7. Carlos García Prada, op. cit. p. xxiii.

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nario. Hasta allí fue a visitarlo Vallejo, poco antes de la muerte del limeño, tras lo cual escribió una breve y conmovedora cró- nica que incluimos aquí a modo de epílogo.

Muere Manuel González Prada, sin una queja, el 22 de julio de 1918, mientras se preparaba para salir de su casa rumbo a la biblioteca que ya no vería más su egregia y vertical figura. Al igual que Vigil, a quien retrata en la tercera parte de esta obra,

«murió de simple bibliotecario», y como él permanece «invul- nerable y de pie» en las afortunadas inteligencias que aún de- gustan sus palabras.

Volviendo a Vallejo, ocurre que al día de hoy la única noticia que muchos americanos tienen de González Prada es la dedi- catoria que de Los dados eternos le hiciera el poeta santiaguino:

«Para Manuel González Prada esta emoción bravía y selecta, una de las que, con más entusiasmo, me ha aplaudido el gran maestro». Para otros cuantos, serán los 7 ensayos de interpreta- ción de la realidad peruana el contacto con éste que, imagino, habrá pasado para muchos como un peruano más. «Venerado y temido en el Perú, pero casi desconocido en el ámbito latinoa- mericano a pesar de la recepción que llegó a tener en el primer tercio del siglo xx»8, pareciera que en casi la totalidad de nues- tra América lo hubiese cubierto el silencio, un silencio piano, no de escandalosa censura sino de polvoriento olvido. A inten- tar poner remedio a esta torpeza se orienta esta nueva edición de las Páginas libres, que inaugura nuestra Colección Fundado- res, repitiendo: «Día vendrá en que la América lo señale como a uno de sus más genuinos guías y normas de su fe. ¡Fe que será futuro a fuerza de inspirarse en lo pasado!»9.

Cristancho Duque

8. Isabelle Tauzin Castellanos, Manuel González Prada: Ensayos 1885-1916.

Lima: Universidad Ricardo Palma, Editorial Universitaria, 2009. p. xiii.

9. Carlos García Prada, op. cit. p. xxvi.

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I

Lima, en tiempos del Virreinato

Perú fue, como todos saben, el más opulento y poderoso virrei- nato de España en la América del Sur.

Del virreinato peruano dependían un tiempo: Nueva Gra- nada, Venezuela, Quito, Chile, Bolivia1 y Buenos Aires. Las más viejas y prestigiosas dinastías de Europa no gobernaron nunca tan vasto imperio como el que gobernaba desde Lima un sim- ple virrey español.

Lima era, puede decirse, y se ha dicho, la capital de la Amé- rica del Sur. En el siglo xvii y aun en el siglo xviii, no abunda- ban en el mundo las ciudades congestionadas, por lo menos en el grado que ahora conocemos a Londres, a París, a Nueva York, a Buenos Aires. Entonces Madrid,

Madrid, princesa de las Españas,

según el verso de Musset, traducido por Juan Clemente Zenea, si no me equivoco, era una ciudad que, considerada a la luz de

1. En términos estrictos, en la época del Virreinato no existía tal cosa como Bolivia, que, como sabemos, surge de un acto separatista y megalómano de Simón Bolívar. Lo que actualmente configura el territorio boliviano era para la época, en la mayor parte de su extensión, el Alto Perú. Así se cobraba el Libertador la caída de uno de los últimos bastiones realistas de Hispanoamérica. El presente texto, así como muchos de G. P., está lleno de idealizaciones, entre las cuales no son las menores la de la Indepen- dencia y la de la figura del mantuano. Que juzgue el lector. [N.E.]

Manuel González Prada

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las modernas estadísticas, pasaría por de cuarto o quinto orden.

En 1546, ya descubierta la América, tenía Madrid apenas 24.000 almas; en 1577, bajo el reinado del formidable Felipe II, no con- taba sino 45.422. Hasta el siglo xviii no llegó a los 100.000 ha- bitantes. ¡Y era la capital de un imperio gigantesco! Así Lima, capital de media América, apenas cuenta, según el censo del virrey Gil de Taboada, censo practicado entre 1790 y 1796, con una población de 52.627 habitantes: la tercera parte, poco más, poco menos, del Madrid de entonces. Es, sin embargo, una im- portante y bella ciudad de la época, la más bella e importante de la América del Sur.

Sus calles son rectas y amplias; sus edificios, de ladrillo y piedra. Posee jardines, paseos, fuentes de bronce en las plazas públicas. Tiene imprentas, periódicos, tres colegios, una Uni- versidad. Mil cuatrocientos coches se cruzan de diario en sus carreras. Innúmeros títulos de Castilla: un duque, cuarenta y seis marqueses, treinta y cinco condes, un vizconde, ostentan el escudo de sus armas sobre la puerta de sus palacios. No impor- ta que tales títulos o muchos de ellos se pagasen en relucientes peluconas a la venal corte de Madrid, satisfaciendo una forma de vanidad criolla que era el rastacuerismo de entonces. ¡No importa! Aquellos ricos peruanos, títulos de Castilla, formaban una corte brillante en torno del virrey.

Y todo es fiesta en aquella Lima opulenta, regalada y sen- sual; toros, bailes, comidas, besamanos, recibimientos de la Universidad se suceden. Los amores clandestinos abundan. A veces, los amores clandestinos son públicos. Los virreyes no se desdeñan de dar el ejemplo. A promedios del siglo xviii era, no ya notoria, sino ruidosa, la mancebía del anciano virrey Amat con una joven actriz de Lima, apodada la Perricholi. Un detalle pinta la época, las costumbres, a Amat y a la Perricholi. Teníase por privilegio de los títulos de Castilla el enganchar a la carroza doble tiro de mulas. Pues bien, la concubina de Amat, cuando le vino en gana, apareció en su carroza de cuatro mulas, hacien-

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do arrastrar por las calles, al mismo tiempo que su hermosura, su insolencia.

En aquella vida de los limeños, devota, sensual y cortesa- na, se busca y se encuentra motivo para fiestas en la recepción de un virrey, en la llegada de un arzobispo, en el grado de un doctor, en el onomástico de algún magnate, en la fiesta de al- gún santo o en la conmemoración de alguna antigua victoria española.

Y no son los cincuenta y tantos mil limeños los felices. En Lima sólo 17.215 habitantes son de raza española. Es esa estre- cha oligarquía la que domina y se regala. Lo demás, es el pueblo pasivo y laborioso, que trabaja para los amos.

Esa tradición de metrópoli rica, sensual y cortesana, dará sello a Lima. Este sello tradicional lo veremos claro en la época de la independencia y en un siglo de república.

II

Caracteres de Lima y el Perú

Asentada la sociedad limeña, durante la colonia, sobre la di- visión de castas y la explotación de castas inferiores por una minoría de raza española —minoría rica, regalada, sensual, devota, ignorantona, muy sociable y muy chunguera— conser- vará, durante la República, la mayor parte de esos caracteres.

Esos caracteres le imprimen sello: Lima será la misma en el si- glo xix que en el siglo xviii, durante la república que durante los virreyes: burlona, conversadora, religiosa, elegante, enamo- rada, ignorante y llena de preocupaciones antañonas. Las castas perdurarán porque la evolución democrática se realizará muy lentamente.

Lima posee, además, dos particularidades; primera: su capi- talidad es un contrasentido de geografía política.

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La ciudad, a diez kilómetros del Pacífico —en costa árida, desierta, enfermiza— se halla separada por la cordillera de los Andes del sano y opulento país cuya capital es.

La segunda particularidad consiste en que el clima limeño contribuye a enmuellecer la raza. Desde el siglo xviii observa- ban ya el peruano Unanue y Humboldt que hasta el perro era más dulce y manso en Lima que en parte alguna.

Lima no es, pues, una ciudad guerrera como Caracas, o Mé- xico, o Santiago, ni letrada como Bogotá, ni comercial como Buenos Aires. La carencia de algunas condiciones hace desa- rrollar otras que las suplan. Lima se distingue por lo cortesanes- co: es un pueblo de diplomáticos.

Pero que Lima no sea una ciudad combativa no significa que el Perú sea pueblo cobarde. Las razas de la Sierra Andina son enérgicas, fuertes, guerreras. La Historia lo demuestra.

Durante nuestra guerra de emancipación —que hasta hoy es la piedra de toque para los pueblos americanos— el Perú fue el soldado de España. El virreinato desempeñó un papel de pri- mer orden en la historia de la época. Fue para Chile, Quito, Bolivia y Argentina lo que la España europea fue para México, y con más empeño para Nueva Granada y Venezuela.

España envió una, y otra, y otra expedición a estos tres paí- ses, principalmente a Venezuela, núcleo de la más poderosa re- sistencia, y porque estrategas y políticos de la Península creían que, dominado este punto céntrico del continente, sería fácil extender la pacificación hacia el Norte y hacia el Sur. En cam- bio, a los países australes, España no envió ni grandes ni fre- cuentes expediciones militares.

En 1814, por ejemplo, arribaron de Europa dos mil hombres (2.000) a territorio rioplatense, ni siquiera a Buenos Aires, sino a Montevideo; y desde esa fecha hasta la conclusión de la gue- rra, en 1825, no mandó España un solo soldado más al Río de la Plata. Allí, pues, se luchó por la emancipación menos que en el Norte. Y cuando se luchó, la lucha no fue por lo general contra

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tropas españolas, ni contra caudillos españoles que sublevaron, como Boves, a las ignaras masas criollas, sino contra tropas in- dias del Perú, expedidas por el virrey de Lima.

¡Feliz el pueblo argentino, a quien la emancipación costó poco! ¡Feliz, porque la guerra allí no asumió ni un instante el carácter terrible que mantuvo durante catorce años en los pue- blos del Norte, máxime en Venezuela, escudo de América en- tonces, país de la guerra a muerte! Mientras Buenos Aires de 1810 a 1819 aumenta su población, Caracas, diezmada por la guerra y ocupada sucesivamente por Monteverde, por Bolívar, por Boves, por Morillo, por Bermúdez, por Pereira, y luego de- finitivamente por el Libertador, después de Carabobo, es para 1825 un montón de ruinas en medio de un desierto2.

2. El 10 de Julio de 1825 escribe el Libertador, desde el Cuzco, a su tío D. Es- teban Palacios que regresa a Venezuela por entonces, después de muchos años de ausencia en Europa. Y le dice:

«Mi querido tío Esteban y buen padrino: ¡Con cuánto gozo ha resuci- tado usted ayer para mí! ¡Ayer supe que vivía usted y que vivía en nuestra querida patria! ¡Cuántos recuerdos se han aglomerado en un instante so- bre mi mente! Mi madre, mi buena madre, tan parecida a usted, resucitó de la tumba, se ofreció a mí en imagen; mi más tierna niñez, la confir- mación y mi padrino se reunieron en un punto para decirme que usted era mi segundo padre. Todos mis tíos, todos mis hermanos, mi abuelo, mis juegos infantiles, los regalos que usted me daba cuando era inocente:

todo vino en tropel a agitar mis primeras emociones, la efusión de una sensibilidad deliciosa… Mi querido tío: Usted habrá sentido el sueño de Epiménides: usted ha vuelto de entre los muertos a ver los estragos del tiempo inexorable, de la guerra cruel, de los hombres feroces… Usted se encontrará en Caracas… y observará que nada es de lo que fue. Us- ted dejó una dilatada y hermosa familia: ella ha sido segada por una hoz sanguinaria; usted dejó una patria naciente que desenvolvía los primeros gérmenes de la civilización y los primeros elementos de la sociedad; y usted lo encuentra todo en escombros, todo en memorias. Los vivientes han desaparecido. Las obras de los hombres, las cosas de Dios y hasta los campos han sentido el estrago formidable del estremecimiento de la naturaleza.

»Usted se preguntará a sí mismo: ¿dónde están mis padres, dónde mis hermanos, dónde mis sobrinos?

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Mientras España combatía en el Norte de Sur-América, con su viejo heroísmo histórico, servía el Perú, en la parte austral, de metrópoli. Tropas indígenas del Perú bastaron para mante- ner en obediencia a Quito hasta 1821, y a la mitad Norte del antiguo virreinato del Río de la Plata hasta 1825, fecha en que la libertaron tropas y triunfos de la Gran Colombia y pudo el Libertador fundar con esos territorios la actual república de Bolivia.

En Chile ocurrió algo, si no igual, parecido. Tropas expedi- cionarias de Lima, al mando de jefes peninsulares, restablecie- ron el imperio español en la patria de O’Higgins y los Carrera, y mantuvieron este dominio hasta 1817 y 1818.

Casi siempre llevaron las bravísimas tropas del Perú la me- jor parte.

Triunfaron, por ejemplo, contra los argentinos en Vilcapu- gio, Ayohuma, Viluma; contra los chilenos en Talcahuano y Rancagua; contra los argentino-chilenos reunidos, y a las ór- denes de San Martín, en Cancha-Rayada. Las expediciones pe- ruanas a Chile fueron destruidas en Chacabuco y Maipo por el mismo San Martín y el heroico O’Higgins; pero el territorio del Perú y del Alto Perú lo conservaron los peruanos para la madre patria hasta 1824 y 1825, triunfando en Moquehua, en Ica, en Torata, e invadiendo con éxito, sin un solo revés, el territorio argentino por Salta. Si se devuelven, ya en el corazón de la Ar- gentina, a pesar de no haber sufrido un solo descalabro, y casi sin combatir, porque el enemigo reculaba hacia el interior del

»Los más felices fueron sepultados dentro del asilo de sus mansiones domésticas; los más desgraciados han cubierto los campos de Venezuela con sus huesos, después de haberlos regado con su sangre ¡por el solo delito de haber amado la justicia!…

»Caracas no existe; pero sus cenizas, sus monumentos, la tierra que la tuvo, ha quedado resplandeciente de libertad; y está (la ciudad) cubierta de la gloria del martirio…».

(Cartas del Libertador: Memorias del general O’Leary, vol. xxx, págs. 90-91, ed. oficial, Caracas, 1887.)

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país, es por la insurrección de Bolivia, a sus espaldas; porque esta insurrección los aísla de su centro de operaciones y les im- pide toda comunicación con Lima y el virrey.

Así, pues, con algunos miserables auxilios de tropas y ofi- ciales españoles, el Perú mantuvo en zozobra, durante catorce años, a toda la América Meridional, al Sur del Ecuador. Los je- fes de ese ejército peruano-español: los Abascal, los Pezuela, los Ramírez, los Goyeneche, los La Serna, los Canterac, los Valdés, los Olañeta tuvieron la orgullosa alegría de conservar o contri- buir a conservar la bandera de España —hasta Junín y Ayacu- cho— sobre las torres de la antigua capital del Perú, la capital estratégica, la sagrada ciudad incaica, la Roma de los Andes, la secular y maravillosa ciudad del Cuzco.

Como se advierte, el Perú supo guerrear, aunque no por su independencia. Estuvo al servicio de la reacción, defendió el Pasado. Representó en la revolución de América, y de acuerdo con las tradiciones del virreinato, una fuerza conservadora.

Ése será su carácter durante el siglo xix.

Entretanto, Lima tampoco perderá su sello de ciudad opu- lenta y tornadiza, más diplomática que guerrera.

Cuando se inicia en América la revolución de independen- cia —obra en todo el Continente de los cabildos capitalinos y de inteligentes oligarquías criollas de Caracas, Buenos Aires, Bo- gotá, Santiago, México— la ciudad de Lima se reduce a intentar una revolución de intrigas palaciegas, excitando al virrey Abas- cal a que se coronase rey, con independencia de la Península.

Lima es la última capital de América que obtiene la libertad.

Y no se emancipa por sí propia, sino con ayuda de argentinos, chilenos, ecuatorianos, bolivianos, granadinos y venezolanos, que formarán el Ejército unido de Sur-América, bajo la conduc- ta de Bolívar y su primer teniente el mariscal Sucre3.

3. Conociendo, aunque sea someramente, el carácter de Lima y su situación en la geografía del país, queda explicado el absurdo estratégico de San Martín en el Perú y su completo fracaso. Como si no hubiera abierto ja-

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III

Carácter de la literatura peruana

Este carácter conservador del Perú mantiénese, insistimos en ello, durante casi toda su historia contemporánea.

Se cree en la sangre azul; una oligarquía domina; los cléri- gos educan a la juventud; innúmeras congregaciones religiosas viven en el país y del país. «Se observa (exclamó González Pra- da, ayer no más, en 1902), se observa la más estricta división de clases». Y añade: «Respetuosas genuflexiones a collares de perlas y sombreros con plumas de avestruz, desconsideración y menosprecio a trajes descoloridos y mantas raídas». Aunque estas palabras de González Prada se refieren exclusivamente a

más un mapa del Perú, abrió campaña sobre Lima, y creyó que tomando a Lima había dominado el virreinato.

Los generales españoles le abandonaron a Lima sin defenderla. San Martín creyó que, sin él disparar un fusil, acababa de libertar al Perú, y escribió a O’Higgins: «El Perú es libre». Estaba ciego. Con razón dice Mitre, panegirista de San Martín: el abandono de Lima «hace alto honor a la inteligencia y al ánimo esforzado de los españoles en el Perú, prolongó cuatro años más la guerra y quebró el poder militar de San Martín…».

(Vol. ii, pág. 672.)

Paz Soldán, historiador de El Perú independiente, escribe a su turno:

«La posesión de la capital era una ventaja aparente, que sólo halagaba la vanidad, pero militarmente no presentaba ninguna ventaja». (Vol. ii, pág. 78.)

Los españoles se internaron en la Sierra del Perú, rica en hombres, rica en ganados, rica en caballerías, llena de pueblos prósperos con cultivos varios, con minas de metales preciosos, con posiciones militares de pri- mer orden y poblada con gente más guerrera y enérgica que la costeña.

Allí organizaron un ejército de 23.000 hombres, que antes nunca tuvie- ron. A San Martín, por eso, lo mismo que por la insubordinación de sus propias tropas y por mil y un errores de carácter político y administrati- vo, que le granjearon el odio de los limeños y provocaron la revolución que depuso a Monteagudo, su ministro y verdadero dictador del Perú, no le quedó más camino, abandonado, receloso y maltrecho, que correr a Guayaquil a echarse en brazos de Bolívar y solicitar, en favor propio y del Perú, el apoyo militar de la Gran Colombia. A este hacer de la necesidad virtud es a lo que se ha llamado la abnegación del general San Martín.

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ciertos cuerpos, pueden en rigor aplicarse a toda la sociedad donde semejantes corporaciones mangonean y pelechan. Otro peruano de calidad, Ventura García Calderón, lo comprende, y escribe: «Subsisten las castas coloniales y sus prejuicios». La casta dominante conserva con celo, hasta en las exterioridades, su superioridad: una mácula de tinta en algún dedo, o la corba- ta ladeada, o los brodequines polvorientos bastarían para des- dorar a un petimetre de Lima.

Como el catolicismo es una de las bases sobre que descansan las clases dirigentes o dominantes, se hace del catolicismo una religión de Estado. El que no sea católico no espere ni la piedad obligatoria de hospicios y hospitales. «En hospitales y casas de misericordia —ruge González Prada— desatendencia o maltra- to al enfermo que no bebe el agua de Lourdes ni clama por la bendición del capellán».

No existe el divorcio; pero existe la pena de muerte. A la indiada infeliz la domina en absoluto y sin escrúpulos mino- ría de capataces: abogados, periodistas, clérigos, coroneles y generales4.

Apenas llegó al virreinato, Bolívar procedió de otro modo. No se cuidó de Lima como capital estratégica. Situó su cuartel general en el Norte del Perú, recorrió los Andes peruanos del Septentrión al Mediodía, en los Andes peruanos hizo la campaña de 1824 y en los Andes peruanos libró las batallas que decidieron, no sólo de la suerte de Lima, del Perú y del Alto Perú, sino que emanciparon definitivamente a Chile, Argentina y Ecuador, es decir, al Continente.

Si se quisiese comparar como estrategas al Libertador y a San Martín, ahí está el Perú, campo de acción para el uno y el otro. Ahí está, además, el resultado definitivo de una y otra campaña.

4. Chile, pueblo rival del Perú, ha conservado también una estructura con- servadora, con distintos resultados que su vecino del Norte. ¿Por qué?

Veré si encuentro explicación satisfactoria.

Chile, país paupérrimo y de suelo ingrato —picachos andinos o rocas batidas por el mar— ha tenido que desplegar una energía inmensa para vivir y prosperar sobre sus peñas. Esa energía, en el fondo, no hizo el moderno Chile sino desarrollarla; ya la recibió en herencia de aquella formidable raza araucana que dio origen a la única aceptable epopeya

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Esta persistencia del carácter conservador peruano durante el siglo xix, a pesar de los embates de la democracia, se debe, en primer término, a que las mismas causas de antaño siguen obrando con eficacia en aquella sociedad, a saber: una mino- ría blanca que explota a la indiería ignara y fanática, y para dominarla se apoya en los privilegios, preocupaciones, caren- cia de instrucción popular y abundancia de clerigalla y cleri- calismo. Persisten igualmente razones económicas y hasta de geografía física y política. Ferrocarriles, escuelas, inmigración blanca, contacto con pueblos de Europa, prédica de apóstoles generosos, y aun el mismo desastre nacional de Tacna y Arica están cambiando, han cambiado en sentido de progreso y me- jora el medio. Pero durante mucho tiempo perduran las viejas desigualdades, la antigua concepción de la existencia social. A medida que las causas eficientes van debilitándose, va también decolorándose el subido tinte conservador; se humaniza y de- mocratiza el país. Pero las tradiciones tienen allí todavía arraigos, y rasgos del fastuoso virreinato se conservan en la República.

escrita en castellano: La Araucana, de Ercilla. La raza conquistadora, los compañeros de aquel Valdivia que se paseó por los Andes como Pedro por su casa, pusieron asimismo su contingente: conquistador sin extrema energía, no pudo permanecer en aquel suelo miserable poblado por indí- genas que disputaban sus estériles rocas con tanto brío.

Como durante la época colonial no tuvo tradiciones brillantes como el Perú aquella obscura provincia, sus tradiciones de más orgullo datan de los esfuerzos que hizo el país para independizarse de España.

Su conservadorismo, en consecuencia, es eminentemente nacionalis- ta. La base de ese conservadorismo es un sentimiento patriótico, a veces agresivo. Como es un Estado que por las condiciones de su suelo y de su posición geográfica tiende a la expansión hacia el Norte y hacia el Este, las clases, aunque divididas por prejuicios antidemocráticos, se unen de corazón en el callado anhelo de crearse una patria más grande.

Aunque lejos de ser liberal ni justiciero el conservantismo chileno, ca- rece del elegante egoísmo de los dirigentes del Perú. Los resultados han sido diferentes. Chile, con un déficit en su presupuesto que no tiene el rico Perú, ha hecho mejor papel que este hermoso país, tan digno de la más risueña suerte.

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Y si en general el espíritu del país —soldado de España con- tra América en las luchas de emancipación— se mantuvo du- rante mucha parte del siglo xix casi incólume e inconfundible, mantúvose también con la persistencia de intenso perfume en el frasco, ya vacío, que lo contuvo, el carácter de Lima, más si- nuoso que enérgico, más bizantino que esparciata.

En dos momentos graves de la vida peruana, durante la cen- turia postrera, puede observarse que la muelle y regalada capi- tal de los virreyes perdura en la capital democrática de la Repú- blica: cuando la agresión de España en 1865-1866, y cuando la guerra de 1879 contra Chile.

En el primer caso, España, de modo arbitrario y pirático (y con su todavía, para esa fecha, no desvanecido sueño de volver a poner pie en aquella América que un día conquistó, cristiani- zó y gobernó) ocupa en el Pacífico las islas Chinchas, pertene- cientes al Perú. El Gobierno de Lima no vacila en ofrecer por rescate de aquellas islas tres millones y medio de pesos fuertes (Enero de 1865).

Por fortuna, estalla una insurrección popular contra el Go- bierno que pacta semejante vileza, y la vileza queda sin recono- cerse ni cumplirse por la insurrección triunfante. Era el país im- poniéndose a la capital y salvándola de un paso de ignominia.

En el caso de la guerra con Chile, los ejércitos de este país, después de la batalla de Chorrillos (13 de Enero de 1881) y la de Miraflores, ocurrida dos días después, ocuparon a Lima y allí se establecieron, a pesar de los elementos de defensa con que contaban Lima y el Callao.

«Durante la ocupación chilena —escribe González Prada—

algunas caritativas señoras se declararon neutrales».

El país, en cambio, aunque en estado caótico y anárquico, se mantuvo luchando sin descanso (y sin éxito) hasta 1883.

En las letras peruanas puede seguirse el rastro de esta super- vivencia de un alma colonial, desde 1810 hasta nuestros días.

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Personaje representativo de Lima durante la revolución de independencia fue Riva-Agüero, hombre inteligente, halaga- dor, palaciego, inquieto, inescrupuloso, ambicioso, que se in- troduce en la intimidad del virrey para hacerle traición; que conspira luego contra la autoridad de San Martín y contribuye a derrocarlo; que sin asomo de empacho se encasqueta el título de gran mariscal, cuando no empuñó jamás un acero ni jamás dirigió un combate; que, ya presidente, se declara un día en re- belión contra el Congreso, y no vacila en volverse abiertamente contra la República, de que ha sido jefe, y contra la patria de que es hijo, entendiéndose con los españoles.

Este mismo Riva-Agüero escribirá más tarde libelos anóni- mos contra los libertadores del Perú. Como carece de autori- dad moral, suscribe sus elucubraciones con el pseudónimo de Pruvonena. Pruvonena babea su odio contra los prohombres más ilustres de América: un San Martín, un Sucre, un Bolívar.

Lamenta la desaparición de los antiguos duques, condes, viz- condes, etc.; es decir, el advenimiento de la democracia en su patria. La emancipación de ésta le duele en el fondo. Por lo me- nos, le duele que se haya realizado sin él, a pesar de él.

En general, en ninguna parte se ha escrito con más acerbi- dad e injusticia contra los emancipadores americanos que en el Perú. En ninguna parte, sin embargo, se les aduló tanto en vida.

Desde el honrado y mediocrísimo Paz Soldán hasta el pillastre e inteligente Mendiburu, que traicionó a España cuando cre- yó prepotente a América, y que luego traicionó a la República, cuando la vio vencida y la creyó en ruinas (como traicionó más tarde, en las luchas partidarias de su país, a cuantos fiaron en él) casi todos los historiógrafos peruanos son de una aspere- za y de una injusticia insospechables contra los libertadores de América5.

5. Ahora tratan los descendientes de este señor Riva-Agüero de hacerlo pa- sar por representante del peruanismo contra los libertadores, que eran de Argentina, de Chile y de la antigua Colombia. Pongamos los puntos sobre

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Habrá de tales escritores como el tradicionalista Ricardo Palma, hombre de pluma fácil y de fértil ingenio, que acusen a Bolívar, sin un solo documento en apoyo, de crímenes baju- nos, absurdos, incomprensibles. Ese mismo Palma dedicará sus mejores años y sus mejores esfuerzos a encomiar la vida del Perú bajo los virreyes, a embellecer con talento las épocas más tenebrosas de la dominación extranjera en su patria y a entonar hermosísimo canto, el canto del esclavo, a sus dominadores6.

las íes. El peruanismo de Riva-Agüero se redujo a obscuras e intrincadas intrigas, de las cuales fue, a la postre, víctima; y a echarse en brazos de los europeos, de los españoles, de los dueños y tiranos de América, de los esclavizadores del Perú —a echarse en brazos del virrey La Serna y sus generales, traicionando al Perú contra aquellos guerreros que venían de los cuatro puntos del horizonte a libertarlo de esos mismos europeos, con los cuales él pactaba.

Remigio Silva, antiguo espía en Lima del general San Martín, fue el encargado de Riva-Agüero para ir al campamento del virrey y servir de intermediario, como sirvió, entre La Serna y Riva-Agüero.

He aquí, sin comentarios, el «Artículo 5°, muy reservado», del pacto propuesto por Riva-Agüero, presidente rebelado contra el Congreso que lo depuso, al virrey español: «Artículo 5°, muy reservado. Se convendrá el Gobierno del Perú en despedir a las tropas auxiliares que se hallan en Lima y el Callao; y si los jefes de éstas lo resistieran, entonces, en concierto los ejércitos español y peruano, las obligarán por la fuerza a evacuar un país en que no existe ya el motivo por que fueron llamadas».

Ahora no falta sino que los descendientes de Torre-Tagle y de Berin- doaga salgan también sincerando a sus abuelos de la traición a la patria con que mancillaron ambos su nombre y su memoria.

Cuanto a Riva-Agüero, recordemos el romance clásico:

De la ciudad de Zamora un traidor hoy ha salido;

se llama Bellido Dolfos, hijo de Dolfos Bellido.

Con una ligera diferencia: Bellido Dolfos engañó y mató a un rey ene- migo de su reina: ése era el patriotismo de la época. Riva-Agüero, para conservar el mando de que lo despojó el Congreso de su país, se entendió con el enemigo de su pueblo y traicionó a su patria.

Tal es el peruanismo de Riva-Agüero.

6. Tradiciones peruanas, de Ricardo Palma, es una de las obras más amenas y más americanas de nuestra literatura. Y caso curioso: esta obra tan ame-

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Es necesario llegar hasta Francisco García Calderón, orgu- llo del pensamiento americano, hombre de los que abren vías, hombre que no nació para seguir sino para que lo siguiesen, si se desea encontrar, en punto a Historia, nuevas orientaciones en la mentalidad peruana.

Y los historiadores no se presentan como excepción.

Cultivadores del espíritu en otros órdenes de actividad, de- jarán así mismo trazas de conservantismo y de transigencia bajuna con los amos de ayer.

En ninguna parte de la literatura autóctona de América, el criollismo, el americanismo, tuvo hasta hace poco menos adep- tos. Sucedió a menudo, eso sí, que aun los imitadores más imi- tadores, en momento de abandono y descuido, anduvieron, no sobre nubes exóticas, sino sobre el suelo de la patria. Y sus plan-

ricana es producto de un espíritu servil, tradicionalista, españolizante, colonial. Palma, imitador de los clásicos españoles en cuanto a estilo, se propuso, al escribir sus Tradiciones, conservar el recuerdo de la domi- nación europea, sintiendo la añoranza de las cadenas y la nostalgia del rebenque. Su obra se vincula, por estilo, a la tradición literaria española, y por el asunto, a la tradición política de España. Palma es, repito, un es- pañolizante, un retardatario, un espíritu servil, un hombre de la colonia.

Sin embargo, su obra aparece muy americana. ¿Por qué? Porque nosotros, con muy buen acuerdo, tenemos por nuestros a aquellos conquistadores y dominadores de los cuales, directa o indirectamente, venimos. Porque nosotros sentimos la obra española en América, en lo que ella tuvo de bueno —y tuvo de bueno más de lo que se piensa— como propia.

Pero es tan poco americano en el fondo Palma, y tanta importancia concede a ciertas cosas de la Península, que no tienen ninguna, que cuan- do realizó un viaje a España se enorgulleció en letras de molde de que tales y cuales literatos le hubiesen acogido con sonrisas y apretones de manos. Esto revela al mulato, deslumbrado y seducido por la mano ten- dida y la silla brindada del hombre blanco. Se satisfizo a tal punto de que la Academia aceptase varios americanismos propuestos por él —como si nosotros necesitáramos de esa Academia para hablar y escribir como nos dé la gana— que cablegrafió a Lima su triunfo. Un franco-argentino, de talento y mala entraña, el señor Groussac, a la sazón en Perú, recordando la guerra con Chile y el alboroto de Palma, hizo esta cruel observación:

«¡Pobres triunfos peruanos!».

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tas, de aquel descuido, salieron perfumadas con las flores de nuestros campos. Pero generalmente no conocieron más flores sino las de papel, gala de jardines retóricos.

Esta impersonalidad, este no ser literario, este vivir de prés- tamo, estos sentimientos de sombra, estas ideas reflejas, esta ceguera a lo circundante, esta sordera para oírnos a nosotros mismos y este ridículo remedo literaturesco de la Europa, no es pecado exclusivo del Perú, sino de la América íntegra. Pero en otras partes hubo más independencia y más conatos de lite- ratura vernácula. En cambio, la mayor parte de los autores pe- ruanos se pasa la vida, como expresa Ventura García Calderón,

«imitando a los mismos maestros (extranjeros) con servilismo».

Por los mismos años de la ocupación chilena, Ricardo Palma, como si no hubiese mejor actividad a sus aptitudes y energías, se ensañaba contra la memoria de Bolívar, llamando asesino al hombre a quien el Perú debe la independencia y el territorio que Chile estaba arrebatándole.

Nunca pude explicarme aquel odio. Un limeño, amigo mío, me ha dado la clave del misterio. Hela aquí:

En los ejércitos de la Gran Colombia que pasaron al Perú con el li- bertador había muchos negros de nuestras africanas costas. Conocida es la psicología del negro. La imprevisión, el desorden, la tendencia al robo, a la lascivia, la carencia de escrúpulos, parecen patrimonio suyo.

Los negros de Colombia no fueron excepción. Al contrario: en una época revuelta, con trece años de campamento a las espaldas y en país ajeno, país al que en su barbarie consideraban tal vez como pueblo conquistado, no tuvieron a veces más freno ni correctivo sino el de las cuatro onzas de plomo que a menudo castigaban desmanes y fechorías. Una de aquellas diabluras cometidas en los suburbios de Lima por estos negros del Caribe fue la violación, un día o una noche, de ciertas pobres y honestas mujeres.

De ese pecado mortal desciende Ricardo Palma.

Así explica mi amigo del Perú el odio de Ricardo Palma a la memoria de Bolívar y de sus tropas.

Don Ricardo ha olvidado, hasta ahora, incluir entre sus Tradiciones pe- ruanas esta amarga tradición de familia. No podemos echárselo en cara.

Me complace que el viejo mulato de Lima pueda leer antes de morirse esta breve nota. Se la debía. No tanto para vindicar la memoria de Bolívar, como para corresponder a las acotaciones que él puso, según parece, al margen de alguna obra mía en la Biblioteca Nacional del Perú. Donde las dan las toman, seor feolenco.

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Si no fueron exclusivos del Perú lo simiesco, la descaracteri- zación literaria, obsérvase allí que hasta algunos productores de obra americana lo hacen a pesar suyo, sin proponérselo o pro- poniéndose lo contrario. Ejemplo: Ricardo Palma, autor de las deliciosas Tradiciones peruanas, que hizo obra nacional cuando intentó hacer obra extranjera y celebrar la dominación europea en estilo y con chistes a la española.

En las Tradiciones, las menos son las consagradas a héroes y heroicidades exclusivos de América, y no faltan para éstos, aquí y allá, arañazos de lego de convento que se come las uñas y no araña más porque no puede. En cambio ¡qué entusiasmo cuando se trata de frailes y virreyes de la colonia! Es autor de aquéllos a quien no falta la lista de condes y marqueses del Perú.

La obra de Palma es americana, malgré lui. Toda su vida se la pasó imitando en versos, no ramplones sino grotescos, a Zo- rrilla, Bécquer, etc., y en suelta prosa a los Isla, Feijóo, cien más, sin olvidar a Quevedo para los chistes.

No posee, sin embargo, el monopolio de parodiar lo aje- no. Todos hacían otro tanto. «No se copiaban —dice Ventura García Calderón— no se copiaban únicamente los metros y los moldes, sino eran imitados los sentimientos». «La emoción fue pocas veces sincera, postiza la herejía y al leerlos sólo notamos el énfasis».

En general, no hubo en Perú, y menos en Lima, hasta Cho- cano, un poeta épico. Todos son líricos sin unción, de senti- mientos de préstamo. Y abunda la poesía, no satírica, porque la sátira significa pasión, sino burlesca.

Un rimador, Felipe Pardo, cierra en malos versos anfibológi- cos contra la libertad nada menos:

La libertad estéril y quimérica

que agosta en flor la juventud de América.

Grito de caballero antañón, mal habido en una democracia.

Por boca de D. Felipe Pardo, personaje de viso y poeta notable

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en su localidad, hablan castas enteras del Perú. Ridiculiza tam- bién el señor Pardo, en versos muy mediocres, por cierto, la constitución o carta fundamental de la república. Es, pues, un partidario del absolutismo. No en balde se educó en la corte de Fernando VII.

Los poetas peruanos, casi sin excepción, imitaron a Es- pronceda, a Zorrilla, a Bécquer, que, si bien hombres de talen- to, eran, a su turno, lunas de soles extranjeros: Espronceda de Byron, Zorrilla de Victor Hugo, Bécquer de Heine.

Un día a España le entraron ganas de apropiarse otra vez del Perú. Mandó unos cuantos barcos a bombardear el Callao.

Pues bien, apenas si se encuentra en toda la literatura perua- na un grito de ira contra aquella agresión injusta e impolítica, que hizo levantar la cabeza a toda la América del Sur y darse la mano a las repúblicas del Pacífico. El mismo crítico de las letras peruanas, D. Ventura García Calderón, que escribe en nuestros días y es un espíritu y un carácter emancipados, llama al bom- bardeo del Callao: «una excursión española a nuestras costas»7. Muchos poetas, después del bombardeo del Callao, canta- ron a España. Chocano mismo, en nuestros días, se acerca al pie del trono español aquejado por nostalgias inconfesables.

Un nieto de Riva-Agüero, de más talento que su abuelo, fi- gura prócera de la más reciente literatura del Perú, ha escrito que España «procedió de muy buena fe en la expulsión de ju- díos y moriscos, en el establecimiento de la Inquisición, en la guerra contra los protestantes».

7. Por los mismos días en que se escriben estas líneas promuévese en toda la prensa de Madrid un revuelo de opiniones, con motivo de la propuesta venta del Numancia, uno de los barcos que hicieron aquella «excursión».

Todos los diarios, sin discrepancia, se pronuncian porque se conserve en el Museo como testigo de una página gloriosa de la historia española contemporánea. Algunos patriotas aprovechan para decirnos a los ame- ricanos cuatro frescas. Lo más sensato que he leído en este punto es lo que suscribe D. Eduardo Gómez de Baquero, que también opina por la conservación.

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Los pensadores de la España regenerada, un Pi y Margall, un Unamuno, un Altamira, opinan que aquella buena fe se llamó intolerancia y fanatismo8. El señor Riva-Agüero, como se ve, es más papista que el Papa.

La literatura de Perú se explica por la historia del virreinato y por la psicología nacional.

La falta de personalidad en muchos de sus cultivadores pa- rece inverosímil.

De alguno de los más cultos hombres de pluma, Juan de Arona, escribe D. Ventura García Calderón en sus medulosos estudios ya citados sobre las letras patrias: «Recorrió todos los géneros literarios, pasó frenéticamente de uno a otro…». «Yo no sabría decir cuáles condiciones le faltaron a su espíritu, do- tado admirablemente, para ser el gran literato que no ha sido».

Le faltó una cosa simple y rara: la sal de la vida, lo que imprime carácter al hombre y sabor a la obra: personalidad.

De otro autor no menos importante que Juan de Arona, el poeta Clemente Althaus, expone el eminente crítico supradi- cho: «toda la vida fue clásico y romántico». A los clásicos espa- ñoles, «Althaus los imitó toda su vida… como romántico. Por- que admira a Fray Luis de León le canta en una curiosa poesía perfectamente imitada». Para luego advertir «los inconvenien- tes de ser corto de vista».

De un tercer poeta, Manuel A. García, opina el propio críti- co limeño que hasta los adjetivos son importados. «¿No es origi- nal y casi inexplicable —pregunta— encontrar en libros de Ri- cardo Palma y Manuel García los madrigales a huríes morenas, en metro breve, que popularizaron el nombre de Zorrilla?».

No, amigo censor, no es inexplicable. Lo inexplicable sería lo contrario: encontrar un autor con personalidad allí donde ninguno la tiene.

8. El grave y sincero Unamuno acaba de escribir: «Felipe II, en cuyos domi- nios no se ponían ni el sol ni la intransigencia».

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